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WASHINGTON ASHWELL


  LA ECONOMÍA DE GUERRA - Por WASHINGTON ASHWELL


LA ECONOMÍA DE GUERRA - Por WASHINGTON ASHWELL

LA ECONOMÍA DE GUERRA

Por WASHINGTON ASHWELL

 

            LA GUERRA Y LA ECONOMÍA

 

            Con el inicio de las hostilidades en el Chaco la política económica del Gobierno debía asumir, ineludiblemente, una nueva orientación. La guerra no consiste solamente en las batallas, en el desarrollo de los combates, sino también, en el enorme esfuerzo económico que ella impone a una nación. No bastan el reclutamiento, la organización de los soldados, el ataque y batallar con el enemigo. El ejército debe ser armado, vestido y alimentado. Necesita para su accionar de un aprovisionamiento continuo y cuantioso de armas y municiones, de vituallas para uso y consumo de la tropa, de elementos de comunicaciones y transporte, de vestuario, medicinas y servicios médicos. La economía debe proveerle todo eso en forma continuada para que pueda ir logrando sus objetivos estratégicos. Sin ese apoyo, la fuerza de las armas se agota y pierde eficacia.

            Ese abastecimiento representa un costo enorme que debe ser proveído y financiado por la economía nacional. Por ello una guerra es siempre gravosa. Demanda un cuantioso gasto que excede considerablemente las posibilidades normales de una nación. Representa un esfuerzo extraordinario que inevitablemente obliga al abandono de los procedimientos y principios administrativos y financieros de tiempo de paz. Particularmente resulta ineludible el abandono de los esquemas clásicos del estado gendarme, de la pasividad del gobierno en las relaciones económicas y del equilibrio presupuestal. Requiere de una activa e intensa dirección, intervención y gestión del estado en la economía de la nación.

            Como los recursos de un país son limitados, ante un conflicto armado debe hacerse un reordenamiento diferente del uso y destino de los mismos. Deben comprimirse todos los demás consumos para aumentar al máximo la atención de los requerimientos del emprendimiento bélico. "Mantequilla o cañones" es una máxima conocida que expresa, en forma simplificada pero elocuente, esa dura e imperativa necesidad. Este esfuerzo organizado de la nación hacia esa finalidad constituye el objetivo de la economía de guerra.

            No es propósito de este capítulo hacer un relato de la campaña guerrera ni evaluar la eficiencia y la calidad del apoyo y el suministro logístico brindado al accionar bélico. Tampoco vamos a entrar en el debate de si el país estuvo o no suficientemente preparado para la guerra. Solo trataremos de reseñar, en forma sucinta, cómo fue realizado en el Paraguay ese gigantesco esfuerzo del aprovisionamiento a su ejército y las consecuencias que el mismo tuvo, a la terminación del conflicto, para la transformación del orden institucional y económico del país.

 

            LA TREGUA POLÍTICA

 

            Al desatarse la conflagración, se produjo en el país una tregua de las luchas internas. Los partidos opositores, con la única excepción del Partido Comunista, suspendieron su asedio y sus críticas al Gobierno y le ofrecieron su cooperación y su apoyo. Miembros de las directivas de los diversos partidos y movimientos entraron a desempeñar funciones públicas o se incorporaron al Ejército. Terminaron los reclamos y las recriminaciones. Ante el gran enfrentamiento con una fuerza extranjera, quedaron suspendidas todas las divergencias internas. El mayor Franco fue reincorporado al Ejército y destinado a comandar un Cuerpo de Ejército. Lo mismo ocurrió con los otros jefes y oficiales que habían sido separados del Ejército por cuestiones internas. Los dirigentes estudiantiles de las jornadas del 23 de octubre vistieron todos el uniforme de oficiales de reserva y ganaron en las líneas de combate los honores de los ascensos y las condecoraciones con que la patria retribuyó el heroísmo de sus hijos. Los reclamos económicos y sociales quedaron olvidados. Reaflorarían solo al término del conflicto. La defensa del suelo patrio se convirtió en la gran causa que unía y motivaba a toda la nación.

 

            LA ESTRUCTURA ECONÓMICA Y LOS REQUERIMIENTOS DE LA GUERRA

 

            El Paraguay era un país de escaso desarrollo industrial. Era productor y exportador de bienes primarios e importador de prácticamente todos los bienes manufacturados que consumía. Importaba además una cuantía considerable de productos primarios, especialmente bienes de consumo, como el trigo, quesos, cebollas, leche, arroz, frutas, que el país no producía o cuya producción era insuficiente para llenar las necesidades del consumo interno.

            Las industrias principales eran las del tanino, la carne, el azúcar, unos pocos establecimientos textiles y otras actividades orientadas a la preparación y acondicionamiento de diversos bienes primarios destinados a la exportación. En el campo metalúrgico, los arsenales del Estado, los talleres del ferrocarril en Sapucai y diversos talleres privados dedicados a la manufactura y confección de artículos de hierro eran todo lo que existía en el país y que estaban lejos de la avanzada capacidad tecnológica requerida para la producción de armamentos y proyectiles. Las demás industrias no pasaban de simples talleres cuasi artesanales, la mayoría de dimensión familiar (panaderías, carpinterías, zapaterías, hojalaterías, fábricas de materiales de construcción, de gaseosas, etc.) cuya reducida producción se orientaba al abastecimiento parcial del limitado mercado interno. Fuera de la producción de carrocerías para camiones, algo de granadas de mano, vestuarios y alimentos, especialmente carne enlatada, galleta y azúcar, no había en el país industrias que pudieran ser aplicadas para fines militares. En consecuencia, todo el material bélico que la guerra demandaba tenía que ser importado del exterior y pagado, sea con créditos externos, con ahorros anteriores o con bienes exportables generados por la actividad productiva del país.

            Además de proveer la alimentación de la población civil y suministrar la destinada al Ejército en campaña, las actividades económicas debían liberar mano de obra, la más apta, para su incorporación al Ejército. Debía al mismo tiempo mantener y aumentar los niveles de producción y reducir los consumos civiles, especialmente de productos importados, para incrementar las disponibilidades de divisas extranjeras y pagar las necesidades aumentadas de importaciones de materiales destinados al suministro bélico.

            Y para mayor complicación, en el momento de desatarse el conflicto, la economía nacional sobrellevaba una aguda recesión, consecuencia de la más dura depresión mundial en curso. Los niveles de producción y ocupación del país eran bajísimos. Existía una gran capacidad productiva ociosa y un alto nivel de desempleo en la población. La renta y el producto internos habían disminuido grandemente. La economía del país operaba a un nivel equivalente al 60-70% de su capacidad. En el sector rural, la producción de autoconsumo se había expandido con la reducción de la de frutos de exportación. Con esa retracción generalizada, los recursos fiscales habían disminuido sustancialmente, en más de un 40% si se computa la pérdida de poder adquisitivo de la moneda nacional.

            Con la gran movilización masiva iniciada en agosto de 1932, el contingente ocioso de desempleados y manifestantes que llenaban las calles de la capital se redujo primero y desapareció poco después. Aumentó al mismo tiempo la demanda de alimentos, vestuarios y materiales para el Ejército, que fue un incentivo poderoso para la reactivación de la producción y ocupación internas. Los talleres de costuras, zapaterías, curtiembre, panaderías y otros que proveían al Ejército trabajaban a horarios prácticamente continuados.

            El comercio capitalino se vio favorecido con la fuerte compra de tejidos y vituallas para las tropas y con los consumos y compras aumentadas de las personas ocupadas en la preparación de suministros para el Ejército. Los establecimientos textiles recibían pedidos crecientes de tejidos y frazadas para el equipamiento de los soldados. La actividad industrial y comercial del país se intensificaba con la fuerte demanda de bienes y servicios que originó el alistamiento para la guerra. Muy pronto, la movilización tuvo ya que substraer varones de las diversas actividades productivas y comerciales, particularmente de la agricultura, para engrosar la improvisada fuerza combatiente.

            La composición total del Ejército paraguayo, a junio de 1932, era de 511 jefes y oficiales de armas y servicios y de solo 3.325 soldados en las cinco armas.1 Con la movilización dispuesta, ese contingente aumentó rápidamente. Fueron incorporados al Ejército los varones de 22 a 29 años y los oficiales de reserva de hasta 50 años. En el momento del inicio de las hostilidades, en setiembre de 1932, más de 16.000 hombres vestían ya el uniforme militar,2 de los cuales 7.565 llenaron el cerco de Boquerón.3 A lo largo de la conflagración, el Ejército paraguayo llegó a mantener en posiciones de combate un contingente de hasta 25.000 hombres, los que, sumados a las reservas y adscritos a los diversos servicios de retaguardia, elevaban a más de 50.000 el total de personas permanentemente movilizadas.4 El abastecimiento de este enorme contingente fue una tarea portentosa para las posibilidades del país. Se tuvo que improvisarlo todo, incluyendo el financiamiento. Sin posibilidades de acceso al crédito externo, el Gobierno no tuvo otra alternativa que financiar la guerra con lo que podía movilizar en el propio país.

 

            EL GRAN PROBLEMA DEL TRANSPORTE

 

            El esfuerzo requerido para el aprovisionamiento de ese enorme contingente se complicaba con los problemas y las limitaciones de los medios de transporte. En un territorio inhóspito, como era el Chaco, sin núcleos de población ni producción alguna de alimentos que no fuera una incipiente ganadería en la región aledaña al río Paraguay, sin caminos y sobre todo sin agua, todo debía traerse de la región Oriental, primero por río hasta Puerto Casado y luego desde allí por tierra hasta las alejadas líneas de combate en el corazón del Chaco.

            Para el inicio de las operaciones fueron requisados unos 60 camiones usados, que circulaban en la capital, de los cuales, refiere uno de los partícipes de esa jornada, 40 quedaron pronto a la vera de los caminos por falta de repuestos y por la escasez de personal capacitado para atender la reparación de autovehículos en el frente de operaciones.5 "El lector podrá imaginar, dirá el Tcnel. Antonio E. González, uno de los historiadores más acuciosos de la guerra, cómo habrá sido el reabastecimiento de víveres, agua y material de los 12.000 hombres que combatían en Boquerón, con aquellos camiones de carga y de pasajeros tomados en las calles de Asunción y enviados al frente así como se los encontró. ¡Y cuántas veces tuvimos que soportar hambre y sed, porque no teníamos un camión para realizar esos servicios! Los que tuvimos oportunidad de formar parte del Ejército en campaña en el primer período de la guerra, en 1932, sabemos cuántas privaciones y sufrimientos tuvieron que soportar nuestras unidades gloriosas, cuyos componentes quedaron convertidos en cadáveres vivientes" por las enormes privaciones soportadas.6

            Las dificultades y limitaciones de los transportes no solo complicaban el abastecimiento a las líneas sino que afectaban también la eficacia del accionar del Ejército. Frenaban y limitaban el desplazamiento bélico e imposibilitaron muchas acciones que pudieron haber contribuido a un éxito más rápido en el avance paraguayo.

Contrariamente a la estrategia boliviana de la guerra estática de defensa de posiciones establecidas, la de Estigarribia, a pesar de las dificultades propias del Chaco y de las limitaciones de los medios a su disposición, era la guerra de maniobras, orientada a provocar los combates en los frentes más favorables a sus conveniencias, a fin de compensar o neutralizar las ventajas de contingentes y armas que tenía el enemigo y de retener la iniciativa estratégica de las operaciones. "Mientras Kundt buscaba ganar terreno, dice Zook, Estigarribia, reflejando la gran estrategia del Paraguay, pobre en recursos, se afanaba en lograr la destrucción del enemigo".7 Para ello la disponibilidad de camiones le era vital. Permanentemente necesitaba desplazar y situar sus fuerzas allí donde más le convenía atacar o donde necesitaba defenderse. En esta forma, a pesar de sus disponibilidades menores de hombres y armas, en casi todos los combates librados pudo presentar un contingente suficiente o superior al del enemigo. Pero eso no le fue fácil. Las reducidas disponibilidades de recursos no permitieron al Gobierno la adquisición del número necesario de vehículos para atender debidamente esos requerimientos y las grandes y penosas marchas por los senderos y caminos inhóspitos del Chaco, ineludiblemente fueron el complemento obligado al desplazamiento de las tropas en camiones. Las memorias de Estigarribia están por ello llenas de referencias a este problema. Así por ejemplo, después de las conquistas sucesivas de Toledo, Corrales, Cabo Castillo, Yujra y Puesto Lara, todo en un corto período de 11 días, se vio obligado a frenar el victorioso avance de sus fuerzas por dificultades en el abastecimiento de las tropas. Explicó al respecto:

            "A pesar de que nuestra situación era extraordinariamente favorable, no podíamos acelerar nuestro movimiento por la falta de medios de transporte para abastecer a las tropas".8

            Más adelante, ya próximo a Ballivián, a principios de 1934, en vísperas de la reanudación de las hostilidades después de un corto armisticio, Estigarribia consignó su frustración ante la imposibilidad de movilizar más rápidamente sus tropas para ocupar posiciones abandonadas y perseguir más activamente al enemigo que se replegaba sobre posiciones sucesivas.

            "La falta de transporte, como siempre, dijo, impedía que a la terminación del armisticio nuestro Ejército sacara todo el provecho posible de su excelente situación estratégica. Si en aquel momento estuviésemos en condiciones de dar a nuestros movimientos el ímpetu aconsejado por las circunstancias, con el empleo de medios de movilidad suficiente, no cabe duda que la guerra se acortaría. El Ejército boliviano ya no se hubiese rehecho en el Chaco".9

            Ante insistentes pedidos suyos de más elementos, armas, municiones, aviones y especialmente de medios de transporte para acelerar el trámite de la guerra, y del fracaso de las negociaciones de paz, el presidente Ayala le definió crudamente a Estigarribia la precaria situación financiera y las posibilidades reducidas de recursos del Gobierno. En carta del 18 de marzo de 19331e dijo al respecto:

            "Los recursos del Gobierno son muy limitados. Los fondos oro ya están gastados. Queda un pequeño saldo que debemos conservar para proveer de municiones, medios de transportes y cosas absolutamente indispensables. Ya no estamos en posición de adquirir fusiles, aviones, artillerías y ametralladoras.

            "El plan de su Comando debe, pues, subordinarse a estas circunstancias, por ser irremediables. (...)

            "De consiguiente, debemos prepararnos a resistir (...) con los medios que actualmente disponemos. Hay que economizar municiones, cuidar con celo extremado las armas, emplearlas solamente en caso de real necesidad. A los aviones no deben darse sino misiones que no sean de peligro. La pérdida de un aparato causará terrible impresión en esta población nerviosa y ya expuesta al pánico".10

            La guerra debió así iniciarse y luego desarrollarse en un marco de precariedad de elementos y de recursos financieros. Ese fue el gran desafío y el enorme mérito de la conducción civil y militar de esa rutilante epopeya. Estigarribia hizo la guerra con los limitados medios que tuvo a su disposición y el Gobierno le proveyó todo lo que pudo, que lejos estuvo de ser suficiente y adecuado.

            Eusebio Ayala hizo, hacia el término del conflicto, el siguiente recuento de esas rígidas limitaciones con que tuvo que desarrollarse la guerra:

            "El Ejército no ha podido ser dotado en ningún momento de los elementos que requería para desplegar su máximo poder bélico. La superioridad del enemigo en todo el curso de la lucha, en efectivo y particularmente en material, ha sido y es inmensa. Nuestro Estado Mayor calcula grosso modo que el ejército boliviano lanza proyectiles de fusil y ametralladora en la proporción de 10 por un proyectil nuestro; en granadas de artillería y morteros en la proporción de 100 a 1; en bombas de avión, de 50 a 1. A la economía en el empleo de material hay que agregar las capturas importantes. Nuestras tropas actualmente están armadas en la proporción del 75% con fusiles, armas automáticas (ametralladoras pesadas, livianas y pistolas) y morteros capturados a los bolivianos. La cantidad de municiones y otros elementos tomados es también considerable. El material capturado ha contribuido, en la forma principal que acabamos de apuntar, al equipamiento y aprovisionamiento del ejército. Gracias a ello, no hemos tenido necesidad de hacer sino las adquisiciones más indispensables en el exterior. La eficiencia del Comando y de los servicios, saca, por su parte, todo el rendimiento posible del material. Un ejemplo gráfico lo da la organización de los transportes. El ejército enemigo dio como causa de su fracaso las distancias a recorrer y los obstáculos que oponía el terreno del Chaco al uso de vehículos de toda clase. Efectivamente, la zona de operaciones posee condiciones muy adversas al movimiento de masas de hombres. Nuestro Comando, después de un período de tanteos y ensayos, removió todos los inconvenientes y llegó a asegurar las dos cosas esenciales: agua potable y abastecimiento general. Los malos caminos significan destrucción rápida de camiones, gasto suplementario de combustible, fatiga excesiva del personal y limitación de carga. La construcción de rutas camionables de acuerdo con planes racionales, a contrario sensu, obvia todos esos inconvenientes. Es lo que ha hecho nuestro Comando, salvando todos los obstáculos que el enemigo fue incapaz de vencer".11

            Con ese cuadro general, veamos la magnitud del esfuerzo realizado por el país y la forma en que fue organizado para atender los requerimientos del conflicto.

 

            EL SECTOR FISCAL

 

            En el momento de desatarse la guerra, el sector fiscal del país sobrellevaba el agobio producido por la fuerte caída de sus ingresos. La carencia endémica de recursos se había acentuado a grados extremos. La participación del Estado en el ingreso interno era normalmente muy baja. Y con la caída del producto interno producida por la recesión en curso, las recaudaciones fiscales habían disminuido drásticamente.

            El sistema tributario del país, basado en un conjunto de impuestos, prácticamente todos indirectos, captaba apenas alrededor del 7% del producto interno. No existía en el país el impuesto a la renta. La fuente mayor de recursos eran los impuestos aduaneros, que generaban alrededor del 60 % de las recaudaciones. Esa carga impositiva era totalmente trasladable del contribuyente al consumidor, con la sola excepción del impuesto territorial, que representaba solo el 10% del total de los ingresos. Esta estructura tributaria era ineficiente, ya que no proveía al Estado de recursos suficientes para el cumplimiento de sus fines esenciales, aun en tiempo de paz. Era además muy poco equitativa. Hacía recaer, en última instancia, todo el peso de la carga fiscal en la clase consumidora, en su mayor parte de bajos ingresos, mientras la que ahorraba, y acumulaba quedaba virtualmente exonerada de tributos. El cuadro siguiente muestra el rendimiento de los diversos impuestos en el ejercicio 1930/31:

 

 

            Pese al reconocimiento generalizado de la insuficiencia de los recursos rentísticos del Estado, en las esferas del Gobierno había una sólida reticencia a modificarlos. Existía el convencimiento de que un incremento de los impuestos no se traduciría en un aumento de las recaudaciones por causa de la crisis reinante.

 

            EL MANEJO PRESUPUESTAL

 

            Eusebio Ayala tenía una apreciación clara de la necesidad de recursos considerables para atender los requerimientos de la guerra. Pero también compartía el criterio entonces dominante de la incapacidad del sistema impositivo para atender inclusive los gastos regulares de preguerra. No creía que pudiera ser viable la creación de nuevos impuestos o el aumento de los vigentes para la generación de los recursos adicionales que se necesitaban. Esta apreciación lo expresó reiteradamente en sus Mensajes:

            "No hemos juzgado conveniente aumentar realmente las cargas impositivas, a pesar de la urgente necesidad de recursos. La razón es sencilla. Las fuentes imponibles están, por el efecto continuado de la crisis y de la guerra, hondamente afectadas. Nuevas gabelas no harían sino empeorar la situación, sin esperanzas de un rendimiento inmediato capaz de aliviar sensiblemente el Tesoro. La industria ganadera sufre el peso de las requisas, el comercio exportador está sujeto a la expropiación, el comercio importador se restringe por la dificultad de obtener divisas; ninguna de estas actividades se halla en condiciones de sobrellevar, mientras subsistan las circunstancias actuales, una carga adicional importante".13

            Con ese criterio, dejó que el presupuesto fiscal operara dentro del límite de sus posibilidades para atender las funciones regulares del Estado, procurando que con algunas economías en los gastos se liberara todo lo que fuera posible para destinarlo a las necesidades de la guerra. Inclusive se despreocupó de formular ningún presupuesto nuevo. Durante todo el período bélico las finanzas nacionales se manejaron sin presupuestos. Se mantuvo el presupuesto de 1931 tan solo como marco de referencia. Cuando al término de la guerra fue objeto de críticas en el Parlamento por este manejo irregular de los recursos fiscales, dijo al respecto:

            "... hemos podido hacer frente a las exigencias de la guerra... a pesar de la notoria irregularidad en que se desenvuelve el régimen del presupuesto. No habiéndose podido dictar la ley anual de autorización de gastos y previsión de recursos desde 1931, el P.E. en los primeros momentos del conflicto se apresuró a introducir importantes rebajas en los gastos autorizados... manteniendo siempre los gastos en un nivel muy inferior al establecido por ley.

            "Hemos (así) vivido sin presupuesto los tres años del conflicto. (...) No fuera preciso formular ninguna excusa a este respecto si no hubiesen sido lanzadas en el recinto legislativo censuras retrospectivas enderezadas a inculparnos de no haber hecho lo que era imposible hacer. Durante la guerra se puso al servicio de la defensa todos los recursos que fue posible obtener, que en ningún momento bastaron. No cabía previsión de ninguna clase. Hemos recurrido a todos los medios ordinarios y extraordinarios para alimentar las necesidades del Ejército, llegando con el tácito consentimiento del pueblo, hasta debilitar instituciones fundamentales de la economía nacional, como la moneda".

            "La determinación anticipada del "quantum" de los recursos es tarea prácticamente imposible en circunstancias como la presente".14

            En esas circunstancias, la recaudación tributaria solo cubrió una parte reducida del gasto de la defensa. La ejecución presupuestal tuvo en consecuencia poca o ninguna relevancia en el financiamiento global de la guerra. Poca importancia puede tener entonces analizar si hubo o no déficit en el rubro específico del presupuesto, como lo hacen Livieres Guggiari y Seiferheld, buscando con ello magnificar o resaltar la eficiencia del manejo fiscal durante el período bélico.15

            Los recursos tributarios representaron en su conjunto menos de la cuarta parte del total de los recursos movilizados y gastados durante los tres años de guerra y los destinados a sufragar gastos directamente relacionados con la guerra, un porcentaje insignificante. El gran mérito de la gestión fiscal fue el haber podido satisfacer con sus limitadas posibilidades el cuantioso financiamiento que demandó el conflicto. Por otra parte, el registro de los gastos fue extremadamente deficiente. Solo parte de las erogaciones y recursos extraordinarios dedicados a los gastos de guerra fueron registrados en la contabilidad fiscal. Del resto no se conoce registro sistemático alguno y es muy probable que para muchos rubros no haya existido ninguno, como sería el caso de las requisas.

            El análisis del financiamiento de la guerra, del cual no existe una rendición de cuentas ni se ha intentado aún una cuantificación fundada, debe englobar la totalidad de los recursos movilizados y utilizados para tener el panorama del conjunto de ese gran esfuerzo financiero. El análisis del presupuesto abarca entonces solo una parte reducida de ese enorme esfuerzo. Con esa reserva, reproducimos seguidamente las cifras dadas a publicidad a posteriori de los ingresos y egresos presupuestales del período.

 

 

 

            LA CORRUPCIÓN ADMINISTRATIVA

 

            El control más minucioso de los recursos fiscales que imponía las necesidades de la guerra puso en evidencia irregularidades de importante cuantía que arrastraba la administración fiscal. En medio del titánico esfuerzo que desplegaba el Gobierno para cubrir los costos crecientes del esfuerzo bélico, en la Dirección de Impuestos Internos se detectó una discrepancia significativa entre las sumas recaudadas y las ingresadas a la Tesorería. Se comprobó luego que la misma Dirección de la entidad hacía imprimir estampillas falsificadas que eran vendidas en las ventanillas de la propia oficina y cuyo producido era separado diariamente de las recaudaciones transferidas al Ministerio de Hacienda. A raíz del escándalo desatado, el director de la oficina, el Sr. Eduardo Velazco, presentó su renuncia y fue reemplazado por el Sr. Horacio Carísimo. Numerosos empleados de la Dirección fueron destituidos y pasados a disposición de la justicia ordinaria, acusados de complicidad en la defraudación comprobada.

            Poco después, el Cónsul General en Buenos Aires, el Sr. Ismael Candia, fue destituido de su cargo, acusado de apropiación indebida de fondos provenientes de las recaudaciones del Consulado y de la venta de pasaportes.

 

            EL FINANCIAMIENTO DE LA GUERRA

 

            Para financiar los gastos de la guerra, Eusebio Ayala optó por  cuatro recursos poco ortodoxos: 1) la utilización total de las reservas internacionales de la Oficina de Cambios, 2) la emisión monetaria, 3) la expropiación de giros, y 4) la requisa. La movilización de estos recursos se realizaba en forma paralela a la ejecución presupuestal y no era registrada en su totalidad en las cifras de ingresos y egresos regulares del Estado. Apeló además al crédito interno y externo en todo lo que pudo y que no fue mucho. Así consiguió atender, en la medida de sus magras posibilidades,

los requerimientos extraordinarios del aprovisionamiento del Ejército en campaña. Veamos la naturaleza y utilización de esos recursos.

 

            LAS RESERVAS INTERNACIONALES DE LA OFICINA DE CAMBIOS

 

            Detalla Livieres que según documentos hallados en el archivo privado de don Benjamín Banks, que fue Ministro de Hacienda durante todo el período bélico, las disponibilidades de reservas internacionales de la Oficina de Cambios totalizaban 3.3 millones de pesos oro sellado en agosto de 1932.17

            Según el Dr. Eduardo Amarilla Fretes, al 31 de diciembre de 1931, estos fondos ascendían a $ 2.666.968.65 o/s. 18 Estos recursos estaban destinados a respaldar la emisión monetaria y a garantizar la convertibilidad y el funcionamiento ordenado del mercado cambiario. Representaban el superávit de la balanza de pagos de los años anteriores que fue absorbido por el instituto emisor mediante compras en el mercado de cambio. Un año después, estas reservas quedaron reducidas a 556.314 $ o/s. Prácticamente la totalidad de las mismas se había utilizado al inicio de la guerra en la compra de material bélico en el exterior. Su importe en moneda nacional no le fue pagado a la Oficina de Cambios sino simplemente cargado en cuenta al Gobierno como préstamos.

 

 

            LA EMISIÓN MONETARIA

 

            De acuerdo con la Ley No. 550 en vigencia, la Oficina de Cambios solo podía emitir para la compra de monedas extranjeras. Para atender las necesidades de la guerra, esta norma era revocada mediante autorizaciones especiales para emitir partidas destinadas al otorgamiento de créditos al Gobierno. A lo largo del conflicto, la emisión monetaria fue el recurso más intensamente usado para satisfacerlas necesidades imperativas de financiamiento del Gobierno.

            "La emisión, dirá después el propio Ayala, ha seguido la pauta de las necesidades, apartándose de toda regla científica. El papel fiduciario ha hecho la guerra. Cualquiera que sea la condenación que lance en su contra la ortodoxia monetaria, no podrá negarse el eminente servicio que ha prestado al país en la hora de angustia".19

            Las emisiones realizadas se destinaban a cubrir gastos relacionados con la guerra y el importe de las divisas expropiadas. A fines de 1931 la emisión total ascendía a 202,1 millones de pesos de curso legal. A fines de 1932 había aumentado a 240,0 millones y progresivamente a 400,0 millones a fines del año siguiente, a 700,0 millones a fines de 1934, y a 1.240 millones a fines de 1935.20 Se emitió así un total de 1.038 millones pesos para el financiamiento de gastos de guerra, lo que representó una expansión monetaria del 425% y un monto aproximadamente igual al doble de las recaudaciones ordinarias del tesoro en el mismo período. Y esto sin computar las emisiones anteriormente realizadas para adquirir las reservas acumuladas que fueron aplicadas igualmente a los fines de la guerra.

            Era este un financiamiento inflacionario que trasladaba al pueblo el costo de la guerra. Un impuesto invisible que operaba del modo siguiente. La creación de dinero por parte del Estado desencadena un impulso inflacionista que se transmite al conjunto de la economía con la suba acumulativa de los precios que corroe el poder adquisitivo de los ingresos y las tenencias en dinero de la comunidad. La suma de esa resta de poder adquisitivo de la población era la que movilizaba el Gobierno en forma de crédito para aplicarlo al financiamiento de los gastos militares. La emisión era así un mecanismo de transferencia de recursos, una expropiación indirecta, expedita y efectiva, de parte importante de los ingresos reales y de los ahorros de la población que operaba a través del mecanismo de los precios y del crédito.

            Los panegiristas del régimen suelen destacar que los precios de los productos locales de consumo no experimentaron mayor aumento durante la guerra, queriendo con ello minimizar el impacto inflacionario de las emisiones. Ello se debió a que ni los salarios ni los precios de los productos del agro recibieron aumento alguno durante la guerra, pese al fuerte incremento de los precios de los productos importados que sí acompañaban la depreciación cambiaria del peso. Era ésta otra carga que se impuso al sector más numeroso de la población. Sus ingresos no aumentaban mientras el costo de vida subía con el incremento continuado de los precios de los productos importados. Durante el período bélico la cotización del dólar en el mercado libre subió de 63,69 pesos por dólar, a que ascendía a comienzos de 1932, a 333.33 pesos a fines de 1935, es decir un 523,4 %. La cotización del peso argentino, por su lado, aumentó en el mismo período de 18.75$ a 90.25. El cuadro siguiente muestra la evaluación de la cotización mensual promedio del peso argentino en el mercado libre.

 

 

            Corrientemente se analiza la depreciación del peso en función al oro sellado y al peso argentino. Pero esto representa un gran error, porque en ese lapso el peso argentino experimentó también, una fuerte depreciación con respecto a las demás monedas. Esa relación de valor resulta en consecuencia disminuida al reflejar no solo la depreciación del peso, sino también la de la unidad de medida que el peso argentino.

 

            LAS REQUISAS

 

            Estuvieron constituidas por la incautación compulsoria de bienes privados, sin compensación de su valor, que hacía el Estado para destinarlos al uso y consumo de las tropas. Los más afectados fueron los propietarios de camiones y autovehículos y particularmente los ganaderos.

            En los tres años de guerra se requisaron en total 395.000 cabezas de ganado vacuno y 20.000 caballos.22 Esta apropiación, dijo el presidente Ayala, alcanzó en 32 meses al 22% del stock de cada ganadero, o sea, a razón de 8% por año sobre el total del rebaño. El valor aproximado de estas requisas fue estimado por el ministro Banks en 3.000.000 de $ o/s, que al tipo de cambio oficial de 42,61 representaba 127,8 millones de pesos. Estas cifras evidentemente son estimativas, ya que son magnitudes redondeadas en miles de cabezas y en millones de pesos oro. Pero aun así, dan una cuantificación aproximada de la magnitud enorme del esfuerzo impuesto a la ganaría del país.

 

            LAS EXPROPIACIONES

 

            A diferencia de las requisas, la expropiación implicaba una compensación de su valor, aunque no siempre total. La más importante fue la expropiación del 50% de las divisas generadas por las exportaciones, que era compensada parcialmente con el pago de su valor en moneda nacional al tipo de cambio oficial de 42.61 pesos por $ oro sellado. Hubiera sido esta operación una simple expropiación de los cambios, si no fuera que entre el valor pagado y el valor real de las divisas adquiridas existía una diferencia que aumentaba progresivamente con la depreciación del peso nacional en el mercado libre. El exportador negociaba libremente el excedente en el mercado libre a la cotización cambiarla del día.

            Esta expropiación tenía una doble finalidad, la de proveer divisas para la compra del material bélico que importaba el Gobierno y la de reducir su costo, aliviando la carga de su financiamiento. Esta carga financiera al exportador era en parte compensable y trasladable. Compensable porque la expropiación no alcanzaba al 50% por la subfacturación generalizada de las exportaciones y porque el aforo establecido por el Gobierno no recogía los precios reales ni la mejoría de precios de los mercados externos. Era un modo deliberado seguido por el Gobierno para hacer más benigna y llevadera la carga de la expropiación. Ya en la propia época esta lasitud fue advertida. La destacó el presidente del Banco Agrícola de la época, el Dr. Cipriano Codas, en un memoranda elevado al Gobierno. Decía este documento:

            "Actualmente la Oficina de Cambios expropia solamente el 50% de los giros del valor de las exportaciones. Los productos son aforados a sus efectos, bastante por debajo de su valor real, salvo excepciones, de manera que en la realidad la Oficina de Cambios recibe menos del 50% de los giros y los exportadores se benefician con la diferencia, frecuentemente muy elevada. En consecuencia, la Oficina de Cambios apenas puede servir las necesidades del Gobierno y las industrias quedan libradas a una escandalosa especulación que se practica sobre los giros no expropiados. De ahí la suba artificial e incontenible de las divisas extranjeras".

            El análisis del Dr. Codas estaba equivocado en lo relativo a las causas de la suba del cambio que se debía no a la especulación sino a la expansión acelerada del medio circulante por las emisiones continuas de la Oficina de Cambios para financiar los gastos del Estado. Aun así, propuso como solución a la tendencia alcista del mercado libre de cambio, que operaba sin interferencias ni regulaciones, el aumento de la expropiación al 100% del valor de las exportaciones.

            "La única solución aconsejable en las actuales circunstancias, decía, sería la expropiación total de los giros y la equitativa distribución de lo disponible de acuerdo a las necesidades perentorias de la economía del país. De lo que queda dicho se evidencia que en el Paraguay no existe control de cambios, a pesar de haberse creado una oficina para tal objeto y otra para perseguir la especulación monetaria, y de gestarse una tercera oficina o comisión con fines análogos. Todos los países han establecido el control de cambios, hasta con rigor,  y el Paraguay, que está en guerra y se juega su moneda, no lo hace".

            "Es intolerable, afirmaba, que mientras la nación entera empuña las armas para defender la integridad de su territorio, haya quienes en la retaguardia comercien y lucren en detrimento de la estabilidad monetaria importando del extranjero artículos de lujo y hasta de vicios perseguidos por las leyes. Durante la guerra, la gente de retaguardia podemos y debemos resignarnos a vivir más modestamente, desterrando de nuestros usos los géneros finos, las joyas, los perfumes, licores, etc. que comportan la salida innecesaria de moneda sana del país. (...) Se ha argumentado que la expropiación total de los giros desalentaría al exportador con grave riesgo de la producción. Esa es una verdad relativa. Mientras la exportación de los productos produzcan beneficios habrá exportadores. Tal vez se desalienten aquellos que procuran utilidades para mantenerlas en el extranjero. Pero, ¿que perdería el país con el desaliento y el retiro de éstos? Tal vez entonces recién quedarían libres de operar los nacionales, que por su menor capacidad financiera eran suplidos por aquellos".23

            Idéntico planteo formuló el vespertino oficialista "El Diario":

            "La expropiación total de giros de exportación, decía, acrecentará la existencia de moneda sana en las arcas de la Oficina de Cambios y así más fácil será proporcionar giros para saldar deudas contraídas en el extranjero".24

            Adicionalmente, Codas recomendaba la creación de un Banco Central que se encargaría de la aplicación de esas políticas. El banco sería además agente financiero del Estado, depositario de los fondos públicos y regulador de la circulación monetaria.

            Eusebio Ayala fue contrario a esa propuesta. Siendo él un liberal doctrinario, partidario ferviente del comercio libre y del libre cambio, tuvo ya la audacia de concebir y aplicar las medidas poco ortodoxas en vigor para hacer frente a la emergencia extraordinaria que vivía el país. Ese fue su gran mérito. Pero de allí a institucionalizarlas con la creación de organismos permanentes encargados de aplicarlas era para él una cosa distinta. Consideraba que las medidas adoptadas eran todas de emergencia y que no podían ser transformadas en sistemas permanentes.

            "Los métodos fiduciarios que hemos empleado para satisfacer las exigencias de la defensa, dijo después, son de emergencia y tienen que ser eliminados en el mismo instante en que sea practicable".25

            Con una acertada apreciación sobre las causas de las subas del cambio y de los precios, estimaba que "el alza de las divisas extranjeras y la depreciación interior del medio circulante son los efectos naturales de la inflación fiduciaria"26 y no de la especulación, como decía Codas. Consideraba además que "el régimen de la expropiación de los giros extranjeros da buenos resultados; provee a la Oficina de Cambios de divisas, sin acobardar al exportador".27 No vio en consecuencia motivos para endurecer el sistema de expropiación parcial aplicado.

            El ministro Banks, en una evaluación ulterior, ratificaría esos mismos criterios en los términos siguientes:

            "La expropiación total de las divisas era propugnada... por consejeros oficiosos, llevados sin duda, de la mejor intención e influenciados por el ejemplo de la Argentina que la había adoptado a pesar de no estar en guerra. Mas, para el Paraguay, ello hubiera sido funesto, pues hubiera equivalido a matar la gallina de los huevos de oro. ¿Quién, en efecto hubiera tenido interés en adquirir nuestros productos de exportación si por sus divisas solo habría de recibir papel paraguayo inconvertible y sin cotización en los grandes centros monetarios? En cambio, el arbitrio de expropiar solo el 50 por ciento tuvo la virtud de aumentar el número de exportadores, creando a la vez una mayor competencia en la obtención de los productos exportables y, por ende, mejores precios, lo que constituía el más positivo aliciente para que el productor campesino acrecentara su labor".28

            Con ese criterio de tolerancia, un margen siempre mayor al 50% del valor de las exportaciones era regularmente negociado en el mercado libre a tipos de cambio en aumento, y destinado al pago de las importaciones y a remesas al exterior. Como ni los salarios obreros ni los precios internos de los productos primarios eran reajustados, los costos reales de los bienes de exportación resultaban progresivamente disminuidos con el aumento continuado del tipo de cambio efectivo que percibía el exportador como promedio del tipo oficial pagado por el Gobierno por la parte expropiada y el más elevado obtenido por el remanente en el mercado libre. Sumando a esto la suba de los precios externos, el exportador encontraba márgenes suficientes para obtener una rentabilidad adecuada e intensificar sus operaciones. En esas condiciones, era el productor primario el que en realidad soportaba toda la carga de la expropiación. Natalicio González censuró esta situación con fuerte tono crítico:

            "El Gobierno jamás se avino a fijar precios de garantía a los productos del agro, y prefirió dejar sin amparo a la clase que soportaba el mayor peso de la guerra, aportando para la victoria su contribución de sangre y su contribución económica. Debido a esta circunstancia, la expropiación de giros degeneró en una carga terrible que soportó estoicamente el agricultor paraguayo. A primera vista aparece el exportador como el castigado, pues el mecanismo de la expropiación era el siguiente: si una firma vendía al exterior una partida de algodón evaluada en cien dólares, disponía de cincuenta y el excedente cedía al Estado al tipo oficial, inferior en unos quinientos puntos al realmente vigente. Pero al comprar algodón, el exportador, libre para imponer precios, ha transferido a cargo del campesino su pérdida prevista por diferencia de cambio, y tal vez algo más, no pagando sino cuarenta o treinta lo que vale ciento.

            "Esta fue la historia corriente de aquellos días: una familia campesina tiene al padre y a los hijos en la guerra. No quedan sino mujeres y niños para trabajar, pero aquellas y estos saben que roturar los campos es también un modo muy eficaz de defender la patria, y venciendo penurias y fatigas alcanzan a cosechar cien arrobas de algodón que, en aquel trágico cuatrienio, se cotizaba en algo más de diez mil pesos. Pero solo perciben tres o cuatro mil por lo que vale diez mil. A causa de la negativa gubernamental a fijar precios de garantía en defensa de la producción agraria, tal fue la consecuencia clara, real, intergiversable de la expropiación de giros".29

            A Eusebio Ayala no se le escapaba esa realidad y la reconoció en uno de sus mensajes:

            "Económica y militarmente, dijo, la guerra es sostenida por el brazo paraguayo. (...) La producción agrícola, la ganadera y la forestal son las que sostienen el peso financiero de la guerra. El agricultor paga tributo en forma de un descuento del valor de sus productos por el concepto de expropiación; el ganadero contribuye con las requisas de animales. (...) También incide sobre él, indirectamente, la expropiación sobre el valor de los productos y subproductos de ganaderías que son exportados. La industria cuya base es la explotación forestal ha tenido una participación importante en la provisión de divisas para las necesidades de la defensa. Será acto de estricta justicia no solo reconocer esos aportes, dados con invariable buena voluntad, sino también tratar de reponer, en la más amplia medida compatible con las circunstancias, los perjuicios causados".30

            En la información disponible existen diversas estimaciones del monto total de las expropiaciones. Entre los papeles del ministro Banks, divulgados por Livieres G., figura una estimación manuscrita, que se cree realizada a mediados de 1935, que da una suma de 11.6 millones de oro sellado como total expropiado. El Banco de la República del Paraguay da una cifra de 13.5 millones de pesos oro como la suma de las expropiaciones de diciembre de 1933 a diciembre de 1935.31 Pero estas referencias no dan una relación de valor del oro sellado con una moneda real que permita determinar su cuantía efectiva. El oro sellado era una unidad monetaria nominal, de cuentas, cuyo valor también resultaba afectado por la depreciación acumulativa del peso argentino. Natalicio González estimó el valor total de las expropiaciones en 45.0 millones de dólares aplicando relaciones cambiarias ponderadas del mercado libre. Es este un monto aproximado al equivalente de dos años de exportaciones del país, lo que induce a suponer que las bases de su cálculo no fueron precisas.32 En valores reales, la expropiación debe representar un monto menor a la mitad de las exportaciones del período.

 

            RECURSOS CREDITICIOS

 

            El aporte crediticio al financiamiento de la guerra no fue significativo, aunque sí importante y en algunos casos decisivos, por las angustias financieras que el país sobrellevaba. Diversas empresas comerciales argentinas vinculadas al Paraguay le otorgaron al Gobierno préstamos varios por un monto aproximado de 2.0 millones de pesos argentinos. Por medios indirectos, a su vez, el Gobierno Argentino le hizo otorgar al país préstamos diversos por un monto aproximado de 12.0 millones de pesos argentinos, relacionados en parte con la venta de armas y municiones. Zook estimó en 16.6 millones de pesos argentinos el monto total de la asistencia crediticia de procedencia argentina.33 Esta cifra aproximadamente coincide con la que Vicente Rivarola da en sus memorias, en que dice que durante la guerra obtuvo de la Argentina asistencia en dineros, materiales bélicos, combustibles, elementos sanitarios, etc. por un valor total aproximado de quince millones ciento veintiséis mil setenta y dos con noventa y siete centavos, moneda argentina (15.126.072,97 $ m/a).34 La diferencia corresponde a costos y suministros no computados en el inventario hecho por Rivarola y señalados por los editores.

            Para apreciar en su debida dimensión la angustia con que estos préstamos eran esperados en el país, puede leerse el siguiente telegrama enviado por el Ministro de Hacienda el 25 de agosto de 1934 al embajador Rivarola, que decía:

            "Contando con la seguridad de la obtención de los fondos dádame por Ud. telefónicamente, para el curso de la presente semana, he girado en descubierto sobre Nueva York y Londres, con cargo de cubrirme telegráficamente próxima semana, con fondos conseguidos por Ud. para satisfacer necesidades perentorias e impostergables de la guerra. Apelando a su patriotismo indeclinable, pídole finiquitar asunto. Solo así podremos decir que en el momento decisivo hemos prestado a nuestro Ejército glorioso todo el concurso que exige la nación a la retaguardia".35

            Por, otro lado, la deuda flotante con proveedores, internos y externos, era elevada y en continuo aumento. El atraso y la mora en los pagos eran procedimientos usuales que la Tesorería aplicaba para diferir la cancelación de sus obligaciones y un síntoma de la insuficiencia permanente y angustiosa de los recursos del fisco. El Gobierno compraba lo que necesitaba y pagaba lo que podía. En el exterior se ordenaban materiales, se pagaban las señas de entrega y el pago de las cuotas ulteriores quedaba librado a las posibilidades inciertas de las disponibilidades de recursos. No pocas veces los saldos pendientes ni siquiera quedaban registrados en el Ministerio de Hacienda, ya que las adquisiciones se efectuaban por intermedio de comisionados o embajadas. Los esfuerzos por cumplir con esos compromisos fueron, sin duda, intensos. No obstante, los atrasos y la mora inevitablemente se acumulaban. Los dos cañoneros que, de acuerdo con el contrato con el astillero "Cantieri Navale Odero" de Génova, debían cancelarse en 21 meses, terminaron de pagarse 25 años después. Los reclamos de los proveedores y las presiones de sus gobiernos eran continuos y de subido tono, especialmente después de la guerra. Para la regularización de esas obligaciones pendientes, en 1940 se incorporó al presupuesto del año siguiente la amortización de saldos e intereses de las deudas impagas entonces reclamadas:36

 

- Fabrique Nationale D'Armes de Guerre (Bélgica).

Saldos U$A 14.969 y Libras 9.538-17-6.

Intereses  L. 1.484 y U$A 2.181.

- Préstamo Juan B. Gaona. (B.A.)

Saldo m$a 318.288.

Intereses m$a 19.097.

- Odero-Terni-Orlando (Génova).

Saldo Lir. 860.670.

Intereses Lir.   64.550.

- Conzorzio Italiano d'exportazioni di Roma.

Saldo   U$A 130.908.97

Intereses U$A  12.668.61

- Aeroplani Caproni S.A. (Milano)

Saldos m$a 170.000 y U$A 286.506.12

 

            LA COLECTA DEL ORO PRIVADO

 

            Buscando movilizar recursos adicionales, el Gobierno promovió, hacia principios de 1933, una colecta de oro en todo el territorio nacional. Tenía por finalidad reunir la mayor cantidad posible de ese valioso metal para destinarlo al pago de pertrechos bélicos o de gastos externos relacionados con el conflicto. El Ministerio de Hacienda esperaba reunir por este medio un valor equivalente a 30.0 millones de pesos. Creóse para el efecto una Comisión Colectora de Oro para la Defensa Nacional, integrada por personas espectables, representativas de distintos sectores de la ciudadanía y la sociedad. Todo el pueblo acudió a entregar sus objetos más preciados: anillos, pulseras y medallas. No se conoce ningún dato cierto de la cantidad total recaudada, pero fue evidente el impacto importante que tuvo esta colecta que, a más del aporte financiero que representó, fue una muestra de la gran solidaridad nacional al esfuerzo de la defensa. El oro recolectado fue fundido en barritas y destinado al pago de obligaciones externas del país en el momento.

 

            LA RECUPERACIÓN DE LA ECONOMÍA MUNDIAL

 

            Una gran ayuda vino providencialmente del exterior. Hacia el segundo semestre de 1933, la economía mundial iniciaba su fase de recuperación que, aunque limitada y vacilante en su etapa inicial, hizo que la demanda y los precios internacionales de los productos primarios dejaran primero de bajar y luego comenzaran a aumentar aunque no muy rápidamente en la etapa inicial.

            Kindleberger da el siguiente panorama de esa reversión favorable de la economía mundial: "El cambio de tendencia desde lo más profundo de la depresión comenzó en 1933". "El primer país importante que superó su producción industrial de 1929 fue el Reino Unido, que alcanza un índice de 116 en el último trimestre de 1934 (1929=100)". "Alemania e Italia, países del Eje, siguieron caminos económicos independientes, separados de la economía mundial por un sistema de controles. Al otro lado del mundo, Japón se estaba recuperando con rapidez y vigor". "En los países menos desarrollados la recuperación económica se vio favorecida por la subida de los precios en 1933 y 1934". "En Estados Unidos y Canadá, la recuperación iba teniendo lugar, pero no de modo uniforme, y en conjunto, con lentitud. Pero ya se había iniciado el viraje". "Fuera del bloque oro, 1934 y 1935 fueron años de aumento de los precios, de las exportaciones, la producción industrial y la renta nacional. La mayor parte de esta mejora tuvo lugar en 1934, después de cierta recuperación". "La producción y los precios, que habían subido en forma equilibrada en 1934 y 1935, lo hicieron rápidamente en 1936".37

            Con la influencia favorable de la demanda externa reactivada y la mejoría de los precios internacionales, la Argentina inició su recuperación en 1933. Refieren Di Tella y Zymelman: "Dentro del escenario internacional, la recuperación comenzó en 1933 y continuó hasta mediados de 1937, cuando la mayoría de los índices nacionales alcanzaron o sobrepasaron los niveles de 1929". "La recuperación fue principalmente el resultado de mejores precios internacionales para los productos primarios, debido tanto a la gradual recuperación de la economía mundial, como a las medidas internas para asegurar la estabilidad y el ajuste de la economía".38 La recuperación argentina inexorablemente revertía sus beneficios sobre el Paraguay con la mayor demanda de maderas y productos de consumo, especialmente yerba mate y los mejores precios.

 

            LA RECUPERACIÓN DE LA ECONOMÍA NACIONAL

 

            Con esas influencias, el Paraguay hubiera entrado igualmente en 1933 en su fase de recuperación, impulsada por las fuerzas del mercado y la mejoría de los precios externos, de no haber mediado las medidas extraordinarias adoptadas con motivo del conflicto bélico, que hicieron anticipar un tanto el vuelco a la senda de la reactivación. La gran demanda de bienes y servicios destinados al abastecimiento del Ejército y acentuada por la movilización masiva dispuesta en agosto de 1932, fueron factores decisivos para incentivar la demanda interna, reactivar las actividades productivas y comerciales y eliminar el desempleo ya hacia fines de ese año.

            La recuperación externa vino a vigorizar ese vuelco y fue sin duda de enorme ayuda. La reactivación en proceso se fortaleció significativamente con los mejores precios y la mayor demanda externa, fuertemente apoyada por la depreciación acumulativa del cambio que mejoraba las posibilidades de concurrencia de las exportaciones a los mercados externos, aun a los bajos precios todavía vigentes. Absorbidos y abrumados por los acuciantes requerimientos del conflicto, los conductores civiles de la época no percibieron este cambio fundamental en la economía mundial. No existe ninguna referencia de él en los testimonios documentales de esa época.

            Con los mejores precios externos y el incentivo adicional de la desvalorización acumulativa del peso, la demanda y la producción de bienes para exportación comenzó a intensificarse en el país. El escenario bélico estaba lejos de las áreas tradicionales de producción. Las actividades productivas pudieron por ello intensificarse sin la interferencia física del accionar guerrero. Se desató en el país una pasión patriótica para producir más y consumir menos como una contribución al esfuerzo de la defensa territorial.

            Aumentaron las exportaciones, se incrementaron los ingresos fiscales y se redujo el consumo general de bienes importados. El Gobierno vio así facilitado sus esfuerzos para orientar los ingresos disponibles, derivados en parte importante de la mejoría de los precios internacionales y del aumento de las exportaciones, hacia el financiamiento de los costos de la defensa. Habían cesado en el país todos los reclamos de aumentos de salarios y las protestas por los bajos precios agrícolas. En un arranque de patriotismo, todos los sectores económicos del país se abocaron al aumento de la producción sin detenerse a considerar cálculos de rentabilidad y beneficios. Se produjo la reactivación y la ocupación activa del potencial productivo que se encontraba hasta entonces en gran parte ocioso. El gran esfuerzo de la pequeña agricultura puede verse en el aumento de la producción algodonera. De 2.771.470 kilos producidos en 1933 se pasaría a 7.831.927 en 1934 y a 7.992.077 en 1935. Una economía de guerra produce inevitablemente un estado de plena ocupación y ese efecto se registró desde temprano en el país. Para suplir la mano de obra masculina que se incorporaba al Ejército, se inició la intensificación de la ocupación femenina y el más extensivo uso de la población escolar, particularmente en las ocupaciones rurales.

            Con los beneficios de la reactivación, particularmente la capital vivía un ambiente de intensa prosperidad y de abundancia. El comercio estaba abundantemente surtido, inclusive de artículos suntuarios, como lo señaló Codas. No hubo ninguna clase de restricciones o racionamientos en los artículos de primera necesidad ni en los otros. "En Asunción, dice Ríos, siempre estaban llenas las confiterías y los bares. Se gastaba dinero a manos llenas y la ciudad parecía morada de gentes sin mayores preocupaciones".39

            El cuadro siguiente muestra las cifras aduaneras del comercio exterior y los montos anuales de las expropiaciones, calculados ambos en oro sellado.

 

 

            Dadas las evidencias reconocidas de las subfacturaciones y de los mejores precios externos que la recuperación de la economía mundial producía, cabe deducir que el nivel real de las exportaciones durante el período bélico tiene indudablemente que haber sido superior al indicado por los registros aduaneros del país. Igualmente, las importaciones fueron considerablemente mayores, ya que no se incluye en ellas el material bélico importado. Destacamos estos hechos con el afán de orientar a las futuras investigaciones que habrán de realizarse para aclarar mejor el marco real de la época.

 

            LA CAPTURA DE ARMAS Y MUNICIONES

 

            Otra fuente importante, si no decisiva, de aprovisionamiento del Ejército paraguayo fue el material bélico capturado al enemigo. Al término de cada batalla victoriosa, la recolección de armas y municiones era una labor celosamente realizada. Lo primero que buscaban los soldados paraguayos era cambiar sus viejos y gastados fusiles por uno nuevo boliviano.

            Al término de la decisiva batalla de Campo Vía, el 11 de diciembre de 1933, la cosecha de armamentos y equipos fue extraordinaria e importantísima. Refiere el coronel Rafael Franco, que suscribió la capitulación enemiga:

            "Cayeron en nuestro poder cerca de setecientos jefes y oficiales. Seiscientos cincuenta ametralladoras pesadas y livianas, más de 50 morteros, 37 cañones Vickers Amstrong de 105 y 75 mm, más de 10.000 fusiles, cerca de 10.000 soldados y más de un centenar de camiones de todos los tipos. A todo eso deben agregarse los parques de guerra, sanitarios y equipos correspondientes".42

            Al finalizar las batallas de Yrendagué-Picuiba y de El Carmen, en diciembre de 1934, después de haber capturado en ellas más de 10.000 prisioneros, 50 morteros, 79 ametralladoras pesadas, 498 fusiles ametralladoras, 590 pistolas automáticas, 11.200 fusiles, 8.000.000 de cartuchos de infantería, miles de granadas de artillería y de mortero, e intendencias y hospitales completos, Estigarribia recomendó al Gobierno la suspensión de la compra de nuevos fusiles:

            "Con fusiles últimamente capturados al enemigo, decía, disponemos suficientes para nuestras necesidades actuales. Si aún es posible, sugiero cancelar contrato adquisiciones fusiles a fin de disponer esos fondos para otras adquisiciones.43

            Un analista extranjero, el periodista suizo Dr. J. Meister, hizo el recuento siguiente de la magnitud e importancia de esas capturas:

            "El botín de guerra paraguayo en armas y municiones bolivianas era de gran importancia, dado que ascendió en el transcurso de la guerra a 28.000 fusiles y aproximadamente 20 millones de cartuchos, 315 ametralladoras pesadas, 1.727 livianas y 935 pistolas automáticas, 96 lanzaminas con 20.000 granadas, 30 cañones y miles de granadas, 2 tanques blindados y un avión, por un valor total de más de 10 millones de dólares. El Paraguay capturó así más fusiles, armas automáticas y lanzaminas que las que sus fuerzas militares poseían al comienzo de la guerra. (...) Ningún otro Estado ha logrado militarmente tanto con tan escasos fondos invertidos en materia de armamento, aunque los éxitos tenían que ser pagados con un tributo de sangre relativamente alto".44

 

            EL COSTO GLOBAL DE LA GUERRA

 

            No existe un balance global o una rendición de cuentas oficial del total o de las diversas partidas de los gastos directamente relacionados con la guerra. Tampoco ha quedado un registro contable consolidado de esos mismos gastos. La documentación y los registros respectivos se llevaban en forma dispersa por la descentralización o la dispersión de las funciones y responsabilidades de las adquisiciones y de la administración de los suministros.( Habrán influido además para esta omisión los grandes cambios políticos que siguieron a la terminación de la guerra. Pero lo cierto es que no se tuvo el cuidado de reunir los documentos y registros para consolidarlos o tan siquiera para conservarlos. Existen, sin embargo, tres estimaciones del total de esos gastos. Una es un resumen manuscrito hecho por el ministro Banks y divulgado por Livieres G.45 Otra es un cálculo que su autor califica de aproximado, preparado por el Dr. Ángel F. Ríos .46 Y la tercera es la del historiador norteamericano David H. Zook en su obra "La conducción de la guerra del Chaco". Seguidamente presentamos una síntesis de estas estimaciones como una indicación de la magnitud elevada de esos gastos y con el afán de interesar a las nuevas generaciones por un estudio más detallado de este tema.

 

 

            Banks convirtió ese monto de 30.0 millones pesos oro al tipo de cambio oficial de 42.61 $c/1 por oro sellado y obtuvo el equivalente de 1.278 millones de pesos, que le dio un costo diario aproximado de un millón de pesos nacionales. La distorsión cambiaria es aquí evidente, pero no es posible entrar a desbrozar un tema que requiere de mucha información y mayor elaboración para su esclarecimiento. Livieres hace una equivalencia todavía más arbitraria. Toma la relación dólar a oro sellado de 0.71, que fue la vigente al 3 de julio de 1933, y convierte a dólar el total indicado. Al equivalente así obtenido le aplica la variación del 780% registrada en el índice de precios mayoristas, de los Estados Unidos en el período 1933-1982, para deducir un valor supuestamente actualizado de US$ 188 millones como costo total de la guerra. 47

            Ríos hace un análisis también basado en el cambio oficial y luego de descontar de su estimación las partidas de las compras de preguerra y las incautaciones al enemigo, concluye que durante la contienda se gastaron 2.181.760.000 pesos moneda nacional, equivalentes a 51.203.004 pesos oro, o sea 17.067.688 pesos oro anuales: Como el presupuesto de gastos, concluye, raras veces pasó de seis millones de pesos oro, resulta que el presupuesto tuvo que aumentarse en casi un 300%. El mismo Ríos advierte que el costo por él indicado no es realmente lo que insumió la guerra. El monto efectivo, dice, es mucho mayor, y para confirmarlo da a continuación una serie de rubros adicionales que no fueron computados en su estimación.

            Zook da una estimación mayor. Afirma que "el costo de la guerra montó... a una suma estupenda para un país de magros recursos como el Paraguay. Los desembolsos del Gobierno de Asunción fueron de 76.218.865 pesos oro (124.503.515 dólares)". Pero esta suma no es sino el total de $ c/l 3.247.686.000 de la estimación de Ríos, es decir, incluyendo las compras anteriores, convertido a pesos oro al tipo de cambio de 42.61 y a dólares al tipo de cambio de poco más de 0.61 $ oro por dólar.48

            Al margen de la cuestionabilidad de la exactitud de esas cifras, ellas sirven para ilustrar la gran magnitud del cuantioso gasto realizado para atender las necesidades de la guerra y del requerimiento enorme de su financiamiento. Fue un esfuerzo extraordinario que difícilmente pudiera haber tenido un tratamiento diferente o más eficaz. Fue lo mejor que pudo hacerse ante una emergencia que para las posibilidades normales del país era gigantesca. Hacia fines del conflicto, el propio Eusebio Ayala hizo, en los términos siguientes, su evaluación de esa difícil gestión:

            "Durante la guerra se puso al servicio de la defensa todos los recursos que fue posible obtener, que en ningún momento bastaron. No cabía previsión de ninguna clase. Hemos recurrido a todos los medios ordinarios y extraordinarios para alimentar las necesidades del Ejército. (...) Hemos tenido que proceder a los métodos injustos y violentos de las requisas y de las expropiaciones.

            "El Gobierno ha recurrido a la emisión de papel fiduciario para obtener las divisas derivadas de las exportaciones de productos. Las reservas metálicas existentes al iniciarse el conflicto, los recursos de las expropiaciones, algunos créditos obtenidos, en condiciones liberales, de empresas vinculadas con el país, forman el conjunto de los medios financieros utilizados para las adquisiciones en el exterior.

            "Esos recursos limitados, según todos saben, fueron empleados con una rigurosa parsimonia. El Ejército no ha podido ser dotado en ningún momento de los elementos que requería para desplegar su máximo poder bélico. La superioridad del enemigo en todo el curso de la lucha, en efectivos y particularmente en material, ha sido y es inmensa".49

 

            EL REAJUSTE INSTITUCIONAL

 

            Las exigencias de la guerra obligaron al Gobierno a un cambio fundamental en su relación con las actividades productivas del país. La intervención del Estado en diversas actividades económicas fue ineludible. El Gobierno necesitaba imperiosamente lograr una participación mayor en el ingreso interno para financiar los gastos de la guerra y asegurarse a la vez un aprovisionamiento importante de bienes de consumo para el abastecimiento del Ejército. Para el efecto creó diversos organismos con facultades de intervenir en determinadas ramas de la economía nacional, no solo como comprador sino también como productor. Con ello se violaba no solo los principios fundamentales de la ideología liberal dominante en las esferas del Gobierno, sino también normas expresas de la Constitución de 1870, que proscribían toda intervención del Estado en las actividades productivas y comerciales de la población.

            Por Decreto N° 44.420 del 26 de julio de 1932 fue creada la Dirección General de Economía y Abastecimiento (DGEA), como dependencia del Ministerio de Hacienda. Tendría a su cargo el suministro al Ejército en campaña. Fue asimismo reactivada la "Junta Nacional de Aprovisionamiento", creada en 1928 con motivo de la movilización dispuesta después del incidente de Vanguardia y que entonces no llegó a organizarse. Entró a operar como organismo dependiente de la Dirección General de Economía y Abastecimiento, pero con una total autonomía administrativa y operativa. Se constituyó en el gran comprador y proveedor, por cuenta y orden del Estado, de la Intendencia de Guerra. Era de su competencia "adquirir los productos y artículos requeridos para las necesidades del Ejército y Armada, así como de todas las fuerzas movilizadas de cualquier clase que sean". Quedó asimismo facultada a "efectuar requisas si las circunstancias lo exigieran y a expedir recibos que serían reconocidos por el Gobierno nacional". Poco después se le encomendó además el suministro de víveres para la Policía de la Capital.

            La administración de la Junta quedó integrada por siete comisiones. Estas eran las de Proveeduría, Comercio, Ganadería, Transporte, Talleres, Contabilidad y Tesorería. Las dos más importantes fueron las de Proveeduría, que tuvo a su cargo las adquisiciones destinadas a la alimentación de la tropa y la de ganadería, que organizó la requisa y el suministro de ganado para consumo de las fuerzas armadas y policiales. Para facilitar el cumplimiento de su cometido, la Junta organizó estadísticas de la producción agrícola y llevó a cabo un censo ganadero.

            Refiere la Memoria de la DGEA de 1933 que la Comisión de Proveeduría adquiría "los productos agrícolas en diversas zonas al mismo tiempo con el objeto de extender los beneficios en las compras al mayor número de agricultores. Así se han constituido subcomisiones acopiadoras en Ypacaraí, Sapucái y Encarnación, sin dejar de comprar por intermedio de particulares en otros puntos. Los productos industrializados son adquiridos, en su mayor parte, de los fabricantes del país".50

            La Comisión de Comercio adquiría y también fabricaba bienes, vestuario y vituallas para uso y consumo del Ejército en campaña. La Sección de Talleres organizó talleres de curtiembres, zapaterías, talabarterías, hojalaterías. Fueron habilitados un taller de monturas en Altos y otro de polainas en Caballero. Estos talleres fueron proveyendo directamente y en escala creciente los artículos para uso y consumo del soldado en campaña. En abril de 1933, refiere Seiferheld, sus reparticiones producían, diariamente, alrededor de 1.000 kilos de suela negra, 2.000 pies de vaqueta, 250 kilos de suela engrasada.

 

            EL PROBLEMA DE LOS TRANSPORTES

 

            A medida que el teatro de operaciones se alejaba del río y se internaba en esa inmensa llanura salobre, antiguo lecho de mar, que es el Chaco, las dificultades del abastecimiento y particularmente del transporte se complicaban y multiplicaban. En enero de 1935, el coronel Juan Manuel Garay, Jefe del Estado Mayor General del Ejército en Campaña, le refería al Ministro de Hacienda a este respecto lo siguiente:

            "Vamos llegando a los límites del Chaco; nuestras tropas adelantadas se hallan ahora a 700 kilómetros del río Paraguay, vale decir, de Puerto Casado, etapa inicial de nuestros transportes. El enemigo se continúa replegando hacia el Oeste, con el ánimo seguramente de ganar sus altas montañas. Contrariamente a lo que algunos piensan, yo creo que la guerra va a ser larga y todo induce a pensar que Bolivia se apresta resueltamente a hacernos una guerra de usura, como llaman los franceses. No debemos dejarnos sorprender por los acontecimientos y si alguna previsión cabe hacer, es seguramente la de los transportes, base de la vida del Ejército y sostén de la defensa; nosotros estimamos que para conservar las conquistas ya logradas al precio de tanto sacrificio, menester es realizar otras que las consoliden. En este sentido, si antes de la situación actual pensamos que eran suficientes 500 camiones para hacer vivir el Ejército, ahora creemos que hay que doblar la cifra. No somos ajenos a lo que esto significa en medio de tanta pobreza, rayana en la miseria, pero tenemos el deber de advertir, sin ánimo alguno de hurtarnos a las responsabilidades. ¿Hay posibilidad, aunque remota, de obtener el dinero necesario para estas adquisiciones, amén de las otras? Es esto lo que necesitamos saber para nuestra apreciación".51

 

            EL FIN DE LA GUERRA

 

            Hacia febrero de 1935, el avance paraguayo había llegado hasta los límites extremos de la región del Chaco. Las fuerzas de vanguardia ocupaban posiciones en los bordes de las primeras estribaciones andinas. El asedio a Villa Montes se iniciaba y comenzaban los primeros combates con escalamientos de la cordillera.

            Eusebio Ayala hizo el siguiente recuento de la situación imperante:

            "Hemos conquistado toda la planicie del Chaco, menos el pequeño triángulo de Villa Montes. Las fuerzas enemigas están separadas en tres fracciones de 7.000 hombres (Villa Montes), 5.000 hombres (cordillera de chiriguanos) y 5.000 hombres en S. Cruz. Las tropas son inferiores, pero poseen una inmensa superioridad en armamentos y posiciones ventajosas. La guerra sería terminada rápidamente con los elementos bélicos que nos faltan: munición de artillería, aviones y camiones. Los bolivianos tiran 200 cañonazos por cada uno nuestro y si bien no tiene eficacia grave, impide los avances. Estigarribia no quiere sacrificar sus soldados, haciéndolos pelear en condiciones de extrema desventaja. Ya no poseemos un solo avión utilizable y el enemigo es dueño absoluto del aire, bombardeando intensa e imponentemente nuestras posiciones de retaguardia. El mismo Cuartel General es frecuentemente visitado. La falta de camiones nos impide penetrar en S. Cruz, como podríamos hacer fácilmente. La penetración debe ser profunda y alcanzar los centros vitales y para ello carecemos de medios suficientes de transportes. Hoy nuestras líneas de transporte tienen 850 km. del Río.

            "Nuestra tropa está en espléndidas condiciones. Cada vez que ataca rompe indefectiblemente las líneas bolivianas, pero se ve incapacitada de explotar el terreno ganado a causa de la artillería enemiga que no podrá ser utilizada más que por otra artillería.

            "Hemos pedido 1.000 tiros 105  y 2.000 de 75. Es el gasto de dos o tres días de los bolivianos; pero nosotros economizamos y empleamos los cañones solo cuando hace falta. Pero si pudiéramos usar más libremente de la artillería, podríamos obtener éxitos considerables. El Ejército boliviano de los chiriguanos podríamos batir fácilmente con artillería, pues ocupa lugares expuestos a tiro de cañón. Atacar posiciones de montaña con la sola infantería es arduo empeño".52

            En esas circunstancias, Estigarribia le informó al presidente Ayala que se tenía abierto el camino a Santa Cruz. Veía viable la invasión a Tarija. Creía posible aplastar al resto de las fuerzas bolivianas en un plazo brevísimo, pero que necesitaba de elementos para el efecto.53

            A este planteo, el Presidente le respondió en la entrevista celebrada en Capiirendá que ya no había más nada que hacer. Las disponibilidades del Gobierno estaban agotadas. Le anunció en cambio que la paz vendría en muy corto plazo, las negociaciones estaban muy avanzadas. "La guerra está por terminar", le aseguró.54 En una conferencia que se celebró en Buenos Aires se negociaron las bases de un armisticio. El protocolo final fue firmado el 12 de junio de 1935. La guerra iniciada el 15 de junio de 1932, con la toma por fuerzas bolivianas del Fortín Pitiantuta, terminaba con la suspensión de fuegos el 14 de junio de 1935, a las 12.

            Según los juicios autorizados de un historiador militar, la paz llegó en un momento oportuno: "Oportuno, porque a pesar de nuestras victorias en el campo militar, nos encontrábamos con nuestras líneas de abastecimiento y de comunicaciones muy extendidas, casi ya en el límite logístico de nuestras posibilidades. Nuestra economía muy desgastada, nuestras reservas humanas muy disminuidas y nuestro ejército en campaña operando en un amplio frente, en un terreno que facilitaba la defensa enemiga y los golpes de mano certeros".55 La guerra terminaba, pero sus secuelas recién comenzarían a proyectarse en la vida nacional.

 

 

NOTAS

 

1Memorias del Mariscal Estigarribia. 1972. p. 35.

2González, Antonio E. Preparación del Paraguay para la Guerra del Chaco. 1957. T. I. p. 123.

3Fernández, Carlos A. La Guerra del Chaco. T.I. Boquerón. 1956. p. 191.

4Según Seiferheld, el "Paraguay nunca estuvo en condiciones de mantener más de 25.000 hombres en el frente y esto no solamente por falta de armas, sino también por escasez de medios de transporte, agua, caminos y condiciones para formar nuevas unidades de tropa". Ob. cit. p. 429.

5Delgado, Nicolás. Historia de la Guerra del Chaco. Mis recuerdos personales. T.I.

1956.

6González, Antonio E. Preparación del Paraguay para la Guerra del Chaco. 1957. T.

I. p. 38.

7Zook, David H. La conducción de la guerra del Chaco. 1962. p. 213.

8Memorias del Mariscal Estigarribia. cit. p. 101.

9Ibíd. p. 221.

10Ibíd. pp. 136 y 137.

11Ayala, Eusebio. Mensaje al Congreso Nacional. Abril de 1935. En El Estado General de la Nación durante los Gobiernos Liberales. T. III. p. 1240.

12Memoria del Ministerio de Hacienda. 1931. pp. 58 y 59.

13Ayala, Eusebio. Mensaje al Congreso Nacional. 1935. En El Estado General de la Nación, cit. T. III p. 1241.

14Ayala, Eusebio. Patria y Libertad cit., pp. 227, 228, 267 y 268.

15No obstante esta discrepancia, debo destacar la divulgación de documentos valiosos para el mejor conocimiento del financiamiento de la guerra que ambos autores han hecho. Este capítulo no hubiera sido posible sin el material por ellos divulgado.

16Boletín del Tesoro. Nos. 117, 119 y 114. pp. 7 y 8

17Livieres G. Ob. cit. p. 67.

18Citado en Juan Bautista Paoli. Historia Monetaria del Paraguay. 1982. p. 355.

19Ayala, Eusebio. La Moneda y la Política Monetaria. 1951. p. 101.

20Memoria del Banco de la República del Paraguay. 1937. p. 34. Livieres G. ob. cit. pp. 67 y 68.

21Consulado Americano. Despacho No. 32. Bases de la expropiación cambiaria en el Paraguay. Marzo 22 de 1937.

22Entrevista a don Benjamín Banks. Boletín de la Cámara de Comercio Argentino-Paraguaya. Año VIII. No. 6. Según la Dirección General de Economía y Abastecimiento, las requisas realizadas sumaron 5.972 caballos, 1.981 mulas, 1.218 yeguas, 14.067 bueyes, 227.051 novillos y 149.910 vacas. (Memoria pp. 43/46). Según la Asociación Rural del Paraguay, la requisa alcanzó "cerca de medio millón de cabezas, entre bueyes, toros, novillos, vacas, caballos y mulas". (Primer Congreso de la Ganadería Nacional. 1937. p. 9)

23Codas, Cipriano. Cuestiones relacionadas con la Guerra del Chaco. Asunción, 1934. pp. 4 y 5.

24El Diario. 20 de enero de 1.933. p. 1.

25Avala, Eusebio. Mensaje al H. Congreso Nacional. 1935. En Patria y Libertad. cit. p. 231 .

26Ayala, Eusebio. La postguerra. En Patria y libertad. cit. p. 275.

27Ayala, Eusebio. Mensaje al H. Congreso Nacional. 1934. En Patria y Libertad. cit. p. 187.

28Boletín de la Cámara de Comercio Argentino-Paraguaya. Año VIII. No. 6. B.A.1947. pp. 13/15.

29González, Natalicio. El Estado Servidor del Hombre Libre. Ed. Guarania. 1960, pp. 189,190.

30Ayala. Mensaje, 1935, cit. En Patria y Libertad. pp. 225 y 226.

31Banco de la República del Paraguay. Memoria. 1937. p. 51.

32González, N. Ob. cit. p. 187

33Zook, David H. ob. cit. p. 362.

34Rivarola, Vicente. En Cartas Diplomáticas. Eusebio Ayala y Vicente Rivarola. Guerra del Chaco. Editado por Vicente Rivarola Coello. 1982. p. 367.

35Reproducido en Livieres G. ob. cit. p. 72.

36 Presupuesto General de la Nacional. Ejercicio Financiero 1941. Decreto Ley Nº 4900. pp. 219 y 235.

37Kindleberger, Charles P. La crisis económica 1929-1939. Ed. Crítica. pp. 275, 276, 288, y 301.

38G. Di Tella y M. Zymelman. Los ciclos económicos argentinos. Paidós. 1973. p. 251.

39Ríos, Ángel F. La Defensa del Chaco. p. 218.

40Memoria de la Dirección General de Estadística correspondiente al año 1935. 1937. pp. 27 y sig.

41Banco de la República del Paraguay. Memoria el 31 de diciembre de 1937. p. 51.

42Franco, Rafael. Campo Vía y Strongest. 1957. p. 54.

43Estigarribia. Memorias cit. p. 334.

44Reprod. en Seiferheld, ob. cit. p. 428 y 429.

45Livieres G. Ob. cit. Apéndice 1. p. 79.

46Ríos, Ángel. F. Ob. cit. p. 216.

47Livieres G. Ob. cit. p. 79.

48Zook, David H. La Conducción de la Guerra del Chaco. 1962. p. 362.

49Ayala, Eusebio. Mensaje al Congreso Nacional. 1º de abril de 1935. En El Estado General de la Nación durante los Gobiernos Liberales. T. III. pp. 1240 y 1243.

50Memoria de la Dirección General de Economía y Abastecimiento. 1933. p. 60.

51Juan Manuel Garay a Benjamín Banks. 27.1.1925, Archivo Luis María Banks. Reproduc. en A. Seiferheld, Ob. cit. p. 421.

52Ayala, Eusebio y Rivarola, Vicente. Cartas Diplomáticas. Guerra del Chaco. 1982.

p.291

53Estigarribia, J.F. Memorias cit. p. 350.

54Estigarribia, Memorias cit. p. 350.

 

 

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