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ALFREDO BOCCIA ROMAÑACH


  NACIMIENTO, VIDA Y MUERTE DEL ESCLAVO PARAGUAYO - Obra de ALFREDO BOCCIA ROMAÑACH - Año 2004


NACIMIENTO, VIDA Y MUERTE DEL ESCLAVO PARAGUAYO - Obra de ALFREDO BOCCIA ROMAÑACH - Año 2004

NACIMIENTO, VIDA Y MUERTE DEL ESCLAVO PARAGUAYO

 

Obra de ALFREDO BOCCIA ROMAÑACH

 

Los investigadores no dejan de resaltar la importancia del ritual que envolvía a trascendentes momentos de la vida del negro, como el bautismo, la boda, y el comportamiento ante las enfermedades y la muerte, circunstancias rodeadas de una intensa mística, en las que relucían los misteriosos gestos y cánticos originales, a pesar de las santas intenciones y las barreras impuestas por la Iglesia.

Como cualquier ser humano, el negro esclavo tenía un ciclo vital: nacimiento, crecimiento, desarrollo y muerte. Su nacimiento, en caso de producirse bajo techo de un amo particular, se vinculaba estrechamente con la forma de vida de la familia a la cual pertenecía, aceptando sus diversas modalidades y costumbres. Este proceso de adaptación hizo que en la generalidad de los casos el trato fuese más contemporizador y humanizado.

El niño era bautizado con un nombre del santoral católico, adoptando más tarde el apellido del amo. Si nacía en Asunción, recibía el sacramento en la iglesia de San Blas, parroquia para los indios, negros, mulatos y pardos, libres o no. Para casos censales se lo empadronaba en la que correspondía a la vivienda de sus amos.

La mentalidad de la época desdeñaba una educación formal de la esclavatura, sin considerar la posibilidad de la enseñanza de la lectura y escritura. Su paupérrima instrucción no pasaba de un catecismo elemental; las personas pías y los sacerdotes no dejaban de señalar la indolencia, la holgazanería y los vicios de los pobres cal  vos. No obstante, hay evidencias de esclavos que sabían leer y escribir, estando muchas veces al servicio de amos y amas analfabetos. Es de notar que recién en el gobierno del presidente Carlos A. López se fundaron escuelas para niñas; antes de esa época, salvo excepciones, las mujeres ignoraban las primeras letras.

El negrito al dar sus primeros pasos ya era un objeto útil: al comienzo al servicio de su madre y paulatinamente al resto de la comunidad negra. Podía llegar a desempeñarse como mandadero o compañero de juegos del amito blanco. A los esclavos... se les viste tan bien o mejor que a los blancos pobres y se les da un buen alimento. (Azara, Viajes por la América Meridional, p. 277)

Robertson señala: Teníamos también, en vez de nuestro andrajoso postillón pampero, el cochero de gala de Domeque, con casaca anaranjada, sombrero tricornio y botas. Para que nada faltase a fin de imponer respeto en el camino, tenía mi negro de lacayo, con casaca azul de vueltas rojas. (Robertson, J. P., La Argentina en la época de la Revolución, p. 166.)

Cuando el esclavito alcanzaba una edad suficiente, se le imponía una carga laboral determinada en el espacio doméstico o rural. Como signo de status y bienestar económico-comenta Josefina Plá las señoras y señoritas de las casas ricas tenían esclavas adscritas a su exclusivo servicio personal (mucamas) y los señores, sus "pajes". Hay constancia documental del esclavo enviado al doctor Francia (entonces en Córdoba) por su padre, en marzo de 1784, para que le sirviera allí "de paje y a manó". (Plá, Op. cit. p. 44.)

José Antonio Vázquez publicó la guía que enumera los efectos que García Rodríguez de Francia envió a su hijo, en el que figuran: Un negrito de edad de diez años. Y para el uso de éste: una hamaca; un bolante de pañete; un par de calzones de paño; un chupetín de lila; dos camisas, una de lienzo y otra de ruán. (Vázquez, José Antonio. El doctor Francia visto y oído por sus contemporáneos, Eudeba, Buenos Aires, 1975, p. 47.)

Los amos perspicaces, en cuanto notaban en algunos esclavos de su propiedad alguna inclinación para algún oficio o arte útil, les facilitaban el aprendizaje para el mejor aprovechamiento de sus habilidades. Por tanto era común hallar esclavos carpinteros, herreros, talabarteros, alarifes, etc., que llevaban diariamente el producto de sus labores como refuerzo de la economía familiar de sus señores. Julio Ramón de César en su obra "Noticias del Paraguay", en el capítulo "Amos y Esclavos", aporta valiosa información sobre la suerte de los negros del Paraguay que, en reglas generales, muy poco difiere de la observada en otras provincias:


Algunos conchaban a sus criados esclavos obreros, con los que ganan de 6-8-12 reales diarios, según la habilidad o oficio... A estos, como es regular, mantienen con alguna distinción, porque parten el jornal que ganan, con sus amos. Muchos de estos son malos y crueles, pero también los hay buenos, piadosos y caritativos y generosos con sus criados, que muriendo sin erederos forzosos, los dexan libres los mas, siendo fruto de su amancebamiento havidos con sus esclavas; exceptuando una o dos, que dejan al cura por cuenta de su entierro o para missas. (Julio Ramón de César: Op. cit., pp. 207-8)


Algunos negros excepcionalmente llegaron a ser escribientes. A propósito es relevante el siguiente ejemplo. En 1810 el edificio del Colegio Seminario de San Carlos fue convertido en cuartel debido a la  invasión de Belgrano al Paraguay. Dos años después seguía ocupado, pero la necesidad de un local para que continuase la enseñanza, promovió la búsqueda de un edificio apropiado, que culminó con la renta  de una casa perteneciente a Agustín Trigo. El historiador Alberto Duarte de Vargas transcribe un recibo de alquiler, paradigmático, que se encuentra en el Archivo Nacional de Asunción:


En virtud de lo mandado por la Superior Junta de Gobierno en 16 de noviembre del año pasado, he recibido del Administrador particular de Temporalidades del Colegio Seminario, don José Joaquín de Goyburú, trescientos quince pesos corrientes en pago de igual cantidad, a que hascienden los alquileres de la casa propia destinada al Seminario al respecto de treinta y cinco pesos mensuales y corresponden a nueve meses corridos desde el 18 de octubre del año último hasta igual día del mes de la fecha. Y para que conste y no saber yo escribir lo hará por mi Pedro Martir Trigo. En la Asumpción a 19 de julio de 1813. Por mi amo Don Agustín Trigo. (Firmado) Pedro Martir Digo. (El sitio de la nueva sede del Congreso Nacional, p. 75.)


El interesante documento prueba que don Agustín, blanco pudiente pero analfabeto, se valía de los oficios de su esclavo alfabetizado. Esto habla de cierto grado de instrucción proporcionado a algunos pocos servidores domésticos de color por las familias paraguayas y detalle más que importante es el hecho de que tuviera valor jurídico su firma. La adopción del apellido del amo por parte de los esclavos -comprados o criollos- era usual y de aceptación general. Los registros parroquiales muestran con frecuencia la inscripción de grupos numerosos de niños negros y mulatos, hijos de varias madres, registrados con el mismo apellido del patrón, claro vestigio de la preferencia de nombres españoles por los caciques carios en la conquista. (1)


(1)       En los primeros años de la conquista española era frecuente que los caciques "principales" carios adoptaran el nombre de los capitanes españoles en el momento de su bautismo a la fe cristiana. CUPIRATÍ, autoridad suprema de los guaraníes de la región, "el prinçipal sobre todos los principales”; pasó a llamarse Juan de Salazar Cupiratí, el nombre de su yerno el capitán Juan de Salazar de Espinoza, fundador de la casa fuerte de Asunción. El cacique CARACARÁ, en cuyos dominios se erigió la fortaleza, agregó a su nombre Pedro de Mendoza, primer adelantado del Río de la Plata. Este cacique fue suegro de Domingo Martínez de Irala, el célebre Capitán Vergara. (Testimonio de Pedro de Estopiñán Cabeza de Vaca). El cacique MOQUIRACÉ de Tapua, más adelante suegro del tesorero Garcí Venegas, recibió el nombre de Lorenzo Moquiracé. (Fulgencio R. Moreno, 1926). Esta costumbre persistió por años. En tiempos recientes era posible observar a peones indígenas pai tavytera exhibiendo documentos personales en los que figuraban como propios el sobrenombre del patrón. La adopción del nombre completo solía representar una prueba de afecto por parte del siervo. El autor conoció a nativos originarios de las selvas vecinas al Cerro Acangüé en las sierras de Amambay exhibiendo orondos sus libretas electorales en las que figuraban como propios, nombres y apellidos de los principales jerarcas políticos de la época. N. del A



La vida de la negrita no difería mucho de la de su hermano. La primera obligación con sus propietarios era, indudablemente, cebarles mate continuando con tareas domésticas A la edad competente se les enseñaba a lavar y planchar; unas escogidas siervas aprendían el arte culinario autóctono.

La pubertad era una edad de compromiso, difícil en cualquier sentido, tanto si estaba en estrecho contacto con los varones de la casa del amo o con los negros de su ranchería. De cualquier manera su virginidad no habría de resistir mucho tiempo, dada la ancestral costumbre, asiduamente practicada en el Paraguay, del derecho de "pernada", resultando de esto una copiosa producción de mulatos.

Félix de Azara, en el capítulo dedicado a Negros y Mulatos en su magistral obra Geografía Física y Esférica del Paraguay, insiste en resaltar: La suerte de un esclavo aquí difiere poco de la de un libre pobre. De la humanidad de estos españoles resulta el que hay mucho esclavos y libres de estas castas honradísimos que tienen más honor y vergüenza sin comparación que los mejores indios civilizados. El ser más los negros y mulatos libres que los esclavos arguye la humanidad de estas gentes muy superior a la de los estrangeros... Las mulatas corresponden en lo físico a los hombres y los españoles hallan en ellas un atractivo inexplicable que se las hace preferir a las españolas: las negras no tienen igual fortuna y son las últimas para materias de amor... Sus costumbres no son muy católicas por lo menos los preceptos eclesiásticos y el 6° del Decálogo no se guardan mucho. (Geografía Física y Esférica del Paraguay, pp. 427-8)

Azara, inveterado célibe, menciona la frescura y suavidad de la piel de las mulatas y no es ésta la única ventaja que hace que los inteligentes las prefieran a las mujeres españolas, pues además pretenden que con dichas mulatas experimentan placeres especiales que las otras no les proporcionan. Además estas mulatas no son modelos de castidad ni resistencia, y es raro que conserven su virginidad hasta la edad de nueve o diez años. Son espirituales, finas y tienen aptitud para todo; saben escoger; son limpias, generosas y hasta magníficas cuando pueden. Los mulatos tienen las mismas cualidades morales y la misma finura. Sus vicios más comunes son el juego de cartas, la borrachera y la trampa; pero los hay muy honrados. (Azara, Viajes por la América Meridional, p. 276)

Un interesante estudio de la Dra. Ana María Arguello, con datos de 1846, concluye que el 39% de 1.040 personas de color tuvieron su primer hijo entre los 13 a 19 años, y un 7% entre los 8 a 12 años, "que supone una edad muy corta para la concepción". (Argüello, Ana María. El Rol de los Esclavos negros en el Paraguay, Asunción, 1999, pp. 82 y 144.)

El primer embarazo de una negra hacía bajar su cotización por el riesgo muy alto de muerte. En contrapartida, luego de uno o dos partos, una esclava encinta aumentaba visiblemente su precio. La normativa jurídica señalaba que el hijo seguía la condición de su madre esclava, cualquiera fuera la clase o status del padre. Bien dice Julio Ramón de César:


Estos esclavos son muy inclinados a casarse con libres. ¿Quién no solicita mejor suerte? Las mugeres son las que dan destino a sus hijos, esto es, si la mugen es libre, su fruto es libre... por cuios motivos hállanse tantos libres en esta casta de negras y mulatas. (Julio Ramón de César: Op. cit. p. 207.)

Por presión de la Iglesia, el amo buscaba matrimoniar a sus siervas. Los casamientos entre castas diferentes estaban restringidos por las leyes de España y en los primeros tiempos de la independencia, cuando aún se hallaban vigentes, las uniones entre blancos, negros o mulatos e indias requerían la venia del Estado: esta condición dio lugar a que las autoridades tuviesen en sus manos el control de los matrimonios, pudiendo impedir la consumación de aquel que presentara impedimentos, debidos a la pureza de sangre de uno de los contrayentes o por cualquier otra causa que molestara al quisquilloso Dictador Supremo.

La mayoría de las esclavas negras tenían prole de los blancos y de los propios negros, pero de estos últimos en menor proporción, razón por la cual la pureza de la raza negra no se mantuvo, como sucedió en otras regiones.

Las negras eran invalorables en el servicio doméstico. Uno de los defensores de pobres, quien también defendía a los esclavos, refiere detalles de un juicio sobre los trabajos realizados por la esclava  Tiburcia que aunque en la casa de sus amos no había faenas pesadas, basta con el servicio incesante de cocina, de lavar ropa, de planchar como única planchadora para toda la familia; y últimamente la venta de queso por la calle. (Plá: Op. cit. p. 185.)

Las tareas de estas esclavas iban desde amamantar hijos ajenos hasta la venta de productos en la vía pública. En un pleito de una esclava que buscaba comprar su libertad, ésta enumeraba los servicios que había hecho a su ama. Doña Josefina Plá relata que la misma ha contribuido con tareas lucrativas a la renta y bienestar de la dueña; le ha procreado tres hijos, y además ha sido el ama de leche de tres de los retoños de doña Clara. (Plá: Op. cit. p. 196.)

Es evidente que, debido al bajo número de negros, éstos no fueron recluidos en barracones, como en las senzalas brasileñas o en los patios de negros de las familias patricias de Buenos Aires, según se ha visto en capítulos anteriores. En el Paraguay los pocos esclavos habitaban en el mismo solar del amo, residiendo en pequeños ranchos levantados por ellos mismos. Los materiales de construcción no eran diferentes a los del pobrerío blanco: estructura de madera, pare-des de estaqueo y techumbre de paja. Una sola habitación para toda la familia y a veces para toda la esclavatura, práctica que se conserva hasta hoy en muchos hogares humildes. A esta pieza se le agregaba un cupial, que servía de refugio para cocinar cuando el clima no permitía hacerlo al aire libre. Sobre la higiene de estos habitáculos, se refiere la siguiente crónica:


Así, los libres como los esclavos, es gente espesíssima. ¿Pero como pueden ser aseados y limpios, imitando a sus amos? Las cosinas parecen cloacas, todas sin aseo alguno, el que  mas, se reduce a un cuchillo o dos, un mortero hecho de un tronco de árbol, su mazo de lo mismo, y un zernidor o cedazo de paja; con estos tres instrumentos, fuera de algunas ollas de varro, sin vidriado, que todo da asco verlo, hacen quanto se le puede ofrecer para un combite el mas opipero. Los amos no les dan paño o rodillas [sic] para enjugarse las manos, o platos; estos enjugan o limpian frotandolos con las mismas manos, cuya limpieza atestigua los manteles y servilletas puestas en el convite, que a veces no las usan... (Julio Ramón de César: Op. cit., pp. 207-8)


Es curiosa la insistencia del autor sobre la pobreza y la falta de aseo de los siervos, en una época en que en la propia y culta Europa había un prudente distanciamiento hacia toda forma de higiene personal, especialmente en lo concerniente al uso del agua y del jabón. El hacinamiento, la falta de aseo y la insalubridad favorecían frecuentes epidemias en las grandes urbes europeas que ocasionaban gran mortandad. Otros viajeros que conocieron el Paraguay en tiempos de la colonia, específicamente Azara, se refieren a las mulatas en términos más favorables: son limpias, generosas y hasta magnificas, lo que proveniendo de él, lo dice todo. (Azara, Viajes por la América Meridional, p. 276.)


Los esclavos solo podían poseer bienes muebles con la autorización del amo. El Dr. Alfredo Viola cita un acta del Cabildo de Asunción en el que se da a conocer que esclavos, indios originarios y gente de servicio propietarios de algunas pocas reses debían marcar su ganado con la marca registrada de sus amos. Los Alcaldes de la Santa Hermandad y los Jueces comisionados estaban encargados de recoger los hierros de marcar usados privadamente por esas castas. (Actas del Cabildo de Asunción, tomo n. XVII, 1730, tomado de Alfredo Viola, La esclavitud de la época del doctor Francia.)


Una vez casada, o "establecida" regularmente, la negra entraba como nodriza y/o ama de leche, e integraba el estamento doméstico con la consiguiente influencia en la educación de los vástagos de los "señores". Ellas se ocupaban de su crianza y de su alimentación, al punto que el niño blanco adquiría actitudes propias de la negritud que años más tarde costaría erradicar. Pero también copiaban cosas buenas y saludables. Don Julio Ramón de César comenta: Los niños amos quieren imitar (como inocentes) lo que ven a sus criados, y aun los acompañan a la calle, llevando sobre su caveza qualquier cosita, mas que sea un pañuelo doblado... todo lo qual encomiendan con la mayor destreza al equilibrio de su cuerpesito, con cuyo exercicio, desde tiernecitos, se acostumbran a llevar el cuerpo bien plantado y derecho... (Julio Ramón de César: Op. cit., p. 238.)


Así como las esclavas eran objeto de atención sexual de los blancos, los esclavos también tenían relaciones con sus amas, aunque era un juego muy "embarazoso" para la blanca si paría un hijo mulato. Unos mediocres versos de un manuscrito de mediados del siglo XIX, relatan la conversación entre un negro esclavo y su ama blanca, que es acosada por aquel:


El negro

Se ha visto muchos esclavos

que yo no soy el primero;

que disfruta de las flores

como el mejor caballero.


Se ha visto señoras tales

entregarse a sus esclavos;

de día le dice negro

y de noche son los amos!


La muger

Ya estoy resuelta, criado,

si me guardas el decoro;

tendrás ama, y tendrás dueña,

y también un gran tesoro!


Pues a mí no me hace cuenta,

perder yo mi dinero;

que no seré la primera,

que me pongo con mi negro!


El negro

Ya su merced me da el si,

dame el gusto desde ahora,

primeramente un abrazo y un beso,

mi reluciente aurora.


La muger

Ya estoy resuelta, criado,

has de mi lo que quieras;

con tal de que a nadie digas,

lo que conmigo hicieras.


El negro

Siempre anda con la porfía,

de que ninguno lo sepa;

y no le cabe guardar

¡Mire que buena peseta!


Yo tengo muchos amigos,

a todos he de contar;

porque a mi no se me importa,

¡Que se llegue a divulgar!

(Vease Apéndice documental n. 12.)


Don Félix de Azara comenta sobre la suerte de los negros aquejados de alguna dolencia: Las mujeres de sus amos los cuidan en sus enfermedades. Es posible que tal conducta no se haya cumplido en la generalidad de los casos, si bien es demostrativo que lo describa el referido autor. (Azara, Viajes por la América Meridional, p. 277.) Los amos tenían la obligación legal de proporcionar asistencia a los esclavos enfermos pagando los servicios de curanderos y las medicinas. Pero si el dueño veía que el tratamiento y la cura se prolongaban y amenazaban costarle más dinero que el precio de un nuevo esclavo, optaba por desentenderse y hasta podía manumitirlo para salvarse de la pesada carga. Esto ocurría casi siempre con las viejas decrépitas, pero no era excepción que tal suerte tocara a un adulto con antecedentes de buena salud.

Las enfermedades más frecuentes que hacían estragos en la esclavatura eran los cólicos intestinales, la gripe, la tisis, la parasitosis. Los negros venidos del Brasil con mucha frecuencia estaban afectados de sífilis.

Si el negro sufría alguna indisposición su precio disminuía, como fue el caso del esclavo Paulino atacado de molestas almorranas; su valor de venta bajó de 300 pesos a 200, pero los cuidados de su dueño lo curaron por completo, según verificó una inspección médica. (Plá: Op. cit. pp. 204-5.) Es de pensar que con las pócimas y emplastos, Paulino también haya recuperado su anterior cotización.

Producido el deceso del esclavo, siendo católico por bautismo, tenía derecho a un entierro cristiano. El mismo se realizaba en tierra consagrada, en las iglesias, hasta la creación de los cementerios por decreto de los cónsules López y Alonso: "Todos desean vivamente que lo entierren en sagrado, y los padres y amigos prestan este servicio a los difuntos...".

Ilustrativo es el caso de Felipe, esclavo del constructor de la actual Catedral de Asunción, don Pascual de Urdapilleta. Felipe falleció el 3 de noviembre de 1852 y se le enterró en la Recoleta. El servicio de transporte en el carro fúnebre costó 20 reales (dos pesos y medio). Don Pascual, según Duarte de Vargas, debía apreciar al difunto pues pudo haber pagado solo la mitad, que era el costo de un servicio más modesto. (Duarte de Vargas, Alberto, Don Pascual de Urdapilleta: arquitecto y constructor de la Catedral de Asunción, p. 98.).

 

  Fuente: ESCLAVITUD EN EL PARAGUAY

VIDA COTIDIANA DEL ESCLAVO EN LAS INDIAS MERIDIONALES

Editorial Servilibro, Asunción-Paraguay 2004

Dirección editorial Vidalia Sánchez

Prólogo: MILDA RIVAROLA

Diseño de tapa: Goiriz Imagen y Cía.

Editorial Servilibro,  Asunción-Paraguay 2004 (337 páginas).

 

 

 

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