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ALFREDO BOCCIA ROMAÑACH


  VÍSPERAS DE LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY - LAS BATALLAS DE PARAGUARI Y TACUARI - Autores: MARY MONTE DE LÓPEZ MOREIRA y ALFREDO BOCCIA RAMAÑACH


VÍSPERAS DE LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY - LAS BATALLAS DE PARAGUARI Y TACUARI - Autores: MARY MONTE DE LÓPEZ MOREIRA y ALFREDO BOCCIA RAMAÑACH

VÍSPERAS DE LA INDEPENDENCIA DEL PARAGUAY

LAS BATALLAS DE PARAGUARI Y TACUARI

Autores: MARY MONTE DE LÓPEZ MOREIRA

y ALFREDO BOCCIA RAMAÑACH

Compilación de documentos: PEDRO CABALLERO

Colaboración especial:

General de Brigada HUGO RAMÓN MENDOZA

MANUEL GAMARRA

EUSEBIO VELÁZQUEZ NIELSEN

Con los auspicios de la:

Vicepresidencia de la República del Paraguay

Asunción – Paraguay

2011 (126 páginas)



Presentación

I.         Vísperas de la Independencia

II.        Biografías de los principales líderes

III.      Referencias bibliográficas sobre las batallas de Paraguarí y Tacuarí

1.         Informe sobre la Batalla de Tacuarí por don Bernardo de Velasco y Huidobro,    Gobernador del Paraguay

2.         La batalla de Paraguarí, de Juan Crisóstomo Centurión

3.         Las batallas de Paraguarí y Tacuarí, de Efraím Cardozo

4.         Una conferencia inédita en Tacuarí, de Efraím Cardozo

5.         Las batallas de Paraguarí y Tacuarí, de julio César Chaves

6.         La batalla de Tacuarí, de Hugo Ramón Mendoza

IV.      Bibliografía




PRESENTACIÓN


            La formación de toda nación se cimienta en actos cotidianos y anónimos de coraje, esfuerzo y amor, sin embargo, algunos acontecimientos marcan a fuego la historia de los pueblos y coagulan el sentimiento popular de tal forma que el destino, tanto de quienes los protagonizan como de las futuras generaciones, cambia para siempre.

            En este orden de cosas, es impensable sostener que las batallas de Cerro Porteño y de Tacuarí fueron hechos aislados, producto del azar o de los impulsos coyunturales de su principales protagonistas.

            La fragua de la historia estaba al rojo vivo y dos naciones hermanas, dos pueblos latinoamericanos, en pleno proceso de consolidación, se jugaban sus destinos.

            Quien puede desconocer el contexto ideológico y geopolítico continental y regional en el momento de estos sucesos. Aun en estas lejanas tierras, en esta "isla sin mar" llegaban las ideas libertarias de la Revolución americana, de la Revolución francesa y el impacto político de Napoleón Bonaparte en el, entonces, decadente imperio español.

            Sin embargo, la historia de nuestra patria se escribe con sudor y sangre aquí, en tierra guaraní, en la Provincia del Paraguay, castigada durante lustros por impuestos injustos y la explotación de sus riquezas naturales. A pesar de ser amparo y reparo de la conquista, ya desde tiempos de la colonia, las restricciones portuarias, impuestos injustos y condiciones comerciales abusivas, fueron consolidando un sentimiento común de identidad y amor por el terruño.

            La campaña de Belgrano que buscaba "someter a la velocidad del rayo" a la provincia rebelde del Paraguay, fue, sin embargo, la levadura que dio forma un sentimiento creciente de auto determinación.

            En los campos de Paraguarí y Tacuary se dieron los primeros pasos de una nación libre y valiente, que ya entonces, prefirió la muerte a perder su libertad, que no acepto recetas foráneas para forjar su destino, su bienestar y su felicidad, que no aceptó ni aceptará tutelajes ni imposiciones.

            En aquellos días de gloria, en los Campos de Marte, extraordinarios oficiales y soldados criollos, liderados por los comandantes Juan Atanasio Cabañas y Juan Manuel Gamarra dieron con su victoria la razón de ser y existir a la Patria Paraguaya.

            El sacrificio de miles de paraguayos nos enseñó el valor de la libertad y sentó las bases para que meses después, una madrugada del 15 de mayo de 1811, el Paraguay declarara al mundo su independencia.

            La Vicepresidencia de la República se suma al regocijo ciudadano en las vísperas de los festejos alusivos a los 200 años de la Independencia del Paraguay, y se complace en presentar el esfuerzo investigativo de dos brillantes historiadores, en cuya obra detallan con maestría y rigor científico, eventos históricos de fundamental relevancia para la vida nacional.

            Este aporte de la Vicepresidencia de la República a la historiografía nacional, se realiza con el firme convencimiento de que solo podremos construir un futuro promisorio con el pleno conocimiento de nuestras raíces históricas.


            Dr. Luis Federico Franco Gómez

            Vicepresidente de la República del Paraguay




LA BATALLA DE PARAGUARÍ


            Juan Crisóstomo Centurión105


            Nació en Itauguá el 27 de enero de 1840. Hijo póstumo de Francisco Pérez de Centurión y de doña Martínez y Rodas. Estudió las primeras letras en la escuela del maestro Quintana y luego ingresó a la Escuela de Matemáticas dirigida por Pedro Dupuy. En 1858, integró la nómina de alumnos becarios a Europa. En Inglaterra cursó Derecho Internacional, Público y Privado, además de varias lenguas extranjeras. Regresó al país en 1863 y trabajó como secretario de la Cancillería y traductor oficial del gobierno. En 1866, fue condecorado por el Mariscal López. Fue redactor del Cabichuí. En los años posteriores a la guerra contra la Triple Alianza, ejerció cargos diplomáticos y escribió como periodista en varios periódicos nacionales y extranjeros. Firmó el acta fundacional de la Asociación Nacional Republicana en 1887. Falleció el 12 de marzo de 1909.


105Centurión, Juan Crisóstomo. 1975. Mocedades. Los sucesos del Puerto Pacheco. Asunción. Biblioteca Clotilde Bordón, p. 170.



            Establecida la Junta de Buenos Aires, el 25 de mayo de 1810 y después de la abdicación de Carlos IV, los peninsulares se resistieron en reconocer la legalidad de su procedencia, no habiendo sido constituida directamente por mandato del monarca y le negaron obediencia, pidiendo la reinstalación del virrey.

            La oposición abierta de parte de los españoles y la insistencia de la junta en someterlos, produjo una lucha que muy luego degeneró en guerra de independencia.

            La junta, sin perdida de tiempo, se dirigió al Gobierno del Paraguay, pidiéndole su adhesión y cooperación en la revolución que se había iniciado. El Gobernador D. Bernardo de Velasco, que fue el último representante de España en la Provincia del Paraguay, sometió la invitación a un consejo de notables, y este resolvió que el Paraguay, antes de obrar, quería aguardar la última decisión de la corte de España, sin perjuicio de continuar intentando en amistosas relaciones con Buenos Aires.

            La Junta bonaerense, en vista de esta resolución que no esperaba, sin duda, y empeñado en hacer reconocer su autoridad por el Paraguay, acordó enviar una expedición armada contra esta Provincia.

            La expedición iba al mando en jefe de uno de sus vocales, el Gral. D. Manuel Belgrano. Las fuerzas de que se componía eran veteranos y bien reducidos en número, tenían a su favor la superioridad moral. Constaban más o menos de 1.500 hombres, la mitad de caballería y la otra mitad de infantería, y seis piezas de artillería con sus correspondientes guarniciones, cuatro de a dos y dos de a 4.

            Belgrano se había aventurado a invadir al Paraguay con esta pequeña fuerza, persuadido de que el pueblo estaba cansado del gobierno español y que el lábaro revolucionario que llevaba por delante adornado de la aureola de la libertad, sería suficiente para ser recibido con los brazos abiertos; pero sufrió un gran desengaño.

            El 18 de Diciembre de 1810, es decir, el mismo día en que el General Belgrano hacia el pasaje del Paraná, el Gobernador D. Bernardo de Velasco, lanzó la siguiente proclama al pueblo paraguayo: "El Señor Gobernador del Paraguay a sus habitantes.

            Heroicos Provincianos: Nuestros enemigos, es puñado de bandidos enviados por la junta insurreccional de Buenos Aires contra esta noble Provincia, os ha hecho el mayor agravio en creeros capaces de la sedición y del miedo. El intrépido jefe de la expedición a la ciudad de Corrientes les he dado una prueba de que no los tememos y los valerosos comandantes de las partidas del Paraná D. Fulgencio Yegros y D. Pablo Thompson, han recibido a los emisarios de los rebeldes de la manera más propia para convencerlos, que aquí no tienen lugar la intriga y la falsía, únicos medios con que han pensado suplir la debilidad de sus fuerzas. No hay arbitrio, por infame que sea, que los insurgentes no hayan puesto en ejecución para separaros del camino de la justicia y del honor. Todos saben que entre las tropas de la desgraciada ciudad de Buenos Aires, vienen varios hijos espúreos de esta provincia. ¿Qué fundamentos tiene esa junta turbulenta para deducir que sus honrados parientes, y paisanos, habían de seguir sus detestables ideas? Ellos son los primeros que vengarán la injuria que se les hace dando una prueba al Mundo entero de los fieles sentimientos que les animan. Sabed más, esa cábala de facciosos en sus sesiones sanguinarias, ha resuelto y maquinado el asesinato de vuestro Gobierno. ¿Acaso porque yo dejara de existir se acabaría vuestra fidelidad? ¿Faltaría un caudillo, que os condujera a la victoria, y exterminara a ese conjunto de salteadores, que invoca nuestro desgraciado Rey Fernando VII y ataca infamemente a sus derechos y los de sus fieles vasallos? Almas viles, que seducidos por una política corrompida, que no han sabido aplicar, prefieren la destrucción de un país que les ha dado el ser a su desmesurada ambición. Han hecho todo lo posible para invitar al tirano Napoleón, pero les faltan luces y ejércitos. No creáis a los que pretenden persuadiros con estudiosa malicia que viene contra nosotros un formidable ejército; son indignos del nombre español, los que tales especies propalan, y si vuestro justo enojo puede contenerse de (roto) al Gobierno, y veréis prontamente castigada su infamia. A las armas, valerosos habitantes de esta ejemplar Provincia; la Divina Providencia nos protege visiblemente; ella nos ha proporcionado cañones y fusiles; pero vuestras lanzas son todavía más terribles. Soy viejo en la guerra, y conozco cuánto vale estas clases de armas manejadas oportunamente por manos como las vuestras. Moriré con gusto en medio de vosotros y tendré la gloria de acabar mis cansados días al frente de una provincia heroica y de unos súbditos amables en cuya defensa me parece un corto sacrificio el de mi vida".

            "Asunción del Paraguay, 18 de Diciembre de 1810. Bernardo de Velasco".

            "Es copia fiel del original. Dionisio Huicedo".

            El General Belgrano penetró en el territorio paraguayo sin obstáculos, y prosiguió su marcha sin interrupción hasta Paraguarí, pequeña población situada en un vasto llano a distancia de una diez y seis a diez y ocho leguas de la Asunción. El edificio más importante y único de su clase que contaba entonces dicha aldea, era el Convento de los jesuitas anexo a una Iglesia, y que aún existe.

            El ejército porteño acampó en un montículo llamado Mbaé, y que hoy es conocido desde aquella memorable época con el nombre de Cerro Porteño.

            El ejército paraguayo que se había improvisado con la noticia de la invasión, se componía de españoles y criollos, en número más o menos de seis mil hombres. Los primeros formaban la infantería, que era poca numerosa, y los segundos, la caballería bien montada. En general estaba mal equipado; las tropas bisoñas, sin orden ni disciplina, sin jefes ni oficiales de experiencia capaces de conducirlas, excepto el Gobernador Velasco, que había hecho la guerra de Rosellón contra los franceses, y se había distinguido también por su valor en la defensa de Buenos Aires contra los ingleses.

            El Gobernador Velasco, que mandaba en jefe el ejército paraguayo, guarneció la barrera natural que forma el arroyo Yukyry, brazo del Caañabé, con piezas de artillería de campaña que barrían la planicie, las cuales eran sostenidas por fuerzas de infantería y caballería bajo las inmediatas órdenes del mismo Velasco. El resto de la caballería paisana, o sea compuesta de los naturales del país, ocupaba los pasos y nacientes del Caañabé y otros puntos por donde pudiera el enemigo penetrar dentro del campo.

            Belgrano atacó la posición paraguaya en Yukyry, a las cuatro de la mañana; las divisiones de ataque venían al mando inmediato del general Machaín.

            Después de un vivo fuego de fusilería y de cañón que duró como media hora, las fuerzas paraguayas, bajo la influencia de la sorpresa, se dispersaron; el Gobernador Velasco por delante que, sin esperar ningún resultado, puso pie en polvorosa, dando ya todo por perdido.

            Las huestes porteñas, dueñas del campo, poseídas de un gran entusiasmo, se pusieron a recoger el fruto de su fácil triunfo, entregándose al saqueo del pueblo de Paraguarí. Sin embargo, un resto de la caballería paraguaya, animado por sus jefes, recobró valor, y aprovechándose del desorden que había entre los porteños, cayó de improviso, con la velocidad del rayo, sobre ellos. El triunfo desde luego se declaró a favor de los paraguayos, que hicieron como ciento y tantos prisioneros, tomando como trofeos dos piezas de artillería a lazos, que, según la tradición que nos sirve de guía, fue la parte más chusca del fandango bélico de esa ocasión.

            Belgrano, deseoso de rescatar a los suyos que quedaron prisioneros en Paraguarí, inició un nuevo ataque; pero sus tropas fatigadas ya de tanto pelear, flaquearon bajo el fuego certero de la artillería paraguaya, y mandó replegar a su campamento.

            El General Belgrano, en vista del desaliento general de sus tropas y oficiales, emprendió retirada precipitadamente. Entusiasmados los paraguayos por el éxito que habían obtenido y que sólo costó una pérdida de cuarenta y tantos hombres muertos y heridos, se pusieron en persecución de los porteños, a quienes dieron alcance sobre el río Tacuary, uno de los afluentes del Alto Paraná. Allí ocupó el enemigo una posición ventajosa para defenderse. Atacados por los paraguayos en número superior, hizo prodigios de valor, pero exhausto de cansancio, y debilitado moralmente, capituló después de algunas correspondencias combinadas entre Belgrano y Cabañas, y en virtud de la capitulación, debida a la inexperiencia de los paraguayos, que pudieron haber tomado a todos prisioneros, fue concedido al General Belgrano y resto de su ejército salir del país con armas.

            He ahí el triste fin que tuvo la expedición lanzada contra el Paraguay por la junta de Buenos Aires.

            Después de aquel acontecimiento, el espíritu de patriotismo y de libertad tomó creces en el país. La corta campaña no ha dejado de despertar en el ánimo de los paraguayos un sentimiento de confianza, haciéndoles concebir una idea más perfecta sobre la importancia de sus propias fuerzas, y el porvenir que con ellas pudieran asegurar.

            Por otra parte, el ejemplo de los pueblos vecinos que ya estaban regidos por autoridades propias, y las semillas de libertad que sutilmente había sembrado Belgrano entre los jefes paraguayos, bien que con propósitos insidiosos, los determinó a procurarse las mismas condiciones y gozar del libre ejercicio de aquellos derechos civiles y políticos que por la ley natural correspondía como a pueblos, y de las que estaban, hasta entonces, privados por una política injusta y egoísta del gobierno peninsular.

            Esta circunstancia dio lugar a que los principales criollos, aquellos que eran más visibles por su posición social e ilustración, mirasen a los españoles con cierta aversión y animosidad, porque veían que éstos, con las ventajas de la vida pública de que disfrutaban exclusivamente, ejercían sobre ellos un predominio injustificable ante la razón y la justicia.

            En efecto, todos los funcionarios públicos que, muchas veces eran inferiores a los naturales en experiencia e inteligencia, y casi siempre así, en cuanto a conocimiento de los negocios e intereses locales, todos salían de España y venían a formar una especie de oligarquía privilegiada con intereses y tendencias también aparte; porque no podían identificarse o confundirse con los de la sociedad desde el momento mismo que eran huéspedes pasajeros, cuya estancia o permanencia era de muy poca duración, generalmente hablando. En el transcurso del tiempo, llegaron a ser odiosos y repugnantes, porque en lugar de dedicarse a mejorar la condición física y moral del pueblo mediante una administración justa y regular, dando ejemplo de probidad en el cumplimiento de sus deberes, se afanaban con preferencia en hacerse de fortuna lo más pronto posible, es decir, antes que otros viniesen a relevarlos. De esta manera la administración pública llegó a ser para ellos una granjería, introduciéndose en ella los más escandalosos desórdenes de que era víctima el pueblo. Vanos y orgullosos por la supremacía que irrevocablemente mantenían sobre los naturales, guardaban hacia estos un aire despreciativo e inconveniente, dándoles a comprender, con demasiada claridad, que existía entre unos y otros una desigualdad inconciliable procedente de raza y de condición social.

            El antagonismo que esta circunstancia engendró entre las familias criollas y españolas; el recuerdo de algunos vejámenes y violencias de que los naturales, alguna vez, han sido víctimas por la avaricia o arbitrariedad de sus dominadores; la humillación constante en que vivían; la inferioridad del número de españoles y la ausencia de toda fuerza militar que pudiese servir a éstos de protección eficaz y apoyo en caso de una tentativa, fueron causas que contribuyeron poderosamente a debilitar la adhesión de los criollos al Gobierno español a quien miraban, ya no como un protector de sus derechos individuales y civiles, sino como un enemigo opresor que vive chupando el fruto de sus sudores; y fueron, más o menos, estas mismas causas las que determinaron a los naturales a sacudir el yugo que les tenía sujetos, el 14 de Mayo de 1811, estableciendo de hecho la Independencia de la Provincia, mediante una revolución pacífica.

            ¡14 de Mayo de 1811! Día venturoso en que se vio nacer en el horizonte de la Patria la estrella de la libertad, marcando con sus refulgentes rayos el camino que debería seguir para llegar con prontitud a su regeneración y felicidad. Más, desgraciadamente, fue eclipsada casi en su misma cuna por el giro tortuoso e infecundo que dieron a la revolución hombres que no supieron comprender la importancia del triunfo alcanzado por el pueblo. Este quiso emanciparse de la esclavitud en que le hacía vivir la tiranía, y aquellos que servían de mentores para prepararle la senda por donde debía marchar el carro triunfal de su progreso y engrandecimiento, desviando el espíritu de la emancipación, le obligaron a entrar en el antiguo surco trazado por instituciones rancias y anti-progresistas. ¡Deplorable error, cuya consecuencia ha sido fatal!

            La verdadera idea que tuvieron los paraguayos para no haberse prestado entonces, aún después, a cooperar con los argentinos en su revolución directamente, eludiendo todo compromiso con la manifestación de esperar la decisión de la corte de España, no fue porque dejaran de simpatizar con el movimiento de sus hermanos, sino porque querían hacerse real y verdaderamente independientes, tenían el grandioso pensamiento de pertenecerse a sí mismos; en una palabra, no querían romper la cadena de la Metrópoli española para luego someterse a la de Buenos Aires; porque si ominosa era la primera, fatal hubiera sido la segunda; no sería "sino cambiar una cadena por otra y mudar de amo".

            Aquel hecho portentoso y memorable en los anales del Paraguay, fue anunciado al Pueblo en una enérgica y elocuente proclama, dictada por el Dr. Francia, en la que demostró con sólidos razonamientos el perfecto derecho que asistía a la Nación paraguaya para asumir su propia soberanía y regirse con absoluta independencia, no sólo de Buenos Aires, sino de todo poder extraño, en virtud de haberse roto para siempre el vínculo político de adhesión que la había tenido unida a la Metrópoli Española.

            El gobernador Velasco fue sustituido por una junta Gubernativa compuesta de un Presidente, tres vocales y un secretario con voto deliberativo. Este último puesto fue ocupado por el doctor Gaspar Rodríguez de Francia, que era el que dirigía a todos los demás miembros de dicha Junta.





LAS BATALLAS DE PARAGUARÍ Y TACUARÍ


            Julio César Cháves106


            Historiador y docente. Hijo del doctor Francisco Chaves Careaga y de doña Virgilia Casabianca. Nació en Asunción en 1907. Cursó sus estudios en el Colegio Nacional de la Capital y en la Facultad de Derecho de la U.N.A. Su tesis versó sobre la Doctrina Monroe. En el transcurso de la Guerra del Chaco, fue uno de los principales redactores de los comunicados del Comando en Jefe del Ejército en Campaña. Concluida la contienda, ejerció la docencia secundaria y Universitaria. Fue exiliado a la capital argentina y allí publicó su primera obra de carácter histórico: Relaciones entre Buenos Aires y el Paraguay, 1811-1813. De vuelta al país ocupó un escaño en el Parlamento y en representaciones diplomáticas hasta que un prolongado destierro (1940-1952) lo llevó nuevamente fuera del Paraguay. Investigó sobre la historia nacional en varios repositorios y archivos extranjeros; documentos que le permitieron escribir varios libros relativos a la historia paraguaya. Fue miembro de varias instituciones culturales y científicas. Falleció en Asunción el 20 de febrero de 1989.



106Chaves, Julio Cesar. 1959. Historia de las relaciones entre Buenos Aires y el Paraguay. 1810-1813). Asunción-Buenos Aires. Ediciones Nizza, pp.




            PARAGUARÍ


            La nueva de la expedición auxiliadora que nadie había pedido ni menos aceptado, conmueve los ánimos en toda la provincia. Hasta los espíritus simples comprendieron que se estaba ante el peligro de una nueva opresión más odiosa aun que la soportada durante tres siglos. La provincia íntegra rodea a su gobernador para la defensa del terruño amenazado. Las ciudades, las villas, los pueblos, la campaña entera ofrecen sus hijos, sus intereses, su apoyo, su adhesión incondicional.

            Las medidas poco acertadas de la junta venían acentuando el descontento paraguayo; el vejamen, la amenaza, la presión usados, tenían repercusión contraproducente; el pueblo paraguayo era arrojado con esa política en brazos de sus gobernantes con cuya causa no se estaban ni querían estar identificadas. La noticia de la expedición auxiliadora cuyo objetivo aparecía como altamente sospechosa, colmo la medida. Los paraguayos que desde el 25 de mayo estuvieron a la expectativa se resistieron a ser libertados a cañonazos, y se volcaron a favor del régimen, no para sostenerlo, sino para defender su autonomía, el derecho a ser dueños de su destino. Aquella explosión popular no fue en ningún momento de oposición a la independencia, sino afirmación localista.

            Explosión popular dijimos, y lo fue, amplia, ruidosa, entusiasta. Los mismos que huyeron a los montes cuando se presento Espínola enarbolando un estandarte oscuro, surgieron de las más apartadas regiones, de las ciudades, de los pueblos, de los villorrios, de la campaña. Vinieron los criollos a enrolarse trayendo sus armas y montados, viajando como sus antepasados, los de la generación fundadora "a su costa y minsión".

            Probó una vez más nuestro pueblo en esos días que no hacia oídos sordos cuando se le convocaba para sostener una causa que creía justa y noble. La movilización supero toda la expectativa y asombró al mismo Velasco, quien escribió: “como si un rayo hubiese herido los corazones de estos incomparables provincianos, me halle a los dos días de haberse circulado los avisos con más de seis mil hombres prontos a derramar la última gota de sangre ante ¡Que rendirse!”.

            Velasco lanza una proclama a sus "heroicos provincianos". "Nuestros enemigos, ese puñado de bandidos enviados por la junto insurreccional de Buenos Aires contra esta noble Provincia, os ha hecho el mayor agravio en creeros capazes de la seducción, y del miedo: el intrépido Xefe de la Expedición á la Ciudad de Corrientes, les há dado una prueba de que no los tememos. No hay arbitrio por infame que sea, que los insurgentes no hayan puesto en execución para separarnos del ánimo de la justicia y del honor... ¿Qué fundamentos tiene esa Junta turbulenta para deducir que sus honrados Parientes, y Paysanos habían de seguir sus detestables ideas? Ellos son los primeros, que vengaran la injuria que se les hace, dando una prueva al Mundo entero de los fieles sentimientos, que les animan... ¡A las Armas! valerosos habitantes de esta exemplar Provincia, la Divina Providencia nos protege visiblemente; ella nos ha proporcionado cañones, y Fusiles, pero vuestras lanzas son todavía más temibles.

            Soy viejo en la Guerra, y conosco quanto vale esta clase de armas manejadas oportunamente por manos como las vuestras. Moriré con gusto en medio de vosotros, y tendré la gloria de acabar mis cansados días al frente de una Provincia heroica, y de unos súbditos amables, en cuya defensa me parece un corto sacrificio el e mi vida".

            La movilización general recuerda al pueblo en armas de la revolución francesa. De los más apartados lugares, de los más humildes villorrios llegaban los criollos a alistarse viajando por su propia cuenta y por sus propios medios. Los campesinos excluidos del servicio por la edad, ofrecían, unos sus cosechas, otros sus ganados. Velasco mismo se asombra: "Noticioso de este movimiento, expedí ordenes a la campaña para la reunión de los Escuadrones urbanos que he formado, y como si un rayo hubiese herido los corazones de estos incomparables provincianos, me hallé a los dos días de haberse circulado los avisos con más de 6.000 hombres prontos a derramar la última gota de sangre antes que rendirse".

            Ahora marchemos a Asunción; la ciudad y la provincia toda -según Velasco- "con heroicas demostraciones de sentimiento y de dolor" miraban el avance del enemigo en territorio patrio. Se intensificaron las medidas de defensa y los preparativos belicoso. Se movilizaron las milicias provinciales llamándose a las filas a los oficiales y soldados urbanos que cubrieron los regimientos "reglados" o permanentes del ejército real; estos solo existían en esqueleto, contando cada uno con 4 oficiales y 90 soldados. En el proceso se hizo gala de ingenio y capacidad de improvisación; la técnica y la preparación de los profesionales fue ampliamente superada por los improvisados reservistas que acudieron prestamente al llamado.

            Los paraguayos olvidados durante largo tiempo recibían de todos lados aliento y elogios. Vigodet, desde Montevideo, también los arengo: "Seguid, hijos dignos de la Nación Española, seguid valientes la senda de la virtud para entrar triunfantes al templo de la Gloria. Que vea el Universo que el valor de los Pueblos Americanos tratando de sostener la causa de la Nación, no es inferior al heroísmo de sus hermanos de la Metrópoli, defendiendo su libertad e independencia; y que la Gloria de vuestro nombre escrito en la lista de los héroes sea el patrimonio más brillante de vuestra descendencia".

            No bastaba, sin embargo, la decisión para una defensa afortunada. El entusiasmo no podía suplir la falta de armas. Pocas esperanzas se fundaban en la eficiencia de un ejército numeroso pero pobremente armado, sin disciplina y sin instrucción militar. Eran estos inconvenientes difíciles de salvar. Consciente Velasco de la debilidad de su ejército y su inferioridad ante las fuerzas adiestradas y regulares del invasor, considera aventurado empeñar combate en la frontera. Se propone alejar al enemigo de sus bases, atraerlo al centro del país, donde el desconocimiento del terreno y el cansancio de las largas marchas sean factores decisivos en la lucha. Se abandona el territorio amenazado por el enemigo; solo quedan pequeñas partidas volantes que vigilan la marcha del invasor. Impresionaba el vacío. Las poblaciones refugiadas en los bosques, los pueblos abandonados, las casas cerradas. Un halito de muerte cubría toda la tierra paraguaya comprendida entre el Paraná y el Tebicuary. Belgrano se preguntaba a cada paso donde estaban los partidarios de la junta, los invisibles soldados del coronel Espínola, y para peor ni siquiera los enemigos aparecían. Escribía el comandante en jefe a la junta. "No encuentro a los enemigos; todo lo van dejando franco, sin duda se han refugiado hacia la ciudad donde parece se fortifican.

            Sin datos, sin informes, sin noticias, Belgrano marcha adelante presintiendo horas de infortunio y de dolor, mientras el pueblo paraguayo se repliega sobre sí mismo para retemplar las fuerzas que le llevaran a la victoria. Para Belgrano aquel impresión ante vacío, aquella huelga total de brazos caídos, significaba el amor de los paraguayos a su gobernador y su adhesión al régimen español.

            "Así es que han trabajado para venir a atacarme de un modo increíble, venciendo imposibles que solo viéndolos pueden creerse: pantanos formidables, el arroyo a nado, bosque inmenso e impenetrable, todo ha sido nada para ellos, pues su entusiasmo todo les ha allanado; ¡que mucho!, si las mujeres, niños, viejos, clérigos y cuanto se dicen hijos del Paraguay, están entusiasmados por su patria, y adoran a Velasco tanto que, aun conociendo que es, gobernado por el sobrino y Elizalde, a quienes detestan, lo disculpan".

            Los hechos tardarían muy poco en destruir esta interpretación simplista. Con acierto anota el general José María Paz: "Antes dije y repito ahora, que esa unanimidad no provino de adhesión al sistema español sino de un instinto ciego de localidad, al que puede añadirse mucho de amor propio".

            Efectivamente, no era amor a Velasco ni adhesión al régimen español, era amor a la patria, pasión por el terruño, una autoafirmación de nacionalidad. A medida que se acercaba al territorio paraguayo, Belgrano intensificaba su política de captación; mezclaba la seducción con la amenaza. A los naturales de las Misiones los declaro hermanos y libres de tributo, les distribuyo tierras, y los exceptuó de impuestos por diez años, concediéndoles, además, un comercio franco y libre con las provincias del Plata. A los paraguayos les adelanto que venía a liberarlos de la opresión, a restituirles sus derechos y a ayudarles a conseguir la prosperidad.

            Desde la costa del Paraná escribió el jefe porteño al gobernador "que traía la persuasión o la fuerza, pidiéndole aceptase la primera para excusar la efusión de sangre entre hermanos" Este pedido no era fruto del temor, pues sus fuerzas eran superiores y más entusiastas. A la junta solo le movía el deseo de conservar en toda su integridad el Virreinato, pues ningún otro interés podía tener la gran capital en la unión de esa provincia: "Crea V. S que es hacerle un favor admitirla, porque aquella [la capital] nada necesita del Paraguay, y este no puede pasarse sin las relaciones de Buenos Aires...". Belgrano dirigió asimismo sendas notas al cabildo asunceno y al obispo Panes.

            A toda esta serie de documentos agrego la intimación al comandante paraguayo de las Misiones Occidentales ofreciéndole paz, amistad y unión, de un lado, o guerra y desolación del otro, "para los olvidados de Dios, de la patria, del rey y de sí mismos prefieren por su interés particular el sacrificio de sus hermanos, de sus parientes de sus amigos y paisanos".

            Ni las proclamas ni los ofrecimientos ni los emisarios alcanzan éxito. El invasor marcha lentamente por el país y su caudillo cae en la cuenta de que es enemigo. Los pueblos desiertos, las casas abandonadas, todo en total abandono y soledad. Ante el avance se había cumplido una política de tierra arrasada. Por ningún lado aparecían "los de nuestro partido", de que hablo el coronel Espínola: "Puede ser que nos encontremos con los de nuestro partido -anota Belgrano- y que acaso viéndonos se nos reúnan, no efectuándolo antes por la opresión en que están".

            Se intensificaban en la capital los preparativos de defensa; alma y nervio de esta actividad era el Cabildo cuyos directores actuaban al lado del gobernador firmando conjuntamente las notas fundamentales. Y cuando Velasco partió de la capital para enfrentar al invasor, el gobierno quedo en manos, no del coronel Gracia como en setiembre, sino de un "triunvirato de capitulares, formado por Haedo, Antonio de Recalde y José Carísimo", y esto, no obstante, que en una reunión de jerarcas realizada en noviembre, Velasco hizo valer su autoridad declarando a los capitulares "que por su representación no podía alargar la mano a tanto"

            El 29 de diciembre dejó Velasco la capital con su estado mayor y marchó a Yaguarón a la cabeza del ejército a cuyo frente había prometido morir. Pensaba atacar al invasor a orillas del Tebicuary, pero no pudo hacerlo por falta de transporte y decidió entonces aguardarlo en las inmediaciones del pueblo de Paraguarí. "Como Belgrano ignoraba -cuenta Velasco- el plan de defensa que yo tenía premeditado y no estaba convencido de la fidelidad al rey y heroico valor de los habitantes de esta provincia imagino que ya había realizado la mayor parte de su objeto y se contemplaba dueño del Paraguay".

            Los contingentes del Norte se reunieron en Barrero Grande y los del Sur en Yaguarón. En este punto estableció el gobernador su cuartel general. El 16 de enero se concentraron los dos grupos en Paraguarí. El mando del regimiento numero uno lo ejercía el capitán de escuadrón Juan Manuel Gamarra en ausencia del titular coronel Zavala y Delgadillo, enfermo en la capital. El del regimiento numero dos lo tenía el teniente coronel Manuel Atanasio Cavañas. La reserva la mandaba el coronel Gracia.

            El día 17 las patrullas del ejército porteño desparramaron en el campo de nadie una nueva proclama de Belgrano dirigida a los "nobles paraguayos, paisanos míos". Explicaba que el objeto de su venida era el de "libertaros de la opresión", establecer un comercio franco, incluso del tabaco, suprimir los derechos de aduana. Los mandatarios españoles, los matuchos tienen engañados a los paraguayos habiéndoles chupado "sudor y sangre". "Abrid los ojos, creed que el ejercito es de amigo y paisanos vuestros".

            Hubo guerrillas y ligeros choques durante los días 16, 17 y 18. El ejército paraguayo formaba así: en el centro, entre el pueblo de Paraguarí y el arroyo Yuquiry, hallábase la división del coronel Gracia mas la infantería regular que cubría a la artillería asentada sobre la margen izquierda del arroyo. En Paraguarí se encontraba el cuartel general. La división Gamarra se desplegaba hacia la derecha y la división Cavañas hacia la izquierda. Contaba el ejército con un efectivo de 6.000 hombres, pero aquella masa sin instrucción militar más que un ejército regular era un pueblo en armas. Solo disponía de 500 fusiles y la caballería de 200 sables. La artillería contaba con cuatro cañones en buen estado. Lanzas, chuzas, machetes, garrotes y otros elementos completaban el raro armamento.

            Belgrano tenía a sus órdenes 1.200 soldados cuya buena instrucción y mejor armamento compensaban la diferencia de efectivo. La víspera de la batalla transcurrió tranquila. El jefe porteño considero peligrosa su situación si no atacaba y la Junta de Guerra por el convocada ese día, ratifico su opinión decidiendo "ir al enemigo" el 19. Velasco, por su parte, cuenta que "apenas podía ya contener el ardor de estos fieles soldados de Fernando VII, que clamaban por atacar a los enemigos...", por lo cual resolvió también atacar el 19.

            En la madrugada de la jornada elegida por ambos comandos para la acción se movieron los dos ejércitos; el paraguayo lo hizo en dirección al cerro Rombado o Cerro-Pero. Con ánimo alegre marchó el paisanaje pero sin las precauciones necesarias. Al mismo tiempo, a las tres de la mañana, dos divisiones del ejército porteño al mando del teniente coronel José Ildefonso Machaín con cuatro piezas de artillería iniciaron la marcha de aproximación. Belgrano con su reserva quedo en un montecito.

            A las cuatro de la mañana en plena oscuridad chocaron las avanzadillas produciéndose un gran entrevero en medio de la mayor confusión; media hora duro esta lucha sin definición. El equilibrio fue roto, según Velasco, por "el desmonte de un cañón ocasionado por la actividad del fuego que rompió las sobremuñeras..." Este contratiempo sorprendió a la tropa paraguaya que se desbando perseguida por el enemigo que en su progresión alcanzo el pueblo de Paraguarí, apoderándose del cuartel general en cuyo saqueo perdió un tiempo precioso.

            El relato de la batalla de Paraguarí, según las notas de Belgrano a la Junta, y los partes de Velasco a Ello y a Vigodet. Muchos datos de gran valor en Benjamín Velilla, Antecedentes de la Independencia en Boletín del Círculo de jefes Oficiales Retirados de las Fuerzas Armadas de la Nación.

            Al iniciarse la batalla el gobernador estaba en su cuartel general. Producido el desbande de su estado mayor huyó en forma precipitada, perseguido por una partida porteña, mandada por el edecán de Belgrano, Ramón Espínola, que a gritos reclamaba su cabeza.

            En su fuga para poder eludir a sus enconados perseguidores perdió su equipaje y tiro su casaca que fue recogida por un granadero. Descubierto en su refugio fue atacado nuevamente, salvándose por la decisión de los soldados de su escolta que contuvieron el asalto. Marcho luego el gobernador por caminos extraviados a refugiarse en la Cordillera de los Naranjos.

            Huido Velasco, Gracia, mayor de la Cuesta y los otros jefes españolistas, el ejército paraguayo quedo "sin general y sin cabeza" que adoptase disposición alguna. Cuando todo estaba perdido la reacción vino de las unidades mandadas por Cavañas y Gamarra, de los patricios movidos "por su propio pundonor". Las dos divisiones cayeron al mismo tiempo en un movimiento de flanqueo sobre el enemigo que ocupaba Paraguarí. Los porteños se resistieron pero al cabo de una corta lucha huyeron abandonando las posiciones ganadas; un centenar de ellos quedo cortado y fue hecho prisionero.

            Trató Belgrano de cortar la retirada y pasar a un contraataque para liberar a los prisioneros pero ni la oficialidad ni la tropa le respondieron.

            A mediodía quedaba finalizada la acción con el triunfo de los paraguayos; el ejército invasor fue rechazado y obligado a desandar su camino y buscar la protección del caudaloso Paraná. Después de Paraguarí no fue perseguido porque el vencedor estaba "sin general y sin cabeza".

            Fue grande la ansiedad en Asunción el día de la batalla; mucha gente se pasó orando en las iglesias. El ayudante del gobernador, mayor de la Cuesta, fue el primero que llego en su huida hasta la casa capitular con la nueva del contraste inicial. La población reaccionó en forma diferente, las autoridades, los capitulares y sus familias se embarcaron con el armamento y un millón de pesos fuertes, dejando a Asunción inerme. "17 buques se cargaron de hombres y propiedades, todo era llanto y congoja, las personas que no podían embarcarse se internaban en los bosques..."

            Los criollos, por su parte, corrieron a los cuarteles en busca de armas y municiones; en eso estaban cuando un chasque trajo la noticia de la reacción del ejército y la derrota del invasor. Fueron echadas a vuelo las campanas, y desembarcaron los que horas antes buscaron refugio en los barcos, listos para zarpar rumbo a Montevideo.

            El triunfo llenó de júbilo a la provincia y exalto el naciente sentimiento nacional. Porque Paraguarí fue un triunfo netamente criollo. Ese día se eclipso la estrella de Velasco que tantas veces habla jurado "morir entre sus paraguayos", y que al primer disparo se retiro. El gobierno sigue unos meses más por inercia; en Paraguarí ya ha caído el poder español en el Paraguay. Los criollos vencedores iban a ser muy pronto dueños y señores de su destino. Sólo a la generosidad de sus subordinados debe Velasco su permanencia en el mando político y militar. No en balde escribe a Cavañas en febrero diciéndole que el [Cavañas] era dueño del Paraguay. Y con él, los principales caudillos militares del régimen, como Gracia y de la Cuesta. Paraguarí fue una victoria de soldados paraguayos, jefe de los paraguayos, de ese pueblo que con lanza y machete, "sin cabeza y sin general" enfrentó y derrotó a los aguerridos soldados de Buenos Aires, vencedores de los ingleses.

            Los paraguayos pasaron con éxito su prueba de fuego; el agresor que avanzara prepotente, seguro del éxito, desandaba el largo camino a la sombra de la derrota y del fracaso; aquellos paraguayos, tan bárbaros, tan olvidados, no eran tan fáciles de subyugar.

            Paraguarí fue la primer a de una serie de grandes lecciones que iba a ofrecer el pueblo paraguayo.


            LA DIPLOMACIA DE BELGRANO


            La víspera de la batalla de Paraguarí ordeno Belgrano que se distribuyese por el campo algunos números de la Gazeta de Buenos Aires y una proclama en la que explicaba que el ejercito a su mando había venido a libertar a los paraguayos, a suprimir el inicuo servicio de las milicias e iniciar un comercio franco de todos los productos de la provincia. Hábil la proclama, estaba llamada sin duda a obtener resultados positivos. Despertaba el interés de los paraguayos, al ofrecer un comercio libre, incluso del tabaco, recordaba la opresión ejercida por quienes habían "chupado sudor y sangre" y recalcaba que el ejército porteño era "de amigos y paisanos, que tiene la misma religión, el mismo Rey Fernando, las mismas leyes y un mismo idioma". Tanto los ejemplares de la proclama como los números de la Gazeta fueron recogidos por los paraguayos durante el combate de Paraguarí.

            Entrando ya en el campo de la conciliación, Belgrano trata en forma inmejorable a los pocos prisioneros que captura, y días después los pone en libertad porque "impuestos de nuestra causa podrían hablar a los suyos..." Al mismo tiempo la Junta de Buenos Aires adoptaba una medida feliz reaccionando contra la política de enclaustrar al Paraguay. El 21 de febrero decreta:

            ...Esta Junta ha resuelto que durante las presentes circunstancias se permita a todo género de persona sin escepcion, la introducción y libre espendio del tabaco del Paraguay con solo la obligación de manifestarlo a su entrada al Administrador de la Real Aduana, y de pagar el derecho de alcabala a razón de cuatro por ciento.

            El ejército expedicionario -seguido por las fuerzas paraguayas de vanguardia al mando de Fulgencio Yegros- se retira lentamente hacia el Paraná. Belgrano se asombraba de la escasa presión ejercida por los paraguayos: "He seguido mi retirada desde que escribí a V. E. respondiendo al extraordinario sin haber tenido más novedades que aparecerse una porción de los Paraguayos, como a distancia de una legua al costado del camino que conduce desde el Aguapey hasta este punto; pero sin atreverse a cosa alguna no poniéndose en disposición de que se le pueda atacar..." Y el 17 de febrero informaba a la junta que tenía el enemigo a la vista, pero no hacían otra cosa que mirarse. ¿Cómo se explica la conducta del comando paraguayo de mantener inactivas sus fuerzas teniendo a su alcance al enemigo en evidente condición de inferioridad?

            Los partidarios de la revolución trabajaban en la sombra. El padre franciscano Leal actuaba de enlace entre los patriotas de los dos ejércitos. A los pocos días de Paraguarí se produjo un contacto sugestivo; el jefe de la vanguardia paraguaya que va persiguiendo al invasor, Antonio Thomas Yegros, dirigió una comunicación a Belgrado diciéndole, entre otras cosas:

            Sor. He llegado esta mañana con la Vanguardia nro. Exto. con comisión de principiar otra vez el derramamiento de sangre, perdonando solo a los rendidos; y acabo de recivir un oficio del Comandte. de esta Expedición, qe esta distante dos leguas, D. Man. Cavañas, en qe me dice insté a V E. qe. se rinda con el resto de sus tropas en el espacio de tres horas naturales: qe. evite otra mas lastimosa efusión de sangre: qe. promete a V E. a lo menos mediar por su Persona, y por todos a fin de verlos a salvo conducto: Yo de mi parte prometo a V E. las mas activas protecciones, y la seguridad de su Oficial, mi Paisano y Pariente D. José Espínola. Advierto a V E. qe. no tiene mas recurso, pues hay tropas nuestras ya en aquella vandá quien le corte la retirada, cuya detención también prometo a V E. si cumple, como debe, lo qe. se le encarga haora qe. mañana ya no habrá tpo. Ninguno, principalmente de mis Paisanos tendrá de qe. quexarse si son pasados a cuchillo por obstinados; y al mismo tpo. aseguro bajo de palabra de honor qe. serán tratado mui bien si se rinden como los demás. - V E. dispénseme el Portador, qe. tengo sobrada razón de no mandar un Oficial de honor.

            Le contestó al día siguiente el jefe argentino desde su "campamento al sur de Tebicuary":

            Para evitar la efusión de sangre, pa. qe. viene V. comisionado según me avisa en su oficio de ayer, me he retirado, no huido; y también por qe no he venido a conquistar al Paraguay, sino a auxiliarlo pa. qe. salga de la esclavitud en qe. se halla, sirviendo a un Rebelde que trata de separar estos Dominios de S M, el Sor. D. Fernando 7mo. del resto de las Provins. del Río de la Plata que hoy forman un Estado; así pues las amenazas de V. y sus promesas están pa. mi en un grado, y sentiré que me de ocasión de qe. continue el derramamiento de sangre, qe. V. desea, de mis desgraciados y engañados hermanos los Paraguayos, alucinados por los Europeos, y por los Ricachos del País que subsisten a expensas del sudor de los infelices. No se quien ha sido el portador de su citado oficio; pero sepa V. q.e a mi me gobiernan los principios sagrados del orden, y habría enseñado con mi conducta a tratar a un Parlamentario, no como se ha executado con el qe. mande a la Capital de esa Provincia; que vendrá día en qe. llore el error en que vive, y maldigan los hijos a sus Padres por sus esfuerzos pa mantener los grillos de la esclavitud.

            Justamente al mes vuelve Antonio Thomas Yegros a ponerse en comunicación con Belgrano. Presentóse al campamento argentino en carácter de parlamentario. Traía un pliego de Cavañas para Belgrano. Decía el jefe paraguayo:

            Sor General: Ya sabemos Los progresos de su Expedición, sabemos Los refuerzos que tiene, y también sabemos, que ya no podría tener mas refuerzo ni mas tiempo que el que le espera: V. E. es católico, nosotros también lo somos, y según su proclama a Los Naturales de estos Pueblos vemos que aclama el nombre de nro. amado Rey Fernando. aora pues, Porque razón ha traído armas y se ha hecho nro. agresor? talando los derechos de esta Provincia, sin haver pecado siquiera venialmente contra el Rey, Religión, ni nra. reconocida natural Hermandad, hasta llegar a experimentar el rigor de nras. Armas.

            A continuación, noticiaba como habían sido tratados los heridos y prisioneros de Paraguarí y terminaba intimando al jefe expedicionario a que se rindiese, asegurando la vida hasta al último soldado.

            La nota de Cavañas es una réplica a la proclama de Belgrano, y denota el anhelo de un acuerdo que impida la prosecución de una guerra entre paisanos y hermanos que tenían un mismo Dios, un mismo Rey, una misma Patria, Belgrano le responde en el día con una "brillante nota, en la que concreta su plan de acercamiento. Una apretada síntesis de la respuesta es la siguiente: La expedición que venía a auxiliar a los fieles y leales paraguayos se encontró con una pertinaz resistencia, resolviendo por eso retirarse para evitar la efusión de sangre deseada por los inspiradores y directores de la resistencia. Es verdaderamente católico y fiel vasallo de Fernando VII aspirando de acuerdo a las instrucciones del gobierno -que hoy está en manos de todos los representantes de las provincias, menos del Paraguay- a que se conserve la monarquía en América si se pierde en España, que se halla casi toda en poder de Napoleón, cuyo yugo desean para los americanos los malos españoles europeos. Ha traído las armas para sostener una justa causa y no para agredir al Paraguay. La expedición no ha venido a talar los derechos de la provincia oprimida por los mandones que la gobiernan. Hay tiempo para que los paraguayos reconozcan su error y él para soportar con los suyos, los trabajos y penalidades que libraran al Paraguay de las cadenas, le quitaran el inicuo servicio de las milicias, le liberaran de gabelas y del estanco de tabaco y le aseguraran un comercio libre con todas las provincias del Río de la Plata. En nada se siente responsable por haber entrado en esta empresa destinada a unir la provincia del Paraguay a las otras para la celebración del congreso general que asegure los derechos del Rey. Agradece el trato dispensado a los prisioneros. Por su parte, ha hecho oficiar repetidas exequias, en memoria de los caídos de ambos bandos, hermanos todos. Protesta por la prisión del parlamentario Ignacio Warnes de la que culpa al gobernador Velasco. No tiene inconveniente en probar por segunda vez el rigor de las armas paraguayas habiendo dado tiempo para ello con su pausada marcha. Las armas de Fernando VII, manejadas por americanos, no se rinden: ello queda para las manejadas por los españoles europeos en la península. Es necesario que los paraguayos abran sus ojos y no se dejen llevar al precipicio. Vean su provincia y fíjense en los adelantos que goza después de trescientos años de gobierno. El origen de esta guerra es el aspirar los pueblos americanos a gozar de los derechos que tienen los de España. ¿Será justo qué prive de ellos al Paraguay un solo mandón que lo tiene esclavizado? ¿Y será justo matarse unos a otros para disfrutar del goce de tan santos derechos?.

            El acercamiento no se limita a un simple cambio de notas. Portador de la comunicación de Cavañas era uno de los oficiales más distinguidos del ejército paraguayo. Al recibir la nota, Belgrano pide a su conductor que espere en el campamento mientras se redacta la respuesta, pero Yegros se niega a ello solicitando retirarse al otro lado del arroyo, pues esa orden tenía. Sin embargo, como la redacción y copia de la nota-respuesta llevase algunas horas, el jefe del ejército porteño invita a mediodía al parlamentario a almorzar con él, y le obsequia en todo lo que la situación y circunstancias permitían; aquí se inicia la amistad entre Belgrano y los Yegros que se mantuviera firme a través de muchas vicisitudes y durante mucho tiempo. El jefe porteño aprovecha la oportunidad para explicar en forma detenida a su interlocutor los ideales de la revolución de Mayo.

            Belgrano estaba sorprendido de la conducta de sus enemigos. Al informar a la junta, dice: "Es mui singular este método de intimaciones, y después permanecen quietos sin atreverse a atacarme, pero me alegro mucho, porque al menos me presenten estas ocasiones de decirles algo, pues conozco que están a obscuras del origen de nuestra sagrada causa y sus progresos, bien que me persuado que si ven los Autores de la insurgencia mi predicha contextación les prohibirán que me escriban; a fin de qe vivan constantemente en el error que los tienen".

            Cavañas se inclinaba, sin duda, a un acuerdo con el invasor. Pero los acontecimientos se precipitan con la llegada de Gamarra con su división el 7 de marzo. Las armas iban a tomar otra vez la palabra.

            Entra a jugar ahora un nuevo factor. El plan del españolismo es aislar al ejército de Belgrano, embotellándolo en territorio paraguayo; en cumplimiento del mismo se pide que tropas portuguesas entren en las Misiones, y fuerzas paraguayas reunidas en Pilar asalten y saqueen Corrientes. Como, además, se domina el río Paraguay, la hueste porteña quedara acorralada.

            El teniente gobernador de Corrientes Galván señala a la junta la grave posición de su ejército, han cortado toda comunicación y esta sitiado.

            El expulsarlos a la otra banda del Paraná -escribió Velasco a Cavañas- debe proporcionarnos la vía de comunicación con Montevideo y Portugal, en cuyos principios debemos cimentar una parte principal, y tal vez la mayor de nuestra seguridad.

            Parece que la idea inicial no fue del gobernador de Asunción sino de Vigodet que ya en enero proyecto la entrada de los portugueses a Misiones y la ocupación de la Bajada (ciudad de Paraná) por fuerzas paraguayas, buscando aislar al ejercito de Belgrano, y asegurar el contacto entre Asunción y Montevideo.

            Decididos a llevar adelante este plan, Velasco y Cavañas escribieron al jefe de Río Grande del Sur, general Diego de Souza, pidiéndole hiciese avanzar a Misiones doscientos hombres, no solamente para hostigar los restos del ejercito destrozado de Belgrano, sino también para resistir los nuevos socorros que pidió el jefe porteño a Corrientes y Santa Fe, principalmente a la división mandada por Rocamora, lista en Santa Rosa.

            Cavañas fue más allá que Velasco; en nota al brigadier Chagas, pedía que las tropas portuguesas cruzasen el río de Itaibaté, entrando en jurisdicción netamente paraguaya. Hasta entonces los jefes portugueses solo pretendieron operar entre los ríos Paraná y Uruguay, en las Misiones Orientales, colocándose estratégicamente para sus operaciones planeadas sobre la Banda Oriental. Entusiasmóse Souza ante el pedido que tan bien encuadraba dentro de la estrategia del Janeiro. Ni corto ni perezoso contesto que mandaría no los doscientos hombres pedidos, sino mil. Y expreso en su respuesta que ellos iban a apoyar los derechos de la princesa Carlota Joaquina, lo cual era, como dice un autor brasileño, grande novidade, porque hasta entonces el solo objetivo marcado era sostener a los representantes de Fernando VII. Cuando la limosna es grande hasta el santo desconfía; y esto se confirmo con Souza, su inesperada obsequiosidad al llevar el refuerzo pedido a mil hombres provoco desconfianza a los auxiliados. Conviene decir que la Metrópoli tenia dado a sus representantes en América órdenes estrictas de no aceptar bajo pretexto alguno la entrada de tropas portuguesas en territorio español.

            Antes que la legión de Souza pudiese terciar, el destino se decidía en una nueva batalla.


            VICTORIA EN TACUARÍ


            En los primeros días de marzo están de nuevo frente a frente, río Tacuarí de por medio, los dos ejércitos; el 7 llega Gamarra con su división, termina el periodo de apaciguamiento y se decide atacar. El plan de Cavañas es cruzar el Tacuarí a una legua de distancia por un puente construido por el comandante Luís Caballero con un gran esfuerzo que le costó la vida. Atacar luego sorpresivamente a los porteños encerrándolos en un "corralito". Cavañas asegura a Velasco "no darle ya cuartel al ejército invasor hasta el sábado en que pienso meterle dentro de tres fuegos". La columna operativa iba a ser confiada a Gamarra, este acepta en principio el plan pero requiere más tropas porque el enemigo está muy fuerte, y en caso contrario no se responsabiliza del resultado. La opinión de este jefe fue finalmente aceptada, pasando a integrar su división mil hombres y seis cañones. Para evitar la confusión de Paraguarí y distinguirse del enemigo, los soldados llevaban en el sombrero un ramo de laurel y en el pecho una cruz de palmas.

            A las once de la noche se puso en marcha la columna y llego a Tacuarí a las dos de la madrugada habiendo avanzado entre "pajonales terribles e inmensas fragosidades". Enseguida se empezó a abrir la picada al otro lado del río, con machetes, sables y cuchillos, consumiéndose dos horas en esta tarea. Al rayar la aurora se inicio el paso por el puente, tarea que se llevó a cabo con facilidad.

            Los cañones paraguayos que quedaron en la antigua posición con objeto de despistar al enemigo disparaban sobre el campamento porteño; idéntica tarea era cumplida por un cañoncito montado en un bote que bajo por el Tacuarí.

            La división Gamarra, marchaba por pantanos, y grandes pajonales que debían romperse con sables, pues "un hombre a caballo no se distinguía por ningún costado". A las 7 horas se inició la batalla campal; de una isleta próxima a la capilla de Tuparaí, a corta distancia del enemigo, surgen sorpresivamente los nuestros, prorrumpiendo en una gritería infernal: "iban con tal ímpetu que ni la vista de ellos, ni la muerte, ni nada les podía detener".

            Belgrano con parte de su infantería y cuatro piezas sostiene el paso principal del Tacuarí, a contener la columna que cruzo por el puente improvisado, despacha a su segundo, Machaín, con el resto de la infantería, la caballería y tres cañones, todos se emboscaron en tres Islas. Los paraguayos ganaron la capilla y desde allí se desplegaron; fuerte era el fuego porteño que soportaban a pecho descubierto". Gamarra ordeno a su tropa atacar las islas que servían de reducto al enemigo; el avance se cumplió, al decir de Belgrano, "con energía y valor", ocupándose la posición; toda la división Machaín, con su jefe al frente, fueron hechos prisioneros.

            Se destacaron en la acción Gamarra, Fulgencio Yegros, y el padre Agustín Molas, capellán de la división, y muchos otros oficiales.

            Belgrano trata de contener al enemigo que ya lo atacaba por el frente; solo le quedan 250 soldados, pues el resto se desbando al producirse la hecatombe en el flanco derecho; pelearon los suyos con valor argentino, pero todo era ya inútil; la batalla de Tacuarí estaba perdida.

            Triunfante Cavañas intimó a su contrario rendición, amenazándole "pasarlo a cuchillo" con el resto de sus tropas en caso de negativa. La altiva respuesta fue: "las armas de Fernando VII no se rinden en nuestras manos y avancen en cuanto gusten y agrego: "que avanzasen cuanto gustasen". Belgrano "se mantenía aun tenaz en no rendirse"; llevó a cabo una postrer tentativa avanzando con sus infantes al mismo tiempo que su caballería desfilaba por la izquierda del arroyo Paraná. Las tropas paraguayas le enfrentaron taponando su avance. Ordeno Gamarra que se cerrase el anillo de hierro sobre los restos del invasor ya vencido, realizándose un ataque simultaneo en todos los frentes.

            Grave momento para el invasor; Belgrano que se encontraba reducido a la casa de los Anzoátegui, quema su correspondencia secreta con los partidarios de la junta en el Paraguay, y declara a su ayudante: "al fin, lo mismo es morir a 40 que a 60". Cuenta que hizo izar bandera de parlamento y destaco como parlamentario ante Cavañas al intendente Cálcena y Echeverría: "Pero viendo yo que era indispensable otra mayor efusión de sangre y que mis cortas fuerzas podían ser envueltas por el crecido número de los contrarios, que ya me tenían tomado el único camino de retirada, aprovechándome del asombro que les causo el valor de los nuestros, y su decidida idea de perecer con su General antes que rendirse, envíe de parlamentario al Intendente del Ejército, don José Alberto Cálcena y Echeverría...".

            Consultado Gamarra sobre la capitulación pidió se exigiese la entrega del armamento y elementos de transporte en compensación de "los graves e incalculables perjuicios y atrazos ocasionados a la Provincia del Paraguay por los porteños, tanto que ni el Rey podría en ningún tiempo indemnizarlos..." Esta opinión fue compartida por los principales jefes y oficiales "y cuando se esperaba que así se hubiese verificado, desentendiéndose este [Cavañas] del dictamen de Gamarra y los demás, firmo las capitulaciones concediendo al General Belgrano se retirase con el resto de su Ejército con todos los honores de la guerra".

            "En efecto, se les propuso lo mismo al Mayor D. Ramón Pío de la Peña, al comandante de Vanguardia don Fulgencio Yegros, al comandante de artillería don Pascual Urdapilleta, al capitán don Antonio Zabala y otros oficiales, quienes unánimes la adoptaron y aprobaron de que el mismo Gamarra paso aviso a Cavañas y cuando se esperaba que así se hubiese verificado, desentendiéndose este del dictamen de Gamarra y los demás, firmo las capitulaciones, concediendo al General Belgrano se retirase con el resto de su Ejército, con todos los honores de la guerra. Ignoramos los motivos de esta ultima determinación del general Cavañas"

            Habían rendido sus frutos inesperadamente la proclama de Belgrano en la víspera de Paraguarí y su proclama de reconciliación remitido al jefe paraguayo.

            La aceptación del armisticio según la versión de Velasco se debió a que el jefe paraguayo tenía en sus manos cien prisioneros sin seguridad alguna; disponía de escasos proyectiles de cañón; su gente se hallaba fatigada y sus caballos cansados. El jefe porteño tenía su reserva y cuatro cañones y podía intentar "el último esfuerzo que dicta la desesperación".

            No cabía dudar del éxito, pero Cavañas prefirió evitar un nuevo derramamiento de sangre.

            Cavañas en su parte al gobernador le informo que la lucha había sido "vien reñida" y duro de cinco a seis horas, finalizando a las tres de la tarde con el armisticio. "No pude ayer por la situación en que me hallaba darle la menor noticia, y aun oi se la doy siertamente incompleta: V. S. determinará lo que hubiese por conveniente para en adelante: los prisioneros marcharán mañana y con este motivo le daré noticia por menos de todo".

            Belgrano conviene en llevar sus proposiciones y pide proseguir la negociación para que la provincia "se persuada de que mi objeto no ha sido conquistarla sino facilitarle medios para su adelantamiento, felicidad y comunicación con la capital...". El jefe paraguayo autoriza la presentación de la propuesta.

            El 10 de marzo a media tarde, Belgrano y sus huestes inician su retirada rumbo al Paraná. A su paso por el campamento paraguayo, se rinde al vocal de la junta de Buenos Aires y comandante de la expedición, los honores debidos a su alta jerarquía. Lo reciben Cavañas y toda la oficialidad de franco. Juntos marchan cerca de una legua, despidiéndose con la mayor cordialidad.





LA BATALLA DE PARAGUARÍ107


LA BATALLA DE TACUARÍ108


UNA CONFERENCIA INÉDITA EN TACUARÍ109


EFRAÍM CARDOZO


            Periodista, historiador, político y docente. Nació en Villarrica el 6 de octubre de 1906. Hijo del ilustrado maestro de generaciones, don Ramón Indalecio Cardozo y de doña Juan Sosa. Heredó de su padre el amor a la lectura y muy especialmente a la historia. Desde muy joven se inició en el periodismo, escribiendo varios artículos de carácter histórico. Estudió en el Colegio Nacional de la Capital y posteriormente en la facultad de Derecho U.N.A. A los 23 años publicó su primer libro de Historia relativo a los derechos paraguayos sobre el Chaco. A este le siguieron otros trabajos sobre el mismo tema. Durante la contienda chaqueña desempeñó cargos en el Cuarte General del Comandante José Félix Estigarribia. Terminada la guerra, fue miembro de la Comisión de Límites con Bolivia. Militó en la filas del Partido Liberal y ocupó las carteras de Justicia, Culto e Instrucción Pública y de Relaciones Exteriores durante la presidencia de Estigarribia. En 1942 fue desterrado del país, ocasión que aprovechó para investigar en varios archivos del Plata. En ese tiempo, escribió en periódicos porteños y cariocas a más de prodigiosos libros históricos. A su retorno, ejerció la cátedra universitaria y retomó las actividades políticas. Considerado como uno de los historiadores nacionales más portentosos del país por su extraordinaria labor investigativa y por sus copiosas publicaciones. Falleció de forma inesperada, siendo Senador de la Nación, el 10 de abril de 1973.



107Cardozo, Efraím. 1967. Efemérides de la Historia del Paraguay. Asunción- Buenos Aires. Ediciones Nizza. pp. 101/102

108Ibídem, pp. 37/38.

109Cardozo, Efraím. 1956. Una conferencia inédita en Tacuarí. Asunción. Historia Paraguaya. Anuario de la Academia Paraguaya de la Historia. Vol. 1. pp. 57/65.



            18 DE ENERO DE 1811


            EL EJÉRCITO PARAGUAYO SE APRESTA A ATACAR

            A LAS FUERZAS DE BELGRANO


            Con enorme entusiasmo los paraguayos concurrieron al llamamiento del gobernador Velasco para oponerse a las fuerzas que bajo el mando del general Manuel Belgrano fueron enviadas por la Junta de Buenos Aires para "auxiliar" como decían las instrucciones, al Paraguay a recuperar su Libertad.

            Según los informes del coronel José de Espínola, había en la provincia un gran partido, en favor de la unión con Buenos Aires, pero a medida que el ejército porteño se internaba en territorio paraguayo, la vista de las casas abandonadas, los sembrados destruidos, y la ausencia de seres vivientes, persuadió a Belgrano de lo erróneo de los informes de Espínola. "Desde que atravesé el Tebicuary, informó a Buenos Aires, "No se me ha presentado ni un paraguayo, ni menos los he hallado en sus casas; esto, unido al ningún movimiento hecho hasta ahora en nuestro favor, y antes por el contrario, presentarse en tanto número para oponérsenos, le obliga al ejército a mi mando a decir que su título no debe ser de auxiliador, sino de conquistador del Paraguay".

            A su turno el gobernador Velasco, admirado del patriotismo de los paraguayos, escribió a las altas autoridades españolas: "Como si un rayo hubiese herido los corazones de estos incomparables provincianos, me hallé a los dos días de haberse circulado los avisos con más de 6.000 hombres prontos a derramar la última gota de sangre antes que rendirse". Y el mismo Belgrano, algún tiempo después, recordó. "Así es que (los paraguayos) han trabajado para venir a atacarme de un modo increíble, venciendo imposibles que solo viéndolos pueden creerse: pantanos formidables, el arroyo a nado, bosques inmensos e impenetrables, todo ha sido nada para ellos, pues su entusiasmo todo lo ha allanado; ¡Que mucho!, si hasta las mujeres, niños, viejos, clérigos y cuantos se dicen hijos del Paraguay están entusiasmados por su patria".

            El gobernador Velasco se puso personalmente a la cabeza del ejército paraguayo que acampó cerca de Paraguarí, dispuesto a librar batalla contra las tropas invasoras en caso de que se propusieran seguir en avance sobre Asunción. Formó Velasco tres divisiones, colocando una en el paraje Aipuaí, al mando del coronel del 2 regimiento de milicias regladas, Pedro Gracia; otra en la entrada de Paraguarí, al mando del teniente coronel del mismo regimiento, Manuel Atanasio Cavañas, y la tercera en la falda del cerro Aruí, a cargo del comandante de escuadrón Juan Manuel Gamarra.

            Habiéndose enterado Velasco de que el ejército de Belgrano ocupaba las faldas del cerro Mba'e o Rombado (Cerro Porteño), ordenó la concentración de la división de Gamarra, en los pasos del Caañabe. La división de Gracia ocupó el centro del ejército, entre Paraguarí y Yuquerí, donde se colocó igualmente la infantería española al mando de los capitanes Parga y Fornell para sostener la artillería asentada a orillas del arroyo. Las divisiones de Gamarra y Cavañas, formadas a derecha e izquierda, protegían los flancos, con un cañón y la caballería, armada exclusivamente con lanzas.

            En esa posición estuvieron frente a frente los dos ejércitos, observándose mutuamente, hasta que el 18 de enero de 1811 Velasco ordenó el ataque para el día siguiente. Por rara casualidad, Belgrano dispuso también el ataque para el mismo momento.


            19 DE ENERO DE 1811


            EN CERRO PORTEÑO LOS PARAGUAYOS COMANDADOS POR

            CAVAÑAS Y GAMARRA VENCEN A LAS FUERZAS DE BELGRANO


            Casi, a la misma hora se pusieron en marcha las fuerzas paraguayas y porteñas. En el inesperado choque la infantería española que ocupaba el centro y contaba con todas las armas de fuego de que disponía el ejército paraguayo, se desbandó y se puso en fuga con sus jefes a la cabeza.

            El gobernador Velasco, creyendo perdida la batalla, apenas iniciada, también huyó precipitadamente hacia la cordillera de los Altos, no sin antes desvestirse y arrojar el uniforme al suelo para no ser reconocido. La caballería porteña, enardecida por el fácil triunfo, penetró en el pueblo de Paraguarí y una vez allí se entregó confiadamente al saqueo de las provisiones del cuartel general.

            Otro éxito que alcanzaron los porteños en su primera arremetida fue la ruptura de la línea del Yuquerí, con pérdida para los paraguayos de la artillería allí apostada. El resto del ejército paraguayo quedó librado, con la fuga de Velasco y la destrucción del centro, a su propia suerte. Cavañas y Gamarra, que ocupaban los flancos sin participar del desconcierto, sobre la marcha idearon una operación para copar a la vanguardia porteña que se había internado hasta Paraguarí. En rápidas marchas envolvieron a los porteños que entretenidos en el pillaje no escucharon la llamada para su reunión y fácilmente fueron rodeados y tomados prisioneros, con su comandante, el paraguayo José Ildefonso Machaín.

            Obtenido este éxito, las milicias paraguayas avanzaron con rapidez sobre el grueso de Belgrano que bajó del cerro Rombado donde tenía su cuartel general al galope y contuvo la retirada de los que venían huyendo al empuje de la caballería. En este lugar la acción cobró gran violencia. "Parecía que los cerros del Paraguay reventando se desplomaban", recordaría uno de los actores. Las embestidas de la enfurecida caballería paraguaya, casi totalmente armada con lanzas y sin armas de fuego, hubieran aniquilado completamente al ejército invasor, si Belgrano no hubiera ordenado la retirada. Eran las tres y media de la tarde. La batalla había terminado. Los paraguayos, carentes de jefe superior, pues Velasco continuaba fugitivo y se enteró de la victoria muchas horas después, no emprendieron la persecución. Belgrano pudo retirarse tranquilamente hacia el Tebicuary, donde le aguardaban cerca de medio millar de soldados de refuerzo y varias carretas de pertrechos.

            Los héroes principales de esta acción fueron el comandante Gamarra cuya división salvó la situación y el joven teniente Fulgencio Yegros, que hizo prodigios de heroísmo y que a raíz de sus hazañas durante la batalla fue ascendido a capitán. La victoria costó al ejército paraguayo cerca de setenta bajas. Los porteños dejaron 10 muertos en el campo de batalla y 120 prisioneros, entre ellos Estanislao López, que habría de ser en el futuro famoso gobernador de Santa Fe.

            Entre tanto, los fugitivos de Yuquerí, a cuya cabeza iba el mayor general Cuestas, llevaron a Asunción ese mismo día la noticia del más completo desastre. Fue grande la conmoción general, pero desigual la reacción. Mientras los españoles aterrorizados, reunieron precipitadamente sus caudales y se refugiaron en los 17 buques surtos en el puerto, listos para fugar de la ciudad, en dirección a las posesiones portuguesas del Alto Paraguay, los paraguayos invadieron los cuarteles en busca de armas y se aprestaron de cualquier modo a una defensa desesperada.

            Enorme fue el júbilo que se produjo al recibirse la noticia definitiva de la victoria. Las campanas fueron echadas a vuelo. Los españoles desembarcaron y se unieron a la alegría general, pero desde ese mismo momento estaba decretada en el ánimo del pueblo la caducidad del viejo régimen español que no había sabido ponerse a la altura de las circunstancias.


            9 DE MARZO DE 1811


            VENCEN LOS PARAGUAYOS EN TACUARY

            CAPITULA BELGRANO


            El 9 de marzo de 1811, las tropas paraguayas que comandaba el teniente coronel Manuel Atanasio Cavañas atacaron a las fuerzas porteñas, dirigidas por el general Manuel Belgrano, fortificadas a orillas del río Tacuarí.

            Se desarrollo una maniobra envolvente -anticipo, del "corralito" chaqueño- mediante la apertura de una picada en el bosque que venía a salir sobre el río a dos leguas más arriba de las trincheras enemigas. Esta obra costó la vida a su director Luís Caballero, padre del capitán Pedro Juan Caballero. A la hora señalada del día 9, mientras la artillería paraguaya abría fuego sobre el frente de las posiciones de Belgrano, canoas armadas remontaron el Tacuarí y el grueso de las fuerzas comandadas por los tenientes coroneles Fulgencio Yegros, Manuel Gamarra y el capitán Pascual Urdapilleta, acometieron por la retaguardia.

            Advertido Belgrano de esta irrupción envió al mayor general Machaín a contener a los paraguayos; al mismo tiempo que rechazaba el ataque por agua, Machaín se atrincheró en una isleta y a poco fue atacado por los paraguayos, que avanzaron "con energía y valor", según palabras de Belgrano. Después de obstinada resistencia, Machaín, sus oficiales y soldados se entregaron prisioneros.

            Ante este contraste, y después de quemar sus papeles, Belgrano salió personalmente al encuentro de los paraguayos. En este punto, Cavañas le intimó rendición, y el jefe porteño contestó que "las armas de S. M. el Sr. D. Fernando VII no se rinden en nuestras manos y que avanzase cuando gustase".

            El ataque decisivo de los paraguayos sobre las últimas posiciones porteñas fue a arma blanca, pues las municiones se habían agotado. Su efecto fue fulminante. A las 3 de la tarde levantaron los porteños, bandera blanca.

            Detenido el fuego, un parlamentario de Belgrano, Alberto Cálcena y Echeverría, llegó al campo paraguayo para pedir capitulación, dando voces "que admitiría cualquier partido". Las operaciones fueron detenidas y al momento comenzaron las negociaciones. Cálcena manifestó que Belgrano "no había venido a conquistar al Paraguay sino a auxiliarlo" y propuso la cesación completa de la guerra entre el Paraguay y Buenos Aires, comprometiéndose Belgrano a repasar el río Paraná con su ejército.

            Cavañas consultó con los principales oficiales que casi unánimemente opinaron que debía darse armisticio bajo la condición de la entrega de las armas. El jefe paraguayo se apartó de este dictamen y decidió conceder capitulación sin ese requisito. Escribió a Belgrano manifestándole que en vista de las declaraciones del emisario Cálcena de que el ejército de Buenos Aires había venido no a hostilizar sino a auxiliar al Paraguay, le concedía, siempre que no se hicieran nuevas hostilidades, que se retirase, con armas y bagajes, al otro lado del Paraná.

            Belgrano aceptó esta inesperada capitulación, anunció su marcha para el día siguiente y ofreció entablar negociaciones para persuadir a la provincia de que no había venido a conquistarla.


            UNA CONFERENCIA INÉDITA EN TACUARÍ


            Damos a conocer un documento de la mayor importancia que ha permanecido inédito hasta nuestros días, a pesar de correr desde poco tiempo después de haber sido compuesto y de uno de los episodios más importantes de la historia de la emancipación paraguaya. Se trata del texto de una conversación entre el general Manuel Belgrano, representante de la Junta Gubernativa de Buenos Aires y comandante del ejército auxiliar enviado al Paraguay, y el canónigo José Agustín de Molas, capellán de las tropas paraguayas que se opusieron a las porteñas. La conferencia fue mantenida el 10 de marzo de 1811, al día siguiente de la batalla de Tacuarí y a orillas de este río, y en ella se articulan mejor que en cualquier otro documento conocido, las posiciones Buenos Aires y de Asunción en vísperas de la revolución que dio al traste con el último gobierno español en el Paraguay. El relato de la conversación, presuntivamente hecho por el mismo Molas fue impreso en Montevideo ese mismo año, en un folleto de ocho páginas de texto, de 15 x 21 centímetros, sin carátula. La página está encabezada con el escudo de armas de la Ciudad de Montevideo, y tiene la siguiente portada:

            "CONFERENCIA QUE TUVO EL CAPELLAN / del Exército del Paraguay, D. José Agustín / de Molas con el General D. Manuel Bel / grano el día 10 de marzo de 1811: / en el Arroyo de Taquarí".

            El texto asume la forma de dialogo entre Belgrano y el Capellán, muy imparcialmente trascripto, tanto que pareciera una versión taquigráfica. Su verismo es tal que termina abruptamente con la siguiente acotación, a modo de colofón:

            "Aquí sobrevino una furiosa lluvia con relámpagos, y rayos, por cuya causa se terminaron las conferencias".

            Al pie de la última página, que es la octava, se estampan las señas de imprenta, lugar de impresión y año de la misma:

            Seguramente, los realistas españoles, encastillados en el Cabildo de Montevideo, no vieron con muy buenos ojos la excesiva fidelidad con que se reproducían las opiniones de Belgrano, por más que ellas aparecieran refutadas con sagacidad por Molas, y resolvieron no permitir la circulación del folleto. Pero es posible también que los desordenados acontecimientos de la época dificultaran y aun impidieran su difusión. Cualquiera fuera la razón, lo cierto es que el folleto pasó inadvertido entonces y hasta nuestros días. La "Gaceta de Buenos Ayres", presta siempre a salir al paso de la dialéctica contrarrevolucionaria, jamás lo menciono, ni a decir verdad, ninguno de los cronistas e historiadores de la época, argentinos o paraguayos, hizo alusión siquiera de la importante conferencia entre Belgrano y Molas. La única excepción es Carlos R. Centurión, que en su Historia de las Letras Paraguayas ofrece una somera referencia, extraída de unos apuntes del Padre Aveiro, obrantes en el Archivo del Arzobispado de Asunción, pero tampoco sin referirse al impreso de nuestro comentario.

            Aún como pieza bibliográfica, el folleto escapó a la curiosidad de los bibliófilos del Río de la Plata. Zinny no lo menciona en su minucioso escrutinio de la bibliografía paraguaya. El primero, hasta ahora en colacionarlo fue Horacio Arredondo (hijo) en su "Bibliográfica Uruguaya. Contribución", publicada en la Revista del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, en 1929.

            El único ejemplar conocido del folleto formaba parte de la biblioteca del hombre público uruguayo, doctor Gustavo Gallinal, no hace mucho tiempo fallecido, el cual, en 1951 lo facilitó, a nuestro pedido, al doctor Carlos Pastore, para su verificación y copia. La transcripción que hacemos del importante documento ha sido posible gracias a esa gentileza.

            La batalla de Tacuarí se libró el 19 de marzo de 1811 y termino en forma inesperada, con una capitulación generosamente concedida por el comandante de las fuerzas paraguayas, teniente coronel Manuel Atanasio Cavañas, cuando Belgrano, viéndolo toda perdido, había tornado algunas disposiciones desesperadas, como la de quemar sus papeles y ponerse al frente de sus raleadas tropas, resuelto a perecer antes que caer prisionero "que lo vi sin remedio", según informó a la Junta de Buenos Aires, poco después. A las tres de la tarde los porteños levantaron bandera blanca y detenido el combate, el parlamentario don Alberto de Cálcena y Echeverría, uno de los paraguayos incorporados al ejército auxiliar, llegó al cuartel de Cavañas, dando voces "que admitiría cualquier partido" y manifestando que Belgrano "no había venido a conquistar al Paraguay sino a auxiliarlo" y que "le era dolorosa la efusión de sangre entre hermanos, parientes y paisanos".

            Consultados los oficiales principales, ninguno de ellos fue de parecer que se concediera capitulación a Belgrano, a menos que siquiera entregara los armamentos de que tan necesitado estaba el Paraguay; pero Cavañas se apartó de ese dictamen, y atento a que las municiones estaban concluidas tanto que el último asalto fue a arma blanca, los caballos cansados, los numerosos heridos sin asistencia por pérdida del botiquín y los prisioneros sin seguridad, resolvió, bajo su exclusiva responsabilidad, conceder la capitulación solicitada y al instante escribió a Belgrano para informarle que le permitiría retirarse al otro lado del Paraná, con armas y bagajes, siempre que no hicieran nuevas hostilidades. La razón alegada para esta determinación fue que según las manifestaciones del parlamentario Cálcena, el ejército enviado por Buenos Aires había venido "no a hostilizar la provincia del Paraguay, sino a auxiliarla".

            Belgrano se conformó, al momento, con las condiciones de Cavañas y le anunció su propósito de principiar la evacuación al día siguiente. "Pero si usted gustare -le añadió en la carta que le escribió- que adelantemos más la negociación para que la Provincia se persuada que mi objeto no ha sido conquistarla sino facilitarle medios para su adelantamiento, felicidad y comunicación con la capital, sírvase decírmelo, y le daré mis proposiciones''. Todo esto ocurrió en lo que restaba del día 9, después de las tres de la tarde en que cesó el combate. El día 10 aparece en escena el canónigo Molas, conversando con Belgrano a orillas del mismo río Tacuarí, vale decir en el escenario de la batalla. ¿Fue enviado por Cavañas a recoger las proposiciones prometidas por Belgrano, o su presencia en el campamento porteño sólo fue consecuencia de las escenas de efusión que siguieron inmediatamente al cese de las hostilidades, según todos los relatos?

            De cualquier modo, puede establecerse que la conversación tuvo lugar el día 10, antes de las tres de la tarde, hora en que Belgrano inicio su marcha en dirección a Itapúa, después de hacer llegar a Cavañas un plan de ocho puntos para la solución de las dificultades entre Buenos Aires y Asunción.

            En cierto modo, esa conversación sirvió a Belgrano de antecedente útil para algunas de sus proposiciones concretas, como, por ejemplo, las referentes a la reposición en especies o dinero del ganado y caballadas requisadas a los paraguayos. El texto de la conferencia se comenta por sí solo. Allí están nítidamente expresadas las quejas del Paraguay contra Buenos Aires, así como también el concepto de autodeterminación que guió a las tropas paraguayas en su resistencia a Buenos Aires. El Paraguay se insurreccionó contra las fuerzas que venían del Sur para imponerle una solución política, en que no había intervenido, del grave problema de la desintegración del Virreinato, como también se sublevaría contra los europeos que habían alentado y dirigido esa resistencia. La palabra "libertad" es voceada por Molas al comenzar su plática con Belgrano. Ocurrió ello el 10 de marzo de 1811. El 14 de mayo, apenas dos meses después, esa misma palabra adquiriría significado histórico de trascendencia permanente.

            Conferencia que tuvo el capellán del Exército del Paraguay D. José Agustín de Molas con el general D. Manuel Belgrano el día 10 de marzo de 1811, en el Arroyo de Tacuarí.

            Belgrano dijo:

            No he venido á conquistar al Paraguay, sino á auxiliarlo, para que valiéndose los hijos de ella de las fuerzas de mi mando, recobrasen sus derechos obtenidos por los Españoles Europeos violentamente, y para que hagan un Congreso general libremente, y elijan un Diputado.

            Capellán:

            Exmo. Señor: Mis paisanos tenían toda libertad quando el Congreso general del 24 de julio, y el Sr. Velasco únicamente propuso su parecer fundado en las sólidas razones que acreditan los Oficios recibidos de Cádiz, y la Isla de León, dirigidos al Ilustrísimo Sr. Obispo, y en las gracias concedidas al Administrador de Correo de esta Ciudad mandadas practicar por la Administración general de Buenos Aires; nuestro Gobernador dixo en alta voz, que diese cada uno libremente el parecer que les asistía, protestando seguirlo que resolviésemos como si Fuese propio de él. Cuatro Europeos que hay en la Provincia no se persuada V. E. que sean capaces de violentarnos, y nosotros sabríamos defendernos de ellos como ha visto V. E. en la batalla de Paraguarí y en la de ayer.

            Belgrano:

            Estos pocos Europeos los han alucinado, para que no conozcan la esclavitud en que los tienen.

            Capellán:

            También hay en mi Patria sugetos de luzes, y dirección que puedan discernir esa ilusión, y esclavitud que supone V. E.

            Belgrano:

            Me persuadí que los Paraguayos agradesiesen, el bien que yo les venía á hacer; y se pasasen a mi Exércíto, como lo han hecho los Cordovezes, y otras Provincias.

            Insistió el Padre Molas en el disgusto causado en la Provincia por los desafueros del invasor; dióle Belgrano explicaciones y prometió indemnizar los daños. Hablóse luego de la situación de España y de la conducta de Velasco:

            Belgrano:

            La España está perdida: sobre Cádiz caerá el Ingles; Cataluña toda es de los Franceses, dexando únicamente a Tarragona para por medio de esta comunicación sorprehendernos los enemigos de nuestro Rey Fernando. Ello Salió de este Puerto con 60 Veteranos para Virrey de Buenos Aires; pero sin título, despachado verbalmente por un Ministro de Estado llamado Bardaji: Elio es enemigo de todos los Americanos: a todos los Marinos de Montevideo los echó a España: Velasco los tiene engañados, diciendo, que Elio venia con 6 mil hombres: en la gran Capital de Buenos Ayres todos los días tenemos noticias; y aquí les ocultan todas; están todos ciegos, amigo mío y hermano.

            Capellán:

            Aquí sabemos los progresos de la España: nuestro Gobernador es un hombre de las mejores qualidades: sabemos que Elio viene no con 60 Veteranos, sino con 6 mil. Velasco no nos ha dado esta noticia: en el Campamento de Taquarí la adquirimos por la vía de la vanda del Paraná: Velasco ha llamado á las viudas, cuyos maridos han perecido en la batalla de Paraguarí, para socorrerlas; es sin número las virtudes que lo adornan.

            Belgrano:

            ¿Cuáles son estas raras qualidades? ¿Será el engañarlos con capa de santidad? ¿Quando ha dado asiento a sus Paysanos?

            Capellán:

            Para numerar las qualidades del Sr. Velasco necesito tiempo, porque son infinitas: asiento me á dado muchas veces aun quando Yo era un triste monigote, es verdad que no he admitido.

            Tocóse el punto neurálgico: la relación entre capital y provincias, ante la caducidad del poder central.

            Belgrano:

            Hermano mío: nosotros tenemos los mismos derechos de representar al Soberano, como tienen los Pueblos de España, según declaro la Junta Central: pues si todos tenemos los mismos derechos ¿porque no gobernamos nosotros mismos a nuestra Patria, quando tenemos hombres tan doctos en nuestro propio País, y no admitir ya a los Europeos, que el mas atrazado, y miserable quiere vejarnos?

            Capellán:

            Convengo con V E. que nosotros tenemos los mismos derechos que los Pueblos de España; por esta razón se instalaron juntas en todos los Reynos de ella; pero con dependencia siempre de la Central, o la Regencia; pero no para representar por si mismos sin referencia a esta, como quiere Buenos-Ayres.

            Belgrano:

            ¿Como haremos, que esta Provincia quede unida a la Capital, y olvidar los resentimientos que hasta aquí hemos experimentado tan infelizmente?

            Capellán:

            Esta Provincia propuso a la Capital una correspondencia fraternal, y armoniosa quando la resolución del 24 de Julio; suspendiendo si todo reconocimiento de superioridad hasta la aprobación de la Regencia legítimamente establecida, reconocida, y obedecida por las Potencias Aliadas, y hasta en este mismo Continente, y la Junta de Buenos Ayres, desentendiéndose de los motivos y razones de aquella, respondió con amenazas.

            Belgrano:

            La exma. Junta no amenazó a la Provincia sino a los Xefes: ¿pero por que no quieren obedecer a la junta quando ella es Capital?

            Capellán:

            Por que el Pueblo de Buenos-Ayres no tiene autoridad por Capital de subyugar a las demás Provincias, sino únicamente representar sus derechos peculiares, como cada Provincia los tiene, y la autoridad del Virrey, que se tomo el Pueblo, no debe extenderse a las demás Provincias, porque ya cesada esta.

            Belgrano:

            Un Americano de las luzes de Vm. no debe proferir tales expresiones; pues entonces quedaría el Cuerpo Político acéfalo.

            Capellán:

            Del mismo modo quedaría Buenos-Ayres respecto de la Regencia

            Belgrano:

            La Regencia ya no existe.

            Capellán:

            Después Veremos.

            Aquí sobrevino una furiosa lluvia con relámpagos, y rayos, por cuya causa se terminaron las conferencias.




IV. BIBLIOGRAFÍA


            Documentos y actas


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A.G.N.A. Sala IX. Leg. 8-5-9. 24-I-1808. Real Provisión del 31-I- 1808.

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