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MARGARITA DURÁN ESTRAGÓ


  EL HECHICERO DE DIOS – FRAY LUIS BOLAÑOS, 1995 - Por MARGARITA DURÁN ESTRAGO


EL HECHICERO DE DIOS – FRAY LUIS BOLAÑOS, 1995 - Por MARGARITA DURÁN ESTRAGO

EL HECHICERO DE DIOS – FRAY LUIS BOLAÑOS

Por MARGARITA DURÁN ESTRAGO

Editorial DON BOSCO

Diseño de tapa: LUIS ALBERTO BOH

Con el apoyo de la MISSIONS CENTRAL DE LA

ORDEN FRANCISCANA OFM. (Boon – Alemania)

Asunción – Paraguay

Imprenta Salesiana

Agosto de 1995 (156 páginas)


INDICE

Prólogo     

Presentación       

1. Marchena. Pueblo natal de fray Luis Bolaños

2. La Custodia franciscana de Andalucía en tiempos de fray Luis Bolaños

3. Síntesis biográfica

4. Viaje de fray Luis Bolaños al Paraguay

5. Situación Hispano-Guaraní a la llegada de Bolaños         

6. Primeros contactos de Bolaños con los Guaraní

7. Fundador de las reducciones guaraníticas

8. Autor del primer catecismo en guaraní

9. Sus escritos    

10. El misionero

11. El franciscano

12. Bolaños y la devoción a la Inmaculada Concepción

13. Bolaños, autoridad testifical

— Martirio de fray Juan Bernardo

— Martirio de Roque González de Santa Cruz

14. Muerte de Bolaños 

15. Traslación de sus restos

16. Reconocimiento de las cenizas de Bolaños

17. Un mausoleo para Bolaños

18. Retorno a casa

19. Bolaños en la mente colectiva del pueblo paraguayo y argentino     

— Hechiceros guaraníes

— Pa’í Bolaños en las leyendas guaraníes

— El lago Ypacaraí

— La Virgen de Caacupé

— El Ykua Bolaños

— La Virgen de Itatí

— Otras leyendas

20. Beatificación de Bolaños

Conclusión

Anexo

Bibliografía


 


PRÓLOGO

Con este encabezamiento “EL HECHICERO DE DIOS” sale a luz una nueva biografía de fray Luis Bolaños escrita por la historiadora “franciscana”, como ella gusta decir, Margarita Durán Estragó.

Más de uno caerá en el error de juzgarla a primera vista como poco apta para la actualidad por la presunción, que el título crea, o porque pretende dar una imagen exaltatoria fácil de fray Luis Bolaños; y eso, aunque la que lo escribe, sea una historiadora que gusta más de dar datos escuetos, que de hacerlos hablar. Yo mismo me incliné a opinar así, y hasta traté de disuadirle recomendándole un cambio en el titulado, pues me parecía inadecuado, temiendo que fuese más un desdoro al apóstol misionero, que provecho a su imagen.

No obstante, reflexionando e interiorizándome del contenido y cotejándolo con mi propio proceso en la gran estima que hoy le tengo a la figura de fray Luis Bolaños, vi que pude hacerse este recorrido, o bien desde un Bolaños muy encumbrado, como un superman misionero, pero poco hecho aún de realidades comprobadas e históricas; descendiendo luego hacia el Luis Bolaños de carne y hueso, hombre de la tierra, franciscano andaluz, apóstol del Paraguay y Río de la Plata, el de los escritos, el de la historia, el Bolaños real.

O bien, como hoy gusto hacer, partiendo de su personalidad, su actuación misionera, de hechos de su vida y dichos, ir ascendiendo hasta dar con el Bolaños de las dimensiones transcendentes, el franciscano de la calidez humana y misionera singular. En esta concepción biográfica encaja perfectamente llamar a Bolaños “El hechicero de Dios”, como lo hace este libro.

Luis Bolaños, “El hechicero de Dios”, es como la proyección última de la suma de realidades que se van dando a lo largo del libro: su nacimiento en Marchena, su vocación a la vida franciscana en Santa Eulalia, su viaje misionero con Don Juan Ortiz de Zárate, su posterior despliegue evangelizador en el Paraguay, sus intuiciones y creatividad en la acción con los indios guaraní, su acierto en las Reducciones, el Catecismo Guaraní ... En definitiva, esa rica personalidad. Y todo ello para desembocar en la leyenda, en la trascendencia que no mezquina ni vocablos ni calificativos, como el chamán guaraní, santo viejo, apóstol del Paraguay y Río de la Plata, figura evangélica, encarnación del espíritu de San Francisco en las Indias o, como lo dijera el Papa Juan Pablo II, hombre de vanguardia, modelo de la nueva evangelización.

Esta biografía no está sustentada sobre una presunción histórica, o como pudiera parecer, en el interés de una fantasiosa presentación. Pues bien se sabe que los franciscanos, quienes hubieran sido los más interesados en magnificar a su “héroe” Bolaños, han sido muy parcos en loas, manteniendo su tradicional estilo del silencio y dejando hablar por sí a las obras o, simplemente, esperando a que las escriban otros.

Y, a la verdad, han sido otros, los extraños, sea Hernandarias, los jesuitas, o el Gobernador Marín de Negrón, quienes los han ensalzado más. Vaya como muestra este escrito del últimos de los nombrados: “en esta provincia está el padre fray Luis Bolaños ocupado en el cargo de Custodio dellas, santo varón y persona de muy ejemplar vida y de tan buenas partes que si las hubiese de decir sería menester mucho papel”.

Pero aún más que los otros, sean hijos de la tierra, religiosos o conquistadores, han sido los propios indígenas, quienes maravillados ante el testimonio de una vida ejemplar, la religiosidad dúctil sembrada, los pueblos plantados con la impronta de la sencillez y la pobreza franciscana, el estilo de respeto y projimidad, y la transparencia humana irradiada por Luis Bolaños, ante semejante paradigma religioso, sólo atinaron a expresarse asombrados, asignándole nombres como pa’í tuku, hechicero y semejantes, haciendo de Bolaños un “mito” transido de leyendas como la del Lago Ypacaray, el Ykua Bolaños, la del indio José, Caacupé, Itatí; atribuyéndole curaciones extraordinarias, bilocación, levitación. Que de todo hay.

A fuer de sinceros y por respeto a la historia, hay que reconocer sin tapujos que hasta no hace mucho eran más las cosas que se intuían y presumían de la persona y acción bolañista que las que se sabían con garantía histórica. Que la vida de Luis Bolaños y su obra real eran poco conocidas, es una verdad incontrastable. Con esta obra se sale de esa nebulosa y caminamos sobre huellas más firmes.

Hoy no es posible desconocer que fray Luis Bolaños con Alonso de San Buenaventura inició su primera Reducción de San Lorenzo de los Altos; que el pueblo actual de Altos ostenta el privilegio de ser la primera Reducción de todo el Paraguay nacida en 1580; que poco más tarde, con la nueva sangre inyectada por las dos jóvenes vocaciones nativas franciscanas Juan Bernardo y Gabriel de la Anunciación, surgieron Ita y Yaguarón a partir de 1585; que veinte años después el propio Bolaños arriesga y corona con éxito la empresa de reducir a los paranáes y planta la reducción de Caazapá en 1607, y, a reglón seguido, Yuty. Todo eso hoy no se puede ignorar. Y piénsese que los jesuitas todavía en 1610 están por iniciar su avalancha misionera en el Río de la Plata y los primeros intentos de reducción.

Hoy sabemos con total veracidad, por testimonio incluso de los propios iniciadores jesuitas de la Reducción de San Ignacio Guazú -que fue su primera reducción- que, a la hora de su creación, juzgaron oportuno hacer una visita a Yuty para encontrarse con Bolaños a fin de que éste les orientara en la formación de una Reducción desde su vasta experiencia de treinta años. Bolaños era todo un maestro misionero, respetado y querido. Cuenta con el doble honor de ser iniciador de reducciones en el Paraguay y también, el de ser maestro de los jesuitas a la hora de emprenderlo.

Así también, Bolaños lleva el privilegio de ser un guaranista consumado, maestro en guaraní de franciscanos y jesuitas, de haberles dado oportunidad a estos últimos de copiar incluso apuntes de su gramática, y hasta haberle escrito Bolaños una poesía sobre San Miguel en guaraní al Padre Lorenzana.

Todo esto pasa desapercibido, incluso a lingüistas paraguayos; a muchos les resulta novedoso, y no pocos, ignorándolo o no, prefieren citar a los jesuitas, a Montoya, o a algún otro, antes que a Bolaños o los franciscanos, pues, aquellos al parecer, son carta de más garantía y, sobre todo, más promocionados. Es cierto que éstos, los jesuitas digo, han alcanzado la grandeza de verdaderos ríos, pero el yvú naciente, con su agua humilde, límpida y primitiva, corre oculto bajo el sayal de un “insignificante” gran seguidor de San Francisco: fray Luis Bolaños.

Fray Luis Bolaños es el misionero más ilustre y creativo con que ha contado el Paraguay y el Río de la Plata. Los nativos de Yaguarón e Itá, los antiguos paranaenses y los actuales caazapeños, lo mismo que los hijos de Yuty, no tienen por qué considerar como un desdoro el haber nacido a la existencia como pueblos bajo los franciscanos; antes al contrario, pueden tenerlo a grande honra, cuando, sobre todo, el franciscano que los gestó y alumbró fue nada menos que fray Luis Bolaños, y con él, fray Gregorio de Osuna, fray Gabriel de la Anunciación, fray Juan Bernardo, primer mártir paraguayo, y el maestro de Bolaños, fray Alonso San Buenaventura.

Otra faceta complementaria que emerge de la lectura de este libro biográfico, será no tanto el de los sucesos puntuales, las contribuciones a la misión como el Catecismo Guaraní, las Reducciones, o las Doctrinas de Gurambaré, Ypané, Tobaty, Atyrá, y demás, que fueron las concreciones de la misión. Pero tan interesante, a mi juicio, o quizás más, es la filosofía de la cual emanan estos hechos, por decirlo en lenguaje eclesial, la teología de la misión que Bolaños maneja y pone de resalto en esas intuiciones misioneras llevadas a cabo en el Paraguay. Hace falta ser perspicaz y decidido como lo fue Bolaños para tomar conciencia de las dificultades que afronta un apóstol en su tarea evangelizadora en el suelo guaraní, e implementar soluciones y generar alternativas para facilitar la aceptación y la asimilación de la nueva propuesta misionera de parte de los indios evangelizados, quienes hicieron de Bolaños mito y leyenda.

No era fácil actuar con acierto en el medio hostil en que se dio la evangelización misionera de Bolaños. En un entorno de conquistadores, españoles y cristianos, con pretensiones de dominación y enriquecimiento, con el método de armas y castigos, con una actitud de ambición y orgullo prepotente, en ese medio, Bolaños y los otros franciscanos, empuñaron la sabiduría de la cruz y abrazaron la cortesía respetuosa del dulce y seráfico Francisco de Asís, como estilo propio de evangelización.

Transcribo, para deleite del lector, un bello pasaje de la “Leyenda de Bolaños” de Jorge M. Furt: “En el crepúsculo, que siempre sensibiliza impresiones, veo, en recorriendo estas páginas cruzar la sombra inmensa del Poverello tan amorosamente reproducida en Fray Luis. Y olvidando frente a la selva del relato la finura del cuadro que recorta mi ventana -colinas con cipreses y retamas, obeliscos de sombra sobre un suelo de luces, en la serenidad de las laderas grises y del cielo con azules de esmalte- pienso en la identidad de espíritu que animó al Santo de Asís y al Apóstol de las Indias”.

Al paso de este apóstol de las Indias, las infranqueables barreras fueron cediendo. Ante el avasallamiento y el maltrato conquistador, Bolaños impuso el freno y la protección de la Reducción. Ante el obstáculo de la cultura y del idioma, Bolaños se integra al estilo y modo de vivir de los indios y se hace un lenguaraz guaraní cual no lo hubo otro. Frente a las opciones de los nombres de Dios y otras expresiones religiosas, como dice Efraín Cardozo: “adopta audazmente figuras de las creencias religiosas guaraníes para representar las del cristianismo en el Catecismo que escribió en el idioma guaraní”. En definitiva, Bolaños, con su talante franciscano, es simple y sencillo con el Indio, itinerante como él, austero y sin ambición de riquezas, cordial y afectivo como los guaraníes. Por ello, hay quienes no dudan en afirmar que entre el franciscano Bolaños y el indio se dio un caso de simbiosis excepcional, como un abrazo respetuoso de muta aceptación; y que fruto de ello será la sobrevivencia de la religiosidad, la perpetuación de los pueblos franciscanos, la admiración y la mitificación legendaria de fray Luis Bolaños.

Concluyo con lo expresado por el doctor Miguel Ángel Pangrazio en referencia a la obra evangelizadora de los franciscanos: “La revolución del amor pudo mucho más que cientos de arcabuces y miles de soldados. Sólo los hombres de mística y renunciamiento pueden dominar los rigores de la selva, la rebeldía indómita de los aborígenes y la codicia inmisericorde de los conquistadores”.

Fray José Luis Salas OFM



PRESENTACIÓN

Con motivo de la conmemoración del V Centenario de la llegada del cristianismo al «nuevo mundo», nada más oportuno y justo que brindar un homenaje de gratitud y reconocimiento al apóstol del Paraguay y Río de la Plata, fray Luis Bolaños.

Hablar del pa'í Bolaños en los países del Plata, es hablar de mitos y de leyendas, de reducciones de indios y fundaciones de pueblos. Es evocar los orígenes de la devoción mañana de Caacupé en el Paraguay y de Itatí en la Argentina. Es recordar el milagroso «Ykua Bolaños» de Caazapá o la conjuración de las aguas desbordadas del «Tapaykua» o lago Ypacarai.

Bolaños está en la mente colectiva de los paraguayos y argentinos, no porque se conozca mucho de él a través de la historia o de la prédica de los franciscanos, sino simplemente, por haberse él consustanciado con la tierra, con la gente, con la historia, con la lengua guaraní y con las devociones populares de ambos pueblos.

Solamente un hombre excepcional como Luis Bolaños pudo permanecer por siglos en la «memoria del pueblo» sin que la Iglesia jerárquica hiciera poco o nada por dar a conocer sus virtudes e iniciar el proceso de su beatificación.

El «HECHICERO DE DIOS» como lo llamaban los indios aún después de muerto, pretende ser un aporte más para el cabal esclarecimiento de la vida y «milagros» del legendario franciscano descalzo que vivió por más de medio siglo entre los naturales del Paraguay y de la cuenca del Plata.

Los paraguayos le debemos a Bolaños el primer vocabulario y la primera gramática guaraní y el inicio de las reducciones guaraníticas que tanta fama cosecharon en el mundo por medio de los jesuitas, continuadores de su obra. También fue mérito de Bolaños la traducción al guaraní del primer catecismo de la Iglesia paraguaya, declarado único y obligatorio en el sínodo de Asunción de 1603 por el obispo fray Martín Ignacio de Loyola OFM.

La fundación de una veintena de pueblos con nomenclatura guaraní nos da la pauta de su esfuerzo por inculturarse y perpetuar las tradiciones guaraníes. Itá, Yaguarón, Tobatí, Guarambaré, Ypané, Atyrá, Caazapá, Yuty, Itatí, Baradero, y tantos otros pueblos desmantelados por la acción de los portugueses, son frutos del trabajo y del empeño de este misionero franciscano.

Fray Luis Bolaños fue un hombre de Dios comprometido con el pueblo indio sufrido y explotado. Por eso se presenta como un desafío para nuestro tiempo. Conocerlo, valorarlo y tomarlo como modelo de entrega por la causa de los más débiles y marginados, es compromiso de honor para todos aquellos que deseen contribuir en la construcción de un mundo más humano y fraterno.

Margarita Durán Estragó

Asunción, octubre de 1992



3.      Síntesis biográfica

Al querer hacer la biografía de fray Luis Bolaños uno se encuentra tan pobre de datos que casi podría decirse que su historia comienza en el convento de Nuestra Señora de Loreto, donde se sabe que estudió en compañía de San Francisco Solano, hacia fines de 1570 o quizá la remontemos al eremitorio de Santa Eulalia, de donde partió junto a otros franciscanos, rumbo a la tierra de los Guaraní.

Muchos lo llamaron Luis de Bolaños, entre ellos los gobernadores Hernandarias y Marín de Negrón, lo que dio pie a que se creyera que el mismo procedía de Bolaño, aldea de la feligresía de Santa Eulalia, distrito de la Provincia de Lugo, España. Sin embargo, todas las cartas y documentos escritos por Bolaños llevan su firma al pie sin la preposición de, lo que explica que su apellido no indicaba el lugar de su origen sino que era patronímico.

Dónde y cuándo nació Bolaños son otras de las tantas preguntas que durante mucho tiempo quedaron sin explicaciones convincentes. El documento más fehaciente que prueba el hecho de que Luis Bolaños naciera en Marchena, villa andaluza de la provincia de Sevilla, es el testimonio de fray Alonso de Vique recogido por Diego de Córdova y Salinas en su obra «Crónica de la Religiosísima Pronvicia de los Doce Apóstoles del Perú» escrita en 1651 (7). Al hablar de la Provincia de Asunción del Paraguay, el cronista peruano señala en su libro tercero de que Luis Bolaños provenía de Marchena y no de la Mancha como lo indicara al comienzo de su obra. Alonso de Vique había sido Lector en el célebre colegio de San Buenaventura de Sevilla, casa central de altos estudios franciscanos y llegó al Perú en 1613 o 1614 a la edad de treinta años, todo lo cual da peso a sus aseveraciones ya que perteneció a la misma provincia Bética y fue contemporáneo de Bolaños.

La misma tradición marchenera nos habla de que uno de sus ilustres hijos, fray Luis Bolaños honró a su tierra por los caminos de América. Así lo expresó el Ayuntamiento de Marchena en un catálogo sobre «Culturas Indígenas», publicado en 1988. «Nuestra población aportó personajes que descollaron en la gesta americana... ahí está Fray Luis Bolaños, franciscano también —como Fray Antonio de Marchena— pionero en la labor de la creación de las Misiones en el Río de la Plata, en defensa del indígena contra los abusos de los encomenderos» (8).

El año de su nacimiento se pudo conocer mediante la declaración jurada que Bolaños hiciera el 3 de octubre de 1629 —ocho días antes de su fallecimiento— con motivo del martirio de San Roque González de Santa Cruz y sus compañeros, ocurrido en la misión del Caaró, actual territorio brasileño. En ella Bolaños manifestó ser de «... edad de más de setenta y nueve años» (9) lo que equivale a haberlos cumplido con anterioridad a esa fecha. Haciendo un poco de números tenemos que Luis Bolaños nació en 1550 o 1549 al igual que su compañero San Francisco Solano (10).

Debió ingresar muy joven en la Orden Franciscana ya que llegó al Paraguay con 24 o 25 años y el diaconado concluido en la Casa de Estudios de Loreto y en el eremitorio de Santa Eulalia, distante éste una legua de Marchena.

Su afición a la ciencia y su adelanto en las virtudes fueron una prueba reveladora de lo que llegaría a ser más tarde el fraile marchenero. Al respecto, Buenaventura Oro hace referencia a una carta escrita por Bolaños a la edad de 78 años sobre un tema espinoso: el casamiento de los indígenas, hecho que preocupó durante mucho tiempo a los más grandes maestros de la época y que planteado y tratado por Bolaños «produce la sensación de que se está ante una inteligencia vigorosa, analítica y razonadora, que sin violencia nos lleva a pensar de que debió ser un estudiante aventajado» (11).

No hay duda de que Bolaños tenía la fuerza y la aptitud necesarias para afrontar la riesgosa misión apostólica, más aun tratándose del Paraguay, donde la ausencia de oro y plata le había dado fama de provincia pobre, a tal punto que el clérigo Martín González, en 1575, dudaba de que hubiera soldados y gente que quisieran alistarse para futuras expediciones desde España «por la mala fama que ha cobrado aquella tierra, que en mentándola, escupen...» (12).

No todos los religiosos que pedían viajar a las Indias Occidentales recibían la venia correspondiente. La mística misionera de los franciscanos se hallaba Inspirada en fray Francisco de los Ángeles Quiñónez, Ministro General de la Orden nombrado para el efecto en 1523. Este redactó unas instrucciones para los misioneros, cuyo contenido estaba impregnado de una gran fuerza evangélica:

«A fin de que en tan santa empresa no falte el mérito de la santa obediencia, a todos los que fuesen designados y se ofrecieren espontáneamente les mandamos por santa obediencia que realicen el viaje y se entreguen a la labor a ejemplo de los discípulos de Cristo Señor Nuestro».

«Plantar el santo evangelio e introducir nuestro evangélico modo de vivir» (13) fue uno de los tantos consejos que aquel maestro general de la Orden había dejado escrito para los misioneros de América.

Quiñónez se había inspirado en la regla de San Francisco, capítulo XII que decía: «A nadie den licencia para ir, sino a los que vieren idóneos para enviar».

Según dicha regla, la selección de los religiosos para las misiones entre los naturales del «nuevo mundo» recaían en los frailes más probos y virtuosos. Luis Bolaños obtuvo la aprobación de su provincial fray Juan de San Miguel y del definitorio recoleto integrado por los frailes, Juan Navarro, Juan de Espinosa, Francisco Morales y Pedro Correas, religiosos de probados méritos y reconocida experiencia (14).

Muy fundados debieron ser los motivos que llevaron a Luis Bolaños a dejar su tierra en vísperas de su ordenación sacerdotal y su primera misa, acontecimientos que podría haberlos celebrado en compañía de sus padres, parientes, amigos y hermanos de la Orden, allá en Marchena. Bolaños prefirió sacrificar sus legítimos e íntimos sentimientos para formar fila entre los grandes protagonistas de la «utopía» franciscana de la primera hora, que dejaron a España con ansias de cristianizar a las Indias Occidentales, convirtiendo dichas tierras en campo fecundo donde sembrar la semilla de la doctrina de Cristo.

Fue ese cúmulo de ilusiones y aspiraciones el que hizo posible el despertar vocacional de Bolaños, hasta que un día, aquella idea tantas veces acariciada pudo hacerse realidad mediante fray Alonso de Buenaventura, insigne maestro franciscano que llegó al convento de Santa Eulalia, en busca de misioneros para el Paraguay. Cuenta el cronista peruano Córdova y Salinas que fray Alonso, sin conocerlo al hermano Bolaños ni tener antecedentes suyos, preguntó de él y al verlo, sin titubeos exclamó: «Permanezca hermano en su intención, que le tiene Dios destinado para la conversión del Paraguay». Bolaños, sorprendido por aquel saludo respondió emocionado: «Cúmplase, Padre, la voluntad del Señor» (15).

Desde aquel momento, el hermano Luis asumió el compromiso de ofrecer el resto de su vida en favor de los Indígenas del Paraguay.


NOTAS

7.      Córdova y Salinas, Diego. Crónica de la Religiosísima Provincia de los Doce Apóstoles del Perú de la Orden de Nuestro Seráfico P.S. Francisco..., 1a edición, Lima, 1651, 2º edición, México, 1957. Cfr. Oro, Buenaventura. Fray Luis Bolaños. Apóstol del Paraguay y Río de la Plata, Córdoba, 1934, p. 6.

8. Texto de presentación de la muestra: Culturas Anteriores al Descubrimiento. Museo Arqueológico Municipal de Marchena, 14 de octubre al 5 de noviembre de 1988 escrito por el Delegado de Cultura del Ilustre Ayuntamiento de Marchena, Don Fernando Alcaide Aguilar.

9. Blanco, José María. Historia Documentada de la vida y gloriosa muerte de los Padres Roque González de Santa Cruz, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo de la Compañía de Jesús, mártires de Caaró e Yjuhí, Buenos Aires, 1929.

10. El historiador argentino Luis Cano trabajó personalmente en los archivos de la Parroquia de San Juan, en Marchena y revisó los libros de bautismos correspondientes a los años 1535-1555. Encontró varios Bolaños pero ninguno de nombre Luis, lo que lleva a pensar que otro fue su nombre de pila y al no contar con el acta de su «toma de hábito», documento en el que debió constar dicho nombre y el de religión, no podemos determinar con exactitud la fecha de su nacimiento. Igual intento hicimos en 1989 cuando visitamos Marchena y en esa ocasión tampoco logramos nuevos datos. Con motivo del «hermanamiento» de Caazapá (Paraguay) con Marchena, en 1993. Don Fernando Alcaide, Delegado de Cultura de dicha ciudad, antes de su viaje al Paraguay, también hurgó en los archivos, sin hallar ningún documento sobre Luis Bolaños.

11. Oro. Op. cit., p. 3

12. Rodríguez Molas, Ricardo. Los Sometidos de América, Bibliotecas Universitarias, Buenos Aires, 1985, p. 163 y ss.

13. Iriarte, Lázaro OFM. Historia Franciscana, Nueva Edición, Valencia, Editorial Asís, p. 344.

14. Oro. Op. cit., p. 4.

15. Córdova y Salinas Op. cit.. p. 273.



4.      Viaje de fray Luis Bolaños al Paraguay

Con la armada de Juan Ortíz de Zárate, nuevo adelantado del Río de la Plata, parte de San Lúcar de Barrameda, en 1572, un nuevo contingente de franciscanos. Iba al frente de los misioneros fray Juan de Villalba, que, al decir de Lozano, era gran siervo de Dios al igual que los demás religiosos que lo acompañaban. Este historiador jesuita señala entre otros a fray Alonso de la Torre, fray Alonso de Buenaventura, «Fray Luis Bolaños, natural de Andalucía que venía ordenado de sólo evangelio... y un hermano lego llamado Fray Andrés de rarísima sencillez...» (16).

Muchos percances sufrieron durante el viaje de casi tres años hasta llegar a Asunción el 8 de febrero de 1575. El relato de la travesía de las tres naves de Ortíz de Zárate se conoce gracias al arcediano Martín del Barco Centenera, integrante de dicha expedición, quien en su obra «La Argentina» dejó narrado con lujo de detalles todo cuanto de penoso y trágico tuvo aquel histórico emprendimiento.

Es verdad que ninguno de los versos de Centenera hace alusión expresa e individualizada de los franciscanos que integraban la tripulación de Zárate, salvo la situación de hambre de fray Alonso de la Torre (17), marchenero como Luis Bolaños, que fue a cortar unas maderas al monte para usarlas como lecho de muerte, aquejado por el hambre y las peripecias del camino (18). Ese silencio nada quita de meritorio y admirable en el comportamiento de los religiosos, que como simples integrantes de la expedición tuvieron que sufrir toda clase de privaciones sin quejas ni reproches, acorde con la regla de San Francisco y la austeridad franciscana recoleta.

No hay duda de que dicha travesía significó para Bolaños una de las pruebas más duras y exigentes de su vida. El joven diácono dejaba la quietud y la paz del eremitorio de Santa Eulalia para sumergirse en el mundo de la miseria humana y convivir día a día, mes a mes, año a año con todo lo que fuera peligro, hambre, muerte, naufragio y temor a lo desconocido.

Apenas parte la flota de San Lúcar, la gente no acostumbrada a la navegación comienza a indisponerse debido al balanceo de los «desvencijados navíos» y a la impericia de sus tripulantes que conducían la nave como si fueran «delincuentes condenados a muerte» (19). Frente a las costas de Marruecos la expedición sufrió un fuerte temporal que puso en peligro la estabilidad de las naves. Con dificultad lograron alcanzar las costas de las Islas Canarias, donde acobardados por tan penoso inicio, varios soldados y dos religiosos desistieron de continuar la travesía. Cuando reanudaron la marcha «les sobrevino tan pesada calma» (20) que durante dos semanas no pudieron avanzar y muchos murieron a causa del calor «que los sofocó».

Después de siete meses de viaje llegaron a Santa Catalina en la costa atlántica, tan cansados y hambrientos que según las crónicas de la época, perecían hasta ocho personas por día. Aún antes de llegar a tierra habían muerto unas trescientas personas de ambos sexos conforme a lo expresado por Félix de Azara y Blas Garay, ambos investigadores destacados y conocedores de los archivos del Paraguay (21). .

Aunque no hayan sido tantas las víctimas, por resultar exagerada dicha cifra, no cabe duda de que se trató de un verdadero desastre. La expedición se detuvo durante seis meses en la isla de Santa Catalina, donde el grueso de la tropa aguardó al adelantado Ortíz de Zárate que fue hasta el puerto de Mbiaza, entre los Guaraní, a fin de proveerse de bastimentos para el camino. Acompañaron a Zárate un grupo de franciscanos y soldados entre los que podría haber estado Bolaños, lo cual significaría una primera experiencia apostólica entre aquellos indígenas con quienes compartiría más de cincuenta años de su larga existencia (22).

Centenera llamó a Santa Catalina «isla sin ventura, de tantos españoles sepultura» y eso no sólo a causa del hambre y las enfermedades sino a los despiadados tratos y a los ahorcamientos ejecutados por el capitán Pablo de Santiago de quien Lozano dice: «Era uno de aquellos hombres, que por adquirir fama de rectos, ofenden a la misma justicia y pasando la raya de la piedad degeneran en crueles e inhumanos» (23).

Dejando «las horcas pobladas de hambrientos» la expedición retoma su rumbo dirigiéndose al Río de la Plata. Llegan a la isla San Gabriel el 16 de noviembre de 1573 donde un violento vendaval les hizo notar que aquel lugar no era apto para el desembarco. Se trasladan a las costas uruguayas, a la altura de Colonia, donde los Charrúas reciben a los «invasores» de sus tierras con una lluvia de flechazos. En esa ocasión murieron cuarenta y dos españoles —con seguridad gran cantidad de indios— y faltó para que unos franciscanos —no se indica cuántos—fueran igualmente masacrados (24).

Ante el peligro charrúa, los expedicionarios vuelven a San Gabriel donde se encuentran con Ruy Díaz de Melgarejo —fundador de Villa Rica del Espíritu Santo— quien les aconseja abandonar dicho sitio para asentarse en la isla Martín García. Con la ayuda recibida por Melgarejo y Juan de Garay, el adelantado funda la ciudad de San Salvador, en mayo de 1574, dando cumplimiento a una de las cláusulas de la capitulación según la cual debía fundar una población en el estuario del Río de la Plata.

Un nuevo e inesperado contratiempo pone, a prueba la resistencia de aquellos hombres al incendiarse la casa del adelantado con todos los víveres aportados por Garay. El hambre se hizo sentir nuevamente, el malestar general acabó con la paciencia de muchos que intentaron apresar al adelantado y remitirlo a España bajo sumario. En medio del caos y la desconfianza reinantes, Zárate puso en prisión a los conspiradores. Una oportuna ayuda de Asunción logró sofocar la situación, hecho que posibilitó reemprender la marcha, hasta que al fin, el 8 de febrero de 1575 se pone término a aquella odisea con el arribo a Asunción del adelantado Ortíz de Zárate y el resto de la tripulación, entre los que se encontraban fray Alonso de Buenaventura y Luis Bolaños, únicos franciscanos llegados a destino.

Aquel penosísimo viaje puso a prueba el valor y la vocación de servicio de Alonso y Luis Bolaños, quienes, salvando con mansedumbre y humildad las dificultades de la travesía, llegaron a Asunción dispuestos a iniciar su labor misionera entre los Guaraní del Paraguay.



NOTAS

16. Lozano, Pedro. Historia de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata y Tucumán, Buenos Aires, 1874, Tomo III, Capítulo VI, p. 131.

17. Misionero del Paraguay y Tucumán (Argentina). Siendo Custodio en 1585 dio comienzo al primer convento franciscano en Asunción del Paraguay. Entre 1592-93 se desempeñó como Guardián del Convento de Santiago del Estero, donde murió con fama de santidad en 1629. Cuaderno n. 2 de Loreto (Sevilla), p. 99.

18. Barco de Centenera, Martín. La Argentina, Lisboa, 1602. La Junta de Historia y Numismática Americana hizo su reimpresión facsimilar en 1912.

19. Oro. Op. cit., p. 12.

20. Lozano. Op. cit., p. 132 y ss.

21. Garay, Blas. Compendio Elemental de Historia del Paraguay, Asunción, 1915, p. 53. Cfr. Oro, p. 12.

Azara. Félix. Descripción e Historia del Paraguay y Río de la Plata, Madrid, 1847,T. II, p. 191. Cfr. Oro. p. 12.

22. Necker, Louis. Indios guaraníes y Chamanes Franciscanos. Las Primeras Reducciones del

Paraguay (1580-1800), Biblioteca Paraguaya de Antropología, Vol. 7, Universidad Católica, Asunción, 1990, cita 7, p. 62.

23. Lozano. Op. cit., p. 133. Cfr. Oro, p. 12.

24 Necker. Op. cit., p. 62.



5.      Situación Hispano-Guaraní a la llegada de Bolaños

Durante mucho tiempo fue un tema tabú hablar de la resistencia Guaraní a la dominación española. Aún hoy, los textos escolares hacen hincapié sobre la alianza Hispano-Guaraní y la unión de españoles con mujeres indias, hasta convertir a la Provincia del Paraguay en un verdadero «paraíso de Mahoma». Si miramos la historia desde abajo, desde el indio, desde el conquistado, encontramos una constante a lo largo de más de un siglo de conquista española: la resistencia indígena y los consecuentes enfrentamientos armados (25). Es verdad que los alzamientos indígenas no siempre tuvieron la misma intensidad. Ellos variaron según la región y las circunstancias. De ahí que se puede diferenciar en la época anterior a Bolaños y sus compañeros dos momentos bien marcados. Una primera fase que va de 1537, año de la fundación de Asunción, hasta 1556 en que el gobernador Irala Implanta el sistema de encomiendas. La otra va de 1556 a 1580, cuando Bolaños da inicio a las reducciones guaraníticas (26).

En un primer momento, los españoles consideraron al Paraguay como un lugar transitorio mientras buscaban esperanzados las «sierras del plata». Luego de conseguir su asentamiento en Asunción, hecho que les costó bajas humanas a causa de la resistencia indígena, lograron por medio de la fuerza de las armas llegar a una cierta «alianza» con los Guaraní, necesitados de ayuda bélica para hacer frente a sus enemigos ancestrales, los Guaicurúes del Chaco. El trato que los españoles daban a los indígenas en esta etapa, respondía en cierta medida al sistema de reciprocidad familiar sobre el cual descansaba el relacionamiento social de los Guaraní. Los españoles tomaron a las mujeres indígenas y las convirtieron en sirvientas, amantes y brazos agrícolas. Muchas veces las arrebataban de sus teko’a o pueblo y por medio de la violencia lograban conseguir decenas de mujeres para tenerlas a su servicio y al de sus familiares. Los hombres prestaban ayuda a sus tovaja o parientes políticos españoles y trabajaban para ellos en el campo, la caza, la pesca, la chacra, la construcción de casas y caminos, en las campañas expedicionarias y otras tantas faenas. Por su parte los españoles proporcionaron a los Guaraní objetos de hierro, como cuñas, hachas y anzuelos. Además, las armas de fuego de los europeos constituyeron un freno a las incursiones de los indios chaqueños.

Con estos contactos se inició el choque de culturas: la cultura del hierro, con la cultura del maíz. Los Guaraní dieron gran valor a las hachas de hierro y los españoles, a la economía agrícola de los naturales.

A pesar de aquella «alianza», esta primera época ya fue marcada con luchas violentas, como la de 1539 cuando los indígenas intentaron acabar con los españoles de Asunción. Tres años más tarde, hacia 1542, los indios del norte de la ciudad se resistieron a entregar víveres a los soldados españoles, negativa que fue aplacada con sangre. En 1546 se produjo otro alzamiento en contra de los españoles: éstos se unieron a los indios del Chaco para enfrentar a los «rebeldes» Guaraní.

Con estos hechos a la vista, se puede comprender que la tan mentada «alianza Hispano-Guaraní» no fue el resultado de un acuerdo mutuo sino algo «impuesto por los españoles a los guaraníes ya recalcitrantes e impacientes por recuperar su soberanía y por poner fin a las violencias de los conquistadores» (27).

A partir de 1537, año de la llegada de los españoles a las tierras de los Guaraní, la caída demográfica y la desintegración social de dicho pueblo fueron alarmantes. El robo de mujeres indígenas para entregárselas a los españoles, los excesivos trabajos a las que estaban sometidas, las fugas de los indios hacia los montes más apartados, el alejamiento de los hombres por razones de trabajo, todo esto contribuyó para que los teko’á se fueran acabando y los Indios se dispersaran indefensos y enfermos a causa de la falta de inmunidad a las enfermedades que trajeron los europeos.

En las regiones del norte y sur de Asunción, las rebeliones Indígenas se propagaron con más fuerza debido a la implantación del sistema de encomiendas.

Cuando los españoles del Río de la Plata se enteraron de que Pizarro había llegado al Perú por otra vía, dejaron de considerar al Paraguay como base provisional de operaciones y decidieron instalarse en Asunción en forma definitiva. Explotar las riquezas de la región significó para los españoles adueñarse de los indios y de sus tierras para provecho propio. En 1556 el gobernador Domingo Martínez de Irala repartió unos 100.000 indios entre 300 españoles encomenderos. La ayuda que los indios prestaban a los españoles dejó de basarse en la reciprocidad y el parentesco, tal como lo fue en un principio, para apoyarse en un título jurídico que nada significaba para los Guaraní.

Las causas por las que se propagaron los levantamientos indígenas a partir de 1556 se encuentran reflejados en un sinnúmero de documentos. He aquí uno de ellos, escrito en 1621:

«El ayudar al español y admitirle en sus tierras fue por vía de cuñadazgo y parentesco. Empero, después, viendo los indios que los españoles no los trataban como a cuñados y parientes sino como a criados, se comenzaron a retirar y no querer servir al español. El español quiso obligarles, tomaron las armas los unos y los otros y de aquí se fue encendiendo la guerra la cual ha perseverado casi hasta ahora» (28).

Los encomenderos exigieron todo de los indios pero daban poco o nada a cambio. La situación se volvió intolerante y la economía guaraní decayó notablemente al igual que la demografía indígena. El descontento se fue generalizando y la tierra se cubrió de rebeliones indígenas y sangrientos enfrentamientos armados.

La situación se volvió insostenible hacia 1575, año de la llegada al Paraguay de fray Luis Bolaños y Alonso de Buenaventura:

«La comarca de indios que solía servir a esta ciudad está menoscabada en gran manera porque no hay la décima parte de los que solía haber... después que algunos padres del glorioso San Francisco entraron en esta tierra, celosos del bien de las almas, comenzó a tener un poco más de luz y ciertos algunos de estos benditos padres han trabajado con mucho fruto y ejemplo de vida» (29).

Tal como lo expresan los Oficiales Reales en su carta al Rey, en 1594, la acción de Bolaños y Alonso de Buenaventura trajo «un poco más de luz» a la castigada y doliente nación Guaraní.


NOTAS

25. Susnik, Branislava, Rafael Eladio Velázquez y Louis Necker fueron los primeros en rectificar el sentido romántico de la relación hispano-guaraní.

26. La periodización utilizada por Necker comprende tres fases: la exploratoria (1537-1556), la transitoria (1556-1580) y la colonial (1580-1811).

27.    Necker. Op. cit., p. 35.

28. Revista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires. Año VI, 1906, p. 46. Carta del Padre Marcial de Lorenzana al Rey. 1621. Cfr. Necker. Op. cit., p. 37.

29. Correspondencia de los Oficiales Reales de Hacienda del Río de la Plata con los Reyes de España, Madrid, 1915, p. 435. Cfr. Necker. Op. cit., p. 39.



 

8.      Autor del primer catecismo en guaraní

La lengua guaraní era la más conocida y hablada entre los pueblos indígenas del Paraguay y Río de la Plata. La elocuencia o «capacidad oratoria» era considerada como un talento indispensable en los jefes políticos y religiosos. También los misioneros debían conseguir el dominio perfecto de la lengua indígena si querían comunicarse con el indígena y hacerse escuchar con autoridad y credibilidad.

Desde su llegada a Asunción en 1575, Bolaños se interesó por la lengua guaraní y la fue aprendiendo durante sus primeros contactos con los indígenas. Como ya lo habíamos señalado, Bolaños fue el primer misionero a quien los indios escucharon hablar de Cristo y su doctrina en su propia lengua. Con la ayuda de Gabriel de Guzmán y Juan Bernardo, el fraile marchenero fue perfeccionando sus conocimientos sobre la lengua indígena.

Uno de los principales colaboradores de Bolaños en los trabajos de traducción lingüística fue el hermano lego Juan Bernardo, de quien Bolaños dijo ser «muy gran lengua» por tratarse, además de su elocuencia, de un mestizo, probablemente hijo de madre indígena, que había mamado el idioma guaraní.

Bolaños fue conceptuado como el gran maestro en la lengua guaraní, como la persona más versada de su tiempo en el conocimiento y en la enseñanza de la lengua de los indios (50).

Los dogmas y verdades de fe debían aprenderse de memoria, sin variación alguna para evitar caer en herejías. Consciente de ese peligro, entre 1585-1586, el obispo del Paraguay Alonso Guerra pidió a Bolaños, que tradujera al guaraní el catecismo limense para que fuese enseñado y repetido de memoria en las reducciones de indios.

Los progresos de Bolaños en el aprendizaje de la lengua guaraní y la dedicación en sus trabajos de traducción, quedan demostrados en importantes documentos pertenecientes a la Biblioteca del Museo Mitre de Buenos Aires:

«El Padre Bolaños ejecutó su trabajo con el auxilio de sus compañeros y la colaboración de un soldado, pues según el testimonio del Maestre de Campo Don García Moreno, hijo de la tierra y antiguo lenguaraz, se halló presente muchas veces cuando el Padre Bolaños escribía varias cartas al Capitán Escobar, famosísimo lenguaraz, consultándole sobre la propiedad de algunas palabras que ponía en el catecismo. Y el Capitán respondía afirmando y confirmando las palabras» (51).

A juzgar por los documentos de la época y principalmente por la «Información Jurídica de 1618», lo primero que Bolaños tradujo al guaraní fueron las oraciones o «rezo» que los indígenas las recitaban en voz alta durante la enseñanza de la doctrina, en los viajes y durante las faenas diarias. Dichas oraciones son las mismas que se publicaron en el catecismo de Bolaños y más tarde en el de Montoya, editado en Madrid en 1640 (52), en el de Yapuguay impreso en 1724 en la imprenta jesuita de Santa María la Mayor y en el de fray José Bernal que fue el último catecismo de las reducciones publicado en 1789 (53).

Bolaños también escribió el primer vocabulario y la primera gramática guaraní, que juntos con el «confesionario» y «sermones», sirvieron a varias generaciones de misioneros franciscanos, jesuitas y seculares en el aprendizaje de la lengua guaraní. De todas las traducciones hechas por Bolaños lo único que ha llegado hasta nosotros son las oraciones o «rezo» y el catecismo breve; la gramática, vocabulario y otros trabajos fueron pasando de mano en mano entre los primeros misioneros del Paraguay, sin que nunca llegaran a publicarse.

Así lo declara Astrain, al referirse a la visita que hicieron a Bolaños los Padres Lorenzana y San Martín, antes de fundar San Ignacio Guazú, primera reducción jesuítica:

«Juzgaron ambos Padres oportuno hacer una visita a Fray Luis Bolaños, misionero franciscano que... había fundado y sostenido algunas reducciones. Vieron los trabajos hechos por los franciscanos y tomaron, sin duda alguna, noticias sobre la forma en que se podrían disponer las reducciones de cristianos. Fray Luis Bolaños les hizo un acto insigne de caridad que nuestros Padres estimaron de sobremanera, y fue que les mostró varios apuntes que él había redactado sobre la lengua guaraní. Ya la sabían, bien o mal, nuestros misioneros, pero necesitaban mucho perfeccionarse en ella. El P. San Martín copió de prisa todos aquellos apuntes y, como él mismo lo decía, gracias a ello pudo entender primero la conjugación de los verbos en guaraní y después otras menudencias en la estructura de aquel idioma». Y más adelante añade Astrain, que una vez fundada la reducción de de San Ignacio, «los dos misioneros estudiaron con fervor en los apuntes de Fray Luis Bolaños y se van soltando en el idioma guaraní». *

El Sínodo de Asunción de 1603, presidido por el obispo fray Martín Ignacio de Loyola y el gobernador Hernandarias, aprobó el catecismo de fray Luis Bolaños como único y obligatorio para el Paraguay y todo el Río de la Plata:

«Ordenamos y mandamos que la Doctrina (Rezo) y Catecismo que se ha de enseñar a los Indios sea en lengua guaraní, por ser más clara y hablarse casi generalmente en estas provincias...» Que los curas de indios sepan por lo menos la lengua guaraní con suficiencia para poder administrar los sacramentos, y tengan la Doctrina y Catecismo que hizo el Padre Fray Luis Bolaños, el cual sepan de memoria para que todos los domingos y fiestas lo digan y enseñen a los indios» (54).

Muchos historiadores y estudiosos de la lengua guaraní se ocuparon de los trabajos lingüísticos de Bolaños, en especial de su catecismo. El general Bartolomé Mitre de la Argentina lo consagró a dicha obra como «El primer monumento escrito en lengua guaraní», Luis Necker lo considera como «su más célebre obra» y Bartomeu Meliá lo define como «el acta fundacional del guaraní paraguayo».

El catecismo breve traducido por Bolaños contenía 17 preguntas y respuestas que se creían necesarias para ofrecer un compendio de la doctrina cristiana. El tema de la Trinidad abarca seis preguntas. El hombre y su fin, tres, la Fe de Jesucristo, cuatro, Bautismo en la Iglesia, dos. Sacramento de Penitencia, uno. Mandamientos de Dios y de la Iglesia, uno.

De acuerdo a las resoluciones del Concilio de Trento, el resumen doctrinal del citado catecismo está basado en la salvación del hombre. Los Sacramentos, la Iglesia y los Mandamientos se presentan como medios para lograr dicha salvación. La sexta pregunta del catecismo limense traducido por Bolaños al guaraní refleja una preocupación por la mentalidad religiosa del indio y, hace hincapié en la idea de un sólo Dios en contraposición a la diversidad de divinidades indígenas:

«P - Pues el Sol, la Luna, Estrellas, Lucero, Rayo, no son Dios?

R - Nada de eso es Dios, más son hechura de Dios, que hizo el cielo y la tierra y todo lo que hay en ellos para bien del hombre» (55).

Las recomendaciones del Concilio Limense de 1583 son claras y precisas al señalar que los curas de indios debían preocuparse no sólo de la recitación memorística de la doctrina y catecismo de Bolaños, sino por el contrario, debían insistir en que el mensaje cristiano fuese comprendido por los indígenas y que la fe llegase a ellos por medio del catecismo y los sacramentos:

«El principal objetivo de la instrucción cristiana o del catecismo es la percepción de la fe, pues creemos de corazón para la justicia, lo que confesamos de palabra para la salvación. Por lo tanto, hay que instruir de tal manera que cada uno pueda entender: el español a la manera del español, el indio, según la mentalidad indígena... Por lo cual, a ningún indígena se le obligue a aprender las oraciones o el catecismo en latín, cuando es suficiente, y hasta mucho mejor, pronunciarlos en su propio idioma» (56).

El método misionero de memorización y recitación del catecismo de Bolaños «modeló» la fe cristiana de los indios reducidos por los franciscanos, jesuitas y seculares. El catecismo de Bolaños fue el catecismo de la Iglesia paraguaya por más de 200 años y el método más eficaz para lograr entre los indios un lenguaje cristiano. Aunque hubo otros catecismos posteriores, ninguno como el de Bolaños influyó tan notablemente en el adoctrinamiento de los naturales del Paraguay y Río de la Plata.

«Dar a los cristianos servicio y a los indios amparo» era la premisa ideológica sustentada por los españoles e incluso por la primitiva Iglesia del Paraguay.


NOTAS

50. Certificación de Juan Romero SJ y Diego de Torres SJ, el 15 y 16 de junio de 1610, en Oro, p. 142.

51. A Fray Luis Bolaños 1629 -11-X-1913. Convento Franciscano de Buenos Aires, p. 102.

52. Durán. Aporte franciscano... p. 41.

53. ibidem, p. 37.

* Astrain, Antonio SJ. «Jesuítas, guaraníes y encomenderos», Asunción, 1995, p, 76.

54. Mateos. Op. cit. Cfr. Durán. Aporte franciscano... Primera Parte, 2S Constitución, p. 83.

55. Durán, Aporte franciscano... p. 41.

56.    Oré, Gerónimo. Rituale Seu Manuale Peruanum et forma brevis administrandi apud Indos Sacrosanta Baptismi..., Nápoles, 1607.

 

Frontal del Altar Mayor de San Lorenzo de Altos

Primera Reducción Guaranítica fundada por Bolaños en 1.580

 

Talla policromada esculpida por los Guaraní de San Pedro del Ypané

Reducción fundada por Bolaños a fines del siglo XVI

 

San José de Caazapá, reconstrucción del pueblo

según los inventarios de 1784/86, 1789 y 1848

 

Retablo Mayor de Nuestra Señora de la Natividad de Yuty;

Reducción fundada por Bolaños en 1611

 

Fray Juan Bernando



9.      Sus escritos

«Nunca le vieron ocioso, porque lo que no estaba orando, ocupaba en escribir, leer o en otro ministerio religioso y con gran trabajo en los últimos años porque apenas veía» (57).

Estas expresiones de Córdova y Salinas dan a conocer la dedicación y empeño que Bolaños ponía en todas sus actividades diarias.

Dar respuesta a las correspondencias recibidas fue una de sus preocupaciones. A Bolaños lo consultaban tanto los gobernadores y prelados, como los doctrineros jesuitas, franciscanos y seculares, que lo requerían por su experiencia misionera, su testimonio de vida y sus dotes intelectuales.

Los temas más espinosos y debatidos de la sociedad colonial de principios del siglo XVII fueron tratados por Bolaños en extensos escritos, algunos de los cuales han llegado hasta nosotros. Tal el caso de la aplicación de las Ordenanzas de Alfaro (1611-1618) sobre las que Bolaños se manifestó contrario a la imposición de la tasa y jornal de los indígenas debido a que éstos sentían «gran agravio ser forzados a servir a muchos amos» (58) a diferencia del trabajo personal que realizaban para un español a quien lo consideraban «tovaja» conforme a sus creencias y tradiciones.

No obstante, por temor de que sus escritos se tomaran como jactancia, nada hizo para divulgar la obra que realizaban los franciscanos en el Paraguay:

«No hay una sola carta de fray Bolaños en que éste relate sus hazañas evangelizadoras —dice el historiador Efraím Cardozo—. Con todo, la memoria del Pa'í Bolaños es una de las pocas que perduran en el pueblo paraguayo. Hasta hoy se lo recuerda, sobre todo en sus fundaciones, como si hubiera muerto en la víspera» *.

Bolaños, profundo conocedor del indígena guaraní, sostenía que éste debía trabajar para el español en compensación del alimento, vestido y doctrina cristiana que el encomendero estaba obligado a proveerle. Pero ante el abuso y la explotación del sistema colonial, defendió al indígena y reprochó la actitud del encomendero diciéndole que «no había razón para tratarle como a bestia, pudiendo tratarle como a hombre» (59).

Una de las ordenanzas de Alfaro establecía que los indios que habitaban a 30 leguas a la redonda de Asunción eran los únicos obligados a alquilarse a los españoles como peones asalariados. Esta medida le pareció injusta a Bolaños y en sus escritos manifestó su opinión al respecto diciendo que era preferible que todos los indígenas se ayudaran en el trabajo «para que se puedan conservar y que no se consuman» (60). Es de notar que esa carga recaía sobre los indígenas de las reducciones franciscanas de Altos, Itá y Yaguarón, para quienes el trabajo era mucho y poca la paga.

Otros escritos de Bolaños hacen referencia a la ineficacia del bautismo en masa que los jesuitas administraban a los indígenas de sus reducciones. Este tema lo trataremos al hablar de la ayuda, que Bolaños prestaba a los doctrineros jesuitas al inicio de sus actividades misioneras entre los guaraníes.

Entre todas las cartas y escritos de Bolaños, el «matrimonio de los Indígenas» es el que mejor ilustra su agudeza discursiva, su conocimiento profundo del guaraní, su actitud abierta y comprensiva hacia los demás y su posición de avanzada en un tema tan controvertido como el señalado.

Se conoce la existencia de tres cartas de Bolaños sobre la validez del matrimonio indígena. La primera la escribió en 1615 al dejar las reducciones del Paraguay para fundar otras al sur del río Paraná (61). La segunda la envió al padre Diego Boroa, provincial de los jesuitas, en diciembre de 1627 y la tercera al año siguiente y fue dirigida a fray Juan de Gamarra de la Orden Franciscana (62). Esta carta la escribió desde el convento franciscano de Buenos Aires, un año antes de su muerte cuando ya se encontraba enfermo y casi ciego. En ellas resuelve el discutido tema, de una manera sencilla y práctica: Bolaños mantuvo la postura de reconocer la prioridad de los primeros contratos matrimoniales. Para él, la validez o no del matrimonio de los indígenas, no radicaba en una cuestión de derecho sino de hecho. Esta posición la refrendó con ejemplos tomados de su larga experiencia misionera.

Bolaños recomendaba a los doctrineros que le consultaban sobre dicho tema, que dieran valor al primer matrimonio, pero que si los indios de una reducción estaban bautizados y casados «in facie Eclesiae» y sus maridos se hallaban en otra reducción también bautizados y casados con otras indias y si «están quedos y bien casados», decía Bolaños, no se las inquieten a sus primeras mujeres «que ya están casadas... están así con su buena fe» (63).

Solución por demás inteligente y práctica de Bolaños, que sobrepasando los legalismos de la época, juzgó oportuno mantener el casamiento actual de los Indios antes que forzarlos a abandonar a sus parejas y exigirles que se reuniesen con las primeras.



NOTAS

57. Córdova y Salinas. Op. cit. Libro III, Cap. XXIII. Cfr. Oro, p. 86.

58. Testimonio de fray Luis Bolaños sobre las dificultades que supone para los indígenas la aplicación de las Ordenanzas de Alfaro. Año 1614.

Revista de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires. Tomo III, n. 9. Año 1939. Cfr. Durán. San José de Caazapá... p. 173 y ss.

59. Oro. Op. cit., p. 86.

60. Testimonio de Luis Bolaños... 1614. Durán. San José de Caazapá..., p. 173 y ss.

61. Oro. Op. cit., p. 87, cita n. 20.

62. Carta de fray Luis Bolaños sobre la validez del matrimonio de los guaraní «infieles», Buenos Aires, 31 de mayo de 1628, en Oro. p. 118 y ss.

63.    Carta de fray Luis Bolaños sobre la validez del matrimonio de los guaraní «infieles», Buenos Aires, 31 de mayo de 1628, en Oro. p. 118 y ss.


 

Fray Juan de Escobar

 

Inmaculada Concepción


13.    Bolaños, autoridad testifical

—Martirio de fray Juan Bernardo

En el archivo franciscano de Buenos Aires se encuentra una copia del Informe del martirio de fray Juan Bernardo, escrito en 1627 (85). En él se halla incluida la carta testifical que Bolaños escribió a fray Gregorio de Osuna, doctrinero de Caazapá, quien le había pedido su versión autorizada sobre el martirio de su discípulo fray Juan Bernardo, acaecido en 1594 en la tierra de los Paranáes. La carta de Bolaños está fechada en Buenos Aires, el 20 de marzo de 1624.

Nadie mejor que Bolaños para dar testimonio de las virtudes y celo apostólicos de aquel joven guaireño, una de las primeras vocaciones franciscanas del Paraguay, junto con Gabriel de la Anunciación, su amigo de infancia y compañero en las reducciones de Itá y Yaguarón.

Como su maestro y consejero espiritual, Bolaños conocía su celo misionero, su habilidad en el manejo de la lengua guaraní y su relevante capacidad persuasiva. Sabía además de las ansias que tenía de comunicarse con los Paranáes, rebelados desde hacía 40 años contra la dominación española. Juan Bernardo quería poner fin a tanta muerte y destrucción y salvar a la ya debilitada población guaraní.

«Nuestro hermano fray Juan Bernardo que está en el cielo, era muy gran lengua, y sin preparación en comenzando a hablar se le ofrecía tanta copia de cosas, que antes se cansaba que le faltase qué decir, todo muy dicho y muy congruo y elegantemente... y mucho antes que fuese andaba él, ya con grandes deseos de ir a esa provincia a predicar a los naturales de ella...» (86).

Bolaños vio llegado el momento de complacer al joven franciscano cuando supo que los indios del Paraná habían tomado prisionero a un hermano lego dominico que de Corrientes iba a Asunción portando una documentación muy valiosa. Salvar la vida de un hermano fue el motivo que llevó a Bolaños a dejarlo partir hacia las tierras de los belicosos Paranáes.

«La causa porque yo le envié fue: que entonces los indios del Paraná andando con las canoas por el río Paraguay cautivaron a un fraile lego de Santo Domingo que de las Corrientes venía a la Asunción y le llevaron a su tierra... y porque no matasen los indios al fraile... y los papeles y cartas también se perdieran, me importunaron mucho, el Padre Rector de la Compañía y el Teniente y otras personas, que enviase allá a nuestro hermano, para que él, con su buena doctrina y ejemplo pudiese llegar donde el otro Hermano estaba y librarle y traerle a él y a sus papeles; yo no le enviara si él no tuviera tan gran deseo y ganas de ir...» (87).

La responsabilidad de Bolaños sobre la suerte que podía correr su discípulo yendo a los Paranáes y su sabia prudencia, fruto de una larga vida misionera, dieron pie a los consejos que por carta le hiciera llegar a la reducción de Itá.

«Yo le avisé que antes que fuese, enviase primero algunos indios viejos emparentados que los había (en Itá) para avisar a los indios de cómo yo le enviaba, y a lo que iba, y que fuese por otro camino, por indios que ya tenían más noticias de nosotros...» (89).

No nos debe extrañar que Bolaños haya excusado a los indios del «crimen» que habían perpetrado al dar muerte, no sólo al dominico, también a su joven discípulo a quien habían ahorcado y posteriormente arrancádole el corazón como parte de un ritual antropofágico (90). Bolaños conocía y amaba a los indios, sabía de los sufrimientos y abusos que padecían a causa del servicio personal de la encomienda. Por eso supo comprender a aquellos que confundieron al fraile con un espía de los enemigos de su pueblo como eran los españoles.

«En viéndole los indios, se inquietaron como cosa súbita y no esperada; parecióles que debía ser espía de los españoles, para después ir a hacerles guerra... (91).

Es importante destacar a través de esta carta, el valor que daba Bolaños a la documentación escrita, al sentido histórico de los hechos. Con mucho cuidado había guardado en el archivo del convento de Asunción, toda la información de los cuatro indios testigos del martirio de Juan Bernardo y de las declaraciones de los capitanes y soldados que acudieron al lugar de los hechos. Al escribir su carta testifical, señaló que de aquellos documentos no quedaba nada: «ya toda lo perdieron», declaró con pena.

Tres años después de que Bolaños escribiera su testimonio, el Provisor del Obispado de Asunción, Mateo de Espinosa, fue a las reducciones de Caazapá y Yuty a fin de tomar la declaración de más de una decena de indígenas, hombres y mujeres de ambas reducciones, testigos presenciales del martirio de fray Juan Bernardo. En la oportunidad también declararon fray Gregorio de Osuna, doctrinero de Caazapá, quien halló los restos del mártir después de tres décadas de ocurrido el hecho y fray Gabriel de la Anunciación, entonces Guardián del convento de Asunción (92).

Fray Gregorio de Osuna declaró al Provisor Mateo de Espinosa que el día del martirio, Bolaños, que estaba en Asunción, tuvo una revelación del suceso y llamando a los religiosos del convento les dijo: «Vamos a pedir a Nuestro Señor que dé valor al hermano Juan Bernardo, que está en mucho aprieto; y estuvo en oración hasta que le ahorcaron, y, luego se levantó muy alegre, y llorando de gozo de saber la muerte tan gloriosa de nuestro hermano, suspiraba vertiendo muchas lágrimas de sus ojos de no haber merecido derramar su sangre y dar la vida como ese dichoso fraile menor, por la exaltación de la Fé católica». Y terminó su declaración diciendo que cuando llegó a Asunción la noticia de la muerte de Juan Bernardo, Bolaños «no hizo mudamiento alguno, con que dio a entender tenía noticia de ella» (93).

—Martirio de Roque González de Santa Cruz

Una semana antes de su muerte, Bolaños hizo su declaración jurada sobre el martirio del jesuita Roque González de Santa Cruz y sus compañeros, ocurrido el 15 de noviembre de 1628 en la reducción de Todos los Santos del Caaró.

Casi ciego y achacoso por las enfermedades y la austeridad de vida soportada con paciencia y alegría por más de medio siglo en las reducciones del Paraguay y Río de la Plata, Bolaños se presentó a dar su testimonio de amistad y reconocimiento al mártir jesuita, como años antes había hecho con el primer mártir paraguayo de quien se tiene documentación escrita, fray Juan Bernardo.

Era tanta la autoridad moral de fray Luis Bolaños y grande su fama de santidad, que los jesuitas acudieron a él para obtener su declaración firmada, de puño y letra, como preciado aval de la obra misionera de Roque González de Santa Cruz. Bolaños confesó haber conocido a Roque desde su infancia y haberlo tratado con familiaridad, lo que habla de una amistad y un acompañamiento de parte del venerable misionero a aquella vocación sacerdotal que se fue abriendo a la sombra del ejemplo y la entrega generosa de fray Luis Bolaños. El conocía las «travesuras espirituales» que Roque cometió en su infancia cuando, como a la edad de 12 años, fue con dos compañeros al desierto para hacer penitencia en una ermita, mientras sus padres lo buscaban por todas partes (94).

Una prueba más del asesoramiento y amistad que el santo paraguayo, recibió de su «maestro», fue la carta que Roque le escribió a Bolaños desde su lugar de misión y que aquella recibió en la reducción de Yuty. En ella le contaba que hacía mucho tiempo que «no comía otra cosa sino unas hojas cocidas de mandioca, que es manjar y comida, que los dichos indios usan a la mayor necesidad...» (95).

En cuanto Bolaños se enteró de la situación por la que atravesaba el padre Roque, envió hasta la reducción de aquel a «muchos indios cargados de harina de mandioca, para ayuda de su sustento y de los dichos indios...» (96).

Cuando en la declaración jurada le preguntaron a Bolaños acerca de la muerte de Roque González, él contestó con humildad que se remitía a las declaraciones de los que vieron el martirio. ¡Qué lección tan valiosa la de Bolaños para aquellos que creen saberlo todo y quieren figurar en primera plana a través de los sucesos importantes! Su versión hubiera sido incuestionable por la autoridad de su palabra y el respeto a su persona, sin embargo él calla y cede su lugar a los testigos presenciales del hecho.

Esta fue la última testificación de Bolaños, escueta y clara como las anteriores, a pesar de encontrarse a las puertas de la muerte. Era el 3 de octubre de 1629.


NOTAS

85. Durán - Salas. Testimonio Indígena..., p. 111 y ss.

86. Durán - Salas. Op. cit., p. 125.

87 Durán - Salas. Op. cit., p. 125.

88. lbidem.

89 Duran - Salas. Op. cit., p. 126.

90. Duran-Salas. Op. cit., p. 132-134-136.

91. Duran - Salas. Op. cit., p. 126.

92. Durán - Salas. Op. cit., p. 144 y ss.

93. Córdoba. Op. cit., p. 92. Esta narración está tomada de Córdova y Salinas, la que no aparece en la Información Jurada de 1627. Investigaciones realizadas últimamente nos hicieron rever la fecha del martirio de Juan Bernardo: 1594.

94. Declaración del Padre Bolaños en el proceso ordinario sobre el martirio de Roque González de Santa Cruz SJ, Buenos Aires, 3-X-1629, en Oro, p. 126.

95. Oro. Op. cit.. p. 127.

96. Ibidem.



14.    Muerte de Bolaños

Fray Luis Bolaños creyó llegado su fin. Quería acabar sus días al igual que Francisco, un 4 de octubre, festividad del Santo Seráfico. Cuando ya hubo terminado la evaluación y el recuento de su labor misionera y sin duda alguna, acabado su «examen de conciencia», Bolaños, el hechicero de Dios, el misionero virtuoso, el padre y amigo de los indios, el fundador de pueblos, se puso a entera disposición del Padre, no sin antes expresar su pena a los religiosos que lo asistían por no haberse cumplido el fin de su vida el día de San Francisco. «No lo quería el Santo hacer, por no merecer» —dijo— agregando luego «que fuese servido a la Majestad divina de cumplirle el deseo el octavo día del gloriosísimo Padre San Francisco» (97).

Como ya lo señaláramos, Bolaños se presenta como testigo en el proceso ordinario de Roque González de Santa Cruz y sus compañeros, una semana antes de su muerte. Sin duda alguna su testimonio sería clave en el momento de juzgar a los misioneros mártires del Caaró.

Buenaventura Oro, uno de los mejores biógrafos de Bolaños señala que en esa ocasión nada podía presumir el fin de su vida, ni que su mente haya sufrido alteración alguna, a juzgar por su estilo claro, conciso, breve y mesurado como acostumbraba hacerlo Bolaños. No obstante, los trazos de su firma revelaban los efectos que habían dejado en su cuerpo la enfermedad, la ceguera y los achaques propios de su edad. Su vigor se fue agotando con los años debido a las privaciones y sacrificios que supone una vida entera dedicada al trabajo misionero.

Entregó su vida al Señor a la edad de casi ochenta años, el jueves 11 de octubre de 1629, entre las 9,00 y las 10.00 a.m. Era precisamente la octava de la fiesta de San Francisco.

La muerte del hechicero de Dios produjo una verdadera conmoción entre los indios, sus privilegiados. La relación jurídica de su muerte escrita por el Superior Conventual, fray Juan de Ampuero, a pedido del licenciado Gabriel de Peralta y el Gobernador, Provisor y Vicario General del Obispo de Buenos Aires, fray Pedro de Carranza, señalan las muestras de cariño y devoción que le brindó el pueblo pobre, al igual que las autoridades civiles y eclesiásticas de la provincia del Paraguay Río de la Plata.

«Lo llevaron en un ataúd a la capilla mayor, donde estuvo con muchas luminarias de cera blanca, cerca de treinta horas con innumerable concurso de todo el clero, Religiones, sin faltar esta continuación hasta el día y hora de su entierro. El señor gobernador Francisco de Céspedes, Cabildo y Jueces, Oficiales Reales y toda la demás gente de esta dicha Ciudad, Indios y Negros, despoblándose todas las chacras para venir a tocar el cuerpo a varón de tan gran bien: y así pedían con notable afecto los dejasen a todos besar los pies del dicho Padre fray Luis Bolaños, y con esta fe pediánles diesen alguna parte de su hábito, como se hizo, no desconsolando a nadie, y así vino a quedar la mayor parte de su cuerpo descubierto y en ello se gastaron dos capillas, y se pedía se cortara las uñas de sus pies y manos, y los cabellos de su cabeza y sus barbas».

El citado Informe Jurídico es rico en descripciones y manifestaciones de cariño y veneración populares hacia el santo misionero:

«No quedó criatura alguna que no procurase con suma devoción venir a ella (a la Iglesia) y tocar en el cuerpo, los rosarios, medallas, lienzos, cintas y cordones, poniendo encima de su cuerpo muchas flores, llevándolas por reliquias a sus casas y en particular llevaron mucha cera blanca para alumbrar al cuerpo, y después la llevaban a su casa para las necesidades, para aprovecharse de ella con fe viva...» (98). Son muchas las declaraciones de hechos maravillosos obrados por Dios en crédito de la virtud de su siervo en las muchas horas que permaneció insepulto su cuerpo.

Estos hechos debieron mover al Gobernador Céspedes a pedir al superior conventual y comunidad que postergase el entierro para el día siguiente, ansioso quizá de gozar mayores beneficios, solicitud que se creyó no era prudente satisfacer, permitiendo en cambio que se hiciese un examen médico al cadáver momentos antes de ponerlo en la sepultura. «Y esta resolución, declara el padre Ampuero, fue pedida por el dicho Cabildo, se le diese una herida con el cuchillo al Padre Luis Bolaños, y por la devoción de la ciudad, el dicho padre fray Juan de Ampuero pidió al licenciado Pablo Francisco, médico de la ciudad que palpase y tratase aquel cuerpo, el cual lo hizo y dijo, que si no era con particular milagro no podía estar aquel cuerpo tan tratable, portados los miembros de él, con notable suavidad de carne, y hecho esto pidió un cuchillo pequeño de un estuche y con él dio una herida al dicho Padre fray Luis Bolaños en el empeine del pie derecho y luego que lo hirió, saltó la sangre con vehemencia como si fuera un cuerpo vivo, y poco después sacaron el cuerpo del ataúd donde estaba y fue colocado en una caja que estaba prevenida para ello...» (99).

Luego del entierro se siguió un novenario solemne con oración fúnebre pronunciada por el mismo deponente, el prior de Santo Domingo, fray Raimundo de Santa Cruz «donde ocurrieron todas las religiones, Cabildo eclesiástico y civil con todo el concurso del pueblo: hombres y mujeres, indios y negros, que para ello vinieron de todas partes del pueblo...» (100).



NOTAS

97.    Informe Jurídico sobre la muerte de Bolaños escrito por fray Juan de Ampuero, superior del Convento de San Francisco de Buenos Aires, fechado el 12 y 15 de octubre de 1629, Oro, p. 128.

98.    Informe Jurídico... p. 132.

99.    Informe Jurídico... p. 131.

100. Informe Jurídico... p. 136.

 

 



19. Bolaños en la mente colectiva del pueblo paraguayo y argentino

 

—Hechiceros guaraníes

Los Guaraní, protagonistas históricos de las reducciones franciscanas y jesuíticas del Paraguay, vieron en los primeros religiosos —principalmente en fray Luis Bolaños, según las leyendas indígenas— a poderosos magos, equivalentes a los hechiceros o chamanes nativos. Estos tenían fama de poseer poderes sobre el fuego, la lluvia, las enfermedades y la misma muerte. También eran adivinos y profetas. Muchos de esos hechiceros tuvieron el poder de convocar a su pueblo y llevarlo hacia el «yvy marane’ỹ» o «tierra sin mal» de la mitología guaraní. Esta creencia se basa en las continuas migraciones de los Tupí-Guaraní que se remontan desde la época precolombina y que continúan hasta nuestros días (106).

Meliá define a la religión guaraní como «Inspiración sacramentalizada en el canto y en la danza, dirigida por profetas en busca de la tierra sin mal» (107). En las ceremonias religiosas, los guaraní dan particular importancia a los sueños, las danzas, los cantos, —«yeroky ñembo’e»— a la ornamentación de plumas y pinturas, al sonido de las maracas (108) agitadas por los hombres y a las tacuaras (109) sostenidas por las mujeres que son las que marcan con ellas, el ritmo de la danza ritual.

Los hechiceros eran respetados por los indios, los que acudían a ellos a pedir favores y a colmarlos de regalos. Si algún hechicero perdía sus poderes mágicos o los mismos ya no resultaban eficaces, éste era expulsado del pueblo y hasta podía ser ejecutado según la gravedad del caso. Casi siempre eran itinerantes, como aquel indio Etiguará que hacia 1534 había recorrido «más de doscientas leguas... el cual ordenó muchos cantares...» (110) y decía hablar por «espíritu de profecía» en nombre de Pa’í Sumé, aquel que, según la leyenda, había enseñado a los indios a cultivar la mandioca y era considerado por los Guaraní como el héroe civilizador mítico, conocido incluso por otros pueblos nativos de América, aunque con nombres diferentes (111).

 

—Pa’í Bolaños en las leyendas guaraníes

Si Máxime Haubert habla de los poderes mágicos que los Guaraní creían haber encontrado en los jesuitas de las reducciones, cuánto más se podría decir de los franciscanos, quienes se adelantaron a aquellos unas tres décadas, siendo los primeros religiosos que llegaron a los indios Guaraní, tanto de la costa atlántica como de los bosques del Paraguay.

Dichos poderes se traducían en la protección y buen trato que los frailes daban a los indios, así como en los donativos de herramientas de hierro, tan preciadas por los Guaraní. Los ornamentos religiosos y vasos sagrados del culto católico, cargados de pedrería y bordados de oro y colorido, constituían para los indígenas signos palpables de los poderes religiosos y políticos de los frailes. Tanto fue así que a Bolaños lo llamaban Pa’í nombre que daban al héroe civilizador mítico Pa’í Sumé y a los hechiceros nativos. También le decían «el hechicero de Dios» (112) y Pa’í Tuku (113). Prueba de ello es una pintura sobre tabla en la que aparece el franciscano con una langosta o tukú apoyada sobre un libro que sostiene con la mano izquierda (114).

Más que los mitos, son las leyendas las que aportan elementos valiosos sobre la identificación de Bolaños con los hechiceros guaraníes. Algunas de las leyendas aparecen en la Crónica franciscana del Perú, de Córdova y Salinas (1651), otras perduran en la memoria del pueblo y fueron recogidas en artículos y revistas nacionales y extranjeras.

En su obra «Indios Guaraníes y chamanes franciscanos», Louis Necker habla de las posibilidades de que algunas de esas leyendas tengan origen europeo o hayan aparecido en épocas posteriores a la vivida por sus protagonistas. No obstante, cree que, a pesar de las deformaciones que el tiempo pudo darles, las leyendas relacionadas a Bolaños expresan los sentimientos guaraníes con relación a los poderes mágicos que dicho misionero poseía en vida. Compartimos las conclusiones de Necker, ya que dichas leyendas tienen como protagonistas a indios y no a españoles y poseen mucha similitud con las ceremonias que los Guaraní tenían con relación a los poderes de los hechiceros indígenas.

 

El lago Ypacaraí

En el valle de Pirayú, cerca de la primera reducción franciscana de Altos, se encuentra el lago Ypacaraí, conocido antiguamente como Tapaykuá. Según la leyenda guaraní, el lago había inundado el valle de Pirayú y el pueblo de indios de Arecayá. Ante aquel desastre, Bolaños llegó hasta el lugar y extendiendo los brazos sobre el lago desbordado, en nombre de Dios ordenó a las aguas que se aquietaran y volvieran a su nivel habitual. Desde entonces el Tapaykuá pasó a llamarse Ypacaraí que traducido al castellano significa «agua bendecida» (115).

 

La Virgen de Caacupé

En la reducción franciscana de Tobatí vivía el Indio José, hábil artesano y devoto de María Inmaculada. Un día, mientras cortaba madera en la selva para fabricar tallas, se encontró de pronto con los temibles indios guaicurúes. Perseguido y asustado como estaba, José se escondió detrás de un árbol y prometió a la Inmaculada que le haría una talla de ese tronco si le salvaba de caer en manos de sus enemigos. Un velo invisible ocultó a José y los guaicurúes perdieron su rastro. José cumplió su promesa y talló dos Imágenes, una grande para la iglesia de la reducción y otra pequeña para su casa. Según la tradición, es ésta la que hoy se venera en el santuario nacional de Caacupé como Madre espiritual de los paraguayos.

Existe otra leyenda sobre la Virgen de Caacupé relacionada con el prodigio que obró Bolaños al aplacar las aguas del Tapaykuá. Cuenta la misma que desde el cerro de Areguá observaban el «milagro» gran cantidad de indios. De pronto, uno de ellos divisó un cofre que flotaba en el agua. Fue a buscarlo a nado, al llegar a la orilla, lo abrió delante de todos y, cuál fue su sorpresa, cuando extrajo de la misma una imagen de la Inmaculada Concepción tallada en madera policromada.

El Indio que la encontró también se llamaba José como en la leyenda anterior. Este entregó la imagen al Pa’í Luis Bolaños, quien la volvió a depositar en sus brazos dicléndole que se la llevara a su hogar, y a los pobladores del lugar les aconsejó que veneraran la imagen en la casa de José a quien la Virgen lo había elegido. Se sabe, por un documento del año 1769, que en esa fecha, Roque Melgarejo, párroco de Tobatí, hizo entrega de una imagen a los habitantes del valle de Caacupé, donde es venerada desde entonces (116). Recordemos que también Tobatí tiene a la Inmaculada Concepción como patrona de dicho pueblo.

 

El Ykua Bolaños

Esta leyenda guaraní pone de manifiesto el poder del Pa’í Bolaños sobre la naturaleza. En Caazapá, reducción franciscana fundada por Bolaños, existe un manantial llamado Ykuá Bolaños (Ykua = manantial). Según esta leyenda muy popular, los indios Guaraní-Paranaenses se hallaban rebelados contra la dominación española desde hacía 40 años. Vivían en pie de guerra resistiendo a la tenaz ofensiva y hasta habían dado muerte al discípulo de Bolaños, fray Juan Bernardo, cuando éste fue a predicarles la Palabra de Dios. A comienzos del siglo XVII Bolaños llegó a ellos y, sin armas ni escolta de soldados, logró la ansiada pacificación. Los indios le exigieron agua porque estaban sedientos a causa de una sequía y Bolaños, mostrándoles una piedra, pidió que la levantaran y milagrosamente comenzó a fluir agua de aquel lugar. El Ykuá Bolaños está rodeado de un hermoso parque natural donde la gente acude en peregrinación buscando saciar sus dolencias físicas y espirituales. (117).

 

—La Virgen de Itatí

Una tarde, mientras Bolaños acampaba junto al Paraná en compañía de los naturales, le surgió, como en una revelación, la idea de fundar allí una nueva doctrina. Pensativo, Bolaños levantó los ojos hacia los peñascos y vio con asombro cómo la imagen de la Virgen se elevaba de entre las piedras, rodeada de resplandor admirable. Fue hasta ella, la tomó en sus brazos y la transporto al lugar donde los indios estaban.

Bolaños fundó allí la reducción de la Limpia Concepción de Itatí, por haber surgido dicha imagen de entre los peñascos blancos (Itatí) de la ribera del Paraná Esa imagen, según la leyenda, es la misma patraña del lugar.

Otra versión señala que dicha imagen la trajo Bolaños del Paraguay cuando fue a fundar Itatí. Hasta hoy se conserva la piedra de «tabacue» sobre a cual, según la leyenda, se apareció la Virgen a Bolaños.


Otras leyendas

Córdova y Salinas cuenta en su Crónica del Perú algunas leyendas sobre el poder que el Pa’í Bolaños tenía sobre el fuego y el viento. Un día, iba por la Pampa una caravana de 30 carretas y, de pronto, un incendio en la pradera que se extendía sobre más de 3.000 pies comenzó a poner en peligro la vida y los bienes de los viajeros. Sabiendo que Bolaños formaba parte de la expedición, alguien fue por él en busca de ayuda. El misionero no se encontraba allí en ese momento, pero estaba su manto, lo tomó y fue a echarlo sobre el fuego... «reconociendo la virtud que Dios había puesto en él y, prestando a su poder obediencia, se apagó todo, dejando a los circunstantes tan maravillados como tiernos de ver el respeto que el fuego tuvo al mando» (118).

Los hechiceros guaraníes tenían poderes de provocar enfermedades y de matar a distancia. También Bolaños poseía poderes a distancia y de ubicuidad, pero para hacer el bien, curando enfermedades y salvando la vida a los indígenas. Córdova y Salinas cuenta que, en una oportunidad, estando Bolaños en Buenos Aires, ya anciano y enfermo, se apareció a un grupo de indios amotinados y logró disuadirlos de un complot contra los misioneros, liderado por un hechicero indígena. En otra ocasión, Bolaños se encontraba en Córdoba del Tucumán y desde allí libró de la muerte a una indígena de Caazapá que estaba intentando ahorcarse con una cuerda. Desde Santa Fe, Bolaños impuso sus manos sobre la dolencia de una indígena de la reducción de Yuty y ella quedó sana (119). Este poder de sanación era atributo común de los hechiceros guaraníes.

Bolaños también tenía poderes sobre los animales salvajes. Un tigre feroz vino una noche junto a la hamaca donde oraba Bolaños y se llevó su breviario. Los indios que lo vieron se llenaron de temor. Bolaños fue solo tras la fiera «endemoniada» y logró recuperar su libro. Otro tigre hambriento atacó un campamento donde estaba Bolaños. Este impidió, que se comiera el caballo de un indígena y atándolo del cuello con una cuerda, castigó al animal por su mala acción.

Otro día se hallaba navegando por el río Paraná con una tripulación indígena y dos religiosos. No tenían comida y estaban hambrientos, Bolaños salvó la situación haciendo que apareciera una vaca gorda que se dejó enlazar (120).

El poeta paraguayo, Eloy Fariña Núñez, también escribe sobre el legendario Bolaños: Los atributos de su voz y el poder del crucifijo, desarman la «fuerza» de los naturales: Un indígena no cristiano «apunta con su flecha la esfigie de la Pura y Limpia Concepción de Itatí; pero en el cabal momento en que va a disparar la saeta, repentina parálisis hace caer de los brazos del indio el arco en tensión. El prodigio hiere vivamente la imaginación de los indígenas».

Estas leyendas guaraníes referidas a Bolaños, especialmente las primeras narradas aquí, forman parte de la cultura y de la religiosidad del pueblo paraguayo. Fray Luis Bolaños, el «hechicero de Dios» está presente en la mente y en el corazón de los paraguayos y argentinos porque su memoria y sus prodigios se fueron transmitiendo espontáneamente de generación en generación hasta ocupar un lugar privilegiado y mítico en la mente colectiva de ambos pueblos.



NOTAS

106. Necker. op. cit., p. 48.

107. Meliá, Bartomeu. El Guaraní Conquistado y Reducido, Ensayo de Etnohistoria. Biblioteca Paraguaya de Antropología. Vol. 5, Centro de Estudios Antropológicos, Universidad Católica, Asunción, 1986, p. 158.

108. Las maracas eran una especie de sonajas hechas de calabazas con semillas o guijarros en su interior y sostenidas sobre un mango.

109. Las tacuaras o bambú tienen el tamaño de una persona, solamente la utilizan las mujeres y con ellas marcan el ritmo de la danza ceremonial.

110. Carta de fray Bernardo de Armenta a Juan Bernal Díaz de Luco, oidor del Consejo de Indias. Informe sobre los primeros contactos de los franciscanos con los Guaraní de la costa atlántica (Santa Catalina), en Mendieta, Gerónimo de Historia Eclesiástica indiana, II, BAC, Madrid, 1973.

111. Ruiz de Montaña, Antonio SJ. Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape, Bilbao, 2º edición, 1876.

112. Informe Jurídico sobre la muerte de Bolaños, Buenos Aires, 12 y 15 de octubre de 1629, Oro, p. 136.

113. Calzada, Isidro. Pa’í Tucu, Ediciones Franciscanas, Asunción, 1975.

114. Pintura sobre tabla existente en el templo de San Joaquín (Caaguazú) atendida por los franciscanos luego de la expulsión de los jesuitas.

115.  Godoy, Juan Silvano. FRAY Luis Bolaños. Revista Paraguaya, año 1, n. 3 mayo - agosto de 1913, p. 228 y s. Maíz, Fidel. La Virgen de los Milagros, 2º edición, Asunción, 1895. González. Gustavo, Ciclo legendario de fray Luis de Bolaños. La Virgen de Caacupé y el lago Ypacaraí, Asunción, 1964. Furt, Jorge. La leyenda de Fray Luis Bolaños, Florencia, 1929.

116. Godoy, Juan Silvano. FRAY Luis Bolaños. Revista Paraguaya, año 1, n. 3 mayo - agosto de 1913, p. 228 y s. Maíz, Fidel. La Virgen de los Milagros, 2º edición, Asunción, 1895. González, Gustavo, Ciclo legendario de fray Luis de Bolaños. La Virgen de Caacupé y el lago Ypacaraí, Asunción, 1964. Furt, Jorge. La leyenda de Fray Luis Bolaños, Florencia, 1929.

117. Ibidem.

118. Córdova y Salinas. Op. cit., p. 649.

119. Córdova y Salinas. Op. cit., p.649-650.

120.  Córdova y Salinas. Op Sc...., p.648-649.



Inmaculada Concepción de Caacupé

 

Nuestra Señora de Itatí


CONCLUSIÓN

El pueblo de Marchena —Sevilla— lugar de nacimiento y centro de formación religiosa de fray Luis Bolaños, al igual que el Paraguay y la Argentina, deben sentirse honrados por formar parte de la historia y la vida de tan insigne misionero, lingüista y fundador de pueblos. Nadie como Bolaños se halla tan profundamente arraigado en la memoria y en el afecto de la gente, más aún en regiones evangelizadas por los franciscanos, en especial por fray Luis Bolaños, donde sus Imborrables huellas forma parte del acerbo cristiano de dichos pueblos.

Fray Luis Bolaños fue un religioso sencillo, austero, místico, inteligente y servicial, cualidades que lo llevaron a ocupar cargos de relevancia en la provincia franciscana de «Nuestra Señora de la Asunción» del Río de la Plata. Bolaños supo conjugar las obligaciones de Maestro de novicios, Custodio y más Consejero o Definidor de la Orden, con el trabajo silencioso y sacrificado de las misiones de indios.

Él era buscado por su experiencia y sus luces. Lo llamaban el «viejo maestro», el «maestro de todos en la lengua guaraní». Su palabra, avalada por el testimonio de vida austera y abierta a todos, era escuchada y requerida por gobernadores, obispos, misioneros, religiosos y seculares y por los indígenas que lo respetaban y lo conceptuaban como el «hechicero de Dios».

Cuando anciano y enfermo dejó las reducciones del Paraguay y la Argentina, después de más de medio siglo de ininterrumpido trabajo misionero, Bolaños fue al convento de Buenos Aires y allí siguió escribiendo, orando, leyendo y recibiendo a la gente que acudía a él.

Que los pueblos del Paraguay y la Argentina, profundamente marcados por la espiritualidad franciscana, encuentren en el ejemplo de vida de fray Luis Bolaños, un nuevo impulso de renovación cristiana.



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