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SUSANA GERTOPÁN


  EL OTRO EXILIO, 2007 - Novela de SUSANA GERTOPÁN


EL OTRO EXILIO, 2007 - Novela de SUSANA GERTOPÁN

EL OTRO EXILIO

 

Novela de SUSANA GERTOPÁN

 

Editorial Servilibro,

Dirección editorial: Vidalia Sánchez

Asunción-Paraguay 2007

 

 

 

El tema del exilio se plantea en esta novela desde diversas miradas. Se habla del exilio del hogar, el que por siglos vivió el pueblo de Israel. Se habla del exilio político, del autoexilio y de "el otro exilio", aquel que nos lleva a refugiarnos en nosotros mismos y permanecer ahí, como huyendo de los dolores de afuera. Esa es la historia del personaje que en esta novela nos recrea Susana Gertopan.

Es la historia de Gregorio, quien tempranamente y a consecuencia de su primer exilio queda sin voz. Desde ese momento -cuando él y su familia son obligados a dejar su país frente al peligro de una guerra- debe dejar su patria. A partir de ese exilio se repiten otros, hasta que en el ocaso de su vida encuentra por casualidad a la persona que despierta en él el deseo de hablar, de comunicarse. Luego de una entrevista empieza a escribir.

Las alegrías de la vida, los amores, los encuentros y desencuentros vienen precedidos de sufrimientos, en diferentes grados, pero nunca tan dolorosos como el padecimiento de Gregorio, exiliado de su voz

 


PREFACIO

Mi historia estuvo siempre sofocada por tristes recuerdos.

Recuerdos sombríos, teñidos de melancolía, embebidos de angustias, cubiertos de silencios, debido a los tantos exilios y desarraigos a los que tuve que sobrevivir. Recuerdos enquistados en una mudez a veces voluntaria, y otras no, en la que también retenía dolores y miedos.

Haber nacido en un país de Europa poco antes de la Segunda Guerra Mundial, marcaría mi primer destierro y mi destino de errante. Luego vinieron otras partidas y cada una por diferente motivo. Por ser judío y pertenecer a una minoría. Por persecuciones políticas en las que nos vimos involucrados mi familia y yo. Huyendo del hambre, de enredos amorosos o de mí mismo. También escapé de acontecimientos que no supe ni pude manejar. Fue por ello que mi existencia se mantuvo en una melancólica y constante condición de errabundo.

Viví en diferentes lugares, pero nunca permanecí en ninguno, ni acepté ser parte de alguno.

Aprendí varios idiomas, pero solamente los pude hablar cuando el mutismo le otorgaba licencia a mi voz. La lengua en mi hogar fue el yiddish.

Entonces en Polonia, los judíos vivíamos cercados por un antisemitismo que fue en aumento hasta convertirse en una masacre. Mis padres, mi hermana y yo pudimos escapar a tiempo de esa guerra y del holocausto.

Las constantes mudanzas a diferentes lugares con distintos idiomas, los silencios en que nos manteníamos como cubriéndonos de los dolores de afuera y la pérdida de mi voz, hicieron su estallido en un momento de mi vida, con una angustia que pronto se convirtió en una obsesión por viajar, por escapar, y así mi vida se convirtió en huida tras huída.

Después de tantos cambios me di cuenta de que me había convertido en un adicto a ellos; no podía permanecer mucho tiempo en un mismo lugar, sentía que me ahogaba. Cambiar era una necesidad incontrolable, un deseo que no podía dominar, que me llevaba a mudanzas compulsivas, continuas, en una búsqueda interminable que aún perdura.

En mi constante condición de errabundo ansiaba encontrar un lugar donde me sintiera seguro, identificado con su entorno, con su folclore, con su historia. Un espacio, una ciudad, un pueblo, una aldea, pero ya en Varsovia no existían los barrios judíos y fue en uno de ellos donde nací, en uno de ellos donde pasé mi infancia. Calles que me recordaron a juegos infantiles, aromas que me despertarán el sabor de viejos platos conocidos, melodías que renovaran emociones a mis oídos. Un paisaje donde identificar la estación a través del color y el perfume de su vegetación. Una patria. Mi tierra.

Durante años en esa búsqueda hallé otras cosas que quizás hicieron que me mantuviera dentro de un cierto y dudoso equilibrio, convirtiéndome en un vulgar y torpe volantinero que siempre fracasó en el intento de llegar al otro extremo del trampolín.

Salí de Polonia a los seis años. Desde entonces y desafortunadamente, transité por senderos turbulentos, inseguros. La tierra prometida, ese lugar certero donde permanecer, nunca existió. Ese espacio ideal se convirtió desde entonces en mi única búsqueda. Una búsqueda que me llevó a desembocar en repetidas historias de nuevas partidas.

En esa condición de errabundo me mantuve por años. En esa permanente lucha conmigo mismo, en esa búsqueda por encontrar la tierra prometida, por encontrar el lugar al cual pertenecía, en esa necesidad, sucumbieron mis angustias.

Ahora, al final de mi vida y cercano a una irremediable decrepitud, me siento a contar, a tratar de poner en orden mis recuerdos, a espantar las fantasías y rescatar la verdad para relatar con certeza sobre esos años.

Contar sobre mis exilios, sobre los viajes, las mudanzas, sobre las tantas búsquedas y fracasos, las idas y los regresos saltando de ciudad en ciudad, de destierro en destierro, de cimas a precipicios, me produce dolor.

Pero no puedo detenerme, me nace el deseo de escribir sobre las largas caminatas buscando el sendero por donde retornar a mi lugar, para por fin dar descanso a este entristecido y continuo estado.

Estoy cansado, debo reconocer; quizás la fatiga fue la que determinó esta decisión de detenerme a contar. Ahora solamente deseo sentarme y escribir, pero desconozco cómo hacerlo, cómo contar a otros si todavía no pude hablar conmigo mismo, todavía desconozco al hombre que vive en mí. Tal vez ésas, las que llamo mis historias, ni siquiera sean mías, porque las guardé, las atesoré tanto, por tanto tiempo, por temor que ellas se entumecieron; como mis huesos, como mis sentidos.

En este momento deseo conocerme, lo decidí. Decidí dialogar por fin conmigo mismo, oír mi voz, hablar con palabras que suenen, que se oigan. Hablar, decirme, denunciar. Por ello me siento a escribir utilizando la única herramienta que siempre tuve a mi lado, la que conozco, la que admiro y la que amo: la palabra. Ese instrumento que escogí para comunicarme con el resto del mundo y transmitir desde diferentes puntos del planeta lo que era noticia en ese instante, en ese lugar, pero nunca conté lo que yo sentía, lo que buscaba, lo que necesitaba; sobre mis prioridades y mis deseos.

Ahora, iré intentando serme fiel y por primera vez en mi existencia seré leal conmigo mismo.

No tengo la voluntad de escribir una biografía puesto que no creo en ellas, simplemente un cuento, eso, la historia de un niño que se quedó sin voz, de un joven que vivió en silencios, de un hombre que sobrevivió a destierros. De un periodista que relató lo que vio y sintió, desarmando mentiras y relatando verdades. De alguien que disfrutó de pasiones y se dejó enloquecer por varios amores.

Esa mañana no sé de qué día de la semana ni fecha del mes, el despertador sonó como de costumbre, a las seis en punto. Ya llevaba despierto por más de una hora, pero como era un respetuoso absoluto de la rutina, no abandoné la cama hasta la hora pactada entre el reloj y yo. Cumplir con lo establecido, mantener un exacerbado orden en todas mis manifestaciones, formaba parte de un temperamento obsesivo.

Era rígido e intransigente cuando se trataba de horarios y puntualidad. Presioné el botón para que dejara de seguir molestando, aquel ruido ya inútil, puesto que mi lucidez era total.

Me levanté y seguí fiel a mis costumbres matutinas, pero aquella mañana fue diferente. Todo cambió. Esa mañana, casualmente empecé a escribir sobre mí, desconociendo el dolor que ello me produciría.

Salí al balcón, estaba lloviendo, hacía frío. Cerré las persianas y corrí las cortinas. Candela, la gata, se acercó; puso unas de sus patas sobre mis pies, luego se desperezó, pasó su lengua por parte de su pelaje, levantó la cabeza y maulló. Tenía hambre, la tomé en mis brazos, me miró a los ojos, como si quisiera advertirme algo. La dejé de nuevo sobre la alfombra y fui hasta la cocina, llené de leche un plato y lo puse en el piso. Candela se acercó, olió y se fue sin beberla. Preparé la cafetera, una vez listo el café lo eché en una taza y regresé a la sala. Me senté, pero esa vez no fue en el sofá, sino en una silla frente al escritorio. No prendí la radio para oír las noticias, tampoco revisé la correspondencia, ni abrí las ventanas, ni controlé la temperatura exterior. Quedé ahí, quieto, delante de la máquina de escribir.

Luego de unos interminables minutos empezó mi trabajo. Mi nombre en espaol es Gregorio Gurstonsky, en yiddish Ghershn y en hebreo Ghershon.

Soy polaco, nací en Varsovia en 1930.

Mi intención es escribir sobre mi vida, aunque no creo en autobiografías; a pesar de ello intentaré serme fiel en cada movimiento que haga en este desafío de contar sobre mis penas, mis silencios, de cuando fui feliz y por qué quedé sin voz.

Aquí estoy, creyendo en mi lucidez, apostando a mi gastada memoria, sentado en mi escritorio con el gato a los pies, golpeteando apasionadamente con las pocas fuerzas que les quedan a mis dedos artríticos, las teclas de letras borroneadas de esta antigua máquina de escribir; intentando de este modo salir, por fin, de este rebelde mutismo. Pero, para ello, debo regresar a aquel día.

 


 

 

¿Cómo comenzó todo? De la manera más tonta y sencilla.

En realidad se inició de forma casual e inimaginable, como en general suceden los accidentes en la vida de uno; se presentan así, de improviso, sorpresivamente.

A veces hablamos, o callamos, sobre los acontecimientos gratos o ingratos que nos pasan a lo largo de nuestra existencia. Algunos, como yo, nunca encontramos razones ni maneras de justificar ciertos hechos que nos causan dolor. Tampoco tenemos respuestas a cientos de preguntas sencillas que tienen que ver con los constantes interrogatorios que nos formulamos en cuanto a este tema; quizás por el miedo que nos causa indagar en lo desconocido, en lo intangible, en lo abstracto, en lo íntimo de nosotros mismos.

Otras veces, cuando nos volvemos menos racionales, culpamos al azar, a lo inesperado; responsabilizamos a la casualidad, a la naturaleza o a los mandatos divinos. Otros, según su creencia, culpan a un Dios todopoderoso, omnipotente, y es ahí cuando invade la culpa, inútiles y malditas culpas que nunca terminamos de purgar. Irreparables penas que no acabamos de llorar.

Este hecho que le pasó últimamente a mi vida, se parece a un accidente donde el único responsable fui y sigo siendo yo.

Relatar la historia de mi vida me resultó siempre una de las aventuras más ridículas en las que me pude enfrascar. Además, con frecuencia odié leer autobiografías, y escribir sobre la mía sería aún mucho peor, algo totalmente utópico.

Todavía aceptaba con mayor flexibilidad, diría hasta tolerancia, leer historias de vidas rescatadas por otros, a través de entrevistas; pero nunca unas escritas por el propio protagonista. Es tan absurdo suponer que uno mismo puede abstraerse de su ser intrínseco, despojarse de sus miserias y lograr la suficiente cordura como para contar sobre uno mismo. De pronto este intento me pareció surrealista. Me sigue pareciendo fantasioso y absurdo. Nunca me hubiera imaginado hacerlo, ni tampoco que mi existencia tuviera hechos relevantes que necesitaran ser contados. Mi vida se basó siempre en el trabajo de relatar hechos, comentar acontecimientos importantes, pero de otros. Fotografiar imágenes de situaciones extremas en todos sus contextos, para que el mundo los viera, para que todos los seres humanos se enteraran y se sensibilizaran.

Informé a través de mi voz, capté imágenes con ayuda de mi cámara, escribí artículos. Mis comentarios fueron el móvil sobre el que monté mis emociones y mi existencia, el vínculo entre el conflicto del lugar, su desarrollo, mi propia sobrevivencia y la verdad.

Nunca expresé ni conté lo que yo sentía en esos parajes ni en esos momentos. Mi voz, y mis comentarios no traducían mi interior, a éste lo mantuve preservado. Las veces que quise llorar, las veces que quise morir, que me perdí en calles desconocidas de continentes lejanos, los dolores del exilio, todos míos, y ahí los dejé, en silencio. Ahora, en el final de mi vida, impulsado por una situación ajena, que se presenta desde afuera, accidentalmente, me siento igual a un títere suspendido de una cuerda, a quien un titiritero maneja sus movimientos, su voz; cuando se abre el telón, en el escenario aparezco yo, solo, sin alma ni corazón, sin pensamientos ni sueños, sin voz, un ser que solo existe mientras dura esa función. En ella cobro vida y hablo. En realidad yo no tengo voz, no tengo argumento; son las palabras, es la tristeza, es la risa de otro la que se oye, la que emociona. La voz de ese ser oculto la que contagia alegría o tristeza.

Luego se cierra el telón y quedo descolgado, como viví siempre; sin historias, sin patria, en un permanente exilio.

De pronto todo cambia, tengo deseos de contar y empiezo a escribir. A escribir sobre la vida de un mudo, sobre la crónica de un exilio. De mis tantos exilios.

Todo empezó aquella noche, así, por casualidad, la responsable fue aquella llamada ingrata.

¿Causalidad? ¿Azar?

 

 

Una llamada telefónica a esas horas jamás debe ser atendida. No debí contestar, pero en un acto impulsivo y hasta equívoco, lo hice. Ese fue el inicio de esta historia, de este viaje que nunca debí iniciar. Sin duda fue un error imperdonable haberlo hecho, un desvío que me indujo a navegar en las profundidades más sombrías de mi existencia, a sucumbir en viejas historias de ausencias y desamparos, historias que yo las creía olvidadas.

Esa llamada me llevó a encontrarme con la persona que sacudió mi memoria ayudándola a rememorar los dolores más intensos que convivieron conmigo en todos estos años, y los que hasta ahora perduran como escombros que me hacen tropezar y caer.

El haber respondido aquel llamado, luego haber aceptado la propuesta de ese joven, que fue sin dudas de un real e indiscutible atrevimiento, terminó siendo mi castigo.

Todo fue un error, desde el principio, un tremendo e imperdonable error, como lo dije antes y lo volveré a repetir mientras no recupere mi voz, mientras esté sucumbiendo en este terreno fangoso, mientras dure esta angustia. Pero una equivocación lleva a otra y después a otra y otra más. Luego son tantas que uno no conoce o no encuentra la senda por donde escabullirse para lograr escapar ileso y con cierta dignidad de una penosa situación.

Era como medianoche, no podría precisar con exactitud la hora, puesto que todo estaba a oscuras cuando oí aquel sonido que me despertó de manera abrupta. Tal fue el susto que ni tiempo tuve de encender la luz del velador.

El responsable de aquella maldita llamada a una hora tan inapropiada fue un estudiante que necesitaba una entrevista en la brevedad posible. En realidad no era a mí en particular a quien buscaba, él necesitaba de un personaje que haya dedicado su vida al periodismo, ese podría haber sido yo como cualquier otro, pero por una razón que después lamenté descubrir no me había elegido por una cualidad personal que le haya seducido de mí, ni por la admiración que haya descubierto en mi larga trayectoria laboral, sino por la comodidad de haber encontrado mi apellido fácilmente en la guía telefónica. Tampoco sintió ningún pudor por desconocer lo básicamente indispensable sobre mi existencia y mi carrera como para presentarse a una entrevista.

Impulsado por la premura que tenía para la presentación de su trabajo y estimulado por la ansiedad propia de los adolescentes, no supo esperar hasta la mañana siguiente para llevar a cabo su objetivo. Con descaro y sin prejuicios, llamó. Ya olvidé que los jóvenes actualmente han perdido el sentido del tiempo, del respeto y del buen trato hacia los demás. Se volvieron seres egoístas, desatentos con su entorno, sobre todo con los horarios, las relaciones personales y la naturaleza.

El estudiante debía realizar su último examen en la facultad de comunicación, y para ello necesitaba, además de dar una prueba oral, presentar un trabajo práctico consistente en un reportaje a un periodista que haya dedicado parte de su trayectoria a ser corresponsal de guerra, amén de haber participado en varios frentes de batalla, ya sea en guerras, guerrillas, revoluciones, o en algún motín político; pero lo que en realidad necesitaba era rescatar la historia o la experiencia de un corresponsal de guerra, y yo en algún momento de mi vida lo fui.

Entonces creía en la teoría de que siendo testigo y parte de tanto horror, purgaría mis culpas y mis penas. En cada frente que me destinaban para cubrir la información, buscaba denunciar la injusticia, el dolor, el sufrimiento, la muerte. Sobre todo desenmascarar las injusticias. En cada noticia trágica que mis palabras transmitían se despertaba en mi voz un pedido de vida o tal vez de muerte.

Mi deseo de lacerarme se evidenciaba en el intenso dolor que sentía a través de cada imagen desgarradora que captaba. Eran como latigazos que le daba a mi alma cuando fotografiaba con mi cámara el cuerpo de un hombre, de una mujer, de un niño sin vida, temiendo ese final como si fuera el mío propio.

En esos escenarios se evidenciaba el sadismo de algunos hombres, el sabor vil de la perversidad, el disfrute del mercenario cercado del olor nauseabundo de la sangre seca, el sabor de la muerte, el abandono de un cuerpo entre cadáveres apilados en una fosa común.

Sufrí mucho mostrando esa parte de la conducta humana. Recuerdo cuando luego de testimoniar una masacre en África, había quedado tan lastimado emocionalmente que decidí dar fin a mi vida. Me encontraba totalmente desahuciado, ya no creía en nada, no amaba a nadie, odiaba mi ser, no quería seguir vivo, ¿para qué? Nada valía la pena, pero no pude, me faltó coraje para ser yo mismo el que desencadenara mi propia muerte.

Rebeca, mi hermana, sí lo hizo. Rebeca lo logró. Consiguió respetar su deseo, cumplirlo, oír su propia voz y ser la responsable de su propia muerte.

Y entonces gritó. Gritó fuerte.

Su voz se oyó.

Sus brazos también gritaron y su muerte se sintió. Y su muerte dolió.

Aquel día de la llamada no entendía con claridad en qué estado me encontraba, en qué lugar estaba. Entre el susto de despertarme de esa manera accidentada, en un horario tan inoportuno y en medio de tanta oscuridad. Todo a mi alrededor se mostraba confuso. Al principio traté de seguir atento, de acompañar esa conversación, pero luego, como si permaneciera perdido navegando en la nada, o ebrio, traté de entender las palabras que oía, poniendo mayor atención para lograr interpretar de qué se trataba esa llamada. Me llevó tiempo identificar el lugar en el que me encontraba y el momento; ese estado de desorden sucede con mucha frecuencia a mi edad, cuando ya se ha recorrido lo suficiente como para no darse cuenta ni saber reconocer de inmediato en qué espacio físico o en qué situación uno se halla.

Tanta era la insistencia del estudiante en hacerme esa entrevista que finalmente la acepté, así como se acepta la invitación de un extraño a una actividad desconocida; pero luego, con el correr de los minutos, tras beber una taza de café fuerte y cuando ya me encontraba bien despierto, fui consciente de la imprudencia que acababa de cometer; entonces quise huir, pero ya resultó tarde.

Con el correr de las horas, ya resignado, aquella propuesta terminó pareciéndome entretenida y hasta desafiante, me daría la oportunidad de recurrir a mi memoria, rescatar los recuerdos y certificar de esa manera mi existencia. Un existir real, con un pasado, con una memoria aún viva, todavía sensata; sería una manera de reverenciar mi lucidez. Últimamente me asustaba confesar el miedo que sentía a padecer olvidos.

Después, vino mi arrepentimiento. Quizás si lo hubiera rechazado desde un principio, si me hubiera mantenido inflexible frente a esa manera obstinada de hablarme, no estaría en el estado en que me encuentro, nuevamente mudo. Otra vez sin voz; sólo que en esta oportunidad mi mutismo es fingido, quizás fugaz y consciente.

Decidí permanecer así, ya no deseo comunicarme, ya no puedo hablar, ya solamente aspiro al silencio, a mi silencio, éste que ahora me acompaña y que por primera vez en mi larga vida respeta mi tiempo.

Me exilio en mí mismo. Yo escojo con libertad este lugar, este encuentro silencioso sólo conmigo.

Este retiro.

Un retiro voluntario y deseado.

...

 

 

 

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