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ARMANDO ALMADA ROCHE


  JOSÉ ASUNCIÓN FLORES, EL EXILIO Y LA GLORIA - Por ARMANDO ALMADA ROCHE - Año 2008


JOSÉ ASUNCIÓN FLORES, EL EXILIO Y LA GLORIA - Por ARMANDO ALMADA ROCHE - Año 2008

JOSÉ ASUNCIÓN FLORES, EL EXILIO Y LA GLORIA

 

 

por ARMANDO ALMADA ROCHE

Arandurã Editorial,

Tel.: 595 21 214.295

www.arandura.pyglobal.com

Año: 2008

Asunción-Paraguay (354 páginas)

 

 Diseño de tapa: Graciela Galizia

sobre un dibujo de MARIO CASARTELLI

 

 

REGRESO CON GLORIA

El regreso de los restos del gran compositor José Asunción Flores y su inhumación en suelo patrio, tal como él lo quiso y todo paraguayo se lo merece, señalan un hito en nuestra historia contemporánea. Además de lo justiciero del hecho en sí mismo, es necesario interpretar este importante acontecimiento con el hondo sentido simbólico que contiene, entenderlo como un mensaje que marca un modo inédito en un tiempo distinto, respecto a un grave problema de nuestra política del pasado: el exilio.

Poseo recuerdos de Flores: recuerdos de recuerdos de otros recuerdos, cuyas mínimas desviaciones originales habrán oscuramente crecido, en cada nuevo recuerdo. Repito este de Roa Bastos: "Poseía una personalidad seductora. Daba gusto conversar con él porque uno aprendía escuchándolo. Era un hombre excepcional, en un ciento por ciento. Se le quería y respetaba mucho". También lo recordaba Elvio Romero, con justicia. "Era venerado por sus compañeros de generación, tanto que en las tertulias se lo evocaba con ardiente simpatía y unción respetuosa, dándose de él la imagen de la hombría cabal, habiendo unido -como pocos- obra y conducta en su vida en ensamblaje perfecto", escribió. Pero el amigo más real de Flores fue el Dr. Carlos Federico Abente, que sentía por él esa casi perpleja admiración que el instinto suele producir en el hombre de ciencia y poeta. Yo sé que estas palabras nos lo acercan. Lo repiten infinitamente, como si Flores perdurara disperso en nuestros destinos, y cada uno de nosotros fuera por unos segundos Flores. Creo que de pe a pa así es, y que esas momentáneas identidades (¡no repeticiones!) que aniquilan el supuesto correr del tiempo, prueban la eternidad.

Desde hacía décadas se venía practicando la expulsión de paraguayos de su patria con el consabido dolor que esto conlleva. Se los ha separado de sus raíces a hermanos, esposas, novias; se disolvieron familias enteras, y han tenido que formar otras nuevas en el extranjero. Gracias a esta práctica infame -es un modo de decir- se perdieron decenas de talentos: músicos, escritores, poetas, políticos, artesanos y profesionales. El exilio tan temido. Para la tradición clásica y medieval el exilio era el peor de los castigos, la pena capital para el Derecho Romano. En Grecia y Roma el desterrado o expatriado era privado justamente de su tierra patria, donde estaban su familia, sus bienes y sus dioses. Su familia quedaba liberada de sus lazos, sus bienes eran confiscados por el Estado y sus dioses lo abandonaban.

Podríamos afirmar, sin temor a equivocarnos, que José Asunción Flores viene a representar a todos aquellos perseguidos por sus ideas, por su militancia o por cualquier otra causa similar. Víctimas de la intolerancia de la dictadura, de las represalias, de la falta de esperanzas, de la miseria; miles de nuestros compatriotas murieron en suelo ajeno sin tener otra ilusión más cara que volver al Paraguay. Flores es uno de los pocos de estos cuyos restos han podido retornar para descansar en su tierra; empujado por la fuerza de su inspiración, de sus obras, de su gloria artística admirada en todas las naciones.

Los nuevos tiempos de libertad que se viven en nuestro país han producido este cambio admirable que permite hoy rendir tributo a nuestros próceres civiles -artistas, intelectuales, trabaja-dores eminentes- , sin tener que pedir permiso al Ministerio del Interior, sin ocultarnos de la Policía, ni rondar la clandestinidad; sin ruegos ni indignas solicitudes a ningún tirano caprichoso, enfermo de extraños y míseros odios. El camino que hemos recorrido en este aspecto en estos años de cambio político es sorprendentemente largo, que anima y reconforta.

El pueblo paraguayo sabe, hoy más que nunca, que ninguna tiranía podría volver a instalarse. Ahora se tiene la certeza que ningún déspota lo someterá bajo sus pies. La intolerancia, el odio, la sinrazón, ya no suenan bien en estas horas de libertad. Como dice nuestro Himno, "paraguayos, República o muerte, nuestro brío nos dio la libertad"; ya no vamos a volver a perder-la. Y en este sentido el retorno de los restos de Flores, nuestro admirado Maestro, sirve también como sello de libertad, esa libertad que él tanto soñó y por la cual peleó durante toda su vi-da, y le da sustento a la democracia.

La sociedad paraguaya, al recibirte en su seno, grande e in-mortal artista, ha saldado su larga deuda contigo. La presencia de tus restos sagrados nos fortalece en el convencimiento de que nunca más se deben castigar las ideas y nos lo recuerde que es preciso que la palabra exilio se borre para siempre de nuestras bocas. Tu gloriosa osamenta, los despojos de lo que fuera tu cuerpo, sirvan de ejemplo y logren hermanarnos aún más.

Demasiado tiempo duró tu exilio y el dolor que te causara lo registró ya la historia; tu pueblo lo sabe, lo supo desde el primer momento, y hoy, precisamente en el segundo más oportuno de la esperanza de nuestro pueblo, insistimos, vuelves a tu tierra añorada. No vuelves como deseaste volver años atrás, en los tiempos de tu más anhelado regreso; cuando tu música se tuteaba con los grandes genios y despertaba la admiración de los incrédulos, de los mediocres de espíritu; de aquellos que te difamaron por ser tú un libertador y traer el canto de libertad para los hombres. El norte de tu vida fue la libertad de los pueblos, su liberación de todo tipo de yugo: la verdadera liberación. No cejabas en tu lucha diaria por el pobrerío amargo de la vecindad: que no le faltasen comida; parecías un mandatario de un extraño país que se preocupa por sus conciudadanos. Tu corazón rebosaba bondad y amor hacia tu prójimo; hasta tus lágrimas eran suyos, y no hablemos ya de tus bondadosas manos, abiertas a todo el mundo que necesitara. No hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de efectos y causas.

Viniendo de cuna pobre, acaso la más humilde, seguiste sien-do humilde todavía después de la gloria, del triunfo que te deparó la vida; el éxito no cortó la pasión de tu noble espíritu, el manantial de solidaridad que derramabas como si fueras un semidiós que mitigaba el dolor y la necesidad de tus hermanos. Seguramente los santos más santos se avergonzarían de las dádivas que prodigabas, a pesar de tener los bolsillos vacíos de dinero pero llenos de amor.

Tus hazañas de misericordia y nobleza llenarían las páginas de muchos libros, y, quizá, se volvería a escribir una nueva historia de la creación del hombre. Entonces, querido y bien amado Maestro, en este maravilloso día, tu pueblo se pone de pie y te recibe con los brazos y el corazón abiertos.

A. R.

 

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ÍNDICE

EL AUTOR

·         Flores, el exilio y la gloria

·         José Asunción Flores, pájaro musical y lírico

·         Oscar Esteban Clérici Flores y el sello Guarán

·         Nicolás Guillén. Maestro José Asunción

·         Rafael Alberti. José Asunción Flores

·         Jorge Amado. Congregados por la paz

·         Pablo Neruda. Elvio Romero

·         Astor Piazzolla. Flores del Paraguay

·         Mikis Theodarakis. Época de feroz dictadura

·         Raúl González Tuñon. La guerra del Chaco

·         Alberto Ginastera El día y la noche

·         Hugo del Carril. La cabalgata del circo

·         Alberto Barrett. - Historias de falsificaciones y pasaportes

·         Ariel Ramírez. “Me cautivó José Asunción Flores

·         Ben Molar. “Yo fui el primer editor de India

·         Borges y Flores

·         Elvio Romero. “Flores era hermano de mi roja tierra"

·         Félix de Guarania. "Yo era un enamorado de su arte incomparable"

·         Gilberto Rivarola. "Manuel Gondra fue padrino de Flores"

·         Hérib Campos Cervera. - Flores y sus brillantes imágenes musicales

·         Herminio Giménez.”Flores era un genio"

·         José Bragato. "Flores canta con la voz de su pueblo"

·         Luis Szarán. "Flores, músico genial"

·         Mombyry asyetégui reju orerendápe, José Asunción

·         Dr. Carlos Federico Abente. - "Flores era generoso y de infinita bondad"

·         Ernesto Sábato. Los paraguayos y el exilio

·         Sara Benítez. Bailarina, actriz y cantante

·         Nelly Prono. Actriz triunfadora en Buenos Aires

·         Carlos Lara Bareiro, muerto lejos de su tierra

·         Rubén Bareiro Saguier. El ramo y su aroma

·         Flores a Asunción

·         Edgar Valdéz. En el centenario de un genio

·         Horacio Guaraní. "Flores, un gran maestro"

·         Romero Maciel Romero. - "Flores era puntual y muy severo cuando ensayaba"

·         Después de una larga censura, llegó a los atriles asuncenos

·         Y flotó en el aire aquel espíritu musical de Flores

·         Ecos de una noche inolvidable

·         El más largo discurso de Elvio Romero

·         Karai José Asunción Flores

·         Ñemitî

·         Mburikaó

·         India

·         Cholí

·         Panambí Vera

·         Ñemity

·         Comisión Centenario de Buenos Aires

·         Ley que declara bien cultural a "Ñemity"

 

 

 

 

 

 

ARMANDO ALMADA ROCHE

 JOSÉ ASUNCION FLORES

 PÁJARO MUSICAL Y LÍRICO

 

            Debo a Elvio Romero y a su amistad el descubrimiento de Flores. El maestro vivía ya en su breve departamentito de la calle Tucumán, en el centro; el encuentro infelizmente se realizó cuando su salud empezaba a flaquear y estaba llegando de la entonces Unión Soviética. Algo de magia había en él, porque lo aprecié enseguida. Nos invitó a que tomáramos algo. Nos sentamos y charlamos. Todo esto sucedió hacia mil novecientos sesenta y tantos.

            Flores me dijo:

            - Los amigos de Elvio, son mis amigos.

            Dudé, me felicité, me parecía increíble estar ahí, temía que fuera un sueño y despertar. Casi enloquecido de alegría, le estreché la mano y dije en voz alta: "Maestro, es un altísimo honor conocerlo personalmente".

            No le gustaba discutir; prefería que él interlocutor tuviera razón y no él. Aunque los azares del juego le interesaban, era un mal jugador, porque le desagradaba ganar. De gran proeza imaginativa y mental. Esto me parece admirable.

            Del barro, del yuyal, se levantó este hombre de frente amplia, de sonrisa ingenua, de mirada dulce, de manos generosas, de espíritu manso pero rebelde ante las injusticias. De un humilde barrio de Asunción salió él, que cambiaría, como por arte de magia, la cadencia y la raíz de la música paraguaya. Erguido en medio de la pobreza, bordeando a veces los peligros de la delincuencia, pudo vencer los muchos obstáculos que le puso el destino en el sendero de su vida. Debió luchar con denuedo y así imponer una nueva música: la Guarania. Su nombre, ahora ya inmortal, José Asunción Flores; el paraguayo que dialogaba con los pájaros y las estrellas, el que entendía el murmullo de los arroyos y el lenguaje de los guaraníes. Una observación más. Su nombre está vinculado a la Chacarita, barrio marginal.

            El brillo azul de los astros eran su guía y amigos permanentes. El rocío de las altas noches y el titilar del amanecer se confabulaban para que creara su melodía. Sus compañeros de bohemia y correrías disfrutaban del loco genio del maestro. Su bondad, su risa franca, el raro talento que tenía de la palabra -la palabra sencilla, agreste- hizo que tuviera oyentes por doquier. Cautivaba por su manera de hablar. Lo querían todos y tenerlo de amigo iluminaba. Era como un fruto maduro que se daba lleno ante el hambre celeste de los artistas y los soñadores. Su presencia flamígera -ardida por el fuego de la creación- incendiaba los tímidos espíritus haciéndoles cobrar vuelo en el mundo del arte.

            José Asunción Flores, el dotado demiurgo, aquel que en un tiempo lejano, allá por 1926, asombrara a la sociedad paraguaya con Jejuí, su primera Guarania, en donde empezaba a ver el verdadero rostro de su pueblo: sus costumbres, sus penas y alegrías, sus raíces más profundas. Sabía que tenía un propósito pero le costaba definirlo. Después llegarían Paragua'y, Nasaindype, Panambí verá, brotando de un extraño e inagotable manantial. Era una fuerza que pujaba por salir de su alma y, al fin, lograra su cauce y se derramara libre. Luego vendrían las persecuciones y el exilio. Flores, un hombre que no tiene rencores, pese a las calumnias y a la desdicha, poseía una invulnerable inocencia.

            Hoy podemos preguntarnos, en el centenario de su nacimiento, que grande cambio produjera sobre nuestro medio cultural, ¿qué es la Guarania? ¿De dónde viene?, ¿Cuáles son sus raíces verdaderas? Aunque en estas breves palabras no cabrían discurrir al respecto del origen y desarrollo de nuestra música autóctona, trataremos de dar un ligero panorama.

            Antes de la Conquista, acaso mucho antes, desde tiempos inmemoriales, sabemos que los guaraníes tenían gran afición por la música; podríamos afirmar que la poseía en lo más hondo de su ser, la sentía como una inclinación. Otra prueba más de lo que decimos en este sentido son sus abundantes danzas que para sus distintas ceremonias tenían tanto los guaraníes del Paraguay, como los tupíes del Brasil y los chiriguanos del Parapití, tres ramas pertenecientes al mismo tronco étnico. El guaraní reza. El rezo es canto, danza, música. Libera al hombre de sus imperfecciones y lo eleva e ilumina.

            Ahora bien, teniendo en cuenta de la extraordinaria capacidad que tenían los guaraníes para el aprendizaje y la ejecución de la música, cabe suponer con fundamentos que la enseñanza impartida por los misioneros habría arraigado hondamente en la evolución musical de la raza. Se sostiene, quizá con certeza, que los misioneros debieron haber enseñado en exclusividad música clásica religiosa.

            Es casi seguro que después pudieron ir filtrándose poco a poco en el ambiente popular los aires ligeros europeos que arribaron como polizones melódicos escondidos en el corazón de los soldados coloniales. Es de creerse que estos aires se hayan difundido rápidamente por su ritmo pegadizo y la mayor facilidad de su ejecución y retentiva. La ausencia de datos que pudieran ofrecer asidero razonable a las diversas teorías, no permite establecer con exactitud en qué forma la anterior cultura musical, es decir, la autóctona, fue influida o apartada por la foránea.

            Las culturas son como los brazos de inmensos ríos que viajan en un delta plano. Basta que se toquen para que sus aguas se mezclen en la confluencia. Los más impetuosos arrojarán más líquido en la corriente de sus vecinos; pero no se salvarán de recoger algo de su cuerpo. El agua pura, su influencia de cursos próximos, sólo podrá encontrarse en los pantanos.

            Inútil será, pues, buscar en la historia un pueblo que, al contacto con otros de mayor o menor tecnificación, no haya sufrido cambios en sus pautas. Cabe aseverar, entonces, que la música originaria fue desplazada, igual con lo que pasó con nuestro idioma nativo: fue a refugiarse en el fondo del alma indígena presidiendo como pauta oculta los sentimientos y el devenir mental, y manifestándose, a veces, con claras muestras, siempre viva y latente.

            Digamos una u otra cosa, encontramos de veras que, casi con seguridad, en nuestro país, no teníamos una auténtica música folklórica ni autóctona, fuera de la moda de una música popular de raíces extranjeras. En medio de esta realidad mestiza, se iba desarrollando una nueva melodía resultante de la mezcla de los ingredientes nativos y exóticos. Y es aquí, en este justo momento, en que aparece con fuertes aires innovadores José Asunción Flores, la expresión más alta de nuestro arte. Quienes han comentado, y son muchos, su historia, destacan el influjo de la música sinfónica y de la clase sencilla y humilde, pero idénticos a él nacieron y murieron en las riberas del río Paraguay y en las campiñas.

            Fue él quien buscara en el alma de su pueblo, en las raíces mismas de su tierra, una música genuina que nos representara e identificara, afiebrado como estaba por hondas intuiciones y al borde de plasmar algo nuevo. Su visión genial, conocedor de la raza y de sus ancestrales vivencias, lo guió hacia el tesoro tan ávidamente buscado en medio de la naturaleza. Se sumió en una especie de ensueño, de pesadilla maravillosa, hasta hallar la música tantas veces soñada.

            Al encontrar el agua que le sofocaba la sed de creación, llevó esa agua a su boca y de allí a la boca de su pueblo. De manera rotunda y poética le devolvía a su pueblo lo que le pertenecía. Y para brindarle la magia descubierta a sus hermanos, del mejor modo posible, se amigó con uno de los más grandes poetas paraguayos: Manuel Ortiz Guerrero. Ambos, el poeta y el músico, soñadores empedernidos, amigos de la noche, del canto de las aves, de los desheredados, recorrieron un camino virtuoso en alas de la musa inspiradora.

            Estos desbocados genios del arte, jóvenes talentosos y revolucionarios, cabalgaron en su corcel mágico abriendo nuevos rumbos. Como era natural, encontraron detractores; los eternos envidiosos de mediocre estatura y lenguas de serpientes. Asunción Flores y Ortiz Guerrero no se dieron por vencidos. Presentaron batalla, como dos nuevos Quijotes. Sus armas: la música y la poesía. Esta providencial sociedad seguiría por mucho tiempo, Guarania tras Guarania; una mejor que otra: India, Mburikao, Ne rendape ayú, hasta que la muerte dijo basta. Se marchó Ortiz Guerrero. Sin embargo, su amigo y compañero de sueños, tomó su estandarte y continuó el combate.

            Vienen ahora para Flores unos años inquietos, dolorosamente fecundos. Los años luminosos y triunfales. Después el exilio, que es el peor castigo a que una persona puede ser sometida. Mucho sabían de esto los antiguos griegos, cuando querían castigar donde más duele. Lo más doloroso de resistir es el exilio. Y el maestro, igual que muchísimos compatriotas, sufrió la quemadura de la orfandad de la tierra amada.

            El ostracismo incita y obliga al músico al trabajo fundamental de su vida: la creación. Su fuerza creadora se concentra, entonces, para darse después hecha música a los paraguayos. Sucesos de su paso por el mundo enriquecen su espíritu -amores, amarguras, desengaños, esperanzas-, y esta riqueza espiritual se hace carne sonora en voces de orquesta y latidos de humana garganta. Él ya era otro, porque el alejamiento de su tierra ha obrado en él, aunque él no lo sabía, una transformación. En su alma se ha operado un cambio moral que lo condenaría a cincuenta años de exilio. Ahí, realmente, empezó su larga aventura. Sigue componiendo. Cambió de hábitos; al cabo de algún tiempo ha establecido una nueva rutina. Poseído, deja correr el tiempo; antes pensaba: "Muy pronto caerá el tirano y volveré al Paraguay", ahora, "se hace larga la espera del regreso". Y así pasaron décadas. Sin haber muerto había renunciado a su lugar y a sus privilegios entré sus amigos. Mentalmente seguía viviendo en el Paraguay. Repetía "pronto volveré" y no pensaba que hacía más de treinta años que estaba repitiendo lo mismo. En el recuerdo los treinta años de exilio le parecían un interludio, un mero paréntesis. Luego vinieron sus obras mayores: Pyjharé pyté, Ñanderuvusú, María de la Paz.

            Flores decía, comparando a la historia con un calidoscopio: "en el que cambian las figuras, no los pedacitos de vidrio, a una eterna y confusa tragicomedia en la que cambian los papeles y las máscaras, pero no los actores".

            Le sirvió a José Asunción Flores el destierro, en realidad, para encontrar su propio destino y hallarse a sí mismo. Había corregido el pasado; en aquel tiempo debió de considerarse feliz, aunque profundamente no lo era. Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Nada es irreparable o la contraria certidumbre de que los días nada pueden borrar y de que no hay un acto, o un sueño, que no proyecte una sombra infinita. El pasado es indestructible; tarde o temprano vuelven todas las cosas. Afirmaba: "Yo creo que el mal cometido por una generación perdura y se prolonga en las subsiguientes. Como una suerte de castigo heredado".

            Si en el autor hay algo, ningún propósito, por baladí o erróneo que sea, podrá afectar, de un modo irrefutable, su obra. Un autor puede adolecer de prejuicios absurdos, pero su obra, si es genuina, si responde a una genuina visión, no podrá ser olvidada. Y Flores, forzado por vicisitudes políticas, repetimos, a no pisar suelo patrio, no quiso divorciar su alma de su país y fue siempre, en todo momento, sin el roce de una duda, hombre del Paraguay, profunda, racialmente paraguayo. Su obra es esencia guaraní, como lo era su sangre, y nadie ha podido sentirla y gustarla mejor que su pueblo. De confín a confín de la patria, vibra la Guarania como la expresión más pura del alma popular. Y él está con la sonrisa plena en la cara, en el paraíso, en la gloria, sonriendo con astucia y tranquilidad. Hoy cumple cien años y ha vuelto a la patria, al fin.

 

 

PABLO NERUDA

 

ELVIO ROMERO

 

"...MI HERMANO DEL ALMA

Y DE MILITANCIA POLÍTICA..."

 

            Los recuerdos a veces no son fieles, traicionan, más en mi caso que ya voy hacia las esferas celestes. No recuerdo exactamente cuándo conocí a Elvio Romero, que luego sería mi hermano del alma y de militancia política; creo que fue allá por 1948 o 49, en Buenos Aires; y tampoco recuerdo en casa de quién. ¿En la de María Rosa Oliver, en la de Enrique Amorím o en la de Raúl González Tuñón? Bueno, en la de algunos de ellos era. Importa poco eso ahora porque el recuerdo de Elvio no se irá de mi memoria. Y, créase o no, me hace bien recordar episodios de pasado vividos en compañía de amigos y en una ciudad como la querida Buenos Aires, llena de encanto y de magia. En la época en que yo vivía allí verdaderamente era un tiempo maravilloso, irrepetible. Los viejos siempre estamos hablando del pasado, de los tiempos que pasaron, de los felices que éramos en un ayer que ya no existe. Pero eso también tiene de bueno la vida: volver a vivir los tiempos idos, en cierto modo, volver a recuperar el pasado por medio de los recuerdos. ¿Y qué son los recuerdos? Retazos de vida, fragmentos de mil colores de vivencias pasadas, de momentos vividos. Recordar, creo yo, es una manera de no morir. Recordando el pasado uno vive. Suele decirse que la vida es un ochenta por ciento de pasado y un veinte de presente. ¿Será así? Y ya que estoy recordando, recuerdo jirones de mi vida pasada, que ya lo he contado en mis memorias, tal vez no todas las peripecias que he pasado; recuerdo, por ejemplo, no sé porqué ahora, cuando tomaba exquisitos vinos chilenos y franceses, de las mejores bodegas; los mejores quesos, los panes hechos por manos campesinas a veces. Cosas sencillas que están muy pegadas a mi alma.

            Me gusta mucho la comida, soy glotón por naturaleza. Para mí, lo más hermoso pasa por la boca y el estómago. Los más extraños manjares son mi perdición. Yo vengo de un país, Chile, en donde se le da muchísima importancia a la comida, en especial a los mariscos. Soy un poeta, un hombre, de paladar negro. Lo digo sin ninguna vanidad. Sin ser rico he vivido como un rico, sin ser príncipe; sin ser rey, me atrevería a afirmarlo sin pedantería, he vivido como un rey. Me he dado, y me doy, cada vez que puedo, los gustos en vida. Por fortuna nunca me faltó el pan ni el vino. Creo que el pan y el vino son fundamentales en la vida de un ser humano. Desde luego, no estoy descubriendo la pólvora. Otra de mis perdiciones, y eso lo sabe todo el mundo, son las cosas antiguas. Los mascarones de proa, las caracolas, las botellas de todos los colores, etcétera. ¿De dónde me viene esa afición por las cosas viejas? Quizá en mi otra vida he sido anticuario, un coleccionista de obras de arte antiguas. Me apasiona fisgonear en los mercados de pulga del mundo. Es una pasión que todavía la tengo; no se ha ido y, creo, no se irá mientras viva. Morirá conmigo como morirá conmigo la poesía. También me han criticado, bien o mal, porque me gusta ir vestido a lo marinero. La permanente gorra -que luego la cambié por la boina, no por hacerles caso a mis detractores-, el tosco gabán azul, las gruesas tricotas de lana y cuello alto, la pipa. La pipa es más bien decorativa, ya que no soy un gran fumador. Me agrada sentir el sabor del tabaco, su aroma inconfundible; le dan cierta paz a mi alma. Y por último está la ropa. No le doy mucha importancia, aunque Matilde se preocupa mucho por mi aspecto. Le gusta verme bien, elegante y pulcro. Tengo otra debilidad, hombre al fin: me encantan los zapatos. Pero tienen que ser zapatos muy buenos, de cuero de primera y de perfecto acabado. Gracias a Dios, como decía Luis Buñuel, mis pies siempre estuvieron protegidos por calzados finos, elegantes y de factura irreprochable. Esta manía me viene desde siempre, desde que era niño. Será debido a algún trauma. Develar el misterio se lo dejo a los psicoanalistas y a los psicólogos, en quienes no creo nada de nada. Pero ese es otro cuento...Hablando y hablando he terminado contando mi vida, cuando lo que interesa en este instante es la de mi amigo Elvio Romero. Pues, volvamos a él, sigamos con su historia.

            Con Elvio, Jorge Amado, Volodía Teitelboim, Diego Rivera, participamos en Viena en un Congreso por la Paz; era la época de la guerra fría y estábamos por la lucha de la no proliferación de las armas nucleares. En aquel tiempo trabajábamos duro, éramos todos mucho más jóvenes, Elvio el más joven de todos nosotros. Casi regularmente nos trasladábamos de un país a otro, generalmente Europa, y asistíamos a los congresos donde nos cruzábamos con las más grandes personalidades del mundo. Picasso, Sartre, Curie, Depestre. Eran encuentros multitudinarios con delegados de todas partes del mundo. Y Elvio, incansable y diligente, se ocupaba y preocupaba por todo. Le prestaba una gran ayuda a Jorge Amado, encargado de organizar e invitar a los asistentes latinoamericanos. Amado, Elvio y yo formábamos un equipo imbatible. También éramos imbatibles a la hora de comer. Elvio y Jorge Amado no eran tan delicados con la comida. Mi caso era más complicado, tenía que comer tal y cual cosa determinada. Exigía porque sabía que iban a satisfacer mis caprichos de poeta. A veces lo hacía para probar hasta dónde mi fama podía romper ciertas barreras. "No jodas, Pablo", me decía Amado. "No tires mucho de la cuerda que un día se puede romper. Eres caprichoso como un niño malcriado". Y era cierto. Me gustaba jugar, divertirme. Elvio reía divertido. Una vez quiso imitarme a la hora de una cena, estábamos en el hotel. Le pidió al mozo si le podía cambiar el menú -me guiñó un ojo-, creo que era pescado y él quería que se lo cambiara por carne. Amado le fulminó con la mirada y dijo, enérgico: "Ni se te ocurra querer imitar a nuestro querido poeta -remarcó mi nombre, señalándome-, que para muestra basta un botón". Solté la risa y Elvio también. Como estas tengo docenas de anécdotas.

            Elvio Romero tiene un amigo inseparable: José Asunción Flores. Son como Don Quijote y Sancho Panza. Elvio es Don Quijote, por su delgadez, y Flores Sancho Panza, por su gordura. A José Asunción Flores (genio de la música de América) lo conocí por medio del poeta Hérib Campos Cervera -a su vez amigo de Elvio Romero, que luego sería mi amigo -allá por 1934, cuando yo era cónsul en el Buenos Aires del exilio y la bohemia, en el tiempo en que todavía éramos jóvenes y la mayoría de nosotros soñábamos que la Revolución Rusa se propagaría por el mundo para ver libres a nuestras patrias y el pueblo pudiese, ¡por fin!, gritar su libertad. En aquella época de euforia soñadora y creativa, en donde cualquier pretexto de encuentro era bueno para leernos mutuamente -hablo de los poetas Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Elvio- los originales de nuestros poemas. Y allí, en la mesa de María Rosa Oliver, o en la de don Gonzalo Losada luego; allí, bien digo, Flores, o José Asunción como yo lo llamo, nos deleitaba con los acordes de su mágica música, la ya famosa Guarania. Él nos llevaba -acompañado por cualquier instrumento que tuviese a mano: violín, guitarra o piano -a sitios excelsos en donde solo se podía entrar con el corazón. Entonces, este extraño demiurgo, poeta de la melodía y de los valles del Paraguay, se adueñaba de nuestros espíritus y ya no podíamos escapar. Nos volvimos a encontrar en 1959 y en 1966, a mi regreso a la capital argentina.

            Llevo todavía en mis oídos, en mi mente, en mis recuerdos, las dulces y misteriosas melopeas de India, de Mburicaó (¿se dice así?), y de la entrañable y combativa María de la Paz, y ni qué decir de Ñanderuvusú. Obras, a mi parecer, de altísimo nivel. Sin embargo, José Asunción parecía no percatarse de la importancia de su obra, y al vernos gozar con su música, él reía como un niño, y sus ojos se parecían a los de Platero, el jumento de Juan Ramón Jiménez, por su mirar puro y transparente. Nunca vi una mirada parecida a la de Flores. Daba la impresión de que su mirar viniese de lo más profundo de su alma. Y nosotros veíamos, lo puedo jurar, su alma.

            Compartí con él momentos plenos de amistad en mi casa de Buenos Aires, y muchos años después en Isla Negra. Se maravillaba de mis caracolas, de mis mascarones de proa, de la colección de barcos en miniatura, de los colmillos de elefante, de la brújula china. Creo que hasta puso su nombre, como lo hicieron muchos poetas y amigos, en las vigas de madera de la casa. Y otra de las cosas que lo entusiasmaba era el mar. "¡Qué mar más fuerte, Pablo, qué furiosamente rompe contra las rocas!...", decía. Y yo le replicaba: "Amo ese furor". Lo respetaba: "¡Qué insondable es el mar! Se parece a la vida", reflexionaba. "Mi río Paraguay es manso, tiene modos de mujer. Pero cuando se enoja...", agregaba, dejando que su interlocutor terminara la frase. Yo le preparaba una bebida especial en un vaso alto, mezclando grosella, jugo de naranja, limón y piña colada, y él se deleitaba con el color, una especie de arco iris, por así decirlo, y lo iba sorbiendo poco a poco mientras caminaba por la casa, con el vaso en la mano, y miraba el horizonte con cierto aire de nostalgia. "¿Qué miras con tanta melancolía, José Asunción", le inquiría. Y él, tomando de nuevo un trago de su vaso, contestaba: "Entrecierro los ojos y veo a mi Paraguay querido... No quisiera morir lejos de mi tierra". De lo que recuerdo, había instantes en que se quedaba ensimismado, pero luego volvía a la realidad. Elvio, que lo conocía más que nadie, le hablaba en guaraní, se reían, y enseguida se reintegraban al grupo de amigos. Entonces, me alcanzaba su vaso vacío y me pedía otro tanto de mi mejunje -no tomaba alcohol-, y luego se ponía a hablar de temas increíbles. Se veía, por su forma de expresarse, que tenía muchas y muy buenas lecturas... Yo lo admiro y quiero de verdad, y como él siento el llamado de la sangre de América.

 

                                     (Isla Negra, 1969 / Punta del Este, 1970)

 

 

 

ASTOR PIAZZOLLA

FLORES DEL PARAGUAY

"CONOZCO DE ÉL INDIA, MBURICAÓ, NDE RENDAPE AYÚ... "

 

            Conozco de él India, Mburicaó, Nde rendape ayú, y otras composiciones, y me parece genial su envergadura musical. Creo que su música posee aires renovadores muy importantes, no sólo en lo que al Paraguay se refiere, sino asimismo al espectro de América Latina. Ha cambiado por completo el ritmo de la música de su país dándole una identidad honda y popular, y a la vez lo lanzó hacia lo universal. La música de Flores, paraguayo genial, intuitivo y tocado por los dioses, habla de los sentimientos más caros y hondos de un pueblo. El supo hallar la veta del preciado metal y lo plasmó en sus melodías de manera inigualable. Eso lo logran únicamente los grandes creadores. Y José Asunción Flores, lo es.

            Tuve la suerte de conocerlo en la casa del maestro Alberto Ginastera, con quien yo estudiaba. Allí me lo crucé en tres o cuatro oportunidades. Siempre iba a lo de Ginastera para mostrarle algunas de sus últimas composiciones o simplemente a charlar, ya que eran amigos. Recuerdo que el maestro me dijo alguna vez: "Quiere que le dé clases, y él casi no las necesita. Es un músico intuitivo genial. Lo único que acaso le hace falta es algunos ajustes en materia de orquestación. Además, en mi opinión, si le damos muchos datos académicos quizá pierda la maravillosa dote intuitiva que posee".

            Otra de las cosas que me agradaban de Flores, era su extraordinario don de gentes. Su respeto por el otro, por el trabajo que realiza sin importarle su credo, ni raza ni religión. Una noche, jamás lo olvidaré, vino a escucharlo al Gordo, a Troilo, era su amigo, yo hacía tiempo que estaba en su orquesta. Entró al Tabaris acompañado por Neruda, Elvio Romero, y González Tuñón, todos poetas rebeldes y revolucionarios, por quienes yo sentía gran admiración. Cuando terminamos de tocar, se acerca Flores, y, casi empujándolo a Neruda, le dice: "Acá te presento a un gran músico del futuro. Con el tango llegará muy lejos". Y dirigiéndose rápido a Troilo, lo atajó: "No te enojes, gordo. No habrá bandoneón que pueda reemplazarte. Pero él es joven..., y a los jóvenes siempre hay que ayudarlos a volar".

            Y yo pensé: "Qué macanudo es este tipo. Dice las cosas de frente, sin pelos en la lengua, y encima resalta mis condiciones de ejecutante." Flores tenía esa particularidad: no era egoísta ni envidioso. Sobresalía precisamente por esas cualidades. Y lo que debo recalcar, insisto, es que su música me sorprendió muy bien, ya que es una verdadera creación de un nivel muy alto y seguro va a dar que hablar en América, y, en especial, en el Paraguay."

 

            Buenos Aires, 1985

 

 

 

RAÚL GONZÁLEZ TUÑON

LA GUERRA DEL CHACO

 

"EN EL FRENTE CONOCIÓ, POR LOS JUEGOS DEL DESTINO,

A JOSÉ ASUNCIÓN FLORES Y A PARTIR DE ALLÍ SERÍAN AMIGOS

HASTA EL DÍA DE SU MUERTE…"

 

            Raúl González Tuñón es el autor de aquel famoso poema Eche veinte centavos en la ranura, publicada en la vieja y ya desaparecida Caras y Caretas (hoy circula una nueva en su tercera época), escrito a los 17 años, de contenido social. Uno de sus fragmentos que más se recuerda, dice: "...amigo, la vida es dura /con la filosofía poco se goza. / Si quiere ver la vida color de rosa/eche veinte centavos en la ranura". Desde El violín del diablo hasta La veleta y la antena -pasando por La calle del agujero en la media, La rosa blindada y tantas otras obras- la producción de González Tuñón se ha inmortalizado, traducida a varios idiomas y reconocida en todo el mundo. Amigo de Federico García Lorca, Miguel Hernández, Rafael Alberti, Pablo Neruda; Elvio Romero, José Asunción Flores y otros vates de la literatura castellana, este viajero empedernido -como cronista recorrió medio planeta, además de cubrir periodísticamente, las guerras del Chaco (1932/1935) y de España (1936/1939) vivió en París (la peregrinación a París, decía, era algo que toda persona culta tenía el deber de realizar, aunque no fuese más que una vez en la existencia, como iban los mahometanos a la Meca o ascendían los japoneses al Fusiyama) y en Santiago de Chile (Una vez me dijo: "Me fui a Chile por cinco días y me quedé años"), para finalmente volver a radicarse en su Buenos Aires natal. Tras cuarenta años de labor ininterrumpida, y de haber creado a su mítico personaje, Juancito Caminador; le gustaba que lo llamaran así, Raúl González Tuñón murió, rodeado de la miseria y la pobreza y sencillez que lo caracterizó en su vida, en su casa de la calle Amenábar, en el porteño, antiguo barrio de Palermo.

            A mediados de agosto de 1974, a los 69 años, falleció Raúl González Tuñón, uno de los grandes poetas argentinos, a quien Jorge Luis Borges definiera, con genial pedantería, como "el otro poeta suburbano". No hay poeta sin pasión y Raúl González Tuñón tuvo pasiones como iluminaciones, como relámpagos, pocas veces dados en la literatura nacional. Quien haya conocido personalmente a Raúl, sabrá que era la antítesis del hombre enfático, sanguíneo y estentóreo. Por el contrario, era sereno y plácido en su trato. Un gran seductor que atrapaba con sus historias de vida, su trashumancia y su atorrantismo.

            Elvio Romero y Asunción Flores, que fueron sus grandes amigos, sostenían que en Raúl había sed de caminos. Cuando obtiene el Premio Municipal de Poesía -cinco mil pesos de aquella época- había acordado con Sixto Pondal Ríos que si alguno de los dos lo ganaba, invitaba al otro a recorrer Europa. Ganó Raúl y allá se fueron, en un buque, anduvieron por el París de Breton y Eluard, por la España de Lorca y Machado, cosechando experiencias y amigos.

            Nació en el barrio del Once, en el Sur. En la calle Saavedra, entre México y Chile. "Éramos siete hermanos: cuatro mujeres, tres varones- nos contaba en la entrevista concedida poco antes de morir-. Curioso: los varones han muerto, entre ellos Enrique González Tuñón, de quien se está por realizar un libro estupendo que se llama Camas desde un peso, una novela de la picaresca sentimental porteña".

            Raúl siempre ha tenido el aire de un callejero de los suburbios porteños. En sus versos está la carnadura de un lírico notable, aparecen su espíritu libertario, su frescura y su audacia, desde la vida bullente de la calle. Un atorrantismo con carne y espíritu. Fue, esencialmente, un poeta lírico, transformado por necesidades de la época, en poeta social. En su casa de la calle Amenábar, a la que concurrí varias veces acompañado por mi amigo Elvio Romero, me confesó su debilidad por la lírica y hasta creí percibir una dulce excusa por su poesía social.

            La Guerra del Chaco transformó a Raúl en un escritor de primera, enviado por el diario Crítica al centro de la batalla, en el que trabajó durante más de veinte años, proveyéndole del material para sus poemas y cuentos. En el frente conoció, por los juegos del destino, a José Asunción Flores, y a partir de allí serían amigos hasta el día de su muerte. "Flores era servidor, o ayudante, de un tirador de ametralladora pesada. Estaba en plena línea de fuego enemigo, en una zanja, y sacaba de unas cajas de madera largas y gruesas cintas llenas de balas, que luego iba alimentando el arma que escupía fuego y plomo. Yo me encontraba en otra zanja, más allá, y no dejaba de mirar el coraje de esos hombres que estaban a un paso de la muerte. Varios de sus compañeros me habían contado que era músico, ya famoso en Asunción, creador de una nueva música muy linda. A mí me consideraban un soldado más porque me encontraba en la boca misma del combate. Podía haber estado en la retaguardia y desde allí escribir mis crónicas, pero yo quería información de primera mano. Todos los días bajo el sol rajante del Chaco, sin agua casi, cargando una pesada mochila con mi máquina de escribir, portátil, pero pesada, la fatiga y la diarrea siempre presente y sintiéndome mal en general, terminó con cualquier deseo que pudiera tener de acción y aventura -nos contaba-. Y también sentía que me iban a matar: estaba convencido emocionalmente de ello y ya no me importaba nada que pudiera suceder".

            Contaba esta anécdota con auténtica fluidez, jamás alzando la voz ni alardeando. Sin embargo, uno sabía que ese hombre había atravesado ciudades, había frecuentado intelectuales casi míticos, había amado en cielos lejanos, padecido hambre y luchado por sus ideas. Era imposible sustraerse a la ternura que inspiraba. "A la noche, siguió contando, cuando cesaban los disparos reinaba por momentos una paz de cementerio y sólo se oía el canto de algún pájaro y, de pronto, de ambas trincheras nacían los cantos y el rasguido de guitarras. En medio de las sombras de la noche se adivinaban las borrosas siluetas de hombres parados sobre las trincheras y cantando a voz en cuello la música de sus respectivos países. Era increíble cómo se respetaba esa tregua nacida por la música. Mientras duraba la extraña y loca serenata no se escuchaba un disparo... Fue en ese instante que conocí a Asunción Flores, el músico, al creador de la Guarania; la música que embelesaba tanto a paraguayos como a bolivianos. Él, guitarra en mano, acompañado por dos o tres compañeros, desgranaba una melodía mágica y cautivante".

            "Toda guerra es siempre fea y mala. A la Guerra del Chaco la llamaron también la guerra de la sed. Ya que no se conseguía casi una gota de agua. Durante el verano llovía copiosamente; los caminos se anegaban y el terreno semejaba un gran lago; las comunicaciones se interrumpían. Durante la primavera o estación seca, pasaban meses sin que cayera una gota de lluvia. Los soldados chupaban los cañadones barrosos, exprimían las plantas de tunas y los "caraguatás" cuyas raíces conservan un líquido acuoso de sabor amargo. En muchas oportunidades y llevados por la desesperación, bebían sus propias orinas o la sangre de animales silvestres".

            "Estas calamidades no eran las únicas. Miles de insectos y plagas de toda naturaleza pululaban por el Chaco, en especial, los mosquitos portadores de la fiebre palúdica. En estos lugares, el mosquito ataca a toda hora sin parar un instante. Durante el día aparecen también los "mbariguís" (gran jején) y por la noche, se sumaban los "polvorines", pequeños insectos que atravesaban los mosquiteros o cualquier defensa".

            Todas estas vivencias influyeron en la socialización de su poesía. Pocos poetas como Tuñón, llegaron a desarrollar la poesía militante. Creía en el hombre y en sus manifestaciones de justicia, y fue la Guerra Civil Española y la del Chaco el espacio donde pudo volcar su ardiente humanismo.

            Recordó su reencuentro con Flores, en Buenos Aires, en un ambiente de euforia literaria y musical. "A mi regreso de España lo volví a encontrar y siguió nuestra amistad surgida en medio de la pesadilla de la guerra. Me presentó a Elvio Romero, que luego sería también amigo entrañable... En ese tiempo estábamos todos: Rafael Alberti, Nicolás Guillén, Jorge Amado, Nicolás Olivari, Sixto Pondal Ríos, Oliverio Girondo, Conrado Nalé Roxlo... Los originales explotaban en nuestros bolsillos, como decía Elvio". Solía decir: "Un poeta es como cualquier hombre, pero cualquier hombre no es un poeta". Y agregaba: "La poesía puede estar en un basural. La poesía está allí donde el poeta fija su mirada". Demostró que la poesía no era evadirse de los problemas humanos, sino que todas las cosas humanas, por aberrantes que sean, son susceptibles de inspirar un poema.

            "Elvio Romero", nos decía, "es un ser tocado por la varita mágica. Todo lo que toca se convierte en poesía. Hablo de la mejor poesía. Su pluma la moja en la mejor literatura del mundo, especialmente en España. Desde su primer libro asombró a sus lectores y así se mantiene hasta la actualidad. Todavía tiene mucho que dar, y seguramente lo dará. No lo dudo. Me ha honrado con su amistad, siempre. Es un amigo de verdad a quien admiro y respeto".

 

            (Buenos Aires, 1973)

 

 

 

ALBERTO GINASTERA

 

EL DÍA Y LA NOCHE

 

“...AÚN ASÍ LA ESPINA DE LA INTRIGA

NO CESABA...”

 

            Corría el año 1980 y Herminio Giménez, Victoria -su inseparable compañera-, y yo, nos encontrábamos en Moscú asistiendo a un congreso por la Paz con miles de delegados de todo el mundo. Plena época de la Guerra Fría, la que lanzara los Estados Unidos para parar la expresión global del comunismo por cualquier medio -diplomático, político o clandestino-. Recuerdo que cuando le tocó hablar a Herminio en el foro internacional, dijo: "Nos encontramos ante un peligro militar sin precedentes y que ha adquirido dimensiones globales. La tierra toda se ha convertido en teatro potencial de las acciones bélicas, para las que ya no existe frente o retaguardia. Si no se evita, la Tercera Guerra Mundial amenaza con calamidades inauditas, con la desaparición de los mejores valores legados a través de muchos siglos de civilización". Y en otro tramo de su encendido discurso, agregaba: "...En última instancia, no hay sino una alternativa: coexistir. Y coexistir no en un ambiente de terror e intimidación, sino en la paz. Puesto que existen regímenes sociales opuestos, lo razonable en que cada uno demuestre sus bondades no a través del intercambio de misiles, sino en la capacidad de su sistema para dar lo mejor del hombre. El tiempo en la competencia entre ambos regímenes (los Estados Unidos y la Unión Soviética) no debe resolverse en el campo de batalla, sino en el terreno ideológico, económico, social, cultural...". Al finalizar su discurso fue muy aplaudido. La imagen de esa miles de personas, reunidas allí por una misma causa, clamando por la "Paz" se impregnó muy fuerte en mí y decidí que jamás en la vida iba a olvidarla. Después de más de quince días de asistir a importantísimas reuniones en donde se discutía y abogaba por evitar una guerra nuclear, tan probable y peligrosa en ese momento, lo remarco, (Herminio, a la sazón era el presidente del Movimiento Paraguayo por la Paz y la Soberanía; primero, años atrás, había sido Asunción Flores), nos separamos. Él y Victoria marchaban hacia París, y yo, con la firme promesa de encontrarnos allá, rumbo a Suiza. Andaba desde hacía rato tras las huellas del mundialmente famoso músico y compositor argentino Alberto Ginastera, que se hallaba radicado en Ginebra. Quería entrevistarlo por el sólo hecho de haber sido amigo del maestro Flores, y, en cierto modo, su consejero en materia musical. Era mi más caro anhelo conocer la opinión de tan célebre personaje, cuáles eran los recuerdos de sus encuentros con Flores; si es que aún lo recordaba.

            La mayoría de los amigos de Flores (el Dr. Carlos Federico Abente, Roa Bastos, Oscar Esteban Clérici, Elvio Romero) afirmaban que, a quien quisiera escucharlos, frecuentaba a Alberto Ginastera hasta llegar a ser su amigo. Esto lo corroboraría el mismo maestro, años después, en los sucesivos encuentros que tuve con él. Las afirmaciones de estos amigos me marcó muy hondo. No dudaba de su autenticidad, pero me parecía increíble -permítaseme la duda- que Flores y Ginastera fuesen amigos. Eran tan distintos. Ginastera, serio, casi hosco, de pocas palabras. Flores, en cambio, extrovertido, alegre. Podríamos decir que eran el día y la noche. "No te olvides -me decía mi amigo Elvio Romero-, que son músicos. Y los músicos siempre se entienden". Aún así la espina de la intriga no cesaba.

            Salí de Rusia vía Aeroflot, hice escala en Frankfurt y de allí, por tren, a Suiza. Ni bien me instalé en la casa de mi amigo Arturo Acosta Mena (exiliado allá muchísimos años, fallecido no hace mucho en Asunción), valiente y combativo político febrerista, que tanto hizo por la patria en tierras lejanas mientras duró su ostracismo, le dije sin darle tiempo a nada: "Necesito que me ayudes a encontrar a Alberto Ginastera. Sé que vive aquí y quiero entrevistarlo". Yo estaba emocionado. Nunca lo había visto en persona. Tenía enormes deseos de verlo y escucharlo de viva voz y acariciaba la posibilidad de entrevistarlo. Mi amigo no tuvo más remedio que satisfacer mi esperanza. "Como sabes -le dije, Flores fue amigo de él y deseo que me cuente sobre esa amistad y si qué opina de su música". No hay que olvidar tampoco la colaboración todopoderosa de Manuel Mujica Lainez, su amigo, autor, entre muchas obras de, Bomarzo, en cuya obra se inspiró justamente Ginastera, que me diera una recomendación para el célebre músico, además de su dirección y teléfono: un buen espaldarazo pueden cambiar el destino de un hombre.

            Pasaron unos días. Cuando Alberto Ginastera abrió la puerta de su residencia, ubicada en un tranquilo barrio suizo, tuvimos el siguiente diálogo:

            - Vengo de parte del escritor Mujica Lainez.

            - ¿Viene de Buenos Aires?

            - Sí.

            - ¿De Buenos Aires? -repitió, incrédulo.

            Ginastera levantó la vista hacia un lugar del cielo, seguramente deseoso de entender el motivo de mi viaje.

            - Pase, por favor -dijo.

            Me llené de rubor y orgullo. El mundialmente famoso Alberto Ginastera, el que le enseñara composición nada menos que a Piazzolla, me recibía. Con un pie yo me sujetaba el otro para no comenzar a levitar. Lo que sigue es la historia detallada y total de aquella entrevista.

            El grande artista sobre el cual me dispongo a escribir este breve perfil, es sin duda uno de aquellos hombres representativos que parecen sintetizar en su creación las aspiraciones, las necesidades espirituales de la época. Debo añadir de inmediato, sin embargo, que toda gran personalidad requiere siempre cierto período de tiempo para ser valorada con precisión en sus lineamientos fundamentales, en su real aporte histórico, en su exacto sitio estético. Todo gran genio -y Ginastera lo es, al igual que Flores- está siempre sujeto, en el del tiempo, a incesantes flujos y reflujos en la indagación crítica, que determinan continuos procesos en que es particularmente rica nuestra época. De manera que no me hago la ilusión de decir nada "definitivo" sobre la potente personalidad del autor de Panambí y Bomarzo, y así sólo llevar el vasto trabajo crítico ya inspirado por ellos, la contribución de un músico que fue de los primeros en Buenos Aires en darle a sus obras un tono esencialmente tradicionalista, a pesar de haber influencias de la música internacional que se producía en Europa después de la Segunda Guerra Mundial, en sentir toda su inmensa importancia, y sobre todo en amarla con todas sus fuerzas.

            Primeros pasos.

            No será inútil, antes de adentrarnos en nuestra entrevista, recordar en sus líneas capitales lo que era el mundo musical de Buenos Aires en donde el joven Ginastera hizo sus primeros pasos de compositor.

            Alberto Ginastera nació en Buenos Aires, el 11 de abril de 1916. Su primer trabajo importante fue el ballet Panambí, que lo hizo conocido en toda la Argentina. De 1945 a 1948 abandona su país debido a su pésima relación con Juan Domingo Perón. Se marcha a los Estados Unidos, donde estudia con Copland y Tanglewood, dos eminencias de la música moderna. Vuelve a su tierra en 1952, donde expande su estilo musical más allá de los límites de la nacionalidad. Es la época de excelentes trabajos. Ayer todavía, en nuestro encuentro con él, atribuía a ese intenso trabajo una parte preponderante en su formación y solidez del preámbulo para el universo de piezas mayores.

            Nos recibió, amable, en la sala de su casa llena de trofeos y cuadros originales de pintores famosos, en donde se destacaba un piano para concierto, negro lustroso. Se sentó pesadamente en un sillón. Era un hombre debilitado de salud, sin embargo, a primera vista todavía ágil y casi atlético, evidentemente en un tiempo un hombre de acción, pero visto más de cerca, una figura bastante abatida por los años y la enfermedad. Era no tan alto, de lindas facciones y mirada viva, a pesar de sus anteojos, con algo huraño y tenso en el rostro surcado de arrugas profundas. Le había subido últimamente la presión y tenía problemas hepáticos. Hablaba despacio, articulando con dificultad algunas veces y por momentos parecía ausente.

            Su obra puede ser dividida en tres períodos: nacionalismo objetivo, nacionalismo subjetivo y neo expresionismo. Sus primeros trabajos pertenecen al primer período. Él caracterizó ese período como una etapa de "nacionalismo subjetivo" en el cual las características de la música folklórica se reproducían abiertamente. Usa el folklore argentino y es influenciado por Stavinski, Bartok y Falla. Son de este tiempo: Danzas Argentinas op.2, para piano, Estancia (ballet), las Cinco Canciones Populares Argentinas, Las horas de una estancia y Pampeana  n° 1. El estreno de la suite orquestal de su ballet Estancia, consolidó su posición dentro de la Argentina. Luego, en 1945, como lo señalamos más arriba, viajó a los Estados Unidos en uso de una beca de la Fundación Guggenheim. Allí permaneció quince meses, durante los cuales visitó las principales casas de altos estudios musicales. Exploró muchos campos, acumulando una masa de erudición que luego alimentaría su obra. Recuerda Ginastera:

            "La tierra que habitamos es un error, una incompleta parodia... El peronismo no era para mí y yo no era para ellos. Nunca me gustaron los autoritarismos. Vengan del lado que vinieren. Yo respeto todas las tendencias políticas, pero el autoritarismo y el fanatismo no lo tolero". Perón y sus colaboradores habían desatado una persecución en contra de los que pensaban distinto, dice Ginastera. Por este motivo tuvo que dejar la Argentina, Julio Cortázar, por ejemplo. "Allá por el 50 y tantos, el famoso músico y compositor paraguayo José Asunción Flores, por quien usted me pregunta, y sus amigos fueron apresados y perseguidos por Perón; aquél que en su discurso de 1945, decía a la masa de trabajadores y desde los balcones de la Casa de Gobierno, en la famosa Plaza de Mayo: "...Por eso, señores, quiero en esta oportunidad como simple ciudadano, mezclado en esta masa sudorosa, estrecharlos profundamente contra mi corazón como lo podía hacer con mi madre, que sea esta la hora histórica cara a la República y cree un vínculo de unión que haga indestructible la hermandad entre el pueblo...". Lo recuerdo como si fuera hoy. Y también recuerdo, que viene a colación de Flores, que Perón ayudó al dictador de entonces del Paraguay, hablo de 1947, Higinio Morínigo, con un importantísimo cargamento de armas automáticas (ametralladoras livianas y pesadas, morteros y granadas) para sofocar la revolución popular".

            Flores solía contar que era amigo de Alfredo Varela, autor de, entre otros libros, El río oscuro, novela de éxito que fue llevada al cine por Hugo del Carril con el nombre de Las aguas bajan turbias, y de éste director de cine y cantautor de tangos. Varela fue, allá por 1948, uno de los fundadores del Movimiento Mundial de la Paz.

            Ginastera pone de relieve su amistad con Flores.

            "Lo conocí en la década del 40, más o menos. En mi ánimo sin duda influyó el carácter decidido de Flores, quien se consideraba a sí mismo un "caradura", un "tovaatá", como decía el maestro. Me abordó durante el estreno de mi obra Panambí, y me entregó una partitura suya, una ópera, creo. Maestro, me dijo, quiero que la lea y saber luego su opinión. Yo lo recibí amablemente, y le prometí que lo leería. Ya cuando se despedía, aclaró: "Panambí quiere decir mariposa en guaraní. Me cayó simpático, y su personalidad y su forma de hablar dulce me atrajo. No sé cómo había hecho para llegar hasta el escenario del Teatro Colón, muy severos en el control, mientras yo ensayaba con mis músicos, dos horas antes de la función. Pensé que un tipo así, por lo audaz, algo especial había de tener. Después me enteré que era el famoso autor de India, nada menos...Era en extremo afectuoso, y de índole tan honrada, que uno no podía menos que apreciarlo. Leí su ópera, me parece que se llamaba Santo Ara. Me gustó; era la historia de dos muchachos pobres que se enamora de la misma muchacha, un amor imposible. Le señalé lo que había que corregir, en mi opinión, y que tenía que ver mucha ópera y estudiar al respecto".

            Podemos aseverar plenamente los dichos del maestro Ginastera, porque, quienes conocimos a Flores, él era así: corajudo, imprevisto, capaz de los actos más descabellados cuando se trataba de su música. Un verdadero quijote, un luchador por las causas imposibles. El maestro no concebía lo imposible. Desafiaba y se enfrentaba a los obstáculos más inverosímiles con tal de ver cristalizada su idea. "José Asunción Flores, luego, cuando vino a verme a mi casa, en ese entonces yo vivía en el barrio de Barracas, cerca de La Boca, dice Ginastera, ya tenía casi hecha todas sus obras más importantes; vino a traerme las partituras de algunos de sus trabajos y a pedirme consejo. En principio, recuerdo, no supe qué decirle al autor de India, de Mburikaó; a ese músico genial que triunfaba en Buenos Aires (Capital exigente y entendida en materia musical) en audiciones de las radios más renombradas, y ya respetado y admirado en toda América ...Y él vino, como un principiante, a pedirme consejos. Su gesto hablaba de su tremenda humildad. Sin embargo, le aconsejé que continuara sus estudios con Gilardo Gilardi, un amigo, con Kubik, a fin de perfeccionarse en el "oficio".

            Flores ya había tomado cursos anteriormente con Kubik. Y enseguida se puso a estudiar con Gilardo Gilardi. El juicio de Ginastera -si bien no severo y condescendiente- no le había causado ningún desaliento. En el verano de 1956, al regresar de una gira, volvió a ver a Ginastera y comenzó con él el estudio de las formas de la orquestación y composición. Ese período de estudios se prolongó durante varios meses. A partir de allí, se produjo entre ellos una leal y fecunda amistad.

            Con la serena sabiduría de un viejo sabio nos asegura: "Puedo decir (en broma) que pocos músicos me han dado tantos dolores de cabeza como Flores. La evolución es una necesidad para cualquier artista digno de este nombre, y se hace inevitable ante todo por el descontento del creador, siempre inclinado a una incesante búsqueda de la perfección. Y resulta por otra parte - como ocurrió con José Asunción Flores, intuitivo genial - de la realización alcanzada en cada obra, que obliga al artista a abandonar en cada caso detrás de sí las posiciones superadas". Y asevera: "Es necesario trabajar, nada más que trabajar. Y es necesario tener paciencia".

            Un día vino cayendo con un hombre. Me dijo: "Éste es mi mejor amigo, es el más grande poeta del Paraguay. Me dejaron libros, poemarios. Allí supe que se trataba de Elvio Romero, a quien ya conocía de mentas. Pude leer su poesía y me di cuenta que Asunción Flores decía la verdad: Elvio Romero es un gran poeta".

 

            (Suiza, 1980)

 

 

 

BEN MOLAR

 

“YO FUI EL EDITOR DE INDIA”

 

            Allá por la década del 40 al 50, cuando Buenos Aires era una fiesta, al decir del famoso escritor norteamericano Hemingway, tuve la suerte de codearme con lo más granado de la intelectualidad paraguaya: músicos, poetas, escritores, políticos; la mayoría de ellos exiliados . Los nombres que recuerdo, si la memoria no me falla, son los de Roa Bastos, Elvio Romero, José Asunción Flores, Herminio Giménez, Sila Godoy, Jacinto Herrera, grandísimo actor de carácter, Demetrio Ortiz, Emigdio Ayala Báez, Florentín Giménez, y tantos otros. Todos excelentes músicos y mejores personas. A éstos los hice socios de la Sociedad Argentina de Autores y Compositores (SADAYC), que era la institución que recaudaba los derechos de autor. Y los amigos nombrados, porque se habían convertido en mis amigos, tenían muchas composiciones esparcidas por allí que se propalaban por los medios radiales, clubes y salón de fiestas. A partir de ese momento empezaron a cobrar algunos pesos, que, si bien no los salvaba del salto de mata, ayudaba a parar la olla.

            Fui el primer editor de INDIA, en mi sello FERMATA, la Guarania que luego se haría universal e inmortal. También edité Mis noches sin ti, Recuerdos de Ypacaraí, Muy cerca de ti, Mi dicha lejana. Ésta es una Guarania con letra de mi autoría, igual que Nace un amor y Tus lágrimas, con Florentín Giménez, nada menos. Sin embargo, debo decirlo, sin menoscabo para los otros, el papá de todos ellos era José Asunción Flores; es un modo de decir. Su genialidad se notaba enseguida en sus obras, sobresalía por la originalidad, los sentimientos que fluía de ella; en una palabra: sus Guaranias tenían su sello inconfundible. No tenemos más que recordar que él fue, precisamente, su creador. Y esto no molestaba a sus colegas, fueran paraguayos o argentinos, al contrario; lo admiraban y aprendían de él. A propósito de esto viene a cuento la anécdota que voy a contar; anécdota, que por otro lado, muy conocida en su momento en los círculos musicales y que aún hoy se lo cuenta como ejemplo de lo que tiene que ser un músico. Un día Flores va a verlo a Ginastera, al maestro, al monstruo de la composición, al "académico", y le lleva algunas partituras de sus obras. Necesitaba saber la opinión del Pope, qué pensaba de sus composiciones. Ginastera, dicen, leyó sus trabajos, lo revisó del derecho al revés, y le dijo: "Esto está perfecto, no hay nada que corregir. No se consigue una obra perfecta gracias al Espíritu Santo. Vaya, mi amigo, siga componiendo y no se preocupe si por ahí le salta algún tono irrespetuoso. Usted no necesita estudiar. Dios, o el diablo, si lo prefiere, le dio un don que no le es dado a todos los músicos". A partir de allí se hicieron muy amigos... Esto me lo contaba Piazzolla y el maestro Osvaldo Pugliese.

            Fui muy amigo también, creo que ya lo he dicho, de Augusto Roa Bastos, Elvio Romero y Hérib Campos Cervera, tres intelectuales de verdad. A veces, cuando no venían a mi editorial, FERMATA, yo iba a verlos al café Berna, cerca de La Plaza de los dos Congresos, sitio en donde se daban cita, casi exclusivamente, los exiliados españoles y los paraguayos. Allí, y en ningún otro lugar, los hallaba trenzados en cuestiones políticas (cómo volver al Paraguay o cómo derrocar el tirano) o en asuntos poéticos y literarios. No sé de qué vivían estos buenos hombres, de qué manera se ganaban el sustento, cómo llevaban la pitanza -al decir de Don Quijote- a la mesa familiar, ya que se pasaban la vida en dicho local, propiedad de García y García en aquel memorable tiempo. Éste un gallego corrido por Franco, y que se llevaba más que bien con la colectividad paraguaya.

            Otra anécdota, acaso la más jugosa o la más increíble. Resulta que mi oficina quedaba en la calle San Martín, cerca de Retiro, y, de tarde en tarde -todavía no sé por qué- venía a visitarme Borges: Estaba empezando a quedarse ciego, pero aún se manejaba solo y veía ya con alguna dificultad. Esto sería allá por, si mi memoria es fiel, el 50 ó principios del 55. Entonces, aquél día, Borges había llegado más temprano que de costumbre y, como yo atendía a un cliente, sería alrededor de las cinco o seis de la tarde, me esperó, abrazado a su bastón, en la salita contigua a mi estudio. Al rato, siento un alboroto, unas risotadas y palabras gruesas en guaraní (no hablo pero entiendo el idioma de los paraguayos), y luego un sonido de cuerdas, como si alguien afinara un instrumento: una guitarra, un violín o un arpa. Enseguida, oigo los arpegios de INDIA. Abro la puerta y veo a Borges, rodeado de Flores, Félix Pérez Cardozo, Roa Bastos y Elvio Romero. Borges, sonreía feliz mientras llevaba el compás de la música con su bastón. Borges, aclaro, no tenía aún la fama que tendría después. Pero la mayoría de los que allí estaban, en especial, Roa Bastos y Elvio Romero y José Asunción Flores, sabían de quien se trataba.

 

            (Buenos Aires, 2000)

 

 

 

BORGES Y FLORES

 

POR EL DR. CÉSAR ORUÉ PAREDES

 

            José Asunción Flores, artífice de la inmortal Guarania, no era un músico solamente, cuando en los momentos de inspiración componía sus obras ejecutando el piano, rasgueando la guitarra, o el violín, o cuando dirigía una orquesta, las manos agilísimas, la cabeza sobrenadando en un mar de sonidos y melodías -tan dulces e inolvidables-, el alma como en trance, hecha armonía y ritmo entrañables.

            De niño conocí a flores, a través de mi padre, quien estaba unido al maestro por una asidua amistad nacida en los cañadones del Chaco, en el frente de batalla. Posteriormente y a pesar de su largo y doloroso exilio seguíamos recibiendo esporádicas noticias y algunas cartas de él. Años más tarde, ya ejerciendo mi profesión de periodista, tuve el placer de conocerlo personalmente en Buenos Aires. Un día gris de invierno, nos encontramos en la casa del insigne paraguayo Dr. Marcos A. Morínigo, quien nos tenía preparada otra sorpresa, la presencia del filósofo español Julián Marías. Fue un encuentro singular: la reunión de la excelencia, de la palabra, la cumbre del pensamiento y la belleza de la música.

            Julián Marías nos comentó que él conocía al Paraguay por la literatura de Barret y Roa Bastos, pero que tenía afición a Flores desde que escuchó su Guarania India, interpretada por el eximio Narciso Yepes, en uno de los tantos conciertos que el guitarrista ofreciera en Madrid, ejecutando también obras de Barrios, entre las de Sor y Tárrega. Flores sonreía y escuchaba complacido. Después del almuerzo, y ya a los postres, el maestro -en un gesto de niño grande y travieso, que lo caracterizaba-, sacó del bolsillo de su saco, como por arte de magia, tres doradas mandarinas y nos lo ofreció, diciendo: "Es para seguir recordando al Paraguay…"

            En cierta ocasión Jorge Luis Borges -yo no desaprovechaba las oportunidades para pedirle su opinión sobre la cultura paraguaya-, me relató que cultivaba la amistad del Dr. Pablo Max Insfrán, su colega en varias universidades norteamericanas, como también la del Dr. Hugo Rodríguez Alcalá y la del historiador Dr. Julio César Chaves.

            "Siento mucho afecto por la música pero no tengo buen oído musical -decía el escritor argentino-. Me gustan los tangos y las milongas. Yo compuse Milonga para Albornoz con música de José Basso. En realidad, es un tango-milonga donde relato en versos la muerte del cuchillero, Alejo Albornoz. Lo mataron en los bajos de Retiro, de tres puñaladas. Qué paradoja, ¿no?". Luego de una pausa, para nuestra sorpresa, Borges, dijo: "Fanny, mi ama de llaves, escucha siempre grabaciones de polcas, Guaranias y chamamé. Ella es correntina y habla bien el guaraní, y gracias a su enseñanza aprendí algo de ese idioma. Hace poco me hizo escuchar India y Mburicaó, melodías de rara belleza que me permito compararlas con algunas composiciones impresionistas de Debussy. Por lo que usted me dice, es una pena que Flores, el autor de dichas melodías, no haya vivido su exilio en París, quizá otro hubiera sido el destino de sus obras.

 

            (Buenos Aires, 1984)

 

 

 

ELVIO ROMERO

 

"FLORES ERA HERMANO DE MI ROJA TIERRA"

 

            José Asunción Flores, mi amigo, hermano, camarada, no ha muerto en vano en el exilio, en la Argentina, en "la misteriosa Buenos Aires" como diría Manuel Mugica Láinez, porque ha entrado en la Historia, en la Galería de los grandes, y estará ahora codeándose con los dioses en el Parnaso de los genios. Hermano de mi roja tierra, y compañero de ruta en mil hazañas quijotescas, "desfaciendo entuertos y embelecos", él que soñaba ver libre a su pueblo, desuncido del yugo de la pobreza, en un Paraguay completamente liberado, en donde reinara la concordia de la mano de la justicia. Sin embargo, se marchó cuando todavía su tierra continuaba siendo pisoteada por las botas de la dictadura, casi la misma o peor tiranía que lo arrojara al destierro. Aquellos dictadores que arrojaran, en distintas épocas y con iguales procedimientos a miles de compatriotas a una diáspora injusta y dolorosa, nos obligaron a diseminarnos por los más apartados rincones de la República Argentina.

            Flores fue uno de esos desterrados. Pero él acaso tenía una ventaja: traía bajo el brazo el pan celeste de la música, el fuego sagrado de los privilegiados, y como si todo eso fuera poco, cargaba ya en sus alforjas sus principales Guaranias: India, Mburikaó, Ne rendape ayú, Buenos Aires, ¡salud!, entre otras. Y la magia de su música deslumbró a los hermanos argentinos ganándose su admiración y respeto. A partir de allí su suerte empezó a cambiar. Siguió componiendo y trabajando y se amigó con los más importantes personajes de la música, del arte y la cultura. Por ejemplo, con Alberto Ginastera, Hugo del Carril, Pablo Neruda, Nicolás Guillén, Rafael Alberti, Jorge Amado, y muchos creadores de nombre internacional. Y también fue amigo íntimo de algunos de nuestros artistas que triunfaban en ese instante en la Reina del Plata: Jacinto Herrera, Sara Benítes, hermana del poeta Fontao Meza, autor de la primera letra de India, Sara Antúnez, actriz de Codicia, Augusto Roa Bastos, Hérib Campos Cervera, Andrés Guevara, Chuchín Sorazábal, Antonio Ortiz Mayans... La lista, de verdad, sería muy larga. Con la mayoría de estos amigos nos reuníamos en el entonces famoso Bar Berna, emplazada en pleno corazón del barrio de Congreso, y allí se realizaban las "tenidas", las charlas, los diálogos más ricos en la historia de los exiliados paraguayos y españoles, ya que Alberti, Luis Seoane y Arturo Cuadrado eran intelectuales perseguidos por Franco. Vivíamos tiempos de poesía, de sueños y utopías. La dulce bohemia nos permitía soñar con el pronto regreso a nuestra respectivas patrias y no perdíamos la ocasión para conspirar y militar casi con rabia en el Partido Comunista. Nuestros bolsillos reventaban de originales e ideas temerarias. La revolución era posible en América Latina, Cuba así lo demostraría después. Y José Asunción Flores, el genial creador de la Guarania, no sabemos por qué misterios de su rica personalidad, era el centro de atracción de aquellos encuentros. Flores, hermano de mi roja tierra, siempre estaba pensando en regresar a su Paraguay amado, y llevaba en la garganta ásperas torrenteras.

 

            (Buenos Aires, 1986)

 

 

 

HERMINIO GIMÉNEZ

 

 "FLORES ERA UN GENIO"

 

            Flores salió de la Banda de la Policía, todos lo sabemos, y muchos otros grandes músicos como Carlos Lara Bareiro, Félix Fernández, Darío Gómez Serrato, Rivas Ortellado, etc. No sólo lo conocí, sino que fue compañero, luego mi amigo, confidente y socio de bohemia y aventuras musicales. Gracias a su genio creador adelantó "años luz" a nosotros en cuanto a la música de nuestra tierra, en un intuitivo genial, con visiones de anticipación; un auténtico adelantado para su época. Yo creo que fue tocado por una barita mágica del Creador, de otra manera no se explica el asombroso descubrimiento que hizo con la Guarania. ¿Cuántos de nosotros, acaso, más o menos, estábamos buscando también una música que nos identificara de "cuerpo y alma", como diría Julio Correa? Quien más quien menos deseaba hallar el filón de una música verdaderamente paraguaya, que mostrara la raíz de la raza. Únicamente la magia se deja descubrir por los verdaderos creadores, por aquellos tocados por la mano de Dios; y Asunción Flores, era uno de ellos. No existe duda ni discusión al respecto. Negarlo sería temerario, injusto y hasta hereje.

            ¿Por qué él y no nosotros? Emilio Bigi, Cardozo Ocampo, Serrato, y otros. No pudimos, me incluyo, develar, descubrir, la nueva música paraguaya. Después, detrás de él, salimos en "tropel" y copiamos y hasta plagiamos sus Guaranias. Pero luego, una vez que Flores encontró "el valioso mineral, fue más fácil. No antes. Suyo fue el privilegio de crear una música mágica y maravillosa. La que tanto buscó, la que nosotros buscáramos en vano. Sin embargo, reconocemos, gracias a su talento pudimos volar bajo sus alas.

            A partir de Flores empezó la ola creativa de canciones nativas más importantes, me parece a mí, y salta a la vista. No tenemos más que mirar a nuestro alrededor para damos cuenta que hubo un antes y un después de Flores.

            Personalmente le debo mucho a José Asunción. Mediante su música se despertó en mí un frenesí inagotable por crear, y de ese modo compuse una Guarania tras otra. Se había revelado el misterio de la escritura de nuestra música, se hizo la luz en la oscuridad del folklore paraguayo; se acabó la incertidumbre y la zozobra. Flores abrió un camino rico e interminable. Le rindo pleitesía a un genio, a un talento extraordinario y verdadero. No tengo empacho en reconocer y valorar su música, la nuestra, la del pueblo paraguayo. ¿Qué hubiera pasado si él no descubría, o no desataba, el nudo, la forma de la no escritura de la música paraguaya? Otro, quizás, lo hubiera descubierto, dirán… Tal vez sí tal vez no. En la historia y en un país determinado se da un genio cada cien años. Y se dio en Flores y en el Paraguay. Para mí, tenía que ser él. A pesar de sus detractores, de los envidiosos y difamadores -el caso de mi tío, Remberto Giménez-, Flores es el verdadero padre de la Guarania, y hoy ya no existe ninguna duda de eso. Tuvo la suerte -llamémosle así- de encontrarse con Ortiz Guerrero, otro tremendo creador, y juntos llevaron a cabo la más hermosa de las aventuras líricas en la historia del Paraguay. Se dio el extraño maridaje entre el poeta y el músico. Hombres de espíritus totalmente especiales. En el momento, el día y el año justos.

            Es bien sabido también, que existen celos entre artistas. Flores, en cambio, es un ejemplo, no tenía celos de nadie. Y no era un acto disfrazado de soberbia. Su personalidad sencilla, cordial, generosa. Quizás había en él una especial forma de ser, por eso no sentía celos, ni envidias.

            En muchas ocasiones trabajamos juntos sin ningún tipo de problemas de cartel, como se dice. Todo lo contrario: nos ayudábamos mutuamente. Ambos, es feo acaso que lo diga, éramos solidarios y respetuosos el uno del otro.

            Tengo muchísimas anécdotas con él, que sería largo de contar. Pero contaré por lo menos una para ilustrar mis dichos. Una vez, cuando iba a dar uno de sus conciertos en el politeama, un famoso y calificado teatro portero, ya desaparecido, va y alquila un hermoso smoking negro, y se lo pone y le queda pintado, convirtiéndolo en un dandy. Y ya a punto de subir al escenario, le miro los pies, y me quedo un poco menos que petrificado de terror. Tenía puestos un par, de zapatos rojos, sangre puro, y se lo señalé, temblando de miedo. En aquella época los prejuicios eran enormes, y más si un director y compositor, a un paso de dar su concierto, sube ante el público con unos zapatos dignos de un payaso. Él, en cambio, con una infantil sonrisa de niño travieso, me dice, mirando a su alrededor: "¡Aaa la puta, chamigo!. No te preocupes, Herminio, la gente no va a tener tiempo de mirarme los pies. Ni bien empiece a tocar se olvidarán de todo. La música es magia y dentro de ella entra la admiración del público".

Tenía salidas espectaculares, su carisma particular y su don de hacer las bromas más descabelladas, a veces, con fuerte tono infantil, sacaba del rigor de la seriedad al más pintado. Bromeaba con frecuencia, es cierto, pero cuando hablaba de música, política, o cosas de la vida, se ponía serio de verdad.

            Le gustaban mucho los perros. En su casa de Ramos Mejía tenía un montón, no sé si diez o veinte, parecía una perrera. Y él, apenas llegaba, se preocupaba por darles de comer, y los perros, como si supieran quien llegara, lo saludaban con efusivas muestras de cariño, moviendo sus colas y lamiéndole las manos. Seguramente era un verdadero presupuesto poder alimentarlos. A Flores, lo puedo afirmar, eso no le preocupaba en absoluto ya que, de alguna manera, satisfaría el hambre de sus amigos. Es bien sabido, repito, que él vivía dando a todo el mundo, Y nunca -que yo lo sepa- lo he visto pedir. Esto lo pueden corroborar sus amigos más cercanos.

            Otra de sus pasiones, lo podemos decir sin ánimo de crítica, fueron las mujeres. Sus amigos y amigas dan fe de esta debilidad del maestro. Después de todo, como solía afirmar, la culpa era de las mujeres que lo buscaban. Poseía una especie de atracción especial: su risa, cordialidad, y bondad infinitas. Su payé, o gualicho, al decir de los argentinos, era fuerte y no había mujer que se resistiera a sus encantos. Sin embargo, él era muy prudente en las cosas del amor. No le gustaba hablar del tema, como buen caballero.

 

            (Buenos Aires, 1983)

 

 

 

LUIS SZARAN

 

"FLORES, MÚSICO GENIAL"

 

            La obra de José Asunción Flores es una de las más fructíferas en la historia de la música del Paraguay; siendo muy joven aun con estudios musicales a mitad de camino crea una nueva forma musical, la Guarania, un tipo de canción urbana y nostálgica que en la actualidad goza de extraordinaria difusión internacional.

            Acompañando sus años en el país y en el exilio (Argentina, donde vivió la mayor parte de su vida) es posible comprender el proceso creativo de este autor. En la década de 1920, cuando se encontraba como aprendiz y luego destacado intérprete del trombón en la Banda de la Policía Asunción, crea piezas sencillas y experimenta diversas formas de escrituración. Por casualidad, según sus propias expresiones, en ese afán de investigar, descubre las inmensas posibilidades expresivas de una canción lenta, con el típico balanceo de la síncopa -elemento fundamental de la música paraguaya-, aplicando la estructura universal de la canción (con introducción, primera sección y un estribillo central).

            En los años siguientes, décadas del 30 y 40, ya en el motivador ambiente musical de Buenos Aires, incorpora en sus conocimientos las teorías elementales de la armonía y la orquestación. De esa época datan algunas de sus primeras composiciones de corte popular, pero ya orientadas hacia lo sinfónico. Accede a nuevos recursos con la armonía avanzada, el contrapunto y las formas musicales, replanteando parte de aquella primera fase creativa, donde se aprecia más inspiración natural, pura, y menos recursos técnicos, llevando estas antiguas melodías a los campos de la variación y las formas mayores. Allí encontramos gran parte de ése material en forma de poema sinfónico.

            Finalmente, las décadas de los 50 y 60 son testigos del máximo potencial en dicho campo; son los años de María de la Paz, Pyharé Pyté y Ñanderuvusú. Hallamos recursos técnicos derivados del impresionismo francés, con sus quintas aumentadas, politonalismo y exuberante despliegue rítmico, a la manera de sus contemporáneos latinoamericanos Hêitor -Villa Lobos, Carlos Chávez, Silvestre Revueltas y Alberto Ginastera.

            Si bien la formación de Flores escapó a los cánones del academicismo, tuvo la extraordinaria virtud de la búsqueda eterna (tengo apuntes de al menos seis intentos diferentes de escrituración de su obra Mburikaó). Fue un pionero en el campo del poema sinfónico sobre argumentos locales y universales, así como la integración de grandes masas corales.

            De manera continua a este proceso creativo, su condición de perseguido político lo convirtió en toda una leyenda a partir de los años 50. Su música era difundida en forma clandestina y copias de sus grabaciones pasaban de mano en mano a lo largo de la República, sobre todo sus composiciones grabadas en Moscú; los gobiernos, especialmente el de Stroessner, se empeñaron en restar méritos a su labor a través de campañas de desprestigio, en muchos casos avaladas por intelectuales y servidores del régimen. Entre los argumentos más violentos figuraba el hecho de que no era él el verdadero creador de la Guarania, sino que habría copiado los dictados silbados por el poeta Ortiz Guerrero, a quien se deben realmente los espléndidos versos de sus más bellas composiciones.

            La creación de la Guarania causó gran impacto en el país; hasta entonces el Paraguay contaba con un solo patrón básico de música -polka- de ritmo rápido, de lo que derivan la canción paraguaya, la galopa y el kyrey. La Guarania es una canción lenta, melancólica y adecuada a ciertos estados de ánimo del pueblo, por lo que rápidamente fue aceptada y desarrollada también por otros compositores.

 

            (Asunción, Julio 2001)

 

 

 




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