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TERESA MÉNDEZ-FAITH


  PANORAMAS GENÉRICOS DE LA LITERATURA PARAGUAYA (Por TERESA MÉNDEZ-FAITH)


PANORAMAS GENÉRICOS DE LA LITERATURA PARAGUAYA (Por TERESA MÉNDEZ-FAITH)

 PANORAMAS GENERICOS DE LA LITERATURA PARAGUAYA

 
 
 
ENSAYO: SIGLO XX
 
Paraguay cuenta con una rica e influyente producción ensayística a lo largo de todo el siglo XX, especialmente significativa hasta mediados de la década del 50 cuando la narrativa, y en particular la concebida y publicada en el exilio, empieza a incorporar a la ficción ciertos núcleos temáticos provenientes de la historia paraguaya, pasada o presente, hasta entonces de dominio casi exclusivo del ensayo histórico, político, biográfico, filosófico y/o sociológico. Como en otros países de Latinoamérica, el contexto histórico-político-cultural de las primeras cuatro décadas del siglo pasado explican parcialmente el hecho de que el ensayo fuera el género literario predominante de esos años y que incluso después continuara siendo uno de los géneros más fecundos de la literatura paraguaya. En el caso específico del Paraguay, dichas coordenadas contextuales incluyen, desde fines del siglo XIX hasta fines de la década de 1980: dos guerras internacionales (la Guerra de la Triple Alianza o Guerra del 70, contra Uruguay, Brasil y Argentina, 1864-1870, y la Guerra del Chaco contra Bolivia, 1932-1935), una guerra civil (la Revolución de 1947) y los casi 35 años de la dictadura del general Alfredo Stroessner (1955-1989).
 
En general, se considera que la literatura paraguaya se inicia a principios del siglo XX con las obras de un grupo de intelectuales que aparecen en el escenario cultural alrededor de 1900. Estos escritores, nacidos casi todos durante, poco antes o poco después de la Guerra del 70, en su mayoría prolíficos ensayistas y poetas, integran la llamada "generación del 900" o "promoción de 1900" y a través de su quehacer literario se proponen –como sus coetáneos españoles, los integrantes de la "generación del 98"– ayudar en la reconstrucción espiritual del país, por un lado reafirmando los valores nacionales y por otro reinterpretando y reivindicando ciertos aspectos del pasado histórico paraguayo. Entre los miembros más representativos de este grupo están: Cecilio Báez, Manuel Do-mínguez, Eloy Fariña Núñez, Blas Garay, Manuel Gondra, Alejandro Guanes, Fulgencio R. Moreno y Juan E. O’Leary. Todos son periodistas; todos, excepto Manuel Domínguez, son poetas; y todos, excepto Alejandro Guanes, se dedican, en mayor o menor grado, al ensayo histórico y a la historiografía nacional.
 
Alrededor de 1915 surge otro grupo de destacados ensayistas que continúan el trabajo de investigación y reinterpre-tación histórica de la promoción de 1900, entre los que sobresalen especialmente Justo Pastor Benítez, Arturo Bray, Natalicio González y Pablo Max Ynsfrán. A partir de la década del 30 (en que se desarrolla la guerra con Bolivia) aparecen las obras de dos historiadores de renombre: Julio César Chaves, autor de una de las biografías más conocidas del dictador Francia, y Efraím Cardozo, profundo conocedor de la Guerra del Chaco y uno de los firmantes del Tratado de Paz entre Paraguay y Bolivia (1938).
 
Durante la segunda mitad del siglo XX surgen varios ensayos críticos, filosóficos, sociológicos e histórico-políticos de importancia para penetrar y ahondar en la realidad nacional, entre los que hay que destacar las obras de Juan Andrés Cardozo, Osvaldo Chaves, Efraín Enríquez Gamón, Adriano Irala Burgos, Epifanio Méndez Fleitas, Hipólito Sánchez Quell, Alfredo Seiferheld, Mauricio Schvartzman y Helio Vera. Entre los historiadores de la cultura y críticos literarios más fecundos de este siglo figuran: Raúl Amaral, Rubén Bareiro Sa-guier, Carlos R. Centurión, Francisco Pérez Maricevich, Jose-fina Plá, Guido Rodríguez Alcalá y Hugo Rodríguez-Alcalá, para mencionar sólo a los de más larga y amplia labor crítica y ensayística.



NARRATIVA ACTUAL
 
En términos generales, la narrativa ha sido el género menos prolífico de la literatura paraguaya y el más afectado por el contexto histórico-político nacional. Hasta mediados del siglo XX predomina el ensayo histórico y en la escasa producción narrativa del período tienden a prevalecer, como en el ensayo, las corrientes romántico-nacionalistas de exaltación del pasado y de afirmación de los valores espirituales del pueblo paraguayo, heroico sobreviviente de la catástrofe de la Guerra Grande (o Guerra de la Triple Alianza: 1864-1870). Dentro de esa línea tradicionalista, iniciada por el argentino Martín de Goycoechea Menéndez –glorificador de la Guerra Grande y mitificador de la literatura nacional– habría que mencionar las obras histórico-costumbristas de Natalicio González, Teresa Lamas de Rodríguez Alcalá, Concepción Leyes de Chaves y Carlos Zubizarreta.
 
Entre 1932 y 1935 el Paraguay sufre otra guerra internacional (Guerra del Chaco, contra Bolivia) que tiene, no obstante, consecuencias positivas en el plano literario al promover una toma de conciencia de la realidad nacional y la incorporación de temas significativos (la guerra, los problemas del agro y de los yerbales, la persecución política, el exilio, etc.) en la narrativa posterior. Ejemplifican dicha renovación temática: Cruces de quebracho (1934) de Arnaldo Valdovinos, Ocho hombres (1934) de José Santiago Villarejo, ambas inspiradas en la guerra del Chaco, y especialmente El guajhú (1938) de Gabriel Casaccia, colección de cuentos donde su autor da el golpe definitivo a la visión literaria idealizada y romántica, totalmente falsa del campesino paraguayo. Sin embargo, la narrativa paraguaya recién empieza a adquirir distinción y atención internacional en la década del 50, con la aparición en Buenos Aires de tres obras –La Babosa (novela, 1952) de Gabriel Casaccia, Follaje en los ojos (novela, 1952) de José María Rivarola Matto y El trueno entre las hojas (1953), la primera colección de cuentos de Augusto Roa Bastos– que rompen con las tendencias narcisistas y mitificadoras prevalecientes y reincorporan a la ficción el realismo crítico inaugurado por Rafael Barrett a principios de siglo pero prácticamente ausente en la narrativa publicada hasta entonces dentro del país.
 
Las coordenadas histórico-políticas de los últimos cincuenta años dificultan, y también explican, la producción narrativa paraguaya. En ese lapso el país ha pasado por una sangrienta guerra civil (Revolución de 1947) y ha soportado una de las dictaduras más largas de la historia americana (la del general Stroessner, 1955-1989). No debe sorprender entonces que las obras actualmente más conocidas hayan sido concebidas y publicadas en el exilio. En efecto, lejos de la represión y censura vigentes en su país, los escritores exiliados pueden expresarse libremente y desarrollar sin trabas una narrativa artísticamente elaborada, a tono con el momento histórico presente y de contenido socio-político significativo. De ahí que sea en las obras de esos expatriados –Rubén Bareiro Saguier, Gabriel Casaccia, Rodrigo Díaz-Pérez, Augusto Roa Bastos, Lincoln Silva...– donde se van a encontrar tanto el planteamiento más directo como el reflejo más fiel de la problemática nacional de las últimas cuatro décadas. Gabriel Casaccia, iniciador de la narrativa paraguaya contemporánea, recupera de manera crítica varias décadas de descomposición moral y corrupción política en tres novelas: La Babosa (1952), La llaga (1963) y Los herederos (1975), y dedica Los exiliados (1966) a tocar el tema del exilio político, prácticamente inexplorado en la narrativa intrafronteras. Augusto Roa Bastos, Premio Cervantes 1989 y uno de los escritores hispanoamericanos más destacados, examina el presente y el pasado nacionales a lo largo de coordenadas histórico-políticas en Hijo de hombre (1960) –novela del dolor paraguayo y uno de los textos más importantes de la na-rrativa hispanoamericana contemporánea– y en Yo el Supremo (1974), su segunda y más famosa novela, narrada desde la ubicua perspectiva del doctor José Gaspar Rodríguez de Francia, primer dictador paraguayo y una de las figuras más controversiales de la historia nacional.
 
La dictadura, tema de difícil incorporación en la narrativa interna, está implícita o explícita en el miedo que atormenta a tantos personajes de las obras del exilio. Y se hace directa en su realidad de cárceles, torturas y persecuciones en varios cuentos de Rubén Bareiro Saguier –incluidos en Ojo por diente (1973) y en El séptimo pétalo del viento (1984)– y de Rodrigo Díaz-Pérez –contenidos en Entrevista (1978), en Hace tiempo... mañana (1989) y en Los días amazónicos (1995)– como también en las dos novelas de Lincoln Silva: Rebelión después (1970) y General General (1975). Productos del destierro son también dos obras inspiradas en la problemática nacional: El collar sobre el río (cuentos) de Carlos Garcete y El invierno de Gunter (novela) de Juan Manuel Marcos, ambas publicadas en 1987.
 
En cuanto a la producción narrativa interna posterior a 1960, es importante señalar la gravitación negativa de la represión dictatorial y de las censuras y autocensuras vigentes hasta fines de la década del ochenta que explican, en gran parte, la escasez numérica de obras publicadas dentro del país hasta el presente. Como bien lo indica Guido Rodríguez Alcalá, dadas las circunstancias del contexto político-cultural paraguayo, ´lo sorprendente no es que no se produzca mucho en el país, sino que se produzcaª (en ´La poesía y la novela en el Paraguay en los últimos años [1960-1980]ª, ensayo incluido en Viriato Díaz-Pérez, Literatura del Paraguay, Vol. II, 1980). Aunque la acti-vidad narrativa durante este período es relativamente escasa y las obras publicadas no han adquirido el reconocimiento internacional de la producción del exilio, el corpus narrativo interno cuenta, no obstante, con varios títulos y autores de mérito que han recibido distinciones y premios nacionales importantes.
 
Entre 1960 y principios de la década del ochenta aparecen relatos que van de la crónica costumbrista a la crítica explícita de diversos aspectos del contexto histórico-político y socio-cultural recreado en la ficción de esos años. Entre las obras representativas de este período se deben destacar: Imágenes sin tierra (1965) de José-Luis Appleyard; El laberinto (1972) de Augusto Casola; Crónicas de una familia (1966) y Andresa Escobar (1975) de Ana Iris Chaves de Ferreiro; La quema de Judas (1965) de Mario Halley Mora; La mano en la tierra (1963) y El espejo y el canasto (1981) de Josefina Plá; El pecho y la espalda (1962) y La tierra ardía (1974) de Jorge Ritter; Las musarañas (1973) y El contador de cuentos (1980) de Jesús Ruiz Nestosa; Mancuello y la perdiz (1965) de Carlos Villagra Marsal y Los grillos de la duda (1966) de Carlos Zubizarreta.
 
Durante las últimas dos décadas del siglo XX han aparecido algunas obras que exploran en profundidad ciertas llagas dolorosas de la realidad paraguaya y en donde la crítica a menudo se vuelve denuncia condenatoria del régimen dictatorial represivo y asfixiante de más de tres décadas. Entre éstas hay que mencionar en particular: Celda 12 (1991) de Moncho Azuaga; La Seca y otros cuentos (1986), Los nudos del silencio (1988), Por el ojo de la cerradura (cuentos, 1993) y Desde el encendido corazón del monte (cuentos ecológicos, 1994) de Renée Ferrer; Diagonal de sangre (1986) y La isla sin mar (1987) de Juan Bautista Rivarola Matto; Sin testigos de Roberto Thompson Molinas y En busca del hueso perdido: Tratado de paraguayología (1990) de Helio Vera, prácticamente todas premiadas o finalistas en concursos nacionales de narrativa.
 
En cuanto a la producción narrativa más reciente, en los años 90 y principios de este nuevo siglo empiezan a publicar los integrantes de la llamada "generación del 90", autores jóvenes (casi todos nacidos después de 1970) y en su mayoría poetas, pero algunos también cuentistas y/o novelistas. Tal es el caso de José Manuel Pérez, autor de Ladrillos del Tiempo (cuentos, 2002); de Juan de Urraza que ha publicado La sociedad de las mentes (novela, 2001) y Verdades antiguas, verdades futuras escritas en un presente incierto (cuentos, 2003); de Mabel Pedrozo que ya tiene en su haber (como autora única) tres libros de cuentos: Debajo de la cama (2000), Noche multiplicada (2001) y Juego de sábanas (2003); de Claudia Gon-zález que también tiene tres colecciones de cuentos: Cuentos breves del olvido (2002), Jugando con mamá (2004) y Elegía a Luciana y otros cuentos (2004); de Domingo Aguilera, autor de El Rubio (novela, 2004); y de Nelson Aguilera que en narrativa ha dado a luz: Cuentos para mujeres (2002), Héroes y antihéroes (cuentos, 2004) y En el nombre de los niños de la calle (novela, 2004). También de reciente aparición son algunas obras de autores no tan jóvenes aunque ya establecidos –cuatro novelas de Félix Alvarez Sáenz: Mburuvichá (1999), Madre Sacramento (2000), Crónica de blasfemos (2001) y El oriental (2002); El dedo trémulo (2002) de Esteban Cabañas; Ese interior reino de la nada (novela, 2003) de Luis Hernáez; Cuentos indecentes (1999) y La aventura (2004) de Pancho Oddone; Velasco (2002) de Guido Rodríguez Alcalá; y La paciencia de Celestino Leiva y otros cuentos (2004) de Helio Vera– y otras de escritores tampoco muy jóvenes pero que han empezado a publicar en los últimos 6-7 años: entre ellas, El Goto (novela, 1998) y Porpix termina (novela, 2002) de José Eduardo Alcazar; Concierto de cuentos (1998) de César González Páez; y María Magdalena María (cuentos, 1997) y Encaje secreto (novela, 2002) de Lita Pérez Cáceres.
 
Un aspecto interesante y significativo de la producción narrativa (y también poética) de los últimos 20-25 años es la aparición de un alto porcentaje de voces femeninas en el panorama literario actual. Más que en ningún período anterior, dichas voces se manifiestan con gran fuerza y continuidad, y sus obras reflejan, temática y estructuralmente, preocupaciones y estilos diversos, a tono con la narrativa latinoamericana del último cuarto de siglo. Además de las obras de Renée Ferrer, ya antes mencionadas, hay que incluir en este grupo varias otras más, entre ellas: Golpe de luz (novela, 1983) y Ora pro nobis (cuentos, 1993) de Neida Bonnet de Mendonça; La niña que perdí en el circo (novela, 1987), Esta zanja está ocupada (novela, 1994) y La posta del placer (novela, 1999) de Raquel Saguier; La oscuridad de afuera (cuentos, 1987), El lado absurdo de la razón (novela, 2002) y El arca de Babel (cuentos, 2002) de Sara Karlik; Madre, hija y espíritu santo (novela, 1998) de Nila López; y Tierra mansa y otros cuentos (1987) de Lucy Mendonça de Spinzi.
 
La lista continúa y a los nombres ya dados habría que agregar, además, los de tres cuentistas pertenecientes al Taller Cuento Breve (dirigido hasta recientemente por Hugo Ro-dríguez-Alcalá) que se dieron a conocer en 1992 con la publicación de sus respectivas obras: Luisa Moreno Sartorio que dio a luz Ecos de monte y de arena, un libro de cuentos ecológicos, Maybell Lebrón, autora de Memoria sin tiempo, y Dirma Pardo Carugati que publicó La víspera y el día, obra cuyo estilo directo, según Hugo Rodríguez Alcalá, "potencia el dramatismo de sus invenciones" (en el prólogo al libro). Otras integrantes del Taller Cuento Breve que han publicado libros más recientemente son: María Irma Betzel, autora de Savia Bruta (novela, 1998); María Luisa Bosio, que dio a luz Lo que deja la vida (cuentos, 1999); y Susana Gertopán, que hasta la fecha ya tiene tres novelas publicadas: Barrio Palestina (1998), El nombre prestado (2000) y El retorno de Eva (2003). También de cosecha femenina y publicados a partir del 2000 son: Camille (novela, 2000) de Adriana Cardus; La otra orilla y otros cuentos (2001) y El país de las aguas (cuentos, 2002) de María Isabel Barreto de Ramírez; Entre la guerra y el olvido (novela, 2001) de Margot Ayala de Michelagnoli; y Sobredosis de cuentos (2000), t-quiero.com (cuentos, 2001), Cuentos sin mordaza (2003) y Ese extraño equilibrio de lo opuesto (relatos eróticos, 2004) de Lucía Scosceria.
 
En realidad, y teniendo en cuenta la situación de la narrativa paraguaya durante la primera mitad del siglo XX, llama la atención la gran productividad narrativa actual pero al mismo tiempo ello es también consecuencia lógica de que las coordenadas histórico-políticas que condicionaron dicha producción por tanto tiempo, e impidieron o limitaron la producción cuen-tística y novelística hasta 1989, hayan finalmente desaparecido y existe hoy libertad y más oportunidades para la tarea crea-tiva de los escritores y escritoras del país. Es muy positivo que en el último cuarto de siglo el Paraguay haya dado muestras de tanta energía y productividad creativa ya que esto es augurio de un sólido corpus narrativo para este nuevo siglo y milenio...


POESIA ACTUAL
 
Aunque el Paraguay de las últimas décadas del siglo XX no ha sido suelo propicio para la creación artística en general, la poesía siempre ha sido el género literario más prolífico de las letras paraguayas. Si por "poesía actual" entendemos la producida a partir de la década del 60 (i.e., 1960-presente), entonces el entorno temporal de lo aquí incluido como "poesía paraguaya actual" abarca casi treinta años de gobierno dictatorial (dictadura de Stroessner, 1955-1989) y bastante menos, quince años, de transición democrática (1989-presente). La situación política, económica y cultural resultante, así como también las censuras y autocensuras vigentes durante dicha dictadura, han afectado significativamente, tanto en cantidad como en calidad, la producción poética interna. Los arrestos arbitrarios, la persecución ideológica y la represión política imperantes llevaron al exilio a casi un millón de paraguayos (más o menos un tercio de la población) y, entre ellos, a muchos escritores y artistas. "Debido a estos motivos", explica Giuseppe Bellini, "la literatura del Paraguay se construyó más con las aportaciones de los exiliados que con las de los escritores que vivieron en la patria" (en su Historia de la literatura hispanoamericana, 1985).
 
En efecto, los dos poetas paraguayos de mayor renombre internacional, Hérib Campos Cervera (1905-1953) y Elvio Romero (1926-2004), han escrito prácticamente toda su obra en el exilio, ambos en Buenos Aires. Considerado el poeta más importante de la promoción de 1940, Campos Cervera es también uno de los tres escritores de dicho grupo (con Josefina Plá y Augusto Roa Bastos) que mayor influencia han tenido en la literatura paraguaya contemporánea. Testigos todos –y participantes algunos– de una dolorosa guerra internacional (Guerra del Chaco, contra Bolivia, 1932-35), los integrantes del grupo del 40 comparten un mismo afán de renovación literaria a lo largo de una década difícil que desemboca en la sangrienta Revolución de 1947. El contexto vivencial de la época los obliga a tomar conciencia de la realidad nacional y la obra de estos poetas refleja una nueva conciencia crítica. Además de los cuatro ya indicados, hay que mencionar también a Oscar Ferreiro y a Hugo Rodríguez-Alcalá. Surge, con ellos, una poesía introspectiva, buceadora de lo íntimo, enraizada en el ser humano, con sus ideales, sus sueños, sus preocupaciones y sus dudas.
 
A menudo la introspección poética descubre el sufrimiento colectivo, la angustia del destierro, se vuelve solidaria y surge una poesía testimonial representativa de los valores humanos, como sucede en la obra de Campos Cervera y más adelante en la de tantos otros poetas por él influenciados. Entre estos últimos, cabe incluir en primer lugar los poemarios de Elvio Romero –Destierro y atardecer (1975) y El poeta y sus encrucijadas (1991), para dar sólo un par de ejemplos–, el poeta más conocido a nivel internacional y cuya obra es una especie de diario poético y doloroso testimonio de protesta política que capta y denuncia décadas de sufrimiento del pueblo paraguayo. En la misma línea de protesta y crítica social se ubican las obras de algunos otros escritores exiliados –como las de Rodrigo Díaz-Pérez y Rubén Bareiro Saguier, cuya Biografía de ausente (1964) es una doliente evocación poética de su patria desde el exilio– y las de varios ("exiliados de dentro", según expresión acuñada por Roa Bastos) que han permanecido en el país. Tal es el caso de obras como Paloma blanca, paloma negra (1982) de Jorge Canese, Guarania del desvelado (1979) de Carlos Villagra Marsal, Desde abajo es el viento (1970) de Luis María Martínez y las del centenar de poetas por éste incluidos en los dos volúmenes de El trino soterrado (1985-1986) que desde dentro del país y en plena dictadura osaron levantar la voz publicando sus poemas cuando el uso de la palabra podía costarles la cárcel, el destierro y hasta la vida.
 
En la década del 50 surge un grupo de poetas que aunque reconocen como maestros y líderes de la renovación poética a los de la promoción del 40, se ven privados de la influencia directa de varios de ellos (entre los que están Roa Bastos, Elvio Romero y Campos Cervera, el poeta más importante del grupo) a quienes la guerra civil de 1947 los había obligado a optar por el exilio. La mayoría de los miembros de la promoción poética del 50 –integrada, entre otros, por José-Luis Appleyard, María Luisa Artecona de Thompson, Rubén Bareiro Saguier, Rodrigo Díaz-Pérez, Ramiro Domínguez, Gustavo Gatti, José María Gómez Sanjurjo, Luis María Martínez, Ricardo Mazó, Carlos Villagra Marsal, Elsa Wiezell y Gonzalo Zubizarreta-Ugarte– cultivan también otros géneros, en particular la narrativa, y han colaborado en Alcor, una de las revistas más importante de las últimas décadas, fundada en 1955 por Rubén Bareiro Saguier y Julio César Troche. Dichos poetas fueron testigos de la violencia y el odio generados durante la sangrienta guerra civil y en sus obras, de orientación intimista y tono melancólico, predominan los temas relacionados con el amor y la muerte, la evocación de la niñez y el tiempo pasado, la angustia existencial y la nostalgia del paraíso perdido.
 
De 1960 a esta parte se perfilan varios grupos que, en mayor o menor grado, han sido fuertemente marcados por la dictadura, realidad del contexto político y cultural que les ha tocado vivir. Los integrantes de la llamada promoción del 60 (Esteban Cabañas, Miguel Angel Fernández, Francisco Pérez Maricevich y Roque Vallejos, entre otros), iniciada bajo la dirección de Josefina Plá, nacen entre 1937 y 1943, y preconizan, en general, una poesía política y socialmente significativa. Sus obras, como las de otros poetas coetáneos aunque no incluidos en la promoción del 60 (entre ellos: Ovidio Benítez Pereira, Juan Andrés Cardozo, Gladys Carmagnola, Raquel Chaves, Osvaldo González Real, Jacobo Rauskin, Mauricio Schvartzman y Rudi Torga), reflejan una aguda conciencia de los problemas político-económicos del país expresados en versos claros, simples, esenciales, y rechazan el lenguaje meramente retórico y hueco, sin relevancia humana o social. A fines de esa misma década, y dentro del marco temporal de los movimientos estudiantiles contestatarios del 68, aparece un grupo de poetas conocido como el "Grupo de Criterio" por aglutinarse en torno a la Revista Criterio (1966-1971) por ellos publicada. La mayoría de los miembros de este grupo –integrado por José Carlos Rodríguez, Adolfo Ferreiro, Juan Manuel Marcos, Emilio Pérez Chaves, René Dávalos, Nelson Roura y otros– nacen entre 1943 y 1950, son estudiantes uni-versitarios, escriben una poesía política de reivindicación social, de comunicación y amor hacia los demás, y prácticamente todos son víctimas de la represión dictatorial que causa la dispersión casi total del grupo. Agregan sus voces a las del Grupo de Criterio una serie de poetas del mismo entorno ge-neracional –Jorge Aguadé, Alicia Campos Cervera, Jorge Canese, Víctor Casartelli, Augusto Casola, Renée Ferrer, Víctor-Jacinto Flecha, Pedro Gamarra Doldán, María Eugenia Garay, Miriam Gianni, Aurelio González Canale, Guido Rodríguez Alcalá y algunos otros– que sin integrar dicho grupo, testimonian no obstante, a través de sus versos, la angustia y la esperanza de una época oscura y trágica del Paraguay contemporáneo.
 
La represión política recrudece a lo largo de los años 70 y a fines de la década aparecen las primeras obras de un grupo de poetas que comparten la triste suerte de haber nacido y crecido en las décadas del 50 y 60, en plena dictadura, y también la alegría de haber presenciado el fin de dicho régimen dictatorial y el restablecimiento democrático en su patria en 1989. Estos jóvenes poetas integran la promoción del 80 y la mayoría forma parte del "Taller de Poesía Manuel Ortiz Guerrero", creado bajo el patrocinio de la Embajada de España en Paraguay. Participan en dicho taller, entre muchos más, Mario Rubén Alvarez, Moncho Azuaga, Susy Delgado, Lisandro Cardozo, Mario Casartelli, Sabino Giménez Ortega, Jorge Gómez Rodas, Miguelángel Meza, Amanda Pedrozo, Ramón Silva y Victorio Suárez, para dar sólo los nombres de aquellos cuyas obras integran dos de los volúmenes colectivos publicados por miembros del taller: ...Y ahora la palabra (1979) y Poesía taller (1982).
 
Un fenómeno interesante de la producción poética (y también narrativa) de los últimos 20-25 años es la proliferación de voces femeninas en el panorama literario actual. Más que en ningún período anterior, se multiplican los versos de mujeres poetas, relativamente jóvenes, como Delfina Acosta, Susy Delgado, María Eugenia Garay, Lourdes Espínola, Nila López y Amanda Pedrozo, entre otras, para buscar y reclamar el lugar que saben les corresponde en el cenáculo del "Olimpo" poético al que hasta hace relativamente poco era muy difícil ingresar sin "invitación especial" o "padrinazgo" masculino.
 
En cuanto a la producción poética más reciente, en los últimos años empiezan a publicar los integrantes de la llamada "generación del 90", autores jóvenes (casi todos nacidos después de 1970) y en su mayoría poetas, aunque algunos también narradores. Varios ya han publicado uno o dos libros, entre ellos: Domingo Aguilera, María Eugenia Ayala Cantero, Esteban D. Cella, Alex Díaz de Vivar, Juan Carlos Escruc Sanabria, Erich Fischer, Iván González, Rossana Martínez Flecha, Delia Picaguá Bordón y Alberto Manuel Sisa Da Costa. Y algunos, como Mónica Laneri y Nelson Aguilera, han dado a luz, hasta la fecha, tres poemarios cada uno. También de reciente aparición son algunas obras poéticas de autores ya establecidos, aunque pertenecientes a generaciones anteriores: Tiempo (2002) de Augusto Casola, Los dioses del diluvio (2001) de Jorge Gómez Rodas, Antología Poética (2003) de Luis María Martínez, Poemas para Yula (2002) de Susana Riquelme de Bisso y El hombre de la nube (2004) de Elsa Wiezell, para dar sólo algunos títulos representativos de los publicados en lo que va del nuevo siglo y milenio.


TEATRO: SIGLO XX
 
Durante la primera mitad del siglo XX, la historia del teatro paraguayo no cuenta con muchos nombres que hayan trascendido las fronteras nacionales, con la posible excepción de Josefina Plá quien, además de ser autora y co-autora (con Roque Centurión Miranda) de varias obras teatrales, está entre los críticos que más han estudiado el teatro paraguayo. Como en otros países de Latinoamérica, razones de orden histórico-político y económico-social explican parcialmente el hecho de que el teatro haya sido, y continúe siendo, el género menos fecundo de la literatura paraguaya. En el caso específico del Paraguay, la inestabilidad política de las primeras décadas, unida a una guerra internacional (i.e., la Guerra del Chaco contra Bolivia, 1932-1935), una terrible guerra civil (i.e., la Revolución de 1947) y una de las dos dictaduras más largas que registra la historia del continente americano hasta la fecha (i.e., la del general Alfredo Stroessner, 1955-1989; la otra es la de Fidel Castro, 1959-presente), tienen un impacto negativo directo tanto en la cantidad como en la calidad de la producción teatral de este siglo.
 
Sin embargo, a lo largo de las dos décadas que preceden a la Guerra del Chaco surge un interés teatral antes inexistente y numerosos autores estrenan dramas y comedias de carácter predominantemente popular, entre ellos: Eusebio A. Lugo, Pedro Juan Caballero, Facundo Recalde y José Arturo Alsina, el más célebre del grupo. No obstante haber nacido en la Argentina, Alsina vivió en el Paraguay desde muy joven y su obra dramática es netamente nacional aunque algunas de sus piezas reflejan influencias del teatro europeo: e.g., de Ibsen en El derecho de nacer y de Pirandello en La ciudad soñada.
 
De enorme significación cultural para un país bilingüe como el Paraguay es la producción teatral de Julio Correa, autor de gran mérito e iniciador, en la década del 30, del teatro en guaraní en obras inspiradas en el contexto histórico-político de esos años, y en particular en la Guerra del Chaco. Otros representantes del teatro en guaraní de esa época son Francisco Barrios, Roque Centurión Miranda y Luis Ruffinelli.
 
Durante la segunda mitad del siglo XX y hasta el presente, entre los autores de obras más representadas, tanto dentro como fuera del país, se destacan en particular: Ernesto Báez, Mario Halley Mora, el más prolífico de este período y autor de varias piezas en "yopará" (vocablo guaraní que significa "mezclado", i.e., español y guaraní), Alcibiades González Delvalle, tal vez el dramaturgo más polémico y controversial de los años ochenta, Ovidio Benítez Pereira, José María Rivarola Matto y Julio César Troche.
 
Además de los dramaturgos ya mencionados, entre los nombres que también ocupan un lugar significativo dentro del teatro paraguayo contemporáneo deben figurar, entre otros: los autores y críticos José Luis Appleyard, Ramiro Domínguez y Ezequiel González Alsina; el gran poeta Hérib Campos Cervera, autor de Juan Hachero (1952), escrita ocho meses antes de su muerte; el escritor Efraín Enríquez Gamón; el actor, autor y ensayista Manuel E. B. Argüello; el poeta, narrador y dramaturgo Moncho Azuaga; el novelista y ensayista Félix Alvarez Sáenz; los autores y directores teatrales José Luis Ardissone y Agustín Núñez; y la dramaturga y guionista teatral Gloria Muñoz quien, con Agustín Núñez, ambos llevaran a escena en 1991 (bajo la dirección de éste y la adaptación teatral de aquélla) una versión teatral de Yo el Supremo (1974), la novela más conocida de Augusto Roa Bastos.
 
En cuanto a la producción más reciente, en los últimos catorce años (1990-2004) llegan al escenario numerosas piezas, en su mayoría breves –de temas y estilos diversos, experimentales, iconoclastas– de autores jóvenes como Héctor Micó y Mario Santander Mareco, para dar dos ejemplos, y también de autores no tan jóvenes pero que en estos años empiezan a incursionar en la escritura dramática, como es el caso, entre otros, del mismo Agustín Núñez ya antes mencionado, de la escritora Renée Ferrer, del novelista y ensayista Luis Hernáez y de Augusto Roa Bastos, el escritor más conocido de las letras paraguayas.
 
De interés particular es la aparición, en las últimas décadas, de un número significativo de autoras en la dramaturgia nacional ya que tradicionalmente la gran mayoría de piezas teatrales, con la casi única excepción de las obras de Josefina Plá, son de autoría masculina. Con la producción dramática de Edda de los Ríos, Pepa Kostianovsky y Raquel Rojas; la de las narradoras Lucy Mendonça de Spinzi y Sara Karlik; y la de Gloria Muñoz y Renée Ferrer ya antes citadas, el teatro paraguayo se enriquece temática y estructuralmente, al reflejar sus obras preocupaciones y estilos variados, y al incorporar motivos y temas relacionados con la realidad femenina actual, a tono con la dramaturgia latinoamericana contemporánea.

 
 

 

 
Editorial El Lector, Asunción-Paraguay 2004
 
 
 
 
 
 

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