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FLORENTÍN GIMÉNEZ


  ATYGUASU ÁRA (FUNCIÓN PATRONAL) - Por FLORENTÍN GIMÉNEZ


ATYGUASU ÁRA (FUNCIÓN PATRONAL) - Por FLORENTÍN GIMÉNEZ

ATYGUASU ÁRA (FUNCIÓN PATRONAL)

Por FLORENTÍN GIMÉNEZ


Mucho antes de que el folklore cobrara valor de disciplina científica, en la postrimería del siglo XVI, con la búsqueda de una nueva personalidad en el continente latinoamericano, ya revelaban significativos acopio de manifestaciones folklóricas que hoy constituyen fuentes documentales, como lo fueron captando los diversos investigadores. Las festividades regionales que tienen ciertos tintes de las tradicionales fiestas españolas, con los rasgos semejantes como las corridas de toros, los motivos religiosos o patronales en los pueblos donde van unidos los juegos, las pruebas milagrosas, los bailes, etc.

Entre las varias mutaciones de la dinámica cultural en cada comunidad popular se produce una continua asimilación de nuevos elementos, aunque siempre se produzca con ritmo lentísimo; acepta tan sólo y lo asimila de manera progresiva aquellos elementos en los que se descubre una capacidad para satisfacer necesidades colectivas del grupo, tanto de índole material como social o espiritual. En consecuencia, el fenómeno folklórico es siempre funcional, ya que se identifica con la vida material, social o espiritual de la comunidad.

Para que una transmisión de legados culturales se transforme, a lo largo del tiempo, en una tradición, se presupone la existencia del reconocimiento colectivo de su eficacia, de la reafirmación de su excelencia. Ese rasgo es uno de los más importantes y definitorios del fenómeno folklórico y hace que éste sea a un tiempo elemento procedente de un pasado determinado, prestigiado por su misma antigüedad, y también fenómeno vivo, funcional y vigente en la vida presente del pueblo.

Esta perduración indefinida suele ser secular y hasta milenaria, y se mantiene a través de pueblos, lenguas, civilizaciones y ámbitos geográficos apartados entre sí y distintos en sus rasgos físicos. El medio ambiente, el factor geográfico, no deja de ejercer su influencia sobre los fenómenos folklóricos. Todo fenómeno folklórico tiene, pues, como último rasgo definitorio, expresión regional; es geográficamente localizado, sin que queramos afirmar con esto que sea de origen o invención local.

Las distintas variantes de los cuentos folklóricos ponen de manifiesto la universalidad, no reñida con la expresión regional, de algunos de estos fenómenos; así, un mismo tema aparece en muchos países y regiones conservando su individualidad, pero presentando - en todos los casos- episodios, motivos, comparaciones, imágenes y metáforas que ponen en evidencia la impronta lugareña.

En el caso particular de las festividades paraguayas que fueran generadas dentro del proceso de reafirmación de la identidad guaraní, sus fiestas patronales, que por sus múltiples características y facetas determinantes, atraen a los creyentes pobladores más cercanos, que acuden a las mismas, a pie o a caballo, atrayendo a los músicos guitarreros, raveleros, poetas improvisadores y cantores arribeños que son fervientes animadores; estos últimos son el alma de las procesiones cuando van a la cabeza del santo, recitando y cantando durante todo el recorrido, a veces acompañados con sus guitarras y violines. En estas fiestas patronales (Atyguasu ára) se generan todos los juegos que anticipadamente coordinan los organizadores. La diversidad de estos pasatiempos surge del ingenio popular. Allí se insertan las agudezas generadas en los momentos de regocijo y luego esos mismos entretenimientos los llevan a las fiestas de San Juan (San Juan ára) y otras fiestas populares como el santo áraguasu (cumpleaños), carrerahápe y fiesta de la zafra (cosechahápe).

Entre los rasgos más habituales en todos los pueblos del país están: el Toro ñaro, el Kambuchi Jeroky (baile de las galoperas) poniéndole el marco musical la bandita hyekue; la Carrera bosa, el Paila jeheréi, el Ybyra syi, la Carrera de la sortija o Sortija jekutu, el Desfile de las carretas, burreras y mercaderas, el Toro kandil, Bandera jero dispara, los kamba ra’anga, Kaña ñemuña, Joda kai, Tatapỹiári jehasa, Kambuchi jejoka, Pelota tata, el Mbokavicho, etc., etc.

Estas fiestas pueblerinas, como ya había mencionado, tienen su origen en la diversidad de las fiestas que hasta hoy se practican con sus particularidades propias en cada región o pueblo de España y, luego de la conquista, en la etapa de transculturación, se han afincado en cada región latinoamericana, ya con nuevas perspectivas y con sus características propias.

En el Paraguay esta fiesta ritual pagano-religiosa se va transformando de acuerdo al proceso de desarrollo cultural, que sin abandonar las motivaciones que la impulsan, sin embargo, es muy notorio que la gente, para adecuarse a la modernidad, va reemplazando todos los utensilios tradicionales y, con los nuevos elementos, de mayor practicidad, va cambiando las fisonomías de las fiestas, dándole una estampa renovadora para adecuarla a las corrientes de la modernidad, como ejemplo está en la «danza de la botella», que antaño se bailaba con el kambuchi, tal objeto de la alfarería guaraní servía para ser cargado con agua fresca o aloja (refresco de agua mezclado con eirete y apepu rykue) que abundaba en las fiestas multitudinarias, hoy reemplazado por la botella, a veces con varias de ellas para una demostración de la habilidad de una de las danzarinas.

En cuanto a la práctica o la costumbre casi nada ha variado. Desde meses antes de la fecha, ya los organizadores preparan un extenso programa. En esa oportunidad ellos sacarán un buen resultado económico, que luego será revertido en mejoras de sus municipios y los pobladores de los pueblos más cercanos, en los devotos al Santo Patrono, donde llenos de fervor religioso y atraídos también por los juegos y entretenimientos que se llevan a cabo en esas fiestas populares, sus gastos servirán para resarcir las expansiones contenidas de los devotos durante largo tiempo, que una vez desahogadas en las diversas motivaciones de la fiesta patronal, volverán a sus hogares con las emociones vividas y esperar el siguiente año con la esperanza de volver a ella.

En estas celebraciones de raigambres profundamente nativas se entremezclan armoniosamente el espíritu de lo sacro y lo profano y en donde participan todos los núcleos sociales, en las que proporcionamos una visión panorámica de las diversas actividades folklóricas paraguayas donde se exaltan en forma grupal o individual los motivos característicos. Entre sus rasgos religiosos sobresalientes figuran el repique de campanas, misas y procesión, los adornos que engalanan las calles y las casas con farolitos de color, las vistosas banderolas y los arcos de follaje en la entrada del pueblo y lugares más apropiados como alrededor de la iglesia.

Entre sus rasgos oficiales predominantes, por otra parte, se preparan los palcos para las autoridades, los fuegos artificiales con cohetes y mbokavichos, los altoparlantes, el koraguasu para la corrida de toro, los muñecos para el Juda kai (la quema de Juda), el toro candil, los kamba ra’anga, la pista para el baile oficial y los bailes folklóricos, del Kambuchi o de las galoperas, los juegos y la calesita en el «parque de diversión», etc.

El pueblo en que se manifiestan y tienen vigencia los fenómenos folklóricos forma parte de una realidad social o demográfica más amplia: la sociedad civil contemporánea; es, dentro de la totalidad del pueblo, un estrato que subyace y que denominamos de idéntica manera, pero al que podemos distinguir conceptualmente de otras tendencias.

Entre los diversos rasgos tradicionales están los de mayor diversidad expresiva, como lo es la función patronal. Este hecho folklórico tiene en todo su contorno la mayor variedad de elementos característicos y para describir esos componentes espirituales es necesario desentrañar las circunstancias y actitudes de cada uno o cada grupo con la visión más aguda, detallando todas las influencias expresivas que transcurren en su desenvolvimiento diario y, una vez compartida esa vivencia, extraerlas explicaciones más acabadas de todos esos casos, los más pintorescos fenómenos que en su momento observamos a través de todas sus variedades y que sirven para comprender mejor los designios que le motivan durante esa fiesta de su santo patrono.

De acuerdo con la teoría anteriormente planteada, cada actitud que asumen cotidianamente los seres humanos traduce todas las particularidades de su costumbre, sean ellas a través de su expresión oral, su comportamiento físico, su adecuación geográfica, su forma de alimentación, sus manifestaciones espirituales, su expresión musical y poética, etc., que siempre están reflejadas en su diario andar.

Así percibimos al rastrear el pasado cómo, antes y después del inicio de esas fiestas populares multitudinarias de carácter pagano-religiosa que tienen una duración de tres días seguidos, los entusiasmados viajeros van para cumplir con el santo patrono e inclusive, en esas fiestas, resarcirse del tiempo dedicado a tantos sacrificios en su lucha diaria para el sustento. Allí podrán compartir gozosamente con los lugareños o gente del pueblo que, a su vez, cada año se esmera por cumplir una misión altamente vivificante tanto como devotos creyentes o como servidores en la complicada organización de todos los actos ya programados.

Para describir minuciosamente los cuadros más peculiares en el discurrir diario de la gente, trataré de relatar los que con el correr de los años he podido anotar, a más de los que pude rescatar de los comentarios diversos que a veces son singulares de acuerdo a la región o pueblo donde se han cultivado esas costumbres, con pequeñas diferencias entre sí, pero en el fondo son similares.

Pues remontémonos con nuestra imaginación hacia aquellas festividades ancestrales y veremos que al aproximarse la fecha del santo patrono, cómo esos seres poseídos por una rara fascinación religiosa, para resistirse a la decadencia de los hábitos esenciales seguían practicando, inmensamente entusiasmados, esos hechos del pasado. Para simbolizarlo, escogeremos uno de los pueblos del interior, como ser San Juan de Misiones, para identificarlo luego como la función patronal del pueblo de San Juan.

Usualmente, dos días antes de la fecha ya se vive el ambiente psicológico, ya se murmuran entre la gente los episodios más relevantes, ya se empieza a adornar la casa, se preparan los lugares apropiados para los juegos o entretenimientos, el koráguasu (ruedo) para el toro ñaró, el palco oficial, espació para la calesita y los juegos de azar; para la venta de artesanías, los comedores, los negocios más variados, los ornamentos necesarios para la procesión y el acicalamiento del interior de la iglesia y sus alrededores.

Poco a poco ya empezarán a llegar los que traen en sus carretas las piezas de la calesita y los juegos de azar, los que vienen para explotar los lugares asignados para los comercios con sus mercaderías de todo tipo, aquellas que utilizarán los espacios de venta de los comestibles, donde se cocinan los más variados platos, para lo cual ya traen sus novillos, cabras, ovejas, cerdos y gallinas en pie, y esto se explica ya que antiguamente no existían medios para conservar la carne, leche y huevos; los mercantes tenían que traer en grandes pajareras sus gallinas y en manada para faenarlas en el mismo sitio de sus negocios, y estos sacrificios creaban toda clase de conflictos durante esos días, creando disgustos de orden sanitario, muchos ruidos de los animales durante la noche y el día, y todo esto, comúnmente, iba creando un ambiente de hacinamiento dentro de la plaza donde se realiza la fiesta.

Para ir generando la originalidad de esa fiesta guasu (grande), esos emblemáticos carreteros, que generalmente venían de lejos, entre caminos fangosos y polvorientos, cuando aún no existían rutas, en el trayecto tropezaban con infinidades de percances. Cada carreta traía adentro los animales menores y atados a la misma los de a pie para ser carneados en los días de la función, y junto a esos animales iban muy incómodos las mujeres y los niños, las que, en su travesía, muchas veces se quedaban trancadas en los esteros o los caminos fangosos, por lo que, ya conociendo esas dificultades, salían de sus casas con mucha antelación.

En esos desplazamientos también se enfrentaban a muchas dificultades que se presentaban durante el largo viaje, pues siempre ocurría lo inesperado, la enfermedad de alguno de la familia, el desperfecto de las carretas o la pérdida de algunos bueyes; entonces, en la oscuridad de la noche los padres buscaban a los chicos, gritaban nombrándolos con sus apodos, y así podemos rescatar otra particularidad muy común en la costumbre en el ámbito de los paraguayos, o sea, donde creo que son diferentes a los seres de otros países, como ocurre con el lunfardo porteño por ejemplo, que sirve para deformar las palabras en las frases como: «Arriba en la mesa del feca», «Ahora chamuyo yo» o «Desde aquí ajoba, en la same de mi saca».

El paraguayo tiene una particularidad diferente para variar y acortar los nombres propios dé las personas, como también varía al mezclar las dos lenguas: el guaraní y el español; dice por ejemplo, al llamar a esos chicos que se pierden de los padres durante la noche: ¡Laku! por De la Cruz, ¡Kaye! por Cayetano, ¡Te’o!! por Teodoro, ¡Fortu!! por Fortunato, como así también mezclan las dos lenguas para decir Kavaju al caballo o kavara a la cabra, hechos que naturalmente tienen su explicación pero que ahora no vienen al caso.

Es también curioso y muy particular el escuchar habitualmente a los carreteros cuando en las madrugadas, teniendo enfrente el último reflejo de la luna y las estrellas, para guiar a sus bueyes con la picana en la mano, les va gritando: ¡Lucerooo!, ¡Jasyyy!, ¡Hokooo!, ¡Guapooo!, etc. Muchos creadores musicales se han inspirado en estas pinceladas folklóricas que al pasar los años contribuyeron a la inmutabilidad de las tradiciones.

Así, aposentándonos ya en el «Atyguasu ára» o función patronal, notamos que ya están preparados todos los detalles y se puede observar que desde la madrugada van llegando a pie, sobre caballo o en carreta, los peregrinantes. Ellos irán ocupando los puestos que les han asignado para su estancia durante la duración de la fiesta. Los comedores donde se servirán las comidas típicas como: So’o apu’a, Chícharo trenzado, la sopa paraguaya y el chipa guasu, el payagua mascada, chipa kabure, Kure juity, mbeju, ryguasu ka’é, borí borí de gallina, soyo y para el postre el mbaipy he’ẽ, kaguijy eírare, kosereva, kiveve, eirá jesure, etc. Las que desde esos puestos serán ofrecidas a viva voz, ya sea por las cocineras o los dueños de esos típicos negocios.

Pues remontémonos con nuestra imaginación hacia aquellas festividades ancestrales y veremos que se las tiene en cuenta al aproximarse la fecha del santo patrono; como ejemplo escogemos uno de esos pueblos inmensamente religiosos, que como ya dijimos, podría ser San Juan de Misiones, o sea, la función patronal del pueblo de San Juan.

Para esa fecha los chicos se afanaban por participar en los entretenimientos más originales y desde mucho tiempo antes iban a los campos a segar kapi’i pytá (paja) para el patrono del fuego, ¡chake San Juan, chake San Juan!! gritaban alborozados corriendo con el mazo de paja encendida y persiguiéndose unos a otros.

Las niñas, en cambio, más afectivas y románticas, se dedicaban a las famosas «pruebas» de San Juan, que creían le acercaban al futuro. Muchas de las pruebas todavía persisten y son muy practicadas en las campiñas o los pueblos del interior. Las casaderas prueban su suerte con un recipiente plano con agua y vela encendida. Ese mediodía se debe hacer gotear la vela veinticuatro veces. Las gotas se juntarán y formarán una inicial. ¿Será la de Manuel, Nicasio, Enrique, Mamerto, Andrés, Albino, Toribio...?

También es muy divertido el juego del gallito ciego, donde participan todas las solteras que deseen probar suerte. Para esto se coloca sobre una mesa grande distribuyéndose en forma separada una llave, un anillo, una tijera y un rosario. A la primera que se dispone se le cubren los ojos con un pañuelo oscuro, dándole varias vueltas a fin de que la participante tome el rumbo que le indique el lugar de la mesa. Los «mirones» entusiasmados gritan «frío, frío, caliente, caliente». Si toma la tijera, la joven se dedicará a la costura; si es el anillo, obviamente le aguarda casamiento; en el caso de ser el rosario, se quedará a «vestir santo» (se aludía a las solteronas); y si fuera la llave, es que algún día tendrá mucho dinero.

Otras solteronas, al amanecer, solían ir al portón a esperar que pasara un joven para preguntarle su nombre. Ellas no se escandalizaban cuando les decían: Serapio, Rudecindo, Teodoro, Eleuterio, Prudencio, Timoteo, Esculapio... porque cualquiera de estos nombres estaba «de moda» en aquel entonces. Emocionadas traspasaban el umbral, corriendo, contando el nombre de quien sería su futuro marido.

 

 

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Por FLORENTÍN GIMENEZ

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