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MAURICIO CARDOZO OCAMPO


  LA LEYENDA DEL KARÁŨ (Recopilador y arreglista: MAURICIO CARDOZO OCAMPO)


LA LEYENDA DEL KARÁŨ (Recopilador y arreglista: MAURICIO CARDOZO OCAMPO)
 

LA LEYENDA DEL KARÁŨ

LUTO PERPETUO POR LA MADRE

Autor: ANÓNIMO

Recopilador y arreglista: MAURICIO CARDOZO OCAMPO

 

 

LA LEYENDA DEL KARÁŨ

 

Las expresiones del folclore, en su sentido originario -de acuerdo a los atributos que le confirió el arqueólogo inglés WILLIAMS JOHN THOMS a mediados del siglo XIX- llevan en sí la condición de anónimas. Sus iniciadores se pierden en la bruma del tiempo y no hay registro alguno que los pueda identificar.

En el contexto en el que vivió, es lógico que fuera así: era una sociedad por adelantada que fuera para su época- donde lo oral ocupaba un sitio de honor. Inglaterra, dueña de una larga tradición, conservaba su historia en la memoria de sus hijos. Era imposible saber las raíces de sus costumbres y tradiciones. Tampoco se le podía conceder paternidad a lo que era una creación colectiva amoldada en el curso del tiempo.

En nuestro país, los estudiosos de los conocimientos populares -PAULO DE CARVALHO NETO, DIONISIO GONZÁLEZ TORRES, MAURICIO CARDOZO OCAMPO y otros- coinciden en mantener la ausencia de autores identificados sobre todo en lo que atañe a las canciones, tengan o no letras, como una de las características de lo folclórico.

Desde esa perspectiva hay un corpus de obras musicales que pertenecen a lo que con toda propiedad se llama folclore. Una de ellas es LA LEYENDA DEL KARÁŨ que toma una forma de compuesto para cumplir con su objetivo de relatar una leyenda con moraleja.

Lo que narra el anónimo autor es el episodio de un hijo que, ante la grave enfermedad de su madre, sale de su casa para buscar un médico o alguien que auxilie a su progenitora. El joven, sin embargo, olvida la urgencia que le había puesto en el camino, encuentra un baile y se queda bailando toda la noche con una dama.

Ya a la madrugada, un amigo le trae la noticia de que su mamá había muerto. Karáũ, como toda respuesta, sigue bailando con la moza a la que había echado ojo. Total -argumentó- hay tiempo para llorar.

La mujer le dice que su casa está más allá del estero y que si algo siente por ella, cruce el pirizal, moje sus pies en el agua y llegue hasta su morada. Tupã, como castigo por su insensibilidad, le convierte en un pájaro pardusco que hasta ahora sigue derramando lágrimas por quien la trajo al mundo. "Su voz clara, fuerte y agria dice su nombre no solo de día sino también de noche y se le oye desde muy lejos", describe CARLOS GATTI (1) señalando que el color del ave es "pardo-oscuro" con algún desliz de blanco.

Pues bien, el escritor tomó esa historia y, de acuerdo a su propia percepción, escribió un compuesto. MAURICIO CARDOZO OCAMPO (2) recopiló y arregló la composición que afirma haberla escuchado ya en la infancia. "Según nuestro literato JUSTO PASTOR BENÍTEZ, este compuesto pertenece a JOSÉ DE LA CRUZ AYALA (ALÓN), inspirado en la antigua leyenda guaraní. La recopilación de la melodía con que se cantaba obra en el Archivo del Departamento Folklórico de la Dirección General de Turismo y es la versión que escuchábamos desde niño; sin embargo, el cantor SAMUEL AGUAYO la grabó en discos Víctor RCA allá por el año 1930 con la dulce melodía de FELIPA MARECO que conocemos como COLORADO RETÃ", menciona el músico y estudioso del folclore mencionado. La afirmación de la autoría de Alón, sin embargo, no está respaldada por prueba documental alguna.

 

 

(1) Gatti, Carlos. Enciclopedia guaraní-castellano de ciencias naturales y conocimientos paraguayos. Asunción, Arte Nuevo Editores, 1985. Pág. 73.

(2) Cardozo Ocampo, Mauricio. (Mis bodas de oro con el Folklore paraguayo (Memorias de un Pvchái). Asunción, 1972. Pág. 228.

 

 

LA LEYENDA DEL KARÁŨ

 

Amigos y camaradas

a todos les suelo amar

voy a contarles el suceso

del desgraciado Karáũ.

 

Estando la madre enferma

remedio salió a buscar

llegó a una concurrencia

y de allí no pudo pasar.

 

Bailaba toda la noche

con la dama más mejor

y a todos les encargaba

que no desprecie su amor.

 

 

Bailando estaba la polca

se puso a zapatear

cuando un amigo suyo

así le vino a hablar:

 

"Dispense amigo Karáũ

anive rejeroky

aru ndéve la noticia

omanohague nde sy".

 

"No importa mi buen amigo

el baile no he de dejar

omanóva ja'omanóma

hay tiempo para llorar".

 

Karáũ continuó bailando

vio que brillaba la aurora

y le dijo a su damita:

"Mamoitépa oime nde róga".

 

La dama le respondió:

"Che róga oime mombyry

rehosérõ che visitávo

tereho ehecha nde sy".

 

Karáũ contestó la palabra

de todos se despidió

y salió de allí llorando:

"Mi madre ya falleció".

 

"Ma'erã piko raka'e

fárrare che akãhãtã

anicheve ajeroky

más que ajahe'o tapia".

 

Karáũpe ndaipóri remedio

okrusa mante el estero

ha upépente omoĩma

para siempre luto entero.

 

Autor: ANÓNIMO

Recopilador y arreglista: MAURICIO CARDOZO OCAMPO

 

 

 

 

ESCUCHE EN VIVO / LISTEN ONLINE:

 

LA LEYENDA DEL KARÁŨ

 

 

Intérprete:  OSCAR PÉREZ

 

 

 

 

 

 

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Fuente / Enlace:

LAS VOCES DE LA MEMORIA
HISTORIAS DE CANCIONES POPULARES PARAGUAYAS - TOMO X
Autor y ©: MARIO RUBÉN ÁLVAREZ
Edición del autor y Julián Navarro Vera
Dibujo de tapa: ENZO PERTILE
Diseño de tapa: MANUEL MORÍNIGO
Editora Litocolor S.R.L.
Asunción-Paraguay 2009

 

 

 

 

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OBRAS DE JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO

**/**

 

 

FINANCIERO DEL MERCADO GUAZÚ

 

 

El Mercado Guazú era un gran centro de atracción turística. Los porteños venían con sus máquinas a fotografiar burreritas. Las paraban, las ponían elegantes con su cigarro poguasu en la comisura de los labios, les componían el ángulo del manto negro y del paraguas para que no quitasen luz, y hasta lograban el interés del pensativo burro. Algunas que se sentían disminuidas por estas impertinencias, se negaban a ponerse en pose, o en el momento de apretar el disparador soltaban un escupitajo tipo catarata con neblinas e irisados.

Como en todo negocio formado en muchedumbre, se criaban los traficantes que sacaban provecho financiando el menudeo. Había uno de estos, famoso en el ambiente, llamado don Nicario, a quien decían -no sé con qué intención- don Sicario. Era un vejete seco y entrazado como una cecina, que tenía su escritorio en un reducto de cajones, que era su Casa Matriz. Otorgaba financiaciones al interés corriente del 10% por día, y si descubría sobreriesgos, llegaba al 15, al 20, ó más. Se pasaba el día y la noche merodeando el mercado para olfatear el curso de sus complicadas inversiones; si veía que un montón de yuyos corriales o purgantes no disminuía con proporcionada rapidez al transcurso de las horas, empezaba a maquinar precauciones para evitar los efectos de la falencia o fuga del implicado; si la carga de mandioca o naranja salía de prisa, se solazaba con la bondad del adelanto. Era hombre duro; totalmente inútil salirle con el cuento de las enfermedades y las defunciones de la parentela. Para él había una sola serie de razones: la comisión, el interés, el pago, la garantía y la ganancia. Con decir que tenía un loro que no se llamaba Pancho, ni Perico, como todos los del género, sino "Retroventa", con personalidad. Que no decía: "¡Buen Día!", al ver entrar la gente, sino "¡Ponete al día!"; repetía el estribillo de un tango de moda, pero en vez de "sufra y no llore", estaba programado para hacer oír: "Pague y no llore". ¡qué organización! Tenía un perrazo que no se llamaba Napoleón o Sultán, como estilan los canes de enjundia, sino "Cara de Perro", para que el visitante se hiciera cargo. Tenía una gallina que al poner gritaba: "¡Ja, ja, ja!, ¡te salvaste un huevo!, ¡te salvaste un huevo!, ¡ja, ja, ja!, ¡te salvaste un huevo!, mientras batía las alas con servil cortesanía. Su gato le pagaba alquiler por hospedar en casa: una rata por día. La mitad se la comía el michino, la otra se la daba al perro. Era un expoliado aparcero.

Contaban que tenía un procurador que había estudiado derecho para regenerarse, en la cárcel pública. Tan consustanciado estaba con el gobierno, y sus persuasivos recursos, que jamás compraba un papel sellado: daba un puñetazo a un pliego cualquiera, y de sus íntimas fibras surgían los estigmas de la imposición y la tragada fiscal. Este ciudadano, cuando iba a ver al juez, no usaba el honesto portafolio, sino usurpaba un ambiguo uniforme guerrero que le justificaba botas, espuelas, y un enorme sable de caballería que arrastraba por el piso como arado de reja. Para hacer una petición disponía su impedimenta sobre el despacho de S.S., y con atildamiento le decía: "Como entiendo poco, vengo a pedirle que me aclare el caso, Sr. Juez", con lo cual persuadía al comprensivo magistrado que se ingeniase en buscarle adecuados incisos en la ley.

Don Sicario diversificaba inversiones como base para balancear riesgos. Había desarrollado con riguroso sentido comercial una cadena de cañerías, que explotaba con puntilloso cuidado. Para aclarar, debo decir que como entonces el whisky no había sido santificado por el contrabando, las hoy llamadas whiskerías eran conocidas como folklóricas cañerías, aunque el vulgo ordinario y mal hablado le pusiese otros depresivos nombres. El negocio estaba montado para satisfacer diversos estratos sociales: servicio con cama, sábana y funda, quince pesos: sin sábana ni funda, diez pesos; pirí en el piso, cinco pesos; parados, dos pesos.

 

También había fundado la primera cadena de tereré shops, de que se tenga noticias. Dispuso en gradas de la Recoba, y en bancos de la tumultuaria Plaza Independencia, unos pares de latas de agua con hielo, y otras a temperatura natural, para refrigerio de sedientos y poco capacitados. A dos pesos se servía un recipiente de agua helada de dos litros con yerba en jarro, y bombilla de lata. A tres pesos con refresco de yuyos. Se reconocía una adecuada bonificación a favor de los desvalidos que aceptaban yerba usada, así como en pro de los menguados de incisivos quienes ahorraban utensilios al no mordisquear la bombilla, ¡maldita costumbre!

 

Como se proponía firmemente conservar y gozar de sus bienes después de fallecido, los consejos de abogados y escribanos le eran gravosos e inservibles. Buscó el asesoramiento de un su par a quien aborrecía por la competencia, y de quien desconfiaba, pero con profesional respeto. Concertó una cita. Acudió al encuentro al cerrar la noche - la discreción está en el alma financiera -y después de verse mirado y sopesado por rendijas y agujeros, escuchó apreciativamente el removido de los fierros, cerrojos y cadenas que guardaban la puerta inexpugnable.

 

Llevóle el huésped aun ascético despacho alumbrado por una vela, y al enterarse de que no venía por negocios lucrativos, sino por inquietantes problemas físicometafísicos, sabiendo que sería comprendido, dijo: "Economicemos". De un soplo apagó la lumbre quedando a obscuras. Ambos, silenciosamente, se bajaron los pantalones y calzoncillos antes de tomar asiento, para no desgastar inútilmente los fondillos contra silla y nalgas.

 

Planteada la cuestión, como no atinaban con solución alguna, optaron por un hermético silencio por un par de horas. Al fin, cuando se hubieron satisfecho de ahorrar palabras, arrojándolas en sus respectivas alcancías de mutismo, aprovecharon el paso de un farol callejero para despedirse, reponiéndose los pantalones. Puesto que ambos repelían dar lo que fuere, no se pasaron la mano, ni rompieron la mudez con improductivas expresiones de deseos, sino se despidieron a la japonesa con una sola reverencia de concisa sobriedad, pues harto sabían que el ser locuaz, es de ratonil deudor; parco, de imponente acreedor.

 

 

**/**

LA TURBULENTA PLAZA INDEPENDENCIA.

 

En aquellos tiempos pasaba horas contemplando fascinado la reproducción de la estatua de Carli, importada de París, que enseña la impotencia de la fuerza bruta contra la inalterable serenidad del espíritu.

 

Nota: La Plaza Independencia primitivamente se llamaba simplemente "La Plaza ", después, Plaza Constitución. Luego pasó a formar parte de las cuatro manzanas que constituyeron la Plaza de los Héroes. Actualmente cada plaza tiene una denominación diferente.

 

Una tía vieja muy capaz en historias patrióticas me repetía mirando a lo lejos con sus grandes ojos azules, fatigados de ver pobreza, que aquel ángel con su apostura inconmovible representaba al Paraguay, y que el musculoso gigante que trataba de tumbarlo, el poder ineficaz de los aliados que le habían traído la guerra. Me pasaba rodeando la estatua, tratando de descifrarlas paradojas de su significado, referidas a los hechos que conocía como una llaga ambulante que estaba en todo lo que mirase, cristal manchado de lentes vencidos. Las arruinadas calles, las desnudas casas, la indigente escuela, la gente toda tenía en un pedazo inmediato al corazón un hondo residuo de amargas penas, que afloraba en la palabra, el canto, y una vencedora apatía. Pero quedaba el ángel inamovible enseñando arriba el mar de 'las estrellas, donde navega a luz lo humanamente abstracto y absoluto, con las velas morales del osado pensamiento. Mucho tiempo pasé haciendo preguntas inconscientes, como las que inspiran la enigmática sonrisa de la Gran Esfinge, desde la profundidad del tiempo, a la Gioconda, por esa grieta visible del oculto sentimiento, o los mansos horizontes que nacen mu-riendo al atardecer. Estas son las obras de arte que día y noche actúan dilatando la dimensión del hombre. Tal vez por ello, al pie de esa estatua, sobre las gradas que hacen su pedestal, el pueblo depositó una cajita de plata llena de fortuitas gemas, de eso que se llama la libertad. Por horas sucesivos oradores las sacaban a relucir diciendo sus verdades, mistificaciones o simples disparates, ante un público paciente, interesado y alguna vez enardecido, que se detenía generalmente de paso a escuchar florilegios verbales que les interesaban, y comprendían menos que más, más o menos.

 

Entonces existía el convencimiento que del "choque de las ideas nace la luz", y que "hablando se entiende la gente". No se había observado que "los simios viven en paz porque no hablan".

 

Aunque había unos cuantos que usaban la tribuna con particular intención política, vengo a creer que la oratoria era más pose, más búsqueda de lucimiento, integración de personalidad. Un anarquismo ingenuamente libertario, que proclamaba nada menos que la abolición del estado, trataba de buscar cualquier bandera para su expresión, y el ejercicio de la verba. Protesta, cuestiones sociales, antimilitarismo, lopizmo y antilopizmo, catolicismo y anticatolicismo, anticlericalismo, agnosticismo, y aun los heroicos discursos pacíficos del Ejército de Salvación.

 

Había uno de estos oradores que leía los libros no para enterarse de su contenido, sino para buscar frases para sus citas. Al magnánimo Víctor Hugo le hacían decir el pro, y el contra de cualquier cosa; Vargas Vila estaba siempre a mano como una

Biblia, Lamartine, Marat, Dantón, Robespierre, eran traídos y llevados de las pelucas o levitas, sin olvidar a Cicerón, Demóstenes, Castelar y otros famosos verbadores. Como nadie iba a controlar las citas, todo era cuestión de atreverse y zampar.

 

Una tarde alguien descubrió a Bakunín, el conocido anarquista ruso, y desde que trepó a la tribuna, sin sacarse el sombrero en señal de rebeldía, se puso a citarlo y a repetir frases en su nombre. No había quien conociese al personaje, aun cuan-do el nombre fuese redondo y sonoro. La audiencia respetuosa se dejaba abrumar. De pronto un atrevido, preguntó: "Pero, ¿quién es Bakunin?" El interrogado vaciló un segundo, pero reaccionando con audacia genial, replicó: "Bakunin, señores, es un gran sabio francés descubridor de la vacunaaaa!", y no bajó el crescendo de la voz, ni abatió el brazo guiado por la rigidez del dedo, hasta ver totalmente dominado el auditorio.

 

Para tener un mejor derecho al uso de la palabra, además del chambergo alerudo de reminiscencias mosqueteras, había que usar corbata de moño bohemio. La rúbrica del buen porte era la tenencia de bastón, y lo supremo, una capa negra de ancho vuelo. En realidad, un individuo de capa y bastón, adquiría tanta superioridad que podía vestir igual en verano e invierno, y aun decir cualquier cosa. Estaba consagrado como intelectual y poeta.

 

No se crea que todas las reuniones tenían un desarrollo académico. Las disputas doctrinarias, aun cuando se hiciesen a nombre de Aristóteles, Platón o Sacco y Vancetti, algunas veces se trasladaban a niveles de tongazos, que así se usaban los puños, con el dedo mayor sobresalido en ángulo agresivo, o a bastonazos, modo elegante del vil garrote.

 

Uno de los temas frecuentemente tratados era el anticlericalismo y la terminante reprobación de la Iglesia a la masonería. Yo creía que los masones tenían cuando menos rabo, y eran todos chuecos. Una vez estos herejes importaron de Chile a un sacerdote apóstata que no sólo había colgado la sotana, sino que prometía revelar los secretos de los conventos en públicas conferencias sabrosamente escandalosas. Claro, el lugar elegido fue la Plaza Independencia, y allá se fueron todos los maliciosos que esperaban oír reproducidos y aumentados los cuentos de il Bocaccio con la sal del entonces prohibido, Arcipreste de Hita.

 

Pero la Iglesia también se aprestaba al combate; días antes de que llegara el satánico, desde todos los púlpitos se tronaba, y los alarmados feligreses creían que tendríamos un auténtico embajador de Satanás. Además de eso, organizó diversas fuerzas de choque. Alumnos de los colegios religiosos, y simpatizantes, habían de ir en rigurosa formación a meter bulla para evitar que las palabras se oyesen, ya que; entonces se usaba como altavoces los simples pulmones, o a lo más, bocinas de latón.

 

"¡A-de-lan-te, Cris-to Rey!", gritaban rítmicamente los muchachos, o "¡Cris-to Rey, o-tro gol!", "¡Cris-to Rey tu pa-pá!", cubriendo así las infames palabras del disertante. Pero éste era un hábil corcel de guerra, y ayudado por el demonio lograba deslizar párrafos enteros en los oídos y alma del público.

 

 

"¡Chu-pa-ci-rios!","¡Tra-gaos-tias!" "¡Silencio, Cristo Rey, respete al orador!", gritaba alguno, o "¡Cambió de entre-nador, Cristo Rey!"; ¡qué sacrílega falta de respeto!

 

Uno de los adolescentes que estaba en la formación, empezó a sentir los apremios de Lucifer, y en lugar de gritar trataba de escuchar con creciente interés las mentiras del renegado. La vez siguiente, que ya no vino con el colegio por razones desconocidas, ay, se allegó solo. Veneno derretido se le metía en la conciencia. No pudo dormir, y el día posterior eludiendo la comunión - primer error - para no confesarse, se puso en cruz ante la imagen del Salvador, y le rogó: "Oh, Dios mío, ayúdame, te pido tu colaboración contra la terrible tentación del demonio que me quiere hacer afiliara su partido". La otra tarde volvió a la conferencia, y la otra, y otra, hasta que vencidas las resistencias de su atribulado espíritu, firmó la papeleta roja.

 

Poco después cuando fue convocado al sagrado sacramento de la confesión, se negó en redondo, aduciendo discrepancias. Escandalizados  le dijeron que eso era intolerable. Se justificó alegando que ardientemente había pedido ayuda al Cielo, y que éste no le había enviado ni un monaguillo de segunda para luchar a su lado en sus dramáticas agonías. Cuando menos, no se le pudo acusar de bajo oportunismo, pues en aquella buena época, el malo era un pobre diablo que militaba en la maltratada e indigente oposición; el otro bando -con toda justicia- gozaba y abusaba de los arrogantes y despóticos privilegios del poder.

 

Plaza Independencia, o como quiera hoy te llames, cuando paso bajo tu umbría arboleda, el viento me susurra sones de sentimentales marsellesas, por venir acaso de saltarinas burbujas, desvanecidas, del champaña de la libertad.

**/**

 

Fuente:

LA BELLE EPOQUE Y OTRAS HODAS

Obras de  JOSÉ MARÍA RIVAROLA MATTO

(BIBLIOTECA POPULAR DE AUTORES PARAGUAYOS Nº 14)

© de esta edición Editorial El Lector /

© de la introducción Francisco Pérez-Maricevich

ABC COLOR y Editorial El Lector,

Asunción-Paraguay 2006 (103 páginas)

 

 

 

 

 

 

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