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JOSÉ PÉREZ REYES


  CLONSONANTE, 2007 - Cuentos de JOSÉ PÉREZ REYES


CLONSONANTE, 2007 - Cuentos de JOSÉ PÉREZ REYES

CLONSONANTE


Cuentos de JOSÉ PÉREZ REYES


Arandurã Editorial,


Asunción-Paraguay 2007


(117 páginas)



 
 
 
 
PRÓLOGO
 
PIGMENTACIÓN ESTÉTICA QUE BUSCA

ROMPER LA DISPOSICIÓN TRADICIONAL
 
 
 
José Pérez Reyes pertenece a la nueva generación de narradores paraguayos y ha sido elegido por el jurado de "Bogotá 39" como uno de los más sobresalientes escritores jóvenes de América Latina. El autor surge hoy para impregnar de radiación su renovado perfil estilístico que promueve una condición heterogénea de contar en nuestra literatura. El libro aparece estimulado por el sello de Editorial Arandurã, baluarte en la promoción de los jóvenes escritores paraguayos. Sin lugar a dudas, esta reciente producción llamará la atención por la amalgama de recursos que utiliza el narrador. En ese contexto, se puede decir que en CLONSONANTE sobresale desde las primeras páginas hasta el final un diáfano tratamiento en el influjo de temas que perfilan situaciones y forjan las duras rutinas de nuestros días.
 
Instantáneamente, al leer el libro uno se da cuenta que la intención del autor enfila hacia la pigmentación estética en casi una docena de cuentos que buscan romper la disposición tradicional y ensanchar toda su ramificación mediante la incorporación de un lenguaje que exhala en sus fragmentos oníricas fajas de luz, sembradíos de laberintos, y esperanzas destiladas dentro de un universo complejo y muchas veces incierto a causa de designios incognoscibles.
 
En el libro, la voz del narrador recrea espacios generalmente castigados y retenidos en el tiempo. Un patio, una combinación de huellas y picos de vientos cálidos madrugan puntualmente en la visión estricta del narrador. En ese sentido, es posible apreciar múltiples cuadros que juegan en transición hacia equinoccios ignotos donde el planteamiento temático se desdobla, aunque mantiene su equilibrio y fija su pista en cada relato. Aquel "Estoy de pie entre las sombras de la oscura calle y observo mi ventana, allí nací. Las luces están encendidas. Otra gente se mueve a su alrededor... ", de Gregory Corso, aparece como una nostalgia profunda en algunos cuentos henchidos de magia regresiva e intensa.
 
José Pérez Reyes plasma cuidadosamente la exploración en los retoños esenciales de un período que selló en sus membranas algún vuelo ahumado de pájaro o la desmantelada alborada de momentos constreñidos aún en su alma. El autor enfrenta ciertos desafíos en sus cuentos pero con gran fidelidad controla los rincones de su propio enunciado y se suelta con oficio en la tarea de escribir. Es decir, José Pérez Reyes tiene la hoja de ruta en sus manos y sabe hacia dónde se traslada inexorablemente. A lo largo del libro, el tópico de actualidad no escapa de la óptica del cuentista, en narraciones reveladoras nos presenta un influjo seriado de escenarios donde el ser humano ocupa los más amplios espacios. Entonces las impresiones se suceden a alta velocidad haciendo uso de cierta esencia sistemática para cumplir su cometido.
 
Los avatares del hombre urbano de nuestros días pueden verse retratados en CLONSONANTE. No se trata de una simple aproximación a elementos sociales, pues el autor va más allá al revelar la enmarañada contextura que aturde a nuestra sociedad, cada vez más convulsionada y aprisionada por enérgicas señales tecnológicas.
 
Un celular, un chip, una computadora, la soledad, la infancia, los sueños y las regresiones nos hacen ver con lentes exactos la catadura de un tiempo vulnerado por grandiosas y antagónicas diferencias. A veces la opaca ternura de un recuerdo no significa nada, sin embargo, nomenclaturas teñidas de añoranzas reinventan vuelos para rescatar luces lejanas, imágenes que fueron y que de repente aparecen en la nostalgia marcada por José Pérez Reyes.
 
En CLONSONANTE no varía solamente la observación del narrador que recurre a la vivisección, se alterna sí la experiencia de un escritor que encuentra el lado justo para estacionar su buena expresión y el alcance poético necesario que nos ayuda a distinguir una orilla cargada de fulguraciones al desprender sus poros creativos. En ese sentido, Pérez Reyes rotula una tendencia interesante al separarse de lo innecesario a fin de acercarse a lo conciso. Y no es para menos, pues indaga en la escala de luminiscencia que se encumbra en el texto asignando ideas y normas que luego pasan a estampar en la escritura un grado de profesionalismo que tanta falta hace a las letras de nuestro país. Con esto vemos que escribir es un oficio exigente.
CLONSONANTE se debe recibir con mucho entusiasmo por los logros contenidos en sus páginas y también por el valor simbólico que impele a todos los planteamientos narrativos de tono adecuadamente urbano que nos ofrece. Es imprescindible recalcar que el libro encierra una invención hermosamente compacta, no insinúa en ningún momento la dilatada expresión para obtener lo que prefiere. Pocos personajes, eficacia de la expresión en primera y segunda persona, y escasamente la tercera van progresando a lo largo de CLONSONANTE. En todo momento es apreciable el paralelismo de los cuentos, conste que algunos, en rigor, resultan sumamente consumados como modelos de narración. La tecnología como contrapartida de identidad para el ser humano desamparado que se resigna a un cheque dorado y tiene que terminar adaptándose a circunstancias que lo minusvaloran plantea una situación dramática. Vida, existencias menguadas, evidencias remotas y sentido de pertenencia corroboran su plenitud en la lucidez creativa de José Pérez Reyes, quien vuelve a confirmar su estilo y calidad literaria.

Julio de 2007

**/**
 
 
ÍNDICE
Prólogo
·         Concilio
·         La galería
·         Clonsonante
·         Crimen espejado
·         Un rostro en el camino
·         Ida y vuelta
·         La bengala

·         CHADICTO
(Incluido en la REVISTA DEL PEN CLUB Nº 20 - 2011)
·         El cerro y el tren
·         Relofixión
·         Roja boca abierta
·          Anclaura
 

 
CLONSONANTE

En el ascensor espejado siempre hay tiempo para arreglarse la corbata. El licenciado en Comunicaciones Lucas Aguirre, al aprovechar la ocasión brin dada por el espejo, se fijó si el nudo estaba bien hecho. Bajaba de un rápido y solitario desayuno en su departamento y estaba listo para enfrentar otra ardua jornada laboral en la agencia publicitaria.

Al abrirse el ascensor en la planta baja del edificio donde vivía desde el año pasado, se encontró con el portero, que estaba barriendo la entrada en un estado cercano al sonambulismo, quien al verlo detuvo su escoba vieja para renovar su habitual saludo: "¡Buen día, señor Lucas, que tengas una excelente jornada!".

Cuando el licenciado quiso responderle cortésmente no le salió la voz, iba a decir la primera palabra del día, quizás por eso no le brotaba la voz por hallarse aún sumida en las cavernas del sueño. Se alejó simulando ronquera para no ofender al portero, pero ni tan siquiera el amago de tos sonaba.

Volvió a intentarlo pero no consiguió emitir sonido, ¿por qué había amanecido afónico?, se preguntaba mientras intentaba carraspear para arreglar sus adormiladas cuerdas vocales. Anoche no bebió nada frío y no estaba engripado con tos, inventarió todos esos detalles, sin dar con alguna causa.

Caminaba rumbo al trabajo cuando Lucas, obsesionado con sacar algún sonido de su seca garganta, recibió una llamada telefónica a su celular. Era la primera llamada del día y automáticamente abrió su aparato celular y su voz sonó diciendo hola. Ahora sí brotaba su voz que hace instantes no podía emitir ni siquiera ese saludo. Sonaban de una forma un poco rara sus cuerdas vocales, como pasadas por un filtro externo catalizador de impulsos y modulaciones. Se trataba de su voz, al fin y al cabo.

-Sí, Armando, ¿cómo estás? Voy para la oficina ahora...

-Quisiera que me avises al llegar, tengo que llevarte un nuevo proyecto para tv.

-Cómo no -respondió Lucas ya más seguro de su voz-, apenas llegue te aviso. Gracias por llamar. Nos vernos.

-Dale, chau.

A pocas cuadras de la agencia, Lucas se detuvo a comprar el periódico de un diariero apostado en la otra esquina y allí nuevamente su voz le traicionó. Tuvo que llamarle con gestos y no con silbidos, eligió el ejemplar con señas en vez de decir el nombre del diario. Enmudecido y enfurecido ante estos trucos matinales, pagó el ejemplar sin decir nada. No le preocupó ser despectivo ni rudo, era orgulloso, no respetaba rubros menores por creerse poseedor de una excusa de rango y además ese tipo no le conocía.

Durante su caminata por las destrozadas veredas probó con nula suerte arrancar sonidos de su garganta, y se rompía el coco en saber cómo pudo irse su voz si había hablado por teléfono hacía instantes. El intento de hablar y el replanteo de las preguntas no lo llevaban a ninguna parte.

Lo peor fue entrar en la agencia publicitaria y no poder responder el saludo a nadie. Un hola multiplicado por cinco y no correspondido. Teme roso de que lo tomaran por pire vaí, se adelantó haciendo señas a sus cinco compañeros de trabajo dando a entender que estaba afónico. Nadie le creyó y menos aún cuando le vieron y oyeron atender la segunda llamada del día. Armando de nuevo, quien ahora le preguntaba si ya había llegado.
 
Sorpresivamente, Lucas pudo hablar otra vez, respondió con asombro, casi estrenando voz, que ya estaba en la agencia y que viniera cuando guste. Sonrió contento al cortar la llamada al celular, en razón de que su voz sonaba mejor, aunque parecía emanar de otra parte más. Sus compañeros de trabajo le miraban enojados porque ahora aparte de hablar, contradiciendo sus gestos de mudo al entrar, se ponía a reír frente a ellos, en plan de burla, pero de repente, apenas cerró su celular se calló la risa, y su voz dejó de oírse otra vez. Esto no podía pasarle nuevamente, ya era demasiado, pensó, y lo evidenció con mímica.

Volvió a gesticular, casi pidiendo auxilio, pero nadie le hizo caso. Se tomó el agua de la secretaria pero no sirvió de nada, excepto para que ella le clave una mirada más rencorosa. Lucas empezó a mostrar que se le fue la voz de nuevo, a pesar de que había hablado hace segundos en el celular con un cliente, y al abrir el aparato para mostrar que pudo hablar un rato, allí sonó otra vez su voz y se pudo escuchar la parte final de su explicación. Todos giraron para ver en qué consistía ese truco de hacer sonar la voz sólo por medio del celular.

El celular lo capta todo, lo adapta y lo saca como si su voz fuera un elemento transitorio más, como corriente que a veces se usa, según la modalidad o como un juego virtual que se descarga para ponerlo en marcha. ¿Una conectividad de modo infrarrojo? No era truco ni juego.

Ahora, si no es a través del celular, no se le oye. Un aparato telefónico se había adueñado de su voz.

Lucas era dueño de decir lo que quería, pero si sus palabras no eran dichas ante el celular abierto, no eran audibles. Allí empezó su odisea, su auditragedia, audisea o lo que sea.

Su voz había sido clonada en forma perfecta, el chip ya contenía todos sus tonos, inflexiones, modulaciones, escalas, semitonos y todo lo demás; era como si el chip de su aparato celular habiendo escuchado todo esto por el uso frecuente, se hubiese adueñado de la voz del usuario. El celular era algo así como un clon sonoro, de allí que después le pusieron a Lucas el mote de clonsonante, en consonancia con dictamen clínico.

Las respuestas quedaban vacías al desprenderse del celular, ya sea al apagarlo o al alejarlo. Sólo podía hablar por ese medio, tenía que tomar el aparato y arrimarlo a la boca como si estuviera llamando, sólo entonces brotaba su voz.

Sin saber cómo, había dado en la tecla para reproducir su propio sonido y se había vuelto excluyente para con el emisor original.

Un nuevo cordón umbilical. La placenta dentro de la cual se nutría su voz. ¿Puede una cosita rectangular fungir de útero para clonar la voz? ¿Es ésa la nueva función de estos celulares de última generación?, se preguntaba Lucas.

Armando llegó a la agencia, y entonces Lucas tuvo que usar su celular para hablarle.

Era el artefacto el que marcaba el tono de su voz, dándole mayor o menor volumen según frecuencia de uso. Sus cuerdas vocales se instalaron, por decirlo de algún modo, dentro del chip del celular que como hombre de negocios tanto usaba, día y noche, sin preocuparse de tarifas ni costos.

Armando quedó sorprendido y confundido con esa nueva forma de trato. A pesar de la preocupación generada por esa voz que sonaba clonada, no pudo dejar de sonreir ante la situación compleja que le tocaba experimentar al orgulloso Lucas. No se trataba de una excentricidad más, esto tenía pinta de que iba para rato, así que le dejó el proyecto en el escritorio de la agencia.

La voz de Lucas era algo asi como un gran archivo comprimido que ya no quería ser devuelto a su garganta, que perdía así la titularidad ante ese diminuto celular que ahora se le revelaba como imprescindible.

Era una especie de megáfono en menor escala pero más abductor.

La garganta sufrió bloqueo automático y como ingreso predecible de texto apareció la nueva función. Una marcación por voz, pero no para ubicar el número sino para etiquetar la voz permanentemente. La voz se sumó a la lista de accesorios incluidos. Una aplicación más.

Una pequeña jaula para su voz en una enorme autopista para imágenes, videos, músicas, agenda, filmadora, grabadora, reproductora de mp3 y de su voz también. Dada la circunstancia de que ahora se veía obligado a usar únicamente como reproductor de voz, Lucas tuvo que vaciar el sinfín de cosas multimedia que había almacenado alli convirtiendo su celular en su propio identikit y que debió despejar para poder ser oído en forma más clara ante la falta de memoria suficiente. Una tarea titánica la de drenar ese pantano tecnológico.

Salió corriendo de la agencia. Necesitaba ayuda técnica y médica. El ruido de la calle le pareció más ensordecedor.

Al ver una alcantarilla abierta se sobresaltó, agarró su celular y se lo guardó en el bolsillo, ya empezaba a cuidarse, doble atención durante el camino para que no se le cayera por allí el aparato, ahora más importante que nunca.

Entró en la farmacia más cercana y compró un grupo de medicamentos. Probó jarabes, miel, caramelos para la garganta, todo lo que hiciera falta pero ni combinándolos lograba palabras sanas o audibles por sí mismas sin tener que depender del celular.

Lucas no podía recuperar su voz. Debía cambiarle la carga al aparato, renovar baterías porque hacía días que no lo recargaba y comprar tarjetas para mantener vigente el uso de la línea o se quedaría mudo. Más y más carga, de lo contrario no podría darse a entender en su competitivo rubro.

Fue al médico, quien más apurado en verle que en cobrarle tratándose del extraño caso, le recibió enseguida. Sorprendido ante el insólito caso sugirió rayos x, y análisis de esto y aquello para ver si era operable haciendo también una revisión del celular para posible trasplante, pero esto no era factible. Eran partes unidas por el uso pero no lo estaban orgánicamente, más bien por la vibración sonora. El aparato celular respondía por impulso. ¿Cómo operar algo así? El médico le deseó pronta recuperación, sin avizorar siquiera cómo lograrlo, y en caso de que este síntoma de clonsonante persista le sugirió que se presente en el XII Congreso de Médicos que se realizará en la capital el próximo mes. No obstante, esto último le pareció a Lucas una invitación no para la cura sino para una feria de excentricidades sin tratamientos medicinales. En lo único que el doctor se mostró de acuerdo fue cuando Lucas mencionó que en la agencia le habían puesto el mote de Clonsonante.

Del megáfono del abuelo al microchip para hablar achicado. El celular llega más lejos para evitar acercamientos, se dice más significando menos. Una tarjeta virtual llevada al límite, como el saldo a punto de expirar.

Su voz había sido instrumentada. Y si el celular filtraba su voz, la procesaba, ¿podría también censurarla? Ya había logrado celularla, por decirlo de algún modo, nada impediría que llegase a censurarla. ¿Por qué no podría censurarla? Dependería sólo de un botón, y en estos aparatos qué es un botón más, ese era su temor. Evitaba poner el tema en abierta discusión, o sea, vía comunidad celular, para no sufrir una técnica represión.

Podía imaginarse ese texto de desconexión en la pantalla del celular como si fuera un puñetazo en su garganta. El aparato se tomó más tiempo para registrar sus cuerdas vocales que Lucas revisando su celular.

Lo más grave de todo era cuando le llegaban mensajes de texto, los textos eran tan abreviados como disparatados, eran tan frecuentes que lastimaban su silenciada garganta al vibrar al mismo tiempo que el celular. Esa agitación de coctelera le resultaba insoportable y le hizo a Lucas desactivar la función de mensajes de texto, ya harto de estupideces como el último mensaje anónimo que le llegó a su pantalla colorida: ¿Alfa cuándo pensás seguir con esta jugabeta?
Desesperado, Lucas fue a la empresa proveedora de ese servicio de línea celular, allí sí lo tuvieron en sillón de espera, a pesar de su queja angustiosa entre los estertores de la batería dentro del aparato. Su presencia generó revuelo. El comité se reunió en asamblea extraordinaria y después le hicieron pasar a una sala de reparaciones. Revisaron todas las partes del celular, mas nada supieron hacer los técnicos e ingenieros. Lo que le aconteció a su voz y al celular era un percance inédito, una rareza. Esto transformaba a Lucas en rara avis, pero sin alas.

Los directivos de la empresa se limitaron a deslindar responsabilidades con el usuario, declararon que estas cosas no están previstas en el con trato y apenas se dignaron en recomendarle que haga espacio en su celular borrando lo innecesario para contar con más gamas vocales y no sonar tan robotizado, según expresión del gerente.

Lucas se propuso elaborar una encuesta de quejas, encabezada por él mismo, contra la empresa. Aquí se ordenaban las encuestas como quien ordena una pizza con sus ingredientes favoritos, cuando el momento sociopolítico así lo requiera, sobre pedido... ¿pero cómo pagarse esa encuesta? ¿Con un escándalo? Algo de rédito podía venir con eso, pensó. Por lo menos para costearse la gran demanda que pensaba plantearles exigiendo la restitución de la cosa si es que así podría caratularse el expediente de reclamo de su voz y la correspondiente indemnización.

Se decidió a demandar a la empresa proveedora, no sin antes amenazar que primero iría a la prensa, para que lo sepan todos, quemaría su nombre y toda la clientela huiría despavorida ante este problema sensorial. Lucas intuía también que podría equivocarse mucho con esta apreciación pues el ávido público consumidor podía optar por este raro sistema, sólo por probar dicha modalidad. Lucas sabia de las mañas de la publicidad que canalizaría esto, que para él era una desgracia, en una novedosa campaña de marketing. Su celular se había convertido en una nueva plataforma de sonido. Y eso que era un celular mau, comprado en algún local experto en truchadas.

Se imaginó como un demente cargando desesperadamente tarjetas, baterías y saldo, pero cuando el aparato celular deje de funcionar, tarde o temprano, caería en la mudez absoluta. El chip lo poseía. ¿Ahora quién pertenecía a quién? Parecía ya alguna frase sentenciosa en algún cuento de ciencia ficción: vendrá un tiempo en el cual no sabrás quién vino primero: los hombres o las máquinas.

Lucas estaba enfadado y al borde de un ataque de pánico. A todos los directivos les gritó con su celular en mano si podían imaginarse lo que re presentaba esta desgracia, condenando el resto de su vida a comprar cargas, saldos y baterías para celular y todo apenas para evitar quedarse sin voz.

Era un presupuesto enorme usar el artefacto en cuestión cada vez que quería hablar. Un suplicio. Sin interconexión era la mudez total.

Se disponía Lucas a elaborar allí mismo la nota, citando los hechos y testigos, aprestándose para irrumpir en la sala de clientes de la empresa tele fónica para anunciar inmediatamente este caso para repartir masivamente su testimonio a las radios, diarios y canales de televisión.

Pero entonces el gerente sacó una chequera dorada de su escritorio y una lapicera plateada del bolsillo de su saco para abonarle una fuerte suma a modo compensatorio contando con el mutuo silencio como garante solidario, a fin de que Lucas tenga un sólido ingreso de dinero y también con saldo ilimitado, con permanente servicio gratuito, una gentileza de la empresa.

Lucas cambió de expresión, al ver el monto tentador sonrió, le pareció razonable, era aborrecible por un lado pero cotizable por el otro, se decía a sí mismo. Igual aceptó.

Ahora él andaría por allí como rareza, lucrativa al fin, dando extraña promoción a este peculiar caso. Empezó a concebir que la persona que se oye para adentro está desfasada, oldfashioned, le falta el next step, no se ha downloadeado lo suficiente aunque ande bajoneado.

Sin mayores dramas, antes de tener que alzar la voz, le llegaban nuevos saludos desde la billetera. El hombre en cuya voz estaba el cartel invisible, sólo audible a través del aparato, ya no era un caso disonante porque tenían que ponerse de acuerdo el celular y la persona, por lo tanto era un complemento armonioso, como las consonantes que solamente pueden pronunciarse combinadas con una vocal.

Lucas Aguirre se sentía el único ser en consonancia con los avances del futuro tecnológico, un adelantado, un heraldo.

 

CRIMEN ESPEJADO

Regresas con los ojos titilando como luces de neón en un pasillo. Tu boca parece cansada de decirlo todo, Diana. Tenés cara de que te extirparon el diente más oculto. Peor cara trae tu acompañante. No quiero pensar en ese diálogo absurdo que sólo pudo ocurrir en uno de esos sórdidos bares que frecuentas, cómo no, es parte del oficio.

Aquel que pregunta mi nombre, trae una misión.

Lo deberías intuir. Lo encubrís con tu oficio de complicidad placentera.

Imposible sentarse a determinar cuántas farsas montaste en tu vida.

La promesa de guardar silencio fue una de ellas, quizás la más estudiada pero de seguro la más reciente, y eso no es garantía de que esté vigente. Instantánea y soluble como leche en polvo, tu promesa tiene ecos mentirosos, que todavía te escucho pronunciar.

Lo peor de todo es que trajiste a este supuesto cliente hasta aqui. ¡A qué costo, Diana! Esta vez no te has vendido, me has vendido. No finjas ignorar la búsqueda, todo ese rastrillaje tras mis pasos. Nada puede ser tan casual como para pasar desapercibido aquí.

Ni siquiera le llevás a otra habitación, esto podría considerarse como falta de ética, pero aquí, lo sabemos, no cuenta eso. Sólo el dinero.

¡Ya no importa de dónde trajiste a este tipo! Está adentro y con decisión criminal, viene a mi encuentro y vos sos su complaciente instrumento.

Fingen que no se conocen y que van a verse por primera vez. La escasa charla y lo trivial de la escena me delatan un plan. No creas que todo me parece así únicamente porque me siento perseguido. La rabia me acorrala, lo único que puede romper el cerco es el odio acurrucado como resorte que está por lanzarme a quebrar en mil pedazos tu cara.

¡Qué poca originalidad demostrás al no cambiar de escenario para tu siguiente farsa! La llevas a cabo silenciosamente. Depositás tus ridículos aros en esa mesita, que siempre estorbó al costado del sofá verde tan gastado como tu esperanza. Aunque aquí nada es tuyo, ni el sofá ni la esperanza.

Falseás un leve tropezón con la pata de una de las sillas de plástico. Vamos, no pretendas hacer creer que el alcohol te enturbió los sentidos. Nunca fue así. Te movés, entre rocas o sábanas, como ágil serpiente, más que antes.

Sabes, aún borracha lo notarías, que ese tipo no es un cliente, es un maldito sicario que anda tras mi sombra, y vos, Diana, lo traes así nomás, como el más pintado de los clientes, a ésta mi segunda casa.

Y últimamente, la única. Mi refugio.

Mi santuario.

Y vos lo profanas con tu traición.

Te veo con tu misma insinuación casi dramatizada por horas ante el espejo y llevada a las tablas, o mejor dicho a las camas, en varias noches ante tu mejor público.

Y ya ves, de todo ese buen público hoy quedamos dos, ese asesino que tenés enfrente y yo, que ahora te veo mejor de lo que te veía en mi mente.

Para mí está claro, ese tipo no es un cliente, no vino acá para eso. No veo doble ni alucino. Tampoco estoy cegado por los celos, incompatibles con tu profesión o por la desconfianza, moneda común aquí. Esta escena me resulta tan clara como reflejo de espejo y no me digas que es a la inversa, no me vengas con eso de los sueños, los espejos al revés y otras baratijas de simbología absurda. Mejor acábala, nada de cábala.

El banal gesto de deseo que tus labios esgrimen como su argumento vivo resulta hoy trillado para iniciar la llama que todo lo devora.

Sabés que él no trae esa intención, ¿para qué entonces te desnudas? Para dar credibilidad a esta escenificación o por la paga que incluye todo, su pongo. Los billetes ya los habrás contado afuera, antes de delatarme, antes de guiar a este desgraciado a la penúltima habitación.

Me querés tener cerca hasta el final. Por eso te apegabas a mí. Valgo una recompensa. Olvidaste o nunca supiste, siempre obviaste detalles, que en todas las habitaciones mi buen amigo Octavio ha ubicado cámaras ocultas detrás de los espejos convirtiendo su habitación en un centro de monitoreo. Y aquí me tenés. Observarte en la pantalla es acceder a un circo funesto, tu simulación no lograría convencer ni al más novato de tus clientes.

Este supuesto encuentro casual no tiene nada de pasional y menos en una habitación así. Te sacas la blusa anaranjada y el pantalón negro en un acelerado proceso de revelar el cuerpo que no pensás dar uso, únicamente el juego de lencería te lo dejás puesto, supongo que este montaje y lo digo en el más amplio sentido de la palabra, es para salir corriendo semidesnuda después de los disparos para que así parezca que estabas haciendo algún show en la pieza cuando suenen los tiros, ¿podes hacer creer que trajiste hasta aquí al cazador para que caiga en la trampa? A mí no me parece que ése sea el plan en marcha. ¿Qué soy, según vos, la presa, la carnada, la trampa o la recompensa?

Aunque pudieras responderme, no te creería nada a vos, menos aún del modo en que te estoy viendo.

Estarás urdiendo todo eso cuando veo que te agachás, te pones en cuclillas y luego apoyás una oreja sobre el piso para escuchar la vibración entre las baldosas. Vaya, así que buscas captar algo de mi habitación contigua. ¿Captas mi odio?

Al verte así, el intruso casi olvidó su verdadera misión aquí, resulta tan gracioso que lo descubras hurgándote enteramente con su lasciva mirada, te sentís más perra aún y me imagino que le das una torpe aclaratoria, es una pena que no funcione aquí el audio, probablemente le decís algo así:

-Intento escuchar si él está allí porque siempre oye música en sus auriculares y suele marcar el ritmo con sus pasos.

Dada la ubicación de los espejos, vale la pena observarte así, Diana, en esa tentadora pose que desata instintos. ¿Será que te imaginas que estoy aquí? Pagaría por tu pensamiento ahora. Sólo este instante, una idea y pagaría mejor que lo que te pagan por tu cuerpo. Bueno, eso parece que llegó hasta tu cabeza porque te erguís con cara de ofendida. Debe ser el esfuerzo de agacharse que mandó sangre a tu fría cabeza.

Te vas hacia la esquina más alejada de la cámara para arreglar tu pelo. Justamente en ese rincón quedás fuera de alcance. Así no veo tu rostro y no puedo distinguir los gestos que le haces a tu respetuoso pero nada respetable invitado.

Tu farsa está acabando, tus largos cabellos negros fungirán de telón.

Creés que ahora no estoy. Te equivocás, Diana. Yo siempre estoy. Solamente vos te vas y cuando volvés ya no sos la misma. ¿Qué te pasó allá afuera? ¿En qué pliegue de tus ropas caídas quedó tu promesa?

Promesa y silencio, separados no son nada. Tendré que ser yo quien te haga cumplir ambos. Vaya tarea.

Ojalá que cuando yo entre en esa habitación, la penúltima del pasillo como acostumbras usar y cuya copia de llave nunca dejo de llevar, el sicario continúe mirándote y vos sigas sacándote la recargada pintura de los labios ante el espejo de ese ropero vacío en el que vas a caer. Allí me verás abriendo fuego contra ambos en un doble adiós ante el espejo.
 
 
 
A PROPÓSITO DE CLOSONANTE

Por JOSÉ PÉREZ CHAVEZ
 
 
Es tan frecuente ver personas hablando de aquí para allá con sus celulares, discutiendo al cruzar las calles, obviando saludos en las veredas, gesticulando en escaleras o, peor aun, en plena conducción, más aferrados al celular que al volante, lejos del freno o del embrague.
 
Es tan poco probable verlos sin sus celulares que se me ocurrió crear el personaje de Lucas Aguirre, teléfonodependiente, que un día amanece sin voz, sus palabras solamente pueden ser oídas a través de su aparato celular.
 
Esto va a generarle una dependencia aun mayor. “Su voz había sido clonada en forma perfecta, ya el chip contenía todos sus tonos, inflexiones, modulaciones, escalas, semitonos... El celular era algo así como un clon sonoro”.
 
De allí el nombre del cuento “Clonsonante” que da título al nuevo libro. En consonancia con estos tiempos. Un caso extremo en cuanto a la situación pero quizá cercano en el tiempo. De hecho, la ocurrencia irónica no está tan lejos de lo que por ahí vemos.
 
En tribunales, a más de un colega vi apurándose en los pasillos, hablando solamente por teléfono, nunca lo escuché hablar en vivo o dirigirse personalmente a alguien. ¿Cómo sería su voz real? ¿Sonaría igual sin pasar por ese filtro? El loco ya no es el que anda hablando así sino aquel que cuestiona esto o no entiende los avances tecnológicos que para eso están, para diferenciarnos.
 
En el anterior libro, Ladrillos del Tiempo, reuní quince cuentos que escribí entre 1990 y 2000, con el tema de la formación de la memoria como un muro imaginario en el que cada ladrillo es un recuerdo y que vamos cimentando o derribando, según nuestros actos, para construir nuestra propia realidad. Ahora, en algunos cuentos de Clonsonante exploro en otras ficciones los sueños, recuerdos e impresiones, hasta dónde se mantiene la realidad de los mismos siendo tan subjetivos y caprichosos. En uno de los primeros cuentos aparece un internauta solitario. Este jorobado (porque está todo el día inclinado encima del teclado) que joroba a todos entrando al acecho en los foros, es un tiburón de aguas cibernéticas. No rehuye esa red, es más se dedica a atrapar en ella a los incautos que al conectarse se ponen disponibles, ya no para el chateo sino para el acecho. Nadie se preocupa de avisarle que hay otras ventanas que no están en la pantalla de la computadora.
 
Otras cosas raras pasan en las páginas del libro. En “La Galería”, una misteriosa colección de pinturas y esculturas marea, confunde y revela a un despistado transeúnte que quiso protegerse de la lluvia y no se le ocurrió nada mejor que entrar en este blanco recinto de arte oscuro. Asoma también “Un Rostro en el camino”. Basta que aparezca una sola vez ese rostro de mujer para que el conductor se desvíe del camino, o quizás ella vino a encarrilarlo. Dentro de un peculiar ómnibus ocurre un encuentro con una niñera, lo que produce una “Ida y Vuelta”. En plena batalla y en la vida misma, un soldado se extingue como “La Bengala”. Merodea también una “Roja boca abierta” que no para de decir cosas. Las diferencias entre una abuela y su nieto son tantas como las que pueden haber entre “El cerro y el tren”, excepto por algo lejano que, entre diálogos en guaraní, los acerca.Se dice que el cuento debe ser preciso como mecanismo de relojería, de allí que escribiera algo que no funciona como cuento pero sí como mecanismo de tortura relojera, debido a una tiránica presencia de relojes. Una crucifixión como ficción temporal entre las manecillas del reloj, por eso lo titulé “Relofixión”.
 
El borrador del “Crimen espejado” lo escribí, precisamente, en Bogotá en el 2003. Los apuntes garrapateados en el hotel se transformaron en este cuento en que las situaciones le parecen muy evidentes a un obsesionado prófugo que no se fía ni de las sombras, mucho menos cuando se juntan dos cuerpos en la habitación contigua del prostíbulo, su refugio, su santuario.
En Paraguay cuesta mucho editar (especialmente si uno es joven) y más aun difundir una obra literaria, aunque el número de lectores ha mejorado recientemente. Uno tiene que hacer prácticamente todo excepto el trabajo de imprenta. Autofinanciarse o habilitar cajones del escritorio para eternos inéditos. Cubrir gastos, conseguir un lugar de presentación, organizar la charla, hacer la difusión, agendar la distribución de los ejemplares. Muy anecdótico, pero haciendo de hombre orquesta uno corre el riesgo de desafinar en algún instrumento, justamente por descuidar lo principal: la partitura escrita.
 
Afinado o no, ya está sonando Clonsonante, el nuevo libro de cuentos. Ahora a trabajar en el próximo que será una novela. Mientras exista una meta, hay fuerza.

Fuente:


 
 


 
 

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