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IRINA RÁFOLS


  EL HOMBRE VÍBORA, 2013 - Narrativa de IRINA RÁFOLS


EL HOMBRE VÍBORA, 2013 - Narrativa de IRINA RÁFOLS

EL HOMBRE VÍBORA, 2013

Narrativa de IRINA RÁFOLS

Editorial EL LECTOR

Director editorial: PEDRO PABLO BURIÁN

Diseño editorial: DENIS CONDORETTY

Imagen de portada: NOEMÍ SILVERA

Título del cuadro: “Autorretrato del hombre víbora”

Asunción – Paraguay

2013 (213 páginas)

 

 

PRIMER PREMIO

PREMIO LITERARIO ROQUE GAONA 2013

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY


 



IRINA RÁFOLS

Nació en Montevideo en 1967, radicada en Paraguay hace varios años. Es profesora de castellano y literatura. En el 2004 publicó Esperando en un Café (cuentos); Desde el insomnio (poesías) en el 2005; Abulio el inútil (novela) en el 2005; Alcaesto (novela) 2009.

Publica cuentos y artículos sobre análisis y crítica literaria en el Suplemento Cultural del Diario ABC y otros diarios y revistas. Es miembro de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP) y de Escritoras Paraguayas Asociadas (EPA). Dirige la Escuela de Escritores del Centro Cultural El Lector.



EL PROFESOR Y EL ESTUDIANTE

 

Empezaban a sofocarse por la cuesta empinada, llena de arbustos y piedras puntiagudas. Vencer la resistencia del viento norte con el sol en la cara era toda una hazaña. El lugar hervía de chistidos, de silbidos invisibles. Las hojas parloteaban desde la espesura del monte como si se burlaran. El estudiante se trastabilló al engancharse la punta del Champion con una gruesa raíz, que parecía haberle hecho una zancadilla a propósito.

-¡Ndera!, ¡casi me caigo! -se queja. Y mira de mala manera al profesor como si él tuviera la culpa.

-Siempre plagueándote, ¿ajepa? -le recrimina Longobardo, pero sin la más leve molestia.

-No me hable en guaraní, ya sabe que no entiendo.

-¿Y cuándo pensás aprender?

-¡Nunca! No me gusta. Es un idioma de indígenas.

-¿Cómo vas a poder apreciar tu cultura si no sabés guaraní?, ¿cómo vas a entender la historia?, ¿y cómo te atrevés a despreciar a los indígenas?

-¡Ah, profesor!, ¡no empiece! No tiene caso. El guaraní no sirve para nada.

El profesor lo mira ahora con pena, pobre chico. Mauricio Longobardo tendrá unos cincuenta años. Es delgado y de cabellos canos. Está lleno de energía y de entusiasmo. Hay cierta bondad en su rostro. Todavía le quedan rasgos de una juventud agraciada. Después de andar otro buen trecho, mira el panorama con la vista ansiosa, suspira y dice:

-Bueno, este era el lugar, estoy seguro.

Efraín se seca la transpiración de la frente y tira al suelo la mochila repleta de cosas donde asoma la punta de un libro. Lo mira con picardía v replica:

-¿Era o es? ¿En qué tiempo hablamos? Me extraña que siendo un profesor tan prestigioso, no tenga cuidado al expresar un verbo tan sencillo como es el copulativo, en el tiempo correcto.

-Es que no hay un tiempo correcto. Son solo aproximaciones de una palabra. ¿Quién tiene el tiempo correcto? ¿Cuándo empieza, cuándo termina?

-Sí, sí, ya sé, ya sé, la clásica pregunta de quién estuvo antes, el huevo o la gallina.

-¿Qué decís? ¡No digas estupideces! Mirá y decime qué ves.

El estudiante observa el paisaje con hastío.

-No hay nada.

-No seas tan escéptico. Mirá otra vez, no podés decir que no hay nada.

Sobre las arremolinadas copas de los mangos se filtran las agujas del sol. Ya es tarde y aunque el sol ha bajado sus decibles, todavía la tierra escupe un calor turbio. Una bocanada de cigarros rubios que se ha fumado el sol del mediodía y que ahora vomitaban sus pulmones. En medio de todo están ellos. Efraín repara con asco el suelo cubierto de mangos podridos y de irreverentes moscas verdes, tornasoladas en la dejadez de una tarde de glotonerías y apareamientos. Tropieza otra vez con la raíz de un árbol que semeja mucho a un brazo musculoso en actitud de reposo. Está tan exhausto que parece que recién aprendiera a caminar. Un par de aguiluchos vuela en círculos sobre sus cabezas. Un búho se encorva en los ramajes y guiña un ojo amarillo. La naturaleza alrededor ofrecía sus propias ceremonias pero Efraín decía que no había nada.

-Este era el lugar -insiste el profesor. Mira el mapa, mira el lugar, y vuelve a repetir:

-¡Sí, era este!

El estudiante hace un gesto de fastidio a sus espaldas. Saca la cantimplora y toma un sorbo de agua que ya está tibia, mientras se sienta con desgano sobre un pequeño promontorio en la tierra.

-Acampemos acá, es buen lugar -decide el profesor.

Pero de pronto alguien chista entre la cueva de las hojas. Los matorrales se envaran de espinas, las flores silvestres se desparraman por doquier. Algo más silba en el aire, y basta una leve ráfaga de viento para que el mamón macho aproveche para tocar al mamón hembra. Entonces el aire se llena de susurros y chismorreos. Toda la vegetación se pone en contacto y fluye el polen. El olor a miel se dispersa como música. Hay tonadas de amarillo y marrones. Verdes alborotados y latidos de cosas que en nuestra lengua no tienen definición. El profesor, con ese sentido de percepcion critica tan propia de el, sonríe a la vista del estudiante que se ve cada vez mas molesto y arrepentido del viaje al monte

-¿De qué se ríe?

-No me río, respondo con gracia al requerimiento del discurso del medio ambiente.

-¡Ay, no!, ¡otra vez hablando en arameo antiguo!

-No seas ignorante. Es un lenguaje técnico al que ya deberías estar acostumbrado. ¿No te das cuenta de que nos hablan, que nos invitan al diálogo?

-¿Quiénes? ¡Yo solo veo mangos podridos y moscas verdes zumbando como aviones!

-Escuché, o más bien, mirá este magnífico ecosistema. ¿Dónde estás sentado?

El muchacho de pronto se da cuenta que está sentado sobre una montaña de estiércol.

-¡¡Mieeeerda!! -grita, levantándose de un salto. Y todo alrededor chisporroteó con un aleluya nativo. Ruidos y chillidos de pájaros, de animales, de plantas vivas. Todo se movió en el monte. Se despertaron de su antro de pesadillas hasta los demonios, y ahora el mamón hembra aprovecha para arrimarse al macho, y así, fluye otra vez un polen dorado de pistilo a pistilo y se fecundan armoniosamente.

-Bueno, Efraín, no me refería precisamente al lugar tan cómodo que elegiste para sentarte, porque me figuro, no sé, yo no nunca lo probé, que el estiércol es cómodo, ¿no?

-¡Profesor!, ¡se burla de mí!

-No tengo tiempo para burlarme. Vengo a hacer cosas más importantes.

-Mire, si me hizo venir a estudiar esas pistas con las que me llenó la cabeza y no encontramos nada...

-¿Qué? -pregunta con cansancio burlón el profesor, que le dice de todo en silencio: estúpido, inútil, ignorante, mediocre, malcriado...

-Me voy a quejar a las autoridades académicas.

-¿Sí? ¿Y qué les vas a decir? Vas a decir, por ejemplo: ¿Me amenazó el profesor loco con un cuchillo? ¿Me raptó y me obligó a seguirlo al monte? ¿Qué fue lo que te hice? ¡A ver!

-Me prometió olvidarse de mis malas notas, que copié en el examen, que falsifiqué su firma, ah, que se olvidaría de que le tiré un borrador en la cabeza, y que tomaría mi colaboración en esta clase de... expedición como trabajo práctico para obtener puntos, y cosas así...

-¡Aaah! ¡Mirá vos! ¿Y?

- Y acepte el terrible soborno, encantado.

Se miran los dos y la mirada del profesor pasa de ser dura a sagaz, de a burlona, de burlona a benévola. El estudiante ablanda el rostro y entonces sonríe. Encantado fue una palabra encantada, porque una vez que la soltó de la boca, una placidez traviesa se le asentó en el rostro.

¡Claro que estoy feliz de estar acá! No tengo que estudiar, no tengo que aguantar a mi padre, me fumo unos cigarros y lo más probable es que me agarre una borrachera y me duerma la mona tirado entre los mangos podridos, y las moscas me caguen encima. ¿Qué más se puede pedir? ¡Es el paraíso!

-¡Mi querido muchacho!... En un tiempo, que solo es distante para nuestro pobre sentido cronológico, las cosas latían con una celeridad increíble y pasmosa. La tierra que estamos pisando ahora se llenaba de sangre continuamente. Tanta sangre tragó este suelo, que la tierra se volvió carnívora. Las plantas avanzaron de tal modo en su evolución que tuvieron sexo propio como los hombres y las mujeres, las flores destilaban sustancias terriblemente excitantes, los animales se organizaban para las cacerías trazando esquemas conceptuales en la tierra...

-¡¿Qué?! ¿Esquemas conceptuales? ¡Aaah! ¡Está loco, theacher!

-¡Silencio! Como te decía, las cosas se sucedían de manera acelerada, todo estaba propenso al cambio inmediato, el aire olía a metalingüística, las ramas de los árboles tenían hojas en cantidad de números Fibonacci, todas las cosas tenían un emisor. Todo era un enjambre de mensajes aglutinados, pero algo falló...

-¿Su cabeza?

-El receptor. Nadie con la suficiente capacidad de comprensión de signos y señales interpretó el contenido. ¡Nadie! Excepto una sola persona. Que no era persona. O tal vez lo fue.

-Sí, sí, ya sé, está hablando de ese al que venimos a buscar...

-Venimos a buscar vestigios... -corrige el profesor.

-Sí, claro, los huesos de una criatura, que probablemente no fue criatura, sino demonio, según usted.

-Vestigios de un ser maravilloso...

-Fantástico, imposible, no verificado...

-Inocente, pobre, incomprendido...

-¡Lo que quiera! Usted manda. Yo me quedo conforme con decir que sí a todo, si al llegar a Asunción me pone un aprobado en la libreta y me pasa a Tercero.

-Tu poca sensibilidad por el proceso de investigación metodológica te pone muros para encontrar otras realidades posibles...

¡Pero escúchese como habla! No habla como un estudioso o como un científico, ¡ni siquiera tiene la pedantería de los hombres de la ciencia!

¡cómo se va a basar en un estudio científico buscando los huesos del Kurupi! ¡Es una leyenda estúpida y ordinaria, nomás!

El profesor lo mira lleno de conmiseración.

-¿Podrías probar en este mismo momento que no existió? No. Entonces, permitíte el beneficio de la duda. Lo primero es la duda, como dijo el buen Descartes. Después veremos qué existe y qué no. Ningún tema, ninguna suposición por más fantástica que sea queda descartada antes de la observación. Son las reglas de oro de la ciencia, que ya deberías saber como futuro científico.

-¿Científico yo? ¡Nada que ver! Mire, diga lo que quiera. No me importa -termina diciendo en tono cansino, el displicente estudiante, y se echa con todo su peso a tierra, no sin antes verificar la presencia maravillosa de algún promontorio de excrementos.

-¡Arriba!, ¡a desempacar! -exige el profesor de pronto, y hay tanta autoridad en su voz, que el estudiante se levanta de golpe. Refunfuñando comienza a sacar la tienda y a clavar las estacas de la carpa -Después, buscás ramas secas, hacés la fogata, preparás la mesa de estudio y hacés un termo de café. ¡Aaah!, ¡un rico cafecito no me vendría nada mal!...

-¿Y usted qué va a hacer? -pregunta molesto, mirándole con la cara bien fruncida.

-A mí me queda hacer lo más difícil: sentarme a estudiar los mapas y las cartas. Pasame los cigarrillos que están en mi mochila.

-¡Cómo no!, ¿y no quiere también que le masajee los pies?

-Más tarde. Ahora quiero verificar nuestra posición. Y quiero que te muevas rápido. El sol se va y quiero la fogata encendida antes de que caiga la tarde.

-Seguro, pida nomás, para eso soy su esclavo.

Y mientras el estudiante se plaguea, insulta en secreto, maldice y echa pestes contra el monte, no sabe que miles de ojos los miran y se entablan conversaciones misteriosas acerca de ellos. El profesor con los ojos extasiados observa con cara delirante las cartas manuscritas, un mapa antiguo que lo compara con un mapa moderno, y sobre todo, revisa algo inaudito: las pruebas por verificar de un mito, de una leyenda.

Dos horas después cae la tarde. Longobardo relee las cartas frente a la fogata.

¿Son confiables? pregunta el estudiante.

¿Confiábles? Si, fantásticamente confiables.

¿Se puede confiar en las fantasias con objetividad? – inquiere Efrain, lanzando un dardo de veneno escepticismo.

- Buena parte de los objetivos de la humanidad fueron seguidos por corazonadas.

-¿Qué dicen las cartas? Todavía no me dejó leer ni una.

Son algunas de las pistas que dejó Guido Boggiani antes de que lo mataran los indios.

-¿Y por qué no se publicaron junto con sus demás trabajos?

-No podían publicarse. Hubiera sido terrible para su reputación de científico. Siempre fue de una prolijidad objetiva intachable. Las cuatro cartas donde revela haber encontrado hallazgos de la existencia del Kurupi hubieran colocado una gran duda sobre su capacidad científica, que hubiera manchado la credibilidad de toda su obra.

-¿Y cómo fue que las cartas llegaron a sus manos?

-Hace unos años, estaba yo en una reunión de la Asamblea General de la UNESCO en el Reino Unido. Expuse el tema como una presentación dentro del marco de las leyendas como patrimonio cultural inmaterial del Paraguay, y hablé de lo que sabía hasta el momento sobre el Kurupi, que siempre fue la criatura que más me atrajo míticamente. Cuando pasamos al brindis, luego de la reunión oficial, el tema volvió a mencionarse entre algunos diplomáticos, pasando como broma. Alguien tuvo la chispa de hablar al respecto. Yo estaba cerca con los oídos bien atentos. Escuché a un caballero reírse de la seriedad con que fue hecha la pregunta:

-¿Pero existió el Kurupi?

-Lo más seguro es que sí -dijo en tono burlón. Pero que haya sido alguno de los brasileros del ejército que se pasó de vivo y se rió de la ignorancia supersticiosa de la gente.

-¿Qué es el Kurupi? -preguntó allí mismo una dama de la alta sociedad, y se arrepentiría de formular esa pregunta. Uno de los diplomáticos presentes, copa en mano, suelto de lengua y flojo de bragueta, que se acercó con aparentes finos modales a la desconocida dama, le respondido:

-El Kurupi es una especie de demonio, un ser del bajo mundo con forma humana, pero cuyo miembro viril es tan largo que se lo tiene que atar a la cintura como una soga para no tropezarse. El Kurupi -siguió explicando-, siente la presencia de una mujer y entonces se excita, su falo se envara y se dispara como un arpón tras su presa. Inmediatamente la mujer se embaraza.

Explicó aquello con gestos tan vehementes y una expresión tan exagerada y grosera, que a la gentil dama le falto el aire mientras se le coloreó el rostro de un vivo carmin, y ya no hizo preguntas durante toda la noche toda la noche. Los caballeros que escucharon la conversación se rieron descaradamente. Pero uno de ellos exclamó:

-¡Qué falto de modales! ¡Mire que hablar así delante de una dama!

-El hombre que hablaba había participado de la conferencia como un simple espectador. Se había sentado en la primera fila. Lo recuerdo porque me había llamado la atención los ojos saltones con los que me miraba ansiosamente. Fue el mismo que poco después, a la salida de la reunión, me detuvo en un corredor del edificio.

-¡Profesor!...

-¿Sí?

-Tengo algo que le va a interesar.

-¿A mí? ¿Qué cosa?

-Usted es un estudioso. Leí sus informes en la Research sobre los mitos y leyendas guaraníes.

-¡Ah!, ¡no me diga! ¡Qué gusto saber que a alguien le interesa el trabajo de uno!

-Sí. Es brillante. Vine a la conferencia porque sabía que usted iba a estar hablando del tema y sobre todo por lo mucho que le interesa.

-Sí, obviamente me interesa, pero...

-Tengo unas cartas... unas cartas muy especiales. Cuatro cartas de puño y letra del etnólogo Boggiani y un mapa hecho a mano. Tengo cierto apuro en conseguir dinero, así que se las vendo, pero se las vendo ahora. Si no me las compra rápido se las tendré que ofrecer a otro.

-¡E'a! ¿Por qué el apuro?, ¿qué dicen? ¿Dónde están las cartas?

-Las tengo acá.

Sacó del portafolios un atado de cosas. Envueltas en una telita azul, dejó ver cuatro hojas amarillentas, cuya tinta empezaba a borrarse, y un mapa rectangular de unos treinta centímetros por trece, más o menos, hecho a carbonilla. Miré la letra y la firma y reconocí la letra del multifacético hombre al que tanto había estudiado. La parte de atrás de una de las cartas tenía un dibujo.

-Se las vendo, ¿las quiere?... ¿Sí o no?

-¿Dónde las consiguió?

-Eso es asunto mío, pero se lo voy a contar. Según me dijeron, primeramente fueron encontradas en el Chaco por unos indígenas del lugar. Pero alguien se las robó y las vendió. El que las compró me las dio a mi, como forma de pago de una cuenta. El tema es que necesito dinero urgente. Mire, si a usted no le interesa estoy seguro que a alguno de sus colegas le va a interesar.

-Espere un poco… Quiero ver que tienen de especial.

-Son auténticas.

-Mm... Parece ser su letra y su firma. Quiero examinarlas.

-Examinarlas cuesta lo mismo que comprarlas.

-¡Ndera! ¿Cuánto pide?

-Muy poco, poquísimo por lo que en realidad valen. Cinco millones de guaraníes.

-¡Cinco millones! ¿Está chiflado? Quédeselas. No me interesan.

-Es muy barato considerando lo que es. Bueno. Todo bien si no las quiere. Qué tenga buen día, profesor -dijo el hombre, y se dio la vuelta.

-Pero de pronto me latió el corazón con más fuerza y me dirigí impulsivamente hacia el hombre que ya se iba.

-¡Espere!, ¡venga, venga!... Déjeme verlas otra vez -le pedí.

-Casi tomé las cartas de sus manos, pero el hombre las retuvo fuertemente. Entonces miré la letra apretada y escrita con cierto desorden. Había un texto principal escrito con detalles formales y otro texto que parecían apuntes o revisiones escritas al margen, muy desprolijas, como escritas con apuro.

-Como se imaginará, no tengo ese dinero en el bolsillo. Deme su número, lo llamo y nos encontramos mañana en algún lugar. Las leo y le doy el dinero, si es que me interesan.

-No, deme usted su número, yo lo llamo y nos encontramos, y si las lee me paga.

-¡Es muy pretencioso! No creo que las cartas digan nada interesante, pero tome, acá está mi tarjeta.

-Profesor... deje de fingir que no se muere por leerlas. Lo llamo mañana a las diez. Hasta pronto -saludó el hombre, guardándose la tarjeta, envolviendo y guardando con mucha parsimonia las cartas aquellas en la telita azul. Se dio la vuelta y se fue.

-Esa noche lo de Boggiani comenzó a picarme como un sarpullido. Estuve pensando en las cartas hasta la madrugada, hasta que me dormí de cansancio. Cuando a media mañana el hombre me llamó para reunirnos en un par de horas en un bar, salté de la cama y empecé a pensar de dónde iba a sacar la plata. Un rato después la conseguí prestada de una vieja amiga. Lo cierto es que fui a la cita. Me venció el delirio científico. Apenas leí unas líneas, pagué lo que se me había pedido. Me vine a casa con las cuatro cartas y el mapita.

Cuando las leí por primera vez, me maté de risa por mi estupidez y por el contenido de aquellas cartas. Era imposible que boggiani estuviera cuerdo, a juzgar por lo escrito, pero ya estaba convencido de que era la letra del sabio. Las Leí al final unas diecisiete veces a cada una, buscando el lado racional oculto. Como no lo encontré -pero mi intuición me insistía en continuar-, me dirigí a la Biblioteca Nacional de Asunción, y busqué en varias librerías alguna información relacionada. Leí la Historia de la Cultura Paraguaya, de Carlos R. Centurión, y el espléndido Guido Boggiani. Entre la memoria y el olvido, de Julio Rafael Contreras Roqué. Inclusive seguí el rastro de los óleos de Boggiani, que además fue un talentosísimo pintor. Pero no encontré los datos que buscaba. Algo que me diera una pista para relacionar un cabo con otro. Hasta que decidí venir hasta acá para encontrar pistas, arrastrando a un estudiante mediocre en una búsqueda fantástica, pero no loca...

-Perdón, ¿lo de mediocre va dirigido a mí?

-Además de las cuatro cartas hay un mapa que señala al este del río Alto Paraná, la zona que fue ocupada por los mbya(1), después, aparentemente tomada por los brasileros, durante la guerra de la Triple Alianza. Es el lugar indicado en las cartas de Boggiani.

-Bueno, ¿y qué importancia tiene el mapa y qué decían las cartitas famosas?

-El mapa señala un lugar que bordea la zona, un supuesto cementerio indígena donde hallaría pistas sobre la maravillosa criatura que buscamos... Pero hay algo más que me intriga y que intriga a todos los historiadores que buscan pistas de Boggiani... y es la forma misteriosa en que murió. Se dice que fue asesinado por los indígenas en lo más profundo del bosque, en el corazón del Chaco. ¿Por qué lo mataron? ¿Qué descubrió que fue capaz de romper la alianza de amistad que había logrado mantener con ellos?... ¿Acaso se topó con algo que para algunos indígenas era perentorio mantener en absoluto secreto?

-¿El Kurupi? ¡Ja!, ¡Pero usted no cree en estas cosas!... ¿No, profesor? ¡No puede creerlas!

-En efecto. No creo. Primero lo negaré y cuando lo encuentre... podré probar que existió. Es la duda cartesiana. ¡Ndera! ¡Qué rápido oscurece acá! Hay que preparar las cosas para la expedición de mañana.

-¡Profesor!, ¡está lleno de mosquitos!

-¿Y qué? ¿Es mi culpa? Ponéte el repelente y no te plaguees tanto. A primera hora de la mañana bordeamos aquel tajamar, seguimos por acá, por acá, y luego vamos por allá....

Y así siguió mirando el mapa y el paraje. Mucho les costó conciliar el sueño aquella noche. Al más joven por el mal humor, el disgusto y el enojo de perder el tiempo teniendo que seguir los pasos de un profesor reblandecido; y al mayor, por el entusiasmo y la confianza en una empresa que lo podría coronar con los laureles del triunfo o con el humillante desprecio de la comunidad científica.


NOTA

(1) Guar. Parcialidad indigena


 


LLEGADA AL CEMENTERIO.

 

Llegaron al lugar indicado después de caminar por tres horas. Bastó nomás conque el profesor tocara aquellos huesos para que el pasado comenzara a emitir ecos que llenaron de sonidos todo el monte. El estudiante, de lengua muy suelta y cerebro volátil, seguía con creciente entusiasmo los ademanes del profesor, y sin mucha precaución, toqueteaba los huesos.

-¡Profe!, ¡mire esto!, ¿no es un maxilar?

-No, Efraín, es un omóplato.

-¡Mire esto!, ¿no es un occipital?

-No, Efraín, es un hueso de la cadera.

De pronto Efraín lanza un agudo grito:

-¡Profesor!, ¡mire!, ¡encontré la prueba! ¿Este no será el hueso del famoso miembro viril?

-¿Hueso del pene? ¡No seas imbécil!, ¡el pene no tiene huesos! ¡Es una tibia!, ¡pero!, ¡ay!, ¡reprobado en anatomía, muchachito! ¿Podrías irte y dejarme en paz con mis observaciones un minuto? Te podés ir a emborrachar al monte si querés, ¡pero desaparecé de mi vista!

El estudiante humillado se retira a unos escasos metros. No cree en absoluto en lo que hace, pero por si acaso quiere participar de lo que se encuentre, y comienza a interesarse en la búsqueda, contagiado por la pasión del investigador.

Al mediodía, con la extenuación de la caminata, ya ablandado el corazón por la cercana hora del almuerzo, el estudiante pregunta al profesor:

-¿Cómo se imagina que fue el Kurupi?

-Era un hombre sin duda. Un hombre marcado por el signo de la tragedia y del dolor. Un desheredado de la naturaleza, un hombre solitario de los montes en un medio hostil, en una época intensivamente sangrienta, la más sangrienta que tuvo y que tendrá jamás el Paraguay...

-Ah, ¡y encima tiene profecías!, ¿cómo sabe que será la más sangrienta que tendrá?

-Es improbable, matemáticamente hablando, que un agujero negro se abra dos veces en el mismo lugar. No, no es posible.

-¿Y la del Chaco?

-¡No se compara!, ¿no estudiaste historia? Ustedes los jóvenes no saben nada del pasado, están totalmente desconectados de todo... No se puede empezar siempre de cero, así no puede avanzar la sociedad si la juventud desconoce lo que vivieron las generaciones anteriores. ¡Qué desperdicio! ¡Pero mirá!, mirá el dibujo de Boggiani... Esta es una carbonilla de la época. Se menciona que los indígenas de la zona llegaron a conocerle. Hay pruebas de que existió, no sigo solo corazonadas.

-Pero en Cultura Paraguaya dimos mitos y leyendas y leimos a un colega suyo, un tal Rosicrán, que tomaba estas historias del Kurupi como eso, como un mito nomás. Inclusive se decía que buena parte de los mitos fueron inventos de este señor.

-No y no. No es colega mío. Te referís a Narciso R. Colmán, llamado Rosicrán. Rosicrán y Boggiani fueron contemporáneos. Boggiani nació en 1861 y Rosicrán en 1876. Rosicrán menciona al Kurupi en su libro Ñande ypy kuéra.(2). Rosicrán se refiere a él desde un punto de vista literario, no científico. Lo que yo tengo en mis manos es un estudio científico que asegura que el Kurupi fue un ser de carne y hueso, aunque con ciertas dotes porque tenía... estaba... tenía...

-Sí, sí, quiero escuchar qué palabras científicas le pone a eso...

-... exageradamente dotado virilmente...

-Exageradamente dotado. Sí. Claro.

-El tema es que muchos mitos y leyendas fueron inspirados por alguna realidad. Es cierto que con el paso del tiempo las versiones cobran dimensiones maravillosas. Pero yo no busco una maravilla... yo tengo la intuición de que detrás de todo hubo un ser real.

-¿Pero se sabe más o menos en qué fecha apareció el Kurupi, el que dice que es real?

-Bueno, lo que sabemos por la historia, sobre el ambiente en que se vivía en Paraguay apenas los brasileros se apoderaron del país, fue que...


NOTA

(2). Guar. Nuestros antepasados

 

 

 

VILLA SARAKI ( 3 )

 

Nos remontamos ahora a finales de septiembre de 1870. Hay una pequeña villa situada en las cercanías del río Alto Paraná, rodeada por una muralla de piedra, en un extremo de la colina, cercada por un bosque tupido de tajys, de paraísos, espinillos y algarrobos, que un poco más allá bordean al río.

Sucedió que en los comienzos, un grupo de soldados comandados por Cabeza de Vaca, había pasado por aquel lugar, pero en poco tiempo abandonaron la villa, decidiendo establecer su asentamiento en otro lugar más habitable. La villa llamada Saraki por los indígenas, se había quedado con la iglesia colonial, un cementerio con muertos ajenos, una pequeña plaza que nunca terminaba de demarcarse porque la cizaña crecía con vertiginosidad, y siete casonas que no obedecían al orden de los planos de Cabeza de Vaca, porque cada tanto la tierra se movía como si sacudiera los hombros. Un día una casa estaba en un linde del camino y al otro, sin entender cómo, emergía de un promontorio de raíces retorcidas. El lugar era demasiado salvaje para domesticarlo. Parecía que la tierra, los árboles y el viento jugaran entre sí y se burlaran de los hombres. El que tuviera la ocurrencia de asentarse tenía que aceptar que las cosas nunca quedaran en un mismo sitio. Si podía habituarse a esto, entonces podría encontrar que aquel paraje travieso era un lugar prodigioso y fértil.

Si vas a la derecha te encuentras con el plantío de tabaco; a la izquierda, los plátanos y los primeros mangos traídos de la India. Aves de diversos colores cruzan de una rama a otra, insectos de todo tipo y tamaño, y animales de los que quieras: reptiles, monos, fieras salvajes acechando detrás de la muralla, pero no creas que la muralla era omnipotente o muy alta, o construida con arquitectónico cuidado. ¡Qué va! Se levantó con apuros por los mismos indígenas que trabajaban en los plantíos de yerba mate. Y viendo los soldados españoles lo rebelde que era la villa, la abandonaron en poco tiempo en busca de un territorio más obediente a los designios de Dios.

Lo cierto es que en aquel lugar las cosas crecían de un modo desbordado. Los frutos de los árboles eran copiosos. Los yuyos curativos eran de una variedad inaudita e impregnaban su fragancia por toda la villa. Del otro lado de la muralla el viento traía el olor de los animales salvajes, sus rugidos y sus amenazas... pero esto ya era algo con lo que convivían las pocas familias de Saraki, familias españolas por cierto, que habían decido quedarse.

Ahora ves que entre los caseríos hay una casa que descuella entre las demás por su estilo colonial y por su belleza. Es la casa de los Guzmán Alvarez. Entras y ves los pisos lustrosos de madera y te detienes en un sinfín de adornos españoles y te admiras de las arañas repletas de cirios. Una vajilla valiosa y una mesa de lapacho exquisitamente servida, y entonces aspiras ese delicioso aroma, y hay además un roce de ropas y una voz enérgica de mujer autoritaria que llega precipitadamente al salón principal...

-¡Yrasẽ!(4), ¿no ha venido aún don Fernando?

-No, pues -contesta una joven indígena, vestida como sirvienta blanca.

- Yrasẽ, no es manera de hablar. Debes decir: "No, señora, aún no ha llegado el señor Fernando".

-Bueno. "Pero no, pues", sale más rápido de la boca.

-¡No desobedezcas! Y agradece que en esta casa se te quiera enseñar a ser alguien respetable.

-Agradezco.

-Y la niña Juliana, ¿ya bajó?

-No, pues. Martina la está vistiendo.

-¡Ah!, ¡esta muchacha siempre tiene problemas a la hora de sentarse a la mesa!

La señora sube las escaleras en forma de caracol, copia nostálgica del estilo europeo. Y entonces te saludan los cuadros, dibujos y pinturas, y ves retratos de la alta sociedad, de la alcurnia que quedó en España y que está allí para permanecer en la casa, para que la familia Guzmán Álvarez no olvide en medio de la selva feroz, quién es y de dónde proviene. Sin golpear, la señora abre la puerta. Una linda moza se pelea con un cepillo de pelo. Martina, una mestiza de cincuenta años, la peina con esmero, pero ella se sacude, no se deja. La joven tendrá unos dieciséis años, los cabellos largos hasta la cintura, castaños como el trigo, los ojos azules de un mirar intenso y brillante, la piel de leche. Los ojos se rasgan como almendras, y la naricilla levemente respingada le da un aire travieso e infantil. Es Juliana, la hija de doña Ramona. Fernando, su padre, es un hacendado español que mantiene su hidalguía gracias a que sabe negociar con los brasileros. Les vende tabaco, carne, quesos y vino de su propia producción. No se mete en política. Cuando ocurrió la desgracia, rápidamente se dio cuenta de que le convenía permanecer neutral, aliarse y llevarse lo mejor posible con los nuevos dueños del país. ¿Por qué no? Él no era paraguayo, ni su esposa, ni su hermana. Solo su hija Juliana había nacido en este lugar, pero era sangre pura y nunca se había mezclado con otros paraguayos más que con Martina, la sirvienta de la casa, y la indígena Yrasẽ.

Juliana sigue sin bajar.

-¡Bajas en este instante, niña! -le ordena secamente su madre.

-Sí, señora -contesta la joven mirándole desde la escalera, con una mirada radiante.

-Enseguida termino, señora -dice la sirvienta toda nerviosa, como si la culpa fuera de ella.

Minutos después, en el comedor, ya está sentado don Fernando a la cabecera de la mesa. Ha llegado con invitados, tres de sus hombres de confianza. El capataz de su estancia, don Julio, de unos sesenta años; el dueño de la herrería de la villa, don Lucrecio - el más joven de los tres-, de modales rústicos y torpes; y el dueño del aserradero, don Lisandro. Los tres son españoles, y han logrado acomodarse a las circunstancias colocándose rápidamente a favor de los brasileros, y proveyéndoles de alimentos, atendiendo sus caballos, y construyendo galpones, y por supuesto, negociando todo lo que se pudiera negociar. Doña Ramona, doña Antonia su cuñada, y Martina, forman el resto de los presentes.

Juliana, que es la última en llegar a la mesa, recibe una bandada de miradas y todas de diferente vuelo: con reprobación, la mira su madre por la tardanza; con orgullo paternal, don Fernando; con ojos crudos de lujuria, los españoles famélicos.

-Y aquí llega mi hija Juliana, quien nos agasajará con su presencia -presenta don Fernando quien no oculta una tierna sonrisa.

-Nuestra Juliana es muy buena en bordados. Sabe varias danzas de salón y está muy bien educada -agrega la tía, explícitamente dirigiéndose a los invitados.

-Pero es algo charlatana... -interviene la madre, a lo que la tía arquea una ceja en señal de asentimiento.

-Pero es muy obediente. Tiene grandes cualidades domésticas. Será muy buena esposa cuando le llegue el momento -asegura la tía.

-Que podría ser muy pronto... -inquiere la madre.

Doña Ramona sonríe con una estudiada cortesía, aprobando las palabras de la tía que fueron expresamente elegidas para hacerla notar ante los pudientes caballeros españoles, por cierto gente de buena estirpe -unos de los pocos hombres de verdad entre tantos salvajes del lugar-.

Juliana acaba de ser presentada como un objeto de feria pero no lo sabe. Está absolutamente ajena al asunto, pensando en sus propias cosas. No piensa en absoluto en casarse. No toma en cuenta los comentarios ni de la madre ni de la tía. No se da por aludida del destino que para ella ya han elegido los demás.

-¡Es mi adorable doncellita! -sonríe el padre con un cariño que no escatima en demostraciones de afecto, a diferencia de las mujeres. Pero pronto pasa a otro tema.

-¿Cómo está la situación en campo abierto?

-Terrible, señor, para qué vamos a negarlo -comenta don Julio, el capataz.

-Dentro de lo malo común y comente, pasan cosas malas nada corrientes -comienza a decir don Lisandro.

-Bueno, pero no vamos a asustar a las señoras. No son conversaciones para mujeres, mejor dejémoslas para cuando pasemos al salón a tomar unos tragos -trata de evadir don Fernando.

-¡Cierto!, mejor dejemos el tema para después. Apurémonos que esta deliciosa comida se enfría -recomienda don Lisandro, que más que interesado en no preocupar a las damas, está interesado en comer.

-¡No!, ¡por favor!... Me interesaría muchísimo que me contaran -insiste doña Ramona.

-Bueno, querida, lo que sucede es que los brasileros ya tomaron la zona aledaña, y además se cuenta que hay cosas peores en los alrededores -explica su esposo.

-Jamás dejen las puertas, ni las persianas abiertas -alerta Lucrecio, el herrero.

Las mujeres se alarman, se persignan y se dejan asir al exultante temor a lo desconocido.

-¿Qué otras cosas peores? -pregunta doña Ramona, intrigada.

-¿Para qué quieres saber? No te gustará saberlo. No son cosas que debas oír. Van a indisponerte -exclama con aire protector su cuñada.

¡Quiero saber! -insiste Ramona con expresión molesta y un tono de voz fehaciente.

-Se dice que es un lugar nefasto donde ocurren cosas pecaminosas y crueles. El mal se adueñó de la tierra.... -comienza a explicar el herrero.

-¿Pero qué cosas suceden? interroga la sirvienta metiéndose, mientras sirve la comida con mucha parsimonia y lentitud, a fin de participar mas tiempo de la conversación que la atrae. -Cállate, Martina -advierte doña Ramona.

-Por ejemplo... que se desfloran doncellas a granel -se apura a responder don Lisandro.

-¡Santo Dios! -se persignan todas a la vez. La señorita también se persigna, pero más bien lo hace por imitación, porque todavía nadie le ha dicho lo qué es desflorar.

Los ojos de los hombres fulguraban divertidos, tratando de disimular las sonrisas y las miradas atraídas hacia la joven Juliana.

-Además hay muchas muertes y raptos... -continúa, el herrero.

-¡Dios mío! -y las mujeres vuelven a persignarse.

-Y por sobre todo... -dice don Lisandro- se comenta que tanta maldad ocurrida en el lugar hizo salir al diablo del infierno, y ahora se anda paseando lleno de sed entre los matorrales. No se deja ver. Sale a la noche. Algunos que le han visto se han quedado mudos e idiotas. Uno se transforma después de verlo. Dicen que ya no se puede ser más el mismo.

-Amadeo, el jardinero, que es un hombre mayor, le ha visto y estuvo mudo durante un buen tiempo, y solo pudo decir tres palabras antes de enmudecer -intervino Martina.

-¡Pobre hombre! ¿Y qué dijo? -interroga don Lisandro.

-"¡Qué enorme veeergaaa!”. Eso fue lo que dijo.

-¿Eh? ¡Qué dices, Martina! -exclama sobresaltada, doña Antonia.

-¡¿Cómo?! -pregunta sin poder dar crédito a lo que escucha, doña Ramona, e inmediatamente se persigna, quién sabe por qué, mientras los invitados no evitan lanzar sonoras carcajadas. Y la sirvienta continúa:

-Sí. Después perdió el sentido, quedó inconsciente durante tres noches seguidas. No había forma de despertarlo. Mucho se rezó por él y por su alma.

-¿Y cómo saben que dijo tales palabras? -pregunta don Fernando.

-Cuando ocurrió el diabólico encuentro, apenas se había esfumado el demonio, llega el pa'i Pedro, y encuentra a Amadeo muy trastornado, con el rostro blanco de espanto, mirando hacia el monte. Dijo tales palabras cuando cayó en los brazos del pa'i, antes de desmayarse. Así que es verdad. Si el pa'i lo dijo, es imposible la duda -asevera Martina.

-Es verdad. Fue un hecho muy comentado -respalda el capataz -Tuvieron que venir dos doctores de Asunción para despertarlo. Lo creían muerto.

¿Por qué se habrá quedado inconsciente por tres dias? se pregunta en voz alta don Fernando.

-¡Porque vive borracho!, ¿Acaso no saben que el tabernero lo hace traer a la noche arrastrándolo hasta la casa? -exclama doña Antonia

-¡No estaba borracho cuando lo vio! -defiende Martina.

-No se puede confiar nunca en lo que dice un borracho -sentencia doña Ramona -Yo ya te dije Fernando que no le des más trabajo en esta casa. Ya te lo dije.

Don Fernando hace una mueca a su esposa de bueno, no me regañes ahora, y continúa con su cena.

-Sin embargo, no fue la única persona que lo vio. Hay más testimonios -aclara el herrero.

-Entonces... entonces, debe tener poderes oscuros -deduce temerosa, doña Antonia.

-Evidentemente, el demonio existe, ¡ya lo ven! -asegura doña Ramona, aliviada de que todas aquellas imágenes del demonio con que fue aleccionada y mortificada durante toda su niñez y su juventud, fueran ciertas. Y de pronto dirige la vista a su hija:

-¿Ves, Julianita? ¡El demonio existe!

-Sí, madre.

Y todos se quedan suspendidos en sus propios pensamientos por unos instantes.

-¿Qué clase de demonio será? -pregunta doña Ramona.

-¿No dijo si tenía cola en forma de flecha? ¿Tenía cuernos? -continúa preguntando su cuñada.

-No se sabe más que eso -responde don Lisandro.

-Bueno, creo que ya es suficiente. Me parece oportuno cambiar de lema. Mi familia está ya sin apetito y me temo que no tendrá deseos de saborear el postre. ¿Queda pastel, querida? -pregunta don Fernando, deseoso de terminar con tan insana conversación en la mesa.

Poco a poco se recobra el aliento y se pasa rápidamente a los temas más comunes: los chismes sobre la corona, la muerte del Mariscal, el estado en que se encuentra el país, los aliados, los legionarios y los enemigos. Más tarde en el salón, las mujeres hablaron de tejidos y modas, del calor asfixiante, del olor nauseabundo de los salvajes, de los vestigios del noble abolengo español que aún conservan, y de los tremendos sofocos que da el climaterio.

Esa noche, tal vez, influenciada por el tema tocado en la cena, Juliana sueña. Suena que esta en el salón principal de su casa, todo es alegría y mas, luces y colores, pero en medio de una galería de juegos infantiles adivina una sombra siniestra. Algo crece en medio de la inocente sencillez del sueño… Algo parecido a lo que ella cree que es el demonio la mira sólo a ella. Hay sorpresa y terror entre los presentes. Todos sienten su presencia... Las velas empiezan a apagarse poco a poco hasta que una densa oscuridad absorbe toda la luz del salón. Los rostros se congelan. Juliana los mira y al mirarlos, desaparecen. Entonces, la extraña figura envuelta en sombras se le acerca como recortada de la realidad. Viene hacia ella lentamente, lentamente... En su sueño, Juliana siente los latidos exaltados de su propio corazón... Ahora está sentada en un sillón de terciopelo, en la oscuridad. Hay un silencio absoluto. Ni una voz. Queda fascinada por el brillo de aquellos ojos que se acercan... El le tiende una mano y ella la toma con un irreprimible regocijo, una desconocida felicidad placentera, pero, entonces, algo interrumpe el sueño y se despierta con un desconcierto pavoroso.


NOTA

(3) Guar. Traviesa

(4)Guar. Llanto de agua



LOS MUERTOS AJENOS

 

Quienes yacen enterrados en la zona norte de la villa son muertos que ya nadie visita. Muertos abandonados por el recuerdo, ni siquiera invitados por las pesadillas. Algunos eran indígenas que habían convivido con los jesuitas, pero habían enfermado de pestes desconocidas, traídas por los propios españoles. Se les había negado la sepultura indígena, y obligados a abjurar de sus dioses tutelares, ninguna divinidad les reclamaba. Ni Dios ni Nuestro Padre, Ñamandu el Primero. Habían quedado a medio camino entre el cielo y la nada.

¿Pero quiénes eran los otros muertos olvidados? Eran niños que habían peleado en la Gran Guerra disfrazados de hombres, y eran hombres que habían llegado a transfigurarse en niños ante la desolación y la muerte, pero ahora eran huesos sin nombre, tumbas irreconocibles, sepultados rápidamente, sin visitas, y sin nadie que los llorarse.

La orden de sepultarlos en ese lugar fue dada por el capricho de un general brasileño, y los españoles que allí vivían la tuvieron que aceptar. Al final, poca cosa eran los muertitos del cementerio para la gente de la villa. Les preocupaba más el rugido de las bestias cercando la muralla, salir al monte a cazar y enfrentarse a la muerte desde su lado más salvaje y urgente, que a las niñas se les dejase crecer un poco antes de desflorarlas, que el maíz no estuviera picado por el jején, que no se inundara el patio, que las cosas llegasen a reproducirse antes de envejecer de golpe. Hasta que surgió el teína de las cruces

Antiguamente el cementerio no tenía siquiera una valla que lo separase del mundo de los vivos. Tal vez por el hecho de no tenerla fue que comenzó a acercarse sin pretenderlo. El viejo Amadeo, que dormía borracheras entre las tumbas lo advirtió un día:

-El cementerio está cambiando de lugar.

Lo acusaron de borracho empedernido y lo mandaron al diablo. Pero en verdad, Amadeo notó que de la primera cruz de hierro clavada como único mojón a la entrada del cementerio en donde yacían una veintena de tumbas desvencijadas, había menos distancia. La tierra se movía. Sin embargo, eso no sucedía solo en ese lugar. Ya sabían bien que la tierra se movía por todas partes, así que no era motivo de alarma, sino de incomodidad.

Y una tarde, mientras Yrasẽ, que apenas entraba en la adolescencia, molía maíz en el mortero de piedra de la cocina, vio desde la ventana que asomaba una tímida cruz por la colina. Al principio creyó que era una especie de pájaro. Después miró mejor y reconoció una cruz delgada y macilenta. "¡Ñande Syre! ¿Ha pévaiko mba'e ojapo ko'ápe?(5) ¡Señor, señor!", y corrió a avisarles a sus amos del prodigio, que nadie creyó maldición.

Era el momento de poner un límite a la enjundia del cementerio. Entonces se reunieron y pensaron en cómo solucionar el problema. Consulta ron al cura párroco y a éste se le ocurrió que podían poner una larga y gruesa cadena, como la que se había colocado antes, bajo el río Paraguay, en Humaita, para que no pasaran las embarcaciones enemigas. Una gruesa cadena bendita, santificada por la iglesia, última alhaja salvada de la fundición de Ybycui, la que llevó en la homilía de su santificación todos los rezos del pueblo para que los muertos no se juntaran con los vivos. Cosa asombrosa, que logró refrenar el impulso infructuoso de su expansión. Las cruces se sintieron "vistas" por primera vez y parece que aquello les quitó el embrujo de soledad, apaciguándolas por un tiempo.



LA SEÑORITA JULIANA

 

Algunos días después de aquella extraña conversación en la mesa, la señorita juliana comienza a sentirse muy mal. Yrasẽ tiene apenas un año mas que la señorita, y ya tiene una sensualidad a flor de piel. Está llena de sueños y de rencores, cosas que siempre tuvo que soportar como indígena y como sirvienta. Es de carácter fuerte, y a veces a duras penas se controla. Ahora está de mal humor como siempre por las mañanas. Le está llevando el cocido con leche a la señorita, porque Martina, que siempre se ocupa de esto, está en la huerta.

-¿La mitãkuña'i no va a levantarse? Acá está su cocido.

Deja la taza en la mesita de luz. Enseguida corre las cortinas. Sabe que la señorita no tolera el sol cuando apenas se despierta, y lo hace a propósito. El sol le fulmina los ojos y la señorita se sienta enojada en la cama.

- Yrasẽ... ¿Qué te dijo mi madre? ¡Qué no hables así! Aquí en esta casa no se dicen malas palabras...

-¿Qué mala palabra?

-Me dijiste... me dijiste...

-¿Mitãkuña'i?

-¡No lo repitas o mamá te castigará!

-Mitãkuña'i no es mala palabra, es "niña", usté no sabe hablar. Es guaraní.

-No sé ni quiero hablar esa lengua espantosa, idioma de salvajes, que suena tan, pero tan fea. ¡Y ya se te prohibió hacerlo y se te dijo varias veces! No seas desobediente, Yrasẽ, porque vas a cobrar...

-¡Mire usté! ¡Voy a cobrar! ¿Y quién me va a dar mi merecido? ¿Va a ser usté, mitãkuña'i? -la indígena se acerca a la amita blanca y la mira gravemente con los ojos enormes y negros y se queda esperando. Pero Juliana sonríe graciosamente, y le entrega la taza vacía, se limpia la boca con la punta de la sábana, y toma la barbilla de la indígena y se la sacude levemente. A pesar de todo, Yrasẽ, es propensa a la dulzura y se rinde ante el candor de la niña. Coloca la taza en la mesita, se sienta en la cama, y con el ceño fruncido y los labios gruesos apretados en un gesto fingido de desafío, le dice:

-¡A ver! Estoy esperando la paliza de la mitãkuña'i...

-¡No hables más así o te voy a tener que castigar!

Entonces despacito levanta la sábana y rápidamente cubre la cabeza de la indígena y la echa sobre su propia cama, y así atrapada, se le sienta encima.

-¡Ahora verás! Te daré tu merecido -y cabalga a la indígena riendo a carcajadas.

-¡Socorro!, ¡socorro! ¡Sálvenme del Aña(6)! -grita Yrasẽ, fingiendo terror y gozando ahora de la alegría del juego. Pero en ese momento se abre la puerta bruscamente.

¡Por Dios! ¿Qué pasa? ¿Qué están haciendo? – es doña ramona.

Inmediatamente Juliana se baja de encima de Yrasẽ, la indígena se deshace de la sábana y salta al suelo, asustada.

-Nada, mamá. Estábamos jugando.

-¿No te dije ya que no jugases con los sirvientes de la casa? ¿No te lo dije? ¡ Yrasẽ!

-Señora, fue mi culpa, perdóneme pues...

-¡Rápido!, ¡a barrer el cobertizo!

-Sí, señora, vine a traer el cocido a la kuñataĩ.

-¡Señorita!

-Sí, señora -e inmediatamente cruza la puerta sin levantar los ojos.

-Buen día, madre...

-¡Qué vergüenza! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no te hagas amiga de la gente de la casa?, ¿qué diría nuestra familia en España? ¡Hasta dónde hemos descendido, Señor! ¡Es este... espantoso lugar donde tenemos que vivir!... ¡Es mala influencia! Mil veces se lo reproché a tu padre.

A Juliana le parece ver un dejo de dolor en el rostro de su madre, pero cuando le va a dar alguna frase de consuelo, su madre se marcha airadamente, cerrando la puerta.

Un rato después baja a la sala para bordar en compañía de su tía Antonia, y comienza a sentirse indispuesta. Da una puntada al tejido y enseguida mira por el gran ventanal que da al jardín.

-Juliana, querida, atiende. El festón es así, mira: pasas así el hilo debajo de la tela, ¿ves?

-Sí.

Y Juliana vuelve a mirar por el ventanal y entre las ramas de los mangos ve cómo se balancean dos monitos salvajes.

-Sobrina... Supongo que aspiras a convertirte en una gran dama de sociedad, ¿verdad, querida?

-Sí, tía -pero, sinceramente, en ese momento, prefiere convertirse en mi monito travieso, como uno de esos que ahora se balancea entre los árboles.

- En este lugar salvaje donde vivimos es preciso que ciertas cosas se prevengan, que se decidan rápido, y sobre todo, se confié ciegamente en los buenos consejos de los mayores...

- Sí tia, lo sé -y sigue mirando las ramas de los árboles, sin saber nada.

Tienes dieciséis años. Ya tienes edad para casarte y formar una familia. A mi me parece, y ya lo estuvimos conversando con tu madre, que el dueño de la herrería, don Lucrecio, es la persona ideal para convertirse en tu marido…

- Si, si…

-... tiene un excelente pasar económico, no es tan mayor y... ¿Sí?... ¡Ah!, pero, ¡qué estupendo que estés de acuerdo!... ¡Es estupendo!, lo hablaremos con tu padre más tarde, te lo prometo... Todo se arreglará muy prontamente... ¡Qué maravillosa noticia familiar!

-Tía...

-Entonces es necesario trabajar con más ahínco en el ajuar... Tengo unos ovillos hermosos de seda blanca y...

-Tía... me siento extraña...

-¡Sí!, ¡sí!, me lo imagino. Es un gran paso en la vida de una mujer.

-Creo que la piel me está ardiendo... y me están dando puntadas en los huesos...

Un rato después Juliana vuelve a la cama. Martina e Yrasẽ la cubren de paños mojados, toma una tisana, y doña Ramona manda llamar al doctor. Arde en fiebre. Los dientes le castañean. No soporta la luz y siente intensos chuchos de frío.

Un rato después llega el doctor.

-¿Qué tiene mi hija?

-Malas noticias, señora. Es fiebre amarilla.


NOTA

(5) Guar. ¡Por nuestra Madre! ¿Y esta que hace aca?

(6) Guar. Diablo. (Nada tiene que ver con el diablo católico). Nota del autor

 

 

 

TIERRA DE NADIE

 

Es media mañana. Por la cañada ves que baja una tropa del ejército brasileño. Vienen del campamento que está más arriba. Son un puñado de soldados. Se detienen para que los caballos beban del río. Mientras tanto, el general Geraldo de Fonseca, un hombre alto, de bigotes y cabello corto, de poco más de treinta años, mira a todos lados con fastidio. Se sacude molesto un sorpresivo kavichu'i(7) de la cara. Hablan en portugués pero aquí traduciremos para comodidad del lector:

-¡Maldito lugar!... ¡Sargento Chaves!

-Señor.

-¿A qué hora vendrá esta gente?

-Deben estar por llegar, señor.

-¡De Sousa! ¡La lente!

Otro soldado se la alcanza. Fonseca otea impaciente el paraje: a la derecha los matorrales espesos; al norte, el camino que dejaron; al oeste, el maldito sol que empezaba a subir. Solo hacia el sur aparecía un claro zigzagueante, quebrado de piedras y yuyales. Era el camino

-General, ahí vienen -avisa De Sousa.

En efecto, los hombres que llegan son don Fernando en compañía de su capataz, don Julio, Lucrecio, el herrero, y don Lisandro. El general entorna los ojos y mira con fijeza a los hombres que se acercan, con fijeza y fastidio. Españoles idiotas... piensa en silencio.

-¡General!, ¡buenos días! -exclama don Fernando.

-Buenos días. ¿Trajeron el tabaco?

-Por supuesto. Aquí está.

El general abre las dos alforjas repletas de hojas enrolladas de tabaco, las huele... Aaaah... deliciosamente perfumadas.

-Não hay dinheiro -dice.

-¿No hay dinero? -pregunta asombrado don Fernando.

-No hay dinheiro. Ningún dinheiro. Hoje haremos um trueque. Um buen negocio sin duda -y extrae de un saco de cuero, un candelabro de plata que entrega a don Femando.

-Ah, vaya... un candelabro no era precisamente lo que esperaba. Tenemos varios de estos en casa... -comenta tratando de sonreír.

-Não creo que de estos, precisamente. Este era de una de las casas del loco que estaba antes.

-¿Qué loco? -pregunta don Lisandro.

-Vocã sabe. El que despacharon los nuestros en el Alquidabán.

-Ah... ya veo. No hay dinero entonces... -comprende don Fernando.

-No hay. Esperamos un envío de dinheiro, de un momento a otro. Vendrá una comitiva de Brasil. Espero que no estés descontento.

-No... claro que no, general... solo que pensé que...

-No pienses, mi querido. Pensar en este país trae grandes dolores de cabeza. Además, ¿para qué necesitan pensar, si estamos nosotros para eso?...-dijo esto en un tono tan cínico y burlón, que a don Fernando le pareció despreciable, pero no iba a revelarlo. El general le hizo la venia y se dio la vuelta para montar su caballo.

-Ah, y a propósito -exclama, mientras toma una hoja de tabaco y la enrolla parsimoniosamente- ¿No estás demasiado lejos de tu madre tierra? ¿Cuándo piensas regresar?

- Esta es mi tierra ahora, general...

Fonseca sonríe con una carcajada ruidosa:

- Te equivocas, mi querido español, esta es mi tierra ahora, es la tierra brasileña la que le da tan amable hospedaje a ti y a tu familia. No lo olvides.

- No lo olvido.

Fonesca, aspira una intensa pitada, y da la orden a su tropa de marchar.

¡Es un soberbio hijo de su madre! -exclama irritado Lucrecio, cuando la tropa ya está a relativa distancia.

-¿Qué nos importa?... Lo nuestro es sobrevivir. Tenemos el derecho de sobrevivir con nuestras familias, y estamos bastante bien, comparando con otros -arguye don Fernando.

-Sí -apoya don Lisandro-, mucho más que bien, pero igual es un crápula. Yo no confío en él.

-Además no es tierra brasilera -exclama el capataz, con el rostro ceñudo.

-Es tierra de nadie, mi compadre. Tierra de nadie -termina sentenciando don Fernando.


NOTAS

(7) Guar. Avispa

 

 

FUEGO

 

A Geraldo de Fonseca no se le ocurre mejor idea para ganar un claro en el monte que prender fuego.

-Necesitamos despejar la vista -dice en portugués. -Este lugar es como un mirador natural. ¿Ves, De Sousa? Desde esta colina vemos quién sube y quién baja por la cañada del sur. Será más fácil vigilar el terreno que bordea el campamento. Podemos dejar un par de centinelas en esta zona...

-Sí, mi general.

-Primero desbrozamos el bosque alrededor para contener el fuego después. Ordena a los hombres que talen ahora allí y allí. Luego enciendan el fuego desde el centro hacia afuera.

Al escuchar la orden, un grupo de soldados se apresta a la tarea. Comienza la ignición a comer el pie de los espinillos. Los helechos se consumen en un crepitar. Los algarrobos se desfloran. Los cardos azules se vuelven cenizas. Todo empieza a chillar. Los pájaros espían desde las ramas más altas, los monos huyen dando alaridos agudos, los carpinchos corren a la desbandada... Es el fuego, el dios más visible de todos los dioses, ¿quién no cree en él? Pero no fue convocado por un chamán o por la centella de un dios, sino por unos hombres extraños que nunca miran hacia arriba, que no conocen el idioma del viento, y que no invocaron a los espíritus del bosque.

Fonsoca enciende otro cigarro po'i (8) y contempla las llamas que empiezan a subir. Piensa en lo practico, en organizar el campamento en aleccionar a sus soldados, en generar disciplina, en controlar todo lo que esté a su alcance y más, este país maldito, en eso piensa, cuando le parece que de pronto un animal extraño le observa desde las ramas más altas de un árbol que aún no se ha encendido... Fonseca observa intentando descubrir qué es... es un animal, sí, de eso no tiene dudas, pero está quieto... Deja el cigarro en suspenso cerca de la boca.

-¡De Sousa! ¡Ven para aquí rápido! ¿Qué es aquello?

De Sousa sigue con la vista lo que señala el general pero no ve nada.

-No sé a qué se refiere, señor... no veo nada, ¿qué vio usted?

-¡Je!, un animal rarísimo... Me pareció que tenía ojos humanos. Estate atento, si es hombre lo matas. No me gusta lo que vi.

-¿Y si es animal?

-Lo atrapamos para ver qué es. Hay demasiados bichos raros en estos parajes... ¡Un zorro! ¡Es mío! -ordena Fonseca.

El general hace saltar con el impacto a un aguara guasu pelirrojo que sale asustado. El disparo retumba con un eco... Fonseca vuelve a mirar hacia la copa del árbol, pero ya no hay nada. Las llamas devoran el monte a su alrededor. Sin embargo, algo ha cruzado de rama en rama el cielo de hojas, alejándose del fuego. Una figura que no se parece en nada a un animal, pero que tampoco parece un hombre.


NOTA

(8) Guar. Cigarrillo hecho con una hoja de tabaco seca y enrollada



LAS RESIDENTAS

 

¿Cuántos espíritus errantes pedían posada en Villa Saraki? Los guardias que cuidaban las puertas habían llegado a contar más de cincuenta mujeres famélicas que en los últimos meses habían golpeado las puertas pidiendo auxilio. A veces se les permitía entrar. Excepto que tuvieran el cólera, que por estos tiempos proliferaba, junto con todo los demás, porque cuando esta nación recibió el mal, abrió sus compuertas y lo recibió con todo: guerra, traición, hambre, pestes y demás miserias... Algunas mujeres llegaban con sus hijos muertos en los brazos o arrastrando viejos enfermos, pero los españoles no querían que el cementerio se llenara de más cruces invasoras, por lo que los muertos de afuera tenían que enterrarse fuera de las murallas de la villa, y en cuanto a los moribundos, si bien a veces, se les socorría con agua, comida o abrigo, debían quedarse en las puertas de Saraki. Habia orden terminante de que no entraran al villorrio.

Si estas mujeres llegaban a ser recibidas se convertían en criadas.

Muchas habían sido señoras, dueñas de sus casas y sus fincas, hasta habían recibido instrucción. Pero tenían que empezar de nuevo a convivir con el dolor y con la inusitada hostilidad por parte de los españoles, temerosos de que los nuevos dueños del país, les recriminaran auxiliar el infortunio de los paraguayos.

En muchos casos las residentas optaban por marcharse y empezar de cero, en medio de los peligros y la soledad del bosque donde no hubiera nadie a quién obedecer ni nadie a quién temer, excepto a las fieras salvajes. Y así empezaban a levantar piedra sobre piedra, y elaborar ladrillos de barro para levantar chozas precarias, y a arar la tierra con las uñas, y a tejer hojas para esteras y acercarse más a los indígenas para sobrevivir, mientras les crecía la fe sin fondo de que en el mundo no había justicia, pero que en memoria de aquellos que vieron morir, hijos, hermanos, maridos, novios, había que empezar de nuevo, aunque se tuviera el corazón desgarrado y las manos vacías.

Como si fuera poco, ¡qué matices más generosos aborda el mal cuando lo dejan enseñorearse del mundo! Los brasileros asechaban por todo el país con sus tropas. ¡Cuántas víctimas desahuciadas fueron robadas al hambre para subyugarlas con otros tipos de miserias! A veces las niñas salían a mendigar y ya no volvían a sus pobres hogares. Muchas veces quedaban como esclavas en algún campamento militar o morían desangradas en el camino, sin poder llegar a sus casas.


 


APARICIÓN

 

No muy lejos de donde se yerguen los palmares tapando la línea irrisoria del horizonte, se esconde él, sin dejar huellas en la tierra. Ahora lo ves huyendo del incendio de Fonseca avanzando con destreza por el tronco de la palmera, y con una piedra afilada, corta una rama llena de coquitos. No la deja caer. La carga con habilidad sobre los hombros y la baja con meticulosa destreza. Y no creas que en algún momento no se detiene a mirar el cielo luminoso. No sé si busca a sus ancestros en un cielo que a nosotros nos es indiferente o tal vez se sienta dichoso de vivir... pero ¿cómo podría con aquellos hombres acechando, mientras destruyen todo por donde pasan?

Desde los árboles podía ver uno de los campamentos brasileros. Hay holgorio. Capturaron una niña otra vez. Ya estaba desahuciada de hambre cuando la metieron en una de las tiendas. Hasta el llegaron las risotadas del festejo y los gritos inocentes desgarradores de la chiquilla, gritos agudos que no servían para pedir socorro.

Alza los ojos negros y dirige la mirada al campamento. Trepa a los árboles más cercanos y espía. Esto sucedía siempre. Los brasileros eran malos. Pero todos los otros, también. No había gente buena en el monte. El tiempo del bien había llegado a su fin. Lo había escuchado una vez del chamán:

-La tierra se volverá más roja. La tierra sin mal se perderá entre las sombras. Hombres nuevos sin corazón se adueñarán de las cosas. Las cosas perderán sus verdaderos nombres y los dioses protectores ya no querrán vivir ente nosotros y se irán.

Él sabe bien que no hay amigos, que debe seguir oculto en el monte, pero alerta, porque los hombres sin corazón están por todas partes.

Sin embargo, las cosas tienen un ser aparte de los propios seres. Contra su voluntad, se tuvo que mover. Peligrosamente se acerca al campamento, atraído involuntariamente por el olor a comida. Ya famélico, y más bien poseído de desesperación que desposeído de esperanza, se acerca más de la cuenta, y, quebrándose la última rama donde está encaramado, se viene abajo.

Fue entonces cuando los soldados brasileros lo encontraron por primera vez acurrucado entre los matorrales. Ellos fueron los primeros en advertirle. Es muy joven, tendrá unos diecisiete años. Está casi desnudo. El taparrabos es un adorno. La piel es parda y lustrosa. Los ojos aún más negros que la melena de su cabello suelto. Está muy delgado. Es de estatura media. Los pómulos marcados, la nariz levemente ancha en la abertura y los labios sensuales y gruesos. Obviamente, los soldados hablaron en portugués, pero así se entendió en español:

-Es un muchacho- dice el soldado más joven.

-¿Qué está haciendo? -pregunta el de más edad.

-Está temblando.

-¿Temblando?

-Sí. Parece aterrado o enfermo. No sé qué tiene. Está en cuclillas, desnudo.

-¿Desnudo?

-Sí. Desnudo. Tiene la cabeza sobre las rodillas, está hecho un ovillo. Me mira con temor… -¿A qué le temes, muchacho?, ¿qué hiciste?, ¿quién eres?, ¿cuando llegaste?

-¿Que dice?- pregunta el otro

- No dice… Me mira asustado nomas.

-Insiste. Pregúntale quién es, ¿es indígena?

-Yo creo que sí, pero es un indio medio raro... ¿No quieres venir a verle?

-¿Para qué? ¿Qué tiene de especial para que me levante e interrumpa mi misión de abrir esta lata de sardinas, que tan buenamente nos mandaron los franceses? Suponiendo que adentro haya sardinas... ¡Mm!... ¡Maldición! ¡No la puedo abrir!

-No sé, es raro... ¿Hablas portugués? ¡Di! ¿Hablas español? ¡Responde!

El Sargento se aproxima más y lo increpa con la cara fruncida.

-¡Habla! No me obligues a usar la fuerza, ¿o prefieres la fuerza?

Entonces, ante la amenaza del golpe, la bestezuela se movió. Levantó los brazos en un gesto de implorar piedad, y cuando se movió... se le vio.

-¡Por San Juan, San Marcos, San Bartolomeu, San Miguel, San Onofrio, y San Judas!

-¿Eh? ¿Qué ocurre? -interroga el mayor con la boca llena.

-¡Este no es un hombre!

-¿Es mujer? ¡Vive Dios que entonces me levanto! ¿Encontramos una linda mujercita?

-¡No! ¡No es mujer!...

-¿Y qué diablos es si no es mujer y no es hombre?

-Pues... ¡no sé! Ven a ver que es, Graciliano. Yo no sé qué cosa es esto, pero sé lo que no es.

Y así lo descubrieron. Lo peculiar del muchacho era algo extraordinario que tenía entre las piernas. Bajo los azorados ojos de los brasileros el joven asustado, se descubrió sin querer, y entonces dijo algo con una voz terrible, en un lenguaje nunca antes escuchado por ellos. Era un lenguaje demoníaco sin duda, y esto fue lo que dijo:

-¿Ndaperekóipa tembi'u mi? (¿Tienen un poquito de comida?)

De inmediato lo conjeturaron. Les echó una peste. Los maldijo. Esas palabras no eran humanas, ¡no, qué va!

-Fíjate en el enorme tamaño que tiene esa cosa... ¡Esto es alguna especie de demonio!, ¡no hay duda!

-¿Qué hacemos con él?

-Hay que atarlo, enjaularlo y... y... y castrarlo.

-¡Voy por un cuchillo!

-¡Bien!

Y mientras el mayor se aleja dos pasos en busca del cuchillo que habia usado recientemente para abrir la lata de sardinas, la criatura vuelve a emitir ese sonido horrible:

-¿Ndaperekóipa tembi'u mi?...

-Aquí está. ¡Nooo! ¡Ya te maldijo otra vez! ¡No es posible! ¿Qué le hiciste ahora?

-¡Yo no le hice nada!

-Bueno, aquí está el cuchillo. ¡Anda!, cástralo.

-¡No! Yo no le toco "eso".

-¡Vamos! Tienes que hacerlo.

-¿Por qué yo?

-¡Porque tú dijiste que había que castrarlo!

-¡No, no, no!, tú sabes manejar mejor el cuchillo. Yo tengo un dedo malo y se me puede resbalar.

-¿Qué cosa? -y se miran.

-Pues... el cuchillo. Hazlo tú.

- ¡No!, ¡Yo no!

-¿Pues quién lo hace entonces?

Y mientras los hombres se quedan perplejos mirándose, con una rapidez casi mágica, la criatura se esfuma de sus narices entre los matorrales.



PIEDAD

 

Doña Ramona alecciona duramente a Yrasẽ en la cocina, cuando entra apresurada Martina, la mestiza. Yrasẽ tiene lágrimas apretadas en los ojos. La mejilla roja. La boca fruncida por algo más que el dolor. Tres dedos le han marcado la cara...

-¡Ésta maleduca estuvo hablando de nuevo en ese idioma de animales!... ¡Martina, tú que estás todo el día con ella eres la responsable! ¡Saben demasiado bien que está prohibido hablar en guaraní en esta casa!.. . ¿Lo saben o no? ¡Respóndeme tú que tienes más tiempo que ella viviendo aquí!

-Sí, señora, sí, pero vengo a decirle que...

-¡Nada! ¿Qué clase de escarmiento tengo que darles para que entiendan? ¡Es por su bien! ¡Nada de guaraní! ¡Esta es una casa decente!

- Si, señora, sí, nada de guaraní, sí, pero le tengo que decir que llegó una mujer rogando por Dios, y pide si se le puede dar albergue...

- Martina,,. ¿Es una posada nuestra casa?

- No, pero pero viene ion chiquillos y dice que hace dias vienen caminando, y un niño ya se les murió por el camino.

-Tampoco es cementerio, así que ve y se lo dices.

-Señora, preguntan si pueden hablar con usté.

-¡Martina!, ¡no recibimos menesterosos en esta casa!, ¡y basta!... ¿no ves lo ocupada que estoy? Dile a alguno de los muchachos que te acompañe con el fusil por cualquier cosa, no salgas sola otra vez...

-¿Con el fusil? -pregunta Martina, incrédula.

El ama se va por donde vino, no sin antes tomar unas mandiocas hervidas de la fuente enlozada donde se enfrían y se las entrega a la mujer, y con la expresión colmada de pena, les dice que no. La mujer todavía se ve joven y bonita detrás de las ropas harapientas y sucias. Está descalza. El único adorno que tiene es un collar, un rosario hecho con cuentitas cuadradas de palosanto. Toma el alimento y agradece. Y en ese agradecimiento se ve una expresión de dignidad que no tiene nada que ver con la mendicidad a la que se ve totalmente entregada. Enseguida reparte las mandiocas a sus hijos. Apenas queda un bocado para ella y se lo traga. Baja la vista resignada como si estuviera acostumbrada a no encontrar compasión. Tiene cinco pequeños de diferentes edades, sucios y con la misma mirada revuelta de ojos agrandados y profundos, y los huesos que se les salen de las caras. Continúan el camino. A Martina que lo entiende, se le sobrecoge el corazón, pero, ¿qué puede hacer ella?...

Cuando ya avanzaron unos palmos, don Fernando aparece con sus hombres y los intercepta en el camino. Martina no escucha lo que dicen, pero don Fernando los hace volver a la casa.

Mientras la familia espera en el salón con los ojos asombrados encontrándose ante un lujo desconocido, Martina se lleva la mano a la boca, imaginándose la reacción de doña Ramona. Y se dirige a la cocina. Se encuentran y discuten. El esposo insiste y trata de convencerla.

-¡Estás loco!, ¡verdaderamente loco! No me explico que no pienses en tu familia. ¡Esa es gentuza de la guerra!, ¡por algo están así!, ¡son asesinos!, ¡todos asesinos!, ¡sobre todo los niños!

-No hables así, no es gente mala.

-¡Fernando!, ¡no los conoces!, ¡no los quiero en mi casa! ¿Dónde están ahora? ¿No los hiciste entrar?, ¿verdad?

-Mujer... calma... tenemos más de lo que necesitamos, no nos afecta en nada tener un poco de piedad con estas personas.

-Son paraguayos. No nos metamos con los paraguayos. Tenemos a todos los brasileros por ahí, si los ayudamos nos van a castigar. ¡No necesitamos enemistarnos con los brasileros!

- Los brasileros no tienen porque enterarse.

-¡Se enterarán! ¡Siempre se enteran de todo!, ¡por comida y por miedo cualquiera les abre las puertas y se pone de su lado!, ¡no podemos tener esa gente aquí!, ¡no podemos, Fernando!

-Se quedarán en el granero por unos días -comunica el esposo, y no la mira a la cara y abandona la cocina. Está resuelto. Doña Ramona aprieta los labios con rabia y los ojos se le nublan de indignación. Y sale tras él llena de furia. Yrasẽ tiene los ojos puestos solo en lo que está haciendo, y mientras arranca los porotos de las vainas, canturrea bajito entre dientes: Agãnte nderupytyta hiiiiina... (Ya te va a tocaaaar. .)



LA CURA

 

La fiebre la persigue todavía. De nada sirven las cataplasmas del doctor. Ningún efecto le hizo la sangría, ni los rezos cristianos, ni los ruegos del padre para que se restablezca, ni la orden perentoria de la madre, de "Vamos, Juliana, ¡reponte!"... No. Pero Yrasẽ en secreto le hace beber sus tizanas. Los yuyos del monte son curativos. Yrasẽ sabe curar con yuyos porque cuando fue más joven y vivía con la tribu ava guaraní, había aprendido cosas de Karai Kytã (9), un chamán que poco después fue rechazado por la tribu y condenado al destierro.

La indígena reza en la alcoba de la niña, pero sus rezos no son nada cristianos, pues el que viene en su ayuda no es el dios católico, sino cuatro maravillosos dioses guaraníes, y poco después llegan los hijos de esos dioses.

Para Yrasẽ, una multitud de divinidades ha invadido la alcoba de oa enferma. Ella los presiente, pero los tiene que convencer para obrar el bien, porque la enferma es blanca, hija de españoles, y nada sabe la pobre niña de la palabra-alma.

Más tarde Juliana vuelve en sí.

-¿Madre?

- Yrasẽ... -y la indígena le toma la mano.

- Tuve muchos sueños horribles... dame agua...

Yrasẽ le acerca un tazón a los labios. A pesar de que secretamente, muy secretamente, aborrece a la familia, los cuida, los atiende, les da a todos lo mejor de sí, y ha llegado a desarrollar -contra su voluntad-, sentimientos de simpatía por la niña. La indígena va detras de sus caprichos la inocencia. La niña Juliana no conoce el mundo, no sabe nada de la vida, no tiene idea de a dónde ha venido a parar.

- Yrasẽ, corre la cortina, quiero mirar afuera... Me estoy quedando ciega con tanta oscuridad...

La indígena corre las cortinas en silencio. Con cuidado, ceremoniosamente, ve a los dioses tras el resplandor de la luz.

-Estoy aburrida... pero no tengo fuerzas para levantarme... Me siento débil.

-Pues quédese donde está.

-¿Me cuentas un cuento?

-No sé cuentos.

-¡Sí!, ¡sabes!

-No sé.

-Cuéntame esas historias que antes me contabas, las que me traducías.

-Esas no son historias y no son cosas para que las escuchen sus oídos.

-¿Por qué no?

-Porque no las va a creer.

-¿Y si las creo?

Yrasẽ mira a Juliana como dudando. En realidad desea hace mucho tiempo contarle todo lo que sabe, lo que su madre le contó cuando era pequeña cuando vivían juntas en la tribu, y lo que le contaron su abuela y su bisabuela, alrededor de una fogata como era la costumbre.

-Su madre me matará si se entera que hablo de estas cosas. No quiero morir aún. Soy joven. Antes quiero yacer con un hombre.

-No le contaré... lo juro.

-¿Lo jura? ¿Por qué lo jura?

-Lo juro... lo juro... ¡por el amor que le tengo a mi padre! -y en efecto, no había amor más grande y más completo que el amor que sentía por su padre, al menos hasta ese momento.

-Acepto.

-¡Cuéntame!

-"Mientras Nuestro Primer Padre creaba Su divino cuerpo, en medio de los primeros vientos, antes de haber concebido su futura casa terrena, antes de haber concebido el cielo con las estrellas, un colibrí le refrescaba la boca..."

-¿Nuestro Primer Padre? ¿Quién?

-Ñande Ru Papa Tenonde.

-¿Quién es ese?

-Nuestro Primer Creador,

-Ñande Ru... -repite Juliana- ¿Y cuántos creadores tienes?

-Ya se lo contaré si me deja seguir...

-¿Y que un colibrí le refrescaba la boca, dices?

-Así dije.

-¿Y cómo lo sabes?

-¿Cómo lo sé?... Son nuestras creencias.

-¿Dónde están escritas? -insiste la niña.

-No están escritas. Nos llegan por nuestros ancestros.

-¿Y cómo se dice... madre linda en tu lengua?

-Che sy poráite...

-¿Cómo?

-Che sy porõite. Mi madre linda, sería.

-¿Cómo? ¿Sui?... ¡Ay!

-No. Repita de nuevo... Che sy porãite.

-¡Uyy!, ¡se me descalabra la mandíbula!, ¡es muy difícil!

-No es difícil si lo dice con sentimiento... Repita conmigo, así: Che sy porãite...

-Che sy poráite...

Esa misma tarde, después de varios días de convalecencia Juliana so repuso. Y no fue por la medicina del doctor, como supusieron sus padres. Se repuso porque Ñande Ru Papa Tenonde escuchó su nombre en boca de la niña blanca y entonces se compadeció.


NOTA

(9) Guar. Señor Verruga

 

 


LA FURIA DEL DÍA

 

Fonseca estaba más que molesto. Las cosas tenían que salir como él las deseaba o todo estaba mal. Había tenido algunos entredichos con el comandante de una tropa correntina, que ya estaba por abandonar el lugar. Habían discutido sobre los soldados, qué ejército tenía derecho sobre la cosecha de yerba mate de cierto lugar aledaño. Fonseca estaba deseoso de que los argentinos se fueran y lo dejaran tranquilo para organizar sus coisinhas, sin tener que atender a los criterios de nadie. Pero eran aliados, había ciertos acuerdos que respetar todavía. Así que se encontraba de pésimo humor, y no era que a veces estuviera de buen humor, simplemente, que a veces su mal humor no era tan oscuro como otros días. Ahora maltrataba a mis propios hombres. Insultaba y maldecia. Verdaderamente odiaba estar en el Paraguay. Ahora por llegar una nueva comitiva del Brasil que sería recibida en su propio campamento. Algunos de sus hombres habían contraído el cólera. No podía contar con todos, pero tenía algunos civiles paraguayos que había apresado para ciertas tareas.

Aquellos hombres se habían resignado fácilmente. No tenían familia. Eran dos viejos enfermos y un retrasado mental que no llegó a usar el arma porque la había cambiado por un pedazo de carne. Había mucho que hacer. Los caballos estaban ariscos.

-¡Estos malditos caballos paraguayos que no terminan de domesticarse!... -se queja Fonseca en portugués- ¡Chaves!, ¡dale unos latigazos a estos para que aprendan!

-Sí, mi general.

Entonces el soldado toma el látigo y se lo cruza por los lomos.

-¡Así no se hace, che general!... -corrige el retrasado -Ndahaei upei- cha... (No es así).

-¿Qué dices, idiota?-interroga Fonseca, que no maneja el guaraní.

-Dice que no funciona -traduce un brasilero.

-¿Cómo se llama este imbécil?

-Se llama Librado.

-¡Ja!, ¡qué nombres más estúpidos les ponen aquí!

El hombre es un campesino. Tendrá un poco más de treinta años. Camina torcido, está desgarbado porque un brasilero enfurecido le partió por la espalda un tronco de leña. Es un hombre de reflejos muy lentos y esto desespera al brasilero. Librado es verdaderamente retraído, pero no es imbécil a pesar de estar todo el tiempo con una leve sonrisa en los labios, sobre todo cuando está solo.

-A ver, Librado, muéstrame cómo funciona... -desafía Fonseca con una mueca de desprecio.

El hombre se queda parado mirándolo, porque no está seguro de lo que se le pide, hasta que otro soldado le explica.

-El general quiere que le muestres cómo haces para calmar a esos caballos salvajes.

Entonces Librado se mueve solícitamente, y caminando lo más rápido que le permite su cojera, se acerca sonrientemente a los caballos que están ariscos y que no quieren meterse a la fuerza adentro del corral. ¿Y qué hace? Les habla en guaraní. Emite algo que semeja a la vez un ruego y una orden. Entonces, los caballos se quedan quietecitos, inmóviles, y las orejas se les paran. Pero no es solo esto: los pájaros que no dejaban de gorjear todo el día, enmudecen, Y el viento cesa, y hay mas sonoridad en la selva… una sonoridad nunca escuchada, mientras la voz de Librado se extiende como un eco... y las tropas dejan todo lo que están haciendo sin saber por qué y también se detienen a escuchar... y la voz de Librado vibra y se hace fuerte... y los caballos salvajes, ¡ah!, empiezan a sacudir sus colas como mimosos... y a un gesto de Librado, enfilan loditos para el corral mientras pasan frente a la cara de piedra de Fonseca, que mira a Librado muerto de envidia, y con el mayor desprecio del mundo.

Librado cierra el portón y se da la vuelta, contento, y sin dejar de sonreír, le habla al general en español, en un tono confianzudo, absolutamente familiar y sincero:

-Hay que aprender guaraní, che patrón, acá todo se mueve así... los árboles, los pájaros, el viento. Todos se rinden al guaraní. Tu látigo no tiene la magia que tiene mi lengua...- y lanza una alegre y ruidosa carcajada de bobo.

-¿Qué mi látigo no tiene magia? -pregunta irónicamente el general, y se acerca parsimoniosamente a Librado, látigo en mano- Te voy a demostrar que sí... Yo tengo el poder de hacerte ver las estrellas... -y el látigo resuella en su cuerpo.

Librado rápidamente cae de rodillas, intentando inútilmente cubrirse con los brazos. El látigo le cae sin piedad por la cabeza, por los pies, por la espalda, le corta la ropa, la carne, ¡ay!, le llega a los huesos. Sus gritos pronto se vuelven agudos, se quiebran en llanto y se vuelve niño de golpe. Dos de los viejos paraguayos, prisioneros, lagrimean mientras rezan en silencio. Algunos brasileros se ríen para festejar la salida del general. Otros hacen el esfuerzo de reírse. Unos pocos dan vuelta la cara y vuelven a sus quehaceres.

Y así Fonseca descarga la furia del día.



UNA SITUACIÓN IMPROPIA

 

La señorita está con mejor salud esa tarde. Hace varias semanas que ha permanecido encerrada en su cuarto. Ansia tremendamente salir afuera. Sería a eso de las tres de la tarde cuando se escapa con unas niñas del lugar para jugar del otro lado del jardín, un lugar un poco apartado de la vista de los mayores.

El escucha las risas. Preso de una curiosidad creciente se va acercando de rama en rama hasta el linde de la muralla. Desde las ramas altas puede ver lo que pasa en el jardín. Son mujeres de las nuevas, con esas vestimentas raras sobre la piel. No parecen peligrosas... Se da cuenta de que están jugando. Las observa mudo y atento. Juegan a las escondidas. Aquel juego se parecía al que remotamente había jugado alguna vez de niño.

-... 45, 46, 47, 48, 49... ¡50! -avisa en voz alta una niña.

Juliana, llena de regocijo, busca dónde ocultarse, mientras sonríe sin cesar. Se ha descalzado y ha salido corriendo. Se atreve a subir por un tronco cortado, afirmándose lo mejor que puede a las ramas gruesas. Mira a un lado y al otro con rapidez, siempre con una sonrisa de excitación en los labios, gira precavidamente hacia atrás.

Y entonces lo ve. Por espacio de un minuto, se le congela el rostro. Y él también ve, que ella lo ve, en el mismo momento en que a Juliana se le colma la cara de asombro.

Verlo a él así a la cara, ahí arriba, a unos escasos tres metros, de cuclillas sobre una rama del árbol es una cosa inexplicable. Ante la inesperada aparición, un pie la traiciona, se trastabilla y cae al suelo. Pero no grita. No pide socorro como otras veces. Se distrae revisando su talón, y cuando vuelve a buscar aquel rostro, ya no está entre los árboles. Mira alrededor... las otras niñas deben estar detrás de los matorrales, ocultas, pero no lejos. Se escuchan sus voces y sus risas, hasta que de pronto lo tiene en frente.

Él se ha acercado. Ha saltado la muralla. Ha cruzado el límite que sabe bien que no debe cruzar. Tal vez fue porque vio la caída de la joven y adivinó su dolor o tal vez se acercó atraído por alguna otra fuerza de la naturaleza. Así que ahora está ahí, a dos metros de ella, de cuclillas, mirándola. Ella abre la boca, tal vez para gritar, presumiblemente para pedir socorro porque piensa que está en peligro, pero la voz no le sale.

¿Qué ve ella en él? Bueno, lo pardo de su piel, el blanco amarillento de los ojos dando un aspecto siniestro a los ojos negros, profundos, rasgados y brillosos... pero no inspiran terror, no se puede decir que sean feos porque la juventud de aquella criatura da una misteriosa belleza viril a sus rasgos firmes. Hay hasta algo de sensualidad en el asombro de esos ojos y en la expectación de esa boca de labios gruesos, semiabierta por el embeleso de la curiosidad... Algo hay del fuego del mal, pero algo hay del fuego del bien... No había visto nunca a un hombre así. Sin embargo, ella no piensa que él es un monstruo, un salvaje, un enemigo. Solo repara en que es un hombre. ¿Y él? El no piensa en nada. Está perplejo, como nunca antes. En blanco -si es que tenía mente para tenerla en blanco. En blanco, pero con con unas ganas extrañas de reírse sin saber porque, de quedarse asi como esta para mirarla mejor, para mirar cada gesto de ella, cada suspiro involuntario de ella, la respiración entrecortada agitando sus pechos, los movimientos delicados, los ojos abriéndose y cerrándose para mirarlo mejor. Tal vez experimentó lo que Adán cuando se le presentó a Eva -adivino que fue herido de una perplejidad pura, sin pensamientos- ¿Y ella? Ella sigue en el suelo, descalza, con un suave camisón rosado de damasco, levantado por la caída, muy por encima de las rodillas, con los cabellos sueltos y ahora con la cara roja de vergüenza, porque piensa que aquella es una situación impropia, que ningún hombre debería verla en ese estado, que está siendo mirada tal vez como mujer, y la sangre se le sube al rostro con ese exultante pensamiento. Lentamente baja el vestido levantado, sin dejar de mirarlo a los ojos.

Se miran con profunda curiosidad. De pronto saben que el temor no tiene sentido. Solo atinan a saber eso en aquel momento y nada más, porque ya se aproximan las voces de las otras niñas, y de pronto él, que está en cuclillas, se levanta, y entonces, entonces... Juliana ve lo que hasta el momento no había notado, porque su vista jamás se había dirigido hacia otro sitio que no fuera su rostro... Ve. Ve pero no hay la más leve señal de alarma, de asombro o de incredulidad. No dice ningún ¡Por San José! ni ¡San Antonio!, no hay ningún: ¡Ay, Dios mío!, no. No porque es la primera vez que ella ve algo así, y en su inocencia virginal cree, la muy ilusa, que todos los hombres del mundo tienen la misma enorme "cosa". ¡Craso error para ella!, que después, en un irremediable futuro, mediría al resto de los hombres con la misma vara... y, ¡ay!, entonces ya no cabría ningún consuelo posible para ella, y para ellos; ¡ah!, no tendrían la menor posibilidad de competir con aquella primera gran impresión. ¿Y el hombre?... Quiso desaparecer y desapareció.



EL SECRETO DEL JARDÍN

 

En el rostro de Juliana hay encarnada una viva emoción. La primera gran emoción de su vida como mujer. Cuando sube a toda prisa las escaleras para dirigirse a su cuarto, Yrasẽ viene bajando tranquilamente. Apenas se cruza con ella Juliana la toma de la mano y la obliga a seguirla. La conduce a las corridas a su cuarto y cierra rápidamente la puerta. De un salto tira a la cama y atrae hacia sí a la indígena, obligándola a sentárse a su lado.

-¡Ay, Señorita!, ¿Por qué me estira asi?, ¿Qué pasa?

-¡ Yrasẽ! -dice, deteniéndose a tomar aire, pues le falta el aliento- ¡tengo que contarte lo que vi detrás de la casa, al otro lado del jardín! ¡No debes contarle a nadie lo que te voy a decir!

-¿Qué cosa, mitãkuña'i?

-¡Vi a un hombre!... -exclama, tomando a la indígena de la ropa.

-¿Un kuimba'e? ¿Dónde?

-Allá, del otro lado, donde papá no quiere que vayamos.

-¿Y para qué fue?

-Para jugar con las vecinas...

-¿Qué hay con el kuimba'e? ¿Se metió con ustedes?

-No.

-¿Y entonces?

-¡Yo lo vi sin querer! Estaba escondido entre los árboles, estaba cerca del él sin saberlo, y cuando lo vi, me asusté y me caí. Estaba sola porque me estaba escondiendo, y entonces él se bajó del árbol, y se acercó bastante, pero se quedó ahí, de cuclillas mirándome con esa cara y... -mientras Juliana describe esto, agita las manos, le falta el aliento, y se mueve en la cama sin cesar, abrazándose las rodillas nerviosamente, arrodillándose, poniéndose en cuclillas y saltando cada vez que cambia de posición.

-¡Quieta!... ¿No trató de ayudarla? ¿La tocó?

-No.

-Bueno, ¿y quién era, pues? ¿Lo conoce?

-Nunca antes lo había visto... era muy muy diferente a los demás...

-¿Era joven o viejo?

-Joven.

-¿Era lindo o feo?

-Mm... no sé decirte... no era lindo... pero no era feo... era raro, te digo, y me asustó cómo me miraba, y se me subió mucho el vestido... ¡Prométeme que no contarás esto a nadie!

-Lo prometo. ¿Vio algo que no debía ver?

-¡Síiiiii!... ¡Me vio las piernas casi hasta arriba!

-¡Uyyy! -exclama la indígena abriendo los ojos.

-¡Sí!, ¡y la cara roja!... ¡Me quería morir de vergüenza!

-¡Aaaah! ¿Y se murió?

-No, tonta.

-Bueno, ¿y qué pasó después?, ¿le prometió matrimonio? ¿Cuándo se casan?

-No habló. Se fue antes de que me encontraran las vecinas.., ¡Desapareció como por arte de magia! No vi para donde.

-¿Cómo era?

-¡Ya te lo dije!

-¿Cómo era su cuerpo y su cara?

-Era delgado, de piel bastante oscura, como tú, con los ojos rasgados y la nariz ancha y la boca ancha... ¡ah!, y estaba desnudo.

-¡Ese sí que es un detalle! ¿Todo desnudo?

-Sí. ¡No vayas a contar a nadie!

-¿Cómo voy a contar semejante pecado? ¡Cuénteme más! ¿Qué le vio?

-Nada. Todo.

-¿Cómo que nadatodo? ¡Me lo cuenta!, ¡no se puede guardar semejante pecado para usté sola!, ¡le dañará! ¡Me cuenta qué le vio o su alma arderá en los fuegos del infierno, por los siglos de los siglos!, como dice el pa'i Pedro...

-Lo que más me impresionó -y era sincera- era su rostro, sus ojos, su nariz, su boca... y yo estaba en el suelo con miedo de moverme, y no podía dejar de mirar su rostro... ¡Mira!, yo estaba así... -y Juliana reproduce la escena-, y después, cuando llegaron las vecinas y apenas miré hacia atrás, ¡él desapareció! ¡Te digo que desapareció! Fue todo muy rápido... ¿No contarás esto, verdad?

-No lo contaré -dice Yrasẽ, mientras jura, besándose los dedos en forma de cruz- ¿Cómo era su cuerpo? ¿Era hermoso?

-Bueno... ¡No sé!... Es que fue el primer hombre desnudo que vi en mi vida.

-¿Pero le gustó o no?

-¡Ay!, ¿me tienes que preguntar todo?

-Tiene que contarme, ¡o se quemará en los fuegos del infierno!

-No sé... supongo que sí... Era un hombre desnudo, ¡no sé!, me figuro que era como cualquier otro muchacho.

-¿Pero le gustó o no? ¡No me dice!

-No te lo diré.

-¡Niña mala!

-Tienes que prometerme que guardarás este secreto, Yrasẽ.

-Lo guardaré, ya sabe que sí, Mitãkuña'i vyra. (Muchachita tonta.)

-¿Muchacha qué me dijiste?

-Muchacha bonita.

¡Ah! ¡Gracias! Y tú también puedes contar conmigo cuando tengas algún secreto.

- Lo haré, mitakuña.

Y ambas muchachas sonriendo, enlazaron sus manos amistosamente, sin alcanzar a sospechar los tremendos secretos que tenían que ocultar a la vista de los demás, en un futuro cercano.



ÍNDICE

EL PROFESOR Y EL ESTUDIANTE

LLEGADA AL CEMENTERIO

VILLA SARAKI

LOS MUERTOS AJENOS

LA SEÑORITA JULIANA

TIERRA DE NADIE   

FUEGO

LAS RESIDENTAS

APARICIÓN      

PIEDAD

LA CURA

LA FURIA DEL DÍA   

UNA SITUACIÓN IMPROPIA

EL SECRETO DEL JARDÍN

MALAS PALABRAS

EL RAPTO

LA CAUTIVA

LA LIBERTAD

MISA DE LA LUJURIA

CONFESIONES

LIBRADO

UN DEMONIO BUENO

¡AICHEJÁRANGA!    

EL VALOR DE UNA FLOR 

ORE MBYJA AVA     

LA RABIA Y EL VALOR

NO HAY TRATO

INTIMIDACIÓN

PAJE

QUE NO SE HABLE EN GUARANÍ

REFUGIADOS

UN POCO DE PAZ

LOS FANTASMAS NO CUENTAN

COSAS DE BRUJA    

SAN LÁTIGO

SOLO CENIZAS

LOS CIMIENTOS

PROHIBICIONES

CUANDO EL TERROR GOBIERNA

ESTO ES EL INFIERNO

El TENIENTE PAULO DA GAMMA

DISPUESTOS A PELEAR

COSAS IMPROPIAS

EL ORGULLO

QUÉ DIOS LOS AYUDE

VIGILAR A DA GAMMA

SUPLICIO

EL MUNDO REAL

JULIANA DESAPARECIDA

CONOCIENDO EL MIEDO

PENSAMIENTOS EMBRUJADOS

LA LLAMADA

DESEQUILIBRIO

AÑA MEMBYRE

EU NAO SOU ASIM  

ESTADO DE AGUYJE

ATRAPADO

CAMPAMENTO PARAGUAYO

LA TRAICIÓN

EN LA FOSA     

DESCUBIERTO

ORE HA’E 13

EL PUEBLO PARAGUAYO NO SE RINDE NI MUERTO

RESISTIENDO

PORA

TECHAGA’U    

HALLAZGO

LA GUERRA CONTINÚA

LAS REBELDES

ESCAPE

PROFECÍA DE LA DESOLACIÓN        

CONTACTO

HIDALGUÍA ESPAÑOLA

ATADO A UN POSTE

EL INNOMBRABLE   

NO PUEDO REVIVIR A ESTE CADÁVER PARA PREGUNTARLE

RENDICIÓN O MARTIRIO 

AMADEO

EL TIRADOR

EL FINAL

UN MINUTO DE GLORIA

NO SUEÑES      

EL DEMONIO HERIDO

NO SOMOS DE ESTE MUNDO

RECOMENZAR

UNA FLOR DE MBURUKUJA     

ÍNDICE

 

 

 

 

 

EL HOMBRE VÍBORA, UN GUIÑO ENTRE LA HISTORIA Y EL MITO

Por SUSY DELGADO

 

Alguien podría preguntarse por qué Irina Ráfols, escritora de nacionalidad uruguaya, emprende de pronto un acercamiento a la cultura paraguaya en su última novela, a pesar de que ella vive en nuestro país desde hace varios lustros. De todos modos, es válida la pregunta para tratar de comprender esta opción revertida en un proceso complejo de búsqueda, indagación y elaboración que ha culminado en una propuesta creativa dentro de la cual se destaca nítidamente ese acercamiento a la cultura paraguaya, a través de algunos elementos rescatados de la historia y la mitología popular de nuestro país. Es un buen punto de partida para intentar descifrar el costado que elegimos en esta obra, un costado que nos parece fundamental.

En El Hombre Víbora, Irina Ráfols plantea dos tiempos paralelos, uno de los cuales sugiere un ambiente y personajes de nuestros días, y otro que nos retrotrae a los días finales de la Guerra de la Triple Alianza, haciendo un claro énfasis en este último, en el que se ubica la trama central de la novela, desde nuestra perspectiva. En ese momento y en un ambiente que retrata la tragedia de un pueblo agonizante, la autora ubica, por un lado, a las fuerzas invasoras y, por otro, a un grupo de personajes que representan a los raleados y sufridos sobrevivientes de la larga guerra exterminadora. El contexto histórico, de por sí lo suficientemente fuerte para despertar el interés del lector y para señalar la inmersión en otro contexto íntimamente imbricado a aquel –el cultural–, no es sin embargo el único ingrediente para advertir esto último. Aquí se van introduciendo los primeros signos de un acercamiento que parte de lo histórico-cultural para abrirse a una perspectiva imaginativa, sensible y osada. Aquí, la obra transgrede –en el buen sentido– lo histórico y lo científico, para ingresar resueltamente en el ámbito que le es propio, con singulares logros y vuelo propio.

En un pequeño pueblo, llamativamente bautizado como Saraki –nombre travieso y alegre que marca un contraste con el drama de sus habitantes–, se desarrolla la historia central de la novela, de intensos visos románticos, que guarda parentesco con diversas historias que la memoria nos devuelve desde la literatura o el cine, desde Romeo y Julieta hasta La Bella y la Bestia, sin ninguna mengua de sus rasgos singulares. Aquí van apareciendo personajes y situaciones en los que emergen los signos culturales, como el sugestivo nombre de Yrasê, y la introducción paulatina de diálogos y palabras en guaraní que van regando el texto, imprimiéndole un claro sabor local.

Y aquí aparece un personaje inesperado: el mítico Kurupí de nuestros cuentos populares, que la autora  revive incluyéndolo entre las figuras de una historia aparentemente planteada fuera del género de lo fantástico. Introducido en la novela por un científico, el recordado y respetado Guido Boggiani, es una especie de guiño pícaro de la autora, que marca la transgresión central de la obra. Ya en el plano de la fantasía plena, el Kurupí de El Hombre Víbora tiene ciertamente las señas de la mitología popular paraguaya, pero también algunos rasgos novedosos, abriéndose a nuevas transgresiones, como la bonomía y la capacidad de piedad y ternura que adornan al personaje, junto a una capacidad de coraje inaudito y de amor llevados al límite de la vida y la muerte, que solo pueden conmover profundamente al lector.

Junto a otros personajes e historias secundarias de El Hombre Víbora, este Kurupí amasado por Irina Ráfols compone una aventura deliciosa a la cultura paraguaya, a través del imaginario popular y del imaginario de la propia autora, desde un tiempo histórico en el que el amor y la crueldad, el heroísmo y la irracionalidad, la vida y la muerte, se mezclaban de modo incestuoso, hasta lo increíble. Dentro de esta aventura que adquiere claros sesos de homenaje, se destaca una clara reivindicación de la lengua guaraní, que más allá de prestarse a imprimir un color local a la novela, modela el carácter y el sino de los personajes.

Podríamos referirnos a varios otros aspectos de esta novela, desde ese juego de tiempos paralelos, pasando por otros recursos como la intertextualidad o el fuerte lenguaje poético que tiñe muchos capítulos. Preferimos ceñirnos a la perspectiva que hemos esbozado aquí, cediendo esos otros costados a otros comentaristas.

Después de todo, no es gratuito que Irina Ráfols, uruguaya de origen, emprenda este viaje a la cultura paraguaya, a esta altura de sus vivencias propias en nuestro país. Porque hablar de cultura paraguaya es hablar de cultura guaraní, de un modo de ver el mundo, de un modo de sentir y de expresar lo sentido, que alguna vez reinó en una amplia franja del continente americano, hasta ese lugar profusamente regado de nombres guaraníes, como el que nombra el país de su nacimiento, Uruguay. Irina, mujer dotada de aguda sensibilidad, además de su clara vocación literaria, por esas cosas de la vida ha iniciado tal vez sin saberlo –o sabiéndolo muy bien– su aventura personal hacia sus propias raíces, cuando recaló en Asunción hace varios lustros. Y hoy comparte con nosotros los felices hallazgos de esa aventura.

Ojehechaukávo ko hembiapo pyahu, ha’e Irina-pe: Tereguata poräite ko tape pyahu rejuhúvape, ha terejuhu rehovo ombopypuku ha ombojegua va’erä ne rembiapo.

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Publicado en fecha: 28 de Julio del 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY



“LA INSPIRACIÓN SIEMPRE ESTA ACECHANDO”

LA ESCRITORA IRINA RAFOLS HABLA SOBRE SU NUEVA NOVELA:

EL HOMBRE VÍBORA, QUE PRESENTARA ESTE MIÉRCOLES, EN EL LECTOR

Texto CÉSAR GONZÁLEZ PÁEZ


Irma Ráfols es uruguaya, pero vive en Asunción desde hace veinte años, es una activa difusora cultural en el campo de la literatura. Es licenciada en Letras y ejerce la docencia, además de su oficio de escritora. Hasta el momento ha publicado textos como el libro de cuentos Esperando en un café, 2004; el poemario Desde el insomnio, 2005, y su novela Abulia, el inútil, editada en el 2003. En esta entrevista habla de El Hombre Víbora, la nueva novela que presentará el miércoles próximo, en el Centro Cultural El Lector.

—Muchos autores cifran su suerte en el título. ¿Cuál fue tu criterio de elección?

— Bueno, el personaje más sugestivo de la novela es el Hombre Víbora, Mbói Ava, que es mi versión del Kurupi. La novela estuvo destinada a llamarse así de entrada, no lo tuve que pensar mucho.

—¿Hace cuánto tiempo que la estás escribiendo y si realmente te conforman los resultados?

—La escribí más o menos en dos años, pero la corrección me llevó como un año, con colaboración de especialistas en guaraní y en portugués. Fue la novela más difícil que escribí hasta ahora. Por un lado, tuve que leer muchos libros de historia, solo para poner un marco histórico, porque parto de ahí, pero es ficción. Esta parte estuvo buena, porque me fascina la historia paraguaya, sobre todo la relacionada con la Guerra de la Triple Alianza. La parte que estuvo peliaguda fueron los diálogos en guaraní y en portugués que la novela tenía que tener. Para ver el juego de las adaptaciones de la traducción, me fijé en García Márquez, Roa bastos y Umberto Eco. Primero hice traducir muchos diálogos, y después fui reduciendo lo que dejaba, a sugerencia de editores y amigos. Para cuando se haga película, alguna vez, volveré a poner los idiomas de origen y aparecerán las traducciones en leyendas. Con respecto a los resultados... esperaré las impresiones del público. Llega un momento en que el escritor está tan comprometido con lo que escribe que ya no sabe si escribe, si ya terminó o si son otros los que están escribiendo y uno les lee Mejor espero a que otros me digan qué pasó. Así de intrincado es por momentos.

—En resumen, ¿cuál es el argumento?

—Te paso la sinopsis: El profesor Longobardo se lleva a Efraín, un alumno desastroso, a la profundidad del monte en busca de los huesos del Kurupi. Siguen las pistas de ciertas cartas dejadas por Boggiani. Mientras encuentran vestigios de la Guerra de la Triple Alianza, el pasado cobra vida. El ejército brasileño toma el Paraguay. Todo está perdido, pero en los pobladores de Saraki se esconden un odio vivo y un deseo imposible de deshacerse de ellos. En el presente, Efraín se enfurece cada vez más con el profesor y exige volver, pero es retenido contra su voluntad. Son dos historias, en dos tiempos diferentes, que entran en contacto para revelar la pasión escondida de los personajes: soldados, fantasmas y algo más que hombres.

—¿Cómo surgió el tema?

—El tema surgió en mi época de estudiante en la facultad. Cuando empecé a estudiar en la carrera de Letras los mitos y las leyendas, me llamó la atención el Kurupi, y lo vi con mis propios ojos, es decir, a esta criatura le puedo sacar el jugo, pensé, puede dar mucho más, y eso hice El Kurupi aparece en el momento que Brasil se apodera del Paraguay, en la posguerra. Las situaciones se entremezclan. Hay historias de amor, de traición. Es una novela de personajes; cada uno tiene su momento. Además de dramas, hay elementos sobrenaturales, fantásticos y bélicos.

—¿Qué es lo que quieres provocar en el lector cuando lea la novela?

—Humor, risas, ilusión, ternura, picardía, compasión, amor hacia el guaraní y reverenda a un pasado lleno de valor y de sacrificio. O sea, de todo. Soy demasiado ambiciosa. Vaya a saber si logro algo de esto, no lo sé.

—¿Conlleva alguna enseñanza o predicamento de una postura?

—Bueno, sí. Doy consejos y recetas antiguas para calmar la lujuria, y rezos a San Enisbaldo, el santo que protege contra la fiebre sexual Muchos que conozco tendrían que rezarle.

—¿Cómo han sido receptados por el público tus libros anteriores?

—Bueno, el tema pasa por moverse con los libros, difundir, presentarlos en diversos lugares. Eso cuesta mucho. Por lo general, los libros que quedan en las librerías terminan no siendo vistos. Dependiendo de esto, los libros encuentran a su público. Abulio, el inútil y Esperando en un café fúeron muy leídos en los colegios. Ya hice reediciones de los dos. Los poemas recién los empiezo a mover, pero hace rato los publiqué. Me refiero a Desde el insomnio y Alcaesto, de los que de vez en cuando me llegan comentarios. Pasa que a veces el escritor sé queda sin sus libros, pues la mayoría se quedan en las editoriales. Si las editoriales no generan actividades con ellos, se pierde el contacto con el público.

—¿Has tenido devolución o reacciones por parte de los lectores?

—Sí, los más liberales se ponen del lado de Abulio. el inútil; con Desde el insomnio no duermen, con Alcaesto lloran, con Esperando en un café piden medialunas. No me quejo.

—¿Cuál es tu modo de escribir, con qué estilo narrativo te compararías y cuál es tu rutina para la inspiración?

—Mi modo de escribir: Notebook, café o mate. Un rincón del apartamento. Música instrumental. Me tiene que atraer el tema, me dejo llevar por la historia y los personajes, y me permito transportarme a otro mundo. Estilo narrativo... fluido, rápido, poético a veces, rioplatense. Rutina... dejarme atrapar por el trance de la creación. No hay otra.

—¿Proyectos a corto o largo plazo?

—A corto plazo tengo nuevo libro de cuentos para publicar, al mejor postor. Después tendré que ponerme las pilas con las piezas teatrales que tengo escritas desde hace años. Y tengo varias novelas empezadas, otra novela corta terminada y un poemario. Lo bueno de todo es que la inspiración siempre está acechando. Lo importante no es llegar al final del juego, sino jugar.


Fuente: CORREO SEMANAL del DIARIO ÚLTIMA HORA

Publicado en fecha: Sábado, 06 de Julio del 2013

 

 

 

 

IRINA RAFOLS Y EL HOMBRE VÍBORA

NOVELA RECIENTEMENTE PRESENTADA EN LA LIBRO FERIA 2013

MARIBEL BARRETO


INTRODUCCIÓN

Irina nos tiene acostumbrados a sus textos narrativos interesantes, cuentos y novelas bien estructurados. Ahora nos sorprende con una nueva novela El Hombre víbora, la cual permite varias lecturas, varias miradas, es multiforme, multidireccional ya que por sus características no puede ser el clasificada en un grupo determinado porque es de aventura ya que Longobardo conduce a su discípulo Efraín hacia la costa del Paraná tras las huellas del Kurupí, es histórica porque el relato se contextualiza durante la Guerra del 70 en el Paraguay y narra hechos heroicos, es psicológica porque descubre la conciencia y el subconsciente de sus personajes y la sicología social, la conciencia colectiva, las vivencias y las reacciones de sus personajes que forman una comunidad Sarakí y presenta los sentimientos y creencias, miedos y odios, amor y solidaridad del personaje colectivo, el pueblo donde las mujeres guerreras se defienden de la soldadesca del ejército vencedor, es folclórica porque los mitos y las leyendas cobran vida y el personaje Kurupí deja de ser mitológico y se humaniza para amar y ser amado.

 

ASPECTO LINGÜÍSTICO

El lenguaje juega un rol protagónico, en esta novela, El hombre víbora en que la coexistencia de tres lenguas en contacto castellano, guaraní y portugués son vehículos de comunicación natural en un villorrio del Paraguay ocupado por las fuerzas brasileñas durante la Guerra de la Triple Alianza. Irina consiguió resolver el problema lingüístico de sus personajes haciendo que se expresaran en su propia lengua sin que el dialogo necesite traducciones.

En el caso de los brasileños, ellos prohibían a los paraguayos el uso del guaraní. Cuando la sirvienta Yrasé, la joven indígena pronuncia la palabra mitakuña'i, la patrona española cree que es una grosería, ella le explica el significado, pero su ama le prohíbe hablar ese idioma espantoso, “idioma de salvajes que suena tan feo”, pero la autora resalta que el guaraní es dulce, lo comprueba en dos pasajes, en el primero una niña enferma es enseñada por su niñera indígena sobre las bondades del guaraní y de las hierbas medicinales y la niña se cura. En otro episodio, los caballos criollos no obedecen al general brasileño y este recurre a un campesino, que les habla dulcemente en guaraní y los caballos obedecen mansamente porque las bestias entendían de las súplicas formuladas en guaraní y Librado toma la palabra y habla en español al General para explicarle:

“Hay que aprender guaraní, che patrón, acá todo se mueve así, los árboles, los pájaros, el viento, todos se rinden al guaraní. Tu látigo no tiene la magia que tiene mi lengua…”, a lo cual el brasileño responde con la fuerza y la crueldad del látigo.

El enemigo conocía bien que una lengua es una herramienta al servicio del poder para ejercer la dominación, por tanto, para destruir a un país había que combatir su lengua, prohibirla porque establece el enlace, la unión de todos los hablantes. La Triple Alianza venció al ejército paraguayo, a los hombres y mujeres, pero no pudo suprimir su lengua; aun con el exterminio de su pueblo, el guaraní resurgió con fuerza en cada paraguayo que nacía con su lengua guaraní, la lengua de las madres y de la naturaleza idealizada con la dulzura de la lengua indígena: “Es que en guaraní los animales entienden mejor los lamentos y los gemidos. En guaraní, las estrellas entienden mejor los sueños y las plegarias” (70)

La escritora revaloriza el guaraní, utiliza esta lengua para titular siete capítulos, le pareció mejor el guaraní para jerarquizar segmentos de su novela en los que habla de sentimientos y de creencias, cito: Aichenjaranga, Orembyja ava, Paje, Aña Membyre, Ore ba'e 13, Pora, Techaga'u y aquellos en que predomina la acción se los nombra en castellano.

La historia que nos relata Irina Rafols se encuentra estrechamente ligada a tres criterios en que se fundamenta la lógica del relato, el criterio de causa y efecto o sea el de la verosimilitud, para lo cual utiliza la astucia de las cartas de Guido Boggiani compradas por Longobardo, profesor investigador, por cinco millones de un hombre durante una Asamblea de la Unesco en el Reino Unido, además de las cartas sobre la existencia del kurupí el cual aparece como una realidad indisociable de la historia, también le entrega unos mapas sobre los lugares donde vivía el ser mitológico.

Luego, el tiempo de la enunciación, es decir del tiempo de la historia configurada en forma de texto, los hechos históricos y el tiempo prefigurado o el del mundo real. En cuanto a la existencia de la Villa Sarakí, la ocupación de la misma, la masacre de todos sus habitantes y sus sufrimientos al final de la Guerra de la Triple Alianza.

 

EL DISCURSO NARRATIVO

El tiempo interno estructural ocupa un lugar destacado en el ordenamiento de la trama.

En el presente del relato el profesor Longobardo y su alumno Efraín se lanzan a la aventura en la búsqueda del Kurupí. El relato enmarcante es la historia de la excursión con fines científicos que realiza Longobargo y el relato encajado el de la ocupación y destrucción de Sarakí, los sucesos acaecidos: crímenes, violaciones, muertes, incendios, hambre, miseria ocasionados por los guerreros brasileños. Irina utiliza eficazmente las anacronías, las anticipaciones y las retrospecciones. Comienza el relato hacia finales de 1870 con la ubicación de la Villa Sarakí. En ese punto nuestra escritora introduce un acontecimiento muy anterior, el relato se disloca y nos informa que un grupo de soldados comandados por Alvar Núñez Cabeza de Vaca había pasado por ese lugar y dejó una población de indígenas que un tiempo después abandonaron el lugar pero fue repoblada por españoles durante la colonia. La contigüidad de unidades discontinuas imprime al relato una estructura de fuga. Finalmente el comienzo del relato principal cuya amplitud corre un periodo de tiempo que finaliza dentro del relato primero.

En este caso, la retrospección no se detiene al conectar con el relato principal sino que continúa hasta el punto en que se había cortado para facilitar su aparición cuando Longobardo y su alumno hallan una fosa en la que se encuentra asegurada una muy gruesa cadena de hierro fabricada en la fundición de hierro de Ybycui con la que había sido sujetado el hombre-víbora (kurupí) cuando lo liberaron para que se quedara vagando por los montes fuera del tiempo.

 

LOS RECURSOS EMPLEADOS

Lo fantástico, como recurso muy eficaz Irina emplea elementos fantásticos como el caso del paje, o el de los poras que son fantasmas o almas en penas que en las noches de tormenta se los ve recorriendo el pueblo con sus cruces a cuestas, como salidos de la bruma. Las cruces vuelan, se mudan de lugar, recursos tales que se adscriben dentro del realismo mágico.

Casos de brujería: sirven para ilustrar la creencia popular sobre el hechizo, que se encuentra en todas las culturas del mundo.

“Excremento de rana, ruda, ky'yi, anís estrellado, tripa de aguara'i, luego se pide a los cuatro vientos, a los cuatro grandes dioses, al orden primero, al que alimentado por el colibrí...” (96)

En otro episodio, el de los caballos enpajenados, la brujería se presenta como el ojo de un animal atravesado por una aguja, todo envuelto en una bolsita que ha sido arrojada por una flecha sobre los caballos. (95)

En otro pasaje espeluznante, el profesor y Efraín se acercan a un rancho, allí encuentran a un anciano, decrépito, de barba larga y blanca, le piden un poco de agua y él les responde allí está el pozo, ellos miran al fondo y se ve el agua limpia, introducen el balde y solo sacan ceniza, el viejo les dice que a veces sale el agua, allí hubo un gran incendio provocado por los brasileños, hacía tanto tiempo que el viejo ya lo había olvidado. Se retiran Longobando y Efraín, miran hacia atrás y no ven ni el rancho, ni el viejo. Desaparecieron, como un espejismo, pero ellos sí sabían lo que habían vivido como experiencia.

La alternancia de los hechos del pasado y del presente ya que en cada lugar encuentran vestigios que testifican los horrores vividos por los habitantes de Sarakí hasta el exterminio: cruces, restos de morteros, balas, la muralla que rodeaba a la villa para defenderla de los ataques de los indígenas.

Con cada huella, cada rastro, con cada pista hallada, en el monte, la autora se lanza al pasado para hacer resurgir los episodios narrados en presente histórico con el fin de lograr la actualización de la historia.

 

CUANDO SE INSTALA EL TERROR

En Villa Sarakí, viven familias españolas y muchos criollos. Un acaudalado español tiene una hija muy bella, Juliana, que gustaba escapar hacia el monte para embelesarse con las flores y aspirar el aroma de las mismas, pero una siesta, es observada por un ser muy extraño que se hallaba trepado en la rama de un árbol frondoso. Le impresionó la mirada de fuego del indio de cutis cetrino, y cuando se bajó del árbol, ella contempló por primera vez la desnudez de un hombre y se asombró ante la aparición de ese ser muy raro con un atributo singular entre las piernas. Se sucedieron los encuentros, el hombre del árbol la trataba con dulzura y consiguió enamorarla, aunque ella creía que era el demonio.

Los brasileños raptaban a las mujeres, las maltrataban y las violaban. Un día, toman por asalto la casa de don Guzmán Álvarez, el español, hacen prisionera a Yrasé. La criada india Yrase que cuida de la hija, es maltratada, azotada por hablar en guaraní, por responder en guaraní al militar brasileño, es repetidamente violada y encerrada en una jaula como un animal. Otra mujer vejada es una criolla, residenta que buscó refugio junto con sus tres hijos en la casa del español, allí abundaba la comida, cada día había una ración para todos.

Nadie osaba atravesar los lindes de la villa, nadie se atrevía a saltar los muros por temor a las tropas imperiales que siempre estaban a la caza de animales y de mujeres paraguayas cuando se alejaban para buscar leña en el monte o traer agua del arroyo. Para las paraguayas los “Kambá” eran los demonios en persona, que mataban sin piedad, tan crueles que no perdonaban la vida ni a niños ni a ancianos.

El español es despojado de su propiedad, víctima del general de Sousa que responde a don Fernando: “Te equivocas mi querido español, esta es mi tierra ahora, es la tierra brasileña la que te da amable hospedaje a ti y a tu familia”.

Una mañana el general de Forseca emite la orden de prender fuego al monte para dejar un claro que serviría como un mirador natural desde donde podían divisarse mejor la entrada y salida de Sarakí. El soldado que cumple la orden, de pronto, observa que trepado en un árbol se encuentra un “animal rarísimo.. .me pareció que tenía ojos humanos”. El general ordena su muerte, dice que no le gusta lo que vio. En Villa Sarakí, los guardias que cuidaban la entrada contaron hasta cincuenta mujeres famélicas que golpearon las puertas pidiendo auxilio. Algunas trajeron consigo el cólera.

La voz narrativa enuncia que “cuando esta nación recibió el mal, abrió sus compuertas y lo recibió con todo: guerra, traición, hambre, peste, y además miserias”.

En este capítulo, el narrador omnisciente nos cuenta que algunas mujeres llegaban con sus hijos muertos en sus brazos o arrastrando ancianos enfermos o mutilados, a los moribundos se los dejaba fuera del muro y una vez muertos los enterraban lejos del cementerio para que este no se llenara con “muertos extraños”.

 

¿QUIÉN ES KURUPÍ?

Trepado a las lianas se esconde entre los árboles o camina sin dejar huellas en el suelo. Acechaba a los brasileños desde la copa de los árboles, espiaba a los malos. Los brasileños lo encontraron desnudo en los matorrales, pero él logró escapar, lo describen así: Es un indio medio raro que tenía algo extraordinario entre las piernas. Se asustó y emitió unos sonidos con voz gutural que horrorizó a los soldados quienes creyeron que era el demonio. Lo capturaron, lo ataron y lo enjaularon. Karaí Kytá, el hechicero, durante la noche lo liberó y Kurupí volvió a lo más intrincado del monte.

Yrasé conocía de su existencia, le había contado su bisabuelo cuando aún vivía con la tribu y le advirtió cuando se sentaron junto al fuego como era la costumbre. Desea poseer a las niñas, desflora a las vírgenes, luego las deja y ellas se vuelven bobas y andan como sonámbulas, las mujeres indígenas le temían. Juliana lo vio una tarde en el jardín, se acercó mucho a ella y “le subió su vestido”. El sacerdote en la misa lo describe como símbolo de lujuria, pero nadie lo entiende. Liborio, el tonto del pueblo, es su amigo y lo llama Mboi ava; cuando le preguntan cómo es, lo dibuja con figura humana, es horrible, un rostro demoníaco que causa terror y tiene enroscada al cuerpo una víbora con las fauces amenazantes.

 

CONCLUYO

Boggiani pertenece al mundo de la ciencia y de la lógica. El profesor Longobardo y Efraín operan en el mundo real, tangible, pero conscientes de penetrar en el mundo mítico al que pertenece Kurupí. Cuando desentierran la cadena junto a la fosa, donde tenían cautivo al Kurupí según las cartas de Boggiani, sienten que el sacrificio de la búsqueda, el objetivo de la investigación se ha cumplido y ellos RETORNAN a Asunción seguros de haber hallado las huellas del ser legendario que vive en la memoria colectiva.

En el final de la novela Kurupí está vivo, la escritora nos revela que él está ahora trepado en el mismo tronco donde se había sentado junto a Juliana en época de la Guerra del 70, que como monstruo deforme y feo debe ocultarse siempre. El Kurupí nunca será parte de la historia que escriben los hombres, pero pervive en los mitos y en las leyendas, sobrevive su espíritu en el cauce del tiempo, vaga en las noches lunadas, aislado del mundo, condenado a la soledad, con una conciencia que no muere.

Agosto, 2013

Fuente: REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY - IV ÉPOCA – N° 25 JUNIO 2013

Editorial SERVILIBRO. Dirección Editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Asunción – Paraguay. Noviembre 2013 (165 páginas)

 

 

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