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  CONCIERTO DE CUENTOS - Cuentos de CÉSAR GONZÁLEZ PÁEZ - Tapa: ROBERTO GOIRIZ


CONCIERTO DE CUENTOS - Cuentos de CÉSAR GONZÁLEZ PÁEZ - Tapa: ROBERTO GOIRIZ
CONCIERTO DE CUENTOS
 
Cuentos de CÉSAR GONZÁLEZ PÁEZ
 
 
Editorial El Lector,
 
Asunción-Paraguay
 
1997 (121 páginas)

 
PRÓLOGO
UN CONCIERTO DE DESCONCIERTOS
El personaje del cuento "DONES" reflexiona sobre su destino, expulsado del paraíso y condenado a la existencia: "Simplemente se deshicieron de mí y me destinaron a permanecer en este lado del mundo que llamamos de un modo irresponsable-realidad."

IONESCO podría coincidir plenamente con esta definición tan absurdamente clara. La irrealidad real o la realidad irreal es uno de los espacios cuyos senderos se cruzan, se enlazan y se bifurcan de tal forma que instauran el laberinto de la ficción, del absurdo, en el que cualquiera se pierde o se encuentra. En ese arte de encontrar y desencontrarse consiste el arte del narrador de pequeñas ficciones.

Al contrario que la música, con su matemática de do-re-mí concertados, el cuento debe tener algo de desconcierto, de maravillosa cajita de Pandora. Un cuento es una puerta que uno abre esperando encontrar algo que no es habitual, más que la sorpresa, el asombro.

Al abrir cada una de las puertas que nos ofrece este libro, estoy seguro de que el lector coincidirá conmigo en que reina el asombro.

Un personaje se juega con un espejo, en un insólito duelo, recuperar su propio rostro. Otro deja que la vida se le vaya tras un pájaro irreal.

Cito sólo algunos de los muchos desconciertos que conforman este "CONCIERTO DE CUENTOS". CONCIERTO DE DESCONCIERTOS. Cada uno trabajado artesanalmente; unos cincelados con un pincel, otros con un estilete y algunos con cuchillo, pero ninguno con un hacha.

Son cuentos económicos, sin mucha retórica, con gran ahorro de palabras, pero ricos en asombros, en maravillación. Es como el libro que abre la puerta de uno de los relatos, un libro de artes invisibles que actúa sobre la equívoca realidad. Sobre las realidades mágicas que fosforecen fantasmagóricas desde la chata cotidianidad.

Tal vez el lector caiga, al igual que yo, en un principio, en la trampa de pensar que son relatos borgianos. Lo son solamente en que la realidad, la verdadera, la que descifran los libros escritos en clave de magia, se empecina en parecer borgiana. La otra es la que irresponsablemente llamamos realidad.
 
 
EL PUEBLO MELODÍA

El sonido de esta lluvia que empieza a caer, suena como una melodía. Se lo escucha crecer despacio entre las copas de los árboles y se ensancha luego con los instrumentos del viento.

Esto me hace recordar a un pueblo cuya musicalidad lo llevó a ser la capital de los sonidos agradables para terminar siendo una leyenda que sólo se escucha cuando hay lloviznas como estas.

Desde lejos se anunciaba y podía ser escuchada sin mucho esfuerzo, era una composición musical suave y nítida que se colaba en el paisaje campesino. A medida que uno se acercaba al caserío la melodía se dejaba oír con más intensidad, como si estuvieran festejando el día de la independencia. El recién llegado quedaba asombrado cuando al ingresar a la calle principal comprobaba que ésta estaba vacía, como si los músicos que ejecutaban los instrumentos fueran invisibles.

Cuando se recorría las calles de tierra, a pesar de la soledad, el sonido seguía presente. ¿Acaso tocaban profesores en escenarios remotos?

Era el Pueblo Melodía -ya poco importa en qué región se encuentra; la geografía nos puede jugar una suerte de broma si no estamos donde queremos estar.

Sucede que ese pueblerío ya no existe más, se lo fue desmantelando como los viejos asentamientos de los buscadores de oro. Cuando se acabó la diversión, todos se fueron mudando poco a poco. Sólo los viejos cuentan por las noches cómo habían sucedido verdaderamente las cosas, pero la leyenda se les fije disolviendo de la boca primero y de la memoria después.

Se tiró por tierra algo que podría haber cambiado la naturaleza de la humanidad por otra más aceptable: la armonía.

Todo comenzó con una pequeña idea, que son las que ruedan después con más fuerza. Y empezó en el salón de actos de la pequeña municipalidad. Estaba sentado un señor que era el propietario del proyecto, quien ante unos funcionarios ingenuos, expuso la gran idea. Partiendo de la base de que en una orquesta sinfónica intervienen instrumentos de diversa sonoridad, algunos muy disímiles entre sí, no quitaba que suenen armónicamente. Ese es uno de los milagros de la música. Todo esto lo explicaba en un croquis escrito en un pizarrón.

Luego de esta breve introducción señaló que si se amalgaban todos los ruidos que se producían en la calle, se debía obtener necesariamente un resultado similar al de una agrupación musical. El intendente, que ya había visto muchos locos en la ciudad, decidió que éste por lo menos no era peligroso y que la idea no dejaba de ser simpática corno plan turístico. El proyecto fue aprobado y nadie protestó porque no tenían la menor idea a dónde se llegaría con todo eso.

El decreto sobre el orden de los ruidos pareció al principio excéntrico, ordenaba que los automóviles estuvieran provistos de caños de escape que sonaran a instrumentos de viento, las motos seguirían la tónica con otra escala y los vendedores ambulantes pasaron a gritar sus productos como barítonos. De modo que el bullicio general comenzó desordenado pero a medida que avanzaba el ensayo de los días, se comenzó a escuchar algo que parecía música.

Muchas personas agradecieron que la polución sonora hubiese disminuido. La nota predominante partía en el correr del agua, a su tintinear acompañaban las bocinas, seguían las campanas y los árboles dejaban pasar por sus hojas una suave cadencia. El público entusiasmado fue creciendo con la idea, se adecuaron los ruidos de modo que imperaba el clima de la canción reinante. Se logró que los herreros martillasen corno timbales, un toque de trombón anunciaba al recolector de basura, los cascos de los caballos parecían cascabeles. No había gritos sino notas musicales. Hasta los ojos de las muchachas parecían tener un color pentagramado. Eu ese lugar parecía que los sonidos cotidianos se hubiesen programado para entrar en la partitura, en orden melódico ascendente.

En la plaza principal y única se erigió una estatua hueca que simulaba una especie de flauta enorme. Por sus orificios, cuando la brisa se colaba producía un sonido muy tranquilizador. El proyecto no terminaba allí, unos viejos eucaliptos fueron podados por un experto jardinero, de modo que cuando el viento soplaba se podía escuchar una especie de coro. Estos altos árboles parecía batutas dirigiendo la melodía del mundo, parecían altos vigilantes que susurraban secretas canciones en la noche.

El tema de conversación se hizo más culto porque todos los parroquianos hablaban de compositores y música clásica; rivalizaban entre sí por sus conocimientos y se sabe que, secretamente, algunos comenzaron a componer. No porque esto fuera censurable, sino por una timidez propia de campesinos. Las calles comenzaron a tener nombres de músicos ilustres como Paganini, Brahms, Chopin, Mangoré, Villalobos, sin descartar a ninguno.

Es necesario aclarar que la música que se escuchaba no era siempre la misma, dependía del supremo director, el viento. La brisa común de los días de semana nada tenía que ver con las siete campanas que se sumaban los domingos. Hasta parecía que los animales se habían adherido a la orquestación con oportunos mugidos y balidos. Se logró, por fin, crear una gran orquesta compuesta por objetos cotidianos.

La melodía era más estridente los días laborables, empezaba con los pequeños sonidos del artesano, el de la plata y el martillo. Luego crecía con el monocorde tictac de los relojes. Más tarde seguía el tintinear de las monedas, de modo que el ambiente en los bancos y las casas de cambio se volvió aceptable. Las fábricas comenzaron a llamar a sus operarios no con una histérica sirena, sino con sonidos que desprendían unos tubos que sonaban como órganos, eclesiásticos y celestiales.

Hay gente que cree que la música sólo debe escucharse los sábados por la noche y que su misión es simplemente justificar que un hombre abrace a una mujer. Por eso los pueblos vecinos comenzaron a quejarse, como cualquier ciudadano que no lo dejan dormir de noche. Para algunos la música es un género que conduce al caos, la vagancia y los malos hábitos. No repararon que los trenes llegaban a horario, que el índice de mortalidad había disminuido, que se reportaban menos delitos. Sólo insistieron en que la música los desvelaba.

Los funcionarios del Pueblo Melodía labraron un informe de modo que todos sacaran provecho de esta inventiva, pero se encontraron con una frialdad política. Les recibieron el expediente "para estudio", según dijeron, pero antes tomaron la medida cautelar de desordenar los sonidos que se convirtieron en ruidos. Todo con la intención de que las cosas siguieran "como fueron siempre y como hacemos todos".

Con esa orden de no innovar finalmente triunfaron en sus pretensiones. Basta que alguien tenga un idea para que otros, drogados por la rutina, no quieran cambiar nada. La melodía fue encerrada en un club social donde pina orquesta tropical convocaba a las parejas trasnochadas.

Hoy el Pueblo Melodía es solamente el tema de un cuento, ese experimento duerme un sueño de eterna burocracia. Este proyecto podría haber acabado con los motores que se encienden por vanidad, con las fábricas que interrumpen el sueño con sus aullidos mecánicos. Sólo fue permitido el desvelo de quienes se anestesian con la cachaca del tedio.

Sé todas estas cosas porque un viejo me las contó: "Se apagó el reír transparente del agua. A veces se extrañan los domingos en que la canción imperaba y oxigenaba el alma colectiva -me dijo- y créame que por entonces las cosas parecían suspendidas en el aire por la magia de la música. Las mujeres dicen que por entonces se amaba de un modo distinto y que ese éxtasis desapareció también".

Sólo nos queda una orquesta dispersa en el tiempo, sin embargo hasta ahora pueden escucharse en el pueblo retazos de aquella melodía. Suena como un papel polvoriento que se arrastra impulsado por el viento. Se debe prestar mucha atención, suena muy débil y con tonalidad melancólica, parece triste de no poder adueñarse del paisaje nuevamente".
 
 
 
 

MITOS Y LEYENDAS DEL SEÑOR OJO DE PEZ

Un buen día el señor Ojo de Pez desarticuló su vida en partes iguales para poder encontrar en dónde había una falla. Porque si bien tenía en el trabajo asistencia perfecta, gozaba de buena salud, tenía amigos y una novia, para él las cosas no marchaban bien. No estaba conforme. Al menos así lo sentía últimamente. Hizo una estricta revisión de su vida y mientras iba de aquí para allá, columpiándose en los recuerdos de la infancia a la adultez, se dio cuenta que era como "una golondrina sin estaciones" y haciendo gala de su apellido se sentía "Fuera del agua". Hasta ese punto lo había atrapado la rutina.

El señor Ojo de Pez, en adelante Ojo para nosotros, era un hombre sencillo, de clase asedia, que vivía una vida que lo conducía sólo a la muerte. Los vecinos ya lo tenían "caratulado", con esas sentencias que solamente pueden provenir de la cintura popular: "Ojo de Pez va ensayando de viejo para cuando sea anciano". Esa frase en boca de los parroquianos no quería significar `'hombre prevenido vale por dos", sino "mira cómo desperdicia el hilo del carretel".

Nadie se había percatado de que Ojo de Pez era una persona muy especial -como quisiéramos ser todos- y no se lo apreciaba como un ser inteligente. Cuando en ronda de amigos él aportaba un dato interesante a la conversación, ellos le decían: "Ojo, qué memoria que tenés" y no "qué despierto que sos", para ellos no era un ser humano sino un banco de datos.

Cuando pensó en su novia, reconoció que no tenía nada que reprocharle, porque estaba diseñada para ser la señora de Pez -que por otra parte es más original que ser la mujer López-. No era ni linda, ni fea, pero lo que no le terminaba de gustar en ella era su anticipada abnegación por el anonimato. Sabía que lo quería bien y no exigía demasiado. Amaba a Ojo como si se hubiese metido a monja.

Después de todo ya tendría tiempo para enamorarse apasionadamente o de desilusionarse definitivamente. Pero para entonces él sabía lo que pensaba la muchacha, vendrían los hijos y ese detalle del amor carecería de importancia.

Así estaba reflexionando sobre su vida cuando imprevistamente dio un puñetazo sobre la mesa haciendo saltar las tazas de café que compartía con unos amigos. Dijo económicamente "¡basta!" y se marchó del lugar como si alguien lo persiguiera.

Es que Ojo de Pez tenía ideales que en nada armonizaban con el destino gris que llevaba. Hasta se descubrió una vena poética cuando se dijo "cambiaré mi vida, la moneda está en el aire, la suerte está echada. No se puede volver atrás". Y frases como estas para darse ánimos: "Hoy mismo comenzaré a recuperar mi libertad y no veré a Lucila jamás". Su conciencia había hablado.

 Al día siguiente de su flamante actitud pagó la pensión a pesar de los ruegos de la propietaria que le tenía aprecio como inquilino pues pagaba la renta con puntualidad; pero Ojo de Pez no atendió a razones tan mezquinas, había decidido darle un curso imprevisto y definitivo a su vida. De modo que valija en mano salió a la calle como un buzo que se sumerge en un mar desconocido y deslumbrante a la vez.

¿De su novia? Había que poner distancia. No consideró oportuno despedirse, ya le llegaría una carta con las palabras apropiadas que siempre son mejores cuando provienen de la reflexión. Por otra parte sabía que ella podía ser el detonante que detuviera la sabia, decisión de ser libre.

De su bolsillo extrajo un papel en donde había anotado las actividades que cumplía rutinariamente y que ahora le fastidiaban: "Lunes, indeciso y desabrido, anochecía con los amigos en el bar de siempre. Martes, invariablemente al cine en su opción económica. Miércoles de ceniza, novia puntual y discretos arrumacos en el zaguán. Jueves, cena vegetariana con los padres de ella y conversación planificada. Viernes, caminata por el centro y café otra vez. Sábado, baile y pizza. El domingo se resumía en una sola palabra: televisión. Saldo de la semana, cero a la izquierda." Se dio cuenta de que estaba conmovido de haber reaccionado ante la estúpida vida que llevaba.

"No debo dar un paso en falso -se ordenó Ojo de Pez, que conocía también sus flaquezas-, si la rutina me agarra de nuevo, seguro que no me suelta más."

Y así, obsesionado por lo imprevisto, siguió caminando sin fijarse por dónde iba, los lugares para él parecían diferentes. ¿Caras? No había nadie conocido, todos eran fantasmas en procesión porque él se sentía distinto. Su vida estaba ahora desbocada y le excitaba pensar, aún con sus tempranas canas, que el futuro estaba repleto de aventuras. tampoco era cuestión de andar corriendo como un loco por ahí, había que organizarse, consultar vuelos de aviones, reservar pasajes; en fin, sacarle jugo a la vida.

Entró a un bar y se hundió en agradables proyectos que le demandarían el resto de su vida. En eso estaba cuando vio a su novia que se aproximaba y le decía familiarmente: "Siempre vos tan puntual", mientras se sentaba a su lado, como una sombra.
 
 

 
EPÍLOGO

Un día te levantas y están todos los libros desordenados, algunos en el piso, otros sobre la mesa, abiertos en una página cualquiera. Y las hojas en blanco delatan que ha sido larga la velada y febril la búsqueda nocturna.

Y tú allí, en medio de la habitación, no encuentras una sola idea para ponerte. Porque te han dicho que escribas, que llenes una carilla, que termines tu cuento, que te animes en poesía, que comiences una novela...

Antes de que sea tarde, antes de que sea nunca.

Pero en esta mañana, de esta vida de escritor que elegiste (o que te eligió), estás desnudo de ideas y nadie viene a asistirte en donde querías lucirte. Nadie vendrá a salvarte.

Te has perdido del mundo por querer tocar el tema y tu pulso se entretiene en pequeños garabatos. La idea faltó a la cita: "Lo siento, no tengo tema". Y temes no tener nada porque te has extraviado en lo que querías decir. Desde este día eres un vagabundo que no encuentra su casa, eres un hueso que ha perdido su carne.

No eras tema para ti mismo, eras argumento para los otros, ¿no te parece gracioso? Y todo porque una mañana te levantaste con una letra cambiada y no hay moldes para palabras en una vida que no viviste. Jamás podrás inventarlas sin sufrirlas como propias.

Pero te sientes inquieto porque, a pesar de tu jornada vacía, hay otro precipicio que conmueve, que te impulsa y te lanza a su abismo decisivo.
 

PROGRAMA

SOLISTA: CÉSAR GONZÁLEZ PAÉZ

UN CONCIERTO DE DESCONCIERTOS - PRÓLOGO DE ANTONIO CARMOA
 
EL PUEBLO MELODÍA (ANDANTE CANTABILE-PASTORAL)
EL INTENDENTE DEL CIELO (ANDANTINO)
UN INDICIO MÁS (ADAGIO)
EXTRAÍDO DE UN SUEÑO (ROMANCE)
UN ÁNGEL EN LA JAULA (ANGELUS)
LAZOS DE AMISTAD (ALEGRETTO)
ENVIONES CORTOS (MAESTOSO)
BAJO EL SOL (PASTORAL)
POR FAVOR, NO COPIAR (RONDÓ)
EL PUENTE (SONATINA)
DONES (ANGELUS)
DUQUE DE GUAYABA (FANFARRIA)
UNA SORPRESA EN LA PLAZA (ADAGIO)
LOS ZAPATOS DEL DOMINGO (ANDANTE FINALE)
PEQUEÑO DISCURSO PARA DORMIR INOCENTES (ARRULLO CAPRICHOSO)
MÁS ALLÁ DE LA CIENCIA (VIVACE NON TROPPO)
DOBLE PROTECCIÓN (ANDAMTE CAPRICHOSO)
AJEDREZ BAJO LA LLUVIA (SCHERZO)
SOY BUENO (VIVACE)
UNO EN GEOGRAFÍA (ALLEGRO MODCERATTO)
EL CUENTO MÁS BREVE DEL MUNDO (VALS DEL SEGUNDO)
FONDO ALIMENTARIO INTERNACIONAL (ALLEGRO CAPRICLIOSO)
SIETE SEGUNDOS (FANFARRIA)
VIÑETA (MEZZO ALEGRE)
MITOS Y LEYENDAS DEL SEÑOR OJO DE PEZ (ALLEGRO NO MOLTO)
SERENATA UMBILICAL (CANTATA- ALLEGRO)
EL LIBRO DE LAS ARTES INVISIBLES (LARGO E PIANÍSIMO SEMPRE)
GUITARRA TRINCHERA (ANDANTE CANTÁBILE)
ESTA NOCHE SE COME BIEN (SUITE)
SI TE VAS DE CASA (ANDANTE)
UN SEÑOR ABURRIDO LLAMADO LUNES (PIANÍSSIMO)
AGUA COTIDIANA (ALLEGRO)
SOLAMENTE HE REZADO UNA PEQUEÑA PLEGARIA (ANGELUS)
QUE UN CARAMELO NO TE SALE LA BOCA (PIANÍSSIMO)
TE DEBO UNA DISCULPA (ANDANTINO)
EL PROFESOR DE MATEMÁTICAS (FANFARRIA)
SE NECESITA SONRISA PARA CREMA DENTAL (ALLEGRO)
LOS CENICIENTOS (PIANÍSSIMO)
DELICIAS CONYUGALES (PIANO LÚCIDO)
ENCUENTRO CASUAL CON SIGMUND FREUD (BREVE  SOONATINA)
CONTRACUENTO (FINALE PIANOFORTE)
EPÍLOGO.
 
 
 
 
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