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ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN


  LA PRINCESA SIN ROSTRO, 2010 - Cuento de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN


LA PRINCESA SIN ROSTRO, 2010 - Cuento de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN

LA PRINCESA SIN ROSTRO

Cuento de ALEJANDRO HERNÁNDEZ Y VON ECKSTEIN

FAUSTO EDICIONES

 

 

Hernández y von Eckstein, Alejandro, 2010

La princesa sin rostro/ Alejandro Hernández y von Eckstein;

Asunción: Fausto S.A.,

75 p. ; 24 x17 cm.

ISBN 978-99953-79-45-2

8 Literatura paraguaya - Cuentos / Narrativa

Publicado por Fausto S.A. bajo el sello de

Fausto Ediciones

Ilustraciones: Juan Moreno

Diseño y diagramación: María del Carmen Cabrera

Corrección: Arnaldo Núñez

Dirección Editorial: Nilda Díaz de García

Primera Edición impresa en Paraguay: Julio, 2010

ISBN 978-99953-79-45-2

Fausto Ediciones

 

Eligio Ayala 1060 e/Brasil y EE.UU. Tel. (595-21) 221 996 / 7

 faustocultural@gmail.com Asunción -Paraguay

 

 

 

PRESENTACIÓN

Es un cuento de misterio en el que se plantea la búsqueda de la identidad de la protagonista, una princesa egipcia de la XVIII Dinastía.

Un arqueólogo descubre una antigua tumba egipcia jamás abierta, en cuyo interior se encuentra un sarcófago al que se le ha destruido adrede el rostro, así como las inscripciones de identificación. Lo fantástico del relato reside en que la princesa vaga durante siglos alrededor de las tumbas y sigue viviendo su vida de princesa, aunque sin saber quién es en realidad.

El relator, un profesor de historia recién recibido, experto en sarcófagos y tumbas egipcias, queda por una noche junto a la tumba recién abierta siendo transportado mágicamente a la época en la que gobernaron grandes faraones como Tutankhamón, Ay y Horemheb, donde vive la persecución de la princesa por parte del cruel faraón Ay, todo lo cual contribuye a mantener el suspenso y a guardar el enigma con respecto a la protagonista.

En el texto se encuentra mucha información sobre el antiguo Egipto, sobre la vida de los faraones y de sus dominios. La lectura conduce a una época desconocida para el común de los lectores y consigue que el receptor se interiorice de la historia de un país exótico y remoto en el tiempo y el espacio.

La técnica del "transporte al pasado lejano" hace vivir al protagonista situaciones en las que se enfrenta con personajes poderosos de una época distante, descubriendo al lector la vida misteriosa de la corte faraónica con sus crímenes y luchas de poder, creencias religiosas, de la venganza de los dioses, la crueldad del faraón y el terror de los vasallos.

El personaje sufre transformaciones, mutaciones y recupera su verdadero ser cuando termina su misión en el momento en que la princesa recobra su nombre y su identidad y le es otorgada la barca para traspasar el umbral de la vida e internarse en el mundo de los muertos tal como creían los egipcios de aquella época.

Es un cuento que desarrolla un tema cultural interesante para los adolescentes que pueden leer el libro sin dificultades, ya que la historia se narra en forma lineal, con un lenguaje fluido que facilita la lectura.

MARIBEL BARRETO

 

 

 

"LA PRINCESA SIN ROSTRO"

CONCURSO DE EGIPTOLOGÍA

- RELATOS CORTOS ASADE sobre el Antiguo Egipto -

I Edición - Año 2007.

 

 

Los rayos del sol caen a pleno sobre nosotros mientras Mohamed, nuestro guía local, conduce a toda velocidad su viejo descapotable negro, levantando una espesa polvareda.

 

-          Este es un buen día para hacer un gran descubrimiento -dije eufórico.

-          ¿No crees que es temprano para estar tan entusiasmado? -respondió despectivamente Lord Harri mientras intentaba sacudir el polvo que se acumulaba sobre su chaleco.

 

Lord Harri Winston, era el último de su corta familia. Con unos cincuenta años, bajo y un tanto obeso, había gastado gran parte de su incalculable fortuna en buscar tesoros ocultos por todo el mundo para llenar las vitrinas de su mansión con ellos.

 

-          Según el telegrama del profesor Stiward la tumba tiene los sellos intactos, lo que demuestra…

-          Sí, ya sé muchachito -interrumpió con displicencia mientras intentaba prender su pipa-. Que no haya sido saqueada, no quiere decir que nos encontremos ante una tumba real llena de tesoros. Eso sí que me interesaría –continúo diciendo el codicioso inglés mientras secaba con su pañuelo el sudor de su frente y grueso cuello.

 

Por supuesto que mi nombre no es “muchachito”, como solía llamar el inglés a todos sus empleados, sino Isidoro Herrera, profesor de historia recién recibido. Fascinado por el antiguo Egipto desde niño, podía leer sin problema escritura demótica y jeroglífica. Es por ello que cuando Lord Harri me propuso venir a esta expedición no dudé en aceptar, a pesar del aire de superioridad y el desprecio que éste sentía hacia todos los que no eran de la nobleza.

 

Mohamed que hablaba perfecto inglés, había nacido en un suburbio de El Cairo, pero había vivido muchos años en Granada y en Sevilla donde aprendió el castellano, para finalmente volver a Egipto a radicarse definitivamente en la ciudad de Ihnasya el-Medina de donde eran sus antepasados. De unos treinta años, se distinguía por su figura. A diferencia de la mayoría de los árabes, Mohamed no tenía la cara redondeada sino todo lo contrario, de más de dos metros de altura, y con piel bronceada por el candente sol, parecía un antiguo príncipe egipcio salido de su palacio, a pesar de la ropa que acostumbraba vestir. Muy callado nos observaba de tanto en tanto por el espejo retrovisor con mirada inquisidora.

 

El coche se bamboleaba de un lado a otro debido al mal estado del camino que difícilmente se diferenciaba del resto del desierto.

 

-          Muchachito, pregúntale al árabe si falta mucho para llegar -dijo malhumorado el inglés-. Porque mi cintura me está matando.

-          No se preocupe mi Lord -respondió Mohamed en inglés, señalando a lo lejos unas pequeñas colinas-. Ya hemos llegado.

 

Mohamed estacionó el auto al costado de una pequeña tienda de la cual salió un hombre de unos setenta años, que vestía un arrugado traje, que alguna vez fuera blanco, un pequeño moño negro y un sombrero de ala ancha.

 

El profesor Stiward al vernos, se acomodó sus pequeños lentes redondos y exclamó:

-          ¡Bienvenido Lord Harri!, han llegado justo para tomar el té.

-          Buenos días profesor. Dejémonos de rodeos. ¿Qué es lo que ha encontrado que me ha hecho venir de Londres con tanta prisa?

-          Vengan, vengan, les mostraré -contestó el profesor, mientras se dirigía con grandes pasos hacia un montículo ayudado con su bastón. 

 

Luego de caminar unos trescientos metros, ascendimos unos cuantos más para ver la zanja que los trabajadores habían cavado, en cuyo fondo se observaban cinco escalones que culminaban en una antigua puerta de piedra con los sellos intactos.

 

-          Como le dije en mi telegrama, Lord Harri -dijo entusiasmado el profesor- dejé los sellos intactos para que usted mismo los rompa.

-          Es lo mínimo que puede hacer después de la fortuna que estoy gastando en esta expedición.

-          Como puede ver –continúo diciendo- el nombre del sello ha sido borrado…

-          Dejémonos de retórica académica y veamos que hay en este agujero -maldijo Lord Harri, mientras con un pico rompía el sello puesto por los sacerdotes hacían varios milenios.

 

Dos trabajadores abrieron trabajosamente la puerta tras de la cual para nuestra sorpresa había una pequeña escalera de diez peldaños que nos llevó a una habitación de no más de tres metros de lado por otros tantos de alto.

 

En la tumba se encontraba una pequeña mesa con un par de ushebis y cuatro vasos canopos con, seguramente las vísceras del difunto; al lado de ésta una silla de madera decorada, un ánfora con grano, y algunas tinajas con ungüentos. Al fondo de la habitación se encontraba el sarcófago, que aunque bellamente decorado, notablemente dañado.

 

El rostro del difunto en el ataúd había sido destruido al igual que cada uno de los cartuchos en donde figuraban los nombres del ocupante.

 

-          Pero ¿qué es este agujero? -gritó encolerizado Lord Harri mientras acercaba su lámpara a las paredes de la modesta tumba.

-          Aquí no hay riquezas ni nada que se le parezca, ni siquiera se tomaron la molestia de hacer esos dibujitos que hacían los egipcios en las paredes.

-          Calma mi Lord -intenté apaciguar al encolerizado mecenas-. Tal vez en el sarcófago esté la respuesta.

-          No creo que haya mucho en ese sarcófago pero vamos a abrirlo.

El profesor abrió la tapa de madera y acercó su lámpara al interior del sarcófago, dentro del cual se encontraba una momia adornada solamente por un collar de flores de loto.

-          ¡Qué tierno! -dijo burlonamente arrancando el vetusto collar-. Por lo menos la adornaron con florcitas. ¡No me sirve nada de lo que hay en esta tumba! Si quieren, pueden quedarse con estas baratijas. Tal vez puedan obtener algunos peniques en El Cairo.

 

El inglés salió de la tumba seguido por el profesor quien trataba de convencerlo de que de seguro habría alguna tumba cerca de ésta que estaría repleta de tesoros; mientras yo me quedé solo frente a aquel sarcófago con la tapa abierta.

 

La lámpara de Lord Harri había quedado sobre la mesa iluminando tenuemente la tumba. Me agaché, tomé las flores del collar y las volví a poner sobre la momia. Fue cuando, vi el rostro del difunto. Una tristeza indescriptible se apoderó de mi cuerpo. A pesar de haber visto decenas de momias en las salas de los museos de Europa, ésta en especial parecía mirarme tristemente, como queriendo pedir algo.

 

-          ¿Subes chiquillo, o te vas a quedar a dormir con el muerto? -gritó desde afuera de la tumba Lord Harri.

 

Cerré respetuosamente el sarcófago y me dirigí a la salida. Fue entonces cuando una ráfaga de viento me estremeció.

 

Para cuando salí de la tumba, el disco solar comenzaba a teñir de rojo el desierto mientras una pálida luna llena asomaba sobre las colinas.

 

-          No voy a continuar financiando esta expedición –dijo acalorado Lord Harri al profesor.

-          Pero mi Lord, es un sarcófago de la XVIII dinastía. La misma dinastía que Tutankhamón.

-          Que sea de la dinastía que quiera. Por lo que vi en esa tumba ese muerto no debe ser ni siquiera el que le limpiaba el baño a Tutankhamón.

-          No se deje engañar por las apariencias Lord Harri -interrumpí.

-          Vaya, vaya, ahora el chiquillo juega al erudito. ¿Por qué crees que me estoy engañando? ¿Qué ves en esa tumba aparte de polvo y trastos viejos?

-          Un misterio la envuelve. Alguien se tomó muchas molestias en construirla en la actual frontera con Libia, borrar meticulosamente todos los cartuchos y destruir el rostro del sarcófago.

-          ¡Por favor! -dijo el inglés molesto por mi comentario-. Si quieres misterios lee a Sherlock Holmes. Aquí no hay nada más que hacer. Me voy.

-          ¡Lord Harri! –dijo suplicante el profesor.

-          Nada, nada profesor, ahí sobre la mesa le dejé dinero para despachar a los obreros, mientras que a usted le he dejado un cheque con la suma convenida. Cuando lo necesite le aviso -expresó, dirigiéndose al coche en donde esperaba Mohamed.

-          ¡Vamos muchachito! ¿Vienes ya?

-          ¡No!, me quedaré esta noche para ayudar al profesor con los obreros.

-          Como quieras, mañana te enviaré a Mohamed para que los busque.

Diciendo esto indicó a Mohamed que se dirija a El Cairo.

-          ¡Cuidado con Anubis, que hay luna llena! -gritó riendo Lord Harri- mientras el automóvil se alejaba.

-          ¡Qué ignorante! -dije indignado-. ¡Cree que Anubis es el hombre lobo!

-          Puede que sea ignorante pero es el que tiene el dinero y sin dinero no hay excavación -respondió tristemente el profesor entrando en la tienda.

 

No tardó mucho tiempo para que el manto negro de la noche tachonado de centellantes estrellas se apoderara del desierto. La luna esplendorosa iluminaba todo a nuestro alrededor, mientras unos pequeños roedores del desierto hurtaban algunos restos de comida que habían quedado cerca de la hoguera.

 

El profesor Stiward, que ya había despachado a los trabajadores, examinaba minuciosamente la silla que hasta hace unas horas se encontrara en la tumba, mientras yo lo miraba fascinado.

 

-          Es extraño, sumamente extraño -murmuraba mientras trataba de adivinar el nombre del poseedor de la silla.

Finalmente rompí el silencio sacando de su ensimismamiento al profesor:

-          ¿Usted cree que se trate de algún sirviente castigado?

-          No lo creo Don Isidoro. Esta silla no es de un sirviente. Mire los bellos trazos que tienen los grabados. Definitivamente de la XVIII dinastía.

-          ¿Por qué cree que lo hayan enterrado tan lejos de Sakara?

-          No lo sé, pero de seguro el que lo hizo quería que esta mujer desapareciera y que su ba vague eternamente.

-          ¿Es una mujer? -pregunté asombrado.

-          Sí. Según estos grabados deduzco que es una mujer de la nobleza. Pero como dijo Lord Harri: aquí ya no queda nada que hacer, salvo catalogar y embalar todo para que dentro de unos meses los funcionarios del museo de El Cairo vengan a buscar las piezas, a no ser que algún saqueador se adelante.

-          Deberíamos quedarnos hasta que vengan por las piezas –respondí, mientras el profesor estiraba su tullido cuerpo.

-          Que mas da -dijo el profesor-. Nadie querrá una vieja silla y un sarcófago dañado. Muchas veces pienso si yo, o personas como usted o Lord Harri, no somos más que ladrones de tumbas con licencia.

-           ¡Profesor me ofende!, nosotros trabajamos para que la humanidad conozca cada vez más el pasado.

-          ¿Tú crees eso? -preguntó el profesor con una burlona pero triste mueca mientras se introducía a la tienda y se recostaba en su catre.

 

Ya la luna se encontraba en su punto más alto. Las llamas de la hoguera parecían jugar con las chispas que surgían de los troncos encendidos.

 

Estaba a punto de dormir cuando sentí que alguien me observaba. Medio adormilado logré  distinguir una figura humana que se deslizaba entre las sombras, mientras que el fino aullido de un chacal me terminó de despertar.

-           ¿Quién anda ahí? -pregunté enérgicamente mientras me incorporaba.

Sólo un intenso aullido me contestó. ¿Acaso Anubis venía a castigarnos por irrumpir en aquella tumba? Fue la primera idea que me vino a la mente, idea que por supuesto deseché. ¿Cómo un universitario como yo podría creer en dioses y maldiciones?

 

Tomé mi chaqueta, mi revólver y seguí a aquella persona, que de seguro sería algún ladrón, hasta cerca de la entrada de la tumba.

 

Miré a mi alrededor y no vi a nadie. Encendí mi lámpara para entrar en la tumba al tiempo que sentí que una mano tocaba mi hombro. Giré tan rápido que tropecé y rodé por los peldaños de la tumba, no sin antes ver el rostro de una mujer.

 

Cuando desperté la joven me estaba poniendo un paño húmedo sobre la frente. El sol, que ya estaba en su cenit iluminaba parcialmente la tumba. Un fuerte dolor de cabeza y cuerpo me recordaban que había tropezado y rodado por los quince escalones de la tumba.

 

-          ¿Por qué quieres saquear la tumba? 

-          No soy ladrón -dije incorporándome. Soy profesor de historia, contratado por Lord Harri Winston para esta expedición. Pregúntale al profesor Stiward que se halla en el campamento.

Toda esta presentación y alarde de mis estudios la dije en forma automática sin reparar en la muchacha.

-          No sé de qué me habla, no conozco a esas personas. Sígueme -dijo dirigiéndose a la salida de la tumba.

 

La mujer era bellísima. De unos veinte y tres años, vestía una finísima túnica blanca ceñida a la cintura por un lazo, acentuando su curvilínea figura. La negra cabellera caía a plomo sobre sus hombros, mientras que una blanca flor de loto lo adornaba. Un brazalete dorado y sandalias de cuero completaban el ajuar.

 

Al salir de la tumba el fuerte sol del mediodía lastimó mis ojos haciendo que los entrecierre. Cuando se acostumbraron a la luz, miré hacia donde debería estar el campamento del profesor Stiward, y no lo hallé, estaba sólo el interminable y calcinante desierto del cual surgían inmensas dunas.

 

-          ¡Me han dejado! ¡El profesor me habrá creído muerto y me dejó aquí en el medio de la nada! ¡Es tu culpa! -grité a la joven.

-          No entiendo por qué está enojado, yo debería estarlo ya que caíste en la tumba porque querías saquearla.

-          Insisto en decir que no soy un ladrón de tumbas, no intento despojar a tu pueblo de su historia sólo quiero que ésta sea conocida por todas las personas del mundo.

-          No entiendo lo que me dice -volvió a repetir-. ¿Acaso no es suficiente para ustedes el dejarme “IU”? ¿Ahora quieren despojarme de lo poco que tengo?

 

Al momento que la mujer pronunció el término “IU”, que significa estar sin barca, condenado a la desgracia de vagar por la eternidad, un escalofrío se apoderó de mi cuerpo ya que sin darme cuenta estaba hablando en egipcio antiguo.

 

¿Cómo es posible que la mujer y yo hablemos egipcio antiguo si nadie lo ha hablado por siglos?

-          ¿Có… cómo te llamas? -balbuceé.

La mujer me miró y comenzó a llorar amargamente diciendo:

-          No lo sé… Ustedes borraron mi rostro.

Aturdido por sus palabras y por el golpe que aún zumbaba en mi cabeza no quise dar crédito a lo que oía. ¿Acaso la bella mujer que estaba frente a mí era la dueña de aquella tumba perdida?

-          Esto no puede ser. ¡Es imposible! –dije en mis adentros. ¿Cómo puede ser que un muerto me hable? Y en especial un muerto tan bello.

Decidí hacer caso omiso a lo acontecido, convenciéndome, que era una mala jugada que mi mente me estaba haciendo a consecuencia del golpe en la cabeza.

-          ¿En dónde vives? ¿Acaso eres de Al Bawiti o de Al Härah? -pregunté mencionando dos pueblos cercanos.

-          Yo vivo por aquí, no conozco los pueblos que menciona -respondió entre sollozos.

-          ¿Vives sola? ¿Tienes familia?.

-          Sólo ellos dos me ayudan en mis quehaceres -dijo señalando a dos hombres que hasta el momento no había visto.

 

Robustos y de piel bronceada vestían sendos shentis, que consistían en una larga faja enrollada en las caderas sujetada con un lazo que remataba en un nudo, sandalias de papiro y pelucas que cubrían sus cabezas perfectamente rapadas.

 

Sorprendido por la vestimenta de los hombres y su repentina aparición, continué diciendo:

-          ¿Cuál es su nombre caballeros?

-          El nombre de ellos no importa sólo son mis acompañantes, los que me ayudan en mis quehaceres.

-          Está bien, dejémoslo así entonces -dije contrariado.

-          ¿Podrían ayudarme a llegar a algún poblado cercano en donde pueda conseguir un telégrafo para enviarle un mensaje a Lord Harri? -continué diciendo.

-          No sé a qué llama telégrafo pero lo llevaré a Henen-Nesut, en donde puede conseguir un mensajero.

 

Por supuesto que la mujer o estaba desquiciada y se creía en el antiguo Egipto, o me quería hacer una broma, ya que la ciudad de Henen-Nesut, durante el período helénico pasó a llamarse Heracleopolis, para llamarse en la actualidad Ihnasya el-Medina, que era donde vivía Mohamed. Decidí seguirle el juego y acepté acompañarla a Henen-Nesut, como ella insistía en nombrar a Ihnasya el-Medina.

 

Luego que los dos hombres cerraron la tumba. Bajamos por el montículo donde para sorpresa mía, nos esperaban dos antiguos carros con ruedas de ocho rayos, tirados por magníficos corceles negros.

La mujer subió a uno de los carros y tomando las riendas me dijo:

-          ¡Ven, sube! o ¿piensas viajar a pie?

 

El carro era evidente que pertenecía a la XVIII dinastía, dada la cantidad de rayos, y tanto la mujer como así sus dos acompañantes, podrían bien estar vestidos a la usanza de esa época.

Subí al carro al tiempo que las ruedas comenzaron a levantar una densa polvareda como lo hiciera el automóvil de Mohamed la noche pasada.

 

Mi larga instrucción me hacía negar la mínima posibilidad que esto no fuera más que una broma. La situación comenzaba a inquietarme. Si lo que me estaba sucediendo era una broma de Lord Harri y el profesor Stiward, ésta había llegado muy lejos.

 

Mientras el carro avanzaba velozmente seguido por el de los dos hombres yo me detuve a observar a la mujer. Sus rasgos no eran los de una plebeya, bien podría ser una sacerdotisa de algún templo o una princesa. Por otro lado las mujeres no conducían carros y mucho menos de la manera que lo hacía ésta.

 

Este es un error que ha cometido Lord Harri -pensé por lo que volví a hablar:

-          ¿De quién has aprendido a conducir tan hábilmente?

-          De mi madre -respondió sin sacar la vista del camino. - Mi madre solía pasear largas horas e incluso llegó a competir en las carreras de carros en la ciudad…

 

La mujer enmudeció sin terminar la frase al tiempo que gruesas lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas.

-          ¿Qué te ocurre? -pregunté al ver que las lágrimas aumentaban y el silencio se prolongaba.

-          No recuerdo el nombre de la ciudad en donde vivía con mi familia -contestó intentando secarse las lágrimas con la amplia manga de su túnica.

 

Bien conocidas son en gran parte de Europa, las excentricidades de Lord Harri; aunque ésta era de seguro la más descabellada. El llegar a contratar actores para hacerme creer que estoy en el antiguo Egipto, es algo increíble, aunque más aún lo es el conocimiento que la joven tenía del período histórico en el que vivió el mismísimo Tutankhamón.

 

Cuando el sol comenzó a descender, la mujer indicó con un ademán a los hombres que se adelanten y dirijan a un oasis cercano.

 

Para cuando llegamos la hoguera estaba encendida y sobre una esterilla de papiros un racimo de deliciosos dátiles.

 

-          Pasaremos aquí la noche. Mañana saldremos temprano para llegar por la tarde a Henen-Nesut, donde podrás enviar a un mensajero al que tú llamas Lord Harri.

 

Luego de comer dátiles hasta saciarme el sueño me dominó. Para cuando desperté la luna llena se encontraba en la mitad de su largo recorrido nocturno iluminando todo el oasis. Una fresca brisa hacía que las grandes palmeras datileras se mecieran y derramaran en el aire el olor del dulce néctar de sus frutos maduros.

 

Un chapoteo en el agua de la laguna que se encontraba en el medio del oasis me hizo salir de mis pensamientos. Me incorporé y vi entre las hojas de las palmeras a la muchacha, que desnuda se estaba bañando en las calmas aguas iluminadas de un color plateado por la enorme luna.

 

La visión que se me presentaba podría haber encendido los deseos más bajos de cualquier hombre, sin embargo me enterneció, ya que la mujer a pesar de su edad parecía jugar como una niña indefensa con el reflejo de la luna, semejándose a una pequeña flor de loto meciéndose en su largo tallo. Como si sólo mi presencia en ese lugar fuera un sacrilegio mortal, volví a recostarme en la blanca y blanda arena para volver a caer en un profundo sueño.

 

Antes que el astro rey ilumine el desierto con sus primeros rayos, la joven me despertó tocándome el hombro suavemente.

-          Dime extranjero. ¿Cuál es su nombre?

-          Isidoro. Isidoro Herrera.

-          Mmm, comprendo, ¿eres adorador de la diosa Isis? -replicó mientras me ofrecía un tazón con leche de cabra.

-          ¡No! -contesté con una sonrisa por su ocurrencia-. Yo adoro al único dios verdadero.

La mujer se sobresaltó al escuchar estas palabras y respondió con un susurro apenas audible.

-          ¿Entonces eres seguidor del dios Atón?

La respuesta de la mujer me tomó por sorpresa. Cuando me disponía a responderle uno de los hombres gritó:

-          ¡Un león!

 

En realidad no era un león sino tres leonas que posiblemente hacía rato nos estaban observando. Una de ellas, que parecía ser la líder tensó todos sus músculos y saltó sobre la mujer, mientras que las otras se quedaron a distancia prudencial. Instintivamente llevé mi mano al bolsillo interno de mi chaqueta en donde tenía el revólver, pero ya no estaba. Con la velocidad de un rayo tomé una de las ramas de la hoguera que todavía permanecía encendida, y la clavé en la garganta del animal que con un rugido cayó muerto sobre la mujer. Las otras dos leonas al ver sucumbir a su líder huyeron despavoridas mientras los hombres lanzaban flechas sobre ellas.

 

-          ¡Gracias!, eres muy valiente.

-          No es nada, cualquier caballero hubiera dado su vida por una mujer tan bella -dije galantemente- es una lástima que no recuerdes tu nombre.

-          Mira -continué diciendo luego de contemplar el bello rostro de la joven por unos instantes- tú no recuerdas tu nombre, pues yo te daré uno ¿Quieres?

La mujer sonrió turbada y respondió:

-          ¿Por qué harías eso?

-          Porque tú conoces mi nombre y yo debo llamarte de algún modo así que te llamaré Seshen, que quiere decir “la del Loto”.

-          Seshen. Me gusta ese nombre. Puedes llamarme de ese modo.

 

Minutos después partimos con rumbo a Ihnasya el-Medina.

 

El viaje transcurrió sin sobresaltos, en el camino no divisamos ninguna ciudad salvo algunos villorrios que vimos de lejos. Como era de esperar, a medida que nos acercábamos al Nilo el suelo se hacía cada vez menos árido. El amarillo de la fina arena daba paso a la tierra negra y la verde vegetación.

 

Habían transcurrido unas ocho horas según mis cálculos, cuando Seshen señaló con su mano hacia la izquierda diciendo:

-          ¡Henen-Nesut!

 

Sin prestar atención a sus palabras, desvié la mirada hacia donde me indicaba, y al hacerlo quedé petrificado

 

La ciudad que se levantaba ante mí no era la misma en la que hace tres días habíamos contratado a Mohamed. Delante sin duda se levantaba Henen-Nesut, capital del XX Nomo y capital del bajo Egipto durante las IX y X dinastías.

 

No sé qué sucedió ni por qué, pero definitivamente estaba en el antiguo Egipto, o dicho con mayor propiedad en Kemet, país de la tierra negra. Las edificaciones modernas habían desaparecido dando lugar a las típicas casas construidas de barro cocido al sol, material muy abundante a lo largo del gran río dador de vida, el Nilo.

 

Una extensa muralla de un kilómetro y medio cuadrado circunvalaba a la pintoresca ciudad compuesta de centenares de pequeñas casas de una y dos plantas unidas por un enjambre de pequeñas callejuelas. Decenas de carretas seguidas de multitud de hombres y mujeres entraban y salían por la entrada de la ciudad.

 

Mi corazón latía como el de un niño al que le han regalado el juguete más esperado.

 

Yo Isidoro Herrera, profesor de historia antigua, me encontraba en la misma historia antigua. Todo lo que había leído en miles de libros, había cobrado vida.  A mi derecha una mujer con el torso desnudo, tomaba una cesta de pan que el panadero acababa de sacar del horno, mientras otra, al igual que una estatuilla que vi en el museo del Cairo, amasaba de cuclillas la masa. A mi izquierda un barbero rasuraba hábilmente la cabeza de un hombre mientras que delante de mí una mujer regañaba a su hijo que acababa de hacer una diablura.

 

-          Isidoro -interrumpió mi ensueño Seshen-. Hemos llegado.

 

-          En aquel lugar -continuó diciendo señalando un pequeño destacamento militar- podrás conseguir un mensajero.

 

Cómo explicarle a la egipcia que solamente Dios podría ser el único mensajero ya que no era sólo la distancia lo que me separaba de El Cairo, sino el tiempo.

 

-          ¿Qué te ocurre Isidoro?, pareces aturdido. ¿No enviarás al mensajero?

-          No Seshen…, no lo enviaré -dije mientras me sentaba en un taburete que se encontraba delante de una modesta posada.

 

Mientras todo esto pasaba no me percaté que del mismo modo en que yo miraba atónito todo a mi alrededor, los habitantes de la ciudad habían hecho un círculo rodeándome y observando sorprendidos los pantalones, camisa, chaqueta y sobre todo los zapatos, era el blanco de todos los ojos de aquellos curiosos habitantes; y con razón, ya que tardarían varios milenios en volverse a ver por estos lugares alguien así vestido.

 

De entre la multitud surgió un sacerdote que abriéndose paso se puso frente a mí y sonriendo me dijo:

-          Bienvenido extranjero, te esperábamos.

-          El Sacerdote, de delgado y fino rostro, medía aproximadamente un metro sesenta centímetros de altura. Sin mucho preámbulo me indicó que lo acompañáramos al templo de Herishef en donde era sacerdote.

 

Mis años de estudio daban su fruto. El templo al que hacía referencia era el levantado en esa ciudad durante la XII Dinastía y consagrado a este dios, aunque fue ampliado durante la XVIII y posteriormente por Ramsés II.

 

Los hombres de Seshen llevaron los carros y los caballos a un establo mientras la egipcia y yo seguimos al sacerdote por las intrincadas y desordenadas callejuelas de tierra. A pocas cuadras del lugar se levantaba el templo, tal cual me lo imaginaba. Con sus altas columnas rematadas por capiteles lotiformes y sus blancas paredes delicadamente adornadas con escenas relacionadas al dios Herishef, primitivo dios de la fertilidad y la justicia que ostentaba el título de “el del falo potente”.

 

El sacerdote se acercó a la gran puerta de madera de cedro del Líbano y la golpeó tres veces.

 

Poco a poco la puerta se fue abriendo dejando ver la majestuosidad del gran patio, en el centro del cual, se encontraba un lago artificial donde resplandecía a los rayos solares la estatua del dios Herishef, cuyo nombre precisamente significa “el que está en su lago”.

 

De unos dos metros y medio, la estatua de oro macizo representaba a un hombre con cabeza de carnero, cuernos ondulados y corona atef con disco solar.

 

El sacerdote indicó a Seshen que espere en el patio mientras me guiaba a uno de los recintos del templo en donde se encontraba otro sacerdote postrado y orando ante una estatua de oro similar a la que habíamos visto en el patio pero esta vez iluminada por un complejo juego de espejos que reflejaban la luz del sol.

 

     El segundo sacerdote al escuchar nuestros pasos pronunció las siguientes palabras:

-          Alabado sea Herishef “el justo”, que has traído de tierras remotas a este extranjero que se encargará de deshacer una gran injusticia.

El sacerdote se levantó y dio vuelta hacia nosotros. Un escalofrió volvió a recorrer mi cuerpo cuando observé  detenidamente el rostro del sacerdote.

-          ¡Mohamed! -dije en voz alta, ya que aquel sacerdote aunque con una fina túnica de blanquísimo algodón, era el fiel retrato de nuestro guía.

-          Me confundes extranjero, no soy quien piensas. Yo soy  Irsw, sacerdote de Herishef.

-          Ven, siéntate a mi lado -dijo indicando uno de los escalones que llevaban a la estatua del dios.

-          Sé que tienes dudas y preguntas, las que se irán aclarando a su debido tiempo. Los dioses te han traído a mi tierra para que ayudes a la que tú llamas Seshen a recuperar la memoria para que así pueda continuar el gran destino que se le ha asignado.

-          Sigo sin entender. Yo creo que están queriendo que me vuelva loco. ¿Qué hago aquí?, ¿cómo llegué?

-          Debes dejar de lado tus prejuicios -respondió Irsw. - Deja de lado lo que tú llamas racionalidad. Los dioses están por encima de ello. Tú misión es devolver lo que se le ha robado a la que llamas Seshen.

-          No comprendo ¿A quién le importaría dejar amnésica a una mujer tan bella? 

-          A los dioses no se les cuestiona, sólo se les obedece -respondió tajantemente. - Si te han traído a estas tierras es porque han considerado que puedes limpiar la afrenta realizada.

-          ¿Cómo podré volver a mi época?

El sacerdote sonrió y dijo:

-          Ellos te han traído, ellos te devolverán cuando consideren tu misión concluida.

 

Diciendo esto se levantó y se acercó a un baúl, de cual sacó una túnica de algodón prolijamente doblada, un par de sandalias de cuero, una peluca y una pequeña bolsa que contenía cuarenta piezas de oro.

 

-          Ponte esto. Puedes recorrer la ciudad si te place, mañana con el alba saldrán con rumbo a Uaset. Sólo te advierto algo, te enfrentarás a personas poderosas, casi como los dioses. Es por ello que debes ser flexible como el papiro y dejar que te conduzcan como pluma al viento. Ahora puedes retirarte.

-          Antes que me retire quiero hacerle una pregunta. ¿Quién es el faraón actualmente?

El sacerdote me miró fijamente y respondió:

-          Ay. El Faraón es Ay.

 

La respuesta de Irsw me dio exactamente mi ubicación en el tiempo. Estaba en la XVIII Dinastía, bajo el reinado de su controvertido anteúltimo faraón.

 

Un par de guardias del templo me escoltaron a mi habitación en donde me esperaba un barbero que hábilmente con sus pequeñas y afiladas cuchillas de bronce procedió a afeitarme la cabeza. Una vez terminada la tarea se alejó para dejar pasar a un sirviente nubio que me trajo exquisitos manjares, entre los que se encontraban un ánfora con delicioso vino rojo, diversos tipos de aves y dátiles.

 

Luego de mi opípara comida, me despojé de mis modernas vestiduras para cambiarlas por las que en definitiva eran las apropiadas para aquel clima sofocante.

 

Me recosté en la cama y comencé a divagar con los nombres de famosos personajes que podrían estar a la vuelta de la esquina, entre los que podía mencionar al patriótico Generalísimo de todos los ejércitos Horemheb, al General Paramessu y por supuesto el mismísimo Ay. El sueño de todo historiador se me había cumplido. Esta vez no leía la historia en un mullido sillón en mi sala, sino que, vivía en la misma historia.

 

Por otro lado, las palabras de Irsw retumbaban en mi cabeza una y otra vez:

-          “Los dioses te han traído a mi tierra para que ayudes a la que tú llamas Seshen”.

 

¿Cómo podría yo ayudar a recordar el nombre a la pobre Seshen? Yo soy historiador, no psicólogo. ¿Qué estoy haciendo en el antiguo Kemet? ¿Acaso me estoy volviendo loco?  Mi racionalidad de erudito se negaba a sucumbir a la irracionalidad de una tierra dominada por la magia y los dioses.

 

Todo un remolino de imágenes entrelazadas con conceptos y cuestionamientos me arrastró a un profundo sueño acompañado de los aromas de una delicada flor de loto que el pícaro Nefertúm, dios de los perfumes y ungüentos, dispersaba con embriagante despilfarro por todo el templo.

 

No sé cuanto tiempo dormí, pero cuando desperté el aroma que me circundaba había cambiado. La penetrante mirra que encendida al mediodía en el templo, había dado paso al seductor Kyphi. Los penetrantes aromas de la reciña, la brea, la mirra, el palo rosa y otros tantos ingredientes se fundían con la dulce fragancia de la miel y el vino en un aroma único descrito por Plutarco en su Iside et Osiride, en el que detalló cada uno de sus dieciséis componentes.

 

Una lejana oración pronunciada por un centenar de sacerdotes llegaba en monótona letanía a mis oídos.

 

Salí de la habitación y comencé a deambular por las recientemente colocadas losas de alabastro del piso del templo.

 

Una escalera de amplios escalones me condujo a una de las terrazas del templo, desde la cual podía divisar toda la ciudad, mientras una tenue brisa movía casi imperceptiblemente los pliegues de mi fina túnica.

 

Maravillado observaba desde aquella altura los bellos jardines del templo y de las casas vecinas, repletos de una multitud de plantas y flores aromáticas silvestres y exóticas.

 

No en vano los egipcios se sentían orgullosos de sus ordenados jardines plasmados en infinidad de pinturas que había visto en las polvorientas vitrinas de los museos de Europa. Palmeras datileras, palmeras dum, higueras, viñas, granados, sauces, tamarindos, acacias y sauces poblaban los jardines en donde las familias se reunían a disfrutar de aquella refrescante brisa y el admirable ocaso que la naturaleza obsequiaba.

 

-          Mi padre tenía los jardines más bellos de Kemet -interrumpió mi embelesamiento Seshen.

-          ¿En verdad? -pregunté dando pie a que la egipcia hablara de su pasado.

-          ¡Sí!, recuerdo que cuando era pequeña jugaba con mis hermanas entre las flores del jardín hasta hartarnos. En ese momento venía mi padre, me subía a sus hombros y me ayudaba a juntar los más dulces higos que llevaba a mi madre para que los comiera.

-          ¿Recuerdas el nombre de tu padre o de tu madre?

-          Por más que me esfuerzo no puedo recordar ni sus nombres ni sus rostros, sólo imágenes dispersas vienen a mi mente atormentándome –dijo mientras observaba pensativa al astro rey que, lentamente, iba desapareciendo en el horizonte.

 

A la mañana siguiente nos dirigimos en nuestros carros, a las puertas de la ciudad con destino a la rivera del Nilo para luego embarcar, como lo indicó Irsw, hacia Uaset.

 

Uaset, capital espiritual de Kemet, era conocida por mí y por mis contemporáneos con el nombre de Tebas. En esta ciudad se levantaban los descomunales templos de Karnak y Luxor, donde cada año se realizaba la ceremonia, del encuentro de Amón con Mut, conocida como festival de Opet.

 

A medida que nos acercábamos al río dador de vida, el suelo comenzaba a hacerse más húmedo, dificultándonos nuestro avance por los ya fangosos caminos. No pasó más de media hora cuando delante nuestro apareció prodigioso en todo su esplendor, El Nilo.

 

Altos muros de papiro ladeaban al serpenteante río salpicado de pequeñas embarcaciones con velas triangulares y cubierto en gran parte por islas flotantes de camalotes, entre los cuales, casi imperceptible flotaba un gran cocodrilo, sobre el cual descansaban unas pequeñas avecillas.

 

A la derecha del improvisado atracadero, una mujer recogía agua mientras otras tres lavaban la ropa entre los florecidos lotos. A unos pocos metros de la costa, un grupo de pescadores en canoas de junco, lanzaba sus redes recogiéndolas al poco tiempo, rebosantes de peces que luchaban por su vida. Desde una embarcación de madera con vela cuadrada, que avanzaba velozmente contra la corriente levantando un suave oleaje, un marinero saludaba agitando sus brazos a un grupo de niños que, entre los papiros, juntaban ranas.

 

Descendimos y nos acercamos a un barquero que descansaba sentado sobre unos bloques de piedra que fueran desembarcados y olvidados hace tiempo.

 

-          Quisiéramos ir a Uaset -dije en perfecto egipcio antiguo, sorprendiéndome a mí mismo.

-          Todos quieren ir a Uaset en esta época del año. Te costará cuatro piezas de oro por persona.

-          ¿Nos quieres estafar? ¿Acaso quieres terminar tus días en el estómago de Sobek? -reaccionó enérgicamente Seshen señalando al gran cocodrilo que velozmente se sumergía en las aguas.

La egipcia miraba fija y desafiante al barquero en una actitud que sólo podría tomar un faraón, lo que me sorprendió, como así también al barquero quien quedó paralizado para luego sumisamente decir:

-          Disculpe mi señora, sólo les cobraré una moneda a los cuatro.

 

Sin decir más, subimos a la pequeña embarcación de vela triangular que rápidamente dirigió su proa a Uaset.

 

A medida que avanzábamos, cientos de embarcaciones de diversos tamaños comenzaron a sumarse en un extraño peregrinar que asemejaba a un embotellamiento de automóviles en una ciudad moderna.

 

-           Dime barquero, ¿por qué hay tantas barcas?

El navegante me miró como si hubiera dicho la peor de las estupideces y burlonamente me contestó:

-          ¿Acaso no sabes que estamos en el mes Paophi, en la estación de Ajet? ¿Tal vez creías que este año el banquete hermoso de Opet sería sólo para ti y tus amigos? 

 

Tras escuchar estas palabras caí sentado en una de las improvisadas bancas que se encontraban en la popa de la embarcación. No podía creerlo, estaría participando de una de las festividades religiosas más importantes del antiguo Egipto, el festival Opet.

 

Cada año para el segundo mes de la estación de la inundación, los egipcios desde los más distantes puntos de este extenso país convergían en Uaset. En esta ciudad, colindando al templo de Luxor es en donde según los antiguos escritos se encontraba el montículo original de la creación que surgió de las aguas primigenias. Es precisamente sobre este montículo que se habían construido varios cuartos aislados denominados Opet, en los cuales el faraón, al igual que lo hacía Amón con Mut, se unía a la reina para perpetuar su reinado.

 

La navegación era calma y apacible. Garzas rosadas, ibis, cigüeñas, patos y un sinnúmero de otras aves surcaban el cielo entre las embarcaciones, durante todo nuestro viaje.

 

-          ¿Qué es aquello que se ve allá? ¿Acaso es una ciudad? -pregunté señalando a babor.

-          ¡Es la ciudad maldita! Me extraña que no la conozcas -contestó en tono despectivo el barquero.

-          Es que nunca viajé a Uaset por río -contesté tratando de disimular.

La que el barquero llamaba la ciudad maldita era la magnífica Ajet-Atón, denominada actualmente Tell el Amarna, capital de Egipto durante el reinado de Akenatón y que tras ser abandonada luego del tercer año del reinado de Tutankhamón fue repudiada al igual que todo lo que se relacionaba al faraón hereje.

 

Mientras el rojo disco solar se ponía tiñendo los blancos muros de la abandonada ciudad, Seshen, reclinada sobre el barandal de proa, miraba con tristeza como se acercaba Ajet–Atón.

 

-          Te veo triste Seshen -dije acercándome a la mujer.  

-          Sí, Isidoro… no sé por qué la tristeza me embarga al ver esas ruinas, a la vez que innumerables imágenes atormentan mi mente.

-          ¿Es qué conoces esa ciudad?

-          Tal vez…

-          ¿Quieres que desembarquemos y echemos un vistazo?

-          ¿Está perturbado? ¿Es que Apep se ha apoderado de su cuerpo? Yo no desembarcaré en ese lugar -interrumpió el barquero que había escuchado la conversación-. Sólo los demonios y la enfermedad habitan en ese lugar.

-          Te doy diez piezas de oro si desembarcas y nos aguardas un par de horas.

Los codiciosos ojos del barquero brillaron al ver las piezas de oro sobre la palma de mi mano.

-          Los esperaré a bordo, pero si no vuelven antes de que el sol se ponga totalmente me marcharé.

 

La embarcación atracó en lo que fuera el puerto real. Más allá del pórtico de cuatro columnas unidas por un techo que daban la bienvenida al antiguo palacio real, una garza devoraba sobre las podridas y crujientes tablas una reciente presa. Junto con Seshen y sus dos silenciosos acompañantes, rodeamos el palacio y llegamos a una amplia calle que se dirigía al norte.

 

-          Recuerdo este lugar –dijo de repente señalando la que fuera la carretera real que unía el palacio con la ciudad del Norte-. Una gran fiesta ocurrió aquí. Recuerdo la calle cubierta de flores de lotos mientras los carros de los guerreros avanzaban arrastrando a prisioneros sirios y el botín de guerra capturado. La multitud gritaba alborotada arrojando flores a los victoriosos generales en sus carros de guerra seguidos por sus soldados que portaban estandartes multicolores.

-          ¿Tus padres estaban contigo? -pregunté.

-          Sólo recuerdo la fiesta -respondió abstraída.

 

¿Sería la hija de algún alto funcionario del palacio de Ajet–Atón? Me preguntaba una y otra vez mientras recorría junto con la joven las calles de aquella ciudad fantasma de la cual sólo quedan en mi época unos cuantos talats dispersos entre restos de las columnas. A pesar de estar la ciudad abandonada, podía apreciar las desgastadas pero bellas pinturas que adornaban las columnas y paredes de los palacios y templos.

 

Como guiada por una fuerza invisible Seshen avanzaba por las desoladas callejuelas hasta llegar al que creo que era el pequeño templo de Atón, ante el cual quedó paralizada. Luego de unos instantes de silenciosa contemplación ingresamos al templo en donde las coloridas columnas macizas nos daban la bienvenida con todo su esplendor, pese al evidente paso del vandalismo religioso. Todas las imágenes de Akenatón estaban borradas por los toscos golpes de los fríos cinceles de bronce. Los últimos rayos del sol que entraban por el techo abierto, iluminaban las grandes estatuas del faraón hereje maltratadas por las insensibles masas de madera blandidas por algún fanático sacerdote de Amón.

 

Seshen, miraba cada rincón, cada columna, cada estatua, como queriendo que alguna de ellas la liberara del tormento que sobre ella pesaba.

 

-          ¿Quién soy? –gritó, llorando desconsoladamente y arrodillándose ante una de las estatuas que parecía mirarla tiernamente-. Por la gracia de Atón, les suplico que me digan por qué no puedo recordar quien soy.

 

La escena era sobrecogedora. Una fresca ráfaga de aire hizo que se me erizara la piel al momento que tuve la sensación que alguien me decía:

-          Llévate a la que tú llamas Seshen de aquí. Este viejo templo no es más su lugar.

 

Miré a mí alrededor y no vi nada más que a los dos silenciosos acompañantes de la mujer a unos pasos de ella y a unos chacales que se disputaban una presa cerca de uno de los pilares reservados en otro tiempo para las ofrendas. Me acerqué a la mujer y tocándola en el hombro le dije:

-          No llores más Seshen. Te prometo que no descansaré hasta que descubras quién eres.

-          ¡Gracias Isidoro! Sé que los dioses te recompensarán a su tiempo.

-          No busco recompensa alguna.

-          Lo sé. Es por ello que estoy segura que lo harán.

 

Regresamos al antiguo puerto real descubriendo que nuestra barca se había ido.

-          ¡Maldito barquero! Nunca debí confiar en alguien que cambia de rumbo por unas cuantas piezas de oro.

-          Los dioses no dejan nada al azar -dijo dulcemente Seshen-. Tal vez haya alguna respuesta a mis preguntas entre estos viejos muros.

Decidimos dejar atrás el puerto y caminar por una antigua calle que nos condujo a un grupo de edificios que identifiqué como depósitos en donde decidimos pasar la noche.

Los dos egipcios rompieron las cadenas que mantenían cerradas dos puertas de maderas que rechinaron al abrirse mostrándonos un patio dividido en dos secciones por un muro con una puerta. En la primera división se encontraban cinco silos y en la segunda nueve silos más.

-          ¡Así que es aquí que Akenatón guardaba su grano! -dije en voz alta.

-          No pronuncies ese nombre, extranjero. Está prohibido en este país -respondió Seshen con tristeza.

 

A la izquierda de la entrada se encontraban lo que supuse serían los edificios en donde los escribas guardaban los registros ya que todavía en las paredes se encontraban infinidad de estantes con papiros enrollados. Desenrollé uno de aquellos papiros y comencé a descifrarlo poco a poco sin percatarme que los acompañantes de Seshen, comenzaron a hacer una hoguera con ellos.

 

-          ¿Qué hacen? ¿No ven que son papiros auténticos? -grité tratando de impedir que quemaran aquellas reliquias.

-          No sé por qué te alteras –dijo Seshen pausadamente. - Son simples viejos papiros de registros de granos. A nadie les sirven ya para nada.

 

La mujer tenía razón. Aquellos polvorientos papiros valdrían una muy buena suma de dinero si se los subastara en Londres o en los Estados Unidos, pero aquí y ahora notenían más valor que un periódico del año pasado.

 

Las llamas de la hoguera iluminaban el rostro de Seshen que pensativa masticaba un muslo de pato que nuestros acompañantes cazaron para nosotros. A pesar de que en varias ocasiones intenté entablar conversación durante la comida, la mujer respondía con un lacónico sí o no.

 

Esa noche pasé en vela observando las estrellas y velando el sueño de mi misteriosa dama.

 

Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a despuntar emprendimos la marcha y nos internamos en lo que alguna vez fuera el barrio sur, siempre bordeando la orilla del río. De pronto, justo antes de que el río se bifurque en dos, apareció detrás de nosotros una gran nave de vela cuadrada bordada con hilos de oro. Ocho remeros vestidos sólo con un shenti hacían que la nave acelere su paso a través de las calmas aguas. Sin duda era la nave halcón; la nave insignia en donde sólo viajaba el faraón y los altos dignatarios. Apoyado en la barandilla de proa se encontraba un hombre no muy robusto que vestía un shenti al cual estaba sujeta una especie de cimitarra pequeña inspirada en el harpé asiático llamada por los egipcios jepesh. El hombre que nos estaba observando desde hacía unos instantes al ver el rostro de Seshen quedó como petrificado al igual que ella, que antes de desmayarse, balbuceó un nombre:

-          Horemheb.

 

Me agaché para tratar de incorporarla pero nuestros acompañantes me lo impidieron llevándola ellos mismos bajo la sombra de una solitaria palmera datilera.

 

La actitud de los dos hombres no me sorprendió ya que hacía tiempo que descubrí una extraña devoción y sumisión hacia la mujer. Todo lo que ella necesitaba, sin que se lo pidiera, ellos lo hacían.

 

Desde mi posición de cuclillas, vi alejarse a la majestuosa nave halcón, con aquel hombre que ya en la popa nos observaba visiblemente alterado y aterrado al mismo tiempo.

 

Si aquel guerrero era el general de todos los ejércitos y futuro faraón Horemheb, ¿por qué le alteraba nuestra presencia en aquellas ruinas? ¿Será tal vez el mismo motivo que lo llevará dentro de unos años a destruir la mayoría de las construcciones de esta ciudad y utilizar sus talats como cimientos de otras nuevas?

 

Cuando la nave se perdió de vista me dirigí junto a Seshen que ya se había recuperado.

 

-          Debemos huir antes que los soldados vengan -dijo tomándome fuertemente de los brazos y clavándome sus uñas.

-          Cálmate, por favor. ¿Tú conoces a ese hombre? ¿Te ha hecho daño?

-          Él obedece órdenes del faraón. Debemos huir -insistió  antes de volver a desmayarse.

 

Uno de nuestros acompañantes levantó en sus fuertes brazos a la egipcia mientras que el otro me indicó con señas que lo siga.

 

Nos internamos en lo que fuera la antigua tierra de cultivo de Ajet-Atón, con dirección al sur, alejándonos un poco de la costa.

 

No tardamos mucho en llegar a una construcción que parecía un pequeño palacio amurallado pero que rápidamente identifiqué como Maru Atón. El templo panorámico, tal como lo había leído en el informe de 1907 año en que fue descubierto, estaba formado por dos recintos grandes amurallados donde se encontraban unos lagos rodeados de abundante vegetación que de seguro en otra época fuera un cuidado jardín, donde todavía subsistían alguna que otra flor que resistía al descuido y abandono.

 

Un poco mas alejados unos pabellones y un grupo de santuarios entre los cuales se destacaban unas plataformas ubicadas en una isla rodeada de un foso poco profundo, cubiertas por una estructura que soportaba antiguos toldos de los cuales sólo quedaban jirones de tela desteñidos por el sol y la intemperie; depósitos y despachos completaban el complejo bellamente adornado con delicados grabados.

 

Seshen fue cuidadosamente colocada en una cama que se encontraba en una de las habitaciones.

A pesar de que todo el complejo edilicio evidenciaba un largo abandono la sección en donde me encontraba no lo parecía.  Una cama, una silla, y algunos artículos femeninos como un espejo, una peluca, peinetas y un conjunto de tinajas con ungüentos perfumados, dispersos sobre una bella mesa tallada, daban muestras  de que el lugar fue utilizado por una mujer no hacia mucho tiempo. ¿Sería este lugar donde vivía Seshen?

 

Poco tiempo después la mujer despertó y me preguntó:

-          ¿Qué pasó? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy?

-          ¿No recuerdas al hombre del navío?

-          ¿Qué navío? Sólo recuerdo que íbamos caminando y me desmayé.

-          Está bien, no te preocupes. Hoy descansaremos aquí, mañana veremos como conseguir un transporte a Uaset.

 

Seshen se quedó recostada en aquella cama mientras yo comencé a recorrer aquel abandonado sitio religioso. No costaba mucho imaginar a la familia real recorriendo estas losas, alabando al Gran Atón, en un paisaje idílico de jardines llenos de verdor y de agua.

 

En mi deambular por el lugar descubrí un pequeño almacén donde se encontraban varias ánforas llenas de vino y restos de sacos de grano echados a perder. Al hacer este hallazgo decidí probar aquel vino tan apreciado en la antigüedad, por lo que comencé a buscar un recipiente donde verterlo. No tardé mucho en encontrar un cáliz de marfil que tenía grabado un cartucho con el nombre de Ankhesenamón. Limpié con mi túnica el polvoriento cáliz y vertí el rojo y añejo vino.

 

Mientras lo paladeaba, comencé a observar el ánfora sin prestar mucha atención hasta que mis ojos se posaron en el sello.  “Primer año del reinado de Ay Kheperkheperure”.

 

Esta inscripción me llevó a preguntarme: ¿Qué hacía un ánfora de vino con el sello de Ay en Ajet-Atón? Y más aún. ¿Por qué el cáliz del que estaba bebiendo tenía el cartucho de Ankhesenamón, y no de Ankhesenpatón, como debería ser? Estas preguntas y otras más se sumaban al gran rompecabezas del misterio de Seshen.

 

Al día siguiente, volvimos a dirigir nuestros pasos al sur. Con el sol sobre nuestras cabezas cruzamos el límite de la ciudad de Atón señalizado por una estela que el mismo Akenatón había mandado colocar para el efecto.

 

Aproximadamente para las seis o siete de la tarde, según mis cálculos, tras la fatigosa caminata por el árido y pedregoso paisaje, divisamos a lo lejos una pequeña aldea de pescadores. Para cuando llegamos a ésta los habitantes comenzaban a retirarse a sus hogares luego de una larga jornada. A nadie parecía importar nuestra presencia. Comenzamos a recorrer aquel pintoresco pueblito, hasta que encontramos una pequeña vivienda de paredes de adobe y techo de paja que ostentaba sobre su puerta un cartel con la leyenda “El ánfora del Faraón”. Entramos en aquella taberna y lo que me llamó la atención fue un gran ánfora con bellos dibujos estilo armánico, donde no faltaba la imagen de Akenatón con el rostro borrado.

 

-          ¿Qué desean servirse? -preguntó una voluptuosa mujer que traía en sus manos dos jarras de espumante cerveza.

 

-          Quisiéramos saber si alguien nos puede llevar a Uaset.

-          ¡Nementhot! -gritó la mujer. - Aquí tienes cuatro clientes que quieren viajar a Uaset.

Nementhot era uno de los parroquianos que se encontraba en el fondo de la taberna. De cara redonda y rodeado de una veintena de jarras de cerveza, trató de levantarse de la vieja silla pero trastabilló y volvió a sentarse abruptamente haciéndola rechinar por su peso.

-          ¡Vengan amigos!… vengan a compartir la cerveza de Nementhot el mejor… barquero de la zona -dijo haciendo un gran esfuerzo para hablar coherentemente dado su estado.

-          ¿Nos puedes llevar a Uaset? –pregunté, sentándome a su lado mientras Seshen y nuestros acompañantes aguardaron en la entrada.

-          Pero claro… amigo. Nementhot es el… mejor… barquero. Mi padre…-continuó diciendo acercándose a mi oído y bajando el tono- fue el que comandaba… la nave halcón de ése que no se puede nombrar.

Al decir esto, bebió un gran trago de cerveza vaciando la jarra y la colocó ruidosamente sobre la mesa.

-          Hoy pueden quedarse a dormir en mi casa y mañana los llevaré a Uaset por tan sólo dos jarras de cerveza.

Acepté el trato haciendo un ademán con mi mano a la mujer quien llenó hasta el borde las dos jarras.

-          Nubet -dijo el barquero. – Lleva a este viajero… y a sus acompañantes a mi… residencia. Mañana… saldremos temprano para Uaset.

 

La mujer pidió que la sigamos y nos condujo a una vivienda atrás de la taberna.

 

Encendí una antorcha que se encontraba en la pared continua a la entrada y quedé maravillado. La habitación si bien era pequeña estaba lujosamente amoblada: sillas, mesas, copas de alabastro e incluso una bella cama que en otra época seguramente ocuparía el dormitorio de algún dignatario de Ajet-Atón.

Seshen se acostó en la cama mientras yo lo hice sobre una esterilla en el suelo. Como si fueran dos estatuas de piedra, nuestros acompañantes se quedaron montando guardia en la salida.

 

Antes que los rayos de sol iluminen el cuarto, la puerta se abrió y apareció Nementhot diciendo:

-          ¡Que Ra ilumine sus rostros y les de larga vida viajeros! Espero que mi humilde morada haya sido confortable.

-          Muchas gracias barquero -respondió Seshen.

Nementhot, al escuchar a la mujer la observó y luego de unos instantes murmuró:

-          ¡Es imposible! Mis ojos me están engañando.

-          ¿A qué te refieres? -dije al escucharlo.

-          No es nada noble viajero, creí ver a alguien que conocí en mi infancia pero es imposible ella murió.

-          ¿Algún viejo amor? –traté de sonsacar.

-          No me hagas caso, estos viejos ojos muchas veces ya me han engañado. Es hora de partir, Uaset nos espera, llegaremos justo para cuando empiecen las festividades de Opet.

 

Nos disponíamos a salir de aquella vivienda cuando Nubet, la mesera, entró visiblemente agitada junto con cuatro fornidos hombres, diciendo:

-          No sé lo que hayan hecho viajeros, pero deben irse de este pueblo de inmediato.

-          ¿Qué ocurre mujer? -preguntó Nementhot.

-          Un navío con veinte soldados dirigidos por el general Nahtmin ha atracado en el puerto y están preguntando casa por casa por cuatro viajeros con sus descripciones.

-          ¿Ustedes están en algún problema? ¿Por qué el ejército los busca?

-          ¡Nosotros no hemos hecho nada! -respondió Seshen.

-          Pues no importa si han hecho algo o no, tendremos que entregarlos al ejército, no quiero que los chacales del desierto se alimenten con nuestros cuerpos.

Los cuatro hombres que vinieron con la mesera se disponían a sujetarnos cuando Nementhot dijo:

-          ¡No los entregaremos! Yo prometí llevarlos a Uaset y a Uaset irán.

-          No tenemos por qué arriesgarnos por estos desconocidos, recuerda lo que le pasó a tu padre -protestó Nubet.

-          Es por mi padre que los ayudaré.

-          Si el ejército los busca, es porque Ay lo ha ordenado -volvió a protestar la mujer.

-          ¿Es acaso poco ese motivo para ayudarlos? -respondió enérgicamente con el seño fruncido el barquero.

 

Rápidamente Nementhot nos pidió que lo acompañáramos al sótano de la casa. Una vez en éste nos pidió que le ayudemos a sacar las bolsas de grano que se hallaban apiladas contra una de las paredes, donde poco a poco surgió una pequeña puerta tras la cual se hallaba un túnel por donde sólo se podía acceder de a uno y de cuclillas. Nementhot entregándome una antorcha dijo:

-          Sigan el túnel, los llevará al Nilo a las afueras del pueblo. Espérenme en la salida, yo los pasaré a buscar en un par de horas.

 

Acerqué la antorcha al túnel y vi como la llama flameaba debido a una ráfaga de aire que provenía del interior del mismo, señal que había una salida.

 

Cuando el último de nosotros descendió a aquel angosto pasadizo la pequeña puerta se cerró y comenzamos a escuchar como las bolsas comenzaban a apilarse nuevamente sobre ella.

 

Como lo había indicado Nementhot, luego de recorrer el angosto camino desmoronado parcialmente en alguno de sus tramos, lo que nos obligaba a abrirnos paso cavando con nuestras manos, rápidamente llegamos a la salida que se encontraba oculta entre los papiros de la orilla del Nilo. Dos horas después llegó sonriente, con su pequeña barca.

 

-          No sé quienes son -dijo extendiéndole la mano a Seshen para que suba a la barca. - Pero sí son la causa de que el faraón se moleste en enviar un pequeño ejército a los límites de la ciudad maldita, motivo suficiente para que yo los ayude. Pídanme lo que quieran que gustoso se los daré.

-          Parece que no le tienes mucha estima al faraón -dije en tono burlón.

-          El pueblito que acabamos de dejar se creó con los últimos habitantes que pudieron huir de la ciudad maldita.

-          Eso explica el mobiliario de tu casa –interrumpí.

-          Tienes razón viajero. Mi padre, que había sido el navegante de la nave halcón, como otros tantos trajo todo lo que pudo mientras la peste mataba a los últimos habitantes que se rehusaron salir de la ciudad. Así es como se creó este pueblito que de a poco iba resurgiendo de las cenizas de Ajet-Atón, hasta que hace un par de años cuando el bien amado Tutankhamón fue llamado misteriosamente al reino de Osiris, la desgracia volvió a caer sobre nosotros.

 

Como es de conocimiento de todos, Ay se casó con la reina Ankhesenamón para así acceder a las coronas blanca y roja. Una vez que fue coronado, y habiendo obtenido todo lo que siempre ambicionó, el poder absoluto, comenzó a humillar a la pobre reina que continuaba llorando a su joven esposo Tutankhamón.

 

Como dije –continuó diciendo-  mi padre al ser el navegante de la nave halcón, en la época del faraón hereje, conocía desde pequeña a Ankhesenamón. Hace un par de años, un nefasto día, mi padre y yo, fuimos contratados para llevar mercaderías a Uaset, cuando estábamos bajando de la barca el último saco de grano, mi padre vio oculta entre unas ánforas a una mujer. Cuál fue su sorpresa, que al acercarse reconoció a la reina, que andrajosa le suplicó que la llevara lejos de Kemet. Sin dudarlo, la ocultamos y emprendimos viaje con rumbo a Men-Nefer para desde ahí contratar un Kebenitpara cruzar el gran verde.

 

Una vez en Men-Nefer mi padre me pidió que contacte con Hiram, un comerciante amigo, para llevar a Tiro el singular cargamento. Para la tarde Hiram nos esperaba presto para zarpar, pero fue entonces cuando el general Horemheb con veinte hombres entraron de sorpresa en la hostería donde estaba mi padre con la reina y los apresó.

 

Mi padre fue asesinado en el acto y su cuerpo arrojado al desierto para servir de alimento a buitres y chacales, mientras que la reina fue llevada a la abandonada Ajet-Atón y encerrada en un ala del Maru Atón, en donde permaneció vigilada hasta que un año después, según se dijo murió.

 

-          ¿Dónde fue sepultada la reina? -pregunté sin vacilar.

-          Nadie lo sabe. Tal vez ni ella misma.

-          ¡Miren! ¡Uaset! -gritó emocionada Seshen interrumpiendo nuestra larga conversación.

 

Volteé y la vi. Tal cual me la había imaginado desde niño. La majestuosa Uaset surgía adelante mío bulliciosa, vibrante, llena de vida. Centenares de barcas se encontraban sobre el río mientras que sobre la rivera millares de personas semejando hormigas en un gigantesco hormiguero se apretujaban entre sí para hallar la ubicación mas cercana posible al templo de Karnak de donde surgían como agujas penetrando en el rojo cielo, los obeliscos de granito rosa erigidos por la gran Hatshepsut en la sala hipóstila del templo. El sol que comenzaba a ocultarse hacía que los piramidones de oro y plata de los mencionados obeliscos brillen como verdaderos faros haciéndome cerrar los ojos por el intenso reflejo.

 

Antiguos cánticos religiosos llegaban hasta nuestros oídos desde el templo como así también el penetrante aroma del embriagante Kyphi.

 

Nementhot atracó la embarcación en un pequeño puerto al tiempo que la nave halcón se acercaba al embarcadero del templo. A medida que el majestuoso navío avanzaba toda la multitud se iba postrando ante él.

 

A pesar de encontrarme a una considerable distancia pude ver como un par de hombres vestidos con blancos shentis arrojaron dorados cabos a otros dos que prestos amarraron la nave. Una rampa fue acercada al navío por la cual descendieron ocho nubios portando la barca de Amón seguidos por dos sacerdotes.

 

Mientras yo me quedé en la proa de la barca absorbiendo con todos mis sentidos aquel acontecimiento, Seshen desembarcó y como guiada por un poderoso e invisible imán comenzó a hacerse paso entre la gente. Al percatarme de esto bajé de la barca y la detuve.

 

-          ¿Qué haces Seshen?

-          ¡Yo tengo que estar ahí!

-          Tú sabes bien que si te acercas al faraón sin su permiso sólo obtendrás la muerte -dije sujetándola firmemente del brazo.

-          ¡Suéltame Isidoro!, yo ya estoy muerta –replicó Seshen, en forma enérgica y altiva, librándose de mi mano.

 

Rápidamente la mujer avanzó entre la muchedumbre aventajándome unos cinco metros. De pronto un silencio sepulcral precedido del estridente sonido de un par de instrumentos de viento indicó que el faraón se disponía a desembarcar.

 

Bajo y de avanzada edad, Ay, llevaba la doble corona sobre su cabeza con altivez. Vestía una túnica de blanco algodón y amplias mangas bordadas con hilos de oro, además de un par de sandalias del mismo metal. Detrás del faraón desembarcaron a prudente distancia el general Horemheb, al que ya había visto hace un par de días atrás, y otro general de nariz aguileña e imponente porte, del que después supe era Paramessus, el futuro Ramsés I.

 

Mientras todo el pueblo se hallaba vitoreando al faraón que acababa de ingresar al templo, Seshen ingresó también seguida por mí. Al instante que traspasamos las pesadas puertas de cedro estas se cerraron detrás de nosotros.

 

-          ¡Detente Ay! -gritó Seshen desafiante, abriéndose paso entre los guardias del templo.

El grito retumbó en cada una de las ciento treinta columnas de la sala hipóstila e hizo que cada sacerdote, guardia y personalidades pongan sus ojos en nosotros, en especial el faraón.

 

El semblante del anciano cambió bruscamente de color, aterrado Ay comenzó a temblar como una hoja mientras repetía:

-          ¡Tú estás muerta! ¡Tú estás muerta!

-          Sí, lo estoy y tú eres el responsable de que mi ba esté errante. ¡Devuélveme mi nombre! ¡Di cuál es mi nombre!

-          ¡Deténganlos! -gritó el faraón a los guardias que nos rodearon y apuntaron con sus lanzas.

 

En ese instante una intensa luz ámbar inundó todo el recinto segándonos por un instante. De a poco la luz comenzó a tomar forma ovalada para luego trasformarse en la mujer mas bella que he visto en mi vida. Vistiendo una finísima túnica color ámbar, bordada con hilos de radiante oro, traslucía el curvilíneo y esbelto cuerpo de la mujer que llevaba ceñida sobre su azabache cabellera una diadema de oro la cual sujetaba una larga pluma de avestruz.

 

La aparición extendió majestuosamente uno de sus brazos, desde el cual se desplegaba como si fuese un ave un ala con pequeñísimas plumas de oro. Señaló al faraón y dijo:

-          ¡Tú sabes quién soy! ¡Tú sabes por qué estoy aquí!

Ay se postró y sollozando respondió:

-          ¡Oh gran Maat!, perdóname si alguno de mis actos te han ofendido.

-          Sé que eres consciente de tus actos, los cuales pronto serán pesados en la gran balanza.

-          ¿Qué quieres que haga por ti? -preguntó el faraón casi arrastrándose ante la deidad.

-          Devuélvele lo que le has robado a esta mujer -respondió tajante Maat.

Ay, instintivamente trató de ocultar el anillo, con dos cartuchos grabados en él, que llevaba en su dedo.

-          Entrégale el anillo a la que llaman Seshen -dijo con la vista fija en el faraón.

Tembloroso Ay, se acercó a Seshen y le entregó el anillo. La que lo tomó y se lo puso al mismo tiempo que una luz color ámbar cubrió todo su cuerpo.

Grandes lágrimas de agradecimiento, brotaron abundantemente de sus ojos.

-          ¡Gracias Isidoro! -dijo entre sollozos.

-          No entiendo por qué me agradeces –dije atónito por todo lo acontecido.

-          Gracias por darme un nombre, cuando el mío me fue arrebatado.

-          Sigo sin entender.

-          Ves este cartucho – dijo extendiéndome su mano y señalando uno de los cartuchos que en él se encontraban. Léelo por favor.

Obedecí y rápidamente traduje aquellos pequeños jeroglíficos tallados bellamente en aquel anillo de marfil:

-          Ankhesenamón.

-          ¡Ese es mi nombre! -respondió con una inmensa felicidad en el rostro

 

Al escuchar esto todo el rompecabezas se armó en mi mente, cada una de las piezas encajaban a la perfección. Aquella pobre momia abandonada en su mutilado sarcófago acompañada sólo por sus dos ushebis, aquella olvidada princesa sin rostro, aquella a la que yo llamé Seshen no era otra que la reina Ankhesenamón.

 

-          ¡Toma Isidoro! -volvió a hablar la reina extendiéndome el pequeño anillo. - Es tuyo, ya no lo necesito. Ya sé quien soy.

 

Después de decir estas palabras Ankhesenamón se acercó a Maat quien la abrazó con sus alas para luego señalar hacia la puerta del templo, en donde la esperaba un carro de oro tirado por un par de blancos corceles adornados con arneses de plata y plumas de avestruz. Dirigiendo el carro se encontraba un joven que ostentaba la corona del alto y bajo Egipto.

 

-          ¡Mi amado Tutankhamón! -susurró la reina con los ojos repletos de lágrimas. - ¡Has venido por mí!

     El joven faraón, con un ademán invitó a su reina a subir al carro para luego cubrirla con sus brazos. Una intensa luz ámbar igual a la que antecedió a la aparición de la diosa, nos volvió a cegar al momento que sentí un fuerte golpe en la cabeza.

 

El monótono ruido de un ventilador de techo me despertó. Miré a mi alrededor y de inmediato reconocí una habitación de hospital. Una enfermera de grandes ojos y uniforme blanco al ver que desperté me acercó un vaso con agua fría. Traté de incorporarme en la cama pero un fuerte dolor en la cabeza me hizo volver a mi posición.

 

-          ¿Dónde estoy? -pregunté mientras tocaba las vendas que la cubrían.

-          Está en un hospital de El Cairo -respondió la enfermera. - Tuvo suerte que el guía de su expedición lo encontrara después de la tormenta de arena.

-          Y el profesor Stiward.

-          ¡Nadie más sobrevivió! Sólo usted -dijo retirándose del cuarto y cerrando la puerta tras de ella.

 

Desconcertado por lo que la enfermera me había confesado, me fui convenciendo que toda mi aventura en el antiguo Egipto había sido producto de mi imaginación.

 

Una semana después de haberme recuperado, fui a Ihnasya el-Medina para agradecer a Mohamed el haberme traído devuelta al mundo de los vivos ya que si hubiera permanecido más tiempo abandonado en aquel desierto hubiera pasado a ser parte de él. 

 

Al llegar a la ciudad traté de ver la lejana Henen-Nesut de la cual poco quedaba. Luego de recorrer las pequeñas e intrincadas callejuelas, en las que se veían ancianos fumando su pipa de agua y charlando alegremente, mientras los niños jugaban a su alrededor, toqué a la puerta de Mohamed. El árabe me extendió su grande y fina mano y me invitó a pasar.

 

Luego de una amena charla regada de abundante té con hojas de menta y tras contarme cómo la tormenta había borrado todo rastro de la tumba y la forma en que me encontró semidesnudo bajo el calcinante sol, Mohamed se levantó del almohadón en donde estábamos sentados y se dirigió a un estante de donde tomó un pequeño objeto y lo colocó en su bolsillo. Luego de acompañarme a la puerta y despedirse de mí, introdujo su mano en el bolsillo y dijo:

-          Toma esto es tuyo. Lo traías puesto en el dedo.

 

Mohamed dejó caer en la palma de mi mano un pequeño anillo de marfil con dos cartuchos grabados en él.

-          ¡El anillo! -exclamé confundido-. Entonces fue cierto, dime Mohamed ¿estuve yo en el antiguo Kemet?

 

Mohamed, con una sonrisa pícara dijo:

 - Quién sabe, tal vez…

 

Autor: Alejandro Hernández y von Eckstein

Fuente digital: http://www.egiptomania.com

 

 

 

 

 

 

 

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