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JORGE RUBIANI


  HISTORIAS SECRETAS DEL PARAGUAY - TOMO I - LIBRO 2, 2014 - Obra de JORGE RUBIANI


HISTORIAS SECRETAS DEL PARAGUAY - TOMO I - LIBRO 2, 2014 - Obra de JORGE RUBIANI

HISTORIAS SECRETAS DEL PARAGUAY

Obra de JORGE RUBIANI

Colección INTERROGANDO AL PASADO - TOMO I - LIBRO 2

Editorial AZETA S.A.

Dibujo de cubierta:D. Maillart publicado en LE TOUR DU MONDE en 1873

Ilustraciones: ROBERTO GOIRIZ - JUAN MORENO

Asunción - Paraguay

 

 

ÍNDICE

PRESENTACIÓN de la 1.a Edición  7

PRESENTACIÓN de la 2.a Edición  9

Capítulo I ORIGINARIOS 15

1. Aborígenes 15

2. Chaqueños y Guaraníes 16

3. Mujeres 18

4. Guaikurúes: el origen 19

5. Guaikurúes: el fin 19

6. De traiciones y represalias 20

7. Guerra bacteriológica 22

8. Pajaguáes 23

9. El más glorioso de los Pajaguáes: el sargento “Cuati” 24

10. Pajaguáes y su costumbre de hacer tratos 27

11. “Saca” de mujeres 29

12. Rancheadas 31

13. El “paraíso de Mahoma”  35

Capítulo II INDÍGENAS Y JESUITAS 39

14. Llegan los Jesuitas 40

15. Viajes en “pelotas” 42

16. Ritos de bienvenida 43

17. Estrategias de seducción 46

18. Soledad 50

19. Milagros 51

20. La “tentación de la carne” 52

21. Simbolismos que matan 53

22. “¿Por qué nos abandonas?” 54

23. Tecnología, “de punta” 55

24. El “voto castigo”     56

25. Ropa y vestimenta 58

26. Castidad y prohibiciones varias  60

27. Adulterio  63

28. Niños 63

29. Espías a domicilio 65

30. Castigos 66

31. Música de alto vuelo 71

32. Trucos para inducir al trabajo 74

33. Bebidas y borracheras 75

34. Vicios menores: el mate y la yerba 78

35. Mascotas 80

36. Enfermedades y curaciones 84

37. Finalmente la muerte 86

38. Demonios y apariciones. 87

39. El poder de la cruz... y de los libros 88

40. ¡¡Resurrecciones!! 90

41. La “otra” religión: la de los “hombres-dioses”  91

42. Altares en hamacas 96

43. El martirio del padre Roque  97

44. Bienvenidos al infierno 99

45. ¡¡Mamelucos!! 100

46. La frontera comienza a moverse  101

47. Cortando la lengua de los gallos 103

48. Miedo y pavor 106

49. Finalmente esclavos 108

50. Enterrando a los niños 112

51. La aldea asuncena 114

52. “Somos lo que fuimos...”  116

Capítulo III CONQUISTADORES Y COLONIZADORES 119

53. El extraordinario viaje de Alejo García 119

54. Los Adelantados 124

55. Pizarro se adelanta a los Adelantados 126

56. El primero: Pedro de Mendoza 1536/1537 127

57. Una sífilis de abolengo 129

58. Juan de Ayolas, siniestro lugarteniente de Pedro de Mendoza 130

59. “¡¡Confesión!!... ¡¡Confesión!!.. “. El asesinato de Juan de Osorio 134

60. Francisco Ruiz Galán... y el primer cotejo de poder 137

61. El Segundo: Álvar Núñez Cabeza de Vaca, quien pretende seguir las huellas de García 139

62. La “noche de San Marcos” 142

63. Asunción y su fundador: Juan de Salazar de Espinoza de los Monteros 144

64. “...En el seno del infierno” 147

65. El incendio de Asunción   150

66. “Aguara ruguai moroti” y un motivo “real” para conspirar 152

67 “Leales” y “tumultuarios”  154

68. “...Bellaquillo y rapaz comunerillo” 156

69. Francisco de Mendoza, interino para morir 159

70. El incómodo y persistente Diego de Abreu  162

71. El inicio de los “istas” 165

72. El Tercer Adelantado: Juan de Sanabria – 1550 167

73. La “yernocracia” termina con las rencillas  172

74. Un obispo “de armas tomar” 173

75. El Cuarto Adelantado: Juan Hortiz de Zárate - 1568/1576  176

76. Una Adelantada mestiza 180

77. El quinto Adelantado: Juan Torres de Vera y Aragón 182

78. Los gobernadores: no solo elegidos por el rey, no solo españoles, no solo gobernadores 184

79. Gobernadores extranjeros que, en nombre de España, gobernaron la provincia del Paraguay 185

80. El índice “riesgo-país” desalentaba la venida al Paraguay 187

81. El “turbulento” Felipe de Cáceres 190

82. Obispo vs. Gobernador 193

83. Martín Suárez de Toledo -1572/1575- y “el pueblo de las vacas hembras” 198

84. Depuesto y desaparecido: Diego Ortiz de Mendieta - 1576/1577  199

85. La historia de dos pueblos en un solo nombre: Juan de Garay-1578/1583 200

86. “...Un destierro y una soledad muy grande...” 204

87. Criollo y cuatro veces gobernador: Hernando Arias de Saavedra  208

88. Paraguay se queda sin mar... definitivamente 208

89. Ordenanzas especiales para proteger a los nativos  210

90. Tan lejos... tan solos... tan pobres 210

91. A reconciliarse con la esposa.... o ¡¡Excomunión!! 212

92. Un traidor en el gobierno 214

93 Soberanía Jesuítica vs. Poder Real: se enciende la mecha 215

Capítulo IV JESUITAS Y COMUNEROS 219

94. Jesuitas 219

95. Las reducciones de Jesús o Trinidad: más grandes que Asunción 224

96. Se mueven los tentáculos de la Compañía: la expulsión del Obispo de Asunción  229

97. “Canónigo ignorante y dementado...” 235

98. Remedios que matan  236

99. Expulsión de los Jesuítas. Y va la primera 238

100. “El siniestro Sebastián de León...” 241

101. ¡¡Sálvese quien pueda!! - Batalla de “las piedras de Santa Catalina” 243

102. Garavito no deja “títere con cabeza...” 246

103. En 1656 años ya se discutía como escribir el Guaraní 247

104. “Palos por bogar... palos por no bogar”     248

105. Rege: depuesto ...por inepto 250

106. Represalia guaycuru 254

107. Francisco de Monfort, primer gobernador italiano - 1685/1691 258

108. Otro Gobernador depuesto por déspota... pero retorna al cargo porque “promete portarse bien...”  258

109.  El Mercosur de la desdicha 259

110. Un gobernador demente... y dominado por la suegra 262

111. La paz que precede a la tormenta 265

112. Comuneros... el inicio 267

113. Diego de los Reyes Balmaceda: una “joya” de gobernador 270

114. Efemérides Comuneras 274

115. El calvario Comunero 275

116. Las batallas de la revolución 276

117. Gobernadores “contrabandistas” 282

118. José de Antequera y Castro: “padre y defensor de la patria...”  286

119. Los “presidentes” comuneros 289

120. Al Paraguay se le impone “...el silencio perpetuo”  292

121. Entre tantos gobernadores que no querían ver     al fin uno ciego 293

122. Renacer comunero 294

123. ¡Ahí vienen los “zarcos”! 297

124. Asesinados por “ahogamiento” 298

125. Otros gobernadores “extranjeros” 298

126. Los últimos del siglo XVIII 299

127. El siglo XIX y el final de la colonia 300



PRESENTACIÓN

de la 1.a Edición


Como la mayoría de los países de Sudamérica, el Paraguay fue eliminando las huellas de su pasado desde, prácticamente, la finalización de la guerra contra la Triple Alianza en 1870. En pos del “progreso” o de la ilusiva modernidad, los paraguayos hemos proscripto los componentes más distintivos de nuestra cultura. Pues en los 130 años transcurridos entre aquel acontecimiento y los recientes últimos años del siglo XX, no solo se demolieron edificios de indiscutible valor histórico, sino se extraviaron documentos, perdido libros, fotografías y objetos diversos, asociados todos ellos a nuestra cultura y nuestra historia. Los extravíos se extendieron hasta la alteración de lugares e hitos significativos de la trama urbana de Asunción como los de la mayoría de los pueblos del Paraguay, así como se borraron los nombres de sitios originales que en el idioma ancestral, recordaban los sentimientos, expresiones y vivencias de nuestros antepasados indígenas y europeos.

A todo esto, se ha sumado en los últimos tiempos una grave desatención: el olvido a los actores de nuestro pasado reciente. Con la lenta y progresiva partida de nuestros ancianos, se van también valiosas informaciones sin que sus allegados o responsables de la defensa y protección del patrimonio, manifiesten algún interés en recoger y registrar sus vivencias. Pues estos “viejitos”, depositarios de muchas formas de los saberes y tradiciones de la comunidad, se van sin tener la oportunidad de transmitir su legado. Los protagonistas de un tiempo en que la conversación bajo las enredaderas, en los corredores de las casas o alrededor del fogón hicieron posible la continuidad de un saber que no está en los libros, se van yendo... en silencio. Abuelos y abuelas todavía están ahí, arrinconados, condenados al silencio o al intercambio de algún escueto y obligatorio saludo. Esperando por nosotros, tal vez a la sombra de alguna amorosa protección, pero desprovistos de la atención que necesitan para cumplir con el ritual de “comunicar” lo que ellos protagonizaron o recibieron valiosa información sobre la actuación de sus mayores.

“Historias Secretas del Paraguay”, el material que ABC Color pone en sus manos, rescata hechos y acontecimientos olvidados o ignorados, de personajes o sucesos menores que complementaron los grandes hechos de nuestra historia. Ellos provienen de los libros -por supuesto- pero también del testimonio de un gran número de personas que lograron conservar vivencias de indiscutible valor en los que se mezclan el drama, el humor y las peripecias de personajes connotados -como de otros olvidados o ignorados- teniendo como telón de fondo toda la historia de nuestro país.

Para estos fascículos encuadernables, los textos fueron elaborados por Jorge Rubiani y la recreación gráfica se debe a los dibujantes Roberto Goiriz y Juan Moreno, en una espléndida edición que nuestros lectores recibirán a partir de hoy, todos los jueves y viernes de los próximos meses.

Finalmente y gracias a la colaboración de otros expertos y estudiosos del patrimonio tangible e intangible del Paraguay, los escritos de Rubiani serán intercalados con la explicación sobre la nomenclatura de algunos sitios tradicionales y de antiguos pueblos. Con las sucesivas entregas, se aportará también el inigualable recetario del antiguo arte culinario colonial paraguayo, con la explicación del origen de algunas comidas y sus formas de preparación.

Esta nueva producción de ABC Color se apoya en la convicción de que la responsabilidad colectiva debe afirmarse en los elementos culturales que nos distinguen. Por eso apostamos, y exhortamos, a su conocimiento y su divulgación.



PRESENTACIÓN

de esta 2a Edición

No hay mucho que agregar a lo expuesto cuando el lanzamiento de la Primera Edición. Solo poner el acento en lo esencial que debe ser para un pueblo el conocimiento de su historia. Y que para su difusión se vuelve imprescindible la utilización de todos y los mejores recursos posibles. Especialmente en tiempos en que existen innumerables propuestas más accesibles, vistosas y atractivas para hacer la “contrahistoria” o la no- historia: el simple entretenimiento, la banalización de lo importante, la desmemoria.

Si tal vez en tiempos pasados la competencia fuera “pareja”, hoy ya no. Por lo que se requiere echar mano al esfuerzo y la creatividad de historiadores, artistas y comunicadores para contrarrestar el aluvión de lo que, sin mayor sentido del compromiso pero con muchos recursos tecnológicos y económicos, no repara sino en las maneras más fáciles de recuperar los gastos que requieren los primeros y multiplicar en proporciones geométricas los segundos.

En cuanto a los textos de estas “Historias Secretas...”, lo que corresponde hacer en toda reedición, está hecho: depuración de contenido, correcciones ortográficas y sintácticas. Y la remisión del relato a lo textual ya que se ha prescindido de las ilustraciones que recrearon la primera edición. Enfocados en lo histórico, también prescindimos del arte culinario guaraní y de las orientaciones sobre el idioma. No porque no fueran importantes sino porque los que me asesoran en estos temas se hallan encarando ediciones propias y específicas sobre los mismos asuntos. Por estos motivos, se ha reducido la extensión de la presentación.

Por lo que no nos queda sino aplicarnos de nuevo a... ¡desentrañar los secretos de la historia!

Asunción, enero, 2014.


 

 

EL VALOR DE LA ANÉCDOTA EN LA HISTORIA

Anécdota: palabra de origen griego. Plural de anecdotos, significa publicar o dar a conocer. El término define un relato breve de un hecho curioso y poco conocido, que se hace como ilustración, ejemplo o entretenimiento

La anécdota es una forma de las expresiones populares en riesgo de extinción. Uno de los componentes del patrimonio intangible que se pierde en el fragor de la vida moderna, ante el auge de la mediocridad y con el desdén hacia el saber de los mayores. Las anécdotas, o los “casos” como se los conocieran en el Paraguay, fueron el no declarado archivo en el que se cimentó la memoria colectiva. Sirvieron para difundir la crónica de diversos hechos que calló la historia oficial. Especialmente aquellos generados por los enfrentamientos entre facciones políticas. Mas antes, dieron noticia del duro batallar de los colonos-pioneros contra los elementos y recrearon las vicisitudes de la vida doméstica, tanto en los poblados como distante de ellos, con el entorno de una naturaleza casi siempre hostil a las intervenciones de hombres y mujeres.

Aunque desde la remota antigüedad la anécdota sirvió “para dar vida a las fábulas y transcribir antiguos relatos”, con combinaciones que mezclaban mucho de las fantasías del colectivo y algo de “la sabiduría de las Sagradas Escrituras”, en ella encontraron también refugio las expresiones criollas, “los refraneros, los dichos y ocurrencias regionales”. La especie literaria suele presentar por lo tanto visiones distintas de algunos acontecimientos conocidos, o facetas desconocidas de hombres ilustres, mostrando con frecuencia a estos, despojados del bronce con el que han posado para la historia oficial.

La anécdota suele contener también una carga de picardía, fiel reflejo de los sentimientos y emociones de la gente común. Y, aunque su virtud reside en esa espontaneidad, en esta también radica su dificultad intrínseca: su incapacidad de “separar el trigo de la cizaña”; discernir el hecho verídico de los agregados o las conclusiones del relator. Porque con mucha más fantasía que precisión histórica, las anécdotas dan paso a la creatividad, la invención pura y a una indisimulada intención de deformar los hechos. Otras, originadas en algún suceso perdido del pasado lejano, suelen ser actualizadas para caracterizar un nuevo acontecimiento, de las mismas características que los antiguos, pero con diferentes circunstancias y actores. Esta posibilidad nos remite a una cualidad que la anécdota comparte con la historia: que los hechos del Presente -con mayor espectacularidad y estridencias- no son sino reiteraciones de sucesos anteriores. “Re-presentaciones” de los dramas o comedias de otras épocas, como una condena con la que “el destino” castiga la desatención a las circunstancias del pasado.


DE CUANDO LA ANÉCDOTA SE CONVIERTE EN HISTORIA

¿Cuantos acontecimientos históricos se registraron en el Paraguay desde los tiempos de la formación de la provincia, hasta la culminación de la Guerra del Chaco? En sus “Efemérides de la Historia del Paraguay”, libro que abarca aproximadamente tal período, Efraím Cardozo menciona unos 380. Los identifica con fechas que refieren en muchos casos, el inicio o la culminación de gestas mayores. Como las de la Independencia, la guerra del Paraguay contra la Triple Alianza o la del Chaco, los que generaron adicionalmente una sucesión de hechos trascendentes conectados entre sí. Con ellos y agregados al listado de Cardozo, podríamos admitir que los “días históricos” del Paraguay serían alrededor de 1000. ; Y los restantes? Es difícil suponer que en esas casi cuatro centurias no sucedieran otros hechos “recordables”. Porque desde la fundación de la casa fuerte de Asunción, 15 de agosto de 1537, hasta la finalización de la guerra del Chaco, 12 de junio de 1935, transcurrieron 397 años y 301 días. Un total de 145.206 días, de cuya mayor parte, sin embargo, no tenemos ninguna, o pocas noticias.

Y si no se hubiera registrado nada que llamara la atención de los historiadores, ni hubiera nada parangonado a los hechos enaltecidos en las citadas “Efemérides...”, algún magnicidio, una guerra, un golpe de estado o la asunción de un nuevo presidente; algo más pudo haber sucedido. Una acción o su correspondiente consecuencia que la “historia oficial” no tuvo interés en destacar o que incluso pudo haber ocultado pudorosamente.

En todo ese largo tiempo habrían existido acontecimientos de alguna importancia aunque no tuvieran que ver con los grandes personajes. O que fueron ocultados tal vez porque aquellos hechos demostrarían precisamente que tales personajes no fueron tan grandes, ni tan valientes como les consagraran aquellos “días de redobles” de los que fueron protagonistas. Pero, sin embargo, estas historias escondidas entre los pliegues de la conversación informal, o apagadas por la resonancia de otros hechos; esas crónicas a veces irreverentes, devuelven a nuestros héroes a la categoría humana, nos lo retornan desnudos de majestuosidad, despojándoles de su condición de semidioses, aunque sin retacearles absolutamente nada de sus aciertos y virtudes.

De esas “historias secretas” del Paraguay, se tienen pocas noticias porque tal vez no se leyeron bien los libros que las mencionan; o porque se omitieron de los textos y aulas escolares en beneficio de la brevedad de los programas de enseñanza. Es también posible que se hayan mantenido deliberadamente ocultas para que se evitaran grietas en el sostenimiento del “orgullo nacional”. Pero lo cierto es que en la anécdota -como escribía un autor- afortunadamente ha encontrado “refugio la sabiduría popular...”, y lo que no está en los libros, puede llegar finalmente hasta nuestros días, superando los límites del misterio. Gracias a los mecanismos habituales de otros tiempos: la lectura, la simple conversación (especialmente en el seno del hogar o entre familiares) y el teatro, lujos hoy desgraciadamente devaluados; y gracias también a la resonancia de los contactos entre los miembros de la comunidad, la anécdota ha podido transitar -de generación a generación- un largo camino conservando ella alguna similitud con los hechos reales.

 

UN DÍA CUALQUIERA ES TAMBIÉN HISTORIA

Podríamos imaginar un día cualquiera de algún año de “la larga siesta colonial” de la provincia. En el estarían presentes defectos y virtudes que, persistentes, se denotan aun hoy en las costumbres, actitudes y hábitos de los paraguayos: el fatalismo, la conversación a la sombra de los árboles o alrededor del mate, el apego al descanso de la siesta, la afición al tabaco, a las cartas, a los perros, a la música, la parquedad en el trato, las tareas de labranza convenientemente reguladas, los permanentes entrenamientos militares, la cacería y la pesca.

Otras tradiciones sobrevivieron hasta pasada la mitad del siglo anterior: las horas de oración y días de recogimiento, la quietud y el silencio de los campos, la bendición de los padres, el respeto a los mayores, la solidaridad y el espíritu cristiano en las relaciones entre vecinos y parientes, los largos caminos, así como la obligación de dar albergue a los que se adentraban en ellos. Otras, como el recato, el pudor y la formalidad del trato cotidiano, fueron sumergidos en el olvido, hace ya mucho tiempo. Tras la erradicación de los sueños de grandeza de los primeros años de la colonia, cuando ya definitivamente cerrados los caminos al Dorado e ignorados de España, los pocos europeos residentes, junto a los mestizos, criollos y naturales colonizados, se consagraron a la ardua misión de sobrevivir. Sin el permanente intercambio que suponía el contacto con el mar, ya irremediablemente mediterráneos, cercados por la lejanía y aislados de todos, con pocos o ningún visitante, sin libros, casi sin escuelas, los paraguayos se curtían en la lucha con los elementos y con los naturales todavía hostiles. La dura vida era entonces la fuente común del aprendizaje y el fuego del hogar -refugio, fábrica y cuartel- abrigaba los contactos y la comunicación. La casa, pequeño enclave industrial doméstico, era entonces el mundo. Y en el seno de aquellas familias mestizas de origen, costumbres y hábitos, los relatos de los mayores sostenían las tertulias de fogón, mientras la selva circundante velaba el fuego de los ranchos.

Todas las vicisitudes mencionadas, a las que se sumó la quema del archivo de Asunción durante el incendio de 1543 y la casi obligatoria desconfianza hacia los actos de gobierno, habrían hecho que, desde aquellos tiempos, se generara en el Paraguay una historia paralela a las que fueron recogidas por el posteriormente recompuesto archivo y las crónicas oficiales. El mestizaje también aportó lo suyo para que aquella sociedad aletargada y circunspecta, poblara sus soledades de cuentos y leyendas. El mismo Paraguay pasó a convertirse en un misterio. Tanto que a la caída de Asunción ya casi hacia finales de la guerra de la Triple Alianza, muchos de los que llegaban a la capital “originaria y secular”, se reconocían excitados ante el privilegio de arribar a la mítica ciudad colonial, origen y asiento de la provincia más antigua de estos parajes. Las “Historias Secretas del Paraguay”, cuya Segunda Edición hoy está en sus manos, ofrece la posibilidad de acceder a un mundo de hechos no muy conocidos. Serán más de 400 relatos que nos hablarán de la vida cultural, social y política de nuestros mayores, desde la época de los habitantes originales de este territorio, hasta acontecimientos de más reciente data. En aras de una mejor comprensión de los problemas y hábitos que aún nos afligen, con “… los espíritus y los ojos abiertos”, aproximémonos a ellas. Su lectura nos permitirá tal vez, desentrañar los orígenes de algunos de nuestros defectos, al mismo tiempo que -deseamos- temple nuestro espíritu y afirme nuestras virtudes.

Y que estas “historias secretas” nos enseñen que las dificultades que hoy enfrentamos son casi nada, comparadas a las que enfrentaron nuestros compatriotas del pasado.

JORGE RUBIANI




CAPITULO I : ORIGINARIOS


2. CHAQUEÑOS Y GUARANÍES

Guaraníes y chaqueños fueron acérrimos enemigos desde los tiempos prehispánicos. Los violentos encuentros se producían ni bien los territorios de caza quedaran próximos o coincidieran los de pesca. Podía suceder también que sencillamente, uno de los grupos “visitaba” al otro en misión de represalia o en procura de guerreros enemigos para sacrificarlos en sus rituales antropofágicos. En cualquiera de los casos y especialmente, de salir victoriosos los Guaraníes, también se llevaban a las mujeres de la tribu vencida, con el fin de utilizarlas como reproductoras sexuales.

Existía otra motivación que excitaba la emergencia de las guerras intertribales: la venganza de sangre. Esta tenía “la finalidad de restablecer un equilibrio que los enemigos habían roto, aunque fuera en un pasado lejano”. Podían ser motivadas igualmente por una especie de cotejo de bravura. El que consistía en ser tan o más valiente que el mejor de sus enemigos. Pues el rasgo era admirado por los Guaraníes aun si lo poseyeran sus adversarios. Tanto, que cuando un bravo enemigo era muerto en los combates, las mujeres más viejas de la tribu lo despedazaban y cocinaban sus cuerpos, “teniendo por cosa muy buena comer de él”. Tras consumir toda la carne del adversario, la colectividad volvía “a sus bailes y placeres”.

En sus “Comentarios ...” el Adelantado Álvar Núñez Cabeza de Vaca da cuenta que mientras sacrificaban a sus víctimas, los Guaraníes les exhortaban a que fueran valientes y dieran ejemplos de su bravura a otros. Para que ellos a su vez, tuvieran el “ánimo de matar sus enemigos”. El festín guaraní posterior a la victoria, duraba días enteros en los que se pasarían mentando sus hazañas y repitiendo que ya había sido muerto el “enemigo que mató a sus parientes”. Y que había llegado la hora del placer y el descanso.

En el mismo libro, Cabeza de Vaca relata también que cuando los Guaraníes eran los derrotados, especialmente por los Agaces, estos se cobraban la victoria de manera mucho más cruel y sobre todo, costosa. Pues conducían a los Guaraníes maniatados dentro de sus propias canoas hasta el paraje del que eran originarios. Y que ya delante “de sus padres e hijos, mujeres y deudos”, les daban crueles azotes al mismo tiempo de reclamar a sus parientes “que les traigan de comer”. Que de no hacerlo “matarán a los prisioneros”. Después de cargar en sus canoas lo recolectado tras el procedimiento, retornaban a sus querencias llevándose con ellos a sus cautivos. En los días siguientes, repetían el operativo. Hasta que finalmente hastiados “de traerlos con sus canoas y de azotarlos”, terminaban matando a sus prisioneros. Les cortaban las cabezas y las ponían a lo largo de la ribera del río, “hincadas en unos palos altos”.

 

13. EL “PARAÍSO DE MAHOMA”

:“...Acá tienen algunos setenta mujeres y aquel cristiano que está contento con cuatro mujeres es porque no puede tener ocho y el que con ocho, porque no puede tener diez y seis. Si uno es muy pobre, no hay quien baje de cinco y de seis; y la mayor parte de quince, y de veinte, y treinta y cuarenta.. ”

Capellán Francisco Paniagua, carta al Rey, 1545.


Aunque durante su periplo -por tierra- desde la costa atlántica hasta Asunción, Cabeza de Vaca se había manifestado inicialmente dispuesto a "‘obtener bastimentos por cualquier modo”, cambió de actitud cuando fue advertido por el factor Dorantes, que se cuidara “muy bien de respetar la pauta de reciprocidad” que los indios habían reclamado desde el inicio de los contactos. El Adelantado envió entonces al franciscano Bernardo de Armenta, “identificado por los indios como Pa’i Sumé”, quien hizo que los naturales le colmaran de regalos. Al año de su arribo, Cabeza de Vaca utilizó el mismo procedimiento cuando la entrada al Puerto de los Reyes. En aquella ocasión, los indios Orejones llegaron junto a los cristianos con bastimentos “como gallinas y puercos y patos del río y mantas que eran sus cubiertas y algodón hilado para darlo a Alvar Núñez...”, de acuerdo a una versión del español Luis Ramírez.

Pero españoles e indígenas tasaron la amistad, según lo que los unos desearan de los otros. Los españoles: bastimentos, mujeres y brazos de labor para sus rozas y cultivos. Los indígenas: ropa, cuchillos, anzuelos “o cualquier otra baratija por el estilo”. Aunque aficionados a las “rancheadas” y “sacas de mujeres”, procedimientos en los que no se respetaban condición ni edad de las víctimas, los españoles se escandalizaban, sin embargo, porque los Guaraníes incluyeran a sus compañeras, hermanas e hijas como moneda de cambio. Hecho agravado, de acuerdo a los muy pudorosos conquistadores, porque los canjes se realizaban por bienes que tenían muy escaso valor. El juicio tal vez fuera otro si las cambiaran por oro. Como sucedió en otras regiones.

Pero desde la perspectiva Guaraní, dichos “objetos adquirían una particular importancia, por su utilidad práctica en comparación con los utensilios de piedra o por el prestigio que les confería su carácter vistoso y exótico”.

Fue una de las razones, además de la necesidad de fabricar armas y herramientas de labor, “que la primera preocupación de los capitanes era contar con fragua, herrero y piezas de metal fundibles para fabricar nuevos rescates, que en las entradas eran tan imprescindibles como las armas..”

Dada la popularización de aquellas “entradas”, los utensilios de metal llegaron a constituir lo que se llamó “rescate” o “moneda de la tierra”; valor de cambio en las transacciones generadas con aquellos procedimientos. Pero como otros acuerdos incumplidos, el proceso de canje fue rápidamente desvirtuado por las malas artes de la mayoría de los españoles. Es sabido que cuando ya avanzada la colonia, el muy mentado Rui Díaz de Melgarejo “rancheaba las aldeas del Guaira” -región que hoy lo recuerda como su fundador- para después vender o canjear a las naturales que capturaba “por caballos y cosas que eran menester y pagaba con ellas deudas y trampas que hacía vendiéndolas como esclavas dándolas en premio a los oficiales que les hacían algunas cosas”. El ya conocido Padre González, denunciaba ante el rey las escandalosas prácticas de las que fue testigo: “Lo que más pavor, Su Majestad, me he puesto a ver como he visto, lo libre venderlo por cautivo y es así que ha sucedido vender indias libres naturales de esta tierra por caballos, perros y otras cosas y así se usa de ellas como en esos reinos la moneda”.

Y así resulta también que hoy -como lúgubre herencia de la memoria colectiva en nuestros hábitos- los criaditos que sobreviven en algunas “venerables” casas de Asunción y de otras del Paraguay, no son sino ciudadanos “reducidos” como lo fueron los indígenas de antaño. Procedimiento que como el de aquel tiempo, es tal vez disimulado en los papeles pero consagra a los “inferiores”, indígenas entonces, desamparados sociales hoy, como funcional y culturalmente esclavos. Ambos lo eran menos por su condición humilde y sometida, que por la actitud soberbia e inmisericorde de sus patrones. Los del tiempo de la colonia, eran conducidos a Asunción como botín de las “entradas” pues además de las mujeres, colonos e indígenas aliados también se llevaban “gran cantidad de muchachos de otras generaciones que permanecían en la ciudad sirviendo en casa de sus amos, como esclavos”.

El enorme contingente de naturales que de distintas maneras fuera agrupándose a la sombra de los ranchos españoles, hizo que Cabeza de Vaca entreviera en ello un peligro latente. Prohibió a los colonos que ni bajo el pretexto de los rescates, proveyeran a los naturales “ropa alguna de paño ni lienzo, ni machetes, puñales y cuchillos ni otro tipo de armas so pena de dos mil maravedises y ocho días de cabeza en el cepo”. La escasez de mujeres indígenas como consecuencia de la medida, contribuyó a aquellas ya sometidas al servicio de las casas “tuvieran un nuevo uso que se sumaba al de concubinas, criadas domésticas y trabajadoras agrícolas”: pues desde 1543, también fueron utilizadas “como medio de cambio en muchas transacciones”.

A partir de entonces, los españoles o indios afincados con ellos, usaban a las mujeres para “adquirir bienes de alto valor -hierro, caballos, armas o ropa fina- o bien, para pagar ciertos servicios especializados o el equivalente de una gruesa suma de dinero”.



15. VIAJES EN “PELOTAS”

La escasez de caminos como la abundancia de cursos fluviales volvía inevitable el uso de estos para los desplazamientos. De esta manera el viaje, si no más rápido, se desarrollaba más alejado de los peligros -solo un poco más- que acarreaba el tránsito por la selva. Para la navegación servía todo tipo de embarcaciones, pero para el numeroso séquito descrito, “...se utilizaba una plataforma de tablas asentada sobre dos largas piraguas que una veintena de indios hacía avanzar con la ayuda de

Sobre ella, una cabaña rudimentaria donde los jesuítas pueden encontrar un poco de calma y de frescura”. La pequeña isla flotante remontaba las aguas lentamente, en busca de “almas que ganar al infierno”. En aquella boyante quietud y mientras las horas pasaban lentamente, los misioneros encontraban tiempo y espacio para reflexionar, tomar notas científicas, escribir y... confiarse a Dios.

“Para no molestarles en sus oraciones, los indios se abstienen de hablar o cantar”. Pero las moscas de día y los mosquitos de noche, no tenían esa misma consideración, a pesar de que las puertas y ventanas de la embarcación eran cubiertas con pieles. Si los traslados se hicieran por tierra, la necesidad de vadear ríos y arroyos obligaba igualmente a contar con recursos de navegación. Pero en estos casos, los naturales utilizaban el procedimiento de realizar el vado en una “pelota”. Así le llamaban a “una barquilla improvisada con una piel de vaca muy seca con las cuatro puntas levantadas y atadas con una cuerda”. Varios indígenas nadaban alrededor de la frágil embarcación y uno de ellos la remolcaba mediante una correa sujeta entre los dientes. Pero cualquier movimiento brusco y el pasajero iba al agua con toda su carga. Esta, en la mayoría de los casos, era una alforja con todo lo que los religiosos poseían. Aunque ellos se abstenían de manifestar molestia o temor alguno, pues si querían conservar alguna autoridad sobre sus neófitos, no debían demostrar ansiedad ni miedo.

En uno de aquellos vados, la alforja de Paucke fue a parar al fondo del río. “La noche lo sorprende solo en la otra orilla con un joven indio, sin ningún equipaje” dice la crónica inspirada en los relatos del mismo religioso. “Llueve. Intenta dormir entre dos pieles de vaca; pero ¿cómo lo va a conseguir si la lluvia bate continuamente? Mientras su compañero le hostiga por que hay un eclipse de luna y según dice, los perros se la han comido”. A pesar de que Paucke aparenta gran calma “...lo que él teme verdaderamente es ser comido por los jaguares, a los que oye rugir toda la noche”.



CAPITULO II: INDIGENAS Y JESUITAS

 

19. MILAGROS

“El padre Alonso de Barcena, a sus sesenta años, aprende en seis meses nueve lenguas indias y elabora gramáticas, sermones y catecismos. Algunos jesuítas adivinan el pensamiento y predicen el futuro. Otros son advertidos en sueños de las conspiraciones urdidas contra los mensajeros de Dios”.

Máxime Haubert, en “La vida cotidiana de los Indios y Jesuítas en las Misiones del Paraguay”.

La mayor fortaleza de los jesuitas radicó en asumir -con profunda convicción- que estaban predestinados a una misión divina. Por lo que se sentían amparados por el mismo Dios. De la actitud se derivaron su enorme capacidad de sacrificio y la mágica envoltura que en ocasiones, tuvieron sus contactos con los indígenas.

Una mañana, el padre Ruiz de Montoya amaneció en medio de la selva con dolores muy agudos en una de sus piernas. Había pasado la noche bajo la lluvia con la sola protección de un árbol. “El agua que corría por tierra me sirvió de cama, y la que caía del cielo de cobija”, gráfico el sacerdote en uno de sus escritos. Para colmo de males uno de los indígenas de su comitiva había desaparecido con todas las provisiones. “Rehusando ser llevado por los indios” y con la pierna completamente inútil, Montoya tenía “que ayudarse con la cruz como si fuera una muleta” para caminar. Así llegó a la siguiente noche. Aunque ya no llovía, el dolor no le dejaba conciliar el sueño. Se puso a orar hasta quedar adormecido por el cansancio. Cuando despertó, “...se levantó, caminó, pateó el suelo. Estaba curado”. Después comentaría: “Sentí a mis pies a San Ignacio, el cual tocándome el pie me dijo: ‘prosigue tu viaje, que ya estás sano”.

El padre Cavallero presintió su fin tras un sueño en el que se había visto inmolado. No obstante la clara visión de su martirio, se levantó y partió a la misión con 36 neófitos de su comitiva. Tal como en el sueño, “en cuanto llegaron, el pequeño grupo fue atacado por los paganos”. Entregado a su suerte, Cavallero fue muerto con 26 de sus compañeros. Otros morirían más tarde como consecuencia de las heridas. Pero transcurridas “algunas semanas, el cuerpo del padre Cavallero sería encontrado intacto, adorando la cruz”.



37. FINALMENTE LA MUERTE

Sobrevenida la muerte, Paucke también “debe ocuparse de los entierros”. La rápida sucesión de decesos que deja la epidemia apuran las inhumaciones haciendo que deban enterrarse hasta “dos o tres cuerpos en la misma fosa”. La escasez y la urgencia también obligan a compartir “una mortaja de dos metros y medio”. La mortandad que ocasiona la viruela es devastadora: “de los ochocientos miembros de la reducción, la muerte alcanzará a doscientos veintiuno”. En Yapeyú, una epidemia semejante “acaba con la vida de todos los niños, excepto uno”. En toda la historia de la colonización española en América, ninguna masacre, ninguna “entrada”, ninguna guerra, hizo lo que las epidemias para la destrucción de la población indígena.

Hacia 1560, una epidemia había acabado “con la vida de más de cien mil indios”. Ante la circunstancia, los nativos abandonaban aterrados sus antiguos asentamientos buscando escapar a la fatalidad. Pero volvían a la selva para morir de cualquier manera, solos, lejos de “las regiones que siempre han habitado”. Una crónica revela que hacia “.. el final del siglo XVI, solo quedan tres mil indios en un radio de 30 kilómetros alrededor de Asunción...”

Sin epidemias de por medio, por la sola consecuencia de alguna enfermedad o como resultado de una guerra, la muerte era mejor aceptada entre los naturales. Para los “guerreros muertos en la guerra o a los que fueron comidos”, la despedida de este mundo se consideraba casi una dicha. La inhumación se hacía entonces con grandes ceremonias disponiéndose el cuerpo “en una gran tinaja. Las dos almas del difunto (una más pacífica, la otra más animal) lo acompañan a la tumba”.

Al depositarse los restos en el sitio que los naturales tenían como “transitorio lugar de descanso”, se les ofrendaba todo tipo de alimentos. El gesto obedecía al parecer a “que el alma pacífica no se vea desprovista en su larga búsqueda de la morada de los muertos”. Este lugar paradisíaco estaría localizado “más allá de las montañas” y donde los que lo antecedieron, ya lo estarían esperando “para danzar y beber en su compañía'’. Este sitio sagrado “está prohibido a los afeminados y a los cobardes”. Sera también de muy difícil acceso para las mujeres, “...salvo si son las esposas de guerreros valerosos”.

Una muerte resistida o “aceptada de mal talante o una falta de ritual por parte de los vivos” pueden significar igualmente que se les niegue a los que hayan incurrido en estas faltas, su arribo a ese suelo sagrado.




CAPÍTULO III

CONQUISTADORES Y COLONIZADORES

 

“.. Nacidos en España donde la aridez, la deforestación y la decadencia agrícola fomentaba la emigración, donde el desprecio al trabajo y la manía nobiliaria habían hecho proliferar las ‘manos muertas’ y las vocaciones religiosas; así como el vagabundeo, el bandolerismo y la miseria, los conquistadores no habían cruzado el océano para usar sus manos en el laboreo de la tierra y esperaban hacerse ricos usufructuando el esfuerzo de otros. La nueva sociedad que fundaba la Conquista, al poner los cimientos de un mercado mundial y al drenar a Europa los metales preciosos que permitían la acumulación primitiva del capital, se sustentaba en un ideal económico totalmente ajeno a la mentalidad indígena: la producción y la circulación de bienes debían generar beneficios. Para los aborígenes de las tierras bajas americanas en general, solo se trataba de vivir..!’.

Florencia Roulet, en: “La resistencia de los Guaraní del Paraguay a la conquista española. 1537/1556”.


53.    EL EXTRAORDINARIO VIAJE DE ALEJO GARCÍA

El viaje de Alejo García fue una expedición tan fantástica como original. Fue preparada directamente desde América, lejos del conocimiento, el financiamiento y la orientación de las cortes europeas. Se la hizo enteramente a pie y a través del más extenso recorrido que se hiciera en toda la historia de las colonias españolas de ultramar. Y fue compuesta mayoritariamente por indígenas, utilizando probablemente armas y pertrechos aportados exclusivamente por estos. Convirtiendo al mismo tiempo al portugués, en el “primer líder” europeo en suelo americano. Y considerando la aproximación a los tesoros del Perú desde el Atlántico, García lo hizo con seis años de anticipación al mismo Francisco Pizarro.

Intentando borrar la imagen de sus ocho compañeros asados y comidos por los indígenas del Plata, la pequeña flota de tres embarcaciones emprendía el regreso. Si conocían la fiereza de algunos nativos, nunca habían presenciado una escena como aquella. Todavía impactados por la experiencia, los hombres se limitaron a una corta escala en la Isla de los Lobos para enfilar luego hacia España. Transcurría el mes de abril de 1516. Al pasar por frente a la costa de Santa Catarina, una de las galeras naufragó en el intento de “penetrar en la barra meridional de la isla” arrojando a sus “18 desesperados tripulantes (...) al mar revuelto”. En medio de las controversias históricas en cuanto al lugar del accidente y el número de sobrevivientes, también se especula que si navegaban próximas unas de otras, por qué las demás naves no ayudaron al rescate de los náufragos. Aunque algunas cosas están hoy más claras:

- Que la galera de García venía rezagada, razón por la que las demás no se percataron del accidente ni pudieron ayudar al rescate.

- Que los tripulantes de la galera fueron auxiliados por los indígenas que avistaron la situación desde la costa y acudieron a salvarlos.

- Que estos fueron 18 y se conocen igualmente -aunque no con mucha certeza- sus nombres: Alejo García, Henrique Montes, Melchor Ramírez, Francisco Pacheco (el mulato), Francisco Chávez, Gonzalo da Costa, Francisco Fernández, Duarte Pérez y Alejo Ledesma. Siete más, sorprendidos por los portugueses, “.. .fueron llevados prisioneros a Lisboa”. Y los dos restantes, “es probable que hubiesen muerto sin dejar de si la más vivida memoria” escribe Lucas Alexandre Boiteux en su “Santa Catarina no Século XVI”.

En aquellas soledades, la isla de Yuru-minrin, también llamada Jurere mirim, solo restaba a los náufragos la posibilidad de convivir con los indígenas; sin hacer mucho ruido ni causarles demasiadas molestias. Pero allí también se enteró García que estos obtenían unas planchas de metal traídos de la comarca “...donde nacía el gran rio”, que era la manera en que aquellos se referían al Paraná. En la emergencia, se destacó la capacidad de liderazgo de García. No solo adquirió “el conocimiento completo del idioma y las costumbres de los pueblos guaraníes y charrúas sino que además se manifestó fogoso, persuasivo, elocuente”. También era estimado “por ser hombre práctico tanto en la lengua de los carios que son los guaraníes como en la de los tupis y tamoios”. En aquellos tiempos también engendro un hijo que se llamó como él: Alejo -Aleixinho- García.

Corria el año de 1520. Cuatro años de espera que -parecía- sería aún más larga. Por lo que ante las perturbadoras noticias del “dorado”, indujeron a ponerse en movimiento. Podría ser una incursión hacia lo imposible... pero él lo haría. Convenció a algunos de sus compañeros y a los indígenas. Entre aquellos, no todos estaban dispuestos pues venían de experiencias terribles y la vida en aquella paradisíaca isla no era tan mala, después de todo. Para los naturales era distinto. La nueva entrada, les posibilitaría volver al “camino sagrado” por el que habían transitado sus antepasados en jornadas no muy anteriores. Es posible que también les animaran sentimientos de venganza hacia “sus viejos enemigos, los caracaráes”, por derrotas que infligieran en otros tiempos a sus padres y abuelos.

Aquel sendero, conocido de muchas maneras: Peabeyu, Peabiru o Tape Aviru, término guaraní con traducciones también distintas en cada versión, habría sido el “camino hacia la montaña del sol”. Aquella vía “de más de 200 leguas de extensión” permitía a los nativos de la costa la comunicación “con las regiones más distantes de occidente”, desde tiempos precolombinos. Y también había posibilitado que llegaran -desde las montañas hasta el mar- aquellas muestras metálicas que habían excitado la imaginación de García y sus compañeros.

(En dos años de preparativos, la gente estuvo lista para partir. Algunos Historiadores mencionan una “armada” de 2000 indígenas, con todo el arsenal disponible. Otros hablan de mayores contingentes y algún armamento de fuego rescatado del naufragio aunque esta versión es poco creíble ya que no habrían tenido pólvora ni municiones, a seis años transcurridos de aquel incidente.

También existen discrepancias para definir el número de europeos que tomaron parte de aquella ambiciosa travesía por las selvas. Algunos cuentan a García y otros tres: Ledesma, “el mulato Pacheco” y un tercer cristiano “cuyo nombre se desconoce”.

Otros mencionan a cuatro y los siguientes nombres: Chávez, Pacheco, Ledesma y Fernández (o Duarte Pérez). Según esta misma versión, se habrían quedado en la costa Montes, Ramírez, da Costa “...y más un náufrago”, que habría sido Duarte Pérez o Francisco Fernández. También iba Aleixinho. Su presencia tal vez fuera el origen de la discrepancia en cuanto al “quinto cristiano” mencionado por Cabeza de Vaca en sus “Comentarios”.

La ruta que eligió García -o le indicaron sus socios indígenas- fue impecable. Dentro de las posibilidades de la época, la más recta que pudiera imaginarse. Esto también explica la razón por la que todas las entradas posteriores, siguieron el camino “por el que García vino". No solo ese aporte haría el expedicionario: décadas más tarde y ante la presencia de otros europeos por la ruta del portugués, los indígenas dispersos en la región se mostraban amistosos hacia los cristianos mentando “el buen trato” que les había dado García “cuando los trajo de su tierra”.

Ya en camino, la imponente columna llegó al Paraná. Atravesaron el territorio -hoy paraguayo- hasta llegar al río Paraguay. Desde allí y sin separarse de la costa, subieron hacia el norte para arribar a la región de los Guasarapos, cerca de las faldas de una sierra que García “llamó de Santa Lucía”. Desde ese lugar cruzaron al Chaco para dirigirse al Oeste Así ingresaron a territorio de los Mbajáes. Entre estos, tuvieron tiempo! de recibir el “...ardiente abrazo de las mujeres (...) amigas de hacer favores y con maridos poco celosos”.

Siguiendo el plan de marcha encontraron otros “...muchos pueblos dé indios de diversas lenguas y naciones”. Combatieron a algunos y fueron combatidos por otros, con suerte dispar. Atravesaron la tierra de los Chaneses y llegaron a la de los Payzunos en la precordillera, alarmando a las poblaciones próximas de Corocotoquis que se movilizaron -ya en las montañas- ante el avance de los extranjeros. Pero sin armas para la acometida final y cargado de metales preciosos obtenidos de Payzurnos y Chaneses, Alejo García optó por el retorno. Había recorrido 600 leguas, equivalente a 3300 kilómetros. Si se considera solo la ida -pues faltaba el camino de regreso- la extensión equivale a tres veces la distancia Asunción a Buenos Aires.

La larga travesía permitió al ilustre como desconocido náufrago, convertirse en el primer europeo en atravesar territorios del Brasil, hollar los que serían más tarde los del Paraguay, Bolivia y Perú; conocer las cataratas del Yguazú, el Chaco, tomar esclavos y suficientes metales preciosos y... ¡regresar! Porque para que la hazaña tuviera sentido... también había que regresar. Con una importante carga de metales, e indígenas: que sus aliados nativos traían como esclavos, hecho “que no dejaría de ser un pesado lastre”, García y sus compañeros comenzaron a desandar el camino. Y tal vez por que vinieran por uno distinto, encontraron mayores contratiempos que en la ida. Pues fueron permanentemente hostigados “por las tribus cuyas regiones iban cruzando, interesadas en robarles su carga de metal”.

Finalmente arribaron al río Paraguay y tras cruzarlo, García envió una a los que habían permanecido en Santa Catarina. Con la misiva y sus portadores les hizo llegar también “doce esclavos y muestras de metal”. Mientras tanto, bajó a esperarlos aún más al sur. Inútilmente en realidad, porque estos y según testimonios recogidos más tarde por García de Moguer (1528), “no quisieron ir donde él -porque García y suyos- habían pasado mucho peligro”. El portugués se instaló en las Lanías del río Ypane para la espera, aproximadamente a 50 leguas al norte del sitio donde se fundaría Asunción 10 años más tarde.

También discrepan los historiadores sobre el tiempo de permanencia conquistador en la región. Desde “algunos días” como asegura Ruy Díaz de Guzmán, hasta “varios meses” como afirma Julio C. Chávez. Esta larga permanencia habría dado ocasión también para que se especulara que fue en ese tiempo cuando García había engendrado el hijo que le atribuyen. Lo cierto es que durante una noche de aquella breve –o larga- permanencia, el campamento fue atacado y el conquistador fue muerto durante la agresión. La discrepancia también se instala en el intento de definir las razones del ataque y los motivos de esa muerte. Aunque mayoritariamente se señala a los Pajaguás como los protagonistas de aquella acción, otros aseguran que fueron los mismos carios/guaranís que le habían acompañado. Los que sostienen esta versión se afirman en el hecho que en la ocasión, no mataron a los demás europeos. Tampoco a Aleixinho “por ser de poca edad”. El único muerto fue García. Pero como un fatídico designio, los otros morirían no mucho después y bien lejos de allí: Alejo Ledesma, en posesión de “una cierta cantidad de metal”, fue asesinado por los Agaces a orillas del río Ypyta (Bermejo). El mulato Francisco Pacheco “fue muerto por el cacique Guacané (...) en el corazón del Chaco”. En relación a la identidad del “cuarto cristiano” sobreviviente de la expedición, el mismo “pudo ser Francisco Chávez” según conjetura el historiador del mismo apellido, Julio César. Este se basaba en la “sorprendente seguridad” que exhibiera este náufrago cuando entre 1526 y 1530, detallaba para otros exploradores, precisos datos y fechas y muy seguro además, de la “existencia de objetos de plata y oro entre los pueblos indígenas”.

Instalada la colonia en el río de la Plata a partir de 1536, ninguna autoridad española, ningún escribano, ningún cronista dejó de mencionar a Alejo García. Tanto que la relación de su extraordinaria travesía sirvió para alimentar el sueño de todos los conquistadores que arribaran posteriormente a la comarca y hasta la misma “sierra del Plata”. Y que aún tras décadas transcurridas, soñaban en transitar la ruta del humilde marino/náufrago de Alemtejo.


57. UNA SÍFILIS DE ABOLENGO

Nacido en Guadix, Granada, alrededor de 1499, el capitán Don Pedro de Mendoza era hijo de Fernando de Mendoza y Constanza de Luxan (Luján), componentes de la nobleza española. Iniciado como Caballero de la Orden de Alcántara, pasó luego a pertenecer, “a pedido de su padre”, a la Orden de Santiago. Acompañante del Rey Carlos V “en uno de sus viajes” batalló por el reino en contra el papa Clemente VII. En la misión, habría estado “en el asalto y saqueo a Roma en mayo de 1527”. Cuando firmó la Capitulación para el viaje al Río de la Plata contaba con 35 años. Era soltero, aún joven pero se hallaba infestado por la sífilis. Durante el año y medio que duraron los preparativos para la travesía, “don Pedro permaneció en cama”. Entretanto, actuaron en su nombre, el alguacil mayor Juan de Ayolas y el maestre de la infantería, Don Juan de Osorio. La enfermedad, cada vez más acentuada durante la expedición, empujó a Mendoza a ser víctima del “peor de los enemigos, el más malo de los consejeros: el miedo”. Y en el elenco de personalidades que llevaba, afloraron frecuentemente las rivalidades y temperamentos de difícil contención en el largo viaje y en medio de espacios tan reducidos.

El arribo a destino no alivió las tensiones. Además de los incidentes entre la propia hueste, el ataques de los indios, la muerte de su hermano Diego de Mendoza y de “sus sobrinos Pedro y Luis Benavides y otros capitanes”, el constante ataque de las fieras, la lenta reducción del contingente, el acoso del hambre y lejos de un alivio para sus males, lo decidieron a retornar a España. Dejó a Ayolas una patética carta pidiéndole que “si encuentra alguna perla o joya se la mande porque -le escribía- sabéis que no tengo que comer en España y toda mi esperanza es en Dios y en vos, por eso mira que os dejo por hijo”. Al momento de dictar el documento, el Adelantado ya no pudo firmarlo porque “tenía seis llagas, cuatro en la cabeza, una en la pierna y otra en la mano”. Después, se despidió de la raleada población del Buen Ayre. Y partió. Era el 23 de abril de 1537. Aunque por tan quebrantada su salud, en aquel momento en realidad, se despedía de la vida. De las más de 1500 personas que habían salido con él de Sanlúcar de Barrameda, solo quedaban 560 sobrevivientes, famélicos, hambrientos, desesperados, en la recién fundada ciudad. Esperarían por otros cuatro años para salir de aquel infierno.

Ya en alta mar Mendoza dictó nuevo testamento y diez días más tarde, el 23 de junio, “afligido por el desaliento y sus llagas sifilíticas”, se entregó a la muerte. Lejos, en el norte del Paraguay, se rencontraban Irala y Juan de Salazar. El primero volvería a la inútil espera de Ayolas. Salazar bajaría a fundar la Asunción. Ignorante de que, a pesar de todo, se asentaba la colonia proyectada entre los febriles devaneos de la fiebre sifilítica allá en Sanlúcar, Mendoza bajaba al fondo del mar.



CAPITULO IV: JESUITAS Y COMUNEROS

 

96.    SE MUEVEN LOS TENTÁCULOS DE LA COMPAÑÍA: LA EXPULSIÓN DEL OBISPO DE ASUNCIÓN

En lo concerniente a la historia de Jesuítas y Comuneros, existen dos versiones completamente diferentes, según la fuente que aluda a los hechos que los enfrentaron. Porque de acuerdo a quien fuera el relator o el intérprete de las mutuas acusaciones y descargos, un observador desprevenido puede llegar a tener la extraña sensación que aquellos acontecimientos sucedieron en épocas diferentes, territorios distintos -aunque con los mismos personajes- y que los valores defendidos o violentados, transitan de una convicción a otra al vuelo de la emoción de quien presenció o fue protagonista de aquellos acontecimientos. El enfrentamiento entre el gobernador Gregorio de Hinestrosa y el obispo Fray Bernardino de Cárdenas, es ejemplificador a este respecto.

Pero no nos anticipemos, porque sumándose a la saga de tan “ilustres” como “esclarecidos” gobernadores de la provincia del Paraguay, llega desde Chile

GREGORIO DE HINESTROSA - 1641/1647. Para no ser menos que algunos de sus antecesores en conflicto con el poder eclesiástico, todo el gobierno de Hinestrosa es la historia de su enfrentamiento con el obispo de Asunción, fray Bernardino de Cárdenas, “enemigo acérrimo de los Jesuítas”. La participación de los sacerdotes de la Orden en el entredicho, hizo que el mismo no se remitiera solamente a una disputa entre el poder civil y el religioso. Pues a este le acompañaba parte del poder civil, representado por el Cabildo de Asunción; y al gobernador respaldaba -financiaba, según las malas pero respetables lenguas- la mismísima Compañía.

Hinestrosa y Cárdenas habían llegado a la provincia casi al mismo tiempo. El primero en 1641 y el segundo en 1642. Al principio, “todo había marchado en santa paz y en armonía durante más de dos años”. Las dificultades comenzaron cuando transcurrido dicho tempo, el Obispo decidiera una visita de inspección “a las misiones franciscanas y jesuíticas”. Y allí ardió Troya. Mientras el prelado se hallaba ya en camino para la proyectada inspección, la Compañía desató en Asunción “una campaña de descrédito contra el obispo, inesperada y fulminante”. Las invectivas contra Cárdenas desde los púlpitos jesuíticos apelaron a un colorido temario: “que no estaba consagrado... que era un intruso y un violento... que los sacerdotes que ordenaba no lo eran” y, finalmente, “que no tenía jurisdicción para visitar las reducciones".

En este último punto estaba la cuestión crucial. Los miembros de la Orden no eran muy afectos a estas “visitas de inspección” y buscaban por todos los medios que nadie, aunque fuera el obispo, ingresara ni a una sola de las reducciones.

En las de los franciscanos, fray Cárdenas y su comitiva fueron recibidos “fervorosamente”. Habiendo visitado ya las de Yuty y Caazapá y preste a seguir su camino hacia las primeras reducciones del territorio jesuítico, se movilizó el aparato militar y político de la Orden. De acuerdo a la versión del franciscano Juan de San Diego y Villalón 57 pocos días y 30.000 pesos bastaron para que Hinestrosa asumiera la responsabilidad de desalojar a Cárdenas de su obispado. Que en solo “once días... le trajeron de las provincias de Paraná y Uruguay, ochocientos indios, arcabuceros de guerra, con mosquetes, alfanjes, rodelas, espadas, lanzas, flecheros y honderos; con sus maestres de campo, capitanes, alfereces y sargentos, con cinco banderas y cajas de guerra que asombraban la tierra...”.

Los 30.000 pesos eran el pago que la Compañía habría dado al gobernador para que se pusiera al frente de aquella hueste y “prendiese y echase al obispo de su obispado”. La versión projesuítica nos presenta al gobernador Hinestrosa como “muy querido” y con “un gran fondo de honor y probidad”. Que le complacía al obispo “en todo, a lo que era mal correspondido”. En este mismo escenario, se pinta a fray Cárdenas como a una persona colérica, errática e inestable, que incluso había excomulgado al gobernador por que este le había negado “la cesión de un crecido número de indios para el servicio de la cofradía del Santo Sacramento”. Que a cada instante, Hinestrosa “era insultado por el obispo y su sobrino hasta que, enterado de estas agresiones, el mismísimo virrey del Perú, don Pedro de Toledo y Leiva, reconvino al gobernador y le aconsejó “no permitiese por más tiempo (...) el aniquilamiento de su autoridad”. Y que a partir del consejo virreinal, Hinestrosa, “que carecía de las luces y la resolución necesaria” para enfrentar al obispo, habría sentido “renacer todo su vigor, prometiéndose hacer valer todos sus derechos en el futuro”.

Siempre confiado a esta versión, el “renacido vigor” del gobernador la llevaría a la misma catedral donde el obispo celebraba una misa. Frente al altar y su feligresía, Cárdenas fue conminado a salir “desterrado de provincia por haber usurpado la jurisdicción que tenía del rey”. El prelado recibió la sentencia sin muestra alguna de rebelión y “tomando al pueblo allí reunido por testigo”, prometió obedecer la orden. Pero una vez que Hinestrosa abandonó el templo, se lanzó contra él con “sangrientos vituperios” y tal como 25 años atrás hiciera el obispo Tomás de Torres contra Manuel de Frías, Cárdenas excomulgó al gobernador, a su maestre campo “y a todos los que consideraba haber violado la dignidad episcopal.

Lejos de disponerse a partir, el Obispo continuó su prédica desde púlpito de la catedral. Los denuestos iban -invariablemente- contra el gobernador y sus colaboradores a quienes declaró “cismáticos, excomulgados y enemigos de la patria”. Con el tumulto en aumento, Hinestrosa habría enviado a la catedral al escribano del rey, don Rui Gómez de  Gayoso, para que intimara al obispo a que “partiese sin demora, haciéndole saber al mismo tiempo que le tenía lista una barca bien provista de víveres para él y todo su séquito”.

Como puede notarse, las versiones son contrastantes y aunque se hable de las mismas personas, obispo y gobernador; lo que en un relato parece agua, en el otro es vino. Mientras en uno se menciona una “gira pastoral” del obispo hacia las reducciones, en el opuesto solo se habla de desacuerdos planteados en el estrecho ámbito de la ciudad y, a veces, al pie del mismo altar de la catedral. No se percibe la presencia de los “800 indios” convocados desde el “Paraná y el Uruguay” y solo se menciona el apresto de 100 naturales del primero de los sitios nombrados, con la misión de mantener el orden en Asunción y controlar a los exaltados partidarios de Cárdenas.

Finalmente, esta versión de la historia sostiene que, a la vista de “todo ese aparato bélico, el obispo mandó decir al gobernador que no podía seguir viviendo en una provincia poblada toda entera de excomulgados”, por lo que, después de “sus dos misas diarias”, abandonó la catedral “seguido de sus sacerdotes y clérigos, cada uno con un cirio encendido en la mano”. Mientras fray Cárdenas se dirigía barranca abajo, literalmente hablando, “las campanas de la iglesia de los padres franciscanos y las de la parroquia del obispado se pusieron a repicar” según la orden que él mismo había impartido poco antes de su partida, aportando un componente dramático más a su extrañamiento. Ya instalado en la barca “al son de una campanilla que acostumbraba llevar consigo en sus viajes”, el prelado renovó sus insultos contra el gobernador y partidarios, a quienes calificaba como a “perseguidores de la iglesia que echaban de su diócesis al más santo obispo que hubiese aparecido en el Nuevo Mundo desde su descubrimiento”.

Volviendo a las fuentes que sustentan la posición del obispo de Asunción, ellas ponen de resalto que el gobernador Hinestrosa, habría tenido motivos de agravio con fray Bernardino de Cárdenas. Esto, debido a un incidente que no tuvo nada que ver con los indios negados por el gobernador al prelado. En efecto y de acuerdo al “Memorial y Defensorio” elaborado por el ya mencionado padre Villalón, el gobernador había cruzado algunas “palabras fuertes” con otro cura de la congregación Franciscana, fray Pedro de Cárdenas y Mendoza al poco tiempo del arribo del obispo fray Bernardino de Cárdenas a la Asunción.

Molesto y cargado de rencor por este incidente menor, Hinestrosa planeó su venganza. Acompañado de Sebastián de León y Zárate, “inescrupuloso instrumento de la Compañía”, apareció un día como en el convento franciscano, “a las ocho de la noche”, junto “a otros seis o siete de su facción -buscando, decían- un padre para confesar un enfermo”. Con esa excusa el grupo logró que se le abrieran las puertas ingresando violentamente a los claustros. Los intrusos se dirigieron directamente “a la celda de dicho fray Pedro de Cárdenas”, se abalanzaron sobre el sacerdote, le vendaron los ojos, “y le sacaron arrastrando, desnudo a la calle donde le echaron dos pares de grillos; y con esto en una mala canoa, río abajo, lo desterraron de la ciudad”.

Enterado del incidente, el obispo declaró a los agresores “incursos en las censuras de la Bula de la Cena” y los denunció ante la real Audiencia “por haber violado la inmunidad eclesiástica y puesto manos violentas en el sacerdote”. Las mismas alegaciones planteó Cárdenas “ante el Juez Metropolitano el cual dio sentencia (...) dándolos por descomulgados; y, en particular, Sebastián de León fue sentenciado por la real Audiencia a privación perpetua de oficio real”.

Pero de acuerdo a estas mismas fuentes... ¿qué pasó camino a Yaguarón? Que el gobernador, ya “apalabrado” y sobornado por los jesuítas, se puso al frente de la indiada y llegó al pueblo por la noche. A los efectos de “prender al obispo y embarcarlo en una balsa alistada en la costa del río Paraguay”, hizo ocupar militarmente la plaza. Pero fracasado el intento, ejerció contra el pueblo y las pertenencias de fray Cárdenas, una serie de atropellos: saquearon su casa “llevándose cuanto había en ellas (...) le mataron todo el ganado y ovejas”, además de ordenar un “asalto al pueblo y a las chácaras de los indios”.

En medio de estas tropelías, los hombres del gobernador habrían destruido los maizales y habrían desnudado “a las indias e indios con la mayor inhumanidad”. Las mismas fuentes mencionan que, enterado Hinestrosa del retorno del obispo a Asunción sin continuar su camino a las misiones, ordenó “le tendieran una emboscada”; pero “advertido a tiempo por un carretero”, Cárdenas tomó otro sendero que le permitió eludir el peligro y llegar a la capital antes que el gobernador. Refugiado en la Catedral, el obispo pagaría caro el haber burlado al gobernador. Y en este punto coinciden los relatos. Pues entonces se presentó Hinestrosa a la catedral comunicando al obispo que tenía “órdenes de extrañarlo y privarlo de sus temporalidades”. En coincidencia con esta medida, hizo recorrer la ciudad con un pregón dando aviso de un “inminente ataque guaicurú (…) ordenando el apresto militar” del poblado. Como se sabe, los vecinos principales y miembros del cabildo acudían en tales casos con sus armas y cabalgaduras.
De paso y con la alarma ocasionada por el posible ataque, el gobernador “justificaba la presencia del ejército jesuítico que lo sostenía”.
Una vez partido el contingente a enfrentar la hipótesis oficial del malón guaicurú, no le fue difícil a los hombres de Hinestrosa, desalojar al obispo de la catedral, embarcarlo “en una canoa pajagua y expulsarlo de la ciudad y la provincia”. Con Cárdenas, también fue desterrada alguna “gente principal” partidaria del Obispo. Este fue a parar a Corrientes y allí permaneció durante los dos años de su destierro. Tiempo que le llevo además tramitar su apelación “a la real Audiencia de Charcas y al Juez Metropolitano”.



NOTA

57. Fray Juan de San Diego y Villalón, “religioso franciscano, procurador de las provincias de Tucumán, Paraguay y Buenos Aires”, de destacada actuación en la defensa del obispo cuando este concurrió a la Audiencia de Charcas.


 

 

109. MERCOSUR DE LA DESDICHA

La adversidad geográfica creó al Paraguay el problema permanente de su propia existencia: la difícil comunicación directa con el mundo exterior. Romper ese encierro físico fue anhelo secular, pasando en consigna de una generación a otra desde los días de la colonia. Aunque suene a paradoja, el enclaustramiento se hace mayor cuando después de la independencia, las sociedades litorales acentúan su localismo y restringen, a capricho, el tránsito naviero. Entonces cada provincia ribereña impone su férula aduanera y también política en las aguas de su frente: el correntino le cobra el peaje a paraguayo, el entrerriano al correntino y a la puerta de salida, a todos exprime el monopolio y el prohibicionismo de Buenos Aires. Cada cual atrincherado en su interés, en su abuso, en su arbitrariedad”.

Luis Alberto de Herrera,

en “Antes y después de la Triple Alianza”.


Al cierre del siglo XVII y a 163 años de fundada Asunción, bien podría hacerse un “cierre de inventario” como para precisar, si de entre todos los padecimientos de la provincia del Paraguay, cuál de ellos determinó su peor infortunio. Al hacerlo, encontraremos seguramente que, más que la ausencia de minas, más que la pérdida de la costa del mar, más que el constante ataque de los indígenas del Chaco o de los Mamelucos “paulistas”; aún más que la competencia jesuítica o la impericia y la corrupción de todos los gobernadores juntos, no podían haber igualado a la colección de arbitrarios tributos que ahogaron el comercio del Paraguay, desde prácticamente toda la colonia. Gracias a la invocación de documentos originales que estudiosos como Garay o Zubizarreta dejaron anotados en sus libros, puede contarse con una pormenorizada relación de aquella especie de “terrorismo aduanero” que, ciudades fundadas -generalmente- desde el Paraguay y por paraguayos, cargaron sobre los hombros de la anémica provincia mediterránea: “Para abarcar todo el alcance de esta situación de privilegio -en referencia al comercio de las Misiones- hay que tener en cuenta los brutales impuestos absorbentes que ahogaban el comercio paraguayo laico, llamados sisas (64) y arbitrios (65) y puerto preciso”.

El origen de estos tributos datan de mediados del siglo XVII cuando “el gobernador de Buenos Aires Martínez Solazar propuso al rey un impuesto especial sobre la yerba mate para fortificar y defender la ciudad. Así se expedía en 1680 - casi 20 años después- una real cédula gravando ese producto en medio peso por cada arroba del destinado a Buenos Aires y Santa Fe, y en el doble por el que se expedía al Perú y Tucumán. El impuesto estaba oficialmente destinado al mantenimiento de 850 hombres en el fuerte de Buenos Aires y debía percibirse en Santa Fe, donde forzosamente debían arribar los barcos con el cargamento”. De ahí la denominación de “puerto preciso”.

Fulgencio R. Moreno señala que “en aquella época, el Paraguay exporta anualmente más o menos sesenta mil arrobas de yerba, calculándose el costo del flete en cuatro reales por arroba. En Santa Fe volvía a pagar alcabala (66) y romana (67), descontándose en las ventas las taras del cuero y las averías”. El Paraguay protestó con insistencia ante el rey por todos estos exorbitantes impuestos hasta que finalmente consiguió que se los eliminaran en 1717. “Pero de ello no se dio conocimiento al Paraguay, que siguió pagando los impuestos hasta 1722, año en que se reiteró aquella orden. La liberación si fue real, duró muy poco tiempo.

En 1726, los impuestos fueron restablecidos y aumentados considerablemente”. Los que eran cobrados al comercio paraguayo en concepto de sisa se destinaban a “las obras de fortificación de Buenos Aires y Montevideo” y los provenientes de los arbitrios, aunque “algo más reducidos”, se dirigían a “costear una guarnición de 200 hombres en la primera de estas poblaciones”.

Además de estas pesadas cargas, “los productos paraguayos debían ser desembarcados en Santa Fe para su transporte por tierra a Buenos Aires. Para valorar la enormidad de este monstruoso tributo” -escribe Fulgencio R. Moreno- “impuesto a una provincia lejana y pobre en beneficio de otras más favorecidas por su situación, conviene fijarse no solo en el porcentaje de los derechos aduaneros sino en el inflexible itinerario” impuesto al comercio del Paraguay. Los productos que salían desde los puertos paraguayos con destino a Buenos Aires “no podían seguir por el río hasta su destino; era obligación ineludible hacer también un viaje por tierra, desembarcando en Santa Fe, de donde partían las caravanas de comerciantes conduciendo en carretas los frutos del Paraguay”. Este procedimiento era la ocasión para imponer a estos desdichados, otras trabas: "... desde el momento del desembarco, caían sobre el producto nuevas imposiciones, independientes de las ya mencionadas, y los seguían hasta Buenos Aires, donde les aguardaban (...) los derechos de almacenaje y alcabala”.

¿Faltaba más?... pues aquello no era todo: “La escasez de vehículos obligaba con frecuencia a los negociantes a liquidar sus mercaderías, malbaratándolas, en la misma ciudad de Santa Fe”; pues otra disposición real concedida a los santafesinos establecía que “la conducción no podía ser efectuada por los forasteros”. En este rubro, como en el de la navegación, se llegaba a la tremenda ironía que las carretas eran fabricadas en el Paraguay, pero ellas no podían ser conducidas por paraguayos. Aunque las desdichas de la provincia no solo fueron motivadas por las ingratitudes del sur. Los gravámenes impuestos al comercio paraguayo sirvieron también para construir presidios al sur de Chile, tanto como para proteger al puerto del Callao -en el Perú- del ataque de corsarios.

Pero como los productos seguían inevitablemente la ruta que llevaban aguas abajo, estos tributos también eran cobrados en los puertos del sur. Ante estas evidencias ... ¿alguien puede preguntarse todavía sobre el empecinado afán de los paraguayos de evitarse las cadenas porteñas en 1811, tras verse librado del yugo español...?


NOTAS

64 Sisa. Impuesto cobrado antiguamente sobre mercancías comestibles.

65 Arbitrio es un derecho con el que se allegan fondos para gastos públicos.

66 Alcabala: impuesto indirecto que en los tiempos de la colonia en América fue establecido sobre el 2% del valor de las mercancías para la venta. Luego aumentó al doble para financiar la Flota de Barloventos creada en 1638 para proteger el tráfico marítimo de España en el Caribe. La Alcabala fue suprimida por las Cortes, recién en 1813.

67 Romana: Derecho pagado por el pesaje de las mercaderías en el puerto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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