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ARNALDO VALDOVINOS


  LA INCOGNITA DEL PARAGUAY, 1945 - Por ARNALDO VALDOVINOS


LA INCOGNITA DEL PARAGUAY, 1945 - Por ARNALDO VALDOVINOS

LA INCOGNITA DEL PARAGUAY

Por ARNALDO VALDOVINOS

 

Editorial ATLÁNTIDA S.A.

Buenos Aires – Argentina

1945 (159 páginas)

 

 

INDICE

I.  La incógnita del Paraguay

II. Conceptos y expresiones lingüísticas originales de una raza

III. Onomatopeya e imágenes de la lengua guaraní

IV. Barbarie indígena y civilización hispana

V. La rebelión del cacique

VI. El avestruz, ave sagrada

VII. El "yrybú"

VIII. La yerba mate en la superstición y la leyenda

IX. El Pombero

X. El maíz nació de la tierra abonada con la sangre de un indio

XI. El cabureí, pequeño Moloch de las selvas guaraníes

XII. La leyenda del Urutaú

XIII. Ramobaí

XIV. Araverá, el pregonero del Evangelio (Cuento de la Conquista)

XV. Dolor de indio

XVI. ¡Fábricas!

 

 

I

LA INCOGNITA DEL PARAGUAY

 

La nación paraguaya es bilingüe al mismo tiempo de ser étnicamente homogénea. Dentro del cuadro demográfico del Paraguay no existe una población indígena guaraní, al lado, frente o debajo de otra mestiza o criolla. No hay más que un solo cuerpo nacional que piensa, siente y se expresa de la misma manera. Es de aquí de donde hay que partir para comprender, en lo político-social, la vocación instintivamente democrática del pueblo paraguayo y, en lo cultural autóctono, la falta de causas que pudieren determinar la manifestación de sentimientos plañideros, quejumbrosos o nostálgicos propios de una clase oprimida por otra; tal, por ejemplo, el engendro del sistema de los mitimaes dentro de la organización incaica. Así, la tristeza que sugiere cierta música folklórica paraguaya, no es otra que la inherente a la naturaleza humana y que quizás no sea más que la manifestacién subconsciente y atávica de la pena infinita que siente el hombre por la pérdida de algún supremo bien. ¡El paraíso bíblico, acaso!

Los pocos indios que habitan en el Chaco pertenecen a las tribus de los “lenguas” y los “macás”, cuyos ascendientes no participaron en el proceso del mestizaje colonial que dió origen a la nación. Todo lo que contrariamente afirman supuestas estadísticas y anotaciones sobre indios paraguayos, que aparecen en publicaciones de toda índole, tiene mucho parecido con eso de “los yerbales de las pampas argentinas” a que aludía, hace poco, una colaboración aparecida en un diario del exterior.

Se prueba, a cada instante, que el extranjero, aun aquel que vive a pocas horas de vuelo del Paraguay, no está informado de las cosas que quedan consignadas. En realidad no está informado de la verdadera historia de nuestro país, ni del estado de su cultura, ni de la realidad de su existencia presente. “La incógnita del Paraguay”  titula, con justificable excusa, Luis Alberto Sánchez a las dos páginas que le dedica en su libro “Breve historia de la literatura americana”. Realidades como ésta nos están indicando la vasta labor que resta por realizar en materia de intercambio cultural entre pueblos vecinos, como para dar una esencial vitalidad al instintivo sentimiento fraternalista americano.

En realidad, el Paraguay no es un país incógnito, sino más bien inédito para el extranjero. Inédito aun para aquel que vive en él sin conocer su lengua aborigen. La mediterraneidad de su posición, por otra parte, además de otras causas que no puedo mencionar aquí, pero que no son jesuíticas, como se oye y repite por allí, hace que permanezca como envuelto en una bruma a través de la cual sólo se percibe, desde la lejanía, la resonancia de sus epopeyas guerreras. Todo lo demás queda en silencio, así sus grandezas como sus miserias.

No dejará, pues, de ser novedoso, para mucha gente, esto del bilingüismo de la nación paraguaya. En todo caso, la novedad consistiría en el siguiente enunciado que establecemos por vía comparativa: no todos los hombres cultos del resto de América hablan, al mismo tiempo que la lengua impuesta por el conquistador europeo, la autóctona de su país de nacimiento. Contrariamente a esto, no existe un solo paraguayo que no hable la lengua guaraní. La doble forma de expresión del nativo del Paraguay es el dato más inequívoco e inmediato sobre la persistencia e inalterabilidad de la alianza operada entre las dos razas y culturas que dieron origen a su nación.

La lengua guaraní es la lengua nacional por excelencia. Es la que se habla por el solo hecho de haber nacido dentro de la geografía paraguaya. Es el instrumento de comunicación de la gente culta o inculta, alfabeta o analfabeta. Ella constituye el santo y seña de la auténtica nacionalidad. Es el dulce y cálido verbo familiar. Y, también, el nexo que une al Paraguay de hoy con su pasado.

La lengua castellana, por el contrario, es el instrumento de la enseñanza oficial. Su difusión y empleo corren parejas con la instrucción que acuerda el Estado. Sirve como vehículo de comunicación con el exterior, con el extranjero, como instrumento de formación de la cultura superior del país y de asimilación de la del resto del mundo.

Resulta de todo esto que lo poco que en el exterior se conoce del Paraguay no es más que una expresión unilateral de su vida y de su cultura. Lo demás, todo el pensamiento, la pasión y el sentimiento nativos que se manifiestan a través de la lengua y del arte autóctonos - excepción hecha de la música- queda ignorado. Es por esto que decimos que casi todo lo auténticamente paraguayo permanece inédito.

La influencia dominante de la lengua de los guaraníes, dentro de la geografía paraguaya, se ha notado desde los primeros tiempos de la conquista. Azara se refería al caso, para él extraordinario, de los españoles del Paraguay que sólo hablaban en guaraní, “a excepción de aquellos muy educados”. Igual cosa ocurría con miembros de la tribu de los mbayás que se unían con gente guaraní. Hoy, al cabo de cuatro siglos de haberse fundado el Fuerte de la Asunción, se sigue observando el vigor incontrastable de esa influencia. Como antecedente remoto de este fenómeno, único en América, habría que referirse a la peculiaridad de la conquista dentro del escenario paraguayo. Sabido es que la fundación de la Asunción fué el resultado de la alianza pactada entre los jefes aborígenes y el de los expedicionarios. Las conversaciones respectivas se hicieron en lengua guaraní. Para el efecto, Salazar de Espinoza valióse del concurso de algunos antiguos compañeros de Gaboto, quienes ya conocían dicha lengua y que formaban parte de la expedición. El proceso del mestizaje se inició sobre esta base. Y este proceso no se interrumpió en ningún momento, como por razones sobre todo económicoagrarias ocurrió en México, en Perú y demás países que hoy siguen poseyendo una gran población indígena no asimilada a la cultura mestiza. En el Paraguay, las dos razas aliadas se fundieron, integralmente y con todos sus atributos, en el molde común de una nueva nación. Y la inmigración posterior fué demasiado débil como para modificar esta fisonomía primaria.

Así se explica que la lengua guaraní nunca haya podido ni pueda ya ser dominada por la castellana. Aquella alianza que precedió el nacimiento del Paraguay tiene sello de eternidad. El nativo paraguayo seguirá expresándose en dos formas distintas, a despecho de todo propósito oficial en contra.

La lengua guaraní ha resistido muchas pruebas decisivas, entre ellas, la indiferencia y el repudio oficiales de más de cuatro siglos. Resistió, también, a la severidad del maestro de escuela que, de acuerdo con la pedagogía oficial, ha creado para los niños una especie de delito lingüístico denominado “guarango” (derivado de guaraní). Y mucho menos la ofensiva emprendida en contra de la lengua autóctona por cierta opinión en boga después de la guerra de la Triple Alianza, sirvió para estrangular en la boca del nativo la llamada “dulce lengua de la raza ausente”. En vano se pretendió ver en el guaraní la causa del entorpecimiento en la difusión y perfecto conocimiento del castellano. - Triste idea se tiene del cerebro humano - replicaba Rafael Barret a quienes tal cosa afirmaban si se piensa que sólo puede aprender un idioma.

No se puede dejar de mencionar este estado de beligerancia creado entre partidarios y adversarios de la lengua autóctona, ya que ello contribuyó, en parte, a acelerar el nacimiento de la literatura guaraní correspondiente al presente siglo. La expresión inicial más seria de ésta, en el orden poético, la constituyen los dos tomos de poesías, la traducción de cuyo título es “Flores silvestres” (1917-1921). Su autor es el poeta paraguayo Narciso R. Colmán. Su ejemplo fué imitado. Y la producción literaria autóctona de hoy día, aunque todavía incipiente, se halla ya enriquecida con algunas joyas poéticas tales que yo no sé si habrá algo semejante escrito en lengua azteca, quechua o aimará. Manuel Ortiz Guerrero, Darío Gómez Serrato y Félix Fernández son los más altos exponentes de la poética autóctona.

Todavía no se ha intentado la novela. Desde luego, en el Paraguay no se producen novelas ni en castellano ni en guaraní, a excepción de dos o tres que no lograron iniciar el cultivo de este género literario. Pero, en cambio, el teatro guaraní, cuyo creador auténtico - no iniciador - es el poeta Julio Correa, es de un valor extraordinario. Correa escribe inspirados versos en castellano y dramas en guaraní. Su teatro ocupa el primer rango, en su género, dentro de la producción nacional en ambas lenguas. También en el periodismo tiene ya su expresión la literatura autóctona.

La primera manifestación de este género tuvo lugar durante la guerra de la Triple Alianza. Editése, en esa época, el periódico titulado “Cabichuí”, cuya traducción es “La Avispa”, de imperecedera memoria. Escribía en él el poeta Natalicio Talavera versos alusivos que parecían dardos arrancados del carcaj de su patriotismo insobornable.

Como génesis de todas estas expresiones autóctonas de la literatura paraguaya, alcanzamos a ver, en el fondo de los siglos, la figura apostólica del padre Montoya, a quien, entre otras cosas análogas, debemos la confección del primer diccionario de la lengua guaraní.

Con lo expuesto podrá ya comprenderse la extemporaneidad de la oposición que llegó a manifestarse en el Paraguay contra el mantenimiento y cultivo de la lengua guaraní. Aquella extraña actitud no pasó de ser más que la inspiración de un snobismo intelectualista. Digamos así en descargo de quienes la asumieron. Pero los profetas quedaron mudos. Y se resignaron a seguir viviendo en medio de una nación cuyos componentes hablan tan pronto en castellano, como en guaraní, como en ambas lenguas, a la vez, en su vida de relación de cada día. Es que no se puede, impunemente, substituir los factores básicos de la nacionalidad, todo aquello que vive y palpita en el suelo y en el alma de un pueblo, por esquemas teóricos que, en nombre de la civilización o de la cultura, auspicien la creación de una patria a la impuesta por la levadura biológica y espiritual propia de la nación.

Como siempre ocurre en estos o parecidos casos, el pueblo paraguayo nunca se dió por notificado de toda aquella disputa bizantina. Colocado al margen de las discusiones, hizo que la lengua guaraní siguiera siendo - sin excluir a la castellana - el vehículo de la expresión nacional, la lengua obligada de los mismos que la combatieron y la combaten. Probado está que a cualquier paraguayo puede arrancársele sus vicios menos su acaramelada lengua guaraní.

 

II

CONCEPTOS Y EXPRESIONES LINGÜISTICAS ORIGINALES DE UNA RAZA

 

Ya se ha afirmado, con visos más o menos científicos, que el recurso de la lengua guaraní radica en el hecho de obedecer ésta a un “sistema filológico más único que raro, que posee en potencialidad miles de palabras jamás consignadas en ningún léxico, y posibilidades infinitas de formar cuantas se necesiten, aun para expresar lo que jamás se ha expresado, y siempre de una manera precisa y clara”.

Cuando una lengua, como la guaraní, ha sufrido una rotura en la continuidad de su proceso evolutivo, como resultado de una pareja solución de continuidad operada en el desarrollo de la cultura del pueblo que se expresa en ella, esas “posibilidades”, en verdad, dejan de ser infinitas en cuanto se refieren a modos típicos y originales de expresión.

Un estudio de cultura presupone una suma de nociones y de conocimientos y una suma, también, proporcional de expresiones lingüísticas adecuadas. El nacimiento de la palabra no precede al concepto ni a la creación consiguiente del pensamiento y de la técnica humanos. La misma evolución de las lenguas que pasan de la expresión puramente objetiva a la abstracta, nos señala el esquema del desenvolvimiento de la cultura y su correspondencia lingüística.

Dentro de un ámbito de espacio limitado, el mestizaje operado por el contacto de razas, en el orden biológico, se refleja, bajo ciertas condiciones, en el dominio lingüístico. Una lengua, en contacto con otra, considerada como vehículo de expresión nacional, o perece o sobrevive. El grado de vitalidad que le informa a una y otra determina su destino. Si sobrevive, la cultura del medio podrá reflejarse, indistintamente, a través de una u otra, ya mediante formas típicas o ya mediante formas que denuncian el maridaje de ambas. Pero siempre serán mayores los recursos de aquella que se empalma con la evolución creciente de la cultura universal. Tampoco ésta, es cierto, será ya una lengua pura. Pero, en cambio, su técnica se habrá universalizado, gracias a la elasticidad del sistema filológico a que obedece.

Sólo en este sentido, claro está, puede aceptarse la potencialidad de la lengua guaraní para sostener, en consecuencia, que ella encierra infinitas posibilidades de formar cuantas palabras se necesiten. Todo el hispanismo incorporado a la lengua guaraní, desde la conquista hasta nuestros días, prueba la verdad de esta conclusión. Hay aquí material para un gran e interesante diccionario.

Y es en el carácter polisintético de la lengua guaraní donde se afirma esa posibilidad. Sin ser exclusivo de ella, esa es la razón que le asegura el ensanchamiento progresivo de su dominio. Dejando de lado ese hispanismo a que he aludido, es interesante ver - y con ello queda señalado su polisintetismo - cómo la formación de las palabras, originariamente guaraníes, se opera por acoplamiento recíproco de las que, aisladamente consideradas, traducen sólo la individualidad del concepto.

De esta manera, un solo vocablo sintetiza, o puede sintetizar, lo sustantivo y lo adjetivo de una cosa, el sujeto y la cualidad de lo expresado. Y, al mismo tiempo, refleja la concepción que se tiene o que, al menos, la tuvieron los guaraníes, (le aquello que es motivo de denominación. Esa síntesis se opera, de igual modo, en el aspecto formal y cuantitativo de la palabra que nace por conjunción de otras, es decir, en cuanto a la cantidad de sílabas que intervienen en la construcción de un nuevo vocablo. No obstante, tratándose de palabras formalmente breves, se sacrifica, a veces, la síntesis a la eufonía, es decir, a la musicalidad fonética.

Es digna de ser destacada la musicalidad de la fonética guaraní. “No entiendo ni una jota, pero agrada al oído”, dice cierta gente que escucha a alguien hablar en dicha lengua. Y es, precisamente, en ese hecho donde se sorprende la intuición, diríase estética, del indio.

La caracterización de todas estas modalidades de la lengua de los guaraníes nos conduce a revelaciones interesantes. Una investigación filológica más a fondo sobre el particular puede darnos, a falta de otros documentos históricos propios, la clave para la interpretación de los conceptos que dicha raza tenía del mundo y de la vida, es decir, de los más trascendentales fenómenos del universo. Con las conclusiones que así obtengamos, podemos establecer puntos de referencia para la valorización de la cultura de los guaraníes con relación a la de otras agrupaciones humanas históricamente ubicadas dentro o fuera de nuestro continente. Esta finalidad, por lo demás, es propia de la ciencia filológica.

En nuestra América, tanto los incas como los aztecas, si bien no dejaron documentos escritos, o cuando menos ellos fueron destruídos, legaron no obstante a la posteridad expresiones materiales de su civilización y de su cultura. Los guaraníes, raza andariega, diríase bohemia y conquistadora, y sin arraigo al suelo hasta los albores de la conquista, nos han dejado, por el contrario, entre otras cosas igualmente originales e imperecederas, su lengua, como índice y clave de interpretación de su cultura.

Pero recojamos ya el pensamiento para obligarlo a andar por el solo sendero originariamente previsto para nuestro tema.

Decimos que en la construcción polisintética de las palabras guaraníes encontramos siempre hermanado un rastro de las creencias de esa raza o de la asociación de sus pensamientos en torno a un objeto o un fenómeno determinados, como de eso que hemos llamado su intuición estética.

Tomemos, por caso, entre miles, la palabra “pyjharé”, que quiere decir noche. El vocablo denomina un fenómeno de la naturaleza. Y nos interesa desde dos puntos de vista. En primer lugar, ¿cómo se formó esta palabra? Y luego, ¿qué concepto tenía el indio guaraní de la noche? Pues bien: al hacer el análisis respectivo, nos encontramos con las siguientes revelaciones. Vemos que esa palabra es una conjunción de otras tres que, individualmente, implican conceptos distintos. Estas son: “py”, que quiere decir ancho, vasto, infinito; “jha”, apócope de “ahnga”, que sin la jh que precede a la vocal a, para dar a ésta, al formar la palabra síntesis, una pronunciación ligeramente más prolongada y voz de pecho, quiere decir alma. Y, finalmente, “ré” (pronunciación de ere castellana), apócope de “aré”, que quiere decir tiempo.

De esta manera, tenemos que, por conjunción y síntesis de tres palabras, se forma una sola que es “pyjharé”. Y tenemos, además, que para la concepción mística y poética a la vez del indio guaraní, la noche, fenómeno de la naturaleza, es el alma infinita del tiempo. Supliendo, pues, la carencia de documentos arqueológicos, sorprendemos en el seno inmaterial de una breve palabra que se perpetúa a través de los siglos, reflejada con maravillosa síntesis, una imagen del universo, con la correlativa concepción que de ella tuvo una raza.

Tomemos otro ejemplo. Sea la palabra "purajhéi". Ella es una síntesis de las dos siguientes: “porá”, igual a lindo o linda (los adjetivos, en guaraní, no tienen género), y “jhéi”, que es igual a decir. Al formarse con ambas la palabra síntesis, la vocal o de “porá” queda substituida por una u, de acuerdo con lo que indica la eufonía. Y resulta entonces “purajhéi” o, en castellano, canción, que es como decir cosas lindas.

El mismo interesante fenómeno podemos ir observando con otros ejemplos. Sea la palabra “kerasy”, síntesis de “kera”, sueño, y de “sy”, apócope de “mbaá-sy”, enfermedad. La traducción de ella es insomnio, o sea, enfermedad del sueño, según el concepto aborigen.

Sabido es que a las mujeres guaraníes, a pesar del rango destacado de dignidad que ocupaban dentro de la tribu, se les prohibía participar en ciertas clases de conversaciones en las que sólo los hombres podían intervenir. Y acaso exista alguna secreta relación de este hecho con la manera de designar a la mujer. Se la llama “cuñá”, conjunción sintética de las palabras “cu”, lengua, y “añá”, espíritu del mal, o diablo en la concepción cristiana. De esta suerte, la mujer guaraní es denominada con una expresión equivalente a lengua del diablo. ¿Será esto así por aquello de que a la mujer se atribuye, con razón o sin ella, universalmente, cierta incapacidad para el mantenimiento de un secreto?

En cuanto a los hombres guaraníes, se denominaban a sí mismos con una palabra, también polisintética, que refleja la propia concepción de su yo. Hombre es “cuimbaé”. A su formación contribuyen “cu”, lengua, e “imbaé”, que es igual a suyo o de él, es decir, implica el dominio que se tiene de una cosa. De esta suerte, el hombre guaraní es un ser dueño de su lengua. Así se denomina a sí mismo.

¿Y cómo se denomina al joven, al mancebo? Pues se le llama “cariay”, es decir, el hijo (“ray”) del señor (“caraí”). ¿Por qué se llamaría al joven el hijo del señor? ¿Por qué no se le habría dado una denominación propia, es decir, sin referencia a una segunda persona? Quizá la explicación de ello está en la forma de la organización familiar y social de la raza.. El individuo no tenía personería propia e independiente hasta tanto llegara a constituir un hogar. Era “cariay” mientras estuviera sometido a la autoridad paterna. Dejaba de serlo para convertirse en “caraí” en cuanto tomaba una esposa para ser, a su vez, cabeza de un nuevo núcleo familiar.

En la vida social de nuestros días ocurren, corrientemente, casos análogos en lo que respecta a la determinación de ciertas individualidades.

-¿Quién es esa persona? - pregunta alguien. Y el interrogado, en un impulso subconsciente de mayor precisión, contesta:

-Es el hijo de Fulano de Tal, o es el esposo de la poetisa X.

Este hecho denuncia la carencia de una personalidad destacada del individuo que es motivo de averiguación. Tal es lo que con relación a un período de su edad y de su estado ocurría con los jóvenes guaraníes.

Que con la joven guaraní ocurría igual cosa, nos lo denuncia la manera con que a ella se la denomina. Se la llama “cuñataí”, síntesis de “cuña” (mujer), de la partícula afirmativa “ta” y de la sílaba “i”, apócope de “ina” o “jhina”, que implica un acontecimiento futuro, más o menos próximo, como un será o un va a ser. De lo que resulta que la “cuñataí”, o la joven, o la señorita, es la persona que va, o que es candidata, a ser mujer, término que, aparte de su sentido genérico, implica el estado ya propicio para la maternidad. Una vez casada, será ella una “cuñacaraí”, esposa y compañera del hombre.

Finalmente, ¿qué noción tenía el indio guaraní acerca del cerebro? Con la palabra “apytuú” se denomina a este importante órgano. Ella es una síntesis de “á” (alma) y “pytuú” (descanso). De donde se infiere que el cerebro es para él el lugar donde descansa el alma. ¿Concepción dualista del hombre? ¿No nos da esta palabra el sentido filosófico de la raza guaraní con relación a uno de los problemas más trascendentales de la vida?

Convengamos que en la entraña inmaterial de esta lengua que se azucara en el decir diario del pueblo paraguayo que, a través de los siglos, mantiene hacia ella su fidelidad y su devoción plenas, existen, como entre nubes, fulgores eternos que pueden contribuir al alumbramiento del pensamiento humano sobre las rutas arcanas del universo.

 

 

III

ONOMATOPEYA E IMAGENES DE LA LENGUA GUARANI

 

Al mismo tiempo de ser polisintética, la lengua guaraní es también onomatopéyica por excelencia. Encierra, asimismo, una riqueza insospechada de imágenes. Estas cualidades le permiten ser un vehículo de expresión poética local casi inimitable.

De esta suerte, la lengua guaraní, en el caso concreto del Paraguay, ha venido a ser el alma misma de la poesía folklórica nacional. Y en razón de esto tiene asegurada su inmortalidad.

Los recursos que ofrece dicha lengua sirven para neutralizar, en gran parte, aquella angustia, casi mortal, del poeta, que no halla palabras adecuadas a la expresión fiel de los sentimientos o de las imágenes de su mundo interior.

Todas las bellezas del universo se proyectan y se quiebran, en un arco iris de colores, en el cristal de la sensibilidad del artista. De esta suerte, el alma del poeta, en ciertos momentos de plenitud, es como el palacio encantado de las leyendas infantiles. Luces, colores y músicas inefables pueblan su interior, en un caos potencial de armonías. Todo ello constituye la materia prima del verso, de la pintura y de la música. Mas, ¿cómo proyectar hacia afuera ese encantamiento de bellezas que se opera en su alma? El es el único morador de su propia intimidad. Y este morador solitario no puede gozar sino a condición de compartir con los demás todas las emociones que florecen en el almácigo de sus sentidos. No sólo la visión de lo tétrico causa pavor. También la belleza, en la soledad, espanta un poco.

Obedeciendo a ese imperativo el poeta se apresta a dar forma objetiva a la visión de su mundo interior. Va a decirnos cómo son los colores y la música de la belleza asentada en su espíritu. Pero al materializar a ésta en el verso comprueba que no hay fidelidad en la reproducción. Las palabras no tienen el color del color reflejado, ni la musicalidad de la música por él sentida, ni la plasticidad de la plástica vigorosa de la pintura interior.

La poesía, de esta manera, viene a resultar, con relación al mundo interior plasmado en ella, como una alfombra vista al revés, conforme con lo que diría Goethe. He ahí el drama. He ahí la angustia casi mortal e irremediable del poeta,

Ahora bien: no diré yo que la lengua guaraní posea algo así como la piedra filosofal para la alquimia del arte poético. Pero sí puede afirmarse que la musicalidad y el colorido de las imágenes que vitalizan su léxico permiten, en relación a otras lenguas autóctonas americanas, y al castellano mismo, en su aspecto plástico, una mayor fidelidad en la reproducción poética de las bellezas que afluyen al alma. Es aquí en donde comienza a afirmarse la excelencia irreemplazable de la lengua guaraní como vehículo de expresión de la poesía folklórica paraguaya. El poeta está en condiciones de escoger en ella las piedras preciosas que exige la reproducción de su mundo interior. Y ese material no sólo es utilizable para la arquitectura lírica del verso. Con igual flexibilidad se presta para las construcciones épicas. Versos hay, en guaraní, que tienen la resonancia de las epopeyas guerreras vividas por el pueblo paraguayo. Y todavía se puede decir más: la agilidad del léxico guaraní es tal que se puede envainar en una frase la hoja toledana de una malicia, el látigo de una ironía, la sal de una espiritualidad, la sabiduría de una sentencia, la rúbrica rotunda de un juramento, la veta de una decisión irrevocable, la ponzoña mortal de un insulto o el tajo alevoso de una comparación sarcástica.

Pero veamos ya cómo traduce el hombre guaraní en su lengua aquello que ha herido su sensibilidad. Y tomemos, por ejemplo, la escala de los ruidos. ¿Os extrañáis? ¿Decís que sólo hay escala en la música? Pues cuando menos, para el guaraní, esto no es verdad. Para él, también los ruidos tienen su escala de notas. Algunas son más graves, o más agudas, que otras. Así las percibe su oído. Y él, que es un atento observador de la naturaleza que se extiende ante sus ojos, y que tiene, además, un cerebro sensible que registra toda la sinfonía que palpita en el mundo, o todo el eco que denuncia un movimiento, trata de clasificar, en su vocabulario, la diversidad de esas sensaciones auditivas, buscando una expresión vocal aproximada al eco, o al tono mismo, si así cabe, de cada una de éstas.

Podemos entrever, a distancia, la forma de ese proceso lingüístico. Imaginemos ver al indio guaraní entrando en una selva. Bajo las plantas de sus pies se produce, al andar, un determinado ruido. Es el de las hojas secas que se quiebran, o el de los palitos que se rompen al ser aplastados.

¿Cómo traducirá él ese ruido? ¿Con qué palabra podrá especificar, a quién trasmitirá luego esa sensación, la clase de ruido que se ha producido y a la cual se referirá? Pues articula unas sílabas cuyo sonido, a manera de un diapasón, esté a tono con ese leve eco que registró su placa auditiva y la palabra que nace en seguida es ésta: pirirí.

Nuestro indio sigue andando. Cae un viento fuerte. El viento es otro fenómeno de la naturaleza al cual ya le ha denominado. Le llama Ybytú, es decir, “aliento de la tierra” (síntesis de Iby-pytú). El viento enfurecido desata sus bríos sobre la selva. Los árboles se sacuden en su follaje. Los troncos se doblan, como desesperados, de un lado a otro. Y del rozamiento de dos ramas vecinas nace un ruido cuyo eco llega hasta el oído del indio. Instintivamente, compara este ruido con el anterior. Nota que hay una diferencia de tono entre uno y otro. Debe, pues, este nuevo ruido, tener una denominación también diferente. Y, aplicado a él, nace ahora otra nueva palabra: chiá (pronunciación nasal y prolongada). El viento arrecia en su forcejeo hercúleo. Un árbol no puede ya resistir la ofensiva sin tregua de esta fuerza invisible. Comienza a abovedarse la fracción de tierra que cubre las raíces. Se dibujan, enseguida, unas grietas sobre la superficie del suelo, a manera de una garra que nace del límite inferior del tronco. Y, finalmente, el árbol se descuaja de raíz y cae. En el momento del descuajamiento se produce, de nuevo, un ruido distinto, a su vez, de los dos anteriores. Es éste un ruido más grueso, más grave y, al mismo tiempo, más apagado, sin aliento en el eco; yo diría, asmático. ¿Cómo traducirá en su lengua el indio guaraní esta otra modalidad de ruido? He aquí la palabra que le es adecuada: pururú. La misma expresión se usará, posteriormente, para hacer referencia del ruido peculiar al movimiento de la articulación de los huesos. Nuestro indio ha cruzado la selva habiendo clasificado y denominado de paso las diversas individualidades de la fauna y de la flora que encontrara en su camino. La clave de las denominaciones que les ha ido dando radica en la diversidad de cualidades que distinguen a una planta o a un animal entre las demás unidades de sus respectivos reino, género o familia. Mas no debe pensarse que el indio sólo sabe distinguir una cualidad objetiva de aquello que es materia de denominación. Su observación es mucho más penetrante. La maravillosa intuición que posee le permite anticipar la afirmación de que tal o cual planta tiene una propiedad curativa, aplicable a una determinada clase de enfermedad de que ha padecido o de que padece él o sus hermanos de raza. La práctica confirmará o desmentirá la bondad de dicha virtud. Y, en esta forma, no sólo ha ido creando nuevas denominaciones para las cosas de la naturaleza, sino que también, y éste es el más grande aporte a la ciencia con que ha contribuído el genio de una raza americana, ha ido echando las bases de la medicina natural.

Pero sigamos de nuevo a nuestro indio. Ha abandonado ya la selva y lo vemos, ahora, de frente a la llanura. El tiempo amenaza lluvia. De pronto, a lo lejos, se produce otro ruido extraño. Es el del trueno, que como cabalgando en algún corcel gigantesco e invisible sobre la línea misma del horizonte pareciera convocar, con suprema y prolongada voz de mando, a las legiones dispersas de las nubes que acampan en la cañada sin término del firmamento. El eco de esa voz llega, fatigado de acento, hasta el oído del indio. ¿Cómo traducirá él en su lenguaje el ruido de ese trueno, que no es igual al de la hoja seca que se despedaza bajo las plantas de los pies, ni al del descuajamiento del árbol bajo el empuje de la tormenta, ni al del rozamiento de las ramas en el vaivén monorrítmico de la selva alborotada por la furia del elemento? Pues a esa clase de trueno, al que zumba a la distancia, especificará con esta expresión que cobra un sonido grave y onomatopéyico, achicando la boca y alargando los labios: sunú. Todavía nuestro indio sigue escrutando lejanías y auscultando las palpitaciones del universo. La lluvia es inminente. Levanta sus ojos hacia el cielo (ara) y sus pupilas son heridas por la visión espasmódica y breve de un relámpago que abre tajos en el vientre alegórico del poniente que expirará de sombras tras una larga hemorragia pluvial. ¿Con qué imagen traducirá él, en su lengua, ese arabesco y nervioso trazo de fuego celestial? He aquí la imagen que le es adecuada: tirí, es decir, grieta. Así, el relámpago que precede al rayo es para el indio guaraní una grieta que se abre en la masa del cielo encapotado.

Y tras el relámpago, el trueno arroja en el espacio, como bestia enfurecida, un rugido potente. Es éste un trueno cercano a nuestro indio. El eco o el ruido que produce es distinto al del anterior. Ya no cabe llamarle sunú. La caracterización de su tono exige otra palabra. Y entonces, nace en la boca del indio una nueva expresión: cororó (nasal), que es como decir ronquido.

Llueve. Nuestro indio percibe que las primeras gotas gruesas de lluvia (característica tropical o semitropical) producen, en contacto con la tierra, un ruido, a su vez, distinto de todos los anteriores. Y, de acuerdo con la misma clave auditiva puesta en práctica para las denominaciones que viene haciendo, da nacimiento a esta otra palabra: pororó, con la cual queda distinguido este nuevo tono de ruido.

Ahora ha cesado de llover. De las hojas de los árboles caen gotas de agua que producen, al llegar al suelo, un ruido intermitente y monorrítmico. Es inútil querer hallar una semejanza de este ruido con los anteriores para incluirlo en una de las denominaciones ya establecidas. Nuestro indio lo entiende así, y, entonces, forma esta nueva palabra: tyky. Y esta palabra no sólo obedece a un sentido onomatopéyico, sino que también implica en sí la acción de gotear, así como encerrada la imagen del agua que es y, la cual va incluída en las dos sílabas que componen el vocablo.

Estamos, ahora, en plena madrugada, en guaraní co'é-mbotá, palabra polisintética formada con co'é, que quiere decir amanecer, y mbotá, que equivale a próximo. Nuestro indio mira hacia el horizonte. El lucero es el más avanzado retén denunciador del día que no sorprenderá en su cama al aborigen. Observa éste la iniciación de un proceso de mutación casi imperceptible, de colores vagos, que se filtran tenuemente en la masa de sombra. La tierra va a cerrar el ciclo de su rotación. El sol avanza su patrulla de rayos iridiscentes que irá ahuyentando la noche y preparando tras ella la apoteosis de un crepúsculo magnífico, que, como un portal de arquitectura inmaterial, decorará la entrada de la senda del astro rey.

Hay un instante preciso en que se inicia el alba, es decir, un instante en que la noche comienza a recogerse, a diluirse, a esfumarse. En ese instante el alba tiene un color como formado con algo de negro y de amarillo. Nuestro indio la ve así. Para él aquélla es un alba pálida. Y entonces, la llama: co'é yú. Es ésta una palabra polisintética formada con co'é (amanecer) y say-yú (pálido o pálida).

Pero, al poco rato, el alba ya no es pálida. Nuestro indio guaraní observa que es distinto el color que ahora hiere sus pupilas. Para él, en ese nuevo instante, el alba tiene una coloración rosa, y así la llama co'é pytangy, es decir, alba rosa.

Transcurren algunos minutos, y el alba ya no es ni pálida ni rosa. Ahora es blanca. El guaraní la ve así y la llama: co'é tí, palabra también polisintética formada con co'é (amanecer) y morotí (blanco o blanca). Minutos después el amanecer estalla. Nuestro indio le llama a ese instante: co'é soró (co'é, que es amanecer, y sonó, que quiere decir romper). Esta es una imagen de que se vale para significar que la claridad del amanecer ha roto las últimas líneas de la sombra extendidas en el horizonte.

Ahora sale el sol y, entonces, amanece por completo, co'é mbáma en la dicción guaraní.

Las aves festejan con un mitin de trinos la llegada del astro rey. ¿Cómo distinguir y denominar a cada una de ellas, ya que tienen un trinar diferente, unas de otras, y plumajes de colores distintos? ¿Cómo llamar, por ejemplo, a aquella cuyo silbar continuado es como una música india, monótona y sentida al mismo tiempo? Nuestro indio, para el efecto, trata de traducir en sílabas el eco de ese silbar que horada el espacio. Y, desde entonces, aquella ave se llamará corochiré, porque es esto mismo lo que ella dice con la cuerda canora de su lengua. Y, posteriormente, este zorzal de las selvas paraguayas se convertirá en el símbolo del alma del folklore guaraní.

De esta manera, nuestro indio va denominando, uno a uno, a estos pájaros que viven bajo el mismo cielo de esa fracción del planeta que él habita. Y así va bautizando el chiricote, el ypaca'á, el byra'ú, el chipíu, el masacaragua'í, etcétera, con expresiones derivadas de sus respectivos trinos o colores de sus plumajes.

He aquí, pues, la riqueza incomparable de la lengua guaraní. Todo el universo está encerrado en ella, en esencia, en un sumun reflejo de sus misterios, de sus fuerzas secretas, de sus ruidos, de sus colores y de sus músicas. De esta suerte, el guaraní, en la boca del nativo paraguayo, viene a ser como el diapasón de toda la armonía circundante del mundo y de la vida.

 

IV

BARBARIE INDÍGENA Y CIVILIZACIÓN HISPANA

 

A ferocidad del indio rioplatense fué el tema de sobremesa de los primeros expedicionarios oficiales llegados a ésta parte de América, a su vuelta a la península. La muerte de Solís, del contador Alarcón, del factor Marquina y  de otra media docena de compañeros acaecida en la costa del Uruguay, es el dato invocado para la aseveración apuntada. El lúgubre anecdotario que origina este hecho lleva a España la sensación de la barbarie de la gente de esta tierra. Y aquel luctuoso acontecimiento de sangre impone un paréntesis de diez años en la exploración y conquista del Río de la Plata.

El entusiasmo impulsivo de quienes vivían con la imaginación desplegada sobre los tumultos del mar sufre, con tal motivo, un rudo golpe. El caso no es para menos. Los horrores que sobre aquel cruento episodio difunden los sobrevivientes de la infortunada expedición anticipan, a los interesados, cuáles son los riesgos a que está supeditada la obtención de la ambicionada fortuna en tierra americana. Se tiene la certidumbre de que no sólo hay que estar dispuesto a desafiar, con frágiles carabelas, los peligros de la navegación, sino también a combatir contra gentes que gustan del placer de comerse a sus víctimas. Porque tal es la alarmante noticia difundida en la península por los ex compañeros de Solís. Este pobre capitán, lo mismo que los demás compañeros con quienes bajara a tierra, habríase convertido en suculento menú de un improvisado y fantástico banquete aborigen. Los indios habrían sido unos muertos de hambre, pues habían llevado a “cuestas los muertos, y apartándolos de la ribera hasta donde los del navío los podían ver, cortaban las cabezas, brazos y pies, asaban los cuerpos enteros y se los comían”. Sólo el grumete Francisco del Puerto se habría salvado de tan macabro almuerzo. Y nadie dijo que fué por hartazgo de los comensales.

Mucho se ha escrito, desde entonces, sobre la supuesta antropofagia guaraní. Se invocan para demostrarlo discutidísimas pruebas testimoniales y presuntuosas conclusiones de estudios etnográficos recientes. No lo fué por hambre, dicen algunos. La antropofagia guaraní es un rito antiquísimo... ¡Basta! Estamos al tanto de los argumentos en pro y en contra del asunto. ¡Sentimentalismo!, dicen los que ya creen cerrado el debate sobre el particular al replicar a quienes pretenden levantar la vieja infamia que pesa sobre la raza más noble que antes de la conquista ha pisado estas tierras.

No traemos por ahora el propósito de contrapesar los argumentos en pugna. Sólo haremos notar, de paso, en abono de nuestra posición contraria a la de los que afirman la existencia de la práctica de antropofagia entre guaraníes, el hecho de que nadie más, después de Solís, de los muchos españoles que perecieron en manos de los indios, se sabe que haya sido comido por éstos. No son comidos Alejo García y acompañantes, muertos por los indios a la vuelta de su fabuloso viaje a la sierra de la Plata, ni los compañeros de Gaboto en la destrucción de Sancti Spíritu, ni Diego de Mendoza y demás capitanes caídos en las primeras escaramuzas durante la fundación inicial de Buenos Aires, ni Juan de Garay y los suyos, asesinados durante su viaje a Santa Fe.

No puede creerse que sólo la carne de Solís y sus compañeros haya provocado la apetencia de los guaraníes.

El que alguna vez ha estado en la guerra sabe que cuando una patrulla, u otra unidad mayor, a la que el comando confiara alguna misión a distancia, huye espantada, por una u otra causa, sin haber dado cumplimiento a la orden, inventa, generalmente, las más fantásticas patrañas con el propósito de justificarse de su falta. Algo análogo les habría ocurrido a los acompañantes de Solís. Huyeron espantados. Así es que cuando precipitadamente vuelven a España, abandonando la expedición, en pleno comienzo de exploración, habrían inventado, entre otros horrores, el cuento de la antropofagia indígena.

La conclusión que, para nuestro caso, interesa sacar de todo esto, es que aquel sangriento suceso original de la exploración y conquista oficial de esta parte de América, sirvió para que el conquistador descalificara, desde un principio, la personalidad del indio, y cohonestara con ello todos los atropellos y violencias de que le hizo víctima, donde y cuando lo pudo, durante el largo período colonial.

Conviene exhibir la personalidad del representante de la cultura y de la civilización europeas de entonces frente a la barbarie indígena rioplatense aceptada sin beneficio de inventario. Ya sabemos que la conquista tiene su lado de heroicidad y de epopeya. Pero ocurre que por contemplar demasiado este aspecto de aquella histórica empresa, se da poca importancia al otro - del que nosotros vamos a ocuparnos brevísimamente - y, por consiguiente, a sus correlaciones histórico-sociales.

Tomemos, para nuestro propósito, el período de los primeros veintidós años que se extiende desde la partida de Sanlúcar, a fines de agosto de 1535, de la “multitud más compacta y brillante de nobles” de los que “difícilmente en ese u otro tiempo” haya salido de España, bajo la dirección de Don Pedro de Mendoza, hasta la muerte de Irala, componente de esa expedición, acaecida en 1557.

¿Cuál es el comportamiento de estos nobles, entre quienes se cuentan treinta y dos mayorazgos, y que vienen acompañados de sus “nobles consortes y hermosísimas matronas?”

Atengámonos a los hechos referidos acerca de los mismos. Don Pedro de Mendoza es un hombre “de carácter arrebatado y brutal”. Había actuado “en el asalto y saqueo de Roma” llevado a cabo por las tropas españolas bajo las órdenes del condestable de Borbón, por orden de Carlos V. Una vez en tierra americana, y durante su breve descanso en la que luego va a ser la hermosa bahía de Río de Janeiro, hace “coser a puñaladas” a su maese de campo, Juan de Osorio. No hubo acto de antropofagia con la víctima. Más tarde, se lamenta en Buenos Aires de que no tenga a mano otro Osorio en quien descargar la ira que le produce sus primeras contrariedades de perseguidor de reinos fabulosos.

Despoblada Buenos Aires, el escenario de los acontecimientos se traslada a Asunción. La incorporación de Alvar Núñez al grupo hispánico rio-platense provoca los primeros altercados sangrientos de los de mayor envergadura entre los componentes de esa “brillante nobleza”. Los partidarios del nuevo adelantado, que es depuesto y encarcelado al poco tiempo de su arribo a Asunción, son ahorcados “por perturbadores de la tierra”.

Viene luego, en orden cronológico, la expedición de Irala hacia el Perú. (Aquí perecen, a su vez, ahorcados, Gonzalo de Pizarro, Francisco Carvajal y otras decenas de caudillos, por orden del ministro de la Inquisición, Pedro de la Gazca). Esta vez, Ñuflo de Chávez, componente de la expedición de Irala, mata a puñaladas y en pleno despoblado al mensajero que de Lima se dirige rumbo a la Audiencia de Charcas llevando pliegos sobre nombramiento de Diego Centeno como gobernador del Paraguay y Río de la Plata, en sustitución de Irala. Poco después, y siempre como resultado de este despiadado juego de ambiciones a que se entregan representantes de la nobleza hispana, el mismo Diego Centeno muere asesinado mediante “un bocado de ponzoña tan disimulada” que le dan durante un banquete con que se festeja su reciente nombramiento. El banquete no se realiza entre antropófagos.

Ausente Irala de Asunción, Diego de Abreu, otro miembro de la “brillante nobleza” traída por Mendoza, y partidaria de Alvar Núñez, hace ahorcar a Francisco Mendoza tras su derrocamiento del gobierno que, interinamente, le confiara Irala. Y, con Mendoza, muchos otros compañeros de la noble expedición.

La revancha correspondiente a estos hechos luctuosos no se hace esperar. Reasumido el mando por Irala, toca el turno a Abreu, quien, una vez capturado en los montes vecinos, es ejecutado, a garrote, en la plaza de la naciente ciudad, ante el clamoreo jubiloso de la “noble” turba. Con Abreu perecen, asimismo, muchos otros “a garrote y puñal”. Sus matadores no son antropófagos. Por eso, los cadáveres “quedan tendidos en las calles sin que nadie ose levantarlos, alimentando a las aves de rapiña”.

¿Y Ruiz Díaz Melgarejo, miembro, también, de aquella brillante nobleza? Escápase éste de Asunción. Y, en San Vicente, contrae matrimonio con la hija de un hombre rico para asesinarla al poco tiempo... ¡Basta ya! ¿Para qué más? Apenas asistimos al período inicial de la conquista de esta parte de América, y ya el cómputo de vidas sacrificadas entre propios compañeros arroja una cifra considerable. Su gravedad, no obstante, no está precisamente en el número de las víctimas sino en la intimidad moral que refleja de quienes van a ser los creadores de un nuevo mundo. Acaso aquí haya más datos de lo que uno se figura para la mejor comprensión del alma turbulenta y contradictoria del criollo y del mestizo, a lo largo de nuestra formación histórica. No todo está dicho en la relación de los cronistas sobre la realidad de nuestro mundo. Más allá de la epopeya, del heroísmo y de las fábulas de la conquista hay una fuente sutil de donde nace el esquema de la verdadera fisonomía del hombre americano.

 

 

 

V

LA REBELIÓN DEL CACIQUE

 

ALLÁ entre los años de 1612 a 1620, un bravo cacique guaraní, llamado Miguel Artiguaye, perteneciente a la reducción de San Ignacio, alzóse, con su tribu, en rebelión contra los propósitos de gobierno temporal y de conquista espiritual llevados a cabo por la Compañía de Jesús. “Ministro del Demonio” lo llamó, por eso, el cronista misionero. Y, también, acusóle de ser “sobremanera deshonesto, porque tenía gran número de concubinas, consintiéndolo todo y fomentándolo su fingida mujer”. Fingida, por supuesto, según el dogma católico sobre la institución del matrimonio.

¡No, piadoso padre Ruiz de Montoya! Miguel Artiguaye no era un “ministro del demonio” ni, mucho menos, un hombre deshonesto. Era, sí, un auténtico intérprete del sentido de la cultura de su raza. Y por ello, además, un hombre digno. Porque, dentro de la concepción cambiante de la moral, la dignidad no es sino expresión de fidelidad a los valores que determinan el modo de ser de una cultura.

Miguel Artiguaye no era ministro de nadie. Sólo era un cacique de tribu. Y si “mediante su elocuencia se había hecho como señor de aquella gente”, era porque su voz resumía el sentimiento vivo, la creencia original y el pensamiento simple y sin malicias de su raza. Porque, en una palabra, la tribu se sentía reflejada en él como se refleja en la ingenuidad de una leyenda la intimidad de una época pretérita, de acuerdo con la concepción que tenía del mundo y de la vida.

La misma ascensión al cacicazgo de Miguel Artiguaye constituía ya una prueba de las virtudes materiales y espirituales que poseía. Entre guaraníes nadie llegó a ser cacique porque sí. No lo determinaba la fuerza arbitraria, ni el recurso de la superchería ni el azar de la descendencia. No estaban organizados en castas ni inventaron la nobleza. Los componentes de las tribus no eran vasallos del cacique como, con ponderable renunciamiento de su dignidad de hombres, lo eran los blancos de sus “amantísimos” reyes histéricos, locos y tarados de todas clases, de los que tanto abundan en la historia de la monarquía española. Las tribus guaraníes habían hallado la fórmula feliz que resolviera su problema de gobierno. Practicaban una suerte de avanzada democracia. El cacique era libremente elegido como no lo es el “caudillo” de la vieja hispanidad resurrecta de hoy. Podía ser destituído de su cargo, o cambiado por otro, por simple mayoría de votos. Porque, dentro de aquel sistema, sólo podían llegar al cacicazgo y mantenerse en él aquellos que probaran ser los mejores. Y ser el mejor implicaba, entonces, mantener intangibles en el modo de ser cotidiano, los valores tradicionales de su cultura autóctona, destacarse en el esfuerzo de sembrar la tierra para el común sustento, rendir pruebas de resistencia al dolor y sobresalir entre los valientes en las continuas luchas guerreras. El mérito era el desiderátum del poder y la opinión mayoritaria su patrón de medida. Y al cacicazgo podían llegar tanto el hombre como la mujer. Por eso no está de más destacar que si el evangelizador cristiano trajo a estas tribus la noción de la igualdad humana ante Dios, ellas le ofrecieron, en cambio, la réplica, sin alarde, de la igualdad política, social y económica del hombre y de la mujer ante la conciencia de dignidad de la especie humana. ¡No!; el cacique Miguel Artiguaye, a quien el piadoso Ruiz de Montoya recuerda en las crónicas de su Conquista Espiritual, no era un ministro del demonio. ¿Demonio? Los sufridos misioneros lo veían por todas partes. Lo vieron en el rasgo hospitalario del indio guaraní que, en signo de bienvenida y de amistad, les ofrecía sus mujeres. Propiamente no cabe hablar de ofrecimiento sino de consentimiento para la unión marital del blanco con la mujer guaraní. Para el jesuíta, esto no era expresión de cordialidad india sino tentación del demonio. Creyeron ver, asimismo, influencia demoníaca hasta en el uso que de la yerba mate hacían, así aborígenes como españoles. Sobre este particular el provincial Diego de Torres llegó a formular denuncia al Tribunal de la Inquisición de Lima. ¡Quién lo diría! Fué la explotación, en gran escala, de esa “yerba demoníaca” la que motivó la esclavitud del indio, alimentó la economía de las reducciones, financió sus gastos eclesiásticos y militares, originó luchas, muchas veces violentas, entre éstas el poder civil y el encomendero, trabó el libre intercambio entre las provincias y hasta determinó aquel gran movimiento de los comuneros del Paraguay, cuyo grito de liberación se perdió en el ámbito sin resonancia de la noche colonial.

El cacique Miguel Artiguaye no era más que un indio fiel a su raza y a su mundo. Imaginémonos su drama interior. Empleando su misma lengua, pacientemente aprendida, el jesuíta comenzó un día a hablar ante él y los suyos. ¿De qué les hablaba? De un Dios único, todopoderoso, que perdona o castiga. De una virgen, madre del Hijo de Dios. De un hijo, hijo de Dios y Dios al mismo tiempo. De ángeles y de demonios. De Paraíso hecho para la felicidad eterna y de Infierno para horrible castigo, también eterno. ¡Misterio! ... ¡Pobre Miguel Artiguaye! En su mundo interior de simplicidad teológica habría comenzado entonces a caer la. noche. ¿Cómo habría de ser la nueva mañana de su espíritu? El mismo no pudo haberlo intuído. Pero sí habría sentido una profunda perturbación espiritual, como si un torbellino de imágenes difusas girara vertiginosamente dentro de sí. Por primera vez, su propia lengua, hecha de sinfonías cósmicas, lo habría conducido al desatino. Porque el Dios de que le hablaba el misionero no era el Tupá, negligente para la legislación del dogma, a quien él imaginaba ver entregado a la acrobática travesura de cabalgar en los truenos de majestuosa detonación en los cielos tropicales. En cuanto a la Virgen, no podía haberle hallado ubicación en el ámbito de su mítica teogonía. El cielo y el infierno no eran tampoco la morada de sus muertos. Y el demonio, de perversidad ilimitada, en nada se parecía al Pora que merodeaba la tumba de sus deudos, ni al Pombero que silbaba en el viento, ni al Yacy Yateré que trajinaba, bajo las siestas cálidas, sobre la muelle alfombra de las hojas caídas de la floresta.

Mientras el misionero se redujo a la simple predicación parcial de su doctrina, sus relaciones con los indios fueron, no obstante, normales. El choque se produjo cuando de la simple predicación pretendió forzarlos a un nuevo acomodamiento familiar, social y económico que estuviera de acuerdo con los dogmas, principios y cultos del credo predicado. Durante mucho tiempo, en efecto - el mismo Ruiz de Montoya lo confiesa, - los jesuítas les hablaron del sexto mandamiento. Las arraigadas prácticas de la poligamia, en las que el misionero no quiso ver el sentido de higiene sexual aborigen sino el pecado, así le habían impuesto. Pero cuando mediante la persuasión, el trato diario, el soborno hecho en forma de regalo, la música y la contemporización con cierto espíritu de comunidad guaraní consiguió que muchos indios aceptaran, parcialmente, ciertas prácticas de la vida cristiana, la evangelización del indígena adquirió un sentido más enérgico. Ya el predicador contaba con fuerzas que le respaldaran. Una vez bautizados, los indios pasaban a formar parte de los cuadros militares de las reducciones. La jefatura de éstos la asumió el misionero. De nuevo la cruz se aliaba con la espada. Con esto la autoridad del cacique quedó dislocada.

En tales condiciones, el misionero pudo decidirse a combatir, de hecho y de palabra, todo aquello que consideraba como expresión de gentilidad. Entre otras cosas, ya no le era permitido al indio tener más que una sola y legítima mujer y esposa. Y de esta suerte, la vieja comunidad guaraní, que a través de siglos había logrado mantener la más armoniosa unidad política, espiritual, social y económica, se halló, de pronto, dividida en dos bandos.

Fué entonces cuando se alzó el cacique Miguel Artiguaye. Su rebelión tuvo el sentido de un supremo esfuerzo por mantener incólume la unidad de su raza y la integridad de su mundo. Habría mirado con profunda tristeza el cambio que se iba operando en las viejas prácticas guaraníes. Le fué imposible soportarlo en silencio. Y habría sido entonces que se decidiera a pronunciar aquellas emocionadas palabras que nos recuerda Ruiz de Montoya y que, todavía hoy, podrían ser repetidas, con celo patriótico, ante la audacia de ciertos grupos políticos extranjeros. “Ya no se puede sufrir la libertad de estos que en nuestras tierras quieren reducirnos a vivir a su mal modo”.

¿Qué hizo Miguel Artiguaye en defensa del mantenimiento de las tradiciones de su raza? Habló a su tribu. La invitó a deliberar en común sobre el destino a elegir, como corresponde a una agrupación democrática. Y sus palabras fueron persuasivas y elocuentes, como lo reconoce el cronista misionero. Habría invocado, tal vez, a los manes de sus antepasados. A través de su oración dicha en lengua de imágenes y de sonidos melodiosos como el guaraní, habría hecho desfilar, ante el recuerdo de sus compañeros, las visiones de su larga trayectoria de emocionadas luchas, esfuerzos y placeres comunes. Habría evocado la armoniosa unidad que siempre los caracterizara en sus costumbres, en su moral, en su credo, en sus sentimientos y en sus mitos. Y habría señalado la amenaza que para el mantenimiento de aquello implicaba la intromisión, en su vida, del blanco misionero, a la vista ya de la defección de muchos. Y a fin de que quedara mejor evidenciado el contraste que para el mundo aborigen significaba el del predicador cristiano, Miguel Artiguaye no vaciló en apelar hasta al recurso de la burla y del ridículo. Vistióse con alba vestidura - relata, en efecto, el cronista, - y “adornándose con una museta de vistosas plumas y otros arreos, fingía decir misa; ponía sobre una mesa unos manteles, y sobre ellos una torta de mandioca (mbeyú) y un vaso muy pintado de vino de maíz, y, hablando entre dientes, hacía muchas ceremonias, mostraba la torta y el vino al modo de los sacerdotes, y al fin se lo comía y bebía todo”.

Pero ya era tarde para que el cacique Miguel Artiguaye contara con la unanimidad de los pareceres. En la hospitalidad con que acogiera al blanco estaba ya el germen de su derrota. Ante su insinuación de proceder a terminar con la vida de los misioneros surgieron algunas voces que indicaron la conveniencia de consultar, previamente, la opinión de Maracaná. Con esto la lucha estaba perdida. Maracaná era un valiente cacique de la reducción de Loreto, ganado ya por los jesuítas, y “a quien toda la tierra veneraba”.

Miguel Artiguaye se sometió a la proposición de sus compañeros. Se embarcó con su tribu y se dirigió a Loreto. La actitud de Maracaná, con quien tuvo una violenta lucha personal durante la entrevista, lo convenció de que éste estaba dispuesto a derramar sangre guaraní en defensa de los misioneros. ¡Sangre entre hermanos! Aquello le habría parecido monstruoso. Arrojó su arco y sus flechas al suelo. Se despojó de sus vistosas vestiduras de pluma, como en un simbólico renunciamiento a su autoridad de cacique. ¡No era ya el mejor entre los suyos! Se alejó de su tribu. Cruzó el río “que es de ancho un tiro de mosquete”. Y solo, trágicamente solo, se dirigió como un penitente, camino a la reducción de San Ignacio.

Dice el cronista que a pesar de su aparente arrepentimiento, Miguel Artiguaye siguió viviendo de mal modo y de que así había muerto en consecuencia. Es posible que sólo él comprendiera la magnitud de su drama cuando, acorralado por su soledad, se sentía expirar, como un extranjero en su propia tierra, mientras el coro de voces de los hombres de su raza entonaba himnos litúrgicos para un Dios que no era Tupá, en medio de la selva indiferente.

 

 

VII

EL “YRYBU”

 

FUÉ durante los días próximos a mayo de 1910. El anuncio de la inminente aparición del cometa de Halley había provocado general expectativa. Mientras el mundo científico aguardaba al luminoso viajero sideral al pie de escrutadores telescopios, el novedoso anticipo corría por nuestras campañas sembrando un pavor mítico, un temor supersticioso, en el ánimo de sus moradores.

Divulgábanse, con tal motivo, los vaticinios más lúgubres, las especies más absurdas y alarmantes. Se hablaba nada menos que de la proximidad del fin del mundo. En plena juventud todavía, la humanidad hallábase ya en vísperas de su grave comparecencia en los proféticos valles de Josafá. La tierra se partiría en múltiples pedazos, y todo lo creado desaparecería en un pavoroso cataclismo universal.

La aparición del cometa de Halley indicaría el arribo de esa hora trágica y final. Tras ella, un deslumbrante juego de rayos y centellas horadaría los ámbitos del firmamento, como filos ardientes destinados a cortar los hilos invisibles que sustentan los cuerpos celestes en el espacio. A continuación, se produciría un choque de astros y de planetas. Y al cabo de algunos minutos de esa epilepsia cósmica, todo el universo volvería a su caos originario.

Ante la inminencia de tan catastrófico e inmerecido destino, la gente vivía una vida de pesadillas. Cesaron todas las actividades. Las casas permanecían cerradas. Y sólo el rumor del coro de las oraciones se alzaba de la tierra hacia la indiferencia de los astros. Se vivía sin vivir, atrapado por la sugestión colectiva, con el discernimiento aniquilado por el temor. Todo se reducía a un continuo sobresalto, a un aguzar de oídos para percibir el más leve murmullo del espacio.

Y ocurrió que, una noche, en uno de esos pueblos campesinos, vióse, de pronto, surcar el firmamento una estela de fuego. En rauda y desmelenada fuga, dibujaba sobre la obscura estampa del cielo un extraño y espasmódico garabato rojo. La llama se alargaba cada vez más, dislocándose en una calistenia de absurdas figuras geométricas. Se dirigía hacia todos los rumbos, vertiginosamente, sin lógica ni continuidad en la dirección. Y cuando descendía verticalmente hacia la tierra para elevarse de nuevo a alturas desmedidas, producía un zumbido rumoroso y grave, como si algún bólido se desencajara del firmamento.

La gente del pueblo cayó en el espanto. En medio de aquel general desatino, las ancianas lograron salir a la calle con las imágenes de sus santos deformes, apresuradamente arrancados de los nichos.

Tras unos minutos de desesperación de aquella gente, la luminosa cinta, desde una gran altura, dirigióse, verticalmente, al suelo. Achicóse la llama, progresivamente, y, convertida ya apenas en un punto rojo, se perdió en la sombra.

Al día siguiente, frente a la plazoleta de la iglesia del pueblo, se encontró el cadáver de un “yrybú” (cuervo americano) carbonizado.

Todo cuanto sucediera no había sido más que el fruto de la ocurrencia de un hojalatero del pueblo. Nadie ya daba a éste siquiera una cacerola averiada para soldar, a causa de la supuesta inminencia del fin del mundo. Valiéndose de una cuerda de pescar, y colocando el anzuelo y la respectiva carnada sobre el cadáver de una vaca, había logrado cazar el “yrybú”. Y, llegada la noche, hizo una larga tira de toda una sábana, la empapó en kerosene, ató uno de sus extremos a una de las patas del animal y soltó a éste en la noche, después de haber prendido fuego al otro extremo de la tira.

Traemos a colación la precedente anécdota para poner de manifiesto, a través de la misma, algunas de las cualidades características del “yrybú”, mediante las cuales el hojalatero que recordamos pudo provocar aquel tragicómico episodio.

Caracterízase, en efecto, el “yrybú” por la velocidad extraordinaria de su vuelo, así como por la resistencia que posee para el mismo. Destácase también por su notable habilidad para realizar las más caprichosas piruetas en el aire. Ejecuta con singular maestría movimientos similares a los propios de la audacia y pericia aéreas de nuestros días. Y cuando desde las alturas se lanza verticalmente sobre la tierra, él también, a la manera de un avión viviente, produce un fuerte, zumbido, que se escucha desde lejos.

Tiene el “yrybú”, por otra parte, notablemente desarrollados el sentido del olfato y el de la vista. Tales condiciones le permiten descubrir desde distancias considerables la presa con que saciar su extraordinaria voracidad. Cualquiera sea el lugar en que haya caído algún animal enflaquecido, en el tembladeral más profusamente cubierto de vegetación o en el monte más tupido, allí llega de inmediato una legión de “yrybús” dispuesta para un banquete suculento.

Ese afán de devorar cadáveres hace que este pájaro gargantúa cumpla, en nuestros campos, al mismo tiempo que una misión sanitaria, otra de vigilancia. Sirve al ganadero para denunciarle el lugar donde el “cuatrero” carnea a alguna gorda vaquillona o el sitio donde cayera o expirara algún otro animal, vacuno o caballar, del establecimiento, todavía a punto de ser “cuereado”.

En épocas de escasa mortandad en la hacienda, el “yrybú” redobla su actividad en la búsqueda de alguna presa. Cuéntase que entonces sigue de cerca los pasos del tigre, para poder comer los restos del animal que éste devora. En tales circunstancias, lo mismo hace con el cazador. El estampido de la escopeta lo atrae hacia el lugar en que éste se encuentra, siempre con el propósito de compartir la presa. El cazador nunca le dispara un tiro. Primero, porque a nadie se le ocurre tener que comer un “yrybú”, y segundo, porque existe una arraigada creencia de que el arma con que se mata a ese pájaro queda inutilizada. Se explica así su abundancia en nuestro continente.

La literatura folklórica brasileña ha divulgado ya el caso. Y cuéntase allí que, cierta vez, la Virgen había resuelto hacer una gran fiesta en el Cielo. Había invitado, de preferencia, a todos los animales de la tierra. No todos éstos, por supuesto, podían transportarse, por sus propios medios, hasta el lugar de la fiesta. Los carentes de alas pusiéronse entonces de acuerdo con las aves para que éstas los llevasen. Correspondió al “yrybú” conducir a la tortuga. Y, ya en pleno viaje, el “yrybú”, dicen que por malo, soltó en el espacio a la pobre tortuga, que cayó a tierra rompiéndose en varios pedazos el caparazón. El hecho causó general indignación entre los animales que, una vez en el Cielo, presentaron sus quejas a la Virgen, pidiéndole un ejemplar castigo para el culpable. La Virgen despachó en auxilio de la accidentada tortuga a un enviado celestial, que se encargó de soldarle las roturas del caparazón, cuyas huellas aún hoy pueden observarse. Y en cuanto al “yrybú”, fué expulsado del convite de los Cielos y condenado a no comer, por siempre, más que cadáveres.

 

 

VIII

LA YERBA MATE EN LA SUPERSTICIÓN Y LA LEYENDA

 

CUANDO el inmigrante europeo acepta el primer “mate criollo” con que la hospitalidad nativa brinda al visitante amigo, inadvertidamente hace un voto de fidelidad con esta cordial y casi embrujada bebida autóctona. Ese primer mate es, también, algo así como un rito con que sella su voluntad de residencia definitiva en tierra americana.

Infusión amarga y hasta desabrida y áspera en su sorbo inicial, el mate cimarrón se convertirá en la vida del inmigrante como en un ente hechicero del que no podrá desprenderse nunca. Su fidelidad a él permanecerá inalterable en la abundancia como en la pobreza. Si acumula fortuna, abandonará la casa, el vestido y la comida que le   impusieran su antigua condición humilde, para trocarlos por otros que consulten sus nuevas posibilidades, gustos y caprichos. Sólo el mate seguirá manteniéndose inconmovible en el sitio que llegó a ocupar en su vida. Si la suerte le fué adversa, y decayó en la miseria, desocupado, mendigo o linyera, la última y fugitiva moneda de que se despojará para saciar su apetencia será para adquirir yerba antes que pan. Porque el mate será para él el postrer refugio de bondad que le ofrece la vida. Embelesado en su soledad seguirá besando su bombilla. Y su imaginación, estimulada por el elixir indígena, le abreviará tiempos y lejanías. Mientras acaricia el mate en el hueco de su mano, podrá mirarse a si mismo en la perspectiva de su propia existencia. Porque el mate sirve también para eso: para aventar recuerdos o rememorar la emoción de placeres extinguidos, que son antídotos espirituales contra la amargura irremediable de una vida en derrota.

Así es de hechicero el “mate criollo”, o, mejor, el mate indígena. Guaraní en su origen, la yerba mate mantiene casi intacto en el uso popular el encanto de su embrujo legendario. Fué el paí Tomé - un extraño ente de la mitología guaraní - quien, según la tradición, enseñó su tratamiento, uso y aplicación medicinal a los indios de las regiones del Paraguay. Porque debe saberse que si las hojas tostadas de la yerba mate sirven para la preparación de una bebida estimulante o tónica -según el grado de calor del agua que se usa - las tiernas y verdes, entre otras cualidades, aplicadas sobre la cabeza del enfermo, sirven para el tratamiento de casos de insolación. El mensü de nuestros días todavía practica esta forma de medicina.

La influencia cristiana, como en muchas otras cosas, desvirtuó la leyenda que explica el uso originario de la yerba mate. El paí Tomé mitológico fué substituido por el Santo Tomás de las narraciones evangélicas de la conquista. La tradición campesina paraguaya ha aceptado y perpetuado esta leyenda cristianizada. Y en las cercanías de Paraguarí, lugar en que la expedición comandada por Belgrano libró su primera batalla contra las tropas paraguayas, existe un cerro denominado Santo Tomás, en la roca de cuya cima, la misteriosa huella de una pisada humana pretende atestiguar, por siempre, la presencia del mencionado apóstol por tierra guaraníes.

Según esta versión, Santo Tomás, durante una de sus andanzas de predicador, encontróse con un hermoso y tupido monte de yerba mate. Los indios, a pesar de su maravillosa intuición para descubrir las propiedades y virtudes de la flora de su tierra, habían ignorado todo cuanto a la yerba mate se refería. Dícese que más bien temían a ese árbol, en la creencia de que pudiera poseer cualidades dañinas. El santo, como medio de premiar a los indios, que atraídos por sus prédicas le habían seguido, decidió enseñarles la manera cómo debían hacer uso de esa yerba. Para el efecto, arrancó unas ramas y extendió las hojas sobre las llamas de una hoguera. La operación se hizo de tal modo que el fuego no quemara ni ahumara las hojas, sino que las tostase. Mientras tanto, explicaba a los indios, que atónitos le contemplaban, cómo mediante la evaporación producida por la acción del fuego, las hojas perdían todas sus substancias dañinas. Pulverizadas, las mismas emitían una suave fragancia. Los indios concibieron entonces lo sabrosa que sería una bebida hecha a base de ese polvo vegetal. Lo mezclaron, pues, con agua. Y así habría nacido el mate. Tras el primer sorbo, esta singular bebida aseguró su imperecedero dominio en el uso autóctono primero, y en el criollo y extranjero después.

Cuéntase, además, que, originariamente, la yerba mate era un instrumento de hechicería. Un Añá (espíritu del mal) habría enseñado a un hechicero indígena cómo debía usar la yerba las veces que quisiera consultarle. El payé bebió la infusión de la yerba en la forma indicada, y, desde entonces, fué hábil en brujerías. “La yerba me dijo esto o aquello” era la frase empleada por el hechicero para formular sus oráculos.

Pero la más interesante leyenda que aún hoy día se conserva en los yerbales del Alto Paraná y que, en cierta manera, contribuye a la prisión perpetua de muchos menús por esos montes de explotación y de oscuras tragedias, es la de Caá Yaïí, o “señora de los yerbales”. Este ente mitológico impone a los trabajadores un temor grave y supersticioso. Pero, al mismo tiempo, ejerce sobre los mismos una atracción irresistible, como la de las diosas del paganismo griego.

Para unos Caá Yaïí vive en la apariencia de un árbol, desde donde su espíritu hechicero e inmortal gobierna y determina el destino de los seres y las cosas que existen en los yerbales. No hay fuerza humana capaz de extinguirla. Si el hacha del mensú cae sobre el tronco del árbol que la encarna, éste volverá a brotar con más vigor y lozanía que nunca. El yerbatero confía la totalidad de su suerte a Caá Yaïí. Y, en la buena o en la mala, pretenderá ver su influencié benéfica o maléfica.

Para otros, Caá Yaïí es una mujer joven y esbelta, sólo visible para quien le ofrezca su vida en alianza eterna e indestructible. Esta mujer llegó a adquirir su nuevo e inmortal atributo antes de que tuviera relación con hombre alguno. Era ella, en efecto, según la leyenda también cristianizada, una mujer joven y hermosa en estado de absoluta pureza. Su padre, con el propósito de conservarla siempre pura, había resuelto ir a habitar con la familia en medio de una selva donde jamás hombre alguno había puesto los pies. Un día, Dios, que había descendido a tierra, púsose a andar por esos lugares. Y llegó a esta solitaria vivienda, cuyos moradores eran muy pobres. Pero, viendo llegar al peregrino, que era Dios mismo, el padre de la muchacha resolvió matar la única gallina que poseía. Terminando de comer, Dios, agradecido de la hospitalidad que se le ofreciera, llamó al padre de la joven y le dijo:

-Ya que tanto amas a tu hija haré, en prueba de mi gratitud, que ella sea inmortal sobre la tierra. - Y, desde entonces, sólo Caá Yaïí - árbol o mujer invisible - sobrevivió a todos los habitantes de la selva.

El yerbatero, que recogió esta leyenda, busca la forma de obtener la protección de Caá Yaïí. Para el efecto, dícese que en día de Semana Santa va a alguna iglesia de los poblados vecinos para formular su voto de fidelidad a Caá Yaïí. Al mismo tiempo, jura que jamás se fijará en otra mujer. Y, hecho esto, va a la selva, para depositar en la rama de un arbusto de yerba mate un papel en el que escribe su nombre y en el que indica la fecha en que volverá para encontrarse con Caá Yaïí y renovarle su promesa de fidelidad. Llegado este día, y guardando el más profundo secreto, el yerbatero se dirige hacia el lugar de la cita. Prevenido está de que debe conservar una gran presencia de ánimo como para resistir a las múltiples y peligrosas pruebas a que Caá Yaïí gusta someter a los hombres antes de darse a conocer. Víboras, tigres y alimañas de toda clase saldrán al paso del yerbatero. Y él debe tener suficiente coraje y destreza como para sortear todos estos obstáculos y llegar al lugar de la cita. Cumplidos estos requisitos, Caá Yaïí aparecerá ante las ansiosas pupilas del yerbatero. Allí renovará su juramento de fidelidad. Y ¡ay de él, desde entonces, si pretende abandonar la selva! Porque Caá Yaïí no perdona, mata.

Si la grave promesa es fielmente cumplida, Caá Yaïí será, en adelante, la protectora del trabajador de los yerbales. Le ayudará a cortar la yerba, a transportar los mazos de diez a veinte arrobas. Y como es invisible para los demás, se sentará sobre los mazos de yerba, en la balanza, para “robarle” el peso al empresario.

Cuando el cadáver de algún mensú ha sido encontrado en los lindes de los yerbales al día siguiente al que obtuviera del patrón la liquidación de sus haberes de varios años de trabajo, como para volver a su hogar lejano, los labios trémulos de sus ex compañeros musitan, sin malicia, con temor supersticioso, en el corazón de la selva, el nombre embrujado de Caá Yaïí

 

 

X

EL MAÍZ NACIÓ DE LA TIERRA ABONADA CON LA SANGRE DE UN INDIO

 

LA pesca era cada vez más escasa. Y los animales de la comarca próxima habían emigrado hacia regiones que los pusieran al abrigo de las continuas acechanzas de los indios. La selva estaba vacía de frutos. Su silencio milenario sólo era turbado por el rumor del viento entre las hojas y por el leve ruido producido en la alfombra vegetal al paso de las tribus errantes.

Las dos familias guaraníes, cuyos respectivos jefes habían sellado un pacto de ayuda mutua para los días de bonanzas y miserias, hacía rato que se hallaban entregadas a un peregrinaje fatigante y sin tregua a través de caminos inéditos. Era un andar sin término y sin rumbos definidos. Andaban entregadas a la búsqueda del sustento. A las noches de forzadas vigilias sucedían los días de renovado trajín. Y siempre la angustia de la búsqueda infructuosa, la fatiga cada vez más extenuante y el hambre en acentuada demanda. ¿Qué secreta profecía habríase cumplido sobre el destino de aquella tribu? ¿Por qué estaba desierta de peces la orilla de los ríos y las lagunas? ¿Por qué los árboles les regateaban sus frutos? Y en medio de la soledad inmisericorde, Abatí, el jefe de una de aquellas familias aborígenes, ensayó su primera protesta de hombre, agobiado por el cansancio y por el hambre.

-¿Por qué Tupá, cuya presencia denuncia el trueno que precede a los aguaceros, permite que el hambre torture nuestras entrañas? El, que para nuestro sustento pobló de animales la selva, de peces las aguas y de pájaros el cielo, pareciera habernos abandonado, de pronto, a un trágico destino. No nos resta que comer más que el escaso fruto de los cocoteros y el cogollo tierno de los caranday. ¡Oh, Tupá, dueño de cuanto sobre la tierra existe! ¡Da a tus tribus el sustento que ahora les niegas! ¡Y haz que brote del suelo el alimento que nos reponga de nuestro cansancio de cazadores trashumantes!...

La noche cayó sobre las últimas palabras de Abatí. Y ningún ruido rasgó aquella concentrada soledad silvestre.

De pronto, en la masa de sombra se agitó un Torbellino de luces desflecadas que, poco a poco, fué adquiriendo el contorno de una figura humana, como nacida de la nerviosa manipulación de algún embrujado artífice agazapado en la noche.

Y la luz, vaciada ya en el molde de un guerrero celestial arrancado a una página bíblica, comenzó a hablar para explicar su inusitada presencia en la tierra.

-Tupá ha escuchado las quejas de Abatí. Y por su mandato, deslizándome en el hilo de luz de una estrella he bajado hasta vosotros. Traigo una misión irrevocable que cumplir.. Los dos, como jefes que sois de las familias aquí reunidas, tenéis que luchar conmigo, en lucha singular. Sólo respetaré la vida del más fuerte. El más débil abonará la tierra con la sangre de su sacrificio. Y de su sepultura brotará una planta cuyos granos en espigas servirán de alimento para vosotros y para todas vuestras generaciones en el curso de los tiempos.

Y, en aquel lugar solitario de la selva, el mensajero de Tupá trabóse en lucha con los dos indios. Sucumbió Abatí en el duelo. El luminoso guerrero desapareció de nuevo en la sombra. Y al día siguiente, sin lágrimas ni lamentaciones, el cadáver del indio fué sepultado en el mismo lugar en que cayera, junto a sus arcos y sus flechas.

Pasaron cuatro lunas. Y al cabo de ese tiempo, las dos familias indígenas volvieron a pasar por el sitio de aquel hecho luctuoso. Sobre la tumba de Abatí se alzaba una planta de tallo débil; de hojas alargadas y cargada de espigas. Probaron del grano de éstas y lo encontraron sabroso. Resolvieron entonces poner término a su andar trashumante. Abrieron surcos en el monte y comenzaron a plantar aquellos granos. Allí nacieron otras plantas iguales. Y decidieron llamarlas Abatí para perpetuar, por los siglos, la memoria de aquel débil indio sacrificado en bien de la comunidad.

 

 

XIII

RAMOBAI

 

RAMOBAI era el convidado indispensable de todos los velorios. Era tan personaje, a su modo, como el juez del pueblo o el viejo don Cirilo, el curandero de más fama que la belleza de Panchita Garmendia. Lo conocían chicos y grandes. De cerca o de lejos, ingenioso y popular improvisador de cuentos, su personalidad era el hilo de encaje con que se tejía un centenar de leyendas. Nunca conoció trabajo alguno. ¿Para qué, si la gente le había asignado un oficio especial, en el que, en verdad, era irreemplazable? Allí donde moría alguien tenía él un asiento preparado, bajo la enramada donde vigilan los perros, para entretener a las personas que asistían al velorio. Con su presencia, abundante mate dulce y caña, el menos trasnochador aguantaba el sueño hasta el amanecer.

Ramobaí vivía una vida supuestamente accidentada. Realizaba viajes imaginarios por distintas regiones del país. Siempre andaba metido en toda clase de enredos y de dificultades. Pero nunca dejaba de salir airoso de todos esos trances. No era un matón ni un temerario. A las bravuconadas del más pintado, él respondía con la humildad de su gesto de hombre inofensivo. De una puñalada se defendía con un chiste oportuno o mediante la brujería de sus ojos mansos.

-Si me matan, ¿quién va a contar el cuento en mi velorio?

Existía acerca de la ascendencia de este hombre la más completa obscuridad. Una vez se le oyó decir con grave seriedad:

-Yo soy hijo de una burra...

Y cuando la gente se echó a reír, festejando la ocurrencia, él explicó:

-Sí; lo digo en serio. Cuando yo estuve a punto de nacer, mi madre se convirtió en una burra a causa de la maldición que le echó encima una hermana bruja.

Empleó un tono tan dramático al hacer esta revelación que quienes lo escucharon no descartaron por completo la posible veracidad de tan singular acontecimiento. Es claro que la mentira era demasiado burda. Pero aquella gente campesina, a través de cuya ingenuidad se cernían tantas supersticiones en su espíritu, se hallaba instintivamente dispuesta a aceptar, como lógicas, las más absurdas extravagancias. ¡Tantas son las maravillas que ocurren en el mundo! ¿No toma el Pombero la forma de un perro flaco y de cuerpo desmesurado, o la de una mujer alta, delgada y tocada de blanco como una desposada abandonada a lo largo de los caminos solitarios, bajo las noches empolvadas de luna? ¿No era muy sabido, también, que cuando una madre tiene siete hijos varones seguidos, el último de éstos se convierte, por las noches, en otro tipo de perro, amigo de merodear los cementerios? Y ya no faltó en seguida quien, mirándolo bien, pretendiera ver en Ramobaí ciertos rasgos fisonómicos que confirmarían el supuesto origen de éste.

- Fíjense nomás en la cara de la burra de Ña Ciriaca - comentó alguien en un ruedo de paisanos que conversaban sobre las andanzas del cuentero.

-De veras; ¡no me había dado cuenta! ¡A lo mejor! ...

-¡Chis!

Al escuchar el nombre de aquella mujer, todos se hicieron cruces sobre los labios, como si se hubiera pronunciado una mala palabra. Y es que la Ña Ciriaca, al decir de la vecindad, era una bruja, o, cuando menos, una mujer embrujada. Para el caso era igual. Se le atribuía poseer poderes maléficos. ¡Ni el agua bendita podía contra ella!

Ña Ciriaca era una vieja alta y flaca. Tenía la cara arrugada como la de quien chupa una naranja agria. Y unos ojillos sumidos detrás de unos párpados apenas abiertos como los de quien se sienta al rescoldo de una fogata hecha con leña de laurel. La mandíbula era plana y saliente, y sus labios finísimos, como desgastados por el tiempo, se encogían sobre una boca desdentada y hundida hasta donde descendían algunos mechones de su cabellera enmarañada y canosa. Llevaba al cuello un lazo de hilo cubierto de escapularios y de grotescos amuletos.

Vivía en lugar apartado de la vecindad y se la creía estar en comunicación con el diablo. Sólo se la veía en muy contadas ocasiones cuando, montada en una burra que poseía, se dirigía hacia rumbos desconocidos que nadie osaba averiguar.

Ramobaí había lanzado la especie de su supuesta y original descendencia con el objeto de que la noticia llegara al conocimiento de la bruja Ciriaca. Sabía el cuentero que esta vieja, hacía muchos años, había maldecido, en verdad, a una hermana suya que se hallaba en estado de gravidez.

-¡Que te conviertas en burra, antes de que nazca tu hijo! - habría exclamado la bruja.

Y una vez que la hermana, temerosa y presa del llanto, abandonara el hogar común, Ña Ciriaca quedó con el convencimiento de la eficacia de su maldición.

No tardó en llegar a oídos de la bruja lo afirmado por Ramobaí. Y también ella comenzó a encontrar en éste cierto parecido con el animal en cuestién. Desde entonces se apoderó de ella una duda y un temor vago que, poco a poco, se le iban acrecentando. ¿Y si aquella burra que ella poseía fuera? ... Con sólo pensar en ello poníase temblorosa. Le palpitaba el corazón, el pulso, la carne. Y, desesperada de tal pensamiento, se refugiaba en la oración. Del nicho que ocupaba las tres cuartas partes de una de las piezas del rancho, sacaba figuras grotescas de santos y amuletos con los que echaba cruces hacia los cuatro vientos. ¿Seguir usando la burra como montado? ¡Qué esperanza! Estaba obsesionada por una idea que la torturaba. Andaba de un lado a otro, como desatinada. Iba hasta cerca del animal, lo miraba y volvía de nuevo a su casa. ¡Ah, si pudiera conversar con él! ¡Pobre, cuánto habría sufrido! ¡Los palos que habrá recibido! ¡Y pensar que podría tratarse de ella! !Qué flaca y vieja estaba la pobre! Pero, bueno; de entonces en adelante, la burra comería los mejores pastos, hojas tiernas de batata, mandioca en abundancia y, en verano, en la época en que las cigarras embarullan los chircales, cáscara de sandía a discreción... Y ya no será ensillada con esos aperos viejos y derruídos, con jergas de lona que le han producido dos llagas incurables en el lomo. Ña Ciriaca pensaba, razonaba y creía así, desesperadamente. Por la noche sus sueños se poblaban de figuras más absurdas que las de la leyenda de la loba romana. En vez de la loba, ella veía a una burra, a su burra, oficiando de madre de criaturas monstruosas.

Así anduvo cuando Ramobaí creyó llegado el momento oportuno de hacerle la jugarreta que había premeditado. Y, dando comienzo a ello, hizo trato con un interesado sobre la venta de la burra. Una noche fuese llegando con el animal hasta la casa del comprador. Como la burra no tenía marca alguna la operación quedó fácilmente terminada.

A la mañana siguiente, Ña Ciriaca, provista de un canasto lleno de trozos de mandioca, fué al terreno baldío donde por la noche acostumbraba a poner a soga al animal. La sorpresa con que se encontró fué tremenda. Lanzó un grito de espanto y, rígida, con la lengua dura, temblorosa de pies a cabeza, con los dedos crispados y con los ojos desmesuradamente abiertos quedó, como clavada, junto al canasto volcado. Atada a la soga, en vez de una burra, tenía delante de sí a una vieja parecida a ella misma, desgreñada y haraposa. Y antes de que volviera de su asombro, dijo la extraña:

-Yo soy tu hermana, la madre de Ramobaí. ¡Dios cancelóme anoche tu maldición y he vuelto a ser lo que fuí para pedirte cuentas! ...

Ña Ciriaca quedó dura como un  poste y cayó desmayada al suelo. Sin preocuparse de ella, Ramobaí alzó el ruedo de la pollera con que estaba disfrazado para evitar que al andar se le prendieran los abrojos. Se libró de su atadura y se alejó con cautela.

Ya cerca de mediodía se escuchaban insistentes ladridos de perros. Acudieron unos vecinos. Cerca del cadáver de la bruja se veía una soga de cinco brazadas de largo, tendida, como una víbora, entre las gramillas.

 

 

XIV

ARAVERA, EL PREGONERO DEL EVANGELIO

(Cuento de la conquista)

 

LA captura del padre Antonio fué festejada con júbilo ritual por la montaraz tribu Ybytú ryacuá (1). Por fin habíase logrado prender a uno de esos extraños hombres blancos venidos de hacia donde sale el sol.

La tribu en cuestión, de raza guaraní, obedecía a las órdenes del cacique Araverá (2). Y era éste el más bravo y el más apuesto de los indios.

La pequeña parcialidad aborigen habitaba en una comarca boscosa de lapachos. En primavera, toda la selva se empenachaba de un amarillo intenso. Era como si espesas nubes cuajadas de sol descendieran a posarse sobre la copa de los árboles. Con el rocío de los amaneceres, toda la flora circundante se evaporaba en perfumes, en alas del suave viento del Este.

El vasto ámbito de la comarca se saturaba con ese hálito delicioso. Y el viento, que retozaba entre las ramas y alborotaba el pajonal cercano, tenía una fragancia rejuvenecedora. De allí el nombre de esa tribu.

Tras un largo peregrinaje, ella había decidido clavar, en ese sitio, el último mojón de su andar trashumante. Había muerto, a la sazón, su cacique Yacaveré (3), el más diestro cazador de felinos y el más sufrido para los dolores. Toda la larga vida de este jefe fué un ejemplo de virtudes viriles. Nunca se le vió llorar, ni fruncir el ceño, ni desfigurar el rostro cuando, en cumplimiento de los ritos de su raza, se llenaba el cuerpo de heridas, en las singulares fiestas guerreras, o volvía, con el pecho desgarrado y sangrante, luego de una incursión por los montes para cazar tigres. Y Araverá, que probó heredar todas las virtudes de aquel jefe, fué el hombre designado, por la tribu, para sustituirlo.

Y fué la primera hazaña del nuevo cacique la que entonces se festejaba. Durante tres lunas había él abandonado a su tribu para ir a cumplir, solo, la misión que se propusiera. Y con el prisionero que se trajo a su vuelta demostró sobrados merecimientos para seguir ocupando el cacicazgo.

Con el hábito hecho jirones, los pies ensangrentados y el rostro demacrado por la fatiga, el padre Antonio se acercó al campamento aborigen. Se le dejó cerca de una fogata en torno a la cual varias mujeres, sentadas en rústicos escabeles, hilaban y conversaban en voz baja. Y Araverá convocó a la tribu para proceder al sacrificio de la víctima.

Con el rostro severo, sentado en medio de los hombres formados en ruedo, y puestos de espaldas y en cuclillas, Araverá comenzó a hablar con voz grave. Poco a poco, el buril de su acento iba tallando imágenes sombrías en el alma de los guerreros. Todo el manantial de su discurso adquiría fulguraciones plásticas en su lengua formada con el silabario múltiple hurtado al murmullo de la selva, a la sinfonía de los vientos, al canto de las aves y a la orquestación de los bramidos. Y, como nunca, las palabras de Araverá tuvieron una elocuencia extraña y un sentido de presagios inquietantes para su tribu. Hasta entonces, el tema de sus discursos se refería a habituales planes guerreros. Pero aquella vez fué una honda y nueva preocupación la que iba esbozando con su hablar acompasado y grave.

Y fueron estas ideas las que Araverá expresó en su lengua

“Me habéis designado para cacique vuestro, tras la muerte de Yacaveré. Para ello tuvisteis en cuenta mi valor, que no es inferior al vuestro. Porque sólo un valiente puede ser cacique entre nosotros. Somos descendientes de Tupá (4). Y él nos confió la misión de someter bajo nuestro dominio a todos los seres de la tierra. Así lo hemos venido haciendo. Mil veces combatimos a otras tribus, y otras tantas veces las vencimos. Hemos tomado a sus mujeres y a ellas les dimos hijos. Y les enseñamos nuestra lengua, nuestros ritos, nuestras costumbres y nuestras creencias. Nuestras mujeres han convivido con los valientes de otras tribus que aceptaron nuestra alianza. Y, de este modo, hemos extendido el imperio de nuestra raza y cumplido los designios de Tupá. Ahora habíamos resuelto poner término a nuestro largo trajinar por la tierra, cumpliendo, de este modo, el mandato postrero de Yacaveré. Hemos comenzado ya a cultivar la tierra. Pero he aquí que un grave peligro nos amenaza. Hombres extraños del color del “pez dorado” han llegado de tierras remotas. Vinieron de hacia el lado de donde sale el sol. Visten de rara manera, y dicen que ellos, también como nosotros, son hijos de Tupá. Todos parecen ser hechiceros. Han aprendido a hablar nuestra lengua y han comenzado a construir sus viviendas valiéndose del concurso de algunas tribus que traicionaron a nuestra raza. El cacique Ñandú se ha aliado con esa gente. Y tanto él como su mujer Araresá(5), lo mismo que los hombres de su tribu, se han puesto a su servicio. Y todos ellos trabajan para esos seres extraños, y recorren varias comarcas para pedir a todos nuestros hermanos que hagan igual cosa. Antes de que caiga sobre nosotros la maldición de Tupá es necesario que procedamos a ejecutar nuestra implacable venganza. Debemos declarar la guerra a esa gente y a todos aquellos que tomaron alianza con ella. No hay más hijos de Tupá que nosotros. Y sea el comienzo del exterminio que vamos a sembrar el sacrificio de ese hombre del color del “pez dorado” cuya captura me costó tres lunas de esfuerzo...”

Un coro de voces rubricó, con nota rotunda, las últimas palabras de Araverá. Y entonces fué cuando aquellos guerreros dieron comienzo a la ritual y trágica danza del sacrificio.

El prisionero había escuchado todo el discurso de Araverá. Y lo comprendió perfectamente. En dos años de riesgoso apostolado, a través de las selvas paraguayas, había llegado a dominar el conocimiento de la lengua guaraní. Precisamente fué él quien, a la sazón, lograra ya el sometimiento y la conversión de numerosos indios. Su predicación, hecha en la misma lengua aborigen, había despertado a los indios ante un mundo de panoramas insospechados. A todos trataba de hermanos, e invitaba a arrojar las armas para vivir en adelante una vida de paz y de amor. Su extrema confianza había motivado su caída en poder de Araverá. Le ocurrió mientras acompañado de un catecúmeno se dirigía hacia un arroyo cerceno a las reducciones. Un certero disparo de flecha del bravo cacique apostado, ex profeso, durante muchos días, en un malezal próximo al poblado misionero, había puesto fin a la vida de su acompañante. Y el padre Antonio, incapaz para defenderse en una lucha singular contra Araverá, fué conducido hasta el campamento en donde acababa de decretarse su sacrificio.

A pesar de la extrema sentencia que pendía sobre su vida, el prisionero no perdió la necesaria serenidad. Permanecía callado, menos por. el espanto que por la fatiga que le ocasionara la larga jornada que le forzara a cumplir Araverá a través de los esteros y de los montés. Oraba en silencio. Y toda su inmensa fe y su fervor de misionero los expresaba con esta sencilla fórmula que, desde la intimidad de su alma, brotaba con mística resignación: ¡Señor, cúmplase tu voluntad!

Yacy (6), la esposa de Araverá, lo observaba a distancia. Vió al prisionero en momentos en que éste se puso a acariciar, con ternura, a una criatura, hija de ella. Y aquel simple y espontáneo rasgo la conmovió profundamente.

-¿Con que ese hombre - pensó - manifiesta tener buenos sentimientos?

Y se acercó al chico para averiguar con él qué le había estado diciendo el prisionero.

Grande fué la sorpresa de Yacy cuando el padre Antonio, por primera vez, rompiendo su silencio, le dirigió la palabra. Y fué para decirle con un guaraní pronunciado con precisión:

-Yo no soy enemigo de Araverá ni de su tribu. Yo y mi gente somos hermanos vuestros, venidos de lejos, e hijos del mismo Tupá. No somos ni brujos ni guerreros. No venimos del cielo sino de la tierra. Porque la tierra es grande y en todas partes hay hombres como nosotros. Hasta hoy vosotros vivís en luchas constantes contra otras tribus. Y sois los más valientes de la tierra. Yo no os traigo la guerra, sino la paz. Soy portador de un mensaje de Tupá. El no quiere ya que se siga derramando sangre sobre la tierra. Podéis matarme si queréis. Yo os quiero lo mismo. Después de mi muerte rogaré por vosotros ante Tupá para que os améis los unos a los otros. Porque debéis saber que tenemos un alma que, después de la muerte, va a unirse con Tupá en el cielo, en ese lugar que vosotros llamáis Ibaga(7), y que es como un bello país en donde todo es alegría y felicidad. Podéis matarme si queréis, aunque mi muerte no os sirva para aumentar la fama de vuestro valor...

¿Quién era ese hombre que hablaba de tan extraña manera? No era un guerrero ni un jefe de tribu. No traía la guerra, sino la paz. No hablaba de venganzas, sino de amor. Y llamaba hermanos aun a los que iban a ser sus verdugos... ¡Ah, qué caos de pensamientos se agolpó, de pronto, en la mente de Yacy, al conjuro de las palabras del prisionero! Una mezcla de temor, de presagios indefinidos, de augurios vagos pero alucinantes hacíanle palpitar el corazón. Y sin decir palabra Yacy se alejó, e invocando a Araverá, irrumpió en el ruedo de la danza qué, en cumplimiento del rito que precede al sacrificio, ejecutaban los guerreros de Ybytú ryacuá. Y ante el asombro de todos, Yacy comenzó a decir, con voz tierna y conmovedora:

-¡Cese tu furor, Araverá, y cese, también, el vuestro, oh valientes de Ybytú ryacuá! Sabéis que nunca me he opuesto a vuestra decisión, ni contribuído a debilitar vuestro valor. Soy esposa de Araverá y, hasta hoy, le soy fiel. Madre de su hijo soy, y servidora de todos sus deseos. Yo le traigo agua de la fuente, leña del monte, preparo la comida de su agrado y cuido por que nunca se apague el fuego. El traje que viste fué tejido por mis manos. Una gracia, pues, he de pedirle a él y a todos vosotros. El prisionero a quien vais a sacrificar no nos trae la guerra, sino la paz. No es un guerrero, sino un enviado de Tupá. Dejémosle volver hacia los suyos y evitemos que su sangre nos traiga la maldición y el castigo de Tupá...

La danza había cesado. Todos los hombres quedaron en silencio y como aplastados bajo el peso de una turbación extraña. El rostro grave de Araverá adquirió, de súbito, una expresión de fiereza. Pero Yacy, conocedora como era de sus flaquezas íntimas, se acercó a acariciar con sus manos pequeñas los hombros del bravo cacique. Y sin que ni una sonrisa siquiera se dibujara en los labios de los guerreros, todos, a una, ante una insinuación hecha por Araverá con la mirada, accedieron, en silencio, a los ruegos de Yacy.

De esa manera fué como el padre Antonio se salvó de ser sacrificado. Pero, ¿le bastaba a él con poner a salvo su vida y volver hacia las reducciones? Cúmplase tu voluntad, Señor, había dicho él desde su intimidad, minutos antes. ¿Y no estaría cumpliéndose aquella voluntad? No sería un medio excogitado por su Dios el hecho de que él cayera prisionero en poder del más alzado y fiero de los caciques para poder, de ese modo, intentar de cerca la conversión de éste y la de su tribu a la fe cristiana? Todo esto pensó el misionero y siguió orando cada vez con mayor fervor.

Cuando Yacy se le acercó de nuevo para anunciarle que podía volver hacia los suyos, él se atrevió a insinuar un ruego:

-¡Oh, Yacy - le dijo, - bondadosa mujer, esposa de Araverá! La nobleza de tus sentimientos pudo más que la furia de los valientes guerreros de Ybytú ryacuá. La gratitud que te debo no tiene límites. Yo quisiera retribuir este rasgo tuyo con presentes que serán de tu agrado. Tengo telas vistosas para ti y un hermoso caballo para Araverá. Enviemos un chasque hasta el lugar en que acampan los míos para traer esos obsequios. Mientras tanto, yo pido la gracia de quedar a vuestro lado durante una o dos lunas para reponerme de mis fatigas.

Y el chasque fué despachado con un mensaje del padre Antonio. Mientras tanto, protegido por la influencia que la mujer ejercía sobre el cacique y demás guerreros de la tribu, el misionero comenzó a poner en ejecución un hábil plan. Desplegó toda su inteligencia para ganarse, definitivamente, la alianza de Yacy. Y la ganó. El embrujo de sus palabras hizo que, poco a poco, un hilo de luz fuera amaneciendo en la noche del alma de la mujer guaraní. Y en la intimidad del lecho, ella trataba de reflejar los fulgores de esa claridad progresiva en el mundo interior de Araverá, en cuyo ámbito misterioso fermentaba un caos de pensamientos contradictorios, de impulsos atávicos, de imágenes desfiguradas y de pasiones potencialmente tormentosas. Si dependiera de él, el sacrificio se habría consumado. Pero, ¿cómo contradecir a los ruegos de Yacy, la más hermosa y la más fiel de las mujeres que él conociera? No obstante haber cedido a tales ruegos, Araverá se mantenía irreductible a toda insinuación que, indirectamente, le hacía llegar el misionero. Se le proponía nada menos que renunciar a su vida de montaraz y acercarse a vivir al lado de sus demás hermanos de raza, en el poblado de las reducciones. El seguiría siendo cacique al lado de su mujer y de sus guerreros y tendría alimento seguro, vestido, casa y todas las herramientas necesarias para sembrar la tierra y recoger las cosechas.

Ninguna clase de ofrecimiento, sin embargo, lograba arrancar al indio de la firmeza con que se aferraba, con todo su ser, a la tierra de su mundo. En la penumbra de su concepción simple, él veía todo un desmoronamiento del orgullo y de la libertad absoluta de su raza con aceptar la indicación que se le hacía. Y la tranquilidad y el sueño huyeron de él. Lo encadenaba una extraña emoción torturadora. Sentía ahogársele la voz en la garganta. Y en el rostro y en toda la carne le bailoteaban espasmos incontrolados. Pero Yacy, ya completamente sometida a los designios del misionero, insistía, cada vez con mayor derroche de ternura.

En la singular batalla entablada entre Yacy y Araverá se emplearon dos lunas. Durante todo ese tiempo, el cacique permaneció como atado a su hamaca colgada de los horcones de su rústica vivienda. No comía ni bebía ni hablaba. Estaba como alucinado, severamente hermético ante quién sabe qué sucesión vertiginosa de imágenes absurdas. Pero el juego de ternuras a que apelaba Yacy para reducir al cacique, en cuyo callado gesto de piedra parecía materializarse la voluntad milenaria de su raza, ejercía el efecto de un narcótico y, a la vez, de un ariete invisible, tenazmente martillado con la fuerza de una femineidad irresistible. Y, poco a poco, la fortaleza del indio se iba evaporando y desmoronando al mismo tiempo. Interin ocurrió algo inesperado. Los componentes de la tribu Ybytú ryacuá habían resuelto reunirse durante la noche para deliberar. Y, acusado de cobardía, se resolvió destituir del cacicazgo a Araverá y abandonar el campamento, en masa y en silencio. Cuando Araverá dejó su lecho, ya todo estaba consumado.

Grande fué la turbacién del ex cacique cuando se enfrentó a aquel inesperado acontecimiento. Sin hacer ya caso de su mujer, tomó el arco y las flechas y, rastreando huellas, eligió un rumbo y se perdió en la selva.

Pasaron varios días. Araverá volvió una mañana, pálido, triste, desfigurado el rostro. Traía en los ojos la visión de un drama. La búsqueda de su gente le había resultado infructuosa. La tribu de Ybytü ryacuá había desaparecido como tragada por la tierra. Y el ex cacique comprendió perfectamente el significado condenatorio de aquella actitud silenciosa.

El chasque, mientras tanto, estaba de vuelta, con los hermosos presentes. Todos ellos fueron puestos a los pies del impenetrable guerrero en signo de amistad. Y, por primera vez, el padre Antonio tuvo oportunidad de conversar, como un amigo, con Araverá. Sólo entonces fueron adquiriendo significación para éste las palabras y la actitud de su mujer.

Transcurrieron otras dos lunas. Y como si una claridad extraña amaneciera en su alma, Araverá comenzó a concebir, como emergiendo de un parto de sombras, el tenue contorno de un nuevo mundo de bellezas alucinantes. Entonces, sí, su desesperación fué verdaderamente grande. Se vió solo, como ubicado, de pronto, en el vértice de dos mundos. Y sintió el espanto de su soledad. Se buscaba a sí mismo en un vano intento de sorprenderse en su realidad originaria. Pero él ya no estaba identificado consigo mismo. Las palabras del misionero operaron el milagro de crear otro ser dentro de él, con un impulso de deseos contradictorios a los de su otro y auténtico yo. Su alma lo empujaba hacia dos rumbos distintos. Ya no podría conformarse con seguir siendo lo que era hasta entonces. Pero intuía que su fidelidad con los nuevos impulsos que pugnaban por empujarlo hacia un nuevo rumbo no le compensarían del sacrificio de una rotura violenta con su pasado. Lo turbaba la angustia de una nostalgia indefinida y tremenda. No pudo soportarla por más tiempo. Y, de nuevo, se lanzó hacia la selva. Pero esta vez era con el intento desesperado de obtener una triple conciliación entre sus dos mundos y el de sus hermanos de raza.

 

 

NOTAS

((1) Perfume del viento.

(2)Fulgor del cielo

(3)Nombre de ave.

(4)En la mitología guarani, Tupá es el Dios invocable, hijo de Poromoñangá, el gran creador y hermano de Karaíve, el padre de todos los guaranies.

(5)Ojos de cielo.

(6)Luna.

(7)Paraíso, concebido como un lugar lleno de árboles frutales.

 

 

XV

DOLOR DE INDIO

 

DEJA a esa criatura, Silvano! - gritó, autoritario, don Moisés, saliendo de su pieza de lectura por cuyo amplio ventanal, con marco de urundey, se filtraba una fracción luminosa del panorama ribereño.

Silvano, el indio de servicio, obedeció la orden. Quedó contemplando a la criatura que se deshacía en lágrimas. Y reía como solazándose en el dolor del chico.

-¿Qué le estabas haciendo? - interrogó, como malhumorado, don Moisés.

-Nada. Es un llorón.

El chico se echó al suelo. Y comenzó a retorcerse de un lado y otro. Estaba como poseído de epilepsia. Tenía el rostro desfigurado. Y en la expresión, casi de espanto, de sus ojos humedecidos por el llanto, se reflejaba la intensidad del dolor que le torturaba.

-¿Qué le has hecho? - volvió a preguntar don Moisés, esta vez ya inquieto ante la desesperación del pequeñuelo.

Silvano cesó de reír. Y se retiró hacia un galpón próximo. Sólo se limitó a repetir, antes de abandonar el sitio:

-No fué nada ... Es un llorón.

La vieja Cecilia intercedió entonces. Salió de la cocina desde donde había observado toda la escena. Y explicó el caso a don Moisés.

-No sin razón llora el chico, patrón. Que el indio ese, Silvano, tiene cada ocurrencia... -¿Qué es lo que ha hecho? - insistió, enérgico, don Moisés.

-Pues que le prendió al muslo del chico una hormiga guaicurú para que le mordiera.

Don Moisés comprendió de inmediato toda la gravedad del caso. Tenía conocimiento, a través de sus lecturas, de la tal clase de hormigas. Ya en las crónicas de los primeros exploradores que, durante el siglo XVI, habían visitado a América, había leído algo al respecto. Aún no había conseguido tener a mano un ejemplar de esa hormiga. Pero, por datos recogidos sobre el particular, sabía  que se la encontraba en ciertos lugares de la selva del Alto Paraná.

Era, en efecto, esa hormiga, gigante entre las similares de su género, el medio de tortura voluntaria de que se valían los indios guaraníes para fortalecer su resistencia a toda clase de dolores físicos. Para adquirir la calidad de guerreros, los indios debían someterse a la prueba de la picadura de ese animal. El dolor así producido era de una intensidad tal, que, no desahogado en llanto, equivalía a una demostración acabada de dominio del individuo sobre sí mismo. La curiosidad de ver el animal llevó a don Moisés a que se despreocupara del llanto de la criatura. Sólo se limitó a decir:

-Sí; pero este chico no es indio puro. No puede tolerar semejante prueba. Llévatelo, Cecilia, hacia el galpón, y hazle algunas fricciones de alcohol sobre la parte de la mordedura.

Al enterarse de la orden de don Moisés, el chico, un varoncito de diez años, hijo de un mensú enganchado, muerto, hacía poco tiempo, en uno de los trabajados próximos, y de una india guaraní, se incorporó, y enfrentándose a don Moisés, exclamó, bañado aún en lágrimas:

-¡No me cure, patrón... ! ¡Yo quiero que me haga morder otra vez por la hormiga! Le juro a usted por esta cruz que no voy a llorar más. ¡Yo quiero ser hombre como Silvano. . . !

Aquel día don Moisés - así le llamaban todos los vecinos de los alrededores de su vivienda - se sentó a escribir sobre la referida anécdota. A través de ella pretendía ver la herencia atávica y subconsciente de la cualidad de una raza autéctona en trance de su total desaparición del escenario de América.

-El niño no toleraba la prueba porque no era indio puro - se decía él a sí mismo. - Pero, por otra parte, el complejo atávico de su indianismo, heredado de la madre, hizo que se avergonzara de su propio llanto. Por eso pidió ser sometido a una segunda prueba.

-¡Qué de revelaciones misteriosas permanecen encerradas dentro del claustro enmarañado de esta inmensa selva! - pensó don Moisés cuando hubo terminado de escribir el relato en cuestión. Y, como nunca, decidió afianzarse allí, en ese límite ribereño de los vastos latifundios yerbateros, de espaldas al silencio desconcertante y místico a la vez de la selva del Alto Paraná. Pensó que valía la pena proseguir sin desmayos sus investigaciones científicas. A eso, precisamente, había venido de Suiza, hacía ya varios años. Lo había empujado un afán de conocimientos.

Era don Moisés un aventurero y un etnógrafo de primera talla. Y casi un místico. Desentrañar el sentido de la vida del hombre, el problema del Origen de las especies, definir el misterio de la Atlántida desaparecida, buceando, rastreando para el efecto en el fondo secreto de las lenguas primitivas, buscando sus afinidades íntimas, para construir una concepción filosófica que aliviara a la humanidad de esta pesadilla de vivir una vida sin comprenderla ni explicarla, constituía para él su más grande obsesión de sabio y de humanista.

De entre el fárrago de sus lecturas de las crónicas escritas por los primeros exploradores de América, don Moisés recordaba un hecho curioso, cuya comprobación personal, entre otras cosas, le interesaba sobremanera. Se refería, precisamente, a esa cualidad extraordinaria que cierto explorador antiguo atribuía a los indios guaraníes, consistente en el hecho de que dichos indios, mediante ciertas ejercitaciones adecuadas, llegaban a alcanzar un dominio absoluto sobre sus más agudos dolores físicos y morales. Ni quejas ni lágrimas cuando eran atacados por un dolor cualquiera. Todo dolor era objeto de un pudoroso ocultamiento. ¿No era, por consiguiente, un síntoma de herencia de aquella virtud la exclamación que había estallado en boca de aquel niño?

–“!Patrón, yo quiero que me haga morder otra vez!”

Y si eso fuera así, ¿de dónde provenía semejante cualidad? ¿Qué secreta cultura la abonaba? ¿A qué concepción del mundo obedecía? ... Dominar, ocultar los dolores físicos y morales en un mundo en que, generalmente, se exhibe el dolor como razón suprema de mendicación de piedad y de misericordia. Acallar el dolor, que es punto de apoyo de doctrinas que tienden a acomodar, a acondicionar las instituciones humanas en forma que haga posible la suplantación de ese dolor por una vida de alegría y de felicidad. Dominar el dolor en un mundo en que él es la dinámica de las luchas y de los enconos sociales. Aprisionar, como en un puño, la angustia que tortura la carne o el espíritu. Mantener ante ella el rostro impasible; no desfigurarse en un gesto ditirámbico en este mundo donde los hombres no han aprendido todavía a desprenderse, sin lamentaciones, de los que han cumplido su destino en la vida, y se van hacia el gran misterio, hacia el más allá inescrutable, para dejar sitio a quienes amanecen a la existencia en este hondo proceso, sin solución de continuidad, de la vida y de la muerte.

¡A qué profundas meditaciones se entregó don Moisés en consecuencia de aquel hecho aparentemente simple de la mordedura del chico por la hormiga, guaicurú! Mas, ¿cómo - pensó - tendría Silvano conocimiento de aquel procedimiento de tortura? Es cierto que él también era un indio, un indio incorporado a su servicio desde hacía varios meses, pero que, desde muy pequeño, había vivido desvinculado de su tribu, habiendo crecido en el trabajo de los yerbales. Fué precisamente de allí, de uno de los trabajados próximos, de donde él lo había traído consigo a Silvano. Pero, a decir verdad, nunca se le había ocurrido a don Moisés preguntarle, a ese su servidor, nada acerca de su vida.

Asomóse, pues, don Moisés a la puerta de su habitación, y gritó:

-¡Silvano!

-Allá voy, patrón.

Y con su habitual andar tímido, y como indeciso, el indio Silvano acudió al llamado.

-Dime, Silvano: ¿tú no tienes ya padre?

-NO.

-¿Y madre? -Tampoco.

-¿Eres huérfano desde mucho tiempo atrás?

-Desde pequeño.

-¿De qué murió tu padre?

-De una puñalada en el trabajado de don Vicente.

-¿Y tu madre?

-De hambre. -¿Cómo? ...

-Sí; de hambre.

Y el indio Silvano inició entonces un largo relato. Refirió a don Moisés la anécdota de una tragedia obscura de la que él había sido testigo y víctima moral. Su madre - de esto hacía muchos años - se hallaba amamantando a sus hijos mellizos. Al mismo tiempo estaba próxima a dar a luz a otra criatura. Este estado la debilitaba sobremanera. Silvano era el mayor de sus hermanitos. En aquella fecha tendría de diez a doce años de edad. Toda la familia encontrábase en pleno éxodo a través de una selva hostil y enmarañada. Esta fuga obedecía al hecho de haber sido atacada la tribu a la cual pertenecía la familia de Silvano por una partida de indios antropófagos, los Mberivé-guasú. La huída la hacían con la mayor cautela, andando por los lugares más cerrados para el tránsito. Padecieron de todo: sed, cansancio, hambre. El sitio era inhóspito. La madre, excesivamente debilitada, no pudo más. Cayó al suelo con la carga de sus hijos. Y tras breves espasmos murió. Los pequeñuelos se prendieron a los senos del cadáver, pretendiendo, en la desesperación de su hambre, exprimirle el último resto de substancia. Ni frutas que recoger ni aves que cazar. Un chico, el más débil, comenzó a llorar. Su grito angustiado podía denunciarlos a sus perseguidores. ¿Qué hacer en semejante trance? Saliendo a tiempo de la zona peligrosa de la selva había posibilidad de salvar al otro pequeñuelo. Continuar todos juntos el viaje era imposible. No había medio de hacer callar al chico que lloraba.

-Entonces, mi padre - continuó diciendo Silvano - resolvió desprenderse de mi hermanito. Y como si se tratara del recuerdo de una grata aventura, reía a la par de su relato.

-Este hombre es un verdadero salvaje, sin sensibilidad alguna - pensó don Moisés. Y comenzó a sentir cierta repugnancia hacia Silvano.

Y el indio continuó hablando. Refirió con exuberancia de detalles la forma trágica en que el padre había consumado la dolorosa pero implacable resolución. La misma selva habría temblado de pavor. Pero Silvano reía. Y al llegar al punto más culminante de su relato, ya su risa se trocó en una desenfrenada carcajada. Reía con un extraño movimiento convulsivo. Sacudíasele todo el cuerpo como si víboras invisibles se retorcieran espantadas dentro de él.

Don Moisés quedó mirando, como desconcertado, a ese hombre. Y clavó penetrante sus ojos en los de él.

Una mutación extraña, violenta, repentina, trágica, se operó en toda la expresión de Silvano. Ya no reía, sino que gritaba, frenético, desesperado. Y echó a correr como un loco alrededor de la casa. Don Moisés, tras una vacilación momentánea, siguió apresuradamente al indio, llamándole, con voz enérgica, tres y cuatro veces. Y, al instante de darle alcance, Silvano, como una res que se desploma ante el ímpetu de una hábil coleada, se arrojó de bruces al suelo. Y allí se puso a arañar la tierra, a sacudir desesperadamente el cuerpo, las piernas, la cabeza, los brazos, estallando en una lamentación dolorida y salvaje. Y un pedazo de tierra se empapó con sus lágrimas.

Aquella noche don Moisés se sentó a escribir un largo capítulo bajo el influjo de una emoción violenta. Y en su relato de esta anécdota humanizó la figura del indio. Del indio Silvano, y la de todos sus hermanos de sangre, cuyos últimos representantes, sitiados allí, en el seno inmisericorde de la selva, parecieran tener por misión postrera la de sepultar con dignidad en la historia de América la memoria de una raza que no quiso llorar ni ante el dolor ni ante el misterio del mundo y de la vida.

 

 

XVI

¡FÁBRICAS!

 

-¡Patrón, patrón, le llevo la valija!

-¡Yo, patrón! ¡Oiga!

-Ese es muy débil, señor, se la llevo yo...

Y un racimo de manos sucias y flacas de una docena de famélicas criaturas se extiende, suplicante, hacia los pasajeros.

Como de costumbre, la lancha “Zelmira” acaba de atracar en el extremo de esta rústica planchada de seis metros de largo. Viene procedente del puerto de la capital. Son las cinco de la tarde.

Con excepción de los domingos, la minúscula embarcación cumple todos los días el mismo itinerario. En total, su recorrido es de catorce leguas. Lo realiza en ocho horas. Sale de este embarcadero con los últimos cantos de gallo. Vuelve, como ahora, cuando los patos silvestres, sobre un trazo teórico de anguila, cruzan en bandadas sobre el río, a mil metros de altura, retornando hacia sus dormideros del oeste.

Unos cuantos tablones apoyados sobre cuatro caballetes de palmeras constituyen todo el muelle. Desde su extremo anterior se desciende a tierra mediante una sola pieza de tabla de dos pulgadas de grosor.

El marinero de servicio está apostado allí arriba con un látigo trenzado en la mano. Es joven y lampiño, pero tiene toda la grave prestancia de un representante de la ley. No ríe ni conversa con nadie. Antes de que llegue la lancha, siempre se le ve jovial y chancero con los demás. Pero, en cuanto la embarcación atraca al muelle, su humanidad se transfigura en una catapulta que arroja por la boca interjecciones groseras y agresivas. Para eso se siente investido de suficiente autoridad. De otra manera no podría cumplir su misión. El está allí para impedir que los pequeños changadores suban al muelle. Si éstos insisten, no hay más remedio que el de castigarlos. Así, de cuando en cuando, se escucha el silbido tajante de su látigo cuyo extremo de cuero sobado estalla, como una espoleta, sobre las espaldas desnudas y sucias de los pequeñuelos.

Algunas de esas víctimas se retiran entonces  unos metros a llorar apenas breves instantes. Luego vuelven a la carga, a insistir de nuevo:

-¡Patrón!, ¡patrón!, voy a llevarle la valija...

Y en el agua de sus pupilas se diseña el esquema de su angustioso ruego.

Otros, en el afán de asegurarse la changa, se alzan el pantalón hasta las ingles y, bordeando el muelle, se adelantan hacia la lancha.

-¡Oiga, patrón! ...

Los pequeños mozos de cordel arrojan su ansiedad, de preferencia, sobre uno de los pasajeros. Tiene éste pinta de hombre adinerado. Es un gringo. Un forastero. Personas como ésta - piensan ellos - suelen ser más generosas e ingenuas que las demás. ¡A lo mejor da diez pesos de propina por la changa! ¡Si. lo tendrán experimentado! ¿Cuántas veces se han reído a solas de la inocencia de algunos turistas extranjeros? Siempre. Todas las veces que el barco de la carrera Asunción-Buenos Aires hace su breve escala en este puerto. Una jaula con una yunta de loros, un casal de albinos, un par de cardenales o un mazo de hojas de ambay suelen venderles por cincuenta centavos argentinos. ¡Qué tontos son esos gringos! ¡No saben que por ese dinero don Elías, el turco que vive cerca del mercado, les dará después cuarenta pesos paraguayos!...

El desconocido pasajero no se inmuta ante la clamorosa demanda de los chicos. Contempla, desde la cabecera del muelle, uno y otro lado de la costa. Los demás, mientras tanto, sin apresuramiento, pero en obligada fila, van ganando tierra. Cuando éstos terminan de descender, aquél, que es un hombre alto, rubio y grueso, conversa unas palabras con el lanchero y en seguida se dispone a bajar. El marinero de guardia lo observa como si quisiera adivinar sus deseos y servirle si fuere menester. Y, en efecto, a una señal del patrón de la nave, llama, en tono autoritario, a uno de los changadores - al más grande - y le ordena que pida al caraí (señor) llevarle sus equipajes.

Repentinamente cesan todas las voces de demanda. Los niños se retiran del extremo de la planchada y abren paso en silencio. Miran con ojos de bestias cansadas al gringo que, por fin, baja a tierra. Este, de paso, deja unas monedas en manos del marinero que sonríe agradecido. El muchacho elegido para la changa alza trabajosamente al hombro la valija. Ya en marcha hacia el hotel vuelve la vista hacia sus camaradas que, con envidia, le siguen mirando desde la costa. Les hace un guiño entre burlón y picaresco. Y toma camino adelante.

Nada importa que en el pueblo no haya diarios. Esta gente de mercado es el mejor vehículo de divulgación de todas las novedades. Su radio de acción abarca más de cinco leguas a la redonda. Porque aquí, bajo este galpón con techo de cinc, pomposamente llamado “Mercado de Abasto”, se opera, sin intromisión de agencias, un intercambio permanente de noticias traídas y llevadas por los carreteros, las burreras, las achureras, los carniceros.

La comidilla de ayer versó, principalmente, sobre la fuga de Pastora, la hija de don Serapio, que es agente de la barraca de Staud y miembro de la junta municipal del pueblo. Taní, que tiene la ingrata tarea de cobrar el impuesto de peaje, siempre busca alguna noticia fresca con que entretener a sus víctimas antes de pasarle la boletita del talonario de recibos. De lo contrario - probado lo tiene - él, que nada tiene que ver con los manejos de la junta, se ve forzado a escuchar, por cada impuesto que cobra, una retahila de insultos. Sí, porque los campesinos saben que ese dinero es para el arreglo y conservación de los caminos. Y éstos cada vez se van volviendo más intransitables.

Y fué Taní quien refirió a Ña Estéfana, que se vino con una carreta llena de sandías, el caso de Pastora. La muchacha se había mandado mudar con el sinvergüenza de Celestino, un hombre que se pasa la vida de serenata en serenata. ¡Sólo Dios sabe de dónde podrá sacar dinero para mantenerla! A lo mejor la abandonará antes de una semana, como lo acostumbra. Porque ésta ya es la cuarta o quinta mujer a quien logró de nuevo engañar en esa forma.

-No hay deuda que no se pague - sentenció don Leandro, el carnicero, cuando a su vez ña Estéfana le repitió lo de la fuga. Y agregó:

-Ya ve usted; por cada cuero que nos compra roba uno o dos kilos en el peso. ¡Como si la plata fuera para él!

En general, los comentarios de ayer versaron sobre lo mismo. Ahora se habla de una noticia alentadora. En rueda de comadres, la mamá de Juanchí, que es vendedora de achuras, ha contado, ya hace rato, que un gringo venido ayer con la lancha le había dado a su hijo veinte pesos por llevarle la valija hasta el hotel.

-Dice que ese señor piensa instalar aquí una desmotadora de algodón y una fábrica de aceite. Juanchí lo ha escuchado hablar de esto con el intendente municipal, el juez de paz, el pa-í(1) González y otras personas.

-¡Con razón que don Benito (éste es el hotelero, un italiano con cerca de diez años de residencia en el país) vino tempranito a comprar una yunta de pollos, lechugas, tomates y...!

-Ya ve usted, señora mía, cómo Dios no se olvida de nosotros.

-Así es, ña Ramona. Feliz de usted que tiene un marido tan trabajador. ¿Cuántas hectáreas de algodón sembró este año?

-¡Jesús, apenas tres!

-¡Cómo!

-Por falta de tierra. Todos los pobladores fuimos desalojados de los lotes en que veníamos trabajando desde tiempo inmemorial. Nosotros creíamos que esas tierras eran fiscales. Pero, hace poco, un señor de Asunción nos armó un pleito ...

-¿Y no tuvieron algún abogado que les defendiera?

-Sí, pero él nos dijo que el juez se vendió a la otra parte. La verdad es que ahora no tenemos más que una yunta de bueyes. La otra tuvimos que venderla para poder pagar al abogado. Porque el dinero de la venta del algodón no alcanzó para lo que pedía.

-¿Y ahora, a dónde fueron a sembrar?

-A “Potrerito”, en la tierra de don Jacinto. El nos cobra el treinta por ciento de la producción por el arrendamiento. ¡Qué le vamos a hacer! En algún sitio tenemos que arrojar la semilla si es que no queremos morir de hambre.

-Tiene razón, ña Ramona. Menos mal que si ahora se instala aquí una fábrica el algodón subirá de precio.

-¡Dios lo quiera! ... Porque el año pasado hemos salido quemados. Y todo por querer ganar unos centavos de más. Durante dos meses íbamos entregando al acopiador todo cuanto cosechábamos. De esa manera llegamos a acumular, en depósito, quinientas arrobas. Pero cuando a fines de mayo nos presentamos para la liquidación, se nos dijo que hacía veinticuatro horas que el algodón había bajado de precio, a razón de treinta pesos por arroba.

-¡Mala suerte!

Tal es el tema placero de hoy. Las mujeres conversan con animación. Están sentadas en cuclillas cerca de sus mercancías. Los clientes se les aproximan, observan los productos, discuten precios. Hay amontonados, en el suelo, mandiocas, maíz en espigas, zapallos, guayabas y otras frutas silvestres y del agro. Las vendedoras están poseídas de una inquietud de optimismo. El anuncio de la fábrica les hace entrever halagüeñas perspectivas de futuros. ¡Oh, cómo están impacientes por llevar la noticia a sus respectivos hogares distantes tres, cuatro y cinco leguas de aquí! De allí vinieron por la madrugada, y no podrán volver sino cerca del mediodía. Ese trayecto diariamente recorrido es toda una historia. Una historia de dolor y de amor. Una historia de esperanzas y de derrotas, de sueños y de fatigas.

Andando por esos caminos viven, crecen y envejecen todas las generaciones campesinas. La vida les señaló un rumbo común, un itinerario sin paisajes. Allá, bajo el rancho de madera y de paja, clavado en la orilla de los maizales, está la abuela, ya centenaria, rugosa y enclenque, diciendo sus últimas oraciones frente al nicho poblado de imágenes de santos deformes y pintarrajeados. Más de medio siglo tocóle a ella acarrear por estos senderos los productos de la sementera. Por allí concibió una hija cuyo nacimiento interrumpióle apenas ocho días de viajes. Esta, que creció en sus faldas, sobre el borrico que le sirve de montado, hoy, a su vez, es madre de esa otra que allí, con la cabeza cubierta de granos, de roñas y de caspa, con medio cuerpo desnudo, juega, entre el montón de mandiocas, con el pucho que abandonó la madre sobre el piso.

Ya todo el pueblo está enterado de que aquí se piensa instalar una fábrica para desmotar algodón. También de que, más tarde, la misma compañía interesada pondría otra para producir aceite y una tercera para hacer tejidos.

La población no oculta su júbilo ante el anuncio de tales noticias. A su juicio, se aproximan los días de bonanzas. Habrá trabajo para todos. El comercio adquirirá un desarrollo insospechable. Los agricultores tendrán asegurada la buena venta de sus cosechas. Correrá el dinero a raudales. Todo esto provocará un empuje, una aceleración de progreso. Caminos, escuelas, chimeneas, máquinas. ¡Ahora sí que el país entrará de lleno en las rutas de su grandeza! ¡Fábricas! ¡Fábricas! ...

El señor Taylor se manifiesta encantado del recibimiento cordial de que es objeto. Ayer asistió a una sesión de la junta municipal del pueblo. La reunión fué convocada, expresamente, para recibirlo. La presentación del caso estuvo a cargo del intendente. Con voz temblorosa y entonada, leyó éste su discurso escrito en el dorso de unos viejos formularios de permiso para faenamiento. Y explicó a la asamblea cuáles eran los propósitos que traían al señor Taylor.

A continuación habló el agasajado. Resuelto y seguro de sí mismo, sus primeras palabras vibraron con firmeza en el silencio que sucedió al eco  de los aplausos con que se le saludó cuando se dispuso a hablar.

El señor Taylor agradeció previamente los conceptos honrosos que el intendente dedicó a su persona. Manifestó su satisfacción por la hospitalidad que, desde su llegada al país, le habían acordado todas las autoridades. Habló de la tradicional amistad que une a su país con el Paraguay. Y recalcó la vieja admiración y simpatía que le ligaban a esta tierra.

-El Paraguay - dijo - es inmensamente rico en historias y en hazañas guerreras maravillosas. Pero le falta dinero, le falta capital para poder movilizar todas sus fuentes de riqueza. El capital le traerá el progreso, el bienestar, la civilización. El capital hará que esta tierra de belleza incomparable sea surcada de ferrocarriles, sembrada de caminos modernos, de escuelas, de colegios, de universidades, de fábricas, de usinas y, en fin, de todo cuanto signifique progreso y poderío. Sólo así se pondrá a tono con su historia y con su destino - terminó afirmando proféticamente.

Mientras el señor Taylor hablaba, cada uno dé los miembros de la junta iba asociando ideas. Uno de ellos, que es panadero, reflexionaba:

-Si se instala aquí una fábrica, yo podré mejorar mis negocios. El mantenimiento de mi familia, una esposa y siete hijos - requiere muchos gastos. Hasta hoy vivimos al día. Elaboro pan y galletas apenas de tres a cuatro bolsas de harina por semana. El pueblo consume poco. El dinero escasea. Doy créditos y abundan los clavos. Tengo dos repartidores a mula que diariamente salen a cazar clientes por las poblaciones dispersas de la campaña. La gente prefiere comer mandioca. Las bolsas de harina hago traer de Asunción en carretas. En cada uno de estos viajes se emplean dos días. Los caminos son malos. Cuando llueve, el tránsito se hace casi imposible. Muchas veces, cuando necesito harina no la tengo. Me falta capital para tener en reserva una provisión de ella. Y, además, su transporte me resulta muy caro.

Por otra parte, el malacate de mi establecimiento está casi inservible. El horno amenaza venirse abajo. Y para reparar estas cosas necesito dinero.

Pero, si se instala aquí esta fábrica de que habla el señor Taylor, habrá ocupación para quinientos, ochocientos o mil obreros. Los agricultores, a su vez, redoblarán su trabajo. La cosecha será abundante y podrá ser vendida a buen precio. Todos tendrán dinero. De esta manera, yo podré fabricar y vender mucho pan y galleta. Y, al fin, también podré hacerme de fortuna... ¡Sí, tengo que ayudar en todo cuanto pueda al señor Taylor para que se levante esa fábrica!

Antes de que el señor Taylor concluyera su discurso ya contaba con una adhesión incondicional. El otro miembro de la junta, que es el agente de la barraca de Staud, también hizo sus reflexiones. Tiene éste asignada una comisión sobre el porcentaje de cueros que recibe.

-Es lógico - pensó - que habiendo aquí una fábrica se consumirá más carne. Al fin podré salir de esta miserable situación.

El tercer miembro no fué menos calculador que los demás. Es éste un ciudadano árabe. No ha explicado a nadie las razones del caso, pero él no quiere que se le llame turco, sino árabe. Hace más de diez años que está radicado en el país. Llegó pobre y solo. Durante mucho tiempo vivió comiendo maní tostado y cebolla. Entonces anduvo por otras poblaciones del interior y no tenía amigos. Ahora es dueño de la casa de comercio más grande de este pueblo. Aunque es un admirador del encanto de las muchachas pueblerinas, acaba de concertar por correspondencia su compromiso matrimonial con una compatriota suya. La conoce a ésta por fotografía. ¡Quién sabe lo que él habría dicho a su prometida sobre su carácter de autoridad comunal de un país extraño! Porque verdad es que él mismo no ha logrado entender hasta hoy las razones del caso.

Y mientras el señor Taylor seguía perorando, el árabe iba calculando mentalmente la cantidad de géneros que podría consumir anualmente un término medio de quinientos obreros. El ya tiene su fortuna hecha. Pero...¿a qué entonces se vino a América?

Las reflexiones del otro, que es almacenero, no anduvo por caminos distintos. Y así la mayoría. Sólo uno de ellos, Juan Robledo, iba midiendo y pensando las palabras del señor Taylor. Lo miraba a éste fijamente, como si quisiera hurgar en el fondo secreto de sus pensamientos, más allá de la cortina tornasolada de su retórica.

Juan Robledo no es oriundo de este pueblo. Hace poco más de un año que se ha avecindado en este lugar. Vive hacia las orillas, por allí por donde el caserío está formado por pequeñas covachas de madera, de barro y de paja, con remiendos de cinc o de latas de querosén. Contaba con algunos ahorros de dinero con los cuales adquirió en ese sitio unas hectáreas de terreno que permanecía inculto desde la formación de nuestro globo. Pero él, en poco tiempo, trabajando conjuntamente con su mujer y ayudado de otro muchacho que había venido a ofrecerle sus servicios, hizo que ese terreno se desperezara de su largo tedio para florecer en una exuberante y lozana promesa de frutos y de granos.

Juan Robledo tiene dos hijos, uno de doce años y otro de ocho. El mayor es varón y se llama Eugenio. La otra es Susana. Su prematuro matrimonio y otras circunstancias que le fueron adversas en su vida le impidieron continuar su carrera universitaria que había llegado a iniciar con muy buenas posibilidades de éxito. En la Escuela Normal de la capital adquirió el título de profesor Normal, pero nunca ejerció oficialmente cátedra alguna. Consideraba como un verdadero atentado a la independencia del espíritu y como una traición a la niñez someterse, en pago de unos pocos pesos, a los programas oficiales de enseñanza. A su juicio no se enseñaba al niño lo que se debía sino lo que convenía al mantenimiento de un régimen social basado en la injusticia. Por eso nunca solicitó que le dieran una cátedra. Nadie tampoco se la ofreció. Y esto, porque para el punto de vista de las personas que podrían habérselo hecho, Robledo era un individuo peligroso para la mansedumbre de las aulas.

Después de mucho rodar y emprender diversas actividades, siempre con el solo propósito de tener lo indispensable como para ir sorteando las necesidades de la vida, Juan Robledo vino a radicarse en esta población. Piensa ahora vivir aquí el resto de su vida. Comienza a preocuparle el porvenir de sus hijos. Por ellos y para ellos es que ha adquirido la pequeña finca trabajándola con renovados bríos.

Para saciar la sed de su espíritu ha fundado en su propia casa una escuela para los niños pobres de la vecindad. Gratuitamente les enseña a leer y a escribir, aparte de algunos otros conocimientos primarios. Su esposa, que también le secunda en esta tarea, ha tomado especialmente a su cargo el cuidado de la higiene de los niños. En menos de tres meses, aquellas criaturas aprendieron a lavarse la cara y la boca y a tener más cuidado por el aseo de su ropa. Lo que todavía no ha conseguido es sacarles el hábito de sentarse durante horas enteras, antes y después de los crepúsculos, ante el rescoldo de las cocinas.

Las madres de esos alrededores no ocultan su alegría al comprobar el paulatino despertar de sus hijos. Sienten hacia Robledo una verdadera devoción. Así se explica que éste vaya haciéndose compadre de ellas por cada chico que nace.

Juan Robledo nunca se niega a estos pedidos. Para ellas, la adquisición de semejante compadre es una honra inmensa. Para él, es una satisfacción  infinita. Porque con ello se sabe asistido por el afecto sencillo y hondo de esa gente humilde. Robledo, por otra parte, llegó a hacerse amigo de los hombres espectables del pueblo. Para todos los asuntos que demanden conocimientos legales, él es el hombre de consulta. Siempre tiene una explicación o una indicación a labios para los que llegan hasta él. Pero esa amistad le llevó a un extremo inesperado aun para él mismo. Casi obligado le llevaron, como miembro, a la junta municipal. Los votos para él fueron fáciles de conseguir. Ni una vaquillona de más le costó esa adquisición que prestigiaría la labor de los hombres de su partido, a don Cancio Flores, el caudillo del pueblo y cinco leguas a la redonda.

Mientras Robledo seguía rastreando las intenciones del señor Taylor, éste seguía hablando en forma cada vez más concreta. Por su ofensiva oratoria se notaba que venía bien pertrechado como para imponer su voluntad en esa primera batalla. Cuando el señor Taylor lo creyó oportuno, dijo a la asamblea:

-Tenemos la mejor voluntad de ayudar al progreso de este país. No hemos decidido aún dónde instalaremos nuestras fábricas. Ustedes comprenden que previamente hay muchos factores que considerar. Quizás nos decidamos por este pueblo. Ya con el señor intendente hemos estado mirando algunos sitios para posibles instalaciones. Frente al puerto hay una plaza de dos manzanas que acaso nos convenga, aunque parece ser menos apropiada que otra que he visto en el puerto de Humaitá. Tendré que volver a ver la de este punto. En fin, hay que hacer cálculos... Todo depende, por otra parte, del grado de colaboración que ustedes nos presten para nuestros propósitos.

-¿No cree usted, señor Taylor, que nuestra plazoleta del puerto sea mejor que la de Humaitá? - interrumpió uno de los munícipes que ya estaba impaciente por hablar.

-¡Mucho mejor! - aseveraron otros, en coro. Juan Robledo lanzó una mirada como de reproche sobre sus compañeros. Pero continuó callado.

-No tengo hecha una opinión definitiva sobre el particular - dijo el señor Taylor.

- He observado, sin embargo - agregó, - que la plaza de ustedes tiene un gran desnivel hacia el río. Para corregir esto hay que trabajar mucho y gastar otro tanto. Y, hoy por hoy, los mercados internacionales están muy mal. Tenemos que reducir en lo posible nuestros gastos de instalación. La competencia industrial es desastrosa. Los productos están desvalorizados. La crisis económica y financiera presenta caracteres cada vez más graves...

De esta manera el señor Taylor resumió brevemente el panorama de la situación mundial. Nada entendió esa pobre gente, que apenas lee y escribe, a excepción de Juan Robledo, que entendió todo y más de lo que dijo. Posiblemente, el señor Taylor tampoco deseaba ser entendido. La cuestión para él consistía en aplastar, anonadar, sitiar toda posible resistencia al propósito que allí lo tenía. Cuanto más oscuridad echaba sobre el asunto, mejor. Porque él es un hábil cazador de presas en la sombra. Al final de cuentas, los negocios, para él, no son más que una especie de deporte. Un deporte moderno que produce mucho dinero y muchos contusos.

-En resumen, y perdóneme, señor Taylor - interrumpióle Robledo, - lo que usted quiere es que la municipalidad regale el terreno de la plaza a la compañía que usted representa, ¿verdad?

-Desde luego, señor - contestó, sin inmutarse, el interrogado, - si es que resolvemos instalar aquí nuestras fábricas - agregó.

-¡No puede ser! - replicó casi áspero Robledo. - Es necesario que usted nos haga una propuesta razonable. Tenemos que entrar a discutir sobre precios.

-No podemos, señor - afirmó con serena energía el señor Taylor.

Los demás miembros de la junta no ocultaron su disgusto ante la insólita actitud de Robledo. El que es panadero, dijo:

-Me extraña que, siendo tan inteligente, el señor Robledo no entienda las razones expuestas por el señor Taylor. ¿Por qué no hemos de regalarle esa tierra que a nosotros para nada nos sirve? No veo en la oposición más que un afán de entorpecer. Yo le ruego, señor Taylor, que le disculpe...

-¿Disculparme de qué? - averiguó Robledo. -¡De su falta de paraguayismo! - afirmó rotundo otro de los presentes. - Ya sabemos que usted es medio. .. - dijo, y se contuvo apenas, antes de terminar la frase, sin disimular, no obstante, su repentina nerviosidad.

-Señores - dijo Robledo, sin abandonar su tranquila actitud, - no veo qué relación puede existir entre una y otra cosa. No pretendo más que defender los intereses de la comuna, vale decir, del pueblo. Estamos tratando de negocios y. . .

-¡No es cierto! - interrumpió el barraquero. - Aquí nos reunimos para tratar sobre la instalación de una fábrica que traerá el progreso a esta población; más aún, al país.

-Y bien; negocio o fábrica, lo que se busca con ello es dinero. El señor Taylor, o la compañía que él representa, viene a buscar dinero para sumar al que ya tiene. Las palabras de este señor están respaldadas por millones de dólares. Nosotros, que nos estamos ahogando en la miseria, no podemos hacer regalos.

-¿Y para qué nos sirve esa tierra si es que  no tenemos capital que invertir en su aprovechamiento? -interrumpió de nuevo el barraquero.

-La misma pregunta hago yo, pero a la inversa - respondió Robledo. - ¿Para qué sirve el capital sin la tierra en donde los poseedores de él puedan invertirlo, como en este caso, no sólo para su conservación, sino también para su constante acrecentamiento?

-Pero el caso es que el país, el pueblo, nosotros todos, necesitamos dinero.

-Así pienso yo. Y es por eso que comienzo por pedir algo por ese terreno.

El señor Taylor dejaba que la discusión siguiera su curso sin su intervención. Y el barraquero agregó:

-¡Pero el dinero que obtengamos de la venta de esa plaza no va a engordar a la nacion!

-Ni va a enflaquecer a esa compañía sobre cuyo poderío financiero ella misma hace mención.

-Lo que usted pretende - replicó nervioso el contradictor de Robledo - es ahuyentar a esa compañía y obligarla a que se mande mudar con su dinero a otra parte.

—No es fácil que así ocurra - afirmó tranquilo Robledo. Y muy a pesar suyo, dada la terquedad irremediable de sus compañeros, agregó:

-Dentro de la economía mundial, el capital también tiene su ley de gravedad. Hay zonas que le atraen con mayor intensidad que otras. No es posible eludir arbitrariamente el sentido en que esa atracción se ejerce...

Sólo el señor Taylor entendió cabalmente lo que Robledo acababa de decir. Y aunque le disgustaba profundamente la actitud de éste, sintió hacia él una íntima admiración, la que, por otra parte, no modificaría sus planes. Quizá no haya sido más que por la extrañeza que le causaba encontrar en una aldea a un hombre que le discutiera, le entorpeciera y hasta le hablara sobre leyes de economía. ¡Caso único en sus andanzas por Sudamérica!

Pero el barraquero se dispuso a cortar de cuajo el hilo de la lucubración de su colega, y dijo: -¡Eso es librería! ... ¡Nosotros somos hombres de trabajo y no andamos con esas macanas!

La lengua de Robledo ardió como al contacto  de, una astilla de, fuego. Pero logró dominarse para continuar diciendo:

- Ustedes no deben pensar que yo pretendo oponerme a que se instale una fábrica en este pueblo. !Bien venida sea ella! Y con ella, todo el progreso que signifique su instalación. Lo único que deseo es que el país comparta con los capitalistas extranjeros los beneficios de ese progreso. El señor Taylor habló de la competencia industrial que caracteriza a nuestro siglo. Pues bien; es esa misma competencia la que a él le ha obligado a venir aquí con su dinero. Me complazco en, escuchar sus palabras de afecto y de admiración hacía nuestro país. Yo se lo retribuyo con los sentimientos que con igual intensidad me inspiran su patria. Pero, lo repito, ahora estamos hablando de negocios. Y es necesario, por lo tanto, aclarar los intereses que están en juego.

El progreso por el que clamamos no consiste en el mero hecho de instalar aquí una, o cien o mil fábricas. Cuidémonos de aclarar el significado preciso de esa palabra ¡Progreso, bienestar, riquezas!; ¿para quién?, ¿para quiénes? Yo no me envanezco con los edificios ni con las máquinas. Lo que me interesa es la distribución de las riquezas obtenidas mediante el trabajo de las fábricas. Nuestro país seguirá siendo lo que es, a pesar de ellas, sí. Los capitalistas sólo piensan en sus propias economías y ganancias. Un primer síntoma de este peligro es el hecho de que el señor Taylor, cuyas palabras, lo repito, están respaldadas por millones de dólares, venga a pedir que esta menesterosa municipalidad le regale dos hectáreas de tierra Yo no me opongo a ese obsequio por lo que pueda valer en sí en este momento. Mi oposición tiene más bien un sentido simbólico. Hoy me opongo a esta pretensión. Mañana tendremos que oponernos a otras. En esta actitud se resume la defensa de nuestro derecho a la vida, a la independencia, al bienestar de nuestro pueblo. ¿No aceptamos a veces el sacrificio de una guerra para evitar el desmembramiento de nuestro suelo? Y el suelo, ¿qué es? ¿No es la condición material de nuestra existencia? Que él produzca bajo el control de la propia o de la ajena soberanía, pero para satisfacer primordialmente necesidades extrañas a las nuestras, el caso es igual. No usando y gozando a voluntad de los bienes que nos pertenecen no tenemos soberanía sobre ellos. No somos más que sus cuidadores, sus guardadores. Esta es la situación a que puede reducirnos el caso presente. ¡Y sin disparar ni un solo cartucho!

Ustedes manifiestan su temor de que el señor Taylor se mande mudar con su dinero a otra parte. No existe tal peligro. Viene aquí la ley de gravedad de que les hablaba. Nuestro país se encuentra en condiciones de producir algodón a bajo costo, en cantidades insospechables Con el dinero que en su país se necesita para sembrar una hectárea de algodón, se tiene bastante para que en el Paraguay se siembre y, se coseche cincuenta y cuatro hectáreas del    producto. Yo también tengo hechos mis cálculos. Cuanto más se agudice esa competencia de que habla el señor Taylor. Más razón, tendrá para instalar aquí sus fábricas.  El sabe que lo que un obrera de nuestro país gana un mes, en el suyo lo gana en un día.

El señor Taylor ya no pudo resistir al deseo de intervenir  las discusiones.  Más que nada, para él una cuestión de amor propio impedir que Robledo llegara, a lo mejor, a convencer a sus colegas. Indudablemente que ello no le significaría mayormente, nada. Total, le restaba una infinidad de resortes a que apelar para salir con la suya. Pero, él era también un deportista de los negocios. No, se dejaría arrollar fácilinente, y mucho menos, por un aldeano. Si tal hecho ocurriera, miraría en adelante con rubor el águila del escudo de su bandera. Y dijo:

-Oiga, señor  no es mi intento abrir polémicas sobre este asunto sólo quiero aclarar un punto.

No me parece justo establecer comparaciones entre un obrero de mi país y otro paraguayo. El obrero de mi país, forzosamente, debe ganar más porque tiene muchas otras necesidades, que aquí no se conocen por hoy, que satisfacer.

-Pero que las conocerán, precisamente por causa de las fábricas que vayan instalándose - replicó de inmediato Robledo. - Las fábricas darán nacimiento a otra serie de actividades económicas. El obrero que hoy vive descalzo, mañana querrá ponerse los zapatos que ante su vista ponga el zapatero que aparecerá con su negocio en virtud de las nuevas posibilidades comerciales. Hoy come un trozo de mandioca y va a trabajar hasta medio día. Mañana sentirá deseos de comer el pan o el salame que colocará a su paso el dueño de la despensa. Hoy anda leguas enteras a pie, o en carreta. Mañana será constreñido a andar unas cuadras en coche o en tranvía. Hoy se divierte escuchando la ejecución de una guitarra o jugando a las tabas. Mañana querrá tener una radio, ir al cine o jugar al hipódromo. . . ¡Fábricas, máquinas, progreso!. . . Usted me entiende, señor Taylor. El mismo capital que ustedes manejan se encarga de crear esas necesidades cada vez más numerosas y perentorias. Y si el hombre pudiera permanecer impasible ante todas esas incitaciones con que ustedes mismos se encargan de herir sus deseos, ¿qué sería de los capitalistas? Pero ustedes no sólo provocan tales deseos sino que crean necesidades irrenunciables a cuya satisfacción está subordinada la existencia. Ustedes instauran un ritmo cada vez más acelerado en la vida. A despecho de su voluntad, los individuos no pueden vivir a la zaga de ese ritmo. Ya no pueden andar a pie cuando tienen que hacer centenares de cuadras para ir a una fábrica, entrar y salir a una hora determinada, producir una cantidad también determinada, la cantidad que ustedes necesitan para ir acrecentando sus riquezas. Ya ve usted que si todos los obreros del mundo siguieran ganando el mismo jornal que el obrero paraguayo, ni siquiera estaríamos aquí cónversando, señor Taylor ... Todavía no se hubiera construido el barco que lo trajera hacia estas tierras.

-Creo que el asunto se prolonga innecesariamente - dijo el señor Taylor. - El señor gusta de hacer conferencias - agregó cínicamente sonriente.

-No, señor; no pretendo otra cosa que conciliar el presente con el futuro, la miseria de hoy con el progreso de mañana. Hay ya, y seguirá habiendo, intereses contrapuestos en este proceso. Comencemos, señor Taylor, por armonizarlos antes de que sea demasiado tarde. Usted tiene capital, nosotros tenemos tierra. Usted necesita que le produzca su dinero. Nosotros, en cambio, necesitamos que nos produzca nuestro suelo. He aquí la razón que justifica mi actitud. Yo no puedo consentir que usted y los suyos vengan a colonizarnos en nombre de un progreso engañoso. Tenemos un pueblo que, a igual que los demás, tiene derecho a la existencia, al bienestar y a la libertad. Prefiero que nos deje con nuestras carretas antes de que usted nos traiga fábricas o ferrocarriles que vaciarán nuestras riquezas. Ya nosotros veremos la forma de resolver libremente el problema de nuestro engrandecimiento.

-Señor Intendente - dijo de pronto el panadero. - Estamos perdiendo tiempo. Hay demasiado discursos y politiquerías... Vamos a votar de una vez. ¡No podemos estar haciendo perder tiempo al señor Taylor, pues que ya está muy bien aclarado el asunto! Yo voto por que se regale la plaza a la compañía...

-¡Yo también!

-Igualmente, como buen paraguayo - exclamó un tercero.

-¡Ya era hora, yo también!

Y así el quinto, el sexto, el séptimo y todos los demás miembros.

El señor Taylor no pudo evitar que se dibujara  en sus labios una sonrisa mefistofélica. Juan Robledo también sonrió, pero con una mueca amarga. Sintióse como aplastado bajo el peso de una montaña. Hubiera querido gritar toda su indignación, arañar, golpear el rostro del señor Taylor, escupirle en los ojos; pero, ¿con qué objeto? ¿Y con qué razón? ¿No estaba ya expuesta la razón de la mayoría? Corría el riesgo de ponerse a llorar como un niño... o como un hombre. Esto sublevó su ánimo. Hizo un esfuerzo, se contuvo, apretó el puño y. .

-¡Fábricas! - exclamó, casi maquinalmente, al levantarse como para abandonar la sala.

Por la noche, los miembros de la junta ofrecieron un baile en honor del señor Taylor.

 

(1)Sacerdote - Cura párroco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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