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NELSON AGUILERA

  HÉROES Y ANTIHÉROES, 2009 - Cuentos de NELSON AGUILERA


HÉROES Y ANTIHÉROES, 2009 - Cuentos de NELSON AGUILERA

HÉROES Y ANTIHÉROES

CUENTOS CON GUÍAS DIDÁCTICAS

NELSON AGUILERA

Editorial SERVILIBRO

Diseño: Editorial Vidalia Sánchez

Tirada: 1.000 Ejemplares

Edición al cuidado del autor

Asunción - Paraguay

Octubre 2009 (95 páginas, 4ª Edición)

 

 

Dedicado a los héroes de mi patria,

cuyos nombres no figuran

en las páginas de los periódicos

ni en las páginas de la historia.

 

 

"En la lucha de clases

todas las armas son buenas:

piedras, noches y poemas".

(PAULO LEMINSKI)

 

 

 

PRESENTACIÓN

Apreciado / a lector / a:

Este pequeño trabajo en tus manos tiene por objetivo hacerte pensar en lo que significa ser un héroe o un antihéroe. En un país como el nuestro la cualidad de héroe le correspondió siempre a los militares guerreros retratados sobre caballos y portando una espada en la mano derecha. Afortunadamente, no estoy de acuerdo con esta visión.

Creo que un niño que lucha por sobrevivir y proveer pan para su familia, o un joven que defiende la vida, el amor y la justicia, o un hombre que decide no contaminarse con los manjares de la corrupción, es un héroe.

Un héroe existe porque tuvo que enfrentarse a varios antagonistas que en muchos casos son personas, situaciones o fuerzas que se oponen a sus nobles propósitos. Aquí tendrás la oportunidad de identificarlos y de discutir sus cualidades.

En este libro presento personajes masculinos como compensación a la otra colección de cuentos que publiqué anteriormente "Cuentos para Mujeres". De esta manera trato de establecer la equidad entre los géneros, y no es precisamente que piense que sólo los hombres sean héroes.

Además, esta colección viene acompañada de una guía didáctica para cada cuento, que ayudará tanto a los profesores de Lengua y Literatura como a los estudiantes a analizar las distintas narraciones aplicando diferentes teorías literarias.

Espero que disfrutes de este trabajo y no dudes en hacerme llegar tus sugerencias, a fin de que yo pueda seguir creciendo, porque cuando corrijo mi obra... crezco.

El Autor  

nelsonaguilera@yahoo.com

 

 

ÍNDICE - PRESENTACIÓN

*. Héroe anónimo / ¿Un hombre valiente? / Ein Guter Man / José Valé / Atrapado / Pa y Ma / El Indio Francisco / El pequeño vendedor de bollos / Un héroe fuera de serie.

 

 

 

HÉROE ANÓNIMO

 

En un pueblito de morondanga de un país, residuo de la abstracción llamado Paraguay, vivían como dos mil familias alrededor de la única plaza en donde convergían todas las callejuelas de arena roja y pegajosa.

La plaza era el punto de encuentro de los lugareños. Ya se podía ver en las madrugadas a las mercaderas con sus mates humeantes y sus productos esparcidos en el suelo, un poco más tarde al juez de paz con su maletín gastado y su traje desteñido por el tiempo y su mísero sueldo. Le seguía el comisario con su uniforme color caqui, su feroz cachiporra y su gran cuarenta y cuatro en la cintura.

Antes de las siete de la mañana se podía ver una estela de guardapolvos blancos confundirse con el rojizo polvo de las calles hasta perderse en las derruidas aulas de la única escuela, que albergaba casi a cuatrocientos niños desnutridos y con manchas amarillas en el rostro. Allí también aparecía el único cura del pueblo conversando con la única enfermera (una practicante de la universidad protestante), que trataba de ayudar a mujeres parturientas, niños con vómito y diarrea, con fracturas, hepatitis, bronquitis, úlceras y demás males físicos,  con tan sólo algunos calmantes, un pequeño equipo de primeros auxilios y una gran imaginación samaritana.   

Fue allí, justamente allí donde los niños mueren sin razón y las mujeres de septicemia, que arribó el arquitecto Pérez en una clara mañana de setiembre para estudiar la posibilidad de edificar un hospital que sirviese a la pequeña población. El diputado Juan del Rosario González Benítez, hijo dilecto del pueblo, había solicitado su servicio para elaborar el proyecto y calcular los gastos que tendría la construcción del esperado nosocomio.

El arquitecto Pérez se hospedó, sin otra alternativa, en el único hotelucho de cuarta «El Hilton de Ñeca», que existía en aquel olvidado rincón del Guairá. Ñeca, la propietaria, le recibió con una gran sonrisa colorada y un castellano repleto de hipercorrecciones. Su amabilidad extralimitada y sus faldas floreadas divirtieron sin querer al huésped capitalino.

Pérez no perdió tiempo en estudiar el lugar y terminar su trabajo lo antes posible. Encontró un campo abierto, espléndido, detrás de la burda imitación de lo que algún día fuera el centro de salud del pueblo. Ahora vacío, con los pisos rotos, las paredes enmohecidas y las quijotescas hazañas de la enfermera calvinista. Midió, sumó, restó, multiplicó y dividió, para llegar a toparse con la modesta suma de cien mil dólares para montar un pequeño pero bien equipado hospital en ese  a pobre y enfermo lugar, donde los niños mueren sin razón y las mujeres de septicemia.

El diputado, al recibir el informe del proyecto, sonrió satisfecho y dejó mostrar sus incisivos revestidos de oro y su oscura garganta nicotinada. Está bien, arquitecto, me parece que usted realizó un trabajo estupendo, yo confío en su profesionalismo y sé que usted es muy eficiente, pero resulta que... usted entiende, este proyecto debe pasar por otras manos que me apoyaron durante la campaña política... y creo que con su habilidad esta suma podría... digamos engordar un poco más.

Pérez entendió perfectamente las reglas de esa farsa inescrupulosa que acababa de comenzar, y se desveló con café y coca cola para presentar el proyecto engordado a la mañana siguiente. El arquitecto mago tuvo que fabricar aire, viento, gases para inflar los precios de ladrillos y sacar de su honesta galera las laboriosas manos de albañiles ultra profesionales con jornales que no podían dejar de envidiar ni los más altos ejecutivos bancarios.

Al clarear, después de su acostumbrada ducha helada, encendió el televisor y para sorpresa suya se enteró de que en aquel rincón olvidado del Guairá los niños seguían muriendo sin razón y las mujeres de septicemia. Miró su proyecto inflado y engordado y unas náuseas oscuras invadieron su garganta.

Apurado arrancó su escarabajo destartalado para ir a ver al diputado Juan del Rosario González Benítez, quien lo había citado para las ocho en el Panteón de los Héroes. Allí le entregó su obeso y maquillado proyecto con productos inflados hasta alcanzar los doscientos mil dólares. Usted sabe, arquitecto, que también algunos senadores son parte de este gran proyecto para ayudar a nuestra comunidad y ellos también quieren poner su conocimiento, talento y experiencia a fin de que los pobres tengan un eficiente servicio de salud en ese rincón olvidado del Guairá. Estoy seguro que con su capacidad y con la ayuda de las matemáticas usted podría crear un proyecto rey momo. ¿Qué le parece? Este fue el momento en que en su estómago se rompieron algunas compuertas selladas hace tiempo y dejaron escapar un vómito oscuro que regó la bandera que cubre la urna de los héroes anónimos.

El diputado asqueado abandonó como un rayo el lugar y subió a un auto negro lustrado y glamoroso, que lo llevó directo al Parlamento con el proyecto engordado en sus manos y algunos salpicones del oscuro líquido en su pardusco traje de parlamentario elegido para servir al pueblo.

Pasó una semana de la fétida experiencia, y una mañana después de su acostumbrada ducha helada el arquitecto Pérez encendió el televisor: «El gobierno acaba de aprobar la construcción de un importante centro hospitalario en un rincón olvidado del Guairá. El esperado nosocomio tendrá los mejores equipos y los mejores profesionales del país. El proyecto asciende a quinientos mil dólares».

Después de tres años, el arquitecto Pérez fue a visitar el famoso hospital, y se encontró con las mercaderas esparciendo sus productos en el suelo, el juez con su maletín gastado, el comisario con su cuarenta y cuatro en la cintura, el cura párroco yendo a decir misa, los escolares soportando el calor con agua extraída del pozo y el pegadizo polvo rojizo en sus rostros, el centro de salud con la misma fachada derruida, con el campo abierto y espléndido detrás y otra enfermera evangélica luchando por salvar a los niños, que seguían muriendo sin razón, y las mujeres de septicemia.

 

 

UN HÉROE FUERA DE SERIE

 

Te quiero, Karina. Te quiero, Pedro. No resisto más. ¿Vamos? No sé. Tengo miedo. ¿De qué? Vos sos normal, ¿verdad? Sí, creo que sí. Te quiero, Karina. Yo también, Pedro, pero es que... mis padres. No lo van a saber. Es algo entre vos y yo y nadie más. Te quiero, Karina. Yo también, Pedro, pero es que... si pasara algo. Tranquila. Te quiero, Karina. Yo también, Pedro. Vamos.

Así salieron de la humareda y del infernal ruido de la discoteca ubicada en un estratégico lugar de Asunción. Algunas parejas jóvenes que no pasaban los veinte años se comían a besos y quejidos en la vereda del club nocturno. Otras en un estado casi atontado trataban de forzar la puerta. Unos hombres fortachones resguardaban la entrada celosamente y otros hombres trajeados ofrecían abiertamente paquetitos de marihuana y cocaína. Karina quiso uno. Pedro se lo impidió y paró un taxi rumbo a Lambaré. Karina llegó a su casa despeinada e insomne como a las seis de la mañana. Los padres seguían dormidos y trató de hacer el menor ruido posible para no despertarlos. Sus párpados apenas se mantenían abiertos. Se fue al baño y luego directo a la cama sin cambiarse de ropa.

Al mediodía toda la familia saboreaba un rico asado y la única ausente era Karina, quien aún seguía durmiendo. El padre preguntó por ella y todos contestaron que ya vendría enseguida. Pasó una hora y otra, y ella seguía ausente hasta que el padre fue a despertarla.

Karina levantate. Ya son las dos. Ella respondió soñolienta: Dejame dormir, papá, estoy cansada. Su ropa olía a humo. Su cuerpo a placeres prohibidos. ¿Qué hora viniste anoche, Karina? Temprano, papá. Temprano. Se nota. La madre entró al cuarto. Dejale, Simón, ya hablaremos después. Los dos salieron de la habitación y Karina siguió soñando con Pedro en Lambaré.

Al amanecer del día lunes Karina se levantó temprano y se arregló para ir al colegio. Mientras preparaba sus útiles recordó que tenía exposición de Literatura y que debería haber hecho su parte para el proyecto de Antropología. ¡Uff... me van a matar! Ya sé, me voy a cambiar de grupo y le voy a decir al profesor que estuve con diarrea todo el fin de semana. Más vale que no me maquille entonces. Uuy, ¡qué horrible me veo!

Durante el recreo le contó lo sucedido a Susy la gárrula, quien no pudo cerrar la boca por unos cuantos minutos reprochándola su inconsciencia al no haber tomado ninguna precaución. ¡Estás totalmente loca! ¿Qué vas a hacer si te quedás embarazada? Ella contestó con aire de madurez. Tranquila, nena. Todo se puede resolver en esta vida. Además, yo sé que no me voy a embarazar. No podés estar tan segura.

Pasaron semanas y las salidas sabatinas siguieron su curso normal, pero siempre tenía que inventar cumpleaños, excusas, grupo de estudio con compañeras, intercolegiales y festivales de música. La madre tenía las palabras mágicas para que el padre concediera los permisos de último momento. Vamos, Simón. Vos también fuiste joven. Los jóvenes necesitan divertirse. No podés tener a tu hija encerrada como en un convento.

Los viajes a Lambaré se repetían más a menudo y lo que fue una simple curiosidad se convirtió en una cadena que la aprisionaba más y más. Ella creía disfrutar de la vida plenamente con sus dieciséis años floridos.

La juventud se le salía por los poros. La risa inundaba su boca y la belleza su esbelto cuerpo juvenil. El futuro se le abría como un camino sin obstáculos y su familia gozaba de buen nombre en la conservadora e hipócrita sociedad asuncena.

Pasaron dos meses de las primeras aventuras con Pedro y todo parecía normal hasta que una mañana la madre la oyó vomitar en el baño. Karina, ¿estás bien? Sí mamá, sólo que me hizo mal un pancho que comí anoche. Ya estoy bien.

En el camino hacia el colegio su padre la miró y le preguntó si estaba enferma porque la veía muy pálida. Me enfermó algo que comí anoche, nada más. Giró el cuello para mirar el paisaje asunceno colmado de niños, mujeres y hombres que no descuidaban un segundo en los semáforos para ofrecer toda clase de baratijas. Hasta tu ajuar de bodas podés comprar en los semáforos, mi hija. Sonrió a su padre levemente y siguió soportando el viaje matizado por los baches y zanjas a desviar de las calles capitalinas.

Ese día estaba distraída en la clase de Matemática y no prestaba atención para nada a las explicaciones de la profesora de Literatura. Sólo le llamó la atención una conversación de Susy con Ana sobre el embarazo de una compañera de clase.

Te digo que sí, Celia está embarazada. La directora mandó llamar a sus padres y la van a retirar del colegio. Irá a un colegio nocturno. Vos sabés que en un colegio como este no puede continuar sus estudios. Señorita Susy, va a seguir conversando o va a salir afuera. Ya me callo, profesora. Pero siguió susurrando. Primero vomitaba en las mañanas, luego tenía mucha hambre y después se cansaba muchísimo. ¿De cuánto está? ¡Señorita! Sí profesora. Y apretando los dientes terminó su conversación. De cuatro.

Karina se quedó pensando en el vómito mañanero. ¿Será que estoy o no? El mes pasado no me bajó y yo seguí ... no, no puede ser. A mí no me va a pasar eso. Pero y si estoy ¿qué hago? ¿Casarme? No, no y no, definitivamente no.

Pasó otro mes y los vómitos matutinos aumentaron, y sentía ciertas molestias en los senos. Era como que se le abultaron un poco más. La duda se apoderó de su mente y ya no era la misma Karina sonriente y alegre. La preocupación disfrazada en sonrisa era la que compartía con sus familiares. Temía de su padre hasta decir basta. Pedro era muy chiquilín para afrontar esta situación. Sus compañeras chusmearían sin parar. ¿A quién confiar?

No mi hija, decime que no es verdad. Decime que es una broma pero no me asustes de esa manera. ¿Qué le digo a tu padre? ¡Me va a matar! ¿Y mis amigas? ¿Qué van a decir? La hija de los Medrano Zavala está embarazada. ¿Te enteraste la última? No, no y no, definitivamente no. Ya encontraremos una solución. Pero no comentes con nadie nada. A ver... a ver... ya sé. Inventaremos un viaje a Buenos Aires y allí solucionaremos todo. Tranquila, mi hija. La abrazó tiernamente. Mamita sabe, pero quiero hablar con ese muchacho a solas y no aquí en casa.

¿Qué futuro tenés para ofrecer a mi hija? No me vengas con cuentos románticos. El sexo es responsabilidad, mi hijo, y creo que los dos fueron unos irresponsables de novela. A tus dieciocho años vos no sos capaz de mantener un hogar ni de cuidar a un niño. Un hijo exige responsabilidad, y mi hija es mi responsabilidad y no permitiré que nadie destruya su vida. Ella se merece un futuro digno y no el de una madre soltera que tiene muy pocas posibilidades de ser feliz en esta sociedad. De aquí en adelante te prohíbo absolutamente a que te acerques a ella. ¿Y el bebé, señora? ¡No habrá ningún bebé, mocoso! Ella y yo viajaremos a Buenos Aires lo antes posible.

Pedro comenzó a tener unas horribles pesadillas sobre la forma en que a un bebé se le impide nacer. En algunos países los bebés son succionados y posteriormente licuados, en otros son extraídos por pedazos con un instrumento de metal filoso. También recordó que en algunos casos se les aplica una inyección a través de la panza de la madre. Se sentía un monstruo a punto de eliminar a su propio hijo antes de ver la faz de la tierra. Gritaba en sueños, lloraba y sentía que la culpabilidad le iba devorando el alma, el ser. Esta tortura debía compartir con Karina.

Karina, mi amor, no Podés hacer eso. No tengo otra salida, Pedro. Mi padre no sabe nada, tampoco mis hermanos. Sólo mamá, vos y yo. ¿Pensaste en lo que significa? Pedro, es mi vida, mi futuro. Exacto, es tu vida, tu futuro. Pensás que vas a poder apartar de tu mente el crimen que pretendés cometer. Pensás que podés lavarte con agua y jabón y que la sangre de tu hijo, de nuestro hijo, desaparecerá como vapor. Pensás que tu conciencia dejará de devorarte y te permitirá dormir mientras sigas viviendo en esta tierra. Podés engañarle al mundo y al hombre que quizás algún día se case contigo pero, ¿podés engañarte a vos misma? ¿Podés engañar a Dios? Pedro ¡basta! A tu lado me esperan pobreza y sufrimiento solamente. Sí, es verdad, pero a mi lado tendrás a alguien que te amará toda la vida, que acariciará tu rostro con sus tiernas manitas y te regalará un mundo de amor que nunca antes conociste, un mundo donde la paz de tu conciencia te permitirá sonreír y gozar de la vida. No te destruyas, Karma. Escupile a la sociedad en la cara pero por favor, mi amor, no te destruyas. Te amo, Karina, y no permitiré que tu madre asesine a nuestro hijo, a su nieto. Mi Dios no es la sociedad. Yo asumo la responsabilidad de ser padre y de luchar por el fruto de nuestro amor. No lo vas a matar, Karina. Primero me matarán a mí. Y ahora mismo voy a impedir tu viaje a Buenos Aires. ¡Pedro! ¡Pedro!

La noticia le cayó como una bomba al padre, pero Pedro lo persuadió con sus palabras de hombre responsable que le trajeron ecos de su juventud, cuando luchó en vano para que su primer hijo viera la luz del sol en un recóndito pueblo del Alto Paraná.

Don Simón impidió el viaje a Buenos Aires, discutió ardientemente con su esposa y ayudó a su hija a evitar enclavarse dardos venenosos en su conciencia, y a sonreír de nuevo al lado de Pedro y del pequeño niño, a quien le dieron el nombre de Simón Pedro.

 

 

 

 

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