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PRINCESA AQUINO AUGSTEN


  SUMA DE ECOS, 2012 - Cuentos de PRINCESA AQUINO AUGSTEN


SUMA DE ECOS, 2012 - Cuentos de PRINCESA AQUINO AUGSTEN

SUMA DE ECOS

 

Cuentos de PRINCESA AQUINO AUGSTEN

 

Editorial SERVILIBRO

Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Ilustraciones: ELIZABETH BARTH

Asunción – Paraguay

2012 (111 páginas)

 

 

 

 

PALABRAS DE LA AUTORA

 

         Las historias y las pinturas que están en este libro, por su contenido son universales, como el ser humano. Aluden a personajes, obras y lugares. Son en definitiva el eco de sus voces, de sus culturas. Ecos que provienen de miles de años unos, recientes otros. Ecos intemporales que llegan a mí y golpean mis pensamientos. Ecos de memorias que como todo eco puede estar trastocado.

         Yo no soy la prodigiosa ninfa amante de Zeus, castigada por Hera y condenada a repetir siempre la última frase. Ni la rechazada por Narciso, que la ignora -por estar enamorado de sí mismo- quien se oculta en cañadas solitarias y se consume hasta quedar solo su voz. Ni la descuartizada por el Dios Pan por desdeñar el amor de todos los hombres, incluido el suyo. Y es protegida luego por Gea que recibe sus trozos y conserva su voz.

         No, yo soy la cueva de su memoria, la encargada de repetir aquello que me ha sido dicho a gritos por la invisible ninfa, a quien Némesis la Diosa de la noche y de la venganza le dicta los recuerdos.

         Por lo que me pareció justo denominar al libro "SUMA DE ECOS", haciendo con ello un homenaje al experimento acústico de Hermann Guggiari, cuyo eco me acompañará siempre.

         Quiero destacar el gran aporte de Elizabeth Barth a esta edición, tanto por sus traducciones, como por sus maravillosas pinturas.

 

         LA AUTORA

 

 

 

ÍNDICE

 

Palabras de la Autora

Ella

El coturno azul

El nombre del río

Nunca regreses -al ayer –

El viaje

         Die Reise

El Poeta

         Der poet

Panta Rei

         Panta Rei

La lección de dignidad

         Die Lektion der Würde

El tejido del destino

         Das Schicksalsgewebe

Solipsismo o la cabeza de Goya

         Solipsismus oder Goyas Kopf

 

 

 

ELLA

 

         A mi abuela Mary Esther Crosa de Augsten

 

         Asunción, 2 de julio.

 

         Ella tosía con esa tos exasperante de los que van a partir y no lo hacen. Tos cansina tanto para ella como para los suyos. Dolorosa. Agónica. Alguien miró en dirección de la habitación como un acto reflejo y esquivó de inmediato la mirada cuando su vista se posó en ella.

 

         Asunción, 3 de julio.

 

         Ella. Tan ella siempre. Sus lánguidos ojos claros y acuosos, su piel infinitamente transparente, pálida, dejando al desnudo los circuitos del río rojo de la vida, ya los del oxígeno, ya los del dióxido de carbono. Circuitos contaminados, como toda ella.

         Esa amante finalmente la poseía toda. Toda ella era ajena. Ya no me pertenecía. La veía lista para partir. Mi corazón sangraba lava de volcán, luminoso fuego laceraba mi alma. Lágrimas de lluvias tropicales, interminables fluían invisibles. Sus huellas formaban un canal circular en derredor de las órbitas como negras ojeras cada vez más profundas.

         Se iría hoy. ...¿Quizás mañana? Pero sé que se irá. Aun así no puedo dejar de amarla y quizás por ello me parece amarla aún más. Es una cruel tortura este sentimiento.

         Solo la fiel perra entra decidida y ya no sale de su habitación. Se niega a dejarla ir. No quiere que se marche. Apoya su cabeza sobre el lado derecho del colchón esperando que esas huesudas manos la acaricien. Y está allí por horas, pareciera que también sus ojos llorasen.

 

         Asunción, 4 de julio

 

         Todo está dispuesto, las valijas conteniendo hasta el último de sus vestidos.

         Valijas, viajes, partidas, despedidas, ¡cuánto me gustaban esas cosas! Pero hoy no. Ya no soporto verlas apiladas en la puerta de entrada, y sin embargo, allí estarán hasta su partida.

         Ha guardado celosa en una de ellas su blanco traje del casamiento nuestro. Fue un gesto extraño, ella desprecia los convencionalismos, si yo no hubiera insistido en la boda, en el vestido, ella jamás habría transigido. No soporta las reglas preestablecidas, reivindicando viejos ceremoniales como el pasar tres noches con la persona deseada que marca el inicio de una unión y el pasar una noche sin ella el fin de la misma, unión voluntaria y libre. Aun así había aceptado mi propuesta y ante mi insistencia vistió de blanco aquel día.

         El vestido había adquirido ese tono amarillento del recuerdo. Los zapatos blancos de punta y los guantes de encaje que le llegaban casi hasta el hombro, largos, tan excitantes, tan eróticos, haciendo juego con las ligas de esas atrevidas medias. Porque así era ella. ¡Así es ella! ¿Qué estoy diciendo?

         No quiero que se vaya, pero ella insiste en irse, y ya no me queda nada por hacer sino dejarla ir. ¿Cuánto he de esperarla? No se ha ido y ya estoy esperando que regrese.

 

         Asunción, 5 de julio

 

         Desde que comenzó esta historia sufro al ver equipajes, aviones, todo lo que me recuerda su viaje. Porque así lo denominó y así lo dispuso. La mañana aquella en que le pidió a Leticia que la ayudara a preparar el equipaje. Hizo traer todas sus valijas y las fue cargando ella misma, con la prolijidad y la pulcritud con que le gustaba arreglar todo. Los pulóveres en bolsas transparentes al igual que los calzados y puestos en fila uno sobre otro. Las maletas grandes para los abrigos, las intermedias para las otras ropas, las chicas para la ropa interior y el bolso grande para los zapatos. El maletín para los documentos y el neceser para los cosméticos. Y todo lo que gusta usar para su toilette. Jamás podría faltar el talco Johnson clásico, que debía volcar sobre su cuerpo, tras el baño, de manera exagerada.

 

         Asunción, 14 de julio

 

         Llevo días sin escribir. Me resisto a cualquier acción, a desempeñar cualquier rol. Hoy sí que es un día feo. Llueve y el cielo se puso gris, nubes de tormenta surcan el infinito. Veo a través del vidrio de la ventana como los goterones penden de las hojas antes de caer. El jardín entero llora. La perra no ha dejado de gemir. Estoy a punto de sacarla afuera, pero ella que se está yendo, levanta la mano. ¿Es un gesto de despedida? ¿O está pidiendo que la deje?

         ¡Ella se fue!

         La interminable lluvia se mezcla con la lluvia de mis ojos.

         Mañana tendré que llevar el equipaje a su destino, los mil lugares en los que dispuso que los deje. También ella se incorporó al equipaje y determinó para sí el destino de la morgue del Hospital Escuela. Sus órganos serán trasplantados a otros y el resto servirá para ser utilizado en experimentos y disección, para que los estudiantes aprendan. Quiso ser útil. No quiso que se dijera que será el menú del banquete, como lo hiciera Shakespeare.

         ¡Ese silencio! Ya no se oye la tos, la inquietante tos paso y ahora este silencio aún más inquietante.

         Quiero que vuelva esa tos! Quiero saberla allí, que no cese la tos por favor. Pero ya es tarde. Y el silencio lo ocupa todo, todo... hasta a mí...

 

 

 

 

 

EL COTURNO AZUL

 

         A Augusto Casola

 

         Enterró sus coturnos, todo lo que le recordara aquel hecho sería borrado de su entorno cercano.

         Miró de soslayo la inmensa puerta de enfrente, mientras tapaba la fosa que por una más de sus determinaciones acabaría conteniendo sus últimos pares de coturnos sepultados en la vereda ajardinada de la puerta principal del teatro. ¿Por qué escogió aquel lugar para hacerlo? ¿Quizá esperaba que algún encantamiento los desenterrara para unirlos nuevamente a sus pies?

         Se imaginó en el escenario del teatro calzado con ellos, representando la obra inmemorial "El gato con botas" con esos increíbles coturnos azules, tan parecidos a los que vio en su infancia en la función del Teatro Colón de Buenos Aires. El gran Teatro, al que lo llevó su abuela en aquellas vacaciones en las que no dejaron de ocurrir cosas sorprendentes. Durante la visita guiada para conocer sus vísceras y andamiajes, sus profundos secretos. El salón de ensayos de la orquesta, el de los bailarines, el taller de los trajes, de las pelucas, los sombreros y cuantos accesorios se necesitan para la ocasión. Los millones de trajes que formaban el vestuario de las distintas obras que allí se representaban y por último el taller de los coturnos. Los famosos zapatos con plataformas altísimas iguales a los utilizados por los actores griegos. Y fue precisamente allí donde los vio por primera vez. Quedó fascinado con esos coturnos azules que horas después vería cubriendo unos pies, unidos a diminutas piernas, tan cortas como las suyas hoy. Pero entonces era todavía un príncipe, un Dios. Ahora es sólo lo que queda de él.

         En el cielo abovedado del teatro habitaban los músicos pintados en humo por Soldi. De la cúpula pendía una gigantesca araña de cristal, que de pronto pareció estar cayendo sobre él, conteniendo a toda la orquesta, luego se detuvo y la música fluyó desde esa nube luminosa. La sala se oscureció haciendo desaparecer el telón y apareció el gato con esos maravillosos coturnos azules que jamás olvidaría, iluminados por un rayo de luz. Por eso cuando años después le toco a él representar la obra, todo lo que solicitó con pasión era la réplica de aquellos calzados. Justo el día previo a su accidente.

         Aquel en el que al verse así decidió, desplazarse lentamente con la silla de ruedas hacia esa esquina curiosa donde se encuentran enfrentados el horrendo edificio de la embajada de uno de los países más poderosos del mundo y la casa más bella de la ciudad, similar a la de la película "Lo que el viento se llevó". Arrastró sus manos haciendo girar las ruedas de modo loco y se lanzó en medio del tráfico de la avenida.

         Lo último que escuchó antes que la gente se agolpara fue el chirrido de goma quemada contra el asfalto, la frenada y los gritos de aquellas viejitas, cuyos rostros, forrados con la piel drapeada de los años y vestidas con ajadas ropas negras, que tras dejar en el piso los pesados canastos que equilibraban en sus cabezas para correr junto al desafortunado actor, se lamentaban en guaraní.

         - ¿Mba'ere piko upeícha ojapo? (¿Por qué habrá hecho eso?).

         - Pe inocente. Omanoite voí. (Ese inocente. Murió luego).

         - Emañamina, nda hetyma'i, koape opyta la i ñembo zapatulento i táko tuícha vaicha. Aichéjarana, (Mira un poco, no tiene piernas, aquí quedó esa especie de zapato de tacos grandes. Pobrecito).

         En ese mismo instante llegó hasta ellas el quejido, seguido de un extraño movimiento procedente de ese amasijo miserable que conformaba su cuerpo. Parecía extender sus dedos quebrados hacia los coturnos azules, su mente aún seguía allí.

         Las ancianas presas del espanto corrieron a recoger sus canastos. Se persignaban y rezaban a sus santos en un atormentado murmullo, mientras veían como la ambulancia estacionaba y se llevaba al gimiente hombrecito que se aferraba a algo.

         No quiso seguir alimentado el dolor con los recuerdos, como se alimenta el fuego de las chimeneas con troncos secos, pero todo estaba seco en él. Finalmente pudo al menos enterrarlos a ellos, sus adorados coturnos azules.

 

 

 

 

EL NOMBRE DEL RÍO

 

         A mis maestros y amigos

 

         Y se fue ebrio tras el reflejo de la luna, como Li Pó en el río Yang Tzé, pero este era el Pilcomayo, que en quechua significa río Colorado.

         A nadie le sorprendió su final, lo que llamó la atención fue el lugar donde ocurrió el hecho y los comentarios que se generaron en torno a él.

         Gabriel hacía tiempo que convivía con el aliento de la muerte en aquella vereda donde había fijado residencia, desde tiempos inmemoriales. Sus actividades cotidianas incluían relatos de ceremoniales y poemas dedicados siempre al vino. El elemento que lo mantenía fluctuando entre la vida y la nada. Tras accidentes y caídas que lo llevaban y traían de la sala de urgencias. Pero ninguna de aquellas razones era suficiente para hacerlo desistir de esa pasión, que desde temprano lo predisponía a evocar a Baudelaire:

         "Para ahogar el rencor y arrullar la indolencia

         de todos los viejos malditos que mueren en silencio

         Dios, tocado de remordimiento había hecho el sueño

         el hombre agregó el vino, hijo sagrado del sol."

 

         "Las flores del mal" era uno de sus textos favoritos, lo recitaba a los gritos, gesticulando, mientras reía y bebía de la botella a grandes tragos, asustando a los transeúntes que no reconocían el poema en boca del mendigo.

         - ¿De qué se espantan?- vociferaba- ¿De mi ebriedad o de mis lecturas? ¿No saben acaso que algunos médicos griegos recomiendan para combatir la melancolía, vino aromático claro y ligero? El propio Hipócrates lo hizo.

         Allí, en ese lugar, conocí a Gabriel, su tez cobriza, barba hirsuta y brillante melena, pese a lo escaso de su higiene. Dientes perfectos y provocativa risa. Lo profundo de sus ojos inquietos, oscuros, con ese resplandor acrecentado por el espíritu de las uvas. Su formidable estatura y su voz casi ronca.

         Yo caminaba por aquella vereda cuando oí los versos. Hacía tiempo que los había leído hasta memorizarlos y quedé cautivado por lo surrealista de la imagen.

         Me impresionó su aspecto. Vestía una capa larga, la cabeza cubierta por un sombrero y guantes, en este país de calores infernales.

         Él me vio y adivinando mi desconcierto dijo:

         - No se sobresalte, no soy Ortiz Guerrero. Sufro males mayores que la lepra.

         Su frase me intrigó y quise saber más de él.

         - ¿Recita siempre a Baudelaire?- inquirí

         - Sí, entre otros- respondió.

         - ¡Qué hermoso! Su interpretación me gustó más que la de muchos en el teatro. Justamente acabo de ver una que no me satisfizo plenamente.

         - ¿Qué obra vio?- preguntó el beodo.

         - "El Banquete" de Jenofonte...

         - Ah, ¡nada menos que El Banquete!- interrumpió. Y como si se transfigurara, actuó para mí diciendo:

         "Bebed, amigos, por mi parte estoy totalmente dispuesto. El vino, al empapar las almas, adormece las penas -al igual que la mandrágora adormece a las gentes -mientras incita a la alegría o, como el aceite, estimula la llama."

         - ¡Por Dios! Es el párrafo atribuido a Sócrates, por Jenofonte.

         - Así es. De entre todos los pueblos, el griego es uno de los que valoró el milagro del vino en su justa medida. No en vano celebraban Las Leneas, en honor a Dionisos, Dios del vino.

         - Estoy desconcertado. No es fácil encontrar a una persona de sus características. Si quiere puede acompañarme, voy a reunirme con un grupo de amigos artistas para disfrutar de unas copas.

         - Ha dicho la palabra mágica a la que no puedo sustraerme:

         "Yo soy la vid, ustedes los frutos, el que permanezca en mí y yo en él, producirá muchos frutos, pero sin mí no podrá producir nada" Juan 15.5. Por eso hago que la vid permanezca en mí.

         Y mientras hablaba se envolvió con la capa, para seguirme.

         El bar estaba repleto y mis amigos no se asombraron de verme llegar con él, dada mi afición por los bohemios. Bebimos y brindamos. Todos estaban encantados con la cautivante personalidad de nuestro nuevo amigo poeta, que complaciendo nuestra petición nos llevó por un recorrido insólito de poemas dedicados al vino: Safo, Homero, Quevedo, Proust, Alighieri, Rilke, Byron, Darío. Neruda, Hemingway. El último fue el poeta chino Li Pó, creo que de unos cinco mil años:

         "Si es la vida un gran sueño

         ¿Para qué atormentarse?

         Yo bebo todo el día

         Cuando me tambaleo

         Me duermo a los pies de las columnas,

         Despierto bajo el sol,

         oigo cantar un pájaro entre las flores,

         ¿Qué hora será?

         El viento de la primavera

         Difunde la canción del ruiseñor,

         Me siento conmovido, y pronto a suspirar.

         Más me sirvo otra copa

         Y canto yo también como los pájaros"

 

         Fue entonces cuando Marguerite, nuestra amiga francesa, nos propuso ir hasta el río para oír el murmullo del agua que recita poemas nunca oídos. Aseguraba poder traducir lo que ellas contaban. Pero ninguno se interesó en ello. Solo Gabriel aceptó acompañarla. Los vimos salir a ambos tambaleándose tomados del brazo en dirección al río. Subieron a un bote y remando se alejaron.

         Marguerite regresó sola. Desde aquella noche, nosotros pensamos que no perdió la razón, sino que encontró la razón para quedarse sin ella, cuando al volver nos repetía una y otra vez que la inmensa luna llena se reflejaba en el río y Gabriel se fue tras ella. Mientras intentaba traducirle lo que las aguas le revelaron, que el nombre del río era Pilcomayo, que en quechua significa río colorado, roja metáfora por la sangre del primer indígena enamorado que se perdió en él, una noche como esa.

 

 

 

 

NUNCA REGRESES AL AYER

 

         A Elvio Romero

 

         Entró desconcertado al café. ¿Qué había pasado en ese tiempo? No solo el paisaje había variado, los niños y los árboles se hicieron robustos. Hombres y árboles habían crecido y ella habría envejecido.

         Desde la ventana, que no tenía vidrios, sino a la usanza antigua las persianas abiertas, miró largamente a través de las hojas que cubrían la fachada de lo que recordaba como un balcón. Entonces él -el aromático Romero de Alberti- blasfemo contra los muertos, contra los vivos, contra el tirano desterrado y sobre todo contra su regreso del exilio. El suyo, no el del otro. Para terminar blasfemando contra sí mismo.

         La "memoria", esa mujer pícara que se encarga de secar lágrimas del alma, lo había transformado todo.

         La joven era hermosa, virginal. La casona, tenía un balcón en donde su musa apenas se aproximaba tímida para escuchar sus prosas, mientras el pequeño arbolito del frente luchaba contra el viento, arqueando su débil cuerpo, para no terminar convertido en leña.

         Vida, ¿por qué me haces esto? Se decía con dolor. Y viendo tras las hojas que la casona era una casita. El balcón apenas una ventana grande que daba al frente, cubierto hoy por el enorme tajy que había crecido hasta cubrir con sus ramas, la casa, la vereda y hasta la calle toda. Y por fin, ¡el horror!

         La ventana se abrió y vio nítida la imagen que su memoria había trastocado hasta el ensueño.

         Su musa.... No era más que una vieja fea, fea, tan fea como cuando era joven, pero con más años.

         ¡Y lloró! Lloró por haber quebrantado el milagro de los recuerdos mientras se repetía:

         - ¡Te dije bien, no es bueno remover el pasado!

 

 

 

 

EL VIAJE

 

         "Dormía y soñé que la vida era bella, desperté

         y advertí entonces que ella es deber"

        

         Emmanuel Kant

 

         Al Dr. Rodrigo Aquino Zavala, mi padre.

 

         Me desperté sobresaltado, ¿y si no me convalidaban el título de médico?

         La realidad en la que estaba sumido sobrepasaba en mucho sus más terribles pesadillas. Sabía lo que pasaba con quienes lo acompañaban, pero aún así él creía en lo que hacía.

         La tiranía embrutece al pueblo, es el peor látigo que puede azotar a una sociedad; luego de marginarlo, lo empobrece y humilla. Yo no puedo sustraerme, el haber nacido aquí me obliga a tener una postura y sería peor fingir no ver o no hacer nada. No podría con mi conciencia. ¡No tengo opción!

         Esto había pensado, siempre pensé así, sigo pensando lo mismo, pese a que ahora estoy aquí, tirado en los confines de otra Nación, con un catre prestado y trabajando de cajero en la carnicería de este amigo. Cajero de carnicería, qué ironía. ¿Qué pensarán luego mis potenciales pacientes del consultorio, si me llegan a revalidar el título?

         - ¿El doctor es el antiguo carnicero?

         Pero fue lo que me ofrecieron y acepté, tras mi apresamiento y exilio, para callarme. Para que no siguiera financiando ese diario de tres hojas que resumían nuestra posición e ideas. ¿Por qué le habré contado al infeliz del Capellán que yo era uno de los que pagaba, lo que él llamó "Pasquín Comunista"? Para qué perdí entonces todo el resto del día argumentando, que aquel era un pensamiento social -socialista- enumerándole luego las diferencias con los comunistas, que tenían derecho a expresarse libremente. Si ya todo estaba claro. Pero no pude callar.

         ¡Y aquí estoy! Pero no me arrepiento. Otros menos afortunados están muertos o presos -muertos en vida -vivos muertos- Yo al menos estoy libre, vivo y sano. Aunque no del todo. Los tormentos de los otros me persiguen. Sus injusticias me duelen.

         Nunca podré olvidar que luego de ser apresado, durante todos esos días escuchaba los gritos de los otros detenidos. Y cuando pasaban los torturadores frente a mi celda con sus cuerpos destrozados, me mostraban algunos de ellos, unos desconocidos, otros conocidos míos y me decían:

         - Mañana te va a tocar a vos- y se reían.

         Para que negar que jamás lo hicieron, pero el temor a ese "mañana" era peor que la pileta o la picana. Era aún más denigrante. Hoy le llaman tortura psicológica.

         ¡Pero ya pasó! Ahora solo me preocupa que no me convaliden el título de médico en este país. Aunque cuando llegué, me invitaron a fijar residencia. Necesitan médicos. Los que hay no quieren ir a los pueblos del interior, donde no hay luz eléctrica, ni agua corriente, ni los demás elementos de confort y entretenimiento. Yo no tengo problema. Total es solo por un tiempo, hasta que consigamos derrotar a los opresores. Luego podré volver a mi país, a mi vida anterior. Quizás me reincorporen a mi puesto en la Cruz Roja, y el profesor Riveros me vuelva a aceptar en su Cátedra de Cirugía. No en vano me decía lo orgulloso que estaba de mí, su discípulo, como gustaba llamarme. Volvería a mi pequeña clínica, de la cual nada pude rescatar previo al destierro. Pero estoy cansado. Tengo que dejar de atormentarme con estos pensamientos. Tengo que descansar, pensar positivamente. Casi no dormí anoche interpelándome a mí mismo, ¿si me piden otros documentos y yo no los puedo ir a buscar?

         ¡Qué terrible incertidumbre! Tener que estar pendiente de un trámite burocrático, con toda la necesidad de ayuda que veo aquí. Pero debo esperar, no sea cosa que luego me acusen de practicar la medicina sin título habilitante. Estoy impaciente, ansioso, preocupado.

         De un plumazo, con un gesto, el dictador me quitó todo. Mi carrera, mis bienes, lo que con esfuerzos logré. O al menos eso creyó él. Pero no fue así. Y se lo dije al Dr. Insfrán cuando se burlaba de mí y me decía:

         - Ramelli, se te habrán pasado ya las ganas de cambiar el mundo ahora. Tu mundo sí que cambio, ¿verdad?

         - Todo lo que tenés se puede perder, pero lo que sabes, tu ciencia, va contigo adonde vayas. Aquello que atesoraste en tu mente, nadie podrá quitarte. Y eso ha de bastarte. -le respondí sereno. Se puso serio de golpe, No le gustó lo que oyó.

         Otra noche y esos documentos que no llegan. Sumado a mi insomnio esta noche de diluvio. Alguien golpea las manos en el portón. ¿Quién podrá ser a esta hora?

         - Doctor Ramelli, soy Benito Salinas. Usted le atendió a mi prima en Paraguay.

         - Pase, don Salinas. ¿En qué puedo ayudarlo?

         - Mi esposa está por tener (hijo) y no encuentro ningún médico que quiera ir conmigo doctor. Yo pues, vivo del otro lado del río y ninguno se quiere ir con la tormenta.

         - Pero Salinas, a mí todavía no me convalidaron el título aquí. Puede ser peligroso.

         - Doctor, mi esposa está mal, por eso vine hasta aquí a buscar un médico. Yo confío en usted. Me hablaron muy bien.

         - No es que no quiera ayudarlo, Salinas, el problema es que si lo hago y algo no sale bien puede traerme consecuencias aún más graves.

         - Pero, Doctor, ¿va dejar entonces que mi esposa se muera? Todos dicen que usted no es como otros médicos. Mi pariente dijo que a usted le importan las personas.

         - Está bien, Salinas. ¡Vamos! Déjeme buscar mi maletín con los instrumentales y el piloto. ¡Qué barro! ¡Cuánta agua!

         - Venga por acá doctor, el camino está más firme. Aquí cerca nomás tengo la canoa. Tenemos que cruzar el río.

         - ¡Lindo día para nacer! ¿Verdad?- dije y reímos.

         La canoa se inclinaba con el viento, pero llegamos pronto.

         - Bueno doctor, llegamos, esta es mi casa.

         El rancho apenas guarecía de la lluvia, parte del techo goteaba. El perro ladró y se acercó a olfatearme. Yo pedí lo necesario para empezar. Atendiendo a que el trabajo de parto estaba adelantado, pero se vaticinaban complicaciones, decidí utilizar la técnica del hipnotismo para quitarle el temor. Era una primeriza, valiente por lo que se veía. Ayudó en todo. Casi al amanecer pudimos concluir con nuestra tarea, satisfechos de que todo acabara bien.

         - Nació una chancleta- dije, en tono humorístico, mientras la veían cuando la higienizaba. -Una futura paciente mía.

         El padre la tomó en sus brazos y la llevó fuera para que la vieran los demás, dichosos con la niña.

         No sé de dónde empezaron a aparecer empanadas, chipa, sopa paraguaya, chipa guazú, una damajuana de vino, todo lo necesario para el festejo, los vecinos, los parientes, etc....

         - Doctor Ramelli, la verdad es que yo soy pobre, soy un pobre tipo, soy un perdedor. Yo trabajo de carretillero de carga en la frontera. No tengo plata, doctor, no sé cómo voy a pagarle, pero quiero pagarle, doctor.

         - Tranquilo, Salinas, no te preocupes. Yo ya me imaginé todo esto, al igual que mis colegas, pero no me importó. ¡Dejame pensar cómo me vas a pagar! Además, te voy a decir, "todos" somos perdedores, solo depende de cómo se mire. Para algunos es el dinero, para otros el amor, la salud, un deseo insatisfecho, un vicio, en fin, siempre habrá algo en lo que perdemos. Lo último que perdemos es la vida, esta transitoria ficción que hoy vimos llegar a nuestro mundo y otras veces nos toca presenciar su huida, sin explicarnos su esencia.

         - No lo entiendo muy bien, doctor.

         - Que no hay que preocuparse, todos somos perdedores, eso nada más decía. Las palabras que utilicé no importan, estaba filosofando un poco. Se me ocurre una idea para que puedas pagarme, y no me debas nada. Yo, en el transcurso de mi ajetreada vida, ya viajé en carreta, carro, avión, helicóptero, avioneta, auto, moto, también anduve en tranvía como buen febrerista, en tren, en bicicleta, lancha y canoa, pero nunca viajé en carretilla.

         - ¿En carretilla?, no le entiendo.

         - Me dijiste que tu trabajo es llevar bultos con la carretilla, ¿verdad?

         - ¿Usted quiere que yo le lleve algún bulto?

         - Sí, a mí. Me llevás hasta casa en carretilla y estamos a mano.

         - Me está haciendo un chiste ¿verdad? No puedo creer que por llevarle en carretilla ya no tengo que pagarle nada.

         - No es ningún chiste. Me llevás y estoy pagado.

         - ¡Y bueno entonces! Vamos a festejar un poco y después le llevo, doctor.

         Un rato después, alzamos la carretilla a la canoa, y volvimos a cruzar el río.

         - Al fin de cuentas ejercí legalmente. En ese país, soy médico, le dije.

         Al bajar, lo ayudé con la carretilla y nos pusimos en marcha. Los dos ya estábamos alegremente ebrios, mi primer paciente y yo habíamos festejado bastante el nacimiento de su hija. De tanto en tanto la carretilla se deslizaba por el barro y acababan en él mis huesos, pero yo me levantaba y volvía a ella.

         Al llegar a casa, nos despedimos y vi que su rostro estaba radiante.

         - Doctor Ranelli, ¿cumplí, eh? Le cuento, que nunca me tocó llevar un bulto tan liviano.

         - Este bulto era liviano, pero escurridizo- le respondí. Y reímos ambos.

- ¡Estoy bien pagado! -agregué. Cuando necesites, vení nomás a buscarme.

         Me agradeció, con lágrimas en los ojos. Estaba emocionado. Y se fue.

         Hoy llegó la nota, tendré que viajar para retirar la convalidación de mi título de médico y ya podré ejercer mi profesión aquí.

         - Como dije, lo que estudiás, lo que sabés, nadie te lo puede quitar ni siquiera el tirano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SENSIBILIDAD EN UNA SUMA DE ECOS

Por DELFINA ACOSTA, ABC COLOR.

 

Ha publicado un libro de relatos que lleva el título de Suma de Ecos,

Princesa Aquino Augsten.

 

El material literario fue editado por Servilibro.

En el cuento Ella, que trae dos fechas y está dirigido a la memoria de su abuela Mary Esther Crosa de Augsten, afloran los lejanos recuerdos.

La autora, tocada por la sensibilidad, pareciera tener vivas en su mente la imagen, la manera de ser, las costumbres, la actitud ante la vida de la madre de su progenitora.

Rememora Princesa, que aquella mujer tan cara a sus sentimientos despreciaba los convencionalismos y las reglas preestablecidas.

En su fiel recorrido por un ayer sin lugar a dudas amoroso, aunque difícil, escribe estas palabras: “Se iría hoy... ¿Quizás mañana? Pero sé que se irá. Aun así, no puedo dejar de amarla y quizás por ello me parece amarla aún más”.

Nunca regreses al ayer, un relato que rinde homenaje al talentoso poeta paraguayo Elvio Romero (quizás uno de los mejores y más reconocidos a nivel internacional) es sumamente humano.

Aquino Augsten se vale de estas expresiones emotivas en un párrafo: “Desde la ventana, que no tenía vidrios, sino a la usanza antigua las persianas abiertas, miró largamente a través de las hojas que cubrían la fachada de lo que recordaba como un balcón. Entonces él –el aromático Romero de Alberti– blasfemó contra los muertos, contra los vivos, contra el tirano desterrado y, sobre todo, contra su regreso del exilio. El suyo, no el del otro. Para terminar blasfemando contra sí mismo”.

Valga esta ocasión para valorar a un hombre, un ser humano que sufrió persecusiones por sus ideas y que retornó a su patria después de permanecer un largo tiempo en el extranjero.

Alentado por escritores de la talla de Rafael Alberti y Gabriela Mistral, Elvio Romero hizo un camino valioso dentro de la poesía.

De hecho, junto con Hérib Campos Cervera, Josefina Plá y Augusto Roa Bastos, dio un matiz diferente y renovó la literatura paraguaya.

La autora deja en las líneas finales una suerte de moraleja que debería ser tenida en cuenta por los lectores: ¡no es bueno remover el pasado!

El poeta, dedicado a Miguel Ángel Caballero Figún, es la recordación nostálgica y anecdótica de algunas vivencias compartidas con los colegas escritores que acostumbran reunirse, de cuando en cuando, en el bar San Roque. Menciona en especial al ilustre y apreciado escritor José Luis Appleyard, quien en cierta oportunidad recitó sus poemas y, al terminar la última estrofa de su obra, encendió un fósforo.

¿Qué puede el lector saber en torno al emblemático sitio? Pues ella se encarga de presentarlo de la siguiente forma: “El San Roque es el bar de los literatos. Suelen concurrir también pintores, escultores, gente de teatro, bohemios apasionados por algo perdido en sus vidas. Como parte de la tertulia, se beben algunas copas de vino acompañadas de chipitas (ese plato típico, especie de panecillo hecho de almidón)”.

El tejido del destino, destinado a Emi Kasamatsu, es una historia bien lograda. Princesa nos lleva, a través de la misma, al misterioso mundo de los samurái.

Y en relación con él nos dice: “En Kajiki son tradicionales las competencias de arañas. Se cree que se habrían iniciado en el siglo XVI a fin de reunir gente para los ejércitos. Estas se realizan con un tipo de arañas llamadas samurái, las mismas son de color negro con franjas de un amarillo intenso, como anillos de oro”.

La protagonista de El tejido del destino se llama Enu. Es la encargada de mantener viva la tradición de su padre, la enviada a rescatar del olvido y de la nada un saber milenario. En las últimas líneas hace una revelación que guarda relación con las costumbres artesanales de muchas mujeres de nuestro país: “Ya en Paraguay, con doce años, cambió su nombre por el de Emi. Supo luego de la guerra mundial, de las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Pudo transmitir su cultura a los suyos, la heredada de su padre y, por sobre todo, Emi fue feliz tejiendo ñandutí, que en idioma de los indios guaraníes significa tejido de araña”.

 

DESCARTES Y GALILEO

En La lección de dignidad, dirigido a su progenitora Nancy Augsten, se refiere al cuadro La lección de anatomía, del genial Rembrandt van Rijn, cuya copia se hallaba en el atelier de uno de los copistas más importantes de Buenos Aires. He aquí algunas anotaciones: “Fue la primera obra que Rembrandt firmó con su nombre completo, no solo sus iniciales como las anteriores. El cuadro hace referencia a un tema polémico, el de las ideas. Por la misma fecha en que Rembrandt hacía este cuadro, Descartes era exiliado a Holanda, y también Galileo en Italia mantenía una dura batalla por sus ideas; ambos eran brutalmente combatidos, cada uno en su área”.

Como La lección de anatomía no tenía significado alguno ante sus ojos, arrima una confesión sobre el mismo y el copista: “Yo, la verdad que lo poco que entiendo de cuadros y de esas cosas se lo debo a él. Siempre me hablaba y me explicaba qué era lo que estaba haciendo. Qué cuadro. Qué pintor. Qué técnica. De dónde. Yo algo aprendía. Pero de ese cuadro nunca me habló mucho; sin embargo, sé que era el que más quería”.

El protagonista trabajó siete años con el artista. Luego tuvo que buscarse un nuevo empleo, ya que a él lo llevaron preso. En una ocasión quiso vender la obra de arte, mas no lo consiguió. Un final misterioso relacionado con Ernesto Guevara cierra el cuento.

Panta Rei se remonta a un pasado amoroso y sus momentos de dicha.

Va rememorando con puntillosidad los detalles del hogar que compartió con el hombre a quien dio su cariño: “Todo estaba allí, en el lugar que debía estar, el salón, la minúscula cocina con cerámicas negras y blancas, en ese cuadrado de un metro por un metro, reproduciéndose en las paredes con tamaño diminuto. El baño, simulado tras la puerta de madera maciza con la estatua de Shiva tallada en alto relieve. El escritorio, el dormitorio sin placares, con la cómoda pintada a mano y la barra para colgar las perchas de ropa. La escalera que sube”.

Usando expresiones casi líricas sobre el ayer, entrega estas evocaciones: “La familia, la casa, los bienes, todo en orden. Contigo el desorden, sin casa, sin bienes, sin familia, pero felices, porque eso sí, fuimos felices. Lo dijimos hasta cansarnos, tras cada llamada para contarnos cosas, luego de preguntarme si tenía quizás pensado ese año ir a Roma”.

Finalmente apela a la memoria para recuperar, a su manera, al ser amado: “Nunca me había dado cuenta de que la vida es un objeto más en el mundo y la tuya ahora es un objeto roto. Uno más de tantos, como los recuerdos, añadidos a trozos. Dejo de buscarte. Sé dónde encontrarte. En el mismo lugar de hace tantos años, a la misma hora de entonces, con los mismos planes. ¡En mi memoria tu recuerdo!”.

  

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Publicado en fecha Domingo, 3 de Marzo del 2013

Fuente en Internet: ABC COLOR DIGITAL / PARAGUAY

 

 

 

 

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