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LENI PANE


  ETNOLITERATURA NIVACLE - Por LENI PANE CHELI


ETNOLITERATURA NIVACLE - Por LENI PANE CHELI

ETNOLITERATURA NIVACLE

Por LENI PANE CHELI



2. LA MANTA

Le ardían los pies sobre el espartillar. Desde la mañana temprano había caminado oteando el horizonte en busca de alguna abeja que pudiese llevarle hasta su panal de miel. Sus ojos, acostumbrados a este trabajo, sabían mirar hacia el cielo azul, y descubrir a esos diligentes insectos llevando agua o polen, según brillasen más o menos a la luz del sol.

Él se conocía como un hábil buscador di‘ panales de miel. Sin embargo, esa mañana la suerte no le acompañaba. Ni una sola abeja había avizorado. ¿Qué estaría pasando? Sintió que sus pies le ardían cada vez más, y buscó el refugio de una sombra. Sacó de su “Yi’ca”(*) carne seca y agua, y se dispuso a descansar.

Estando con los ojos semicerrados y adormeciéndose, vio ante sí una enorme víbora. Quiso moverse, pero sintió que sus miembros estaban rígidos ante la mirada llameante del animal. El cual sin abrir la boca le habló así:

“Hace mucho tiempo, tanto que la gente lo ha olvidado, vivió en esta tierra uno como tú; buscador de miel, como tú. Vivía en la aldea con su bella mujer y con su no menos hermosa cuñada. Y sucedió que el hombre vino a enamorarse de la hermana de su mujer. Pero la joven cuñada, que no deseaba hacer daño a nadie, y menos a su hermana, rechazó los requerimientos amorosos de su cuñado. El hombre, por lo tanto, se resintió y urdió un plan para vengarse”.

“Se mostró solícito con las dos mujeres. Todos los días iba en busca de miel, y todos los días volvía con dos bolsitas de cuero: Una para su mujer y otra para su cuñada, sólo que en la de ésta última le agregaba dos o tres huevos de serpientes”.

“Un día en que las dos hermanas caminaban hacia la aguada (la mayor, casada, delante, y la menor detrás) por una angosta picada, al pasar por un verde y oscuro paraje, escuchó la mayor que iba delante, un angustioso grito:

—Ayyyyyyay... ¡Hermana, ayúdame!

Buscó la hermana a la suya por detrás, y no la encontró.

Volvió a escuchar el grito:

-¡Ayyyyyy! ¡Ayyyy! ¡Ay de mí, hermana, ayúdame!

— ¿Dónde estás? —preguntó la mayor.

—Aquí, ¡Aquí!

—¿Donde?

—Aquí en el hueco del árbol —respondió la hermana.

Miró la hermana hacia donde salía la voz, y con horror vio a su hermana en el hueco del árbol, mitad humana y mitad víbora, retorciéndose horriblemente. Ya no puedes ayudarme hermana. Sólo te pido que no me olvides.

—Fue tu marido quien, por rechazarle sus requerimientos amorosos, me convirtió en víbora.

“Y la mujer volvió, triste, sobre sus pasos. Llegó a la aldea y al verle que llegaba sola, le preguntaron por la hermana. Quiso la mujer explicar pero... a la extrañeza le siguió el pánico. No podía articular ni una sola palabra. Se había quedado muda. ¿Cómo podría testimoniar ahora el sacrificio de la hermana por haber sido leal? ¿Cómo podría ella confesar ante la aldea la maldad de la que había sido víctima? Encerróse en su choza, y al amanecer vieron los vecinos que la mujer se aprestaba a componer un telar. Una vez que lo terminó, se puso a tejer, con hilo de lana de oveja, día y noche, noche y día, hasta que, finalizada la obra, vieron los vecinos una larga manta cuyos ondulantes dibujos semejaban la piel de una víbora. Sacó del telar la manta, y llevóla junto a su marido. Rápidamente comprendió el hombre que su mujer había descubierto el delictuoso amor por su hermosa cuñada. El hombre desconocía hasta ese momento el motivo de la ausencia de su cuñada, pero ante la manta que su mujer le enseñaba, y los dibujos que allí se veían, comprendió que el veneno había hecho su efecto. Al mismo tiempo comprendió la razón de la mudez y la actitud retraída de su esposa, que hasta el momento no se había explicado”.

“Pensó actuar rápidamente, pues si su mujer, por casualidad, recuperaba el habla, la aldea se enteraría de su mala acción y lo expulsaría de mi seno. Ante esta posible situación, la única solución que cabía en su mala alma, era matar a su mujer”.

“Arrimóse lentamente a ella, levantó las manos como para ponerlas sobre el cuello de la mujer, cuando ella, adivinando el mortal propósito del hombre, procuró llamar en su auxilio a alguna persona de la aldea, pero no pudo. El temor le invadía ante la presencia de la muerte próxima. El hombre ya la tenía ceñida por el cuello, cuando la mujer procuró un último auxilio, y un angustioso grito escuchóse por todo el ámbito de la aldea. Se sentía ahogada, en un caliente vaho de muerte, cuando las manos que apretaban su garganta se aflojaron precipitadamente y atónita presenció cómo caía exánime a mis pies el pesado cuerpo de su marido, al mismo tiempo que una enorme víbora se desenroscaba de él para ir a perderse en el monte”.

Así terminó su relato la víbora, al mismo tiempo que el hombre percibió que movía sus antes rígidos miembros, y que, como despertándose de un sueño, veía alejarse en rítmicos movimientos hacia la espesura una víbora, mientras en lo alto, un enjambre de abejas volaba hacia su panal de miel.


 

 

5. YO’NIS Y C’ACJO

 

En los campos extendidos a lo largo del río Pilcomayo, poblado de pantanos o de bosquecillos, o de buenas tierras, vivían dos amigos en muy tranquilas relaciones. Sus vidas se deslizaban entre largas conversaciones, juegos, y la búsqueda de agua y comida con que hacer subsistir a sus cuerpos.

Nada tendría de extraño que esta amistad sea entre pares. Pero estos amigos no lo eran: se trataba de un zorro y su pariente lejano, el armadillo.

Yo’nis (el zorro) confiaba plenamente en el buen juicio de C’acjo, especialmente en cosas de comer.

Fue así que despertaron una linda mañana, y tal vez por la placidez del cielo, o la benévola brisa que sentían correr sobre sus cuerpos, hizo que pensaran en la comida, primero, y en una fiesta, después.

—Vamos a buscar algo que comer —propuso Yo’nis.

—Y vamos a hacer una fiesta —completó C’acjo.

—Entonces necesitamos una vaca.

—Busquémosla.

Caminaron un rato hasta que divisaron un grupo de ellas.

—Tenemos aquí las vacas —dijo uno.

—¿Quién las va a enlazar? —preguntó el otro.

—Yo voy a enlazar una —propuso el armadillo.

A lo que el zorro dijo: Tú vas a enlazarla, y yo te ayudaré con ello.

— ¿Cómo vas a ayudarme? —preguntó C’acjo.

—Buscaré una vaca que esté más llena de carne, luego procuraré separarla del grupo, al que dispersaré mostrándoles mis dientes, a los que temen. Yo te avisaré gritándose: ¡ya se van las vacas! ¡ya se van las vacas! En ese momento la que yo seleccioné para nuestro almuerzo estará separada de las demás, y podrás enlazarla.

—Muy bien —repuso el armadillo—. Intentémoslo.

Mientras el zorro, despacio y astutamente, se acercaba a las vacas que, ausentes del peligro, pastaban tranquilamente, el armadillo buscó un árbol bien fuerte, y a éste ató una de las puntas de una larga cuerda, mientras que con la otra se preparaba a enlazar al animal que les serviría de almuerzo.

— ¡Ya se van las vacas! ¡Ya se van las vacas!

—gritó Yo’nis.

C’acjo tiró rápidamente de la cuerda por el lado libre y enlazó a la vaca. Esta peleó a la cuerda pero no pudo zafarse de ella.

— ¿Ya la enlazaste? -preguntó el zorro desde el otro lado del campo.

—Si, ya la enlacé. Ven —contestó el armadillo.

Presentóse el zorro corriendo, y en no más rápidos asaltos juntamente con el armadillo mataron a la vaca, y se pusieron a realizar su fiesta.

Comieron y comieron. Estuvieron tres días seguidos con sus noches comiendo el animal, y al amanecer del cuarto dijo Yo’nis:

— ¿Qué vamos a hacer ahora, que se nos ha terminado la carne?

—Pues busquemos otra vaca, para comérnosla —propuso C’acjo.

—Sí, vámonos a buscar otra —dijo alegremente el zorro.

Caminaron hacia el campo conocido, hasta que divisaron el grupo de vacas.

— ¿Quién va a enlazar ahora? —preguntó Yo’nis.

—Enlaza tú ahora —le contestó C’acjo.

—Bueno, yo la voy a enlazar, y tú trata de separar al mejor animal del grupo —recomendó Yo’nis.

Se separaron. Cada uno se dirigió a su tarea.

Sigilosamente el armadillo se arrimó a las vacas, en tanto que el zorro, que se había quedado para enlazar al animal elegido, hablaba solo y en alta voz: “¿Qué haré ahora? Por supuesto, si a C’acjo le tocó enlazar la vez anterior, a mí me toca hacerlo ahora. Pero, el caso es que yo no sé enlazar. ¿Por qué se me habría ocurrido preguntarlo? ¿Cómo haría C’acjo para enlazar las vacas? Definitivamente no lo sé, pero haré lo que se me ocurra en el momento”.

En estas divagaciones estaba el zorro cuando el armadillo le gritó: ¡Ahí va una! ¡Enlázala, enlázala!

Enlazóla el zorro, y al rato, oyó el armadillo unos gritos desaforados. Corrió hacia el lugar de donde provenían y lo que vio fue la huella de la vaca arrastrando un bulto. Siguió la huella.

Anduvo un buen rato hasta que divisó a la vaca, quieta y jadeante, que llevaba un cabo de la soga enlazada a su cuello, y el otro atado a la cintura de Yo’nis, que estaba en tierra desmayado.



7.EL TIGRE QUE QUISO VOLAR

Un tigre habitaba en lo más espeso del monte.

Hermoso y fiero, temido y admirado era el señor. Se sentía feliz dentro de su piel lustrosa, con sus ojos rasgados y sus afiladas uñas. El Creador le había dotado, además, de sagacidad, fino instinto y ferocidad implacable. ¿Qué más podría desear?

Paseaba una mañana por sus vastos dominios cuando vio a lo lejos moverse la copa de un árbol. Era el único árbol que se movía, y ni siquiera soplaba la más leve brisa. Extrañado pensó para sí: ¿Quién será el individuo que mueve el árbol? E impelido por la curiosidad se dirigió hacia él. Se sorprendió en extremo al encontrarse con el Jump’uvaay, un pequeño pajarito que se divertía jugando. Este volaba hasta la copa del árbol, y desde allí descendía en veloz vuelo. Lo hacía, una y otra vez, con alegría contagiante.

—¿Qué haces? —le preguntó el tigre, Yiyoój.

— ¿No ves? Juego con el árbol —replicó el Jump’uvaay batiendo las alas.

Intrigado volvió a preguntar el tigre. Y el pajarito, halagado por la atención que le dispensaba el amo, ensayó su mejor vuelo y su más peligrosa caída. Ya posado en una de las ramas del árbol, le dijo:

—¿Viste?

Yiyoój, que nunca jugaba, deseó ensayar el juego, y ya se disponía a subirse al árbol cuando Jump’uvaay le advirtió:

—Cuidado, Yiyoój, tú no tienes alas para sostenerte en el aire.

El tigre quedó desconcertado. El, que se tenía por el más perfecto de los animales, se veía impedido de ensayar el juego del humilde pajarito. Tendióse, pensativo y desalentado, al pie del árbol. Poco después, se irguió y dijo al pajarito:

—Jump’uvaay, préstame tus alas.

Y el pajarito, temeroso de desobedecer al tigre, sacóse las alitas y se las pegó al pecho del amo con cera de abeja.

—Ten cuidado, le advirtió. Esta cera no sostendrá las alas por mucho tiempo.

Alborozado, el tigre subió al árbol y desde la copa ensayó la caída al vacío, y luego el movimiento de las alas. ¡Qué sensación de plenitud! ¡Qué distinto se veía el mundo desde ahí arriba! ¡Ahora sí era el amo absoluto! Subió y bajó una y otra vez. Dos, tres, cinco, quince y, tal vez, cien veces.

El pajarito, desde la rama de un árbol cercano, reclamaba con aflicción:

— ¡Tigre! ¡Tigre! ¡Devuélveme mis alas, por favor!

Pero el felino no le escuchaba, absorto en su felicidad.

—No te servirán por mucho tiempo, insistió Jump’uvaay. El creador nos hizo diferentes. A cada uno nos asignó un oficio y un lugar en la tierra. Corres peligro si lo desobedeces.

Pero el tigre, que no deseaba devolver las alas al pájaro, seguía con mayor entusiasmo con el juego. Cuando de pronto, en uno de los más arriesgados vuelos, se desprendieron las alas, y el tigre se precipitó a tierra, golpeándose la cabeza.

Jump’uvaay, al verlo, acudió con presteza, y le llamó:

— ¡Yiyoój! ¡Yiyoój!

Pero el tigre que quiso ser pájaro dormía para siempre, soñando que volaba por encima de los ríos y montañas, sin poder detenerse, alejándose más y más.

 

 

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LOS FUEGOS DE LA NOCHE

BARBOSA RODRÍGUEZ / BARTOLOME / CADOGAN /

CHASE SARDI / PANE CHELLI / TOMASINI

Compilación: FRANCISCO PÉREZ MARICEVICH

DIAZ DE BEDOYA – GOMEZ RODAS EDITORES

© Copyright by F.P.M. y ZENDA – Selección Cultural, 1983

Diseño de tapa: Francisco Corral y Osvaldo Salerno

Logotipo Carlos César Almeida

Primera Edición Paraguaya, 1983

Asunción – Paraguay (193 páginas)

 

 

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