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LENI PANE


  PURA COINCIDENCIA, 2004 - Cuentos de LENI PANE


PURA COINCIDENCIA, 2004 - Cuentos de LENI PANE

PURA COINCIDENCIA

por LENI PANE

 
Editorial (Edición digital)
 
 
Asunción - 2004, 60 páginas.
 
 
 
 

LENI PANE : Nació en Asunción, Paraguay. Leni Pane es doctora en Ciencias de la Educación, especializada en antropología de la educación y Licenciada en Filosofía. Su preocupación por la difusión de la cultura y el desarrollo socio – económico – cultural de su país la han llevado a trabajar durante quince años en el campo del periodismo, de la enseñanza, del indigenismo. Fue la primera ombudsman del país al acceder en 1992 al cargo de Defensora Vecinal de la Ciudad de Asunción. Fue pionera en la reivindicación de las amas de casa al fundar en 1986 la primera organización, de las cinco que fundó, y que nuclea a este grupo ocupacional. Trabajó con los indígenas desde 1974 y en su carácter de pionera fue la primera mujer presidenta del Consejo del Instituto Paraguayo del Indígena (INDI) en 1999. Fue profesora en colegios secundarios, en las escuelas municipales, en las universidades Nacional de Asunción, Católica Nuestra Señora de la Asunción, Privada Columbia y otros centros de estudio. Fue directora de la Biblioteca Nacional, y es Miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Lengua, y correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua. Ha publicado: "La educación formal entre los indígenas del Paraguay" (tesis doctoral), "El Mensaje en las culturas indígenas" (con F. Pérez-Maricevich), "Todos los días la vida", "El control en la democracia", un estudio sobre Luis de Miranda y su romance, un cuadernillo titulado “Cartilla ciudadana” y otras publicaciones. Conocida por su preocupación por las causas socio – culturales, Leni Pane nos presenta un libro en el que configura y recrea con Ceferino, Leopoldina, Eufemia, Beatriz, Mirtia, María Bernarda, el Padre Miguel y otros, situaciones propias de la sociedad paraguaya. La pequeña historia de cada uno de sus protagonistas alcanza una dimensión mayor en el relato, y rebasa la de sus propias individualidades para convertirse en lo humano universal.

 
 
 

EL AULA

 

 

Ceferino Martínez, maestro del quinto grado, cruzó la única calle empedrada de Posta Pucú y entró en la escuela. Los niños que jugaban antes de la entrada a clases. Se arremolinaron alrededor de él:

– ¡Maestro, maestrito, maestro Buenito! Testimoniando de ese modo el cariño que le tenían.

Hacía muchos años que Ceferino enseñaba en el quinto grado. A diferencia de los otros maestros de la escuela, él se había graduado en la Escuela Normal de Asunción, tenía muy buena formación académica y familiar, pero su familia era tradicionalmente liberal, es decir respondían y colaboraban con el Partido Liberal, partido opositor al gobierno lo que le impedía a que sea el director de la escuela, aún cuando él no era afiliado a ese ni a ningún partido político. Pero, sus antecedentes familiares más el hecho de no estar afiliado al partido oficialista lo hacían sospechoso de formar parte del grupo opositor.

Sin afanes políticos y sin mayores ambiciones que la de enseñar, Ceferino era querido por los liberales de la oposición como por los colorados oficialistas. Derrochaba alegría y buena voluntad por lo que era conocido con el sobrenombre de: Buenito.

Todos los maestros, incluyendo la directora de la escuela recurrían a Buenito para elaborar sus planes, llenar las interminables planillas que se les enviaba desde Asunción, corregir las pruebas mensuales y en cualquier dificultad que se presentaba. Todos, menos María Selva, la gorda y ancha maestra del tercer grado, apodada por los alumnos María Cañón, por su voz ronca y fuerte parecida a la de un varón.

María Selva no sólo era de gran volumen sino que además tenía unos pelos alrededor de la boca y un cabello ralo y negro cortado en la única peluquería de hombres de Posta Pucú.

María Selva era lo que se llamaba en los inicios de los años sesenta una maestra asimilada. Había terminado la escuela priMaría, y el Ministerio de Educación implementaba un sistema de preparación rápida para las personas que deseasen ejercer la docencia en lugares donde no había o no eran suficientes los maestros egresados de las Escuelas Normales.

Era una época en la que las mujeres debían casarse y tener hijos, pues esto, según los criterios sociales de la época, era el objetivo y fin de la existencia femenina. Quien no cumplía con estos requisitos era socialmente condenada como solterona, lo que equivalía a la muerte civil de una mujer. María Selva había sido siempre gorda, y nunca fue linda. La belleza es una condición exigida, en la mayoría de los casos por los varones, no sólo para contraer matrimonio sino para iniciar cualquier flirteo.

María Selva se vio privada de esta posibilidad debida a su fealdad. En el fondo de su corazón María Selva deseaba ser como las otras muchachas de Posta Pucú, pero no la dejaron. Juntó amargura y un buen día decidió que esta no la consumiría, por lo que optó por el curso de magisterio que a la sazón el supervisor de la zona escolar estaba dictando, y se convirtió en maestra asimilada del tercer grado. De este modo adquirió dentro la misma sociedad que no le había aceptado como joven casamentera el estatuto de maestra, con el poder de aplazar o promover a los hijos de aquellos que en alguna oportunidad la rechazaron y se mofaron de ella.

Desde el primer día de clases María Selva se esforzó por ser muy seria, exigente y de pocas sonrisas con sus alumnos, por lo que éstos muy propensos a los sobrenombres, y teniendo en cuenta su ronca voz, rápidamente le pusieron el mote de María Cañón.

Por aquel entonces llegó a Posta Pucú un comisario enviado por el Ministerio del Interior para llenar esa vacancia, pues el anterior había muerto en un enfrentamiento con los cuatreros.

Benito Alcaraz era oriundo de un pueblito del norte del país.

Se asombró Benito de que un lugar tan alejado de la capital como Posta Pucú tuviese una hermosa iglesia, una escuela completa con los seis grados, una población escolar tan numerosa, y una vecindad tan pulcra y educada. Fue esta misma vecindad, que a los pocos días de llegar el comisario, empezó a murmurar sobre el analfabetismo de Benito. Efectivamente, Benito era analfabeto. No sabía leer ni escribir y firmaba estampando su índice pulgar mojado en tinta.

En el lugar donde había vivido su infancia no había escuela a muchos kilómetros a la redonda, Ningún niño de su pueblo había ido a una, por lo que no saber leer ni escribir no era nada de admirarse. En su adolescencia trabajó en el campo y en las estancias de la zona, y luego se enroló al Servicio Militar. De allí lo mandaron a servir en la Comisaría de la ciudad de Concepción. Cuando terminó el Servicio Militar volvió a prestar servicio en la misma Comisaría. Era diligente, trabajador, ordenado, respetuoso de sus superiores y de las leyes. Allí hizo carrera, pasó por varias comisarías de la zona, y ahora era comisario en Posta Pucú.

Enseguida entendió el Comisario Benito Alcaraz que una murmuración de esa índole podría corroer su autoridad, por lo que decidió reunir a todo el pueblo a fin de aclarar dicha situación.

La cita se determinó para el domingo después de la misa, sin precisar horario, pues como la Iglesia carecía de sacerdote, éste venía desde San Juan, en horario indeterminado de la mañana.

Los avisos se hicieron a través de un estafeta que visitó el bar de Don Filemón, el almacén de Doña Celedonia, la peluquería de hombres "Los dos corazones", a la directora de la escuela, y al sacristán de la iglesia. Con ello fue suficiente.

El día domingo era inusitado el movimiento en la principal calle de Posta Pucú, y después de la misa todos los vecinos se reunieron ante una improvisada plataforma en el frente de la comisaría.

El Comisario perfectamente uniformado con gorra y fusta en la mano no les hizo esperar. Se subió a la improvisada plataforma y se dirigió a los presentes:

– Señoras y señores. Ha llegado a mis oídos que ustedes están murmurando que yo no sé leer ni escribir. Eso es cierto: pero quiero decirles que la autoridad me ha enviado aquí para ser comisario y no para ser maestro de escuela. Por lo tanto cada uno a su trabajo, vuelvan a sus casas y gracias.

La vida de los habitantes de Paso Pucú siguió su curso con los altibajos y avatares propios de una numerosa comunidad

El Comisario Benito Alcaraz recurrió al Maestro Buenito para que le enseñe a leer y a escribir en el más estricto secreto, razón por la cual las enseñanzas se realizaban a la noche en la comisaría. Pronto todo el pueblo lo supo al mismo tiempo que una sincera amistad se iba forjando entre el maestro y el comisario.

Año tras año el maestro Ceferino Martínez alias "Buenito" era confirmado en cargo de maestro de quinto grado con rubro de primera, y María Selva en su cargo de maestra de tercer grado, con rubro de tercera.

Ceferino debido a su buen carácter era muy querido, además de pertenecer a una de las acomodadas familias de Paso Pucú. Razón por la cual Ceferino era miembro de la Comisión Pro Iglesia, Comisión Pro Asfaltado de la Ruta, y de la Comisión Pro Centro de Salud, y era siempre el elegido para ir a la capital cuando había cualquier problema que afectaba a la vecindad de Posta Pucú, y ahora, además, era amigo del comisario, la más alta autoridad gubernamental del pueblo. Pero, para María Selva todo se reducía a que Ceferino era el maestro del quinto grado.

Enseñar el quinto grado del maestro Buenito empezó a ser para ella un deseo, luego una preocupación y por último una obsesión.

Recurrió para ello a su hermano Cayetano quien era el chofer particular del Coronel Agripino Vera, Comandante de la Artillería con sede en la ciudad de Paraguarí.

Hacía tiempo que los hermanos no se veían, por lo que Cayetano se sorprendió al verla una tarde sentada en el corredor de su casa tomando mate con su mujer.

– ¿Qué te trae por aquí, hermana?

– Y nada. Vine a verte nomás.

– ¡Ah! Bueno, muchas gracias.

Un largo silencio ocupó el lugar de las palabras. Luego Cayetano volvió a preguntar:

– ¿Y qué te trae por aquí María?

– Y vos sabés Caye, que estoy trabajando como maestra en Posta Pucú.

– Sí, eso ya sé.

– Bueno, pero ahora quiero mejorar mi situación y quiero ser maestra del quinto grado.

– ¿Y yo qué tengo que ver con tu escuela?

– Vos nada. Pero tu comandante puede hablarle al Ministro de Educación para que me dé el rubro de ese liberal de Ceferino Martínez.

– Un liberal gana más que vos ¡Ndée! ¡Qué bárbaro!

– Sí, por eso quiero que me hagas ese favor.

– Medio difícil María. Cómo yo le voy a decir al Comandante lo que tiene que hacer.

– ¡Y no le digas! Contale nomás que tu hermana que es colorada es maestra de tercer grado en Posta Pucú, y quiere mejorar su sueldo por eso quiere ser maestra del quinto grado. Y que el actual maestro de ese grado es un liberal. Vos no le vas a pedir que me regale nada, sino sólo justicia. Y si tu comandante te escucha, él ya va a saber que tiene que hablarle al Ministro.

– Bueno, no te prometo nada, pero lo intentaré.

Volvió el silencio a ocupar el lugar del diálogo, en tanto que los mates se pasaban de mano en mano, hasta que María Selva, creyó prudente retirarse porque el último ómnibus que la llevaría de vuelta a Posta Pucú estaba por llegar.

Dos meses después llegó al pueblo Don Pedro Fernández-Colla, político importante que ocupaba un alto cargo en el gobierno. Venía normalmente a Posta Pucú, pues se había casado con la hija del mayor estanciero de la zona, por lo que era tenido como poderoso y respetado. Los vecinos de Posta Pucú lo vistaban en la solariega casa famiiar en el centro del pueblo, ya sea para pedir favores, o su intermediación o sencillamente para informarse sobre lo que acontecía en la capital.

Ceferino Martínez era un antiguo amigo de la familia Fernández-Colla por lo que también vino a visitar al reconocido político. Cuando Don Pedro le vio a Ceferino le dijo:

– ¿Y? ¿Te cansaste de enseñar el quinto grado?

– ¡Nooo! ¿Por qué lo dice doctor?

– ¿No pediste que te cambien a otro grado?

– ¡No! Don Pedro.

– Ah! ¡Aquí entonces hay algo!

– ¿Que´pasa Don Pedro? ¿Me alarma?

– El lunes pasado el Ministro de Educacion, que es mi compadre, se fue a comer en casa, y como sabe que me interesa todo lo que pasa en Posta Pucú, que es como mi patria chica, me contó que tiene un pedido de traslado de una maestra del tercer grado al quinto grado y viceversa. Y que ese pedido está avalado por el coronel Agripino Vera.

Yo te pido, mi querido Ceferino, que cualquier cosa que tenga que ver con la capital y la política primero me lo digas a mí. ¡Entendés! Porque si no quedo mal ante las autoridades – .

– Pe. . pe. . pero. . ¡si yo no sé nada! – a Ceferino se le trababa la lengua del susto – .

¡Sacarle "su" quinto grado!¡Era como sacarle parte del corazón! ¡

Èl que ni siquiera se había casado por dedicarse horas y horas a la enseñanza de "su" quinto grado, para el que no escatimaba ni horas de sueño, ni sentía cansancio hasta cuando sus alumnos lo abrumaban después de clase!

Don Pedro terminó abruptamente la conversación y dijo levántandose del asiento en que estaba:

– Bueno Ceferino, – dijo el doctor Fernández-Colla que lo llamaba así cuando estaba disgustado, – dejaremos esta conversación para más tarde.

Ceferino fue a la casa de su hermana Celia y le relató lo sucedido con Don Pedro.

– Pero, Ceferino – le dijo Celia: – ¿no te das cuenta de que si intervino el coronel Agripino Vera fue porque María Selva – Cañón le habría pedido a su hermano Cayé, que es chofer del coronel, que lo haga?

– ¡Síií! ¡Tenés razón! ¿Y qué te parece que debo hacer?

– Pues si María Cañón recurrió a una alto jefe militar como lo es el coronel Agripino Vera, para que abogue por ella ante el Ministro de Educación, vos tenés que recurrir a otra alta autoridad para que te defienda.

– Pero María Selva no estaba sola, estaba con su hermano ¿Te parece que yo solo debo abogar por mí mismo? ¿No te prece que la suerte de todos los alumnos del quinto grado está comprometida aquí? – y Ceferino continuó argumentando ante su hermana Celia:

– Si María Cañón asume el quinto grado, esos niños no tendrán como maestro a un profesor normal sino a una asimilada casi, casi igual que ellos en su formación académica

– ¡Sííii! Tenés razón – dijo Celia – . Y continuó:

– Mañana iré a la casa de nuestros amigos y parientes, visitaré casa por casa, ¡y haremos de esto una causa del pueblo! No por nada, hermanito mío, tenés seis hermanas mujeres – .

Dos días después de la conversación que tuvieron Ceferino y Don Pedro, éste vio llegar, a su casa, un grupo de más de cincuenta personas que se agolparon en la puerta pidiendo hablar con él.

Don Pedro los recibió en el amplio patio embaldosado de la casa y como político que era manifestó su gran alegría por la visita, pero, íntimamente, se inquietó. Aquello debía ser lo suficientemente grave para que aquellas personas, normalmente tranquilas y conformadas se movilicen y se manifiesten.

Don Cleto el marido de Doña Celedonia, la dueña del almacén pidió permiso para hacer uso de la palabra. Don Pedro Fernández-Colla lo autorizó y empezó a hablar:

– Hemos venido – dijo – hasta usted porque estamos muy preocupados. Nos hemos enterado de que hay en la capital un pedido formal para despojarle a Buenito, digo a Ceferino Martínez, del quinto grado que enseña desde hace nueve años, para sustituirlo por María Selva Cáceres, con el pretexto de que él no es del partido de gobierno.

Nosotros los vecinos más caracterizados de Posta Pucú, nos oponemos enérgicamente a dicho cambio, pues confiamos en el maestro Buenito, y le confiamos nuestros hijos, lo que no haríamos con María Selva. Por eso le pedimos ponga sus buenos oficios para evitar ese cambio. Porque si así fuera, no mandaríamos más a nuestros hijos a la escuela, y no serían solamente los del quinto grado, si no de todos los demás grados. Y si esa medida no hace efecto en la capital tomaríamos otras más drásticas, como el cierre de la ruta, y en la que ya intervendríamos nosotros mismos e involucraríamos a otras personas, sin importarnos las consecuencias. Lo que deseamos es que usted defienda al maestro Buenito, y nos defienda a nosostros, pues este atropello, no sólo se le hace al profesor Ceferino Martínez, sino a todos nosotros. Por último, doctor, sabemos que el Ministro de Educación es su compadre por lo le rogamos abogue ante él por la tranquilidad del pueblo.

– Señor – intervino otro vecino – Apoyo las palabras de Don Cleto y creo que todos los que estamos aquí lo apoyamos. ¿verdad?

– Sí, apoyamos – dijeron en coro los presentes.

– Bueno – dijo Don Pedro – iré a Asunción tan pronto termine un trabajo aquí en la estancia, y les prometo que me informaré

y abogaré porque Ceferino siga enseñándoles a sus hijos en el quinto grado.

Don Pedro Fernández-Colla era un antiguo político. Sabía que en tiempos eleccionarios cosechaba muchos votos de los ciudadanos de Paso Pucú, por lo que le preocupó el problema, y decidió ir a Asunción al día siguiente para solucionarlo.

En el despacho del ministro Don Pedro le informó de la situación que se planteaba en Posta Pucú y de la decisión de los padres de no enviar a sus hijos al colegio en el caso de que Ceferino fuera sustituído por María Selva.

El ministro tomó el teléfono y pidió al Secretario:

– Ramírez, comuníqueme inmediatamente con el coronel Agripino Vera.

Al rato, Ramírez le comunicaba que el coronel Vera estaba en el otro lado de la línea del teléfono.

– ¡Hola! Buen día coronel.

– Buen día señor ministro, en qué le puedo servir.

– Verá usted coronel. Le llamo porque está aquí conmigo en mi despacho el Dr. Pedro Fernández-Colla... .

– ¡Ah! sí! gran amigo mío. Le da mis saludos

– ¡Sí! gran amigo mío también. Le daré sus saludos. Ahora bien, el Dr. Fernández-Colla tuvo una reunión antes de ayer con los vecinos de Posta Pucú quienes le manifestaron su descontento por el pedido que usted me hizo la semana pasada.

– ¿Cuál pedido? Yo hago todos los días muchos pedidos – dijo el coronel.

– Aquel pedido que me hizo de sustituir en el quinto grado de la escuela de Posta Pucú a un maestro por la hermana de su chofer.

– ¿Y qué pasa?

– Lo que pasa es que el pueblo de Posta Pucú está muy convulsionado y han tomado conocimiento del posible cambio. Razón por la cual amenazan con no enviar a sus hijos a la escuela; y si eso no da resultado cerrarían la ruta en acción de protesta, lo que usted y yo debemos evitarlo, pues acarrearía el enojo del Superior Gobierno.

– Mire, señor ministro – gritó en el teléfono el coronel Vera – este es un pedido mío, y no acostumbro a pedir dos veces, así que solucione usted el problema con "su maestro" pero denle el quinto grado a "mi maestra". Buenos días.

Y airadamente cortó la comunicación telefónica. El ministro se quedó con el tubo del teléfono en la mano temblando de rabia. Luego de unos segundos lo puso en el lugar correspondiente y le dijo a Don Pedro Fernández-Colla:

– Pedro, está fea esta situación ¿Por qué no te vás vos mismo a hablar con el coronel Vera y terminás este embrollo? Tenés todo mi apoyo y lo que resuelvas yo te apoyaré.

Unos días después Don Pedro llegaba a Paraguarí. Pasada las revisiones de rigor en una guarnición militar en tiempos de estado de sitio, fue llevado hasta la residencia del coronel Vera. Este lo recibió amable y cordialmente, y lo invitó a almorzar. Terminado el almuerzo, se sentaron ambos en un largo y fresco corredor, Don Pedro abordó el tema que lo había llevado.

– Como usted sabe coronel, mi esposa es de Posta Pucú y la gente del lugar confía en ella y en mí. Me han planteado el problema de la maestra María Selva, quien desea enseñar en el quinto grado de la escuela local, grado que está conducido, desde hace nueve años, por el maestro Ceferino Martínez, a quien todo el pueblo aprecia. Todos están alarmados y han salido de su pacificidad y conformismo en defensa no sólo del maestro Buenito, como todos llaman a Ceferino Martínez, si no de lo que ellos creen que es el avasallamiento a sus derechos.

– ¿De qué derecho usted me habla doctor? – respondió el coronel.

– Coronel, dijo – le hablo del derecho que tienen esos vecinos de desear la mejor educación para sus hijos, y es obvio que un maestro normal diplomado tras cinco años de estudio en Asunción tendrá mucho mejor formación acádemica que una persona que no terminó la escuela priMaría y está asimilada como maestra por la necesidad que tiene el sistema de llenar esas vacancias en lugares remotos.

– ¡Ah! entiendo doctor. Pero yo también tengo un dilema. He dado mi palabra a mi chofer y a su hermana de que hablaría con el ministro y que no habría ningún problema. Como usted ve, no me puedo desdecir. Mi autoridad se desmoronaría y no es porque no cumplo con el pedido de un chofer, si no porque no cumplo la palabra empeñada. La tropa desconfía de los oficiales que mienten y la desconfianza trae caos y desorden, situación fatal en una guarnición militar. ¿Me comprende doctor?

– Si, perfectamente, coronel. Por eso debemos encontrar una solución a este conflicto.

– Analicemos – dijo el coronel – , el problema es la enseñanza en el quinto grado. Hay dos maestros, una sola escuela y un solo turno. ¿Qué cantidad de alumnos tiene ese quinto grado?

– Me dijeron que treinta y nueve o cuarenta alumnos – dijo Don Pedro.

– Bien, le propongo la siguiente solución: dividamos el curso y hagamos dos quintos grados – dijo el coronel.

– Puede ser, pero la escuela no tiene más aulas y el ministerio ya no tiene fondos ni para la construcción ni para el equipamiento de nuevas aulas, y mucho menos para un nuevo rubro docente.

– Le propongo lo siguiente – dijo el coronel – yo construyo en la escuela una nueva aula y usted, con ayuda de los amigos, la equipa totalmente, de ese modo el pueblo tendrá dos quintos grados con dos maestros, para elegir, y pondremos fin al problema suscitado.

– ¿Y el sueldo de la maestra? – preguntó el doctor Fernández.

– Entre usted y yo, mi querido doctor, le pagaremos el sueldo este año, que ya no son muchos meses pensando que estamos en el mes de mayo, y para el año que viene nuestro común amigo el ministro le concederá un rubro.

– Trato hecho – dijo el doctor Fernández.

– Para la Fiesta de San Juan estaremos inaugurando la nueva aula. Hasta entonces doctor.

 

Un mes después con gran despliegue de banderines, corrida de caballos, feria de comidas, y juegos el día de San Juan se inauguraba "la clase de María Cañón" como le dieron a llamar a la nueva aula. El doctor Pedro Fernández-Colla y el coronel Agripino Vera acompañados de sus esposas, del comisario Benito Alcaraz y de Ceferino y María Selva se dirigieron primero a la iglesia para escuchar misa, ya que el sacerdote había venido expresamente para esa ocasión a pesar de no ser domingo. Luego, se dirigieron a la escuela en dónde cortaron frente a la puerta del aula recién construida la simbólica cinta, en tanto que los músicos venidos especialmente desde el cuartel de Paraguarí interpretaban Campamento Cerro León.

Los alumnos se arremolinaban como siempre alrededor de Ceferino:

– Maestro – maestro Buenito, no nos dejes, y otros le preguntaban:

¿No nos vas a dejar? ¿Verdad?

Y Buenito sonriente respondía: – No, no les voy a dejar nunca.

Todos sonreían al ingresar en la nueva aula, y la primera en entrar fue María Selva y detrás de ella el coronel, el doctor Fernández-Colla y sus esposas. Todos se quedaron tiesos y con la sonrisa congelada al ver esparcidos encima del flamante y lustroso escritorio de la maestra gran cantidad de bosta de vaca y prendida a ellas varios palitos con pequeñas banderas nacionales.

 

 

 

UN DIA DE LLUVIA

 

– ... . y yo oía que las balas silbaban por doquier dentro la habitación – . María Luisa, la amiga de mi tía Leo me contaba lo que ella llamaba: "la obsesión de Luisa". Razón por la cual, en ese momento del relato, se levantó de la silla en la que estaba sentada y dijo dirigiéndose a María Luisa:

– La nena aún no conoce tu obsesión así que cuéntale el cuento a ella que Maíta y yo lo sabemos de memoria – . Y dirigiéndose a mi otra tía, que también estaba sentada en el grupo, le dijo ordenándole: – Vamos arriba Maíta, dejémosle a Luisa con la nena.

Y, luego dirigiéndose a María Luisa le dijo:

– Cuando termines con el cuento, nos avisás y bajamos de nuevo.

María Luisa era una antigua y buena amiga de mis tías, viuda como mi tía Maíta. Conocía el carácter agrio de tía Leo y el sumiso de tía Maíta. Las visitaba a ambas con frecuencia sobre todo después que enviudó, y que su única hija se casó con un noruego y se fue a vivir en el país del esposo. Tía Leo no se había casado nunca. En la familia se decía que había sido hermosa, que tuvo un novio que la dejó por otra mujer poco tiempo antes de la boda.

– Cuéntame más tía María Luisa (mis hermanos y yo llamábamos tía a todas las amigas de mamá y de las tías).

Y María Luisa debe de haber visto mis ojos iluminados porque su relato avivaba mi joven imaginación.

– Fue en los primeros días del mes de mayo de 1954, el día de mi primer empleo en mi primer día de trabajo en la Policía de la Capital. Me asignaron un escritorio en la sección de elaboración de documentos de identidad en el turno de la tarde. Había llegado temprano, a pesar de los rumores de golpe que desde el día anterior se escuchaba por la calle, ya que el mayor Virgilio Candia de la Caballería había sido apresado sin autorización del Comandante en Jefe.

– Tía – le interrumpí, – ¿El comandante en jefe era el presidente? –

– No – , me dijo Luisa, – El presidente era el doctor Federico Chaves, y el apresamiento del mayor Candia significaba que el presidente ya no tenía poder – , y agregó: continúo porque voy a perder el hilo del relato. –

Mi imaginación volaba, así que no entendía por qué María Luisa se preocupaba tanto de ello ya que mientras hablaba yo fantaseaba e imaginaba a cientos de soldados de caballería y a tía Luisa con botas y sable.

– El turno de la tarde terminaba a las seis – continuaba tía Luisa – , y ya me disponía a salir cuando uno de los encargados informó a todos los que trabajábamos en la oficina que no era conveniente que transitemos por las calles pues tenían el aviso de que la Central de Policía, donde estábamos, iba a ser asaltada y que todo el perímetro estaba controlado por fuerzas militares del Batallón 40, por lo que por seguridad de nuestras personas no nos permitirían salir del recinto policial.

Con mucho miedo – continuó el relato María Luisa, – nos agrupamos todos los civiles en una amplia habitación que se ubicaba en el centro del edificio. Vimos también cómo el jefe de policía Roberto L. Petit daba órdenes, y las fuerzas policiales se desplegaban de un lado a otro con fusiles y ametralladoras.

– ¿A qué hora comenzó el tiroteo tía Luisa?

– No sé, mi hija. Sólo sé que ya era de noche. Me pareció que habían pasado siglos desde que el encargado nos anunciara lo del asalto. Cuando de repente, escuchamos un cerrado tiroteo que venía de afuera, y nos espantamos. Corrimos hacia cualquier lado. Yo pasé una, dos o tres habitaciones hasta que encontré un armario y me escondí detrás, pues no estaba pegado a la pared. Desde allí para mi mayor susto yo veía la calle y el corredor de la entrada principal. Vi al jefe de la policía ordenar, gritar y salir a repeler arma en mano a los que tiroteaban el local

El asalto estaba en marcha

– ¿Tenías miedo tía Luisa? – , le pregunté con un hilo de voz, pues yo también empecé a tener miedo.

– Sí, tenía mucho miedo. Las balas iban y venían. Se incrustaban en las paredes y pasaban silbando cerca del armario en donde yo estaba agazapada y escondida.

Luego... – se quebró la voz de tía Luisa.

– ¿Qué pasó tía Luisa?

– Luego, desde mi refugio detrás del armario vi como el jefe de la policía salía al corredor, y era herido en una pierna.

Las descargas cerradas no permitían que yo, sin armas ni persona alguna que me cubra, me arrimase a él para auxiliarlo.

Vi como se desangraba lentamente, se debilitaba, se desmayaba. Cuando el ataque cesó y los atacantes fueron repelidos, el jefe ya estaba muerto.

– ¿No le podías ayudar, porque no tenías armas? ¿Verdad? ¿Y los otros tía? ¿Los otros no le pudieron ayudar?

– Nunca sabré si lo pudieron ayudar o no, pero cuentan que hubo una persona que lo pudo ayudar, y no lo hizo.

– ¿Quién fue? ¿Lo conocías? – pregunté ansiosa.

– No, no lo conocía. Acuérdate que era mi primer día de trabajo en la Policía. Su apellido era Ortiz, Ortellado, Ortega no lo recuerdo, y a la muerte del doctor Petit él quedó como comandante de la policía.

Yo seguí trabajando en la sección de documentos de identidad de la policía, y contaban mis compañeros de labor que ese nuevo comandante tenía muy mal carácter y reaccionaba duramente ante aquellas personas que le inspiraba desconfianza. Ante la menor falta cualquier ciudadano era demorado en la policía y él personalmente con su chofer hacían las rondas a la noche. Estas rondas terminaban, habitualmente, con una decena de presos.

Una noche de intensa lluvia – siguió diciendo tía Luisa – en la que el comandante Ortiz, Ortellado u Ortega o como se llame, hacía una de sus rondas, observó que en la esquina oeste del Cementerio de La Recoleta estaba parado un hombre con piloto oscuro y sombrero calado hasta los ojos que no dejaba ver su cara. Esta vestimenta le pareció sospechosa al comandante, por lo que le dijo al chofer que parara el vehículo y que llamara al hombre del piloto. Se arrimó el hombre y el comandante le ordenó:

– ¡Identifíquese y dénme sus documentos! – El hombre, siempre con el sombrero puesto que no dejaba ver su rostro, no le contestó.

Insistió otra vez el comandante:

– ¡Identifíquese y dénme sus documentos! –

El hombre, nuevamente, no contestó.

– ¡Súbase al auto! – ordenó – Lo llevaré a la policía para interrogarlo.

El chofer había bajado con un arma en la mano con el objeto de amedrentarlo y obligarlo a subir en el asiento de atrás del auto. Pero el hombre subió sin violencia y se sentó donde le había indicado.

El chofer puso en marcha el vehículo que se movía lentamente a través de la espesa e intensa lluvia.

El comandante que se hallaba sentado al lado del chofer le dijo a éste:

– Bueno ahora que no está bajo la lluvia veremos que cara tiene este sujeto – y volvió la cara hacia el individuo que se hallaba sentado en el asiento posterior.

– ¡Noooo!

El terror se apoderó de él pues ahora veía el rostro del individuo que había alzado en la esquina oeste del Cementerio de La Recoleta, y éste era el del jefe de policía muerto.

El chofer, lo vio también, frenó el vehículo y salió corriendo de él.

Nunca más lo vieron.

Algunos dicen que se fue a vivir con los indios.

El comandante, decían mis compañeros de la policía, se volvió loco y murió un día de lluvia.

– Tía Luisa – le dije – ¿creés que es cierto? ¿creés que era el jefe de policía muerto?

– Y puede ser – dijo pensativa Luisa – pudo ser cierto pues ahí nomás, al lado de la avenida está su panteón.

 

 

 

LA NOVIA

 

– ¡Carta! – gritó Candelaria subiendo rápidamente las escaleras de la entrada.

– ¡Carta del Chaco para la señorita Leopoldina!

Leopoldina fue casi corriendo al encuentro de la criada, y ésta le entregó la carta que se la arrebató de las manos. Emocionada se sentó en el banco de hierro pintado de blanco que se hallaba en el centro del jardincito de rosas y culantrillos en el frente de la casa.

Mi dulce y querida Leopoldina:

Al escribirte esta carta un cielo lleno de estrellas me cobija. Las miro y pienso lo bello que sería si las mirásemos juntos, pero como eso aún no puede ser pienso que las estrellas son tus ojos, que ellos me miran, me protegen, me quieren.

No podría pensar ni un solo momento qué sería de mí si no supiese que tú me esperas, y todas las dificultades se facilitan en la esperanza de reencontrarte.

Desde que salimos del puerto Asunción hasta nuestra llegada aquí en el borde del Chaco sobre la ribera del ríorío, una gran camaradería se apoderó de todos nosotros. Lo mejor de todo es que Mario y Néstor están conmigo y yo con ellos.

Las prácticas son pesadas y mañana nos internamos dentro del Chaco. No sé si de allá podré escribirte, pero cada vez que pueda lo haré. Dicen que ninguna guerra es justa, pero esta sé que es para defender a mi patria, y la patria la sintetizo y la materializo en ti, mi querida Leopoldina, razón por la cual defiendo lo que es tuyo, lo que es mío, lo que será nuestro. Te quiero, te extraño, tuyo siempre

Maximiliano

Isla Poí, 2 de agosto de 1932

 

Mientras leía la carta gruesas lágrimas caían sobre el papel y al terminarla la estrujó contra su pecho y se quedó mirando el horizonte.

Doña Eduarda, la madre de Leopoldina salió a buscarla en el jardincito y la encontró melancólica y silenciosa. Ya Candé le había contado de la carta, razón por la cual ya sabía de ella.

– ¡Buena razón para ponerse triste sobre todo cuando ese Maximiliano pudo ya haberse casado contigo antes de ir al Chaco, como lo hizo su amigo Néstor! Tres años hace que visita esta casa ¡Tres años! y ahora Dios sólo sabe cuánto va a durar esta guerra y cuánto él estará en el frente de batalla!

– Pero, mamá...

– ¡No lo defiendas! No, ante mí. Yo peino canas y conozco a los hombres.

– ¿Pero cómo vas a conocer a los hombres, si sólo conociste a papá a los catorce años y ¡te casaste a los quince!

– Sí, y enviudé a los treinta. Pero con uno me bastó. Además – agregó – ¡todos los hombres son iguales!

– Te equivocas mamá, Maximiliano es diferente.

– Veremos, veremos, hija, dijo el ciego que nunca vio.

A Doña Eduarda no le gustaba Maximiliano. Era una intuición por lo que se cuidaba de decir frases o comentarios que la conduzcan a situaciones verbales que no podía ni explicarse ella misma. Leopoldina, en cambio, profundamente enamorada de él, no le veía más que virtudes.

Maximiliano era un joven de veintidós años, estudiante de derecho. Antes de enrolarse trabajaba con su padre, dueño de un pequeño comercio, y estudiaba. Como muchos jóvenes acudió al llamado de la patria en peligro y se enroló al ejército. Lo mismo lo hicieron sus amigos Néstor y Mario. Estaba enamorado de Leopoldina, y sinceramente pensaba que se casaría con ella una vez que terminase su carrera de derecho y se graduase de abogado.

Pero la guerra, fatídica mujer, se interpuso entre los amantes.

Leopoldina también escribía cartas y respondía a todas las de Maximiliano.

A través de ella iba siguiendo el itinerario bélico de su novio.

La guerra del Chaco movilizó a todo el país. Los jóvenes se sintieron llamados al fragor de la batalla, y las mujeres jóvenes deseosas de ayudar se alistaron como enfermeras. Muchas fueron al Chaco, muchas otras se quedaron en la capital. Leopoldina fue a prestar sus servicios como enfermera en el improvisado hospital del Colegio María Auxiliadora.

Su dedicación, empeño y caridad puesto en los soldados heridos llamó la atención de las superioras, y ella explicó:

– Pienso que cada soldado herido pudo ser Maximiliano. Y si él está herido en algún lugar deseo que lo atiendan como yo los atiendo aquí a estos muchachos que no sé su nombre ni quienes son, sólo sé que están aquí porque fueron valientes en el campo de batalla.

Las cartas de Maximiliano le hacían saber a Leopoldina los enormes sacrificios a que eran sometidos los contendientes por la falta de agua, el calor insoportable o el frío, la humedad, la falta de víveres, las nubes de moscas y de mosquitos, el agua fétida, el cansancio. Maximiliano le narraba que la sed, el hambre y las infecciones habían provocado la muerte de muchos soldados y oficiales, pero que él había salido ileso pues el amor de ella, de Leopoldina lo protegía.

Leopoldina sufría, rezaba y esperaba.

Los diarios informaban de las batallas: Boquerón, Nanawa, Toledo, Gondra, Pampa Grande, Pozo Favorito, Campo Vía, Cañada de Tarija...

Las cartas de Maximiliano llegaban con retraso, pero llegaban a manos de Leopoldina

Luego, un largo silencio.

Más silencio.

Leopoldina empezó a preocuparse. Habló con amigas, novias también y esposas de otros contendientes. No pudo saber nada.

Luego la noticia: ¡Los soldados paraguayos fracasaron en Cañada Strongest! ¡Los bolivianos tomaron prisioneros!

Leopoldina entre otras mujeres y hombres se agolparon en las oficinas del estado mayor. ¡Quiénes eran los muertos? ¿quiénes los prisioneros? ¿Quiénes?

Luego la noticia: Maximiliano vivía, pero fue prisionero por los bolivianos al igual que Mario y Néstor.

Leopoldina pasó más de un año antes de tener noticias del novio. La tuvo a través del padre de Mario. Este era italiano y para saber noticias de su hijo y de sus amigos recurrió a la Legación italiana, la que se comunicó con la misma representación en Bolivia, y a través del Ministerio de Relaciones Exteriores del país andino se pudo saber que Maximiliano, Néstor y Mario estaban en la ciudad de La Paz en una prisión estatal.

Hubo algunas cartas y luego otra vez el silencio.

El año 1935 llegó y con él el armisticio y la paz. La alegría era total durante el desfile de la victoria, pero para Leopoldina la guerra aún no había llegado a su fin.

El tiempo pasaba lentamente, tan lentamente que cuando en enero de 1936 se anunció que Paraguay accedió al intercambio de prisioneros, Leopoldina no lo creyó.

A principios de 1937 Néstor y Mario se presentaron a la casa de Leopoldina. Delgados, demacrados habían dejado en las planicies chaqueñas el rostro niño que llevaron y volvían como hombres que habían vivido muchas vidas, y en sus miradas y en sus ojos se veían reflejadas la individual y extraña experiencia humana del dolor y de la muerte.

A pesar de ello hubo alegría en el reencuentro. Doña Eduarda les agasajó con su mejor licor y Candé preparó una comida especial. A los saludos triviales y protocolares siguieron las preguntas sobre la guerra. Todos parecían tener miedo de hablar de Maximiliano. Pero al fin Leopoldina preguntó:

– ¿Y Maximiliano ¿Dónde está? ¿Por qué no volvió con ustedes? ¿Le pasó algo grave?

– Estee... bueno, él te contará – dijo Mario señalando a Néstor.

– No, Mario te contará mejor. ¿Verdad Mario?

– No, que cuente Néstor...

– Bueno, ¡qué pasa! ¡que alguien me cuente! Cualquiera de los dos, si los dos lo saben.

– Bueno... – empezó Néstor – es que Maximiliano...

– se casó – terminó Mario.

– ¡Quee..! gritó Leopoldina – ¡Que se casó!

– Sí – dijo Néstor – Se casó en La Paz con Julia, una chica boliviana, que nos visitaba en la prisión.

– Nos sentíamos muy solos, y algunas chicas bolivianas nos visitaban. Una de ellas Julia.

– Sí, – dijo Doña Eduarda – que había estado callada hasta ese momento – pero ustedes no se casaron con esas chicas.

– No, – dijo ingenuamente Néstor – porque no se embarazaron.

– Eso quiere decir que no solo se casó si no que tiene un hijo – dedujo Doña Eduarda

– Una hija – corrigió Mario.

Leopoldina se levantó y fue corriendo a su dormitorio, se tiró en la cama y se sumió en un convulsivo llanto, que le duró toda la noche.

Los días pasaron lentamente. El dolor dio lugar a la resignación. Pero el amor no da lugar a nada, queda anidado en la memoria y en el corazón.

Leopoldina supo que Maximiliano y Julia no pudieron derribar la muralla de odio construida por la guerra entre paraguayos y bolivianos, por lo que la vida cotidiana para ambos se hizo insoportable hasta terminar con un divorcio. La niña se quedó con su madre en La Paz, y Maximiliano volvió a Asunción. Era un hombre viejo de treinta años, cargaba sobre sus hombros tristezas, y como Néstor y Mario y muchos otros, también el horror de la guerra a la que habían ido adolescentes e inocentes como a un juego, igual que como cuando eran niños y jugaban a los soldaditos.

Llegó a Asunción. La ciudad le olió a hogar y a amor. Fue directamente a la casa de Leopoldina, la inolvidable novia.

Golpeó las palmas, y la antigua criadita, hecha toda una mujer le salió a recibir.

Candelaria casi se desmaya de susto. No sabía si veía a un ser real o a un fantasma. Corrió escalera arriba gritando:

¡El señor Maximiliano! ¡El señor Maximiliano! ¡El señor Maximiliano llegó!

A Leopoldina se le heló la sangre primero, luego una inmensa alegría le invadió todo el cuerpo, corrió a peinarse, y salía de la puerta de su dormitorio para atender al amado visitante, cuando Doña Eduarda le cerró el paso:

– ¡No! No lo vas a recibir, ¡es un divorciado! ¿Qué pensaría tu padre si un divorciado pisara esta casa? ¡Tú eres una señorita bien educada! ¿Qué no dirían de ti la gente? ¡Y yo, tu madre no permitiré que estés en la boca de nadie! ¡Te has olvidado ya de lo que te hizo! ¡Poco le importó a él que le quieras y que le hayas estado esperando!

¡Candelaria! ¡Dile a ese señor que la señorita Leopoldina no lo quiere recibir, y que le ruega que no venga más a esta casa!

Leopoldina no contradijo a su madre, bajó la cabeza y retornó, llena de lágrimas, a su habitación a continuar con el mantel que estaba bordando.

 

La guerra es un juego maligno y cruel: mata y destruye vidas. La de Maximiliano era una de ellas. La de Leopoldina la otra.

 

 

 

LA CARTA

 

A menudo se repite que el primer

amor vuelve siempre, es mentira:

lo que sucede es que no se va

nunca.

(Antonio Gala)

 

Claudia se paró en la puerta del banco observando el tránsito de la concurrida avenida, esperando que su esposo la buscara del trabajo como lo venía haciendo desde hacía ocho años.

Observaba entretenida la gente y los automóviles cuando su vista se detuvo en un papel de color lila pálido que jugueteaba alegremente con el viento, y que fue a caer a sus pies.

No iba a darle ninguna importancia a esta casualidad cuando sus ojos se fijaron en dos palabras:

"Querido mío". La curiosidad pudo más que el desprecio natural que se le hace a lo que es "basura", y sostuvo la polvorosa hoja con la punta del zapato, luego la levantó del suelo y la leyó:

 

Querido mío:

Hace más de cuarenta años que en una tarde estival me dijiste "te quiero" al compás de una suave música que arrastraba nuestros pies y unía nuestros cuerpos en un lánguido baile.

Te quise desde siempre, te esperé desde siempre. Mis diecisiete años y tus veinte años brillaban a la luz de la vida y creíamos conquistar el mundo. Aceptábamos la realidad de un universo protegido por padres y hermanos, el que nos parecía que nunca acabaría. Nuestra realidad se acomodaba a la creación de nuestras fantasías.

Como mujer me acomodaba a los requerimientos sociales impuestos desde la mitad del siglo XX. Pero nosotros, tú y yo, éramos parte de la generación de los años sesenta. Los inconformes de los años setenta y los protagonistas de los posteriores. Éramos la generación del cambio.

Fuiste tú primero quien se dio cuenta de que ese mundo en que yo soñaba y vivía era irreal, que había otro mucho más real y duro que se estaba gestando y del cual debíamos ser protagonistas en la sociedad de la que formábamos parte, quisiéramos o no. En ese mundo que tú percibías mejor que yo, desaparecían los antiguos valores y la ética tradicional. Nos urgía al cambio, y nos empujaba a una lucha antigua y nueva al mismo tiempo por la libertad, la justicia y la democracia.

Para sobrevivir era necesario luchar y renunciar a los sueños adolescentes.

Yo te quería tanto que si me hubieras pedido el alma yo te la habría dado.

Un día te di un anillo con una piedra azul. Tú me diste un par de zarcillos de oro con unas aguamarinas claras como tus ojos. Pero un día... mi padre y sus malos negocios y tu padre, cada uno por su parte intervinieron en nuestro futuro. Lloré el día que me dijiste que no había futuro para nosotros, y no lo acepté porque sabía que te quería y que tú me querías.

Pero tú ya sabías de luchas y de renuncias. Sabías que la suerte no es sino el corolario del éxito y del esfuerzo personal. Sabías que el camino del éxito estaba alfombrado de renuncias. Y renunciaste a mí.

Te casaste tal como tu padre te sugirió. Yo me casé sin sugerencia alguna.

Aún me duelen tus esponsales.

Me duelen tus hijos porque no fueron los míos, pero no tengo para ti otra cosa que no sea amor, como no lo tenía en aquel entonces.

Por eso, si en mi impetuosa juventud, alguna vez sentí dolor y hasta despecho, ahora hay dentro de mí un amoroso perdón para ti, del mismo modo que quiero que me perdones por no haberte sabido comprender y obligarte a una dolorosa renuncia, por no haberte ayudado en la búsqueda de caminos alternativos y de soluciones compartidas, porque si hoy se presentaran esas mismas situaciones te ayudaría sin desmayos ni cansancio.

Estoy segura de que te esforzaste por ser feliz y lo quisiste para quienes te rodeaban, que en ese esfuerzo, también, fuiste feliz, de que eres feliz. Yo lo soy en los ojos de mis propios hijos.

Me has visto. Nos hemos visto muchas veces.

No sé si eres más viejo o si tienes canas porque yo siempre que me encuentro contigo, me late aceleradamente el corazón y te veo radiante como aquel día de diciembre hace cuarenta años.

Si alguna vez pudiera volver a sentir tu mano entrelazada con la mía, si alguna vez pudiéramos continuar la aventura de querernos, yo te estaré esperando.

Si no, si la vida ya ha dejado huellas demasiado profundas en ti como para haberme olvidado sólo quiero que sepas que te quiero hoy, igual que ayer, y por toda la eternidad.

Querido mío... continuaba la carta, pero luego varias ondulaciones bordeadas de polvo señalaban que la carta se había desgarrado, llevándose el viento el párrafo final, la firma y tal vez, la última ilusión.

 

Claudia se emocionó ante la anónima carta y gruesos lagrimones cayeron bajo sus ojos. Por unos segundos desapareció la gente, la calle, los automóviles, y sólo la carta ocupó su mente y su corazón.

– ¿Quién la escribió? ¿Cuando? ¿Ayer? ¿Hoy? ¿La semana pasada? ¿Por qué la escribió? ¿A quién la escribió?

¿Quién era él que a través de cuarenta años podía mantener viva la llama de un amor? ¿Quién era ella que así amaba?

Claudia se reprochó a sí misma el haberla leído. ¿Quién era ella para leer el alma? Porque quien la había escrito había puesto el alma en esa carta. Se estremeció, el papel resbaló de sus manos, y éste voló de nuevo.

Sintió en la cara como una caricia el aire fresco del junio que se iniciaba.

El sol brillante irradiaba sus rayos de luz sobre el cielo celeste y las nubes blancas mientras el viento jugaba con su cabello. La carta, también de nuevo, jugaba con el viento

Sintió que la vida era bella y que ella con sus treinta y cinco años la amaba, que amaba a su esposo, a sus hijos, a sus plantas, a sus perros. Que los niños la esperaban ansiosos en la casa con una taza de café con leche y con muchas cosas que contar y compartir.

La carta voló y cayó de nuevo sobre el pavimento, se revolcó entre el polvo y la hojarasca.

 

Claudia vio llegar a su esposo, y pensó, mientras caminaba hacia el automóvil estacionado en el borde de la acera, que la vida nos hace parecer como hojas de papel que vuelan con el viento del destino.

 

 

LA CASITA

 

¡O manó Ña Antonia! ¡O manó Ña Antonia!

¡Se murió Doña Antonia! Repetía sin consuelo una y otra vez Eufemia.

Antonia Rojas Delrío vda. de Benítez había muerto a los noventa y cuatro años de edad, luego de una cómoda vida, rodeada de sus hijos, nueras, nietos y demás deudos. Pero la más afectada era Eufemia, la criada.

Tenía doce años cuando su madre le entregó a Doña Antonia para que la criara. Entró a formar parte del numeroso grupo de empleadas domésticas que trabajaban en la casa de la familia Benítez – Rojas – Delrío, con la excepción de que no percibía sueldo y era la obligada acompañante de la dueña de casa y de las hijas.

Fue a la escuela, aprendió a leer, a escribir. Al terminar la escuela primaria, Doña Antonia la envió a un instituto de manualidades, donde le enseñaron a coser y a bordar. Nunca más supo de su madre ni ellos de ella. Pasivamente aceptó lo que le daban, las ropas usadas de las hijas de Doña Antonia, la comida de la casa, las costumbres urbanas, y la vida ordenada por los demás. Entre los dieciocho y los veintidós años hubo uno que otro noviecito, pero Doña Antonia le reprendió por ello, y durante varios días la condenó a escuchar sermones acerca de "los hombres" y otras cosas, razón por la cual, pasivamente, los dejó.

Doña Antonia fue el centro de toda su afectividad. La sirvió con mansedumbre, fidelidad y obediencia durante treinta y cinco años, y con total entrega y dedicación los últimos tres años en que Doña Antonia estuvo postrada, en la cama, por la vejez, los achaques y las enfermedades.

Con Doña Antonia desaparecía la única familia que ella había conocido, la única persona que ella había amado, por eso la desesperación ante la muerte de ella no tenía límites.

– Calmate, Eufemia, mamá está ahora con Dios en el cielo – le decía Martina, una de las hijas de la difunta.

– Eufemia, a mamá no le va a gustar verte sufrir – le decía Lucía, otra de las hijas.

Pero Eufemia seguía llorando sin consuelo, y sólo contestaba:

– ¡O manó Ña Antonia!

– ¡O manó Ña Antonia!

 

Luego del entierro, de la novena y un prudente tiempo de luto, la familia se reunió a considerar la situación de Eufemia y qué se podía hacer con ella.

– La podría llevar conmigo – dijo Lucía

– Pero en qué carácter – intervino Luis, el esposo – Eufemia no es una empleada doméstica, era la acompañante de tu madre, su asistente, su enfermera y no sé cuántas cosas más pero no era una empleada común.

– Sí, en realidad nosotros no necesitamos ese tipo de personal doméstico.

– No era una doméstica – intervino de nuevo Luis.

– ¡Bueno y qué haremos! – se impacientó Martina

– Démosle una buena indemnización y que se vaya – dijo Jorge, el marido de Martina.

– ¡Pero si nunca tuvo sueldo! – dijo Lucía

– ¡Nunca tuvo sueldo! – se admiró Luis.

– No, nunca. – respondió Martina

– ¿Y cómo una persona puede vivir sin plata? – dijo Jorge

– Y... bueno – dijo Martina – mamá le daba unos guaraníes semanalmente para pequeños gastos personales.

– Bueno, entonces no podemos hablar de indemnización, sino de premio.

– Dejémosle vivir en la casa de mamá, y paguémosle un sueldo por cuidarla – propuso Luis, el esposo de Lucía.

– No, no se podrá, pues Carlos y Miguel, tus cuñados desean vender la casa – respondió Martina a Luis.

Entonces, – dijo Lucía – ¿por qué no le regalamos la casita de Luque? Ninguno de nosotros querrá ir a vivir allí, en la compañía Cora-í, tan alejada del área urbana de Luque.

Se miraron todos admirados por la proposición.

– Sí, esa es la solución – dijo Jorge

– Sí – respondió Luis – démosle la casita de Luque y quinientos mil guaraníes para que inicie su nueva vida .

 

Eufemia lloró al dejar la casa que la había alojado y protegido por treinta y cinco años. La vieron partir hacia la casita de Luque en el camión de la mudanza, pues a más de su cama, su ropero, sus ropas y objetos personales, Martina y Lucía le regalaron algunos muebles de la casa de la madre como sillas, mesas y estantes, además del aparato de televisión, el ventilador, dos lámparas, un jueguito de sala, y algunas plantas situadas en viejas planteras. Además, entre todos los hermanos le compraron una cocina nueva, menajes y cubiertos, y le regalaron la máquina de coser de Doña Antonia que Eufemia la recibió emocionada.

Se instaló en la casita, que había sido remodelada y pintada para entregársela a Eufemia, y apenas llegada, ella puso un cartelito pintado sobre la cerca de la calle que decía "Modista".

No obstante la propiedad necesitaba de algunos arreglos. Algunas maderas estaban flojas en la cerca que rodeaba la casa y ella quería un patiecito empastado.

Eufemia fue muy bien recibida en la compañía de Cora-í. Enseguida encontró clientes entre las mujeres y los niños por la calidad de su trabajo y sus precios módicos.

Comentando sobre los trabajos que deseaba hacer en su casa, una de las mujeres de la compañía le recomendó a Nimber, un joven que hacía todo tipo de trabajos en las casas del vecindario.

Nimber fue a la casa de Eufemia. Ésta le mostró el trabajo que deseaba realizar y convinieron precio y tiempo de trabajo.

Nimber era un hombre de unos treinta años. Había llegado del campo y se instaló en Cora-í. Se ganaba la vida arreglando techos, cercas y cañerías, pintando paredes y limpiando patios. Era muy solicitado por todos los habitantes de la compañía de Cora-i y las aledañas, por su buen trabajo, su honestidad y su correcto trato.

Al día siguiente empezó la labor en la casa de Eufemia. Esta lo vio trabajando bajo el sol. Admiró su tez morena y brillante y observó su rostro viril. Nimber se sintió observado, pero siguió trabajando como si no se diera cuenta de ello.

Al llegar el mediodía, Eufemia le invitó a comer. Nimber entró en la casa y se sentó en la mesa frente al plato. Eufemia no se sentó con él, y desde la cocina lo observaba de reojo.

Diariamente, Eufemia lo observaba, desde una ventana, sentada frente a su máquina de coser.

Y Nimber lo sabía.

Al mediodía entraba a la casa, comía solo en la mesa mientras Eufemia desde la cocina lo miraba cada tanto, de reojo.

Así pasaron los días y el trabajo llegó a su fin.

Nimber se fue y a Eufemia le quedó el recuerdo de ese cuerpo esbelto, moreno y fuerte brillando bajo el sol.

 

 

Dos meses después, una fresca noche de junio, Eufemia escuchó en el portón de entrada el golpeteo de unas palmas. Salió a ver quién era y se encontró con Nimber:

– Buenas noches, señora – dijo – pasaba por aquí, y quise saber cómo estaba.

– ¡Ah! Muchas gracias. Bien, – dijo Eufemia sorprendida

Hubo unos segundos de silencio pues Eufemia sintió que el hombre la miraba con penetrantes ojos como si quisiera desnudarla. Nimber no era un hombre con modales sociales, y Eufemia no sabía qué hacer ante la visita de un varón. Sin embargo atinó a decir muy sonrojada:

– ¿No quiere usted pasar? La noche está fresca

– Sí, cómo no.

Se sentaron en la pequeña salita que era también el lugar de trabajo de Eufemia.

Ninguno de los dos decía nada.

Nimber rompió el silencio:

– ¿Le gustó el trabajo?

– ¡Sí! Sí me gustó.

– Mañana es San Juan.

– ¡Sí, es cierto!

– Y... hay fiesta en la plaza...

– ¡Ah! No sabía – dijo Eufemia

– La voy a pasar a buscar para llevarla.

– Sí, como no, gracias.

– Y bueno, entonces, será hasta mañana.

– Hasta mañana. Lo acompaño hasta la puerta.

En silencio lo acompañó hasta la cerca blanca

Hasta mañana – le dijo Eufemia – y le pasó la mano.

Hasta mañana, – le dijo él – y retuvo unos segundos la mano de Eufemia entre la suyas.

Cuando se fue, a Eufemia le latía el corazón y tenía la cara ardiendo.

 

Se fueron juntos a la Fiesta de San Juan.

Nimber visitaba asiduamente la casa de Eufemia.

La gente empezó a verlos juntos en los cumpleaños y los velorios de los vecinos de Cora-í. A pesar de ello, sin embargo, llamó la atención el día en que el sacerdote de la capilla anunció que se casaban.

Los vecinos comentaban:

– ¡Pero si ella tiene cincuenta y dos años y él treinta!

– ¡Pero si puede ser su madre!

– Nimber nunca quiso casarse ni tener compromiso alguno con ninguna mujer, ¿por qué ahora?

Así se sucedían los comentarios hasta el día de la boda. Se casaron en Luque. La boda se realizó primeramente en el registro civil, y luego en la iglesia. Vinieron, especialmente, para ser sus testigos Martina y Lucía, quienes transportaron a los novios.

Como regalo de bodas la familia Benitez - Rojas Delrío le obsequió a la pareja el título de propiedad de la casita.

Eufemia vestía dentro de su delgadez con un sencillo traje de bodas de dos piezas de color durazno pálido, que le sentaba muy bien a su piel morena y a sus cabellos negros, los que relucían con el contraste de un ramito de flores artificiales bordadas en perlas y canutillos de un tono más subido que el del traje. Sus piernas delgadas se adornaban con unas medias de tono rosado, muy pálido que le había regalado Martina, y en la mano llevaba el rosario de nácar que Doña Antonia le había confiado hacía mucho tiempo

Eufemia estaba muy emocionada. ¡Ella casándose! ¡No lo podía creer! Hacía mucho tiempo había perdido la esperanza de querer a alguien y que la quieran, y había sublimado esos sentimientos en el cuidado y devoción a Doña Antonia. Sentía que, como ya no estaba Doña Antonia, aquellos sentimientos habían aflorado de nuevo con el mismo ímpetu que en su juventud. Amaba a Nimber y estaba dispuesta a darle todo.

Terminada la ceremonia religiosa, los testigos y algunos amigos se dirigieron a la casita de Eufemia. Esta había preparado empanadas, cerdo, pollo, ensaladas y hasta una pequeña torta con una pareja de novios en el medio. A medianoche se fueron los últimos invitados y los novios cerraron la puerta de la calle.

Eufemia iba a retirar los vasos sucios y limpiarlos cuando Nimber se le acercó le tomó de la cintura y la llevó al dormitorio.

 

Eufemia vivía en un mundo encantado, donde el encantador se llamaba Nimber. Éste la apuraba con besos y vueltas en la cama como jamás ella se había imaginado. Sentía placer en el sexo y deseaba demostrar su agradecimiento a Nimber por ello. Cocinaba sus comidas preferidas, lavaba y planchaba a la perfección sus ropas, no le reprochaba sus salidas ni que constantemente le pidiese dinero, razón por la cual, ahora, ella debía trabajar más horas en la máquina y buscar mayor clientela.

La primera pelea fue a los seis meses cuando Eufemia le dijo:

– Este mes no te podré dar dinero, pues debo pagar los impuestos de la casa.

– ¡Queé! – gritó Nimber – ¿Qué no me vas a poder dar qué... !

– El dinero, el dinero que te doy todos los días.

– Necesito ese dinero, debo en el bar de Don Marciano.

– ¿Y... acaso vos picó, no tenés el dinero de tus trabajos...

– ¡Si, tengo pero no me alcanza – gritó Nimber – si no me das el dinero ahora, no me verás más! – y salió de la casa dando un portazo.

 

Al día siguiente Eufemia salió muy temprano de su casa y se dirigió a Asunción a la casa de Martina a quien le pidió el dinero para pagar el Impuesto Municipal de la casita. Martina se lo dio y Eufemia volvió a Cora-í.

Cuando volvió, Nimber acababa de levantarse, y en calzoncillo y con el torso desnudo estaba tomando mate.

– ¿Y adónde te fuiste? – la increpó

– A la casa de Doña Martina a pedirle el dinero para el impuesto.

– ¿Y... te dio?

_Sí

¿Viste? ¿Que hacés lío por nada? Todo se soluciona.

– Sí, dijo Eufemia, todo se soluciona.

– ¿Me podés dar cincuenta mil?

Eufemia abrió su cartera y se lo entregó

– Gracias, le dijo él – arrimándose a ella y besándola en el cuello – sabía que no me fallarías.

Eufemia sabía, también, que no podía resistirse a Nimber de modo que todo siguió igual, es decir, Nimber pidiendo dinero a Eufemia, y ésta trabajando más y más para dárselo.

A Eufemia le llamaba la atención que Nimber llegara casi a la madrugada, situación que se repetía cada vez más a menudo. Habló con algunas mujeres que llegaban hasta su tallercito de costura sobre el comportamiento de los varones en el primer año de casados, y éstas le decían que el primer año habían tenido muy buen relacionamaiento con sus parejas, que ellos se comportaban amable y caballerosamente y que los problemas se iniciaban con los embarazos.

Hacía ya nueve meses que estaban casados y nada más lejos que un embarazo. Eufemia no entendía el comportamiento de Nimber, ya que le parecía muy varonil su estampa y se comportaba como tal en sus relaciones sexuales, pero no lo era en el momento de afrontar responsabilidades, y mucho menos en la de colaborar con los gastos de la casa. Como se sentía tan confundida y desorientada decidió ir a visitar a una "pruebera" para que le tire y le lea las barajas.

 

Así pues, unos días después, con el alba y con una bolsita con víveres se dirigió a la casa de Doña Pablita. Esta vivía en un ranchito en una compañía aledaña a Cora-í. El ranchito estaba rodeado de grandes árboles y tupida vegetación que daba al lugar un ambiente sombrío y misterioso.

Cuando llegó al lugar, Eufemia encontró que otras dos mujeres antes que ella estaban esperando a Ña Pablita. Esperó con paciencia sentada sobre el tronco de un árbol que se hallaba en medio de la espesura del lugar. Cuando le tocó su turno ingresó dentro del ranchito de la "pruebera";

– Buen día, Doña Pablita – dijo Eufemia

– Buen día, m´hija, que te trae por aquí

– Y aquí vengo, Doña Pablita a traerle estos víveres

– Gracias, m´hija

– También vengo Doña Pablita... – Eufemia dudó unos segundos antes de continuar – porque no sé que le pasa a mi marido y quiero que me tires las cartas – .

Doña Pablita se levantó de la silla, vieja y ruinosa, en que se hallaba sentada y arrimó su pequeño y viejo cuerpo al de Eufemia:

– Primero – dijo – vamos a ver tus ojos – ¡Humm! ¡humm! andas llorando mi hija ¿se porta muy mal tu marido? –

– Viene tarde, Doña Pablita, casi todos los días llega a la madrugada... No sé dónde se va, y siempre me pide plata y más plata. Yo trabajo mucho, mantengo la casa y me esfuerza mucho que él me esté pidiendo dinero diariamente.

– ¿Tenés una foto de él? – preguntó la "pruebera".

– Sí, aquí tengo una – dijo Eufemia extrayendo una foto carnet de su bolso.

– Buen mozo es tu marido, mi hija. ¿Es más joven que vos?

– Si Doña Pablita, yo le paso por veinte años.

– Son muchos años, mi hija, aunque no aparentás la edad que tenés.

– Aquí estoy tocando la foto de tu marido y percibo fuertes vibraciones negativas. Él no es buena persona. Vamos a ver lo que dicen las cartas – . Y tomando un mazo de cartas gastadas y grasosas, las tiró sobre la mesa y de dijo a Eufemia:

– Cortá el mazo –

Eufemia dividió el grupo de cartas en dos partes, por lo que a continuación Doña Pablita las juntó, nuevamente, en forma contraria a como había dejado, inicialmente, el mazo sobre la mesa. Pausadamente bajó de una en una las cartas sobre el mueble teniendo a la vista sólo la cubierta igual e uniforme de todas ellas.

– A ver, a ver... – decía Doña Pablita en tanto daba vuelta de una en una las cartas.

– Bueno, mi hija... este es tu marido, esta con las monedas de oro sos vos, pero esta... esta... es otra mujer. ¡Tu marido tiene una mujer! Y esta carta dice que desde hace tiempo.

– ¡No puede ser! – dijo Eufemia

– Las cartas no mienten, mi hija – defendió Doña Pablita

Eufemia se puso a llorar, tan fuertemente que Doña Pablita fue al fondo del ranchito, y vino trayendo un tazón enlozado cargado con un líquido morado y un ramito con hojas secas en la mano.

– Bebé esto, te hará bien, ahora. Cuando cocines para tu marido ponele una hoja de esta ramita en la sopa. Hará que se quede en tu casa. Cuando se te terminen las hojas vení a buscar más de ellas que te las daré.

Eufemia bebió el líquido, le entregó a la mujer un billete de cinco mil guaraníes, pues la tradición dice que es de mala suerte no pagar a la "pruebera", y salió de la espesura del bosquecillo en silencio.

Largo se le hizo el regreso, y si antes estaba confundida ahora se hallaba mucho más.

 

Nimber llegaba cada noche más tarde, y una noche no vino. Llegó al mediodía preguntando:

– ¿Y que hay para comer, hoy?

– ¡Ya llegaste? – le dijo, Eufemia, con sarcasmo.

– Ah! Así no. ¡Uno llega a su casa y vean como le reciben!

– ¿Lo decís en serio o en broma?

– Uno viene del trabajo y espera encontrar una sonrisa de satisfacción y qué encuentro, el rostro largo de una vieja.

Eufemia, que estaba sirviendo la comida, y era una mujer tranquila y sosegada reaccionó ante lo que consideró una grave ofensa, y con rabia le tiró por la cabeza el plato de loza.

Nimber rápidamente se agachó para no recibir el impacto y dio un salto hasta Eufemia, a quien le propinó una cachetada en la cara, y salió de la casa.

Volvió varios días después y aunque hubo una reconciliación, nada volvió a ser como antes, ya que las ausencias de Nimber por las noches eran cada vez más frecuentes, así como su desentendimiento de las obligaciones del hogar.

Hacía más de seis meses que no visitaba a Martina ni a Lucía así que decidió un viernes ir al día siguiente sábado a pasar el día con ellas, y se lo hizo saber a Nimber quien sólo contestó:

– Cerrá bien la casa, porque yo también voy a salir y volveré tarde.

Mucha alegría le causó a Martina la llegada de Eufemia.

Su presencia le traía al presente el recuerdo de su madre.

Cuando pudo hablar a solas con Martina, le hizo saber de sus problemas conyugales, y como Martina tenía muchos años de casada, Eufemia le solicitaba su consejo.

Eufemia – le dijo Martina – es muy doloroso lo que tengo que decirte, y es por eso que no me he ido a tu casa en todo este tiempo, pues si algo nos enseñó mamá, es a no mentir. Y mal estaría que estuviese en tu casa y no te contase la verdad.

– ¿De qué habla Doña Martina? – dijo Eufemia – No le entiendo.

– De tu marido, hablo de tu marido, Eufemia. – Le dijo Martina.

– ¿Y qué le pasa a mi marido?

– Tiene otra mujer. Es decir siempre la tuvo desde antes de casarse contigo.

– ¿Y... cómo lo supieron? – preguntó Eufemia

– Lo supimos de casualidad – dijo Martina – entonces Jorge le habló a un policía amigo para que le siguiera a Nimber unos días y constatar o rechazar la información que habíamos recibido. Y nos confirmó que era verdad.

– ¿Y para qué se casó conmigo, entonces?

 

Esa pregunta le rondaba en la cabeza de día y de noche desde el día que volvió de la casa de Martina. Y tan afectada estaba que no se dio cuenta de que había llegado el día del aniversario de su casamiento ¡Un año! Nimber ni se acordó y ella tampoco le hizo recordar.

Los vecinos, sin embargo, le recordaron con felicitaciones y se autoinvitaron para comer empanadas con cerveza a la noche.

Eufemia preparó las empanadas y le dio a Nimber cincuenta mil guaraníes para que traiga las cervezas.

Llegaron los vecinos y las empanadas estuvieron listas y calentitas, pero no llegaron ni Nimber ni las cervezas.

Nimber volvió a la casa dos días después pretextando su ausencia con la enfermedad de un amigo al que tuvo que acompañar.

Hacía tiempo se había desvanecido la alegría que le causó su matrimonio, y no se ponía a hacer un balance de él, pues estaba segura de que las desventuras eran mayores.

 

Un día Nimber llegó a la casa al oscurecer, lo que obligó a Eufemia a preparar cena, cosa que ya no hacía, pues ella tomaba un café con leche a las seis de la tarde que le servía de merienda y cena, y Nimber no venía ni a cenar.

Hacía tiempo, también, que se había terminado el diálogo, que nuca había sido fluido, entre la pareja.

En silencio Eufemia preparó la cena, y en silencio cenaron.

Al terminar la comida Nimber le anunció:

– Mañana me voy.

– ¿Adónde te vas? – dijo Eufemia

– Me voy.

– Sí, pero adónde te vas.

– Me voy de la casa – dijo Nimber – al mismo tiempo que Eufemia creyó que se desmayaría.

– ¿Por qué? ¿qué hice mal? – dijo Eufemia

– No, nada. Me voy, nomás.

– Te vas a la casa de esa ¿verdad? – gritó Eufemia.

Nimber no le hizo caso, se levantó de la mesa y dijo:

– Voy a preparar mis cosas, mañana temprano me buscará Calixto.

Fuera de sí Eufemia le gritó:

– Si te vas, te irás ahora mismo. Tomá tus cosas y andate de aquí, y corrió al dormitorio sacó un bolsón grande y empezó a cargar apresuradamente la ropa de Nimber, mientras lloraba nerviosamente.

Cuando le pareció que había cargado todo la tiró por la ventana al jardincito en el frente de la casa y dirigiéndose a Nimber le dijo:

– Andate ahora mismo.

Nimber fue a la habitación con una bolsa de "nylon", cargó las ropas y objetos faltantes y saliendo al jardincito tomó la bolsa caída y se fue.

Eufemia detrás de la puerta lloraba mansamente.

 

Dos meses después del abandono de Nimber, Eufemia recibió la visita de un desconocido, el que se hizo conocer como el Dr. Cipriano Montiel, abogado.

– Señora, – le dijo el doctor Montiel – vengo en representación del señor. Nimber Alarcón, su esposo.

– ¿Cómo está él , doctor? – le preguntó Eufemia.

– Bien, muy bien, vive en Asunción.

– Y ¿por qué viene usted en nombre de él, si no está enfermo ni ausente?

– Vengo señora – continuó el abogado – en una misión encomendádame por su esposo. Quiere el divorcio.

Eufemia sintió una puntada de dolor en el corazón, porque si bien Nimber se había ido, ella tenía la esperanza de su regreso y de una reconciliación.

Luego de unos minutos de silencio el abogado habló de nuevo:

– Aquí le dejo los papeles para que los lea y es necesario que usted busque, también, un profesional abogado pues se debe hacer la partición de la casa.

– ¿De qué casa?

– Y de esta casa.

– Pero si esta es mi casa, no sé de qué partición usted habla.

– Señora, con todo respeto, le informo que cuando usted se casó con Nimber Alarcón no hicieron separación de bienes, por lo tanto los bienes de él y los suyos pasaron a ser de la sociedad conyugal, y ahora que ésta se rompe, los bienes de la sociedad deben ser equitativamente repartidos.

– ¿Me quiere decir, doctor, que esta casa que es mía y está titulada a mi nombre debe ser repartida entre Nimber y yo?

– Sí, señora, así lo ordena la ley.

– No, no puede ser doctor, esta casa es mía y todo lo que hay dentro. Él nada ha puesto ni nada ha comprado en un año de matrimonio.

– Lamentablemente, señora, la ley es la ley y usted no hizo separación de bienes.

 

Eufemia corrió al teléfono más cercano, y le llamó a Jorge, el esposo de Martina, le contó como mejor pudo hacerlo la conversación con el abogado. Jorge la citó para el día siguiente en su oficina de la calle Chile.

Allí, Eufemia se presentó a la media mañana. La esperaban Jorge, Martina, Lucía y Luis y una persona a quien ella no conocía

– Te representará y asesorará en este caso el doctor Justiniano Carrera que será tu abogado. Los gastos que demanden el juicio correrá por nuestra cuenta, eso lo hemos acordado con Martina Luis y Lucía, – le dijo Jorge

– Muchas gracias a todos, ¿pero el doctor Carrera me podría informa sobre eso de la partición de bienes?

– Mucho gusto Eufemia. Soy muy amigo de la familia y ellos me han pedido especialmente que la ayude, lo que lo haré. Pero antes que nada le ruego me cuente en detalle la conversación mantenida con el abogado de su esposo el doctor...

– Doctor Cipriano Montiel – dijo Eufemia.

– Sí – acotó el doctor Carrera – el abogado Montiel, lo he visto alguna vez en los pasillos del tribunal. Ahora bien Eufemia, cuénteme lo que le dijo.

Eufemia le relató pormenorizadamente la conversación mantenida con el abogado en su casa, su asombro y su ignorancia respecto a lo planteado por el profesional a pedido de Nimber.

– Bueno Eufemia – le dijo el doctor Carrera – una vez que terminó el relato, la verdad que es como le dijo mi colega Montiel, su esposo tiene derecho a la mitad de la casa. Lo que procuraremos es que en el juicio ese sea el único bien conyugal que reclame.

 

Eufemia no quiso estar presente el día del remate de la casita. Nimber estuvo acompañado de la mujer, a la que presentó a los vecinos como su novia.

Los abogados hicieron llegar a sus clientes el dinero.

Dicen que la mujer de Nimber gastó todo el dinero, y cuando éste se terminó lo abandonó.

Eufemia se compró un terrenito, pero hasta ahora no tiene el dinero para construir una casita. En tanto, vive en una pieza en el fondo de la casa de Martina, y para sobrevivir trabaja de costurera a domicilio. No piensa volver a casarse.

 

 

 

EL FLORERITO DE LA VIRGEN

(un relato para Juan Carlos)

 

A: Nitetis Airaldi de Ortiz

quien hospedó en su casa

a la imagen de la

Virgen de Charagua

durante 57 años.

 

Abrió el cajón de la cómoda lentamente, regocijándose en cada uno de sus dificultosos movimientos. Con sus dedos largos, entumecidos por la artritis, tocó suavemente las prendas azules y blancas bordadas en hilos de oro, las alzó hasta el pecho acariciándolas con las manos, y luego las acomodó nuevamente en el cajón, el que cerró tan parsimoniosamente como cuando lo había abierto.

Caminó hacia la ventana, y se sentó en el sillón observando el verde césped y el chorrear sin fin del agua, que se dispersaba a través de un pequeño aparato desde de la manguera de goma.

El agua, el Chaco, Fernando, la guerra, la paz, los muertos, el regreso, la alegría.

El agua y el Chaco habían sido una y otra vez los temas de los relatos de Fernando que Mirtia ya no podía ver una tranquila y apacible fuente de agua sin recordar los tenebrosos episodios de sed y heroísmo contados por su esposo.

¿Cuánto tiempo había pasado?

¿ Cincuenta? ¿Sesenta años?

 

Se había casado con Fernando un poco antes de embarcarse hacia el Chaco en 1932. Una breve luna de miel y luego la despedida. Quedó embarazada y nació una niña quien era para Mirtia su amor y su centro y que la hacia conjugar en una sola emoción la alegría y la nostalgia. Sólo las cartas que Fernando le escribía desde el frente de batalla le traían un descanso a su diaria ansiedad

Las cartas... ... .

Querida mía,

Avanzamos hacia el norte. El enemigo se repliega. Nos acercamos hacia el Parapití, la frontera histórica y natural del Paraguay ¡El Parapití Mirtia, querida!

Hemos liberado a nuestro país de los invasores y los correremos más allá del río, al lugar de donde nunca debieron salir. Me embarga la emoción y te escribo esta carta porque quiero compartirla contigo, como deseo compartir contigo todo el resto de mi vida. Si no pudiese volver, si mi destino fuera otro que el estar contigo, deseo que recuerdes que casarme contigo fue el acto más feliz de mi existencia.

Te quiero,

Fernando / 16 de marzo de 1935.

 

Las cartas iban y venían. Las noticias también.

Hacia 1935 se desarrollaron las últimas etapas bélicas en territorio boliviano a lo largo de las estribaciones andinas.

En abril de ese año las tropas paraguayas cruzaron el Parapití. El pelotón comandado por el Mayor Fernando Aguirre fue de los primeros en llegar a Charagua. Parte de la población recibió con simpatía a los soldados paraguayos, pues el lugar era asiento de los indios chiriguanos, descendientes de guaraníes, y entendieron que aquellos eran hermanos en la lengua. Otros pobladores manifestaron su desconfianza y huyeron.

Poco pudo hacer Fernando ante la tropa vencedora que se dedicó al pillaje recogiendo en bolsas el resultado de su felonía.

La milicia boliviana que se había replegado tras la cordillera, bajó de ellas y atacó a las desprevenidas y desorganizadas tropas paraguayas. Los bolivianos recuperaron Charagua, y los paraguayos huyeron dando batalla. En la carrera por salvar la vida fueron dejando los sacos que contenían los objetos del pillaje.

El mayor Aguirre tropezó con una bolsa, cuyo contenido por ser muy grande y pesado lo tiró al suelo, al mismo tiempo que entrevistó la hermosa mano de una sugerida estatua. Revisó el contenido de la bolsa y con sorpresa se encontró con la imagen de la Virgen de Charagua que había sido sustraída del templo. Su primer pensamiento fue devolver la imagen. ¿Devolverla? ¿Cómo? Imposible. El fuego cerrado hacia sus espaldas le daba la pauta de que sus atacantes no entenderían las razones de su regreso a Charagua, y que la imagen y él serían traspasados por la balas antes de que pudiera dar cualquier explicación.

Tomó, pues, la imagen y corrió con ella. Un ayudante la llevó hasta el campamento. Allí, Fernando, desarmó la imagen y la puso a buen recaudo dentro de un cajón que con ese propósito lo hizo construir, y que le acompañó los últimos tramos de la guerra. Luego del armisticio el 12 de junio de 1935, Fernando regresó a Asunción.

 

La imagen adornó la entrada de la casa de Fernando y Mirtia, en la calle Caballero y Tte. Fariña. Era muy venerada por la familia y por sus amistades quienes aseguraban que la devoción hacia ella era premiada con milagrosas gracias.

– Mirtia –, le dijo Beatriz – quiero rezarle a la Virgen para que me conceda un hijo varón, que tanto quiere mi esposo.

– Sí, hacelo. ¿Acaso dudas? ¿No recuerdas cómo Beba le rezó, aquí durante nueve días y su esposo consiguió el trabajo que buscaba? ¿Ves esa primorosa carpeta de ñandutí? Le regaló a la Virgen Dionisia luego que le fue concedida la gracia que le había pedido. ¿Y el ajuar de la Virgen? Ven , te lo muestro ya que está formado por hermosas ropas bordadas obsequiadas cada una de ellas por sus agradecidas devotas.

Beatriz rezó con devoción. Amaba a su esposo y deseaba darle un hijo varón. La fe, el amor y la juventud hicieron su parte y Beatriz quedó embarazada. La Virgen le concedió la gracia pedida y en primavera nació su hijo.

 

En los primeros días de octubre Beatriz llegó a la casa de Mirtia con el hijo en brazos primorosamente envuelto entre las sabanitas de hilo y las mantillas bordadas y un ramo de flores en la mano.

– Querida Madre – dijo – , arrodillándose frente a la Virgen, "este es mi hijo quien en tu Gracia y en la Sabiduría de Dios he concebido. Te lo presento y te lo entrego para que tu bondad lo guíe y lo ilumine por el sendero de la vida".

 

Mirtia que se hallaba a su lado lloraba, mientras Beatriz la abrazaba a ella y al recién nacido. Deshizo luego un pequeño envoltorio y depositó frente a la Virgen un florero de fina porcelana que se hallaba sostenido sobre una base de oro.

– Querida amiga – le dijo a Mirtia. Fuiste la mensajera de la Virgen al sugerirme le pida a ella que me bendiga con un hijo varón. Mi corazón rebosa de alegría la que la simbolizo en este florero y en estas flores que las coloco dentro. Te pido que este florerito esté siempre contigo para que lo llenes, en todo tiempo, de las bellas flores que diariamente te enviaré para Nuestra Madre.

 

El agua que salía de la manguera de goma mojaba, apaciblemente, las plantas del jardín, mientras Mirtia miraba desde la ventana. Hacía varios años que Fernando había muerto. Pero no estaba sola, convivía con los recuerdos y habitaba con su hijo una hermosa casa.

Ella sabía que Dios no lleva del todo a las personas amadas si no que una parte de ellas queda en el recuerdo, para que los seres amados las evoquen cuando la nostalgia aprieta el corazón.

Fernando ya no estaba con ella, la Virgen tampoco. La habían llevado lejos, de donde vino, de donde pertenecía. ¿Pero no le pertenecía, también a ella? ¿No compartió acaso, esa Virgen, durante cincuenta y ocho años su diario trajinar? ¿No fue acaso el testigo de su vida como mujer, madre, esposa, compañera y amiga? ¿Cuántas veces le confió sus miedos y sus angustias?

Cuando los charagueños y miembros de la iglesia reclamaron la devolución de la imagen, Mirtia no opuso resistencia, pues a pesar de que a los ojos de los vencidos parecía un trofeo de guerra (que debía ser devuelto en la paz), ella sabía que Fernando siempre creyó que la Virgen había puesto la imagen en su camino para que se salvara de alguna catástrofe u otro mal.

Accedió, por tanto, de buena voluntad que se la llevaran, pero quedó un hueco no sólo en el altarcito que le habían construido en la casa familiar, sino en su corazón y en el de cada uno de los habitantes de la casa.

 

Mirtia vio el agua que se deslizaba sobre la tierra y olió el frescor que se levanta desde la tierra mojada.

¿Dónde está la Virgen?

¿Por qué quieren llevarse ahora sus vestidos si no lo reclamaron cuando la llevaron? El manto azul con las hojas bordadas en auténticos hilos de oro, y el manto blanco bordado por Doña Ana, la amiga de su tía Sofía, en hilos de colores y cordones de plata. Las primorosas enaguas adornadas con encajes de valenciana y de ñandutí.

¿Para qué los querrían, si han vestido a la Virgen con uniforme y gorra de soldado boliviano?

La mucama interrumpió sus cavilaciones:

– Doña Mirtia, dos señores extranjeros preguntan por usted.

– Por favor, Rosa – dijo dirigiéndose a la empleada – que pasen a la sala, yo estaré con ellos enseguida.

– Como usted diga – señora.

 

Mirtia fue hasta el cajón de la cómoda y sacó las ropas de la Virgen , las que fue colocando en una gran caja blanca entre papeles de seda y celofán. Las acomodó con cariño y las tapó. Llamó a Rosa y le pidió que llevara la caja a la sala.

Mirtia caminó hacia la sala, detrás venía Rosa con la caja, la que depositó sobre una mesita enfrente de los visitantes.

– Señora – dijo uno de los visitantes – le agradecemos todas sus atenciones. Traemos el saludo de nuestros compatriotas y de nuestros compueblanos y su eterno agradecimiento por la devolución de la imagen de nuestra Virgen. Sabemos que la guerra es injusta y que en ella se cometen errores, ya que la misma guerra es un enorme error. Pero hoy paraguayos y bolivianos somos personas de paz, y la devolución de la imagen de la Virgen de Charagua rubricó una paz que se firmó hace 60 años, usted y nosotros fuimos los artífices de ese testimonio.

Mirtia asintió con la cabeza. Aquellas palabras las había escuchado con mucha tristeza. Nada ya le quedaba de la Virgen ni siquiera sus vestidos, sólo el recuerdo.

– ¿Es todo señora? – dijo uno de ellos observando el interior de la caja.

– Sí es todo – dijo Mirtia, y en ese instante recordó el florerito que Beatriz había obsequiado a la Virgen. En segundos pensó: ¿lo traigo o me lo guardo como un recuerdo querido? no... no puedo mentir, la Virgen sabe que yo tengo el florerito. Pero Beatriz le regaló a la Virgen ese florero, y me hizo su custodia. ¿Querrá Beatriz que el florerito vaya tan lejos...

 

Hacía tiempo que Beatriz había dejado de enviar flores para la Virgen, ella ya no estaba, igual que Fernando y la Tía Ana. Todos habían muerto.

¿Se olvidaba del florerito o lo entregaba?

Se levantó de la silla y dijo a sus visitantes:

– Permiso, vuelvo enseguida.

Caminó hacia la habitación en donde se hallaba la cómoda que durante tantos años alojó los objetos y las ropas de la Virgen y murmuró: – ¡Ah¡ Beatriz si pudieras aconsejarme... Abrió el cajón del mueble y sacó el florerito con la base de oro, el que lo puso encima de una mesa. En ese momento una ráfaga de viento entró en la habitación y movió con violencia las cortinas. La punta de una de ellas alcanzó al florerito, lo tiró al suelo, y se rompió en pedazos.

Llamó a Rosa para que retire del suelo los pedazos de vidrio y los eche a la basura, mientras se agachaba a recoger la base de oro del florerito, y lo guardaba en uno de los bolsillos que adornaba su vestido.

Sus dedos cerraron la caja blanca y la ató primorosamente con una cinta de raso. La entregó a los visitantes, se despidió de ellos con la absoluta convicción de que sólo había entregado objetos de relativo valor material y que lo realmente valioso, como son sus recuerdos quedaban para siempre con ella.

 

 

LA TELENOVELA

 

María Bernarda se había enamorado del Padre Miguel.

Cada una de las hermanas del Colegio le decían a su turno...

– Bernarda, eso es pecado!

– ¡No puedes enamorarte de un sacerdote!

– Las personas se enamoran para casarse y los sacerdotes están casados con Dios.

Pero a Bernarda le entraban las palabras por un oído le salían por el otro.

Encontraba al Padre Miguel, objeto de su enamoramiento, igual a la imagen de San Antonio, tan venerada por las jóvenes del colegio, y le ponía al sacerdote la misma veneración que había aprendido de las niñas del colegio ante la imagen del santo.

Bernanda era una joven deficiente. Recién nacida, envuelta en unos trapos fue abandonada en la puerta del Colegio La Divina Esperanza. Las monjas del colegio la encontraron y pidieron permiso al obispo para quedarse con ella. El obispo les concedió y Bernarda de la noche a la mañana de ninguna madre tuvo catorce. La Hermana Rosario fue la encargada de criarla y alimentarla. Las otras a su turno serían cada una sus maestras, sus tutoras y las que le enseñarían el recto camino del Señor.

Pero Bernardita tenía deficiencias físicas y psicológicas Tenía una pierna más corta que la otra y su inteligencia también, bastante acortada. Y como si eso no fuera poco el labio superior tenía una cortadura, que con los años se fue agrandando produciéndole una cara deforme y un hablar dificultoso. Era de figura pequeña y delgada. Sus cabellos eran renegridos y muy lacios. Caminaba y hablaba torpemente, reía por cualquier cosa y siempre estaba dispuesta a ayudar. Hacía tiempo que las hermanas habían perdido el deseo de convertirla en una de ellas, pero no habiendo dónde enviarla, Bernardita se quedó en el colegio. Ayudaba en la limpieza y en la cocina. Hacía las camas de las hermanas, y escuchaba, diariamente, misa a las seis y media de la mañana con toda la comunidad.

– Hermana Angela – dijo la Hermana Piedad – ¿Dónde va Bernarda todas las tardes? La veo salir muy a menudo.

– ¡A la misa de la Catedral! – Hermana Piedad.

– ¡Pero si ya escucha misa aquí con nosotras a la mañana!

– ¡Sí! – Hermana – su piedad nos conmueve.

– Si es así – dijo la Hermana Piedad – Bernarda nos está dando una lección.

 

Un día, hacía tiempo ya, la misa de las seis y media fue realizada por un joven sacerdote recién llegado de España, que prestaba servicios en el obispado, debido a que el anciano Padre Duarte, quien siempre la celebraba, estaba engripado, razón por la cual fue enviado el Padre Miguel, como se llamaba, a realizar el Santo Oficio en el Colegio de La Divina Esperanza.

Verlo y enamorarse fue para Bernarda la misma cosa. Sus diecisiete años candorosos y jóvenes le bullían en sus venas.

Un desconocido ardor le llenó el cuerpo cuando comprobó que el rostro de San Antonio y el del Padre Miguel eran, a su parecer, idénticos.

Trató de hablar con el sacerdote pero la Hermana Milagros la envió a regar los rosales.

 

El anciano Padre Duarte continuó enfermo y de gravedad, por lo que el Padre Miguel lo sustituyó permanentemente en la misa de las seis y media.

¡Qué gran alegría para Bernarda! Ver al objeto de su amor todos los días.

Bernarda comulgaba, diariamente, como el resto de la comunidad.

Cuando el Padre Miguel le ponía la sagrada hostia en el cuenco de las manos, y la punta de los dedos rozaban su mano, ésta sentía un cosquilleo en todo el cuerpo.

Bernarda hablaba sola. Las alumnas del colegio la observaban, pero no sabían que hablaba, imaginariamente, con el Padre Miguel. Pero esa fantasía era tan real para ella que dedujo que los dedos del Padre Miguel sobre sus manos durante la ceremonia de la comunión significaban una señal de él hacia ella.

Bernarda miraba la televisión. Aquellos programas permitidos por las hermanas. Pero de vez en cuando, con la cocinera, en las horas de profunda oración de la comunidad, cuando las hermanas se retiraban al claustro, ellas veían los programas "prohibidos". El joven y la joven se quieren y se besan. Se pelean y se pegan. Ella llora, él se va. Ella se va, él se entristece y la música es triste. A Bernardita le costaba muchísmo entender los argumentos, y cuando los entendía no podía penetrar en la profundidad del tema. Sólo entendía dolor, muerte, amor, vida. Por eso sabía que los amantes buscan las sombras, que se abrazan y se besan.

¿Qué hacer para que su amado la bese? Las largas conversaciones con el Padre Miguel, en la fantasiosa cabeza de Bernarda ya no le bastaban.

– ¡Bernarda que linda estás! – Le dijo una de las alumnas en el patio del colegio.

En realidad el rostro de Bernarda brillaba como iluminado por una luz que le venía desde dentro.

Además Bernarda con el poco dinero que le daban las monjas para sus gastos personales, y que ella, habitualmente, lo gastaba en golosinas, ahora compraba objetos personales. Así se compró una caja de polvo compacto, una vincha y un par de medias de nylon. Cuidaba de su aspecto con más pulcritud que antes, y eso notaron las niñas del colegio.

– ¿Estoy linda, verdad? – dijo Bernanda.

Y con ironía las alumnas le contestaron en coro: – ¡Sí! ¡Estás hermosa!

Con su autoestima muy alta, Bernarda decidió ir tras el Padre Miguel y conseguir que la abrace.

Empezó a levantarse más temprano y estar toda vestida y arreglada para las cinco y cuarenta y cinco, de modo tal, que lo recibía en la puerta del colegio cuando llegaba para la misa de las seis. Lo acompañaba a vestirse para la misa, se sentaba en primera fila de la capilla, comulgaba diariamente y luego lo ayudaba a sacarse las vestiduras de la ceremonia y lo llevaba a tomar el desayuno en el comedor. En la larga mesa se sentaba cerca de él, y luego lo acompañaba de nuevo hasta la puerta para despedirlo.

– Hasta mañana, Bernarda – decía el Padre Miguel al despedirse y le tocaba la cabeza como muestra de afecto, ya que la pequeña y maltrecha figura de Bernarda le daba ternura y compasión.

 

Esas muestras de afecto alimentaban, aún más, las fantasías de Bernarda.

– ¡Qué buen mozo es el Padre Miguel! – escuchó decir a una de las alumnas, durante el recreo.

– Ahora hace misa también en la Catedral a las cinco y media de la tarde!

Al escuchar eso Bernarda se propuso a asistir todas las tardes a la misa de las cinco y media de la Catedral. Buscó a la Hermana Superiora y le pidió permiso.

La Hermana Superiora interpretó como un rasgo de misticismo, deduciendo que si Dios no había puesto belleza en esa muchacha que le permitiría enamorarse, casarse y tener hijos, sin embargo había puesto en ella un profundo sentido religioso.

La Hermana Superiora le concedió el permiso y esa misma tarde a las cinco, empolvada, con la media de "nylon" y su vincha de carey e imitación de perlas puesta en la cabeza, Bernarda se dirigió a la Catedral.

¡Con cuánta emoción escuchó la misa del Padre Miguel¡ Cuando el sacerdote miraba a los felifreses, Bernarda estaba segura de que sólo la miraba a ella, y su corazón rebosaba de emoción. Al Padre Miguel le extrañó la presencia de Bernarda en la mesa de la comunión ya que ella había comulgado a la mañana, sin embargo admirado de su devoción le volvió a dar la sagrada hostia. Al final de la misa el Padre Miguel saludó a los feligreses y felicitó, públicamente, a Bernarda, por su religiosidad.

Esta conducta se repitió a todo lo largo de varios meses acrecentándose al mismo tiempo el enamoramiento que Bernarda sentía por el Padre Miguel.

"Tu vida y mi vida, mi amor" se llamaba la telenovela que furtivamente la cocinera y Bernarda veían, todos los días, mientras la comunidad religiosa se reunía en claustro cerrado. Allí Bernarda se transfiguraba en la protagonista, y se deleitaba transformando al actor que hacía del amante en el Padre Miguel.

Ella recibía los besos, ella lloraba. Él la besaba, se enfurecía con ella y luego la abrazaba y la acariciaba. La ficción representada en la pantalla de la televisión se fundía con la realidad de Bernarda. Sufrimiento, alegría, lágrimas, reproches, todo era una vívida realidad de su imaginaria relación con el Padre Miguel.

La ficción que alimenta a la imaginación necesita el algún momento de la acción. En la mayoría de los individuos esta acción es supervisada por los mecanismos de control de la personalidad quienes son en último momento quienes frenan o moderan la acción. Pero en personas como Bernarda esos mecanismos de control no funcionan adecuadamente. Funcionan a medias, ya que ella se cuidaba, debida a la presencia de las hermanas, de no cometer imprudencias en la misa de la mañana, y había elegido ir a la misa de la tarde, en la Catedral, para estar cerca del sacerdote.

Sin embargo un día a la salida de la misa le tomó del brazo al Padre Miguel. El sacerdote delicadamente, desenroscó su brazo del de Bernarda y siguió hablando con los feligreses.

Otro día, estando el sacerdote en el atrio de la Catedral conversando con los jóvenes de la Parroquia, sintió que alguien entrelazaba sus dedos con los suyos, asustado miró a quien lo hacía, y se encontró con Bernarda. Se deshizo de la mano y le dijo a Bernarda que lo esperara en la sacristía. Lejos de pensar que allí recibiría un sermón de parte del sacerdote acerca del comportamiento poco honorable de una señorita como ella, Bernarda imaginó que ¡por fin! el Padre Miguel quería encontrarse a solas con ella, con su amada.

De modo tal que cuando el Padre Miguel, luego de terminar la conversación con los feligreses y los jóvenes de la parroquia, se dirigió a la sacristía y llegó a ella, Bernarda se le echó al cuello tratando torpemente de besarlo con sus labios torcidos. El Padre Miguel reaccionó, más por susto que por castidad y la apartó violentamente. Pero como en la telenovela el protagonista siempre actúa con violencia contra la mujer y luego le pide perdón besándola y mimándola, Bernarda, que estaba confundiendo la realidad y la ficción, y viviendo la realidad imposible de una ficción, volvió de nuevo a abrazar al Padre Miguel insistiendo en besarlo. Esta vez el Padre Miguel gritó:

– ¡No! ¡No! ¡Basta! Al mismo tiempo que con violencia se desprendía del abrazo de Bernarda. – ¡No puedes, Bernarda! ¡Soy un sacerdote! Los sacerdotes hemos hecho voto de castidad. ¿Sabes que significa? – No, no lo sabes niña. No lo sabes – .

El sacerdote lloraba de rabia e impotencia, Bernarda lo miraba, y no entendía lo que pasaba, pues el guión de la telenovela había sido alterada por el Padre Miguel. Sólo que cuando vio la lágrimas, que generalmente en la telenovela correspondían a la protagonista mujer y no al amante, trató de enjugárselas pasándole la mano por la cara, pero allí también el sacerdote reaccionó ante el contacto de la piel de la mujer:

– ¡Basta, Bernarda! ¡No estoy jugando! ¡No quiero! ¡Soy un sacerdote!

Y mirándolo a los ojos, ingenuamente Bernarda pregunto:

– ¿No quieres besar a Bernarda?

– ¡No! gritó el Padre Miguel – ¡No quiero! ¡Déjame! ¡Déjame en paz!

Y dándole un violento empujón la apartó de sí y salió de la sacristía.

Bernarda quedó anonadada, pues dentro de su cortedad de entendimiento comprendió, perfectamente, que el Padre Miguel no la quería. No la quería. No la quería. No la quería.

Regresó al colegio llorando quedamente. La oscuridad y la noche fueron sus cómplices y nadie en el colegio, ni las hermanas ni la cocinera se dieron cuenta de su llanto.

Al día siguiente no esperó al padre Miguel en la puerta del colegio, sino sencillamente fue a la misa con las hermanas, y se sentó en el último banco. No comulgó.

– ¿Por qué no comulgaste hoy, Bernarda? – le preguntó la Hermana Piedad

Bernarda no respondió. Le miró a la cara a la Hermana Piedad y luego, sin decir palabra alguna, se tapó la cara con ambas manos y continuó en silencio.

La Hermana Piedad quedó confundida pero como a Bernarda se le disculpaban muchas cosas, al cabo de unos días, olvidó el asunto.

Dejó de ir a la misa de la Catedral, y cambió de comportamiento

Las hermanas lo notaron.

– Bernarda no comulga más a la mañana – dijo la hermana Angela

– Ni va más a la Misa de la Catedral por la tarde – acotó la Hermana Milagros

– Y está muy callada y triste, hasta la cocinera me lo comentó ayer – dijo la Hermana Piedad

– Ni siquiera habla más del Padre Miguel ¿Se acuerdan que decía que estaba enamorada de él?

– ¡Déjenla! La adolescencia es una edad difícil. A esa edad nadie sabe lo que quiere o lo que le gusta – dijo la Hermana Estela.

Golpeada, triste y desilusionada Bernarda volvió a su vida gris y sin sentido. Un día de invierno, estando las hermanas en el claustro, sintió mucho frío y buscó el resguardo de la cocina. Allí estaba la cocinera viendo la telenovela. Su frustrada vida-ficción se había vuelto en su contra, por eso no quería ver la telenovela y cerraba los ojos. Pero el ritmo de las palabras, la música y otros sonidos hicieron que levantara la vista hasta el aparato para notar que la acción había cambiado. De aquella amorosa etapa de enamoramiento se había pasado, ahora, a una etapa de odio. Los protagonistas discutían, se espiaban, se seguían, se insultaban. De nuevo Bernarda se encontró asumiendo el papel de la protagonista despechada y desilusionada. El antiguo ardoroso amante ahora amaba a otra mujer y despreciaba a la protagonista, su antigua amante.

Dicen que el amor azuza los sentidos y abre el corazón. Bernarda con su amor despreciado, empezó a observar al Padre Miguel de modo diferente, ya no con los amorosos ojos de una mujer enamorada, sino con el deseo inconsciente de encontrar algún defecto que lo ayude a olvidarlo.

Ahora el Padre Miguel era también profesor de filosofía en el último curso de la secundaria. Las alumnas admiraban el saber del profesor pero se divertían con la ingenuidad del sacerdote.

– Padre, qué buen mozo que es usted. (Y el sacerdote se sonrojaba)

– Padre quiero bailar con usted.

– Padre si le invito a un pub ¿vendrá?

Y el sacerdote se sonrojaba, aún más, al igual que cuando en la clase alguna de las alumnas se sentaba mostrando los muslos o cuando a propósito se desprendían más botones de la camisa mostrando el corpiño y parte del busto. Al final un sacerdote es de carne y hueso.

Más allá de la Catedral, sobre la calle Nuestra Señora de la Asunción, vivía Carmencita, alta, hermosa, de largos cabellos renegridos y ojos verdes. Cuando las alumnas salían del colegio, a unas las venían a buscar en automóvil, a otras en transporte escolar, y otras caminaba hasta sus casas, casi siempre cercanas al colegio. La mayoría vivía hacia el lado norte del instituto, y pocas dos o tres nada más caminaban hacia el sur. Hacia esa dirección quedaba también la casa donde residía el padre Miguel. Carmencita era la única alumna del sacerdote que caminaba hacia ese rumbo, y caminaba, justamente, con el Padre Miguel hasta la puerta de la residencia eclesiástica.

 

En el corto camino Carmencita aprovechaba para que el profesor le dé una clase particular de filosofía o le indique los delineamientos principales del trabajo práctico. Así fueron construyendo una fuerte compañerismo que fundamentó una amistad. Alguna vez Carmencita le contó que no tenía novio porque no había llegado el hombre de sus sueños, y el padre Miguel le contó que las mujeres que conoció en su vida antes de ser sacerdote no habían llenado ni su expectativa sexual ni amorosa. Un día de mucha lluvia el Padre Miguel le instó a Carmencita a guarecerse en la casa parroquial hasta que pasase el chaparrón. Otro día de invierno, uno de esos días en que el sol entra antes de las seis de la tarde, luego de un servicio religioso al final de las clases, las calles se veían muy oscuras por lo que el Padre Miguel insistió en llevarla hasta la puerta de su casa. El día de la amistad Carmencita le obsequió un saco tejido de lana marrón, y para sorpresa de ella, él le regaló un oso de peluche. Ni él contó a sus compañeros de la casa parroquial quien le había obsequiado el saco de lana ni Carmencita lo comentó con sus compañeras. Pequeños gestos, pequeños secretos que fueron tejiendo una invisible red de amor y de deseo. Por ello cuando una segunda vez Carmencita tuvo que resguardarse de la lluvia en la casa parroquial ya no lo hizo en el zaguán de la misma sino en la habitación de Miguel, como lo llamaba. Allí la lluvia y el silencio se conjuraron para que el amor y el deseo hicieran lo suyo. Disfrutaron de esa hora de amor. Ella era la mujer que no había esperado y él era el hombre de sus sueños. ¿Cuántas horas más de amor hubo? Diez, veinte, treinta no lo sabían sólo se amaban. Pero el amor como el odio no se puede disfrazar mucho tiempo, sobre todo a la vista de una mujer despechada.

Bernarda observaba al padre Miguel cada vez que venía al colegio, con la minuciosidad de una investigadora. No le perdía pisada. Cuando daba su clase se sentaba en un banco del parque desde el que veía moverse su figura dentro del aula. A la salida quería formar parte del grupo de niñas que lo rodeaba, pero tenía miedo a su rechazo. Más de una vez le pareció ver que sus miradas se entrecruzaban. Y una vez vio claramente cómo el Padre Miguel sostenía con fuerza la mano de Carmencita. Su intuición de mujer y sus sentidos azuzados por el despecho hicieron que, una tarde, siguiese a la pareja a la salida del colegio.

Le dijo a la cocinera que iba a una tienda, si las hermanas preguntasen por ella. En la oscuridad del corredor de la Catedral los perdió. No entendió qué ocurría, así que se arrimó sigilosamente, su figura pequeña y oscura se confundía con las sombras que el oscurecer echaba sobre el corredor, y allí vio cómo, furiosamente, el Padre Miguel y Carmencita se besaban y se acariciaban.

Todo su cuerpo experimentó el dolor de su corazón. Para no gritar corrió como loca hasta el colegio y se refugió en la cocina. Lloró toda la noche. Supo la dimensión del amor y el abismo del odio, pasó sucesivamente por el cielo y el infierno y sintió que desde la matriz le habían arrancado el alma.

Al día siguiente, amaneció gris y húmedo como el espíritu de Bernarda. La rutina del colegio no permitió percibir cambio en la conducta de Bernarda, ya que como decía la Hermana Estela, "estaba en una edad difícil". Hizo sus quehaceres diarios y a la tarde se sentó en el banco del jardín hasta la finalización de las clases. Cuando sonó el timbre de salida salió a la calle, pero aún la tarde no había caído, y una pálida luz grisácea todavía se mantenía en el horizonte. Bernarda corrió hasta el corredor de la Catedral, donde el día anterior había visto al Padre Miguel y Carmencita, y donde las sombras ya habían ganado oscuridad. Sin embargo, esa tarde no se detuvieron en el corredor de la Catedral, sino que siguieron caminando hasta la casa de Carmencita sobre la calle Nuestra Señora de la Asunción.

 

Bernarda les siguió hasta allí, a distancia prudencial. Al regreso del Padre Miguel hacia la casa parroquial, las sombras de la noche habían ganado las calles, una densa neblina iba cayendo sobre la ciudad, lo que mermaba transeúntes en la calle y en las veredas. El Padre Miguel se arrebujó la bufanda hasta taparse la boca y pareció apurar el paso. Bernarda se paró en la parte más oscura de un estacionamiento de autos, a esa hora vacía de personas y automóviles. Al pasar el Padre Miguel lo llamó:

– ¡Padre! ¡Padre!

– ¿Quién me llama? – dijo el Padre Miguel

– Yo, Bernarda.

– ¿Qué haces aquí, a esta hora? – dijo el sacerdote arrimándose a la figura pequeña y oscura de Bernarda

No dijo más. Bernarda clavó un cuchillo una, dos y diez veces en el cuerpo del sacerdote, el que cayó fatalmente herido y se llenó de sangre.

En ese momento una furiosa lluvia se abatió sobre el muerto y sobre Bernarda que corría desaforadamente hacia el colegio. En el silencio de la institución, se oía el canto de las hermanas en el claustro. Bernarda con paso rápido se dirigió a un viejo aljibe y tiró el cuchillo ensangrentado. Miró sus manos cubiertas por los guantes de lana y los vio teñidos de sangre, por lo que se sacó y los introdujo dentro de la bolsa de nylón en que había transportado el cuchillo y lo lanzó a la zanja en la que se tira la basura, y que se quema cada cierto tiempo. Bernarda entró en la cocina con el pulso y el corazón latiéndole aceleradamente;

– ¿Qué te pasa? – le preguntó la cocinera.

– Vine corriendo por la lluvia – respondió Bernarda.

La cocinera no habló más pues la telenovela había comenzado.

Bernarda vio cómo la protagonista de la telenovela ubicada, detrás de una cortina, con la cara llena de lágrimas, veía como su amado besaba a otra mujer. Poco a poco la llorosa mujer iba emergiendo desde la semipenumbra de la habitación y se abalanzaba sobre el varón con un cuchillo en mano infligiéndole una herida mortal que le producía la muerte.

La cocinera lloraba tan tétrico final mientras Bernarda, tristemente, miraba la escena. Su mundo real – ficción había sido sacudido por un acto primitivo y violento. En ese mismo momento ese mundo cobraba realidad a través de la pantalla de televisión. . La cocinera se enjugó las lágrimas y se dijo a sí misma y a Bernarda:

– Esto no sucedió, no sé por que lloro.

Los latidos del corazón y el pulso acelerado de Bernarda se tranquilizaron.

– Si, cierto no sucedió – respondió Bernarda.

 

Otro sacerdote vino al colegio a realizar la misa de las seis, y otro profesor dictó las clases de filosofía en el último curso de la secundaria.

Bernarda entristeció. Las hermanas observaron cómo su tristeza se hacía más profunda y su figura más pequeña y oscura. Por eso no le quisieron contar que unos malvivientes le asaltaron al Padre Miguel para robarle y lo mataron en un estacionamiento vacío. Le dijeron, solamente, que no vendría más. Que había viajado a un país lejano.

– Bernarda – le dijo, un día, la cocinera – ¿no sabés donde puse ese cuchillo grande, ese con el que siempre me ves matar a las gallinas?

 

 

 

 

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