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  IMÁGENES DE MI TIERRA - Novela de JOSÉ-LUIS APPLEYARD - Tapa: MARIO CASARTELLI


IMÁGENES DE MI TIERRA - Novela de JOSÉ-LUIS APPLEYARD - Tapa: MARIO CASARTELLI

IMÁGENES DE MI TIERRA

Novela de JOSÉ-LUIS APPLEYARD

Tapa: MARIO CASARTELLI

Colección Literaria Nº 20

Editorial EL LECTOR,

www.ellector.com.py

Asunción-Paraguay 1991

(101 páginas)

 

 

 

**/**

 

IMÁGENES SIN TIERRA es, hasta ahora; la única novela de José-Luis Appleyard, quien es más conocido por su labor poética con varios poemarios en el haber de su larga trayectoria de escritor. Concebida y escrita en una época dolorosa de nuestra trayectoria política, con luchas de guerrillas y con brutales represalias por parte de las fuerzas al servicio de Gobierno, Appleyard encara por primera vez en la historia literaria del país, el tema del exilio. Los personajes son, como bien lo indica el titulo, "imágenes" de hombres unidos por ese rasero cruento del exilio, de la falta de la tierra que los vio nacer. Con un estilo conciso, árido muchas veces, como para ocultar el poeta que hay en el autor, éste no logra su intención, pues la fuerza de la poesía se sobrepone en, algunos pasajes de la obra y, sobre todo, al final de cada capítulo surge con fuerza dando una belleza transparente a la prosa del autor. Los personajes están conformados por una amplia garra de caracteres, con situaciones propias que no se relacionan entre sí, salvo por la circunstancia apuntada. Está el abogado burgués y displicente que cuida sus intereses y sus amoríos; no falta el idealista fanático dentro de sus propios esquemas, como tampoco el hombre sin culpa alguna, que tímido y abrumado por la nostalgia de su casa y de su familia, vive una existencia gris en una tierra ajena; un médico y un joven estudiante universitario; un emigrado de otras latitudes y un campesino, propietario en su país de un lote de tierra de cómica superficie por lo estrecho de su frente y lo largo de su fondo, completan la galería de "imágenes" de esta novela que aparece en su segunda edición con el sello de El Lector. IMÁGENES SIN TIERRA fue acreedora de una mención de honor en el Concurso de Novela Corta propiciado por el diario "La Tribuna" en el año 1964. En esta oportunidad lleva un prólogo del DR. CARLOS PASTORE.

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

José-Luis Appleyard ha publicado un trabajo con el nombre de "IMÁGENES SIN TIERRA" a la manera de una novela. Su lectura nos conduce a pensar que se refiere a un país y, antes que a un país, a una nación, que puede ser Paraguay.

Se han escrito, hasta el presente, muchos trabajos con carácter de historia del Paraguay que no son historia, sino apenas referencias sobre acontecimientos ocurridos en este país, porque les falta la exigencia del carácter de una historia, que es la verdad en el relato y en la interpretación del trabajo.

Este volumen, al que Appleyard llama "IMÁGENES SIN TIERRA”, y al que le da apariencia de una novela, es un relato de acontecimientos producidos en el Paraguay con la forma y el carácter de dicho género literario. En este caso, Appleyard se sometió, como muchos otros, a la exigencia espiritual de la población del país. Los escritores paraguayos soportan un mandato permanente, inflexible, impuesto por el estado cultural de la nación, cuya vigencia no es previsible ni se conoce cuándo fue dictado ni mucho menos se sabe el momento en que dejará de regir.

Desde los primeros tiempos en los cuales se publican historias sobre el Paraguay, la condición primera es la de que la historia no deba ser verdadera, ni debe decirse la verdad de los hechos, sino que debe predominar 1a mentira, con lo que se llega a la conclusión de que la mejor historia es la novela o el cuento, en los cuales se reserva el escritor  amplio margen para simular y no decir la verdad. Se ha llegado así a dar mayor valor a la mentira que a la verdad.

Con el nombre de novela, José-Luis Appleyard ha escrito páginas de la ya larga historia paraguaya, dentro de las limitaciones que pone la ley de simulación. Su tema es esta vez la revolución en el Paraguay, que no debe interpretarse como la lucha por la imposición de ideales de superación social y de condena a las injusticias que soportan los habitantes de este país. Hasta Appleyard, en la literatura paraguaya, no se conocían los sentimientos generosos que dominan en las verdaderas revoluciones. Todos estaban guiados por pasiones mezquinas en la conquista de objetivos y sentimientos censurados por la moral. El escritor no tenía conciencia del bien que podría producir el conocimiento del tema de sus escritos. Los sectores no eran conducidos por sentimientos nobles que los llevaban al sacrificio. A su paso no se encontraban con ningún hecho o fenómeno de la naturaleza dignos de ser alabados. Por los caminos se encontraban tanto espinas como feroces reptiles, pero nunca una flor u otra de las tantas expresiones bellas de la naturaleza. Appleyard, en cambio, ha iniciado el tiempo de la literatura paraguaya en que dichas bellas expresiones naturales están a la vista tanto como aquéllas que producen dolor y muerte; y en presencia de estos hechos, los revolucionarios del escritor son guiados por sentimientos y programas inspirados en la felicidad del pueblo y en la decisión de conquistar mejores condiciones de vida para sus habitantes. No se trata ya únicamente de conquistar posiciones de mando sin objetivos sociales, sino que, por el contrario, los programas de la lucha constituyen objetivos que tratan de conquistar mejoras substanciales para beneficio de los habitantes del país.

Antes de Appleyard, los escritores que escribían novelas se referían únicamente a las limitaciones y hechos negativos de los personajes. Se encontraban sólo con situaciones que negaban las condiciones naturales que embellecen la vida y así recordaban, antes que un acto generoso y una bella manifestación, las limitaciones y los vicios de las personas y los aspectos repulsivos de la naturaleza y no veían las generosas expresiones de los héroes ennoblecidos en sus relatos.

 Con la novela "IMÁGENES SIN TIERRAS", Appleyard presenta al paraguayo pronto para el sacrificio por la libertad y el bien de sus compatriotas, que esperan la redención sin consultar la intensidad de la ofrenda. que les espera. Appleyard enseña, con su novela, que la conquista de la libertad exige un sacrificio superior al valor de los objetivos de la lucha, ofrecida en la búsqueda del bien del hombre. El autor, así, ha escrito un episodio reciente del pasado del país.

CARLOS PASTORE

Asunción, mayo de 1991

 

 

**/**

 

-I-

 

 -Quizás tenga usted razón.

La frase quedó en el aire. Dedos amarillentos de tabaco apagaron el cigarrillo en un resto de café. Dedos alargados. Pálidos. Nerviosos. Una mano sin señales de trabajo rudo. Un vello oscuro y ralo sombreaba sus bordes. Las otras manos, abiertas y apoyadas en el extremo opuesto de la mesa, eran distintas. Gruesas. Curtidas. Deformadas. Las uñas ribeteadas de oscuro. Aceite. Grasa.

Los hombres habían callado. Solamente en sus manos restaba un estertor de la conversación. Se inquietaban ante la pertinacia de las moscas o se cerraban en puño rubricando recuerdos. La última frase se repetía en sus oídos en ecos que les restaban significado a las palabras. La monotonía del ruido callejero ya les era inaudible. Únicamente la frase. Y tras ella, tras esas cuatro palabras, una nube grisácea de pasado. En cada uno, diferente, pero con un paralelismo que en cierto modo los unía.

Ambos eran distintos. Cada uno pensaba a su manera. Un pensamiento conformado dentro de cauces antagónicos. Dos vidas apartadas. Dentro de un mundo lógico no hubiese habido razón para que se encontraran. Mucho menos para que compartieran horas y mesas de café. Pero uno de ellos había dicho "quizás tenga usted razón". Ya tenían algo en común. Quizás fuera de razón.

El mozo arrastró sus pies cansados. Los miró con la indiferencia de la costumbre. Siempre venían. Tomaban un café. Hablaban. Casi nunca los había visto reír. Eran serios. Tristes. Hablaban su mismo idioma pero con un tono extraño. De otro país. De otra provincia. Fumaban mucho. Casi siempre tenía que renovarles el cenicero. Eran todos sus datos. Veinte años de oficio le habían ido desgastando la curiosidad. Tantos clientes sentados en las mismas mesas. Ya no le interesaban. Sólo lo mínimo. Nunca estaba de más prever un interrogatorio. Para ello era suficiente saber muy poco. Peligroso saber demasiado.

-Es una muralla de piedra, totalmente inaccesible. Esa es la imagen que se me representa. Para hacerla desaparecer es necesario tener fuerza. Ni usted ni yo la tenemos. Es inútil pretender luchar cuando tenemos que comer y vivir.

-Luchar es casi un lujo. Tal vez si todos juntos...

-Yo he perdido la costumbre de soñar. No tengo tiempo. No sé, en su caso, pero en el mío es imposible pretender que hagamos algo todos juntos. Eso es soñar.

-Usted ya no tiene esperanza, por lo visto.

-Esperanza concreta, no. Algo en el trasfondo de mi pensamiento puede que sea una esperanza vaga, como sacarse la lotería sin haber comprado el billete. No sé si me explico. -** Lo entiendo. Es exactamente lo que muchos tienen. Sin comprar el billete... Está bien dicho.

Cayó otra capa de silencio. A través de la vidriera se veían pasar vehículos y personas. Era la vida de la ciudad. El hombre de las manos toscas la miró pasar. Sus rasgos que traicionaban al abuelo indio tenían una suerte de impasibilidad. De entre sus párpados cargados surgía una mirada marrón y profunda. El interlocutor lo estudió. Un gusto acre de cansada ironía tenía el comentario final. No era nada hiriente. Más bien el reconocimiento de una realidad.

-Se hace tarde.

-¿Vamos?

En la puerta se despidieron. Vivían en barrios distintos.

Ifigenio Rodríguez y Doroteo Mereles. Dos nombres sin proyección. Dos cifras entre miles. Dos hombres que toman café. Conversan. Se despiden. Nada más.

……………………………………………….

Como todos los días caminó tres cuadras. Esperó el ómnibus. Diez minutos, a veces quince. Casi una hora para llegar a su casa. "Mi casa. La llamo mi casa no sé por qué. Una pieza húmeda y oscura. Con un color que recordaré siempre. Un olor peculiar. No sabría decir a. qué. Único. Mi casa. Un ropero viejo y desvencijado. Tres sillas. Una cama. Una mesa. Un cuadro. Mi casa. Mi casa era linda. Era propia. Tenía un jardín y tenía árboles. Mangos. Pájaros. Unos pajaritos insaciables. De madrugada y al atardecer lo llenaban todo con sus gritos. Había una gruta hecha de guijarros. Mi mujer y mis hijos rezaban en la gruta. La virgencita. Una herencia. Tía Rosa, afecta a los santos y a los chismes. Era mi casa. Pagada lentamente. Hecha de a poco. En ella nacieron mis tres hijos. No murió nadie en ella. Salvo yo, quizás. Los pisos no eran buenos. Mal declive. También tenía goteras. Pocas y sólo cuando llovía mucho. Buenos vecinos. El almacén, la farmacia, y el bar. Cuando compré el lote era un barrio apartado. Cuando edifiqué la casa no me pareció tan distante. Cuando viví en ella no interesaron distancias. Era mi centro. Era mi hogar. Mi casa".

En el ómnibus cedió asiento a una mujer con un hijo de meses.

"Esa edad tendría Soledad cuando la dejé. Hace ya cuatro años, casi cinco. Cuando me vea le tendrán que decir que soy su padre. Me mirará como a un extraño. Cuando me vea. Más vale no pensar en ello. Una casa, una mujer, unos hijos que son míos. Y yo no puedo verlos. Nadie me podrá devolver estos años perdidos. Estos cinco años en que no he tenido ni mujer, ni hijos, ni casa. Lo que me han hecho no se puede pagar con nada. Los primeros pasos de Soledad. Su primera palabra. Ellos me lo han arrancado. Ni siquiera me han dejado el odio. Sólo esta nostalgia continua, exasperante e inútil. La historia de mis hijos en retratos y cartas. Como un enamorado los voy coleccionando. Nimia pronto hará la primera comunión. Mereles tenía razón. Razón dentro de su caso. Su situación es distinta. No podría serlo para mí. Sin embargo, él ha sido derrotado dos veces. Y aún persevera. Pero él es un luchador. En ello está su vida. Un jugador que tiene la habilidad de perder. Pero yo... mi lucha ha sido la simple y universal lucha del pan diario. Mis victorias, las más hermosas y sencillas: mi familia, mis hijos. Nunca pensé en otra cosa. Mi vida tenía la rutinaria regularidad de un reloj. Y, sin embargo, estoy igual, con la misma condena a cuestas que la de este Doroteo Mereles venido de tan lejos. Quizás haya cartas hoy. Pobre Isabel. Cuando la conocí no podía pensar que iba llegar esto. Tan suave, tan frágil. Desde que estoy acá, prácticamente es ella quien sostiene la casa. Resultó fuerte y decidida. Sus cartas son las que me sostienen. Apuntalan mi vida tan llena de rajaduras. Escribe bien. Con sencillez. Sus errores de ortografía me enternecen. Si escribiera sin errores no sería igual. Me habla en esas cartas. Puedo escucharla. Tan minuciosa en contarme todos los detalles. Por ella vivo con ellos todavía. Evita en lo posible contarme cosas desagradables. Las disfraza. Pero yo lo adivino. Me habla de la ciudad. La misma conversación que podía tener a la hora del almuerzo. Hasta los pequeños e insignificantes problemas de todos los días. Hoy tiene que haber carta. La leeré a la hora de la cena. Así la ilusión es más completa".

Doroteo Mereles también viajaba. Un tranvía absurdamente viejo. Cansado. Años de rodar sobre las mismas vías. Poca gente. Mirando por la ventanilla, la ciudad pasaba con lentitud. Luces. Gente. Calles y calles.

"Me da lástima. Es un hombre inútil. Incapaz. No sé cómo ha podido llegar a ser un desterrado. Cómo han podido ocuparse de él. Una mediocridad transparente. No hace sombra. Su única culpa es la de pertenecer a la clase más peligrosa. La más egoísta. Sin otro ideal que el de su propio egoísmo. Preservar su pequeño mundo. Nada más le interesa. Miles de hombres como él son los responsables de todo lo que está sucediendo. Miopes. No ven más allá de su hogar y de sus hijos. No comprenden que para preservar precisamente eso es necesario salir de esa estrechez y luchar. No sé por qué lo veo tan a menudo. Nada me une a él. Salvo el hecho de que ambos estamos a la fuerza en una tierra ajena. Pero somos tantos... Algo hay en él. Esa tristeza de perro. Su mirada. Puede ser que algún día logre animarlo. Creo que es un descanso. Tomamos café y hablamos. El me admira. Me mira fijamente. Me escucha con atención. Se estremece cuando le cuento las cosas de por allá. Pero no se puede quejar. En su país no las hay menos. El mismo es un ejemplo. Desterrarlo a un pobre infeliz inofensivo es monstruoso. Un compatriota suyo va a hablar hoy en la reunión. Tienen fama de valientes. Siempre hablan de su historia. Pero en este momento no están demostrando mucho valor, precisamente. Si todos son corno Rodríguez no creo que haya mudo que hablar. Cuando yo regrese sería capaz de llevarlo por allá. Demostrarle lo que es la vida y lo que es la lucha. Lo que nos debe a nosotros que somos en realidad quienes podemos salvar a su mujer, a sus hijos, su casa y su perro. Un día me dijo que envidiaba mis manos de mecánico. El es incapaz de poner un clavo en su lugar. Lo torcería. Cuando yo llegue y esté donde debo estar. Entonces sabrán por qué siempre tengo las manos sucias de grasa. Mis manos hablarán ese día. Nadie las hará callar. Dos veces no me engañan. Dos veces no me traicionan. Si de algo sirve esta experiencia, la próxima será la definitiva. No hay que apurarse, pero tampoco hay que esperar demasiado. Todo tiene su fecha y por lo tanto toda esperanza tiene un plazo. Eso aprendí. Estos de por acá hablan mucho y prometen demasiado. Ya los voy conociendo. Quiero hechos concretos. Realidades. Desde niño he estado escuchando palabras y promesas. Las primeras son viento. Las segundas, traiciones. Ya no caeré. Conozco de memoria el vocabulario. Es igual en todas partes. Esta noche, después de la reunión, hablaré con Laguardia. El conoce el procedimiento. Está libre de los pequeños prejuicios. Lo he venido observando y sé que va servir. Lo de hoy no creo que tenga mayor éxito. Discursos y nada más. Una serie de individuos nuevos. Consideran todo esto un juego. Cuando se pone serio son los primeros en escapar. Los conozco. Esta carreta no llega nunca. Se arrastra lentamente. Tengo tiempo, sin embargo. Pronto ya no podré decir esto. El tiempo pequeño me sobrará a veces. El tiempo grande, ya no. Pequeños hijos de burgués. Gastar medias horas en un tranvía".

……………………………………………….

Sentado en el alto taburete miraba. La espuma dura y blanca de la leche pronto coronó el vaso. La servían a presión. Un ruido profundo, reconfortante. Bizcochos de vainilla. Los tres, alineados en el plato. Mordió uno. Pronto se le deshizo en la boca. Se le disolvió en el sorbo de leche helada. Onofre Valenzano hacía una pausa en un bar lácteo.

"Es buena la leche. Algo insulso. Sin el sabor fuerte de la de cara. Las vacas de abuela. Cuánta leche he tornado en mi vida. Desde el amanecer hasta la noche. Mañana tiene que llegar el giro. Si no, se acabó la leche por unos días. Se está retrasando este mes. Los libros. Cada vez están más caros. El año pasado no hubo necesidad de tantos. No le va a gustar la noticia a papá. Creo que no anda muy bien de dinero. No me dice nada pero uno se da cuenta. Cuántos gastos. Necesito trabajar. Aunque no les diga nada, Ese señor Bermúdez me ha hecho una linda oferta. Lo que temo es que me falte tiempo para los estudios. Se están volviendo complicados...".

Pagó y salió. Era la hora de clase. L a Facultad quedaba a pocas cuadras. Unos minutos por la amplia avenida llena de sol y gente. El, un estudiante más. Mezclado entre todos. Dos años lo habían habituado. Conocía bien la ciudad. Tenía amigos. Perspectivas. Aún no sabía si quería regresar.

Hacía dos años. Tuvo que venir. Al padre le inquietaba el ambiente estudiantil de su país. Cambios. Presiones políticas. Profesores nombrados por recomendación, sin ninguna solvencia. Huelgas. Todo eso. Vino. Un viaje largo y cansador. Él lo había preferido así para conocer. En avión hubiese sido todo mucho más simple, tal vez, pero muy brusco. Le sobraba tiempo, conoció muchos lugares y cuando llegó a destino se sintió tranquilo. Él viaje había amortiguado la nostalgia. Conoció a muchos compatriotas. Todos escapando de su país. Diversos motivos unidos en el vértice de un mismo efecto. El destierro. Política. Miseria. Persecución. Hambre. Cualquier cosa. A menudo hablaba con ellos. Los unía a todos no sólo una nacionalidad compartida sino una esperanza nostálgica y común. Casi nunca se referían a ella. Era algo inconcreto. En ocasiones perfilaba un recuerdo. A veces traicionaba una emoción. En la propia facultad había varios. Onofre Valenzano no los rehuía. Por el contrario, se sentía a gusto entre ellos. Era uno más.

……………………………………………….

Cerró la carpeta. Con cuidado ató la cinta. Un moño. Alisó la cartulina. Las manos almohadonosas, velludas. Un anillo de sello incrustado en la carne del anular izquierdo. Las uñas en punta, estriadas y amarillas. Miró la hora. Luego sumergió de nuevo el reloj de oro dentro de la intimidad del chaleco. Un expediente terminado. Una sucesión. Fácil. Honorarios de seis cifras. El estudio era casi imponente. Cortinas pesadas como los muebles. Un archivador de acero ponía un toque audaz en la sobriedad del ambiente. Un silencio de templo. Las gruesas puertas velaban la importunidad de los ruidos.

"Tengo diez minutos. De ida puedo pasar por la sastrería. Tendría que ver también si han llegado los libros. Tendré tiempo. Llegar a la hora exacta no sería prudente. Me creerían muy interesado. Conviene hacerlos esperar unos minutos. Tampoco podré demorarme mucho. Una hora en lo del coronel. Luego, Lolita. Un día completo. Un tanto agotador, pero completo. Mañana será peor. Tendré que soportar la reunión. Lecturas de informes. Dar las directivas para el próximo manifiesto. Además, esas entrevistas con el grupo de recién llegados. La conferencia del doctor Dorantes. En fin. Lo principal es lo de esta tarde. No me vendría real tomar ese asunto. Estancieros brutos".

Con parsimonia hizo los últimos arreglos del estudio. Guardó la carpeta. Salió. En la calle hizo una seña el chofer. Se arrellenó en el asiento después de dar la dirección.

Los espejos de la sala de pruebas lo reflejaban desde diversas posiciones. Las mangas blancas de la camisa emergían de entre el casimir de la tela y el algodón de los rellenos. Tiza en mano, el sastre daba vueltas en torno. Destruía hilvanes y marcaba.

 -Esta arruga no me gusta nada.

Tenía que estar en todo. Hasta en esos pequeños detalles de un traje. Suspiró hondamente. Apartó la vista de un espejo. De perfil, la curva del vientre afloraba con imponencia. Momentos después estaba en la librería.

-¿Y cuándo estarán esos libros?

-Confiamos en que mañana llegarán. En cuanto tengamos una noticia le avisamos por teléfono, doctor. Salió casi colérico. Le molestaba profundamente la falta de seriedad. Era la segunda vez que venía a buscar esos libros. Una encuadernación perfecta. A todo coste. Con voz velada ordenó al chofer. Los Arríetalo esperaban. Entrecerró los ojos. Era una de las tantas tardes del doctor Dionisio J. Alcaraz. Fue ministro de algo en su país. No escaló posiciones. Subió de pronto. Una de esas crisis, Tres candidatos al cargo con apoyos equivalentemente neutralizadores. La transacción. Un individuo opaco, sin relieves: el doctor Alcaraz. La cartera le valió de mucho. Influencia. Relaciones. Traba moral alguna le impidió hacerse de dinero desde el trampolín del cargo. Prudencia o codicia. O ambas cosas. Actuó con rapidez. Siempre tuyo la virtud de valorar sus limitaciones. Un cambio de situación. Otros nombres. Fue ex ministro. No tardó en recibir otro título. Exiliado. Desde entonces lo explotaba con éxito. Especie de llave áurea que le abría muchas puertas. Blasón envidiable de la heráldica actual. Todo trajo de su país. Familia. Fortuna. El título. Posición. El duro pan del destierro le sabía a galletitas saladas a la hora del cóctel.

………………………………………………….

-Los explotan desde la cuna hasta la tumba. Les impiden pensar. Las manos y el cerebro aherrojados. Cuando no sirven los matan o los echan. Es la realidad.

-Usted exagera, Peralta. Generaliza. No niego que haya casos tales como los que usted ha descrito, pero son las, excepciones. Usted deforma la realidad al tratar de amoldarla a sus teorías, En este problema debemos ser objetivos.

 -Yo no he dejado de serlo. Me he limitado a señalar los hechos. Hechos palpables que usted conoce, que los ha vivido. Sin embargo, aún no ha abierto los ojos. Insisto en no darse cuenta de la raíz de todos estos males. No hay otra explicación posible y satisfactoria, a mi entender.

Diálogo largo. Ambos interlocutores midiéndose. Palabras zondas. Mutua valoración. En la pieza, libros. Libros por todas partes. Rebosando el ambiente. Inficcionándolo. Miles de palabras tejiendo la telaraña de una idea. Cercenando ideales. Acrecentando grietas. Ediciones en rústica, Ediciones costosas, las menos. Y Manfredo Peralta entre sus libros. Su voz seca y cortante. Su rostro enjuto, Mirada penetrante. Mezcla de asceta e histrión.

El otro lo mira. Tiene cierto miedo. Un hombre joven. Todo en él delata al campesino. Hasta el bigote. Un año de ciudad lo ha pulido superficialmente. La ropa. La voz. Pero sus manos son las mismas. Se adivinan en ellas los terrones. Manos pulidoras de estevas. Sinforiano Troche. Ha estudiada. Ha aprendido a hablar con palabras. Por obligación. Pero se siente incómodo dentro de ese traje y ese lenguaje que no le pertenece. Y tiene miedo a las palabras de su interlocutor.

** Peralta habla. Reforma agraria. Revolución. Campesino, Latifundios. Minifundios. Obra colectiva. Libertad. Bienestar. Reivindicación, Explotación. Pueblo. Imperialismo. Es la ofensiva. Las palabras que construyen el mito. Los andamios. Las coordenadas de su tesis.

"Me confunde. Pero creo que tiene razón. Dicen que es comunista. Debo tener cuidado. No quiero más complicaciones de las que tengo. Si fuera así, sin embargo, sería interesante. Se ve que conoce. Que ha vívido el problema. Habrá nacido en el campo. Una chacrita. Como la mía, Un terreno largo, puro fondo. Casi sin frente. Cuando todo era de mi abuelo valía la pena. Ahora, no sirve para nada. Una lengua de tierra. Todo se divide así. Mi padre y sus hermanos. Mis hermanos y yo. Particiones. Tiene razón Peralta. Si fuera cierto. Si fuera como él dice. A los veinte años tuve que dejar la lengua de tierra. No había nada que hacer. Ni allí ni en oca pase. Sin tierra. Eso soy. Ni la grande en donde nací. Ni la pequeña que me pertenece. Tierra extranjera. En ella como, al menos. Tiene razón Peralta, pero no se lo debo decir".

Peralta continúa hablando. El foco, escueto, sin pantalla, se balancea de un cable. Es el viento del atardecer. En su cueva de libros, Peralta habla, habla, habla.

………………………………………………

-Mañana viajo. Usted sabe lo difícil que me resulta dejar el consultorio por unos días. La gente se ha acostumbrado a verme y no me perdona el menor retraso.

-Es una verdadera lástima. Siento que se haya hecho ver tan en vísperas de viaje. Hubiese querido conversar largamente con usted. Hay tanto de que hablar.

-No ha sido mala voluntad sino falta de tiempo. Cosas mías y ajenas. Aprovechan el viaje y me llenan de encargos, usted sabe. Siento mucho. ¿Y trae algo bueno de allá? ¿O son las noticias de siempre?

-Es difícil decirlo. No sé si son buenas o malas. De todas maneras son noticias de la patria.

-La patria. A veces me parece una palabra más sin significado. Desde que vine, me he ido olvidando de muchas cosas. He encontrado mi vida en la ciudad donde estoy. He formado mi hogar y mis hijos han nacido en este país. Mi profesión me ha servido para abrirme paso. Y soy en esa pequeña ciudad todo un personaje. Una buena clientela y el respeto de todos. La patria, como usted dice, no me dio nada de eso. Al contrario. Por eso le decía que más bien la considero una palabra sin mayor significado emotivo para mí.

El otro guardó silencio unos instantes. Se acarició el mentón. Luego respondió:

-Tiene razón, pero recuerde que el título lo obtuvo allá, que "la patria" le dio la oportunidad y las facilidades de estudiar. Lo lógico hubiese sido que usted devolviera todos esos conocimientos dando salud a sus compatriotas y no a los extranjeros. Ya sé que la culpa no es suya. De todas maneras, es penoso lo que ocurre.

-Si yo estuviera en mi país, aferrado a la gratitud que le debo por mis estudios, le aseguro que a estas horas no estaría practicando la medicina, sino mendigando. Por algo he venido, no por el solo hecho de querer dar salud a los extranjeros. En mi país no tenía nada que hacer. Me hubiese muerto de hambre,

-Tal vez sí y tal vez no. Pero cada cual es dueño de sus obras y le ruego que disculpe mis expresiones. Me resultó un tanto triste escucharle decir que "patria" para usted era nada más que una palabra. Un nacionalismo anticuado de mi parte.

-Por favor... Lo comprendo perfectamente. Usted tiene una ventaja sobre mí y lo envidio. Todavía es sentimental. Se despidieron con un apretón de manos. No hubo cordialidad. El médico salió con paso rápido. Le restaban poco tiempo y muchas ocupaciones.

"Se ofendió por lo que le dije. Siempre están dispuestos a dar consejos y a trazar normas. Patriotismo. Buen ejemplo es él. Patriota por conveniencia. Sacando todo el dinero posible. Especialista en corromper a los funcionarios con su dinero. Negocios. Tras esa palabra escuda cualquier inmoralidad. Hasta lo han condecorado. Pronto una calle llevará su nombre. Venir a hablarme de patriotismo. Probablemente dentro de su manera de pensar él se considere un ciudadano íntegro. Ha sacado millones, pero ha regalado una escuela. No paga los impuestos, pero obsequia banderas. Es un sentimental".

El doctor Rufino Passini apresuró el paso. Olvidó el patriotismo de Roberto N. Zurieta, comerciante y benefactor de la niñez de su patria.

……………………………………………

Malezas y barro. Un agua turbia lamiendo acompasada un esbozo de playa. En la otra orilla titilan algunas luces. Turbia indecisión del atardecer. El ruido de un motor golpea y rebota en las aguas del río. Se va acercando. Atraca una lancha removiendo lodo. Uniformes. Acompañan a dos hombres. Estos bajan. Las huellas de sus zapatos forman negras lagunas en la tierra. De nuevo el motor golpea. Se aleja. Es casi noche. ELLOS, LOS QUE SE QUEDAN, SON DOS MÁS.

 

 

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