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GENARO RIERA HUNTER


  LA VIRILIDAD ANDA SIN NORTE - Ensayo de GENARO RIERA HUNTER - Junio 2014


LA VIRILIDAD ANDA SIN NORTE - Ensayo de GENARO RIERA HUNTER - Junio 2014

LA VIRILIDAD ANDA SIN NORTE

 

Ensayo de GENARO RIERA HUNTER

 

En la medida en que la mujer, en nuestro tiempo, viene cada vez más ocupando lugares y funciones socio-culturales que eran reservadas en exclusividad para el hombre, este último comienza a demostrar una consi­derable desorientación. Esto, en la medida en que esa exclusividad de lugares y funciones se va compartien­do cada vez más entre ambos sexos. El propio poder familiar, la llamada “patria potestad”, por ejemplo, va dejando de ser suyo o se comparte con la pareja. Si lo económico lo avalaba en su poder dominante junto con lo jurídico, hoy esto se relativiza, al punto que se ob­serva cada vez con más frecuencia que una mujer pue­de llegar a contar con más recursos materiales, poder y derechos en el interior de una familia. Lo mismo viene dándose en el campo extra familiar en su convivir social y laboral.

Esto establece una crisis en las identidades o posi­ciones sexuadas. Vale decir, en el cómo ser y sentirse hombre o mujer, una vez que los referentes, las insignias identificatorias que la cultura ofrece, ya no sustentan una clara diferenciación entre las posiciones sexuadas del ser. Veamos algo sobre esta crisis en lo referente a la posición que llamamos viril-masculina.

La potencia, la fuerza, el poder, es algo que desde tiempos inmemoriales se asocia y vincula a lo viril, vale decir, a lo que comúnmente situamos como lo masculi­no. Sería un poco ingenuo o muy reduccionista pensar que esto se debe simplemente a que el hombre fue desde siempre y naturalmente, dotado con una mayor fuerza o poder bruto muscular. Algo que lo dejaba predispuesto a guerrear, dominar, cazar y defender la prole. Esto no nos caracteriza como seres propiamente humanos. Sa­bemos que los animales, en general, atienden muy bien a esas condiciones de existencia. Por lo tanto, lo viril en la llamada “especie” humana, no podría resumirse a ese tipo de ejercicio del poder. En nuestra condición de se­res tomados y humanizados por el lenguaje en que nos constituimos, el poder, además de situarse como fuerza bruta o natural, necesita de referentes y operadores sim­bólicos. Poder y sexualidad humana no se constituyen fuera de ese campo. Ambos se presentan en considera­ble “desnaturalización”, porque por más que se utilice con bastante facilidad el argumento de lo natural, de la naturaleza, para justificar o dar sentido al ejercicio del dicho poder o de las diferencias sexuadas, lo que es natural en lo humano es la dimensión simbólica. Es decir, el hecho de que hablamos, pensamos, trabajamos, odiamos, amamos, deseamos, gozamos, etcétera, a par­tir del registro de lo simbólico que es lo que constituye nuestra realidad esencial.

Lo viril, por lo tanto, necesita de una sustentación en esa dimensión de lo simbólico determinante de nuestra existencia. Siendo así, si hablamos de un cierto extravío de la posición viril en nuestros días, esto se refiere a la prevalencia de esa realidad simbólica como determi­nante no sólo de las diferencias, así como del propio lu­gar de esa potencia a la que llamamos de “virilidad”. Lo que el hombre contemporáneo enfrenta y constata, es que su llamada potencia masculina está más sujeta a ese tipo de determinación de lo que suponía. Hoy queda más claro que antes que ella no tiene nada que ver con lo “natural”. Esto las mujeres lo vienen demostrando al ir asumiendo lugares y emblemas que sustentaban la clásica identificación masculina. La potencialidad viril o “fálica”, como la sitúa el psicoanálisis, deja así de mos­trarse como si fuera un atributo exclusivo del hombre. Con eso se denuncia y esclarece que su estatuto es del dicho orden de lo simbólico. Que tanto hombres como mujeres pueden acceder a esa posición de identificación masculina y presencia en el mundo, para desde allí ser y ejercer una potencia.

Concretamente esto se expresa en el trabajar y pro­ducir fuera de casa, ganar dinero, ir a la guerra, obtener algún prestigio en el ámbito de lo público, de lo políti­co, etcétera. Son todos ejercicios de una potencialidad a la que llamamos potencialidad de lo simbólico.

Lo que el hombre puede vivir hoy como una especie de estado confusional, no pasa de un desanclaje de sus soportes imaginarios de identificación viril a partir de esa incidencia más clara de la determinación simbólica de lo sexual que nuestro tiempo viene presentando.

Los lugares se van alterando, las insatisfacciones van cambiando, los principios de poder se van diversifican­do. El discurso capitalista y la ciencia van teniendo una determinación sobre los lugares simbólicos, y esencial­mente muestran que la fragilidad de vínculos y sistemas no eran de hierro. El sujeto moderno, si se puede hablar de un sujeto moderno, sigue siendo un sujeto dividido, es decir, que presenta su falla y su falta. Esta última no es restañada ya por los valores sino por los objetos del mercado, y así, hombres y mujeres están igualados pues son todos trabajadores por los objetos que presenta el dicho mercado cada vez más accesible y más rápido de deshacerse. La in-diferenciación se va acelerando y por eso surgen los síntomas, los llamados nuevos síntomas. Estos últimos vienen acompañando al discurso capita­lista, pues es lo único que le puede hacer frente, como resistencia, a la igualación-homogenización. Este dis­curso capitalista al objeto de consumo lo pone delante (pro-ducción), lo pro-duce frente al sujeto, así: al consu­mir todos somos iguales ante el objeto de consumo, no hay diferenciación entre quienes consumimos.

Son los síntomas los que hoy objetan la homogeniza­ción que se viene viviendo, porque estos síntomas son, como siempre, los que de más particular-singular el su­jeto tiene. Los síntomas son los que marcan hoy, más que nunca, la diferencia. Así, el sujeto moderno se viene enfrentando y respondiendo a procesos indiferencian­tes con síntomas y dolores subjetivos. Estos síntomas modernos como son la depresión, las anorexias y adic­ciones, se pueden ubicar en esta línea de tentativas de “salvación” subjetiva. También, una de las respuestas a lo indiferenciado es el discurso psicoanalítico, puesto que producir esa diferencia, hoy tan desdibujada, es el fundamento del deseo del analista.

En la época actual el sujeto moderno vive el peso de un nuevo malestar: el ser representado por los objetos y el hecho de que no se encuentre más con sus viejos malestares de pareja, donde se soportaba más en estado de subjetividad. Se tendría que hacer, por lo tanto, un esfuerzo considerable para resituar la cuestión estruc­tural de las diferencias entre los sexos, para reubicarlas. Porque no tengamos duda que la adquisición de esa po­tencialidad “viril” dejará cada vez más de ser de propie­dad exclusiva de uno de los sexos. La prevalencia de la dimensión simbólica la democratizó.

Quizás, el horizonte se presente en términos de cómo, partiendo del hecho de que la potencialidad es fundamentalmente del mismo orden de determinación, lograr ejercerla desde una diferencia en las posiciones sexuadas. Esto puede llegar a ser el gran desafío de lo se­xual en la época actual de la tecno-ciencia-capitalismo: la producción de nuevos referentes emblemáticos, de un nuevo estilo o manera de vivir las posiciones sexua­das del ser. Algo que implica en una recuperación de la producción de las diferencias entre hombre y mujer en otros términos que los tradicionales. Producir una diferencia dentro de la propia potencia viril por un lado (una manera femenina de ejercerla), y por otro, tratar de re-localizar lo que sería hoy lo femenino en términos de un más allá de la virilidad democratizada y generali­zada que hace empuje a la indiferenciación. Vale decir, cómo sustentar en nuestro tiempo ese más allá de lo viril, siempre enigmático, que la radicalidad femenina comporta.

 

 

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SEP DIGITAL - NÚMERO 4 - AÑO 1 - JUNIO 2014

SOCIEDAD DE ESCRITORES DEL PARAGUAY / PORTALGUARANI.COM

Asunción - Paraguay

 

 

 

 

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