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BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE


  CIUDADANOS ILUSTRES, 2013 - Por BEATRÍZ RODRÍGUEZ ALCALÁ


CIUDADANOS ILUSTRES, 2013 - Por BEATRÍZ RODRÍGUEZ ALCALÁ

CIUDADANOS ILUSTRES

Por BEATRÍZ RODRÍGUEZ ALCALÁ

 

ISBN: 978-99953-0-572-7

Editor:   SERVILIBRO

Páginas: 196

 

Dirección editorial: VIDALIA SÁNCHEZ

Tapa: CAROLINA FALCONE

Asunción – Paraguay,

Colección: COLECCIÓN ACADEMIA PARAGUAYA DE LA LENGUA ESPAÑOLA Nº 7

Octubre 2013 (196 páginas)

 

 

“El aporte de la autora a la bibliografía nacional es substancial en contenido, análisis crítico e impecable expresión. Tanto en sus ensayos recopilados bajo varios títulos, como en sus conferencias y artículos periodísticos hace gala de una prístina prosa. Esos textos como en su libro de entrevistas “Testimonios veteranos”, género en el cual fue pionera, rescatando las vivencias sufridas durante la Guerra del Chaco por los comandantes y sobrevivientes de aquella gesta, nos da pruebas de su agudeza intelectual y sus minuciosas investigaciones.

Se puede decir que este nuevo libro de Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone, entregado con la seguridad de quien se siente dueña de su palabra, honra a la Colección Academia Paraguaya de la Lengua Española y la comunidad cultural del Paraguay”.

 

Renée Ferrer

INDICE

Biografía

Presentación

Prólogo

La huella indeleble de Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone

Isabel la católica y el cardenal Cisneros

Isabel, la mujer 

El gran colaborador y albacea de Isabel, cardenal Cisneros 

Influencia de Isabel de Castilla en España y América

San Roque González de Santacruz: Protomártir paraguayo

Las primeras reducciones

El padre Roque

Las fundaciones

El martirio

Bibliografía

Asunción Escalada

Adela y Celsa Speratti

Bibliografía

Teresa Lamas Carísimo de Rodríguez Alcalá: La mujer y la escritora

José A. Bozzano. Taumaturgo de los arsenales

Biografía

El Mariscal de la victoria

Bibliografía

El presidente de la victoria

Eusebio Ayala es al fin repatriado

 

 

 


BIOGRAFÍA

BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE. Historiadora y miembro de número de la Academia Paraguaya de la Historia. Nació en Asunción, el 8 de junio de 1924 en un hogar donde primaba la cultura.

Tanto su padre, José Rodríguez Alcalá, como su madre, Teresa Lamas Carísimo, eran escritores. El primero, autor de la primera novela paraguaya (Ecos del alma) y la señora Teresa la primera mujer que publicó un libro en Paraguay (Tradiciones del hogar). Beatriz es la menor entre los seis hijos que componen la familia.

Sus estudios los realizó en Asunción y durante su juventud se dedicó a su hogar, pues contrajo matrimonio con don Nicolás González Oddone, y a actividades de orden asistencial y religioso, como ser: el Año del sacerdocio (1956), fundó la “Legión de María” en San Bernardino (1957), cofundadora del “Costurero del Niño Jesús” (1958), ocupó la presidencia de la “Asociación Santa Lucía” (1960) y fundó una “Academia de Corte y Confección y Dactilografía” (1965). Profusa es su descendencia, Nicolás, Beatriz, Verónica, Gisella, Mauro y Montserrat.

En 1962 ingresó al periodismo teniendo a su cargo dos columnas: “Cuando la mujer se proyecta en la ciudad” y “El silencioso trabajo de nuestra iglesia”. Asimismo, escribió artículos literarios en La Tribuna de los domingos.

En 1965 asistió a un curso de periodismo en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo, de Santander (España). Ejerció plenamente el periodismo en los diversos medios de Asunción y entre ellos decenas de reportajes y entrevistas a personalidades de fuste, nacionales y extranjeras.

En 1968 fue socia fundadora del Club del Libro N.° 1 e integró diversas comisiones de homenajes: al Dr. Eusebio Ayala, al mariscal José Félix Estigarribia, del Consejo de Mujeres, a Ana Díaz, en Buenos Aires, a la Srta. Felicidad González en la Escuela Normal N.° 1, a la Mujer en la conquista, en Asunción. En 1970 inició un movimiento promonumento a la Reconstructora de 1870, que tuvo amplia repercusión en la sociedad pero que fue rechazado por el Gobierno.

Participó en el Primer Congreso Interamericano de Mujeres Escritoras, realizado en San José de California, en 1976. Realizó una gira dando conferencias en varias universidades de EE. UU.: en Los Ángeles, San Diego, Riverside y Albuquerque. Vida intensa, en permanente actividad, ha sido cofundadora del Instituto de Historia Aeronáutica del Paraguay, ejerció las presidencias de Amigas del Museo de Bellas Artes, del Instituto Sanmartiniano del Paraguay, y del Departamento Cultural de Touring y Automóvil Club Paraguayo.

Merecedora, por su labor, del reconocimiento de diversas instituciones nacionales y extranjeras, es miembro de número de la Academia Paraguaya de la Historia y de la Academia Paraguaya de la Lengua Española. Ha sido la primera mujer nominada Miembro de Número de la Academia de Historia Militar del Paraguay.

Asimismo, es miembro correspondiente de la Real Academia de Historia de España, del Instituto Histórico y Geográfico del Uruguay, de la Academia de Historia de Bolivia, de la Academia Colombiana de la Historia, de la Academia Nacional de la Historia Argentina, de la Academia Puertorriqueña de la Historia y del Instituto Argentino de Ciencias Genealógicas de Buenos Aires.

Asistió a varios congresos internacionales: el de Historia Sanmartiniano (1978); de Historia de América (1980) ambos en Buenos Aires. También al 2.° de la Asociación Iberoamericana de Academias de Historia (1992) en Madrid, al 3.° realizado en Montevideo (1993) y al 4.° efectuado en Lisboa (1994).

Es la primera mujer que escribió un libro sobre la Guerra del Chaco y, a invitación de la Asociación de Literatura Femenina Hispánica, lanzó sus libros en Montevideo.

Publicó Testimonios veteranos-evocando, la guerra del Chaco, varios folletos, algunos auspiciados por la Academia Paraguaya de la Historia. Otras publicaciones fueron El Mariscal de América y otros ensayos, San Bernardino. Historia, imágenes y poesía, en coautoría con Hugo Rodríguez Alcalá; El íntimo universo de Eugenio Alejandrino Garay (1990) y Paraguay, ¿Cuándo Despertarás? (1999).

Es miembro del plantel de colaboradores de la Universidad Católica para charlas sobre Derecho Social y Economía Política. Además publicó, en coautoría con José María Costa el libro OPERACIÓN GEDEÓN, LOS SECRETOS DE UN GOLPE FRUSTRADO.

Es Miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Historia. Miembro de Número de la Academia Paraguaya de la Lengua Española; primera mujer nominada Miembro de Número de la Academia de Historia Militar del Paraguay.

PUBLICACIONES:

Recientemente publicó las memorias inéditas del ingeniero “Julio Ramón de César, demarcador de límites español, años 1783-1808”, de las que hace un exhaustivo estudio preliminar.



PRESENTACIÓN

UNA MIRADA AL ENTONCES Y AL DESPUÉS

Al pensar en los 85 años de existencia de la Academia Paraguaya de la Lengua Española, la mirada se me escapa hacia aquel 1927, en que una pléyade de intelectuales paraguayos de primerísimo nivel se reunieron para darle existencia. Los dramáticos reclamos de la Historia hicieron languidecer la institución por mucho tiempo. Los conflictos limítrofes que desembocaron en la contienda chaqueña de 1932 a 35, las secuelas de la posguerra, pese a la victoria; las posteriores convulsiones políticas, la situación social, la lucha fratricida del 47, la dictadura de Higinio Morínigo, componen el contexto en que sobrevivió esta Academia.

La ausencia de Paraguay fue notoria en aquel Primer Congreso de Academias, realizado en México, en 1951, cuando a instancias del académico peruano Guillermo Hoyos se toma contacto con varios académicos paraguayos en la ciudad de Buenos Aires, constituyendo este encuentro, realizado en 1952, una segunda fundación. Ocho años después, la Academia Paraguaya de la Lengua Española se ve beneficiada, como el resto de las Academias de la Lengua Española, con el Convenio de Bogotá, firmado en 1960 y refrendado por el Gobierno paraguayo en 1963, por el cual el Estado se comprometió, según la Ley 901, a otorgarle una sede y una suma anual para un funcionamiento digno.

Pasó la dictadura de Alfredo Stroessner, sobrevino la transición, se vislumbraron esperanzas y desalientos; hoy se enfrenta el desafío de un Paraguay mejor, y la Academia continúa su tarea silenciosa, muchas veces inadvertida. Como una novia que supo esperar, a comienzos de 2012, esta recibe del Congreso Nacional la sede prometida, en un área de la Casa Josefina Plá, a la espera de la confirmación de una dote segura, que le permita dar frutos cada año con renovado esplendor.

El trabajo de las Academias de la Lengua, congregadas en torno a la Real Academia Española, no se limita a velar por el mantenimiento de las normas gramaticales, lexicográficas u ortográficas, sino también por el enriquecimiento de nuestra lengua por medio de la incorporación de los ricos aportes regionales de los países latinoamericanos. No se ciñe únicamente a la elaboración y actualización de los diversos diccionarios existentes o en preparación, además impulsa las investigaciones sobre la evolución de la lengua castellana en todos sus aspectos, y constituye un puente entre el hispanohablante y el conocimiento de la lengua en sí misma.

En homenaje a las ocho décadas y media de su fundación, la Junta Directiva decidió conmemorar este tiempo de vida institucional con la publicación de la “Colección Academia Paraguaya de la Lengua Española”, que en su primera etapa reúne trece títulos, cuyos autores son miembros reconocidos en el ámbito literario y de la investigación científica. Desde este lugar que hoy nos toca ocupar, hacemos votos porque la corporación que dirigimos sea generosa en logros y rigurosa en el cumplimiento de sus compromisos, augurándole una labor sostenida y prolífica.

Renée Ferrer Presidenta

Academia Paraguaya de la Lengua Española



PRÓLOGO

BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ

Cuando la presidenta de la Academia Paraguaya Da. Renée Ferrer me pidió que escribiera unas líneas a manera de prólogo del libro de Da. Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone, inmediatamente me surgieron dudas. ¿Sería capaz de hacer que mis sentimientos superaran a la razón para escribir algo que verdaderamente reflejara su personalidad? Eran tantos los afectos que me unían a ella, que en realidad consideraba un desafío enorme, que finalmente decidí asumirlo, aunque creo que Beatriz merece mejor pluma para ensalzar su figura.

La conocí cuando por razones especiales me acerqué a la familia Rodríguez Alcalá. Tan pronto conversó conmigo surgió entre ambos una especial empatía que duró hasta el fin de sus días.

Su natural elegancia, no solo en lo personal, sino en su lenguaje y en su manera de ser, cautivaban desde el comienzo de cualquier conversación con ella. A lo que sumaba una extraordinaria firmeza de carácter y de sus convicciones, de las que no cedía por razón alguna.

Su acendrado catolicismo la llevó desde joven a iniciar sus pasos por el periodismo en temas referentes a la Iglesia. Comenzó en el único diario de la época, La Tribuna y más adelante en el semanario de la Conferencia Episcopal, Comunidad, donde escribía todas las semanas sobre temas diversos, pero todos de gran interés, no solo para los católicos sino para la sociedad paraguaya a la que ella se debía. Fundamentalmente le preocupaba el papel de la mujer en la sociedad, pero nunca llegó a las exacerbaciones del feminismo.

Al haber nacido en un hogar de intelectuales, pues sus padres lo eran y de gran nivel, había leído siempre y mucho. Y el escritor precisa leer, leer y seguir leyendo siempre para mantener viva su llama interior y mejorar constantemente su estilo. Sin embargo, no solo quedó en la lectura, sino que fue hasta España, a estudiar periodismo en la Universidad Menéndez y Pelayo, lo cual demuestra que era siempre inquieta en cuanto a lo intelectual.

Pero no nos adelantemos. Siendo muy niña, sufrió con su madre la partida de sus cuatro hermanos varones hacia el Chaco para defender nuestro territorio ante la agresión boliviana. Y en esa familia, que cada día rezaba por sus miembros que estaban en el frente de batalla, vivió durante ese tiempo de tres años el paso de ser niña a adolescente. Era el de sus padres, en esas terribles horas, un hogar en el que cuando golpeaban las puertas, el temor se apoderaba de todos, esperando una noticia trágica del frente de batalla, que afortunadamente nunca llegó. Pero esos años difíciles, si bien niña aún, estoy seguro habrán ayudado a templar su carácter, a hacer de ella una mujer valiente, tal como lo demostró acabadamente durante toda su vida.

Es así como cuando ya casada con un gran señor, Nicolás González Oddone, la tragedia tocó su hogar, y una de sus hijas emprendió el vuelo hacia el infinito territorio de los ángeles, supo demostrar a todos su fortaleza espiritual, su entereza de madre y lejos de entregarse a la desesperación y la tristeza, acompañó a sus otros hijos a seguir viviendo, con el recuerdo vivo de Verónica, pero sin perder la alegría y dándoles ejemplo de grandeza y de serenidad ante las adversidades. Y convengamos que para una madre perder una hija es una herida que nunca se cierra.

En lo cultural, le apasionaba la figura del Mariscal Estigarribia, y dedicó gran parte de su labor intelectual a su persona. Sus trabajos fueron fundamentales para conocer aspectos de la personalidad del héroe y lo hizo de una manera muy peculiar, iniciando en Paraguay un estilo que seguirían luego otros intelectuales, el de las entrevistas, en este caso con los propios excombatientes de la guerra del Chaco. Estos trabajos fueron condensados en un libro, “Testimonios Veteranos”, que causó un gran impacto y le sirvieron para que la Academia Paraguaya de la Historia la nombrara Miembro de Número de la misma, institución a la que prestaba especial colaboración. Su presencia en todas las sesiones era la constante. Pero no una presencia pasiva, simplemente testimonial, sino que, al contrario, era activa y complementada con trabajos que permanentemente aparecían en diversos diarios de la capital, especialmente en ABC Color.

Publicó luego un libro que dedicó al universo íntimo de Eugenio Alejandrino Garay, el gran defensor de nuestro Chaco, y al que la Infantería paraguaya lo tiene como uno de sus máximos héroes por su hazaña de Yrendagué. Era, pues, como puede notarse, una acuciante investigadora sobre los temas ocurridos en nuestra Región Occidental cuando dos pueblos hermanos no pudieron superar la incomprensión y se embarcaron en una terrible contienda bélica.

Pero también tuvo especial fascinación por la guerra del setenta y, sobre todo, por el papel que le tocó a la mujer en dicha tragedia. Consideraba que no solo fue importante la Residenta, la compañera de los combatientes, que los seguía donde estos fueran para darles fuerza y cuidar sus heridas, sino también la mujer Reconstructora. Yo presenté bajo su inspiración un proyecto de ley para erigir un monumento en memoria de estas, pero infelizmente el mismo no progresó. Lo hice porque a menudo le oía decir que el enorme esfuerzo desplegado por las mujeres después de la guerra fue decisivo para la reconstrucción de la patria injustamente lacerada por sus vecinos. Es que ella había oído desde pequeña los relatos de su madre sobre la guerra, que fueron volcados en un libro “Tradiciones del hogar”, que resultó el primero escrito en prosa por una mujer en el Paraguay. Estos relatos la conmovieron y la emocionaron porque estaban involucrados sus ancestros, combatientes en esa durísima guerra de la que no volvieron, y de los que heredó el inmenso amor a la patria.

Sus trabajos de alto nivel literario fueron reconocidos también por la Academia Paraguaya de la Lengua Española que la nombró miembro de Número. En oportunidad de su ingreso a la Academia, y para dar cumplimiento a los Estatutos de la misma que exigen la presentación de una ponencia, lo hizo sobre su madre doña Teresa Lamas Carísimo. No le habrá sido fácil desprenderse de su calidad de hija para escribir sobre ella, pero supo hacerlo con hidalguía y capacidad, de manera que si bien se resalta la figura de una mujer descollante en la cultura paraguaya, como fue doña Teresa, no se nota sino con extrema mesura la inmensa admiración y el indeleble sello de tradición que marcó también la vida de Beatriz.

En el primer y único Congreso de las Academias que conforman la región hispano

rioplatense (Argentina, Paraguay y Uruguay), realizado en Buenos Aires, en noviembre de 2007, presentó una ponencia sobre el “paraguayismo Residenta”, y tuvo el valor de resaltar ante un auditorio mayoritariamente integrado por argentinos y uruguayos, el ensañamiento de esos países junto con Brasil, para con el Paraguay durante la guerra de la Triple Alianza. Hubo sorpresa entre los presentes ante sus dichos, pero al terminar su exposición, tan bien presentada estaba la ponencia, que arrancó interminables aplausos del público que comprendió que se trataba de un tema histórico, pero tratado con rigor científico y que no tenía la intención de herir a nuestros hermanos, sino el propósito de demostrar el porqué del vocablo Residenta en el español paraguayo, para lo cual era absolutamente necesario referirse a ese triste episodio de la historia sudamericana. Parece ser que finalmente hay un revisionismo en los países de la triple alianza que reconocen la injusticia cometida contra nuestro país. Y la palabra de Beatriz en ese acto fue de capital importancia para que se entendiera lo que fue esa tragedia.

Pero le esperaba agazapada a la vera del camino otra adversidad. Una difícil enfermedad la dejó sin vista. Pero lejos de arredrarse ante esta circunstancia, siguió su vida como si nada le hubiera ocurrido. Concurría a todas las reuniones académicas y familiares con una fortaleza de carácter que se convirtió en un ejemplo para todos los que así la veíamos. Tenía siempre a su lado una persona que le leía en los periódicos las informaciones importantes del día, y seguía cultivando, infatigable, el hábito de la lectura.

Pero la vida no le dio el halago de estar presente hoy en el acto de presentación de la obra suya que publica la Academia Paraguaya de la Lengua Española. Esta, sin embargo, decidió -por razones de estricta justicia- que la misma debía aparecer aun después de su fallecimiento y que era el mejor homenaje que le podía rendir. Hoy estoy seguro de que ella está con nosotros. Desde los velos celestiales en los que está envuelta, participa de este acto y mira a cada uno de los presentes con su sonrisa amplia y generosa.

Doña Beatriz fue una brillante académica e intelectual. Pero, más que nada, fue una gran Señora.

José A. Moreno Ruffinelli



 

LA HUELLA INDELEBLE DE BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZÁLEZ ODDONE

El aporte de Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone a la bibliografía nacional es substancial en contenido, análisis crítico e impecable expresión. Tanto en sus ensayos recopilados bajo varios títulos, como en sus conferencias y artículos periodísticos hace gala de una prístina prosa. Esos textos como en su libro de entrevistas Testimonios veteranos, género en el cual fue pionera, rescatando las vivencias sufridas durante la Guerra del Chaco por los comandantes y sobrevivientes de aquella gesta, nos da pruebas de su agudeza intelectual y sus minuciosas investigaciones.

Cuando asumí el compromiso de dirigir la Academia Paraguaya de la Lengua Española, se pensó en publicar obras capitales de los académicos aún con vida, en la “Colección Academia Paraguaya de la Lengua Española”, la cual en esta primera etapa contempla la edición de trece volúmenes. Las publicaciones se iniciaron con obras de los académicos galardonados con el Premio Nacional de Literatura y el Premio Nacional de Ciencias, correspondiéndole inmediatamente después a la señora Beatriz el séptimo lugar, en consideración a su larga trayectoria intelectual y a su fidelidad a la Academia, a la que siempre honró con su trabajo, la participación en congresos, su sentido crítico y certero, indispensable para no errar el rumbo que debe seguir una corporación de la envergadura de una Academia.

Su aporte en cuanto a la presentación a la Comisión Lexicográfica de la RAE de palabras propias del castellano paraguayo, a fin de ser incluidas en el Diccionario de la Real Academia Española, fue continuo y vital, tal como lo demuestra el artículo argumentativo, de reveladora claridad lingüística e histórica sobre el vocablo “residenta”. Palabra que ella rescata del habla y la literatura paraguayas, que define un doloroso vía crucis de nuestra historia patria, a fin de solicitar su carta de ingreso al DRAE, diccionario emblemático de la lengua española.

Cuando la muerte nos arrebató la presencia corporal de Beatriz González Oddone de Rodríguez Alcalá, los académicos nos sentimos huérfanos de una persona que, además de amiga, era el ojo crítico y sensato cada vez que se planteaba un conflicto o se enfrentaban nuevos desafíos. Es por esta razón que la Junta Directiva decidió mantener su libro Ciudadanos ilustres dentro de la colección, como un acto de justicia y homenaje.

Los artículos aparecidos en este volumen fueron especialmente seleccionados por la autora con mucho rigor y entusiasmo, poco antes de su muerte, y se publican según su voluntad, como prueba de que el ser humano puede, hasta el último día de su vida y afrontando las más difíciles circunstancias, ser útil a la comunidad en que vive y dar de sí el generoso aporte de sus conocimientos y de su férrea voluntad en beneficio de los que aún permanecemos de este lado de la vida. Hecho que merece nuestro agradecimiento.

Todos sabemos que la vida es transitoria y que lo único seguro de ella es la muerte. Lo que nos consuela es creer que ella es un portal que abre paso a un nuevo peregrinaje hacia la Luz, y confiar que durante este trayecto terrenal hemos completado, en cierta forma, la obra que Dios nos ha encomendado.

Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone hace poco tiempo ha dejado este mundo para ingresar a ese espacio desconocido y promisorio donde las almas prosiguen su camino. Tras ella queda la huella indeleble de sus pasos. Hija de José Rodríguez Alcalá y Teresa Lamas Caríssimo, ambos escritores, hermana del poeta y narrador Hugo Rodríguez Alcalá, puede decirse que nació en un ambiente propicio al conocimiento y a la responsabilidad de ser. Ser antes que nada una persona íntegra, una mujer generosa, una madre amantísima, una esposa compañera y laboriosa, una ferviente hija del Señor, cuna y refugio de quienes la amaron y amarán.

El ser, como un poliedro transparente, tiene varias aristas que lo definen. Si Beatriz por un lado era una matrona ejemplar, también supo ser una cristiana bendecida con la fe, solidaria con el prójimo, pronta siempre a escuchar y a dar una opinión justa y precisa, dadivosa con los más necesitados, señora de su espacio familiar, y atenta siempre a los mandatos divinos.

Todo ello hubiera sido suficiente para dejar un valioso recuerdo, pero el poliedro del ser tiene varias caras y una de ellas fue la avidez de conocimiento y el cultivo del intelecto. Siguiendo las huellas de sus progenitores, Beatriz trascendió el espacio hogareño, y se dedicó también a la investigación, a la lectura, a la escritura. Supo ascender la cuesta de la vida superando penas y escollos, sumando logros y alegrías. Con una buena cantidad de volúmenes de su puño y letra, enriqueció la bibliografía nacional; con sobriedad y prudencia se destacó como académica de la Academia Paraguaya de la Lengua Española, aportando sus conocimientos en foros internacionales y la serenidad de sus consejos en la Junta Directiva, a la cual siempre perteneció. En la Academia de la Historia fue prolífica participante en congresos y debates de profunda discusión. En la Academia Miliar, investigadora minuciosa de los héroes de la Guerra del Chaco, celosa guardadora de testimonios que se van yendo.

Estos apuntes solo pueden ser una pálida muestra de su personalidad total: fuerte, inteligente, constante y dispuesta a compartir los buenos y malos momentos, la mano siempre abierta para los demás. Con alegría y templanza capeaba los embates del oficio de existir. Desde el lugar privilegiado que le tocó vivir, tuvo siempre presente a los otros. Como si esto no fuera suficiente, Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone llegó a la vejez con una dignidad resplandeciente, que ni siquiera la ceguera pudo ensombrecer. Todavía la veo entrar a la nueva sede de la Academia Paraguaya de la Lengua Española, con paso lento, los ojos fijos en el horizonte de sus sueños, solo limitado por su férrea voluntad, y sentarse a la mesa de sesiones a dar su opinión, a ofrecer su palabra de aliento o reprobación, con la soltura y la delicadeza de quien se sabe escuchada.

El mayor desafío que enfrenta el ser es la prueba final que a toda persona le sobreviene al término de la existencia. Ese esfuerzo supremo que nos agobia al final del camino. Beatriz Rodríguez Alcalá, en ese momento postrero, consiguió ser poseedora de su destino, sobrellevando la obscuridad con el coraje que define a las almas valientes y la serenidad de los que confían en el Señor. Pensando en ella me atrevo a afirmar: las huellas de la acción y el pensamiento son indelebles,

Por todo lo antedicho, puedo decir que este nuevo libro de Beatriz Rodríguez Alcalá de González Oddone, entregado con la seguridad de quien se siente dueña de su palabra, honra a la Colección Academia Paraguaya de la Lengua Española y a la comunidad cultural del Paraguay.

Renée Ferrer Presidenta



 

 

ISABELLA CATÓLICA Y EL CARDENAL CISNEROS

Linaje nuevo el de la iluminada Reina, los Trastámara (1369-1516) y por ende bastardo. No obstante, esta llegaría a ser abuela de seis testas coronadas, dispersas por Europa, y transformaría a su país en la potencia más poderosa del continente, aun antes de que sus naos acoplaran inmensos territorios a Castilla.

Fue indudablemente Isabel la Católica la más grande soberana de la historia, tanto desde el punto de vista político como del ético, moral y religioso.

No podrían aproximársele ni la ambigua Isabel de Tudor -que alentaba la piratería y premiaba con prebendas y títulos mobiliarios a sus principales exponentes- ni Catalina la Grande de Rusia, princesa extranjera que no trepidó en participar en la conspiración que eliminó a su marido el Zar, en complicidad con su amante de tumo, ya que estos fueron muchos, hasta que la muerte la sorprendió con más de ochenta años, en brazos de un apuesto húsar de veinticuatro primaveras... Siglos más tarde, la emperatriz María Teresa de Austria fue una ecuánime y laboriosa soberana, pero sus logros no tienen punto de comparación con los de la castellana Reina. Tampoco Victoria de Inglaterra se le aproxima, pese a haber transformado en Imperio su reino, ya que si bien ella opinaba en asuntos de Estado, quienes gobernaban fueron su Primer Ministro Melbourne, Disraeli y Gladstone, ambos jefes del partido conservador, que alternaban en el cargo.

Pero Isabel de Castilla hubo de lograrlo todo con decisión, esfuerzo y sacrificios. Desde su título de Princesa de Asturias, ferozmente impugnado por los partidarios de la Beltraneja, supuesta hija de su hermano Enrique IV de Castilla, llamada así por atribuírsele su paternidad a Beltrán de la Cueva, valido de la Corona.

Principales señores del reino, apoyados por Portugal, intrigaban y daban batalla a los adictos de Isabel. Pero la joven princesa de Asturias no se arredra y, pese a las presiones de los grupos que pretenden casarla con Alfonso V de Portugal, y a la Beltraneja con el hijo de este, con derecho supletorio, se inclina por el joven Femando de Aragón, Trastámara también él y primo suyo en segundo grado.

Muchas dificultades deben sortear los príncipes para cumplir su cometido: Isabel, huir del marqués de Villena, que la “protege” en la fortaleza de Ocaña; Femando, viajar de incógnito y disfrazado a Valladolid, donde lo espera Isabel; ahí se unirán en matrimonio el 18 de octubre de 1469, pese a no tener la dispensa papal, por el parentesco que tenían.

Impedimento este que pronto se solucionaría.

Turbulencias feudales sacuden las Españas; los bandos sublevados expulsan de Valladolid a los futuros Reyes Católicos, y estos deben buscar refugio en los señoríos de sus fieles, los Enríquez, donde ve la luz Isabel, la primogénita. Las intrigas no cesan, pero cuando el 12 de diciembre de 1474 fallece en Madrid el rey de Castilla, Enrique IV, dos días más tarde, en Segovia, Isabel es proclamada reina, la futura gran soberana, para gloria de España, ya que afortunadamente no regía la ley sálica en el país. Pero Femando no puede acompañar a su esposa en el gran día, porque se vio forzado a auxiliar a su padre, Juan II de Aragón, traidoramente atacado por Luis XI, de Francia, en el Rosellón.

Pese a haber sido proclamada reina y a contar con el brazo fuerte de su marido, los graves problemas de Isabel no cesan en la llamada “guerra de sucesión”. Portugal asume como propia la causa de la Beltraneja y hace permanente guerra a Castilla, hasta que, en 1476, el rey portugués se ve forzado a hacer una tregua, devolver ciudades usurpadas y viajar luego a Francia para presionar a Luis XI a realizar una campaña más enérgica.

Poco después, Isabel lograba que se rindieran sus enemigos, gran paso para la consolidación de la monarquía.

Desde el comienzo de su reinado, los jóvenes soberanos dieron un tono autocrático a su gobierno, recuperaron realengos, pero sin tomar represalias con sus antiguos opositores, respetando los solariegos mayorazgos de la nobleza.

A poco de la caída de Toro, Isabel y Femando reúnen 16 ciudades en las Cortes de Madrigal, representadas por dos procuradores, lo que ya iniciaba la implantación del primer Estado moderno en Europa y que, con el correr del tiempo, habría de abarcar toda España.

Posteriormente, las tierras que aportaría el rey Femando: Aragón, Cataluña, el Rosellón, Cerdeña, Sicilia, Nápoles y otras plazas de Italia, harían de España el reino más grande de Europa, aun antes de los asombrosos descubrimientos ultramarinos.

Pero, como a todos los hacedores de glorias, a Isabel no le faltan críticos severos que pretenden cercenar sus méritos por haber fundado la Inquisición y expulsado luego a los judíos.

Para juzgar los hechos, urge ubicarse en el contexto histórico de los mismos.

En una época teocrática, en la que la Fe jugaba el papel principal, se comprende que la pureza de la misma fuese una de las principales preocupaciones de los reyes. ¿Acaso, un siglo y medio atrás, Felipe IV, el Hermoso, de Francia, no mandó a la hoguera por falsas denuncias de herejía a los Templarios, comenzando por su ilustre y poderoso Gran Maestre, Jacobo de Molay? ¿Y qué decir de Carlos VII de Francia, que tras lograr la corona gracias a las guerras dirigidas por la Doncella de Orleans, conocida luego como Santa Juana de Arco, permitió que esta fuera enviada a la hoguera por los ingleses, con cargos de herejía, en 1431?

En cuanto a España, no debe olvidarse que durante ocho siglos fue sojuzgada por los musulmanes y que los judíos constituían una poderosa comunidad que practicaba libremente su religión, sus usos y sus costumbres.

Hay que reconocer que para los Reyes Católicos significó un sacrificio, en aras de la Fe, expulsar a quienes aportaron arte, ciencia, cultura y transformaron en vergeles el yermo. Por otra parte, no se puede acusar solo a España del uso de la Inquisición, ya que esta se generalizó en Alemania y otros países europeos, cruzó el océano Atlántico y se instaló en la joven América anglosajona con otro nombre -“la caza de brujas”- y, obviamente, en Hispanoamérica, escandalizando a muy pocos. De modo que lo que luego se consideró una aberración, en su tiempo era aceptable.

Y concluyendo esta digresión, volveremos a seguir los pasos de Isabel y Fernando, quienes, tras apaciguar sus reinos, se lanzan a la cruzada que desde siempre espigó sus almas: la toma de Granada y la expulsión de los invasores musulmanes que no quisieron convertirse al cristianismo.

Año de gloria el de 1492, en que el 2 de enero, Boabdil, el último rey moro, les entrega las llaves de Granada y ondea el pabellón de los Reyes Católicos en esa filigrana de piedra que es la Alhambra, arrullada por sus fuentes y surtidores, rodeada de jardines de ensueño.

Y como si ello fuera poco, el visionario Almirante, ayudado por Isabel, les obsequia un nuevo mundo; Nebrija le entrega un ejemplar de la primera Gramática Castellana; Femando de Rojas publica “La Celestina”, primicia de la no emulada literatura del Siglo de Oro. Y aquí cabe apuntar que “si ya en tiempos de Alfonso X, el Sabio, el romance había dejado de ser tal para convertirse en idioma castellano, como lo afirma León Galindo y de Vera en su magnífico estudio: “El progreso y vicisitudes del idioma castellano”, también explícita que en época de los Reyes Católicos, con el Ordenamiento Real de las Leyes de Toro: “Nótase el adelanto del lenguaje que ha salido de la adolescencia para entrar en la virilidad”, y agrega: “La sonoridad del lenguaje les mereció atención prolija; así es que siguiendo, unas veces, la frase latina, separándose otras, enriquecieron la lengua con palabras grandilocuentes. Muchas son las palabras nuevas con que se enriquece el idioma, ya derivadas del romance, ya del latín, ya puramente latinas. La ortografía va fijándose... Consonantes ásperas se varían por nuevas...” (1).

 

ISABEL, LA MUJER

“Una reina no se casa para ser feliz, sino para servir a su pueblo”, había dicho la reina de Hungría, María, a su nieta Clemencia que partía de Nápoles para contraer matrimonio con el flamante rey de Francia, Luis X, el Obstinado, el 1 de julio de 1315.

Ciento cincuenta años más tarde, la joven princesa Isabel alienta la misma filosofía, al elegir por marido a Femando de Aragón. No pensó al hacerlo en su propia felicidad, ni fue impulsada por el amor. Solo el deber, la constante de su vida, la decidió. No obstante, el amor llegó, y muy hondo, para la Reina, a quienes las frecuentes infidelidades de su esposo sumaban un aguijón más a los muchos que laceraron su corazón de madre.

Bien conocidos eran en la Corte sus reiteradas explosiones de celos; estas dieron lugar a que su propia hija, la demente Juana, en cierta ocasión se le insolentara, hecho que, dolorida, comentará Isabel: “Y entonces ella (la princesa Juana) me habló tan reciamente, de palabras de tanto desacatamiento y tan fuera de lo que una hija debe decir a su madre, que si yo no viera la disposición en que ella estaba, no las sufriera en ninguna manera...”.

Pero esa Reina guerrera, mística, que en su sed de almas para Dios financió la aventura de Colón, fue también una humanista, a quien restaba tiempo para frecuentar a los clásicos en su bien nutrida biblioteca, a San Agustín, Santo Tomás de Aquino y otros autores religiosos. Tampoco ignoraba a los poetas y escritores modernos de su tiempo, incluso al desenfadado y brillante Boccacio.

Y aunque no hallamos bibliografía sobre ella, no podemos descartar que se extasiaría con “La Divina Comedia” del gran florentino. También la pinacoteca de la Reina, muy influida por los flamencos, era la más importante de su época.

Isabel acogía en su corte a los grandes humanistas italianos, tales como Lucio Marineo Sículo, Pedro Mártir de Anglería, para citar unos pocos. De ahí que sus hijos hayan recibido una educación tan esmerada, pese a las constantes ausencias que le imponía su andariega vida. Y, para concluir, diremos que a su capilla musical asignaba importantes sumas de dinero. Doblas que no invertía en ella, de austero vestir y poco apegada a las joyas, pese al gran progreso económico que lograron los Reyes Católicos al incrementar el comercio con los Países Bajos y sus posesiones de Italia y el Mediterráneo.

En fin, fue Isabel una mujer con grandes afanes culturales, muy por encima de los de su marido, gran guerrero y hábil político, a quien, según afirman algunos historiadores, Maquiavelo dedicó “El Príncipe”, si bien otros creen que lo escribió para César Borgia, el sacrilego hijo de Alejandro VI.

Sumemos a ello que en su trashumante vida, reprimiendo sublevaciones, recuperando territorios, dio a luz a sus cinco hijos, sufrió el inmenso dolor de perder a dos de ellos, al heredero don Juan, a su pequeño nieto y a Isabel, reina de Portugal, mientras convocaba Cortes, decidía sobre asuntos de Estado y no abandonaba a su madre, “la loca de Arévalo”, que desde la muerte de su marido, el rey Juan II, en 1454, se había encerrado en el castillo de su villa de Arévalo, donde moriría 42 años más tarde, en 1496.

Impresiona mucho observar en el Museo de Pintura Histórica de Madrid el gran retrato donde Isabel, rubia niña de cortos años, se apoya en el regazo de su madre, Isabel de Portugal, que con alucinados ojos otea el horizonte, quizá buscando al exvalido de su Corte, D. Alvaro de Luna, caído en desgracia y degollado luego, a instigación suya, en 1452.

 

EL GRAN COLABORADOR Y ALBACEA DE ISABEL, CARDENAL CISNEROS

Es imposible evocar a la reina Isabel la Católica sin mencionar al entonces fraile franciscano Francisco de Cisneros, en quien la reina depositó íntegra su confianza. Recomendado por el cardenal Mendoza, Primado de las Españas, que bien conocía la santidad y ciencia del franciscano, a disgusto de Cisneros, que amaba la contemplación y el estudio, acudió a la Corte y cuando, tras conversar varias veces con la Reina, admirada esta de sus virtudes y sabiduría, le dice a quemarropa: “Que por caridad sea su confesor, su guía”, le opone cuantas razones se le ocurren. De nada le valen, la Reina es terca y Mendoza, un maestro en persuadir.

A regañadientes, Cisneros acepta, pero impone sus condiciones: no vivirá en la Corte sino en el más próximo convento de su Orden, no aceptará renta alguna, jamás aconsejará en asuntos de Estado -¡qué lejos estaba de intuir el destino que, para bien de España, le aguardaba!-, y donde no haya casa de su religión, vivirá como lo dicen sus reglas, de la limosna.

Ansiosa de ganarlo, a todo dice que sí Isabel, y desde entonces “su alta sombra aguileña, de tremendas pupilas negras”, cubierta de burdo sayal, se desliza con paso firme y rápido por los salones y galerías de palacio cada vez que la Reina lo reclama, causando sorpresa y susto en los vacuos cortesanos.

Narran los historiadores una anécdota que fascinó a Isabel en su primera confesión. Era costumbre entonces que los reyes se confesaran sentados en sus tronos y el confesor se arrodillara a su lado. Pero Cisneros no duda y le dice firmemente: “Señora, ante Dios, de rodillas”.

Otra carga habrá de caer sobre los secos hombros de Cisneros: el Provincialato de su Orden en Castilla, con las vastas zonas de Toledo, Sevilla, Santoyo y Santa María de los Menores, ambas Castillas, el resto de Andalucía y Murcia.

Terco, el franciscano decide hacer a pie y mendigando los durísimos caminos. Pero si agotadoras son las jomadas, dolorosísimas le son las llegadas a los relajados cenobios, donde, desde mucho tiempo atrás, las primitivas reglas han sido echadas en saco roto.

Para los opulentos frailes de vida regalada, la ascética figura del Superior, descalzo, cubierto de polvo y fatiga, es un reproche mudo, mucho más molesto que las duras palabras con que les increpa sus vicios y molicie.

Tortura en extremo a fray Francisco la degradación en que se halla la mayoría de los monasterios de su Orden y cada vez es más fuerte su deseo de cruzar a África, para predicar a la morería y morir en el martirio si fuera necesario.

Conversa con la Reina de la urgente necesidad de realizar “la reformación de las religiones” y ella, que de larga data deseaba depurar los conventos, aprueba entusiasmada la idea.

Para lograr la tan necesaria reforma, fueron necesarios todo el poder de los Reyes Católicos, en el pináculo de su gloria, y la voluntad de hierro de un Cisneros, ya que el odio de los libertinos religiosos, apoyados por poderosos feudales, era tan grande que se negaban a acatar el mandato de volver a sus primitivas reglas, hasta el punto de que el Papa ordenó suspender la Reforma.

Pero no fue Cisneros de aquellos que dejan a mitad las causas justas, y poco después logra que Alejandro VI se rectifique por Bula.

De 1494 a 1510 dura la dificultosa depuración. Diez y seis años, a lo largo de los cuales Cisneros, ya Gran Cardenal de España, se mantiene inflexible, excomulgando, cerrando conventos y deportando a comunidades enteras que se mantenían rebeldes.

Pero no solo a sus subalternos impone Cisneros su recto juicio. También Femando e Isabel supieron de su firmeza, cuando pretendieron confiscar para la Corona parte de las cuantiosas rentas de la Silla Primada, que por muerte del cardenal Mendoza correspondían a Cisneros, flamante Primado de las Españas, por imposición del papa Borgia. “Mi mayor deseo es retirarme al silencio de mi celda. Bien sabéis que me vi forzado a aceptar el poder que no deseo, pero si lo ejerzo, habré de ejercerlo con todas sus atribuciones”, responde inflexible Cisneros a la real demanda.

Gran disgusto causa al católico D. Femando la actitud del Arzobispo, a quien, por otra parte, no perdona que ocupe un cargo que él deseaba para uno de sus bastardos, D. Alonso, arzobispo de Zaragoza, pero debe resignarse porque su esposa lo apoya incondicionalmente.

Pero Cisneros no guardará para sí los tesoros que no le interesan: los empleará en la construcción de esa joya del plateresco, la Universidad Complutense, en su Villa de Alcalá de Henares, en la Biblia Políglota Complutense, que asombró a Europa, y en becas para los estudiantes pobres.

Cuando el 26 de noviembre de 1504, minada su salud por tantos trabajos y andares y, sobre todo, por la evidente enfermedad de Da. Juana, su hija y heredera de su Corona, fallece Isabel, la gran Reina, Cisneros, en su condición de albacea y testamentario suyo, es llamado a la Corte. ¡Y bien que cumplirá su tarea de salvar a Castilla para D. Fernando! explícito deseo de Isabel, a la que pretendía gobernar su inepto yerno, Felipe el Hermoso, ya que su demente esposa Da. Juana no contaba.

Años más tarde, también Cisneros hará valer los derechos de Carlos V, amenazados por su hermano menor, Femando, nacido español, y por las intrigas de Germana de Foix, joven viuda de Femando el Católico.

Asombrosa fue la labor realizada por Cisneros, que apenas esbozamos, no solo a favor de la fe, la cultura y la política de España, tras ser designado Regente, primero por Femando el Católico, luego por el joven Carlos V, que para detallarla serían necesarios varios volúmenes.


INFLUENCIA DE ISABEL DE CASTILLA EN ESPAÑA Y AMÉRICA

Hemos reseñado en este ensayo la monumental tarea de los Reyes Católicos, hacedores de la unidad de España y forjadores del primer Estado moderno de la cristiandad. Tarea que la reina Isabel compartió con su marido en partes iguales e incluso con más visión que este.

El lema “Tanto monta, monta tanto Isabel como Femando”, es una consagración histórica del hacer de ambos soberanos. No obstante, ¿qué significado tiene la marmórea almohada más hundida bajo la cabeza de la estatua de Isabel, en la tumba que comparten los esposos en la catedral de Granada?

El proyecto de Colón, sin el decidido apoyo de Isabel, quizá no lo hubiera hecho realidad España; Fernando estaba más concentrado en sus intereses en el Mediterráneo e Italia.

Y si los americanos le debemos a España que nos abriera a la cultura grecolatina, su rico idioma y algunas de sus instituciones, con Isabel tenemos la deuda de nuestra fe católica, esa fe que había purificado con Cisneros y nos la envió limpia y vital, con esa legión de abnegados misioneros que, incluso a costa del martirio, la enraizaron en América desde el Río Grande hasta la Patagonia.


NOTA

1. León Galindo y de Vera. “Progreso y vicisitudes del idioma castellano en nuestros cuerpos legales, desde que se romanceó el Fuero Juzgo”. Trabajo premiado por la Real Academia Española en 1863.

 

 

 

 

 

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