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MARÍA ISABEL BARRETO DE RAMÍREZ


  LA MUERTE Y EL SUPLICIO SE DAN CITA EN “UN VIENTO NEGRO” - Por MARIBEL BARRETO - Domingo, 03 de Febrero de 2013


LA MUERTE Y EL SUPLICIO SE DAN CITA EN “UN VIENTO NEGRO” -  Por MARIBEL BARRETO - Domingo, 03 de Febrero de 2013

LA MUERTE Y EL SUPLICIO SE DAN CITA EN “UN VIENTO NEGRO”

 EL TÍTULO COMO SÍMBOLO

 

 Por MARIBEL BARRETO

 

Esta novela de reciente aparición constituye un aporte testimonial de la lucha contra la dictadura. El título Un viento negro, signo devastador, se halla repetido en el texto novelístico en seis escenarios diferentes; siempre antecede a la desgracia que se avecina, y anuncia el terror y la muerte. La génesis de este título y el desarrollo diacrónico de los acontecimientos narrados ilustran la dimensión histórica.

La primera alusión a un viento negro se produce en la parte introductoria, cuando el protagonista de la  primera historia, Blas Arzamendia, llega al puerto de Encarnación a su vuelta de la ciudad de La Plata. “Un pequeño golpe sacude al ómnibus cuando la balsa movida por un viento negro atraca en el puerto”. El viento negro anticipa el apresamiento de Blas por policías de civil, luego de encontrar en el fondo de la valija unos panfletos que un compañero le había confiado para entregarlos a un amigo camino en Asunción.

La segunda aparición de un viento negro en el texto ocurre durante el rezo de las siete palabras, en Santa Rosa Misiones. Seguido de dos monaguillos, aparece el sacerdote que, al sentarse en medio de dos filas de los apóstoles, hace una señal a Dionisio Rojas, que deja la estola sobre el asiento y sube al púlpito empujado por un viento negro que levanta una nube de polvo. Minutos después, el alcalde Salinas y su grupo lo apresan.

En otro momento, Rompe, el perro de Dionisio, camina pegado a su dueño. Huele que un viento negro se acerca a la casa. En este episodio, el viento preanuncia la presencia policial que llega para aprehender al dueño de casa.

Aparece el viento negro en otro pasaje: “Al sentarse a la mesa para desayunar, un viento negro levanta la cortina del comedor”; un anticipo de la llegada de policías de civil, quienes con violencia arrojan dentro de la camioneta policial a un grupo de campesinos reunidos en el oratorio.

Persecución, tortura, sacrificios sin fin y muerte en Abraham Cué; también en ese escenario de destrucción y aniquilamiento, la presencia del viento negro: “Traídos por el viento negro, el estallido aterrador de las armas y el ladrido enloquecido de los perros, Martina ya sabía que Dionisios Rojas, Ramón Segovia y otros parientes y amigos…”; aquí, el viento como portador de perecimiento, como marcando la hora suprema en que expiran los campesinos y sus sueños comunitarios de cooperación, trabajo y felicidad.

Otro pasaje horrendo marcado por el soplo del viento ocurre en la persecución a la OPM: “En ese intento perdió al marido, a muchos familiares y amigos, y multiplicó sus esfuerzos porque el hogar no fuese arrastrado por el viento negro”. Aquí, el viento negro trae la aniquilación de un grupo que atenta “contra la paz, el supremo bien de la República”.

Por tanto, el lector debe deducir que el viento negro es la fuerza destructora en manos del dictador para sofocar la ideología y las acciones de las Ligas Agrarias, la represión a sus integrantes y a la OPM, la masacre de campesinos de Acaraymi, donde los milicianos asesinaron a numerosos agricultores y hasta a una jovencita de 15 años, deficiente mental, y a una niña de 10 años.

El viento fatídico es un símbolo; cuando sopla, actúa como clave de significación de horror y muerte. La génesis de este título como desarrollo diacrónico ilustra la dimensión histórica, la cual sirve como un importante medio de vinculación del discurso narrativo con los símbolos culturales, “viento negro”, que todos entienden porque así la sociedad podrá visualizar los horrendos hechos mediante un completo repertorio de imágenes como representación de la realidad y del paisaje político del país e interpretar los vínculos con que se producen esas imágenes terroríficas en ese contexto político, con las fracturas de esas imágenes que reproducen la tortura, el suplicio y la muerte.

Estructuración del discurso novelístico

La novela está estructurada en forma discontinua, presenta cortes y omisiones. Se construye como contrapunto con acciones paralelas, a veces simultánea en distintos escenarios.

Los hechos o acontecimientos no se subordinan unos a otros, sino que adquieren importancia similar. El contenido se divide en cinco capítulos encabezados con nombres que sugieren personajes reales: Blas Arzamendia, Dionisio Rojas, Ramón Segovia, Raimundo Flores y Eva Alonso. Por tanto, la novela es episódica, puede ser leída en capítulos independientes; esta estructura genial y monstruosa, en la que el lector encontrará una larga serie de hallazgos como el abandono, la soledad y la angustia de los personajes femeninos. Además es el libro amargo de los movimientos populares heroicos en su lucha contra Stroessner, absurdos por estar condenados al fracaso a causa de las delaciones y los testimonios inventados por la dictadura o cuando el dolor extremo durante las torturas hace gritar a los torturados.

Ofrece la visión fatalista de una condición existencial que es la misma en los cinco relatos. El escritor hábilmente introduce un relato con visión múltiple que otorga mayor verosimilitud a las historias, monólogos interiores, recuerdos que se agolpan en la conciencia de los personajes ante la caída del dictador, diálogos e inversión del tiempo cronológico en la historia de Eva. La sociedad deshumanizada es obra de la dictadura que siembra el terror y el Plan Cóndor que acumula cadáveres en los países de la región. Esta deshumanización de la sociedad se percibe en la reacción del padre de Blas Arzamendia, que tarda en darse cuenta de que pierde a su hijo, no por culpa del joven, sino porque la dictadura ha elegido una víctima y esta es su hijo.

La alternancia entre los narradores indica, desde luego, la ambivalencia de la realidad narrada, ya que una misma realidad para los miembros de las Ligas tenía un significado real, diferente al de los hombres ligados a Stroessner; esto se ejemplifica en el curso de la narración en tercera persona, junto con otros recursos que emplea González Delvalle para variar la distancia afectiva entre el narrador y los personajes, y yuxtapone bruscamente acontecimientos o diálogos con las reacciones internas de los individuos. Tal ocurre en la historia de Ramón Segovia cuando enciende la radio y se entera de que el dictador se encuentra preso en la Caballería; la reacción de Cristina, su esposa, y la de su sobrino Sebastián. El matrimonio escucha la radio hasta el amanecer, ambos ocupados en sus pensamientos y divagaciones, como relámpagos les vienen a la memoria los rigores de la dictadura. Ramón Segovia ya no puede levantarse, a causa de las lesiones por la tortura y de la prolongada huelga de hambre que minó su salud, otrora fuerte.

El escritor contrasta hábilmente el mundo de los recuerdos con sus pesadillas interminables y el mundo de la realidad presente, que los sorprende, aunque son conscientes de que ni la alegría ni la juventud ya no vuelven y ya nada podrían recuperar, ni la vida de los vecinos, ni a los amigos sacrificados ni el bienestar por el cual lucharon. Nada consigue suscitarles la esperanza, ni siquiera cuando les avisan que el juez y el comisario han huido como ratas.

Mecanismos de poder y discursos dominantes

De hecho, un discurso representa una realidad propia del relato que relacionado con la “realidad real” no es un cúmulo de distorsiones y mentiras, sino que posee una realidad material propia, porque transmite conocimiento sobre el movimiento campesino; hechos históricos con lugares y fechas comprobables con los cuales el lector puede construir su visión histórica. Los discursos ejercen el poder del mismo modo que el poder es ejercido por los secuaces del stronismo. Los discursos del narrador constituyen factor de poder, son capaces de inducir comportamientos y de generar otros discursos como reacción por la interacción discursiva; tal el caso de la historia de Raimundo Flores o el de Eva Alonso, donde el escritor pugna por lograr un análisis histórico-político, capaz de esclarecer la constitución de sus sujetos-actores en el contexto socio-histórico para configurar de este modo una perspectiva sincrónica, esto va dirigido contra el subjetivismo.

Estos discursos ejercen el poder porque transportan la información con que se nutre la conciencia colectiva e individual, como podría leerse en las siguientes cláusulas:

“Pero nuestros enemigos eran los acopiadores, los almaceneros, las autoridades partidarias.

Te engañaste y te sigues engañando, detrás de los acopiadores, los almaceneros, las autoridades partidarias, estaba el Ministro del Interior, o sea la fuerza represiva de la Dictadura”
O este otro momento.

“Tu tío el que está en Buenos Aires.

¿Sí?

¿Le recordás?

Perfectamente, le queremos mucho en la familia.

¿Es comunista? No me interesa que lo sea es un ser humano que padece.

Es febrerista. Después de que lo dejaran sin trabajo en el frigorífico se dio de lleno a la militancia clandestina. Una noche allanaron la casa de uno de los dirigentes del partido en Asunción y lo tomaron preso con los demás”.

La diversidad no se agota en este punto, a cada componente de la novela le corresponde una unidad específica, los discursos del tiempo, del espacio y los del narratario. El narrador que varía lógicamente en cada historia, cada uno de ellos relata los entresijos de la historia en cada caso, desde su ángulo de visión, unas veces, es desde puntos de vista de los torturadores, seres abyectos, despreciables que se emborrachan para ejercer su función y llegan a creer que hacen el bien eliminando un campesino y luego, la visión del torturado, desde su dolor, desde su rabia, desde su ira, desde su desgracia irremediable. Como elemento regulador en el centro y foco del relato está el narrador omnisciente, quien narra, opina, califica y juzga.

El personaje colectivo y la ideología comunitaria

La colectividad como personaje es una realidad concreta, con voluntad para proyectar actividades en bien de la comunidad y con suficiente poder para llevar a cabo las acciones. Los campesinos se reúnen, dialogan, conforman asociaciones llamadas Ligas Agrarias. Ellas representan a los campesinos que se agrupan para vivir en comunidad, luchan para conseguir la tierra propia. Se arriesgan a ocupar tierras improductivas, son consientes de sus carencias, expresan sus demandas, que desde luego, no son escuchadas, sufren en grupo persecuciones y castigos como consecuencia de sus reclamos. El gobierno acusa de subversiva a dicha organización.

La acción comunitaria se hace sentir en varias ocasiones: En las celebraciones de Semana Santa convierten la celebración de las Siete Palabras en un mitin político, la policía interviene con extrema brutalidad y caen presos muchos de ellos. Los ligueros ocupan los terrenos improductivos de la Iglesia católica en las misiones, sienten que no perjudican a nadie porque dichas tierras no son explotadas. La ideología de las Ligas Agrarias es que la tierra pertenece a todos y que se debe dar a las tierras ociosa el uso debido. Los invasores de tierras ofrecían abonar por ellas un precio aceptable y en plazo razonable para que la ocupación no aparezca como robo. El proyecto principal, trabajar en comunidad, el anhelo de la tierra propia ya está instalada en nuestro país desde los albores de la colonia, “las tierras desocupadas son las tierras sin hombres y hombres sin tierras”. Las ideas no las expone el relator omnisciente, sino que el novelista ofrece la palabra a sus personajes que conversan, dialogan, protestan y gritan sus necesidades. El ideal de la tierra propia es un tema ya tocado en la novelística paraguaya, aunque los personajes hayan vivido en otras épocas históricas como en Vagos sin tierra, de Renée Ferrer, o en El Retorno, de Maribel Barreto, en todos los casos los campesinos se enfrentan al poder que responde con el despojo, la violencia y la matanza.

Las mujeres se organizan y actúan en forma comunitaria, ellas asumen sus derechos y piensan y hablan  con libertad. En otro momento, se hacen guerrilleras para luchar contra la dictadura sumándose a la militancia activa. En la novela de González Delvalle, las mujeres son audaces, fuertes y responsables. Isabel, la maestra que enseña en una escuelita de las Ligas Agrarias, para difundir los ideales comunitarios, deja de lado el programa oficial, Martina secunda las actividades de su esposo en la compañía Barretito, ella se entrega con entusiasmo a las Ligas que desean socializar la tierra y los medios de producción. Las mujeres miembros de la OPM Son valientes, resisten las torturas y no son delatoras. Mujeres como Eva Alonso soportaron el dolor y la agonía, sobrevivieron a los golpes y ninguna renegó de los ideales que defendieron con sus vidas.

El autor incluye personajes reales como el de la doctora Sanneman, activista del Mopoco, los nombres de militares como el coronel Grau, personaje sádico y cruel, el de los torturadores como el coronel Guanes y a Pastor Coronel. También Cantero y Bazán, quienes reciben órdenes de aniquilar a los detenidos y representan a las instituciones represoras: el ejército y la policía.

Conclusiones

La novela abarca un tiempo histórico de la dictadura estronista, no puede ser leída como pura ficción ya que relata acontecimientos verídicos. Se constituye en referente como novela de la dictadura, que ya existen varias en nuestro país, pero ninguna sobre las Ligas Agrarias de la OPM. Cuando el lector va transitando por los escenarios de Santa Rosa o de San Ignacio y presencia los hechos atroces de Abrahan Cué, o en el caso de la Penitenciaría de Emboscada, tendría la sensación de estar viendo un documental, donde la cámara se mueve con lentitud para mostrar situaciones dolorosas y ofrece primeros planos para presentarnos a los personajes-actores que sufren el martirio. Los diálogos en las situaciones de crisis parecen teatrales, precisos, objetivos, dramáticos como corresponde a la pluma de un dramaturgo.

A pesar de que puede leerse como novela episódica, la novela cuenta con una espina dorsal fuerte que sostiene todas las historias; primero las luchas comunitarias y los anhelos de redención del hombre de dejar la pobreza a causa del abandono del Estado y segundo: la ideología de implantar el trabajo cooperativo en las comunidades campesinas y en la tercera parte, la subversión como un medio para derrocar la dictadura.

En las historias, se entremezclan los recuerdos del pasado, las profecías y premoniciones, la confesión y la planificación. El tono fatalista de los discursos no interfiere ni reemplaza al suspenso en las situaciones dramáticas, en las que nunca se saciarán los deseos de justicia y felicidad. Queda patente que la dictadura se ha robado no solo la vida de los ya ausentes, sino el futuro, los sueños y las esperanzas de los que la sobreviven.

 

 

 

Fuente: Suplemento Cultural del diario ABC COLOR

Edición Impresa del Domingo, 03 de Febrero de 2013

www.abc.com.py

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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