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MARIANO LLANO


  FERNANDO TALAVERA - UN SEÑOR PERIODISTA - Por MARIANO LLANO


FERNANDO TALAVERA - UN SEÑOR PERIODISTA - Por MARIANO LLANO

FERNANDO TALAVERA

UN SEÑOR PERIODISTA

Por MARIANO LLANO

Talleres Gráficos de AGR S.A.

Asunción - Paraguay

(203 páginas)

 

 

ÍNDICE

 

CAP. 1 - LOS TALAVERA

CAP. 2 - EXILIO

CAP. 3 - HERMINIO GIMÉNEZ

CAP. 4 - ESCRITOS Y PROYECTOS DE FERNANDO TALAVERA

CAP. 5 - ABC COLOR

CAP. 6 - SU FALLECIMIENTO EN EL 2004

 

 

 

 SUS ESCRITOS

LA EDUCACIÓN EN EL PARAGUAY

EL GUARANÍ DOMINANTE

SUS IDEAS Y PROYECTOS

 

         FERNANDO TALAVERA, tenía en la mente escribir sobre la educación en el Paraguay. Era su preocupación el sistema actual deficiente a continuación sus escritos sobre el tema:

         Este folleto o escrito si como tal se lo entiende no se debe a un maestro de primeras letras, ni a un docente de la enseñanza media, ni a un profesor de la universidad. Sería desatinado, pues, que me sintiera ofendido si su publicación es recibida con indiferencia o con desdén.

         Sé que, por desconocer la pedagogía, incurriré en deficiencias. También habrá por ello, en estas páginas, omisiones comprensibles. Pero mi verdad, aunque pequeña, está para ser dicha. Deber de todos es hablar sin protocolo en un asunto que, como pocos, influye en nuestro destino colectivo. Espero, en consecuencia, que la decisión de sacar a luz este trabajo merezca la indulgencia del lector, puesto que existe una circunstancia atenuante para mi osadía, y es mi sostenido interés en las penurias de la educación paraguaya, tanto las económicas como las didácticas, y quiero suponer que esto me ha conferido cierta familiaridad con los problemas pedagógicos. No puedo, por ende, eximirme de cooperar, desde un modesto mirador, en la tarea de calar con la mayor hondura posible en nuestro sistema educacional, ajeno por completo a las exigencias actuales.

         La consigna es enmendar la historia paraguaya reciente, desagraviando a la inteligencia, desplazada en las últimas décadas por la vulgaridad de un régimen adocenado. A menos que consideremos signo de talento la maestría con que devastarnos el patrimonio público, sin que tampoco el privado quede a salvo de los zarpazos.

         Esta habilidad, nada envidiable, hace que figuremos con inapelable justicia entre las naciones hundidas en la degradación. Dando en el blanco, dijo alguien que los paraguayos somos los intelectuales de la corrupción. Que es compañera inseparable de la ineducación, vale la pena no olvidarlo.

         No voy a dictaminar sobre la legislación que debería regir las enseñanzas ni a hacer la disección de los planes de estudio elaborados por sucesivas autoridades y modificados todos, con fatal regularidad, acaso porque estaban asentados en frágiles bases.         

         El aspecto burocrático de la educación cuenta menos que sus principios rectores, determinados en lo fundamental por el tipo humano que, en nuestra mente, forjamos como arquetipo de la sociedad paraguaya. A esto se llama filosofía de la educación.          Nadie encontrará aquí doctas especulaciones sobre cómo enseñar y cómo aprender, ni se sentirá perdido en la maraña de los términos técnicos, que no hacen sino alambicar el discurso y volverlo indigesto. Apelaré, antes bien al sentido común y me atenderé a una sabia norma que, en nuestro tiempo, nos inculco el padre Miguel Rigual en el Colegio de San José: "Llaneza, muchacho, llaneza"

         A decir verdad, todos los profesores de esa casa del saber, eclesiásticos y civiles, nos infundieron el amor a las ciencias y a las letras pero, lo que vale más, nos transmitieron la noción del buen comportamiento en sociedad. A todos ellos, mi inextinguible gratitud.

         Sería imperdonable olvidar, en este punto, la escuelita campesina donde hice mi primer grado, como pecaría de injusto si pasara por alto mi aprendizaje en el Colegio Monseñor Lasagna, donde comencé a vivir la doctrina cristiana, pero que hube de abandonar cuando sus instalaciones se convirtieron en hospital para combatientes evacuados del Chaco.

         Otros maestros tuve después, educadores de oficio o no, que me impartieron saludables enseñanzas, vivas felizmente en mi espíritu. Entre esos mentores, hubo en la Facultad de Derecho varios que despertaban admiración por su saber y sus infrecuentes dotes pedagógicas.

         Si creo poder aquilatar el bien que todos ellos me hicieron, me atrevo también a bosquejar la figura del preceptor apto para adoctrinar a nuestra juventud.

         Expondré, al menos, mi profano parecer acerca del tema.

         Siendo para mí un arcano el arte de enseñar, no caeré en el despropósito de hablar ex cátedra. Lo que en cambio haré es recoger, cuando ello sea aplicable a nuestro país, las lecciones de algunos grandes maestros, nacionales y universales, sin olvidar en el curso de esta obra las mudanzas que la vida contemporánea impone. Se trata de una necesidad vital para el Paraguay de hoy, incorporado ya al mundo del futuro, aunque de ello no caigamos en la cuenta.

         Sacaré asimismo partido de reflexiones hechas, de viva voz o por escrito, por gente experta en docencia, dando de paso cabida a mis propias conclusiones, extraídas de una paciente observación de nuestro sistema educacional, endeble por donde se lo mire.

         De no congeniar con el mundo nuevo que nos penetra por los poros, seguiremos siendo prisioneros del atraso y la miseria. El problema es doble: primero, el Paraguay, en su estructura de nación, no ha dejado atrás la era colonial, mientras la humanidad será inserta ya en el siglo 21; segundo - consecuencia de lo anterior -, esa orfandad cultural es una traba para nuestra comprensión de la realidad mundial sin precedentes que nos toca enfrentar.

         Es vos de orden que nuestro país corra a la par con el progreso general. Para ello, tendrá que despertar de su atávico sopor y disponerse a quemar etapas. No de otra manera llegará a ser miembro pleno de la familia de naciones. ¿Es esto posible? Pienso que sí, y me esforzaré por demostrarlo en páginas donde el tema es considerado.

         El signo de nuestro tiempo es la ciencia, cuyo natural vástago, la técnica (llamada "tecnología" cuando dicta las innovaciones introducidas en los procesos industriales), nos asombra a diario con sus prodigios. A su impulso, la faz de la tierra se transforma con la celeridad del caleidoscopio.

         La modernidad no espera a los rezagados. El mundo que alguna vez conocimos ya no existe. De ahí que tengamos por delante un cometido harto difícil, el de reducir la distancia que nos separa de países más avanzados. No será cosa de un día, pero toca a esta generación jugarse con la demanda, pues de ello depende que el Paraguay sobreviva o desaparezca. No es ésta una disyuntiva antojadiza.

         Porque nuestro país, estimado lector, se halla amenazado de extinción y, para evitarla, sólo nos queda lanzarnos a transitar los caminos del conocimiento.

         Pero cabe una advertencia. Si llegamos a poseer la ciencia, cuando menos en grado conmensurado con el trecho que nuestro actual atraso nos permite avanzar, no caigamos en la tentación de relegar las disciplinas del espíritu, las que hacen al hombre, porque son ellas las que nos habrán de dar la visión correcta de la posición que ocupamos en el universo.

         Sin el humanismo, en el cual reposa nuestra gran heredad cultural, la ciencia y la tecnología pierden valor para pasar a ser capital estéril, pues con su solo dominio el hombre no logrará integrar su personalidad; no se investirá con la dignidad que le viene de ser creatura de Dios. Una civilización puramente material lleva en su entraña el morbo de la destrucción.

         Propongo la alfabetización como fundamento de la educación paraguaya. Parece obvio pero, menos que en cualquier otro, lo es en nuestro país. Aquí hay analfabetos totales, aunque puede haber analfabetos cargados de ciencia. La alfabetización a la cual me refiero es la elemental, la del ciclo primario, de la que infortunadamente carece una proporción importante de nuestros conciudadanos. ¿Será posible que nosotros, abrumados por tal desventaja, nos pongamos a tono con el mundo? Países de gran dimensión física sufren la misma carencia y no aciertan, por ello, a adquirir la condición de potencias.

         Hay que expandir, con todo, el concepto de educación, de modo tal que, transcendiendo el ámbito de la escuela, comience en el recinto del hogar, por rústico que éste sea. Sus muros protectores albergan siempre un caudal de sabiduría infusa, virtud gemela del amor, que es el principio nutricio de toda familia. La educación se inicia, en rigor, en el seno materno aunque, en los primeros años de vida del niño, compete a ambos progenitores.

         Si la familia es el epicentro de la educación, el menester de educar gana en extensión hasta pasar a ser misión primordial en la sociedad. A su turno, la expresión política de la sociedad, el estado, no puede mirar el problema de lejos, y menos en un ambiente como el nuestro, donde todo está por aprender y donde los padres, por lo general, no disponen de recursos, ni muchas veces de conocimientos, para proveer a la educación de los hijos,

         Nadie ha de permanecer impasible ante la indigencia mental que, en mayor o menor medida, aqueja a todas las capas de la población paraguaya, evidenciada cuando se compara nuestra sociedad con las de otros países.

         Más cómodo sería para mí, y menos irritante para los seudo patriotas, decir que estamos en el buen camino. Pero esto sería deshonestidad. Peor aún, impediría la formulación del descarnado análisis de nuestras deficiencias pedagógicas.

         La educación no sólo tiene que ver con nuestra aptitud de supervivencia. Está además de por medio el orgullo nacional, el bien entendido amor patrio, que es el que construye las naciones y las hace dignas de figurar en la historia grande del género humano. Triste sería el deceso de nuestro país, pero más lo sería que vegetáramos en una anodina medianía cultural, a la par de los pueblos que no aspiran a la excelencia. Esto no condice con la probada aptitud del paraguayo para forjar hazañas.

         La que hoy nos convoca consiste en arbitrar medios para convivir con aquellos pueblos que, habiéndose erguido por sobre su poquedad; han llegado a ocupar un lugar honorable en el planeta. Esos medios se resumen, en el Paraguay, en una palabra henchida de virtualidad: educación.

         Hay diferencias entre la cultura campesina y la ciudadana en el Paraguay.

         Mi apreciado amigo Juan Bautista Rivarola Matto decía que era la primera la que predominaba, lo que se presta a vehemente duda, como se presta también a cuestionamiento la aseveración de que Asunción era al iniciarse la guerra del Chaco la única ciudad del país, hecha por el escritor que lamentablemente nos dejó antes de tiempo.

         Pero vayamos por parte. La viuda ciudadana, y por ende la cultura urbana, aparecieron mucho antes de aquel conflicto armado.

         Teniendo Asunción como límites la bahía, el Botánico, Trinidad, Villa Morra, Los Laureles y Lambaré en una amplia extensión del perímetro asunceno, es decir cuando la superficie del distrito metropolitano era mucho menor que ahora, ya la modesta urbe tenía toda la traza de una verdadera ciudad, como acertadamente lo señalaba Rivarola. No había los rascacielos actuales, pero lo que se denomina el casco urbano ofrecía claramente el aspecto de una capital hecha y derecha, y se diferenciaba a ojos vistas del resto del país.

         No eran capital un simple conglomerado de 100 a 150 mil personas, sino que poseía la organización característica de las ciudades, con poca gente descalza, con las calles del centro bien trazadas y empedradas, con luz eléctrica que llegaba a mucha gente, con iluminación nocturna de las calles, con tranvías y algunas rudimentarias líneas de ómnibus, con un puerto que había dejado de ser un precario desembarcadero, con teléfonos, con ventiladores y heladeras en numerosos hogares, con un mercado central y mercaditos de barrio que eran los canales de abastecimiento de la población, con negocios que para aquellos tiempos eran modernos, con un teatro y varias salas de cinematografía, con clubes deportivos y familiares, con profusión de escuelas y colegios, con una universidad que ya desde el siglo anterior irradiaba cultura además de adiestrar en altos menesteres a los futuros egresados, y sobre todo con una intensa actividad política, cuyos destellos reverberaban en todo el país.

         Existía, en suma, mentalidad de ciudad, aunque no todavía la de gran ciudad, cosa que aún ahora falta y que tendremos cuando nuestro índice de civilización se eleve cualitativamente; pero lo que no puede decirse es que Asunción fuese entonces apenas una gran aldea. El villorrio era cosa del pasado.

         Contra la opinión de Rivarola Matto, las mismas capitales departamentales habían dejado ya de ser míseros poblados y comenzaban a adquirir fisonomía típicamente urbana.

         Como es natural, las peculiaridades de la ciudad como unidad política y cultural se transmitían a sus habitantes y viceversa: los mismos ciudadanos exigían las innovaciones y comodidades a las que se habían habituado. Pero, sobre todo, el espíritu de la gente se había transmutado a partir de la psicología pueblerina, hasta llegar a ser la de quienes algo han aprendido acerca de la civilización. Que esta palabra tiene su origen en "ciudad", y es necesario notarlo.

         Lo dicho no impedía que entre ciudadanos y campesinos hubiera simpatía y fácil comunicación, incluso por medio del guaraní, que era hablado por todo el mundo. Los que lo ignoraban eran una minoría, al revés de lo que Rivarola creía. Personas de alto coturno sabían expresarse con fluidez, o con mediana propiedad, en la lengua nativa.

         Además, nos cohesionaba a los paraguayos un proverbial sentimiento igualitario, aunque subsistiera la escala del mérito. Esto ayuda a entender que, tanto en la ciudad como en el campo, se apreciara al Karaí, al gran señor, y a la cuñá karaí, la gran dama. No había en estos conceptos una pizca de prejuicio aristocrático, sino todo lo contrario, o sea el simple reconocimiento de las dotes y la conducta demostradas por quienes se ganaban tal distinción.

         Lo cierto es que quedó trazada, ya desde las postrimerías del siglo pasado, una línea divisoria entre el campo y la ciudad. Cada una de estas dos realidades asumió un perfil propio. Con verdad puede hablarse en el Paraguay de un modo de ser campesino y de otro de ser ciudadano, si bien subsisten visibles puntos de contacto entre uno y otro tipo de paraguayo.

         Consecuencia de ello es que el atribuir a todos los connacionales tal o cual virtud o defecto es algo que debe hacerse para evitar imprecisiones o errores.

         Pero lo que está fuera de duda es que, gracias al poder de irradiación que es atributo de las ciudades, la cultura atesorada por éstas fue transmitiéndose forzosamente a toda la población paraguaya.

         Que el campesino fuera entonces el sector mayoritario no autoriza a sostener que impusiera su cultura, ya que el factor cualitativo somete siempre al cuantitativo. Lo opuesto sería imprimir a las civilizaciones un impulso involutivo. Dicho esto sin menosprecio al común de los paraguayos, en cuyo seno al final casi todos hemos sido amamantados. Lo puedo decir, puesto que mis primeras letras las hice en una escuela de nuestra campiña.

         Una de las metas de la educación que, por comodidad de expresión, llamaríamos cívica debería consistir en nuestro país, periódicamente asolado por contiendas partidarias sangrientas, en infundir en el educando el respeto al adversario político y, sobre todo, en erradicar la saña brutal con que los paraguayos solemos combatirnos para hacer prevalecer nuestras enseñas partidarias.

         No se trata de una concepción evangélica de la política, puesto que ésta discurre por carriles distintos (no contrarios) de aquellos por donde transita la formación religiosa, sino de la convicción que se debe arraigar en el ámbito de tirios y troyanos en cuanto a la igualdad esencial de los miembros de todos los bandos en que se descompone el cuerpo político, de lo cual, por lógica, deriva para las partes la simetría de derechos y obligaciones.

         Cuando se conculcan derechos ajenos, lo que en realidad se está haciendo es negarlos como atributos inherentes al ser humano, contrariando las leyes cuyo respeto oficialmente se invoca. Quiero decir que sólo una parcialidad está asistida de prerrogativas; las demás ocupan el lugar de los bárbaros que rodeaban el mundo grecorromano y son, por consiguiente, excluidos de la condición de personas.

         Hay que sanear la vida política, introduciendo en ella la virtud de la tolerancia. Una sociedad que la ignora se inflige a sí mismo un grave daño, y es precisamente esto lo que pasa entre los individuos cuando predomina el cainismo: víctimas y victimarios acaban sufriendo sus efectos, sin que nadie quede a cubierto de este azote. Es aquí donde a menudo se inicia la fractura de un país, cuyo colorario no es otro que la descomposición de la sociedad.

         Los intolerantes, que se dicen cristianos, olvidan que Jesús proclamó la igualdad de los hombres, fuesen amigos o enemigos. Decía Ortega y Gasset que el liberalismo es "el grito más noble que ha resonado en el planeta", porque manda convivir aún con el enemigo. En esto y en muchas otras cosas el liberal es émulo del cristiano.

         Sin el bálsamo de la convivencia, los hombres se enfrentarían en un choque permanente, al modo como las bestias luchas entre sí, hasta que se impone la ley del más fuerte.

         Esta manera de concebir la vida política lleva necesariamente al salvajismo, que es - hay que recordarlo - un estadio anterior a la barbarie. El bárbaro es el salvaje que merodea los lindes de la civilización, no tanto para atacarla como para saturarse de ella, para ser su súbdito. Nuestros intolerantes miran con otro prisma y, a sabiendas o no, trabajan por la abolición de la convivencia entre conciudadanos.

         El militar que castiga corporalmente al soldado es un espécimen escapado de la pura animalidad y metido de rondón en la humanidad pensante. En él, el instinto de poder, convertido en obsesión enfermiza de dominación, se alía con la ferocidad de las bestias, con la diferencia de que éstas nunca agreden por crueldad, sino que lo hacen por necesidad.

         Lo mismo puede decirse del civil envalentonado, que por influencia de una familia poderosa, o amparado en un cargo oficial, hace ostentación de matonismo frente al ciudadano común.

         Estos mismos que presumen de omnipotencia cuando los vientos les son favorables, una vez despojados de sus puestos de mando o de sus ocasionales ventajas, exhiben una lastimera mansedumbre.

         Son sujetos sin entidad propia; la que alguna vez han tenido fue producto de circunstancias extrañas a su raquítica personalidad. No sería de sorprender que la cándida adoración que los paraguayos profesamos al cacique militar, a quien miramos como si representara al arquetipo de nuestra nación, se convirtiera al fin en una carta de indemnidad por la que todos los desmanes le son permitidos al hombre vestido de uniforme.

         ¿Qué razones tenemos, pues al quejarnos del militarismo, nutrido en el concepto de casta, si somos nosotros quienes allanamos el camino a sus tropelías?

         Pero eso no es todo. La conducta de los oficiales que se ceban en soldados indefensos lleva a uno a preguntarse ¿cuál es la clase de educación que se imparte en nuestras academias y liceos militares?.

         Lo primero que podría pensarse es que, en esos establecimientos, se enseñan al alumno los valores que de larga data constituyen los fundamentos de la vida militar: el patriotismo, el honor, la defensa de las causas buenas, la disposición a los mayores sacrificios personales en el cumplimiento del deber, la abnegación, el respeto al semejantes; todo aquello, en fin, que rodea con un halo de romanticismo y de nobleza la carrera de las armas.

         Así fue alguna vez el ejército paraguayo, cuando las pasiones políticas no habían empezado aún a corroer sus cimientos; así fue ese ejército cuando le tocó acudir al campo de batalla en defensa de nuestra heredad. El uniforme era un símbolo de todo aquello que idealmente representaba la patria. Por eso se lo veía con simpatía.

         Pero los tiempos cambiaron. El virus de la política, extraña por esencia a la carrera militar, se introdujo en el ámbito castrense y allí comenzó a resquebrajarse la disciplina, al tiempo que la sed de mando y la ambición de bienes materiales desplazaban al concepto de la milicia como menester desinteresado, cuyo único objetivo radicaba en la defensa de la República, fuese en las duras contingencias de la guerra como en la preservación del orden institucional.

         Destruido el ejército y substituido por la guardia pretoriana de regímenes militares primero, y de un partido político después, era inevitable que los gobernantes tendieran a cohonestar, y más aún a fomentar, las peores transgresiones de los reglamentos castrenses. Estos terminaron por ser, igual que todo el sistema legal de la nación, meros sustentáculos del poder autocrático.

         Por consiguiente, no era de extrañar que las autoridades tolerasen las faltas al genuino espíritu militar, cometidas por ciertos oficiales - no todos felizmente - carentes de la formación académica que, a juzgar por los hechos, no habían recibido en sus centros de enseñanza.

         No se explica de otra manera que el castigo corporal de los soldados se convirtiera en práctica rutinaria. Lejos de castigar a los culpables, sus superiores, desde sus jefes inmediatos hasta el presidente de la República, hicieron y hacen una costumbre del encubrimiento, en los casos de ferocidad de los militares a quienes nada les importa la integridad física ni la personalidad moral de sus subordinados.

         Volvamos a preguntarnos, pues, en qué medida es educación lo que se ofrecen en los institutos militares de enseñanza, y hasta dónde ese aleccionamiento contribuye a elevar nuestro grado de civilización. La respuesta surge inmediata cuando se comprueba que el ejército paraguayo ha dejado de tener doctrinas y ha sepultado los cánones éticos, para regirse por móviles absolutamente alejados de aquellos que inspiraron a Yegros, Cabañas y Pedro Juan Caballero, los padres de nuestra libertad e independencia.

 

         COMO NOS EDUCAMOS

 

         No abrigo, por ilusorio, el propósito de definir la educación. Cada uno lo hace como mejor le place, y es esto lo que vale. Más conveniente encuentro describir las maneras en que nos vamos educando, pues así llegaremos a la comprensión del proceso educativo, de donde surgirá a su vez una definición, cuando menos tentativa.

         Ese ensayo de definición será, sin embargo, menos problemático que el intento de precisar lo que es el amor, el alma, la belleza o la vida, cosas vaporosas que, cuando las creemos al fin cautivas de nuestro saber, se nos escurren como agua entre los dedos.

         Esto es así porque toda definición supone la acotación del ser como condición para identificarlos y, por esa vía, hacerlo inteligible; pero cuando el ser se nos aparece con sesgo indescifrable y facetas tornadizas, se vuelve arduo reducirlo a conceptos nítidos, o atribuirle estas o aquellas propiedades con el rigor que usamos, por ejemplo, para formular un teorema matemático. La matemática es abstracción, vale decir que cae bajo nuestro dominio porque es nuestra obra, producto de nuestra mente. La vida, en cambio, si bien es lo que con mayor fuerza irrumpe en nosotros, representa una eterna incertidumbre, puesto que nuestra única certeza reside en la imposibilidad de determinar cabalmente su esencia. Así sucede también con la belleza, el amor y el alma, las cosas que más hondamente nos tocan son, por eso mismo, menos pensadas que sentidas, menos evidentes que vislumbradas.

         La educación, si bien no está desprovista de complejidad, se nos hace más diáfana que esas enigmáticas cosas recién nombradas. Para educar se trabaja sobre la mente del educando, hondón recóndito por cierto, más hay hechos que ayudan a alcanzar el objetivo: uno, la disponibilidad del que está en trance de aprender, que es en ocasiones docilidad y por ende receptividad, caso frecuente el del niño; otro, la circunstancia de que las ideas que el maestro desea inculcar versan sobre materias que incluso la mente virgen del niño logran fijar con alguna precisión; por ejemplo, las nociones aritméticas, las reglas gramaticales, los seres tangibles de la naturaleza, los hallazgos de la cibernética.1

         Aquí no intervienen la subjetividad independiente y arbitraria, que opera con libertad irrestricta, sino que deben observarse ciertas normas, ciertos mandatos impuestos por la esencia de cada objeto, tratando éste por la parcela correspondiente del conocimiento.

         Lo expuesto es, desde luego, nada más que una aproximación al concepto de educación, porque ésta reviste una vastedad tal que, de hecho, ocupa todos los momentos de nuestra vida.

         El ser humano comienza a ser aleccionado en el seno materno, de lo cual dan fe muchas madres. Para ello, el medio infalible es el amor. Lo que viene después es la lactancia, en cuya época señorea el instinto como manifestación de una realidad biológica. Tenemos más tarde la infancia, que es un aprendizaje continuo. Y esto también reza - hay que subrayarlo- para el joven, el adulto y el de edad provecta.

         Comencemos por los sentidos corpóreos del infante. Ellos se aguzan día a día, que es como decir que se van educando. Colores, matices visuales, sonidos de origen múltiple, sabores a los que sus papilas se adaptan a medida que la dieta se diversifica, olores agradables o fétidos que impresionan su pituitaria, objetos varios investigados por los dedos de la mano mientras el tacto se aviva, sensaciones de frío y de calor en sus diversas gradaciones; todo eso y mucho más queda minuciosamente registrado en sus órganos sensoriales y centros nerviosos.

         Mientras tanto, su propio movimiento, con el auxilio de la vista, afirma su noción de la distancia. Así se familiariza con el mundo exterior, el infante no razona todavía, pero su percepción es infalible y gracias a ella distingue de a poco todas y cada una de las cosas que constituyen su contorno.

         El tiempo cronológico es, en los primeros años, algo ajeno a su conciencia, pero al tercero o cuarto despierta en el niño el significado de es sucedáneo de la eternidad que atormenta a los filósofos, para quienes presenta un rostro tan inescrutable como el de la esfinge. Es en la segunda infancia cuando la noción convencional del tiempo se afirma en la mente infantil.

         El niño está dotado de una cualidad sin la cual les sería imposible ser partícipe de la vida que fluye en su ambiente. Es la tendencia a la imitación. En sociología se ha puesto de relieve su importancia pero, en cuanto hace a la conducta infantil, su valor se multiplica, porque afecta al periodo en que se forma y se consolida definitivamente la personalidad del ser humano. Careciendo de experiencia propia, el niño se encuentra perdido en infinidad de situaciones para él enteramente nuevas. Pero haciendo lo que ve que otros hacen, aprende a comportarse en su ámbito. Y esto sucede en un sentido más lato: el misterio de la vida misma se devela en la medida en que avanza su exploración de todo lo que hay alrededor. Los gestos corporales de los demás y las actitudes de éstos frente a problemas cuya consistencia escapa todavía a su inteligencia se reproducen espontáneamente en el niño, que hace así suyo el menester de convivir en el hogar y que lo hará más adelante, cuando trasponga sus límites. Se hace, en una palabra, morador del mundo.

         En el transcurso de la infancia, desde la edad parvular hasta el término de la niñez, pero sobre todo en sus años iníciales de vida, los infantiles educandos han de ser instruidos para que identifiquen peligros aparentes u ocultos y aprendan, en consecuencia, a conjurarlos. Obedeciendo las indicaciones de sus padres y hermanos mayores, los niños van haciéndose, subconscientemente, expertos en la materia y se hallan en condiciones cada vez mejores de enfrentar las contingencias riesgosas. Esto igualmente parte de la educación, aquélla que nos amaestra para que miremos cara a cara las amenazas exteriores. Así aprendió el hombre primitivo a defenderse de las fieras y a guarecerse de las catástrofes naturales.

         El juego es en la infancia un poderoso agente de equilibrio psicológico. Para el niño, la diversión gozosa no se esfuma en la instantaneidad del momento; es decir, no constituye algo intrascendente. Por el contrario, está cargada de profunda seriedad, porque el juego es una manera auténtica en que su personalidad se revela. Allí está en gran parte, la verdad de su ser. Cada edad tiene su sensibilidad, y la del niño se inclina con pasión a expansiones para nosotros inocentes. Privarle de ellas sería colmar su alma con el vacío. Bienvenidos los juguetes, los de antes y los informatizados de ahora, que para nosotros carecen de sentido, pero que para él rebosan de claridad y alegría.

         También las travesuras de la edad, a semejanza de la profesión a los juegos, afianzan la salud infantil. Los niños a quienes se tilda de irreprochables, los que siempre obedecen, los que no ensucian la ropa, los que no trepan los árboles para liberar energía, los que se permiten la más leve infracción a sus deberes escolares, los que en ningún caso levantan la voz a sus padres, los que no riñen con sus hermanos, son modelos dignos de imitar, pero me asalta una duda: ¿no será esa ejemplaridad nociva para el desarrollo de la personalidad infantil? Claro que todo en su medida: algún retozo por demás, alguna diablura inofensiva, nunca vienen mal sino que son absolutamente connaturales con la gente de corta edad, que mediante tales efusiones va creciendo sin el ahogo de una disciplina incondicional. Todo extremo es desaconsejable, tanto el impecable como el turbulento.

         En el curso de educación infantil hay una asignatura que los diversas maestros no deben perder de vista: la que atañe a una inclinación fuertemente arraigada en todo ser humano, consistente en querer imponer su voluntad por sobre la de quien fuese. No hablo de la rebeldía, que es propia de todas las edades, sino de la bellaquería de ese pequeño tirano que los humanos llevamos en las entrañas, y para quien su capricho vale más que cualquier ley. Es parte esencial de la educación del niño segar de raíz la idea que él puede tener de sí mismo como centro del universo. Muchas manifestaciones vemos habitualmente de ese enfermizo afán de hacer que todo se supedite al propio antojo. Por ejemplo, está el hijo de papá a quien se consienten los gustos más extravagantes y que entre otras "hazañas" conduce su automóvil, o en estado de ebriedad, o con un ansia desenfrenada de velocidad, poniendo en peligro la vida de los demás, pero también la del imprudente conductor. Y no se trata solamente de los muchachos sino de "las chicas", tan voluntariosas como los varones cuando sus veleidades entran en juego. Muchos dolores de cabeza causa esta juventud díscola a sus padres, que ingenuamente reflexionan: "No entendemos por qué se portan mal, si les damos todo lo que les hace falta". Esto se comenta por sí solo. Tales progenitores son probablemente aquellos que, cuando su prole era impúber, no tuvieron inteligencia y voluntad suficientes para dar a sus hijos e hijas una crianza en que corrieran parejas el amor y la severidad.

         Hay en el utilaje del preceptor, cualquiera sea éste, un elemento al que debería apelar siempre, pero que carece de substituto como factor pedagógico: el amor. Si la criatura se sabe amada, corresponderá al preceptor con la voluntad de aprender. El amor dispensado al niño, además de ayudarlo a formarse un caudal de saberes congruente con su edad, es para él un manantial de felicidad. A falta de ello, se engendran en su alma el resentimiento frustración. "Sed bondadosos y seréis grandes médicos", aconsejaba a sus alumnos de la Facultad el profesor Gustavo González. Parafraseándolo, podríamos decir; "Sed cariñosos con vuestros discípulos y seréis grandes maestros".

         El flamante hombrecito y la encantadora mujercita se adiestran, entre tanto, en otros campos: escrutan las formas y pautas que reglan las relaciones familiares; se lanzan a alternar con la gente de su edad; adquieren modales, gracias a veces a una ligera tunda; se arman de insaciable curiosidad, mediante la cual contraen el hábito de explorar el ambiente; hacen amistad con perros y gatos, que les comprenden acaso más que su familia; otean a su modo la naturaleza, preguntándose qué serán esos extraños seres implantados en la tierra, árboles y otros vegetales de menor talla cuyo ramaje remata en flores y frutos; procuran descubrir qué misterioso acicate mueve a insectos y arácnidos que se pasean en el suelo y, a veces, vuelan raudamente ante sus asombrados ojos; se hacen - o les hacen - frecuentadores de la calle, donde observan espectáculos tan fascinantes como personas de apariencia normal, o tal vez estrafalaria, y vehículos que pasan con prisa rematadamente absurda. ¡Felices los niños, porque la curiosidad les consume y, por si algo les faltara, poseen capacidad de asombro, al revés de muchos obtusos mortales!

         Todo satisface la curiosidad de los pequeños, pero no la sacia. Quieren saber cada día más y más. Son proyectos de filósofos, precoces amantes de una sabiduría que en diversa medida les va impregnando y que, en el azaroso mañana, les será de insubstituible valor. Porque en la sociedad está la selva transmigrada; selva al fin y, por eso mismo, enigmático mundo donde el peligro está siempre agazapado.

         En los ambientes campestres, se impone también un tipo específico de educación los padres, sobre todo los menos leídos, hacen lo que buenamente pueden no solamente para alimentar a sus hijos, sino asimismo para señalarles reglas de conducta, ya que no modales refinados ni etiqueta rigurosa. Dejemos estas cosas para los "principitos y princesitas" que han tenido la fortuna de nacer en cuna dorada. En contacto directo con la naturaleza, el niño del campo aprende muchas cosas por su cuenta y se da maña para eludir los peligros que lo circundan. Este pequeño campesino será menos letrado que su contemporáneo de la ciudad, pero es más responsable, porque ha aprendido por intuición lo que le servirá para manejarse sin ayuda ajena. Luego, la escolaridad hará el resto, y quiera Dios que con mejor suerte que hoy.

         Los innumerables modos de ir descifrando las claves de la vida representan variaciones del arte de aprender, formas de la educación en resumen. A la primera infancia sucede la niñez; viene luego la adolescencia y tras ésta le llega el turno a la juventud; a ésta reemplaza en su hora la adultez y, por fin, tenemos la senectud, que es en no pocos casos decrepitud, disfrazadas con los amables eufemismos de ancianidad, "tercera edad" y "gente mayor", en cada estación de la vida, en cada etapa del peregrinaje terreno, hombres y mujeres vamos educándonos; nos proveemos de las herramientas que desbrozarán la maleza que, en todo el decurso de nuestro existir, nos cierran porfiadamente el paso.

         Hablo de la educación en sentido genérico, de la que asimilamos en la universidad de la calle, o de la que nos traspasa la gente experimentada, o de la que adquiere el campesino, cuya sabiduría suele exceder la de copetudos profesores, ministros u hombres de ciencia. Es la educación de que nos valemos para salir adelante en este proceloso mundo. En cada momento, veremos qué se necesita para hacer más llevadera la existencia. En otras palabras, nos asomaremos a las distintas formas que manifiesta la educación.

         Pasada la edad parvular, acuden el niño y la niña al jardín de infantes y más tarde a la escuela elemental, luego a la secundaria y, finalmente, a la universidad. Pero no termina ahí su educación escolástica, porque está el postgrado y está, sobre todo, el estudio perseverante, obstinado, del que ambiciona ser siempre mejor, es ésta una de las notas distintivas de las civilizaciones perdurables, que aborrecen la indolencia y el quietismo de los pueblos incultos, ajenos a los estímulos que impelen al hombre a escalar tenazmente la cuesta del progreso. Los que vadean el pantano de la dejadez son aquellos que atesoran, entre otras culturas, la del trabajo y llegan con esfuerzo a veces heroico a dominar su voluntad. Los otros son juguetes del azar.

         En cuanto al ser humano común y corriente, al que no perfecciona su intelecto en las casas de estudio, va pese a ello incorporando a su bagaje los recursos proporcionados por otra clase de educación, es decir los que suministran la experiencia.

         El lector avisado advertirá que estamos mezclando dos cosas afines pero distintas, a saber educación e instrucción. Ya intentaremos descubrir el significado de una y otra; pero conviene desde ahora dejar sentado que la educación es el género y la instrucción la especie. Aquella es aprendizaje integral, a la vez cultural y utilitario, mientras que ésta solamente lo último. Ejemplo de lo primero es el del agricultor que, hasta donde se lo permite su capacidad, ha de dominar los secretos de su oficio. Lo mismo ocurre con el mecánico y el carpintero.

         Lo mismo con el alumno primario y con los de otros cielos, que incorporan a su intelecto conocimientos relativos mas a la civilización que a la cultura, dicho esto sin olvidar que la línea de separación entre ambas existente es a menudo difusa.

         Pese a cuanto llevamos expuesto, no hemos llegado aún al meollo, a la sustancia última, de eso que denominamos educación.

         Convicto de osadía, me decido a dar una definición que -quiero suponer- apunta a la intimidad esencial de la educación. Hablo de la globalmente considerada, no de la que estudia un segmento especial de ella, según se las ha diferenciado líneas arriba. Tal definición podría ser ésta: educación es el proceso, efímero o sostenido, por el cual el hombre se despoja de sus propensiones primarias y se nutre de conocimientos, técnicas y hábitos desconocidos en los peldaños inferiores del reino animal. En éstos, la biología se constriñe a funciones puramente orgánicas, con predominio de las tendencias hostiles que sirven de arma ofensiva - y también defensiva-, y con un atisbo de dotes que suponen cierto grado de evolución: por ejemplo un proyecto de inteligencia, el afecto al amo, la fidelidad y otros rasgos que, sin duda, se han generado o afianzado a partir de la milenaria experiencia de la domesticación. Algo se transmite de la bestia empinada a la rastrera. En el ser netamente animal, predominan instintos y reflejos; en el superior sobreviven unos y otros, pero lo típico es la presencia activa de la inteligencia.

         La educación es, valga el aserto, la des-animalización del ser que a sí mismo se concibe e orno soberano en la tierra, pero que a menudo retorna a sus atavismos cavernarios, ya en su calidad de individuo, ya en su conducta gregaria.

         No estará, de mas detenernos en la faceta colectiva del hombre bifurcado. Y fijemos la atención en los extravíos de la muchedumbre, que retrotraen la espacie a los toscos caracteres que exhibía en su existencia primitiva.

         En pleno siglo 20 vimos, horrorizados, cómo grandes países perpetraban genocidios peores que los que concebimos para los tiempos anteriores a la Civilización.

         Pero el prototipo de esa patología colectiva se remonta a algunas centurias atrás; es la horda mogólica, superior en brutalidad a los ejércitos asirios y persas, que mata por placer y devasta por afición. El hombre, desde los remotísimos tiempos en que sumarios y chinos desataron el impulso progresivo denominado civilización, se arroga con petulancia cualidades excelsas, anejas a su titulo de señor de la Creación, pero hemos tenido que convencernos de que ello no pasa de ser un barniz. La ferocidad latente en las garras de los felinos y en las tenazas de los crustáceos es más benigna que esa constitutiva inclinación humana a dañar al semejante por motivos egoístas, o simplemente por placer. Es lo que se echa de ver en el trajinar diario, en que "cada uno es para sí y Dios para todos", Este egocentrismo incivil se traduce en rivalidades encarnizadas, en golpes bajos, en la traición a la palabra empeñada y colmo de la maldad, en agresiones físicas indecibles.

         El animal inferior mata para comer; el animal presuntamente egregio, por crueldad. Y no porque la "sociedad injusta" que mentan redentores sociales lo obligue a ello sino porque, en el fondo, apenas nos hemos erguido, en miles de años, por sobre nuestro innato salvajismo.

         El hombre es ambivalente. Moran en el en mezcolanza infecta, el bien y el mal. El espécimen humano alberga en su alma sentimientos enaltecedores pero no ha podido, desde que comenzó a habitar el planeta, arrojar el lastre de su recurrente animalidad. Una de las vías que elige para desfogar la barbarie que en él habita es el terrorismo, plaga de popularidad en alza, cuyo matiz resaltante lo configura una radical incapacidad de convivir en sociedad. El juicio que esta perversión sugiere es similar al que merece el crimen individualmente considerado. No hay excusa capaz de cohonestar esta inconducta. La "injusticia" y el "egoísmo de los ricos", sean realidad o invención, de ningún modo absuelven a estos asesinos fanáticos.

         Ni siquiera el enfrentamiento con el despotismo concede carta de validez al terrorismo, porque éste no discrimina, sino que elimina a culpables e inocentes por igual, respondiendo a incitaciones que han sido bien identificadas por los expertos en psicología de las multitudes. Allí prevalece la irresponsabilidad, la mente se nubla y emergen los peores instintos. Tal excrecencia de la política enturbia también la paz entre naciones. Porque el terrorismo, igual que el tráfico de droga y la delincuencia financiera, se ha internacionalizado. Tenemos la cofradía de los extremistas, cuyos inspiradores son los doctrinarios del exterminio.

         Todo esto, por equivaler a una involución del ser humano, significa un retorno a la barbarie y, por ende, un retroceso de la educación nos estamos des-educando; es decir, volvemos a nuestra bastedad originaria.

         Paso por alto los ataques y dalos causados a las personas particulares, porque ellos están contemplados en la ley penal. Las sociedades tienen derecho a protegerse del crimen, sea el individual o el organizado por bandas de malhechores.

         El delito común y la fractura de la concordia entre ciudadanos, que el terrorismo provoca, son ejemplos perfectamente análogos de ineducación, porque caer en tales extremos es volvernos peores.

         El cristianismo sublimó el precepto del amor entre los hombres, proclamado siglos atrás por algunos pensadores del mundo antiguo. El cristiano alterna con su correligionario, pero también con el que no lo es. Perdona al enemigo y, más aún, lo ama. Hablo, sin decir lo del cristiano de verdad. El destierro de la violencia fue la consigna de Ghandi; la misma elevada inspiración animó a lanza del Vasto; la madre Teresa dio todo un ejemplo de abnegación. Son, todos éstos, esfuerzos honrosos por arrancarle al hombre su ferocidad inmanente.

         En el orden político, se presenta el liberalismo como cabal correspondencia del Cristianismo, el liberal respeta no sólo al amigo, sino al mismo enemigo. Aún al enemigo débil, dice Ortega. No profesa el fundamentalismo, noción exclusivista y beligerante. Al pensar así, y sobre todo al obrar así, el liberal suscribe un tácito pacto colectivo de paz, que debería ser homologado por todas las sociedades, si es que la especie humana va a seguir reposando sobre cimientos duraderos.

 

         CUAL ES NUESTRO IDIOMA

 

         La cuestión del idioma, vital para los paraguayos - en realidad para todo el mundo -, será examinada en dos capítulos.

         En el presente que es el primero de ambos, trataré el porqué de la ventaja del español sobre el guaraní, en lo concerniente a aptitud para llenar nuestras necesidades expresivas. Acudiré para ello al raciocinio, antes que a un patriotismo que se agota en la vacuidad.

         En el siguiente, me referiré a la obsesión con los que los "guaraniólogos" pugnan por imponer exclusivamente la lengua vernácula, a cuya práctica nadie que tenga entendederas puede oponerse. Lo que se deplora es que, en las escuelas de la campaña, el castellano sea erradicado de los primeros grados escolares.

         Todo lo que antecede será objeto de reflexión en estos capítulos, en los que no pretendo sentar plaza de lingüística, sino aportar alguna contribución al mejoramiento del habla que los paraguayos, empleamos.

         Entremos, pues, en materia

         ¿Cuál es la idea capital de esta obra, la que en la intención del autor le otorga fundamento, y a la cual quedan subordinadas las demás, como elementos auxiliares de su contextura argumental?

         No otra que aquélla conforme a la cual la educación paraguaya debe girar sobre un gozne maestro, que es el idioma español.

         Otras exigencias más, claro está, se le plantean a nuestra educación; la de conferir primacía, entre los ciclos, al primario; la de impartir conocimientos necesarios para la vida, como nociones de higiene, alimentación y vivienda; la de adaptar al paraguayo a un mundo en rápida transformación, etcétera.

         Todo esto es indispensable, pero en grado sumo lo es el dominio del idioma español, que representa lamentablemente para nosotros, los paraguayos, una entidad misteriosa, algo que se nos escapa aunque hagamos esfuerzos por asirlo. Hablo, como se comprende, de la mayoría del pueblo, que a duras penas se las arregla con un instrumento lingüístico exiguo, el guaraní.

         Podrán elaborarse meditados programas de reforma educacional; se corregirán los curriculum de los ciclos primario, secundario y terciario; vendrán de afuera sesudos asesores; habrá buenos instructores de oficios o de tecnología; se ensayarán, en fin, "estrategias" destinadas a elevar la calidad de nuestra educación; pero, si los alumnos no hablan con corrección el español, de nada valdrán los más doctos proyectos.

         La valla inmensa, la que nos cuesta sangre y lágrimas trasponer, es la indigencia idiomática. Estamos "incomunicados" como se gusta decir hoy. Hablamos un castellano yopará y un guaraní yopará. Dos mescolanzas insalubres. En suma, y excepciones aparte, no hablamos bien ninguna lengua.

         La solución de este problema será la clave del éxito para cualquier sistema de educación que se implante en el Paraguay. El español nos abrirá las puertas del saber; el guaraní (aunque estos nos haga sangrar el corazón) sólo podrá tener el efecto de paralizar el avance de nuestra escuela.

         Los niños que consigan asimilar el castellano – y todos lo pueden hacer- tendrán franco el camino para situarse a la altura de sus pares de otros países, pero quedarán rezagados aquellos a quienes, por torpeza pedagógica, se impida aprenderlo, al imponer la enseñanza primeriza "en la lengua materna". ¡Cómo si ésta fuera la quinta esencia de la pedagogía!.

         Se alega a favor de este método que el niño absorberá, en natural proceso, los conocimientos de que tratan las diversas asignaturas, porque serán transmitidos en la lengua para él accesible, al paso que tropezará con dificultades invencibles si se maneja con un idioma para él extraño.

         Este especioso argumento al que prestan apoyo los doctores de organismos internacionales, supone el menosprecio de la inteligencia de nuestros niños campesinos. Los inconvenientes que éstos encuentran para aprender son efecto de otras causas, muy diferentes de la aducida: la mísera nutrición, la distancia que deben recorrer para llegar a la escuela y el sumarísimo conocimiento que maestra y maestras tienen, en no pocos casos, del idioma español, dicho sea para no faltar a la verdad. Estos meritorios docentes, que reciben una paga irrisoria, no son los verdaderos culpables de los males que arrastra nuestra enseñanza, sino que lo son quienes elaboran los programas de estudio.

         Si la tesis guaranizante fuera la correcta, ¿cómo se entiende que campesinos educados en castellano desde el inicio de su escolaridad lleguen, como lo prueban numerosos ejemplos, a hablarlo con propiedad, sin que pierda, desde luego, el guaraní hogareño? Y esto no es de ahora, sino de todas las épocas.

         Cuando, de niño, iba yo a San Bernardino en los veranos, notaba a cada paso como mucha gente menuda del lugar, que no sabía una jota del castellano, hablaba en cambio no sólo su guaraní de cuna, sino al mismo tiempo el alemán, que había aprendido sin duda en los pobladores germanos o de sus hijos, adquiriendo del idioma extranjero al menos lo esencial para sostener una aceptable conversación.

         Años después, solía yo ir a Quilmes, ciudad cercana a Buenos Aires, donde un primo mío hacía los grado en el St. George’s College. Allí, los niños británicos o descendientes de británicos eran educados con el solo uso del idioma inglés. A la par, los alumnos hispanohablantes recibían también instrucción - no sé si de modo exclusivo - en esa lengua. Era de notar que, cuanto menos edad tenían los niños, con mayor rapidez asimilaban el habla extranjera y llegaban a usarla a la perfección, sin por eso olvidar la propia.

         ¿Qué conclusión cabe extraer de todo lo dicho? Una muy sencilla: que el cerebro infantil está dotado de una prodigiosa plasticidad, merced a la cual el alumno incorpora con natural espontaneidad - y sin siquiera reparar en ello - el habla, la gramática y aún la literatura de cualquier idioma foráneo. Por añadidura, el oído del niño descubre con sorprendente fidelidad los secretos de la fonética extranjera, que es fielmente reproducida por él.

         Póngase a los niños y niñas de corta edad de nuestra campaña a hacer sus primeras letras en castellano, evitando que se pronuncie en el aula palabra alguna guaraní, aunque los alumnos no hayan oído jamás hablar el español.

         ¿Qué podrá pasar? Lo siguiente: el educando tardará uno, seis o nueve meses en seguir el ritmo normal del aprendizaje, pero es seguro que gradualmente irá poseyendo más y más palabras castellanas y, al mismo tiempo, comprenderá cada vez mejor las explicaciones del maestro.

         Al año, repítase el método y se comprobará que ha sido grande el progreso del escolar, porque la porosidad de su mente le ha ayudado a retener los vocablos españoles ya aprendidos, y algo más importante: a atisbar, sino dominar, el genio del nuevo idioma.

         Se argüirá que, a pesar de ello, su conocimiento del castellano seguirá siendo insuficiente. ¿Qué duda cabe? Pero recuérdese que antes era nulo. Y téngase en cuenta, además, que muchos de nuestros universitarios a duras penas manejan ese idioma.

         A medida que se insiste con el aleccionamiento en castellano, el alumno del campo se habituará con creciente facilidad a palabras, frases y giros propios de esa lengua, mientras que este adelanto quedará malogrado si se vuelve al guaraní como medio de aprendizaje.

         La persistencia en el idioma español pone a nuestro educando en situación similar a la de alguien que llega a un país extraño. Al principio, esa persona se sentirá perdida pero fatalmente, en pocos meses, sabrá al menos darse a entender en la lengua local. El continuado bombardeo que golpeará sus oídos en la forma de palabras y períodos discursivos que jamás había conocido antes hará que, transcurridos pocos años, sea capaz de hablar pasablemente bien el lenguaje adquirido. O muy bien, si tiene el don de las lenguas. En esto hay una gradación de aptitudes, como sucede en cualquier otro orden. Pero el progreso en la práctica del idioma extraño será fácil de advertir. Así nos pasa a los paraguayos cuando tratamos con connacionales que han ido al exterior a estudiar o a radicarse.

         Esta clase de aprendizaje consulta el mismo sistema que ciertos profesores y academias de idiomas extranjeros ponen en práctica. No se habla en absoluto con los alumnos la lengua de éstos, sino la que buscan aprender. Los resultados son por lo común excelentes, como también es posible comprobar.

         Es cierto que el niño de habla exclusivamente guaraní no recibirá, en el aula, el impacto de palabras extrañas con la continuidad apabullante con que lo recibe el inmigrante en tierra ajena, pero nuestro educando cuenta, debido a su corta edad, con la ventaja de su mayor poder de asimilación.

         Si, por el contrario, acostumbramos al niño de origen rural a tratar de aprender sus asignaturas exclusivamente en guaraní, echaremos a perder para siempre la oportunidad de hablar el castellano, porque siguiendo la línea del menor esfuerzo, lo obligaremos a no pensar en otra lengua que la materna.

         Todo aquel que llega a dominar un idioma extranjero, sea niño o adulto, lo hace porque ha aprendido a pensar en la lengua recién incorporada a su patrimonio intelectual. Para hablar bien el francés, necesito pensar en francés.

         El niño que está haciendo sus primeras armas con el castellano debe ser impelido a pensar en castellano. ¿Cómo? Con el ejercicio, con la práctica. Si esta gimnasia no sobreviene en la edad pueril, será muy difícil mañana que el guaraní-hablante logre expresarse apropiadamente en castellano.

         Elvio Romero, nuestro inspirado poeta, que conoce a fondo el habla nativa, sostiene que "no hay motivo para que no se estudien los dos idiomas, castellano y guaraní. Uno no entorpece al otro. Lo importante es hablar bien los dos idiomas, cosa posible, como lo es también hablar más de dos idiomas". Y esto último reza especialmente para los niños, por las razones arriba apuntadas.

         Llegar al dominio de un idioma, sea propio o extraño, no implica un proceso académico, sino uno empírico. No se aprende un idioma estudiándolo, sino hablándolo. Apruebo en este punto la enseñanza de ciertas academias de lenguas extranjeras, cuyo plan didáctico está abonado por la experiencia.

         ¿Acaso se enseña al infante la gramática y la ortografía, o se le hace deglutir el diccionario para que incremente su léxico? No, él va haciendo suya de a poco el habla, sin caer en la cuenta de ello, y aplica las reglas gramaticales inconscientemente, como consecuencia del mero hecho de imitar a quienes con él conversan.

         Por lo tanto, a los que no son guaraní-hablante, más que adoctrinarlos en la escuela como, sin el menor provecho, se hace en nuestro medio, hay que hacerles practicar la lengua nativa de modo tal que, por natural ósmosis, la vayan conociendo paso a paso. Para esto los mejores ateneos son, sin olvidar el ambiente campesino, el hogar y la calle.

         Por idénticas razones, el niño paraguayo que no es hispanoparlante aprenderá el castellano, con un progreso desde luego paulatino, pero de modo indefectible, si es que hace su escolaridad utilizando solamente el idioma para él foráneo. El hábito complementará la lección. Con ello obtendrá dos ventajas: sabrá su materia y adquirirá el idioma que le habrá de ser útil en la vida y en su oficio.

         Pido disculpas por el mal gusto de hablar en primera persona. Mamé la lengua nativa en el campo, donde hice mis primeras letras, y en treinta y siete años de exilio nunca se desprendió de mí una brizna del guaraní, aunque no lo hablo con la exquisitez de algunos a quienes envidio. ¿Qué quiere decir esto? Que lo aprendido en la niñez deja su marca indeleble.

         Hace treinta años que traduzco del inglés al castellano. A fuerza de honesto no reza conmigo aquello de "tradutore, traditore". Pero, tratándose de conversar, me sucede lo contrario con el guaraní; es decir, mi conversación en inglés es francamente pobre. Por qué? Por qué aprendí esa lengua leyendo a escritores y periodistas de habla inglesa, no practicando para llegar a dominar la fonética.

         De lo dicho se concluye, a mí entender, que carece de todo sustento el doble objeto de nuestro plan de estudios lingüísticos:

         Primero, hacer que el niño campesino aprenda "más tarde" el español, vedándoles inicialmente el contacto con este idioma. A ese paso, conocerá la lengua de Cervantes el año verde.

         Segundo, lograr que el niño o el adolescente a quien se obliga a estudiar el guaraní lo aprenda realmente. Si alguien quiere descubrir en el aula sus vueltas y revueltas, no lo llegará a hablar jamás. Pasará lo mismo con los estudiantes secundarios que estudian un idioma extranjero: se gradúan de bachilleres, contadores o lo que fuere sin saberlo hablar ni siquiera aceptablemente bien. Salvo contadas excepciones, desde luego.

         En cuanto a nuestros campesinos más cuerdos, a lo que se ve, que los señores educadores y educadoras, son patéticos les ruego que, como observa en los diarios hace a la autoridad educacional para que a sus criaturas no se las aleje de las manos de Dios y se les haga estudiar en castellano. Quieren para sus vástagos lo que ellos no han podido alcanzar.

         Expresaba el doctor Aníbal Rafael Gamarra, en un artículo periodístico, que "una profesional médica llamó desde Santaní a contar que suelen acudir a ella los campesinos, a pedirle que les escriba cartas y notas que deben presentar a las autoridades públicas de Asunción. ¿No les sería mucho mejor saber escribir ellos mismos cartas en castellano?

         Pero los guaraniólogos persisten, con obstinación digna de mejor causa, en el camino equivocado. Lo triste es el daño que ocasionan, porque no tienen enmienda. Nada peor para un país de la incomunicación con el mundo. Y el Paraguay, de no poner fin al absurdo pedagógico indicado, terminará enclaustrándose para siempre en sí mismo, si en la época del doctor Francia era funesta la existencia de un muro invisible, pero tan real como el contemporáneo de Berlín, qué no será hoy que la insularidad mental es sinónima de suicidio.

         Nuestros niños del campo son aptos para aprender el castellano.  Lo que les falta no es inteligencia, sino una educación mejor orientada que la ofrecida en las aulas.

         Cuando más conozcamos el idioma español, mayores probabilidades tendremos de instalarnos en la civilización. Por el contrario, si quedamos cinscunscriptos al monolingüismo guaraní, volveremos a nuestra selva, que para mal de nuestros pecados ya no existe, pues manos asesinas la han segado sin piedad.

         Con el objeto de establecer, tan nítidamente como sea posible, el grado de virtualidad comunicativa de nuestras dos lenguas oficiales, el castellano y el guaraní, procuraré explicar en términos accesibles algo que no deja de tener sus bemoles: que es un idioma. ¡Menuda pretensión! No daré de él una definición, pues para eso está el diccionario, pero señalaré siquiera algunas de sus notas esenciales.

         Hago de que los vocablos lengua, lenguaje e idioma son perfectamente sinónimos en cuanto denotan el medio elocutivo con que verbalmente se manifiesta un pueblo.

         No obstante, y a sabiendas de que mi léxico es menos riguroso que convencional, apelaré a la palabra idioma como indicativa de cualquier instrumento de comunicación verbal que haya ido más allá de la condición embrionaria, para alternar con las lenguas dominantes gracias a la exuberancia de su vocabulario y merced a la exactitud con la que allana tanto a los requerimientos de la especulación filosófica como, así también, a los de las disciplinas científicas. Aparte, como es obvio, de su valor para la relación normal y cotidiana.

         Es preciso, por otra parte, decir que la función de un idioma no consiste sólo es hacer conocer el pensamiento del que habla, sino también en recibir de los demás similar mensaje. Vale decir que, mediante el idioma, se trata entre las personas un doble o múltiple flujo de vivencias, originado en variado interlocutores.

         El habla está destinada no precisamente a los monólogos, como no sean los modulados por los orates y por los candidatos a serlo, o bien los que para sus personajes componen los dramaturgos. Ejemplo clásico: Hamlet. Pero la figura del monólogo no es otra que la meditación, ese provechoso ejercicio al que tan poco afectos solemos ser. En este caso, las palabras son mudas pero omnipresentes.

         Más, si la corriente elocutiva es múltiple, también han de ser compartidos los códigos de interpretación. Dicho de otro modo, los signos del habla deben prestarse para todos a una idéntica descodificación. En virtud, tal cual palabra asume un sentido unívoco para quien la emite y para aquél que la recibe. A menos que, ciñéndonos al uso de Talleryrand de la palabra una máscara para ocultar el pensamiento.

         De haber códigos verbales diferentes, estaríamos en el atolladero de Babel. "Sepamos de qué hablamos y después hablemos", aconseja la sabia norma. Sin conocer el valor de las palabras no se pueden intercambiar pensamientos, y menos aún la dialéctica estará a nuestro alcance.

         Tratándose del habla vulgar, las dificultades son mínimas y fáciles de subsanar. En cambio, cuando tomamos entre manos asuntos de superior entidad, o cuestiones exigen ser elucidadas con todo rigor, no puede el idioma sino responder a la demanda de univocidad. Si las palabras pecan de vaguedad o de imprecisión, no harán otra cosa que sumirnos en la confusión.

         Bordeamos el meollo de nuestro tema si afirmamos que los grandes idiomas de Occidente conforman acabados instrumentos de precisión, aprovechables en multitud de campos, sobre todo en aquellos en que mayor vuelo adquiere la actividad del espíritu.

         Del presente intento de análisis surgirán, por natural inferencia, los disímiles rasgos de las dos lenguas oficiales paraguayas y se esclarecerá la importancia que cabe atribuir a cada una de ellas, sin que en esta apreciación deban intervenir factores emocionales, cuyo único papel es el de oscurecer el juicio.

         Pues bien, ¿en qué consiste un idioma? Una de las aproximaciones a su esencia podría ser ésta: el idioma es una forma de elocución que se ha ido depurando y enriqueciendo, a partir del incipiente instrumento lingüístico de que se vale el hombre primitivo, sea el de tiempos remotos o el del siglo veintiuno.

         Es indudable que el lenguaje humano elemental representa, por su parte, un sustancial progreso en comparación con los trinos, gruñidos, silbidos y aullidos con que se manifiestan los animales irracionales. Todo lenguaje, aún el más tosco, es una serie de sonidos articulados, a los que se conoce con el nombre de palabras, con las que el hombre identifica objetos determinados. Tal fue el jalón primigenio del habla, gestada en los tiempos prehistóricos. A este medio inicial de gracias a los cuales el hablante transmite a los demás, de manera inteligible, tanto sus ideas como sus estados de ánimo.

         Esta facultad comunicativa es inaccesible a los seres inferiores de la escala zoológica, que no pueden ir más allá de exteriorizar sus impulsos instintivos, ya que no están dotados de verdadera inteligencia, ni menos de aparatos vocalizadores complementarios de ésta.

         Debiendo mi retrato guardar fiel correspondencia con el original, diré, aún hablando de cosas sabidas, que el lenguaje es usado para la consecución de tres fines primordiales: afirmar, negar e interrogar. Claro que desempeña además otras funciones, por ejemplo la de exclamar y la que se rige por el caso vocativo. Pero esto más sería tema para un trato de lingüística.

         El recurso elocutivo específicamente llamado idioma - creo indispensable repetirlo -es mucho más que una forma rudimentaria de lenguaje. Sus vocablos, sus modulaciones, su puntuación copiosa, su disponibilidad para la formación de frases cargadas de sustancia, revelan de modo indubitable la adscripción a una cultura altamente compleja. En virtud de ello, tiene a su alcance innúmeras voces, que se corresponden con la gran multiplicidad de conceptos - de vivencias, diría- que el pensamiento elabora.

         Otro rasgo de los idiomas avanzados estriba en su aptitud para ser transmitidos por medio de la escritura, lo que no reza para las lenguas primitivas. Esto bastaría para que no sobrevaloremos nuestro guaraní. Es impensable que, careciendo de alfabeto, nuestros antepasados autóctonos supiesen escribir.

         Pongamos frente a frente el guaraní y el español. Y hagámoslo libres de pasión, en actitud impersonal, para que nuestro juicio sea imparcial. Posterguemos el patriotismo lingüístico y atengámonos a los datos de la realidad, que hablan con su irrecusable mensaje. La subjetividad con que a veces se examina el tema no hará sino enturbiar nuestro razonamiento.

         En primer término, echemos un vistazo a los diccionarios. Uno reciente de la Real Academia Española contiene, según mi grueso cálculo, unos 150.000 vocablos, aunque el padre César Alonso de las Heras estima su número en no menos de 200.000. Y si agregamos infinidad de neologismos y de términos técnicos que día a día nos inundan, la cidra podrá ser aún superior.

         Ignoro la cantidad de palabras alemanas, francesas, italianas y portuguesas, pero sobre las inglesas puedo decir que alguna vez tuve, en mi mesa de trabajo, un diccionario Webster en que se incluían alrededor de 400.000 dicciones. Sin embargo, el lingüista Charles Berlitz afirma, en la cubierta posterior de su libro Native Tongues (Lenguas Nativas), edición de 1984, que el inglés cuenta con un millón de palabras. Sea ello como fuere, cualquier idioma occidental está dotado de cientos de miles de vocablos, cantidad necesaria para abarcar todo el cúmulo de los conocimientos actuales. El mundo se ensancha con velocidad vertiginosa; en consecuencia, el habla debe necesariamente expandirse con la misma presteza.

         Y bien, hablemos del guaraní ¿Qué es lo que este idioma pone a nuestro alcance? Poseo el diccionario de Osuna y Jover Peralta, además del de Ortiz Mayans. Las dicciones guaraníes no pasan en ellos de 5.000. ¿Es que con ese escuálido bagaje expresivo nos pondremos a tono con la avasallante y multiforme modernidad? ¿Qué esperanza de lograrlo es dable abrigar, entonces, si desconocemos el español, nuestro obligado pasaporte a la civilización y la cultura?

         Esta diferencia de cantidades entre el guaraní y los grandes idiomas es a tal punto abrumadora que deja de ser meramente cuantitativa, para cobrar definido cariz cualitativo. Cuantas más palabras poseamos, superiores en valor serán las ideas alojadas en nuestra mente. No parece que esta conclusión pueda ser objetada, salvo que nos dejemos guiar por el temperamento, olvidando la reflexión.

         Miremos ahora la cuestión bajo una nueva luz. Cuando pensamos en la pobreza de nuestro vocabulario, una conmoción no recorre el espinazo. De las cinco mil palabras con que se pertrecha el guaraní, ¿cuántas son de verdad nuestras? ¿Las cinco mil? ¿O la mitad? ¿O menos? He allí la gran incógnita. Hay algunos que se aventuran a decir que los paraguayos empleamos apenas 500 voces del idioma nativo. Otros dirán que más, o tal vez que menos. Pero el hecho de que sólo dispongamos de quinientas, o aún de las cinco mil, no merece otra calificación que la de inopia lingüística, la de los escalones inferiores del tercer mundo.

         Internémonos en las profundidades de nuestro territorio cultural. ¿Cómo vamos en lo tocante al español? De las estimadas doscientos mil palabras que conforman su acervo lexicográfico, ¿cuántas están bajo nuestro dominio? Nadie pedirá que aprendamos el diccionario de pe a pa como lo hizo, durante su prisión de trece años, aquel conciudadano Peña encarcelado por el doctor Francia, según relata Mariano Antonio Molas. Pero que siquiera conozcamos algo menos que el diccionario íntegro sería no ya admirable, aunque sí aceptable: por ejemplo, que estemos familiarizados con la tercera parte, o con la cuarta extremando la indulgencia; es decir, con unas 60.000 o 50.000 palabras. Ahora bien, ¿qué proporción de los paraguayos podrá ufanarse de semejante sapiencia? Me atrevo a conjeturar que ello guarda relación directa con la lectura. Las obras de los buenos escritores nos elevan; las de mediocres nos sumergen en la vulgaridad. Nuestro vocabulario se enriquecerá con la frecuentación de libros valiosos, o con la de periódicos que enseñan por estar cuidadosamente redactados. "El mejor diario es el bien escrito", sentencia un periodista.

         Pero observemos otro hecho, por demás infrecuente. A no ser que exista alguno por mí desconocido, los diccionarios guaraníes no lo son en puridad, sino que constituyen meros catálogos de traducciones, puesto que se componen de dos partes, cada una de las cuales registra las equivalencias españolas o guaraníes de los vocablos.

         Falta el diccionario estrictamente guaraní, en el cual el significado de las palabras sea expuesto en esa misma lengua. Lo cual comportaría un menester de genuina cepa filosófica. Que hablar no es otra cosa que poner a funcionar el pensamiento, facultad distintivamente humana, que nos confiere señorío sobre la naturaleza. ¿Es el guaraní capaz de revelarse por sí mismo, con independencia y suficiencia, o es que necesita el andador de un idioma extraño para descifrar sus propios códigos; esto es, los vocablos con que el hablante se manifiesta en la lengua nativa? Todo un problema para la glotología, ciencia del lenguaje.

         Algo más. A diferencia de lo que acontece con otros diccionarios, el de la lengua guaraní, carece de algo elemental, que es la fuente de las palabras.

         Hay, al margen de él, algunos conatos etimológicos, faltos a ojos vistas de rigor metodológico, que en vano intentan determinar, de manera fehacientemente, las raíces de los no muy copiosos vocablos con que, a esta altura de los tiempos, cuenta el habla nativa.

         Vayamos aún más lejos. ¿Son realmente auxiliares nuestros los términos guaraníes si queremos emitir las mismas doctas lucubraciones que los guaranizantes publican en los periódicos, valiéndose para ello del castellano? ¿Posee nuestra lengua autóctona la versatilidad, la abundancia de sinónimos, la facilidad requerido para captar los matices sutiles del pensamiento, la autonomía necesaria para penetrar las especulaciones altamente abstractas del espíritu, todo ello en la extensión en que esos atributos se hallan presentes en los idiomas cultos?

         A la inversa, ¿saben los teóricos del bilingüismo hablar el guaraní? Su dominio de los dos idiomas paraguayos sería el testimonio viviente de su evangelio guaranizador. Pero es curioso que haya entre ellos algunos que sólo de oídas conocen el guaraní. Están en situación parecida a la de algunos guaraniologos que escriben donosamente en español para sostener su doctrina, pero que o pueden llevar al idioma nativo sus juiciosos argumentos, por una razón que sería necio desconocer: no existen en esta lengua términos para hacerlo.

         Y, para extremar el análisis, preguntémonos si el guaraní, ese lenguaje elemental que es el único medio expresivo para gran parte de nuestro pueblo, nos habilita a los paraguayos a alternar sin desdoro con los nacionales de otros países americanos, o con los españoles y demás hispanohablantes. ¿No nos mortificará la ventaja que ellos nos llevan en el uso de la lengua común, sin la cual toda mutua relación sería inimaginable?

         Detengámonos en el muy traído y llevado tema del bilingüismo paraguayo. Dice el doctor Hugo Rodríguez Alcalá, poeta y escritor nacional de gran merito, que "no es difícil ser bilingüe cabal a un suizo, o a un francocanadiense. Este último - yo he estado varias veces en Canadá- se encuentra viviendo en un país rico, muy desarrollado, un país de dos lenguas universales, con un sistema de educación avanzadísimo". (El subrayado es mío)

         Rodríguez Alcalá ha dado con el termino justo: "difícil''. En la frase transcripta, tenemos la explicación de por qué el Paraguay no puede ser considerado bilingüe al modo del Canadá. Mientras lo canadienses disponen de dos idiomas universales (y los suizos de tres), los paraguayos mal hablamos uno universal y además utilizamos otro que no sólo está reducido a un área geográfica pequeña, sino que es añadidura insuficiente para expresar una ínfima parte de lo que, con el castellano, podemos los paraguayos tratar: temas universales.

         Los guaraniologos deberían mentar ese hecho, si es que en verdad quieren poner las cartas sobre la mesa. Pero no lo hacen. Se dijera que buscan comprimir nuestro mundo, impidiendo que trastienda las simples vivencias del campesino, limitadas a la música típica nacional, al poemario guaraní, a comidas que nos deleitan pero que sólo trasponen las fronteras nacionales cuando lo hacemos nosotros, los paraguayos.

         Nadie menosprecia las bellezas, las costumbres y las tradiciones del país, cosa que no cabe sino en la cabeza de los renegados. Pero si ahí nos detenemos, si limitamos nuestro horizonte refugiándonos en nosotros mismos, seguiremos siendo una aldea lugareña, hoy que la global llama a nuestra puerta.

         Rafael Barrett (en la revista Cultura, año 1, numero 10), hablando del guaraní admite que se trata de un "lenguaje primitivo" y afirma que, con arreglo a determinada tesis, habría que "matar el guaraní" para que el Paraguay florezca la civilización.

         No han de ser muchos los que favorezcan tal defunción. Ni siquiera la desean los padres que prohíben a sus hijos hablar el guaraní, pues lo único que les importa es que hablen bien el castellano.

         Para sustentar la tesis de que el bilingüismo no es en nuestro país un rémora, Barrett trae a cuento el ejemplo de provincias hispánicas cuyos habitantes hablan, además del castellano su lengua regional, sin que ésta ni aquel se interfieran.

         No me parece apropiada la comparación, pues los dialectos de España, por ejemplo el gallego, el vascuence y el catalán son de antiquísima data y han llegado a adquirir gran riqueza, por lo que se hallan, en esta materia, muy distanciados del guaraní.

         Es decir, en ciertas partes de España el pueblo es realmente bilingüe; no así en el Paraguay, donde existe una única lengua universal: el castellano. Por eso han dicho varios estudiosos que el nuestro no es un país exactamente bilingüe, mientras que otros ven más alla, aseverando que en realidad somos monolingües guaraniticos.

         Walter Wey, un ilustrado brasileño, autor de la obra Lingua Portuguesa, que a mediados del siglo 20 vivió en el Paraguay, nos da una clave para ubicar el guaraní en el lugar apropiado. En su librito La Poesía Paraguaya, se lee que "faltando el contacto permanente con inmigraciones grandes y sistemáticas, el idioma guaraní subsistio gracias, principalmente, al hecho de no haberse desintegrado la cultura indígena". A su juicio, el pueblo paraguayo no poseyó ni posee la lengua española, consecuencia necesaria del aserto precedente.

         Soslayando cualquier opinión valorativa sobre lo que Wey piensa, es evidente que él considera puramente autóctona la cultura paraguaya. Yo creo que esta conclusión peca de parcial, porque atribuye a todos los paraguayos una aculturación guaranítica, sin tomar nota de que una parte apreciable -si no muy numerosa- de la población esta vaciada en moldes culturales europeos. Empero, subsiste en el Paraguay "el drama del bilingüismo" percibido por Wey, justamente porque la nuestra es una sociedad escindida en dos. Dígase, dejando de lado motivos emocionales, si la porción indígena de nuestra cultura favorece la pertenencia del país al mundo actual y por ende, si ello facilita nuestra supervivencia como nación.

         Quienes martillan con el quimérico bilingüismo paraguayo nos dan un ejemplo disparatado: el de las colonias menonitas del Chaco, donde los germanos parlantes tratan amigablemente con los aborígenes.

         Este remedo de prueba tiene la misma consistencia que la teoría conforme a la cual es bilingüe quien habla el español y el guaraní. La avenencia entre una lengua sibisuficiente (si la hay) y otra insuficiente no reúne los requisitos del bilingüismo; es apenas un roce de dos realidades situadas en polos opuestos de la civilización.      

         Aquí se trata de que nos acerquemos en lo posible a la verdad, o de exaltar las bondades reales o imaginarias del Paraguay. Por eso, se impone hacer una disección de ese guaraní que no nos sirve -salvo para uso domestico- y aprovechar los resultados de esta inquisición como elemento adicional para la formación de un plan nacional de estudios lingüísticos.

         Examinemos, pues, el guaraní desde un nuevo punto de vista; el de su alegada riqueza y compatibilidad con las grandes conquistas que el genio humano ha hecho a través de los siglos. Lo cual, de ser cierto, lo equipararía con los idiomas universalmente hablados.

         Contaba el ya nombrado Rodríguez Alcalá que, conversando con el ilustre filólogo paraguayo doctor Marcos Morínigo, éste le manifestó que "el guaraní es una maravilla, sobre todo para el filólogo. El estudio científico del guaraní nos permite asistir al nacimiento del lenguaje humano en el seno de la selva" Preguntado Morínigo si el guaraní que hoy hablamos en el Paraguay es esa misma lengua que él encontraba maravillosa, respondió: "No, de ninguna manera. El guaraní hablado en el Paraguay, como era de esperarse, no siendo lengua cultivada en afanes de alta cultura, en vez de enriquecerse, y flexibilizarse conforme suele acontecer con las lenguas cultas; ha ido perdiendo mucho de sus valores expresivos". Vemos aquí, de modo palmario, cuan fútil es la pretensión, alentada por ciertos guaraniologos, de asignar al guaraní una importancia comparable con la de los grandes idiomas universales. El lenguaje se corresponde fielmente con la cultura; la muestra, por desgracia es de muy poco fuste.

         Tanto es así que, no siendo el guaraní un idioma culto, el bilingüismo es imposible en el Paraguay. Señala Rodríguez Alcalá que "el bilingüismo es un factor negativo cuando en el hablante no hay parejo conocimiento de los dos idiomas". He allí, cumplidamente descripta, la situación de nuestros poemas guaraníes, predilectos por lo demás del sector mayoritario de la población que a los de habla castellana los rodea de la más fría indiferencia. Es lo que le dicta su cultura, indubitablemente nativista.

         Dice también Rodríguez Alcalá que durante el enclaustramiento francista "no se había escrito dentro de la fronteras patrias un solo verso romántico, no ya un drama o una novela". Toma nota, asimismo, de que no hubo documentos del mariscal López escritos en guaraní. Todo esto ratifica la preponderancia de esta lengua en el seno del pueblo paraguayo, pero no en sus estratos más cultos.

         No obstante, a criterio de este escritor, el bilingüismo está lejos de ser nocivo, ejemplo de lo cual nos da Eloy Fariña Núñez, que antes de ir a la escuela en su "valle" del Ñeembucú ignoraba el castellano, pero que lo aprendió con tal perfección que, en la Argentina fue galardonado en virtud de sus dotes literarias.

         En suma, el guaraní y el castellano pueden coexistir, y de hecho coexisten, lo que no necesariamente significa que aquí tengamos bilingüismo.

         En cuanto al guaraní supuestamente doctoral, que en ocasiones oímos hablar, no pasa de ser un lenguaje esotérico, apto solamente para una minoría de iniciados. Comprende palabras acuñadas en cenáculos de eximios guaraní-hablantes, a quienes causa placer escuchar pero cuesta entender.

         Ese guaraní es imposible de trasfundir al alumno. Para que ello sea hacedero, deberían concurrir dos factores que despiertan dudas: primero, que de ese guaraní sublimado pudiera extraerse algún beneficio cultural; segundo, que existiera un método asentado en sólidas bases científicas y adecuado para trasegarlo a alumnos poco preparados. Acaso, contra mi escepticismo, existan docentes capaces de hacerlo. Digo, pues, dejando en suspenso el juicio: que los hechos y no las opiniones demuestren la posibilidad o imposibilidad de que se den esas dos condiciones.

         ¡Si hasta nuestros compatriotas indígenas hablan el guaraní sin humos de sabios! Se bastan con su magro vocabulario, el mismo que todos usamos en el habla cotidiana y se compone de palabras guaraníes mechadas con algunas españolas.

         Me temo que, por decir esto, se me tache de anti-paraguayo. Pero tan crítica no versaría sobre la cuestión debatida, sino que sería un argumento ad hominem y, por consiguiente, desprovisto de relevancia.

         Un rasgo del guaraní, reflejo de su inanidad lingüística, consiste en que nuestros antepasados aborígenes no poseían alfabeto. Era inevitable, pues, que no pudieran poner por escrito sus pensamientos. Y se sabe que las civilizaciones perdurables son aquellas que han logrado perennizarse en su literatura, siquiera sea ésta rudimentaria, o en testimonio culturales tangibles al modo de los templos, o de dólmenes a falta de ellos, de los cuales los guaraníes no han dejado muestra alguna.

         En otro orden de cosas, observa Marcos Morínigo que toda nuestra comida es española. Habrá, por supuesto, alguno que otro bocado de origen indígena, pero con excepciones no se complace a paladares medianamente educados. Cuenta este estudioso que los guaraníes ni siquiera eran pescadores, como lo demuestra el hecho de que mataran a golpes los pescados antes de comérselos. Su menú provenía de la caza y de la agricultura. Esto último revela por cierto un grado de civilización, al menos incipiente. En cambio, nos dice el mismo autor, los actuales incas y aymaras conservan sus comidas inmemoriales, signo de una cultivada gastronomía. Y se ha vuelto lugar común afirmar algo que es exacto: la buena cocina es parte de la cultura, un aditamento necesario para las especulaciones del espíritu.

         En lo que respecta a la música paraguaya, hay que decir que sus orígenes son españoles, como lo revela su compás ternario, prevaleciente en casi todos los países sudamericanos. Nuestro instrumental está compuesto por guitarras, arpas, violines, flautas y acordeones, todos desconocidos por los guaraníes.

         Creen algunos que los guaraníes tenían instrumentos musicales. Veamos. El mimby había sido, según la tradición, la flauta con que los nativos ejecutaban sus melodías. Tal vez, pero no sé que haya de ello constancia alguna. El turu, hecho de cuernos (o tal vez de huesos), habría desempeñado, según ciertos testimonios, el papel de la trompa u otro instrumento de viento. Sin embargo, los animales que debían proveer la materia prima, fuesen vacunos u ovinos, no eran bestias nativas, sino traídas por los españoles. En cuanto al gualmbau, un tosco instrumento de cuerda, no podía ser guaraní, pues la letra "ele" tampoco lo es.

         Nadie ha exhibido, ni antes ni ahora, lo que haría las veces de partitura de composición musical alguna debida a los guaraníes, ni siquiera se ha transmitido la musita de estos a través de las generaciones, como sucede con las canciones populares de otros países.

         Se ve, pues, que varios soportes le faltan a la teoría según la cual los guaraníes poseían una cultura que se atuviera a los cánones occidentales. Ellos eran primitivos, y así los hallaron tanto los conquistadores españoles como los padres jesuitas que fundaron la República Guaraní. Consecuencia de ello es que su lenguaje debió de ser, también primitivo. Por todo lo dicho, no resiste el análisis la creencia de que la lengua nativa ocupaba un escalón aceptable en el concierto de los idiomas cultos.

         Dicen que el padre Luis de Bolaños (junto a cuya urna funeraria me detuve conmovido muchas veces, en un templo franciscano de Buenos Aires) escribió de nuestra lengua vernácula una excelencia gramática. Para hacerlo, este grande apóstol y civilizador tuvo seguramente que valerse de artificios propios de los idiomas cultos, que él habrá trasladado a la lengua de sus catecúmenos. Todos nos habríamos sentido tentados de recorrer sus páginas, pero la obra se ha perdido, por lo que hoy no nos reporta ningún provecho.

         También Antonio Ruiz de Montoya, otro venerable hombre de traje talar, conocía el guaraní y, según documentos que han perdurado, hizo una importante recopilación de material lingüístico nativo.

         Ahora bien, ¿podría hacer otro tanto los discípulos aborígenes del franciscano y del jesuita de su propia lengua? Ni por asomo. Únicamente la ilustración de la conquista de los conquistadores y clérigos venidos de allende el mar fue capaz de dar un toque de cientifismo a un medio expresivo regido por cánones distintos de los europeos. Chocaron dos mundos y, como era inevitable, el de mayores luces impuso sus reglas, incluso las que guiaban el lenguaje.

         El guaraní se fue inficionando de vocablos castellanos y, para completar el cuadro, fueron los frailes franciscanos y los hijos de Loyola quienes ejercieron el mandarinato de la lengua guaraní. Ello equivale a decir que, de entonces en adelante, se perdió para siempre la pureza de nuestro idioma nativo.

         Marcos Morínigo, Carlos Zubizarreta otros estudiosos señalan que el guaraní hablado por los carios, luego emparentados con sus conquistadores españoles, era mucho más opulento que el actual, pero fue perdiendo con el tiempo gran parte de su fuerza elocutiva.

         Ahora bien, ¿nos sirve de algo que antes tuviéramos un guaraní no precisamente comparable con los idiomas europeos y orientales, sino mejor que el actual? En absoluto. Lo que cuenta no es el pasado, sino el presente y el futuro. Debemos trabajar para hoy y para el mañana. El resto es historia, o acaso prehistoria.

         Señala Guido Rodríguez Alcalá que Hegel, con relación a la vuelta a la antigua Germania, pretensión comenzada en el siglo 18 y terminada, mutatis mutandi, en Natalicio González, decía lo siguiente: "no se sabe cómo era aquello y resulta imposible volver". Vale la pena para el guaraní, piensa mi talentoso amigo.

 

         EL GUARANI DOMINANTE

 

         El capítulo anterior toca aspectos de la relación castellano-guaraní que son también examinados en el que ahora se inicia. Era inevitable, puesto que los dos tratan sobre lo mismo.

         Pero, en uno y otro, se mira la cuestión desde observatorios distintos. Aquí, se pondrá el acento no ya en la estructura y la función de las dos lenguas para acudir a la terminología sociológica, como ocurrió en el capítulo procedente, sino en el trágico error de interponer entre el alumno del campo y el castellano un inexpugnable cordón sanitario.

         Tenemos dos lenguas y nos decidimos por la más desvalida; por la que, de no ir de la mano con la más docta y erudita, clausurará nuestro horizonte espiritual, pero que, si está acompañada por esta última, seguirá siendo un elemento de unión entre los paraguayos, habida cuenta de que casi la totalidad de la población conoce, habla y ama el guaraní que lleva en la sangre.

         Los prisioneros de las supercherías pedagógicas nos dicen, transidos de amor a la patria, que el guaraní debe ser enseñado en las escuelas a la par del español, aunque conceden a aquél visible preeminencia. Para fundamentar su propuesta, invocan variados argumentos, no científicos sino puramente voluntaristas.

         Algunos de esos conciudadanos vislumbran el peligro de la desaparición del guaraní, no por cierto apelando a razones concluyentes. El que en vida fundamentó con argumentos plausibles la muerte del guaraní fue el filólogo paraguayo Marcos Morínigo, dueño de una enciclopédica versación en la ciencia lingüística en general, pero también en nuestros dos idiomas oficiales.

         Antes he citado al doctor Morínigo, transcribiendo algunas de sus sustanciosas afirmaciones. Ahora, permítaseme presentarlo en toda su dimensión, Natural de Asunción, enseñó en la universidad argentina de Tucumán y en varias de los Estados Unidos, verbigracia una de Illinois y la californiana de Berkeley. Ningún habla de esta parte de América le era extraña, como tampoco el proceso de su formación y consolidación.

         Si la mayor parte de su vida transcurrió en el exterior, Morínigo se mantuvo apegado a su origen, dedicando estudios a las dos lenguas que los paraguayos hablamos. Baste nombrar dos de los frutos de su labor intelectual: "Hispanismos en el Guaraní", "Los Cabildantes Indígenas de las Misiones".

         Tan amplia era su versación en la lingüística que, en la propia Buenos Aires, fue designado presidente de la Academia Argentina de Lunfardo; una jerigonza de los arrabales porteños. De ello me enteré por él mismo, en instantes en que se disponía a dar, en esa capital, una conferencia acerca de un Lema de eminente raigambre paraguaya, "EL Mancebo de la Tierra".

         Pues bien, si Morínigo previó la extinción del guaraní, apoyaba su tesis en argumentos de real peso, como se verá en pasajes de este capítulo. Su dictamen: "Supongo que, por la intención y la extensión de nuestra vida actual, el guaraní va a desaparecer". Y conste que Morínigo no rechazaba la enseñanza del idioma nativo, sino que abogaba por que "se lo enseñe bien y se lo aprenda bien".

         El pensamiento de Morínigo coincide con la comprobación de que muchas lenguas desaparecen constantemente en el mundo. A estar por lo que afirma el lingüista francés Michel Launey, "cada año muere una lengua". El inglés Mark Pagel, de Oxford, lo confirma: hace 15,000 años, los hombres eran 500 veces menos numerosos que ahora, pero hablaban 12.000 lenguas; hoy tenemos 6.000 lenguas en el planeta. Dos mil de éstas están tan dolientes que se teme su extinción".

         Volviendo a lo recomendado por Morínigo, o sea el aprendizaje concienzudo tanto del español como del guaraní, no le veo otra utilidad que la puramente filológica, al menos en lo atinente a la lengua indígena. Y eso, en el entendimiento de que haya gente capaz de enseñarla cono se enseñar los idiomas "completos", usarlo el término de Rafael Barrett, es decir, mucho más avanzados que el guaraní.

         Aún dando esto por factible, cabe notar que, para Morínigo, el guaraní es "una lengua onomatopéyica, que hace referencia constante al tipo de vida que llevaban los indios. Y éste no tiene nada que ver con el tipo de vida que lleva hoy el campesino paraguayo".

         Lo que ocurre es que ese campesino ya no es el indio guaraní que hallaron aquí los españoles, sino una simbiosis de dos corrientes étnicas, autóctona una y otra forastera, con sangre y psicología que le vienen del mestizaje. No es, pues, arbitrario preguntar qué valor práctico tiene para nosotros ese guaraní desteñido, que con el paso de los siglos ha ido perdiendo su sustancia. Ninguno respondo porque el hombre está más adelantado que su idioma.

         Los guardianes de la nacionalidad sostienen que, para asegurar la sobrevivencia del guaraní, debe enseñárselo a todos los paraguayos, puesto que nuestro país es bilingüe. Pretenden, pues, que lo hablemos aún forzando nuestra voluntad.

         Para quienes pregonan la libertad de enseñar y aprender - y no son pocos -, esto es pura aberración. La facultad de elegir que asiste a alumnos y padres queda abolida; sólo impera el criterio de quienes han establecido un sistema educacional compulsivo. ¿Pero quién garantiza la bondad de ese criterio? O, para llegar al fondo de la cuestión, ¿qué asegura su infalibilidad? Claro que no la razón, sino el úkase. La autoridad nuda, en suma.

         En todas las épocas, se impartió en la escuela paraguaya enseñanza en el idioma castellano. Bajo ese sistema, el país llegó a ocupar, durante la tercera década del siglo 20, un sitial honroso entre los países americanos en materia de educación.

         Pero sobrevino la era del nacionalismo, ese extravío que envenena con el tóxico de la irracionalidad. Lo que nuestra patria necesita son paraguayistas, no nacionalistas. Esto será analizado en su momento, dentro de la presente obra. Pues bien, el sarampión patriotero invadió la escuela, igual que todas las expresiones de la vida, privadas y públicas.

         Desde el poder se exacerbó deliberadamente esta tendencia. Las luces del talento se apagaron y emergió la resaca seudocultural. Aunque falta tiempo para que el juicio histórico se decante, poca duda cabe de que será adverso a esa era de indecencia y de mediocridad.

         El guaraní impuesto fue uno de los signos de esa capitis deminutio cultural, no precisamente porque la lengua autóctona atente contra la inteligencia, que esto está lejos de ser verdad, sino porque su predominio inapelablemente decretado, a lo que se une el desalojo del castellano como medio de aprendizaje para los escolares del agro, impedirá que éstos logren jamás poseer el único idioma que enlaza al Paraguay con el mundo.

         Si en la urbe son crónicos los ejemplos de cómo muchos conciudadanos tienen que hacer dramáticos esfuerzos por balbucear un desolador yopará, cómo buscan a tientas las palabras que se les escapan y cómo destrozan la más elemental sintaxis, poco cuesta imaginar lo otro acontecerá en el campo.

         Antes cohabitaban las dos lenguas, pero sólo la castellana se enseñaba, lo que no quiere decir que el guaraní fuera desechado por la gente culta. Todo lo contrario: hombres y mujeres de diversos estratos, incluso los empinados, hablaban indistintamente el castellano y el guaraní.

         Nunca ha habido entre paraguayos barreras erigidas por el lenguaje, como nos lo quieren hacer creer hombres y porque, lamentosamente, acusan a las "clases privilegiadas" de relegar el guaraní pana mantener en la servidumbre a los campesinos. Cuestiones serias no pueden explicarse con argumentos triviales y lo más grave es endeble método el de falsear la realidad haciendo referencia a clases, concepto aplicable más a la antigüedad o a la época feudal que a las sociedades que practican, como la nuestra, un arraigado igualitarismo, el cual no se desvirtúa porque se admitan superioridades, dictadas no por el poder ni por la riqueza, sino por el mérito intelectual y la conducta.

         Sorprende cómo un hombre sumamente culto como el doctor Rubén Bareiro Saguier, escritor consumado por otra parte, sostiene con buena fe indudable que se busca "establecer la diferencia cualitativa entre una y otra lengua y dividir la comunidad nacional en dos partes desiguales. Una, minoritaria, con todos los privilegios que acuerda la cultura...; la otra, mayoritaria, marcada por los signos de la oralidad, lo que implica, en esta circunstancia, la noción de grosero, tosco, rústico o ignorante".

         No es admisible asignar gratuitamente culpabilidades siniestras. Lo que la cultura otorga no son privilegios, según dice el opinante, sino que la reacción normal ante ella son la admiración y el respeto, cosas que ni se mercan ni mucho menos se imponen.

         En cuanto a que quienes no sobrepasan la oralidad discursiva sean despectivamente tildados de "groseros, toscos, rústicos o ignorantes, ni por asomo esos paraguayos son, nada más, víctimas del desconocimiento de uno de los dos idiomas oficiales, por medio del cual podrían expresarse escribiendo, si lo poseyeran; pero el pero consiste en que sólo está a su alcance nuestro otro idioma oficial, cuyos cultores no nos han legado en quinientos años un solo monumento literario escrito en guaraní, por la sempiterna razón de que los ypy cuera desconocían el alfabeto, la escritura y un fértil diccionario, No es lícito, pues, aseverar que la oralidad sea en nuestro caso fruto de la discriminación, sino que lo es de una fatalidad: nuestra indigencia cultural.

         Manuel Gondra, para muchos el paraguayo más ilustrado de todos los tiempos yo le profeso entrañable admiración, pese a algunos de sus errores, o mejor diría omisiones, trató el asunto con su proverbial autoridad, mas no fundamentó con explicaciones convincentes su parecer de que los guaraníes eran capaces de concebir ideas abstractas. Lo que al respecto conozco de este "letrado de América" es una refutación al doctor Blas Garay, quien pensaba que nuestros antepasados indígenas "no tenían palabras para expresar las ideas abstractas, y casi todos los diversos estados del ánimo los referían a los del estómago o a sensaciones puramente fisiológicas".

         Don Manuel rebatió con vigorosas razones variadas la tesis de su amigo Garay pero, a mi entender, no lo hizo en este caso. Alguien me dijo una vez, en coincidencia con el juicio precedente de Garay: "Cómo se podría hacer de las emociones una función gástrica?" El guaraní carece de términos apropiados y por eso empleamos la voz pyá, señala Garay. Expresión que brilla por atinada.

         Gondra llama en su auxilio al ilustre José Manuel de Estrada: "Eran (los guaraníes) hasta cierto punto capaces de abstraer, puesto que llegaban al concepto racional, y podían distinguir con dos palabras, anghecó ací y tetér ací, las afecciones de la sensibilidad orgánica de las de la sensibilidad moral". Buen intento el de Estrada, pero no alcanza. El mismo autor argentino lo reconoce, al decir "hasta cierto punto".

         Gondra considera una notabilidad al indio Nicolás Yapuguay, supuesto autor del pequeño tratado Sermones y Ejemplos, escrito en guaraní en 1727, en la reducción jesuítica de San Francisco Xavier. Nicolás, no obstante su admirable esfuerzo, está lejos de alcanzar la jerarquía de escritor. Es, nada más, una caja de resonancia de los Padres, que en sus sermones exponían los dogmas y preceptos de la Iglesia. Dicha obra no hace sino transcribir las exposiciones que en guaraní hacían los sacerdotes de aquella misión y, desde luego, el papel de Nicolás consistía en ponerlas por escrito.

         Hay una edición de la Editorial Guarania, en cuyo prólogo se lee que "los indios eran sumamente habilidosos para copiar, pero no lo eran para crear". Está todo dicho. Mayor claridad, imposible.

         En realidad, Gondra se interna en un tremedal, que lo habrá sido incluso para los jesuitas de las Misiones, quienes se toparon en la selva con una lengua ayuna de estructura lógica y sólo susceptible de interpretar con criterio subjetivo. Si antes el guaraní era capaz de expresar nociones abstractas, ¿por qué no lo haría también hoy? Lo cierto es que la teología no estaba al alcance de nuestros indios, por la misma razón por la cual no lo están los conceptos jurídicos ni los filosóficos.

         Los jesuitas enseñaron en guaraní no porque éste fuera un idioma riguroso, sino porque era el único que sus discípulos entendían.

         Pero, con la intervención de los Padres de las reducciones, el guaraní entró, por así decirlo, en un período de corrupción, no porque los indios fuesen culpables de ello, sino porque esa lengua, producto del alma de los nativos, se sujeta a pautas enteramente diferentes, de las del español. No habrá estado desprovisto de traumas el encuentro de dos mentalidades, de las cuales la más docta asumió, como era lógico, la rectoría indiscutida, incriminen o por lo tanto nuevo cuño al idioma vernáculo. Y lo que ocurría con las Misiones ocurrió igualmente en el Paraguay entero. La lengua de los carios fue perdiendo gran parte de sus valores conceptuales y expresivos, y aún de su identidad, según nos enseñan los estudiosos.

         Augusto Roa Bastos, de bien ganada nombradía internacional, preguntado por qué se da un alto porcentaje de rechazo popular a la educación en guaraní, responde: "Porque somos un país dicotómico, bicultural, y hay quienes no entienden que el guaraní es nuestra verdadera lengua".

         ¿Qué se quiere dar a entender con la expresión "nuestra verdadera lengua"? ¿Que la castellana es nuestra lengua postiza, conocida sólo por contados paraguayos?

         No hace falta investigar mucho para comprobar que numerosos compatriotas no hablan el guaraní, aunque puedan entenderlo en todo o en parte. Por ejemplo el desaparecido doctor Luis María Argaña, y nadie osará decir que era por eso menos paraguayo que muchos que sí pueden expresarse en dicha lengua.

         Con el corazón en la mano declaro que mi verdadera lengua no es una desmedrada pese a que me siento muy a gusto hablándola, a causa de su inhabilidad para llenar, mis expectativas culturales. Me cuesta entender que no sea el castellano, aún siendo minoritario, el verdadero idioma del Paraguay, en el que nos es dado asimilar las más refinadas especulaciones de la mente humana.

         Todas estas exageraciones sobre el valor del guaraní debieron haber tenido cabida en el capítulo anterior, en el que se trata de descubrir su esencia, pero en esa parte de la obra donde corresponde incluirlas, porque ese espíritu es el que impregna el pensamiento de los maximinalistas del guaraní y reduccionistas del español..., que a pesar de los pesares escriben en español.

         Volviendo al tema de la discriminación pretendidamente impuesta por la gente culta a los guaraní-hablante , no creo que presidente alguno de la República, ni personas informadas, ni profesores y profesoras de la universidad, hayan dejado jamás de hablar nuestras dos lenguas nacionales con pareja soltura, ni de departir con el campesinado monolingüe con toda cordialidad. Tampoco enfrenta problema alguno el pueblo llano. La comunicación entre hispanófonos y guaraní-hablantes ha sido siempre fácil, porque unos y otros conocen siquiera lo primario del léxico de la otra parte. Además, nunca los paraguayos han perdido la noción de su común origen, ni la conciencia de que el destino de los unos alcanzará a los otros, porque la nuestra es una sociedad con vocación igualitaria.

         La pretensión de hacer hablar el guaraní velis polis al estudiante de habla hispana, con ser desatinada, es menos dañina que, la de negar al alumno campesino el trato con el castellano. Lo primero no pasa de ser una humorada, porque un idioma extraño no puede ser aprendido en clase, sino con la comunidad de vida y el comercio de las ideas. Lo segundo, en cambio, importa condenar al campesino a quedar atado a su cocué, a su "valle", e impedido de avizorar un porvenir menos ingrato que el actual.

         Pero también para el campesino es superflua la enseñanza del guaraní, por la simple razón de que no necesita aprenderlo. Lo que en realidad le va a traer el aleccionamiento que se le imparte exclusivamente en guaraní es un perjuicio grave, pues, ignorando el español, no aprenderá bien las materias de su grado, ya que el guaraní, además de carecer de gramática análoga a las de los idiomas occidentales posee un muy limitado caudal de palabras.

         El ostracismo a que se reduce al castellano en los grados es, por ende, un atentado de lesa inteligencia. No sólo sume al pequeño educando rural en la pobreza mental, sino que clausura al país el camino del progreso.

         Nada ganarán los propiciadores de la errónea política educacional con tachar de enemigos de la patria a quienes piden un cambio de rumbo. El extinto doctor José María Rivarola Matto, que enfocaba el problema en términos correctos, decía con toda razón que los paraguayos, además de hablar el guaraní, lo amamos.

         Pero más amamos a nuestro pueblo, al que nos haría felices ver emancipado de su incultura y puesto a andar en el sendero de la educación. Mi interés no es el de penetrar los secretos de la lingüística, para dictar una cátedra que me sentiría holgada, sino el hacer una contribución, entre tantas otras, para rescatar a ese pueblo el cual se busca descerebrar cuando se niega al escolar rural el sacramento del castellano, con el cual sacará provecho de su natural inteligencia.

         En cuanto a los alumnos que ignoran el guaraní, ¿mediante qué artilugio aprenderán una lengua prisionera de la oralidad y desprovista, por esa misma razón, de las cualidades que valorizan otros idiomas?

         Las academias de Guaraní sostienen su tesis haciendo esfuerzos que podríamos mirar con simpatía, pero que provocan un fatal descreimiento. No pueden sino fracasar en sus desmañadas explicaciones, que no bastan para convencer al observador informado de que el habla de nuestros ypy indígenas pueda ajustarse a método pedagógico alguno, ¡Si hasta discuten entre ellos la grafía guaraní! No podía esperarse otra cosa, ya que esa lengua desconoce el alfabeto.

         Ahora nos topamos con una novedad que nos deja perplejos. Se trata de un proyecto de guaraní "universitario".

         Sería impropio a risa tal proyecto, pero cabe preguntar: ¿Es posible captar abstrusas teorías filosóficas expuestas en guaraní, u operar en el quirófano siguiendo las instrucciones dictadas en esa lengua por las escuelas de medicina, o litigar sobre la base de tratados de derecho escritos en idioma vernáculo, o valerse de éste para formular un confiable cálculo de resistencia de materiales?

         No, no podría. Eso, por una razón más poderosa que las triquiñuelas discursivas a que recurren los divinizadores del guaraní: esta lengua no es apta para ser utilizada por profesionales de alta responsabilidad.

         Es hora de desestimar las empresas imposibles y retornar al buen juicio, si es que no se quiere dar a los hermanos paraguayos el empujón final al abismo de la barbarie. Y que nadie se rasgue las vestiduras porque alguien diga que es el castellano el idioma que nos aproxima a la civilización.

         Toda la historia intelectual paraguaya está inseparablemente vinculada con el idioma español. Pero voces llenas de patriótica exaltación, aunque vacías de razón, nos incitan a colocarnos a la zaga de las naciones que porfían en la aspiración de superar su déficit cultural.

         El guaraní es una lengua empírica, que nació y creció acompasada con la vida de nuestros predecesores carios. La adornan bellos giros y está dotada de un maravilloso poder para suscitar emociones, pero no ya para exteriorizar, como ante el alma del paraguayo, porque éste ha dejado atrás el primitivismo. El guaraní no puede equipararse con los idiomas cultos porque, al decir de Rivarola Matto, es una lengua pre-lógica.

         ¿Se bastará el guaraní para ser medio de absorción de la aritmética? Para empezar, sus numerales no pasan de cuatro. Pero en esta materia tenemos además raíces cuadradas, teoremas, etc., cosas que nuestro idioma nativo no puede abarcar, ni en el concepto ni en la expresión. Y la utilidad del guaraní será nula cuando lleguen el álgebra, el cálculo infinitesimal, los supuestos científicos de las ciencias naturales, la historia (no la mera narración del pasado), la ciencia política, la literatura en sus formas adultas, la cibernética; todas, en fin, las disciplinas rigurosas que florecen en las naciones civilizadas.

         Es anonadante la pertinacia con que los teóricos de la invalidez lingüística nos quieren meter a presión la denominada cultura guaraní, que no ofrece siquiera una literatura escrita, a no ser piezas de menor aliento. Esto no ha sido jamás desmentido, porque reposa en hechos incontrovertibles.

         Pero lo grave no sería eso, sino que la propaganda presuntamente cultural va de la mano con el desalojo del castellano, toda vez que ambas cosas responden a una misma filosofía lingüística. Y, si bien el idioma español está al alcance de mucha gente, no lo está de innumerables guaraní-hablantes, a quienes, para colmo, se obliga, por obra de la política pedagógica vigente, a permanecer encerrados en el cerco cultural creado por la ignorancia poco menos que total del castellano.

         De lo dicho se desprende que no es el guaraní lo pernicioso, sino la ausencia, del castellano. No hay contienda entre ambos idiomas; lo que existe es penuria intelectual en quienes no hablan el más perfeccionado de ellos. No pocos manejan bien tanto uno como otro, sin experimentar conflicto personal alguno.

         En los guaraniólogos, falta entre otras cosas timing, noción de la oportunidad. ¿Cómo, siendo socios del Mercosur, habremos de entendernos con nuestros consocios? No hablando el guaraní, de seguro. Y no se diga que esa entidad concierne en exclusividad a gobierno y empresarios; afecta asimismo, y de modo incontrastable, a los pueblos de los países asociados.

         ¿Tendremos recursos para comprar productos del Mercosur, o de países extraños a él, si a nuestra vez no producimos otros de valor similar para exportarlos? Por lo demás, ¿seremos bastante diestros para elaborar artículos de la calidad exigida en los mercados externos, si nuestro acervo mental se traduce en la precaria habilidad de la mano de obra paraguaya?

         Lo que es más, el Paraguay necesita a todo trance alternar con un mundo que, a pasos acelerados, se va volviendo una unidad. Salta, pues, a la vista lo desatentado de nuestra vocación guaranizante, que orondamente ignora el hecho de que, en este mundo encaminado a la globalización, es el inglés el idioma que rige el comercio de ideas y mercancías. ¿No será mejor aprenderlo, en lugar de malgastar tiempo y dinero en la enseñanza de lo que conocemos de memoria, el guaraní?

         Sin olvidar que hay otros idiomas universales, v.g. el español, uno de los mas hablados en toda la tierra, a la zaga solamente del inglés. Lo sensato sería que los paraguayos tomáramos nota de esa ventaja, que se nos ofrece madura para que la aprovechemos con el estudio intensivo de la lengua de Castilla.

         Y no echemos en saco roto otra realidad: uno de nuestros consocios del Mercosur es el Brasil, donde se habla el portugués. Nuestras necesidades idiomáticas podrían ser cabalmente satisfechas con el conocimiento del español, el portugués y el inglés. Y no pretendamos ser eximios hablantes de estas dos últimas lenguas; lo que cuenta es que ambas nos serán provechosas en el trato con el exterior.

         De ahí que la guaranización forzada resulte anacrónica, considerando que el guaraní no necesitamos aprenderlo, ya que casi todos los paraguayos, incluso lo hablamos sin haber pisado para ello la escuela.

         Esta es una hora en que nos toca decidirnos ante una opción ineludible: o concedemos prelación al guaraní, o bien nos inclinamos por el castellano. Esto es una sola y misma cosa con escoger entre sí permanecemos atrapados en el estadio cultural al que llegaron nuestros progenitores nativos, o si daremos el gran salto que nos permitirá avanzar. La elección es libre; nadie nos obligará a adoptar tal o cual posición. Pero también las consecuencias de tal opción serán de nuestra responsabilidad.

         Hay que decir que la incorporación del Paraguay al mundo es necesaria solo ahora que se habla de globalización. Sin duda, hoy es más imprescindible que antes romper nuestro aislamiento, porque el pueblo que tenga alma de Robinson Crusoe recibirá el adiós de la historia.

         Pero nuestra intimidad con el mundo exterior fue igualmente, una realidad en el pasado, y además respondía a un impulso ingénito, ya que este pueblo ha nacido del connubio de españoles e indias. Y complacido se siente el paraguayo de su doble sanguinidad.

         Dejando de lado esta particularidad biológica, el "mancebo de la tierra", es decir el paraguayo típico, nunca rompió los lazos que lo unían con su estirpe indígena, como tampoco los que lo embebían en la cultura europea, de la que siempre ha sido deudor por sus instituciones políticas, por los conocimientos difundidos en la escuela paraguaya, por sus creencias religiosas, por las técnicas a las cuales apeló para hacer de su vida algo más que una reviviscencia de la precariedad de las tribus guaraníes.

         En qué medida nos hemos europeizado y en cuál otra hemos permanecido atados a las propensiones viscerales del alma indígena, es algo que queda probablemente reservado a un estudio antropológico del Paraguay.

         Pero que este país ha estado siempre estrechamente articulado con el orbe occidental, e influido por él, es axiomático. Ergo, está más allá de cualquier duda la necesidad de un medio expresivo que nos comunique con ese complejo de historia y de cultura que es Europa. Y, que se sepa, el único que en todas las épocas hemos tenido a mano es castellano. El mismo idioma que en estos días constituye nuestro nexo cultural con el Occidente. Y no se trata ya solamente de Europa, sino de todas las porciones del mundo donde la cultura y la técnica europeas han prosperado.

         Supongo que no puede prestarse a confusiones esta cuestión, que en medida suma concierne a la posibilidad del Paraguay de integrarse al mundo.

         Sin embargo, poderosos voceros de la política pedagógica, y no ya únicamente los bardos guaraníes de antaño y de hoy, ni los miembros de las academias más o menos serias de la lengua nativa, sostienen, como si fuese la verdad revelada, que los niños de nuestra campaña deben iniciar sus estudios con el exclusivo auxilio de su lengua materna, debido a las hipotéticas razones que ya hemos comentado.

         Ese criterio lo prohíjan centros educacionales del exterior y organismos estatales como la UNESCO, que inspiran respeto pero que, en el papel de motores del Paraguay en materia de enseñanza escolar, carecen de autoridad para dictar normas.

         Así como el Paraguay debe ser gobernado por paraguayos (aun cuando echemos de menos a los estadistas de tiempos idos), así también la escuela nacional ha de ser fruto de la meditación y de la afanosa dedicación de sus ciudadanos. Es absurdo que un señor de Kansas, de Baviera, de la Bretaña, o aún de Castilla o de Extremadura, diga ex cathedra cómo educar a nuestros niños. Salvo que haya vivido aquí el tiempo necesario para conocer a fondo al Paraguay, para penetrar las vetas ocultas de su alma, para enterarse de cómo opera la psiquis del paisano, para empaparse en los arcanos de su historia vital.

         Debido a esa moda de confiar en academias y organismos no gubernamentales extranjeros lo que, de haber severidad en el juicio, se diría que delata la ineptitud pedagógica de los educadores nacionales, el Paraguay está convertido en campo de experimentación para docentes foráneos, no improvisados tal vez, pero si desconocedores de los datos de una realidad nacional absolutamente peculiar.

         En la superficial observación del terreno, que por lo general dura pocos días, semanas o meses. ¿Puedo acaso yo saber qué y cómo es el habitante de otro país, si apenas he estado en él como turista? No, la educación que necesitamos ha de ser pensada y formulada por quienes de verdad conocen al pueblo al cual está destinado por los mismos paraguayos, en suma.

         Se podrán aceptar asesorías extranjeras en determinadas materias parciales, mas nunca será prudente confiar lo esencial de la pedagogía paraguaya a personas cuya calificación no se discute, pero que son apenas forasteras en roja tierra que ha acunado a hombres y mujeres de fuerte personalidad nacional.

         Por otro lado, el sistema educacional es de la responsabilidad de todos nosotros y debe provenir de una persistente preocupación, en especial la de aquellos que ejercen el noble oficio de enseñar.

         No sería ocioso acoger dos testimonios que pueden darnos idea de las falencias que aquejan al habla de los paraguayos, no ya en los ambientes menos educados sino en las altas esferas. Ni sería aventurado atribuir tal imperfección elocutiva a la escasa autoridad académica de nuestros maestros de castellano, del ciclo de enseñanza que fuere. Menos aún resulta difícil conjeturar las consecuencias nocivas que ese idioma semiculto tiene en actividades que requieren un intelecto adiestras sin que las contadas excepciones a esta regla reflejen realmente la preparación media de los estudiantes secundarios y universitarios.

         En un artículo periodístico, decía hace algún tiempo el señor R. Masi Pallarés que, en una de las facultades de derecho, habían sido reprobados en castellano 700 postulantes, entre 1.200. Esta evidencia, con ser sobrecogedora, es nada más que una entre muchas que surgen a raíz de exámenes de admisión a facultades universitarias. Solamente la visión de conjunto puede dar, en este orden de cosas, una idea de cómo andamos en cuanto a dominio del idioma español.

         Acudamos al extinto Justo Pastor Benítez (padre), notable escritor paraguayo del último siglo. De su libro Páginas Libres extractamos algunos párrafos.

         Hablando de la Facultad de Derecho, donde él tomaba en una ocasión examen, dice: "Los examinandos sabían la materia, pero se expresaban con dificultad; no dominaban el idioma ni la lógica, los dos instrumentos del abogado".

         Reflexiona luego: "La pobreza del léxico, la impropiedad del lenguaje, se notan en la conversación, en la prensa, en el parlamento, en los decretos y en los exámenes",

         Sin mencionar el guaraní, dice Benítez. "La espina dorsal de la enseñanza primaria y secundaria, por razones de bilingüismo y de la deficiencia idiomática, tiene que ser el español, que nos acerca al mundo". Digamos de paso que Benítez conocía el guaraní al dedillo y lo hablaba con fruición.

         Es de preguntar si desde 1956, año en que apareció la edición por mi conocida de ese libro, las cosas han cambiado. Un juicio sobre el nivel de la enseñanza universitaria, expuesto por José Carlos Rodríguez Alcalá, contenía críticas que desataron una intensa polémica, la cual no bastó para disimular el deprimente estado de nuestra universidad. Es odioso poner el dedo en la llaga, pero la mejor terapia es la verdad.

         La única razón por la cual toco al pasar la cuestión universitaria es el propósito de relacionarla con nuestra aptitud lingüística, que tiene, como salta a la vista, directa influencia en el grado en que seremos capaces de asimilar las disciplinas que basamentan la cultura.

         El Paraguay ha tenido varias constituciones y seudo constituciones. Ninguna ha sido escrita en el idioma que tanto encomian nuestros compatriotas amigos del guaraní compulsivo. Pues bien, ¿por qué los distintos cuerpos normativos supremos de la nación, fuera cual fuese la época de su sanción, no han colmado esa aspiración de los activistas garantizantes? La respuesta se impone por su obviedad: el idioma guaraní es ajeno a los conceptos del derecho.

         Podrá haber traducciones guaraníes del estatuto fundamental de la República, pero jamás recogerán con prolijidad ideas cargadas de sutileza y precisión, que los idiomas cultos se bastan para trasuntar. Esas traducciones guaraníes contendrá de seguro palabras de significado recóndito, descifrables por una élite de hablante de un idioma poco manos que misterioso, pero el público grueso, aunque este habituado al guaraní y provisto de conocimientos jurídicos, quedara en ayunas.

         Un político de nota, enternecido cada vez que saltaba al tapete el guaraní, aseguraba que la palabra "constitución" tenía su equivalente en la lengua nativa: cuatiá guazú, discreto lector hará el comentario que cuadra a esta admirable inspiración filológica.

         Ahora bien, si un país que se dice bilingüe es capaz de verter solamente a uno de sus dos idiomas oficiales toda la masa de conceptos filosóficos y jurídicos inherentes a una constitución, dígase cuál será el valor de uno y otro. La semántica sobrepasa con creces el léxico de nuestro idioma autóctono.

         A esta altura de mi alegato, es imperativo insistir en algo ya dicho: nadie es enemigo de que los paraguayos hablemos el guaraní, ni que esta lengua sea enseñada en escuelas y colegios, ¿Cómo podría ser de otro modo, cuando los propios estadistas paraguayos jamás prescindieron de ese recurso esencial de nuestros políticos?

         Manuel Gondra, el único paraguayo dos veces elegido (de veras) presidente de la República, hablaba un fluido guaraní, pese a haber nacido en Buenos Aires algunos dicen que en Villeta, y era un entusiasta estudioso de esta lengua. Son célebres sus conversaciones con la gente del campo, en las que chispeaba el gracejo del paraguayo típico. Superfluo sería decir que sea intercambio sólo era posible con el uso de la lengua autóctona.

         Otro presidente de la República, oriundo de Corrientes, Luis A. Riart, poseía el idioma nativo a la par del más erudito de los guaranizantes. Desempeñando la cartera de relaciones exteriores, se hallaba en Buenos Aires cuando estaba a punto de concertarse el armisticio del 12 de junio de 1935, que habría de poner término a la guerra del Chaco. Cuando se comunicaba telefónicamente con el presidente Eusebio Ayala, instalado en su despacho de la casa de gobierno, ambos solían conversar en guaraní, para despistar a posibles espiones de la conferencia de paz, de la que formaban parte delegados de varios países americanos.

         Policarpo Artaza, político paraguayo también natural de Corrientes, escribió en guaraní la letra de la polca 18 de octubre, que hasta hoy entonan los trovadores populares.

         Ni políticos, ni científicos, ni profesores y profesoras, ni mucho menos el ilustrado clero paraguayo, han desdeñado jamás el guaraní. Sería, pues, falaz cualquier epíteto como el de "extranjerizante", por ejemplo, si no se lo endilgara a gente culta de nuestro país, por ser afecta al idioma que a los paraguayos nos dará acceso a las manifestaciones superiores del espíritu.

         Hay de por medio, en la distancia que separa al devoto del Cacique Caracará y el cultor de Cervantes, algo más que la frivolidad del prestigio intelectual. Lo que está en la balanza es, nada menos, la enjuria cultural de un pueblo que puede aspirar a mucho, pero al cual pareciera que se lo quisiere mirar como a una revivencia de las tribus selváticas.

         La oposición de hispanófilos y abogados del guaraní no se reduce, pues, a una cuestión académica, en la que sólo están comprometidos expertos en lenguas, sino que la suerte misma del Paraguay está en juego, según como se resuelva la disputa. La trascendental cuestión que deberemos dirimir es ésta: ¿contará nuestro país con un idioma que haga de él, a la vez, receptáculo y foco de ilustración, o limitará su instrumental elocutivo a uno que aún no ha sobrepasado la prehistoria?

         La responsabilidad de los docentes no queda circunscripta al campo de la lingüística, sino que se extiende a todas las ramas del saber, pues su autoridad, emanada de la rectoría que ejercen sobre la inteligencia paraguaya, influye poderosamente en la formación y el comportamiento del pueblo.

         Doy por cierto que todo queremos para nuestro país. Me pregunto, entonces: ¿aceptaremos, como obra de la fatalidad, quedar desgajados del mundo exterior, por no disponer de un eficaz vinculo que nos ligue con otros países?. Si ese aislamiento llegara a sumirnos en el limbo de la historia, ello sería la antesala del fallecimiento de nuestra nación.

         Cuando a comienzos de este año 2005, el Club liberal Eligio Ayala - Raúl Casal Ribeiro, ofreció un homenaje a José Antonio Ayala Arana, primo de Eligio Ayala y sobrino de Alón, que presentó su libro: "Liberalismo. Exégesis de su evolución histórica", me solicitó que no olvide a un gran ciudadano, intelectual, liberal y periodista: José Fernando Talavera. Yo, tuve el honor me dijo de escribir el prólogo del libro de Talavera: "Herminio Giménez". También el Dr. Manuel Pesoa, asistente al acto tuvo la misma inquietud. Transcribo a continuación, el discurso pronunciado por Don José Antonio Ayala, en esa ocasión:

 

         Don Mariano Llano, señoras, señores.

        

         Debo confesar que estimo en su verdadera y valiosa dimensión este emotivo homenaje que me rinden por mi labor ciudadana cumplida en el decurso de mi vida política, de lucha indoblegable contra el bastión de la soberbia de un déspota que asoló nuestra Tierra por más de tres décadas. Y acepto tan valioso homenaje en memoria de otros luchadores por la libertad y el bienestar de nuestro pueblo, que hay reposan en la epopeya de la inmortalidad.

         En esa larga noche de la Tiranía, nos aferramos a nuestros ideales libertarios que nutren el historial inmanente del liberalismo Paraguayo. Supimos en todo momento y en todo trance lucir los fueros de esa tradición sagrada que nos legaron nuestros gloriosos antepasados. El 4 de noviembre de 1956 marca el jalón más alto de nuestro accionar libertario. Llegamos hasta la misma madriguera de la Tiranía, en desafío mortal y sin otras armas que el bagaje de nuestros ideales ciudadanos de reconquistar la LIBERTAD para un pueblo humillado y sojuzgado. Lideraba el movimiento revolucionario contra la Tiranía el héroe de la guerra del Chaco, condecorado en los campos de batalla, General Alfredo Ramos.

         Y AQUI, QUIERO HACER UNA BREVE PAUSA, PARA PEDIR A ESTA HONORABLE ASAMBLEA DE HOMBRES LIBRES, QUE NOS PONGAMOS DE PIE Y EN PROLONGADO APLAUSO, RINDAMOS UN HOMENAJE A ESTE VALIENTE HEROE DE CIEN BATALLAS Y SUS ACOMPAÑANTES CIVILES Y MILITARES QUE OFRECIERON SU VIDA POR LA LIBERACIÓN DE SU PUEBLO Y LA DIGNIFICACIÓN DE LA PATRIA PARAGUAYA.

         Nosotros tuvimos en la ocasión antes referida el honor de jefaturas el elenco civil. No obstante la santidad Redentora de nuestra causa, la Divina Providencia no pudo contra el reino del Despotismo!!!

         Posteriormente, otras insurgencias importantes como la de Itá Enramada en 1960 y de Browser (República Argentina).

         En ese evento se aprobó un nuevo programa - ideario del Liberalismo en base a las nuevas ideas, y principios actualizados de la época.

         El libro de mi autoría que hoy se presenta en esta sala, trasunta las nuevas ideas y principios del liberalismo, actualizados en la aplicación del sistema en el mundo, toda vez que el liberalismo se halla inspirado en la FILOSOFÍA DEL HOMBRE. QUIEN LO LEA QUISIERA NO LO CONSIDERA COMO UNA MERA EXPOSICIÓN DOCTRINARIA, SINO COMO UN AMANECER QUE ILUMINA EL CAMINO DEL COMPAÑERO DE RUTA.

         Los colorados colaboradores y patrocinantes del Stronismo, aún siguen usufructuando el gobierno del país como herederos del Tirano, pero su DECLINACIÓN SE ACELERA, POR ESO EL LIBERALISMO DEBE COHESIONAR SUS LEGIONES Y UNIFICAR SUS FUERZAS PARA REIVINDICAR LOS FUEROS DEL PODER, EN AREAS DEL REENCUENTREO CON NUESTRO DESTINO CIVILIZADOR.

         Coherente con ese propósito, se hace ineludible volver a nuestras fuentes históricas, comenzando por retomar nuestro nombre primigenio de Gran "PARTIDO LIBERAL", SIN ADITAMENTOS NI RETOQUES DE MAQUILLAJES OCASIONALES, ESO SERA DE UN VALOR SIMBÓLICO DE TAL MAGNITUD QUE SIGNIFICARA NADA MENOS QUE VOLVER A NUESTRO HONTANAR HISTÓRICO, EN LA EVOCACIÓN DE NUESTROS PROCERES JOSE DE LA CRUZ AYALA (ALON), ANTONIO TABOADA, FACUNDO MACHAIN, EDUARDO VERA, MANUEL GONDRA, CECILIO BAEZ, ELIGIO AYALA, EUSEBIO AYALA Y OTROS PROMINENTES ADALIDES DE LA DEMOCRACIA Y DEL CIVISMO PARAGUAYO, Y QUIENES DESDE SUS TUMBAS GLORIOSAS NOS MANDAN A LOS LIBERALES EN ESTA HORA DRAMÁTICA DE NUESTRA VIDA NACIONAL, QUE NOS PONGAMOS DE PIE ANTE LA ANTIPATRIA ADUEÑADA DE NUESTRO DESTINO, Y RETOMEMOS EL CURSO DE NUESTRA HISTORIA PARA CUMPLIR EL LEGADO LIBERTARIO Y DE GRANDEZA QUE ELLOS NOS DEJARON Y QUE DIGNIFIQUE NUESTRA POSTERIDAD.

         ASI SEA

 

         He cumplido con los pedidos de Ayala y Pesoa. Estoy presentando mi libro "Fernando Talavera" a consideración de todos Uds.

 

 

 

CAPÍTULO 6

 

SU FALLECIMIENTO EN EL 2004

 

 

         La vida del ser humano se asemeja mucho a los árboles. A medida que los años pasan se vuelven viejos caen y mueren.

         La muerte palabra tan temida por muchos y deseada por otros, llega por lo general al ocaso, al final y en ese acompañamiento a la última morada, le decimos al muerto que descanse en paz....

         Pero no todos los árboles por más frondoso que sean llegan al final...

         En el transcurso de la vida, puede caer un rayo, o un desmonte o cuantos sucesos imprevistos.... y así también el hombre como el árbol puede ver su vida truncada por el destino, por un hecho fatal...

         El periodista José Fernando Talavera Pérez llegó al final, hasta el último suspiro, consagrando su vida a la verdad y lealtad. Como el árbol murió de pie, cumpliendo con el ciclo de la vida.

         Otros periodistas como Santiago Leguizamón, o el argentino Cabezas, fueron secuestrados y asesinados. Son los sucesos imprevistos de la vida.

         Fernando ya al final del 2004, se sentía muy enfermo, reconfortado por la compañía del hermano, especialmente de sobrinos y amigos.

         Tito fallece el 25 de diciembre del 2004 acompañado de sus seres queridos. Fue enterrado en el panteón familiar de los Talavera. Nutrido acompañante en su velatorio y en su entierro. Calificados amigos, periodistas miembros del partido liberal pronunciaron los discursos en medio de la congoja popular.

 

 

 

 

 

 

 

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