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ANTONIO V. PECCI


  APROXIMACIÓN AL MUNDO ROABASTIANO - Ensayo de ANTONIO V. PECCI


APROXIMACIÓN AL MUNDO ROABASTIANO - Ensayo de ANTONIO V. PECCI

APROXIMACIÓN AL MUNDO ROABASTIANO

Ensayo de ANTONIO V. PECCI

 

Si bien el acceso al escritor nunca fue enteramente fácil, como a otros escritores, poetas y músicos compatriotas residentes en Buenos Aires y otros sitios del exterior, sin embargo, desde la tarde de octubre de 1968 en que junto a Carlos Saguier lo conocimos en el departamento del compatriota Edgar Valdés sostuvimos con él una relación fluida y sin rispideces hasta el final de sus días en el 2005.

En aquel momento nos recibió con afecto, al igual que -en distintos momentos- el creador de la Guarania, José Asunción Flores; el poeta Elvio Romero y el crítico literario Edgar Valdés, entre otros. Era el 'Paraguay del exilio'

Ese encuentro se verificó en el austero departamento de Valdes, un monoambiente en la calle Tucumán en que cabían 2 sillas, una cama, una pequeña biblioteca y una mesa. Típico departamento de soltero. Carlos y yo estábamos nerviosos y tensos por el encuentro con un personaje que sabíamos importante. Edgar nos ofreció las dos únicas sillas y trataba de calmarnos, "es un tipo macanudo" decía. Cuando llegó Augusto, nos pusimos de pie y luego de los saludos, le ofrecimos una de las sillas. Pero, en un gesto que lo pinta de cuerpo entero, nos pidió que siguiéramos ocupando nuestros asientos y se acodó en la cama, con sencillez, aunque en una posición obviamente incómoda. No sabíamos cómo empezar la conversación, luego de la amable presentación por parte de Edgar. Entonces Roa luego de las preguntas de cómo estaban las cosas en Paraguay, a lo que respondimos con monosílabos, habló de la situación argentina-se vivía bajo la dictadura del general Onganía- en términos generales y de pronto usó un término que nos sorprendió, algo así como "aquí la cosa está enquilombada" con una sonrisa irónica. ¿Un escritor importante, usando un vocablo del argot popular? Pero surtió efecto, pues nos reímos, se rompió el hielo y la conversación transitó por carriles más relajados por espacio de una hora.

 

EL DEPARTAMENTO DE LA CALLE PANAMÁ

Por ésa época procesábamos en los Laboratorios Alex de la capital porteña la primera versión del mediometraje "El Pueblo", que en base a una idea de ambos y guión y dirección de Carlos Saguier, lo filmamos a lo largo de seis meses del 68 en distintos lugares del interior de nuestro país, como Tobatí, Capiatá, Aregua, Itauguá, ensayando una visión crítica sobre el estado de estancamiento y repetición de un modelo de vida sin horizonte, fundamentalmente del mundo campesino. Un mediometraje de ficción pero también con algo de documental, dentro de lo que podría denominarse `cine de autor', bajo el sello de Cine Arte Experimental. Para Roa, Flores, Elvio, Edgar, veteranos exiliados, esas imágenes resultaron impactantes, al igual que la calidad visual de las mismas. Roa se entusiasmó a tal punto que concurrió varias veces al departamento donde parábamos para asistir a la proyección casera del film de 16 mm. que estaba en proceso de edición, ya que contábamos con un proyector. A todos y a él en particular, le fascinaban las imágenes de esos rostros curtidos por el sol, la intemperie y el sufrimiento así como el paisaje de las comunidades rurales, el aire que se respiraba.

Incluso nos acompañó a los Laboratorio Alex, por donde transitaban los directores, actores y figuras del cine argentino y países vecinos para presentarnos a varios de ellos, como Lautaro Murúa, Leonardo Favio, Leopoldo Torre Nilson, Alfredo Alcón, Pino Solanas, Isabel Sarli, Manuel Antín, Armando Bó, Nicolás Sarquis y otras figuras conocidas que se acercaban para saludarlo hasta el rincón del amplio salón donde estábamos. Comprobamos que era ya una figura conocida y tratada con respeto y admiración, algo que nos sorprendía.

Se hallaba ya en pleno proceso de escritura de “Yo, el Supremo”, por lo que su tiempo para conversaciones y encuentros era limitado y el acceso a su departamento de la calle Panamá, custodiado por su fiel compañera de esos años Amelia Nassi Hanois, muy restringido. Aún así tuvimos el privilegio de ser invitados en varias oportunidades, para charlar sobre cine, arte y literatura, pero, principalmente, sobre lo que acontecía en Paraguay, en esa 'isla rodeada de tierra' oprimida por la dictadura, siempre en un tono esperanzador.

Al año siguiente, en octubre de 1969, en que luego de la visión de una primera edición de la película el año anterior, en base a las opiniones y críticas recibidas de él y otros amigos, volvimos a filmar nuevas escenas, retornamos a Buenos Aires a finalizar la edición la película. Entonces, Roa fue uno de los principales animadores para que realizáramos una exhibición privada en el microcine de Laboratorios Alex en pleno centro de Bs. As. para unas 80 personalidades del cine, el periodismo, el teatro y la literatura, lo que nos valió algún espacio en la prensa. Además del renovado apoyo de Flores, Elvio, Edgar y Roa que asistieron y estaban orgullosos de poder presentar a sus colegas argentinos un producto artístico innovador surgido de la mano de un equipo joven en el país. Para Augusto era su manera de apoyar a la juventud de su país, una constante que mantendría a lo largo de las décadas siguientes. Y que se materializaría en los talleres literarios y encuentros con jóvenes que protagonizaría en Asunción desde mediados de los 60 y en distintos momentos de los años 70, en visitas toleradas y que finalmente le valieron la expulsión en abril del 82 "por intentar adoctrinar a la juventud con ideas ultramoscovitas".

Me consta que ese apoyo fue dado a otros numerosos jóvenes, de manera desinteresada, aunque con discreción, en parte por su carácter reservado y también por el cuidado que ponía en no exponer demasiado a sus visitantes al control de los agentes secretos de Stroessner que pululaban en la gran ciudad.

Un cuidado que se extendía en las cartas que enviaba al país, con distintos remitentes, para no comprometer a quien las recibía.

Me tocó recibir algunas de ellas, desde Buenos Aires y otras desde Toulouse. Y en alguna oportunidad hice de correo para alguna carta que él deseaba enviar a sus familiares en Asunción.

Cuando se enteró de los ataques despiadados que recibió nuestra película "El Pueblo" luego de su estreno en noviembre del 69 en Asunción por parte del diario 'Patria' y la audición 'La Voz del Coloradismo' en cadena radial, ambos voceros del régimen stronista, se sintió hondamente preocupado y nos envió palabras de aliento, sabedor del peligro que corríamos.

 

EL ESCRITOR

A fines de los 60, cuando lo conocimos, era ya un hombre de prestigio en los círculos literarios, la universidad y la prensa argentina. Esto se debió en gran parte al premio del Concurso Internacional de Novela de Losada 1959, el más importante de Latinoamérica en la época, que lo da a conocer al gran público del país y del exterior en los 60 con su novela "Hijo de hombre". Su fama venía antecedida por su primer libro de Cuentos "El trueno entre las hojas", 1953, que llama la atención de la crítica y es llevada al cine por la dupla Armando Bó-Isabel Sarli; crece con las sucesivas ediciones ele cuentos como, " El baldío" 1966; "Los pies en el agua", 1967; "Madera quemada", 1967; "Moriencia", 1969, "Cuerpo presente y otros cuentos", y junto con la novela ya citada tiene gran repercusión en un momento en que la industria editorial argentina tenía una enorme presencia a nivel nacional y continental.

Coincidiría también esto con el auge de la nueva narrativa latinoamericana a nivel internacional de la mano de autores más jóvenes como Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes en lo que sería denominado el "boom latinoamericano". Roa apreció ese hecho como positivo, que prefería denominar como "nueva novela latinoamericana", pero no se sintió parte del mismo y, sobre todo, de la estrategia de marketing de las editoriales que buscaban convertir al libro y a su autor en vedettes de los medios de comunicación, con interminables giras, charlas, entrevistas en televisión y diarios. Que podía significar la venta de miles de ejemplares, jugosos derechos de autor y el compromiso de producir nuevos títulos a la brevedad. Se entraba en la etapa del libro-mercancía, del 'best-seller' manejando por las multinacionales. En ése sentido opinará: «Creo que las estructuras de producción capitalista anexaron a su engranaje ciertas formas del trabajo artístico (como el plástico y el literario, en particular) y que a partir de entonces el autor comenzó a sufrir todas las presiones y deformaciones que el capitalismo suele imponer a sus productos de consumo masivo. Ciertas editoriales abandonaron sus pautas tradicionales y formaron trusts y constelaciones que giraron en torno de los grupos económico-financieros movidos por el gran capital. Para decirlo de un modo más allano, adhirieron a las multinacionales».

Para Roa como para Sábato, Borges, el mexicano Rulfo, Jorge Amado, Benedetti y otros autores destacados, la creación de una obra genuinamente literaria era suficientemente delicada como para que pudiera ser pautada de antemano y por contrato. Por lo demás, una vez terminado el texto, el autor lo entregaba a la editorial y ahí acababa su vínculo con la misma. En adelante el volumen tendría que defenderse solo ante los lectores. Dirá de sí mismo: "En cuanto a su ocupación más estable, al parecer su verdadera vocación, la literatura, cree seriamente que ella es en lo esencial una manera de vivir, una manera de actuar, es decir, una manera de realizarse, de ser."

Por eso afirmará de manera recurrente que no es un escritor 'profesional', cuya figura prototípica es la del escritor de best seller que escribe para el mercado, aspira a estar en la lista de los más vendidos y lucha con uñas y dientes para aparecer en las tapas de los suplementos culturales.

Lo que lo llevaba a ser un crítico del autobombo, del figuretismo.

Privilegiaba los lazos con sus pares, por encima de líneas políticas o de competencias por premios o espacios. Un día un escritor argentino le diría: "Todos hablan bien de vos, cómo haces?" A lo que respondió que él simplemente se hacía a un lado para no estorbar al otro, para darle paso a los que venían a toda marcha a posicionarse al frente. Igualmente detestaba los clanes o `capillas' literarias formadas en razón de amistad o por cuestiones ideológicas. Como me dijo en una oportunidad, detestaba a "aquellos grupos de escritores que instalados en el camino, agarrados del brazo entre sí impiden cl avance de los más jóvenes".

Apostaba por un tipo de escritor que además de sus códigos estéticos debía tener una ética de cara a la literatura y la vida.

 

DON LUCIO Y LAS HERMANAS

De manera particular recuerdo el sobre que me entregó en los 70 con una carta destinada a su padre. Y de la que hice entrega en propias manos al destinatario, lo que me permitió conocer a don Lucio Roa, su padre, en la casona de estilo colonial de la avenida Mariscal López casi República Argentina, antigua residencia del Obispo don Hermenegildo Roa, donde el escritor viviría parte de su infancia, su adolescencia y juventud como estudiante. En esa conversación con don Lucio, que frisaba los 80 años, pero se mantenía lúcido y de buen ánimo, conversamos largo sobre su hijo, de quien me enteré entonces, lo apodaban familiarmente "Totí", con acento en la i, de quien hablaba con afecto. Luego tendría oportunidad de conocer a sus hermanas, Emilia y, sobre todo a Rosa, "Manení", a quien me tocó transmitirle saludos en varias oportunidades a mi vuelta de algún viaje en contacto con él, ya que Augusto mantenía excelentes relaciones con ambas. Al esposo de Rosa, don Sindulfo Escalada, que trabajaba en la escribanía Casablanca, en los 80 llegué a llamarlo periódicamente para requerirle novedades sobre Roa. A lo que don Escalada correspondía con llamadas al diario para comunicarme alguna novedad o pedirme que pasara por su oficina para transmitirme alguna preocupación de Augusta, desde Madrid o Buenos Aires.

Así conocí a parte del círculo familiar más cercano del escritor, alimentado luego por los frecuentes contactos que mantuve con ellos a lo largo de todos estos años interesados siempre en la situación del mismo.

Se ha fantaseado mucho sobre sus padres con afirmaciones tipo 'el padre, hijo de un brasilero'. La realidad, según las fuentes y documentos familiares es que la madre, Lucía Bastos Filisbert , era hija de un portugués y una francesa afincados en Asunción, gente de clase media venida a menos a raíz de la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870), pero que transmitieron a su hija, nacida hacia 1880, una dosis de cultura literaria y musical que ella transmitiría a su vez, a sus hijos.

En cuanto a don Lucio Roa, (189..,-197..), era hijo de padres campesinos que vivían en Carayao, departamento de Caaguazú, a unos 180 kilómetros al este de Asunción, con quienes trabajaría la tierra hasta venir al seminario siguiendo los pasos de su hermano Hermenegildo en el deseo de hallar un destino mejor. Pero renunciaría habiendo recibido ya las órdenes menores, dedicándose a diversos oficios como la enseñanza hasta recalar en Iturbe como empleado del ingenio azucarero que se estaba estableciendo en dicho lugar.

De la unión de Lucio Roa y Lucía Bastos nacerían Augusto, Emilia, Rosa y Lucio, hijo. Al momento de editarse este libro sólo vivía Manení.

 

PAREJAS E HIJOS

Como en uno de sus relatos de ficción sobre el milico pueblo de su infancia, Manorá, fui conociendo de a poco a sus parejas y a sus seis hijos, de modo disperso y azaroso. A quien primero conocí fue a la cordobesa Amelia Nassi, a mediados de los 60, su compañera argentina por casi 13 años desde 1965 hasta 1978-, con quien no tuvo hijos. Persona afable, editora de literatura para niños, a quien veíamos tiritar con cariño y cuidado a Augusto, un hombre al que amaba y al que sin duda, también admiraba. Fue como diría Mirta Roa, 'la Suprema', pues en esos años y a su lado, el escritor acometió la aventura más difícil y exigente de toda su carrera literaria como sería la escritura de "Yo, el Supremo". Esa obra que el crítico uruguayo Ángel Rama definiría como 'Un monumento narrativo'. Y Wladimir Krysinsky, crítico polaco-canadiense como un texto narrativo, “modelo de modelos, o si se prefiere, el punto de fuga de la novela moderna".

En sus varios viajes a Asunción, Amelia acompañó a Augusto con calidez y discreción, sabedora de que estaba en un medio distinto al suyo y que la figura central para sus compatriotas era Augusto. Compartía los encuentros y cenas, revelándose como una persona conversadora, educada, culta y sin la petulancia que se adjudica a algunos argentinos. Eso le granjeó la sincera amistad de quienes la Tratamos aquí y en Buenos Aires. Ella era completamente consciente de la enorme tarea que se había impuesto su compañero y estableció por esos años un severo filtro de visitas al departamento, de modo que no entorpeciera la labor cotidiana que instalado en su "sillón frailero" desarrollaba Augusto con paciencia y tenacidad de orfebre, produciendo página tras página en su máquina de escribir, de la novela que iba dejando caer al suelo y que sería objeto de interminables correcciones. En total, diría Roa después, reescribiría unas 10 veces el texto original hasta su publicación en 1974.

Luego conocería a Augusto Roa Duarte (1956-2005), el hijo de una relación que había tenido el escritor con bita Duarte Red. Mostraba una especial preocupación por él, al punto que lo trajo a Asunción hacia el año 70 para alejarlo de `las malas compañías' y sobre todo del peligro de la droga, una moda que comenzó a ser masiva en la capital porteña. Augustito vivió en Asunción un año, bajo la virtual tutela de Tony Carmona y Enrique "Taca" Chase, quienes estaban unidos por una entrañable amistad con el escritor. Así que tuve ocasión de conocerlo y charlar en varias oportunidades con Augustito, como es recordado por quienes lo conocieron. Era como muchos jóvenes, afable, de buen carácter y noble corazón, conversador ameno, quizá con las perplejidades propias de un joven ante un mundo que estaba en profunda crisis, por efectos de la Guerra Fría, del conflicto de Vietnani, de los súbitos cambios culturales y el protagonismo rebelde de una juventud que buscaba un destino diferente. Vuelto a Buenos Aires, sin embargo, tendría que emprender su camino del exilio en 1976 yendo a afincarse en Suecia, donde fallecería en el 2005. Me tocó conocer a su madre, Lita, ya en su etapa otoñal, regresada al país, esa mujer que acompañarla a Roa en los pequeños encuentros sociales con José Asunción Flores, Oscar Clérici, Obdulio Barthe y en conciertos memorables como el estreno de "Marra de la Paz" en Rosario a principios de los 60.

Ya en 1984 conocería en Toulouse, a su última compañera, la franco-española, Iris Giménez, quien había sido alumna de Roa en los cursos de Guaraní en la universidad del mismo nombre, donde ella misma era profesora de la cultura Náhuatl en la citada casa universitaria. Aproximadamente desde 1979 se unirían en pareja y tendrían tres hijos, Francisco, Silvia y Aliria, los cuales conocerían también Asunción en diversos momentos. La relación con iris Giménez terminaría a mediados de los 90, entre otras razones, por la decisión tomada por Roa de radicarse en el país.

Ya en Asunción y luego de producirse el deceso del gran escritor, me tocaría conocer a su primera esposa Lidia Mascheroni, que ya promediando los 80 años se mantiene lúcida, amable y muy activa. Era su novia de los arios juveniles de Iturbe, con la que se casaría en Asunción a principios de los años 40 y con quien tendría tres hijos, Carlos Alberto -fallecido a los dos años- Mirta y Carlos. Junto con ella y la pequeña Mirta afrontaría cl duro camino del exilio a Buenos Aires en el 47. Confirmando el aserto médico de que la mujer sobrevive a su pareja, es evidente el hecho que todas las mujeres que fueron compañeras del escritor le sobreviven. Otro rasgo curioso es el afecto que todas le profesaron aún estando separadas. Hecho que se verificó cuando Roa tuvo reta delicada operación del corazón en el Sanatorio Favaloro en enero de 1999, en que varias de ellas se hicieron presentes o enviaron mensajes. Y los hijos igual. Por lo demás, todos ellos están conectados entre sí en una relación fluida, vía mail, cartas y encuentros, en una iniciativa que lidera Mirta Roa y que tiene al Paraguay de su padre como el centro de ése cruce de comunicaciones que se da entre Asunción, Buenos Aires, Caracas, Toulouse, Estocolmo. Y al que se incorporaron varios nietos también. Y que apuntala la reciente creación de la Fundación "Augusto Roa Bastos" con sede en Asunción.

 

EL EXILIO

La revolución del 47 y su ida al exilio constituyeron, posiblemente, además de la experiencia chaqueña, la experiencia más traumática de su vida. Roa como periodista, ejerce desde el diario El País, sobre todo en los años 46­47 una posición de apoyo a la postura democratizadora. Y ve como el principal enemigo de ese proyecto a Natalicio González por entonces Ministro de Hacienda. Hacia él dirige sus principales dardos, ya que lo visualiza como el líder político que se opone a dicho proyecto. Como efectivamente se comprobará en enero del 47. Es hacia él específicamente y hacia el gobierno de Morínigo, a quien enfila sus punzantes artículos editoriales y también las columnas que escribe con el seudónimo de "El viejito del bandoneón" en dichas páginas, lo que le acarreará la furia del gobierno y, en particular, del dirigente derechista, lo que provocará su ida al exilio, luego de permanecer unos meses asilado en la Embajada del Brasil en Asunción. Pronto se le reunirían su esposa Lidia y su pequeña hija Mirta y comenzaría la búsqueda angustiosa de un trabajo.

 

BREVE RETRATO DEL HOMBRE

Como ya he afirmado, resulta difícil describir a un hombre a quien uno conoció de cerca y de tanto prestigio, que dio origen a numerosas leyendas, alimentadas a veces por él mismo, sin importar si reflejaban la realidad o no. Estaba siempre en un juego de inventiva, muchas veces buscando sorprender a su interlocutor, lo que habla del costado de humor que tenía. Un ejemplo. Unos amigos porteños me comentaron en una oportunidad que en una entrevista con Tomás Eloy Martínez, Augusto, hablando de su infancia, comentaba que recién usó zapatos a los siete años cuando vino a Asunción para iniciar la primaria. Dato que chequeé con las hermanas, quienes conocedoras del espíritu burlón de Augusto, me dijeron: 'No, no es verdad, si nuestro padre trabajaba bien en la azucarera en Iturbe, por supuesto que teníamos zapatos desde pequeños'. Espoleado por la curiosidad tiempo después abordé a Augusto y le pregunté si él había hecho esa afirmación alguna vez. Me adivinó la intención y la certeza que ya tenia y me dijo sonriente: "Sí, en un diálogo con Tomas Eloy,Martínez". Pero, alegué, "tus hermanas dicen que eso no es cierto". Sonriendo me contestó: "Caro que no". "Entonces, ¿por qué lo dijiste?". Riendo de buena gana me contestó: "Porque a los porteños les encantan esas historias". De modo que cualquier investigador que aborde su biografía, debe estar preparado para una tarea sumamente delicada, ya que el propio autor se encargó de dispersar numerosas pistas fantasiosas sobre su vida.

Cuando él estaba interesado en relacionarse le gustaba desarrollar con su interlocutor un diálogo de tono sencillo y directo, sin adoptar poses profesorales. Y era receptivo. Escuchaba lo que el otro decía y trataba de ubicar el punto focal de la conversación, exponiendo su tremenda erudición con delicado tacto. Era consciente del espesor de la idea, de su influencia social. Su hablar pausado, de frases pensadas y en un estilo muy dialogante, hacía de cada charla con él, una cálida experiencia, y en muchos casos, el valor agregado de una cátedra. Lo que producía un efecto cautivante en el otro. En cambio, si no era de su interés la persona, la hacía corta. Firme, aunque cortésmente, alegaba tener otro compromiso, sobre todo cuando era abordado intempestivamente. Y se escabullía. Así fuera un magnate o un ministro. Le gustaba ejercer control sobre sus tiempos y las amistades posibles. Era, además, un maniático de la puntualidad. En una oportunidad me dijo en guaraní: `che niko la je atrasáro cinco minuto ja hetáma hína' ("yo, si me atraso cinco minutos, ya es mucho".). No sé si era un dato sobre su carácter o una sutil advertencia a mí mismo, por mi reconocida impuntualidad.

Junto a su aspecto exterior de hombre sencillo y tímido, se percibía una persona segura y con aplomo. Alguien que había sabido encajar experiencias hondas y difíciles como la guerra del Chaco, la revolución del 47 y el exilio. Aún así esa forma de ser cauta y un tanto distante le granjeó algunos pocos adversarios entre la colectividad paraguaya.

 

VIDA COTIDIANA

Con respecto a su vida privada era celoso de la misma y de su hábitat, cuyo umbral no era fácil trasponer. Facilitado además por el hecho de que en Buenos Aires los encuentros se dan en bares y restaurantes, no en la casa. Con todo, tuve ocasión de visitarlo varias veces en su departamento de la calle Panamá 929 muy cerca de la calle Corrientes, a la altura de la estación de subte Ángel Gallardo, cerca del parque Centenario. Previa invitación suya siempre. Vivía en el noveno piso, en un apartamento de dos ambientes, cocina y baño, denotando un nivel muy austero, con pocos adornos. Si bien le gustaba estar a solas, ya que su tarea de novelista se lo demandaba, no era un solitario. Por el contrario, cuando iba a un encuentro o a una charla, aparecía como un hombre sociable y cálido. No fumaba ni tomaba alcohol y era muy medido en la comida. En cuanto a su forma de vestir gustaba usar polera y saco cuando iba a algún encuentro, entrevista o dictar charlas. Pocas veces lo vi usar traje, lo que estilaría en su etapa europea.

Le gustaba levantarse muy temprano, como a las 6 de la mañana y leer. Tenía fama de ser un lector voraz y metódico. Luego, como a las 8, cuando se levantaba su compañera, Amelia en ese entonces, desayunaba un té con tostadas. Y luego se ponía a escribir con intenso ritmo. En una ocasión, me dijo que había reescrito diez veces el texto de "Yo, el Supremo”. Le pregunté que cómo lo hacía, pues se trataba de un manuscrito de unas 400 páginas. Sonriendo me contestó que se las había ingeniado, usaba tijera y engrudo, de modo que no copiaba toda la página a ser sustituida, sino aquel fragmento nuevo, que procedía a pegarlo en la página con la eficaz ayuda de su compañera.

Uno de los objetos que exhibía con satisfacción era el premio al mejor guión que le fuera concedido por "Hijo de hombre" en el Festival de Cine de San Sebastián, España, que delataba su pasión por el cine. Por supuesto, contaba con una nutrida biblioteca, su máquina de escribir, y, entre otras cosas, algo intrigante: un bombo leguero. Que lo tocaba, según me cuentan, cuando se sentía muy feliz o lo visitaba algún amigo querido. Era de todos modos un signo visible de su gran amor y sensibilidad hacia la música popular. En su juventud tocaba guitarra y llegó a cantar a dúo en alguna emisora asuncena. "Yo cantaba horrible" diría con sorna sobre sí mismo. Su ídolo musical paraguayo era sin duda José Asunción Flores, el creador de la Guarania, cuyos proyectos musicales acompañó muy de cerca en la capital porteña, brindándole materiales para escribir el argumento del ballet sinfónico "Ñanderuvusu", reescribiendo argumentos de otras guaranias sinfónicas e incluso, haciendo nuevas versiones de temas populares como “Arribeña resay”. Llegó a colaborar estrechamente con Flores en los años 50 en conciertos como en el Teatro Politeama (1954) sobre la calle Corrientes e incluso a acompañarlo en el concierto que a principios de los 60 dirigió el Maestro en el Teatro El Círculo de Rosario, donde estrenaría "María de la Paz", suite sinfónica, cuyos textos para el programa los escribía él. En las fotos se lo ve en compañía de Flores, Jacinto Herrera, Víctor Martínez, Gilberto Rivarola, Oscar Clérici, Romero Maciel y otros. Era su lado bohemio, de disfrute con ese mundillo artístico paraguayo, de humoradas, frases picantes, recreando en parte aquellas veladas culturales que en Paraguay él gustaba frecuentar. Era su escape social también, para alguien que debía cumplir en la década de los 50 y 60 con sus labores de empleado administrativo, elaborar guiones de cine, atender su familia y su absorbente trabajo narrativo en solitario. El encuentro con esos grupos donde se entremezclaban músicos, poetas, actrices de teatro, políticos de izquierda, además, le permitía acceder al costado más vital y punto focal de esos encuentros: el Paraguay lejano. Ese territorio que aparecía cada vez más distante y lejano, por causa de un régimen que adoptaba un perfil cada vez más represivo y autoritario. Espacios que le permitían mantener vivo su relación con el idioma guaraní y la música popular.

Desde mediados de los 60, entiendo, ese ritmo cambió y se limitó bastante en esas salidas. Primero, porque era ya un escritor importante y tenía una agenda cargada de compromisos en materia de seminarios, congresos, charlas y correspondencias. Luego de "Hijo de hombre" y su labor como guionista de cine había adquirido renombre que le significaban nuevas demandas. Dictaba además varias cátedras fuera de Buenos Aires, lo que implicaba un mayor tiempo, además tenia invitaciones para viajes al extranjero. Y, también porque estaba absorto en el trabajo novelístico que él describiría como una verdadera `obsesión', la novela sobre el Dr. Francia. Al terminar la cual sufriría un infarto que por poco acaba con él. A pesar de todo, se hacía de tiempo, como en abril del 73 en que con una veintena delegación de teatristas y periodistas asuncenos fuimos a Buenos Aires en representación de la Muestra Paraguaya de Teatro, y él acudió algunas tardes a los encuentros y debates y se sumó curioso y animado a las rondas de café. Tenía un modo de ser en lo personal, amable y educado, ejercía un gran atractivo en las mujeres, lo que le granjeó una cierta fama de seductor. Como hombre y artista necesitaba, seguramente, del conocimiento de distintas experiencias humanas, de la exploración profunda de la dimensión erótico-amorosa, de sentimientos y emociones diversas para entender y crear esos personajes de ficción que encarnaban lo bello y lo perverso, las pasiones más nobles y más abyectas, toda la gama de contradicciones del alma humana.

 

RASGO SOLIDARIO

Un rasgo a destacar es que cuando las circunstancias lo requerían era enormemente solidario. Como lo evidenció en 1972, en que recurrimos a él a raíz de la prisión que soportaba el escritor Rubén Bareiro Saguier en el Departamento de investigaciones. Stroessner lo había castigado por haber obtenido el primer premio de Casa de las Américas, de La Habana, en la categoría de cuentos del año anterior. Agotadas todas las gestiones a nivel local, fui enviado por los compañeros de la resistencia cultural asuncena a la ciudad porteña con los comunicados y recortes de periódicos que en Asunción se habían producido y le informé sobre la situación. Sin ninguna objeción trazó un plan de visitas a escritores, diarios y revistas que lo cumplimos durante toda una semana con buen resultado, pues las puertas de los medios -La Opinión, Primera Plana, Clarín- se abrían ante él como por arte de magia. Y la noticia tuvo destaque. Luego me dijo: `Aquí ya no hay nada que hacer, por qué no vas a Montevideo' y ante el hecho de que no conocía a nadie me indicó que fuera a hablar con Orlando Rojas, `además yo le hablaré a Benedetti" me indicó. Y así lo hice, con buen resultado también. Es decir, había interrumpido su trabajo novelístico durante 8 o 10 días para ayudar al amigo en dificultades. Y además se había puesto a enviar cartas a escritores amigos de Europa pidiendo apoyaran la libertad del amigo. En Montevideo fui recibido fraternalmente por Orlando Rojas y señora, y luego, ya en la redacción del semanario 'Marcha' por Mario Benedetti quien indicó que se haría una nota amplia en el periódico y que él además impulsaría a través de sus amigos un pronunciamiento del Parlamento uruguayo pidiéndole a Stroessner la libertad del escritor encarcelado. Lo que efectivamente ocurrió. Así como la nota periodística sobre el caso de Eduardo Galeano. Por la presión internacional, Bareiro Saguier salió libre, y luego fue exiliado. La misma actitud tendría cuando unos quince dirigentes del Movimiento Independiente iríamos a dar con nuestros huesos en las mazmorras de la policía política en 1977 y condenados a un año de prisión en el caso titulado 'Bogado Gondra y otros'.

Roa Bastos, ya en Francia, junto a Bareiro Saguier, Line Bareiro y otros movilizarían a intelectuales y escritores solicitando nuestra libertad. Sólo así pudo lograrse firmas importantes como las de Jean Paul Sartre, Melina Mercouri, Mikis Theodorakis, Louis Aragón, dirigidas al dictador de Paraguay.

 

LOS AMIGOS

En una primera etapa los que frecuentó en Asunción en el núcleo cultural "VY'A RAYTY" (NIDO DE LA ALEGRÍA) entre los años 44 al 46. A saber, Herib Campos Cervera, Oscar Ferreiro, Josefina Plá, que les llevaba una década, Hugo Rodríguez Alcalá, Elvio Romero, menor que ellos, el dueño de casa, el pintor y fotógrafo argentino Liber Fridman y el poeta argentino también Roque Molinari Laurin que por algún problema amoroso había caído en Asunción y Sila Godoy. Los hombres eran huéspedes de la casa de Liber Fridman en Luis Alberto de Herrera casi Yegros, donde a veces luego de las largas tertulias quedaban a dormir, excepto Elvio. Y la gente del grupo teatral Ateneo Paraguayo, como Fernando Oca del Valle, Nelly Prono, Jacinto Herrera, Ernesto Báez, Mario Prono, que representaban sus obras y junto con quienes agasajó a Margarita Xirgu y su compañía que visitaron Asunción en 1944 escenificando el repertorio completo de García Lorca.

Ya en Buenos Aires se sumarían otros como el médico y poeta en guaraní Carlos Federico Abente, el músico José Asunción Flores, el pintor y jefe de diagramadores de Clarín, Andrés Guevara y de nuevo Sila Godoy, Herib Campos Cervera y Liber Fridman. Asistía con alguna frecuencia al Café Berna sobre la avenida de Mayo, frente a la plaza de los dos Congresos, donde además de los citados acudían, a principios de los '50 Oscar Creydt, Herib, Obdulio Barthe, Flores, Oscar Clérici, Elvio, Edgar Valdés, militantes del Partido Comunistas, y otros como Carlos Abente para el debate político y cultural. Por lo general, gente de izquierda.

Y el departamento de Liber Friedman y sus hermanas, un artista argentino de origen judío de buen pasar, que servía ele lugar de encuentro con Flores, Abente, Sila, a veces Elvio Romero, entre otros. Y encuentros individuales con cl abogado y novelista Gabriel Casaccia, con quien solía mantener buenas relaciones. En los '50 años dicen, gastaba las calles porteñas un cuarteto conformado por Roa, Abente, Flores y Sila.

Frecuentaba también ya a Cines de los 60 el estudio jurídico del abogado compatriota Evelio Fernández Arévalos, por quien profesó gran estima siempre. Al igual que Edgar Valdés, gran admirador de su obra, y quien lo conectaría a fines de los 60 con la generación del Movimiento Independiente Universitario, el M.I., organizando encuentros entre Roa y los hermanos Bogado Gondra, Juan Manuel Marcos, Jorge Canese, Emilio Pérez Chaves y otros en su departamento de la calle Juncal. Con esta generación desarrolló lazos muy estrechos.

Supo tener muchos amigos argentinos, entre los cuales se puede mencionar a Ernesto Sábato, Ricardo Molinari Laurín , el chileno Lautaro Murúa, el editor Gonzalo Losada, el guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1899­1974), David Viñas, Beatriz Guido (1924-1988) Amelia Biaggioni, María Rosa Oliver, Daniel Moyano (1930­1992), Haroldo Conti (1925-1976?), Juan José Saer, Noé Jitrik, Héctor Schmucler, Juan Carlos Martini, Abelardo Castillo, Horacio Salas, Daniel Divinsky, Haroldo Conti y, entre varios periodistas amigos, sin duda el tucumano Tomás Eloy Martínez ocupaba un lugar destacado.

En Uruguay frecuentó en particular a la gente del semanario "Macha", Carlos Quijano, Mario Benedetti, Marta Traba y Ángel Rama (1924-1984), el compatriota Orlando Rojas y sin duda otras figuras. Llegó a ser colaborador de dicha prestigiosa publicación.

Al igual que Venezuela, país que visitó varias veces en los 70 y donde lo tenía en gran consideración, frecuentando la amistad de Miguel Otero Silva, Soledad Mendoza, entre otros.

 

INFLUENCIAS VISIBLES

Manifestó siempre tina particular estima y respeto hacia tres figuras en particular: Josefina Plá (1909-1999), Herib Campos Cervera (1908-1953) y José Asunción Flores (1904-1972), que además, ejercieron tina fuerte influencia en él no solo artística, sino también en lo personal, en tanto figuras modélicas, como se explícita en numerosos escritos suyos. Así como el magisterio de Viriato Díaz Pérez (1875-1958). Y a lo lejos la figura de Rafael Barrett (1876-1910), a quien consideraba un notable pensador, escritor y renovador del periodismo en estas latitudes con sus famosas crónicas sociales "Lo que son los yerbales", fundadora, según él de un nuevo concepto periodístico en el río de la Plata.

Si necesitaba un hermano, ése fue Hérib ante cuya muerte, en 1953, Roa va escribir un largo poema en homenaje al amigo fallecido donde anuncia el cierre de su etapa como poeta. En sus viajes a Asunción en los 60 y 70 frecuentaba además la compañía de Oscar Ferreiro, Taca Chase, José-Luís Appleyard, Carlos Villagra Marsal, su admirada Josefina Plá, Carlos Colombino, Ticio Escobar, Olga Blinder, Jesús Ruíz Nestosa y los jóvenes del Movimiento Independiente ya citados como 'Pon' y Basilio Bogado Gondra, René Dávalos, José Carlos Rodríguez, Jorge Canese, Juan Manuel Marcos, Adolfo Ferreiro, Emilio Pérez Chaves, Line Bareiro, Juan Carlos Herken, José Nicolás Morínigo y otros militantes culturales como Adolfo Ferreiro, Antonio Carmona y Rudi Torga, entre muchos otros. Incluso, aceptó ser jurado del Premio de poesía "René Dávalos" junto a Rubén Bareiro Saguier y José María Gómez Sanjurjo, cuyo ganador en 1971 lo fue Juan Manuel Marcos.

 

EXILIO EUROPEO

De todos modos el cuadro de situación en los 70 configuró un cambio en su vida, acentuado poderosamente por el deterioro del clima político y social en la Argentina y en la región. Los años de utopía, de cambio y revolución de los 60 habían quedado atrás irreversiblemente. Se sucedían los golpes militares como el de Pinochet en Chile (1973), el de Bánzer en Bolivia (1971), el de Bordaberry en Uruguay (1973) y el regreso de Perón y su posterior subida al poder en el 73-74, su muerte y luego el mediocre gobierno de Isabelita Martínez y la irrupción de la Triple A. Que daría paso al golpe militar del general Jorge Rafael Videla en marzo del 76 y su programa de terrorismo de Estado como política oficial. Lo que equivalía a detener, asesinar o enviar al exilio a cientos de artistas, políticos, profesores, escritores e intelectuales. El ambiente se había vuelto irrespirable. El Cono Sur se había vuelto insalubre. Varios escritores amigos suyos como Haroldo Conti y Rodolfo Walsh, habían sido detenidos. Tan pronto como en setiembre de 1976, Augusto y Amelia toman la decisión de partir. Y en el caso suyo, dejar sus cosas, sus libros, sus amigos, una ciudad a la que tenía cariño y en la que había obtenido grandes satisfacciones personales y literarias. Y la cercanía con Paraguay y el amplio núcleo de amigos que lo visitaba con frecuencia. Radicado en Europa, su base seria Toulouse en cuya universidad había sido nombrado profesor de Guaraní, que él crea, y de Literatura Latinoamericana. Eso le proporcionaba una estabilidad económica importante. Y un espacio en que se sucedían seminarios y eventos de carácter literario con figuras que habían cobrado gran relieve luego del boom de la novela latinoamericana. Entre ellas se contaba Juan Rulfo, Julio Cortázar, Juan José Saer, Jean Andreu, Bareiro Saguier. Realizaba sus periódicos viajes a París, Pero era en Madrid, -la sede de sus encuentros importantes con y hacia Paraguay- una ciudad que le encantaba, donde se 'oxigenaba', por la facilidad del idioma, las costumbres familiares y la estima de periodistas y políticos socialistas. Además de los ya mencionados, cultivó la amistad de jóvenes poetas y escritores con los que organizaría en 1985 el Primer Encuentro de Jóvenes Creadores Hispanoamericanos, reuniendo a figuras de ambos lados del Atlántico en tres días de fructíferos diálogos. En ése evento trataría con escritores en ascenso o ya de trayectoria como lo eran como el cubano Roberto Fernández Retamar, el poeta salvadoreño Roberto Armijo, el colombiano Dasso Saldivar, la argentina Ana María Shua, el polémico y brillante Edgar Montiel, el peruano Julio Ramón Ribeyro. Nuestra delegación estaba integrada por Ticio Escobar, Nila López, Alcibíades Gonzáez Delvalle y yo, a quienes Roa ofreció un tiempo especial para dialogar. Además de atender el requerimiento de la prensa internacional con enorme estoicismo.

 

SU LUCHA CONTRA EL PODER

Se hallaba ya plenamente inmerso en una nueva faceta de su labor como intelectual: la denuncia sistemática del régimen de Alfredo Stroessner (1954-1989). Había decidido, a partir de 1982, fecha de su expulsión, jugar todas sus cartas contra ese dictador que pasaba desapercibido y que regía un país deliberadamente opacado en el centro de América del Sur.

Como se sabe, el viernes 30 de abril del '82 sería detenido junto con su pareja Iris Giménez y el pequeño Francisco y llevado a la vecina ciudad de Clorinda con ellos, en territorio argentino, sin pasaporte y sin dinero. El ministro del Interior, Sabino Augusto Montanaro, declararía a la prensa que el gobierno había decidido su expulsión 'Por sus ideas bolcheviques, ultramoscovitas y por intentar adoctrinar a la juventud del país con dichas ideologías". Días más tarde, el subsecretario del Interior, Miguel Ángel Bestard, afirmaría que obraban en los archivos de dicha secretaria informes de la CIA que evidenciaban que Roa Bastos había viajado en dos oportunidades a Cuba. Un argumento falso, sin sustento alguno.

Desde Madrid, ayudado por un amplio círculo de amigos, empezó a desplegar una vasta estrategia política, que incluía artículos regulares en el diario "El País" de España, reproducidos en varios periódicos latinoamericanos, sus entrevistas en televisión y medios de prensa, la 'Carta Abierta al Pueblo Paraguayo' en 1986 donde vaticinaba el fin de la dictadura y preconizaba una transición pacífica y pluralista. También en 1984, cuando me invitó a pasar unos días en su departamento en Toulouse, me habló extensamente de que se hallaba ya montando una agencia de noticias con sede en Buenos Aires y corresponsales en Asunción y ciudades importantes del mundo. Iba descorriendo lenta pero implacablemente el velo tras el cual se escondía la realidad de un pueblo oprimido por una larga dictadura y siglos de injusticia. Un país donde como diría Eduardo Galeano citando a Barret, "la realidad deliraba". En ésa ocasión, además de informarse de los amigos comunes y la situación en el país, me entregó un copia a máquina de la versión teatral de “Yo el Supremo” que según me dijo es 'antagónica' a la novela y autorizó que se la montara en Asunción. Esa suma de esfuerzos tendría su punto más alto e impactante con las Jornadas por la Democracia en Paraguay, realizadas en febrero de 1987 en Madrid con el apoyo del Partido Socialista Obrero Español, de figuras del gobierno de dicho país, de intelectuales y periodistas de toda Europa así como de fundaciones y organizaciones políticas del Viejo Continente. El núcleo central de los participantes estaría conformado por unos 30 paraguayos  que luchaban en el interior del país y los exiliados paraguayos de distintos puntos del planeta, que convergieron para ese histórico encuentro, que provocó la atención de los medios de prensa, entrevistas en televisión, en radio y diarios. Roa llegaría en delicado estado de salud a presidir esas jornadas y sufriría luego un nuevo infarto en Paris, que le significaría una larga convalecencia. Pero el gran trabajo de divulgación que se había propuesto se había logrado. La figura del férreo dictador inició un proceso de desintegración. Roa, era un crítico de las técnicas del marketing aplicadas a la literatura, pero para la tarea política aplicó minuciosamente dichos esquemas ayudado por una red internacional de colaboradores con la eficaz colaboración de María Gloria Jiménez, por entonces secretaria de la Asociación de Corresponsales Extranjeros en Madrid.

Renuente al contacto con el mundo político, supo, sin embargo, franquear los umbrales de despachos de líderes de partidos, parlamentarios, en Francia, Suecia, España y Argentina. Incluso llegar hasta la oficina del Presidente español, Felipe González, para exponerle la situación paraguaya y pedirle apoyo para el gran foro realizado en febrero del 87. Se convirtió en el portavoz calificado del exilio paraguayo ante las grandes capitales respaldado, además, por Rubén Bareiro Saguier, por ese entonces representante del Acuerdo Nacional en Europa. Se dedicó en los 80, con gran esfuerzo a la tarea de actuar sobre la realidad política, impulsado por un objetivo superior cuya finalidad era lograr la caída de la dictadura y un proceso pacífico de transición en Paraguay con plenas libertades públicas y un Estado que atendiera las necesidades sociales.

 

SU PENSAMIENTO

Un revelador escrito publicado en el semanario montevideano "Marcha" en 1961 traza a las claras sus líneas de pensamiento que con pocas variaciones cultivaría y a las que permanecería fiel a lo largo de las décadas siguientes. A partir de su definición de intelectual de izquierda independiente adhería al postulado de un socialismo democrático y pluralista. Si bien cultivó lazos con dirigentes comunistas y febreristas, se mantuvo al margen de toda afiliación partidaria alguna pues afirmaba que no tenía vocación para la política. Que lo suyo era la literatura.

En lo tocante al Paraguay asumía sin complejos toda la historia del país, con su dramática carga social de injusticias y una clase dirigente insensible y expoliadora. Admiraba, con sus reservas, a figuras como José Gaspar Rodríguez de Francia, don Carlos y Francisco Solano López y sobre todo el proceso autonómico impulsado por ellos. El primero y el tercero fueron ampliamente novelados. Igual admiración sentía hacia cl Mariscal José Félix Estigarribia, conductor militar de la Guerra del Chaco (1932-25) contra Bolivia y hacia todos los combatientes de dicha guerra. Consideraba que el mejor escritor de la contienda había sido el boliviano Augusto Céspedes, a quien conoció en Asunción a mediados de los 40 y por quien profesaba un gran afecto. Tanto que tomó dos personajes de su narrativa para incorporarlos a "Elijo de hombre".

En dicho escrito para `Marcha' señalaba: “No hay nación sin independencia política. Sin nación no puede haber una verdadera cultura que, hincando sus raíces en las características más genuinas de lo nacional y en la fuerte y viva cohesión de un pueblo, dueño de su destino, tienda a una integración armónica y solidaria con los demás pueblos.... En este esquema grávido de posibilidades, el pueblo paraguayo se apresta a librar decisivas batallas por la reconquista de su independencia. Y con el pueblo estamos, como en otras partes de América, sus escritores, intelectuales y artistas”.

 

EL PREMIO CERVANTES

A partir de su retorno en 1989, por breves temporadas, donde es recibida como una figura legendaria, ensaya un discurso claro en favor de la democratización, la participación popular y en la importancia de lo cultural y lo educativo en dicho proceso. En ése año se le concedería el celebrado premio Cervantes que lo recogería el afeo siguiente, abril de 1990, en una emotiva ceremonia en Alcalá de Henares presidida por el Rey Juan Carlos y la Reina Sofía. Era un reconocimiento a su genio literario, pero también a su lucha por la democratización de su país. Escritores de todo el mundo demostrarían su alborozo a través de telegramas y notas periodísticas, símbolo del aprecio de que gozaba. Al recibirlo diría: “El Premio Cervantes es el más alto honor que se ha concedido a mi obra. Tres razones principales le dan un realce extraordinario ante mi espíritu. La primera es el hecho mismo de recibirlo de manos de su majestad don Juan Carlos I, rey de España, que nuestros pueblos admiran y respetan por sus virtudes de gobernante, por su infatigable tarea en favor de la amistad y unidad de nuestros pueblos de habla hispánica.

La segunda afortunada circunstancia que realza para m í el otorgamiento del máximo galardón es su coincidencia, también augural, con un cambio histórico, político y social de suma trascendencia para el futuro de Paraguay: el derrocamiento, en febrero del pasado año, de la más larga y oprobiosa dictadura que registra la cronología de los regímenes de fuerza en suelo suramericano. Y la tercera es que este acontecimiento, singularmente significativo para la vida paraguaya en lo político, social y cultural, y marca la apertura de un camino hacia la instauración de la libertad y de la democracia bajo la construcción de ten genuino Estado de derecho, como garantía de su legitimidad. Señala este hecho, en consecuencia, el comienzo de la restauración moral y material de mi país en un sistema de pacífica convivencia, la entrada de Paraguay en el concierto de naciones democráticas del continente. Significa, asimismo, el fin del exilio para el millón de ciudadanos de la diáspora paraguaya, que ahora pueden volver a la tierra natal, derrumbado el muro del poder totalitario que hizo de Paraguay un país sitiado.

La concesión del Premio Cervantes, en la iniciación de esta nueva época para mi patria oprimida durante tanto tiempo, es para mí un hecho tan significativo que no puedo atribuirlo a la superstición de una mera casualidad. Pienso que es el resultado -en todo caso es el símbolo- de una conjunción de esas fuerzas imponderables, en cierto modo videntes, que operan en el contexto de una familia de naciones con la función de sobrepasar los hechos anormales y restablecer su equilibrio, en la solidaridad y en el mutuo respeto de sus similitudes y diferencias”.

 

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IV ÉPOCA Nº 20 – MAYO, 2011

 

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Tel.: 595 21 444.770

www.servilibro.com

Asunción – Paraguay

Mayo, 2011 (299 páginas)

 




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