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CARLOS MARTINI

  DÓNDE ESTARÁ MI PRIMAVERA, 2009 - Por CARLOS MARTINI


DÓNDE ESTARÁ MI PRIMAVERA, 2009 - Por CARLOS MARTINI

DÓNDE ESTARÁ MI PRIMAVERA

Por CARLOS MARTINI

Criterio Ediciones,

Asunción-Paraguay, 2009 

 

Lecturas preliminares:

Ana Martini y Lita Pérez Cáceres

Diseño de tapa:

Aníbal Riveros Arce

 

 

 

"DÓNDE ESTARÁ MI PRIMAVERA".

¿ES UNA NOVELA?

 

Lo cierto es que en este material de Carlos Martini se presentan unas cartas que escribe una misteriosa mujer a quien el destinatario no conoce.

En la historia de Daniel y Elena, jóvenes de principios de la década del setenta, hay ingredientes que marcan a través de un tufo de opresión una atmósfera social abrumadora y un íntimo hastío personal.

Daniel es el típico individuo de clase media, mediocre frente a la realidad que lo circunda, y Elena una romántica pretenciosa de un amor eterno. Años después aparece Verónica, quien semejante a un dedo acusador remueve la memoria, reanima culpas y empuja a Daniel a enfrentarse, de manera casi mítica, a un pasado que aparece inevitable e inolvidable.

Carlos Martini, autor o compilador, ha imbricado en este gran relato de misterio, a partir de temas musicales, artistas y protagonistas de nuestra sociedad, un tiempo de insondables silencios y susurros esperanzadores.

De estilo ameno y ágil, el libro quedará en la conciencia de los lectores y los llevará a revivir un momento de nuestra historia social para confrontarla con la atemporalidad personal del amor. Un momento de pasiones y deseos colectivos que no encontraron una vía de realización, pero también un momento de profundas transgresiones íntimas. Podremos reconocernos en Daniel o Elena. Quizás nos veremos o no reflejados en su historia.

Pero sin dudas nadie permanecerá indiferente frente a esta historia de amor.

 

 

Voy a hacer de cuenta que nunca te fuiste

que has ido de viaje y nada más

y con tu recuerdo cuando está muy triste

le haré compañía a mi soledad.

MARCO ANTONIO SOLÍS,

Dónde estará mi primavera.

 

 

Cuando se sentó, ni siquiera le presté atención. Entre su mesa y la mía se encontraba una que estaba vacía. Era una de esas tardes de domingo que se vuelven eternas en verano, eternas como mi rutina dominguera. Allí estábamos yo y otros refugiados del calor en aquel enero de 2003. El tiempo pasa, pero mis costumbres se cumplen, paso a paso. Había pocas mesas ocupadas en el patio de comidas.

Como todos los domingos, compré los diarios Clarín y La Nación, de Buenos Aires, e inicio el rito placentero de la lectura, en tanto bebo una taza de café con leche -para empezar, porque en toda la tarde consumo unas siete tazas, además de Coca-Cola y medialunas-. Para los que me observan, el ritual exige que comience con Clarín y siga con La Nación. Después, la jornada lectora continúa con un libro, preferentemente una novela.

Pero ese domingo no había llegado Clarín y sólo compré La Nación, que tiene formato de sábana, cuando uno lo lee, tiene la desventaja de que es menos cómodo al manejarlo, pero es una eficaz defensa frente a las invasiones de los que se acercan a charlar, porque uno puede taparse toda la cara con él.

En esas andaba, transitando el canino seguro de la rutina, cuando, al bajar el diario para tomar un sorbo del café con leche, nos cruzamos la mirada. Era un hombre delgado, me pareció alto, tomaba cerveza sin mirar nada en particular, con una expresión lejana. En esa breve ojeada, muy por encima que le dirigí, sin curiosidad especial, vi que tenía la expresión apropiada de un domingo a la tarde: con la tristeza a cuestas y la modorra de una vida que parece deslizarse en cámara lenta.

Por supuesto que no tenía intención de dirigirle la palabra, eso lo notó. Mi profesión me hace popular, pero soy muy celoso de mi intimidad, no tolero invasiones y menos de gente desconocida.

En lugar de desanimarse, él se acercó y se sentó en la mesa de al lado. Intuí, inmediatamente, el peligro del intruso, mi territorio estaba por ser violado. Los misántropos poseemos antenas de alta precisión para detectar a otros seres humanos que acechan buscando conversación. Y contamos con varios recursos para la huida.

Pero antes de que pudiera volver a ocultarme detrás de La Nación, el hombre se jugó y me habló sin vacilaciones.

-Eso que está haciendo no sirve para nada.

Absorbí el golpe. Entendí lo que me quería decir, pero gané tiempo.

-No lo entiendo.

Se sonrió. A esa altura ya era una carrera de resistencia, solo faltaba saber si él se rendiría ante lo evidente, es decir, por un lado, que yo no tenía la mínima intención de conversar y, por el otro, su decisión de decirme algo.

-Lee mucho, así era yo, y mire, aquí estoy solo.

-Bueno, cada cual tiene sus propias experiencias... y ahora, si me permite...

-Por lo menos escuche algo de lo que le quiero decir, no sea maleducado.

-Pero, señor, ¿no se da cuenta de que estoy leyendo?

-Pero, ¡qué terco es usted, Sr. Martini! En realidad, solo quiero entregarle estos papeles.

Pude observar en su mesa un sobre de papel madera.

Hice un cálculo rápido. Si le sigo la corriente y me da ese sobre, me libero pronto de este personaje.

-Bueno, ¿qué hay allí adentro?

-No se impaciente. Le decía que yo leía tanto o más que usted. Somos colegas, soy profesor en la Facultad de Economía de la Universidad Nacional de Asunción. Y aquí tiene lo que me pasó. Le voy a dejar este sobre. Si me da su teléfono, lo llamaré esta semana para saber qué le parecen estos materiales.

Me entregó el sobre. Se paró, me dijo que nos volveríamos a ver y se marchó.

No pude sino respirar aliviado. Me había librado del intruso. Ese hombre de más de cincuenta años ni siquiera me dijo su nombre. En realidad, tampoco me preocupaba saberlo, porque sé que, al hacer esa pregunta, el invasor cree que se le está invitando a una charla. Nada más lejos de mis intenciones.

Me disponía a volver a la lectura de La Nación., pero decidí, por lo menos, repasar brevemente el contenido del sobre.

Era casi un diario íntimo, unas cartas. Las firmaba una tal Verónica.

También, separada de las cartas, estaba una nota de ese hombre. Decía llamarse Daniel Hernández y me señalaba que había enviudado unos años atrás, que sentía una culpa infinita por el suicidio de su mujer, Elena, que su vida era un simple ir y venir de días iguales.

Las cartas de Verónica estaban escritas en computadora.

Leí dos de ellas. Levanté la vista para ubicar al extraño visitante de la tarde. El tema de las cartas me impactó. Me levanté, lo busqué en el patio de comidas y recorrí los pasillos del shopping.

Nada.

Al día siguiente, lo primero que hice en la mañana al llegar a la oficina fue llamar a la Facultad de Ciencias Económicas. Me identifiqué y solicité el teléfono del profesor Daniel Hernández.

Unos minutos después de una rápida verificación, escuché la respuesta que intuía.

En esa casa de estudios no había ningún profesor con ese nombre. Sabía que solo me quedaba esperar a que me llamara -le había entregado mi tarjeta personal- o que volviera al patio de comidas del shopping el sábado o el domingo siguientes.

Jamás regresó.

Así surgió la historia de publicar este material. ¿Esta novela?

La primera sinopsis la escribí en abril de 2003; comencé a desarrollarla el lunes 1 de setiembre de ese año.

Quiero creer que, al leer esto, Daniel Hernández, o como se llame, volverá a encontrarse conmigo en el Coffe Shop del Villa Morra.

Quiero creer que mi memoria no es tan traicionera y que aquel hombre existió y que la historia y las cartas no son una invención desesperada de mis laberintos atormentados o de mi augural futura primavera.

Quién sabe.

 CARLOS MARTINI.

Asunción, lunes 1 de diciembre de 2008

 

 

 

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