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Enrique Collar


  POLIETILENO, 2008 - CRÓNICAS DE UN KUREPIGUAYO - Cuentos de ENRIQUE COLLAR


POLIETILENO, 2008 - CRÓNICAS DE UN KUREPIGUAYO - Cuentos de ENRIQUE COLLAR

POLIETILENO

CRÓNICAS DE UN KUREPIGUAYO

Cuentos de ENRIQUE COLLAR

 

Edición del libro a cargo de Arte Nuevo

( anuevo@gmail.com),

Asunción-Paraguay, 2008

Diseño de cubierta: Enrique Collar

Diseño de interior: Zeta Duarte

Fotografías: Jorge Sáenz

 

 

 

 

 

A BUENOS AIRES LA MUSA QUE NUNCA PINTÉ AL ÓLEO

(Dedicatoria)

 

Mi propósito al escribir estos relatos consistió en transmitir ese clima tan particular del Gran Buenos Aires y de algunos viejos bares porteños, más precisamente los del barrio Constitución. Espacios habitados por tipos que se hacen cargo con orgullo de sus vidas tan al límite, de sus roles de antihéroes o perdedores. Treintañeros solitarios, locos, marginales, provincianos, villeros, exiliados, prostitutas, jubilados y paisanos, son algunos de los personajes que conforman mi galería de retratados, a quienes expongo sin ningún tipo de juicio valorativo ni intervención quirúrgica en el acto de escribir, sino sólo con el atrevimiento de dibujarlos con las palabras, a modo de croquis, con las herramientas esenciales de la observación y la impronta de mi oficio de pintor.

Haber narrado estas historias y sus protagonistas, fue hablar de esa problemática subterránea que me sorprendió en uno de mis regresos a Buenos Aires en 1996, después de haber estado ausente de la ciudad durante dos años. El cambio que había percibido en la textura de la ciudad, las calles, los barrios y los bares, era un tanto contradictorio y áspero. Al poco tiempo caí en la cuenta que ésta transformación era producto del clima que se vivía por el gobierno de Menem. Y así, andando y respirando esa percepción que no dejaba lugar a dudas, asocié esas vivencias con las bolsitas de polietileno que invadían por todas partes el paisaje urbano y suburbano.

E.C. Rotterdam, Marzo 2008

 

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"...KUREPIGUAY es la palabra que utilizo para conceptuar el territorio social y cultural flotante que existe entre la Argentina y el Paraguay. Sus habitantes, que se mueven de un país a otro, ingresando y egresando con continuidad y dependiendo de los vaivenes políticos y económicos, son llamados "PARAGUA" cuando viven en Buenos Aires, y "KUREPÍ" cuando lo hacen en suelo paraguayo. Esta situación de no pertenencia a un solo lugar o bien (ni de aquí ni de allá), termina conformando una nueva identidad que cada individuo asimila o resuelve como puede debido al desarraigo casi constante.

Lo curioso es que colectivamente aún no se ha tomado conciencia de tal fenómeno migratorio. Por lo tanto, las manifestaciones artísticas gestadas por kurepiguayos siguen produciendo resultados culturales aislados, que asoman esporádicamente desde hace más de medio siglo. POLIETILENO viene a inscribirse como parte de este contexto”.-

 

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PRÓLOGO:

A Enrique Collar lo conocimos como el artista plástico más importante de la colectividad paraguaya en Buenos Aires. Alguna vez concurrimos a su exposición realizada en el Palais de Glace, donde fuimos impactados por las líneas y los colores a veces violentos, otros tenues, registrando escenas de la vida popular. Ya en Asunción, tuvimos ocasión de ver alguna película documental suya sobre temas de ballet, lo que no dejó de sorprendernos. Y en esta búsqueda artística, Collar se volcó al cine dirigiendo un largometraje titulado "MIRAMENOMETOKÉI".

Todo esto ya es sorprendente en un artista plástico de nuestro medio, y en esta incesante indagación por el arte, acabamos de leer una colección de cuentos suyos que próximamente van a ser publicados. Su título reverbera con una palabra bien actual: "POLIETILENO". En esta obra, el tema principal de sus cuentos, giran en torno a la vida de la gente común, esos héroes cotidianos, a veces desplazados, aquellos hombres y mujeres marginales de Buenos Aires, más precisamente, los habitantes de los alrededores de la estación Constitución, hacia el sur de la ciudad.

Allí conviven prostitutas, jóvenes y viejos sin ocupación aparente, que hacen de la caza del peso, la estancia en el bar o el enredo con las "minas" de la calle, la razón de su existir. Un mundo, en fin, muy semejante al que pintó Roberto Arlt en su narrativa célebre, o el que -más cerca de nosotros-describió en sus estupendos relatos Antonio Dal Masetto, en su obra "Gente del bajo." Estamos, pues, frente a temas y personajes nuevos, que muestran una psicología -machista, desde luego- y un lenguaje profundamente marcado por el habla del lumpenaje. Ahora bien, ¿cómo un hombre nacido en Paraguay, pudo captar tan hondamente la vida de estos personajes tan porteños, tan argentinos? Pues, conviviendo con ellos, sin duda alguna, sensación que se acrecienta cuando se leen esos relatos elaborados en primera persona. Sea como sea, se trata de un libro original, descarnado, de una sensibilidad profunda, donde un kurepiguayo -ese concepto instaurado por el autor-registra las duras experiencias recogidas tras su largo trajinar por Buenos Aires. Un camino que ahora está dispuesto a compartir para volver a emocionarnos con su obra.

EDGAR VALDES

Asunción, 25 de febrero de 2003.-

 

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ÍNDICE DE CUENTOS:

1-       CHACK;

2-       EN FAMILIA;

3-       JUGANDO AL DISTRAÍDO;

4-       SIEMPRE FALTA ALGÚN CENTAVO PA´L PESO;

5-       ESTACIÓN INDEPENDENCIA;

6-       EL CULPABLE DE TODO;

7-       REINCIDIENDO;

8-       LA ENCOMIENDA;

9-       HACIENDO MEMORIA;

10-   MUJERES.

 

 

LA ENCOMIENDA


ANDRÉS es un paraguayo de 67 años que vive en Buenos Aires. Por las mañanas trabaja en una empresa de transporte de pasajeros que realiza viajes de Asunción a Buenos Aires y viceversa. Esta labor de oficinista le aseguró durante años poder viajar con frecuencia a su pueblo natal, Ybycu’í. Pero además de este empleo, que a su edad ya le produce tedio, escribe notas culturales para un popular semanario de la ciudad de Asunción. Estos escritos, reflexiones a manera de ensayos, lo han mantenido activo en el universo de las palabras, su verdadero oficio, enviándolos por fax una vez por semana y asegurándose de esta manera otra entrada de dinero extra para poder llegar a con sus obligaciones del mes. Sus textos abarcan desde entrevistas a deportistas, músicos, actores de teatro popular, como así también análisis literarios de alguna que otra novela o poemario que le suelen alcanzar en el ambiente cultural argentino y de kurepiguayos que suele frecuentar.

Una mañana, de regreso del Paraguay, llamó a Samaniego, un joven compatriota y pintor que suele deambular por los bordes siempre atrayentes del barrio Constitución. Se comunicó para decirle que había traído una encomienda para él desde Asunción. Por teléfono le relataba:

-Me tocó una semana de calor insoportable. Decidí definitivamente no viajar más a nuestro país de noviembre a marzo. Después de tantos años descubrí que mi organismo ya no soporta el calor del trópico.

-Si, haces bien. Con este asunto del “Niño”,  ya nadie entiende este clima -dijo Samaniego.

-Bueno, te espero a las 15:30.

De Constitución, Samaniego tomó el colectivo 65 hasta Parque Patricios. Después de atravesar la larga cuadra de la cárcel de Caseros fue llegando despacio a la casa de Andrés, que vivía a otros escasos cien metros. Le abrió la puerta su mujer, doña Gladys.

-¿Cómo te va Samaniego, te trae el calor de la siesta?

-Sí, aparte de traerme me está liquidando. Me muero por una jarra de tereré.

Samaniego entró y vio a su amigo con el torso desnudo, de espaldas a la pared y apoyando los codos sobre la mesa del comedor. Le llamó la atención la inmovilidad de su postura aunque casi al mismo tiempo saludó a una mujer de brillantes ojos claros y pomposo peinado años ‘70 que estaba sentada casi pegada a la silla de Andrés.

-Beatriz, mucho gusto.

Samaniego la saludó y observó que sus dientes perfectos le dibujaban una sonrisa delicada, como su rostro. Ella se incorporó para cederle la silla en que estaba sentada, como excusándose de esta manera de su presencia imprevista. Samaniego le agradeció su amabilidad diciéndole que prefería el sillón donde solía desparramarse cada vez que llegaba a la casa. Beatriz volvió a sentarse mientras que Doña Gladys se quedó parada en la entrada. Se la veía con una inquieta preocupación, observando a casa instante la hora de su reloj.

-¿Cómo andan las cosas, hermano? -preguntó Andrés.

-Hoy espectacular, diez para once. Acabo de enterarme que gané un concurso.

-¿En serio?

-Sí, el premio es un viaje a Roma, con una estadía de un mes, y todo pago. Voy a trabajar todo ese tiempo con otros artistas de allá. Por fin, la virgen se acordó de mí.

-Bueno, te lo merecés, vamos mejorando, te felicito -dijo Andrés. Luego se miraron con Samaniego, pensaron en lo mismo y esbozaron una sonrisa cómplice.Recordaron el encuentro anterior, cuando Samaniego estaba sin un centavo y le había pedido prestado dinero a Andrés, a causa de una estafa que le hiciera una gitana que lo hipnotizó en la calle, como una inocente rana en la noche, paralizada por la linterna de su cazador.

Sorprendida y alegre por el viaje a Roma, doña Gladys felicitó a Samaniego y agregó que ahora en vez de estudiar inglés como tenía previsto, debería ponerse a estudiar italiano.

-No es necesario, el italiano lo va a aprender a los pocos días de estar allá. Pero ojo con los napolitanos, que son duros y algo ladinos esos tanos -advirtió Andrés.

Beatriz, atenta a lo que decían, comentó que los inmigrantes napolitanos que llegaron a Buenos Aires después de la guerra, fueron los que les enseñaron a los porteños las picardías de la calle.

Después de este comentario, Samaniego recordó un hecho en el que se vio involucrado un amigo músico cuando estuvo en plena gira por Europa. Memorizó detalles y comenzó con el relato.

-Mi amigo había partido de Buenos Aires para Europa con la idea fija de comprarse una videocámara. Pero no pensaba gastar más de 200 dólares. Anduvo por varias ciudades llevando la música aborigen en su voz y su guitarra. En un local de Berlín había visto en la vidriera una videocámara de la que se enamoró a primera vista. Entró al negocio, pidió por ella y se la puso al hombro. Miró a través del visor y no podía creer. En su mente se hicieron presentes imágenes de su vida, sus viajes, y su querida provincia. Pensó en ideas para películas, en rostros conocidos y situaciones para filmar. Estuvo jugando con el aparato más de media hora, observando detalle por detalle todo el local. Pero finalmente no la compró y continuó viaje. Le habían pedido por ella 800 dólares, un precio que él jamás podría pagar. Pero el encantamiento le duró todo el trayecto en tren hacia la Bella Italia. No hizo otra cosa que fijar su pensamiento en aquella cámara al mirar por la ventanilla y encuadrar con sus ojos los bellos paisajes que vertiginosamente se sucedían frente a su mirada absorta. En un dejo de arrepentimiento, se reprochó no estar filmando esas imágenes renacentistas que estaban despertando su sensibilidad de artista del interior del país.

Después de atravesar varias ciudades italianas, y algo agotado por el viaje, llegó a Nápoles. Una hora después se encontraba caminando distraídamente hechizado por la belleza de la Plaza Central y la arquitectura que la rodeaba. A su alrededor había mucha gente, niños corriendo y varios músicos ambulantes ganándose la vida a fuerza de algunas liras que los transeúntes les dejaban. La tarde le alegraba todos los sentidos. A cada instante sentía que sus ojos miraban como si fuera aquella filmadora que lo había enamorado en Berlín. En un momento en que el espectáculo era sólo para él, lo sorprendió un napolitano.

“Señore, usted debe comprar esta maravillosa cámara, para llevar a su país este bello atardecer napolitano”. Mi amigo, antes de despertar de su asombro y entender lo que le estaba diciendo el desconocido, creyó que se trataba de algún Aladino escapado de algún relato de ficción con su lámpara maravillosa. Lentamente la vio emerger de una caja de cartón que el Aladino en cuestión sostenía en sus manos. En la lente se reflejó un filoso destello de luz, uno de los últimos de aquel atardecer.

-Tómelo, compruebe usted mismo la maravilla japonesa -dijo el napolitano. Sin dudar, mi amigo hundió la mirada dentro del visor, echando vuelo otra vez a su imaginación.

-Y, ¿qué me dice?

Se asombró cuando pudo traer los objetos lejanos a un primer plano.

-La quiero. ¿Cuánto cuesta, quiero decir a cuánto me la vende?

-Cuatrocientos dólares.

-No...Amigo. Muy cara. Yo sé que lo vale pero sólo pago doscientos.

-Usted está loco. Por doscientos no compra ni una simple cámara de fotos.

El napolitano le quitó el aparato de las manos como para volver a guardarlo.

-No, espere. Le pago doscientos cincuenta.

-Trescientos o nada.

-Bueno, me la llevo. Pero me tiene que hacer un favor. Espéreme aquí que voy a buscar el dinero.

-Como usted ordene señore.

Mi amigo volvió la mirada a la cámara, suspiró profundo y con la felicidad del sueño cumplido se dirigió hacia el bar más cercano. Entró al baño, mirando todos los rincones, sin encontrar a nadie. Se encerró en el último privado, cerrando la puerta vaivén con el pasador y se bajó los pantalones. Rápidamente buscó en el reverso del calzoncillo un bolsillito, y corrió el pequeño cierre. Sacó un rollo de dólares sujetado por una banda de goma, los contó y separó los trescientos dólares, guardando el resto en el mismo lugar. Salió del bar y observó de lejos a su Aladino, sentado en el muro de la fuente de agua y con la caja de cartón de su flamante juguete entre los brazos.

-Mi querido amigo, tuve la sensación de no verlo más y que esta bella tarde estuviera presa solo en mi mente. Tome el dinero, cuéntelo.

El napolitano le entregó la caja, contó los dólares y lo felicitó por su adquisición diciéndole:

-Dígame señore, ¿de dónde es usted?

-Soy argentino, de la provincia de las cataratas más grandes del mundo.

¡Ah! bello, bello. Yo tengo muchos parientes en Argentina, ¡qué gran país!

Mientras el napolitano se iba alejando, mi amigo lo despedía feliz, abrazando fuertemente su caja.

-¡Saludos a la parentela y muchas gracias, chao señore! -gritó el napolitano desde lejos.

Mi amigo caminó unos metros y no aguantó la tentación. Bajó la caja al piso y la abrió. Había una bolsa de polietileno negra, la levantó desesperadamente al ver un bulto amorfo. La dio vuelta y solo cayeron unos libros viejos e intracendentes de distintos tamaños envueltos en papel de diario. Miró para todos lados y Aladino se había esfumado. Gritó enfurecido.

-¡Me cagaron, me recagaron! ¡Qué boludo que soy! La gente que pasaba a su alrededor lo miraba como a un loco. Una vez que se calmó, pensó en la picardía de los porteños y llegó a la misma conclusión que usted comentaba recién, Beatriz -concluyó Samaniego con la anécdota. Doña Gladys le preguntó a Samaniego cómo se llamaba el músico y él respondió:

-José Luis Rojas.

-Ah, el del peluquín -afirmó pícaramente Andrés. Al escucharlo, Beatriz sonrió e hizo un gesto con las manos como pidiendo clemencia.

- ¡Peluquín! Yo no entiendo... ¿Por qué hay tipos que usan peluquín? Si no hay nada más varonil que un hombre pelado.

-Sí, la verdad che. Es ridículo. Además vi algunos tipos que se tiñen hasta los bigotes del mismo color que el pelo. ¡Qué antigüedad! -dijo doña Gladys, mientras volvía a controlar su reloj.

-Y vos, ¿dónde viste eso? -interrogó Andrés con recelo.

-En Asunción -contestó su esposa.

-Yo creo que el cuero cabelludo de la mujer debe ser diferente al del hombre. Vos fíjate -irrumpió Beatriz a los presentes tocándose la sien con las yemas de los dedos- nosotras nos teñimos, nos lavamos y nuestro cuero cabelludo vuelve a quedar blanco, es decir con el color natural. En cambio a los hombres les queda el cuero cabelludo del mismo color del que se tiñen. No sé por qué razón biológica sucede esto, pero es algo horrible. ¡Ay, qué desagradable!

Andrés la escuchaba sonriendo. Seguía en la misma posición, inmóvil mientras Samaniego observaba la cabellera teñida de las dos mujeres. Beatriz se entusiasmó con el tema y contó que ella desde hacía unos meses había iniciado un tratamiento capilar para la caída del cabello, es decir, estaba corriendo el riesgo de quedarse pelada y sentía pánico. A partir de ese comentario todos apuntaron con la mirada a su estático peinado años ‘70.

-En mi grupo de tratamiento somos siete mujeres y un hombre. Fíjense la proporción. Pero me contaron las chicas que nos hacen masajes en la cabeza, que durante el resto del día, es todo lo contrario. Al parecer este tema a los hombres les sigue dando vergüenza y prefieren tratarse solos. Entonces vienen por la mañana temprano, antes de ir a sus oficinas, para que nosotras no los veamos.

Con algo de culpa y para no seguir cuereando a su amigo músico, Samaniego prefirió llevar la conversación al plano de la ficción preguntándoles si habían visto la película mejicana “Profundo Carmesí”. Todos contestaron que no, y preguntaron por ella y la historia.

-La protagonista es una gorda como las de Botero, el pintor colombiano. Incluso hasta el color rojo del vestido que ella usa en varias escenas, aparece en muchos cuadros de ese artista. El coprotagonista es un tipo sumamente extraño, infantil y perverso, con muchos miedos. Peligroso, capaz de cometer cualquier atrocidad, pero eso sí, “un señor estafador”. En una escena, mientras huye con ella en un automóvil por una carretera desolada, se le vuela el peluquín, que hasta ese momento sólo se quitaba para peinarlo a escondidas. Se da cuenta de la desgracia y frena de golpe. Baja rápidamente. Desesperado busca entre los arbustos del barranco y no lo encuentra. Entonces el tipo va y se arrodilla en el medio de la ruta y se pone a llorar desconsoladamente. Al verlo, la gorda por primera vez descubre su cabeza totalmente calva, es decir le encuentra esa debilidad, su talón de Aquiles. Pero, curiosamente, esa flaqueza la ayuda a sentirse menos acomplejada, porque hasta el momento el estafador era un tipo “perfecto”. Ella baja del auto, lo abraza tiernamente, consolándolo como a un niño para finalmente cortarse su cabello para fabricarle un nuevo peluquín.

-Fantástica ché, vamos a alquilarla. ¿Cómo dijiste que se llamaba?

-“Profundo Carmesí”.

Andrés tomó un bolígrafo y anotó en una hoja manuscrita que estaba apoyada sobre un libro. Sonó el timbre y doña Gladys le dijo a Beatriz que ya venían a buscarlas. Se despidieron. Samaniego notó que Andrés saludó sentado, ni siquiera se paró para despedir a Beatriz, su visita inesperada. Una vez que se cerró la puerta, recién Andrés corrió la mesa y se levantó. Llevaba puesto un calzoncillo largo de tela con estampado militar.

-No sabía que vendría esta amiga de mi mujer. Estoy cagado de calor, mirá cómo estoy -dijo señalándose su ropa interior- por eso ni siquiera te ofrecí un tereré. ¡La puta, qué calor hace!

Andrés caminó hasta la otra habitación, y trajo un ventilador. Mientras lo conectaba, dijo:

-Leí en un fascículo de esos coleccionables, que el cambio del clima mundial es algo impresionante. Se estima que para el 2000 desaparecerá París y parte de Londres.

-¿Me estás jodiendo?, eso me suena a una frase de Nostradamus.

-No, de verdad che. Lo dicen las últimas estadísticas meteorológicas de los centros más importantes del mundo. Esto que está sucediendo ahora con el medio ambiente a Nostradamus ni se le cruzaba por la bola de cristal. Se vienen épocas terribles. Voy a buscar el tereré.

Andrés volvió con la encomienda y se la entregó a Samaniego. Luego trajo una jarra de aluminio que transpiraba gotas de agua helada. Dentro estaban sumergidos varios yuyos refrescantes que había traído de Asunción. Inmediatamente comenzaron la rueda del tereré. Al abrir el paquete, Samaniego encontró un libro de regalo. Se trataba de la obra de un pintor inglés desconocido por él hasta ese momento: Peter Howson, un artista que había estado viviendo en Bosnia-Herzegovina durante el conflicto bélico. El libro reflejaba los desastres de la guerra, y sus dibujos y pinturas ilustraban seis años de trabajo de este artista contemporáneo. Samaniego impresionado, se lo mostró a Andrés. Quedaron contemplando las reproducciones una por una, mientras se tomaban todo el agua de la jarra. Samaniego observó que Andrés tenía un manuscrito empezado en la hoja donde anotó “Profundo Carmesí”. Alcanzó a leer al revés el título de la nota:

 

ESTA ZANJA ESTA ACUPADA

 

Quedó pensativo y creyó que ya era hora de irse, que Andrés debía seguir trabajando.

-¿Vos escribís tus notas culturales a mano?

-No siempre, a veces utilizo aquella vieja máquina -dijo Andrés señalando una antigua Olivetti abandonada debajo de una pila de papeles y guías telefónicas. Pero prefiero lápiz y papel, ya estoy viejo para las teclas.

-Pero mirá que con una computadora podés resolver todo mucho más rápido.

-Sí, pero para eso hay que acostumbrarse a algo nuevo y a medida que te pasan los años, eso es lo que más te cuesta. Además no tengo lugar. Esta sala es un despelote, ya no entra más nada, debo ordenar tantas cosas...

-Bueno, una secretaria sería la solución.

-¡Já!, lo que me faltaba. Si tuviera una... entonces sí que ya no escribiría. Siempre admiré a Picasso porque cuanto más envejecía más creaba. ¡Qué animal el español, él es España! Hemingway supo sintetizar poéticamente la crueldad española en una frase que... en estos momentos no me acuerdo, no me viene a la memoria -dijo esto mientras entraba al dormitorio del que luego salió vestido con una guayabera color beige.

-No te preocupes por tu memoria, que por esta tarde creo que ya tuvimos bastante con la mía. Lo digo por la anécdota de la cámara de mi amigo. A él lo engañaron con libros sin importancia y vos me trajiste éste que es una perla -dijo Samaniego sosteniendo el libro del pintor como si se tratara de una joya. Los dos volvieron a reírse con la picardía de viejos amigos.

 

 

 

 

 

 

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