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LOURDES TALAVERA


  LA DAMA Y EL TIGRE, 2013 - Novela de LOURDES TALAVERA


LA DAMA Y EL TIGRE, 2013 - Novela de LOURDES TALAVERA

LA DAMA Y EL TIGRE, (2013)

Novela de LOURDES TALAVERA

Editorial Arandurã

Asunción – Paraguay

206 págs



 

LA NOCHE DEL TIGRE

La noche se estremeció con una interminable explosión de petardos que festejaba la conquista futbolera de uno de los equipos del clásico. Seguido a eso, un aullido lastimero como salido de alguna película de Hollywood, estremeció cada uno de los rincones del barrio cerrado, sin descanso y con furia. Silvina creyó que estaba en medio de una de sus acostumbradas pesadillas, pero estaba lúcida y cuando se asomó al balcón de su casa pudo divisar a tres patrulleras policiales estacionadas en fila, frente a la vereda de la casa de Margot. Divisó su delgada y casi encorvada silueta, con el cigarrillo en la mano, gesticulando mientras el oficial de policía anotaba algo en una tablilla y otro hablaba por teléfono móvil. Sin dudar, se calzó las zapatillas deportivas y bajó a la calle.

Se había aglomerado un centenar de curiosos, la vecina de la casa de las azaleas reclamaba a gritos:

-¡Tiene que venir la gente de la Secretaría del Ambiente! Le hemos llamado sin parar y nadie llega. ¡Pobre tigre!

-¿El jugador de fútbol? -preguntó de manera tímida Silvina. La mujer abrió la boca como una ballena que pretende engullirse a un pez más pequeño y explicó que se trataba de un animal de la selva. ¿Un tigre, en este condominio? Es inaudito, pensó Silvina.

-¡Tal cual! El pobre estaba atado con una piola a un árbol, en el jardín de la casa de Margot y el ruido de los petardos casi lo enloquece. ¡Pobre animal! Además, están los nietos pequeños de Margot. Pudo haberse comido a los niños. Como en China, no viste la noticia en la televisión que un tigre escapó del zoológico y se comió a dos niños. Relataba a gritos, la vecina sabelotodo.

Silvina creyó oír a Margot comentar que el tigre se alimentaba con dos pollos al día y que era muy bueno. Los representantes de la Secretaría del Ambiente no llegaban y habían pasado más de dos horas desde que se inició el escándalo barrial.

-¡Por Dios! Que nadie llame a la prensa -clamaba la dueña de la confitería de la esquina.

Los policías verificaban los documentos que el hijo de Margot les presentaba. Todo estaba en orden, sola-mente que el lugar y las condiciones donde estaba el tigre no eran las correctas. Alguien acercó una jaula de tamaño grande y allí fue instalado el animal. Sus ojos eran tristes y sus cachetes fláccidos tenían la distinción de su especie. Fue depositado en la acera de la calle, a la espera de las autoridades de la Secretaría del Medio Ambiente que no arribaban. De pronto a alguien se le ocurrió tomarse una fotografía con el tigre y espontáneamente se formó una larga fila de personas que deseaban posar con el tigre. Silvina creyó descifrar el pensamiento de Margot: ¡Qué mucha plata hubiera juntado por cobrar la pose con el tigre! ¿Acaso que frente al Coliseo en Roma, los disfrazados de gladiadores no cobran sus poses de fotografía con los turistas? ¡Margot, es un personaje de antología! Se dijo, en su fuero interno.

-¿Puede tomarme una fotografía con el tigre? -se lo pedía una adolescente de cara ovalada y sonrisa algo tonta. Asintió, con la cámara fotográfica en las manos mientras la chica se ubicaba a un lado de la jaula y escuchó una voz: ¿Qué diablos hace una niña de dieciocho años lejos de su casa y no estudia? ¿Quién la hace trabajar, en qué? Silvina se sobresaltó. El tigre la estaba confrontando. La chica tenía una expresión de felicidad. Miró al objetivo de frente, con naturalidad. La luz y la sombra. La risa y la tristeza. Puso sus cinco sentidos para tomar la fotografía. Los otros curiosos a distancia prudencial no bajaban la guardia para obtener su fotografía con el hermoso felino. Los policías acordaron con el hijo de Margot, que como legítimo dueño tendría que llevarlo a un sitio adecuado. El circo como empresa había quebrado y no tenía dónde guardarlo, por eso lo trajo a casa de su madre. Hacia una semana que estaba viviendo en el jardín sin que lo notaran los vecinos. La chica había cedido paso a otra persona. Silvina rió. Un felino en un barrio cerrado. Lo llevarían a una estancia en el Chaco paraguayo. En ocasiones el alto muro que la resguardaba se desmoronaba y quedaba desnuda frente al mundo. Pensó que hacía un buen tiempo que no se reía, tampoco recordaba cuando fue la última vez que lo hizo. Miró por última vez al tigre, y éste le devolvió la mirada. No temas, tu corazón conoce el secreto, dale palabras y serás liberada. Cada vez que veas un cadáver arrastrado a un lugar oscuro, dirás, ésa es mi alma. Y allí está el secreto enterrado en vos. Silvina se estremeció, caminó hasta su casa y buscó el baño, se lavó la cara con fuerza, sacudió sus cabellos y se secó la cara. Apagó la luz y salió. Un silencio espeso e intenso absorbía la casa. Cuchicheo de gente invisible, hálito de los muertos. Miró a su alrededor y divisó el laberinto de cajas de fósforos, se detuvo, inspiró y espiró profundamente. Miró alrededor una vez más y el reloj de la pared marcaba las dos de la madrugada. Empezó a llover fuerte. Las gotas inclementes golpeaban los vidrios de la ventana. Subió a su habitación y se sintió segura. Pero, el secreto seguía allí sin ser revelado. Comprobó que el muro levantado a su alrededor todavía estaba indemne. El tigre la había sobresaltado cuando le recordó el secreto. Cerró las cortinas y se acostó en su cama a dormir.

Soñó con su abuelo, Elias, que en una ocasión la había llevado al circo. El mismo se había asentado en la Costanera y había espectáculo cada noche y los fines de semana tenían hasta tres funciones. Silvina con mucha curiosidad se preparó y con su vestido de color rosa y una trenza que le peinó su abuela se fueron a la función de la matinée del domingo. El abuelo le compró algodón de azúcar y un globo multicolor. Ella disfrutó de la función pero, su abuelo también gozó de los actos circenses como un niño más. A ella le fascinó el domador de los tigres. Era alto, muy fuerte y con un látigo dominaba a los animales. Los payasos y la enana eran muy graciosos que la gente los aplaudía hasta cansarse. A la salida ya de regreso a la casa el abuelo le contó sobre los orígenes del circo. Con voz clara y precisa le fue relatando:

-El circo ha sido desde la antigüedad una forma de diversión para las muchedumbres. Circo significa en latín, escenario.

-¿El circo es romano?

-Puede decirse que tomó la serie clásica de espectáculo como las acrobacias, las actuaciones de elefantes y otros animales amaestrados. El domador de leones y tigres, por ejemplo, es uno de los principales personajes del circo.

-¡A mí, me gustan los tigres!

-Los tigres son hermosos animales que se mezclan con los grupos de payasos.

-Y la mujer enana.

-Exacto, los antiguos saltimbanquis, juglares y magos son los precursores de los actuales artistas del circo. Los payasos y los enanos reflejan la incomprensión, la soledad y los defectos humanos.

-¿El circo es muy antiguo?

-De hecho que apareció por primera vez, en 1770, como lo conocemos en Gran Bretaña y luego se extendió por todo el mundo.

Amaneció nublado, dejó de llover en algún momento del amanecer. Saltó de la cama, tomó una ducha y se vistió sin prisa como si el reloj se hubiera detenido para ella. Pensó que en algún momento del día llamaría a Margot para comentar los entretelones de la presencia del tigre en su patio y el escándalo que eso había ocasionado al tranquilo barrio donde vivían. Tenía audiencias pendientes y esperaba que Fabricio, su asistente, las tuviera preparadas a su llegada al juzgado. Traje azul marino de corte clásico, chaqueta con mangas largas y pantalón. Una remera básica de color blanco y nada de joyas. Detestaba el prototipo impuesto por sus colegas mujeres, de enjoyarse hasta los dedos del pie y usar carteras de imitación de Vuitton y otros diseñadores. Nada de teñirse el pelo de un color rubio platinado ni usar extensiones. El pelo lo llevaba en su tono original castaño claro y cortado desnivelado hasta los hombros. Poco maquillaje y unas aspersiones de su perfume favorito flowers de Kenzo, para señalar su femineidad intensa y presente.

En su despacho le esperaba una taza de café cortado con leche, dos rebanadas de pan de salvado y un vaso con agua mineral sin gas. Fabricio, y su arte de agradar a la jefa. Esa mañana tenía la cabeza pesada, le costaba ubicarse en tiempo y espacio como si la

presencia del tigre la hubiera movilizado vaya a saber hacia dónde. Fabricio no se rió cuando le contó sobre el incidente del felino en su barrio, es más, esgrimió violaciones a determinados artículos que se referían a la seguridad de las personas y denostó en contra de sus colegas de la fiscalía del medio ambiente. -¡No lo tomes de esa manera! -dijo.

-Es una locura tener un animal salvaje entre la gente. Vivimos entremezclados y sobrevivimos. Diga lo que quiera pero eso no está bien

-Mirá, mi amiga es la dueña de la casa y su hijo el dueño del tigre.

-¡Por Dios, doctora!

Estaban discutiendo sobre los peligros relacionados a la presencia del tigre en una casa familiar cuando sonó el teléfono y Fabricio contestó. Fue anotando algunos datos y luego se dirigió a su jefa. Estamos de turno, levantamiento de cadáver en zona de la ciclo- vía. Silvina se limpió los labios con una servilleta de papel y le respondió:

-¡Vamos!

 

 

LA HUELLA DE SANGRE

Cuando llegaron al lugar, la policía ya había levantado las evidencias Silvina examinó el cuerpo. Era una mujer joven cuyo rostro le resultó familiar y durante un instante le pareció que todo le daba vueltas. Recordó la mirada del tigre. Al entrar a la habitación se notaba un ligero hedor a vómito. La acritud en el ambiente hizo vacilar a Silvina, a su lado pasaban los funcionarios del área de criminalística. Un teléfono móvil sonó en alguna parte, pero nadie contestó. Un agente de policía le señaló la posición del cuerpo, la joven tenía la boca abierta y el cuello presentaba dos punturas cubiertas de una fina capa de sangre seca. Silvina se sentó en cuclillas y preguntó:

-¿Ya la identificaron?

-Estamos averiguando -fue la respuesta del oficial.

-Fabricio, toma nota de lo relevante.

-Muy bien, doctora.

-Nos vemos en la oficina.

Con pasos firmes se dirigió hacia la puerta de calle, sus pasos elásticos recordaban los movimientos de un felino. Se movía con seguridad y su alta figura resaltaba entre sus colegas mujeres. Bonita, vestía esa mañana una chaqueta con pantalón negro, camisa blanca, zapatos de taco ancho y el pelo negro suelto.

Ella se había adaptado muy fácilmente a la rutina de la fiscalía. Caminó un corto trecho y se subió al auto. Conducía mecánicamente por las calles que la llevaban a destino. El cielo azul y los rayos del sol presagiaban una tarde calurosa. Había poco tráfico, debe ser por las vacaciones, pensó.

En el verano, cuando era una niña, su mamá la llevaba al zoológico para ver a los animales. A ella le apenaba que estuvieran en cautiverio, pero sabía que sueltos podrían lastimar a las personas visitantes del lugar. Una de aquellas tardes, en la jaula de los tigres, la hembra yacía en el suelo bajo la mirada del cuidador y del veterinario. Unos hombres la cargaron en una camilla y se la llevaron. La estancia quedó vacía porque al tigre no se lo veía por ningún lado. El pesar y la angustia se apoderaron de Silvina. ¿Qué había pasado con sus animales favoritos? Mientras su mamá hablaba con el señor de traje blanco, ella se escabulló por un sendero que la llevó hasta una jaula cuadrada, angosta y baja. La sostenía una estructura de tubos metálicos y alambre tejido, en un rincón divisó a una pareja de zorros. Siguió por el sendero que llevaba a la espesura de una isla de arbustos habitada por unas aves que cantaban en ramas. Siguió caminando y llegó hasta una laguna donde los patos se bañaban con las tortugas. ¿No se comerán los patos a las tortugas? No tuvo tiempo de encontrar la respuesta correcta. Nadie se cruzó con ella que sentía valiente con sus siete años, de pasear sola por el zoológico. Cuando llegó al centro del lugar, se dio cuenta que una mujer estaba alimentando con algunas ramas a la cebra. Desde la derecha se acercaba un hombre mayor que empujaba una carretilla y llevaba un cigarro en la boca. De pronto se paró y se sacó la gorra para secarse el sudor de la frente.

-Hola, nena. ¿Estás perdida?

-No, estoy con mi mamá. Ya enseguida llega.

-No te alejes tanto de donde está la gente.

-Muy bien, señor.

El hombre se alejó haciendo ruido en su marcha, el suelo hacía crujir la rueda de la carretilla. Silvina lo vio perderse a contraluz. Reparó en la jaula de los monos y contempló a un grupo de niños que les tiraban bananas. Sintió lástima e impotencia ante los animales salvajes que estaban encerrados. A pesar del bullicio de los visitantes, ellos parecían fastidiados y condenados frente a la rutina a que se habían acostumbrado. En ese momento, ella quiso tener la llave de todas las jaulas y dejarlos en libertad. Pasó mucho tiempo allí, mirando a la mona joven prenderse de una rama y saltar a otra sin obstáculo. Por un momento, no recordó a la pareja de tigres. Se sentó en un banco, y miró hacia el sendero esperando que su mamá se asomara en cualquier momento. Ella seguía hablando con el señor de traje blanco. Mientras miraba al otro lado, un joven ingresó a la jaula de los un MÍOS y empezó a limpiarla. Con la manguera, enviaba chorros de agua a todos los rincones. Los monos le tiraban las cáscaras de banana y eso causaba la hilaridad del grupo de niños. Terminó la tarea y salió al exterior, su mirada se posó en Silvina, de manera sigilosa se acercó a ella y le susurró al oído:

-Si querés ver a los tigres, seguime.

-¿Se puede?

-¿Querés verlos?

-Sí, quiero.

Los tigres estaban infestados de pulgas y tenían que ser desparasitados, para eso fueron dormidos. Le comentaba el muchacho. La guió un poco más allá de donde estaba pastando la cebra hasta una casilla de techo de chapas de latón y paredes de alambre tejido. Allí en una esquina dormía la hembra a pocos pasos del tigre.

-¡Allí están! -le dijo el muchacho.

Silvina se paró ante la puerta de alambre tejido y sintió que los latidos de su corazón se aceleraban. El joven la tomó de la mano y se agachó a su altura para estamparle un beso en la boca. Silvina se agitó, se des-prendió de él y corrió hacia donde se había quedado su mamá. Oyó que el muchacho le gritaba:

-Nada es gratis en la vida.

Cuando llegó junto a su mamá parecía muy asustada y ella le reprochó:

-¿Dónde te metiste?

Se calló porque su mamá siguió hablando con el señor del traje blanco que no era amigo de su papá. Caminaron hasta la salida sin hablar, los tres. Al pasar cerca de la jaula de los tigres, Silvina tembló y comenzó a rascarse. Llegar al gran portón, el hombre le dijo a su mamá:

-Ha sido un gusto verte -y le dio un beso en la mejilla, como si se conocieran hacía mucho tiempo atrás.

Su mamá se rió y su rostro se iluminó como un día soleado. Silvina pensó en su papá y se tocó con la mano el pecho, porque le dolía el corazón.

-¡Me pica, me pica, me pica! -chilló una y otra vez, para llamar la atención de su mamá.

-¡Cállate! Cuando lleguemos a casa te bañarás y te dejará de picar.

Silvina le mostró las picaduras de su cuello, eran dos manchitas rojas como pequeñas cabezas de alfiler. Por un momento acaparó la atención de su madre, que la subió al auto y se dirigieron a su casa; había poco tráfico. Empezaba a oscurecer, los vidrios de las ventanillas de los vehículos reflejaban las luces de los focos del alumbrado público. En silencio, llegaron y comprobaron que su papá todavía no había regresado de la oficina. La mamá dio algunas orientaciones a la empleada, Silvina se dio un baño y ella le pasó agua oxigenada por las manchitas rojas. La jaula de los ti-gres, pensó y le recorrió de nuevo un temblor por el cuerpo. Todo se movía a su alrededor. No supo en qué momento vomitó.

Bajó la calle e ingresó al estacionamiento, dejó su auto y se dirigió al elevador. Sudaba. Temblaba y los latidos de su corazón se aceleraban. Inspiró y exhaló. Repitió varias veces, hasta que su ritmo cardíaco volvió a la normalidad. Procuró no pensar en nada. Mientras caminaba, en su mente se dibujaba la cara de un tigre.

 

 

EL JAZZ EN TU PIEL

La fiscalía está ubicada en un antiguo edificio del centro de la ciudad. Los pasillos que debe sortear para llegar a su oficina son asimétricos y en su trayecto se encuentra con colegas, secretarias, asistentes. A medida que avanza sonríe y saluda a todos. Su papá le había enseñado que una persona debe ser primero un ser humano y seguidamente un profesional. Esas sentencias y otras dejaron su impronta en su manera de relacionarse con los demás. Camina y balancea su cuerpo del lado izquierdo. ¿Cuál será mi hemisferio dominante? Se lo preguntaré al doctor Delmás.

-¿Asistirá al curso? -le pregunta un colega y ella piensa para responder:

-Me será difícil asistir.

-En otra ocasión será -dice el colega al despedirse.

Tantos eventos académicos ¿y para qué si los méritos y aptitudes seguían relegados ante la recomendación de un padrino político? Tenía que reconocer que m algunos casos funcionaba la selección por méritos, pero en contadas ocasiones. Su papá había sido un importante abogado penalista. Brillante, inteligente, servicial. Con los años fue alejándose del Foro y se de-dicó solamente a las labores de labranza en su chacra. Sin embargo, era recordado por su gremio. Ella eligió seguir sus pasos, aunque lo hace en el ámbito público. Luego de regresar de Alemania, donde cursó un posgrado, se postuló para el cargo de fiscal y no está arrepentida. A sus treinta y cinco años considera que la vida es generosa con ella. Salvo esas rachas densas y sombrías que en ocasiones la agobian. Esta mañana se siente particularmente cansada. Necesita despejar su mente de tanto devaneo, recuerdos, asociaciones y emociones contenidas. De pronto, un temblor le re-corre el cuerpo como un sismo en escala baja que no deja de preocuparla. Llega con esfuerzo a su oficina y se sienta en su silla, presiona el timbre y pide al cadete una botella de agua mineral sin gas, bien fría. Tiene la boca seca y un sudor frío le corre por la frente. ¿Me habrá bajado la presión arterial? Tranquila, tenés que relajarte, se confortó a sí misma. Inspiró y exhaló contando diez veces, luego la calma se apoderó de ella. Tengo que visitar a Roberto, piensa, mientras se acomoda en su lugar. Abre su cartera de Luis Vuitton y recuerda a Margot que le había dicho que era una suerte que mantuviera su pelo negro sin teñirse de rubio y usar esas carteras de marcas famosas falsifica-das, como hacían sus colegas femeninas. Silvina tenía una personalidad propia que se reflejaba en su modo de andar, vestir y relacionarse con los otros. No necesitaba recurrir a estereotipos para sentirse segura y adaptada al medio donde se desenvolvía. Tengo que trabajar, se dijo. En ese instante suena su teléfono móvil y comprueba que se trata de Margot.

-Hola, es una coincidencia. Te recordé y me llamás.

-Hola, amiga, no pudimos hablar la otra noche con el tema del gatito.

-¡Vaya gatito! Margot, no puedo creer en los líos que te metés.

-Fue cosa de Joel, no tenían dónde dejar al tigre cuando los desalojaron del predio donde funcionaba el circo y lo trajo para mi casa. Como no tenía el taller de narración oral, casi nadie se percató que estaba atado a un árbol en el jardín.

-Alguien lo hizo, por eso llamaron a la policía.

-¡Es cierto, y tengo tantas ganas de conocer a quien lo hizo!

-Ey, no piense en venganza, ya se solucionó el problema y pudo haber sido peor.

-Joel pagó una gratificación al oficial de policía para que le permitiera llevar al tigre al campo de mi ex esposo.

-No puede estar suelto, en el campo, porque se comerá a todo lo que se le ponga en su camino.

-Tampoco estará suelto sino en una jaula que dispusieron para encerrarlo hasta que llegue la gente del zoológico de una ciudad brasileña cercana al Chaco y se lo llevarán allí.

-Es mejor de esta manera, te sacás una preocupación de encima, amiga.

-Y, sí, aunque me apena que el negocio del circo no haya funcionado para Joel.

-Cada vez más la gente no asiste a los circos, en muchos países existen leyes que prohíben que los animales salvajes sean expuestos y explotados en espectáculos públicos. Joel tendrá que buscarse algún proyecto laboral diferente.

-Silvina, te llamo porque en las noticias de la televisión adelantaron acerca de una chica encontrada muerta esta mañana en su casa. Se trata de Anita, una participante del taller de narración oral. Ella estaba la noche del escándalo en mi casa.

-Ah, con razón que me tenía la cara conocida. Me habré cruzado con ella en algún momento. No tenemos nada concreto todavía estamos reuniendo las evidencias. Dicen los reporteros que quizá se trate de un hecho de vampirismo o satanismo La prensa y sus trascendidos son una dimensión ineludible de mi trabajo. Te digo que no tenemos nada en concreto. Te prometo que pasaré por tu casa en algún momento para conversar sobre este tema y ver tu inclusión como aportante de datos. La gente de mi oficina está investigando el caso.

-¡Pobre chica! Estoy dispuesta a ayudar.

Se despiden y ella corta la comunicación. ¿Dónde estará Fabricio que no se reporta? Anita llena de vida le pidió que le tomara una fotografía con el tigre de la casa de Margot. ¿Cómo no adivinó que la Parca la es-taba rondando? No, no, no, el tigre le había advertido alguna circunstancia en relación a la chica. Él la habló y ella ignoró su cuestionamiento. Sin embargo, esa noche en su casa había sentido el hálito de los muer-tos. Intuía en efecto que ella estaba advertida desde esa noche de lo que iba a ocurrirle a la chica. ¿Por qué no supo decodificar lo que el tigre le había señalado? ¿Por qué ignoró la señal? Una y otra vez desatendiendo los mensajes de la muerte.

-Bueno, podés contarme todo -le dijo el comisario.

-¿Se lo cuento desde el principio o me irá preguntando?

-Podés contarme a tu manera, como si yo no fuera un policía.

-Bueno, llegué del colegio y la encontré en la bañera. Me senté a esperar que regresara mi papá y me encontró al lado de ella. Después no recuerdo nada. Adiviné que estaba muerta porque no se movía ni res-piraba. Me quedé en silencio. Su pelo alborotado, su ropa ensangrentada eran para mí señales de que algo había pasado. Nos quedamos solas, en medio de la oscuridad, la noche pasó y seguimos allí hasta que el sol inundó la habitación contigua. No me acuerdo de nada más. No lloré, no grité.

-Doctora, la chica se llama Ana Caballero y es oriunda de San Pedro de Ycuamandyyú, del segundo departamento. ¿Qué le pasa? ¿Qué tiene?

-Nada, gracias, veamos los datos que traés.

La recolección de datos no había avanzado más allá de tener la identificación de la chica y el conocimiento de su procedencia. Existían algunos detalles que tenían que ser investigados con mayor profundidad. La policía estaba siguiendo las pistas. Fabricio se esmeraba en su trabajo y eso le permitía a Silvina una mayor libertad para manejar los casos pendientes a cargo de su despacho. Se retiró a las tres de la tarde. Cuando llegó al portal de su barrio, el portero uniformado la saludó, amable. Siguió de frente hasta la rotonda central y dobló a la derecha, accionó el control remoto y la puerta de la cochera se abrió. Ingresó y estacionó su auto.

Miró el lugar, se sintió huérfana. Fue un sentimiento de desolación personal, de extrema soledad que le ascendió por el pecho hasta la garganta y los ojos. Dio unos pasos sin rumbo por la habitación, observó la estantería con las herramientas del auto y las de jardinería. Tenía dilatadas las pupilas verdosas. Anduvo por la estancia, lentamente para comprobar que todo estaba en su sitio. Se detuvo para retener aire en los pulmones y exhalarlo. Las puntas de su cabello negro oscilaban sobre sus mejillas. Miró de nuevo para certificar que las cosas estaban donde tenían que estar. Pensó que se parecía de pronto a esas mujeres que miran desde una pintura, con ojos que saben certezas que no confiesan; pero que si alguien mirase con detenimiento esas pupilas por intuición podría develarlas. Lentamente, se dirigió a la puerta que comunicaba con el interior de la vivienda.

Se quedó sentada en el sofá de la sala aquella tarde y parte de la noche, mirando el laberinto de cajas de fósforo. Lo estudió de manera obstinada, disciplinada, como si la tarea le ayudara a controlar sus sentimientos, dominando las sombras que amenazaban desbordar su semblante. Luego, se levantó y fue hasta la mesa del comedor, tomó el paquete de cigarrillos y encendió uno. Era una mujer templada y cuando se enojaba apenas se notaba en ella un ligero temblor en la voz; ante una situación de inseguridad, pronunciaba las palabras justas y correctas. Estaba todavía vestida de calle, con pantalón y chaqueta, y se apoyaba en la mesa, con los brazos cruzados, un poco inclinado el rostro, concentrada en la figura del Dédalo. La estancia presentaba un leve desorden: el ordenador con tapa abierta, unas hojas blancas desparramadas sobre el escritorio, un libro abierto. Según la policía, la chica había muerto por un shock hipovolémico, estaba exangüe. Quienes fuesen los autores, sabían lo que hacían. La imagen no se le borraba, acostada en el suelo, con los ojos vidriosos y boca entreabierta. Cruzó la sala y entró en el cuarto de baño, se lavó la cara con fuerza. Experimentaba una honda pena, con sentimientos infantiles que toda adulta cree olvidados. Sentía que esa tristeza estaba fuera de lugar.

Observó el reloj, eran las ocho de la noche, subió a su habitación y ya en su baño tomó una ducha larga y gratificante. Se puso un vestido negro de escote pronunciado y cepilló el pelo hasta dejarlo reluciente, se maquilló y aplicó un labial rojo. Sus tacones altos resonaban contra el piso cuando salió en dirección al casino “Real”. Cuando el camarero del bar puso el vaso de vodka sobre la mesa, Silvina se lo llevó a los labios y bebió un pequeño sorbo, mirando de reojo hacia el sitio donde se encontraba Roberto, el gerente del local. Era de nacionalidad argentina, tenía residencia en el país y podía trabajar. Era una manera de expresarse, porque sus actividades se desarrollaban en límite entre lo legal o no. Una línea delgada que se movía constantemente. Su acento cordobés no era fuerte, se notaba que había recibido una educación esmerada pero que por desatinos imprevisibles había terminado gestionando aquel negocio. Estaba parado junto a la barra, con las manos en los bolsillos de su chaqueta color azul marino. Tenía el rostro curtido por el sol, bebía de una copa que una de las camareras se lo había ofrecido con coquetería. No era un tipo seductor, de estatura mediana, sobresalía su torso ancho y tenía manos toscas. La boca ancha y la nariz prominente se suavizaban por su mirada tranquila, de ojos negros. Tenía el pelo castaño claro y cuando sonreía parecía dueño de una tristeza acumulada con los años. En el instante de llevar la copa a sus labios, buscó instintivamente con la vista a la mujer sentada en la mesa cerca del ventanal. Se acercó a ella poco a poco, observando su cabello negro y liso, cortado en melena a mitad de su cuello. Cuando se encontraba a dos pasos, ella levantó la cabeza y sus miradas se cruzaron. Era más alta que él. Le sonrió y ella le respondió de igual manera. Se sentó y pidió otro trago de vodka para ella y una copa de Martini para él. Ella se rió con ganas.

-¿Y qué hacés esta noche aparte de beber una bebida conmigo?

Él la observó a través del cristal de la copa y la transparencia de su bebida y dijo, trabajo. Esbozando de nuevo una sonrisa tierna y algo cohibida. Ella inclinó un poco la cabeza hacia su lado, justo lo necesario para que su cabello le rozara a él, la mejilla. No pronunció una sola palabra. Alargó la mano y estrechó la de él, que era grande y torpe. Sintió su tacto firme. Se levantaron y anduvieron en silencio en una corta distancia uno del otro, sin miradas ni explicaciones, hasta que él se detuvo ante una puerta que correspondía a su departamento colindante al casino. Sostuvo la puerta para dejarla pasar y sintió su perfume, indefinido, suave, de una textura que recordaba a la lavanda. Y al entrar, la abrazó y la besó, sintió una mano de mujer sobre su muslo. Era agradable, la complicidad futre ellos. A tientas en la penumbra, cayeron las ropas. El calor femenino y el vigor masculino se fundían en un encuentro varias veces repetido y diferente en nula oportunidad. Sin necesidad de pretextos ni justificar hechos, él sintió que el cuerpo desnudo de ella se le ponía encima a horcajadas; los muslos abiertos sobre sus caderas y una boca buscando la suya. Abrió los ojos y se encontró ante un rostro cubierto de sombras.

Luego de un largo rato, él se levantó y fue a la cocina a traer una botella de vino blanco y dos copas; sentada en una esquina de la cama, ella lo miraba servir la bebida. Él puso música y sonaba una canción de jazz de Colé Porter. Ella mantenía la mirada fija en él. Sus ojos se habían transformado, eran inexpresivos como si estuvieran pintados sobre un mural. Se trataba de una mirada superficial. Tras mantener la mirada sobre él unos momentos, se levantó y se vistió en silencio. Fue poniéndose una prenda tras otra como si estuviera exhibiéndose. Se arregló el cabello con las manos, se calzó los zapatos, tomó su bolso y se marchó saludando con la mano. Él se quedó sentado en la cama, aturdido, sin saber qué hacer. Los latidos de su corazón resonaban fuertes en su pecho.

Al día siguiente, en cuanto se levantó de la cama a las seis y media de la mañana, corrió a darse un baño, vestirse y sin desayunar se dirigió a la oficina. Al llegar se sirvió un café y se dispuso a revisar los datos del caso de la chica desangrada. Era indudable que no la habían matado donde la encontraron sino que en otro lugar. El móvil de crimen parecía dudoso. ¿Quién le extraería toda la sangre a una persona? Cuando Fabricio llegó le informó que la chica trabajaba como relacionista pública en el casino “Real”, vivía en pareja con un tipo que administraba una agencia de modelos. La chica tenía dieciocho años y había llegado de San Pedro para trabajar en la ciudad.

-¿Tiene la policía alguna pista concreta? -preguntó.

-Ninguna -respondió Fabricio.

En ese instante, sonó el teléfono y una voz le comunicó que los requerían en la zona del Puerto porque se había reportado el hallazgo de un cadáver de sexo femenino. Salieron presurosos. No había ninguna diferencia con el caso anterior, la mujer tendría alrededor de 20 años, rubia, no presentaba signos de violencia. Pálida, marmórea, exangüe, los ojos vidriosos perdidos y estáticos. Silvina observó el cuerpo, la posición y buscó alguna pista que los ayudara a des-cubrir lo ocurría. La policía criminalística levantó las evidencias y el forense ordenó el traslado a la Morgue Judicial. De alguna manera, las dos muertes se relacionaban. ¿Pero, de qué manera?

La mañana transcurrió rápida en medio de trámites administrativos, tenían que preparar audiencias orales pendientes. En tiempos en los que su padre ejercía las audiencias no eran orales. En las noches preparaba las defensas de sus defendidos mientras su mamá se ocupaba de que la cena se sirviera a la hora fijada. El abuelo también había sido abogado y la abuela paterna hija de un escribano. Tenían dos hijos más aparte de su papá, el mayor, que había fallecido de complicaciones del sarampión cuando tenía siete unos y el menor, que había viajado muy pronto a París, donde se había convertido en un prestigioso diseñador de modas. Ezequiel Brandoni había elegido la profesión de su padre como ella. Sonrió al recordarlo. Era un hombre bueno, ético y pulcro. Cuando la demencia senil deterioró el estado del abuelo, compró una granja en Altos y contrató un matrimonio para que lo cuidara. Dos veces a la semana lo visitaba. En uno de esos viajes fue que se encontró con una patética escena en su casa. Silvina tenía doce años. Fue terrible para todos. A veces, la memoria se le borra y no recuerda los hechos del pasado, es más acentuado cuando se trata de recordar a su mamá. Ella se llamaba Marina Bustamante, etérea, sutil, hermosa y talentosa, podría haber pasado por una musa que inspirara el arte a todo artista. Ella cultivaba la música. Eximia pianista, le hubiera gustado ser concertista. Era una frustración que cargaba como una segunda piel. Lamentaba su condición femenina, que la atrapaba en la casa con las labores del hogar. Siempre decía que si tuviera alas hubiera volado lejos de allí. Quizás París, Roma o Londres hubieran sido las ciudades donde le habría gustado vivir y ejercer la música como carrera. Mi papá la adoraba, pensó Silvina.

La frágil belleza de Marina cobraba fuerza con la música, las costumbres de la sociedad donde vivía la obligaron muy joven a contraer matrimonio. Era mal visto en esa época que una mujer viajara sola por el mundo e hiciera su voluntad sobre la de sus padres. El abuelo materno, Elias Bustamante, había sido un próspero comerciante de la zona portuaria, que había erigido su fortuna con la venta de provista para las familias del Chaco y las ribereñas. Se casó con una mujer muy bonita y simpática que trabajaba como corista en el teatro, para disgusto de sus padres. La abuela Catalina tenía parientes que vivían en barrio marginal asentado en orilla del río. La bisabuela Lea vendía frutas en un canasto casa por casa para criar a sus cinco hijos porque había quedado viuda, después que en una riña de gallos mataron a su esposo. Todo eso ocurrió en el bajo de la Catedral. La más pequeña, Catalina, siempre demostró una innata predisposición por el baile y el canto. Por eso le permitió que tomara clases en la escuela municipal. La bisabuela Lea había venido con su madre con un atado de ropas y una docena de gallinas. Dejó su pueblo para encontrar mejores condiciones de vida.

La abuela Catalina decía que su hija había heredado de su padre cierta propensión a la tristeza. Así nomás son, sentenciaba de un modo simple y restaba importancia al hecho. Marina tenía un mundo interior que competía con la realidad asfixiante para ella, que la atrapaba en un matrimonio que se desgastaba miserablemente con la rutina. Soñaba con otras experiencias y emociones. Sentía bullir en su sangre la juventud. Silvina recordaba de su mamá su profunda mirada verde, su piel blanca casi transparente y su figura frágil, vulnerable como un cristal valioso. Tenía una linda sonrisa.

Pálida como una muñeca de cera como si le hubieran sacado la última gota de sangre, de esa forma recordaba a su mamá. ¿Qué tenía en común con las chicas fallecidas? Repasó los datos por enésima vez. La policía estaba investigando, mientras tanto ella con su equipo preparaban las acciones judiciales. Paciencia y disciplina eran las consignas de su papá. A Silvina, sin embargo, le hubiera gustado tenerlo resuelto en el acto. Disparidad en la actitud, reflexionó para sí misma. Apartó los papeles, apagó el ordenador y se echó la chaqueta al hombro, se despidió y salió. Se subió al auto y enfiló hacia su casa, a la salida del micro- centro cambió de idea, fue avanzando por calles poco transitadas en la media tarde de un día de la semana y llegó al Zoológico.

Pagó la entrada, se dio cuenta que muy poco había cambiado con los años. Caminó los senderos, respiró con profundidad y se acercó hacia la jaula de los tigres. Estaban durmiendo, satisfechos o aburridos en plena tarde. Miró al interior. Eran un par, probablemente la hembra y el macho. Lentamente se dirigió a la salida. No pensó en nada, ya en el auto enfiló hacia la zona de Carmelitas hasta parar frente a un bar. Bajó y entró. Pidió un gin tonic, había un grupo de muchachos y chicas jugando al billar. Recordó que su abuelo Elias se compró un billar para la casa y cuando ella iba de visita jugaban juntos. A veces, el abuelo la dejaba ganar. Él era lindo y elegante. Pero, ya estaba muerto a consecuencia de la ruleta rusa.

Silvina Brandoni participó del levantamiento de un cadáver sin identificación. Estaba en estado de descomposición, llamaba la atención el orificio de la bala sin salida en la cabeza. Unos pescadores lo encontraron en el río y denunciaron el hallazgo sin demora. Entre periodistas, fotógrafos y policías se desarrolló la investigación, y concluyó que la víctima se había suicidado. La realidad no es precisamente interesante en el ámbito forense; el hecho se había dilucidado fortuitamente, y el azar fue el protagonista principal. Una situación similar sucedió una semana después, en las cercanías de una fábrica abandonada en la periferia de la ciudad. En la madrugada, un hombre que se dirigía a su lugar de trabajo tropezó con un cuerpo que yacía junto a un montículo de basura. Silvina acompañada de la comitiva investigadora, llegó hasta la calle donde estaba el yacente que ya había sido reconocido. Se trataba de un empresario que mediante justas electorales ocupaba una banca en el parlamento.

El tercer caso aconteció en el transcurso del mes, se trataba de un joven y talentoso actor de teatro. En esa oportunidad, la obviedad de los acontecimientos planteó una sospecha y por dicho motivo se decidió profundizar la pesquisa para establecer la relación de los casos entre sí y la causa de las muertes. Ella fue designada responsable porque gozaba del respeto de sus superiores y subordinados, había egresado de la facultad de leyes con honores y luego de un posgrado en Alemania, continuaba la trayectoria de su difunto padre. El equipo investigador consideró que los tres lugares donde fueron depositados los cuerpos eran equidistantes y los cadáveres aparecieron en el tiempo, simétricamente, con un intervalo de una a dos semanas. Se consideró equivocadamente que el primer caso se había dilucidado de una manera sencilla, atribuyendo los hechos al suicidio. Se tuvo en cuenta que los fallecidos tenían en común las visitas a una casa, situada en lugar exclusivo y el tipo de lesión mortal que presentaban; los investigadores consideraron eso como el resultado más relevante de las estratégicas observaciones y los interrogatorios a los que fueron sometidos diversas personas vinculadas a esos difuntos.

Esa situación de extrema responsabilidad había desencadenado en Silvina, un conflicto entre sus tentaciones, inteligencia, perspicacia y voluntad. Temía ser desleal consigo misma, pero a la vez temía que pudiera resultar víctima de sus propias fábulas y caer en una trampa. Cuando era adolescente empezó a construir con cajas vacías de fósforos, aquel Dédalo que cuando estaba con todas sus piezas en su sitio, recobraba el equilibrio interno. Tenía coraje, aunque le faltara la tranquilidad del alma por unos instantes; siempre conseguía el dominio de sí misma, sobre todo cuando ensanchaba el Dédalo. Tenía que estar perfectamente ordenado con cada uno de sus componentes en su emplazamiento, para conservar la estructura. Mirarlo en ese estado la llevaba inevitablemente a la sensación de bienestar. Tuvo la esperanza de que el tiempo pudiera borrar las huellas que se impregnaron a sus recuerdos. Contradictoriamente, ansiaba cualquier calamidad y experimentaba avidez, asombro, miedo, aunque luego se abandonaba a una escondida y desordenada alegría. De ese modo, se ponía a salvo de sí misma. Cuando cometía una falta, ella encontraba la manera de expiarla, para luego dedicarse con silenciosa determinación a transgredir nuevamente las reglas convencionales. Los angostos caminos de sus emociones y el agotamiento la dejaban sin fuerzas como destellos de desánimo. Entonces pensaba que toda su existencia era un laberinto y que un tigre la acechaba en sus senderos. Entonces la envolvía un halo blanco que la mostraba transparente y el pavor la invadía.

Agobiada aparecía en el casino clandestino, el ambiente lúgubre le parecía familiar. Las personas que allí acudían tenían con ella algo en común, precisaban una dosis alta de adrenalina para alinearse con sus sentimientos. Luego de varias manos de poker, pedía el especial y pasaba a una sala donde tomaba parte de un juego donde cada jugador asume ciertas reglas, y las jugadas están determinadas por la decisión personal o el destino; como en la ruleta rusa donde la vida de alguien depende de una sola movida. Cuando su dedo oprimió el gatillo del arma, sonó un chasquido seco que la obligó a abrir los ojos y depositarla sobre la mesa, encima de las cartas. Miró a Roberto Bentos, y dijo al retirarse: Allanaremos este local, soy la fiscal encargada del procedimiento.

La policía no reunió pruebas contundentes para procesar a las personas responsables del casino, de hecho pertenecía una cadena de locales de juego de un poderoso senador de la Nación. No quedaba más camino que la extinción de la causa. Habían pasado diez años de esa anécdota y había sobrevivido. La nombraron la fiscal de año y fue cosechando beneficios invaluables. Sus anteriores deudas de juego fueron saldadas y pareciera que superó esa racha de atracción por las apuestas.

Elias, su abuelo materno, también transitó las ti-nieblas de ese juego clandestino. Pasó el último día de su vida efectuando tareas febriles en su comercio de suministros, del puerto. Repasó las cuentas, llamó a su abogado para darle detalles acerca de la pensión de su esposa y algunas cuestiones pendientes que tenía con los proveedores. Cenó con su esposa y salió rumbo a la casa de juegos. Catalana se sentía impotente para prohibir a su esposo que se aficionara al juego de naipes. Desde que perdió a su hija, cargaba un hondo dolor que lo había encorvado y envejecido mucho. Silvina amaba a su abuelo. Lo encontraron a la mañana siguiente con un agujero en sien izquierda. Era zurdo.

Catalina decidió que lo enterraran con su traje favorito; aquel que había usado en reiteradas ocasiones especiales. Ella no permitió que ninguna persona manchara el recuerdo de su esposo.

En el cementerio, durante el sepelio de su abuelo le llamó la atención la presencia del senador de la Nación, en esa época todavía no ostentaba el cargo. Su papá lo había mirado de manera extraña y ella creyó que era con odio. Por algún motivo oscuro asoció al senador con el señor del traje blanco que las acompañaba cuando ambas iban de paseo al zoológico. Siempre intuyó que era algo malo que él las acompañara sin que su padre lo supiera. Ya de adulta comprendió lo que su ingenua comprensión de niña ignoraba. Quizá si hubiera sido valiente y ella le hubiera contado eso a su papá, las cosas hubieran tenido un curso diferente. Tal vez no sentiría tanto remordimiento ni dolor ante los recuerdos.

Ahora, sentada en el sofá en su casa concluye que las chicas tienen en común que son de diferente procedencia, pero fueron seleccionadas. ¿Por quién? ¿Por qué?


 


LOURDES TALAVERA: LA DAMA Y EL TIGRE

Texto de JOSÉ VICENTE PEIRÓ BARCO


De Lourdes Talavera creo haber comentado todas sus obras narrativas publicadas.  Ya hablamos de los cuentos urbanos de Junto a la ventana (2003) y su penetración psicológica en los personajes de Zoológico urbano (2004) y Afinidades furtivas (2007). Su novela Sombras sin sosiego (2009) –ofrecía un panorama de los entresijos de la dictadura de Stroessner, nutrida de testimonios reales de la represión para reconstruir la lucha por los ideales de la libertad en un estado manejado con sangre y corrupción. De su siguiente novela Ajedrez perpetuo (2011) subrayamos el drama angustioso vinculado al secuestro de una mujer por parte de un grupo de apariencia política, inmerso en tópicos de la guerrilla izquierdista vacía de contenido estructural político. Pero no era un libro fundamentalmente político –el secuestro es un mero hilo conductor- sino un retablo sobre la sociedad enferma donde vivimos, descrita como una partida de ajedrez y en la que el jaque mate es la vida misma.

En la reseña de esta novela que publicamos en febrero de 2012 anunciábamos que aún nos esperarían creaciones más vigorosas de esta atractiva autora con toda seguridad. En efecto: no nos equivocamos. Nos acaba de obsequiar una nueva novela, La dama y el tigre, donde perfecciona aún más su estilo y vuelve a preocuparse por la psicología y los escondites del alma de su protagonista, así como por enhebrar una telaraña de su relación con el resto de personajes. No ha renunciado por tanto a un estilo propio, a su sello de identidad, sino que lo confirma y con mayor limpieza aún, ya que alcanza una prosa mucho más fluida que en sus anteriores trabajos.

La novela nos presenta de nuevo una protagonista femenina, como suele ser habitual en la autora, Silvina Brandoni. Ella presencia un suceso nocturno en su barrio: se descubre un tigre atado a un árbol en el patio de una de las casas del barrio cerrado donde vive. Desde ese momento, descubrimos que es una mujer incapaz de despegarse de su pasado. En paralelo, se sitúan varios planos argumentales: el presente con el caso de la muerte en serie de unas jóvenes mujeres desangradas; las visitas al pasado a su amigo de infancia Blake y al fantasma de su madre, una pianista frustrada; las conversaciones con su amiga Margot; y su relación familiar y con el senador José Pablo Artigas. Todas se combinan en la externa, la investigación de estos presuntos crímenes, y en la interna, el pasado familiar y las raíces del estado de la protagonista. Es por ello un conjunto turbulento, donde el pasado choca con el presente hasta cambiar su percepción, porque nadie puede desprenderse completamente de su historia familiar ni de los acontecimientos de sus vivencias.

Se suele decir que la ficción es una necesidad, como suele expresar el filósofo español Fernando Savater. Realmente para Silvina lo es. Necesita fabular para recomponer la relación adúltera de su madre, Marina, y el senador Artigas, así como el tormento padecido por su padre Ezequiel. La pequeña sociedad víctima de un conjunto de adicciones sociales que desarticulan la vida de los individuos: el juego, la prostitución, la enfermedad mental, el tráfico de influencias, los negocios sucios, el desprecio que trae como consecuencia para el individuo su caída en un solipsismo absoluto, desequilibrante, y los detalles absurdos y hasta delictivos de la vida política. La fantasía permite a Silvina escapar, pero no puede dejar de vivir en un caos asfixiante que acaba tergiversando la realidad… o no modificarlo porque realmente es así para la percepción del individuo.

Los personajes femeninos de Talavera suelen vivir en el desconcierto. Le pasaba a Sofía en Ajedrez perpetuo y le ocurre a Silvina. Son los secretos íntimos en colisión con la sociedad los componentes de su “locura”. Habla con su amigo Blake y manifiesta esa obsesión por los tigres, con el recuerdo de las visitas de infancia al zoológico. Pero la historia de sus padres pesa en su conciencia en exceso: como figura en el comentario de la contraportada del libro, “el secreto es como un tigre, al que se teme y nos seduce”. La vida se teme pero seduce. Es esa atracción por el peligro que representa el tigre la que acecha a Silvina hasta empujarle a indagar en el caso de las muchachas desaparecidas por localidades del interior del país como Altos o San Pedro de Ycuamandiyú, además de la propia ciudad donde vive. A pesar de llevar  (o quizás por llevar) esta investigación de supuesto vampirismo (recordando incluso la “leyenda urbana” del supuesto vampirismo del dictador Stroessner), a juzgarse por los dos agujeros en el cuello presentados por las víctimas, es ascendida a Fiscal General, pero ella sigue obstinada en averiguar lo ocurrido, aun teniendo la oposición de su ayudante y del senador, que es el motor de su nombramiento.

La narración en primera persona, subjetiva, se introduce dentro de la narración objetiva en tercera persona. De ahí, Talavera pasa a los diálogos, entre los que también se reproduce el pensamiento interior de Silvina. Es un buen manejo de distintos registros, respetando la supremacía de la protagonista, con una ambientación donde lo social se mezcla con lo individual. Se aprecia un buen dominio del arte narrativo, no quedando nada al azar porque las acciones se disponen entrelazadas para cerrarse como un puzle perfectamente encajado. Y con suspense, sin evadirse de cierto sentido del humor (sobre todo con el personaje de Margot), cayendo en la especificación del detalle aclaratorio (por ejemplo, la referencia a la condesa de Bathory y su leyenda transilvana), dentro de un realismo psicológico que penetra en ocasiones dentro del surrealismo, cuando la protagonista sueña, sobre todo con su infancia. Es esta conjunción de situaciones bien estrechadas con la diversidad técnica la que otorga a la novela de una credibilidad y de una atracción sin igual, aunque el desenlace puede ser objeto de discusión.

La nueva novela de esta incansable escritora no va a defraudar ni a quienes se acerquen por primera vez a su producción, ni a quienes sean sus habituales lectores. Esta fábula de la incidencia de la sociedad y la familia en la psicología individual contentará a quienes busquen una fábula bien contada con la que encontrarse, como hipérbole ácida y tierna de una vida descompuesta por un pasado que engulle al presente hasta transformarlo en una versión de la realidad sencillamente disforme para el personaje, y conforme para quienes le rodean. Ya no esperaremos a la siguiente novela de Lourdes Talavera: tenemos posiblemente su producción más conseguida con El tigre y la dama.

José Vicente Peiró

jvpeiro@ono.com

 

 

 

 

 

UNA SOBREVIVIENTE EN LOS LABERINTOS DEL DOLOR

Recepción de «La dama y el tigre» (2013), novela de Lourdes Talavera.


¿Cuán grande es el dolor que nos ocasiona la pérdida de un ser querido? ¿Cuánto mayor puede ser la pérdida de una madre, siendo aún niños? ¿Cuánto puede marcar nuestras vidas un hecho de esta naturaleza, más aún si sentimos que la muerte de nuestra madre es un abandono?

«La dama y el tigre», novela de Lourdes Talavera, nos plantea estas interrogantes y nos presenta una posible respuesta, narrándonos parte de la vida de Silvina Brandoni, personaje central de su relato.


¿Quién es Silvina Brandoni?

Silvina Brandoni es una mujer marcada por padecimientos psicóticos que tienen sus raíces en su infancia y que la conducen a una vida desdoblada; por un lado, la Silvina “normal” —Ó, por darle un rótulo a esa forma que tenemos todos de ser reconocidos por la sociedad, encajándonos en sus parámetros—, la Silvina que ejerce una profesión y que tiene “una personalidad propia… (y que no necesita) …recurrir a estereotipos para sentirse segura y adaptada al medio…” donde se desenvuelve (p. 24); y por otro, la Silvina “enferma” que escucha voces, que dialoga con un tigre al que siente su protector, que precisaba de “una dosis alta de adrenalina para alinearse con sus sentimientos” (p. 39), que no termina de recuperarse de un estrés postraumático que había sufrido en su infancia luego del suicidio de su madre, que construye un caso sobre un supuesto asesinato en serie y que resulta finalmente ser una invención suya, que “delira con cosas que no existen y va más allá de la cordura” (p. 163).

Quien lea la novela debe prepararse a navegar con Silvina las aguas que ella navega; a darse cuenta que las “cosas que no existen, a veces, son más numerosas de las que existen” (p. 131); a conocerla en sus dobleces; a escuchar a Blake, su amigo tigre desde la infancia; a reconocer que uno también tiene noches que están en su interior; y que uno también tiene un lado luminoso y otro oscuro —como Marina, la madre de Silvina y ella misma.

El personaje de Silvina inspira curiosidad, al principio de la novela, pues ni bien esta se inicia la vemos confrontada por un tigre y nos enteramos, por confesión del narrador, que en “ocasiones el alto muro que la resguardaba se desmoronaba y quedaba desnuda ante el mundo” (p. 12).

Esta curiosidad inicial va in crescendo a medida que avanzamos en la lectura de los capítulos, por los diferentes indicios de perturbación mental que presenta la protagonista. Pero terminamos sintiendo pena por lo que le ha sucedido en la niñez, por sus miedos, por su angustia, por sus alucinaciones, por su terrible soledad poblada de fantasmas y rituales. ¡Pobre Silvina! ¡Tan sola ante la muerte de su madre, con tanto sentimiento de abandono!: “Antes de morirse mi mamá ni siquiera me abrazó. Ni siquiera me escribió una palabra de despedida” (p. 199).

Y sin embargo, hay un amanecer al final de la noche. Hay un reconocimiento, por parte de Silvina, de su debilidad y de las raíces de su padecimiento. Un saber, en definitiva, que “tiene la oportunidad de decidir su destino, de ahora en adelante” (p. 206), que ella es una “sobreviviente en los laberintos del dolor” (p. 180).


¿Cómo es el discurso narrativo que nos presenta a Silvina Brandoni?

El discurso narrativo que nos presenta a Silvina Brandoni, tal cual ocurre con el desdoblamiento de la protagonista, se desdobla en dos tiempos: el pasado y el presente. El tiempo pasado es el predominante en la novela, pero aquí y allá irrumpe el tiempo presente, desgarrándolo, dislocándolo; dejándonos la inquietante sensación de que el pasado cobra vida y sucede, coexiste, ahora mismo en la vida de Silvina y en la nuestra, que somos testigos del momento exacto en que van ocurriendo, trayéndonos a ella y a nosotros sus fantasmas en este instante que estamos viviendo. En un pasaje de la novela, Silvina dialoga con su madre muerta:

— ¿No comes nada?

—De donde vengo, nadie come.

—Pero, ¿beben?

—Tampoco beben.

La mira a la cara y pregunta:

— ¿Me acostumbraré a eso?

—Es posible, pero no tiene que ver con el tiempo. Existen lastres que llevamos a cuestas que tienen que ser eliminados aunque nos hayamos acostumbrado mucho a ellos. En realidad, se los elabora para reciclarlos e integrarlos a la existencia (p. 128-129).

El uso del tiempo presente en el discurso narrativo tiene que ver con la presentación de la manera como Silvina vive y revive en un continuum sus alucinaciones. De alguna forma, es el tiempo interno de Silvina que transgrede y trastroca el tiempo externo del relato.

Finalmente, debemos decir que el discurso narrativo no hace sino darle ritmo y sensación a la figura central de la novela, completando de ese modo la configuración de los padecimientos de la protagonista, en el espacio que ella vive antes de que se abra para ella una puerta a la esperanza, una puerta a una nueva vida, ya sin Blake, ya sin sus fantasmas y sus miedos.


Iván González

Cercana la primavera, 2013.


 

 

 

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