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JULIO P.M. SALDIVAR


  YRENDAGÜÉ Y OTROS EPISODIOS DE LA GUERRA DEL CHACO, 2ª EDICIÓN (JULIO P.M. SALDIVAR)


YRENDAGÜÉ Y OTROS EPISODIOS DE LA GUERRA DEL CHACO, 2ª EDICIÓN (JULIO P.M. SALDIVAR)

YRENDAGÜÉ Y OTROS EPISODIOS DE LA GUERRA DEL CHACO

por JULIO P.M. SALDIVAR

Ediciones Mediterráneo,

Asunción-Paraguay 1984

(2da. Edición / La 1ra. Edición, 1975-Imprenta Militar)

Nota preliminar:

BEATRIZ RODRÍGUEZ ALCALÁ DE GONZALEZ ODDONE

 

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PRÓLOGO:

El Mayor Julio P. M. Saldívar, a quien conocí como joven teniente de reserva en el Chaco en abril de 1934, me ha hecho la deferencia de pedir un prólogo para este libro que se ha pro puesto dar a publicidad. No quiero ocultar que una solicitud como ésta me llena de satisfacción, no quizá por el halago que pudiera suponer el pedido en sí mismo, sino por otras causas muy alejadas de tal halago: es que hay que celebrar el hecho de que un soldado del Chaco se decida a relatar lo que ha visto y vivido durante el histórico trienio de 1932 a 1935, ya que la literatura militar y aun la histórica que se refiera a la guerra del Chaco, continúa siendo muy escasa, mucho más en el lado paraguayo que en el boliviano.

Pero hay otros motivos por los que la aparición de este libro de Julio Saldívar ha de ser recibida con alborozo: tal como él mismo me ha expresado, el autor no tiene pretensiones de literato, de historiador y menos aún de polemista, Julio Saldívar no quiere ser sino un narrador veraz, sencillo y llano de los hechos que han pasado bajo su vista o más bien dicho en los que él ha sido testigo y actor como jefe de un pelotón de fusileros en el Regimiento "BATALLÓN 40", y su deseo es que esta su narración de hechos reales llegue a conocimiento de las generaciones que vienen y vendrán a formar parte de la comunidad nacional después de la guerra del Chaco. Y es éste, precisamente, el valor más elevado que hallo en el pequeño gran libro que ha escrito el Mayor Saldívar; en sus renglones aparecen tal como fueron los recios conductores del hombre paraguayo en armas, tales como Eugenio Alejandrino Garay también llamado "El Viejo Garay" y "Avión Pytá" el que marchaba invariablemente en el primer escalón de su Octava División en el bosque enmarañado y, en el arenal calcinado; el gran señor que fue Nicolás Chircoff el que modeló el espíritu del Regimiento; el teniente joven, valiente y provisto del don de la ubicuidad que fue Ceferino Vega, y los oficiales, sargentos y soldados que constituían la 2a Compañía del "Batallón 40", todos ellos compañeros de Julio Saldívar en la vida de campamento, en las marchas y en el combate.

Pocos son, en nuestro ambiente, los libros que se refieren a la gesta del Chaco para mostrar al hombre real que vivió ese drama. Sólo conozco los de Atilano Carísimo en "En la Primera División de Infantería" y Coronel José S. Dacosta Decoud en sus tres obras "El Frente Oeste", "Yrendagüé" y "Toledo". Este género de literatura histórica en que aparece el hombre del Chaco, es ahora enriquecido con el valioso aporte que hace el Mayor Julio Saldívar.

Saldívar prescinde de todos los aspectos que quizá podríamos considerar profesionales o más bien técnicos: la situación de los Ejércitos en lucha, las distancias e itinerarios, la distribución de medios y las misiones que recaen sobre las Unidades, es decir todo cuanto abarque el terreno, el enemigo y los propios medios: el objetivo de su relato se aleja de estas cuestiones aparentemente fundamentales quizá porque en los momentos de los sucesos no las ha valorado como esenciales. En este su libro el objetivo es, visiblemente, el relato de los hechos vividos tal como el autor los conserva en su memoria: el bosque, el arenal, las marchas agotadoras, los momentos difíciles, los jefes, los camaradas, la tropa y el enemigo con el que se tropieza en el momento del combate.

El relato de Saldívar pone al lector en contacto directo con la naturaleza y con el hombre que está en lucha mucho más con las circunstancias que contra el enemigo. En la histórica marcha de la Octava División a Yrendagüé, la distancia cubierta en cifras concretas fue de 70 kilómetros, de los cuales los primeros 30 fueron en terreno chaqueño de tipo corriente: tierra más o menos dura, bosque bajo, sin agua, en general lejos del enemigo. En los siguientes 40 kilómetros, la calidad del terreno y la presencia del enemigo imponen condiciones excepcionalmente difíciles: el terreno es ahora de raleados bosques sucios, suelo de arena gruesa en que los pies se hunden en cada paso hasta los tobillos. No se puede emplear el machete para abrir camino porque el Regimiento "Batallón 40" que es la punta de la División está deslizándose entre dos Divisiones enemigas cada una de las cuales es ocho veces más numerosa en efectivos que el Regimiento y tres veces más que toda la División paraguaya. En términos militares yo debo decir que esta tremenda marcha no es de rodeo o de flanco, según se creía, sino de pura infiltración, y el espacio entre una y otra Divisiones bolivianas, Séptima de Infantería y Primera de Caballería, es sólo de 2 a 3 kilómetros. Durante todo el día 7 de diciembre y durante la noche del 7 al 8, la vida de cada uno de los hombres de la Octava División paraguaya, la suerte de la batalla y al final de cuentas el destino de la Nación, se están jugando en cada paso que dan esos soldados y en cada minuto de aquellas interminables cuarenta horas de marcha de infiltración bajo sol ardiente, en la noche oscura, en el arenal reseco, en el bosque sucio.

En el regimiento que marcha en punta no hay rezagados y se marcha de un solo tirón: un descanso de diez minutos en cada hora y un "gran descanso" de dos horas... Es de justicia reconocer que en esta hazaña realmente portentosa no debe verse como factor fundamental la resistencia del hombre y la presencia del jefe superior, sino también la previsión y las condiciones de mando que posee el joven comandante del Regimiento y los comandantes subalternos. A la cabeza de cada Compañía marcha el respectivo comandante y detrás de la Compañía punta está el comandante del Regimiento. Y en el último escalón del Regimiento punta marcha el Comandante de la División cuya edad triplica en cifras la del teniente Vega y la de cualquiera de los jefes subalternos y poco menos la de los más viejos fusileros.

En los regimientos que marchan en los escalones siguientes, hay muchos rezagados. Ha llegado a hablarse de abandono criminal, de debilidades físicas y espirituales, pero el juicio definitivo surge de los hechos reales: uno de estos hechos es que ya al iniciarse la marcha de la División, dos de los Regimientos no han recibido agua y la tropa camina con las caramañolas vacías o semivacías, con la esperanza de beber en Yrendagüé... "si Dios quiere", según la orden conminatoria que se ha impartido a la División. Que en tales condiciones el hombre mantenía enhiesto el ánimo y no arroje las armas para buscar la salvación en la huída o en la piedad del enemigo, es la suprema interrogante ante la que se enfrenta el lector. Conocedor quien escribe estas líneas de las condiciones del terreno del Chaco en la zona Picuiba y las que se refieren al enemigo a las propias tropas, con lo que me declaro en mejor situación que el lector corriente, no vacilo en consignar el juicio que debe recaer sobre la hazaña cumplida por la Octava División y particularmente por el Regimiento "Batallón 40" en la histórica jornada de Yrendagüé: no conozco un hecho semejante en toda la historia de las guerras americanas, y bien hizo nuestro Gobierno, cuando, correspondiendo a una solicitud del Ejército, instituyó ese día de Yrendagüé, el 8 de diciembre, como "Día de la Infantería" y como "Patrono de la Infantería" de nuestro Ejército al esclarecido Eugenio Alejandrino Garay el que llegó a Yrendagüé el 8 de diciembre de 1934.

A la verdad, cuesta admitir como real el hecho que relata Julio Saldívar en este su libro. Yo lo sé cierto porque lo he escuchado en cientos de actores en los días próximos al drama y porque me cupo combatir en el Parapití a órdenes del mismo coronel Garay: cuando centenares de hombres han caído abatidos por la sed, el anciano de más de 60 años de edad no solamente no da señales de decaimiento físico y moral sino que se mantiene enhiesto y activo como si nada fuera de lo normal estuviera acaeciendo; es el jefe auténtico, el líder, el conductor. Es el karaí guaraní: el hombre sabio, fuerte y bueno en quien todos se inspiran, cuya presencia renueva la fuerza física y el espíritu de la tropa y de los oficiales, tal como lo cuentan Julio Saldívar y otros muchos actores: "Arriba, hijo. Un esfuerzo más y vamos a morir juntos combatiendo en Yrendagüé".

Todo esto, y mucho más, es lo que se encuentra palpitante de vida, en el relato sencillo y ameno que hace el Mayor Saldívar. Si se quisiera hallar un aspecto negativo o tan siquiera menos claro que lo que el lector pudiera esperar, yo señalaría algo que no carece de importancia: el autor no parece que se percatara del valor real de la ejecutoria de su Unidad, sea ésta la Compañía, el Regimiento y aun la División, y dentro de éstas, de lo que a él mismo le corresponde como elemento actor de esa ejecutoria. ¿Modestia, acaso falsa modestia, es decir la que se simula, la que se administra con afinada premeditación? No creo ni en la primera ni en la segunda, y voy a permitirme ensayar una explicación de orden sicológico... ,a mi manera: A mi entender, la posición espiritual del autor con relación a los hechos es perfectamente lógica y esto digo no por-que entienda una letra de sicología sino porque he visto y escuchado a centenares y aun miles de oficiales y soldados actuantes en hechos que ocurrieron en el Chaco o durante la guerra del Paraguay: en la mayor parte de esos casos el interés del actor se vio acicateado más por motivos cercanos y en cierto modo superficiales que aquellos que constituyen la esencia del arte de la conducción. En el caso particular que ahora nos ocupa, los primeros pantalones largos que vistió el joven Teniente Saldívar fueron de color verde oliva del Ejército: a esa edad, trátese de un joven oficial o de un soldado igualmente joven, llama la atención una botella de Zingani, un atadito de cigarrillos o una novelita del Oeste muchísimo más que una carta de situación, un orden de batalla o una orden de operaciones del enemigo.

En balde se buscará en el libro de Saldívar expresiones de odio al adversario, preocupaciones por la falta de agua o de víveres, temor por lo que habrá al otro lado del bosque o por lo que podría acaecer mañana. El alegre y despreocupado "hacer la guerra" de que hablo, campea en el relato de Julio Saldívar desde el primero hasta el último renglón. Y es, a no dudarlo, la especie que provee de sabor ameno y lleno de colorido a su estilo literario.

TCnel. (SR) ANTONIO E. GONZALEZ Asunción, agosto de 1974.

 

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ÍNDICE:

·         CAPÍTULO I: El BATALLÓN 40 COMANDADO POR EL MAYOR CHIRCOFF

·         CAPÍTULO II: ACTUACIÓN DE LA 2DA. COMPAÑÍA DEL “BATALLÓN 40” EN “EL CARMEN”

·         CAPÍTULO III: LA CAPTURA DEL FORTÍN YRENDAGÜÉ EL 8 DE DICIEMBRE DE 1934

·         CAPÍTULO IV:

NUESTRO AVANCE HACIA EL PARAPITÍ

NÓMINA DE JEFES Y OFICIALES QUE REVISTARON EN EL BATALLÓN 40 DURANTE LA GUERRA DEL CHACO

EL CORONEL GARAY LLEGA A YRENDAGÜÉ

 

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Los oficiales del Regimiento BATALLÓN 40 EN CAÑADA “EL CARMEN”:

PARADOS: Tte. 2o. Pedro N. Cabrera, Tte. 2o. Justo Pastor R. Acosta, Tte. 1º. Reinaldo Troche, Tte. 1º. Ceferino Vega Gaona, Tte. 2º. Julio P. M. Saldívar, Tte. 1º. José Lombardo, Tte. 2º. Ladislao Recalde.

SENTADOS: Tte. 1º. José Luis Talavera, Tte. 2º. Lima, Tte. 2º. González, Tte. 2º. Lafuente, Tte. 2º. Juan B. Brítez, Tte. 2º. de Sand. Jorge Ritter.

 

 

En el mes de Abril de 1934 el Regimiento "Batallón 40", antiguo Escuadrón Divisionario "Capitán Chircoff”; formaba parte de la División de Reserva General afectada al II Cuerpo de Ejército y se hallaba en descanso en Fortín Camacho, hoy Mariscal Estigarribia, y Capital del Departamento Boquerón.

En aquella época comandaba el "Batallón 40" el Mayor H. C. Nicolás Chircoff, distinguido Jefe del Ejército Imperial Ruso, verdadero creador y organizador de la aguerrida Unidad, pues cuando ésta era solamente un Escuadrón Divisionario ya ejercía el mando del mismo, y desde entonces demostró un interés especialísimo en la formación y preparación de los jóvenes oficiales destinados a la Unidad. Así se explica que el "Batallón 40" tuviera un cuadro de oficiales tan bien adiestrados para la guerra.

Evoco con profundo respeto y con admiración reverente a este gran Jefe que en todo momento fue nuestro consejero, instructor, conductor y amigo. Su natural señorío, su cultura, su capacidad demando y su conocimiento del arte de la guerra lo hacían digno de aquel respeto; era un hombre bueno y un soldado cabal que sabía cuidar a sus hombres y que enseñaba sin jactancia. En una palabra el Mayor Chircoff fue un verdadero maestro y un guía para nosotros.

Recuerdo que aprovechaba cualquier tiempo disponible para reunir a los jóvenes oficiales que revistaban en el "Batallón 40", -en su gran mayoría pertenecientes al cuadro de la reserva- para darles charlas de tono paternal, las que terminaban convirtiéndose en instrucción para el combate. Al día siguiente, el motivo servía de tema para ejercicios sobre el terreno, bajo su control y supervisión.

Así fue formando nuestra personalidad de soldados, en plena guerra, aprovechando cualquier oportunidad para hacerlo, ya sea en combate o durante las marchas y desplazamientos.

Se hallaba nuestra Unidad en el Fortín Camacho, sometidos sus componentes a una instrucción intensiva sobre el terreno, cuando cundió una vaga noticia según la cual, en el sector del 1º Cuerpo de Ejército, nuestras fuerzas estaban sufriendo un revés, como consecuencia de una audaz maniobra boliviana.

Denominábamos "radio so'ó" a este género de noticia o comentario que llegaba sin saberse de dónde ni cómo, y en esa oportunidad, como en tantas otras, desgraciadamente, este medio de información era veraz. El lejano cañoneo que se escuchaba no presagiaba nada bueno.

Tan pronto como se confirmó la desagradable noticia y cumpliendo órdenes del Comando Divisionario, el "Batallón 40" se desplazaba, pocas horas después, en unos cincuenta camiones de transporte, rumbo a Cañada Strongest, sector en el que había sido rodeado la 2da. División de Infantería del Ejército Paraguayo, el día 22 de Mayo de 1934.

Como la situación exigía un rápido desplazamiento a fin de llegar lo antes posible a la zona de combate, la larga columna de camiones iba dejando una este la de polvo imposible de ocultar a la aviación enemiga que se encontraba alerta para hostilizarnos, tratando de impedir la llegada de refuerzos a la tropa sitiada. Fue así cómo nos tocó soportar constantes ataques aéreos con disparos de ametralladoras, pese a los cuales seguimos adelante, con toda decisión, dispuestos a prestar lo más pronto posible nuestro apoyo a los camaradas en aprieto.

Si bien nuestra marcha fue dificultada por los malos caminos y por la aviación enemiga, gracias al espíritu de sacrificio de los choferes que conducían los camiones, llegamos a nuestro objetivo en corto tiempo y con la moral bien alta para entrar en acción.

De esa manera alcanzamos la zona cercada, y a medida que progresábamos hacia el sector crítico, encontrábamos grupos dispersos y desorganizados que venían saliendo del cerco boliviano, por iniciativa propia. Es de suponer que una gran parte de la Unidad Paraguaya acorralada se salvó de caer prisionero gracias a nuestro rápido avance y a que el enemigo no llevó a cabo la explotación del éxito y la persecución de los efectivos paraguayos en retirada.

Los bolivianos no supieron aprovechar esta situación, y sintiéndose muy felices, al parecer, con esta primera victoria de consideración sobre el Ejército Paraguayo, se abstuvieron de progresar, conformándose con los pocos prisioneros capturados en las primeras acciones, y dedicándose a recoger las armas y pertrechos que quedaron abandonados en el lugar.

También contribuyó para que los bolivianos no prosiguieran su avance, la heroica tenacidad de un batallón paraguayo que se hallaba comandado por el Capitán Joel Estigarribia, quien formó un reducto y resistió sin desmayos el asedio y bloqueo enemigo, durante seis días.

Nuestra Unidad siguió avanzando con el propósito de liberar a ese batallón que aún luchaba dentro de un triple cerco, acosado sin tregua desde todas las direcciones y con todos los medios de que disponía el enemigo, que deseaba apresurar su rendición antes de la llegada de nuestra Unidad, que decididamente intentaría su liberación.

Desgraciadamente no pudimos cumplir nuestro objetivo pues los bolivianos, obsesionados por el afán de alcanzar una victoria, volcaron todo su poderío sobre el batallón paraguayo acorralado, y éste sucumbió, después de agotar el último cartucho y de sacrificar la casi totalidad de su efectivo, con una gran cantidad de muertos y heridos.

Profundamente apenados por esta pérdida, atacamos a los bolivianos obligándoles a retirarse a sus posiciones anteriores a la maniobra en esa zona de Cañada Strongest, de triste recuerdo para las armas paraguayas.

Incorporado el "Batallón 40" a la 8a. División de Infantería, nuestra progresión fue detenida por un sistema defensivo organizado de acuerdo a las características del terreno, con campos de tiro perfectamente limpios, en los que se podía aprovechar al máximo el tiro cruzado de las armas automáticas y establecer barreras de fuego teóricamente infranqueables.

Fue por esta razón, y por primera vez para nosotros en toda la guerra del Chaco, que permanecimos frente a frente por un prolongado período de tiempo, y esta situación nos obligó a organizar también un sistema defensivo con trincheras profundas, y zanjas de comunicación que nos permitieron estar muy cerca del enemigo, hasta el punto de hacer posible conversaciones y contactos a viva voz con el mismo.

Los centinelas o puestos de escucha eran ubicados en posiciones muy adelantadas, generalmente detrás de gruesos árboles llegándose hasta ellos mediante zanjas de comunicaciones. La vigilancia o patrullaje nocturno se hacía con fuego de ametralladoras, convirtiéndose nuestros soldados -y también los bolivianos- en verdaderos artistas, para imitar con el  fuego de sus armas las sílabas "tu-papá", durante las largas vigilias nocturnas.

Esta nueva fase de la contienda chaqueña, tan distinta para nosotros, habituados a la acción ofensiva, nos proporcionó sin embargo la oportunidad de desarrollar nuestro ingenio y obviar así la falta de armamentos adecuados para hostigar al enemigo, especialmente detrás de sus posiciones fortificadas donde se mostraba muy activo, a juzgar por el constante trajín de camiones que se escuchaba de día y de noche, sin cesar.

En esta guerra de posiciones también se entrecruzaban ardientes palabras de reproche. En nuestro sector los bolivianos trajeron una banda de músicos militares, cuyas marchas y tonadas marciales eran seguidas, a través de un altavoz, de la invitación para que nos rindiéramos, ya que para el pueblo paraguayo decían con estridencia- la guerra estaba perdida, agregando que nuestros compatriotas prisioneros se hallaban contentos y dichosos, y no hambrientos y expuestos a toda clase de privaciones, como lo estábamos nosotros.

Otras veces nos provocaban con frases insultantes, y entre otras cosas, nos trataban de "gallinas argentinas", porque -según sus afirmaciones- eran los argentinos quienes nos ayudaban y mantenían. No faltando desde luego el auténtico "pila" -denominación con que los bolivianos bautizaron al soldado paraguayo, por su costumbre de andar descalzo- que les contestaba por su propia iniciativa: "Ustedes son sirvientes de los gringos y están peleando por el kirosén".

Aquellas continuas provocaciones nos molestaban muchísimo, pero como no disponíamos de suficiente cantidad de granadas de mortero, y menos aún las de artillería, con las que hubiéramos podido batir su retaguardia y acallar su propaganda, no nos quedaba otro remedio que aguzar el ingenio. Con la autorización de nuestro Comandante, resolvimos emplear hondas hechas con gomas de cámaras viejas de ruedas de camiones, y con ellas, según nuestros cálculos y tomando por base la experiencia de la antigua hondita de nuestros años infantiles, podríamos arrojar hasta cien metros de distancia una granada de mano, la famosa "carumbé-í" con la mecha encendida.

Pusimos manos a la obra con todo entusiasmo, y sin tardanza armamos nuestra original y modesta arma secreta "precursora de la moderna cohetería". El esquema de su construcción era el siguiente: "Plantábamos dos postes de dos y medio a tres metros de altura, a distancia de un metro más o menos uno del otro; luego con cuero vacuno armábamos la honda propiamente dicha, para lo cual se empleaban dos tiras bien anchas de goma; para colocar la granada preparábamos una especie de bolsa de cuero, pequeña, y de esta bolsa portagranada se estiraba la honda a fin de poner tensa la goma hasta el límite de su resistencia, a fin de aumentar al máximo su fuerza de propulsión.

Cuando la honda se encontraba en esa posición, y calculando -de acuerdo al ángulo- la distancia a que podía llegar la granada, un sirviente de pieza encendía la mecha y ponía el proyectil en la honda, la que, largada por el tirador, arrojaba la granada a unos cien metros de distancia. La explosión se producía generalmente al caer la granada a tierra, o pocos segundos después.

Con este artefacto conseguimos, por fin, molestar al enemigo y causarle una gran alarma, hasta el punto de que, luego de cada hondazo, los bolivianos abrían una barrera de fuego de mil demonios, convencido de que aquellas explosiones eran la preparación de artillería previa a un asalto; todo lo cual nos divertía sobremanera y nos ayudaba a matar el tiempo en ese período tan aburrido de la guerra de posiciones porque pasábamos.

Pero nuestra arma secreta no era muy segura, especialmente por la deficiente calidad del material empleado en el sistema de propulsión. La goma empleada provenía de cámaras muy deterioradas por el uso, siendo las únicas que se conseguían en el frente de operaciones por aquel entonces.

Como consecuencia de la mala calidad del material de propulsión, en más de una ocasión, y cuando la honda se encontraba tensa al máximo, y ya encendida la mecha de la granada para el inmediato lanzamiento, la goma se soltaba imprevistamente, cayendo la granada a nuestros pies, poco antes de explotar.

Lo único que restaba hacer en tales casos era escabullir el cuerpo lo antes posibles arrojándonos de cabeza o como podíamos, a cualquier zanja, puesto que por experiencia sabíamos el gran efecto devastador de nuestra granada de mano, el por entonces ya famoso "carumbe-í" fabricados por nuestros arsenales en Asunción, comparables casi en su efecto, al de una granada de mortero Stoke Brandt de 81 milímetros.

Otro de los hechos que alarmaba y preocupaba a los defensores de las posiciones bolivianas, obligándoles a abrir barreras de fuego y hasta poner en acción sus baterías de morteros, era el ruido que en todo el frente paraguayo se producía por la mañana temprano con la llegada del mate cocido para el desayuno, con su ración de durísimas galletas.

El ruido sospechoso consistía en un rítmico "piqui-piqui-piqui" de diverso tono, variable según el metal con que se hubiese fabricado la cuchara, la antigüedad de la galleta y el porcentaje de almidón de mandioca que contenía la misma.

Aquel ruido que los bolivianos no interpretaban ni comprendían, y que por lo tanto les resultaba sospechoso, era el que ocasionaba la cuchara en el momento de ser golpeadas aquellas galletas que, justamente por su dureza, requerían ese procedimiento para partirlas y fraccionarlas.

Para que el lector se encuentre en condiciones de interpretar el problema de la dureza de las galletas durante la guerra del Chaco debo aclarar que como en nuestro país no se producía en aquella época trigo se tenía que importar la harina necesaria para el consumo nacional y nuestro gobierno dispuso, porrazones de economía, que, en la elaboración de todo producto panificado, fuera agregado un determinado porcentaje de almidón de mandioca. Cabría sospechar que este porcentaje resultaba bastante elevado en la elaboración de las galletas destinadas al consumo del Ejército en campaña.

Además, a la proporción más o menos elevada de almidón de mandioca habría que agregar la mala calidad de la harina, la falta de grasa y levadura, y hasta la elaboración poco cuidadosa, propia de artículos de inferior calidad. Todo esto, pues, contribuía para que las galletas que llegaban a las trincheras fueran tan duras y motivaran el recio golpe de las cucharas que tanta alarma causaba al enemigo en aquellos inolvidables amaneceres chaqueños, obligándoles a gastar mayor cantidad de municiones.

En fin, con estas anécdotas que parecieran de poca o ninguna importancia, se demuestra que hasta en épocas graves de la guerra existen pequeñas causas que producen grandes efectos, y en tal sentido hemos constatado cómo nuestra humilde galleta ocasionaba grandes y frecuentes alarmas en el bien equipado ejército adversario.

Con posterioridad a los acontecimientos relatados, fueron varios los Jefes y Oficiales bolivianos que una vez prisioneros nos preguntaban en qué consistían esas armas secretas que se manifestaban y entraban en acción en las trincheras paraguayas por la mañana. Tampoco olvidaban el tipo de arma silenciosa que se empleaba para el bombardeo de sus trincheras, y, cuando se les explicaba que sólo era el golpe de las cucharas contra las galletas, o que nuestro dispositivo silencioso para el bombardeo era un simple lanzamiento de hondas, quedaban pasmados, y muchos se mostraban incrédulos, creyéndose víctimas de una burla.

Nuestro Jefe, el Mayor Chircoff, acostumbrado a otro tipo de guerra, con armamentos más modernos, observaba y admiraba la capacidad combativa y el ingenio del soldado paraguayo, y en más de una oportunidad manifestó sentirse orgulloso de comandarlo. Cuando la situación en el frente estabilizado de Cañada Strongest se estaba prolongando demasiado, nuestro Comando Superior pensó que los bolivianos podrían retirar de ese frente algunas Unidades para ser empleadas en nuevas maniobras en otros sectores entonces se ordenó que todos los Regimientos efectuaran asaltos en sus respectivos frentes, con el objeto de amarrar al enemigo y evitar desprendimientos. El Mayor Chircoff, nuestro Comandante, no se mostró de acuerdo con esta orden y expresó su punto de vista al Comando Divisionario.

A criterio del Mayor Chircoff, era fácil romper el frente del enemigo, claro está que al precio de muchas bajas; sin embargo, el sacrificio sería completamente inútil si no se contaba con unidades de reserva para una amplia explotación del éxito. No puedo asegurar si la tesis del Mayor Chircoff triunfó en aquella oportunidad, pero sí puedo asegurar que el "Batallón 40" no efectuó ningún asalto. Los Regimientos "Mariscal López" y "Pitiantuta" asaltaron las posiciones del enemigo en sus respectivos frentes y sufrieron fuertes pérdidas en oficiales y soldados.

Este episodio lo comento para destacar los quilates de nuestro Jefe, el Mayor Nicolás Chircoff, quien, así como sabía enseñar a combatir, también sabía preservar la vida de sus subalternos.

De esa manera siguió la guerra, alternando satisfacciones, penurias y sacrificios, templando el alma de miles de conciudadanos que, de estudiantes, agricultores o artesanos, se estaban convirtiendo en brillantes y esforzados combatientes de primera línea.

A principios de octubre de 1934, nuestra Gran Unidad, la 8a. División de Infantería, pasó a integrar el II Cuerpo de Ejército, y el "Batallón 40" se campamentó en el Fortín Garrapatal. Así supimos, con la más profunda tristeza, que nuestro querido y respetado Jefe, el Mayor Nicolás Chircoff, nos abandonaba obedeciendo una disposición de la superioridad, pues había sido relevado del Comando del Batallón, sin que llegaran a nuestro conocimiento las razones de tal medida. Posteriormente supimos que el alejamiento del Mayor Chircoff se debía a una medida de carácter general que alcanzaba a todos los oficiales extranjeros que comandaban unidades combatientes. La noticia mitigó nuestra sincera pena, y lo despedimos con resignación.

Al alejarse del "Batallón 40" el Mayor Nicolás Chircoff, se hizo cargo del mismo el Teniente lo. Ceferino Vega Gaona, quien poco tiempo antes se había incorporado a la Unidad y en ese momento era el oficial más antiguo de la misma.

Era Comandante de la División el legendario y heroico Jefe Coronel Eugenio Alejandrino Garay, jefe que nos conduciría, poco tiempo después, en forma brillante, a las grandes y decisivas victorias de Cañada El Carmen y en la retoma del fortín Yrendagüé, hechos de armas que merecen referencias muy especiales, por su trascendencia e importancia en las futuras operaciones de la Guerra del Chaco.

 

 

CAPITULO II

ACTUACIÓN DE LA 2a. COMPAÑIA

DEL "BATALLON 40" EN EL CARMEN

 

Apenas producidos los acontecimientos de Cañada Strongest, donde fuera cercada la 2a. División de Infantería de nuestro Ejército, en una de las contadas maniobras victoriosas del Ejército boliviano en la guerra del Chaco, se hacía cargo de la 8a. División de Infantería el Coronel Don Eugenio A. Garay, quien se hallaba en la Capital en goce de licencia y fue instado a regresar al frente de operaciones por el mismo señor Presidente de la República, en vista de la grave situación creada en el sector del 1er Cuerpo de Ejército.

La 8a. División de Infantería tenía como unidades orgánicas a los Regimientos No. 16 de Infantería "Mariscal López" y No. 18 "Pitiantuta", y al antiguo Escuadrón Divisionario, convertido en el Regimiento "Batallón 40", comandado por el Mayor H. C. Don Nicolás Chircoff, cuyo historial hemos reseñado en el capítulo anterior.

Cuando dejamos Cañada Strongest, allá por el mes de octubre de 1934, nuestro Regimiento, el "Batallón 40", fue destinado al fortín Garrapatal, en vista de que el Comando Paraguayo estaba tomando providencias para contrarrestar la presión que ejercía el Cuerpo de Caballería boliviano al mando del Coronel David Toro, sobre nuestro II Cuerpo de Ejército, que se retiraba combatiendo penosamente sobre la ruta Yrendagüé-Picuiba-Camacho.

El II Cuerpo de Ejército Paraguayo, comandado brillantemente por su Jefe el hoy desaparecido Coronel Rafael Franco, pudo zafarse de varios cercos luchan do tenazmente, pero sin poder evitar fuertes pérdidas, especialmente en material, y en la fecha en que el "Batallón 40" era destinado al fortín Garrapatal, el valiente Cuerpo de Ejército era presionado en el fortín La Faye, después de dejar en poder del enemigo el fortín Picuiba.

Otra poderosa concentración de fuerzas bolivianas se estaba organizando en el sector comprendido entre los Cuerpos I y II de nuestro Ejército, en la zona de Cañada El Carmen. Según supimos después, estas fuerzas enemigas tendrían como objetivo salir sobre la ruta a Camacho, única vía de abastecimiento del II Cuerpo de Ejército, y atacar a éste por la retaguardia, apresurando así su aniquilamiento.

El plan boliviano parecía de gran envergadura, y si llegaba a ser ejecutado podría haber cambiado el curso de la guerra, o por lo menos, habría influido para provocar graves pérdidas en personal, material y terreno al castigado II Cuerpo, obligando, también, a un largo repliegue al I Cuerpo de Ejército, cuya retaguardia se hubiera hallado comprometida seriamente.

Como primera medida para desarticular el plan enemigo, nuestro Comando en Jefe concibió el aniquilamiento de las fuerzas enemigas concentradas en Cañada El Carmen. Para el cumplimiento de esta histórica misión fue destinada, entra otras unidades, la 8a. División de Infantería, la que debía actuar en el ala derecha del I Cuerpo de Ejército.

En punta, y acompañado por el Comando Divisionario, el ya famoso y respetado AVION PYTA, como ya por entonces llamaba la tropa al Coronel Garay, marchó el Regimiento "Batallón 40", con su tradicional espíritu aguerrido y el optimismo de su joven oficialidad.

Todo lo escrito anteriormente, antes de entrar en los detalles de la decisiva maniobra de Cañada El Carmen, tiene solamente el objeto de ubicar al lector en el momento histórico que se estaba viviendo en aquel sector de nuestro Ejército en Campaña durante la guerra con Bolivia.

Tanto la 8a. División, que operaba en nuestra ala derecha (norte) como la 2a. División del I Cuerpo de Ejército, que lo hacía en el ala izquierda (sur), enviaron sendas patrullas sobre las alas enemigas, en profundidad. Durante ocho días las patrullas del Teniente Cecilio Escobar Rodas y el Teniente Gerónimo Vidal respectivamente, se internaron en terreno enemigo sin ser vistas, tomando datos sobre aguadas, cruces de caminos y otros objetivos importantes, y regresaron a sus bases sin ser descubiertas.

Al alba del día 9 de noviembre de 1934, partía la 8a División de Infantería con objetivo Cañada El Carmen, siguiendo las huellas de la patrulla del Teniente Escobar Rodas, con la misión de rebasar el ala izquierda enemiga y salir a su retaguardia, procurando tomar enlace con las unidades del I Cuerpo de Ejército, Gran Unidad que tenía la misión de accionar sobre el ala derecha de los bolivianos y salir sobre su ruta de abastecimiento.

Con esta acción conjunta se deseaba aislar de su base a las Décima y Novena Divisiones bolivianas, que en esos días pasaron a constituir el Cuerpo de Reserva, como Primera y Segunda Divisiones de Reserva, respectivamente; cortarles su aprovisionamiento de agua, y sembrar el desconcierto y la desmoralización en sus cuadros; en una palabra: realizar el clásico "corralito" que nos diera tan buenos resultados en toda la campaña del Chaco, contando como aliados a la enmarañada selva chaqueña y a la temperatura sofocante del verano en que nos encontrábamos, todo lo cual pesaba sobre el boliviano, acostumbrado al fresco clima del altiplano andino.

Una vez próximos al enemigo concentrado en Cañada El Carmen, y con el fin de que el Comando Divisionario tuviera informes precisos del dispositivo de defensa del adversario, se ordenó la ralización de varios patrullajes, con misiones muy arriesgadas.

Una de las misiones encomendadas a una patrulla en aquella oportunidad, consistió en aproximarse a las defensas bolivianas, preferentemente entre dos retenes y sus puestos de escucha, lo más cerca de ellos, y sin ser escuchados; asaltarlos por sorpresa, apoderándose de un prisionero y traerlo vivo para tomarle declaración. Una de estas arriesgadas misiones recayó en una patrulla bajo el mando del suscrito, que recibió las instrucciones del caso, de labios del propio Coronel Garay.

Disculpará el lector que en esta parte del relato, pase a emplear la primera persona, para referir los detalles -para mí inolvidables de aquella circunstancia.

Al presentarme al Coronel Garay; éste me lanzó la siguiente pregunta, así, en guaraní:

-Ndépa maba Saldívar cuera ra'y jhina? (¿Usted es hijo de cuál de los Saldívar?)

Contesté

-Soy hijo de Ramón Saldívar, mi Coronel.

Luego de observarme por un rato, el Coronel comentó:

-Entonces nico ndé gente ñorairó rejheguá jhina (Entonces usted es descendiente de combatientes.).

A continuación me dio la orden de efectuar el patrullaje, con la ya mencionada consigna de traer un prisionero.

Nunca podré olvidar la aureola de respeto que rodeaba a este magnífico y anciano soldado en los tupidos montes de El Carmen, pues mis diez y nueve años varoniles y pletóricos de entusiasmo se sintieron débiles ante su enorme presencia y el magnetismo de su personalidad. La misión que se me encomendó fue cumplida con todo éxito, felizmente.

Mientras se seguía combatiendo y progresando por los tupidos montes de Cañada El Carmen, otras patrullas del "Batallón 40" recibían la misión de rebasar el ala izquierda del enemigo, salir sobre su ruta de abastecimiento y observar durante un tiempo prudencial el movimiento que se desarrollaba por la misma, muy especialmente la cantidad de camiones de transporte que entraban y salían, y del personal y material que eran conducidos por los mismos.

Todos estos acontecimientos ocurrían mientras se seguía amarrando frontalmente al enemigo y mientras se esperaba información del resultado de la misión encomendada al I Cuerpo de Ejército, Unidad ésta que tenía que accionar sobre el ala derecha del enemigo y cortar también su ruta de abastecimiento, como ya se dijo.

En ese ínterin, una patrulla del "Batallón 40", al mando del Teniente Justo Pastor Acosta, en una arriesgada y feliz acción, interceptó y capturó un autovehículo que transportaba al Jefe del Estado Mayor de la 10a. División boliviana, el Mayor Celso Camacho, portador de la documentación de la Gran Unidad que estábamos acorralando en Cañada El Carmen.

El Mayor Celso Camacho perdió la vida en la refriega, y en el portafolios que el Teniente Acosta secuestró en la oportunidad, se encontró el plano del dispositivo de defensa y ocupación del terreno por el enemigo de nuestro frente; la distribución de sus reservas; medios de comunicación y toda la información que estaba buscando nuestro Comando Divisionario para actuar rápidamente y con seguridad de éxito.

Se encomendó a nuestra Unidad, el "Batallón 40", en cuya vanguardia iba la Segunda Compañía, la misión de rebasar el ala izquierda del enemigo, establecer un velo de defensa detrás de las tropas bolivianas, buscar contacto con las unidades del ler. Cuerpo de Ejército, y por sobre todo, repeler todo intento de escape de las tropas cercadas, bajo cualquier sacrificio.

Con las precisas órdenes recibidas, impartidas gracias a la documentación capturada por el Teniente Acosta, nos fue muy fácil dar cumplimiento a la misión, en todas sus fases, aunque el sector a defender era muy extenso para una sola Compañía de Infantería, pero, como siempre lo hicimos con mi Comandante de Compañía, el Teniente Reinaldo Troche, esta vez también afrontamos la situación con entereza, y la fuimos resolviendo por iniciativa propia, a medida que progresábamos por la tupida selva.

Ya en plena retaguardia del enemigo, y en vista de que el sector a vigilar y defender se extendía más de lo previsto, como una medida práctica, en vez de cavar hoyos individuales, abrimos un claro pique en la selva, para así mantener y facilitar el enlace visual, y formamos pequeños centros de resistencia compuestos de tres a cinco hombres distribuidos a todo lo largo de la senda abierta, y a una distancia prudencial uno de otro, con la orden estricta de concentrarse rápidamente en apoyo del grupo en cuyo frente se manifestara o apareciera el enemigo.

Ser sorprendidos por el enemigo era materialmente imposible, pues como se dijo anteriormente, el monte era muy tupido en la zona y por lo tanto era muy difícil efectuar una progresión en silencio, y si aparecía el enemigo, siempre había suficiente tiempo para que los grupos se reunieran, apoyándose mutuamente. Así conseguimos batir, rechazándolos, a los grupos dispersos que pretendían salir del cerco, haciendo creer al enemigo que nuestro sistema defensivo estaba bien organizado, y que disponíamos de suficientes efectivos para resistir cualquier ataque.

Conforme también a las órdenes recibidas se organizó una fuerte defensa sobre el principal camino que era utilizado por el enemigo, pues, a criterio de nuestro Comando, esa ruta sería empleada para intentar la retirada de la Gran Unidad cercada, transportando todos sus elementos pesados y artillería. Este intento se produjo, en efecto, pero fue rechazado con grandes pérdidas.

Cuando fueron contenidos sus intentos de salir por la ruta principal, el Comando enemigo dispuso que todo el grueso de sus efectivos con sus medios de transporte y artillería, intentaran salir abriendo una ruta de emergencia por la selva, justamente en el sector de la 2a. Compañía, donde ella tenía organizada la defensa con pequeños grupos que se apoyaban recíprocamente, en la forma consignada anteriormente.

En tal oportunidad, se puso a prueba una vez más el temple y la voluntad de vencer de nuestros soldados, pues aunque contábamos con personal muy inferior en número al del enemigo, la unidad de cuerpo y el espíritu de sacrificio fueron cualidades con las que hicimos frente a ese enemigo, aprovechando cualquier árbol de pie o tronco caído, para cubrirnos y para disparar nuestras armas con el máximo de eficacia y de economía, pues no teníamos ninguna posibilidad de recibir refuerzos o reaprovisionarnos de municiones o de agua.

La consigna de agruparse rápidamente allí donde parecía el enemigo, a lo largo de nuestro pique de progresión y de defensa, para apoyarnos mutuamente, se cumplía con presteza y decisión inquebrantables por parte de nuestros soldados, y tan numerosas fueron las bajas que causamos al enemigo que intentaba salir del cerco a través del monte defendido por la 2a. Compañía del "Batallón 40", que después de dos o tres días de ataque, desmoralizados y faltos ya de agua, nuestros adversarios se rindieron.

Uno de los primeros jefes bolivianos que cayeron en nuestro poder, fue el Mayor de Artillería Calderón Salinas, Comandante del Grupo de Artillería de la

Gran Unidad cercada. Posteriormente también cayó prisionero el Coronel Walter Méndez, Comandante de la Novena División de Reserva y del Destacamento concentrado en Cañada El Carmen.

Este jefe boliviano, llamado el "TIGRE RUBIO" por sus compatriotas, debido a su arrojo y valentía, se rindió después de ser herido de un balazo en el cuello, y de haber perdido todas las esperanzas de romper nuestra resistencia a través del pique de maniobra. En aquella oportunidad el Coronel Walter Méndez me entregó el anillo de compromiso que tenia. La joya  llevaba grabado el nombre de su señora esposa, Doña Angélica Sanjinés, y la fecha 20 de abril de 1920. Esta alianza le fue devuelta al Coronel Méndez en Asunción, en oportunidad de ser repatriado, luego de finalizar la guerra del Chaco.

Ya con posterioridad, al enterarse de que nuestra Unidad basó su defensa en el único recurso de la concentración rápida de pequeños grupos que se apoyaban mutuamente sobre una senda abierta en la selva, y sin ningún trabajo defensivo sobre el terreno, tanto el Coronel Méndez como el Mayor Calderón Salinas se mostraron incrédulos y sorprendidos. Al comprobar nuestra afirmación, nos dijeron lo siguiente:

-Ustedes, los paraguayos, son verdaderamente unos valientes.

Tan pronto como fueron recogidos los prisioneros, armamentos, las municiones y todos los pertrechos abandonados por el enemigo que acababa de rendirse, abandonamos nuestra línea de defensa sobre el ya famoso pique, pues era insoportable el hedor de los cientos de cadáveres bolivianos que se descomponían rápidamente debido al calor sofocante y a la humedad que reinaban en la tupida selva de Cañada El Carmen en aquel mes de noviembre de 1934.

Estas duras jornadas que se acaba de relatar, fueron cumplidas por la 2a. Compañía del "Batallón 40", con el apoyo de las demás unidades del Regimiento, las que, una vez más habían afrontado con decisión y valentía el privilegio y el sacrificio que implicaba marchar en punta de la 8a. División de Infantería, en la épica maniobra de Cañada El Carmen.

Recordando cómo el "Batallón 40" y las demás unidades de la 8a. División combatieron con decisión y coraje en la batalla de El Carmen, no podemos olvidar al más viejo componente de sus cuadros, el respetado Coronel Eugenio A. Garay, ubicado definitivamente en el altar de la Patria, el que no nos abandonó jamás durante la maniobra, marchando siempre en punta, como el más animoso de los soldados, a pesar de su avanzada edad.

Con motivo de relatar la actuación en El Carmen, de la 2a. Compañía del "Batallón 40", en la que revisté durante la guerra del Chaco, rindo mi emocionado homenaje de recordación a nuestro Comandante de División, Coronel Eugenio A. Garay; al mayor HC Nicolás Chircoff. Comandante del "Batallón 40"; al Comandante de la 1a. Compañía, Capitán José I. Lombardo, y al Comandante de la 3a. Compañía, Teniente lo. Armando Vergara, ya fallecidos.

Posteriormente, y al tomar enlace con la 2a. División del 1er. Cuerpo de Ejército, nos enteramos de que las unidades amigas habían cumplido sus respectivas misiones, atacando con decisión, rebasando el ala derecha del enemigo y cortando su ruta de abastecimiento, como se les había ordenado.

La acción conjunta de la 8a. División de Infantería y del 1er. Cuerpo de Ejército destruyó la concentración boliviana que tenía en ejecución la misión de atacar nuestra retaguardia y la del II Cuerpo de Ejército, echando por tierra el ambicioso plan del enemigo.

Cayeron prisioneros en "El Carmen", el Coronel Walter Méndez, los Tte. Cnels. Carlos R. Peredo y Zacarías Murillo, gran número de Jefes y Oficiales, y miles de clases y soldados, una cantidad grande de armamentos y municiones de diverso calibre, varios camiones de transporte, y pertrecho de toda índole.

Al término de la sacrificada pero brillante jornada de Cañada El Carmen, recibimos con mucha satisfacción el estímulo de una felicitación de nuestro respetado y querido Jefe Divisionario, quien sabía premiar el esfuerzo desplegado en aquella memorable acción por todos los componentes de la Gran Unidad. La misma dice textualmente:

"P. C. Camino V, 17 de Noviembre de 1934

 

"Orden General No. 205

"La 8a. División ha cumplido fielmente la Orden del Comando Superior, colaborando a una gran victoria. A todos los hombres de la Gran Unidad -Jefes, Oficiales, Sargentos, Cabos y Soldados- debo decir que han servido bien a la Patria. Han desarrollado un esfuerzo magnífico. Estoy orgulloso de comandarlos. La Nación no ha de olvidar la jornada de ayer".

"Hijos míos de la División 8a. Si os véis en oportunidad análoga, superáos. Recordad que no éramos numerosos, porque la mayoría de nuestros hermanos de División se ocupaban en los penosos trabajos de reaprovisionamiento y otros".

"Tened la seguridad de que ocupáis un lugar muy grande en mi corazón, y tomad conocimiento de estos dos despachos".

"17-XI Nº 4045. Comando D. 8: Hago llegar a ese Comando y por su intermedio a los señores Jefes, Oficiales y tropa de esa Gran Unidad mis felicitaciones calurosas por la brillante victoria alcanzada en Cañada "El Carmen". General Estigarribia Comandante en Jefe del Ejército en el Chaco".

"17-XI Nº 4046. Comando D. 8: Transcribo a ese Comando las felicitaciones que el señor Presidente de la República y Ministro de Defensa han dirigido a los Sres. Jefes, Oficiales y Soldados de esa Gran Unidad con motivo de la victoria de "El Carmen". Comanchaco".

Fdo.: E. A. Garay Coronel, Comandante de la D. 8. Posteriormente, y luego de un bien merecido descanso, la 8a. División de Infantería se preparaba para  dar otro golpe mortal al Ejército Boliviano. Me refiero a la maniobra para la retoma del fortín Yrendagüé, ocurrida el 8 de Diciembre de 1934, en cuya acción nos acompañó nuevamente la fortuna y alcanzamos el objetivo, después de una larga, sacrificada y penosa marcha.

Por su importancia y trascendencia en la guerra del Chaco, la reconquista del fortín Yrendagüé merece un capítulo aparte, el que integra este trabajo como una contribución a la historia del Regimiento "Batallón 40" y de la 8a. División de Infantería.

 

 

CAPÍTULO III

LA CAPTURA DEL FORTÍN YRENDAGÜE

EL 8 DE DICIEMBRE DE 1934

 

Al proponerme hacer el relato de la participación de la 2a. Compañía del "Batallón 40" en esta histórica acción, no puedo dejar de referirme al libro que sobre el mismo tema ha escrito el General de División Don Ceferino Vega Gaona, quien con la Jerarquía de Teniente 1o. fue Comandante del Batallón por aquellos días.

La obra escrita por el citado Oficial General fue leída con avidez por mucha gente, y tanto más por quienes fueron actores de aquel histórico hecho de armas, como es el caso de muchos camaradas y el mío propio.

He escuchado opiniones según las cuales el General Vega Gaona ha dejado de consignar algunos hechos, o los ha mencionado desprovisto de detalles que los relacionan con otras acciones. Todo esto es fácil que sea la consecuencia de que un relato es inevitablemente el resultado de una posición más o menos unilateral, y por otra parte, es también muy fácil que treinta años después de los acontecimientos, quien escribe para recordarlos, haya evolucionado en muchos valores anímicos y culturales, y esté atenido, en mayor o menor medida, a su propia memoria.

Sean cuales fueren las causas o razones que condujeron a esta situación, me pareció oportuno relatar a mi vez los sucesos en que he participado personal mente, al mismo tiempo y en iguales condiciones que muchos otros ciudadanos, como una modesta contribución al conocimiento de nuestra historia y como un homenaje a los camaradas sobrevivientes y a los ya desaparecidos.

Y para que los lectores de este pequeño trabajo tengan una cabal idea del grado de veracidad y responsabilidad del mismo, y no crean que al referirme a algunos episodios de armas me dejo conducir por descontento y amarguras, transcribo partes pertinentes a mi foja de servicios durante la actuación que me cupo en el "Batallón 40", las que están extractadas del original que obra en el Ier. Departamento del Estado Mayor General del Ejército, y del cual me siento muy orgulloso.

Las mismas dicen textualmente:

"CERTIFICO: Que el Tte. 2o. de Rva. D. Julio Saldívar, viene prestando servicio ininterrumpido como Comandante de Pelotón en el Batallón a mi mando, desde el 26 de enero de 1934 hasta la fecha, habiendo observado durante todo ese tiempo una excelente conducta".

"Desde entonces actuó con singular arrojo y valentía en todos los combates que sostuvo el Batallón, distinguiéndose en la gran maniobra de EL CARMEN, retoma de YRENDAGÜE y combate de ÑAGUAPUA. El Tte. Saldívar, evacuado a retaguardia, por enfermedad es sin. duda EL MEJOR OFICIAL DE SU GRADO con que cuenta el Batallón, excelente conductor de tropas, patrullero audaz trabajador incansable y de un gran valor personal, P.C. en kilómetro 56, camino Boyuibé - Casa Alta, Marzo 19 de 1935".

"Fdo.: Ceferino Vega Gaona, Tte. lo. y Cmdte. Batallón 40".

 

ACCIONES DE GUERRA Y COMISIONES ESPECIALES:

"STRONGEST - CAMINO MOREL 1 - CAMINO V - MANIOBRA DE EL CARMEN - YRENDAGÜÉ - PUESTO CENTRAL - ÑAGUAPUA - BAÑADO - CERCADA - TIGÜIPA - MACHERETI - TIMBOY - MANIOBRA SOBRE URURIGUA - ITATIQUE".

 

APTITUDES ESPECIALES:

"Intrépido y audaz, demostró poseer relevantes aptitudes para conductor de tropas. Es excelente patrullero e inteligente Comandante de Pelotón. Alto, robusto y fuerte hasta el punto de ser realmente infatigable a pesar de estar comprendido en pleno periodo de crecimiento. Valiente y disciplinado por autoeducación, se convirtió de niño en hombre y de este último en un perfecto soldado. Curioso e investigador, demostró sumo interés en aplicarse en el estudio, pues su inteligencia despierta está ávida de saber".

 

CALIFICACIÓN Y CONCEPTO:

"Las circunstancias formaron su personalidad al otorgarle tempranamente las responsabilidades del funcionario militar, por lo que presenta un carácter que de la formalidad que le reviste el trabajo, pasa fácilmente a la travesura, siendo suficiente un instante de descanso".

"Su naturaleza vigorosa y jovial necesita desgastar la energía vital que tiene acumulada para su desenvolvimiento normal en su desarrollo físico e intelectual. Es acogido alegremente entre sus camaradas y subalternos. Su presencia anima y alegra las reuniones. En el servicio se distingue por su dedicación y buena voluntad. Siempre pronto para el trabajo, es uno de los siempre utilizados para COMISIONES ESPECIALES. Fue propuesto para el grado inmediato superior el 14 de Diciembre de 1934 y merece por sus aptitudes y especiales actuaciones, el estimulo de la condecoración de la Cruz del Defensor. Fdo. Ceferino Vega Gaona. Cap. Cte. Bt. 40".

Volviendo al motivo de este escrito, la verdad acerca de la captura del fortín Yrendagüé el 8 de diciembre de 1934, encuentro en el libro del General Vega Gaona, datos precisos y ajustados a la verdad de los hechos en los trabajos al comienzo de la maniobra,  pero en las páginas 36 y 37, aparecen referencias sobre control y consumo de agua por las unidades de maniobra, que no reflejan la verdad de lo ocurrido.

La preparación del abastecimiento en general con mira a la maniobra, estuvo a cargo del Servicio de Intendencia del Batallón 40, cuya Jefatura ejercía el Teniente 1o. de Administración Reinaldo Ferreira Aquino. En el aprovisionamiento y consumo de agua se puso cuidadoso interés, teniendo en cuenta la trascendencia y temeridad de la acción a emprender; y porque dicho elemento era fundamental para el logro del objetivo.

Se adoptaron todas las providencias sobre distribución, consumo, reabastecimiento de dicho vital elemento, y se emprendió la marcha, bien provisto de agua, municiones y ración de hierro apropiada, bajo riguroso control de los Oficiales, muy experimentados en tales operaciones logísticas.

Es que la experiencia adquirida sobre movimiento, marchas, descansos y sostenimiento de las tropas facilitaba nuestra tarea colectiva, en una palabra, teníamos cabal conciencia de nuestras respectivas responsabilidades en tan difícil y arriesgada maniobra y tampoco éramos autómatas, sino veteranos y disciplinados combatientes con alta moral y por todo ello, merecedores del respeto de nuestros subalternos, fruto éste de la confianza que nos teníamos recíprocamente, la que nunca fue defraudada en acciones anteriores y hasta entonces.

Tampoco habíamos podido olvidar las sabias lecciones de nuestro anterior Jefe de Unidad, el Mayor H.C. Nicolás Chircoff, verdadero artífice de la prepa ración y espíritu de sacrificio que tenían los Oficiales, Sargentos, Cabos y Soldados del Regimiento "Batallón 40".

En otra referencia del General Vega Gaona en su libro, se menciona a los soldados del Regimiento de Infantería No. 8 "Piribebuy" como dechados de perfección, capacidad y disciplina. Sin duda que habían sido muy buenos, pero me resisto a creer que hayan sido mejores que los soldados del "Batallón 40", que acababan de efectuar acciones recientes con arrojo y eficacia, y muy especialmente en la maniobra de Cañada El Carmen, que exigió de Oficiales y tropas del Batallón -como de toda la 8a. División- un rendimiento altísimo en punto a esfuerzo, abnegación y disciplina.

Llama la atención del lector que participó en los hechos, otra afirmación del General Vega Gaona: la que en la pág. 41 dice que gracias a la actuación de los soldados del "Piribebuy", quienes en número de ocho más o menos venían como baqueanos, se capturó unos camiones bolivianos que fueron sorprendidos en la noche del 7 de Diciembre de 1934, ya muy en la retaguardia del enemigo y en la ruta de marcha sobre el fortín Yrendagüé.

Cómo no habría de recordar que fue la 2a. Compañía, al mando del Teniente Reinaldo Troche -que marchaba en punta- y el Pelotón a mi mando -que constituía la vanguardia de la misma-, la que capturó los vehículos bolivianos, uno de los cuales tenía como única carga un enorme tanque lleno de agua. Gracias a este providencial suceso el "Batallón 40" se aprovisionó de suficiente agua, para seguir la marcha momentáneamente interrumpida.

Recuerdo que los choferes bolivianos fueron sorprendidos, pues venían cantando a viva voz, sin imaginarse ni remotamente que podrían haber tropas paraguayas en esa zona, tan alejada del frente de operaciones. En esa oportunidad secuestramos de la cabina de uno de los camiones capturados, una botella de "Singani", bebida típica de los bolivianos, muy fuerte por cierto para beberla en tiempo caluroso, y casi en ayunas como nos encontrábamos, con las raciones de hierro justas para llegar a nuestro objetivo.

No pudimos tomar prisionero a todos los conductores y sus ayudantes, a pesar del factor sorpresa con que contábamos a nuestro favor, porque posiblemente el personal de los vehículos que venían atrás, al ver que el de punta era asaltado, escapó aprovechando la oscuridad de la noche. Todos los camiones cayeron en nuestro poder, pero el personal que había huido alertó a la Sanidad del Cuerpo de Caballería boliviano que se encontraba más adelante, sobre la ruta al fortín Yrendagüé, y esta fue la primera noticia para el enemigo, de que tropas paraguayas estaban ejecutando una audaz penetración en su retaguardia.

Tan pronto como nos aprovisionamos de suficiente agua, seguimos avanzando rumbo a Yrendagüé, ya por una picada, y lo más rápidamente posible, aprovechando el fresco de la noche. Poco tiempo después el grupo de combate de punta notó movimiento de gente en su frente, y una voz, de acento boliviano inconfundible, preguntó reiteradamente quiénes éramos nosotros.

Como sabíamos -por los prisioneros poco antes capturados- que en las cercanías estaba acampado el Regimiento boliviano "Jordán", contestamos, imitan do el clásico acento del altiplano: "Somos del Jordán", y seguimos progresando en la oscuridad, bien alertas para entrar en acción, y en columna de a uno, para ser menos visibles y presentar menos blanco.

Ante nuestra actitud sospechosa, los guardias bolivianos retrocedieron y poco después se interriaron en una picada, a la derecha de nuestra ruta de progresión, y como al llegar a la entrada de la misma escuchamos y notamos movimiento, al parecer de un gran campamento, ordené que se abriera fuego con fusil ametrallador en esa dirección.

Tomamos esa determinación porque queríamos ganar de mano al enemigo y hacer que se manifestase, por si se tratase de una emboscada. Queríamos también proteger al máximo la vida de nuestros soldados, a fin de poder accionar con toda nuestra fuerza sobre el objetivo principal, Yrendagüé, que sabíamos se encontraba ya muy cerca, sobre nuestra ruta de progresión.

Acalladas las primeras ráfagas de ametralladora sobre el objetivo sospechoso, se escuchó una voz que pedía a gritos que cesara el fuego, manifestando que se trataba de un hospital de sangre. Así lo hicimos, pero exigimos la presencia inmediata del jefe o médico a cargo de la Sanidad, presentándose ratos después el que resultó ser el Mayor de Sanidad Dr. Hernán Navarro, jefe del Servicio Sanitario del Cuerpo de Ejército de Caballería del Coronel Toro, en cuya retaguardia estábamos esa noche, o mejor dicho, en la madrugada del 8 de Diciembre de 1934.

Tan pronto se rindió el Mayor Navarro, le pedí algún calmante o láudano, medicamento que se estaba dando a los soldados que sufrían cólicos intestinales, quizá por la alimentación desordenada y la sed. El médico boliviano me manifestó que sólo disponía de licor paregórico, y que este medicamento surgía el mismo efecto que el láudano.

Exigí al Mayor Navarro que bebiera un sorbo del contenido del frasco que me presentaba, lo que hizo sin ninguna vacilación.

El conocimiento que yo tenía de los efectos calmantes del láudano para mitigar los intensos dolores que padecían nuestros agotados y sedientos soldados, lo aprendía del Teniente Médico Dr. Jorge Ritter, Jefe del Servicio Sanitario de nuestro Regimiento, el "Batallón 40", quien a la par que nosotros marchaba en la columna de maniobra por el calcinado bosque y siempre presto para auxiliar a todos los que se sentían mal por cualquier cosa, demostrando en todo momento capacidad, abnegación y espíritu de sacrificio en el cumplimiento de su humanitaria misión, por todo lo cual lo recuerdo con afecto y respeto.

Todo este episodio de la sanidad capturada y la rendición de su Jefe ocurrió en cuestión de minutos, y antes de seguir adelante hacia el fortín Yrendagüé, secuestré del depósito un flamante catre de campaña, de los que había por cientos.

Este útil y cómodo equipo de campaña lo perdí en nuestro azaroso y largo avance hacia el Parapití, no así el Teniente Médico Dr. Ritter, quien no hace mucho tiempo me comentó que él también se había apoderado de uno de ellos y aún lo conserva, resultándole muy provechoso para sus paseos campestres.

El Mayor Navarro me entregó su anillo de compromiso, en el que estaba grabado el nombre de su señora esposa Doña Ilse Denmer. Esta joya le fue devuelta en Asunción, al término de la guerra, cuando los prisioneros fueron repatriados.

Seguimos avanzando sobre Yrendagüé, con toda la rapidez que las circunstancias permitían, pero chocando ya constantemente con débiles resistencias, hasta salir a un Cañadín en cuyo fondo norte se encontraba el fortín. Nuestra llegada a la vista del objetivo se habrá producido a las dos o tres de la madrugada del 8 de Diciembre. Para coordinar nuestra acción sobre el fortín, esperé la llegada de mi Comandante de Compañía, el Tte. Reinaldo Gilberto Troche, y entre tanto establecí un servicio de seguridad al borde del cañadón.

Sólo después de estos hechos que estoy relatando, nuestro Comandante del "Batallón 40" pudo haber llegado a la Sanidad del Cuerpo de Caballería boliviano, y habrá sido entonces cuando el Mayor Navarro le entregó el litro de alcohol; como relata en la pág. 42 de su libro el. General Vega Gaona.

El fortín Yrendagüé se hallaba bien defendido por fortificaciones con cubre cabeza, y tenía como campo de tiro el cañadón del lado sur, por donde, justamente, aparecimos nosotros. Por orden de mi Comandante de Compañía, el Teniente Troche, lanzamos un ataque a fondo, aprovechando la oscuridad de la madrugada, intentando con esta acción culminar nuestra denodada y sacrificada marcha en punta, capturar el fortín. Desgraciadamente, no pudimos conseguir nuestro objetivo, y fuimos contenidos con algunas pérdidas, especialmente en el Pelotón a mi mando.

En aquella trágica madrugada del 8 de diciembre de 1934, en que estábamos atacando el fortín Yrendagüe, murió mi ordenanza, el soldado Pedro Duarte, quien me tenía mucho respeto y aprecio. Nunca olvidaré su increíble fidelidad y abnegación, al punto de que me cubrió cuando más recio era el fuego enemigo que nos causaba numerosas bajas.

Durante el ataque, agotado por la marcha de los días anteriores, y quizá un tanto resignado al destino adverso que se nos presentaba, caí vencido por el sueño en pleno campo de tiro del enemigo. Cuando desperté, mi cuerpo estaba cubierto por el de mi ordenanza, el que había muerto de un balazo.

A raíz del ataque que lanzamos esa madrugada, pudimos comprobar que las defensas de Yrendagüe eran firmes, y sacando fuerzas de flaquezas nos retiramos a una distancia prudencial, para reoganizarnos, recibir órdenes y buscar el apoyo de las demás Compañías del Batallón, que iban llegando al borde del cañadón. Amanecía el día 8 de diciembre de 1934.

En ese momento compartíamos toda la responsabilidad con el Teniente Reinaldo Gilberto Troche, Comandante de la 2a. Compañía del "Batallón 40", y uno de los más brillantes oficiales que revistaban en la unidad.

Como decía, nuestro propósito, con el Teniente Troche, era rematar nuestra actuación como unidad de punta del Batallón 40 y de toda la 8a. División, con la toma de los pozos de agua del fortín Yrendagüe; así queríamos culminar nuestra marcha en el primer escalón, y lo que habíamos hecho, lo habíamos cumplido con todo éxito.

Por otra parte, comprendíamos que la captura del fortín Yrendagüe era vital para toda la División, ya que el agua que conseguimos con la captura de los camiones, la noche del día 7, se nos estaba agotando rápidamente y se preveía una jornada de calor sofocante para ese día 8 de diciembre.

Sólo a esa hora y en las circunstancias relatadas pude tomar contacto visual con nuestro Comandante de Batallón, quien -según lo manifestado por el Teniente Troche, que fue a darle parte de la situación de la 2a. Compañía frente al fortín Yrendagüe -no tenía muchas esperanzas de capturarlo, después de ser informado del fracaso de nuestro primer ataque, y de observar las defensas fortificadas, ya bien visibles a las luces del amanecer.

Como prueba de estos hechos, transcribo el parte elevado por el Comandante del "Batallón 40" al Jefe Divisionario, que figura en la página 45 del libro del General Vega Gaona, que dice:

"Al comandante de la D. 8 E.S.P.C.: 1) Resulta imposible romper línea enemiga porque la ocupan regularmente y les favorece demasiado el campo de tiro que es excesivamente ancho y pelado".

"2) El enemigo durante nuestra aproximación estuvo recibiendo continuamente gente del O. y del norte. 3) Comunico a esa Superioridad que la permanencia durante el día en nuestra línea actual será perjudicial. 4) El Teniente Lombardo tiene misión de cortar la picada Yrendagüe. Asunción. Ceferino Vega. Comandante del "Batallón 40".

En esos mismos momentos, no muy halagadores por cierto, recibíamos la información de que el Jefe Divisionario, Coronel Eugenio Garay, se encontraba también con nosotros, sin haber abandonado en ningún momento el "Batallón 40", unidad que marchaba en la vanguardia de la 8a. División; y el solo hecho de sabe que el anciano AVION PYTA, como se lo llamaba, había soportado con entereza la larga marcha y las penurias del calor sofocante, levantó considerablemente la moral y el espíritu de todo el Regimiento.

Esa presencia, y la certeza de contar con un Jefe de las agallas y el espíritu indomable del Coronel Garay, infundió en nosotros la confianza y la seguridad de que terminaríamos victoriosamente la maniobra y tomaríamos el fortín Yrendagüe a cualquier precio. En otras palabras, aquella presencia del Coronel Garay no sólo levantó la moral, sino que hizo renacer la certeza del triunfo.

En tales circunstancias y mientras estábamos reunidos comentando el momento crítico en que nos hallábamos, nos enteramos de los tropiezos sufridos por las unidades de la División que venían en segundo escalón, es decir, los Regimientos "Mariscal López" y "Pitiantuta" respectivamente. Según los comentarios y dada la magnitud de las dificultades, desde ese momento teníamos que contar sólo con los efectivos del "Batallón 40" para capturar el fortín Yrendagüe, donde al copar los pozos de agua, resistiríamos con ventaja cualquier reacción del enemigo.

Después del infructuoso primer ataque al fortín Yrendagüe, nos hallábamos detenidos y hasta aislados frente a las fortificaciones del mismo, afrontando a un adversario dispuesto a resistir. Como Jefe de un Pelotón de la 2a. Compañía que se encontraba en punta, ignoraba lo que ocurría en la retaguardia. De tanto en tanto nos llegaban noticias vagas, imprecisas, que no eran desde luego muy alentadoras.

Ellas decían que los Regimientos 16 de Infantería "Mariscal López" y 18 de Infantería "Pitiantuta", que marchaban en el segundo escalón de la 8a. División, nos habían abandonado después de ser cortada la columna de maniobra por unidades bolivianas que aparecieron en la zona de desplazamiento e infiltración que estaba llevando a cabo la Gran Unidad a que pertenecíamos.

Otro rumor incierto que llegó hasta nuestras líneas, nos daban como totalmente rodeados por el enemigo y que muy pronto seríamos atacados por la retaguardia. Esta noticia tenía sus fundamentos porque nosotros sabíamos por los prisioneros capturados el día anterior, que nuestra columna se había infiltrado para llegar al fortín Yrendagüe, entre dos Regimientos bolivianos de reserva, el "General Montes" y el "Jordán", acampados en las proximidades.

Dada la seriedad del momento por el que estábamos pasando, y la resistencia organizada que presentaban los defensores del fortín Yrendagüe, decidimos, con el Teniente Troche, Comandante de mi Compañía, insistir en la captura del fortín como única salida a la angustiosa situación en que nos encontrábamos. Cualquier otra solución -viniera de donde viniera- era considerada completamente imposible, por la sencilla razón de que teníamos en contra diversos factores adversos, como ser, escasez de agua y víveres, calor intenso, agotamiento físico y un enemigo mucho más numerosos, descansado, y sobre todo conocedor del terreno en esa zona.

Pero teníamos el aliciente de que estábamos reunidos casi todos los fogueados camaradas del Regimiento "Batallón 40" y que se encontraba entre nosotros el viejo y respetado Coronel Garay, Jefe que, a pesar de sus años, compartía con todos penurias y fatigas como el que más.

Contábamos pues con la seguridad de que aquel anciano soldado nos acompañaría hasta las últimas consecuencias, cualquiera fuese el desenlace de la situación que afrontábamos en aquel lejano mes de diciembre de 1934.

Lo que dejo dicho conduce a una consecuencia clara y sencilla, y es que todos, en esa madrugada del 8 de diciembre, en el cañadón de Yrendagüe, desde los oficiales hasta el último soldado del Batallón 40, estábamos convencidos de que una disyuntiva de hierro nos aprisionaba; no era posible retroceder y desandar el camino que habíamos hecho. Toda retirada era imposible.

Dejo pues a cargo del comprensivo lector el juicio sobre la insinuación que hace el General Vega Gaona, de que el Comandante Divisionario había pensado en

una retirada. Yo no puedo admitir como cierta una intención tan desprovista de base como ésa y menos en el lúcido, frío y esclarecido General Garay.

La insinuación a que me refiero está contenida en la página 44 del libro del General Vega Gaona; y la decisión de tomar el fortín Yrendagüe bajo cualquier sacrificio, podrá ser confirmada por el Teniente 1o. de Reserva Reinaldo Gilberto Troche, entonces Comandante de la 2a. Compañía del batallón 40, quien aún vive y reside en la Capital de la República.

Prosiguiendo ahora con el relato de los momentos difíciles que pasamos antes de tomar el fortín Yrendagüe. Como decía anteriormente, al ser rechazado nuestro ataque, nos retiramos y quedamos observando al enemigo desde una distancia prudencial. Aprovechamos este tiempo para reponer nuestras desgadastadas energías y reorganizarnos, informarnos y recibir órdenes..

Mientras comenzaba a clarear el día, pudimos observar y comprobar que el fortín Yrendagüe tenía una defensa bien organizada hacia el sur del mismo, que era precisamente por donde nosotros llegamos y llevamos a cabo ese primer ataque sin resultado positivo.

Entre tanto, sin precisar la hora exacta por mi parte, el Teniente 1o. José Lombardo, Comandante de la 1a. Compañía del Batallón, había recibido la orden de interceptar el camino principal (ruta) que unía a Yrendagüe con los fortines "El Cruce" y "Picuiba", cortar los hilos telefónicos y telegráficos, para aislar de este modo a los defensores del fortín del grueso del Cuerpo de Ejército de Caballería del cual dependían.

El teniente lo. Lombardo dió cabalmente cumplimiento a esta misión y su efecto fue el aislamiento de los defensores de Yrendagüe de su Comando, quienes quedaron muy desmoralizados desde luego, conforme lo demuestran las descabelladas medidas que adoptaron pocos momentos después como consecuencia de esta acción.

Pasado un tiempo -quizá una hora- de la marcha de la 1a. Compañía, y después de que esta Unidad dió cumplimiento a la misión de cortar las comunicaciones con el fortín "El Cruce" y "Picuiba" y ocupar la ruta, se escucharon en el centro y en el lado norte del fortín Yrendagüe, fuertes explosiones al parecer de granadas de morteros o artillería de pequeño calibre, que daban la sensación de un bombardeo.

Posteriormente nos enteramos de que estas explosiones fueron provocadas por el incendio de un parque de municiones, instalado en el lado norte del fortín, y por lo tanto, en la retaguardia de los defensores que se encontraban en nuestro frente. Estas explosiones, y el corte de las comunicaciones con el Comando de Picuiba, desmoralizaron a los defensores de Yrendagüe y fueron la causa por la cual se produjo el siguiente acontecimiento;

Siendo más o menos las 8 de la mañana, y mientras nosotros, los de la 2a. Compañía, quedamos observando al enemigo y esperando los resultados de la

misión encomendada a la 1a. Compañía al mando del Teniente Lombardo, pendientes también de las medidas adoptadas por nuestro Comando, y al mismo tiempo escuchando las explosiones dentro del fortín, notamos que el fuego de los defensores, en nuestro frente, disminuía ostensiblemente, hasta cesar por completo momentos después.

Cuando nos percatamos de que los bolivianos estaban abandonando las defensas del fortín Yrendagué, creyendo quizá, estar totalmente rodeados y atacados en su retaguardia por efectivos paraguayos muy superiores y apoyados por morteros, sobreponiéndonos a la sorpresa que nos causaba este insólito hecho, progresamos lanzándonos poco menos que a la carrera y, tras rebasar las defensas que nos habían estado conteniendo desde temprano, llegamos hasta el mismo centro del fortín, muy cerca de los pozos de agua, entre montañas de cajones de municiones, carpas llenas de víveres y enorme cantidad de pertrechos de toda clase.

Un enorme tanque australiano lleno de agua, que ya se encontraba a nuestro alcance, era el objetivo más codiciado y desde luego el más indispensable para calmar el momento de la sed que reclamaban nuestras resecas gargantas.

Cuando ya teníamos el fortín en nuestro poder y nos asegurábamos la defensa del pozo de agua que se encontraba en un cauce, aparecieron por el camino que viene de Carandayty a Yrendagüe, es decir, del lado oeste, varios camiones bolivianos cargados con tropas de refuerzo. Dichos efectivos, al llegar al borde de un monte cercano se abrieron en abanico, y bajo un nutrido fuego intentaron retomar el pozo de agua, y, lógicamente, el fortín. El ataque fue rechazado rápidamente y quedamos dueños del objetivo tan tenaz y decididamente buscado.

El refuerzo boliviano llegó tarde, pues nosotros ya teníamos firmemente el fortín en nuestro poder, después de tanta incertidumbre, y gracias a una circunstancia fortuita, que se puede atribuir a la buena suerte, sin olvidar -desde luego- la decisión y porfía que se puso para conquistarlo a cualquier precio. Rápidamente nos aprovisionamos de todo, ya que había abundancia de víveres, municiones, leche condensada, cigarrillos, carne fresca y hasta unos cuantos pavos enjaulados, preparados, seguramente, para las próximas fiestas navideñas.

Así cayó en nuestro poder el fortín Yrendagüe, el día 8 de diciembre de 1934, como consecuencia del desconcierto de sus defensores por el corte de las comunicaciones con el Comando del cual dependían, y por la desgraciada acción de uno de sus componentes, al incendiar un parque de municiones, cuyas explosiones les hicieron creer que eran atacados por fuerzas superiores. Sin descartar, por supuesto, la tenacidad y decisión puestas por sus atacantes, los veteranos y aguerridos cuadros del Regimiento "Batallón 40".

Consientes de la difícil situación que habíamos superado con tan buena estrella, todos los que profesábamos la religión católica no pudimos menos que recordar que ese era el día de la Virgen Milagrosa de Caacupé, y elevamos una oración de gracias, con todo fervor. Mientras en el cielo un solitario e impotente avión boliviano sobrevolaba el fortín recientemente capturado.

A la altura de este relato, estoy nuevamente en desacuerdo con el General Vega Gaona, puesto que él afirma en su libro -página 46- que el Teniente Armando Vergara, con la 3a. Compañía a su mando, ya estaba accionando sobre el camino a Carandayty. Si lo consignado fuera cierto, no me explico cómo los componentes de la 2a. Compañía, que entrarnos en el fortín Yrendagüe como acabo de relatar, pudimos haber sido atacados por tropas bolivianas que llegaban justamente por ese camino, hasta el borde casi del cauce, montados en sus propios camiones de transporte.

Tampoco estoy de acuerdo con lo afirmado por el General Vega Gaona en su libro, en la página 47, en la que transcribe un parte de la 8a. División que comunica la toma del fortín Yrendagüe a las 12 horas del día 8 de diciembre. Es muy posible que el Comandante del Regimiento haya dado su parte a esa hora, pero el fortín fue ocupado, a más tarde, a  las 9 de la mañana. Claro está que se siguió combatiendo un buen rato con las tropas enemigas que llegaban de hacia Carandayty, y que se procedió a organizar la defensa del fortín para asegurar su ocupación.

En esta acción fue herido el Sargento Carmelo Zotelo, quien actualmente vive en Asunción, y quien a pesar de tener un brazo semi destrozado por una ráfaga de ametralladora, trabaja como maletero en el puerto de la Capital. El mismo puede confirmar estos hechos, tal como son relatados, en cualquier momento.

También fue herido el Sargento Ramón Reyes, quien creo que vive aún.

Ya ocupado totalmente el fortín Yrendagüe, recibí la orden de cubrir con el Pelotón a mimando la ruta que lo unía con el fortín El Cruce y Picuiba.

Bien provisto de todo lo necesario, y organizada la defensa a caballo de la ruta, adelanté un fuerte retén para evitar sorpresas, pues, con toda lógica, esperábamos un ataque de ese lado, teniendo en cuenta que el grueso del Ejército de Caballería boliviano podía y debía intentar la recuperación de Yrendagüe, base de su aprovisionamiento de municiones, víveres, agua y todo tipo de pertrechos.

Felizmente para nosotros, los bolivianos no reaccionaron como debían ni como la situación exigía, y fue así que el 10 o el 11 de diciembre escuchamos y luego vimos un camión que avanzaba hacia el fortín. Nuestro retén adelantado le preparó una emboscada, pero con enorme alegría nos dimos cuenta a tiempo de que se trataba de un autovehículo paraguayo perteneciente al II Cuerpo de Ejército, Unidad que avanzaba sin ninguna resistencia, después del descalabro boliviano de Picuiba, provocado por la caída de Yrendagüe en nuestro poder.

Es admirable la capacidad demostrada por nuestro Comandante en Jefe para concebir la brillante maniobra que culminó con la captura del fortín Yrendagüe, asimismo, no podemos olvidar el estoicismo, la abnegación y la capacidad de mando de nuestro irreductible Comandante de División; la diligencia y el valor, que parecían conferir el don de la ubicuidad a nuestro Comandante de Regimiento; ni la eficacia puesta de manifiesto por los Oficiales, Sargentos, Cabos y Soldados del "Batallón 40", que cumplieron con su deber durante aquella épica jornada, actuando en todo momento con decisión, espíritu de sacrificio, abnegación y coraje, para dar total cumplimiento a todas las misiones que se les encomendara durante la preparación y la ejecución de la marcha y la conquista del objetivo; capturar el fortín Yrendagüe, con la cual se cortaba la principal vía de comunicación y aprovisionamiento del enemigo, y especialmente el suministro del elemento vital: el agua.

Por todo ello, el olvido -quizá involuntario- que hace el General Vega Gaona de los oficiales y tropas del "Batallón 40", quienes muchas veces por iniciativa propia contribuyeron a cimentar su prestigio de Jefe de la Unidad, causó en los mismos un verdadero desconcierto, más aún, considerando que en la citada obra pone de resalto y comenta la actuación del personal de otras unidades, las que -sin desmerecer su capacidad- prestaron por muy poco tiempo sus servicios en el Regimiento.

Yendo nuevamente al libro escrito por el General Vega Gaona, en la página 40 leí, con verdadera sorpresa, la transcripción de partes de un diario de guerra o declaración de un Teniente Alberto Segovia, a quien no me cupo la oportunidad de conocer durante mi actuación en el "Batallón 40" ni hasta la fecha. Allí se afirma que el Coronel Garay, Comandante de nuestra División, redactó un parte al Comando del II Cuerpo de Ejército, diciendo que era imposible tomar el fortín Yrendagüe, y que, en consecuencia, estaba preparando la retirada de la 8a. División. Se dice, además, que ese parte quedó anulado por otro, etc., etc.

Conociendo la personalidad y el temple de nuestro Comandante de División, el Coronel Eugenio A. Garay, me cuesta creer que él haya ni siquiera pensado en una retirada, puesto que hasta el más humilde de nuestros soldados se daba perfecta cuenta de que esa medida era de imposible ejecución en las circunstancias en que nos encontrábamos frente a Yrendagüe ese día 8 de diciembre de 1934: sedientos, aislados, agotados físicamente, con una temperatura agobiante y rodeados, prácticamente, por un enemigo descansado y conocedor de la zona. Como ya dejé dicho en renglones anteriores, la conquista de Yrendagüe a cualquier precio, era la única salvación a nuestra desesperada situación.

Otra de las razones que me impiden creer en la intención de retirada del Comandante Divisionario, es que esa supuesta decisión no llegó a conocerse jamás en forma oficial, ni llegó a filtrarse siquiera como comentario en la primera línea, donde todos estábamos pendientes del momento difícil por el que pasábamos, atentos a cualquier reacción de nuestros Jefes. Ni siquiera el impersonal "RADIO SO-O", que siempre estaba bien informado y se enteraba de todo, transmitió ningún comentario o alusión al respecto, ni entonces, ni después de haber terminado victoriosamente la maniobra de Yrendagüe.

Tampoco están de acuerdo con el escrito en el diario de guerra del mencionado Teniente Segovia -transcripto en el libro del General Vega Gaona los capitanes Cecilio Escobar Rodas y Pacífico Miranda; el primero de los nombrados, valiente patrullero de Cañada El Carmen, y el segundo, eficiente y abnegado cartógrafo de la 8a. División, los que textualmente manifiesta, en sendos párrafos de sus escritos, lo siguiente:

"El Coronel Garay era un consagrado y famoso combatiente, que había arriesgado tantas veces la vida temerariamente, antes y después de Yrendagüe. Por

qué tan luego en esa ocasión iba a pensar en la retirada? Me parece completamente inverosímil esta hipótesis. Esta hipótesis ni siquiera se compagina con el gigantesco esfuerzo que había desplegado el Coronel, ni con las reiteradas incitaciones y pedidos que había dirigido a las tropas extenuadas y sedientas, para continuar hacia adelante, cueste lo que cueste, y para morir todos juntos en Yrendagüe, en un supremo sacrificio. Parece sencillamente absurdo, y ni qué decir, injusto, pensar que un hombre que había realizado la marcha a pie a la par de los soldados, alentando a todos e infundiéndonos confianza, dándonos el más sublime ejemplo de abnegación en aquellas horas difícil, cambiara súbitamente de actitud y empezara a hablar de una ilógica retirada. No. Esta versión es fruto de la fantasía y está fuera de la realidad. El historiador debe rechazarla de plano".

"Personalmente, y por lo mismo que conocí de cerca al Coronel Garay, más tarde ascendido a General, aseguro que no era hombre que iba a flaquear en el momento que estoy examinando, cuando ya se estaba a las puertas del objetivo".

Atribuir ese propósito e intención al hombre incansable y animoso que se había ofrecido tenazmente para morir en la demanda, al lado de todos nosotros, y que mantuvo el optimismo a pesar de las dificultades, me parece un grave desatino o simplemente un error involuntario".

"Eso lo digo con la más pura sinceridad de que soy capaz, con el único propósito de hacer justicia al gran jefe que como nosotros sufrió y amó a la Patria y que como nosotros cumplió la misión asignada a la D. 8 -"Batallón 40", R.I. 16 "Mariscal López" y R.I. 18 "Pitiantuta"- en tan memorable etapa de la guerra. Cecilio Escobar Rodas, Capitán de Reserva".

Veamos ahora lo que al respecto dice el Capitán Pacífico Miranda:

"Amaneció el 8 de diciembre. A las seis horas me llamó el Coronel y me dijo que tomara dos soldados y, haciendo un rodeo necesario, en vista de haber salido el enemigo a nuestra retaguardia, fuera hasta el lugar en que había quedado la estación de radio, llegara hasta el Teniente Segovia, Jefe de Correo y Clave, y le ordenara transmitir inmediatamente al II Cuerpo el siguiente despacho: 'ESTAMOS PELEANDO EN YRENDAGUE. NO PIENSO RETIRARME. Me hizo repetir este mensaje tres o cuatro veces, pues no me lo dió por escrito, por el temor de que el suscrito cayera prisionero. Inmediatamente me hizo dar dos caramañolas de agua y otras tantas a cada uno de mis acompañantes, y nos pusimos en marcha. Habremos caminado alrededor de una hora y cuando ya estábamos por internarnos en el monte para hacer el rodeo que nos permitiera eludir de caer prisioneros en poder de la tropa enemiga que saliera a nuestra retaguardia sobre el pique de maniobra, llegó el Tte. Ruiz, Intendente del "Batallón 40" a decirnos que suspendiera el cumplimiento de la misión porque así lo ordenaba el Coronel puesto que la caída de Yrendagüe estaba consumada. El me alzó en el mismo camión y me trajo de regreso, llegando momentos más tarde el Tte. Segovia con su estación de radio".

"Para concluir, permítaseme opinar como simple testigo de los sucesos relatados, que la actuación y la presencia del Coronel Garay entre los hombres de la Octava representó el factor esencial del triunfo conquistado. Yo creo que fueron su ejemplo, su magnetismo, sus palabras, su instinto guerrero, su fortaleza espiritual y su energía bien empleada, los estímulos que nos impulsaron a seguir caminando por el arenal. En ningún momento nuestro Jefe pensó en la retirada, sino en la mejor manera de cumplir la misión. Estaba decidido a entrar en Yrendagüe o a morir como un héroe. Nada podía hacerlo desistir de su empeño. Ni flaqueó ni vaciló en ninguna forma. No mostró ni siquiera cansancio. No se quejó ni de la sed ni del calor. Antes bien, nos daba la impresión de que su figura se agrandaba hora tras hora frente a la adversidad, y que nos estaba arrastrando a una hermosa victoria. El Coronel Garay nos dió el ejemplo. Nosotros le seguimos. Pacífico Miranda, Capitán de Reserva".

Al leer estos testimonios (que no son los únicos) y el párrafo correspondiente del General Vega Gaona, me sentí invadido por una tremenda desazón y, porqué no decirlo, por una tremenda desilusión, viendo cómo un joven Jefe pretende elevar sus reconocidos méritos -los que nunca le han sido discutidos- a costa del buen nombre de un anciano y venerable soldado ya desaparecido, como lo fue el Coronel Eugenio Alejandrino Garay.

Pienso que solamente en un momento de pasajero ofuscamiento y descontrol el General Vega Gaona pudo haber trascripto en su libro la declaración del Teniente Segovia, más aún que, al parecer, se quiere diluir los efectos negativos de ésta, cuando en la misma obra, página 51, se lee:

"En la parte del mensaje anulado, me remito a la seriedad del informante... y por último, la suposición que cuenta atribuyéndome haber influido en el parecer del Comandante Divisionario, no tiene más valor que el de ser una simple idea personal", etc.

Todo esto es como si se quisiera arrojar una sombra sobre la memoria del viejo soldado que compartía con los jóvenes las tremendas vicisitudes de la cruenta campaña del Chaco, en la que no pocos Oficiales se mostraron inferiores a lo que las circunstancias exigían.

Antes de poner punto final a este relato responsable, imparcial y desinteresado de los pormenores de la captura del fortín Yrendagüe el 8 de diciembre de 1934, rindo mi emocionado homenaje de recordación a los ciudadanos que cumplieron valientemente su deber para con la Patria en aquella memorable acción, y luego se reintegraron a sus quehaceres particulares, silenciosamente, sin hacer ningún alarde de lo actuado.

Ellos son:

Tte. 1o. de Rva. Reinaldo C. Troche, Cmdte. de la 2a. Cía.; Sgto. 1o. Ladislao Recalde, Cmdte. del 2o. Pelotón; Sgto. 1o. Adriano Lafuente, Cmdte. del 3er.

Pelotón; Sgto. 1o. Juan B. Brítez, Cmdte. del 4o. Pelotón.

No crea el lector que me olvido de los demás componentes del "Batallón 40" y de los Clases y Soldados de la 2a. Compañía, pues ellos no pueden ser olvidados jamás por un combatiente, pero la índole y la extensión de este escrito me imponen limitaciones que no pueden ser ultrapasadas, ya que mi propósito no es otro que el de relatar la verdad simple y clara de la acción de Yrendagüe.

De los pocos testimonios auténticos que aún conservo en mi poder de la actuación de la 2a. Compañía del "Batallón 40" y de la mía propia en la reconquista del fortín Yrendagüé el 8 de diciembre de 1934, son los documentos que transcribo a continuación; el primero, una esquela de puño y letra del Teniente lo. Rafael Guerrero Padín, Jefe Interino del Estado Mayor de la 8a. División, y el segundo, el contenido de una libreta de apuntes del Sub Oficial boliviano Max Rocha B., las que textualmente dicen:

"Teniente Saldívar. Aprovecho la ida de Candia para enviarte mis saludos y mis felicitaciones por tu comportamiento brillante. Envié radiograma a tu casa diciendo que estabas bien. Fdo.: Teniente Guerrero Padín. Teniente Saldívar, E.S.P. Cdo.".

Esta esquela no tiene fecha, pero me fue entregada el día 9 de diciembre de 1934.

La libreta del boliviano, Sub Oficial Max Rocha, tiene escrito lo siguiente, en la primera hoja: "CAMARADA. SI NO LE MOLESTO, PONGA EN ESTA LIBRETA, SU AUTOGRAFO QUE SERA PARA MI UNO DE LOS MAS GRATOS RECUERDOS DE LA ACTUAL CAMPAÑA. MAX ROCHA B.".

Y siguen en la misma hoja y en otras páginas, los escritos de sus compatriotas combatientes:

"Amigo Max: Que esta insignificante firma, sea un recuerdo imperecedero y un lazo indisoluble a la vez, de nuestra amistad sincera. Sub Tte. Mendieta. Picada Picuiba, 15 de noviembre de 1934".

"Max. En momentos que recuerdes la vida de campaña, no olvides la alegría de los camaradas, que juntamente contigo pasamos días felices en la interminable picada Picuiba. Sub Tte. J. Garnica. P. 15 de noviembre de 1934".

"Querido Raudal: Amigo de guerra yo te llamo, porque en la guerra te conocí; y bien venida sea la guerra que tan buen amigo me dió. Procura no olvidar al amigo hermano que te aprecia de verdad. Alrededores de Picuiba. 15 de noviembre de 1934. Sargento R. Olmos".

"Sub Of. Rocha. El Chaco reunió a todos los bolivianos donde nos hemos conocido y hemos pasado las penurias más grandes de la vida, de esta vida de campaña que nos brinda pues el momento más propicio para estimarnos y estrechar nuestros corazones. Campos de Picuiba 15 de noviembre de 1934. Sub Tte. Justiniano D.".

"Querido Rocha: Bendigo esta campaña que nos ha hecho contraer una eterna amistad, amistad imborrable donde hemos pasado momentos de sinsabores y otros de alegría donde tuve oportunidad de admirar tu valor, energía y abnegación. Procura recordar siempre a este tu amigo que te estima verdaderamente y junto a quien luchaste; con especialidad en los últimos  días de agosto. (¿Recuerdas?) Sargento B. Benquique. 19 de noviembre de 1934".

"Rocha:

Cuando el fantasma de la muerte Azotaba sin piedad los campos de batalla Te conocí digno ejemplar de valiente Abnegado y heroico defensor sin talla La sinceridad brotó de mi espíritu

Para estimarte de verdad:

Quede este recuerdo imperecedero Valioso recuerdo de amistad.

"Campaña del Chaco 4 de diciembre de 1934. Aurelio Ayoroa".

"Rochita: Olvidemos la guerra para recordar el incomparable deleite que nos brindaban las regias chicas. Olvidemos todos los horrores de la campaña y dediquémonos a disfrutar de la verdadera carne. Sin hembra no hay vida. Sub. Tte. Laray R. 24 de noviembre de 1934".

"Amigo Rocha: En esta suprema hora de sacrificio y prueba, muchos corazones se juntan y laten al unísono, nuestra sincera amistad perdurará siempre, y quizás un día ya no lejano pasemos momentos felices después del sagrado deber cumplido y cuando haya terminado esta aciaga y funesta guerra. Campaña del Chaco. (Picuiba). Rubén Cuenca M. 25 de noviembre de 1934".

"Camarada Rocha: Han sido largos y tempestuosos los días vividos en el Chaco; profundos los recuerdos por evocar en la posteridad. El dolor nada ha sido; si lo supimos sobrellevar en medio de franca camaradería y ardientes risotadas de sinceridad. Recuerda de tu amigo y compañero de fatigas. Suf. Angel Escobar L. Yrendagüe, 4 de diciembre de 1934".

Después cayó Yrendagüe y se cortaron las dedicatorias de los valientes amigos del Sub Oficial boliviano Max Rocha B., y no recuerdo si llegué a conocer lo que le deparó el destino a este combatiente que entre las preocupaciones de la vida de campaña, tuvo la presencia de ánimo para coleccionar recuerdos de sus camaradas, seguramente con la esperanza de sobrevivir a la lucha y recordarlos a través del testimonio escrito de sus pensamientos.

Como punto final de este capítulo hago notar que en la lista de los muertos que figuran en el libro del General Vega Gaona -página 105, anexo 1- la gran mayoría pertenecía a la 2a. Compañía, Unidad ésta que cumplió la misión de hacer en punta la última etapa de la marcha, atacar y luego apoderarse del fortín Yrendagüe, pero que no mereció del Jefe de Unidad ninguna mención en su libro: al parecer tuvieron más méritos los hombres que quedaron en el segundo escalón del "Batallón 40".

 

 

CAPITULO IV

NUESTRO AVANCE HACIA EL PRAPITI

 

Asegurada la ocupación del fortín Yrendagüe por el "Batallón 40", y una vez establecido un reducto, nos sentíamos fuertes, porque teníamos lo principal para resistir cualquier ataque del enemigo: agua en - abundancia, municiones y víveres a discreción y hasta una gran cantidad de leche condensada, carne fresca y cigarrillos y alta moral.

Si bien poseíamos de todo para mantenernos firmes en el fortín, no había ninguna seguridad sobre el futuro inmediato, ya que desconocíamos cuál sería la reacción del Poderoso Cuerpo de Ejército de Caballería de Bolivia, al que se acababa de cortar su vía de abastecimiento; más aún, teniendo en cuenta que estábamos enterados de la presencia cercana de dos Regimientos enemigos: el "Jordán" y el "General Montes", en medio de los cuales habíamos pasado en nuestra infiltración para llegar al fortín Yrendagüe el día anterior.

Otra de las causas de nuestra preocupación era la información -ahora concreta- de que solamente una pequeña parte de los efectivos de los Regimientos "Pitiantuta" y "Mariscal López", ambos componentes de la 8a. División, había llegado hasta Yrendagüe, y que el resto de esas Unidades, en una gran mayoría, había emprendido la retirada cuando creyó que el "Batallón 40" y otras fuerzas de la División habían caído prisioneros, en poder de los Regimientos bolivianos mencionados, con, quienes habrían chocado al pretender avanzar.

Confirmadas todas estas informaciones a medida que llegaban al fortín Yrendagüe los restos de las mencionadas unidades, y lo que quedaba de nuestra Plana Mayor Regimentaria y Divisionaria, más que nunca, nos sentimos decididos a resistir cualquier avance del enemigo y nos proveímos de buena cantidad de municiones, víveres y agua en las respectivas posiciones que ocupábamos, hasta el punto de que cada soldado tenía uno o dos cajones de cartuchos a su disposición.

Mucho más tarde, cuando ya había terminado victoriosamente la jornada de la marcha y conquista de Yrendagüe, supe que en nuestra retaguardia, desde donde esperábamos ser atacados por los regimientos bolivianos recientemente mencionados, se había organizado una línea de contención y que allí estuvieron algunos excelentes y aguerridos Oficiales del "Pitiantuta" y del "Mariscal López", con una ametralladora pesada, varios fusiles ametralladores y unos noventa soldados, y que esa línea defensiva para proteger nuestra retaguardia fue ordenada por el Comandante Divisionario.

Felizmente, gracias a las medidas adoptadas, y a la incapacidad demostrada por los bolivianos, muy pronto, con el avance del II Cuerpo de Ejército desde Picuiba, se comprobó que el enemigo se consideraba derrotado con la caída del fortín Yrendagüe al punto de que sus Jefes perdieron el control de sus tropas y muchísimos hombres perecieron en el arenal, consumidos por la fatiga y la sed.

Con la llegada del II Cuerpo de Ejército al fortín Yrendagüe y en conocimiento de la derrota del enemigo, desapareció de nuestra mente la tensión que sentíamos desde el comienzo de la maniobra, el día 5 de diciembre de 1934, fecha ésta en que, al frente de la 8a. División de Infantería compuesta por los Regimientos "Batallón 40", "Pitiantuta" y "Mcal. López", y bajo el Comando del más anciano y heroico Jefe de nuestro Ejército, el Coronel Eugenio Alejandrino Garay, partíamos rumbo a Yrendagüe, distante unos setenta kilómetros, afrontando un peligro mayor que el de las balas enemigas, como era la posibilidad de morir de sed, puesto que contábamos solamente con el agua que podíamos transportar cada uno, y tampoco existía la posibilidad de recibir ninguna clase de apoyo de tropas amigas.

Como decía, llevamos a cabo esta maniobra con el agua que podíamos transportar -que no era la suficiente- y marchando por un monte ralo de suelo arenoso, al rumbo, y en la época más calurosa del Chaco, en el mes de diciembre. La misión era apoderarse del único pozo de agua allí existente y cortar la ruta de abastecimiento y posible retirada del enemigo que estaba presionando sobre nuestro II Cuerpo de Ejército, en las cercanías del fortín La Faye, después de cercarlo dos veces, poco tiempo antes.

Rememorando esta heroica jornada de la guerra del Chaco, recuerdo sin precisión de fecha, pero con toda nitidez, una de las órdenes-proclamas del Coronel Garay en los últimos días de la maniobra, cuando los hombres de la 8a. División caían agotados por la fatiga y la tortura de la sed. En esa oportunidad trágica, el viejo guerrero pronunció en vibrante guaraní aquellas célebres palabras que la historia pudo recoger

"INVITO A TODOS LOS HOMBRES DE LA 8a. DIVISION A HACER UN ULTIMO SACRIFICIO MAS PARA LLEGAR JUNTOS A YRENDAGUE,

DONDE ENCONTRAREMOS AGUA SUFICIENTE O, EN SU DEFECTO, UNA MUERTE HONROSA EN ARAS DE NUESTRA QUERIDA PATRIA".

Esto nos demuestra que jamás desmayó el insigne guerrero, y con su inquebrantable voluntad y bajo su comando, Yrendagüe cayó en nuestro poder el 8 de diciembre de 1834, culminando así, victoriosamente, una de las más arriesgadas maniobras de la contienda chaqueña.

Prosiguiendo mi relato sobre la caída del fortín Yrendagüe, puedo asegurar que hoy, cuarenta años después, y ya retirado del Ejército Nacional siento la misma satisfacción del deber cumplido en aquella difícil jornada, que nos exigió el máximo de abnegación y espíritu de sacrificio, y estoy seguro que así también sintieron todos los jóvenes Oficiales del "Batallón 40". Esa satisfacción y la energía vital que nos daba nuestra juventud y la alta moral que teníamos, nos ayudó para reponernos rápidamente de las fatigas y penurias pasadas, encontrándonos dispuestos a proseguir la campaña con más bríos que nunca.

La permanencia en el fortín Yrendagüe, para descansar y reorganizarse, nos resultó doblemente grata por muchas razones, entre ellas, la satisfacción del deber cumplido, las congratulaciones de los camaradas del II Cuerpo de Ejército que iban llegando, y las felicitaciones de nuestros Jefes directos.

Transcribo el texto de la Orden Nro. 199 del Comandante del II Cuerpo de Ejército, que dice:

"II Cuerpo de Ejército. -Estado Mayor-. I Depto. Algodonal, 20-XII-34.

"Orden del Día del Cuerpo, Nro. 199.

1o.) Este Comando tiene la íntima satisfacción de hacer llegar sus felicitaciones a todas las Unidades, Reparticiones y Servicios componentes de la Gran Unidad del Cuerpo, por las últimas victorias alcanzadas sobre el enemigo en la jornada épica del 7 al 8 del corriente en "Picuiba", y muy especialmente a la D. 8, con particularidad al Comandante en Jefe de dicha División, Coronel Eugenio Garay, por la decisión enérgica, resuelta y valor probado de que dieron prueba en el asalto y toma de los pozos de "Yrendagüe", que culminó con la retirada desastrosa del I Cuerpo de Caballería reforzada enemiga.

2o.)...... 3o.) ....... 4o.) ...... .5o.) ........

Firmado RAFAEL FRANCO, Coronel, Cmdte. en Jefe del II Cuerpo de Ejército".

Como único reconocimiento del Comando en Jefe del Ejército en Campaña a la abnegación, espíritu de sacrificio y valiente actuación de Oficiales, Sargentos, Cabos y Soldados que convirtieron una arriesgada y difícil maniobra en trascendental victoria del Ejército Paraguayo, fue condecorado el Teniente lo. de  Caballería, Don Ceferino Vega Gaona, Comandante del "Batallón 40" desde unos meses atrás.

Muy satisfechos por este justo reconocimiento de nuestros superiores, recuperados físicamente y con la moral bien alta, marchamos rumbo a Capirendá, pues el II Cuerpo de Ejército, después del éxito obtenido con la caída de Yrendagüe, estaba atacando a las fuerzas bolivianas que intentaban hacerse fuertes en Carandayty, población civil que cayó en poder del Ejército Paraguayo tras una porfiada resistencia del enemigo.

Ya en el fortín Capirenda, el "Batallón 40" recibió la orden de efectuar un reconocimiento hacia el ala izquierda del II Cuerpo de Ejército y tomar una pequeña población de nombre Ñaguapuá. Esta misión fue encomendada a la 2a. Compañía al mando del Teniente Reinaldo Troche, cuyo Comandante del ler. Pelotón era el suscrito.

En cumplimiento de la misión que se nos encomendara, avanzamos al rumbo y por terreno desconocido, con el máximo de cautela, para evitar emboscadas, y sobre todo, para tener a nuestro favor el factor sorpresa.

Así marchamos y caímos inesperadamente sobre el pequeño poblado, el que se encontraba en un valle rodeado de serranías más o menos elevadas, y rápidamente dominamos a toda la población compuesta en su mayoría de mujeres, pues los hombres habían sido movilizados o se encontraban mercando o trabajando en Carandayty y en Tigüipa, esta última, otra pequeña población ubicada más hacia los primeros contrafuertes andinos, ya no lejanos.

Una de las primeras mujeres que cayó en nuestro poder, era una señora cochabambina que se encontraba sacando pan casero de un horno de barro muy parecido al que se usa en nuestra campiña. Como la señora se encontraba en avanzado estado de gravidez y muy desesperada por nuestra inesperada presencia, tuve que valerme de toda la diplomacia que en la circunstancia se podía usar, para que me entregara la totalidad del producto que había elaborado, a fin de destinarlo al consumo de mi tropa, y para que ella, dados su condición y estado, y como medida de seguridad, siguiera a retaguardia.

Seguidamente, y previo el reparto de los panes tan inesperadamente encontrados, tomamos unas veinte mujeres más, entre adultas y menores. En aquella oportunidad un mercader ambulante de nacionalidad turca o sirio libanesa, que los hay por todas partes del mundo, quiso escapar, aprovechando las primeras confusiones de la ocupación del poblado, llevando consigo dos mulos cargados.

Emprendió la huida a todo lo que pudo, pero cuando iba a unos ochocientos metros fue descubierto por uno de nuestros soldados, y como no sabíamos si había o no enemigos por ese lado, lo perseguimos con fuego de fusil ametrallador. El hombre huyó antes de ser alcanzado por los proyectiles, pero dejó sus mercancías con los animales que las transportaban. Capturadas las bestias de carga, se encontró que transportaban varios cortes de telas de seda, mercaderías generales para uso femenino y una flamante máquina de coser marca "Singer", de mesa.

Como recuerdo de esa jornada, y también de la primera población civil que cayera en nuestro poder en toda la guerra, conservé en mi poder la máquina de coser y un corte de tela de seda blanca. Los tuve durante toda la campaña y al terminar la guerra se los regalé a mi madre, la que por su parte me confeccionó la primera camisa de seda blanca que usé con traje largo civil, pues yo había ido a la guerra de pantalones cortos y mi primer pantalón largo fue un verde olivo que se me proveyó en la Escuela de Oficiales de Reserva.

En esa población típicamente campesina y agrícola, los habitantes tenían en cada rancho sus animales domésticos, aves de corral y su pequeña chacra. Además tenían cerdos y asnos, estos últimos les servían de medio de locomoción y de transporte. De su actividad agrícola tenían grandes mazorcas de maíz tupí y blanco. Todos esos productos nos fueron muy útiles para nuestro abastecimiento en los días de ocupación de Ñaguapá.

Para proteger su flanco, y como buenos conocedores del terreno, los bolivianos ocuparon las elevaciones alrededor del valle en que se encontraba el poblado de Ñaguapá, y fue así que nos rodearon casi totalmente, sometiéndonos a la acción de morteros y artillería, todo lo cual nos obligó a organizar una defensa con protecciones adecuadas, ya que desde sus posiciones en las alturas, nos sometían a una observación visual casi constante, y les resultaba fácil localizarnos y reglar sus tiros.

En esos días de asedio a que fuimos sometidos, aprovechamos todo lo comestible que nos habían dejado en sus ranchos los habitantes de Ñaguapuá, pero como el enemigo no nos daba tregua y por lo tanto no podíamos recibir nada para el abastecimiento, muy pronto todo lo disponible se agotó y quedamos sin nuestros productos caseros, restando como única reserva de alimento fresco los numerosos asnos que se habían dispersado por el valle.

A consecuencia de esta situación de aprieto en que nos encontrábamos, comprobamos que la carne de este animal es tan sabrosa como la vacuna, especialmente la del animal hembra, que es más tierna, y puedo asegurar también que nunca como en aquella oportunidad fue escuchado con tanta atención e interés el rebuzno de un asno; apenas lo oíamos, tomábamos el rumbo de ubicación del animal, el que posteriormente era buscado por una patrulla y sacrificada para el rancho.

La situación nuestra siguió así durante cierto tiempo y cuando los bolivianos fueron obligados a retirarse de Carandayty por la presión de nuestro II Cuerpo de Ejército, nosotros también fuimos liberados del asedio enemigo, el que emprendió la huida hasta refugiarse en las primeras serranías del contrafuerte andino que se perfilaba imponente en la lejanía.

Los bolivianos se retiraron en todo el frente, arreando a su paso cuantos animales hallaban y obligando a acompañarlos a toda la población civil de varios pueblos de la región, como ser: Tigüipa, Machareti, Timboy, Ñaicorainza y otros, consumando de paso algunas destrucciones, especialmente en edificios, templos y oficinas públicas; pero felizmente para nosotros, los huertos y sembrados quedaron intactos en su mayoría, gracias a la apresurada retirada de los efectivos enemigos.

El "Batallón 40", en la vanguardia de la 8a. División continuaba en el ala izquierda del II Cuerpo de Ejército y en procura de un enlace con el I Cuerpo de Ejército que se encontraba en plena ofensiva en un sector. Desde Ñaguapuá continuamos avanzando tras el enemigo en retirada y rumbo a la lejana cordillera, la que a medida que nos acercábamos parecía más imponente, y luego de una marcha sin mayores contratiempos, capturamos el primer pueblo organizado de nombre Tigüipa.

Entramos en una población arrasada y abandonada por sus habitantes. En el templo católico todas las imágenes estaban descabezadas y sus vestiduras rasgadas. En los que fueron edificios públicos, como la Oficina del Registro Civil, los grandes libros de anotaciones de nacimientos, defunciones y casamientos, se encontraban deshojados, dispersos y a medio quemar, todo lo cual presentaba un aspecto desolador y triste.

Felizmente, y como ya lo había comentado anteriormente, las huertas y chacras no fueron destruídas, ni tampoco los árboles frutales, y fue para todos un verdadero deleite poder saborear algunos vegetales y frutas frescas, después de haber vivido a base de carne conservada y cecina reseca, siempre acompañados por el poroto y el locro llenos de gorgojos, los que, flotando en la comida, le daba a esta un aspecto de estar lleno de orégano u otras especias aromáticas, pero cuyo gusto no era muy agradable por cierto.

Es claro que no todo fue de color de rosa en aquella ofensiva y persecución del enemigo, y uno de los episodios que siempre recordaré, fue el efecto que produjo en nuestro organismo el consumo de naranjas sin madurar, que ingerimos golosamente en vista de que teníamos que seguir avanzando y por lo tanto abandonar el naranjal con frutas aún verdes y muy ácidas. Nos resultaba penoso tener que dejarlas, de modo que antes de seguir la marcha arrancamos todas las que pudimos y comimos abundantemente con todo gusto.

Muy pronto sufrimos las consecuencias de este atracón de frutas verdes, pues la mayoría sentimos fuertes dolores abdominales y luego sobrevino una incontenible diarrea que en algunos casos degeneró en colitis, enfermedad ésta que causaba estragos en el frente y se hallaba muy difundida, y cuyo efecto era agotar con suma rapidez al enfermo.

Felizmente, y gracias a nuestro organismo joven y fuerte, y a la eficiente atención de nuestro Jefe Sanitario, el Tte. Médico Dr. Jorge Ritter, a pesar de la larga vigilia impuesta por las circunstancias, la gran mayoría se repuso rápidamente y seguimos adelante en busca de nuestro próximo objetivo, con la moral siempre alta y dispuestos a empujar al enemigo invasor hasta detrás de Parapití.

No podemos dejar en el olvido el cambio o mejor dicho los cambios que se originaron en nuestro organismo al ingerir después de tanto tiempo, frutas y alimentos frescos, los que se hallaban ausentes de nuestro menú de guerra desde años atrás, muy especialmente durante los años 1933 y 1934, en que nos encontrábamos ya muy alejados del Río Paraguay, y mucho más aún de la Capital, pues las operaciones se llevaban a cabo en pleno centro de nuestro Gran Chaco Boreal, donde se luchaba no sólo con el soldado boliviano, sino también en contra de la naturaleza inhóspita, las enfermedades tropicales; la sed y el calor sofocante.

Tampoco no podíamos librarnos del ataque y de las molestas picazones de las plagas e insectos que se encontraban en abundancia en todo tipo de piojos, y en la enmarañada y rala selva, abundaban toda clase de garrapatas.

Durante aquellos años, el rancho se componía exclusivamente de locro y poroto cuyos corazones se encontraban totalmente consumidos por los gorgojos, y tenían más perforaciones que un colador; estos alimentos se mezclaba con tasajo totalmente apolillado y carne conservada de muy inferior calidad que por su antigüedad y su mala elaboración, habían perdido en gran parte su poder alimenticio y muy especialmente el vitamínico.

Como consecuencia de la mala calidad de los alimentos vegetales y de otros tipos que nos llegaban en el lejano frente de combate, todos en general, tanto la oficialidad como la tropa, sufríamos y padecíamos de esa enfermedad conocida con el nombre de "ESCORBUTO", que produce el resecamiento de la piel como si fuera la de un cadáver y el aflojamiento de toda la dentadura por descomposición de las encías, que por cierto eran muy molestos y dolorosos.

En una palabra, durante esos años 1933 y 1934, nuestro organismo necesitaba desesperadamente "Vitamina C", y esa substancia vital, las hallamos justamente en las frutas verdes y los alimentos frescos que encontramos en las primeras poblaciones civiles que capturamos a los bolivianos.

Como decía anteriormente fortalecidos nuestros organismos con esa nueva dieta abundante en "Vitamina C" que rápidamente hizo desaparecer de nuestro cuerpo el doloroso y molesto mal, con el espíritu y la moral bien alta y pletóricos de entusiasmo juvenil, seguimos adelante en persecución del enemigo con el firme propósito de desalojar de la totalidad del territorio patrio y llegar si fuere posible, hasta los valles de Santa Cruz de la Sierra.

Luego de capturar el pueblo de Tigüipa y siguiendo un rumbo paralelo a las estribaciones cordilleranas siempre en el ala izquierda de nuestro II Cuerpo de Ejército, capturamos el pueblo de MACHARETI, población ésta de mayor importancia que la anterior, y muy bien delineada.

Al parecer esta población era el centro de la zona, ya que en una de sus calles principales había hasta un surtidor de nafta y en sus alrededores se encontraban grandes cantidades de caños de hierro usados para la perforación de pozos petrolíferos en la zona.

Toda la población civil de Macharetí también fue obligada a acompañar al Ejército Boliviano en su retirada, y ésta debió haber sido muy apresurada, porque en las viviendas quedaron la mayoría de los muebles y enseres de uso común de sus habitantes. Tan pronto se ocupó la población y se organizaron los necesarios servicios de seguridad, las Unidades de reserva ocuparon las casas y fue común ver a soldados descansando en catres, no faltando la cómica aparición de algún individuo de tropa vestido con ropas femeninas muy íntimas.

En vista de que desde Macharetí partía una senda por la que se retiraron las tropas bolivianas hacia las vecinas montañas, y suponiendo que el peligro de un ataque sorpresivo podría venir por ese mismo camino, recibí orden de establecer un retén con mi pelotón y hacer un estricto control de los civiles que, escapando de los bolivianos, regresaban a Macharetí, manifestando deseo de reintegrarse a sus respectivos hogares en la población.

Tan pronto cundió la noticia del buen trato recibido por parte del Ejército paraguayo, fueron cientos los habitantes que se presentaban bajando de las alturas en grupos cada vez más numerosos y a veces núcleos completos de familia. A todos se los recibía con amabilidad, pero se los controlaba estrictamente en el retén de la senda, y luego se los hacía presentar al Comando que estaba en Macharetí, quien posteriormente les daba autorización para ocupar sus respectivas casas.

En vista de que seguía aumentando la población civil de Macharetí, por la continua llegada de refugiados de todas partes, el Comando Divisionario nombró un Jefe de Plaza y se organizó una policía militar que tenía a su cargo el mantenimiento del orden para evitar abusos y desmanes, más aún teniendo en cuenta que la población femenina había aumentado notablemente.

A medida que se normalizaba la situación en la región que ocupábamos momentáneamente, nos percatamos de que la guerra para nosotros estaba toman do otro cariz, por lo menos por un tiempo, teniendo en cuenta los siguientes factores; el contacto con la población civil, la topografía del terreno y la vegetación de la zona, muy parecida a la de nuestra Región Oriental.

Tampoco teníamos ya el problema del agua, que tantas privaciones y malos momentos nos había hecho pasar en meses anteriores, y muy especialmente durante la marcha previa a la captura del fortín Yrendagüe, pues allí en la zona de Macharetí, abundaban las vertientes que nacían en las laderas de las serranías. También el clima había mejorado notablemente, con especialidad en las noches.

Carne fresca se consumía de vez en cuando, ya que los bolivianos no pudieron arrear todo el ganado de la zona en su retirada, y patrullando un poco por los alrededores se encontraban bueyes y vacas lecheras, los que generalmente se encontraban en muy buen estado para el consumo, pero con un fuerte gusto a un pasto que, si mal no recuerdo, en nuestro medio se lo llama "pipí".

Pero, como no todo en la vida y tampoco en la guerra pueda ser feliz y duradero, surgieron. problemas muy desagradables por no decir graves, en la Gran Unidad compuesta por la 8a. División de Infantería. El más grave fue la aparición y rápida proliferación de enfermedades venéreas, a consecuencia del contacto con la población civil.

El mal fue atacado con los medicamentos y precarios medios con que se contaba, y el tratamiento se llevaba a cabo en el propio frente de operaciones, pues estas dolencias no era motivo de evaluación a retaguardia. Como consecuencia de la precariedad de medios y medicamentos adecuados, esta enfermedad se hizo crónica y fue difundida en todo el frente y aún en la retaguardia.

El tratamiento más común que se pudo aplicar en todo el frente, consistía en lavajes diarios con agua en la que se había diluido previamente una pastilla de

permanganato de potacio. Esta agua tenía que ser hervida previamente, pero como muchas veces esto era imposible por la cercanía del enemigo y la imposibilidad de hacer fuego, ya que esto facilitaría nuestra localización, por ese motivo, se usaba agua recogida de los arroyos y manantiales directamente, de manera que la esterilización, tan recomendada por la medicina, quedaba simplemente de lado.

También se recurría a los clásicos remedios caseros, y como en esa zona ya abundaban la zarzaparrilla y otros yuyos de nuestros pagos, se tomaba cantidades de mate y tereré con infusiones de estos remedios. La curación con estos procedimientos era dudosa y hasta ineficaz en la gran mayoría de los casos, pero se la practicaba porque no había otro tratamiento conocido.

Todos estos problemas los sobrellevamos en aquel hoy ya lejano año 1935, unos meses antes de terminar la guerra, dado que desgraciadamente para nosotros y para la humanidad, no había sido descubierta aún por aquél entonces esa maravillosa droga llamada "Penicilina". A pesar de todos estos inconvenientes y problemas que teníamos, la guerra seguía, y nosotros siempre avanzando y combatiendo de acuerdo a los planes y órdenes del Comando Superior.

Nuestro espíritu de lucha era siempre firme y nuestra moral muy elevada, y para ello contribuía que ya teníamos a la vista; si bien un poco lejana, algunas torres de los pozos petrolíferos de los bolivianos, los que ahora, de manera impensada, se habían transformado en nuestro codiciado objetivo, como que todo el mundo sabe que desde aquellos lejanos días ya el petróleo, era muy necesario para toda actividad, sea ella pacífica o bélica.

Después de pasar todo lo relatado anteriormente en la zona de Macharetí y sus alrededores, seguimos avanzando con rumbo paralelo a la cordillera, y capturamos el pequeño poblado de nombre Timbó-y, el que, si bien no tenía ninguna importancia como objetivo bélico, merece una referencia muy especial, en este relato de pasajes; recuerdos y peripecias de la guerra del Chaco.

Esta población también nos brindó todo lo que tenía en productos agrícolas y frutales, especialmente una plantación de tomates semi maduros, que consumimos íntegramente. No sólo eso nos dió ese lugar inolvidable, sino algo mucho más interesante: en Timbó-y encontramos un alambique completo, listo para destilar cualquier tipo de guarapo, y como en nuestra Unidad había más de un antiguo productor de caña clandestina, y por lo tanto técnico en el manejo del artefacto, en menos de lo que canta un gallo se desarmó el alambique y lo llevamos con nosotros en nuestro avance tras el enemigo.

Todas estas cosas las podíamos hacer en el "Batallón 40" porque teníamos suficientes medios de transporte automotor; los que habíamos capturado al enemigo en acciones anteriores. Estos eran de óptima calidad, y se hallaban en buen estado de conservación, pues como Unidad de vanguardia en casi todas las operaciones que realizamos, elegíamos siempre, del botín capturado, lo mejor para nosotros, y el encargado de hacerlo era el Intendente del Regimiento.

Por ese motivo tampoco puedo dejar de mencionar, en homenaje a la verdad y a los méritos verdaderamente sobresalientes de nuestro Intendente de Regimiento, el Teniente lo. de Administración Reinaldo Ferreira Aquino, quien con su diligencia y capacidad puestas de manifiesto en todo momento, era el cargado de seleccionar lo mejor entre todos los pertrechos capturados, lo que cumplía a conciencia y con toda responsabilidad.

Con este aparato de destilación encontrado en Timbó-y, y con el personal técnico que teníamos nosotros, ya no tuvimos dificultades para destilar cualquier clase de líquido en fermentación y en consecuencia podíamos disponer también de algún tipo de bebida alcohólica. El primer experimento que hicimos fue con tres tambores estañados llenos de guarapo que encontramos en el mismo lugar, uno de ellos de caña de azúcar y dos de naranja, con resultado muy bueno por cierto.

A todo esto proseguía nuestro avance, conservando siempre a nuestra izquierda las serranías de los primeros macizos cordilleranos, y como en toda esa zona no había sendas transitables por las que el enemigo pudiera aparecer en la llanura, no existía el peligro de un sorpresivo ataque boliviano, cuyas tropas, según informaciones, se encontraban concentrando en una gran quebrada llamada -si mal no recuerdo Boca del Tigre, que era la entrada al valle de Camiri, gran centro petrolífero de los bolivianos.

Nuestro avance fue detenido para librar fuertes combates en la zona de Ururigua Itatique, la que presentaba características muy especiales debido principalmente al terreno cubierto de serranía muy escarpadas y valles muy profundos, todo lo cual exigía una técnica especial de avance.

Relataré a continuación cómo teníamos que hacer la marcha de aproximación al enemigo que se encontraba en su elemento, la cordillera, con sus sendas obligadas, y en cuya cima se ubicaban generalmente los bolivianos, siendo suficiente un arma automática para contener a todo un Regimiento.

En aquella oportunidad nuestra Compañía tenía la misión de destruir o flanquear una resistencia enemiga que imposibilitaba todo movimiento y que se encontraba en una de las sendas sobre la cima de un cerro.

Llegar de frente era imposible. Destruirlo con artillería, igualmente, pues no la teníamos. Únicamente nos quedaba el recurso de escalar un cerro cercano, y para llegar a ese punto teníamos que cruzar varios cerros escarpados y cubiertos de vegetación. En vista de que el problema era enteramente nuevo para nosotros, acostumbrados a combatir en bosques y llanuras, y como tampoco en ningún reglamento de combate habíamos estudiado la solución de esta dificultad, tuvimos que recurrir al ingenio para resolverla con la premura que el momento exigía.

En estos momentos no recuerdo quién de los Oficiales o Sargentos dio la idea inicial, sólo recuerdo que inmediatamente se adoptaron providencias para ponerla en práctica, y felizmente se obtuvo muy buen resultado, ayudándonos en el cumplimiento de la difícil misión.

La idea consistía en hacer una larga y fuerte co-yuntá de cuero fresco de animal vacuno, la que debía tener, cada cincuenta o sesenta centímetros más o menos, un nudo que ataba una corta madera que serviría de agarradera para no resbalar el que se sostenía en ella.

Un soldado subía por la cuesta, sin equipo ni armamento que le molestaran, y amarraba la coyunta al tronco de un árbol lo más alto posible, luego, utilizan do esta escalera colgante, subía el resto del Pelotón, y así sucesivamente, hasta llegar a la cumbre. Este mismo procedimiento, pero a la inversa, se ponía en práctica para descender de la cima, pues el problema de la escarpada era el mismo, pero al revés, y así fuimos sorteando todos los cerros hasta llegar a nuestro objetivo.

Después de largas y sacrificadas jornadas, y con mucho esfuerzo, pudimos cumplir con nuestra misión de eliminar varias resistencias organizadas en las sendas de las cumbres, las que generalmente eran nidos de ametralladoras con muy poco efectivo, pero muy eficaces.

Luego de estas acciones comentadas a través del relato precedente, los bolivianos concentraron la mayor parte de sus fuerzas en la quebrada que conducía a Camiri, lugar éste que por su riqueza petrolífera en plena explotación debía ser defendida a toda costa.

Posteriormente en esa zona se libró recios combates que costaron muchas vidas al Ejército paraguayo. En estas acciones también, las fuerzas bolivianas capturaron a algunos de nuestros hombres, entre los cuales recuerdo el nombre del Capitán Ireneo Díaz. Estas grandes acciones de la guerra del Chaco, por su trascendencia e importancia en la marcha de las operaciones, merecen un capítulo aparte que requeriría, naturalmente, una visión de conjunto, mayores informaciones y un plan de trabajo más completo y extenso, que salen de los propósitos y de las posibilidades de este relato.

Como mi propósito es solamente el de hacer un verídico relato de la vida de una Unidad a través del terreno enemigo, en larga y victoriosa ofensiva, creo que debo conformarme con lo que llevo expuesto.

Es también mi ferviente deseo que la lectura de este sencillo relato sobre la responsabilidad del Mayor Chircoff, la actuación de la 2a. Compañía del "Batallón 40" en El Carmen, la toma del fortín Yrendagüe el 8 de diciembre de 1934 y la posterior marcha del Regimiento en persecución del enemigo hasta Ururigua e Itatique, sirva para valorar el sacrificio de la juventud de aquella época.

Esa generación joven, a la que le tocó actuar en el período de 1932 a 1935, en la flor de la edad -17 a 20 años- tuvo como compañeras, en vez de fiestas y comodidades, al hambre, la sed, las enfermedades y enfrentó con abnegación a un adversario tenaz y valiente, así como a un terreno en que todo se oponía a la presencia del hombre.

Tampoco busco publicidad con este trabajo; hablo únicamente como un soldado que tuvo participación en estos importantes sucesos de la guerra del Chaco, y en la cual creo que nuestro Regimiento, el "Batallón 40", cumplió con todas las misiones que se le encomendó durante toda la campaña, más que satisfactoriamente.

Muchos camaradas sucumbieron, y muchos también sobrevivieron a la guerra. Estos viven con la conciencia del deber cumplido -y por qué no decirlo con las esperanzas puestas en la generación presente, a la que está reservada la ocasión de librar batallas para el mejor futuro de la Patria y cumplir con el indeclinable deber de ciudadano de ser útil a la misma.

 

 

NOMINA DE JEFES Y OFICIALES QUE REVISTARON EN EL "BATALLON 40" DURANTE LA GUERRA DEL CHACO


COMBATIENTES:

 

Mayor Honoris Causa Don Nicolás Chircoff

Tte. lo. de Cab. Don Ceferino Vega Gaona

Tte. lo. de Cab. Don Darío Pastor Cantero

Tte. lo. de Rva. Don José I. Lombardo

Tte. lo. de Rva. Don Armando Vergara

Tte. lo. de Rva. Don Gilberto R. Troche

Tte. lo. de Rva. Don José Luis Talavera

Tte. 2o. de Rva. Don Zenón Candia

Tte. 2o. de Rva. Don Julio P.M. Saldívar

Tte. 2o. de Rva. Don Justo Pastor Acosta

Tte. 2o. de Rva. Don Agustín Picardo

Tte. 2o. de Rva. Don Aniano Cabrera

Tte. 2o. de Rva. Don Balbino Branda

Tte. 2o. de Rva. Don Arsenio Arza

Tte. 2o. de Rva. Don Teodoro Vega Gaona

Tte. 2o. de Rva. Don Ramón Ruíz Díaz

Tte. 2o. de Rva. Don Cleofe Cardozo

Tte. 2o. de Rva. Don Victoriano Martínez

Tte. 2o. de Rva. Don Ladislao Recalde

Tte. 2c. de Rva. Don Angel Sanabria

Tte. 2o. de Rva. Don Juan B. Ibáñez

Tte. 2o. de Rva. Don Juan Magrini

Tte. 2o. de Rva. Don Pedro N. Cabrera

Tte. 2o. de Rva. Don Eduardo González Rivas

Tte. 2o. de Rva. Don Francisco Lima

Tte. 2o. de Rva. Don Adriano Lafuente

Tte. 2o. de Rva. Don Juan Bautista Brítez

ADMINISTRACION:

Tte. 2o. de Adm. de Rva. Don Reinaldo Ferreira Aquino

Asp. Ofic. de Adm. de Rva. Don Manuel Ruiz

SANIDAD:

Tte. 2o. de Snd. de Rva. Don Juan Fassano

Tte. 2o. de Snd. de Rva. Don Jorge Ritter

 

EL CORONEL GARAY LLEGA A YRENDAGUE

Allá van, el fusil terciado, mudos,

entre espejismos que la sed alumbra

abriendo la maraña a tajo que arden

en verdosos relámpagos labriegos.


Hombres verdes en verde laberinto

en ruta hacia el oasis de Yrendagüe,

van a apresar la fuente de la vida

por espinoso páramo de muerte.


Serpiente dislocada, entumecida,

la columna vacila, cae y luego

se levanta al sonar la voz del prócer,

reanudando la marcha del delirio.


Cadena de fusiles y machetes

eslabonada de heroísmo, cruje

entre hostigantes ramas, entre cactos

erizados de púas, pero avanza.


Sólo unos batallones rezagados

que el cansancio de meses aniquila,

no se levantan más: yacen exhaustos,

en calcinado lecho de agonía.


Los que siguen marchando son espectros

que un rojo y duro dios empuja y guía.


Y este dios, este anciano de anchos hombros,

de blanca greña y azulados ojos

que ignora la fatiga, las distancias,

la sed, el hambre, el sueño, les repite:


Un poco más de esfuerzo compañeros

para juntos morir en Yrendagüe

o para revivir con la victoria!


Un poco más de esfuerzo, y apagando

la sed de los que aún estamos vivos

devolveremos vida a los que mueren!


Y detrás del anciano los espectros

llegan a su destino. El bosque estalla

en un relampagueo de metralla

y la jornada más atroz termina.


Un callejón ardiente y centelleante

da acceso al espejismo realizado

en. frescos y profundos hontanares.


Del agua salvadora conquistada

por la sed y el coraje, el héroe anciano

vuelve sobre sus pasos selva adentro

para poner en pie a los moribundos.

 

11 de noviembre de 1973.

HUGO RODRÍGUEZ ALCALÁ

  

 



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