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VÍCTOR IGNACIO FRANCO


  CORONEL FLORENTÍN OVIEDO - Conferencia de VÍCTOR I. FRANCO


CORONEL FLORENTÍN OVIEDO - Conferencia de VÍCTOR I. FRANCO

CORONEL FLORENTÍN OVIEDO

VÍCTOR I. FRANCO

ACADEMIA PARAGUAYA DE LA HISTORIA

Asunción – Paraguay

1971 (45 páginas)

 

 

DISCURSO DEL MIEMBRO DE NÚMERO DE LA ACADEMIA PARAGUAYA DE LA HISTORIA PROF. DR. R. ANTONIO RAMOS AL RECIBIR AL DR. VICTOR IGNACIO FRANCO EN SU CALIDAD DE MIEMBRO CORRESPONDIENTE.

 

 

 

 

         Es para mí un motivo de íntima satisfacción hacer uso de la palabra en este acto en que la Academia Paraguaya de la Historia recibe al Dr. Víctor Ignacio Franco, a quien me une una sólida y antigua amistad, nacida en los años rosados de nuestra ya distante juventud. El tiempo ha fortalecido esa amistad, que la vida con sus vaivenes e injusticias no ha podido destruir.

         Víctor Ignacio Franco es uno de esos hombres formados con sacrificio, constancia y trabajó. Nunca se quejó de sus días inciertos, sin desmayos siguió la ruta que se trazó hasta llegar a la meta de sus aspiraciones. Es, sin lugar a dudas, un arquitecto de su propio destino.

         Su vocación lo llevó hacia los dominios de la medicina, graduándose de doctor en esta rama de la ciencia en 1942. Abrazó la carrera con cariño y a ella dedicó los mejores años de su vida, llegando a obtener prestigio, jerarquía y autoridad por su dedicación al trabajo, su preparación científica, su cuidado a los enfermos y su amor desinteresado hacia los dolientes desamparados. Víctor Ignacio Franco atiende con igual cariño al rico como al que llega hasta él sin tener recursos. Hace el bien por el bien mismo. La medicina le sirve de apostolado para calmar el dolor de sus semejantes sin buscar ventaja alguna sino la satisfacción de ver restablecida la salud de sus enfermos.

         En su profesión se especializó en ortopedia y traumatología, dedicándose además, a la medicina física y a la reeducación y rehabilitación funcional, afines a la traumatología. Para enriquecer sus conocimientos viajó por diversos países, concurriendo a congresos y reuniones de su especialidad, en los cuales presentó importantes trabajos científicos. Estuvo en los Estados Unidos de América, México, Brasil, Chile, Argentina y Uruguay. En la ciudad de México trabajó en la "Clínica Primavera de Ortopedia Dr. Alejandro Velazco Zimbrón" y en otros servicios de este ilustre facultativo, Miembro de la Sociedad Internacional de Ortopedia.

         Víctor Ignacio Franco es socio fundador del "Círculo Paraguayo de Médicos", de la "Sociedad latino Americana de Ortopedia y Traumatología" y de la "Sociedad Paraguaya de Ortopedia y Traumatología" y Miembro de la "Asociación latino Americana de Rehabilitación" con sede en la ciudad de México; del "Comité Argentino para el Estudio de las afecciones del pie" de Buenos Aires y del "College Internacional de Podologie" de París.

         Espíritu amplio y siempre abierto a las manifestaciones superiores de la inteligencia, Víctor Ignacio Franco no sólo se consagró a la medicina sino también penetró con igual entusiasmo en otros dominios del saber humano. En los últimos años se dedicó al estudio de la historia nacional, especialmente al período relativo a la guerra contra la triple alianza, reivindicando a muchas figuras olvidadas de ese pasado de glorias.

         El fruto de sus estudios en este campo ha dado a conocer en sus numerosos artículos publicados en las ediciones dominicales de LA TRIBUNA y en otros diarios y revistas.

         Con un concepto realista de la historia, Víctor Ignacio Franco busca en nuestro pasado la verdadera dimensión de los acontecimientos y de los hombres que actuaron en los mismos. Admirador de nuestra grandeza pretérita ha sacado del injusto olvido a figuras descollantes como el general Patricio Escobar, sobre cuya vida tiene terminado un libro, que próximamente entrará en la imprenta. Los otros trabajos sobre diversos temas, todos referentes a pasajes de la guerra contra la triple alianza, formarán otro volumen que llevará el título de "Semblanzas y crónicas de la guerra grande". En estas dos obras no terminan sus afanes. Estudioso y trabajador, mucho se espera de su dedicación, de su acucioso espíritu de investigador para encontrar la verdad. Su labor de publicista continuará brindando nuevos y brillantes frutos que vendrán a enriquecer la historiografía nacional.

         Víctor Ignacio Franco desarrolla múltiples actividades. Como admirador de la gloria y de la personalidad proteiforme del Libertador Simón Bolívar es socio activo de la "Sociedad Bolivariana del Paraguay". Y actualmente ejerce la presidencia del "Centro Guaireño". Bajo su mandato se inauguró el busto del Coronel José Félix Bogado, héroe paraguayo de la emancipación americana, ubicado en el hito 0 de la ruta que lleva el nombre del Prócer y que se dirige al puerto internacional de Itá Enramada. También durante su mandato y por gestiones del aludido "Centro Guaireño" se instituyó el "Día del Poeta Nacional", cuya celebración deberá hacerse todos los años el 11 de octubre, fecha de la muerte del aedo Natalicio de María Talavera, cronista de las glorias de la guerra contra la triple alianza.

         Hoy nos va a hablar de uno de esos héroes legendarios que rimaron con vibrantes estrofas los cantos de nuestra inmortal epopeya. Se trata del Coronel Florentín Oviedo, uno de los veinte combatientes distinguidos con la famosa "Cruz de Corrales" y el guerrero a quien el Mariscal López otorgó en un solo día dos ascensos y entregó dos condecoraciones. Caso único y singular en la colosal contienda. Este solo hecho coloca al Coronel Florentín Oviedo en la cúspide de los altos valores de la raza.

         Sobrevivió por muchos años a la injusta lucha. Y aún recuerdo con emoción, cuando en los años de mi adolescencia, el viejo y austero veterano llegó a esta capital. Su aparición en la estación del ferrocarril y después en el escenario del entonces Teatro Nacional fue la apoteosis. La presencia canosa y altiva del guerrero despertó una corriente de honda conmoción patriótica, los aplausos se repetían de pie y una intensa emoción, que arrancó lágrimas, inflamó los corazones del inmenso público. Juan E. O'Leary con su estilo romántico y su elocuencia cautivadora sensibilizó aún más los corazones al exaltar las hazañas del guerrero extraordinario, El Coronel Florentín Oviedo puede afirmarse que en aquella impresionante ocasión alcanzó la plenitud maravillosa de la apoteosis. Era la justicia que llegaba tarde, pero esplendorosa.

         Nunca olvidaré este pasaje que me tocó en suerte participaren esos años floridos de mi adolescencia, pletóricos de ideales y de ensueños. Son de aquellos episodios que quedan grabados para siempre en la memoria de los hombres como recuerdo y ejemplo de lo que fue la grandeza del pasado, para hacerse digno de ella y construir con el influjo de su inspiración una patria libre, próspera y feliz. Tal es el papel educativo de la historia.

         En representación de la Academia Paraguaya de la Historia cumplo con la grata misión de saludar muy cordialmente al nuevo colega Dr. Víctor Ignacio Franco, al recibirlo en esta alta casa de estudios como Miembro Correspondiente. Al desearle un futuro de brillantes éxitos en su ya fecundos e importantes estudios y al felicitarle efusivamente, complacido le entrego la tribuna.

 

 

 

CORONEL FLORENTÍN OVIEDO

 

VICTOR I. FRANCO

 

         Este famoso héroe de nuestra guerra grande, nació en la ciudad de Villarrica allá por el año 1840 en un paraje denominado Tuyutí. Fueron sus progenitores: don Juan José Barrios y doña María Antonia Oviedo. Hizo sus estudios primarios en su ciudad natal, con los renombrados maestros de aquella época: Dávalos, Valdez y el notable Fermín López, a quien cariñosamente le llamaban Maestro Fermín.

         Pronto se reveló como un aprovechado y talentoso alumno. Informado de su clara inteligencia, el Presidente don Carlos Antonio López incluyó su nombre entre los jóvenes que debían partir a Europa para completar sus estudios y su educación, pero sus padres no autorizaron el viaje del joven Florentín y por eso no pudo aprovechar la beca que le brindó el Presidente López. Uno de sus compañeros más íntimos, Juan Bautista Careaga, viajó en su reemplazo entre la pléyade de jóvenes que, a su vuelta a la patria se distinguieron por sus diversos conocimientos científicos y técnicos, y fueron útiles ciudadanos que sirvieron a la Nación desde los diversos puestos que ocuparon.

         Cuando ya se vislumbraba la guerra, Florentín Oviedo se alistó como recluta en el ejército, a la edad de 24 años; se presentó en el Campamento de Cerro León, el 3 de febrero de 1864, y fue destinado al Batallón N° 22. Ya en el Campamento, como demostró singular inteligencia y vivacidad, no tardó en convertirse en instructor de sus propios compañeros, que lo admiraban por su laboriosidad, dedicación ejemplar, compañerismo y férrea disciplina, y por ello llamó asimismo la atención de sus superiores, que comenzaban a distinguirlo. Pronto fue ascendido al grado de Cabo, y al estallar la guerra partió con su batallón, a Humaitá. Participó en la Campaña de Corrientes, y por su actuación descollante conquistó las jinetas de Sargento. Actuó en el memorable combate de "Corrales", -su bautismo de fuego- librado el 31 de enero de 1866, y por su denodado valor y su bravo comportamiento en esta acción llegó a formar parte de los veinte que alcanzaron como recompensa la "Cruz de Corrales". A este respecto, dice el coronel Arturo Bray, en su libro "Hombres y Épocas del Paraguay": "El Coronel Florentín Oviedo es poseedor de la preciada "Cruz de Corrales", la más rara condecoración de la guerra, sólo concedida a veinte oficiales".

         El relato de esta brillante victoria del ejército paraguayo, desarrollada en la Campaña de Corrientes, es como sigue: Corría el mes de enero de 1866; finalizaban los días de este primer mes del año. El 30 de enero el Mariscal López despachó una pequeña expedición, compuesta de 245 hombres al mando del Teniente Celestino Prieto, para efectuar exploraciones del lugar. Esta tropa se encontró con una avanzada de la caballería correntina, con la cual se trabó en lucha. La derrotó con facilidad, y la persiguió hasta el arroyo "Peguahó", distante más o menos quinientos metros de la costa del río.

         Luego de este revés, el Coronel argentino Emilio Conesa, por orden del General Bartolomé Mitre, preparó una celada a nuestra tropa. Para el efecto, el Coronel Conesa, con la Segunda División de Buenos Aires, más una sección de artillería se unió a las tropas de caballería comandadas por el General argentino Manuel Hornos, a objeto de formar y establecer la planeada emboscada. El 31 de mañana, los argentinos acamparon cerca del arroyo "San Juan". La tropa se componía más o menos de 4000 a 4300 hombres de las tres armas. Nuestra reducida tropa marchaba con la siguiente disposición: en el centro un grupo de 44 hombres, comandada por el Teniente Casiano Zarza; a la derecha, otra guerrilla comandada por el Teniente José T. Echagüe, y la fracción de la izquierda, comandada par el Alférez Desiderio Delgado. Resguardaba los flancos una pequeña tropa de reserva, a las órdenes del Teniente Celestino Prieto y dos coheteras a la Congréve, al mando del Alférez Hilario Amarilla. Esta expedición marchaba bajo el mando único del Teniente Celestino Prieto. Vadearon el arroyo "Peguajhó", y se aproximaron al arroyo "San Juan", donde ya comenzaron a cambiarse algunos tiros con el enemigo.

         Con esta formación y en estas condiciones, se aproximaron a la muerte, sin darse cuenta de la celada ideada y establecida por el enemigo; pero ocurrió que providencialmente el entusiasmo del Coronel Conesa vino a salvar a nuestras tropas en marcha, de caer en la emboscada hacia la cual marchaban directamente. El jefe argentino, con el entusiasmo y en la firme creencia del éxito del ardid para la exterminación de nuestras tropas, arengó viva y entusiastamente a sus soldados, sus vivas fueron prolongados y ruidosos, los que fueron oídos por los nuestros que se dieron cuenta acabadamente de la emboscada en la cual iban a sucumbir todos. Sobre esto, un historiador argentino anota: - "Se detienen entonces, y empieza su brillante movimiento retrógrado... Su serenidad por carácter y disciplina es admirable... Imperturbable ante la gigantesca masa que se les viene encima, no se desmoralizan un solo instante... ¡Iluminados de la Patria!... Esa sublime sugestión les da una fuerza colosal".

         Fue inútil el ataque frontal, para luego querer envolvernos por el flanco izquierdo; la retirada continuó rápidamente bajo el nutrido fuego del enemigo y así llegaron al arroyo "Peguajó" y en circunstancias muy difíciles para vadearlo. El enemigo no cejó en su intento de maniobra envolvente, pero siempre con resultado negativo.

         El Teniente Prieto, fue el primero en cruzar el pantanoso arroyo con la reserva que comandaba, y dividió su tropa en tres pelotones, a las órdenes de los Sub-tenientes: Juan Fernández, José Dejesús Martínez y Ramón Ávalos, quienes ocuparon estratégicas posiciones para proteger el pasaje del arroyo por sus compañeros. Llegados a un bosque en las cercanías del puerto de "Corrales", hicieron alto en la marcha. El trayecto de cerca de quince kilómetros, ida y vuelta, recorrido por nuestra tropa era un terreno pantanoso, cubierto de zarzales, altos pajonales, e isletas, a todo lo cual hay que sumar el calor sofocante propio de aquellos días del año.

         Antes que el cansancio, los soldados demostraban un entusiasmo que rayaba en lo febril; su espíritu combativo estaba enardecido; la alegría de esperar al enemigo para la lucha se dibujaba en los curtidos rostros de nuestros bravos combatientes.

         Iba a comenzar la lucha titánica; eran las dos y media de la tarde de aquel memorable 31 de enero de 1866, que quedaría escrito en bronce en los anales de nuestra campaña guerrera frente al invasor. Pero el espíritu de los paraguayos fue grande, y en cada minuto de espera, se agigantaba más y más a pesar de la superioridad numérica en tropas y en armamentos.

         Comenzaron los primeros ataques del furioso enemigo, que fue rechazado en medio de frenéticos gritos de un entusiasmo delirante. Los argentinos intentaron cortar nuestra defensa para lo cual entraron en el bosque por una picada a la derecha, y por una cañada, a la izquierda. Advertido de esta maniobra el Teniente Prieto, retiró su tropa, y ocupó un montículo no lejos del lugar, justo en el momento en que el enemigo desembarcaba en la retaguardia, y ocupando la posición acababa de ser abandonada hacia pocos momentos. En esta ocasional circunstancia, se incorporó a las tropas del Tte. Prieto, el Batallón 12, compuesto de 200 hombres a las órdenes del Tte. Saturnino Viveros. Seguidamente, el batallón incorporado dirigió sus fuegos a los que aparecían por la picada de la derecha, en tanto que el Teniente Prieto se encargaba de los que aparecían por la cañada de la izquierda. A medida que la lucha cobraba intensidad, el enemigo aumentaba sus efectivos, y la encarnizada batalla se iba generalizando por los flancos y por el centro. Momento llegó en que el entrevero se desarrollaba cuerpo a cuerpo, a sablazos y bayonetazos. Rodaban cabezas tras los golpes que con sus mandobles asestaban certeramente los soldados paraguayos. El combate seguía aún al declinar la tarde, y ya caída la noche, con su manto de verdadero luto sombrío sobre el ensangrentado campo de la lucha, con el titilar refulgente de las estrellas, que desde el azul del cielo alumbraban el triunfo, como poniendo una chispa de diamante que se engarzaba en el alma de cada soldado guaraní que cumplía con devoción patriótica su deber de luchar sin desmayos en la defensa de la Patria.

         Terminado el combate, cuando los vencidos se retiraban, llegó el General Ignacio Rivas con una División enviada en "socorro" por el comando enemigo; pero en aquel momento también desembarcaba el Teniente Coronel José E. Díaz al frente de un refuerzo compuesto de 700 hombres. Para los aliados todo fue tarde, pues los paraguayos comandados por el intrépido Teniente Prieto y el Teniente Viveros, henchidos de heroica grandeza en la gloria de aquel 31 de enero, estampaban en el calendario de las gestas guerreras esta memorable fecha: soberbios en la lucha y gigantes con fortaleza granítica en la defensa de la patria. El Mariscal López honró a los sobrevivientes del combate con la condecoración de la "Cruz de Corrales", que tenía la siguiente inscripción: "Venció en Corrales - 31 de enero 1866". El Decreto que instituyó la condecoración fue firmado el 13 de febrero del mismo año, en el Cuartel General de Paso de Patria. Esta condecoración constituye uno de los insignes méritos de este héroe singular que la posteridad debe recordar con respeto y admiración de cómo se defiende a la patria.

         Sobre este combate de Corrales, dice el Boletín del Ejército, de fecha 3 de febrero, escrito por el poeta guaireño Natalicio Talavera al anotar los nombres de los que intervinieron en la acción: ¡"He aquí los únicos nombres que ha recogido la historia! Guerreros extraordinarios, de gigantesca talla, sólo ellos se han destacado sobre el pelotón heroico que realizó aquella hazaña de leyenda, sin paralelo, que parece una página arrancada a la epopeya griega! ¡Los caídos también merecieron un recuerdo del supremo dignatario paraguayo, el cual decretó la erección de un monumento destinado a guardar los restos de los héroes y a honrar perdurablemente su memoria".

         Los días 2 y 3 de febrero se celebraron solemnes funerales en la Catedral de la Asunción, con asistencia del Vice-Presidente de la República, don Domingo Francisco Sánchez, el Ministro de Hacienda, don Mariano González, el Ministro de Relaciones Exteriores don José Berges, corporaciones civiles y militares de los diferentes cuerpos, e inmensa concurrencia. Terminada la ceremonia, el Presbítero Mariano Aguiar ocupó el púlpito para hacer la apología de los que habían muerto en Corrales. En el Campamento de Paso Pucú se siguió un novenario, y el 13 de febrero se llevó a cabo un solemne funeral, al que asistieron el Mariscal, el Obispo Diocesano Manuel Antonio Palacios. El Presbítero Bonifacio Moreno se encargó de la oración fúnebre.

         Florentín Oviedo va a actuar nuevamente en la gran batalla de Tuyutí, el 24 de mayo de 1866, a las órdenes del Capitán Santiago Florentín, en el Batallón 22, quien, atacando el centro de las posiciones aliadas, llegó con su unidad hasta el pie de los cañones aliados con su impetuosa carga, y recibió una terrible herida. Fue uno de los pocos bravos que sobrevivió en aquella memorable acción. Su batallón fue aniquilado, y en esta ocasión obtuvo tu ascenso a Alférez. Pasó al Batallón 12, y luego al 3. Estando en el Batallón 12 y con el flamante grado de Alférez intervino el 16, 17 y 18 de julio de 1866, en la célebre batalla de Sauce-Boquerón. El último día de la sangrienta y encarnizada lucha, recibió dos graves heridas en el pecho, por su sin par arrojo. Fue recogido del campo de acción, por el General Díaz; -valiente jefe que le admiraba y le tenía profundo y singular afecto- Díaz lo llevó al Hospital de Sangre de Humaitá, donde fue atendido con verdadera solicitud.

         Repuesto de sus heridas, pasó a ocupar su puesto en el Batallón 3, y se destacó en Paso Rojas, y el 3 de noviembre de 1867 participó en el brioso asalto e incendio del campamento aliado de Tuyutí. Oviedo actuó al frente de una compañía del citado Batallón 3, comandada por el valeroso Mayor Manuel Antonio Giménez - el famoso Cala-á -, quien en aquella madrugada fue el primero en asaltar las posiciones enemigas.

         En esta acción, el Alférez Florentín Oviedo se condujo como un auténtico héroe. Se apoderó personalmente de un famoso "fiu rayado", cañón Witworth, que en la conducción hacia el campo paraguayo quedó empantanado en el estero, pero luego fue recuperado por el General José María Bruguez, quien personalmente presentó al Mariscal este valioso trofeo. En este asalto, Oviedo, así como fue el primero en entrar en acción, fue el último en retirarse abriéndose paso con su espada entre las filas aliadas. Recibió un balazo en la cabeza, que le derribó en el estero. Fue en esta emergencia que quedó empantanado el cañón, Oviedo fue recogido a punto de morir y conducido a Espinillo, donde quedó varios días inconsciente, salvándose gracias a su vigor y a su juventud a prueba de enfermedades, heridas y los vaivenes inciertos de la guerra.

         El Coronel Luis González, en el parte elevado al Mariscal, luego de terminada la acción, hizo el elogio de Oviedo, López manifestó que tenía deseos de verlo personalmente en su Cuartel General, tan pronto estuviese restablecido de su herida, para entregarle el premio que merecía su valiente y heroico comportamiento.

         Restablecido el héroe, se presentó en el Cuartel General, siendo recibido por el Mariscal, quien se encontraba en compañía del Obispo Palacios. Según el historiador Juan E. O'Leary el recibimiento se desarrolló en esta forma: "Fue recibido cariñosamente por ambos, por el Jefe Supremo del Ejército y por el Jefe de la Iglesia: Alférez, le dijo López, indicándole la huella de la última herida, los negros por lo visto, lo han tonsurado, sin el permiso del Señor Obispo y sin consultar su voluntad. Interponga Ud. los reclamos del caso... Siguiendo la broma, se dirigió Oviedo al Obispo, formulándole su reclamación, y pidiéndole que intercediera para que lo dejara ir, en la primera ocasión que se presentara, a tomar venganza por sus propias manos".

         En dicha ocasión se le rindió a Oviedo un homenaje especial, que nunca recibió otro héroe en nuestra guerra contra la Triple Alianza. El Mariscal López, luego de destacar los méritos del héroe, frente a numerosos jefes y oficiales asistentes al acto, prendió en el pecho de Oviedo la medalla de Tuyutí, entregándole al mismo tiempo el despacho de su ascenso al grado de Teniente Segundo. Una vez prestado el juramento de Ley, le otorgó la "Estrella de Caballero de la Orden Nacional del Mérito" y le entregó su despacho de Teniente Primero. Seguidamente, el héroe honrado con dos condecoraciones y dos ascensos, repitió el juramento para su reconocimiento en el nuevo cargo de Comandante del Batallón N° 27. Caso único y excepcional en el curso de la guerra contra la Triple Alianza: En un mismo día, dos ascensos, dos juramentos y dos condecoraciones impuestas por el Mariscal López, a un combatiente, a todo lo cual se agrega el juramento al hacerse cargo del Comando del Batallón N° 27 con el cual Oviedo iba a seguir realizando proezas. Este honor singular y único es el más alto galardón alcanzado por un paraguayo en la colosal contienda.

         Ya comandante del Batallón 27, Oviedo pasó a Humaitá a las órdenes del Jefe de la Plaza, Coronel Paulino Alén, en enero de 1868. Muchos meses quedó inactivo en el lugar denominado "Amborocué", en espera de entrar nuevamente en acción. El 19 de febrero de 1868, la escuadra imperial forzó el paso de Humaitá. Este éxito enemigo determinó a nuestros soldados a abandonar el Cuadrilátero. El 2 de mayo, López dejó su Cuartel General de Paso Pucú para dirigirse a San Fernando, pues había resuelto defender la línea del Tebicuary. Al Mariscal lo acompañó todo el ejército, siguiendo la misma ruta por el Chaco hasta el citado San Fernando.

         La escuadra imperial advirtió tardíamente el movimiento de los paraguayos. Entonces el Marqués de Caxías ordenó la ocupación de una franja de tierra que avanza hacia el fondo de la bahía de Humaitá, para poder impedir así la comunicación con el reducto de Timbó, defendido entonces por el Coronel Bernardino Caballero. A dicho efecto, una columna brasileña debía operar por el lado este y una argentina por el lado oeste, tratando de unirse en un determinado punto. En esta acción que se preparaba, nuevamente va a sobresalir el Teniente 1º Florentín Oviedo, y fue en la denominada batalla de Yuacy-y, librada el 2 de mayo de 1868. Este encuentro heroico fue parte de los que sostuvieron los que quedaron a defender la Fortaleza de Humaitá. Su descripción es como sigue: los aliados estrecharon más aún el cerco en torno a Humaitá; el ejército brasileño extendió sus líneas desde el Reducto Cierva hasta Espinillo; y de aquí, hasta Paso Pucú, se extendieron los argentinos. En la sitiada plaza no faltaban provisiones: había depósitos de maíz, almidón, tasajo, etc. y por el Chaco se recibían las provisiones de carne. Los aliados, como dije anteriormente, se enteraron de que entre Timbó y Humaitá existía una activísima comunicación, que resolvieron cortar. Para esta operación, el Marqués de Caxías ordenó que el General argentino Ignacio Rivas, con 2.000 hombres saliera de Curupayty y desembarcase en el Chaco, al norte del Riacho de Oro y que tratara de abrir una picada para unirse a la columna brasileña que realizaba igual maniobra por el lado opuesto avanzando hacia Humaitá.

         Para el Marqués de Caxías no resultó fácil esta operación contrariamente a lo que imaginaba, por la razón de desconocer lo impenetrable de nuestras selvas, primero, y segundo, el       valor de nuestros soldados. En la mañana del 2 de mayo de 1868 se comenzó la estudiada y meditada operación: el Coronel brasileño Regis Barros Falcao, con los Batallones 1°, 3°, 7° y 16, más cuatro cañones, desembarcó en Yuacy-y, en donde se hallaba el Mayor Santiago Florentín comandando el Batallón 7. Después de un largo y recio tiroteo, nuestras tropas se retiraron, visto lo cual, los brasileños, avanzaron resueltamente, de acuerdo con lo ordenado por Caxías, y en busca de la columna del General Rivas, que a esa precisa hora también realizaba su desembarco. El Capitán Zoilo González se encontraba a esa hora departiendo alegremente con sus tropas, en la Oficina Telegráfica del Chaco, frente a Humaitá, cuando recibió la noticia del desembarco aliado: escogió 100 hombres de los mejores de su tropa, y con ellos marchó para proteger al Batallón 7, al cual encontró en retirada. El Capitán González, viendo el buen humor de sus soldados, les dijo: - "Ea, muchachos, yo he venido para pelear y vencer al enemigo; aquí no hay otra cosa que hacer que llevarle una carga victoriosa a bayoneta y a sable". Estas palabras del Capitán fueron recibidas con vivo entusiasmo, y así, henchidos de patriotismo, se lanzaron al ataque cuando vieron la aparición del enemigo, al cual era imposible contener, y antes que huir, los nuestros optaron por retroceder ordenadamente buscando un apropiado lugar para resistir, y para ello improvisaron una trinchera construida rápidamente.

         El Coronel Paulino Alén, Jefe de la Plaza de Humaitá, informado de que nuestra tropa se hallaba en esas condiciones, envió como refuerzo al Comandante Vicente I. Orzuza con el Batallón 27 comandado por el Tte. 1° Florentín Oviedo. En esta maniobra se abandonaron en el trayecto dos cañones, por falta de medios de movilidad, los que cayeron en poder de la "Legión Primera de Voluntarios", que constituía la vanguardia de la columna del General Rivas. Con la noticia de que dichas piezas de artillería se encontraban en poder de los aliados, el Comandante Orzuza llamó a una junta a todos los jefes, y dirigiéndose al Capitán Zoilo González le dijo: "Aunque Ud. es de menor graduación, es sin embargo el oficial más fogueado entre todos nosotros, pues ha tenido ocasión de tomar parte en muchos combates. Por esta razón, me dirijo primero a Ud. a fin de saber su parecer respecto a la combinación o plan que cabe poner en práctica en la presente emergencia". El Capitán González sin vacilar contestó "que opinaba, que sin más trámites, debían ser recuperados las dos piezas tomadas por el enemigo, o morir todos en el empeño, si no fuere posible lograrlo".

         Su plan era seguir él con la caballería a pie, retrocediendo por el camino de la costa hasta encontrarse con el enemigo, y a la vez internar el Batallón 27 en el monte por una picada más oculta al sur, paralela al camino principal, con el objeto de llamar la atención por su lado izquierdo con un nutrido fuego graneado en cuanto se hubiese iniciado el combate de frente con las tropas del Capitán González. El Comandante Orzuza aceptó sin reparos el plan, y entonces el Capitán González dispuso llevar su tropa formada de ocho en fondo; en la vanguardia iban los tiradores, y más atrás, los lanceros.

         La famosa "Legión Primera de Voluntarios" fue totalmente arrollada en el encuentro -verdadera carnicería- por las tropas del Capitán González, que se comportó como un león, recuperando los dos cañones en cumplimiento de su fiel compromiso. La Legión de Voluntarios argentinos fue disuelta por el Comando Aliado, por su mal comportamiento; los oficiales fueron remitidos presos a Buenos Aires, y dados de baja inmediatamente. Sólo a la mañana del día siguiente el General Rivas se incorporó a los brasileños, que estaban empeñados en levantar un reducto de resistencia en Andaí, un poco más abajo de Yuacy-y. Los paraguayos se dirigieron a Timbó, donde se encontraron con el Coronel Bernardino Caballero, quien acababa de cerciorarse de lo ocurrido. El enemigo, en tanto, le seguía en su retirada, con refuerzos y dos piezas de artillería de campaña; pero el Tte. 1° Oviedo, con su Batallón 27 ya estaba en el camino y con un ¡Viva a la Patria! salió al frente, al tiempo que ordenaba una descarga sobre el enemigo lo que fue más que suficiente para obligarlo a emprender una desordenada y precipitada fuga. El Coronel Bernardino Caballero ordenó al Mayor Antonio Barrios, que marchase con toda la tropa y que, llevando como segundo al Capitán Zoilo González, hiciese practicar un reconocimiento de la posición de Andaí. Fue cumplida la orden; los nuestros llegaron hasta muy cerca de los aliados, y regresaron luego de haberse cerciorado bien de las obras de defensa que, luego del revés, acababan de construir en ese lugar. En esta batalla de Yuacy-y el Tte. 1° Oviedo sobresalió por su arrojo, lo que le valió su ascenso al grado de Capitán.

         Veamos su actuación en Acayuasá, el 18 de julio de 1868, los paraguayos de Timbó no dejaban tranquilos a los aliados acampados en Andaí; diariamente los bombardeaban, y estos tiros de hostigamiento eran muy certeros y eficaces. Surgió la idea de establecer un reducto equidistante entre Timbó y Andaí, para poder hostilizar mejor al enemigo. Fue bautizado este nuevo reducto con el nombre de "Reducto-corá" con una guarnición que disponía de dos piezas de artillería de a 32 y que estaba compuesta de un batallón de infantería, 200 hombres de caballería de a pie conocidos con el nombre de "Acá Morotí" denominación debida al sombrero de paja (sombrero capi-í) que usaban como kepis.

         Hecha esta preparación, el Coronel Bernardino Caballero concibió la idea de hacer caer a las guerrillas argentinas en una celada, para lo cual ordenó que el Capitán Melitón Taboada, al frente de los "Acá Morotí", y dos compañías de infantería, se ocultasen a la vera del camino por donde acostumbraban aparecer los enemigos. El plan consistía en que nuestra avanzada debía salirles al encuentro, tirotearse con ellos, y procurar arrastrarlos hasta el reducto, para recibir allí los fuegos de nuestros cañones emplazados y ser envueltos totalmente por las tropas del Capitán Taboada, qué los acuchillarían por la retaguardia.

         Amanecía el 18 de julio, y todo se hallaba dispuesto para el cumplimiento del bien meditado plan, pero grande fue el asombro que causó a nuestras tropas ver que, aquellos que se aproximaban, no eran las acostumbradas guerrillas, sino una numerosa columna dispuesta para un inminente ataque. Lo que había pasado es que aquella mañana el General Rivas había decidido hacer un serio reconocimiento de nuestras posiciones, y ordenó el cumplimiento de la orden al Coronel argentino Miguel F. Martínez de Hoz, quien, con su Batallón "Riojano" y los brasileños con los batallones 3° y 8°, y llevando como segundo al Comandante Gaspar Campos, marchasen para el reconocimiento dispuesto.

         De acuerdo con lo previsto, nuestra avanzada, salió al encuentro. La tropa enemiga tenía esta disposición: como vanguardia iba el Batallón Riojano, y un poco detrás, las fuerzas imperiales; nuestra tropa iba retrocediendo, cumpliendo siempre el plan de atraerlos hacia el reducto; los aliados, entusiasmados, iban acercándose cada vez más y más. En aquel momento, nuestra avanzada se hizo de lado, y los aliados recibieron entonces el terrible fuego de nuestra artillería. Los brasileños se dieron a una total desbandada, en tanto que el Batallón Riojano quedó envuelto y fue exterminado por las tropas del Capitán Taboada. El Comandante Gaspar Campos fue hecho prisionero por el valeroso Capitán Oviedo, quien lo capturó personalmente y lo entregó al cabo José María Godoy, quien lo condujo a Timbó. Este prisionero falleció posteriormente en Itá Ybaté, víctima de disentería. Es de justicia mencionar la patriótica actitud del comandante Campos antes de caer prisionero: en momentos en que el abanderado argentino era muerto por uno de nuestros soldados, el Comandante se apoderó de la enseña argentina, corrió con ella hasta la costa del riacho y la arrojó al agua para no caer en manos de nuestros soldados. El Coronel Martínez de Hoz -de distinguida prosapia argentina- murió en esta acción, y el Capitán Florentín Oviedo, que demostró el valor de siempre, recibió una herida de bala, en una pierna, herida que lo mantuvo inmóvil por muy poco tiempo. Como testimonio de la acción de Acayuazá, el Mariscal López acordó por Decreto del 24 de julio de 1868, dado en el Cuartel General de San Fernando, la cruz conmemorativa: Cruz de Malta, de ocho puntas con la inscripción, en el anverso: "A la decisión y bravura", y en el reverso: "Acayuazá, 18 de VII de 1868". El Capitán Florentín Oviedo mereció esta valiosa condecoración y su ascenso al grado de Sargento Mayor; el Coronel Bernardino Caballero recibió su ascenso al grado de General de Brigada.

         Estando Oviedo en San Fernando, con su herida no curada aún, se puso al frente del Batallón 22, emprendiendo la retirada hacia Pikysyry para la organización de la nueva resistencia, y así lo encontramos con el flamante grado de Mayor en la batalla de Ytororó, que, en síntesis, se desarrolló en la siguiente forma: Convencido el Mariscal López de que los aliados se encaminarían por Ytororó, ordenó al General Caballero que les presentase batalla en el desfiladero del citado arroyo. Siendo las ocho de la noche, dejó Caballero el Cuartel General, y marchó al frente de 6 batallones, Nºs. 40, 22, 3, 2, 23 y 37, comandados por los siguientes jefes: Comandante José Duarte, Mayores: Florentín Oviedo, Juan J. Cárdenas, y Capitanes: Antonio Vargas, José María Moreno y Pedro López, respectivamente. Cinco regimientos, Nºs: 6, 9, 12, 19 y 3 comandados por el Mayor Carmelo Gómez, Capitanes: Anselmo Cañete, Pablo Aguilar, Zoilo González y Manuel Espinoza, respectivamente. Seis piezas de artillería al mando del Mayor Ángel Moreno y llevando como segundo al Comandante Valois Rivarola. Totalizaban 3.500 paraguayos contra 22.000 hombres que componían las fuerzas imperiales. Esta batalla se libró el 6 de diciembre de 1866, en Ytororó. Un impresionante monumento erigido en el mismo lugar, a pocos pasos del mismo desfiladero del arroyo, perpetúa esta célebre y gloriosa batalla. El 11 de diciembre actúa el Mayor Florentín Oviedo en la Sangrienta batalla de Avay, al frente del Batallón 21, al finalizar la acción escapó en retirada y se unió al General Caballero. El Batallón de Oviedo fue el único que se salvó de este desastre.

         El ejército imperial se ensañó en su crueldad con los prisioneros. Las mujeres paraguayas indefensas sufrieron los vejámenes, los ultrajes y el sadismo del enemigo en aquella lúgubre noche, que recuerda la historia con pena y con dolor. Al respecto escribe el General argentino José Ignacio Garmendia: "300 mujeres, que como las heroínas galas habían presenciado el combate, aumentaron también el botín de la victoria; la soldadesca desenfrenada abrió las válvulas a su feroz lascivia, y estas infelices que habían visto perecer a sus esposos, hijos y amantes, sufrieron los más torpes ultrajes de la lujuria, en la noche más negra de su pena. ¡No sé cómo no murieron"!

         Del 21 al 28 de diciembre del mismo año Oviedo participó en la homérica batalla de los siete días de Itá Ybaté, donde peleó con singular bravura, recibiendo una herida que le destrozó el maxilar inferior; el proyectil le atravesó el cuello y quedó incrustado en la nuca. Peleó hasta el final, viendo caer a sus últimos soldados, que lucharon como titanes. Fue encontrado moribundo en el campo, siendo enviado al Campamento de Cerro León; donde fue visitado por López, quien dio la orden de que una vez que se repusiera de su herida, reorganizase el desaparecido Batallón 22. Cumpliendo lo ordenado por el Mariscal, fue nombrado jefe de la Tercera División del nuevo ejército reorganizado en aquel viejo campamento, donde llegaron por segunda vez los que habían sobrevivido a la Campaña del sur. Allí hacía cinco años que el recluta Florentín Oviedo había sentado plaza como soldado. Así acompañó al General Caballero en la expedición para tomar parte en la batalla de Diarte, juntamente con el Comandante Victoriano Bernal, el Mayor Rufino Ocampos, y el Mayor Eduardo Vera, el valiente héroe de Isla Poí y Ayudante del General Díaz; también actuaron los Capitanes Quiroga, Zárate y Patiño. Los brasileños estaban comandados por el General Juan Manuel Mena Barreto, Coronel Benito Martins de Meneces y Tte. Coronel Juan Clemente Gordinno. Esta batalla, que fue librada el 8 de junio de 1869, constituye el último triunfo de las armas paraguayas en el curso de nuestra epopeya.

         El Mayor Florentín Oviedo, a la vuelta de su heroico comportamiento, fue ascendido al grado de Teniente Coronel. Con su pequeña división acampó en Curuzú Cerro. Sobrevino después el asalto enemigo a la Plaza de Piribebuy. Luego del choque sangriento, en la retirada Oviedo cubría la retaguardia del General Caballero desde el amanecer hasta las últimas horas de la tarde del 12 de agosto de 1869.

         Veamos su última actuación guerrera en la batalla de Acosta Ñú, el 16 de agosto de 1869. Después de la heroica resistencia y caída de Piribebuy, el Mariscal López dio orden de evacuar el campamento de Azcurra y emprender la retirada hacia el norte. La marcha se inició el 13 de agosto, a las cinco de la tarde. La conducción del parque, de la carretería y comisaría estaba a cargo del General Bernardino Caballero. Se improvisó un cuerpo de ejército compuesto en su mayoría de niños de 12 a 15 años de edad, dirigidos por los veteranos Florentín Oviedo, Coronel Pedro A. Moreno y el Tte. Coronel Bernardo Franco. La marcha de la columna era lenta a causa de que los bueyes estaban flacos y apenas podían arrastrar las pesadas carretas.

         El 16 de agosto, al clarear el día, y luego de haber pasado los cerros de Caacupé, los niños fueron alcanzados por el grueso del ejército aliado en el paraje denominado Acosta Ñu, de Campo Grande. El ejército aliado, compuesto de 20.000 hombres y apoyado por cuarenta y tres bocas de fuego, más la tercera división de la infantería brasileña estaba comandado por cinco generales: la primera división de la infantería brasileña a las órdenes del Coronel Herculano Sancho Da Silva Pedra; la segunda brigada, con los batallones 2, 3 y 7, la sexta brigada del 19, 8°, 46 y la tercera del 10, 16 y 27 con sus respectivos comandantes: Coronel Valporto, Francisco Laureano y Manuel Deodoro da Fonseca.

         Contra este ejército numeroso y bien organizado, comenzó la lucha de los niños: "una de las batallas más estupendas de la guerra contra la Triple Alianza", afirma el historiador nacional Efraím Cardozo. Grandes fueron nuestras pérdidas, los aliados también sufrieron muchas bajas, pero esos claros eran rápidamente llenados con divisiones que venían desde Barrero Grande; unas por el frente, otras por los flancos y por la misma retaguardia. Con estos refuerzos quedaron prácticamente envueltas nuestras tropas escasas que mucho habían disminuido como consecuencia del violento combate.

         Dice el Coronel Crisóstomo Centurión: "El General Caballero, perseguido muy de cerca, abandonando su caballo que se resistía a bajar la zanja, vadeó a pie el arroyo Yuquyry, y ganó exhausto de cansancio, la espesura del monte, acompañado de dos o tres asistentes, cumpliendo así con el encargo del Mariscal, que le había recomendado con mucho encarecimiento que no se dejara tomar prisionero". El Batallón 6, al mando del Comandante Bernardo Franco, con 29 oficiales y 1765 soldados, había sucumbido heroicamente en esta batalla. El General Caballero, quien se hallaba en Cerrito -hoy Cerro de la Gloria-, al tener conocimiento de que el Comandante Franco había quedado muerto en el campo, ordenó que se rescatara su cadáver. Así se hizo, y fue enterrado allá en los campos de Acosta Ñú, juntamente con los niños mártires que allí sucumbieron.

         El Tte. Coronel Florentín Oviedo que comandaba 36 oficiales y 1816 soldados, había caído prisionero después de una resistencia tenaz. Montado en su corcel dirigía la batalla, y en medio de la terrible lucha, fue herido su caballo en la cabeza -prácticamente decapitado- se encabritó, y cayó en las aguas del arroyo Pirity, afluente del río Piribebuy, contribuyendo con su sangre el noble animal a colorear de púrpura las aguas del ya legendario arroyo, para mezclarse con la sagrada sangre de los niños héroes que allí entregaron sus vidas para eterno ejemplo de la posteridad.

         Dice el historiador O'Leary: "Su caballo, enloquecido por el colosal estruendo de la batalla, se encabrita, y, dando tremendos saltos sobre aquel suelo cubierto de cadáveres, se dirige al arroyo a la carrera. Pero apenas ha andado cincuenta metros, cuando una bala de cañón le lleva la cabeza... Oviedo, en aquel fugaz segundo, oye a su espalda la gritería salvaje de los lanceros imperiales. Y la visión de la muerte cruza ante sus ojos.

         ...Más el noble bruto decapitado prosigue su fantástica marcha y va a precipitarse en el profundo cauce del arroyo, en cuyas aguas sangrientas se hunde con su jinete...". "Y así me salvé aquel día, - expresa por su parte el héroe - cuando la batalla terminaba con el total exterminio de nuestra gente. No me había llegado la última hora. Tenía que sobrevivir a mis compañeros de infortunio, para arrastrar hasta hoy el dolor de mi orfandad y el peso de mis recuerdos".

         Las fuerzas imperiales, rindieron un homenaje a su valor. Respetaron su vida y le permitieron portar su espada - manchada de sangre en homéricas batallas -. Alto honor para un oficial que cae prisionero combatiendo hasta el final.

         En esta su última acción guerrera, y ya prisionero de guerra, el Teniente Coronel Florentín Oviedo se distinguió por la altiva y valiente contestación que dio al General Pedra, cuando éste le hizo comparecer ante sí para tomarle declaración; entre otras cosas, le formuló la siguiente pregunta: "Cuál era el total del ejército que había combatido a las órdenes de Caballero". Oviedo, sereno como en los campos de batalla, respondió con altivez y dignidad: - "No lo sé, señor. Pero si Ud. quiere cerciorarse de la verdad, puede ir al campo de batalla a contar los cadáveres de los paraguayos y agregar al número que resulte, el de los prisioneros que están presentes, y tendrá el total". Escuchada esta respuesta, el General Pedra abrió tamaños ojos y clavando una mirada de sorpresa en su interlocutor, guardó profundo silencio. Sin duda alguna, no le causó mala impresión la contestación del héroe prisionero, porque seguidamente ordenó darle una capa de paño de oficial para cubrirse. Era el mes de agosto, hacía frío, y nuestro luchador estaba con su uniforme roto hecho girones en las cruentas luchas sin descanso.

         En la acción de Acosta Ñú el Conde D'Eu, el Príncipe Rojo, repitió su sanguinario proceder, su refinada crueldad; pues luego de hacer retirar sus heridos, ordenó prender fuego al campo, y así murieron nuestros soldados heridos y nuestros niños héroes. EMILIO ACEVAL, que contaba a la sazón 15 años, con el grado de sargento, fue recogido de los ardientes campos y quedó como prisionero. Años más tarde llegaría a ocupar la Presidencia de la República.

         La batalla de Acosta-Ñú se denomina también "Batalla de los Niños Héroes", y los brasileños la conocen en la historia con el nombre de Batalla de Campo Grande. Ya en calidad de prisionero de guerra, Oviedo fue conducido a Río de Janeiro, donde pasó un año y seis meses de cautiverio, y allí en su encierro, en varias ocasiones sublevó a sus compañeros prisioneros como protesta por los malos tratos a que eran sometidos. Llamado por el Comandante de la prisión por su actitud, Oviedo protestó en forma airada, aduciendo que tal conducta no era la humana que debe guardarse a los prisioneros de guerra, que deben ser considerados sagrados. Desde entonces, fue tenido como una reliquia viviente, admirado y venerado por los mismos brasileños, que lo respetaban y hasta le temían. Liberado, cuando se dispuso regresar a su Patria, fue llamado por el Emperador Pedro II, quien le ofreció honores, ascensos, ventajas materiales con cargo de hacer renunciamiento a su nacionalidad y su incorporación al ejército imperial, si lo aceptaba. Florentín Oviedo rechazó con indignación y protesta el ofrecimiento del enemigo contra el cual con tanto denuedo había luchado por espacio de casi cinco años, y la mayoría de las veces poniéndolo en fuga. Sus gloriosas cicatrices eran su orgullo.

 

 

- I I -

 

FLORENTIN OVIEDO EN LA POST-GUERRA: HOMENAJES

 

         El eminente Profesor, jurisconsulto y universitario, Dr. Luis De Gásperi, dice de nuestro héroe: - "Coronel Oviedo, figura legendaria del 65".

         El Teniente Coronel Florentín Oviedo regresó a su Patria luego de rechazar con altivez y con suprema dignidad los ofrecimientos del Imperio.

         Durante el segundo período constitucional, en la Presidencia de don Juan Bautista Gill (25 de noviembre de 1874 a 12 de abril de 1877) fue ascendido Oviedo al grado de Coronel de la Nación. El 19 de marzo de 1875 fue designado miembro de la Comisión de Calificaciones de Servicios Militares, juntamente con el General José María Delgado, otro de los grandes héroes de la guerra del 64/70 y, además, el Teniente Coronel Ríos.

         Poco tiempo después fue designado Segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército Nacional. En el año 1879 se retiró de las filas del ejército, y se trasladó al pueblo de Ajos, pueblo que eligió para su descanso. Allí ejerció el cargo de Jefe Político y, posteriormente, el de Juez de Paz, cargos desempeñados con altura, rectitud y acrisolada honradez.

         El pueblo paraguayo le rindió en vida un merecido homenaje en la Capital. Al respecto dice el ilustre periodista F. Arturo Bordón: "En aquella época era el veterano de la guerra del 64/70 de mayor graduación. Por eso, cuando la Sociedad "Pro-Sobrevivientes de la Guerra del Paraguay" organizó un homenaje a sus socios sobrevivientes, el Coronel Oviedo fue el ídolo. Su viaje por ferrocarril, desde Villarrica a la Capital, fue apoteósico. El Coronel Oviedo dio muestras de una dulce serenidad. En el andén de la estación del F. C. C. P. diez mil manifestantes vivaron su nombre; damas y niños alfombraron su camino de flores; le aclamaron las voces de la niñez y el pabellón nacional cubrió al anciano infante, como un palio litúrgico, conducido triunfalmente a pie a su alojamiento. Y el héroe vivió los minutos con la misma serenidad con que había llevado los impetuosos ataques de su infantería.

         "Recién cuando la multitud se disolvió, después del canto del himno, se retiró a su alcoba, y allí en la placentera intimidad de la casa del viejo compañero, Capitán de Marina don Víctor Almeida, allí frente a una imagen sagrada, frente a la cual se hallaba el retrato del Mariscal, juntó las manos y dos gruesas lágrimas cayeron de sus ojos".

         En el Teatro Nacional -hoy- Teatro Municipal "Ignacio A. Pané"- se realizó un grandioso acto de homenaje con asistencia de las autoridades civiles, militares y eclesiásticas. Colmaban las instalaciones de nuestro primer coliseo, estudiantes secundarios, universitarios, centros culturales, sociales y el pueblo en general, como también extranjeros que admiraron nuestra campaña guerrera del pasado. Todos querían ver al anciano guerrero que vibró en tantas y memorables batallas. El ofrecimiento del acto estuvo a cargo del historiador nacional Juan E. O'Leary, que con frases cálidas y patrióticas exaltó las cualidades del héroe guaireño. Un estruendoso aplauso rubricó las palabras del orador. El Coronel Oviedo se hallaba profundamente emocionado, y parecía que con sus lánguidas miradas veía pasar ante sus ojos a manera de visión los campos de batalla, y resonaba en su alma el cántico sublime de sus esfuerzos y sus desvelos puestos en juego para la defensa de la sagrada heredad.

         En otra crónica dice el mismo distinguido periodista F. Arturo Bordón: "Poco tiempo antes de morir el gobierno nacional honró su nombre, cambiando el nombre del pueblo que lo custodiaba con cariño -Ajos- por el suyo. La casualidad quiso que fuesen portadores del diario que anunciaba la noticia, el señor Schaerer, ex-presidente de la república, y el autor de estas notas. Nada sabía él de la grata nueva".

         "Lo encontramos acostado en su lecho, en una humilde casita de campo rodeada de bosques y de flores, frente a un montículo que hoy ostenta su busto, homenaje del pueblo de su nombre. Allí llevaba una vida de ermitaño. Recibió nuestra noticia con serenidad y dulzura. En su rostro venerable, cubierto de arrugas, apenas se dibujó una sonrisa". El Decreto que lleva el Nº 39.296, de fecha 5 de febrero de 1931, dice textualmente: - "Es un deber del pueblo y del gobierno honrar a los ciudadanos que han merecido bien de la Patria por sus servicios y sus sacrificios. El Coronel D. Florentín Oviedo ha tenido una actuación heroica como soldado de la Patria en la guerra de 1864-70, y es el sobreviviente de más alta jerarquía de nuestro glorioso ejército del pasado: A mérito de los servicios prestados a la Nación Paraguaya por el mencionado ciudadano, oído el parecer del Consejo de Estado, El Presidente de la República, DECRETA: Art. 1º El pueblo de Ajos se denominará en lo sucesivo "Coronel Oviedo". Firman el decreto, el Presidente de la República José P. Guggiari y sus Ministros Justo P. Benítez, Gerónimo Zubizarreta, Rodolfo González y Manlio Schenone L. Este decreto fue convertido en ley por el Congreso Nacional en fecha 12 de agosto de 1931, con el número 1219, la cual dice: Art. 1º Apruébase el Decreto Nº 39.296 del P. Ejecutivo, de fecha 5 de febrero del corriente año por el cual se cambia el nombre del pueblo de Ajos por el de "Coronel Oviedo".

         Nuestro héroe falleció el 11 de Octubre de 1935, a los 95 años de edad, y el periódico "El Liberal", le dedicó el siguiente artículo: "CORONEL DE LA NACION D. FLORENTIN OVIEDO. Sobre la testa que acarició la tempestad de las metrallas, ungida por la veneración con que se premian las grandes acciones heroicas de quienes merecieron bien de la patria, se ha posado el beso glacial de la deidad implacable que no respeta en su trágica labor de siega, ni las figuras más preclaras de que se enorgullecen los pueblos alzándolos como símbolos y viva reliquia al respetuoso amor de las multitudes. Ha muerto el Coronel de la Nación D. Florentín Oviedo, aquel varón temerario de Acosta Ñú y Rubio Ñú, cifras magníficas de una tabla de valores raciales estupendos!".

         "Hacía rato que el ínclito jefe, arrancado de su condición de hombre mortal, moraba en las regiones donde el cincel de la gloria esculpe sobre el bronce de la historia el relieve de los héroes. El Coronel Oviedo, único jefe sobreviviente de más alta graduación del Ejército que culminó en Cerro Corá, el más alto y cruel valor. Mientras para algunos el sepulcro es el fin, para hombres como el Coronel Oviedo es el pórtico de la inmortalidad".

         Durante la contienda chaqueña un regimiento de caballería de nuestro ejército ostentó con orgullo y bizarría su nombre: el R. C. 10 "Coronel Oviedo", y una calle de la Capital, en el barrio "Carlos Antonio López", lleva el nombre del héroe inmortal.

         El busto erigido en Coronel Oviedo, fue colocado en el año 1942, en la plaza donde actualmente se encuentra ubicada la Iglesia Parroquial de la ciudad. Posteriormente a fin de permitir la construcción de la mencionada iglesia, fue trasladado al lugar denominado "Cerrito" en el cual tenía Oviedo su casa. El monumento fue inaugurado por el entonces Ministro de Educación, Dr. Aníbal Delmás.

         El monumento ostenta las siguientes placas de bronce: "Club 12 de Junio", Ex-Combatientes de la Guerra del Chaco, R. C. 4; R. C. 5 y R. C. 10 "Coronel Oviedo" y "Centro Coronel Oviedo de la Asunción".

         Las siguientes instituciones de la ciudad llevan su nombre: "Club Deportivo Social Coronel Oviedo", Colegio de Bachillerato y Comercial "Coronel Florentín Oviedo", Escuela Graduada Nº 57 "Coronel Florentín Oviedo".

         Agradezco al Académico de Número R. Antonio Ramos su saludo y sus elogios inmerecidos sobre mi modesta persona, y al tener el honor de incorporarme en este acto como Miembro Correspondiente de la "Academia Paraguaya de la Historia", y al agradecer esta alta distinción, he querido rendir mi cálido homenaje al Coronel Florentín Oviedo, el único guerrero a quien el Mariscal Francisco Solano López dispensó el insigne mérito de otorgarle dos ascensos y dos condecoraciones en un día por sus hazañas en los campos de batalla. El Coronel Oviedo merece el respeto y la admiración de las generaciones presentes y futuras.

 

         Asunción, 28 de octubre de 1971

 

 

 

 

 

 

 

 

B I B L I O G R A F I A

 

ARSENIO LOPEZ DECOUD: Álbum Gráfico del Paraguay. Talleres Gráficos de la Compañía General de Fósforos. 1911. Buenos Aires.

ARTURO BRAY: Hombres y Épocas del Paraguay. Libro Primero. Ediciones Nizza. Buenos Aires, 1957.

GENERAL FRANCISCO ISIDORO RESQUIN: Datos Históricos de la Guerra del Paraguay con la Triple Alianza. Publicado por el Dr. Ángel M. Veneroso, el año 1895. Buenos Aires. Compañía Sud-americana de Billetes de Banco. Calle Chile 268. 1895.

JUAN CRISOSTOMO CENTURION: Memorias o Reminiscencias Históricas sobre la Guerra del Paraguay. Editorial Guarania. Asunción del Paraguay.

JUAN E. O'LEARY: El Libro de los Héroes. Librería La Mundial. Asunción, 1922.

F. ARTURO BORDON: Liberales Ilustres. Tomo I. Editado por la Sociedad 18 de Octubre. 1966. Centenario de la Epopeya Nacional.

ERNESTO MEAURIO L.: Villarrica contemporánea y su Municipio. Tomo I. 1544 - 1884. 1942.

 

 




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