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OSCAR PINEDA


  CAMILLE Y OTROS CUENTOS, 2009 - Cuentos de OSCAR PINEDA


CAMILLE Y OTROS CUENTOS, 2009 - Cuentos de OSCAR PINEDA

CAMILLE Y OTROS CUENTOS


Cuentos de OSCAR PINEDA

 

Editorial Servilibro,

 

Asunción-Paraguay 2009

 

Dirección editorial: Vidalia Sánchez

 

Edición con el apoyo del FONDEC

 


 


PRESENTACIÓN

Los concursos de cuentos constituyen una excelente oportunidad para conocer nuevos y buenos escritores. Si fuera necesario demostrar esta premisa, nada más fácil que echar una mirada a los resultados de los certámenes nacionales de los últimos años.

Oscar Pineda ganó en el año 2005 el Primer Premio del prestigioso Concurso de Cuentos Jorge Ritter, organizado por La Casona Coomecipar y Servilibro, con su cuento "Los Idus de Marzo"; y en el 2007 el Club Centenario distinguió de manera especial, "Camille", narración que encabeza este segundo libro de cuentos del autor.

El escritor demuestra - una vez más - su predilección por el género histórico al relatarnos las vivencias del General Camille Leclert Duclot. Abatido ya por la edad, el ex combatiente rememora sus batallas, mientras su querido nieto juega con soldaditos de plomo. De entre los pliegues de sus propias hazañas surge en relieve la figura de Napoleón Bonaparte, a quien el anciano militar admira.

Oscar Pineda sin duda conoce bien las fuentes, lo cual le permite recrear con exactitud y precisión los sucesos históricos reales que dan cabida a los hechos de ficción. Y para narrar, posee talento para trasmitir sus ideas con excelente prosa.

DIRMA PARDO CARUGATI



OSCAR PINEDA no acepta la historia definida, de los manuales, los hechos acabados, el sino cumplido, lo que fue, las circunstancias cerradas. Escritor de este tiempo, se instala en el fragmento del tiempo ido, y nos vuelve a leer con voz propia, la épica desde una perspectiva cotidiana. Los viejos héroes, los acartonados personajes alteran sus vidas y se acercan al lector para murmurarnos al oído la historia más intima, el deseo inacabado, el gesto personal en el panóptico histórico.

Aborda el escenario inmóvil del estereotipo y nos sumerge en el tiempo real de los personajes y los grandes acontecimientos para exponer con la ficción literaria la íntima verdad, la pasión no dicha que los grandes relatos, muchas veces, ocultan.

“CAMILLE”, el guerrero napoleónico, al tiempo de presentar la crueldad de la guerra y de los afanes imperiales nos estremece con la imagen del niño que juega a las batallas con los soldaditos de plomo. Que sutil ironía devela al contarnos la última batalla del viejo general.

Lo insólito, la sorpresa, los contrapuntos oportunos, la madeja enmarañada de la vida es ofrecido en este libro donde el escritor confirma su pujante talento narrativo.

MONCHO AZUAGA.



INDICE

Presentación // Dedicatoria
·         Murió en su ley // Después de la farra, la butifarra // Toma'í y Jose'í // Asesino // La Batalla que nunca ocurrió // Accidente de Trabajo // Elvira // Círculo Vicioso // Una Noche de Lluvia y Apagón // Violeta // Camille.




 
 
 
MURIÓ EN SU LEY
 

Era la hormiga número 57 que, tranquila y orondamente, pasaba por el lugar. Todas eran de la clase pequeña y roja, es decir, de las que se sabe que causan mucho daño cuando se les antoja. Y lo peor de todo es que dos de ellas se habían desviado de su camino para introducirse dentro de su vestuario y picarle aviesamente. Estaba empezando a dudar si el lugar elegido era el idóneo para todo lo que pretendía. Pero RQ, su nombre en clave, era un acabado profesional y no se podía permitir moverse hacia ningún lado sin delatar su posición, que era lo más importante en ese momento. De ello no solo dependía el hacer bien su trabajo sino también su vida misma. En la Escuela de Francotiradores del ejército lo habían entrenado con toda la competencia que se podía esperar.

Cinco largas horas habían pasado desde que llegó al lugar. Era una colina boscosa; desde allí se dominaba un sendero cuatrocientos metros más allá por donde, tarde o temprano, aparecerían los enemigos a quienes debía eliminar. Cuando llegó al lugar, ni siquiera el sol había hecho aún su presencia. Estuvo un rato estudiando el terreno y por fin se decidió por donde era más tupida la floresta, entre unos matorrales que rozaban el suelo. En los alrededores consiguió una buena cantidad de ramajes con abundantes hojas y se cubrió con ellos todo el cuerpo. Ya el uniforme era uno camuflado de última generación, y con toda esa flora encima, quedándose quieto, era imposible distinguir a un ser humano a más de dos metros del sitio elegido. La gorra hacía juego con el resto del uniforme y el rostro y las manos estaban pintarrajeados de color verde oscuro asemejando hojas, marrón análogo a las ramas y negro para simular las sombras. Las botas también eran camufladas y el único problema mayor representaba el arma que debía utilizar, puesto que ésta era de un negro reluciente, y estaba bien engrasada para su buen y optimo funcionamiento. Se trataba de un extraordinario Walther WA2000, que disparaba municiones Winchester 300 Mágnum, 7,62 x 6613, y el anteojo telescópico era un Schmidt & Bender, de fidelidad comprobada. Toda una verdadera joya en el mundo de los fusiles de alta precisión. Lo envolvió con una espesa maleza, dejando solo una pequeña parte por delante del tubo cañón con su prominente silenciador, por donde debían salir disparados los proyectiles, y el fragmento delantero de la delicada mira telescópica que asomaba por encima del mecanismo disparador. Antes de que el sol aclarara todo el paisaje, RQ ya estaba acostado en la parte más alta del campo, inmóvil como una estatua, para no delatar su posición. La virtud más importante de todo buen francotirador era la paciencia, paciencia para mantenerse quieto en un mismo lugar durante extensos períodos de tiempo que podrían abarcar fácilmente, más de diez horas. Para eso se entrenaban, incluso para controlar sus necesidades fisiológicas y conservar en la boca, o cerca de ella tabletas de chocolate que lo mantenían con la energía suficiente para el momento dado. Podían también aguantar sin moverse, un calor sofocante que llegaba a los 40 grados centígrados, como también el frío agarrotador de menos cero. Un mínimo descuido podría significar el fracaso de la misión ya que los observadores enemigos no debían descubrir ni su ubicación ni sus intenciones. No se requería de este tipo de hombre que fuera alto o fuerte, pero sí de una resistencia a toda prueba, unos nervios de acero y la capacidad de mantenerse despierto aún en la más aburridora de las rutinas imaginables. Tres preciosos y muy apreciados elementos constituían los pilares de un buen francotirador: los ojos de águila, capaces de observar hasta el mínimo detalle a considerable distancia; la puntería con el arma escogida, de tal forma de convertir en verdad irrefutable el dicho de "donde pone el ojo, pone la bala"; y por último, y no por eso menos importante de todas la virtudes, la total falta de escrúpulos que le permitiría asesinar, anónimamente y sin cargo de conciencia ni trauma temporal ni permanente, a otro ser humano. Demás está decir que todos estos elementos juntos, tantos físicos como de aptitud, no eran fáciles de encontrar en ningún ejército, por lo que los francotiradores eran los mejores pagados y con cierta libertad de movimiento por el posible campo de batalla o zona de maniobra.

RQ había cumplido bien su misión todos esos años y de simple soldado raso había ascendido, primero, a cabo y luego a los grados de la oficialidad hasta llegar a mayor. El número de condecoraciones por servicio excelente eran de una docena y la cifra de muertos a cargar en su conciencia, que prácticamente no la tenía, podría estar sumando largamente más de un centenar. Por fin, en un recodo del camino, aparecieron los soldados enemigos. Eran poco más de un pelotón de infantería, unos treinta hombres bien armados. Venían lentamente y algunos metros al frente, se podía ver a los batidores que observaban atentamente todo lo que pasaba en los alrededores, de tal modo a prevenir cualquier acción armada por parte de los contrarios.

RQ desvió lentamente su arma hacia donde estaban sus posible blancos. Por lo visto, no esperaban un ataque de francotirador, porque sus oficiales ostentaban las paleteras con los ornamentos dorados que brillaban al sol, inclusive en los uniformes de campaña. Tomó aire y luego entró en acción. Apenas ubicó al primero, disparó una, dos, tres, cuatro veces seguidas en un periodo no mayor de cinco segundos. La unidad corrió a refugiarse atrás de los árboles y apuntando sus armas en todas las direcciones posibles, pero ya era demasiado tarde. El francotirador había cumplido con su faena, se había retirado del lugar, sin ser notado, y los cuatro oficiales del pelotón yacían muertos en el campo.

RQ tenía unos días de descanso luego de la provechosa actividad. Había dormido hasta tarde, en su tienda de campaña, reponiéndose de la agotadora jornada anterior y se había alimentado bien. Cuando despertó, sintió que en su piel se habían formado dos pequeños puntos rojos con algo amarillo en el centro. ¡Malditas hormigas!, pensó. Luego se bañó, se vistió con su mejor uniforme de campaña, con su paletera de mayor de infantería, y salió a dar unas vueltas por el campamento. Saludó a algunos amigos y paseó por el centro del campo militar. De pronto se creyó observado, como cuando uno siente que se le clava la mirada de alguien. Miró a su alrededor y observó que los soldados del campamento estaban, cada uno, en su propia tarea, sin hacer caso a la presencia de un oficial como era él. Miró a los alrededores y por primera vez se percató que el campamento se encontraba en una hondonada del terreno, circundado por colinas tupidas de vegetación. Las colinas tenían retenes militares, pero la floresta era tan frondosa que no sería una gran proeza para un profesional llegar hasta el perímetro exterior del campamento. Caminó un poco más y volvió a sentir esa extraña sensación de que alguien lo observaba. ¿Y si se tratara de un francotirador? - se preguntó -. Después de todo, esa era una zona de guerra. Miró nuevamente hacia las colinas y pensó cuál sería el lugar ideal para que se apostara un francotirador profesional. Pensó, con acierto, en una colina llena de plantas que estaba casi frente a él, y que mostraba una elevación mayor en un trecho menor de terreno, presentando una verticalidad pronunciada que facilitaba la vista a quién se ubicase en ella.

La sensación de ser observado no se iba. De pronto, vio como en la espesura de la colina señalada algo reflejaba la luz. Es la mira telescópica, caviló una vez más con acierto. El infeliz se movió delatando su posición. ¡Ja! ¡Lo pillé!, se ufanó. A pesar de los años seguía siendo un profesional de primera, capaz de encontrar a un francotirador aún donde los mejores observadores no ven más que plantas y árboles. Lo siguiente que pensó fue avisar a la guardia para que salieran a cazarle. Pero, al darse la vuelta y observar más atentamente a los soldados y oficiales, se dio cuenta que ninguno tenía las paleteras y las presillas brillantes, por lo que el francotirador no podía a esa distancia diferenciar entre los inferiores y los superiores. Estos últimos siempre son la presa principal de todo francotirador. Entonces recapacitó que él era el único que tenía la paletera con las insignias brillantes de su rango. ¡Craso error! Inmediatamente llevó la mano al hombro para arrancarse los metales. En ese momento vió a la distancia que se había producido un incipiente humo en la parte donde antes había brillado el lente del dispositivo de tiro. La paletera ya había sido arrancada, pero demasiado tarde. RQ pestañeó una sola vez más con la cabeza entera. La siguiente vez que abrió, como en un efecto nervioso, los ojos de águila, un hueco perfecto de color rojo se había formado en la frente. Cuando RQ cayó pesadamente al suelo, ya estaba muerto...
 





UNA NOCHE DE LLUVIA Y APAGÓN
 

El enorme, moderno y reluciente edificio del centro comercial Shopping Las Cabañas había quedado completamente en penumbras y el motor de electricidad auxiliar de emergencia misteriosamente no se había activado. Por los enormes ventanales de vidrio y hierro reforzado, de vez en cuando se hacían ver como silenciosos fogonazos o estruendosos destellos los relámpagos que iluminaban la cálida, húmeda y tormentosa noche meridional. El viento soplaba con fuerza desacostumbrada y junto con la frondosa y densa arboleda de los alrededores formaba sonidos parecidos a los gritos de niños, alaridos de almas idas o a zafados gatos invernales en busca de la rápida reproducción de su especie. El apagón había llegado de pronto, con alguno que otro amague y chisporroteo, como un invitado no deseado, que nadie se lo esperaba, y el lugar tan lleno de vida, tan lleno de movimiento, tan lleno de sonidos, de matices y personas de todas las edades, quedó como un gigante dormido o muerto, cuyas altas paredes relucientes de luz eran ya solo una masa de material inerme, indiferente, fría y sin color. Después de los gritos iniciales, todo quedó en un profundo silencio, como si allí ya no hubiera absolutamente nadie, como si se hubieran borrado del mapa, no solo las personas, sino también las góndolas, los comercios, los puestos de comida rápida y el sonido de la música funcional. En un principio, me quedé quieto en mi sitio, puesto que no podía ver casi nada. No sabía qué hacer, el terror me inundaba y en parte me paralizaba. No entendía cómo se podía pasar tan rápidamente de un estado de euforia dominante a uno de pánico total. De uno donde la alegría lo cubría todo a otro donde la pesadumbre reinaba absoluta. A pesar de lo enorme del lugar las sombras dominantes limitaban tremendamente el espacio, a tal punto de hacer nacer en mí un estado claustrofóbico que creí olvidado hacía años. Busqué a tientas, hacía adelante, en la oscuridad algo con lo cual sostenerme y lamentablemente no encontré nada. Por ese lado, mis manos se movían desesperadamente en un perfecto vacío. Entonces fui para atrás donde sabía o tenía la certeza de que había un muro, porque lo había visto antes de que se produjera el apagón. Me recosté en esa pared que era la más cercana, pero para sorpresa y susto mío ésta cedió o giró bajo mi peso, de tal modo que fui a caer del otro lado donde un amplio salón que nunca había visto en mi vida se mostró ante mí. Me levanté velozmente como un resorte para volver al lugar donde había estado pero la pared se había vuelto a cerrar y mis golpes de puño y mis gritos de auxilio no encontraron más que el eco del lastimero viento de afuera. En ese primer momento me pareció que estaba completamente sólo en una estancia desconocida. Miré por los alrededores y una tenue luz que venía del fondo me permitió ver que se trataba de tres velas encendidas en un candelabro de bronce con igual número de brazos, sobre una gran mesa estilo Luis XIII con travesaños en H, y delante de ellas una persona con capucha oscura sentada en un sillón de tijera y dándome desconsideradamente la espalda, no percatándose en absoluto de mi presencia. La soledad era evidentemente más psicológica y espiritual que física o material. Intenté gritarle varias veces pero para mí consternación el sonido de mi voz no salía. El pánico ya estaba infiriendo de forma peligrosa en mis potencialidades físicas, disminuyendo o directamente anulando funciones que siempre me fueron naturales. No sabía qué hacer, así que avancé hacía él y a mi paso vi que el salón, de paredes tipo monumentales como el de los castillos y adornadas con alguna que otra reproducción de cuadros famosos de maestros flamencos del claroscuro y unas pequeñísimas y enrejadas ventanas circulares, estaba lleno casi hasta el techo de preciados objetos de diversas épocas, todas pasadas, y envueltos en espeso polvo y nutrida telaraña. Cerca se veía un viejo escritorio en madera fina trabajada en estilo rococó, encima de él un amarillento pergamino, un tintero negro labrado, una larga pluma de avestruz, y varios libros antiguos e incunables. Más allá había largas lanzas, picas y alabardas con puntas metálicas, un ciclópeo escudo con raras inscripciones y un león rampante colgando de una pared y enormes espadas toledanas con empuñaduras doradas cruzadas por detrás. Toda una formidable gloria guerrera. También banderas multicolores, banderolas de caballería y estandartes cuadriculares con seres mitológicos y gárgolas del Medioevo. Muchas armaduras nieladas y acanaladas de aquí para allá, alguna vez relucientes, y que ahora parecían oxidadas. Yelmos, petos, cascos, mosquetes, sables, arcones, arcabuces, ballestas, candiles, cofres, puñales, aguamaniles, cotas, hocinos, medallones, borgoñotas, botellones, franciscas, ganchos, braseros, baúles, carcaj, cadenas, piolas, anclas, peltas, crucifijos y muchos otros objetos, entre los que se encontraban inclusive dos cañones antiguos, con sus respectivas municiones esféricas y sus toneles de pólvora, se dejaban ver en la penumbra, sobre el piso bordó adornado con múltiples arabescos plateados.

Llegué hasta la persona que estaba de espalda, me invadió un terrible frío como si fuera que alguien había abierto el congelador, y eso que estábamos en verano. Le di unos golpecitos en el hombro... y éste pareció ceder completamente a mi insistencia. De pronto, el individuo comenzó a girar lentamente hacia mí. Un vetusto reloj con apliques dorados que estaba cerca, con su tic tac parecía querer eternizar el - por momentos terrible - instante. Ya estaba allí, todo vuelto hacía mí, levantó la cara, cediendo un poco la capucha para atrás y ¡Oh sorpresa! ¡No tenía cara!, era una masa sanguinolenta de carne desgajada y huesos amarillentos, con unos ojos negros que brillaban como luceros en ese mar de desgracia.

El frío era polar y el penetrante hedor a carne putrefacta se hizo prontamente sentir. ¿Cómo es que esto tiene vida?, alcancé a preguntarme en medio de mi asco y mi terror. Retrocedí instintivamente, atropellando cuanto había detrás de mí, y eso se levantó pesadamente alcanzando increíblemente los colosales dos metros de altura. Salí corriendo, y de inmediato me di cuenta, por los sonidos y una respiración agitada y salvaje, que no era la mía, que alguien me seguía de cerca. Me parecía sentir su respiración que no era de humano sino más bien de un gran felino. La piel se me ponía de gallina y el pelo en la nuca se me erizaba. Brilló un relámpago y entre la abundancia de objetos alcancé a ver un hueco al ras del suelo, en la pared que daba a la calle más próxima. Me tiré hacia él, arrastrándome como lagartija paranoica y, a pesar de lo pequeño, una parte importante de mi cuerpo pudo salir sin mayores problemas. La llovizna seguía insistente y la sentí directamente en el rostro. Cuando, esperanzado, me parecía que todo se iba a solucionar, algo me atenazó las piernas, que aún estaban dentro, con mucha fuerza y me tiró hacía el interior del edificio. Me sujeté con ambos brazos a la pared mientras gritaba no me acuerdo qué y lloraba como se llora cuando se es bebé, mientras la cara me bañaba tanto el agua que caía como también aquella salada que salía de mis ojos. En ese momento, y entre tanto berrinche y forcejeo desperté, agitado, sudando y berreando todavía con mi pesadillezco captor. Estaba en mi cama toda mojada de agua, sudor y lágrimas, y ¡oh Dios! ¡Otra vez se habían abierto las goteras del techo que daban justamente sobre mi cabeza!




 
 
CAMILLE

MENCIÓN DE HONOR ESPECIAL POR VOTO UNÁNIME DEL JURADO EN LA

XIII EDICIÓN DEL CONCURSO DE CUENTOS CLUB CENTENARIO
 
 
 
 

El pequeño niño jugaba travieso con los gruesos cordones anudados de la enorme bota del viejo general, quien una vez más tenía que salir de su ensimismamiento, para apartar a su nieto y acercarle a los juguetes que estaban repartidos desordenadamente por toda la inmensa cama. El nonagenario general, Camille Leclert Duclot, allí sentado en su sillón hamaquero al lado de la cama, tenía todavía un porte temible, que hacía rememorar las innumerables batallas en las que había tomado parte. La enorme panza impedía ya que su raída casaca azul, llena de pajizas medallas y entorchados dorados que colgaban por todos lados, pudiera cerrarse más allá de los primeros iridiscentes botones que quedaban a la altura de su pecho, por lo que su camisa blanca amarillenta se dejaba ver en plenitud. Las botas, recuerdo de sus últimas campañas militares, estaban llenas de polvo desde hacía meses en que dejó de lustrarlas. Grandes mostachos en arcos hacia arriba, una abundante barba blanca y desprolija, un cuerpo ya rechoncho pero lleno de cicatrices, y gran cantidad de arrugas por todos lados completaban su figura heroica y legendaria. Su sable curvo de caballería, de hoja filosa y perfecta, ajustado en su ornamentada y dorada vaina, que nunca abandonaba ni siquiera para ir al baño, le servía de útil bastón en su ya achacosa ancianidad. La pipa, que más que fumar parecía mascar, no conseguía con todo su humo ocultar esos ojos azules y profundos, vidriosos y soñadores. Y es que los ojos no envejecen nunca, al igual que los sueños. Y el viejo general soñaba, o mejor, recordaba nítidamente capítulos enteros de su vida.. .

...fue en aquella cálida primavera de 1793 cuando, siendo teniente de caballería, proveniente de Clemont-Ferrand, vi por primera vez el mar y me presenté ante el entonces capitán de artillería Napoleón Bonaparte, a quién no conocía, en el sitio de Tolón, ubicado en las cercanías de Aix-en-Provence. Tenía solo un año más que yo y, fácilmente, uno al lado del otro, él se quedaba como una cabeza y media más abajo; pero, en esa corta estatura era todo carácter; ambición, autoridad y genio militar. Desde ese primer día, el Corso me llamó con ese raro acento tan suyo - ni completamente francés ni acabadamente italiano -, por mi nombre de pila, Camille, y junto con mi escuadrón de granaderos me ordenó tomar al asalto uno de los puntos fuertes del puerto. Recuerdo todo perfectamente como si hubiera sido ayer. Me enseñó el modo en que tenía que atacar y cuándo hacerlo, me guió personalmente hasta el mismo frente y por poco él mismo no empuñó mi arma en la agresiva acción que era mi bautismo de fuego. El entrevero fue furioso y las bajas elevadas pero, al final, el resultado de ese glorioso día fue tina victoria contundente de nuestras armas. Cuando se iba el día, los ingleses se perdían derrotados en penumbra a bordo de sus naves de guerra, como piratas que eran y el pequeño gran Corso, aunque herido en la pantorrilla, me felicitaba personalmente frente a toda la formación, por bravura demostrada en el combate, me ascendía a capitán y cubría mi pecho con la primera de las medallas que gané en mi prolongada carrera militar. Él sabía, como buen conocedor de hombres, que se había ganado mi fidelidad de por vida... Al año siguiente, él ya era general de brigada y yo había sido promovido al cargo de teniente coronel de granaderos, adscrito a su Estado Mayor.

Sintió un tirón por el lado izquierdo. Era su nieto que, agarrando su espadita de madera, combatía feroz contra uno de los botones dorados desprendidos de su vieja casaca. Una vez más, lo alejó y lo puso encima de la cama y al lado de los soldaditos de plomo que recordaba a la antigua infantería de fines del 1700... Ya había pasado más de medio siglo...

Recuerdo aquel lejano octubre de 1795. París estaba convulsionada, víctima de unos agitadores que querían derribar al Directorio legítimamente establecido en el gobierno. El futuro emperador, se presentó en el cuartel de granaderos y me pidió que aprontara mi unidad para el combate en las calles, contra los insurgentes. Con él venía Murat que ya le había conseguido cuarenta cañones de grueso calibre. Nos hicimos fuertes en las Tullerías y, en el momento en que nuestra posición parecía más débil, el corso ordenó disparar los cañones de Murat y detrás salió veloz mi caballería. Una vez más su visión de las cosas fue exacta, y el populacho, luego de tener unos cientos de bajas, se retiró derrotado. El Directorio le debía su permanencia en el poder y yo fui promovido al grado de coronel. En señal de agradecimiento y para alejarlo de París, el gobierno lo nombró general en jefe de las fuerzas francesas en Italia, al año siguiente. Este era un ejército de harapientos y haraganes, que no tenía ni qué comer y mucho menos municiones. Pero desde el primer día el emperador les hizo soñar con la gloria, les alimentó de quimeras, les nutrió de ilusiones. Allí vinieron… (continúa…)



 
 

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