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ALBERTO MANUEL SISA DA COSTA


  PEATÓN ALUCINADO, 2010 - Poesías de ALBERTO SISA


PEATÓN ALUCINADO, 2010 - Poesías de ALBERTO SISA

PEATÓN ALUCINADO

Poesías de ALBERTO SISA

© Alberto Sisa

© Editorial Arandurã

Telefax (595 21) 214 295

Foto portada del libro: Amancio Ruiz Díaz

Asunción – Paraguay. Abril 2010 (116 páginas)

 

Mis pasos en esta calle

Resuenan

En otra calle

Donde oigo mis pasos

Pasar en esta calle

Donde

Sólo es real la niebla.

OCTAVIO  PAZ

 

Imaginar y recordar...

hay un momento que no es mío,

no sé si en el pasado, en el futuro,

si en lo imposible... Y lo acaricio,

1o hago presente, ardiente,

con la poesía.

JOSÉ HIERRO

(Del Libro de las Alucinaciones)

 

 

"PEATÓN ALUCINADO" DE ALBERTO SISA

La poesía es fundamento del ser humano, al cual corresponde una realidad eterna. Su expresión entraña una función espiritual propia, de imaginación y creación. Es convertir el pensamiento en materia, expresar el ideal, descubrir la realidad, excitar la curiosidad, producir en nuestro ser un movimiento parecido a las mareas que provoca la luna al ejercer una atracción gravitatoria sobre nuestro planeta, determinando el caudal de las aguas en la inmensidad de los mares.

El poeta manifiesta en "PEATÓN ALUCINADO" sus ansias de libertad. Los poemas buscan escapar y elevarse como un sonido que flota sobre la muchedumbre lejos de la burocracia de los días. Su lenguaje fluye conciso en su variedad asumiendo una subjetividad policontextual o en el mensaje que aborda cuestiones ético-filosóficas, para luego lanzarse a la yugular a través de la denuncia social, condenando la injusticia, la guerra, las asimetrías y desigualdades, la contaminación y el daño al ecosistema.

El peatón busca poner en valor al ser humano, encontrar el espacio y el tiempo necesarios para disfrutar de la vida. Es el intérprete que nos interpela y concilia con la memoria.

El alucinado en su alumbramiento, deslumbramiento, tiene visiones o sensaciones irreales, pero es una falta de razonamiento relacionada con el burilar sagrado, como cuando los chamanes de todas las culturas utilizan elementos alucinógenos con fines lúdicos o místicos; pretende perder la lucidez y el raciocinio de la realidad, y así poder ver, oír y dar una explicación a un enigma, duda o aportando las soluciones a las dificultades.

"PEATÓN ALUCINADO" nos invita a la aventura de transitar de a ratos sendas oníricas, en el límite del expresionismo. Todo es mundano en su universo. El clímax se da en la evocación, invocación de los manes referenciales en el poema "VISIONES DE RODAR A LO INFINITO" y nos insufla de esperanza, concordia y amor en "TESTAMENTO Y EPITAFIO DEL PEATÓN ALUCINADO".

Recomendación para el leyente: sean peatones, caminen más, es un disfrute saludable; y también sean un poco alucinados, porque de ellos será el reino de la felicidad.

ARIEL VERA - Gestor Cultural

 

 

TRAJINARLO

El alba desciende en la ventana

de mi cuarto en sombras,

mi cuerpo soñoliento salta

del mullido lecho de los días

para enfrentar los embates cotidianos

que insomnes acechan las mañanas.

 

Es hora de vestir, desayunar y partir,

es hora de perderme en el tráfago diario,

tras papeles sellados y boletines

diseminados en el escritorio;

por la lenta agonía de los minutos

escapan mis ojos tras selladas ventanas

buscando un horizonte de plazas,

jardines y parques.

 

Desmembraciones

diurnas y noctámbulas,

angustioso prisionero

de cámara cenicienta

y herméticas puertas

sin escape a patios recreativos

ni conversaciones para el despiste.

 

Existen manos solidarias

obrantes de amor y paz

para así sentir el yo

proyectado en otros,

pues hay veces que con el alba

despierta una sonrisa sincera

que fraterniza y pasea

por el claustro de luces artificiales;

ajena a la odiosa burocracia

de todos los días.

 

El teléfono no calla,

los mensajes de texto ocupan casilla llena,

los e-mail invaden el correo electrónico

exigiendo respuestas urgentes,

el celular suena con su tonta cancioncilla;

la computadora se despereza

luego del pulse de arranque,

la oficina empieza a llenarse de gente,

la jefatura convoca a reunión del pleno

para trazar los planes del día;

trajín de máquinas y hombres

en la ciudad sonámbula,

las tiernas miradas se apagan,

las hormonas pasionales se diluyen,

los huesos que nos sostienen

se niegan a ser cenizas.

 

Vorágine de letras aletean

traviesas en la blanca hoja,

notas, dictámenes, gacetillas y cartas

inundan el escritorio,

esperando que ágiles manos

solucionen los problemas,

en medio del inexorable

devenir de los acontecimientos.

 

La imperiosa poesía

sueña su sueño sin dueño,

florece a cada minuto

como algo urgente, necesario,

en medio del trajín cotidiano;

sin esperar permisos ni excusas

surgen las palabras de futuro

cargadas de imágenes

traspasando los altos muros

atravesando caliginosas paredes

y complicadas redes sensoriales,

es que la palabra lleva consigo

el misterio de su encantamiento.

 

Desanudo la fiel corbata de los días,

desabrocho los botones de la camisa,

sentado en el banco dejo caer

los pies cansados

en el pastizal del parque

que caen como dos pesadas anclas;

extiendo mi cuerpo exhausto

y cierro mis ojos al paisaje

para sumirme en la contemplativa

levedad que ofrece el mediodía.

 

Transcurren monótonos los días

en círculos de indolencias,

el corazón late urgencias

desvelado por los avatares

de amores no correspondidos.

Tras biblioratos del debe y haber

suman las largas noches de vigilia,

cumplir lo asignado en lugar y hora

es la fiel tarea de todos los días,

es cuando conjuro la jornada

con baladas y epigramas de amor

para seguir sonriendo en el camino.

 

El presente en una mirada

reflexiva tendida al horizonte;

las ojivas de la muerte

cronometran nuestra vida

en el reloj del juicio final,

la aguja fatalista que cae

sobre nuestras cabezas

¡sea anatema!

 

Somos frágiles barcas

en la breve estancia terrenal,

nuestros pasos tambalean

en la cresta de inciertos designios;

el destino no juega a los dados.

 

***

 

El filósofo optimista Leibnitz cultivó el bien en el mejor de los mundos posibles, pero no esperó que crecieran los espinosos cardos del real, en los cándidos jardines de su morada.

 

Por el boulevard

de los sueños rotos

sucumben los ángeles caídos,

sin flashes ni maquillajes

ni luces technicolor.

 

De su boca brotaron

cantilenas de amor

hasta embriagar

mis sentidos

con el sutil lenguaje

de tiernas palabras

empapadas de sol.

 

Latidos de sombra

bajo el apacible sopor

de ardientes siestas,

fabulación de amores

y estremecidas elegías

al morir la tarde.

 

En rostros iluminados

de aparente sosiego

van encubiertos por la senda

los siete pecados capitales.

 

Alucinado sació falsos placeres.

Por caminos extraviados

desanduvo sus pasos

para disipar las tinieblas,

y así encontrar el resplandor

que ofrece venturoso el horizonte.

 

Bruscos bocinazos, ulular de sirenas,

vértigo de azoteas, extravío de pasos

aleteantes, gente que va y viene

con pasos sonámbulos

en la pequeña metrópoli;

efervescente extravío humano

bajo el indeleble signo

de amar y ser amado.

 

La busqué noctámbulo y perdido

por los viejos boulevares clandestinos,

no la encontré, ni ella a mí,

sin darme cuenta hace tiempo

que viajo por sus venas,

exalto en ciego delirio.

 

Prófugo del tiempo

sólo la desmemoria

vence a la muerte.

 

Como sediento argonauta

deseo amerizar

en tu mar de la tranquilidad

y sonámbulo deambular

por tu vasta geografía lunar

de insondables misterios.

 

Que en la hora conciliar

la fatiga y el esfuerzo

multipliquen los dones del pan.

De las entrañas de la tierra

brotarán los raigales de simientes

para en abierta floración al sol

ser cálices de venero alivio.

 

Vencedores de la angustia

sobrevivieron a terribles naufragios

e izaron banderas de redención

con el timonel enfilado a la libertad.

 

Rosales, mirtos, naranjas y limoneros

de la Alhambra de profundas querencias,

piel morena de ojos brunos

esencia morisca enraizada

 

POR ESAS VIEJAS CALLES

Calles de quemantes estíos,

fulgentes paisajes pintados

de quietud y silencio,

voces del ayer quebradas

en el calcáreo silencio

de pedregales ateridos,

naranjales ausentes,

veredas con antiguos signos

desleídos en el suelo polvoriento

que trazan los círculos del tiempo.

 

Antiguo itinerario de la memoria,

patrimonio del anónimo

viandante de gastadas suelas,

es preciso volver

tras los pasos anhelantes,

perdidos en tiempo y lejanía.

 

Calles de quemantes estíos,

breviario de salmos

de soledad infinita

derramado en vastedad

de arena y sol.

 

Usurpadas canteras

de pretéritos cerros,

convertidos en gastados

empedrados,

por donde transitan

mis cansados ojos.

 

 

AQUEL CUARTO EN PENUMBRAS

Ay.. quemante realidad,

solo en aquel cuarto en penumbras,

ausente de voces augurales,

el espejo roto, la vieja corbata,

un viejo rouge,

pelos y cenizas en el suelo,

el sonido del silencio

en aquel cuarto en penumbras,

y aquellos viejos rostros

en el espejo roto,

distorsionado destello de luz

la belleza surcada de arrugas

en las paredes desnudas agrietadas

por tanto dolor,

la desdicha habitada en los sombríos

párpados de unos ojos que se alejan.

 

BAJO SU SOMBRA

Añejo árbol de enmelenado follaje,

fronda de conventual silencio,

confabulación idílica

de alados amores.

Lorca oculto tras los gajos

canta su oda verdecida

sumido en su verde delirio,

verde viento, verde sinfonía,

verde sonido vegetal.

 

En su ramaje empozan los estíos

con escarchas de fugaces otoños,

flamear de alas

y trinos augurales;

concierto de canto y luz,

luciérnagas y cigarras estelares

en el melancólico mes de diciembre;

centenario tallo memorial

con vestigios de amor grabados

en su rugosa corteza de fuego.

Añejo árbol de raíz profunda

extendida al centro de la tierra,

bendecidas lágrimas caídas del cielo

que germinan sombras del querer,

pencas de hojas por donde migran

los sueños, que viajan lejos, muy lejos,

bajo la luminiscencia

de su fecunda corteza.

 

COLOQUIO MATUTINO

Marité, que en las mañanas

broten de tu boca palabras

de bienaventuranzas,

que la brisa bañe por siempre tu rostro

con el gesto ameno y cordial,

que el sol alumbre en tus ojos

con todo el fulgor de tu serena mansedumbre,

y que las camelias crezcan

sonrientes en el sereno de tu cabellera proletaria;

hoy no me pidas hablarte

de proyectos, notas, números, ni del debe hacerse;

háblame de tus sentimientos, aspiraciones, quebrantos,

miedos y esperanzas,

háblame de tus fantasmas,

de la vertiginosa carrera contra los avatares de la existencia,

hambre, miseria, intolerancia,

erigidos jinetes apocalípticos en el globalizado

horizonte en sombras;

háblame de tus preocupaciones,

de las llamadas ibéricas puertas del porvenir,

de todo lo que representa el éxodo y desarraigo de sideral dolor,

háblame de tus desvelos de madre,

de tus urgencias en este tiempo de esperas,

háblame de tender puentes

con palomas, mariposas y colibríes,

lo esencial es también invisible en los ojos,

decías parafraseando al Principito;

Marité, caminemos juntos por la vida

para anunciar como aquel poeta beat

"que el peso del mundo es amor,

el deseo final es amor".

Sí es cierto, veo que tus ojos ya no son los mismos,

el polvo gris del sufrimiento traza

surcos ojerosos en tus párpados

por noches de insomnios,

amaneceres de ausencias

y mañanas embargadas

de cariño, leche y pan.

Marité, no desfallezcas,

no claudiques, no desesperes,

unámonos a las encendidas palabras de Vinicius,

quien nos dice en profesión de fe:

es preciso reconquistar la vida.

 

PEATÓN EN LAS ALTURAS

"Zaratustra tensa el delgado hilo entre el bien y el mal".

 

Peatón suspendido en el cordel

de alta tensión,

asido a la vara de equilibrio

sobrevuela a su propia sombra; 

allá arriba solo en el vaivén

de lo absoluto,

balanceándose en las alturas

sin cabos de amarre,

tensa el filo del coraje

sacudiendo el hilo del desvarío

por encuna de torres y tejados;

sobrevive a las brumas de los días,

al tendal de odios, mentiras y avaricias,

extendidos en los bifurcados

rieles existenciales;

sobrevive

a vacíos bolsillos, falsos besos,

árboles mutilados, asexuados viandantes,

a mujeres de cautivos destellos,

ceñidos encajes y sinuosas caderas,

orinados panteones, piratas del asfalto,

al puñal de las blasfemias,

a blancas humaredas del apocalipsis,

granos envenenados en las sementeras,

y ondas magnéticas corriendo por las venas;

allá arriba en las alturas

que también es abajo,

comprometido a encontrarse el mismo,

con la bullente sangre apuntando

al corazón del desamor y la indiferencia,

camina sobre la transparente línea

que separa el abismo del cielo,

bamboleándose a cada paso

hasta el final incierto de la última línea;

mitad hombre, mitad marioneta,

mitad ángel, mitad bestia,

oscilando alucinadamente

entre la fe, la sinrazón y el deseo.

 

DESDE EL PUENTE

El calmo y frío rostro del torrente me pidió un beso.

Langston Hughes

 

Eran dos pequeños ojos crispados de penas

subiendo al barandal de los desterrados,

equilibrista de cornisas y azoteas de fuego,

decidido a romper el cordón umbilical

que lo une a tierra;

el no ser de frente al vacío

decidido a cruzar la otra orilla

que separa la vida de lo desconocido.

¿Quién lo escucha en la noche tan inmensa

como el silencio mismo?

Extraño animal nocturno

dispuesto a precipitarse al abisal lecho del olvido,

para dormirse bajo un manto de musgos

junto a los duendes del río;

descansar tal vez, poner fin al desamor,

al tedio de la rutina de ir muriendo

lentamente todos los días;

abajo, el turbio remolino de las aguas,

a su frente, el viento silba desquiciado

a los oídos; a lo lejos,

miríadas de luces de la ciudad

lo guiñan en la noche enajenada;

los labios resecos y partidos,

parecen murmurar la sentencia

de Maiakowski, en su noche final,

"La barca del amor se ha estrellado

contra la vida cotidiana";

el corazón latiendo como tropeles

de caballos desbocados en fuga,

con la mirada puesta en el horizonte,

ser o no ser, en la ineluctable encrucijada

en la noche aleve al destino;

un relámpago de lucidez

compendia su vida fragmentada

en gimientes de ausencias;

la conciencia retrocede hacia la negrura infinita;

el dilema de hundirse en el lino del lecho sombrío,

o seguir respirando el hálito de auroras boreales;

el remolino gira en vertiginoso círculo

devorador bajo sus pies,

abriendo sus tenebrosas fauces

de blancos y sedientos dientes de espumas,

en la glacial mudez de la noche cómplice.

 

TRES PERSONAS EN UNA

En un café de Lisboa, Fernando Pessoa reúne a sus

amigos, los poetas Alberto Caeiro, Ricardo Beis y

Alvaro de Campos. Voces Habitadas desde el yo,

diletancia poética surgida en las voces del propio

desasosiego. Café de por medio y unos puros

cubanos. Pessoa dice que todos los ocasos se

fundieron en su alma, y quienes leen lo que escribe

sienten en el dolor leído. Ricardo, el helenista,

sentencia que quien quiere poco, tiene todo; quien

quiere nada, es libre; quien no tiene y no desea, siendo

hombre, es igual a los dioses. Alberto, el panteísta,

afirma no creer en Dios porque nunca lo vio, la

divinidad está en los árboles y las flores, la luz, la luna y

el sol. Alvaro, el futurista urbano, afirma que el

hombre debe abarcar la humanidad de todos los

momentos, simpatiza con una piedra, un ansia, sea una

flor o una idea abstracta. Pessoa absorbe sus propios

fantasmas en el vuelo imaginario de otras vidas,

amores, filosofías, ilusiones, desencantos, en un

solo hombre, todos, o tal vez nadie.

 

Y NOS QUEDA LA PALABRA

En el vértigo de los días

mis ojos desvaídos

transpiran tristezas

de impotencia y dolor,

ver al mendigo hambriento,

al niño abandonado,

a la madre desarraigada,

los bosques consumidos

por la voracidad del fuego

en el horizonte crepitante

en llamas;

impotencia y horror

con un cielo ceniciento

de viciadas nubes de hollín

envejeciendo nuestras sienes,

impotencia y horror,

el dióxido de carbono cegando

el aire, rostros, pulmones;

impotencia y horror,

de la mano del hombre

las dispersas semillas del mal

descienden siniestras por surcos

de viento, fuego y agua,

sentenciando al hombre

a la muerte congénita;

acorralados, envenenados,

intoxicados, asfixiados,

emboscados por los

altos muros de la avaricia

y las jaurías sedientas de poder;

silenciados por pensar diferente,

injuriados por apuntar al alba

con la verdad única;

al final, la palabra nos libera

con el vaticinio

de los antiguos profetas;

la palabra victoriosa

que atraviesa círculos y

complicados laberintos,

la que horada con el verbo fraternal

los fríos corazones

e ilumina las mentes de oscuros designios,

para ser alfa y omega,

tierra y cielo, amor y odio,

beso y afrenta, flor y marchitez.

El poder de la palabra

convertida en velo intangible

de incandescencias,

que busca inacabados

refugios de amor,

la que proclama un reino de paz

desde la cumbre del Tabor,

la palabra que mece triunfante

las olas del Leteo y el Aqueronte,

la que predica por los

ardientes caminos de

La Meca y Compostela,

la que acciona los dormidos resortes

del coraje y la pasión,

la que manda cumplir

los Diez Mandamientos,

la palabra exacta y salvífica

que combate la impiedad,

enamora, idolatra,

alienta a desamparados,

ayuda a desvalidos

y redime a pobres y ricos;

¡ay, la palabra!

que camina al compás

del latir ciudadano,

que danza, ríe,

llora, libera, dialoga y apacienta

en la insondable luz del alba.

 

TESTAMENTO Y EPITAFIO DEL PEATÓN ALUCINADO

Señoras, señores, madres, padres,

jóvenes, adultos y ancianos,

dejen atrás los insultos, rencores,

enojos, odios e injurias,

entiérrenlos en el cieno profundo

con el humus del olvido;

llenen sus días

con tiernos salterios

que hacen al buen vivir;

sean portadores de Buenas Nuevas,

sobre todo amen y celebren

el prodigio de la naturaleza,

que las palabras sirvan al bien,

pacifiquen, hermanen, armonicen,

restañen heridas de guerras,

traiciones e infamias;

testamenta un peatón alucinado

agobiado por el peso de gritos

y silencios sin respuestas,

que por único LEGADO

deja grabadas con suelas de fuego

en el destemplado rostro del asfalto,

estas sinceras palabras de ofrenda:

Por aquí pasó un hombre que amó.

 

LAS EDADES EN EL TIEMPO (A MANERA DE EPÍLOGO)

Las edades transitan su ciclo vital en el tiempo consumido por los años. Nacemos y crecemos con el ansiado devenir fijado en horizontes venturosos, pero con caminos anegados de contratiempos, cumpliéndose aquel aserto de Ortega y Gasset, "el hombre y sus circunstancias". Los espejos transparentan la edad biológica, pero no reflejan el interior nuestro donde anida la conciencia, esa luz nunca dormida en las intrincadas redes cerebrales, dispuesta a despertarse con la estrella de las buenas acciones que naturalmente predispone y obra en el hombre, pues somos seres llenos de pasión, imbuidos de nobleza y buenos sentimientos. ¿Podrán ser alguna vez los espejos, reflejos de nuestra alma? Venimos desnudos al mundo y desnudos vamos a esa dimensión desconocida, henchidos de eternidad ¿Acaso en vida no debemos transparentarnos desnudos, libres, sanos, con la límpida conciencia   despierta frente al "yo" de nuestra existencia, de cara al sol? Los niños juegan, ríen, se divierten sin malicias. Los jóvenes adquieren sus emociones y sentimientos agudizados por el desarrollo de sus hormonas que hacen al pleno vivir, radiantes, desbordantes, llenos de energía y con el despegue in crescente dula facultad del razonamiento. La juventud lleva consigo el sello indeleble de amar intensamente y el de gozar a plenitud ese enamoramiento tan natural del ser, pero a la vez se encuentra con un mundo conflictivo, en el que debe medir sus impulsos para no colisionar contra "los muros de la vida cotidiana", pero no por ello deja de fijar la vista en la conquista de sus metas con determinación y coraje. El niño será siempre niño, el joven será siempre joven, en su etapa biológica, pero siempre los mismos en esencia. Mirándonos al espejo debemos transparentar el ser y no obrar como un mero reflejo alucinatorio de perfiles y poses en falso. El hombre debería transfigurar su propia realidad siendo auténtico y consecuente consigo mismo, para de la tristeza dar paso a la alegría. Y qué mejor energía vital que la propia poesía como expresión de cambio para que este mundo sea más habitable. Todos podemos aportar una estrofa al mundo, nos decía el viejo Whitman. El niño que sonríe jugando, el joven que sueña, que ama y lucha por sus conquistas creciendo en el inexorable tránsito a la adultez, paso a las edades del tiempo con los invisibles tensores  que sostienen los huesos del tiempo. La candidez de un niño; la juventud y sus energías transformadoras; el sosiego y la madurez del hombre adulto, son círculos del tiempo que se cumplen, así como la inevitable encrucijada de la conciencia y el ser, formando un poderoso ente unitario que orientado hacia los nobles fines humanitarios, podrá navegar victorioso dejando atrás el proceloso mar de la incertidumbre y la angustia. Qué es la vida, sino una florescencia de sentimientos atesorados en la viva presencia de los días.

 

 

 

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