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AMANCIO PAMPLIEGA


  MISIÓN CUMPLIDA - General AMANCIO PAMPLIEGA


MISIÓN CUMPLIDA - General AMANCIO PAMPLIEGA

MISIÓN CUMPLIDA

General AMANCIO PAMPLIEGA

 

Editorial EL LECTOR

Colección Histórica Nº 14

www.ellector.com.py

Tapa: LUIS ALBERTO BOH

Asunción – Paraguay

1984 (229 páginas)

 

 

 

 

 

PRÓLOGO

 

Paraguas en mano cuando el tiempo amenaza lluvia, con frecuencia lo veo pasar, frente a mi casa, rumbo a una de las muchas paradas de ómnibus de pasajeros diseminadas en Asunción. Con la figura alta y debilitada por el paso de los años, el General de Brigada (S.R.) Amancio Pampliega no tiene inhibiciones en tomar uno de nuestros peligrosos vehículos de transporte público para desplazarse de un punto a otro de la capital.

¿Qué inhibiciones podría tener quien ha conocido el Chaco medio siglo atrás y visto la muerte en él por tres largos años? Sin embargo, no siempre una explicación así satisface y convence, porque algo más debe haber detrás. Amancio Pampliega, próximo a los ochenta años, es todo un ejemplo de rectitud, la misma que casi sin distingos caracterizaba a nuestros militares de antaño.

Es por ello que sus memorias, que aquí se dan a conocer en su segunda parte y con las cuales el autor "rompe definitivamente la pluma", son el mejor testimonio de una época caracterizada en el andar a pie, sin vehículo propio y sin mayores ostentaciones de riqueza que aquéllas provenientes de la honestidad nacida en el hogar.

Pionero en el asentamiento de fortines chaqueños, oficial de Planta de la Escuela Militar, alumno de la Escuela Superior de Guerra de Asunción, Comandante de Regimiento, de Destacamento, Jefe de Estado Mayor Divisionario en la guerra, ayudante personal del general José Félix Estigarribia, ex-alumno de la Escuela de Aplicaciones de Fontaineblau, Comandante de la Artillería en Paraguarí Ministro del Interior, Ministro de Defensa Nacional y muchas otras menciones y cargos acaso basten para ratificar la larga trayectoria de un hombre que, como Pampliega, ha sabido honrar los galones.

En sus más de veinticinco años de servicio, Pampliega supo ser digno. Supo admitir errores y excusar deficiencias. Supo también, en un momento, ser leal y ser amigo de quienes se sintieron sus amigos. Por eso, sus memorias tienen valor sustantivo. Nada calla porque no tiene reproches de conciencia que hacerse. Puede estar errado, y des-de luego debería estarlo, pero vierte sus opiniones con sinceridad, así se trate de lo que piensa respecto del Presidente de la República o de un soldado raso. Acaso pocos como él tengan la autoridad de hacerlo.

En las palabras introductorias al primer volumen del general Pampliega, titulado "FUSIL AL HOMBRO", recordábamos una actitud del autor, que por sí sola tipifica sus cualidades. "Tras prestar su concurso de varios años en el gabinete del presidente general Higinio Morínigo-decíamos entonces-la presión democrática se hizo notoria en 1946 al calor de los triunfos aliados en Europa y el Pacífico, y los vientos que soplaban en estas tierras volcaron la situación política con los sucesos del 8 y 9 de junio. El general Pampliega, que se hallaba en Buenos Aires presidiendo la delegación paraguaya a la asunción al mando del Teniente General Juan Domingo Perón, retornaba días después al país. Los principales mandos habrán decidido jugarse la carta de su persona, y sugirieron su nombre para la Presidencia de la República. No era aquélla una invitación meramente formal. Empero, no se consideró una arista que su carrera militar habrá consolidado: la lealtad. Fue leal y desestimó el ofrecimiento, en un país en el que, al decir de un dirigente político, 'cualquier sargento de compañía quiere hacerse cargo de la presidencia'. Lealtad que, por otra parte, no se tuvo para con él unos pocos meses después, en enero de 1947':

No sería ésta la única arista resaltante en Pampliega. Otra más, íntimamente ligada a la lealtad, se mantenía incólume: su convencimiento de que solamente un Ejército apartidario que siguiera las enseñanzas del general Manlio Schenoni-es la más firme garantió de res-peto constitucional. En los días que corren, en los que el curso histórico ha seguido transitoriamente un rumbo diferente, Pampliega sigue siendo un convencido de aquella norma. Y la sostiene con naturalidad, porque las verdades son siempre fáciles de enunciar, aunque a menudo difíciles de materializar.

A unos cuarenta años de haber abandonado la carrera activa, y ostentando casi el grado más alto en la jerarquía militar, la presencia del general Amancio Pampliega, yendo a pie o viajando en ómnibus, seguirá siendo un ejemplo al cual deberíamos volver a acostumbrarnos, por-,4 que significa la identificación de quien estando por encima en jerarquía-de ese pueblo que ha delegado transitoriamente la soberanía para que la administren con honestidad y rectitud- se siente integrante del mismo.

Pampliega ha sido un hombre que ha conocido, como pocos, el transcurrir de este siglo casi en ocaso. Como tal, nos entrega aquí un relato fresco y accesible, de un paraguayo a quien las circunstancias y su conducta personal han ubicado en sitiales poco frecuentados. El general Amancio Pampliega ha hecho honor a ello y sus memorias son una de las vivencias personales más perdurables de cuantas se hayan escrito en la vida militar de nuestro país. Su misión, realmente, está cumplida.

Alfredo M. Seiferheld

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El ejercicio del poder tiene intrincados caminos. Tuve la suerte, o quizá la desdicha, de conocerlos por más de un lustro. Y no fueron épocas fáciles. Mi conciencia la guardo muy tranquila. No hay en ella perturbaciones por hechos reprobables de una conducta ruin y deleznable. Por el contrario, recibo aún muestras de aprecio y simpatía. Tendré detractores, lo sé, pero nadie hasta la fecha pudo levantar su dedo acusador, en base a hechos o documentos que guarden algun parentesco con la verdad.

Errores cometí: ¿Qué humano puede sustraerse a incurrir en ellos: Pero lo importante es saber si fueron el fruto de una maldad premeditada, o, simplemente, la consecuencia de un acto u omisión involuntario. Mucha tela queda por cortar de aquella época. Esperemos, pues, el juicio imparcial de la historia, que aflorará en el momento oportuno. Lo que yo afirme o niegue, será confrontado con otros testimonios, Nadie puede escapar a este procedimiento lógico del conocimiento humano. Y mal piensan, los que creen lo contrario.

No juzgo a otros con malevolencia. Simplemente relato lo que ví y lo que viví. Si los hechos provienen de terceros, indefectiblemente los cito para que el lector conozca la fuente. No guardo referencias sobre personas, por más enojosas que ellas sean. Procuro ser fiel y sincero. Si errores hay, tenga a bien el juzgador a enmendarlos. La polémica no está en mi ánimo y rompo para siempre la pluma respecto de estos delicados temas. Queda bien claro que no habrá respuesta. Si mis amigos quieren salir en mi defensa, es cosa de ellos.

Pareciera que evito el diálogo o temo una confrontación. Eso nunca. Mis años ya no me permiten sostener acaloradas discusiones. Si accedí a escribir estos testimonios fué a insistencia de quienes desean conocer retazos de nuestra historia política. Puede que sirvan al investigador. No lo sé. Nunca pretendí ser un historiador ni darme pujos de intelectual. Soy un soldado en cuerpo y alma. Si ejercí una magistratura política importante no fue con interposición de mis desvelos por obtenerla. Otros factores independientes de mi voluntad intervinieron para ello.

Respecto al desarrollo de la obra, doy por conocido lo referido en el primer libro titulado "FUSIL AL HOMBRO", y espero que el lector aprecie con ecuanimidad mi modesto trabajo, y sepa juzgar los hechos con la objetividad correspondiente.

 

 

Gabinete del general Higinio Morínigo, año 1943.

De pie, de izq. a der. Vicente Machuca, Francisco Esculies, Ramón E. Martino y Gerardo Buongermini. Sentados, en un mismo orden, Rogelio Espinoza, Amancio Pampliega, Higinio Morínigo, Luis A. Argaña y Aníbal Delmás. Sobreviven en 1984 Pampliega y Martino.

 

 

 

 

MISIÓN CUMPLIDA

GRAL. AMANCIO PAMPLIEGA

 

 

CAPITULO VII

 

GOLPISTAS, "CROOPIERS" DE ALTO COPETE

Y UN ASALTO A LA EMBAJADA DE LA PAZ

 

         Ya en mis funciones, comencé la ardua tarea. La cartera que me habían confiado era de singular importancia. Debía defender el programa de un gobierno que, en materia social y económica, se apartaba de las ideas liberales que habían imperado en el país. Varias generaciones formadas en el "lesseferismo" no podían aceptar, en modo alguno, una plataforma inspirada en principios que tenían propósitos de una profunda renovación.

         Algunos la denominarán "economía dirigida". Pero haciendo abstracción de las denominaciones, tratamos de acentuar el control sobre la economía nacional. Por un lado, atacamos a los especuladores de productos agrícolas, para defender al agricultor. Por el otro, el Banco del Paraguay buscaba que los bancos privados se acomodasen a los intereses del país.

         No intentamos suprimir el libre comercio. Pero, dentro de ese esquema, combatimos los excesos del individualismo tradicional, para que nuestro pueblo pudiese percibir el fruto de su esfuerzo. Mirándolo desde esa perspectiva, nuestro gobierno tuvo un contenido programático revolucionario. La moneda se estabilizó. El campesino recibió mejores precios por sus productos. El importador recibió orientación del Estado para efectuar sus compras de conformidad a una escala de prioridades.

         Nació el cupo de importación. Mientras éste fue manejado por manos honestas, fue muy positivo hasta el final de nuestro gobierno. La palabra "revolucionario" fue el "leit motiv" sobre el cual se efectuó una fuerte campaña de propaganda. Esta fue realizada por un organismo especialmente creado, el Departamento Nacional de Propaganda (DENAPRO) que realizó una intensa labor. Indudablemente, la propaganda oficial llega a causar un efecto negativo en el pueblo, que prefiere cualquier cosa con tal de no ver ni escuchar ingenuas frases de adhesión y ponderación exageradas, en favor de quienes gobiernan un país. Las audiciones radiales se vuelven tediosas y hasta insoportables. Su único resultado es el cansancio de los oyentes. Las afirmaciones rotundas se gastan. Los personajes involucrados en ellas se transforman en blanco de críticas y resentimientos. Por eso, DENAPRO no fue distinta de otras instituciones similares en otras partes del mundo.

         Tuvimos logros auténticos durante nuestro paso por el gobierno. No necesitábamos de DENAPRO para probarlos. Nuestra carta de presentación fue nuestra honradez. Nada más.

         La revolución seguía su marcha, pese a los intentos por derrocarla. Desde Montevideo, Franco mantenía una prédica constante contra nosotros. Pero su auditorio le fue abandonando cuando comenzó a comprobar que su fuerza ya no era la misma que cuando controlaba la Caballería. Pese a ello, su obstinado encono persistió hasta su retorno al país.

 

 

EL AMOR AL MANDO

 

         Lastimosamente, en el Paraguay nunca tuvimos un gobierno que supiera llevar a la práctica, al mismo tiempo, el orden, la paz y la libertad. Tal vez sea un equilibrio muy difícil de lograr. Puede que haya habido administraciones honestas. Pero no recuerdo que liberales y colorados se hayan concedido muchas oportunidades cuando estaban en el poder. Las leyes electorales siempre fueron confeccionadas por y para el partido de gobierno, en perjuicio del que se encontraba en la llanura. De ese modo, ningún partido opositor llegó al gobierno por la vía de las elecciones libres, en ninguna época de nuestra historia. Por ello, solamente revoluciones campales como la de 1904, o golpes de mano como el de 1936, produjeron desplazamientos de sectores políticos.

         Los liberales gobernaron durante más de treinta años. Desearía que algún mejor informado miembro del Partido Liberal desmienta mis palabras y me demuestre que hubo una elección cuyos resultados fueron aceptados sin remilgos ni protestas por los colorados. Y sin acusaciones de fraudes y cortapisas electorales.

         Los colorados asumieron por segunda vez el poder en 1947. Cualquiera puede notar hasta dónde va el afecto que tienen por la democracia. En cuanto a los febreristas, el famoso Decreto 152 no es, propiamente, una excelente declaración de fe democrática.

         Nunca hubo una libertad plena para que él pueblo pudiese optar políticamente. Nada prueba que algunos mandatarios colorados y liberales no hayan recurrido al Estado de Sitio para controlar una situación, aunque ésta fuese justificada. El Estado de Sitio es un instrumento que los gobernantes deben utilizar cuando realmente lo necesitan. Deben emplearlo con prudencia y moderación. Cuando desaparece la causa que originó el estado de excepción, la normalidad debe retornar en su plenitud. Vivir toda una vida bajo Estado de Sitio parece indicar que nuestro pueblo sólo merece vivir con sus libertades conculcadas. Si solamente con cachiporrazo se puede enderezar nuestra nación es porque hay gobernantes que son incapaces de educar al pueblo y de dar ejemplo en materia de conducta.

         He comprobado durante mis gestiones, que transformar al mando en una cualidad casi divina conlleva perniciosas consecuencias. Se tiene la costumbre de convertir a quien ejerce una función pública en alguien con derecho de vidas y haciendas sobre quienes se encuentran por debajo suyo. Hasta en el lenguaje cotidiano se delata esa grieta de nuestra psicología colectiva.

         El extranjero que nos visita tiene, fácilmente, una mala impresión ante este vocabulario que parece desnudar el autoritarismo que impregna nuestra alma. No existe el principio de la horizontalidad en el cambio de las ideas. Es poco frecuente escuchar un diálogo desprovisto de pasión. Las "solicitadas" en los periódicos constituyen un prolijo catálogo de insultos personales y palabras hirientes, antes que la exposición ordenada de una idea sobre una cuestión.

         Nosotros, durante el gobierno de coalición, declaramos libertades amplias para todos. Hasta para el Partido Comunista. No hubo Estado de Sitio. Las garantías fueron respetadas celosamente. Pero Asunción se llenó de la noche a la mañana de oradores en todas las esquinas. Habíamos pedido moderación, para no entorpecer la marcha de las actividades laborales. Nadie nos escuchó. La política se instaló en todos los lugares. Entre los oradores, se destacaba Oscar Creydt, quien por cierto, hizo honor a su condición de ser uno de los pocos egresados de la Facultad de Derecho que terminó con un promedio "5" absoluto.

         El anecdotario de Creydt, que incluía su paso por la Facultad de Derecho, era la comidilla de todos. Era terrible enfrentarse a él en discusiones doctrinales. De todos modos, pronto se pasó de las discusiones a los puños. Los desmanes se fueron agrandando y la policía se vio obligada a intervenir más de una vez. Mucha gente afirmó que esos meses de libertad fueron un desastre. De ahí que parezca tener algún fundamento la tesis de que el pueblo paraguayo necesita de una mano dura a cambio de paz y tranquilidad. Pero la gente parece olvidar que cuando desaparece la mano dura, por imperativo biológico o por cualquier otra razón, el engendro de la anarquía puede volver con más furia que antes. Igual que los volcanes que permanecen dormitando durante siglos hasta que producen descomunales erupciones.

         Para conocer al comunismo es importante, en primer lugar, saber qué representa en cuanto a apoyo popular. Las ideas deben combatirse con las ideas. El mundo occidental tiene muchos argumentos de peso contra el comunismo. El anonimato al que se lo condena puede hacer más daño que la libertad. En muchos países, elecciones libres han demostrado que el electorado real del comunismo no llega, en el mejor de los casos, al 15 por ciento.

 

UN INTENTO DE GOLPE

 

         Cuando me hice cargo del Ministerio del Interior en 1942 los comunistas no eran un peligro para la seguridad del gobierno, como lo eran nuestros propios camaradas del Ejército. Desde Buenos Aires, el coronel Arturo Bray trabajaba activamente para derrocar al Presidente Morínigo. A mediados de noviembre de 1942, el día 13 para ser más exacto, nuestro cónsul en Formosa, mayor Juan Martincich, nos informaba: "Antes de ayer por la noche, me enteré de parte del Gerente de la Standard que Bray pasó por ésta con un yoot, más o menos a las 7 de la mañana".

         El empleo de una embarcación de esa envergadura daba a pensar en una colaboración argentina. Continuaba Martincich: "Este señor se enteró del viaje por intermedio de uno de los hermanos Bibolini de esta plaza, y que le mostraron un telegrama recibido de Buenos Aires que firmaba Pepe. En el telegrama decía que el coronel Bray viajaba en dicho Yoot y que tocaría Formosa más o menos a las 3 de la mañana y a los fines exclusivos de reabastecerse de combustible".

         "La firma del telegrama -añadía Martincich- no podía ser otra que la de José P. Guggiari, quien tiene parentesco con los Bibolini y en épocas del gobierno del coronel Franco, él, Guggiari, Riart y Bray paraban en casa de estos Bibolini. De todo esto se puede deducir que Bray lleva la misión del funesto Partido Liberal que tú conoces muy bien la amistad que liga a Bray y a Guggiari".

         No había dudas que existía un complot en ciernes. Su nervio motor era Bray. Por fortuna, no lograba interesar a miembros de las Fuerzas Armadas, según las informaciones de que disponíamos. No obstante, tenía algún apoyo tal como el que le daban estos hermanos Bibolini, que colaboraron en cuanta revuelta se hacía para derrocar al gobierno.

         Y seguía Martincich:

         "Los de acá permanecen con la boca cerrada o por lo menos no se nota la actividad de otros tiempos; han cambiado de táctica pues antes, ellos mismos se descubrían con sus actividades y el contento que se reflejaba en sus caras. Pero no importa, ya tenemos el hilo inicial y dentro de pocos días podré coordinar algo de lo que están tramando".

         Pocos días después, en efecto se diluía la conspiración a causa de las desavenencias surgidas en el reparto de las carteras. Sin contar el tema principal: la Presidencia de la República, empleo generalmente muy apetecido, y que fue, por supuesto, motivo de acaloradas discusiones. Nuestras relaciones con el Partido Liberal eran muy críticas, ya que en abril se había firmado el decreto de disolución de esa agrupación. El documento fue firmado por mi antecesor. Yo no podía apartarme de una decisión ya tomada. Además, los movimientos inamistosos que sus personeros efectuaron durante mi presencia en el Ministerio del Interior me ataron de pies y manos con respecto a este asunto. Nada pude hacer por mejorar su posición política.

         Pude saber también, con respecto al asunto que vengo comentando, que Bray pasó la noche en casa del señor Manuel Balteiro, de Clorinda. Así como que, poco después de comprobar el fracaso del golpe, volvió para Buenos Aires.

 

LA RULETA Y SUS DERIVACIONES

 

         Algunos acontecimientos matizaban la vida rutinaria de nuestra ciudad. Entre ellos, un pedido de concesión para explotar un casino, que fue discutido en el Consejo de Estado. Nos opusimos el Arzobispo de Asunción, monseñor Juan Sinforiano Bogarín y yo. Recibimos luego el apoyo del Rector de la Universidad Nacional, doctor Julio M. Morales. Pese a ello, la concesión fue aprobada, a favor del solicitante, doctor Valentino. Era un personaje rechoncho, conocido por su afecto a los juegos de azar desde su época de estudiante en la Facultad de Medicina. Era la viva estampa de un "croupier" de alto copete que, pese a tener reconocido talento como galeno, prefirió consagrarse a esta otra actividad, con la devoción de quien abraza un apostolado. Arrojó el bisturí al canasto y se dedicó por completo a su salón de las avenidas Colombia (hoy Mariscal López) y Perú donde, al compás de los acordes de una barullenta orquesta, muchos individuos fueron prolijamente desplumados. Se sabe que, en materia de juegos de azar, el cajero nunca pierde.

         Me alegro de no haber pisado nunca una casa de juego. Es un quehacer funesto para la salud de un pueblo ya de por sí inclinado a pensar que un golpe de fortuna puede suplir el trabajo cotidiano. De ahí la proliferación de juegos de naipes, riñas de gallos, carreras de caballo y otros, popularizados desde antiguo en nuestro país.

         Cuando fue aprobada la concesión, prevaleció la fórmula que era mejor la habilitación de un salón de juegos bajo control, a que la gente jugase en locales clandestinos. Era la tesis del mal menor, aunque había resortes policiales para mantener la situación bajo control. Aún sigo creyendo que tuvimos razón para oponernos, pese a que fracasamos en nuestro empeño.

         Conservo en mi archivo numerosos comentarios de periódicos que hablaban de corrupción y de cosas de mayor calibre. Y conste que aquello no era nada, comparado con la variedad que tenemos ahora a mano: ruletas, "seven eleven", polla, quiniela, lotobingo, y tantos otros medios de engatusar a la gente.

         Me gustaría saber qué escribirían hoy los autores de aquellos iracundos comentarios, con respecto a la proliferación de todas las formas de juegos de azar imaginables. Lo que dijeron entonces quedaría reducido a una amable pincelada.

         Entre otras cosas, el juego convierte en un personaje influyente a quien lo controla. Prueba de ello es un incidente que ocurrió, por aquella época, con el embajador de Bolivia Dr. Guillermo Francovich. Parece que él no podía dormir -tampoco su familia- a causa del estrépito causado por la orquesta de la ruleta, que terminaba a las cuatro de la mañana. Me visitó para protestar amigablemente. Me dijo que comprendía la situación, pero había un límite que debía respetarse. Pidió que la orquesta cesara a las doce o a la una cuanto más. Le aseguré que tomaría cartas en este asunto y que no tendría más motivos de queja. Apenas salió, me apresuré a llamar al Jefe de Policía, coronel Francisco Chaces del Valle, para que advirtiese a Valentino sobre el uso de su orquesta.

         A la semana siguiente, retornó el embajador con el mismo verso. Comprobé que mi orden no fue cumplida por el ruletero. Ordené su inmediato apresamiento, que se realizó en la madrugada siguiente, en su domicilio. Al poco tiempo comenzaron a llover las llamadas de algunos personajes influyentes de la situación pidiendo la libertad de Valentino.

         Este individuo tenía muchos recursos. Acostumbraba ser espléndido con todos los que se le acercaban, y se volvió muy popular. Invitaba a los altos personajes del gobierno a visitar el casino. Los atendía con largueza y hasta les recomendaba no jugar. Lo dejé en libertad, no sin antes advertirle sobre el barullo de su orquesta, que me prometió reducir.

         En otro orden de cosas, participé de una visita al Brasil, en retribución a la que nos hizo el Presidente Getulio Vargas en 1941. Emprendimos el viaje en el barco de la carrera Asunción-Concepción. Conectamos posteriormente con el ferrocarril brasileño Esperanza-Río de Janeiro. Participaron del viaje el embajador brasileño Francisco Negrao de Lima, el canciller doctor Luis A. Argaña, y el ayudante del Presidente coronel Thompson Molinas.

         Pasamos por el histórico lugar de la muerte del mariscal López: Cerro Corá. Fue allí donde Negrao de Lima me hizo un comentario que me hizo reflexionar profundamente. Fue un grave error brasileño haber ultimado a López en vez de capturarlo vivo. De haber optado por esta actitud, hubiese cambiado la historia. Ellos no hubiesen quedado con el estigma de esa cobarde ejecución. Nosotros no hubiésemos convertido a López en el héroe mitológico en que fue constituido. Las palabras de Negrao de Lima me parecieron sinceras, porque provenían de un hombre que conocía muy bien a nuestro país y por el que sentía un sincero afecto. Hasta hoy, es uno de los embajadores que mejor recuerdo dejaron en el Paraguay.

         El viaje continuó por ferrocarril durante dos días, hasta Río de Janeiro. Allí nos esperaba el Presidente Getulio Vargas con una comitiva de recepción. Luego de los discursos de los presidentes, nos trasladamos a la sede del gobierno. Allí, los dos presidentes mantuvieron una conversación oficial. Al día siguiente nos trasladamos a una de las famosas acerías de Volta Redonda. Poco antes de llegar, nos detuvimos en un sitio donde se reparaba un empalme de las vías. Allí, entre un grupo de trabajadores, se adelantó un hombre de color quien, al ver a los presidentes, gritó: "Viva a democracia!!". El Jefe de Policía me dirigió un guiño de sorpresa al que contesté de igual manera. No hay duda que Vargas, aunque era muy popular, encontraba serias resistencias en ciertos sectores de la población que lo sindicaban como a un presidente totalitario. Pero también no es menos cierto que ejercía una influencia notable en las masas. Lo comprobé cuando lo escuché hablar. Bastaba que le dieran un micrófono para que inmediatamente se ganara la adhesión del auditorio. El episodio mencionado no lo inmutó. Siguió conversando con Morínigo tranquilamente, no obstante habernos llegado con claridad el grito del negro.

         Durante nuestra visita al Brasil pudo palpar en sus autoridades un deseo de mayor acercamiento al Paraguay. Era una manera de contrarrestar la influencia argentina en nuestra vida económica. El Brasil estaba entonces en pleno proceso de desarrollo industrial. No obstante, ya vislumbraba al Paraguay como un mercado potencial. Pese a que la visita no concretó ningún proyecto de importancia, logró abrir el camino de acercamiento al Brasil. Esto no fue efectuado antes por otros presidentes, que prefirieron apegarse férreamente al Río de la Plata.

         Una visita similar realizó Morínigo a la Argentina. Era en el afán de mantener la imagen de equidistancia entre las dos potencias regionales, siempre deseosas de ejercer influencias en el Paraguay. El Presidente Edelmiro Farrel devolvió la visita. Tuve ocasión de conocerlo de cerca, y debo confesar que no me impresionó mayormente. Farrell nos hizo muchas protestas de amistad. Pero también el resultado fue parecido al de la entrevista con Vargas: nada concreto. El hecho cierto es que la Argentina aprovechó nuestro conflicto con Bolivia para ocupar el sector del Fortín Sorpresa y, en los años ochenta, desvió el río Pilcomayo, en una típica demostración de prepotencia porteña.

         La amistad con la Argentina suele hacerse cuesta arriba. De cuando en cuando, el diario "La Nación", el almirante Isaac Rojas o algún otro personaje similar se encargan de recordárnoslo. Por eso, con el rencor propio de la impotencia, seguiremos recibiendo a los representantes de esa nación, aunque desconfiemos de sus intenciones.

 

 

UN VALIENTE EMBAJADOR

 

         Con los bolivianos mantuvimos bastante armonía. No hubo hechos de importancia que destacar, salvo la visita del Presidente Gualberto Villarroel, en 1944. Nos decía Villarroel que terminaría con el dominio de las grandes corporaciones en Bolivia. Y que el Paraguay obtendría ventajas inmediatas de su nueva política. Recibiríamos petróleo barato, a cambio de carne y granos. "La rosca -aseguraba- fue liquidada para siempre, y en adelante viviremos una nueva etapa en nuestro desarrollo". La familia Patiño, que tenía la propiedad de un sector importante de la producción de estaño, fue perseguida. Igual actitud se adoptó con otros sectores que se prestaban al manejo de las multinacionales con relación a los productos básicos del subsuelo boliviano.

         Las sanas intenciones de Villarroel no tuvieron mucho eco. Poco tiempo después, fue colgado de un farol en plena plaza del centro de La Paz, frente al Palacio Quemado, junto a otros colaboradores. Su linchamiento fue perpetrado por una turba soliviantada por la prensa y por movimientos de derecha que veían en Villarroel a un enérgico enemigo de los intereses de "La Rosca". El episodio tuvo repercusión en todo el continente y en especial en nuestro país, donde se pretendió efectuar un paralelismo entre Morínigo y Villarroel. O, mejor, en la forma en que Morínigo podría terminar. El asunto desembocó luego en lo que fue el gobierno de coalición de 1946.

         ¿Qué ocurrió en La Paz durante el linchamiento de Villarroel? Parte de su gabinete se asiló en nuestra embajada, a cuyo frente se encontraba el doctor Miguel Manzoni, secundado por nuestro agregado militar, Comandante Aristóbulo González Roldán. Entre los asilados se encontraba el ministro de Hacienda, Víctor Paz Estenssoro. Más tarde, llegaría a la Presidencia, en dos oportunidades. Durante su permanencia en nuestra embajada, se produjeron desmanes de proporciones. Se llegó a temer la violación de aquél local diplomático, protegido por el principio de extraterritorialidad. Los exaltados llegaron a penetrar en el jardín. Se dispusieron a quemar nuestra enseña patria cuando Manzoni salió, revólver en mano, y los obligó a retroceder.

         Con su valiente actitud, Manzoni demostró que el Paraguay respetaría y haría respetar las leyes del asilo. La turba comprendió que el personal de la Embajada estaba dispuesto a dar la vida antes de entregar a los asilados. No obstante, durante varios días fueron mantenidos verdaderos campamentos frente a la sede diplomática. Manzoni fue un ejemplo de valentía extraordinaria. El cuerpo diplomático acreditado ante el gobierno boliviano aplaudió su gesto. Desde luego, Paz Estenssoro no olvidó aquel dramático instante. Y, cuando ascendió al poder, el embajador Manzoni fue invitado de honor a la ceremonia de toma de posesión del mando presidencial, pese a que, en ese momento, ya no tenía cargo público alguno.

 

 

OTRO INTENTO, GOLPISTA

 

         En Asunción, la prensa clandestina mantuvo una presión constante sobre el gobierno. Parte de ella era dirigida por un sector adicto al coronel Rafael Franco que seguía en Montevideo. Su actitud beligerante costó no pocos contratiempos.

         En tanto, los trabajos subversivos desde Buenos Aires continuaron durante todo el gobierno de Morínigo. Pero el golpe más importante, que tuvo principio de ejecución y que parecía mejor encaminado, fue el de 1944. Complicó a miembros de las Fuerzas Armadas y a muchos civiles.

         Según algunos informes no desprovistos de crédito; el coronel Bray pensaba formar un gobierno cívico-militar. Seria presidido por Zacarías Battilana pero, al parecer, éste no aceptó el empleo. Quizá por la frágil seguridad que le ofrecían los empleadores. Por otra parte, el asunto no era para inspirar excesiva confianza, pues los golpistas empeñaron buena parte de sus energías en disputar ardorosamente por los cargos que, presuntamente, serían el botín de la asonada.

         Los peces gordos eran Guggiari y Bray. Pero el segundo aportaba poco o nada, pese a lo cual su figura constituía una fuente de unión para todas las parcialidades liberales. Algunos colorados también pensaron en unirse a la causa, por suponerse al movimiento un carácter predominante militar, y azul en menor grado. Así estaban las cosas cuando comenzó a realizarse la operación.

         El objetivo inicial fue la toma de la Policía de la Capital y de la Caballería, que estaban a cargo del coronel Mutshuito Villasboa y del teniente coronel Victoriano Benítez Vera, respectivamente. Ambos jefes eran considerados leales al gobierno. La condición exigida por los complotados de Asunción era la presencia del coronel Bray, quien debía presentarse personalmente en el momento de la entrega de las mencionadas unidades en su carácter de jefe del movimiento, como una medida conducente a dar crédito del golpe en ciernes. Es que eran tantos los involucrados que ya nadie creía nada.

         Aquel día fue ocupada la Policía, tal como estaba previsto. Yo me había retirado de mi despacho por la tarde, sin percatarme del peligro en que se encontraba el gobierno en ese momento. Serían las dos de la madrugada cuando recibí una llamada desde el interior. Se me informaba que la Policía no tenía más comunicación y, que, al parecer, había sido tomada. Pese a mis intentos, no pude comunicarme con el coronel Villasboa, con el objeto de tomar medidas urgentes para repeler el golpe.

         Salí al balcón, en ropas de dormir. Pude divisar varias siluetas de personas que venían corriendo por la calle Chile, sobre la cual se encontraba mi casa. Eran los golpistas, quienes ya venían escapando. Abandonaban la zona de las plazas céntricas, al comprobar el fracaso del golpe. Atiné a empuñar mi revólver para defenderme, pues no dudaba que podía ser objeto de una agresión, ya que no tenía guardia en ese momento.

         Me coloqué en la saliente del balcón para observar de cerca a los frustrados golpistas. Pero siguieron raudamente su marcha hasta alcanzar la calle Teniente Fariña. Allí los aguardaba un vehículo que los llevaría a la frontera con la Argentina. Supe más tarde que entre aquellos hombres se encontraba un señor Insaurralde quien, diez años más tarde, ya radicado en la ciudad argentina de Salta, le relató pormenorizadamente los detalles a mi hermano Nicanor, que por esa época ejercía el cargo de cónsul en aquella ciudad.

         Le comentó Insaurralde que ellos se sintieron sorprendidos al ver al Ministro del Interior, en pijama, armado de un revólver y prácticamente desguarnecido. Por eso, se decidieron a no atacarme. Eran otros tiempos, donde alguna caballerosidad se guardaba, pese al encono con que se combatía a los gobiernos. Bray permaneció en casa de Balteiro, en Clorinda. No cruzó, pese a que sus seguidores le instaron repetidas veces a hacerlo, para no abortar el proyecto. La Caballería no secundó el plan rebelde, con lo cual éste se hundió en el fracaso. La repercusión inmediata fue la renuncia de Villasboa al cargo de Jefe de Policía. Nadie como dije, dudaba de su lealtad al gobierno, pero no tenía otra salida. Los entregadores fueron sus subalternos y él nada pudo hacer para evitar que la institución a su mando fuera tomada durante algunas horas. Hubo algunas detenciones posteriores.

         Es, interesante repasar la correspondencia que mantenía yo por aquel entonces con el mayor Martincich, nuestro cónsul en Formosa. A su cargo estuvo la vigilancia de varios personeros del liberalismo, empeñados en su intento de voltear al gobierno. Algunas de estas cartas podrán ilustrar acabadamente la forma en que Martincich cumplió con su cometido. Asimismo, podrán permitir apreciar la actividad de los dirigentes liberales en la frontera. Veamos algunos de los informes:

 

         Formosa, Diciembre 4 de 1942

 

         Estimado Amancio:

 

         Tengo el gran placer de dirigirte ésta, para llevar a tu conocimiento lo siguiente: Siendo ayer las 18:15 hs. argentina, llegó hasta el consulado, el comisario y sub-comisario de esta ciudad. Y a los efectos de tener noticias sobre un movimiento revolucionario estallado ayer en Asunción, pregunté al Sr. Comisario, si en qué noticias se fundaba para llegar hasta el consulado en busca de una confirmación al respecto. Me contestó que, desde el Ministerio del Interior de Buenos Aires, habían hablado urgentemente por teléfono, pidiendo se les confirmara tal noticia y que si ella era verídica, que se vigilara a todos los exiliados residentes en ésta, y que la noticia fue propalada por "La Razón" de B. Aires ayer tarde, seguramente en la quinta edición que es la que aparece más o menos a la hora que cité.

         Contesté al Sr. comisario que nada sabía al respecto, pero dije que pediría confirmación a Asunción. Y así lo hice por teléfono, a las 23:00 hora argentina, habiendo hablado con el oficial de guardia del Departamento Central de Policía, en vista de no haber podido conversar contigo ni con el Dr. Argaña, a quien también llamé por teléfono. Confirmada la falsedad de la noticia, que a decir verdad fue un reguero de pólvora que recurrió en todo lo que es esta ciudad, di al diario "El Norte", el desmentido, cuyo recorte adjunto a ésta mía.

         Al comisario de la capital he asegurado que no podría ser otra cosa que una noticia de carácter liberal, más partiendo de la base que en el diario "La Razón" trabaja Cardozo, que es un liberal fanático.

         Ahora, recordando lo de siempre, vuelvo a decirte que los liberales siempre esperan novedades. La semana pasada regresó al país Aniano Díaz de Vivar y según comentarios, éste como lo hay que suponer, mandará noticias de cuantos trabajos tienen en pie y a ese respecto, creo interesante que controlen las correspondencias pues, tengo datos que ellas vendrán a las siguientes direcciones: Bibolini Hnos., 25 de Mayo 201; Mateo Pascuali, Brandsen esquina Rivadavia. También me informaron que, a cierta hora de la noche, se comunican por teléfono, directamente de acá a Asunción, y eso debe hasta cierto punto estar muy cerca de la verdad, pues, a esta gente muy a menudo y siempre entre la media noche o poco después, se lo ve por el correo, así que algo de verdad habrá.

         Creo, Amancio, que ha llegado la hora en que corten él tráfico constante y de las mujeres de los desterrados; éstas son las que van y vienen con las noticias y te prevengo que viajan mucho. Y como que son muchas las interesadas, se turnan a los fines que el enlace por intermedio de ellas no sea notorio.

         Ayer llegó procedente de Asunción el Dr. Ernesto Velázquez que, según me informó hoy el Dr. Gardel, se ha despachado en términos groseros contra la Revolución y ha propalado la noticia de los disturbios habidos en Asunción. Puede, que esta noticia dada por Velázquez haya sumado más para caldear más el ambiente y convertirse la noticia en un verdadero reguero de pólvora. Este señor ha citado los hechos ocurridos y que van ocurriendo, como así también ha citado a los supuestos protagonistas del movimiento.

         Bueno, Amancio, creo que deben cuidar mucho la cuestión liberal; esta gente espera de un momento a otro que se produzcan novedades favorables para ellos y partiendo de esa base, hay que pensar que algo planeado tienen.

         Se comenta mucho los nombres de Emigdio Arza, Manuel Ferreira y de Jaeggli, como los que están solventando los trabajos; también debo poner a tu conocimiento que Arza ha comprado la estancia que fue de los Bogarín, en este territorio, en frente se encuentra el campo de Manuel Battilana, y creo muy posible que por estos puntos se establezcan los enlaces muy reservados e importantes; también quiero creer que Bray puede haber desembarcado en ese lugar y estar escondido por ahí o por algún lugar próximo a Asunción; sería muy interesante el allanamiento de las casas de las estancias, y en forma sorpresiva.

         Bueno, Amancio, por hoy nada más, ya me rebuscaré de nuevas noticias que te las transmitiré enseguida. Hasta tanto, recibe un fuerte y cordial abrazo.

 

         Juan Martincich.

 

 

         Formosa, Octubre 30 de 1942.

 

         Estimado Amancio:

 

         Con motivo de las instrucciones que me dieras a tu paso por Alberdi, he dictado una orden que la he hecho extensiva para todas las autoridades y empleados públicos de la citada localidad.

         Bien, como ya puedes imaginarte, no ha faltado un empleado, como Prieto y González, que pretenden desestimar mi orden y hasta bajarán a la capital, en averiguación de la jurisdicción que me corresponde.

         Adjunto a ésta y a título de informe, dicha orden, para el Ministerio que tan dignamente diriges, y estoy seguro que tú, como así también los demás Ministerios, no han de desestimarla, desde el momento que no hago más que obligar a los empleados de los mismos a que cumplan disposiciones y leyes emanadas de las altas autoridades de la República. Te ruego que en ese sentido me ayudes con tus camaradas Ministros, para que ella no sea desestimada, pues, como revolucionario, no puedo ver que las cosas se hagan a medias.

         Con respecto a las actividades liberales, debo decirte que nada hay; están muertos y están convencidos de esa situación: ahora que ya nada pueden decir, pretenden criticar la obra vial del gobierno, diciendo que, con caminos, el Paraguay no producirá más ni menos, pero, se encuentran en contraposición con todos lo que en ese respecto discuten; ahora dicen que nuestro problema fundamental es el sanitario, que nuestro pueblo es eminentemente anquilostomiático, pero tampoco pueden discutir este problema pues se encuentran con la realidad, de los puestos sanitarios y hospitales que se están inaugurando en todo el territorio del país. Como te digo, ya no tienen nada que decir, pues se encuentran con la oposición unánime de connacionales y extranjeros y entonces dicen -y esto lo dice tu amigo Ríos que es el que más discute- que desde luego, el paraguayo respeta más a los que usan gorras que a los civiles.

         Bueno, Amancio, en espera de una contestación a esta mía, me es grato saludarte con los afectos de siempre.

 

         Formosa, Noviembre de 1942.

 

         Juan Martincich.

 

 

 

         Estimado Amancio:

 

         Sin tener una contestación a mi anterior, te escribo ésta, para hacer llegar a ti algunas noticias.

         Anteayer por la noche, me enteré de parte del gerente local de la Standard que Bray pasó por ésta con un yoot más o menos a las siete de la mañana. Este señor se enteró del viaje por intermedio de uno de los hermanos Bibolini, de esta plaza, que le mostraron un telegrama recibido de Buenos Aires y que firmaba Pepe. En el telegrama decía que el coronel Bray viajaba en dicho yoot y que tocaría Formosa más o menos a las tres y media de la mañana, y a los fines exclusivos de reabastecerse de petróleo. El yoot pasó recién a las 7 de la mañana, pero no tocó Formosa.

         La firma Pepe del Telegrama no puede ser otra que José P. Guggiari, quien tiene parentesco con los Bibolini y que, en épocas del gobierno del coronel Franco, él (Guggiari, Riart y Bray) paraban en casa de éstos Bibolini.

         De todo esto se puede deducir que Bray lleva alguna misión del funesto Partido Liberal, pues tú conoces muy bien la amistad que los liga a Bray y Guggiari.

         Los de acá, permanecen con la boca cerrada o, por lo menos, no se nota esa actividad de otros tiempos. Han cambiado de táctica, pues antes ellos mismos se descubrían con sus actividades y el contento que se reflejaba en sus caras; pero no importa, ya tenemos el hilo inicial y dentro de pocos días, podré coordinar algo de lo que están tramando.

         Lo he visto al capitán Fariña Colmán, creo así se llama, no sé a qué habrá venido por ésta, pero sí con el pretexto de visitar al cuñado, el Sub-Prefecto de Alberdi.

         Bueno, Amancio, espero darte noticias en cuanto antes y hasta pronto, recibe un fuerte y cordial abrazo del camarada de siempre.

 

         Juan Martincich

 

 

 

 

 

 

CAPITULO VIII

RECHAZO DE LA PRESIDENCIA DE LA REPÚBLICA Y

RESTITUCIÓN DEL COMANDO DE LA ARTILLERÍA

 

         Llegamos al año 1846. Existía la conciencia creciente de que debíamos promover el retorno paulatino a la normalidad democrática. Estábamos influidos por los acontecimientos recientes en Bolivia, con motivo del linchamiento de Villarroel. Además, debíamos acercar a los partidos políticos en la conducción del país. La tregua política había tenido ya seis años de duración, dictada por el Mariscal Estigarribia y mantenida por Morínigo.

         El punto de partida tuvo lugar en junio de ese año. Fui designado Embajador Extraordinario a la ceremonia de asunción al mando presidencial del general Juan Domingo Perón. Había resultado victorioso sobre el binomio Tamborini-Mosca en forma aplastante, con el apoyo de las organizaciones de trabajadores y de un conglomerado de fuerzas aglutinadas en torno de su persona.

         Nos embarcamos a principios de aquel mes en un buqué de la carrera Asunción-Buenos Aires. Me acompañaba el coronel Victoriano Benítez Vera, Comandante de la Caballería, como miembro de la delegación. Nunca pensé que aquel viaje sería tan accidentado. No con respecto a la travesía en sí, sino por los sucesos políticos que se desarrollaron durante nuestra ausencia.

         Nos alojamos en el hotel Continental de Buenos Aires. Muy pronto, tuve oportunidad de entrevistarme con el presidente electo. La cita se llevó a cabo en la residencia particular de Perón, por la tarde. Había sido invitado a tomar el té junto a Perón y a su carismática esposa Evita Duarte. La merienda fue sencilla pero exquisita, en la residencia de la calle Posadas. El marco de frugalidad hizo más fácil el acercamiento con el nuevo mandatario.

         Comenzó entonces allí una relación de amistad. Demás está decir que la charla se prolongó durante más de tres horas. "General Pampliega -me dijo entre otras cosas Perón- he sido durante años profesor de historia militar. Siempre inculqué la necesidad de un revisionismo histórico con respecto al Paraguay. Debemos amor a ese pueblo hermano a quien injustamente agredimos a instancias del Brasil y del capital inglés. Este es un país de anglófilos, general, pese a que el engrandecimiento de nuestra tierra lo hicieron españoles e italianos, quienes aportaron su trabajo tesonero, y además nos obsequiaron con muchos hijos para la República Argentina. Fuimos explotados por esa gente durante mucho tiempo, pero eso se acabó. Desde hoy en adelante, las cosas cambiarán. Puedo asegurarle que desaparecerán los resabios del mitrismo".

         Yo lo observaba atentamente y, por qué no admitirlo, con satisfacción al comprobar la buena disposición que declaraba con respecto al Paraguay. Evita lo escuchaba. Ella asentía con admiración. Cuando le cabía la oportunidad, intervenía discretamente, para recordarle algún concepto trascordado por su esposo. Era una mujer extraordinaria. Se mantenía en un segundo plano, pero su personalidad era tan poderosa y atractiva como para hacer sombra a cualquiera que no tuviera las cualidades excepcionales de líder de masas. Tenía un rostro armonioso y una sonrisa cálida. Evita era la estampa viva de la mujer argentina, con la que se identificaba constantemente.

         Proseguimos nuestra conversación casi hasta las 8 de la noche. Me despedí de ambos con protestas de amistad y con los mejores augurios de éxito en sus futuras gestiones. Nos volvimos a ver de cerca en los actos oficiales de la transmisión del mando y en la parada militar, donde tuvo la gentileza de colocarme a su derecha. Con este gesto, me recordó simbólicamente la vigencia de los conceptos que me había señalado durante nuestra entrevista personal.

         Cuando nos despedimos, me obsequió un hermoso reloj de oro y un retrato con una dedicatoria muy significativa. De no ser por las noticias que llegaron de Asunción, la visita hubiera transcurrido apaciblemente.

         Benítez Vera me informó que el mayor Enrique Jiménez, a instancias del Comandante en Jefe, general Vicente Machuca, se había apoderado de la Caballería. Sus allegados le indicaron la necesidad imperiosa de retornar a Asunción, para lo cual me pidió permiso. Le contesté que no consentiría en su pedido en modo alguno, puesto que él formaba parte de una embajada, presidida por mí y designada por el Poder Ejecutivo. De manera que cualquier determinación de su parte correría por su exclusiva responsabilidad. Eso sí, le recalqué mi ayuda o mediación en caso de comprobar que era víctima de una injusticia, pero que ello lo haría a nuestro retorno, al concluir nuestra misión. El iracundo Benítez Vera no estaba dispuesto a escuchar razones y retornó ese mismo día, 6 de junio de 1946.

         El problema ya había trascendido en Buenos Aires. Los paraguayos residentes en esa ciudad tenían algún conocimiento de lo que estaba ocurriendo en Asunción. Me lo comentó el propio Atilio J. Benítez, cuando almorzó conmigo en mi hotel.

         El grupo capitaneado por Bray desarrollaba en esa época una actividad mínima, en comparación con años anteriores. No se podía conjeturar que de allí había partido el problema. Le insistí a mi viejo amigo y camarada Atilio que volviera al Paraguay con todas las garantías del gobierno del que yo formaba parte. Me agradeció, pero se abstuvo de hacerlo. Pese a encontrarnos en bandos opuestos, nuestra amistad se mantuvo inalterable y sin resquebrajamientos, hasta su muerte, acaecido en Asunción en 1979.

         Me embarqué el 9 de junio, en compañía de mi esposa y comitiva, a más de un sobrino, Luis Pampliega, por aquella época estudiante de medicina, a quien había llevado como secretario privado. A la altura de Corrientes, el capitán me avisó que habían recibido un radiograma procedente de Asunción. Esto no dejó de inquietarme, pues ignoraba lo que estaba desarrollándose por allá. Me pedían que hiciera atracar el barco en Formosa, donde subiría mi hermano Nicanor, quien me explicaría los motivos.

         Efectivamente, Nicanor se encontraba en el muelle. Serían las 6 de la tarde del 12 de junio. Ni bien subió a bordo, nos enfrascamos en una agitada charla en el salón comedor. Allí permanecimos después de la cena hasta llegar a Asunción. Me dijo Nicanor que venía en representación del Comandante en Jefe y varios altos jefes militares. Le instaron que viajara para ponerme sobre aviso y en alerta, a raíz de los sucesos ocurridos durante mi ausencia.

         Me informó que la determinación de esos señores era acatar sólo mis órdenes ante la defección del Presidente Morínigo. Su compostura ante los acontecimientos de la Caballería no lo dejaron muy bien parado. Me explicó Nicanor que Morínigo no se había solidarizado con el general Machuca cuando Benítez Vera retornó abruptamente de Buenos Aires y se apoderó en forma violenta de su unidad. Por unos días, Machuca tuvo que andar escondido y solamente mediante la rápida reacción del mayor Jiménez las cosas volvieron a la normalidad. Naturalmente, Benítez Vera fue radiado del Ejército. Pero se había gestado una tremenda tensión entre varios jefes y el Presidente de la República. Al parecer, querían designarme Presidente ese mismo día, pero buscaban mi conformidad previa. Y como prueba de confianza, enviaron a mi hermano para adelantarme la proposición.

         Ya tenía la doble calidad de Ministro del Interior y de Ministro de Defensa. Era sinceramente el hombre en quien confiaban muchos camaradas, para poder sortear estos problemas, la cual me colocó de pronto en una posición muy difícil.

         El buque arribó a las 2 de la madrugada en el Puerto de Asunción. Pese a ello, había gente esperando en el muelle, mientras la nave se iba acercando para el amarre. Pude distinguir al Comandante en Jefe, General Vicente Machuca; al Comandante Interino de la Caballería, Mayor Enrique Jiménez; al Comandante de Aeronáutica, General Atilio Migone, quienes aguardaban mi llegada. Bastante alejados de ellos, se encontraba el Edecán del Presidente, Capitán de Fragata Riveros Pedretti. Esta separación me dio una idea de cómo se encontraban las cosas.

         Una vez en tierra, Riveros Pedretti me transmitió los saludos del Presidente de la República. Y me comunicó el deseo del General Morínigo de recibirme ese mismo día, a las 6. Luego se retiró. El grupo de jefes, al ver alejarse al Edecán se me acercó. Al parecer había mucha expectativa ante mi llegada, lo que explicaba esa recepción a horas tan inusuales.

         Machuca me preguntó, casi de sopetón, si yo estaba informado de todos los pormenores, aludiendo a la visita intempestiva de mi hermano Nicanor. Le dije que sí, pero que sería mejor una explicación más amplia. Para ello, invité a los presentes a mi casa, de Chile y Humaitá, donde tuvo lugar una improvisada aunque tensa reunión.

         La situación era confusa y grave. Los jefes prácticamente ya no obedecían órdenes del Presidente de la República. No por encontrarse sublevados, sino por haberse aislado del Presidente, por obra de las maquinaciones de éste. Entre los más afectados se encontraba el propio General Vicente Machuca, quien se sentía agraviado por la sublevación de Benítez de Vera, que llegó a dominar su unidad durante varias horas, luego de su retorno de Buenos Aires. Morínigo prefirió al principio inclinarse a favor de Benítez Vera, quien parecía ser el poseedor de la fuerza. Machuca tuvo que ocultarse, mientras era buscado afanosamente por adeptos a Benítez Vera, con intenciones evidentemente inamistosas. El Comandante en Jefe tuvo que refugiarse en casa de un amigo, al comprobar que el Presidente nada hacía por ayudarlo en tan complicada situación.

         La pusilanimidad y el doble juego de Morínigo, y no las afrentas y actitudes de Benítez Vera, eran los temas en discusión por los jefes mencionados. A juicio de ellos, únicamente Morínigo podía haber zanjado la cuestión, tomando decisiones en forma resuelta, de conformidad con su alta investidura. Me informaron, cómo tuvo que eludir la persecución el Comandante en Jefe, para escapar de las garras del Comandante de la Caballería, ante un Presidente impávido que no hacía nada para imponerse sobre los acontecimientos. Aquello terminó recién cuando el Mayor Jiménez se hizo cargo de la unidad y pudo socorrer a su vapuleado jefe.

         Comprendí que Morínigo se encontraba en la cuerda floja. Si conservaba el cargo no era más que un ropaje, sin cuerpo ni pedestal. Casi todas las grandes unidades habían hecho causa común con el Comandante en Jefe. Y éste ya no confiaba en el Presidente. La suerte parecía haberse tornado en contra de Higinio Morínigo.

         El General Machuca, se dirigió a todos los presentes, sobreponiéndose a una discusión cada vez más acalorada. Mirándome a mí, dijo: "General Pampliega: hemos llegado a la conclusión que dadas las circunstancias, usted es la persona apropiada para hacerse cargo de la Presidencia de la República. Mis camaradas y yo estamos totalmente de acuerdo en ofrecerle dicho cargo para encauzar los destinos del país, por caminos más seguros, en vista de los tristes episodios ocurridos el 9 de junio pasado".

         Estas palabras del Comandante en Jefe me halagaron profundamente. Eran la expresión de la confianza que depositaban en mí tan distinguidos jefes de las Fuerzas Armadas. Pero no dejaba de preocuparme la gran amistad que me unía con el Presidente, quien me había llevado al frente de los ministerios del Interior y de Defensa Nacional, justamente persuadido de mi lealtad. Todo eso pesó en mi espíritu cuando tomé a mi vez la palabra y les dije: "Estoy muy complacido por los altos conceptos sobre mi persona, emitidos por el señor Comandante en Jefe, en nombre de tan distinguidos jefes del Ejército. Pero debo declinar tan alto cargo por parecerme que las cosas todavía pueden arreglarse. Hablaré con el Presidente para plantearle estas inquietudes".

         También había otro problema que debía resolverse: el de la incorporación de los partidos políticos a la gestión gubernativa. Los jefes habían formado ya un consenso sobre este asunto y sabían de la tenaz oposición de Morínigo centrada sobre todo en el Partido Liberal, hacia el que tenía una particular aversión. Además, no debía olvidarse que él había decretado su disolución.

         Volvió a insistirme el General Machuca para que aceptara el ofrecimiento, mientras hacían lo propio el jefe de Policía, Comandante Rogelio Benítez, y el Comandante de la Caballería, Mayor Enrique Jiménez. En particular el primero, quien me aseguró el firme apoyo del Partido Colorado a mis gestiones. Benítez me insistió repetidamente, pero me mantuve firme en mi posición de guardar lealtad al Presidente de la República. Entendí que no podía traicionar a quien me había dado muchas muestras de confianza y de amistad.

         Le dije a Machuca que comprendía perfectamente su animosidad contra Morínigo, puesto que éste no tuvo una actitud muy feliz al no solidarizarse con aquél en circunstancias difíciles. ¿Por qué tengo que ser yo, mi General? Si formo parte del gobierno, debo mantenerme solidario con él Presidente, además de no tener ninguna cuestión personal con él, Ud. es el hombre indicado para llegar a ese cargo le dije.

         Machuca tampoco aceptó el presidencial cargo. Adujo su origen franquista, que podría despertar inquinas y suspicacias. El único militar que aparecía en ese momento sin compromiso con divisa partidaria alguna, era yo. Así lo declaró Machuca y así lo confirmó en un reportaje que le hiciera el diario "ABC Color" muchos años después.

         Siguió la reunión. Los ánimos estaban más calmados. Era ya de madrugada y no se resolvió nada. Decidimos que yo sería el portavoz del grupo ante el Presidente de la República. Debía pedirle formalmente la constitución de un gobierno interpartidario. Y debía señalarle el descontento de los miembros de las Fuerzas Armadas por su falta de solidaridad con el Comandante en Jefe. Nos despedimos. Serían las cuatro de la madrugada del 12 de junio de 1946.

         A las seis me presenté en el Palacio de Gobierno para entrevistarme con el Presidente. Ya en su despacho, le relaté lo ocurrido esa madrugada y le transmití las opiniones que fueron emitidas en esa ocasión. Morínigo me replicó que se oponía terminantemente a llevar al gobierno a los partidos Liberal y Comunista. "Usted sabe Pampliega, cuál es mi posición con respecto a los primeros y con los segundos no le arriendo la ganancia", me dijo.

         Cuando insistí lo hice argumentando en el sentido de que él estaba obligado a compartir el gobierno con todos los sectores. Si gobernaba sólo con uno o dos, necesariamente los radiados plantearían problemas.

         "Señor Presidente -le dije- si se desea llegar a un gobierno con participación de partidos políticos, usted se encontraría al igual que un dependiente, en la necesidad de comerciar y vender a todos por igual. En este caso, la mercadería es la participación política, pero no menos deseada que un artículo de primera necesidad. Creo, mi General, que debe usted revisar su posición con respecto a liberales y comunistas".

         - "De ninguna manera. Si esto es un ultimátum, háganse cargo ustedes del gobierno y yo me retiro. Pero no voy a cambiar de parecer", fue su tajante respuesta.

         Al escuchar esto, comprendí que Morínigo no daría su consentimiento. Resolví darle mi total respaldo, aunque sin estar totalmente convencido. Formaba parte de su gabinete, y no cabía motivo por razón de autoridad, para disentir abruptamente, pese a manifestar mi punto de vista con insistencia. Finalmente, me dejó esta posibilidad:

         - Vamos a comenzar, Pampliega, con colorados y febreristas. Después veremos. ¿Qué le parece?

         - Sí señor, le respondí.

         Dimos por terminada la reunión. Como de costumbre, la conversación se desarrolló en forma cordial, como buenos amigos. Seguimos siéndolo hasta la fecha de su muerte.

         Creo que nos equivocamos entonces, con respecto a liberales y comunistas. Tal vez si se hubiese hecho ese gobierno de concordancia nacional, como el propuesto por las Fuerzas Armadas, para desembocar en una Constituyente, las cosas hubiesen sido distintas. No hubiese estallado la guerra civil de 1947, la pérdida de miles de valiosas vidas paraguayas y la emigración masiva de compatriotas que fueron a poblar la República Argentina.

         El caso de los comunistas es en realidad muy particular en el Paraguay. Nunca se pudo conocer su verdadero potencial en las urnas. Entiendo que deben tener oportunidad de participar en elecciones, para que sean derrotados democráticamente, como ocurre en otros países. Se trata de un problema de afirmación democrática y no de una cuestión policial. Al tomar responsabilidades políticas concretas, el Partido Comunista se verá automáticamente limitado y constreñido por las mismas leyes.

         Con los liberales era bastante distinto. El Presidente tenía, una cuestión personal. Pero cuando se trataba de hacer frente a problemas nacionales, tal vez no fue prudente dejarse llevar por los enconos personales. Se hubiesen evitado muchos males.

         El engendro comenzó a cobrar forma. Pronto fue formado el gobierno de coalición con colorados y febreristas, participación de las Fuerzas Armadas, en un papel moderador. Previamente, hubo crisis diversas, como la destitución del Ministro Ávila, quien se solidarizó con el coronel Benítez Vera.

         Además, hubo la reacción de los nuevos dueños de la situación. Muchos oficiales jóvenes perdieron su carrera por creérselos, real o supuestamente, involucrados con Benítez Vera. La traición verbal es algo siempre difícil de probar y en asuntos de esta naturaleza casi nunca se sabe qué es lo que pasó realmente. Además, el oficial subalterno no tiene mucha responsabilidad, ya que se limita a cumplir órdenes de sus superiores directos.

         En este caso se encontraba a mediados de 1946 un artillero a quien, por haber servido bajo mis órdenes, lo conocía bien: el mayor Alfredo Stroessner. Este se vio envuelto en el problema, por hallarse al frente, en esa época, en una gran unidad como era la Artillería. Una mañana muy temprano se presentó a mi domicilio; y aunque no acostumbraba recibir visitas de orden castrense en mi casa, accedí a recibirlo. Pasó a esperarme en la sala. Me tomó de sorpresa la noticia de que, el día anterior, lo habían removido de su cargo y colocado en su reemplazo al coronel Fulgencio Yegros. Era bastante grave la forma intempestiva de su remoción con presencia del propio Comandante en Jefe en Paraguarí, para poner en funciones al nuevo Comando.

         Me dijo Stroessner que entregó su cargo sin ninguna protesta de su parte. Pero que era su deseo saber cuál era la causa de su salida, así como de ejercer el derecho de la defensa en el supuesto de existir algún cargo concreto en contra suya. Por ese motivo, me pidió mi ayuda, encarecidamente.

         Le contesté que no se preocupara de ninguna manera. No debía cometerse una injusticia contra él puesto que no se había seguido el conducto normal: solicitud por escrito en mi despacho, cosa que no habla ocurrido. Le dije que me esperara para irnos juntos al Ministerio a dilucidar la cuestión.

         Al llegar a mi despacho, llamé por teléfono al General Machuca para informarme sobre lo que había ocurrido. Me dijo que se había realizado la solicitud correspondiente, cosa que comprobé en Secretaría posteriormente, pero al parecer había sido presentada a última hora del día anterior. Le signifiqué a Machuca que se trataba de un subordinado perteneciente a mi arma, aparte de ser de competencia del Ministerio de Defensa tomar cartas en el asunto.

         Me informó de la existencia de graves acusaciones contra Stroessner, provenientes del mayor Enrique Jiménez. Este sostenía que Stroessner había tenido participación casi directa en los movimientos del coronel Benítez Vera, durante su intento de recuperar el mando de su unidad.

         Le respondí que sería mejor si hablábamos en privado en mi despacho, esa misma mañana. Mientras tanto, le hice pasar a Stroessner para preguntarle qué grado de verdad existía con respecto a la acusación.

         - De ninguna manera, mi general, me dijo. Nada tengo que ver, y pido a usted por favor pruebas para comprobar mejor si tiene alguna duda.

         - Espere en la otra habitación -le contesté- mientras hablo con el general Machuca, que está por llegar. Tenga confianza que si tiene la conciencia tranquila, todo se arreglará.

         Era una encrucijada. Por un lado, un correcto jefe que se encontraba en problemas. Por el otro, un superior y para más un amigo, que ya había tomado una iniciativa. Sabía perfectamente que Machuca no tenía nada en contra del mayor en desgracia sino contra cualquiera que remotamente pudiera tener algo con Benítez Vera.

         Los cargos provenían del mayor Jiménez, otro subordinado leal, cuya actuación fue decisiva en los sucesos del 9 de junio. Tenía la obligación de ser consecuente con él. Además, se encontraba el coronel Yegros, quien ya había sido nombrado y puesto en posesión del cargo y quien también era un gran camarada y amigo, al que nada se podía objetar.

         Cosas como éstas ocurren con frecuencia. La consecuencia es que uno se encuentra ante la necesidad de tomar resoluciones no siempre bien recibidas. Es difícil dar satisfacción a todos por igual. Siempre suele suceder que una de las partes quede en desacuerdo.

         Creí en el mayor Stroessner y tomé la decisión de salvarlo de un retiro inmediato del Ejército. Cuando llegó Machuca, lo hice pasar a mi despacho. Traté de suavizar la situación y le invité a tomar una taza de café. Se sentó y no bien se acomodó le manifesté mi desacuerdo con el procedimiento empleado en la Artillería. Se habían dejado de lado los procedimientos obligados en estos casos y, además, yo pertenecía a esa arma.

         Me interrumpió para aclararme que había acusaciones concretas formuladas por el mayor Enrique Jiménez, quien sostenía que el mayor Stroessner había participado en las maniobras del coronel Benítez Vera. Le contesté que Jiménez debía presentarse a sostener esos cargos en mi despacho, para poder hacer las averiguaciones tendientes a aclarar los hechos. Sería muy injusto, le manifesté a Machuca, que se tomasen decisiones basadas en simples acusaciones verbales. El mayor Jiménez nunca concurrió a mi despacho.

         Le planteé a Machuca una salida elegante para el problema. Yegros iría al Ministerio de Defensa como Subsecretario de Estado y Stroessner volvería a la Artillería. Yo me encargaría de hablar con el Presidente de la República sobre esta cuestión.

         Morínigo ya se había informado de lo ocurrido y no puso reparos a la rehabilitación del mayor Stroessner. Machuca comprendió mis razones y me autorizó a obrar en consecuencia, pese a encontrarse en una posición enojosa con respecto al fracasado complot. Veinte años más tarde, aquél a quien hicimos justicia no tuvo idéntica consideración conmigo, cuando le tocó el turno de llegar al poder. Conste que los motivos surgidos entonces no revistieron la misma importancia que aquellos que le fueron atribuidos en los confusos días de junio de 1946. Ya estábamos alejados del Ejército y de la política.

         Parece ser un signo del mando la posibilidad de cometer errores e injusticias. Unas veces por falta de una información objetiva, a veces por omisiones involuntarias, otras, por apresuramiento. Muchas veces, por la presión interesada de terceros. Por eso, la obligación de todo gobernante es escuchar a las partes, informarse concienzudamente de lo que ocurre para tener una apreciación cabal de los hechos y poder actuar en consecuencia.

         Stroessner cayó en las mismas flaquezas de algunos gobernantes muy afectos a escuchar chismes de comadre. Al principio parece divertido, pero después, nubla el entendimiento. Es el mal que se apodera de los adulones para hacerlos levantar falsos testimonios. El hombre justo, por eso, debe siempre escuchar primero al acusado, antes de tomar una resolución.

         El motivo que me afectó personalmente fue una cena en casa del Dr. Quirno Codas Thompson antiguo amigo que con frecuencia me ha invitado a compartir su mesa. Ocurrió en 1967. Entre los once convidados se encontraban el coronel Rafael Franco, el Dr. Gustavo González, en ese momento Presidente del Partido Liberal Radical, el Dr. Juan Stefanich y el Dr. Ramón Jiménez Gaona.

         El dueño de casa era conocido por decir las cosas sin tapujos. Siempre se ha manifestado con sinceridad, lo cual le costó no pocos sinsabores por parte del actual gobierno. Es natural; todos los gobiernos no se resignan a tolerar críticas. El Dr. Codas es un conocido hombre de trabajo y, si no estamos de acuerdo con él respecto de sus ideas políticas, pues sencillamente hay que rebatirlas con altura.

         Me invitó pues a comer con Franco porque sabía que yo no tengo rencores con nadie, y conocía el mucho daño que este señor me ocasionó en su momento. Ya durante el gobierno de coalición, nos dimos una tregua, y con el tiempo volvimos a alternar como viejos camaradas.

         Transcurrió aquella comida dentro de un marco de sana cordialidad. No faltaron recuerdos de viejos tiempos y de todo lo que se imagina el lector puedan conversar viejos camaradas. Franco y González seguían actuando en política pero tanto el uno como el otro ya sólo aportaban sus figuras paternales a sus respectivas agrupaciones, como el último adiós, en el ocaso de sus vidas. Sus aspiraciones, para entonces, se habían esfumado. Pero todavía gustaban de dulcificar sus existencias con el incienso de sus allegados, quienes les hacían recordar antiguas opulencias. Sobre todo, Rafael Franco.

         Pero he aquí el epílogo de la recordada cena. Algún truhán, escalador de montañas, tejió un cuento tan inverosímil como estúpido. Según el febril adulador, los cuatro individuos en cuestión, habríamos tramado el derrocamiento del Presidente de la República, e incluso ¡su asesinato!.

         El arma del inútil, del último de la clase y del eterno portador del bonete de borrico, suele ser a veces terrible. A estas clases de especímenes humanos se le cierran todas las puertas por propia incapacidad y, no encuentran nada mejor que inventar historias truculentas con tal de encumbrarse y prestigiarse con su ocasional superior.

         De cosas parecidas cuento en mi archivo personal a montones. Imagínese el lector si diese crédito a tanta felonía. ¿Adónde iría a parar? Si no saco a luz hoy estos hechos es en primer lugar por no revestir ellas mayor interés y, en segundo lugar, por tener algo del pudor que no conservaron aquellos obscuros remitentes.

         Le molestó al Presidente Stroessner que yo asistiera a esa reunión; así me fue transmitido el mensaje por gente allegada. Codas fue confinado a un pueblo del interior poco después por ése y otros motivos que desconozco. Lo acompañó con gran entereza anímica el doctor Ramón Jiménez Gaona.

         Cuando me informaron de la postura del Presidente -con toda sinceridad- no di crédito, tan es así que poco después me dirigí al Palacio con el objeto de solicitar una audiencia. El motivo era regularizar la pensión del Tcnel. Atilio J. Benítez, el conocido héroe de Picuiba. Fue y no fue sorpresa para mí que no me recibiera. En otros tiempos siempre lo hizo, cuando los motivos que me llevaron hasta él en esas ocasiones fueron también siempre los mismos: regularizar las pensiones de nuestros camaradas de la guerra. Nunca pedí nada para mí pese a la insistencia por parte de él para concedérmelo. Fue servicial respecto a todo pedido que le presentara a la vista, eso sí. Regularizó la pensión de numerosos Jefes y oficiales e incluso a muchos de los que vinieron contra el partido de gobierno en la pasada revolución de 1947. Hay que dejar constancia, que en la década del 50 y 60 las heridas estaban todavía supurantes, lo cual prestigia más aún el gesto. A él fui, como fue junto a mí el general Schenoni. Me visitaba a mí o a Morínigo, para regularizar la situación de antiguos jefes schearistas de la pasada revolución de 1922, a quienes el propio Schenoni combatió en su momento. "Esos son derechos que ningún gobierno puede usurpar", me decía.

         En el caso mío, dicha gestión era más importante aún, por tratarse de gloriosos combatientes del Chaco. Lamento por Atilio J. Benítez que murió en la indigencia por ser imposible la equiparación de su sueldo al grado que ostentaba. Se trataba de un combatiente liberal. Atilio había abrazado esa agrupación cuando pasó a retiro y, como era de suponerse, un valiente como él, no iba a esquivar responsabilidad y no resolver luchar por la enseña elegida mucho antes del conflicto de 1947. -Tengo el sueldo de un cabo Amancio- me decía con frecuencia.

         Sin embargo, solía yo conseguir tales cosas con Stroessner. Por eso sentí la negativa. Pero la sorpresa no terminó allí. Poco después me fue suprimido él racionamiento de la Intendencia, que fue concedido a antiguos generales chaqueños.

         No necesito de ese racionamiento. Vivo de mi pensión. Subo a los ómnibus con el mismo talante de mi época de Ministro. Lo sabe mucha gente. Si alguna vez tuve un coche, fue a pedido del actual mandatario, quien me concedió generosamente una liberación y permiso allá por 1957. Sigo la ruta de mis antiguos maestros. Una vida austera a la que estoy acostumbrado.

 

 

 

 

CAPITULO IX

EL GOBIERNO DE COALICIÓN DE 1946

CON COLORADOS, FEBRERISTAS Y MILITARES

 

         El Presidente de la República, luego de los sucesos del 9 de junio, ya no fue el mismo. La nueva perspectiva política de traer al Gobierno a dos partidos comenzó a producir una metamorfosis en el primer magistrado. El ambiente no daba muestras de confianza en que las cosas iban a resultar como esperábamos algunos. En mi caso, no tenía mucha fe en él paso a darse. Volví a insistir al Presidente sobre la conveniencia de llevar también a comunistas y liberales, pero aquél ya había tomado una decisión y volvió a repetirme: "Vamos a comenzar con esto, Pampliega. En todo caso, estudie la posibilidad de levantarles la interdicción que pesa a esas agrupaciones y luego veremos".

         Los que formarían la coalición me manifestaron su deseo de tomar la decisión de declarar amplias libertades y que, por supuesto, el Partido Liberal sería liberado de la interdicción. Me pareció apropiado que el nuevo gobierno se hiciera cargo de la cuestión y no volví a tocar el tema. Como ya no estaría mi gestión muy comprometida políticamente tras dejar el Ministerio del Interior para ocupar la cartera de Defensa, entregué en manos de mi sucesor, el general Juan Rovira, la puesta en marcha de dicho plan. Pero no contábamos con la extraña personalidad del nuevo Ministro del Interior.

         ¿Quién se iba a ver en figurillas? El propio Jefe de Policía, Tcnel. Rogelio Benítez, pronto vino a visitarme, desesperado. Me informaba que Rovira le obligaba a leer obras tales como "El príncipe" de Maquiaveio y la "Política" de Platón. Los que conocimos de cerca a Rogelio sabíamos de sus limitaciones. Un hombre rudo, de acción, como él, no era el más apropiado para leer tales obras. Y el Ministro debía catalogar a sus colaboradores y no caer en estas niñerías. Pero resulta que éste tampoco conocía las mencionadas obras. Y se pasaba leyendo en su despacho cual estudiante a punto de ingresar al patíbulo examinador.

         Lo tranquilicé a Benítez y lo mandé de vuelta a la Policía, no sin antes prometerle que hablaría al respecto con Rovira. En eso estábamos cuando comenzó el gran estampido, desatado por las pasiones contenidas durante tanto tiempo. Asunción se volvió la ciudad de los oradores con epílogos no desprovistos de puñetazos y puntapiés. Fue suficiente para que Rovira renunciara, no sin antes recriminarnos de haberlo metido en tan tremendo huracán. "Soy soldado", decía, y este cargo no es para mí.

         El 14 de agosto había llegado un buque cargado de líderes liberales, que regresaban al país luego de una larga estada por el extranjero. Por supuesto, sus partidarios organizaron un gran recibimiento.

         Volvían amparados por el decreto del nuevo gobierno de levantarles la interdicción y la cosa daba para grandes festejos. La manifestación arrancaría desde los muelles hasta el Panteón de los Héroes. Todo hacía presagiar una fiesta con grandes muestras de espíritu cívico. Pero no, la intolerancia tenía que aflorar en alguna parte.

         De la masa inculta se espera cualquier cosa, pero cuando se trata de intelectuales, el asunto cambia. Y cuál no habrá sido mi sorpresa cuando me informé, desde el Ministerio de Defensa, que los que iban a echar a perder lo que hubiese podido ser una gran muestra de democracia, serian los flamantes miembros del nuevo gobierno. Febreristas y colorados organizaron un recibimiento de tinte criollo que iba desde gritar palabras soeces, hasta arrojar "apepú" en la cara de los manifestantes. El propio ministro Arnaldo Valdovinos, sin proponérselo fue acusado de capitán de la jornada, secundado por los colorados, según algunas denuncias. Había que liquidar a un posible competidor, a cualquier precio, para luego poder disputar la gran final. Pero no en elecciones limpias, sino con parecidos argumentos. El Ministro del Interior renunció. No duró un mes. A instancia del Presidente volví a ocupar dicha cartera sin perjuicio de la de Defensa.

         La policía procuró en lo posible no golpear a ningún civil. Se limitaba a observar a prudente distancia el triste espectáculo protagonizado por febreristas, colorados y liberarles. No se crea que estos últimos se quedaron atrás. Ya en la marcha se oyeron epítetos de subido color: febreristas de m..., colorados hijos de p….

         Pensemos por un momento que las cosas tienen que ser así, que no existe otro camino para una redención libertaria. Lo interesante sería saber hasta cuándo podemos aguantar algo así. Porque nadie desconoce que nuestra economía no es la norteamericana y que el pueblo paraguayo es temeroso de defender sus derechos. Si vandalismos comete, lo hace inducido por sus caudillos, pero en general no gusta de la violencia.

         La gente me preguntaba: "¿Pero cuándo se ha visto esto, ministro'".

         En realidad que nunca se había visto algo tan prolongado, (meses de libertad). Salíamos de una para entrar en otra y el pueblo trabajador estaba asustado. Algunos comercios no abrían sus puertas temiendo los saqueos. Porque entre "meeting" y "meeting" los amigos de la cosa ajena hacían su agosto.

         Mi presupuesto me impedía controlar a cabalidad tanta tropelía; ora en la plaza Italia, ora en la plaza Independencia, ora en cualquier esquina improvisada como cenáculo.

         La radio no paraba un instante de vociferar contra el gobierno.

 

DESPIDOS SECTARIOS

 

         Como si fuera poco el trabajo para poner orden en las diversas esferas políticas, nuestros flamantes compañeros comenzaron una campaña de despidos injustificados en sus respectivas carteras ministeriales. El funcionario colorado o febrerista debía quedar cesante a cualquier costo y, no había manera de hacer entrar en razón a los responsables.

         La Federación de Empleados Públicos reaccionó ante medidas tan injustas como arbitrarias y pidió la intervención de las Fuerzas Armadas. Fui designado por el Presidente para representar al Ejército en la cuestión, porque la presión ejercida en esferas castrenses se hacía notoria. Quien más, quien menos, tenía un pariente militar o con alguna influencia en el gobierno, y ésta era la oportunidad para probar la fuerza de los padrinos.

         El asunto no ofrecía dudas respecto a la ilegitimidad de la medida, por transgredir normas bien claras establecidas en el estatuto del funcionario público. Y en fecha 9 de diciembre de 1946 me aferré a ello emitiendo una resolución: "Desde la fecha, cesan los despidos de los funcionarios públicos por causas políticas, debiendo en adelante encuadrarse cualquier destitución dentro de lo que establece la Ley Nº 1506 denominada Estatuto del Funcionario Público".

         Esto significaba que la participación del Ejército, por mi intermedio, exigía que el procedimiento se encuadrara en las leyes vigentes, sin advertir que el sectarismo de febreristas y colorados ya había llegado a límites increíbles. Bastaba que un correligionario se acercara pidiendo trabajo, afirmando "che nico febrerista", o "che nico colorado", para que se armara la tremolina. El mismo postulante indicaba el puesto ambicionado por él, "fulano ndajaei colorado", o "fulano i colorado níco", sin echar mientes de dejar a una familia sin pan. ¿Cómo podemos pretender llegar a una democracia colectiva, si individualmente somos incapaces de respetar al semejante por su sola condición de vestir diferente casaca? Cambiar una mentalidad atrabiliaria con alta dosis de sectarismo metida hasta los tuétanos es, a mi parecer, tarea difícil. Nuestra intolerancia nos viene de época inmemorial, y sólo una mano dura es capaz de encauzarnos por mejores rutas. Toda Constitución es letra muerta en nuestras manos. Así lo entendieron Francia, los López, el propio Estigarribia y todos los que gobernamos con una simple carta política de corte dictatorial. La supuesta época democrática, bajo el amparo de la liberal Constitución de 1870, fueron tiempos de asesinatos políticos, de golpes de Estado, de revoluciones campales y de iniquidades sin cuento, que la mente más febril pueda imaginar. Se dirá, que las libertades hay que ganarlas, y que lo mencionado fue parte del precio pagado. Pero, entonces, ¿cómo explican el retroceso de 1940?

         Estas digresiones las medité en 1946. No podía creer que gente preciada de cristiana avalara un procedimiento tan inicuo. Me decían los ministros febreristas y colorados; "nuestros correligionarios nos exigen, y no podemos dar muestras de debilidad".

         La eterna historia, repetida invariablemente. Si el ministro no se determinaba echando a puntapiés al opositor, no iban a decir que este señor es respetuoso de la ley. Por el contrario, afirmaran "ndo mandai voi" (no manda nada), con lo cual se tiene el verdadero cuadro de la situación. En cierto modo comprendí a colorados y febreristas, procurando zanjar tan delicada cuestión de la mejor manera posible.

         Resolví enviar a los despedidos en las carteras ministeriales ocupadas por sus partidarios, colorados con colorados, y viceversa, como única vía posible para terminar con el enojoso pleito.

 

CASTIGO PARA LAS COMUNISTAS

 

         Poco antes, en setiembre de 1946, se desató una campaña de infamias dirigidas al gobierno y proveniente del Partido Comunista paraguayo. Fui el único Ministro del Interior que les dio buena acogida, pero nunca me pagaron con buena moneda. No lo digo a manera de reproche porque considero que estaban en su papel, correspondiente con el tambaleante tinglado del momento. Sino que habían traspasado los límites de la cordura. En cierto modo, algo influyó en mí ese "¿cuándo se ha visto algo así Ministro?" ¿Y cómo se iba a ver si era la primera vez que se daban amplias libertades a la ciudadanía toda? Esa terrible interrogación, o admiración despectiva, refleja lo que somos, y puede servir de punto de partida para los estudiosos que buscan redimirnos investigando alguna panacea, a modo de solución a nuestras limitaciones de carácter político.

         En vista de no encontrar otra salida que dar un escarmiento a los de la hoz y el martillo, resolví visitar al Presidente de la República un 24 de setiembre de ese año. Me recibió con cara de poco amigo respecto a mi tolerancia con los marxistas-leninistas, los cuales ya agitaban la ciudad con virulencia. Decían que el Presidente era un monigote en manos de febreristas y colorados, sin omitir epítetos de mayor calibre contra el Ministro del Interior, a quien tildaban de incapaz e irresoluto. Los hermanos Barthe, Oscar Creydt y la comparsa de vociferantes comunistas, por poco no copan la ciudad entre el 10 y el 25 de setiembre de 1946, ante la perplejidad de todo el pueblo paraguayo. Consignas como "salir a matar por las calles" o "revelarse contra el orden constituido", eran el pan de cada día. Pese a ello, me resistía a tomar medidas, porque era cosa sabida mi parecer respecto al comunismo. Siempre sostuve, y sigo sosteniendo hasta la fecha, como ya lo dije, que a los rojos hay que tenerlos siempre a la vista, sin dejar de proporcionarles amplias garantías para que se muevan bien tranquilos, porque de lo contrario, son muy peligrosos en la clandestinidad, lugar donde se sienten como peces en el agua. Así lo han comprendido gobernantes con más luces que poder, que han propiciado su participación en elecciones libres. Los rotundos fracasos en cada ocasión de presentarse al sometimiento de la decisión popular nos da la pauta que no cuentan con caudal electoral alguno, con la única excepción de la Chile de Allende. Esa vez llegó, el P.C. a duras penas, a obtener un trabajoso 27% para sólo lograr ser elegido en un colegio electoral con la colaboración de la Democracia Cristiana. En los demás lugares nunca pasaron del quince por ciento.

         Como quien dice, las papas quemaban cuando me entrevisté con Morínigo. Pero lo más gracioso fue cómo el Presidente me saludó al entrar: "Pero, ¿cuándo se ha visto lo que está pasando, Amancio? "Le contesté que era la consecuencia del libre juego de la democracia de la que nosotros fuimos sus artífices". "Si, pero se llegó al colmo, Amancio". No le refuté que habíamos llegado al colmo, pero le advertí que yo no apresaría a sus cabecillas ni tampoco cancelaría sus garantías. "Sería, le dije, desvirtuar un logro largamente anhelado por todas los partidos políticos, porque esperanza siempre hay, de que aprendamos a convivir los paraguayos".

         Al Presidente no le gustaron mis afirmaciones y creo que desde aquí comenzó a alejarse de mí. Es que en el Paraguay el asunto comunista es un "Cuco" tan grande, y más aún para el gobernante. Son conocidos los "slogan" fabricados por dictadores para perpetuarse en el poder, quienes encuentran en el comunismo al caballito de batalla preferido. En Latinoamérica saben muy bien los mandones, que los Estados Unidos ven con buenos ojos a todo aquel que manifiesta ser el Cid Campeador contra el comunismo internacional. A esos se los colma de dólares, aun a costa del pueblo, quien es en definitiva el pagador de la tremenda deuda que queda. Y eso es algo que se ve en la actualidad. No creo que Morínigo usara esos propósitos. Hay que tener en cuenta que en esa época había finalizado la segunda guerra mundial, con sus secuelas de luto y dolor. Y el dinero del "Plan Marshal" iba a ser empleado para la reconstrucción de Europa. Los comunistas del Paraguay habían cometido un grave error al ir al ataque personal con palabras soeces. Al fin y al cabo, eran paraguayos y no podían sustraerse al estilo criollo. Como tenían el Sanbenito sobre las espaldas, las posibilidades de ser sancionados fueron mayores. Nada más.

         Luego de un tire y afloje con el Presidente, logré que se les sancionara por un término fijo de un mes, pero no más.

         He aquí el texto del comunicado emitido por mí, respecto a la medida tomada

 

         Considerando,

         Que es propósito decidido y fundamental del gobierno restablecer la normalidad institucional bajo el sistema democrático, para lo cual es indispensable crear y afirmar la convivencia pacífica de todos los ciudadanos y partidos políticos;

         Que, respondiendo a este propósito, el actual gobierno otorgó al Partido Comunista -no obstante ser un partido no permitido por las leyes vigentes- todas las libertades públicas reconocidas en los demás partidos y ciudadanos;

         Que, el Partido Comunista, desconociendo el deber cívico que la hora impone, no ha colaborado como oposición legítima al esfuerzo en que se hallan empeñados el gobierno y los partidos democráticos, obstruyendo el programa nacional de pacificación de los espíritus y de normalización institucional, con una intensa campaña de subversión, con incitaciones concretas y reiteradas en todos los tonos y en todas las formas, a la rebelión de las masas populares y de las Fuerzas Armadas de la Nación, llegando a lanzar agravios injuriantes a las instituciones públicas;

         Que es esencial para el éxito de la obra de reestructuración institucional la sensatez de las agrupaciones políticas y, el respeto a las personas, a las leyes y a las instituciones;

         Por tanto,

El Ministro del Interior y Justicia

COMUNICA:

         La siguiente Resolución adoptada por el Gobierno:

         1°. Quedan suspendidas por el término de treinta días a contar de la fecha de este comunicado, todas las actividades públicas que pudiera realizar el Partido Comunista y que fueron de hecho otorgadas a los dirigentes e integrantes de dicho partido, no obstante pesar sobre el mismo interdicciones legales vigentes que no fueron derogadas.

         2°. Esta suspensión comprende toda clase o forma de actividad pública desarrollada por cualquier medio, que contraríe los propósitos expuestos en este comunicado.

         3°. Las autoridades políticas de toda la República encargadas del orden público y de la seguridad general, adoptarán las medidas necesarias conforme a las leyes para el estricto cumplimiento de esta resolución del Gobierno Nacional.

 

         Asunción, 25 de setiembre de 1946.

         (Firmado) Amancio Pampliega

         Ministro

 

         Dos días después se presentó a mi despacho el secretario del Partido Comunista, Augusto Cañete, con cara compungida y haciendo protestas de acatamiento a la resolución adoptada, no sin antes manifestar su desacuerdo. Afirmaba Cañete que ellos eran los primeros en apoyar al gobierno de coalición porque creían que ello traería la normalización institucional que el país tanto precisaba. Para él era fundamental, por ser el único camino para arribar a una Convención Nacional Constituyente.

         "Pero Cañete, le dije, comparto plenamente con Ud. esos conceptos". Y acto seguido le invité con una taza de cocido. Ya más cómodo, me manifestó no ser ellos subversivos, y que por el contrario, se orientaban por los nobles caminos de la paz y la comprensión de todos los paraguayos de bien.

         "Entonces, Ud. cree que existen paraguayos de mal", le contesté. La estocada era con relación a mi persona, pero Cañete no me dejó terminar. "No, Ministro, el partido sabe que Ud. tiene un gran espíritu democrático y siempre ayudó al Partido Comunista".

         Le puse de resalto que mucho trabajo me costó hacerlos actuar, pese a la oposición del Presidente de la República, sin descontar a varios miembros del Ejército que no querían saber nada del Partido Comunista.

         Cañete, hombre dotado de una gran persuasión, me observaba atentamente, y sabía muy bien que su libreta estaba llena de aplazos y procuraba volver a ganar mi confianza. Me recordó que el Partido Comunista paraguayo debía apuntar con intransigente energía, los obstáculos que obstruyen el proceso normalizador y, en este sentido, no podía dejar de atacar con invariable firmeza todo aquello que constituyera una amenaza contra los objetivos transcendentales de la colectividad nacional.

         En verdad, existía esa posibilidad, pero la malo era la personalización del ataque. Y en esto caemos todos los paraguayos aunque el debate trate de temas deportivos. Me quería hacer creer que las palabras altisonantes provenían de algún dirigente sindical, sin la cultura y preparación necesaria para hacer política. Como si sólo los cultos pueden aspirar a ocupar altos cargos o a colaborar con los gobiernos. Un hombre equilibrado, mesurado y objetivo, aunque ignore muchas cosas, puede ser un gran político. El trabajo de gabinete es cosa distinta. Ahí si se requiere preparación. En cambio el carisma es lo importante en los hombres que gobiernan las masas y no los insultos personales.

         Reconoció Cañete estas consideraciones y me prometió que no se volverían a repetir los desmanes. En vista de lo cual les permití publicara nuevamente su diario, además de las reuniones partidarias en local cerrado. Esto último, con el único requisito de avisar a la policía con 24 horas de anticipación.

         Cuando nos despedimos, lo vi salir muy satisfecho de la reunión, de cuyos resultados informó a la prensa que lo aguardaba en la Plaza Constitución. De él guardo un buen recuerdo, no sólo por los sacrificios a que llegó en defensa de sus ideales, sino por sus condiciones personales de paraguayo austero.

         Si me expreso así es porque no temo ni temí nunca a los comunistas. Para mí, mucho más combativos y peligrosos son los colorados, febreristas y liberales, a quienes los hijos de Lenin no podrán vencer nunca, si es que en aquellos vemos nuestra defensa, respecto al sistema occidental de vida, de todo el pueblo paraguayo. No comparto las ideas comunistas y, así se lo manifesté en reiteradas ocasiones a Cañete, pero las toleraba porque siempre pensé que las ideas se combaten con ideas.

         Si cometí excesos en el ejercicio del poder fue para lograr la pacificación del pueblo paraguayo, y sea éste el momento para ofrecer mi arrepentimiento sincero. No creo haber dañado a nadie. Mi Norte fue siempre llegar al poder constituyente entre todos los paraguayos. Y aunque no logré mi cometido, por lo menos se podrá apreciar la afanosa lucha por conseguirlo, en medio de volcanes de odios y rencores, de traiciones y desconfianzas, que imposibilitaron tan anhelada concreción. Fue la coalición la carga más pesada para mí. Ya no se trataba de un gobierno militar con tregua política, donde el problema principal era tener quieto el Ejército. Y conste que problemas caseros no fueron nunca tan complejos como para desubicarnos al extremo de no saber en dónde estamos sentados; en un gabinete o en un volcán en erupción. Los seis meses de duración de la coalición fueron los más tremendos en acontecimientos, y puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que durante su transcurso adquirí el 99% de mi experiencia política.

         Cuando se repartieron las carteras, elegí la de Defensa Nacional, como única salida para esquivar un bulto que veía venir. Las circunstancias quisieron que me encontrara nuevamente al frente del Ministerio más difícil y delicado, por renuncia de Rovira. Fue imposible para el Presidente lograr que aceptara el General Francisco Andino, tamaña responsabilidad. Porque él fue visto para el cargo. Entonces Morínigo me pidió que volviera a ocuparlo. "Va a ocupar las dos carteras, Amancio, no hay otra salida", me dijo: Me negué rotundamente, no sin antes recordarle que él prometió sacarme de la esfera política, en mérito a mi actuación de pacificación en el Ejército durante casi cinco años. Me solicitó el Presidente aceptar el cargo en forma interina, hasta tanto él encontrara un candidato apropiado. "Es sólo por unos días, Amancio", me dijo.

         Pero la realidad fue otra, porque el interinato se convirtió en una titularidad de hecho, que llegó hasta el final de la aventura, con la consecuencia fatal para mi futuro en las Fuerzas Armadas.

 

EL IRASCIBLE DON RAFAEL

 

         Cuando el coronel Rafael Franco volvió al Paraguay en 1946, lo hizo amparado por la seguridad que le dio nuestro gobierno respecto a las intenciones de arribar a una apertura política. Y como para refrendar aún más dicha resolución, el Presidente envió a su secretario privado, Dr. Martínez, con una carta personal, en la que deseaba a Franco feliz estada en el país.

         El portador de la misiva comentó con posterioridad que Franco ni siquiera miró la presidencial correspondencia y sólo atinó despectivamente a entregarla a uno de sus ayudantes. Ser cortés con el Jefe del Estado nada hubiera costado y, por el contrario, hubiera demostrado una mayor amplitud de espíritu en vista que las reglas del juego habían cambiado. Pero no, había que mantenerse duro e intransigente, como si dicho proceder fuera la mejor actitud para un acercamiento con el gobierno. Y la gran multitud de partidarios, congregada en el puerto para recibirlo, avalaba tal vez en su fuero íntimo dicha intransigente posición.

         Como casi la generalidad de los militares de la época, Franco fue un hombre austero, honrado como gobernante y valiente como guerrero, pero fue una nulidad total en política. Mientras los colorados manejaban el acercamiento como la mejor política de capitalización, él edificaba su plataforma con la idea que el febrerismo era la única fuerza del momento, digna de consideración.

         Mientras se formaba el gabinete, él digitó a los correligionarios que formaban parte e incluso, para contentarlo, le dimos una cartera ministerial más que a los colorados. Con justa razón éstos protestaron. Pero el problema era difícil de resolver porque los cargos a repartir daban número impar.

         Franco quería cuatro ministros febreristas o nada. Al final recomendé al Presidente fusionar el Ministerio de Industria y Comercio con el de Agricultura y Ganadería para quedar tres a tres, en tanto Defensa e Interior estaban reservados para las Fuerzas Armadas.

         De mala gana aceptó el coronel la fusión y, más aún cuando los colorados exigieron la Intendencia Municipal en compensación por la cartera de más, simplemente camuflada.

         Entre Natalicio González y Rafael Franco no sabría con cuál quedarme. El primero de los nombrados era como esos perros obstinados que por más que se los tire lejos, en algún yuyal perdido, siempre regresan moviendo la cola en el mismo lugar. Lo veía hasta en la sopa y no lo podía eludir puesto que él ya era ministro con anterioridad a la coalición y, por tanto, mi compañero de gabinete. Siempre con la misma cantinela: "el partido no acepta tener una cartera menos que los febreristas; queremos la intendencia", era su slogan.

         El otro (Franco), en cambio, enviaba emisarios que dulcificaban los pedidos de su altanero jefe. Por eso mucha gracia me causaba cuando me decían, "El coronel le ruega estudiar su pedido", o cosa parecida, como si a alguien había de rogar el héroe del Carmen.

         La humildad del que no está cargado de epopeya, por saberse desprovisto del plumaje del pavo real, a la larga se impone y consigue grandes resultados. Era él caso de González.

 

EL GABINETE ROJI-VERDE

 

         Al final, se llegó al siguiente Gabinete:

 

Relac. Exteriores: Dr. Miguel Ángel Soler (Febrerista)

Hacienda: Don Natalicio González  (Colorado)

Educación: Don Guillermo Enciso Velloso  (Colorado)

Obras Públicas: Don Federico Chaves (Colorado)

Salud Pública: Dr. José Soljansic (Febrerista)

Agricultura y Ganadería e Industria y Comercio: Dr. Arnaldo Valdovinos (Febrerista)

Defensa Nacional: Gral. Amancio Pampliega

Interior y Justicia: Gral. Juan Rovira

Intendente Municipal: Dr. Mario Mallorquín (Colorado)

 

         Este equipo, mal que bien, surgió en julio de 1946. Como decía Morínigo, con algo comenzamos. Aunque no quiera tocar de nuevo el asunto de los despidos, en verdad comenzamos mal. Y uno de los responsables fue el Dr. José Soljansic, que ni bien se hizo cargo despachó a todo el personal colorado e independiente. Le contestó inmediatamente el Dr. Mallorquín desde la Municipalidad. Así comenzó este problema que mucho costó solucionar.

         No puedo dejar de mencionar que los nombrados ministros no dejaban de ser funcionarios eficaces en sus respectivos cargos. A algunos de ellos los recordé en capítulos anteriores. Aun que la carátula partidista los limitaba sobremanera, se puede decir que cumplieron un buen papel.

 

LOS COLORADOS GANAN TERRENO

 

         Los colorados se habían unificado luego de los sucesos del 23 de octubre de 1931. "Abstencionistas" e "infiltristas" desde entonces se encontraban tirando, en 1946 el mismo carro. No obstante, se mantenían solapadas pujas internas que aflorarían más tarde, en los anárquicos años posteriores a la guerra civil.

         Natalicio González se erigió en la panacea del coloradismo. Además, se auto tituló artífice del gobierno de coalición y, por tanto, autor de la línea política que llevó al coloradismo al dominio completo del poder. Sin embargo, Federico Chaves lo denominaba con el apelativo de "simple poeta", no carente de un dejo despectivo. Pero rechazaba enérgicamente otorgarle el carácter de "político" al controvertido González.

         Pese a todo, González pudo aglutinar un movimiento importante de renovación colorada bajo su liderazgo. Logró hacerse fuerte para no quedar de lado ante la inminente distribución de las carteras. Fue tolerado, no sin cierta disimulada resistencia, de parte de los jefes de su partido. Pero gozaba de nuestra confianza, lo cual también pesó en el momento de las decisiones.

         Parece que, al aproximarse al poder, muchos se sienten predestinados y menosprecian la capacidad de sus posibles rivales. Surgen los apelativos de borrachín, irresoluto, timorato, haragán, comunistoide, etc., como por encanto; por obra del deseo de escalar posiciones aunque sea a costa de la calumnia. El más pequeño defecto de la personalidad del otro es agrandado hasta adquirir el tamaño de una montaña, para descalificar moralmente a un hombre.

         No obstante, pese a los antagonismos, los colorados supieron mantenerse más unidos ante la posibilidad de ascender al poder e hicieron lo posible por contemporizar con el gobierno del general Morínigo.

         A mí me trabajaban por medio del Jefe de Policía, el ya citado Tcnel. Rogelio Benítez con quien me unía cierta amistad. Ya en ocasión de los sucesos del 9 de junio, Rogelio me planteó el total apoyo del partido en caso de tomar a mi cargo la Presidencia de la República. Natalicio la misma cosa. Se comunicaban permanentemente con Mario Ferrario, mi secretario de asuntos confidenciales. "¿Cómo no se da cuenta, mi general, que el partido está a sus órdenes?", me decía Mario. "¿A las órdenes para qué?, le contestaba. Seguramente pensaban que yo, Ministro de Defensa, e Interior, gozaba de la confianza de varios miembros importantes en el Ejército. "Este debe ser nuestro hombre para llegar al poder, porque el general Morínigo está totalmente desgastado. Debemos convencerlo para hacer gobierno con él", se habían dicho.

         Don Federico solía hacer visitas a la casa de mi cuñado, el arquitecto Américo Bergonzi, y en alguna ocasión nos encontrábamos. Mi cuñado me informaba que Chaves le decía: "Nosotros lo queremos a Amancio; sería muy oportuno que Ud. le repita mis palabras".

         Por mi parte, la simpatía era mutua, no solamente porque mis hermanos o parientes, como tío Ángel, eran afectos a esa enseña, sino porque creía más en esos hombres. No hay que olvidar mi participación en las revoluciones liberales, de quienes estaba desilusionado con las excepciones honrosas ya mencionadas en otra obra. Y mucha gente pensaba igual. Hay que colocar la disyuntiva en su tiempo, año 1946 para hacer estas consideraciones. Los liberales y febreristas estaban gastados. El pueblo quería sangre nueva y, prueba de ello, fue la masiva afiliación colorada en dicho año. Se iba a llevar a cabo el plan previsto de arribar a una Convención Nacional Constituyente para elaborar una nueva Constitución. A partir de allí se celebrarían elecciones y, nadie dudaba, que los colorados ganarían. Esto lo puede atestiguar cualquiera que vivió aquellos indecisos días.

         Como militar de escuela, era y sigo siendo apolítico en cuerpo y alma, pero aquellos caudillos colorados no supieron o no quisieron comprenderme. Aunque afinidad existía, me hubiera sido imposible corresponderles con lo que me pedían: llevarlos al poder. Al parecer no estaban convencidos de llegar por la vía legal, o estaban acostumbrados a la política criolla del poncho y el cuchillo. En cierto modo, ¿cómo podía asegurarse que las elecciones libres se llevarían finalmente a cabo en un país donde nunca se produjo una en 120 años? Sin embargo, algunas muestras existían de nuestra parte de llevar a feliz término el advenimiento de la democracia sin cortapisas. ¿O acaso el reconocimiento tácito de los comunistas no era suficiente muestra que nosotros cumplíamos nuestro compromiso? Bien está en ser incrédulo cuando nada hace presumir que una cosa va a ocurrir, pero este no era nuestro caso. Por eso afirmo, categóricamente, que lo que vino después no lo merecíamos quienes tanto trabajamos por la concordia nacional. A su turno señalaré a los responsables directos de la matanza de muchos paraguayos inocentes.

         Con los febreristas ocurría por su parte, lo que era de esperarse. Sabían de antemano que en una Convención estaban muertos y sepultados. Por eso su mejor argumento era el incidente dilatorio que le permitiera de algún modo volcar ese gran electorado escéptico, a su favor. Así se explica la campaña de Franco por el interior del país, y los choques frecuentes con caudillos colorados y liberales. Los partidos pequeños, en una coalición, son los peores aliados o copartícipes de algo que saben inalcanzable para sus aspiraciones.

         Los partidos tradicionales, en cambio, lo iban a engullir y había que encontrar alguna salida heroica. Como los incidentes se sucedían vertiginosamente en la campaña, optaron por acusar a los colorados de asesinos. Lluvias de telegramas provenientes de las Delegaciones de Gobierno me informaban de los choques entre febreristas y colorados. Al otro día la prensa se hacía eco de dichas acusaciones, con grandes titulares; esto creaba un desconcierto sin cuento al gobierno y en especial al Ejército.

 

EL TEMOR A PERDER EL PODER

 

         Al parecer no se encontraba una salida y al llegar a diciembre de 1946, la cosa se tornó insostenible. Allí me di cuenta que el presidente y yo nos encontrábamos cada vez más distanciados sin llegar a una enemistad ni mucho menos. Pero algo se había trasmutado en él respecto a su convicción apolítica. Por ese entonces me informaba mi servicio de inteligencia que al presidente lo visitaban asiduamente el conocido colorado Víctor Morínigo, en compañía del inefable Natalicio. Y aquél no sólo centraba sus incursiones en la casa del Presidente de la República. También lo frecuentaba el flamante hombre fuerte de Campo Grande, mayor Enrique Jiménez, fue bien elegido, y muy pronto iba a dar sus preciados frutos. Lo lastimoso para él sería el epílogo infeliz que terminaría con su carrera. En Rogelio Benítez no había necesidad de ejercer presión. El fue siempre un colorado con todas las barbas. Amaba su enseña y por ella era capaz de dar la vida. Siempre se mantuvo leal a mí, y cuando se produjo mi renuncia, vino a ponerse a mis órdenes por si alguien quisiera molestarme. Con su gesto demostró ser un hombre agradecido de la confianza depositada en él. A Rogelio siempre lo recordaré con cariño.

         Por esos días inciertos aún abrigaba yo la esperanza de que las cosas retornarían por los cauces normales. Pero al fin de cuentas, la tarea de llegar a una Constituyente, en un país donde la política se practicaba a los ponchazos, no iba ser tarea fácil. No era el caso de amilanarse y, en esa tesitura, me mantuve firme. Pero no me percaté de las angustias del Presidente de la República ante la insistencia de desembocar en la convocatoria de tan magna asamblea.

         Morínigo me llamó al Palacio un día y me preguntó qué pasaría en el momento de convocarse la asamblea. Le respondí, claramente, que en ese preciso instante, dicho ente pasaba a constituir la autoridad máxima de la República y, que su primera medida sería nombrar nuevo Presidente de la República o confirmar al que estaba en el ejercicio del Ejecutivo. Noté claramente en su rostro que el negocio no le gustaba. Los dulces sabores del mando habían hecho mella en él. Al fin y al cabo era humano, y sus flaquezas tenía. Y no estaba dispuesto a ser despachado por una asamblea de notables señores. Le recalqué que era muy posible que lo confirmaran a él, por ser lo más acertado para la propia seguridad de la Constituyente. Al mismo tiempo, le manifesté que su nombre pasaría a la historia como el único gobernante que devuelve el poder a su legítimo propietario: el pueblo paraguayo. Les taparía la boca a quienes lo tildaron de dictador en su momento y demostraría al mundo que el Paraguay sería un ejemplo de civismo. "Ud., Presidente, le dije, está ante una encrucijada en la historia. No se arrepentirá jamás del paso que ahora va a dar".

         Pero el hombre no me escuchó, aunque al principio me pareció que así lo hizo. Recién después de su estrepitosa caída reconoció sinceramente que conmigo no obró como debía. Y no solamente me lo comentó a mí; también así lo declaró al joven y dinámico historiador Alfredo Seiferheld, en su casa de Buenos Aires. Sé que me hubiera sabido comprender Higinio Morínigo por esta pública acusación, pero al fin de cuentas errores se cometen en la vida. Lastimosamente, el suyo fue de muy grueso calibre y mucho daño ocasionó al país.

         No me explico cómo el Presidente no siguió mi sano consejo y no interpretó en su debido momento al hombre que renunció a ser Presidente de la República a costa de una traición a su persona. Fui su sostén más importante durante gran parte del vapuleado año 1946 y en todo momento le demostré una lealtad sin condiciones. Si hubiese querido tumbarlo, bastaba un golpe de teléfono a los jefes de las grandes unidades, sin descontar al Comandante en Jefe, general Vicente Machuca, quien hasta su muerte me recriminó mi actitud. ¿Quiénes entonces fueron los que lograron doblegar la voluntad del presidente hasta impedirle ver más allá de sus narices? No podían ser otros que Víctor Morínigo y Natalicio González; y conste que el primero no era pariente del Presidente por si se quiere buscar explicación por ese lado. Aunque el procedimiento empleado por ellos era solapado y artero, no se puede negar que ganaron la batalla para su enseña. La vía rápida fue, para estos demócratas de papel, más interesante que aguardar la decisión de las urnas. Al final terminaron como lo que eran: hombres dotados sólo para organizar revueltas, entre gallos y medianoche.

         Y muy pronto sus propios correligionarios los abandonaron por ser gente peligrosa. Sus estrellas se apagaron en un par de años después de la revolución de 1947.

         Los amigos de ensartar los ponchos siempre terminan así. Nunca los papanatas prestos a estas traiciones triunfan en política, justamente por las mismas razones que los llevaron al poder. Y si no hicieron su trabajo con maldad, no pasan de ser los románticos de la primera hora. La misma cosa les ocurrió a los liberales cívicos en 1904 y la historia se iba a repetir con ellos. Los que triunfan son siempre los mismos, es decir, los aparecidos después, como el caso de Tomás Romero Pereira y muchos otros como él. A éstos nunca los vi en aquellos álgidos días que precedieron a la toma del poder por la Asociación Nacional Republicana.

 

INTRANSIGENCIA FEBRERISTA Y EXPECTATIVA LIBERAL

 

         Ya cuando expiraba el año 1946, se presentó a mi oficina un mensajero de Rafael Franco. Me manifestaba por medio de su estafeta, su deseo de entrevistarse conmigo, pero no en mi despacho. Le contesté que no existía ningún impedimento y que lo esperaría en mi domicilio particular a las siete de la tarde de ese mismo día.

         Se presentó Franco a la hora convenida. Lo hice pasar a mi escritorio para enfrascarnos en una conversación que presumía sería jugosa. Me di cuenta que trataba de buscar una solución a la insostenible situación del gobierno de coalición. "Ud. pues es el que manda ahora, Pampliega", me dijo. "E mombó catú febrerista ha colorado ha emoi shupé gabinete militar". "Pero coronel, ¿será posible que Ud. me pida eso"?, le respondí. "Sí, porque todos hemos fracasado", me respondió. ."Llamen Uds. a la Constituyente", añadió.

         No me pareció mala la idea. Entonces le planteé si él estaría de acuerdo en almorzar a la mañana siguiente con Morínigo, Machuca y yo en mi propia casa. Se negó rotundamente. Me dijo que no lo podía ver a Morínigo y que su sola presencia le iba a producir un gran malestar y, que yo nomás arreglara la cuestión. Le recordé que él era antes que nada un político profesional y que olvidara su rango militar. Mezclar una cosa con la otra no era lo más conveniente para encontrar un arreglo. En su calidad de jefe de una agrupación, Franco era ya una figura política.

         Pero lo gracioso era que cuando le convenía ser militar, se colocaba en ese papel, y viceversa como febrerisía. Continuaba con su mismo estilo de cambios intempestivos. De repente opinaba bien de alguien y después resultaba que el fulano en cuestión era un perfecto fantoche. Y cuando uno le recordaba sus primeras afirmaciones, optaba por hacerse el desentendido. Allí me di cuenta que con Franco a nada se podía llegar, no sólo por su postura tan poco política sino porque todo en él denotaba una gran inestabilidad emocional. Creo que ni él mismo sabía lo que quería.

 

 

LIBERALES DESPISTADOS

 

         Y llegamos a enero de 1947, año de grandes sorpresas para todos los paraguayos. El día 10 presentaron renuncia los miembros febreristas del gabinete. Estoy casi seguro que se impuso aquella postura de Franco, sostenida en mi domicilio. Como yo no le resolví lo que él pretendía, la salida de febreristas y colorados, tomaba la iniciativa a manera de forzar la situación.

         Los liberales se mantuvieron a la expectativa, sin acercarse a las esferas del gobierno. Nunca mantuve una conversación con sus caudillos, promovida por iniciativa de ellos. Se les había levantado la interdicción con la formación de la coalición, medida muy justa puesto que ella, había sido fraguada por un grupo de "tiempistas" allegados a Morínigo. Me refiero a Carlos Andrada y a Luis A. Argaña, quienes, como dije, aseguraron al Presidente que los liberales buscaron alianzas con los bolivianos para derrocar a Rafael Franco. Y eso se supo después; no fue más que un embuste premeditado, con el fin de hundir a los liberales aún más de lo que estaban en el concepto del primer magistrado. En abril de 1942 se había dictado el decreto de disolución de esa nucleación política y lo firmó el coronel Luis Santiviago, como Ministro del Interior. Sin embargo, todavía hoy -repito- existen liberales despistados que creen que el general Pampliega los liquidó. Basta mirar al pie de dicho documento para comprobarlo.

         Puedo si afirmar que a mi instancia se les devolvió la personería en 1946. Dirigidos en esa época por José P. Guggiari, se mantenían rígidos en sus principios de no entrar en componendas con militares.

         Estaban animados del noble propósito de llegar al poder por las vías normales y pensaban que el único camino que les conduciría a la victoria era llegar a una Convención. Como tenían confianza en su electorado, procuraban andarse quietos y no incidentar mucho. Ya no eran los liberales cuarentistas, los de los arrebatos golpistas. Se trataba de hombres conducidos por una voluntad aferrada a los más sólidos principios liberales. A José P. Guggiari, repito, se lo podrá acusar de flojo e irresoluto, pero nunca de antidemocrático.

         Los colorados también confiaban en la fuerza electoral de que disponían. Tal era el caso de aquellos líderes como Juan León Mallorquín, Federico Chaves y Ángel Florentín Peña. Ellos estaban convencidos que el Partido Colorado ganaría por amplia mayoría. Pero algunos tábanos deseosos de usurparles sus legítimos derechos partidarios, buscaron la vía golpista con el único propósito de hacerse populares con sus correligionarios. Ante los hechos consumados, aquellos caudillos no tuvieron más remedio que cerrar filas con esos oportunistas. A la larga se tenía que imponer la defensa de la causa republicana, único motivo aglutinador de hombres diametralmente opuestos.

 

 

 

CAPITULO X.

UN GOLPE DE ESTADO CON EPÍLOGO DE SANGRE

 

         La crisis del gobierno de coalición cobró fuerza con la renuncia efectiva de sus componentes febreristas. Rafael Franco dio dicha orden como medida extrema para dilatar la puesta en marcha del acuerdo nacional.

         La intempestiva resolución trajo consigo un problema muy difícil de solucionar; se trataba de la situación del partido Colorado pues en apariencias la mencionada agrupación quedaba como único partido en el gabinete. No tenía por qué retirarse ante la determinación febrerista y de hacerlo, sus caudillos reaccionarían inmediatamente para impedir cualquier maniobra conducente a sacarlos del gobierno.

         Surgió una corriente en el Ejército que exigía que todos los partidos debían retirarse para poder constituir un gabinete netamente militar.

         Era, al parecer, la única manera de llegar a la Constituyente. Sin embargo, el Presidente prefirió, antes de tomar ninguna medida, llamar a una reunión de altos jefes militares en su residencia, a fin de discutir el impasse. Fue en oportunidad de su cumpleaños, el 11 de enero de 1947. Si no me equivoco, cayó un sábado. Su mención es importante por lo que vino después.

         Por aquella época, existían, fuera de la institucionalista, tres corrientes o tendencias en el Ejército. Los simpatizantes febreristas, liberales y colorados. Sin estar afiliados, por ser estrictamente prohibido, unos y otros pugnaban por llevar al gobierno a la agrupación de sus preferencias, es decir, a los caudillos, aquellos que los fueron trabajando durante el período de transición de 1946.

         El ambiente estaba muy tenso cuando se llevó a cabo esa famosa reunión y, pienso hoy, que algunos de los jefes que allí expresaron su opinión tenían un libreto bien aprendido con anticipación. Y si alguien duda, como es de suponer, ténganse presentes las violentas reacciones que se produjeron con posterioridad.

         Ese 11 de enero, nos dirigimos a la residencia presidencial, entre otros, los siguientes altos jefes:

         General Vicente Machuca, Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. General Francisco Andino, Comandante del territorio militar del Chaco. General José Atilio Migone, Comandante de la Aeronáutica. Capitán de Navío Sindulfo Gill, Comandante de la Marina de guerra. Tcnel. Emilio Díaz de Vivar, Jefe de Estado Mayor General. Coronel Julio R. Cartes, Director del Colegio Militar. Mayor Alfredo Stroessner, Comandante de la Artillería. Mayor Enrique Jiménez, Comandante de la Caballería. Coronel Juan Ibarrola, Comandante de la II División de Concepción. General Manuel Contreras, Director General de Intendencia. General Manuel Rodríguez, Director de la Sanidad Militar. General Amancio Pampliega, Ministro de Defensa e interino del Interior.

         Aparte de los nombrados, asistió un número respetable de Jefes y Oficiales de menor graduación, sin voz ni voto. El Presidente de la República presidía el acto. Su semblante denotaba preocupación, lo que allí se iba a tratar no anunciaba tranquilidad. Por el contrario, todos sabíamos muy bien que el asunto era grave.

         En forma escueta, el general Morínigo explicó los motivos por los cuales nos había reunido en su residencia. Hizo una exposición respecto a la coalición colorado-febrerista y de su total fracaso para encauzar al país por derroteros más claros y esperanzadores. Se refirió a la renuncia del grupo franquista, lo cual creaba una crisis insospechada. Decía que él había puesto toda su voluntad para impedir el resquebrajamiento, pero que los imponderables fueron más decisivos para sellar la suerte del gobierno. Y la disyuntiva era la situación del Partido Colorado. ¿Debía quedar o retirarse obligatoriamente ante la deserción de los ministros febreristas? Esa era la cuestión a tratarse y, sobre el punto debían opinar todos los Jefes citados.

         Seguidamente me cedió Morínigo el uso de la palabra. Expliqué los constantes problemas surgidos durante la coalición y la necesidad de tomar alguna medida que devolviera la credibilidad en el gobierno. Acto seguido habló el Comandante en Jefe, General Vicente Machuca, quien entre otras cosas dijo que, como el asunto era muy delicado, había tenido la idea de hacer preceder en el uso de la palabra a los jefes de menor graduación. Pensaba Machuca que, de esa manera, no se presionaría a nadie a opinar de una u otra forma, Creo que fue una prudente proposición.

         La consulta era: ¿Debía retirarse o quedarse en el gobierno el Partido Colorado? Pero no estaba previsto en la consulta, cómo debían llenarse las carteras dejadas por los renunciantes. La atmósfera se alivió en parte con la llegada de algunos bocaditos y bebidas que el presidente ofrecía con motivo de su onomástico. El hecho de estar festejando un cumpleaños aflojó inmediatamente la tensión. Y en este detalle se vio la vieja técnica de Morínigo para sortear momentos difíciles.

         Comenzó su exposición el mayor Enrique Jiménez, diciendo que a su parecer el asunto no revestía ningún problema puesto que los ministros febreristas habían salido por propia iniciativa. Otro hubiese sido el caso si se los echaba o expulsaba. Por esta consideración, a su juicio los colorados no tenían por qué renunciar a sus cargos. Si los febreristas querían retirarse, allá ellos, según Jiménez. Sería injusto que el Partido Colorado pagara los platos rotos por actos ajenos. Insistió en que los colorados debían quedarse.

         Cuando terminó, un silencio se apoderó de la sala. El coraje de este joven Jefe nos había pasmado a todos. Sabíamos que era colorado, por lo cual no nos sorprendió su posición. Pero nunca esperamos una resolución tan firme y decidida. ¿Sería el obrar de su propio carácter, o el respaldo del arma golpista, la Caballería? No lo sé. Sin embargo, no dejé de admirar su determinación. Fue el único en aquella jornada, que se jugó por el Partido Colorado, al parecer, el caballo perdedor.

         Digo el único, porque la posterior exposición del Tcnel. Emilio Díaz de Vivar no fue tan clara como la de Jiménez. Comenzó diciendo que el asunto era una cuestión de principios, para finalmente decidirse por la posición asumida por el mayor Jiménez.

         Los demás, en abrumadora mayoría, decidieron que el Partido Colorado debía abandonar el gobierno para facilitar la formación de uno netamente militar.

         Cuando me llegó el turno, ya casi todos habían opinado en favor de un gobierno militar. En vista de ello, me declaré neutral. Mi lugar en el orden de votación me ayudaba a optar por una abstención cómoda y sin compromisos con nadie. Mi caso era muy distinto al de muchos jefes con conocidas preferencias franquistas, tal como Vicente Machuca, o coloradas como Jiménez y Díaz de Vivar.

         El amplio consenso de las Fuerzas Armadas opinó que el Partido Colorado debía abandonar el gabinete, Morínigo se mostró, en apariencias, de acuerdo con la decisión asumida, e hizo llamar a los ministros republicanos para comunicarles la novedad.

 

LOS COLORADOS ACEPTAN LA DETERMINACIÓN

 

         No tardaron en llegar los mencionados caudillos, con Natalicio González a la cabeza. Enciso Velloso y Chaves lo seguían a prudente distancia. Ahí estaban para entregar sus renuncias. Sin embargo, sería por poco tiempo, puesto que don Natalicio ya había comenzado su trama.

         "El poeta", por lo visto no lo era tanto y, hasta se permitió decirme que "en adelante Ud. va a estar más cómodo con militares". Le repliqué, diciéndole: "Sí, vamos a descansar de Uds., los políticos, por un tiempo".

         No entro a juzgar, si la medida hacia el Partido Colorado, fue la más acertada. Pero lo que no ofrece dudas es que los cargos vacantes dejados por los febreristas, había que llenarlos. Con colorados o con militares. Aunque se barajaron posibilidades, no fueron ellas muy bien definidas. Al parecer, la salida de los hijos de Caballero era injusta, pero tampoco se puede pasar por alto, que el fin del acercamiento hecho por Morínigo con los partidos tradicionales tenía un objetivo definido: la coalición encargada de llevar a una Constituyente.

         Con la renuncia de los ministros franquistas, los fines del gobierno habían terminado. No hay que buscar cinco patas al gato para llegar a este razonamiento. No habían tenido culpa alguna, y se los podía tener en cuenta en el futuro, pero de allí a llevarlos a gobernar como agrupación única, ya era cosa muy diferente, y fuera de los objetivos trazados por las Fuerzas Armadas.

         Si nosotros propiciábamos un acuerdo nacional de partidos, no me explico cómo íbamos a candidatar a uno de ellos, tirado de los pelos. El asunto era negar a una elección libre, y no a un simple golpe aprovechando una crisis ministerial.

         Fue lo que traté de explicar a los mencionados caudillos. Pero nos decían: "Nosotros no tenemos la culpa". No era una cuestión de culpas, sino de seguridad nacional. No era el caso de esperar que los demás partidos fueran a quedarse con los brazos cruzados al comprobar tamaño embuste de nuestra parte. Le habíamos garantizado a la ciudadanía toda que los militares encontraríamos el camino de la concordia nacional. No era cuestión de desprestigiarnos de esa manera. Los colorados debían abandonar el gobierno y no usar el pretexto pueril -no fue nuestra culpa.- para acortar el proceso de redención nacional por la vía del golpe. Ningún pretexto era válido para ello.

         Cuando el Presidente de la República les pidió sus renuncias, no pusieron ningún reparo para entregarlas. Por el contrario, mostraron en apariencias el acatamiento a la orden. ¡Todo sea por el país! Era el "leit motiv" de Natalicio. Y con una cara de manso y sumiso cordero, se alejó del lugar.

 

EL NUEVO GOBIERNO

 

         Cuando los militares quedamos solos, me dirigí al Presidente haciéndole saber la conveniencia de redactar una nueva lista del gabinete a los efectos de hacerse éste cargo de la situación. Los que allí estuvimos, sabíamos que dicho gobierno no sería duradero y que, por el contrario, serviría tan sólo como compás de espera de la Constituyente. Pero se tenía que redactar la lista de candidatos. Como con los civiles ya no teníamos nada que hacer, puesto que tanto "tiempistas" como independientes no eran nada populares, resolvimos encomendar sólo dos carteras, la de Relaciones Exteriores al Dr. Edmundo Tombeur a quien le pedimos su consentimiento esa misma tarde, y al doctor Carlos Pedretti para ejercer la cartera de Hacienda. Los demás cargos serían cubiertos por miembros de las Fuerzas Armadas. En apariencias, el asunto estaba resuelto. Hoy a la distancia pienso en las carcajadas íntimas de Enrique Jiménez en aquel 11 de enero.

         El Presidente de la República mostró su total conformidad con el nuevo gabinete, incluidos a los civiles Edmundo Tombeur  y Carlos Pedretti y prometió firmar el decreto correspondiente el lunes 13 a más tardar.

         "Ahora vamos a festejar el feliz término del acuerdo y de mi cumpleaños", nos dijo.

         Nunca pensé, ni se me pasó por la cabeza, lo que después ocurriría. Morínigo ya tenía resuelto su golpe mucho antes, porque no era posible su realización en un solo día. Los que piensan que el domingo se elucubró todo, están totalmente despistados. Un golpe no se da así nomás, de buenas a primeras. Estoy seguro que Jiménez ya tenía apalabrado a varios jefes no precisamente a los asistentes a la reunión, sino a algunos de menor graduación o que por algún motivo no asistieron a la misma. De otra manera, me es imposible imaginar el inmediato éxito posterior.

         Morínigo continuaba brindando con su copa de escocés en la mano. Para sus adentros, diría "a éstos ilusos los tengo reventados".

         Los demás continuábamos la charla, sin percatarnos que muy pronto no contaríamos el cuento. Al despedirme, le repetí al Presidente mi confianza en el nuevo gobierno militar. Asintió con la cabeza, muy risueño.

         Luego, con los generales Machuca y Migone, nos dirigimos a mi domicilio a elaborar la lista de candidatos a ocupar las carteras vacantes.

         Allí dejamos un resumen de lo actuado, en casa de Morínigo, con la lista completa del nuevo gobierno.

 

COLORADOS EN EL PALACIO POR LA PUERTA DE SERVICIO

 

         Estaba escrito, por lo visto, que el Partido Colorado no podía llegar al gobierno por la puerta grande. Tenía todas las de ganar. Sin embargo, Natalicio González, Víctor Morínigo, Domingo Montanaro, César Vasconsellos y otros estaban decididos a entrar aunque sea a los ponchazos. Víctor Morínigo, muy amigo de Jiménez, era el conductor del plan a ser ejecutado por el intrépido mayor de Caballería.

         Al propio tiempo, la Policía, bajo las órdenes del Tcnel. de Reserva Rogelio Benítez, estaba totalmente ganada para la causa republicana. Esta institución siempre jugó un papel importante tanto para sofocar revoluciones como para perpetrarlas. Hay que tener presente que por su ubicación estratégica, su dotación siempre acostumbraba a los desplazamientos y su respetable número de componentes, siempre se prestó a colaborar decididamente en los movimientos revolucionarios.

         En 1908, Elías García lo tuvo a maltraer a Albino Jara durante tres inciertos días. Si con posterioridad entregó la plaza de Asunción fue por la ineptitud del general Benigno Ferreira, para plegar a otros sectores del Ejército con el objetivo de socorrerla.    Fue así que aquel 12 de enero, entre la Caballería y la Policía decidieron el golpe que llevaría al poder definitivamente a la Asociación Nacional Republicana. Pensando mejor, no tenían mucho escollo de orden militar en la capital. Su meta podía cumplirse con sólo aislar al Comandante en Jefe y al Ministro del Interior. Pero debían contar con la traición del Presidente de la República, pieza clave para el éxito completo de la operación comando. Era el único con autoridad para tumbar a los jefes participantes de la reunión celebrada en su casa, y sobre todo, a aquéllos que votaron por la salida del Partido Colorado.

         Y Morínigo se prestó a ese juego sucio, que le impidió pasar a la historia como el instaurador de la democracia y la libertad. Su traición por seguir gobernando, aún a costa de sus camaradas del Ejército que le fueron leales en todo momento sólo logró dilatar un año y medio más su alejamiento definitivo de las esferas de gobierno. Su salida posterior, en junio de 1948, demostró cuán equivocado estuvo.

         A instancias de Morínigo no fui consultado. Sabía muy bien que no me prestaría al golpe. Y aunque en la reunión del once no me manifesté ni en contra ni en favor de la salida de los colorados, éstos no dudaron que me negaría rotundamente a proceder de esa manera. Sé que Rogelio Benítez quería pedir mí colaboración con el gobierno en ciernes, pero los demás se opusieron enérgicamente. Y con mucha razón, como se verá.

         En la tarde del domingo 12, el Presidente se trasladó a la Caballería como primera medida del plan a cumplirse. Desde allí, en apariencias, dirigió el complot revolucionario. Digo en apariencias, porque desde el momento que se embanderó con los jefes colorados, ya pasó a ser una simple figura decorativa. Sus nuevos patrones eran ahora los dueños de la situación.

         El país amaneció el lunes 13 de enero con un nuevo gobierno. El teléfono de mi casa estaba cortado. Enseguida me di cuenta de lo que ocurría y decidí que debía renunciar indeclinablemente. Lo hice esa mañana muy temprano por intermedio de un vecino y amigo, el Dr. Báez Ponce de León. Poco después, se apersonó don Federico Chaves a pedirme que continuara en mi cargo, toda vez que aceptara la nueva situación reinante. Le contesté a Chaves que mi ciclo en el Gobierno había terminado, así que nada más tenía que hacer yo en él.

         - No general Pampliega, tanto el general Morínigo como nosotros queremos que Ud. continúe, me dijo.

         - Es imposible Dr. Chaves, le respondí. Lo realizado por Uds. no me fue consultado.

         Me insistió diciendo que tuvieron que actuar así obligados por las circunstancias pero que me quedara tranquilo. Ellos iban a convocar una Constituyente en un plazo inmediato.

         En vista de mi disconformidad, me volvió a insistir para que aceptara una embajada ante el Comité Interamericano de Defensa: "Ud. es aún joven, general, acepte", insistió.

         Pero me mantuve en mis trece. Desde luego, nos despedimos cordialmente.

         Con Machuca fueron más violentos. Rodearon su casa y colocaron guardia permanente, obligándolo poco después a salir del país.

         Ese lunes juraron los nuevos ministros colorados. Federico Chaves fue nombrado Canciller, Natalicio continuó de Ministro de Hacienda, pero ya con la aureola de haber llevado al partido al poder, Víctor Morínigo me reemplazó como Ministro del Interior. Enrique Jiménez era considerado el nuevo adalid del partido y se preparaba a asumir una función parecida a la de Dámaso Sosa Valdez. Contaba con sobrados quilates para hacerse merecedor de ello.

         El negocio estaba consumado, pero en apariencias. La gran mayoría de los componentes de la Fuerzas Armadas todavía sangraba por la herida. No era para menos. Se los había convocado a prestar una opinión que de buena gana la emitieron. Ese parecer contó con una abrumadora mayoría (doce contra dos). Ahora se desestimaba lo resuelto por el Ejército. Era una afrenta muy grande, que no podía menos que ocasionar una tremenda reacción.

 

SE DESATA EL TEMPORAL

 

         No habían transcurrido dos meses del golpe de estado perpetrado por el propio presidente con la decisiva colaboración de los colorados Natalicio González y Víctor Morínigo, cuando se produjo lo esperado: la violenta reacción encabezada por la D. 2 de Concepción, que dio comienzo a lo que hoy conocemos como guerra civil de 1947.

         Militares, y, miembros de los partidos febrerista y liberal y comunista, se unieron para combatir al gobierno surgido de un golpe de mano. No se había cumplido lo que todos esperábamos, la Convención Nacional Constituyente, continuamente pregonada por las mencionadas agrupaciones políticas durante todo el año de 1946, incluidos los colorados. La suerte estaba echada para ser decidida por el nefasto camino de las armas. Entre paraguayos se iba a librar otra gran batalla campal de caña, poncho y cuchillo, como aquella de 1922-1923.

         Fuimos vilmente traicionados era el "leit motiv" de la coalición libero-franco-comunista, no dispuesta a aceptar ser excluida de ese modo del gobierno. A mi juicio, tanto militares como civiles se sublevaron con razón. Los primeros fueron manoseados por Higinio Morínigo después de la reunión celebrada en su casa donde se resolvió una cosa y se hizo otra. Y todo en veinticuatro horas. Bajo ningún punto de vista se podía esperar un acatamiento por parte de la gran mayoría del Ejército, del encumbramiento del Partido Colorado de esa forma, antes de las elecciones. Con los segundos se había traicionado él pacto de arribar a una Constituyente. Los que dieron el temerario paso del 13 de enero de 1947 tenían que saber por anticipado la inminente posibilidad de una reacción violenta por parte de quienes habían sido sus socios de hecho hasta hacía poco tiempo. Nadie nunca debió esperar un cruce de brazo por única reacción. Se sabía que irían a protestar enérgicamente ante el escamoteamiento. Y conste que yo le previne a don Higinio de lo que le podía ocurrir. Le repetí una y mil veces: "Ud. debe despachar la mercancía a todos por igual porque de lo contrario no va a solucionar la situación política del país. Ya la elección de colorados y febreristas no estuvo del todo bien. Si por algo habríamos de comenzar, vaya y pase. Pero ese comienzo debía perfeccionarse para ser duradero y no retroceder como se hizo el 13 de enero".

 

LOS RESPONSABLES

 

         Se puede afirmar, sin cortapisas, que el principal responsable de la revolución fue el propio presidente de la república, General Higinio Morínigo. Con el afán de seguir gobernando, se alió con una facción del coloradismo, con buen olfato de éstos de las debilidades y flaquezas del primer magistrado. No podía ver Morínigo más allá de sus narices ni percibir el peligro de ser sacado una vez consumado el golpe con su concurso. Como no se dio cuenta que lo estaban usando con las consabidas lisonjas y promesas pasajeras para luego propinarle la patada aleccionadora como a todos los que como él creen en tales cuentos.

         Si Morínigo fue el príncipe encantado del momento, muy pronto se transformó en el enemigo público número uno. Y prueba de ello fue luego la dificultad que tuvo de conseguir mayoría para ingresar a la Asociación Nacional Republicana. En esa oportunidad, Morínigo a gatas ingresó como afiliado, por uno o dos votos de ventaja. Fue una afrenta y un desprecio claro y evidente a su persona. Y pensar que este hombre sirvió como en bandeja el acceso al poder del Partido Colorado. Muy amargado me comentó mucho después su tremendo error. "Yo debí asumir la posición de todos Uds., Amancio. No sabe cuánto me arrepiento de lo que hice".

         Así hablaba Higinio Morínigo con sus amigos más allegados con relación a aquellos álgidos días de 1947. Me solía contar además la ingratitud permanente por parte de aquellos hombres a quienes encumbró. Ni siquiera lo miraban por la calle cuando solía salir para hacer alguna diligencia por Asunción. Porque este viejo general y amigo, decidió radicarse definitivamente en el Paraguay en sus últimos años.

         En aquellos días del comienzo de la revolución, me mantuve vigilante en mi domicilio particular. No tomé partido por uno u otro bando, leal a la promesa expresa hecha en mis tiempos de cadete. Nunca más participaría en matanzas de paraguayos.          Por ese y otros motivos decidí trasladarme a la ciudad de Encarnación, para pasar allí unas justas y merecidas vacaciones. Hospedé en la casa del Dr. Ángel Florentín Peña, a quien encontré eufórico por la presencia colorada en el gobierno. Su esposa Conchita no se quedaba atrás en cuanto a ruidosas manifestaciones de desbordante alegría. Era y es un matrimonio ejemplar de compañerismo, sin condiciones, tanto en las buenas como en las malas. Guardo por ellos un profundo cariño y simpatía; el llegó a ocupar importantes cargos con el coloradismo, como Ministro de Agricultura y Ganadería, Embajador en Buenos Aires y Santiago de Chile etc. Fue miembro de la Junta de Gobierno por muchos años, durante los cuales prestó su invalorable concurso de hombre de bien. Las jóvenes generaciones republicanas deben emular su ejemplo para alcanzar un Paraguay mejor.

         A mi vuelta, las cosas habían cambiado. Los revolucionarios estaban ganando como un calco de la revolución de 1922. Mejores mandos, numerosa tropa, pero grandes dificultades de orden estratégico cuya repercusión era bien notoria en la escasez de aprovisionamiento. El gobierno en cambio, mantuvo siempre el Sur, con fácil comunicación con la Argentina. Por allí se surtían con largueza de gasolina y vituallas suficientes para hacer frente al conflicto. Ni qué decir de la disponibilidad del tesoro público para gastar a discreción.

         A Franco, Ramos y otros se les presentaron los mismos problemas que a Mendoza y Chirife en 1922. No se decidieron a atacar en forma sorpresiva por razones de prestigio y recelos personales y partidistas. Uno de los pocos que en parte puede dilucidar este delicado tema es el coronel Alfredo Ramos, quien fue un jefe destacado de su partido en la dirección de las tropas de la revolución. Me han comentado su resolución de dar a luz sus memorias. Es un deber de parte de quienes fuimos protagonistas de hechos políticos importantes, el escribir sobre los mismos. Ayudará como material de cierto valor a los investigadores así como a las jóvenes generaciones. La obra de Ramos puede llenar un gran vacío con relatos hasta hoy desconocidos, sin descontar juicios y apreciaciones de carácter polémico.

         En vista de la tambaleante situación del Ejército gubernista, no faltaron quienes me sindicaban como colaboracionista de los rebeldes, y comenzaron una campaña de acusaciones contra mi persona. Por dichos motivos decidí asilarme en la Embajada de Chile. Al enterarse el Presidente de la República de mi acto, resolvió enviar emisarios para garantizar mi seguridad personal y para ello ponía a mi disposición su domicilio presidencial si yo no consideraba al mío como apropiado. Me fue a ver mi viejo y leal ex-secretario don Mario Ferrario, quien por poco quiso sacarme ese mismo día. Me habló de la confianza del partido en que el general Pampliega no iba a tomar parte en la revolución porque conocía su inmaculada neutralidad. Pero no faltaron los eternos sembradores de odio y rencores con ánimo de mal poner a quienes se mantenían independientes. Tal el caso de Enrique Volta Gaona y de otros quienes me atacaron en su momento con ardor. Fueron los menos. A ellos, los de la primera línea, los de las grandes agallas, los de los rutilantes discursos, muy pronto se les terminó la pila de la radio altisonante de improperios y majaderías. Hoy yacen olvidados por sus propios correligionarios. Víctimas de sus propias acciones en la vida, estos sujetos no son los apropiados en quienes confiar, y pasados los primeros momentos son alejados como medida de seguridad.

         Al darme cuenta de la sinceridad de propósitos del gobierno, volví a mi casa con la esperanza de la pronta terminación del conflicto fratricida. Sin embargo, el coronel Franco a punto estuvo de entrar con sus tropas en la capital en forma triunfal. Una desinteligencia con la Marina truncó sus últimos afanes por posesionarse del poder. Y conste que, a él lo sindico como a otro de los responsables de la revolución, con no menos culpa que a Morínigo. A él se debió la renuncia de los ministros febreristas, que dio el motivo a los colorados para dar su golpe. Yo lo invité a participar con el Presidente y el Comandante en Jefe para resolver la cuestión. Pero Franco, como era su costumbre, rechazó mi oferta. Su total falta de olfato político lo llevó a tomar la resolución mencionada y así traer el caos en el gobierno de coalición.

         Los otros, tan responsables como los ya mencionados, son Natalicio González, Víctor Morínigo y el mayor Enrique Jiménez, verdaderos artífices de la subida intempestiva del coloradismo. En vez de esperar una resolución del nuevo gabinete militar, encargado de llamar a elecciones de convencionales, buscaron nuevamente el atajo golpista. Las consecuencias fueron fatales para el futuro del Paraguay, hasta la fecha. Innumerables familias tuvieron que emigrar a la Argentina prestando su valioso concurso a esa nación por obra y gracia de un grupo de exaltados. Enrique Jiménez, tras la triste hazaña, perdió su carrera militar. Un díscolo jefe ya no ofrecía garantías en el futuro.

         Y muy pronto fue apartado por sus propios correligionarios. Jiménez traicionó una decisión de sus camaradas del Ejército, quizá aleccionado por sus fugaces amigos del momento. Pensó ser el hombre de la hora sin contar con sus escasos años -a lo sumo treinta y cinco- y su total inexperiencia en política. Hay que significar que en aquellos tiempos casi nadie llegaba a cumplir los cincuenta años vistiendo el uniforme militar. Contadas excepciones llegaron a tanto. Y Jiménez, por lo visto, no sería la excepción. Todavía vive, en Buenos Aires. Treinta años de exilio le cuesta aquella determinación asumida en 1947. En su momento le guardé antipatía pero muy pronto hicimos borrón y cuenta nueva cuando viajé a la Argentina y lo encontré allí. Es una persona honrada y cordial, que se dejó llevar por su juventud. Fue y es un idealista con algún toque romántico, más propio en un civil que en un militar. En esos casos no hay que elegir la carrera de las armas, donde se debe guardar una compostura netamente profesional. Los que en aquella época se embanderaron tanto en esferas liberales, como coloradas o febreristas, terminaron muy mal parados. Para corroborarlo sólo basta observar los grados de muchos de aquellos jefes militares politizados. No pasan de Mayor o Tcnel. Alguno que otro alcanzó el grado de coronel, pero en muy contados casos. Aparte de lo mencionado, hay que recalcar la cuota de amargura alimentada en el exilio o en el país con la coleta desagradable de un fracaso en la vida. Estas desilusiones son trasmitidas a los hijos y allegados, y conducen sólo a alimentar la llama del rencor.

         Por eso y por muchas otras razones no hay nada más bello que llegar a la vejez sin tener que arrepentirse de lo realizado en este mundo tan lleno de caminos espinosos.

         Los otros grandes y conscientes responsables de la masacre de paraguayos fueron los citados González y Morínigo (Víctor), quienes arrastraron a su partido a una aventura golpista con tal de dar satisfacción a sus desmedidos deseos de poder. Crearon

la maquinaria y la situación propicia para tentar a uno de los más temidos jinetes del apocalipsis.

         Y pensar que esta clase de ciudadanos se auto titulan demócratas y progresistas. El primero ni siquiera tuvo el consentimiento de su partido para colaborar con nuestro gobierno. No lo tenían en cuenta por no contar con el apoyo de su cúpula partidaria. Fue un noctámbulo rebelde al igual que Víctor Morínigo. Y sobre su conducta en el manejo de la cosa pública, todavía hay mucho que contar. Y si no, que lo digan sus propios correligionarios que le expropiaron una casa y hasta pidieron su extradición de la Argentina donde Natalicio González se refugió. Esta clase de hombres quedan descalificados para hablar hasta que no prueben totalmente su inocencia.

         Sin embargo, tenía un gran talento como poeta y escritor, sin faltarle argumentos para escribir sobre diversos tópicos a pesar de ser un autodidacta. Su "Geografía del Paraguay" es una obra importante, digna de la mejor biblioteca americana. Por eso -repito- los hombres deben volcar sus afanes por los derroteros del talento para el que están dotados por la naturaleza. Inmiscuirse en lugares desconocidos trae siempre rotundos fracasos. Ser popular no es suficiente.

         Natalicio, elogiado por su obra literaria, no tenía derecho a manipular a sus admiradores a su antojo. Creerse superdotado por contar con talento para la literatura no da rótulo de estadista con derecho a erigirse en la panacea de la sabiduría, actitud más propia de los audaces.

         Los demás responsables, pero en grado menor, fueron los otros dirigentes republicanos que se dejaron arrastrar por Natalicio y Víctor Morínigo a pesar de no estar totalmente de acuerdo con la política de aquellos propiciadores de las jornadas nocturnas entre gallos y medianoche. Hombres como Federico Chaves, Ángel Florentín Peña, Juan León Mallorquín, pudieron haber interpuesto su concurso para arribar a elecciones libres. No hay duda que hubiesen triunfado por amplio margen, y por sobre todas las cosas, habrían dejado bien sentado su legítima victoria como para que nadie, en ningún momento, les escamoteara el poder como lo hicieron los gobernantes sucesivos. La reserva moral de un partido está justamente en estos grandes detalles, que desalientan una confrontación. Nadie se hubiese atrevido a disputarles el poder por más mentado que fuera el candidato. Y hoy todavía seguirían gobernando con autoridad efectiva. El militar siempre ocupa el lugar del civil cuando ve en éste debilidad. Una elección en 1947 hubo de fortalecer la moral del partido para siempre, cosa que no le dió el golpe del trece de enero.

         Los dirigentes liberales, febreristas y comunistas también son responsables menores por haberse dejado llevar por arrebatos anarquistas. No creo que el camino de la revolución sea el mejor para debatir una cuestión política si preciamos de ser un país civilizado. Justifiqué la reacción como lógica por conocer el paño de nuestros compatriotas pero de ninguna manera creo y justifico que dicha reacción haya sido la más conveniente. Siempre debe existir otra salida. Si hay duda, basta observar que con la victoria colorada en la pasada revolución no se consiguió otra cosa que fortificar aún más aquella precaria situación obtenida el 13 de enero. Lo más acertado hubiese sido dejar desgastar al coloradismo con sus luchas internas muy prestas a comenzar desde el principio, en vez de ir al ataque frontal.

         Estoy muy seguro que otro de los responsables mayores, como Rafael Franco, habrá influido para ello. Su carácter díscolo y pendenciero no hacía presumir otra cosa.

         Se puede resumir entonces que los grandes responsables de la revolución fueron Higinio Morínigo, Rafael Franco, Natalicio González, Víctor Morínigo y Enrique Jiménez, en este orden.

         Natalicio González y Víctor Morínigo, para justificarse ante la posteridad, escribieron que el golpe colorado se realizó para parar el golpe de los generales. En pocas palabras, la reunión del 11 de enero en casa de Higinio Morínigo fue un golpe de Estado. Y bien sabemos que el precario gobierno de coalición fue una experimentación de probeta. Nosotros como militares le dimos vida en forma provisoria, con el fin de convocar una Constituyente. No cumplido dichos fines, el poder debía regresar al lugar de origen, brevemente. ¿Contra quién dimos el golpe? ¿Contra los colorados? ¿Cómo íbamos a dar un golpe a un gobierno -el de coalición- que había desaparecido por renuncia de los febreristas? No existía gobierno colorado sino de coalición. Muerto uno de los componentes, terminaba el ente.

         Entonces el cuento del golpe de los generales fue un invento infantil de Natalicio para justificarse. Por otro lado, es bastante raro que un golpe se decida por medio de una votación como la realizada el 11 de enero. A lo sumo se podría juzgar la cuestión como una crisis ministerial, pero de ningún modo darle el mote de golpe para así dar rienda suelta a maquinaciones conspiratorias.

         El verdadero golpe fue el de ellos, con tropas de asalto, santos y señas, reuniones nocturnas y tiros al aire. Eso si tiene el ropaje del motín callejero.

         Por mi parte, si alguna responsabilidad tengo es en no haberme impuesto al presidente Morínigo en junio de 1946 y exigido la concurrencia de los cuatro partidos políticos. Fui muy tibio y me dejé llevar por mi insobornable lealtad al Ejecutivo. De haber conocido la conducta posterior de Higinio Morínigo había hecho mi propio golpe en junio de 1946 con tal de evitar ese derramamiento de sangre que produjo la revolución. Cuento con documentación suficiente para probar el ofrecimiento presidencial a mi persona en dicha fecha. Era sólo cuestión de aceptarlo como un hecho consumado. Todos los Comandantes de grandes unidades estuvieron esa noche en mi casa. Si hubiese querido ser Presidente, sólo bastaba hacer un movimiento afirmativo con la cabeza.

         Pero mis escrúpulos fueron más poderosos en esa oportunidad, y ello imposibilitó a mi voluntad dar tan importante paso. Por eso siempre afirmo, que el hecho de perpetuarse uno en el poder es muchas veces una simple cuestión de escrúpulos. En el Paraguay siempre existió esa posibilidad. Nuestro pueblo es muy afecto a los hombres de mando y nada me hubiese costado encauzarlos por la senda de una fuerte dictadura, enmascarada bajo cualquier rótulo o denominación democrática.

         Pero ese no era nuestro Norte en aquellos tiempos algo románticos. Buscábamos llegar a una auténtica democracia con la participación de todos los partidos políticos. En una palabra, a una gran fiesta cívica donde la homenajeada fuera la República del Paraguay.

         Sin embargo, hubo gente que me atacó en esos días y me imputó responsabilidad en el conflicto. Por dicho motivo resolví alejarme del país. Fue a mediados del año 1947. Comuniqué mi decisión al Presidente y me embarqué para Buenos Aires donde residí cuatro años.

 

 

AMIGOS INOLVIDABLES

 

         Mi retiro de la vida pública en las circunstancias apuntadas, marcó un final en mis quehaceres políticos. Sin embargo, hubiera preferido finalizar mi carrera militar en lugares estrictamente profesionales. Quiso la fatalidad que actuara en un primer plano, en una época plagada de resentimientos de postguerra. Aun así, logré conservar a mis amigos. Algunos de ellos transitaron por veredas opuestas, pero eso no impidió -pasada la causa originaria del alejamiento- frecuentarnos nuevamente.

         En su oportunidad recordé ya a varios en esta obra, así como en el primer libro de mis memorias. A otros dediqué biografías difundidas en los principales periódicos de Asunción, sin descontar similares artículos aparecidos en el periódico "Trinchera".

         De manera que si alguno no aparece aquí es por dicho motivo, aunque puede darse el caso de olvidos involuntarios, razón de más para tenerlo presente en un próximo libro sobre la generación del Chaco.

         Recordar a los que se fueron no es tarea fácil, si se cree que la presencia física es fundamental para este género de cosas. La muerte reciente, por ejemplo, provoca en uno la evocación permanente del desaparecido. Su compañía, su voz, su figura, se aparecen en el alma dolorida del amigo para quien la vida continúa, como una estéril resistencia a un hecho inevitable que nos resistimos a aceptar.

         Pero la vida sigue su mismo ritmo, al cual debemos acostumbrarnos para no caer en una terrible depresión sin salida por ser ajeno a nosotros la solución del problema. Los que somos cristianos creemos que nunca morimos y que nuestra vida es sólo un paso hacia la vida eterna después del juicio final. Razón de fe fundamental que nos sostiene y da un significado a nuestra terrenal existencia.

         En ese convencimiento lo recuerdo a don Manlio Schenoni Lugo, nuestro bien amado Director de la Escuela Militar, varias veces nombrado en mi primer libro. Con él desarrollé una gran amistad a mi vuelta de la Argentina en 1951. Antes, las distancias eran insalvables por la diferencia de grado y edad. Nos reuníamos en mi domicilio por las tardes, y de cuando en cuando me invitaba en su automóvil a recorrer su ciudad natal, Trinidad. Algunas veces se acoplaba el General Luis Santiviago, también de visita por casa. El recorrido terminaba en la carnicería de los hermanos Mutti, por quienes el general Schenoni sentía un gran cariño. Allí nos surtíamos de chorizos y morcillas en respetables cantidades. Luis y yo nos colocábamos detrás de él, frente al mostrador, cual dos polluelos. Mientras tanto, don Manlio controlaba la cuenta, determinando el monto que cada uno debía pagar.

         La memoria me trae la figura del Tcnel. Federico Jara Troche, el de las cartas desde Bahía Negra en sus tiempos de teniente aún la conservo. Me llamaba "Papiera", como el profesor de francés. Este extraordinario amigo perdió nada menos que 12 hermanos en la guerra del Chaco y aún así se condujo con arrojo y aplomo como comandante de Regimiento. Los paraguayos le debemos a la sufrida familia de Federico un especial homenaje de recordación.

         Los coroneles Juan N. Barrios y Ramón L. Paredes fueron mis compañeros en Peña Hermosa. Allí nació una gran amistad. Con el primero mantuve una relación más estrecha por obra de las circunstancias de espacio, tiempo y lugar, hasta la fecha de su muerte.

         Quién puede olvidar a Atilio J. Benítez y a Alejandro Levi Ruffinelli. El primero muy recordado a lo largo de toda la obra, y el segundo, una de las plumas más brillantes del Ejército paraguayo. Su carácter alegre y festivo refrescó los atardeceres de la vida de muchos de los que nos contábamos entre sus amigos más dilectos. Un accidente fatal, cuando se disponía a llegar a mi domicilio, nos lo llevó para siempre.

         Los generales Fulgencio Yegros, Rogelio Benítez, Francisco Andino, Francisco Caballero Alvarez y Eduardo Torreani Viera ya fueron citados. Yegros merece un párrafo aparte.

         En ocasión de reponerlo en el cargo al mayor Stroessner, por mi insistencia, y por tanto al sustituirlo a él en condiciones poco claras, aceptó mi decisión de buen grado. Me siento muy honrado de haber sido su amigo.

         Los mayores Hermes Saguier, Federico Varela y Juan Martincich fueron ejemplos de lealtad en todo momento. El último de los nombrados me dirigió importante correspondencia desde Formosa, inserta en uno de los capítulos de este libro. Allí se puede apreciar el trato cordial que nos dispensábamos. Su muerte, ocurrida en circunstancias trágicas, hasta hoy es objeto de especulaciones.

         Los generales Jorge Thompson Molinas y Luis Couchonal, los coroneles Sampson Harrison, Arístides Rivas Ortellado y Juan Manuel Garay; los tenientes coroneles Tomás Urdapilleta y José María Casal y el mayor Oscar Etcheguren ya no están entre nosotros, pero su recuerdo pervive para siempre en el corazón de quienes tuvimos la dicha de conocerlos.

         Rivas Ortellado me rescató del retiro del Ejército en 1936. A él le debo mi carrera. Juan Manuel Garay y familia fue mi segundo hogar en Buenos Aires, durante mi exilio voluntario de 1947 a 1951.

         Con Casal fui muy amigo tanto que al fallecer recientemente me percaté que esa amistad se proyectó a su numerosa familia. Sus hijos hoy sustituyen el lugar que ocupara su esclarecido padre en mi círculo predilecto de entrañables camaradas de armas. No eran militares los doctores Lorenzo Codas, Hernán L. Sosa, Antonio Taboada, Miguel Bestard, Horacio Chiriani y Luis De Gásperi por quienes guardo un grato recuerdo. La mayoría de ellos aparece en los diversos capítulos. Lorenzo Codas, aparte de brillante profesor universitario, fue oficial de artillería de reserva. Con él cambié pareceres sobre la historia política de nuestro país. Me obsequió copias de numerosos documentos hasta la fecha inéditos acerca del golpe que llevó a Albino Jara al poder en 1908. Nos visitábamos asiduamente hasta poco antes de su muerte.

         Alfonso Dos Santos, Mario Ferrario y Atilio Báez Ponce de León aparecen nombrados en numerosas páginas, especialmente los dos primeros, quienes fueron protagonistas de hechos muy significativos. Confié en ellos por amistad, y nunca me defraudaron.

         A Rogelio Espinoza le dedico media página, al Dr. Gerardo Buongermini parecidos términos. Pedro De Felice, mi médico, se convirtió en un amigo de visita obligada dentro de mi itinerario diario.

         Hombre de una extraordinaria humanidad, sus pacientes no dejaban de ser atendidos por falta de dinero, a diferencia de muchos colegas suyos que terminan por "matar" al enfermo al presentarles sus honorarios profesionales. Una voluntad dedicada al bien.

         Mauricio Osuna, médico de profesión pero historiador de alma, es uno de los pocos civiles ingresados en la Academia de Historia Militar como miembro de número. Hasta poco antes de su muerte fue el alma de cuantas reuniones se organizaran para honrar a los caídos por la patria. Siempre distinguió a los Jefes del Chaco por quienes sentía un gran afecto. A él le hice un relato acerca del apresamiento del general José Félix Estigarribia, cuya referencia hago en "Fusil al Hombro".

         Los doctores Marco Antonio Laconich y Carlos Caballero Gatti terminan la lista de los inolvidables. El primero, abogado, historiador y poeta fue tan amigo como su hermano Arquímedes que aún vive. Su charla era amena e instructiva. Con Carlos Caballero Gatti nos unía un parentesco político, el cual hizo posible que nos frecuentáramos algo más de lo acostumbrado. En casa de su hermana Beatriz Caballero de Pampliega y en compañía de mi hermano Nicanor pasamos momentos de sana camaradería y amistad sincera que fue fortificándose con el tiempo. Recuerdo una noche en especial, en que estando reunidos con varios amigos miembros del gabinete de Federico Chaves -Moreno González, Florentín Peña y Hugo Peña- llamaron a la puerta. Entonces, Carlos y yo dimos instrucciones al servicio diciéndole, en voz alta, que si era el Presidente de la República lo dejara pasar.

 

EL ÚLTIMO PELOTÓN

 

         En la actualidad, me visitan otros amigos con asiduidad, quizá por conocer que no poseo automóvil para trasladarme con la misma frecuencia a sus domicilios a manera de retribución. El grupo de visitantes domingueros últimamente se ha ampliado considerablemente, tan es así que mi hija Lucila me cedió su casa para recibirlos con mayor comodidad. El conjunto es heterogéneo, tanto civiles como militares retirados concurren con puntualidad los días domingo o feriados, según el caso, hasta la hora del almuerzo. Allí se recuerdan viejos tiempos o temas de actualidad internacional. Acerca de la vida política actual, poco o nada, por ser ella invariable como los meses del año. La mayoría de los concurrentes ya han cumplido una etapa en la política nacional o no se encuentran en la edad de la ambición. Esto les permite emitir juicios sobre hechos, personas o ideas, con la objetividad propia de hombres maduros.

         El Tcnel. Basiliano Caballero Irala se presenta a hora temprana luego de efectuar su gimnasia diaria. Se mantiene en forma y muy por encima de sus camaradas de aquellos tiempos. Su salud es envidiable para un hombre de sus años. Nuestra amistad se ha fortificado en los últimos años desde que se radicó en el país. Varias veces citado en esta obra, fue pieza importante del gobierno en el Departamento de Trabajo en época de Morínigo, pero con ideas muy superiores a la media normal de aquellos tiempos. Ello le ocasionó no pocos sinsabores. Me fue imposible sostenerlo porque mis camaradas del gobierno confundían sus sanos propósitos. De Basiliano se puede decir lo mismo que de Alejandro Levi Ruffinelli; un hombre superior y, como tal, incomprendido. Sus oportunos conceptos son apreciados por sus amigos también concursantes en mi casa, cuando le toca la oportunidad de expresarlos.

         El Dr. Juan Guillermo Peroni es ejemplo de amistad a toda prueba, pese al hecho de que el gobierno que yo defendí lo perjudicó sobremanera. Muy apreciado por mi cuñado, el arquitecto Américo Bergonzi y mi hermana Carmen, fue amigo de toda mi familia y eso pesó por sobre todas las cosas. Nuestra intolerancia política hizo que perdiéramos a hombres de la talla de Juan Guillermo. Prueba de ello es que, desde que se reintegró a la patria en 1973, comenzó a incorporar su importante aporte al quehacer nacional en la rama de su especialidad; el Derecho.

         Nadie desconoce su autoría de la Revista Jurídica, "La Ley", editada bajo su responsabilidad y dirección, para beneficio de nuestros jóvenes abogados. Sus afirmaciones las defiende acaloradamente, y sobre todo, cuando tiene la certeza que su ocasional contendor penetra en el campo de sus conocimientos. Ello enriquece la reunión, propiciando un fluido diálogo entre los concurrentes.

         Un artillero que me honra con su amistad es el general Alberto Sánchez. En época de Natalicio González gravitó en primera línea en el Ejército. Mantuvo siempre una conducta rectilínea, que lo hace merecedor de mis mejores conceptos. Hombre sencillo y jovial, modera nuestras reuniones con intervenciones oportunas, salpicadas con jugosas e inéditas anécdotas. Alberto es un militar que por sobre todas las cosas sabe hacerse querer por sus amigos.

         El Dr. Ramón Sellitti es otro de los contertulios. Liberal de alma, no escatima su reconocimiento para hombres de otros partidos, cuyos valores merecen ser tenidos en cuenta. Amigo de colorados y febreristas por igual, redobla esfuerzos por hacer prevalecer en el Paraguay la tolerancia en política. En su época actuó al lado de políticos como Juan José Soler, Juan Francisco Recalde y otros. Está informado como pocos de la política internacional, en particular de la argentina y brasileña, que conoce con lujo de detalles. Cuando falta a la cita de los domingos, su presencia es sentida por todos. Amigo servicial, para él no existe mala hora en cuanto a ofrecer sus servicios.

         Enrique Simón, doctor en Derecho, ex-magistrado judicial, es otro de mis grandes amigos en la actualidad. Bastante más joven que muchos de los nombrados, no lo es tanto. Es que para hombres de casi ochenta años como nosotros, gente de sesenta o más, son poco menos que jóvenes en plena edad adulta. Enrique es una persona capaz, culta y muy bien informada. Ocupó cargos en la magistratura con dignidad, lo cual lo hace merecedor de respeto. Profesional por arriba del montón, puede dar cátedra a muchos que se precian de doctos en Derecho. Amigo en las buenas y en las malas como pocos del género humano. Gusta decir las cosas por su nombre, lo cual le ocasionó no pocas enemistades. A la gente no le gusta la verdad altisonante, sino a medias, y Enrique no transita por esos derroteros. Su hermano Alberto, médico distinguido, es también un gran amigo y lo fue de mi hermano Nicanor. Guardo por ellos un gran aprecio.

         El coronel Luis Ginés Talavera, ex-Presidente de la Academia de Historia del Paraguay es un aporte de cordura y equilibrio. Militar intelectual, estudioso de los problemas nacionales, hace mucho honor a nuestro glorioso verde olivo. De modales sencillos y mesurados, Luis no adopta poses de sabio. Sin embargo, los que lo conocemos apreciamos sus quilates. Cuando se casó en segundas nupcias nos abandonó por un tiempo, lo cual hizo que sintiéramos su ausencia. En su oportunidad le deseé los mejores augurios, tanto a él como a su distinguida consorte.

         El capitán José Conigliaro concurre puntualmente, y de cuando en cuando nos regala bonitas anécdotas de nuestro pasado. Militar por obligación, perteneció a la primera camada de oficiales de reserva, y por tanto es uno de los artífices en la recuperación del Chaco paraguayo. En él rindo un homenaje a los gloriosos oficiales de reserva del Ejército nacional. "Pepito", como le decimos cariñosamente, dedicó sus afanes a la empresa comercial, pero nunca olvidó a sus camaradas del Ejército que lo apreciamos sinceramente. Para un civil, llegó a una graduación importante en el Ejército, sobre todo si se tiene en cuenta que en aquellos tiempos alcanzar altas esferas era un sueño de pocos. Para mí, Pepito es un narrador de quilates. Por lo general comienza su relato con voz pausada, la que va creciendo a medida que se acerca el desenlace. La suya es una personalidad subyugante, propiciadora de grandes debates en nuestras reuniones.

         El ingeniero José Domingo Ocampos, hijo de mi viejo amigo del mismo nombre, ampliamente citado en esta obra, es otro de los que se cuentan entre mis visitantes. Empresario de la construcción en la actualidad, llegó a ocupar importantes cargos en la época de don Federico Chaves. Fue Intendente Municipal de Asunción y cumplió su cometido a cabalidad, como buen hijo de su padre. Hombre de empresas de magnitud, aclara muchas ideas que escapan a nuestro entendimiento. José Domingo (hijo) es nuestra fuente obligada respecto a Itaipú, Yacyretá y otros emprendimientos importantes de carácter binacional.

         Sus observaciones las tengo muy en cuenta para formarme juicios con bases sólidas. Como los Casal, José Domingo ocupó el lugar de su padre entre mis amigos dilectos.

         Otros con quienes me veo con cierta frecuencia son el capitán Néstor Martínez Fretes, el Dr. Agustín Ávila, Dr. Ramón Codas, Dr. Quirno Codas, capitán Juan Antonio Monges, coronel Alfredo Ramos, general Marcial Samaniego y contralmirante Ramón A. Martino, Hermógenes Rojas Silva, quienes aparecen sucesivamente en varios capítulos.

         Mis vecinos, coronel Agustín Pasmor y Dr. Ángel Ferrara soportan mi visita casi diaria, con estoicismo que me halaga sobremanera.

         A los doctores Ezequiel González Alsina y Arnaldo Rojas González, a los coroneles Federico Smith, Luis Vittone, a los Tcnles. Basilio Bogado y Guido Chase Sardi los encuentro más espaciadamente, pero no por eso los olvido. En cuanta reunión de camaradería nos encontramos, aprovechamos la oportunidad para enfrascarnos en amena charla.

         Otros no menos recordados son los doctores Julio Manuel Morales, brillante exponente de la medicina paraguaya; Arquímedes Laconich, as del Derecho y sin par en él foro nacional; César Garay, maestro de juventudes y quinta esencia de la magistratura paraguaya; Ángel Florentín Peña, encarnación de los más puros ideales políticos. Tengo la honra de contarme entre los amigos de todos ellos.

         El Tcnel. Enrique Godoy Cáceres, amigo de juventud y artillero para más datos, es un nombre inmaculado en la historia del Ejército, el coronel Enrique Jiménez, el de las posturas valientes, demostró que es capaz de sufrir 30 años por una causa noble; él general de Sanidad César Gagliardone, quien como pocos ejerció una función importante con luz propia; coronel Luis Vittone, historiador militar de quilates cuyo aporte apreciará la posteridad; Dr. Edgar L. Ynsfrán, político de fuste, Dr. Adib Chihan, médico eficiente y caritativo con pacientes de escasos recursos. Por intermedio de ellos he podido apreciar las virtudes y perfiles más sobresalientes de nuestro pueblo.

         No puedo olvidar a Gustavo Chacón, distinguido diplomático boliviano, al eminente oftalmólogo Honorio Campuzano, a Nicolás González Oddone y su brillante esposa Beatriz, al Dr. Edmundo Tombeur, al Dr. Manuel Bray Isnardi, amigo pese a mi antagonismo con su controvertido pariente; a Pedro Mongelós y esposa, con quienes me encuentro todos los días a las 8 de la mañana; a Axel Smith, informado a la par que la prensa; a Manuel Battilana Peña, cuya magnífica residencia siempre estuvo y está abierta para sus camaradas excombatientes; al capitán Juan Speratti; al mayor Adolfo Martínez, al general Sindulfo Pérez Moreno; al capitán Federico Figueredo y al mayor Juan Ayala. Todos ellos ocupan un lugar destacado en mi aprecio.

         Del mismo modo mis queridos amigos del Instituto Paraguayo de Estudios Geopolíticos e Internacionales, que aglutina a gente de dispar opinión política y que realiza una gran labor. A varios de sus integrantes ya he citado. Ahí también trabajan con fe en la patria su talentosa directora Julia Velilla Laconich de Arréllaga, Enrique Bordenave, Idalia Flores de Zarza, Carlos Pastore, Antonio Salum Flecha, José María Rivarola Matto, Oscar Ynsfrán, Emilio Velilla, José Félix Fernández Estigarribia, Leila de Racca, el Padre César Alonso de las Heras, Víctor Hugo Sánchez, Raúl Inchausti y otra gente igualmente distinguida que se halla comprometida con el destino del país, con sanos y patrióticos ideales. Tengo el honor de ser su miembro, juntamente con mi compañero el comandante Enrique Godoy Cáceres.

         Con mi condiscípulo general José Atilio Migone me veo con frecuencia, no sin cierta envidia de comprobar que es el único que conserva la planta de cadete como allá por 1920. Los generales Higinio Morínigo y Vicente Machuca ya fueron muy citados. Puedo decir que de ellos fui amigo en las buenas y en las malas.

         Para terminar esta frondosa lista de amigos dilectos, quiero referirme a tres jóvenes brillantes. Se trata de los doctores Alfredo M. Seiferheld, Osvaldo Bergonzi y Helio Vera, quienes me han brindado sus atinados conceptos y oportunas observaciones para la realización de estas memorias. A Seiferheld, por su gran papel en el desentrañamiento de la verdad en esta espinosa época política, le solicité sea mi prologuista. Vera fue un buen colaborador en el primer libro, y sus ideas fueron de extraordinario valor. Con Osvaldo Bergonzi cambié pareceres a lo largo de toda mi labor; sus juicios históricos fueron para mí de mucha utilidad en la redacción de este trabajo testimonial. Así nació una verdadera y leal amistad con todos ellos. Con el último de los nombrados me une un parentesco. Es hijo del arquitecto Américo Bergonzi y de Carmen Pampliega Peña, mi hermana. El arquitecto, aparte de pariente, es un amigo de verdad que aparece en varios pasajes de la obra por su amistad con don Federico Chaves.

 

 

UNA REUNIÓN SECRETA EN PALERMO

 

         Retrocediendo de nuevo en los años, había dicho que el final de la revolución de 1947 me tocó vivir en la Argentina. Allí me dirigí a instancias de mi cuñado el Sr. Aquiles Pecci, quien cuenta con establecimientos ganaderos en Formosa y ponía su estancia a mi disposición. En esos menesteres andaba cuando decidí saludar a mi antiguo amigo el coronel Semberoi en Buenos Aires. Le conté de mi deseo de partir para Formosa a convalecer de una enfermedad, pero no me dejó terminar sin preguntarme si había visitado al general Perón para despedirme. Le dije a Semberoi que mi estada era de carácter particular, y que lo mejor en estos casos era no molestar innecesariamente a una persona tan ocupada como un presidente, por más amigos que fuéramos. Entendió mi interlocutor el razonamiento pero insistió diciendo que el general Perón mucho me apreciaba y que le molestaría una descortesía de mi parte.

         No tuve ningún inconveniente en pedirle al mismo Semberoi una entrevista, que para la tarde de esa mañana de setiembre de 1947 me la fue confirmada por el coronel Juan F. Castro, jefe de la Casa Militar.

         Me dirigí a Casa Rosada muy temprano a la hora prefijada, 7 a.m., con empeoramientos de una incipiente pulmonía. Aun así, me armé de valor para salir a la calle con tanto frío. Felizmente no tuve que esperar porque el Presidente me esperaba en la puerta de su despacho por conocer mi celo por la puntualidad. Llegué al dar las siete.

         Muy cordial como era su costumbre, Juan Perón me estrechó efusivamente la mano no sin antes preguntarme sobre mi salud. Le preocupó el estado en que me encontraba y me recomendó hacerme ver por su médico particular. Le agradecí su atención, aunque recuerdo que le dije que era cosa de un simple resfriado. Acto seguido hizo traer cocido caliente.

         Comenzó nuestro diálogo sobre mi situación en el Ejército paraguayo, cosa que le informé pormenorizadamente. El general me respondió que era obligación entre camaradas ayudarnos en ocasiones semejantes. Me relató las peripecias de otro amigo boliviano que cayó con Villaroel, al que atendió en todas sus necesidades.

         No era mi caso, le contesté, ya que recibía regularmente mi sueldo del Paraguay. Aun así, me pidió que lo viera al coronel Castro para dejarle la dirección de mi domicilio en Buenos Aires. Poniéndose a mis enteras órdenes, nos despedimos no sin antes prometerle que lo volvería a visitar a mi vuelta de Formosa. Cuando hablé con el coronel Castro, éste me dijo que el general había ultimado los detalles para que se me entregara la administración de una partida de propiedades y empresas alemanas. Se acostumbra a dar esto a gente de la más absoluta confianza del Presidente de la República, como era mi caso según el mencionado coronel. La paga era de mil dólares. Sólo faltaba mi conformidad para formalizar el empleo. La Argentina, como otros países, le declaró la guerra a la Alemania nazi y se vio obligada a expropiar sus bienes. Empero, la decisión se tomó recién a último momento y presionados por los americanos.

         El negocio era que esos bienes se tenían que administrar y nadie mejor para ello que los amigos de Juan Domingo Perón. Pero me pareció en aquélla ocasión un abuso de mi parte, por no estar todavía retirado del Ejército paraguayo. Por dicho motivo rechacé el ofrecimiento al coronel Castro, con la salvedad de que le agradecía infinitamente al general Perón su gran gesto. Así nos despedimos del coronel y previamente éste tomó todos mis datos y dirección en Buenos Aires y Formosa.

         Con Perón no toqué el tema de la revolución, pero noté que él quería abordarlo. Repetía una y mil veces que se ponía a las órdenes del Paraguay en caso de requerirse su concurso.

         Cuando regresé de Formosa, sería por noviembre o diciembre de 1947, ya instalado en mi departamento, recibo una llamada del Dr. José P. Guggiari en la cual me pedía una entrevista personal.

         Esa misma tarde lo recibí en mi domicilio. Me dijo Guggiari que la revolución estaba perdida para el Partido Liberal y que la mediación había fracasado en Resistencia, por la intransigencia de Morínigo.

         Sabía que yo no estaba al tanto de las cosas en Asunción pero confiaba en mi concurso como intermediario ante el general Perón, de parte de los jefes de la revolución residentes en Buenos Aires. Le volví a insistir a Guggiari mi absoluta neutralidad en el reciente hecho de armas.

         - No, general, me contestó, sólo queremos conseguir una entrevista con el Presidente. Como sabemos que Ud. es muy amigo de él, pensamos que nos ayudaría.

         - ¿Y para qué quieren hablar?- le contesté.

         - Porque creemos que todavía se puede llegar a un arreglo dentro de la familia paraguaya, me dijo.

         - Si es así, le dije, con mucho gusto les ayudaré.

         Guggiari, como era su costumbre, se mostró muy elocuente. Me informaba que el coronel Franco participaría de la misma en compañía del Dr. Juan Stefanich. El, Guggiari, iría acompañado por el Dr. Gerónimo Zubizarreta.

         El Dr. Carlos Pastore conoce bien los detalles de esta famosa reunión con el presidente argentino. Le fueron proporcionados por el Dr. Zubizarreta. En una visita que me hiciera en mi domicilio en Asunción, me preguntó mayores detalles aun, con el objeto de reunir material suficiente para escribir algo al respecto. Yo le proporcioné mis impresiones de aquella reunión de carácter reservado a modo de primicia, porque sé muy bien que pronto tendremos una obra suya sobre éste y otros detalles de nuestra pasada guerra civil. Pienso que con el correr del tiempo irán saliendo a luz muchos elementos de juicio para los estudiosos o aficionados a nuestra historia política. Y el Dr. Carlos Pastore tiene la obligación de regalarnos algo al respecto. No sólo por poseer la erudición de un brillante exponente del cuarentismo sino por la honestidad moral de sus juicios.

         En aquella oportunidad, Guggiari me dio algunos detalles de una entrevista de los revolucionarios con autoridades argentinas en Resistencia. Allí había asistido como invitado el Presidente Morínigo, a bordo de una motonave argentina de nombre Tacuara. La mediación de este país no pudo obtener nada tanto del gobierno como de los revolucionarios. Los intereses contrapuestos de uno y otro bando hicieron imposible cualquier entendimiento. En particular, según Guggiari, de parte de Higinio Morínigo, que se pasó gesticulando con los brazos en la reunión.

         Ahora buscaban un nuevo arreglo. Sólo que el asunto a mi parecer ya no ofrecía perspectiva alguna. Los colorados en el poder difícilmente facilitarían ventajas a los otros, por más argumentos democráticos que se esgrimieran. Pero como el pedido encerraba una remota posibilidad de acuerdo, me decidí por conseguirle la entrevista presidencial.

         Perón aceptó reunirse con nosotros en Palermo. Así me manifestó por teléfono aquella mañana de 1947. No recuerdo si era fines de noviembre o principios de diciembre. También me adelantó que lo acompañaría el canciller Bramuglia. La reunión fue fijada para la tarde. Allí nos encontramos Rafael Franco, Juan Stefanich, José P. Guggiari, Gerónimo Zubizarreta y yo, el día convenido.

         Tanto el poder como la política ofrecen posibilidades inesperadas. Ayer enconados enemigos, hoy amigos arrepentidos. El mañana ya es cosa más difícil de predecir. Allí estábamos ex-presidentes y ex-ministros de diversos colores y matizados caracteres. Franco por ejemplo, nos había apresado a Zubizarreta y a mí en 1936, aunque el hombre decía que nunca tuvo nada contra nosotros. Al primero más que apresado lo deportó, pero lo negaba rotundamente. No dejábamos de reírnos para dentro con el Dr. Zubizarreta cuando escuchábamos las explicaciones del irascible coronel. Le decía yo a Zubizarreta, "el coronel es así, aunque no es un hombre malo. Pero no deja de ser algo desconcertante".

         No perdí aquella ocasión para endilgar a Franco su intransigencia en aceptar aquella invitación que le formulara en 1946 y, que fue uno de los motivos por los cuales no se llegó a ningún arreglo. Por el contrario, la renuncia de los ministros febreristas, presionados por él, dio pie al golpe colorado. Sin embargo, Franco me quería hacer creer que aquéllos señores obraron por propia voluntad, aduciendo que él no era ningún dictador para no escuchar a sus colaboradores. Por mi parte le manifesté que a mí lo único que me preocupaba era el Paraguay, fatal perdedor en la reciente jornada sangrienta. Los partidos políticos me tenían sin cuidado, salvo en lo que perjudicaran al país, le dije.

         Todos al unísono coincidieron al escuchar mis últimas consideraciones. Todo sea por el Paraguay. Aunque me parecieron sinceros, era tarde para borrar pasados errores.

         Guggiari congeniaba bastante con Franco porque éste lo ponía muy por encima del Dr. Eusebio Ayala. Y como aquél nunca fue requerido por el presidente de la victoria como obligado hombre de consulta durante su mandato, la situación personal de ambos se prestaba para abrir brechas.

         Zubizarreta, hombre de pocas pulgas, había defendido los intereses de la República con acendrado patriotismo. Negociador hábil y astuto, fue una verdadera muralla ante los encontrados intereses bolivianos. Por su parte, el militar tenía sobrados quilates de valiente e intrépido reconocidos por todos los paraguayos que lo vimos combatir en la guerra del Chaco.

         Al hacernos anunciar, la guardia nos abrió paso hasta llegar a la residencia. En el trayecto pudimos notar un gran despliegue de vehículos desperdigados en los hermosos camineros rodeados de flores y plantas de diversos matices. Una residencia digna de la más rancia nobleza europea, aunque dejaba entrever ciertos detalles populacheros en el mobiliario propio de algunos gobernantes sudamericanos. Cortinas de encendidos colores y alfombras no menos llamativas, que hubieran atraído la enfurecida arremetida del peor exponente de "miura". Pero aún así, era imponente la residencia del Presidente Perón.

         Nos aguardaba éste con el Dr. Bramuglia, su canciller, en la misma puerta de su despacho. Una sonrisa cordial para todos, seguida de fuertes apretones de manos. Para mi reservó un efusivo abrazo de viejos camaradas. Así era este señor que conquistó el corazón de gran parte del pueblo argentino. Un genuino exponente y último cultor de las masas en Sudamérica.

         El personal de custodia lo observaba con admiración y respeto, y su ministro de Relaciones Exteriores no daba opinión sin luego buscar el rostro del bendecido Juan Domingo. Un movimiento de cabeza descendente era muestra suficiente de aprobación; y, por el contrario, una contracción de cejas era señal de desacuerdo. Bramuglia se movía en forma automática como quien se encuentra bajo los vapores de un hechizo. Es el culto obligado a la personalidad, que imponen ciertos gobernantes que creen y están convencidos en su infalibilidad. Exigen devoción al pueblo, y por lo general, hacen mella, en las capas más incultas.

         En el caso particular de Perón la adulación llegó a límites insospechados por la mente más servil y abyecta, la que iba desde cambiar nombres de calles, plazas y ciudades con su nombre y el de su esposa, hasta exigir la proliferación de estatuas y fotografías con su imagen. Mucho le agradaba cuando el pueblo congregado le gritaba "Perón, Perón, que grande sos".

         Este carismático personaje iba a ser nuestro anfitrión. Amaba el Paraguay como un hermano arrepentido. Repetía siempre: "La Argentina no les llevó la guerra, sino el traidor Mitre con los ingleses, nuestros grandes expoliadores".

         En el terreno de los hechos, cumplió con su palabra nacionalizando todas las empresas británicas de servicios públicos como el ferrocarril, teléfonos, luz y fuerza, etc. Una nueva filosofía argentina en oposición a los intereses extranjeros que tenían sobornado a un fuerte grupo de hacendados del país. "Una nación de anglófilos", decía. "Todo aquí lleva nombre inglés".

         Enemigo acérrimo del gran dinero, muy pronto volcó el péndulo de los beneficios hacia el sector popular. Lo hizo de forma tan abrupta que creó un verdadero cisma en la Argentina, cuyos efectos siguen repercutiendo hasta la actualidad. Para nosotros fue un buen amigo a quien debemos recordar siempre con verdadero cariño porque dio muestras palpables de ello a lo largo de su gobierno. En ésta ocasión, no iba a ser menos.

         Comenzó Perón preguntando ¿qué puedo hacer en beneficio del Paraguay? Y siguió después: "Uds. se han dado el lujo de pelear casi 8 meses". Hacía referencia a nuestros escasos recursos además de la reciente sangría económica sufrida en la pasada guerra del Chaco. Le parecíamos unos perfectos irresponsables aunque dicho con palabras menos ostensibles.

         Le salió al paso José Patricio Guggiari:

         - ¿Por qué su gobierno ayudó a Morínigo proporcionándole toda clase de mercancías, general?

         Perón se "arremolinó" en su gran sillón y le contestó:

         - Con ese gobierno nuestras relaciones nunca fueron rotas Dr. Guggiari.

         - Sí, pero, una vez declarado el conflicto se hubiesen mantenido neutrales, contestó Guggiari sin olvidar ningún detalle de la reciente jornada de armas. También afirmó que la Argentina se iba a arrepentir muy pronto de lo que hizo, porque esa gente a quien ayudó es de lo peor, conocida como conculcadora de la libertad. "Con ellos no existen, decía, derechos ciudadanos sino la ley del garrote". Cuando hablaba, gesticulaba con una bufanda que se la tiraba atrás del hombro continuamente. Y Perón escuchaba impávido la combativa verba del delfín de Gondra, con aire paternal.

         Franco arremetió diciendo:

         - Mi general, llegó el momento para que Ud. asuma el papel del Mcal. López en San José de Flores. Ayer se trataba de la desunión del pueblo argentino, hoy nos tocó el turno a nosotros.

         Perón se sintió muy honrado que le compararan con el Mariscal pero entendía que también debían estar de acuerdo los colorados. Entonces se encargó al canciller Bramuglia que sondeara con el Embajador paraguayo en Buenos Aires la posibilidad de llegar a una solución. Todos planteaban una Asamblea Nacional Constituyente con amplias garantías de parte del gobierno, en las elecciones. De ser aceptada la propuesta, los liberales y febreristas reconocerían y confirmarían al gobierno colorado durante las deliberaciones de la asamblea. "Más no podemos conceder", decían.

         Entonces el Dr. Bramuglia dijo que él recientemente había estado en la reunión de cancilleres de Quitandiña y que se encontró en la mencionada asamblea con el canciller paraguayo Don Federico Chaves. Este señor le había dicho que el coloradismo estaba más fuerte que nunca. Y cuando Bramuglia le preguntó sobre el futuro democrático del país, Chaves sencillamente le contestó que la preocupación actual de su partido era sacarse de encima al Presidente Higinio Morínigo.

         - Señores, si su canciller opina de esta manera, creo muy difícil llegar a lo que proponen, dijo con énfasis Bramuglia. Aun así prometió hablar con el embajador por especial recomendación del Presidente Perón.

         Zubizarreta, cuando le tocó el turno, dijo que él estaba de acuerdo en la propuesta, pero desconfiaba de la aceptación colorada.

         - Esa es gente de cinco pesos la puñalada, decía; por eso se los sacó del gobierno en 1904.

         - Es la barbarie reinante, repitió.

         No lo dijo con ofuscación. Más bien lo hizo con un tono de melancolía y resignación. Era un hombre muy inteligente para abrazar vanas ilusiones. Y eso parecía querer transmitir a la improvisada asamblea que forzaba al Presidente argentino a tomar cartas en el asunto.

         Stefanich se explayó en parecidos términos que el coronel Rafael Franco, a su parecer, todo dependía de la buena voluntad del General Perón. Decía que el Paraguay no podía desoír las aspiraciones pacificadoras de un buen vecino como la Argentina. Además, el pedido provendría de un mandatario constitucional, elegido por amplia mayoría.

         Perón escuchó a todos y finalmente dijo:

         - Señores, para mí todos los paraguayos son iguales. Voy a insistir en este asunto delicado de Uds. los paraguayos. "No debe morir más gente".

         Aunque me negué a emitir opinión, el General Perón insistió en oír mi parecer por considerarlo importante.

         - Por favor, hable General Pampliega, me dijo.

         Tomé la palabra y relaté los pormenores de la crisis ministerial que dio motivo al golpe colorado y la posterior reacción de los allí presentes. Signifiqué la situación como grave por entender que los problemas del Paraguay nunca se resolverían sin el entendimiento de todos los partidos políticos. La convocación a una Constituyente es el único camino, pero nadie puso empeño en su momento para facilitar su concreción. Franco no se dio por aludido y miró para otro lado. Continué diciendo que todavía estábamos a tiempo y, sobre todo, con la invalorable ayuda de un gran amigo como el General Juan Perón.

         El primer magistrado me interrumpió para insistir en lo de la Constituyente. "Es imposible la pacificación en caso contrario", señaló Perón.

         Allí reconocieron todos que yo había manejado el expediente muy bien hasta mi renuncia presentada el 13 de enero de 1947. Me habían atacado bastante pero luego se dieron cuenta que fui un militar profesional neutral en aquellas jornadas. Les hice notar que se dieron cuenta un poco tarde, aunque sin insistir mucho en ello. Ya suficiente amargura les produjo su aplastante derrota en la revolución para que me ensañara con ése aguijón.

         Se levantó la sesión y Perón preguntó:

         - ¿Tienen sus coches?

         - No, quedaron en Asunción, le contesté.

         Mi salida produjo hilaridad, cosa que ablandó el ánimo de los presentes. Estábamos sirviéndonos unos refrigerios ofrecidos por el dueño de casa consistentes en whisky y bocaditos y no nos dimos cuenta del transcurrir del tiempo. Pasaron tres horas de animada charla con el Presidente.

         Así terminó mi última intervención de carácter político, y hasta el presente nunca más participé en nada parecido.

         Lo abordado en este capítulo puede ser de algún interés y, si no fui más extenso, se debe a la dificultad de retener en la memoria tanta información. Pero lo fundamental creo que está relatado.

 

 

 

ÍNDICE

 

Prólogo

Introducción

 

CAPITULO I

Electores apurados imponen candidato entre gallos y medianoche

CAPITULO II

El Partido Liberal juega sus últimas cartas

CAPITULO III

Mi designación como Ministro del Interior

CAPITULO IV

Hombres del gobierno y de la oposición

CAPITULO V

La "lista negra" de Mr. Frost

CAPITULO VI

Homenaje a mis colaboradores

CAPITULO VII

Golpistas, "Croopiers" de alto copete y un asalto a la embajada de La Paz

CAPITULO VIII

Rechazo de la Presidencia de la República y restitución del Comanda de la Artillería

CAPITULO IX

El gobierno de coalición de 1946 con colorados, febreristas y militares

CAPITULO X

Un golpe de Estado con epílogo de sangre

CAPITULO XI

Pasado, presente y porvenir

 

 




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