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AMANCIO PAMPLIEGA


  FUSIL AL HOMBRO - Obra de AMANCIO PAMPLIEGA


FUSIL AL HOMBRO - Obra de AMANCIO PAMPLIEGA

FUSIL AL HOMBRO

Obra de AMANCIO PAMPLIEGA

Ediciones NAPA,

Libro Paraguayo del Mes, Nº 22 – Agosto 1982

2ª Edición.

Asunción - Paraguay

1982 (208 Páginas)

 

 

 

 

 

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En el otoño de sus años, decantadas las pasiones y con la perspectiva que da el tiempo, el General de Brigada (SR) don Amancio Pampliega ha decidido dejar para el juicio de la posteridad y el conocimiento presente sus recuerdos personales. Pocos como él tan autorizados para hacerlo, luego de haber mantenido una misma línea de conducta -tras largos años de vestir el uniforme- al amparo hoy de una vida digna y austera, pese a haber ocupado, o acaso por ello mismo, posiciones encumbradas en la dirigencia política y militar del país.

 

Es, sin duda, el General Pampliega un producto de su tiempo; de un tiempo pretérito signado por la sobriedad de las costumbres y el respeto de los viejos valores que han dado esencia y moldeado, de siempre, a la nacionalidad. Amancio Pampliega conoció de una infancia parecida a la de quienes, como él, crecieron con el siglo. Fue testigo de los incipientes años de la aviación, de las pestes que arrasaban nuestra geografía en sus primeras dos décadas y de las diferencias políticas que se dirimían entonces.

 

En el año 1916 se produce un acontecimiento decisivo hacia un redescubrir de los valores intrínsecos del Ejército: la puesta en funcionamiento, bajo la iniciativa y dirección del Coronel Manlio Schenoni Lugo, de la Escuela Militar, institución de meritoria trayectoria desde entonces y entre cuyas paredes y bajo cuyos anchos techos, el concepto hacia lo militar -por parte del elemento civil- adquirió una mueva noción. Quedaba atrás la imagen deslucida del militar golpista, del oficial que para muchos era tal porque, en sus hogares, sus padres no supieron cómo desembarazarse de él, en fin, del oportunista o libertino que hacía de la carrera de las armas el refugio de su inoperancia.

 

Las concepciones propias de la época, aún fuertemente influenciadas por la revolución francesa, denigraban al militar en el campo civil. Golpear las puertas de los cuarteles era moneda corriente, a la búsqueda del apoyo de las presillas para fines reñidos con la democracia. La Escuela Militar de Schenoni -porque fue tan suya como del país en los primeros años- obró el milagro de transformar lo que era amplio consenso: muchas familias contaron en las filas del futuro Ejército, con cadetes que cursaban estudios en aquel que fuera viejo cuartel de Artillería. Lentamente comenzaría a transformarse la opinión hacia el militar. Uno de aquellos alumnos era Amancio Pampliega quien, como otros, tropezó en sus inicios con la oposición de sus mayores para proseguir la carrera de las armas.

 

La sublevación militar de 1922, que se extendió hasta mediados de 1923, puso un doloroso paréntesis en la formación profesional de nuestro Ejército, cuestionando, en pocos días, todo el esfuerzo que bajo la perseverancia de Schenoni venía dando sus frutos primeros. En el vendaval de aquellos meses, Pampliega, cadete de la Escuela, hizo sus primeras armas –“fusil al hombro"- en defensa de los gobiernos de Eusebio y Eligio Ayala. Arrastrado así por una vorágine que para sus escasos 16 años resultaba incomprensible, debió, desgraciadamente, como tantos paraguayos, enfrentarse a sus propios compatriotas. Desde entonces y por espacio de exactamente un cuarto de siglo, sería protagonista de primera línea de sucesos troncales de un largo y azaroso período de nuestra vida política y militar.

 

Su foja de servicios registrará luego su participación en la fundación de varios fortines antes del conflicto chaqueño, su labor como Oficial de Planta de la Escuela Militar, su presencia en Buenos Aires en 1927 al frente de una compañía de cadetes de la misma institución, su ingreso a la Escuela Superior de Guerra en 1932. Estallada la guerra, el entonces Capitán de Artillería Amancio Pampliega participa en Boquerón -setiembre de 1932- al frente de la primera de las tres baterías del grupo de Artillería No. 1 "General Bruguez". Más adelante, y luego de lucida actuación, pasa a jefaturizar el Estado Mayor de la VII División de Infantería, al mando del TCnel. José A. Ortiz. En julio de 1934 asume el mando del Regimiento Rubio Ñú, 12 de Infantería, y en agosto del mismo año pasa a comandar el Regimiento Yataity Corá, 17 de Infantería. Conduce también el "Destacamento Pampliega", compuesto de los Regimientos 9 y 17y pasa, en diciembre de 1934, de nuevo como Jefe de Estado Mayor de la VII División. En febrero de 1934 es ascendido, por méritos de guerra, al grado de Mayor y en marzo de 1935 vuelve a comandar el Regimiento Yataity Corá, en los linderos norte de nuestro avance.

 

Tres veces condecorado, Pampliega se gana el aprecio del General José Félix Estigarribia, quien al término de la guerra lo designa corno su Ayudante Militar. El destino -o lo que fuere- quiso que producido el movimiento del 17 de febrero de 1936, Pampliega acompañara a Estigarribia en prisión, evidenciando su lealtad al gobierno del Dr. Eusebio Ayala. Como consecuencia de ello conoce, con otros camaradas de la guerra, los sinsabores de la prisión militar de Peña Hermosa, sin que el resquemor echara raíces en su espíritu. Reincorporado el año 1937, viaja a Europa a proseguir sus estudios, cuando la segunda guerra mundial lo obliga a retornar. Bajo la presidencia dé Estigarribia se hace cargo del Regimiento de Artillería No. 1 General Bruguez, con asiento en Paraguarí, ya ascendido al grado inmediato superior. En aquellas borrascosas jornadas, donde el conductor militar del Chaco intenta, sin conseguirlo, aquietar los ánimos, se jugaba entre bambalinas la suerte del gobierno. Pampliega, consultado sobre la mejor manera de torcer el rumbo, se niega a levantarse contra su jefe, Estigarribia. Su actitud firme, es un ejemplo en esos momentos de dubitaciones.

 

La muerte trágica del Mariscal póstumo abre en él, como en tantos otros paraguayos, una herida que no cicatriza. Pero Pampliega es militar y su carrera prosigue. Precisamente, hasta aquel doloroso 7 de setiembre de 1940 abarca el relato de este primer volumen de sus reminiscencias personales que prologamos, escritas ellas en lenguaje sencillo, rico en detalles que, desapercibidos en la historia grande, hacen precisamente comprensibles muchos aspectos de nuestro pasado.

 

Tras prestar su concurso de varios años en el gabinete del Presidente General Higinio Morínigo, en 1946, cuando la presión democrática se hizo notoria al calor de los triunfos aliados en Europa y el Pacífico, los vientos que soplaban por estas tierras volcaron la situación política con los sucesos del 8 y 9 de junio de 1946. El General Pampliega, que se hallaba en Buenos Aires presidiendo la delegación paraguaya a la asunción al mando del Teniente General Juan Domingo Perón, retornaba días después al país. Los principales mandos habían decidido jugarse la carta de su persona, y sugirieron su nombre para la Presidencia de la República. No era aquella una invitación meramente formal. Empero, no se consideró una arista que su carrera militar había consolidado: la lealtad. Fue leal y desestimó el ofrecimiento, en un país en el que, al decir de un dirigente político, "cualquier sargento de compañía quiere hacerse cargo de la presidencia”, lealtad que, por otra parta, no se tuvo para con él unos pocos meses después, en enero de 1947.

 

Retirado Pampliega del ministerio de dfensa Nacional y del de Interior, que interinaba, precisamente ese mes y año, el Presidente Morínigo recompone su gabinete, dando forzoso acceso al Partido Colorado al gobierno de la nación, después de 42 años de llanura, para cuya contingencia habían prestado concurso protagónico entre otros, el TCnel. Enrique Jiménez en el campo militar y don Víctor Morínigo en el civil.

 

En marzo de 1947 sobreviene la larga y angustiosa lucha entre hermanos, que desgarra a la familia paraguaya acaso como nunca antes en el curso de su inseguro peregrinaje político. Desde entonces, la, unidad nacional -nunca soldada del todo salvo cuando la guerra del Chaco- no pudo ser recompuesta y aun hoy, el recuerdo con fines políticos de aquel enfrentamiento preside las actitudes de muchos hombres que no entienden que él, libre de pasiones, debería quedar a la consideración exclusiva de investigadores y estudiosos, para que de sus conclusiones quitemos, en el presente, aquellos elementos que impidan la vuelta de circunstancias como las que provocaron esa contienda intestina.

 

Necesario es, por ello, que los protagonistas de hechos marcadores de época dejen su testimonio, libre de pasiones, para que las generaciones futuras valoren lo que estuvo acertado y enjuicien, críticamente, lo que estuvo errado. En el caso del General Amancio Pampliega, tras siete lustros de retiro, ha saldado él la deuda que contrajo para consigo y para con la sociedad al asumir la función pública. Deuda de todos los hombres públicos, que se deben a quienes delegaron en ellos, un día, el mando y que como tales deben responder. Consecuente con este principio, el autor de estas MEMORIAS, como militar y como paraguayo, ofrece desde una perspectiva lejana, una pintura de aquellos años, con sus errores y aciertos propios; período de poco menos de veinticinco años, en cuyo transcurso se dieron las tres principales revoluciones desde que el Paraguay advino a la vida independiente, así corno una guerra internacional, la caída del Partido Liberal tras 32 años de gobierno, la implantación de una nueva Constitución en 1940 y la aparición en 1936 de un nuevo movimiento político.

 

Yerran a nuestro modo de ver, quienes, con criterio y pautas extranjeras, pretenden buscar explicaciones científicas y preestablecidas a nuestros fenómenos políticos pasados; cuando ellos se han dado casi siempre a impulsos de factores emotivos y circunstanciales, propios del carácter de nuestros pueblos. De igual modo, yerran quienes muchas veces hurgan a la búsqueda de complejas explicaciones para sucesos pasados, cuando sus razones han sido simples y usualmente sin ligadura con factores ideológicos, sociológicos o de parecida tesitura. En ese contexto, las Memorias del General Amancio Pampliega, como tales, explican desde su óptica personal de protagonista y testigo vivencial, aquellos sucesos que pautaron buena parte de nuestro pasado inmediato. He ahí, a nuestro modo de ver, uno de los principales servicios que presta la obra para el esclarecimiento histórico.

ALFREDO M. SEIFERHELD

 

 

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INDICE

Prólogo

 

*. I. MATARIFES Y PICAROS DE GUANTE BLANCO

·         El azote de la peste / El médico de Juan Manuel de Rosas / El Coronel Albino Jara / La polémica sobre el Mariscal López / Pícaros de guante blanco / El fusilamiento de Rogelio Godoy / El pan y los salchichones de Don Juaní II.

 

*. II. CON EL FUSIL AL HOMBRO

·         La vida cuartelera / Lecciones de protocolo / Con la música a otra parte / Profesores y oficiales de planta / Camaradas de remesa / Signos de descomposición / Comienza la tormenta

 

*. III. LA GUERRA CIVIL DE 1922-23. CAÑA, PONCHO Y CUCHILLO

 

*. IV. FUNDADOR DE FORTINES EN EL CHACO

·         Viaje por el Pilcomayo / El humor de Arturo Bray / Un fortín sobre el Confuso / Relaciones públicas con los Maká / Las instrucciones del Ministro Riart / Concepción, la Perla del Norte

 

*. V. AFECTOS Y ENEMISTADES EN EL EJERCITO PARAGUAYO

·         La Misión Militar Francesa / Maniobras de 1930: Bray contra Estigarribia / Franco y Estigarribia un testimonio / Schenoni y Bray

 

*. VI. AL BORDE DE LA ANARQUIA

·         Imágenes y personajes de la época / El "Piloto del Ambiente" y el "General" Resquin / La oposición al gobierno / El 23 de Octubre / Ambición presidencial de Bray

 

*. VII. EN EL UMBRAL DE LA GUERRA

 

*. VIII .DESDE BOQUERON HASTA ZENTENO-GONDRA

·         La artillería en Boquerón / Últimos días de Boquerón / Petróleo y corrupción / El Paraguay a la defensiva / En la VII División / Pampa Grande y Pozo Favorito / Victoria de Zenteno--Gondra (Campo Vía)

 

*. IX. STRONGEST, UNA DERROTA SIN PADRES Y EL CARMEN, LA BATALLA MODELO

·         La batalla más documentada / Situación general en abril / Fracaso de la sorpresa / El R.I.16 impide una catástrofe / El Carmen / Persecución del enemigo / Emboscada en Celina

*. X. YRENDAGUE-PICUIBA Y LA TERMINACION DE LA GUERRA

·         Audaz incursión en Yrendagüé / Ultimas acciones de guerra / Entrevista Estigarribia-Peñaranda / Una plática con Germán Busch / Ayudante del Comando en Jefe

 

*. XI. PROLEGOMENOS DE LA CRISIS POLÍTICA

·         Detención de Franco / Franco al exilio

 

*. XII. LA REVOLUCIÓN DE FEBRERO DE 1936

·         Impasibilidad de Estigarribia / Frustrada candidatura de Schenoni / Un brindis en la prisión / García Soto y los espíritus / En Peña Hermosa / Retorno a Asunción

 

*. XIII. EL RETORNO DEL PARTIDO LIBERAL Y EL ENCUMBRAMIENTO DE ESTIGARRIBIA

·         El Tratado de Paz del Chaco / En la Escuela de Aplicación de Artillería de Francia / Estallido de la Guerra Mundial / Estigarribia y la pugna interna liberal / En el Comando de la Artillería / El vaticinio de Bauer y la muerte de Estigarribia.

 

APENDICE.

 

 

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  LA REVOLUCIÓN DE FEBRERO DE 1936   

 

Ocho días después del embarque de Franco a Buenos Aires, el General Estigarribia decidió trasladarse al Chaco. Debía inspeccionar la VI División, que tenía a su cargo la custodia de nuestra frontera con Bolivia. El 14 de febrero me comunicó que visitaríamos Capiírenda y que, por tanto, yo debía presentarme más temprano que de costumbre. El chofer -me indicó- pasaría a buscarme a las 6 de la mañana.

A la hora indicada, me dirigí a la casa del Comandante en Jefe. Este ya había desayunado y me estaba esperando. Poco después, nos encontrábamos en la pista de aviación, cuando ya eran las 6.30. Supe después que, ese mismo día, Estigarribia había sido avisado de algunos pormenores de la sublevación en ciernes. Los informes le fueron suministrados por el propio Jefe de Policía, pero no hicieron mella en el espíritu del General.

Me informé también después de que el Coronel Paredes había ido a su domicilio pocos días antes, con el mismo objetivo. Y que su sorpresa fue grande cuando Estigarribia se limitó a citarlo para el día siguiente al Comando en Jefe, pese a lo alarmante de los informes. Paredes, según me lo explicó él mismo, sabía que era imposible concurrir a la institución. Para ello, debía pedir la venia correspondiente a su superior directo, de conformidad con la reglamentación castrense. Eso significaría probablemente delatar su objetivo, razón por la cual prefirió buscar la vía de una visita particular. Pero Estigarribia eludió la conversación. No sabía cuánto le costaría al país su actitud casi prescindente ante los acontecimientos que se estaban precipitando.

Abordamos el primer avión libre. A Estigarribia no le interesaba generalmente quién sería el piloto ni si la máquina estaba en buenas condiciones. Para él, lo importante era que las hélices se movieran. Parecía tener una fe ciega en su buena estrella. Pocos años más tarde, este exceso de confianza le costaría la vida. Pero en aquella mañana de 1936, aun no le había llegado la hora.

Decolamos a las 7 de la base de Ñu Guazu, en un avión "Travel Air" rumbo al norte. Lo que sigue después lo escribí en un documento que debía ser divulgado recién después de mi muerte y cuyo depositario era el doctor Mauricio T. Osuna. En el sobre entregado a Osuna, este estampó la frase siguiente. "En caso de morir primero yo, estos documentos serán devueltos al General Pampliega quien los podrá publicar o buscar otro destinatario"

Con la pena de haber perdido al antiguo depositario de este relato, debo ser yo quien dé a luz este episodio. Estábamos, como decía, abordando la máquina con el General Estigarribia en Ñu Guazu. Durante el vuelo, nos enfrascamos ambos en la lectura de periódicos y revistas buscando distraernos, ya que el viaje tendría cuatro horas de duración. Durante los intervalos de la lectura mantuvimos una charla inconsistente, sobre temas baladíes. Y sin embargo, tal como lo comprobé después, el ya sabía de la existencia de la conspiración por boca, nada menos, que del Jefe de Policía. No me explico su calma, teniendo en cuenta que no podía escapársele a su fina inteligencia que en Asunción quedaba bullendo un volcán.

Tal vez pensaba que de todos modos su figura ya había ganado un lugar en la historia y que nada podría conmoverlo de su pedestal. Estigarribia tuvo los medios para detener la sublevación y no lo hizo. Quizá presentía que ella no duraría mucho tiempo. Quizá pensaba que se trataba de una falsa alarma.

Hicimos escala en el fortín Camacho, hoy Mariscal Estigarribia. Allí nos entrevistamos con el comandante de dicha plaza, Teniente Coronel Sigifredo Melgarejo. Luego seguimos vuelo a Capiírenda, asiento del D.6, a cargo del Coronel Carlos J. Fernández, quien nos aguardaba en la pista con varios jefes y oficiales de su Estado Mayor. Nos trasladamos en vehículos a la antigua sede del Comando en Jefe durante la contienda chaqueña. Recorrimos los lugares previstos junto con el Coronel Fernández durante parte del día 15 de febrero y todo el 16.

 

 

IMPASIBILIDAD DE ESTIGARRIBIA

 

El 17 amaneció con un tiempo en calma. Después del desayuno, recibimos un sorpresivo telegrama. El General me lo entregó para, descifrarlo. Provenía de la Armada Nacional y decía: "Estalló movimiento revolucionario en Asunción. Se combate en los alrededores de la plaza Uruguaya. Presidente de la República se encuentra en este Comando, sírvase regresar inmediatamente. Firmado: Comando de la Armada".

Ejercía el cargo el Capitán de Navío Rufino Martínez. Entregué el telegrama al General Estigarribia y este hizo lo propio con el Coronel Fernández. El General hizo, en ese momento, el siguiente, comentario: "Qué notable. El Capitán Rufino Martínez nos da cuenta de una revolución, pero no dice quién es el jefe de la misma. Esto sería interesante conocer".

Percibí un ambiente tenso en el Cuartel del Coronel Fernández. Muchos éramos jefes y oficiales jóvenes que probablemente seríamos barridos de consumarse el golpe de estado. Estigarribia me dictó la contestación en estos términos: "Recibimos su mensaje de hoy y es deseo saber quién es el Comandante de la revolución". Descifré el mensaje y lo remití a Asunción a las 9, más o menos. Ínterin, el General Estigarribia hizo formar a varios jefes de la D.6, para condecorarlos con la Cruz del Chaco. El lugar elegido para la ceremonia fue una lomada adyacente al Cuartel. El Coronel Fernández hizo formar a los galardonados e inmediatamente el General procedió a condecorarlos personalmente. La ceremonia fue sencilla pero cargada de emoción.

Al terminar el acto, Estigarribia pronunció algunas palabras alusivas. Luego, nos trasladamos a la casa del Coronel Fernández. El General estaba sereno y no hizo ningún comentario sobre la revuelta que, a esas horas, estaba tomando cuerpo en Asunción.

Mientras aguardábamos la respuesta aclaratoria, Estigarribia me preguntó si no creía que el jefe podía ser el Teniente Coronel Rivas Ortellado. Le dije que no creía en ello, porque no tenía mando de tropa y porque se encontraba en Itá, su ciudad natal, sin ninguna función militar.

Sin agregar nada a mi respuesta, se puso meditativo y molesto por la demora de Rufino Martínez en contestar. Los minutos parecían días. El ambiente iba cobrando un aspecto cada vez más tenso. Nadie hacía comentarios, pero el nerviosismo era patente y generalizado.

Poco después, a las 10, recibimos la respuesta del Comando de la Armada. "Comando de la revolución Teniente Coronel Federico Smith" La noticia sorprendió a Estigarribia pues era creencia general que aquel jefe se encontraba enfermo y con permiso.

A las 15 de aquel día 17 de febrero, volamos a Puerto Casado luego de dar instrucciones al Coronel Fernández sobre los acontecimientos que pudieran sobrevenir con motivo de la revolución. Fernández, un hombre de fuerte temperamento, le dijo al General que estaría a lo dispuesto por el Comando en Jefe y que aguardaría ansioso su comunicación desde Casado. La lealtad de Fernández era conocida.

Al aterrizar, nos instalamos a un kilómetro del puerto. Allí había teléfonos y oficinas y posibilidades de comunicarnos con todas las dependencias del litoral del río Paraguay. Ya era bien entrada la tarde cuando llegamos a Casado. Aunque parecía que íbamos a actuar de inmediato, Estigarribia decidió hacerlo al día siguiente.

El 18 de febrero, Estigarribia me pidió ponerme en comunicación con el Comandante Militar de Concepción. Teniente Coronel Francisco Caballero Álvarez, antiguo camarada de expediciones chaqueñas de preguerra. Pero mi sorpresa fue mayúscula cuando del otro lado de la línea me respondieron que Caballero Álvarez ya no era Comandante de la guarnición y que ese cargo lo ocupaba ahora en ese momento el Teniente Coronel Vicente Machuca. A pedido de Estigarribia le dije al telefonista que éste quería hablar con el nuevo Comandante. Una vez Machuca en la línea, le pasé el tubo al General.

-Cómo es que apareció usted allí -le dijo, con cierta ironía.

-Mis compañeros revolucionarios de Asunción me enviaron aquí -contestó Machuca.

-Entonces sus compañeros revolucionarios de Asunción son sus nuevos jefes -le replicó secamente el General y colgó el tubo.

 

 

FRUSTRADA CANDIDATURA DE SCHENONÍ

 

El plan de Estigarribia de oponer resistencia exigía la permanencia de Caballero Álvarez en Concepción. Al comprobar su remoción, dejó sin efecto sus propósitos. La conversación con Machuca alteró sus planes.

Quedamos en Puerto Casado aguardando la constitución del nuevo gobierno. Fuimos informados de la renuncia del Presidente Ayala, el 17 de febrero, por la tarde. Ayala y los miembros de su gabinete fueron a parar a la Policía. Por relatos posteriores, supe que, cuando se iba a elegir un nuevo presidente, el Teniente Coronel Smith sugirió el nombre del General de Brigada Manlio Schenoni, nuestro viejo maestro, por esa época ya retirado del Ejército. Pero aparentemente la gente de la Liga Nacional Independiente pesó más en la balanza y pudo obtener el nombramiento del Coronel Rafael Franco, quien llegó a Asunción el 19.

El gobierno de Ayala fue muy indolente para frenar el golpe. Fue infantil pretender que el alejamiento de Franco iba a terminar con los trámites subversivos. Por aquella época funcionaba en Palma y Ayolas el bar "Vilas" que ofrecía, además del menú acostumbrado, un espectáculo musical con orquestas y cantantes de tangos. El dueño, un argentino que tenía pocos remilgos para opinar, expresaba su opinión, sobre este asunto, de la siguiente manera: " ¡Qué quiere! Estos liberales se creían unos manates y ya ve lo que les pasó... ¿Vió?". Esta burda definición reflejaba, en cierto modo, lo que había ocurrido realmente.

El Ejército perdió la oportunidad de llevar a la primera magistratura al General Schenoni, que a lo mejor hubiera hecho mejor papel que Franco. Cuando hablé con Schenoni sobre este episodio, veinte años después, no dejó de corroborar la intención de Smith y me dio a entender que no hubiera rechazado el ofrecimiento. Lo impidieron motivos de orden político. Pero tal vez ellos hacen que hasta hoy Schenoni sea recordado, sin discusión, como uno de los más meritorios maestros militares de nuestra historia. Quiso la suerte que su figura no hubiese quedado en entredicho como consecuencia de los vaivenes de la política.

El 21 de febrero, el General Estigarribia decidió regresar a Asunción, para presentarse a las nuevas autoridades. Se sentía deprimido. Pero cuando me presenté a la pista para acompañarle y correr su misma suerte pude ver un brote de satisfacción en su rostro alicaído. Seguía junto a él en las malas.

Muchos jefes se adhirieron al nuevo gobierno, pensando que con ello salvaban la carrera militar. Entre ellos, el Coronel Juan Manuel Garay. Es desde esta fecha que arrancó la animosidad de Estigarribia hacia él y no antes, como se pensaba. Muchas veces comenté con Manolo que la política ofrece extraños senderos a los hombres y que hay que aceptar sus tortuosas reglas de juego. Para los militares, poco duchos en estas cuestiones, es siempre difícil adoptar la decisión más adecuada.

No podemos vivir con la carga de rencores pasados. Por mi parte, conservo una estrecha amistad con franquistas de la primera hora, como Vicente Machuca, sin que esta relación haya sido empañada con estos ingratos episodios.

Retornamos con Estigarribia y a las 9 de la mañana ya sobrevolábamos sobre Asunción. Al pasar sobre el palacio, Estigarribia me dijo: -Fíjese Mayor Pampliega, en la bandera en el Palacio. Por lo visto, el Presidente está en su despacho.

 

 

UN BRINDIS EN LA PRISIÓN

 

Al rato, aterrizamos en Ñu Guazú. Las hélices todavía no se habían detenido cuando un piquete de soldados rodeó la máquina. Apareció de sopetón el Mayor de Aviación Gregorio Morínigo, quien se presentó al General en mangas de camisa y, altaneramente, le dijo: -Mi General, por orden de la superioridad se encuentra usted arrestado. Sírvase pasar a la Comandancia para aguardar nuevas órdenes.

Estigarribia no respondió. Por mi parte, ofuscado, le pregunté a Morínigo quién era él allí y por qué hacía tanto despliegue para detener a dos personas, cómo si se tratara de delincuentes. Me contestó que era el nuevo Comandante de la Aviación. Eso me hizo perder los estribos y le dirigí un aluvión de gruesos adjetivos. Morínigo se mantuvo en su papel arrogante y soberbio. Varios oficiales subalternos me rodearon y, atajándome de los brazos, me pidieron que no reaccionara con violencia. Estigarribia permanecía cerca mío con su rostro inmutable. No perdió la serenidad ni un segundo.

Fuimos trasladados a una pieza contigua al despacho del Comando de la Aeronáutica, con centinela a la vista en la puerta de nuestra habitación. Fueron instaladas dos camas, lo que indicaba que nuestro cautiverio podría ser prolongado. Ya adentro, Estigarribia me dijo: -Ha hecho muy bien usted, Mayor Pampliega, al increpar duramente a ese revoltoso.

Al terminar de hablar, hurgó en su maletín de mano y extrajo una botella de coñac, y me dijo: -Mayor Pampliega, hoy es mi cumpleaños y es la primera vez en mi vida que guardo prisión. Quisiera brindar con usted, mi leal colaborador en todo momento durante su ayudantía en el Comando en Jefe.

Alzamos nuestras copas con gran emoción, en tan inapropiado lugar. Luego nos tumbamos en nuestros camastros. El General se hundió en una profunda meditación. No me atreví a preguntarle su opinión sobre lo que estaba ocurriendo. Pero de pronto, reflexionó: -Estos señores nos largarán cuando se sientan bien fuertes en su nueva posición.

Más adelante, dijo: -Sería interesante conseguir periódicos para informarnos mejor de los acontecimientos políticos de Asunción Cuando apareció el soldado boliviano que nos traía la comida, resolvimos valernos de él para obtener los periódicos. Al rato retornó con los diarios escondidos dentro de su chaqueta. Un extranjero se condolía más del Comandante en Jefe del Ejército enemigo que los propios compatriotas de éste.

Devoramos los periódicos sin dejar pasar ni siquiera los avisos fúnebres. El aburrimiento, en estos casos, es intolerable. Dos días después, se presentó un oficial para comunicarnos mi traslado a la Comandancia de la Policía Militar. Se me concedió unos minutos para asearme y despedirme del General. Antes de partir, le manifesté: -Mi General, debemos comunicarnos de algún modo. Procuraré hacerlo en cuanto pueda. El tiempo vivido con usted no lo olvidaré jamás.

 

 

GARCÍA SOTO Y LOS ESPÍRITUS

 

Nos abrazamos emocionados y nos despedimos. Un oficial de reserva me condujo hasta mi nuevo destino, en la Policía Militar cerca de la iglesia de San Roque, en Coronel Bogado y Tacuarí. Al llegar a la Guardia, me recibió el Mayor García Soto, nuevo Jefe de la Policía Militar, quien tenía fama de ser espiritista. Me ordenó dirigirme junto a los demás detenidos, en el fondo. Me dirigí al lugar indicado sin pronunciar palabra alguna. Reconocí a mis compañeros de infortunio, quienes se alegraron de recibirme. Estaban allí desde hacía dos días y tenían deseos de conocer los detalles del apresamiento de Estigarribia. Me abordaron todos al mismo tiempo.

Recuerdo entre ellos al Capitán de Navío José Bozzano, Capitán de Navío Rufino Martínez, tenientes coroneles Paulino Antola, Gilberto Andrada, Raimundo Rolón, Ramón L. Paredes, Juan N. Barrios y Alfredo Ramos; el Mayor Mutshuito Villasboa (el que había apresado a Franco) capitanes Julián Espinoza y Virgilio Larrosa y Teniente de Marina Heriberto Dos Santos. Los demás guardaron arresto domiciliario, sin contar los que pidieron su retiro inmediato del Ejército, entre ellos el Comandante de la D.6, Coronel Carlos J. Fernández, quien envió un rotundo telegrama a las nuevas autoridades, en estos términos: "No acataré la orden de nadie que no sea el General José Félix Estigarribia" y, acto seguido, solicitó su retiro.

Nuestra prisión tuvo su cuota de precariedad y humillación que contrastaba nítidamente con los principios de quienes hablaban de justicia, libertad y otros similares, y que ahora en ese momento apresaban a sus camaradas que habían cumplido con el juramento de lealtad. Los detenidos me rodearon amistosamente y tuve que satisfacer su curiosidad, informándoles que Estigarribia no había sido maltratado físicamente, pero que se hizo lo posible por humillarlo espiritualmente, pese a lo cual nuestro Comandante en Jefe mantuvo su proverbial calma.

Observábamos desde el patio a nuestros parientes que pasaban frente a nuestra improvisada prisión con el afán de comunicarse con nosotros. Pero la fuerte custodia lo impedía. Estuvimos cuatro largos días hasta que, el 27 de febrero por la noche, fuimos llevados a un paraje llamado "Curé Cuá", en los bajos del Hospital de Clínicas. El nombre era el fiel reflejo de la miseria de la barriada. No podíamos vernos unos a otros en la oscuridad. Nuestros captores nos hicieron caminar en fila india y nos embarcaron en una chata que era utilizada para el transporte de animales y que pertenecía a la firma Carlos Casado. El olor a bordo era nauseabundo y nos dimos más de un resbalón en los excrementos de los anteriores pasajeros.

Apareció un remolcador, el "Ñati'ú" que llevó la chata hasta Villa Hayes. Llegamos recién a las 14 del día siguiente, tal era la lentitud de la embarcación. Compramos víveres con nuestros propios recursos. Nuestros captores, encabezados por García Soto se olvidaron que llevábamos ya 36 horas sin probar bocado alguno. Hicimos las compras en el asiento de la Guarnición de Artillería "General Bruguez". Mediante una colecta pudimos adquirir una bolsa galletas, media bolsa de azúcar, media bolsa de yerba, fideos, y dos ovejas vivas.

El Teniente Coronel Alfredo Ramos y el Teniente de Marina Heriberto Dos Santos fueron elegidos para sacrificar a las ovejas, por ser ganaderos y suponérselos duchos en estos menesteres. Así lo hicieron, con los precarios elementos que teníamos a mano. La sangre corría a raudales en la chata, mientras los matarifes la emprendían a cuchilladas con los animales. La tarea del despellejamiento fue la más compleja y, mientras lo realizaban, recibían más de una orientación técnica de los demás camaradas. Las risas y los comentarios paliaron en parte nuestra desdicha.

La noche del 28 comimos un guiso de ovejas bastante pasable. Lo único que nos incomodaba singularmente era el Carcelero García Soto, cuya relación con los espíritus nos llenaba de desconfianza. De todos modos, tuvimos la suerte de no vernos sometidos a una plática con las almas en pena del Mariscal López, del Coronel José Julián Sánchez o algún otro personaje que pudiese estar interesado en nuestra suerte, a través del intermediario García Soto. De todos modos, este trataba de tranquilizarnos, diciéndonos que comprendía nuestra situación y que debíamos pedirle lo que deseáramos, que procuraría satisfacerlo. "No crean que esto es agradable para mi" agregaba.

Nos comentaba que, en cierto modo, hacía causa común con nosotros y que era casi un preso más. Ramos le propuso, inmediatamente: -García Soto, cuando lleguemos a Concepción vamos enviar un telegrama, en el que vas a adherirte a nuestra causa en forma enérgica. ¿Qué te parece?

-"Anina mi Comandante. Hetaiterei niko che comprometé" (No mi Comandante, me va a comprometer excesivamente). Y miraba a todos lados, temiendo que algún soldado hubiese escuchado la conversación. Alfredo Ramos no perdía la ocasión de poner en aprietos a nuestro carcelero que, pese a su función, no nos hizo pasar del todo mal. Además, no le faltaba alguna dosis de ingenio.

 

 

EN PEÑA HERMOSA

 

Al otro día, al amanecer, nos percatamos que la chata era tremendamente incómoda. La chapa de cinc del techo convertía el sitio en un horno. Era preferible recibir directamente los rayos del sol que achicharrarse bajo la chapa. Nos turnábamos para ocupar la proa, donde recibíamos algo de viento. El tereré hacía algo menos insoportable la situación. La temperatura habrá rondado los 40 grados y solamente nuestra juventud nos permitía soportarla. Pero algunos de los nuestros como Bozzano y Martínez, por ser más entrados en años, parecían más agobiados, aunque no lo hicieron notar.

Luego de cuatro días de lenta navegación llegamos a la norteña ciudad de Concepción. García Soto, al aproximarnos al puerto, arreció en sus recomendaciones de portarnos bien y en su repetitivo "anina che comprometé". En el puerto, mucha gente se congregó para vernos llegar. El gobierno aún no se sentía muy fuerte y temía que cualquier incidente pudiese perturbar la calma. Al atracar nuestra chata, se tendió una planchada. Pudimos notar al Coronel Machuca quien subió a bordo para decirnos: -No quiero ver caras tristes. Soy el primero en manifestar mi desacuerdo con el procedimiento de que son ustedes objeto. La revolución de febrero no la hicimos para esto. Tengan por seguro que manifestaré mi repudio a las nuevas autoridades por el modo usado con distinguidos jefes de las Fuerzas Armadas de nuestra patria.

Nos dio la mano a todos y nos pidió que desembarcáramos en la ciudad, luego de decirnos que podíamos comer por cuenta de la guarnición militar. El gesto de Machuca fue bien recibido por nosotros. Bozzano se negó a desembarcar, pese a las advertencias de García Soto: -Mire que no se va a cocinar a bordo, mi Coronel, -le decía.           

-A mí no me importa. No voy a desembarcar y punto. Me tienen sin cuidado sus recomendaciones -respondió airadamente.

Al final, García Soto desistió de su empeño. Los demás fuimos a hoteles y restaurantes a restaurar fuerzas. Partimos para Peña Hermosa 24 horas después. Al atracar, percibimos el panorama que teníamos enfrente. La peña tiene de hermosa solamente el nombre. El barquero amarró la chalana con los soldados de a bordo quienes forcejeaban con toda suerte de movimientos y contorsiones.

La prisión estaba rodeada de una alambrada de púas. Estaba vacía cuando llegamos nosotros, porque la amnistía decretada por el Presidente Ayala la había dejado sin ocupantes. Nosotros volvíamos a inaugurarla. Administraba la cárcel el Mayor Acosta, quien no tiene nada que ver con el del mismo grado y nombre que actuó en la guerra civil de 1922 junto a Chirife.

Nos instalamos en un rancho Antola, Paredes, Barrios y yo. Barríamos el sitio por riguroso turno. Pusimos toda nuestra buena voluntad para hacer habitable el sitio. Recibimos alguna que otra correspondencia y encomiendas de nuestros familiares. La comida no era mala pero sí rutinaria. Salvamos la situación mediante sesiones de pesca, a cargo de Ramos, Andrada y Dos Santos. Salían muy temprano munidos de sus liñadas seguidos de nuestras exigentes miradas y recomendaciones de variar la pesca, para no repetir la del día anterior.

Los pescadores cumplieron eficientemente su misión, habida cuenta de la precariedad de medios y de las bravas corrientes de aquel sitio. Iban al riacho Lamboé, donde cobraban tres o cuatro piezas diarias, consideradas suficientes para el mantenimiento del grupo. Debíamos cuidar a nuestros pescadores. Más de uno sufrió la quemadura de las manos con el violento tirón de algún dorado, tenaz luchador de nuestros ríos que siempre vende cara su derrota.

Por gentileza de la compañía Carlos Casado, recibimos cuatro, vacas lecheras, con lo que nuestro desayuno mejoró sensiblemente. Una mañana, cuando saboreábamos unos sabrosos dorados fritos, llegó un radiograma de Asunción. Informaba a Bozzano que había muerto su padre y que estaba autorizado a bajar a Asunción para participar de las exequias. Lo acompañamos a la playa donde se embarcó, visiblemente acongojado. Para su suerte, ya no regresó. Nosotros recibimos orden de embarcarnos dos meses después.

 

 

RETORNO A ASUNCIÓN

 

Llegó el día y abordamos el Ciudad de Concepción de la compañía Dodero, que echó anclas en medio del canal que pasa frente a Peña Hermosa. Llegamos al buque en canoas, con nuestras pobres pilchas a cuestas. Era un buque de lo más coqueto para esas latitudes. Para a las miserias pasadas, nos pareció más confortable que el "Queen Elizabeth". En la cubierta impecablemente limpia, circulaban mozos de botones dorados, y tripulantes. El acento porteño delataba la bandera del buque. En el comedor, con mesas bien servidas, se escuchaba el parloteo de los pasajeros, que nos ponían nuevamente en contacto con el mundo. Nos miraron al principio como a bichos raros salidos de alguna novela de Emilio Salgari, tal era nuestro aspecto. Más parecíamos piratas, barbudos y desgreñados, que jefes del Ejército. Al reconocernos, adoptaron con nosotros una actitud prudente. Demás está decir que nadie pidió pescados para el almuerzo. Vinos, postres y cigarrillos importados hicieron más grata la travesía.

Llegamos a Asunción a principios de setiembre, al mediodía. Nadie nos esperaba en el puerto. Abordamos algunos vehículos chapa blanca -como los llamaba la gente- y nos dirigimos a nuestros respectivos domicilios. No pasaron dos horas de haber llegado a mi casa cuando me sorprendió un timbrazo. Al mirar por la persiana vi un camión militar con el Capitán Jara Román a la cabeza. Lo hice pasar a la sala y me dijo que tenía orden de llevarme al Departamento de Marina. Le pregunté si era en calidad de detenido, pero dijo, sin aclararme nada, que solo llevaba esa orden. Y agregó que tenía entendido que el Presidente de la República, Coronel Franco nos recibiría en el palacio a las 17.

A la hora indicada, nos llevaron al Palacio de Gobierno. Por la magnitud de la sala a la que fuimos conducidos, llegué a la conclusión de que era el despacho de Franco. Algunos funcionarios colocaron sillas alrededor de la mesa, hasta que apareció el Presidente. Con un saludo cortés, de circunstancias, se acercó a nosotros y nos dio la mano. Luego nos dirigió unas breves palabras. Nos dijo que reconocía en nosotros nuestra calidad de soldados leales al anterior gobierno y que habíamos sido educados para eso. Y agregó que ellos, los revolucionarios, se justificarían ampliamente ante el pueblo y que nos atenderían en la medida de lo posible, para que no perdiésemos la carrera militar. Lo más pintoresco fue cuando nos dijo: -Les pido no participar en política, no conspirar contra el gobierno, no alterar el orden de las cosas.

Continuó diciendo: -Me sería doloroso recibir informes de la Policía que me digan que el Mayor Pampliega, por ejemplo, está conspirando. De ocurrir, me vería en la penosa obligación de proceder con suma energía.

Al terminar de hablar, lo miré fijamente a los ojos y pensé que si ese hombre apreciaba así sus negocios, no iba a ir muy lejos. Justamente a mí me puso como ejemplo de conspirador en potencia. Bien sabido es que jamás participé de ninguna actividad política y mucho menos en conspiraciones contra las autoridades. Tampoco me afilié a ningún partido político y me mantuve fiel a las enseñanzas recibidas desde cadete en la Escuela Militar.

A mi lado se sentaba el Mayor Juan N. Barrios quien me hizo observar la puerta del despacho sujeta por un pinche y un piolín. Me señaló el sitio con el índice y me dijo: -Este gobierno está tan endeble como el pinchecito que sostiene la insegura puerta.

Fueron dados de baja de las Fuerzas Armadas los más antiguos, Bozzano, Martínez, Antola, Andrada, Paredes y Juan N. Barrios, además de otros que no recuerdo. A Villalba, Espinoza, Larrosa, Dos Santos y a mí nos destinaron a prestar servicio en lugares oscuros, sin mando de tropa, viéndose en nosotros a presuntos conspiradores.

Permanecí en disponibilidad por disposición del gobierno. Pero no se me concedió el retiro de oficio, como se hizo con otros. Pocos meses después, recibí el llamado del Coronel Arístides Rivas Ortellado, quien me dijo que yo era un jefe joven y que se había tenido en cuenta esa situación para reintegrarme al ejército, con el cargo de Jefe del IV Departamento del Estado Mayor General.

Aprecié muchísimo ese gesto de Rivas Ortellado, uno de los mejores jefes del franquismo. En 1943, cuando visité su pueblo natal de Itá en mi carácter de ministro del Interior del gobierno dé Morínigo, busqué su casa particular, donde vivía con la austeridad conocida de los grandes jefes paraguayos. Conversé largo rato con él, y con su familia y recorrimos la ciudad. Luego le pedí aceptase el cargo de Intendente Municipal, sin compromiso político de ninguna especie con el gobierno. Pensó un largo rato y me dijo: -Acepto, mi estimado Pampliega, pero con una condición. No gozaré de sueldo en este empleo. Si algo me corresponde, será destinado a obras públicas.

Así era Rivas Ortellado, soldado a carta cabal, quien honró a las Fuerzas Armadas con su brillante actuación en la guerra y con su conducta en la paz.

 

EL RETORNO DEL PARTIDO LIBERAL Y

EL ENCUMBRAMIENTO DE ESTIGARRIBIA

 

El 13 de agosto de 1937 se sublevaron las guarniciones del Chaco y Concepción contra el gobierno del Coronel Franco. Luego se sumaron la Aeronáutica y la Marina. El gobierno cayó sin intentar una defensa. El jefe del movimiento fue el Coronel Ramón L. Paredes, quien en compañía de otros jefes designaron Presidente de la República al Doctor Félix Paiva. Este aceptó, luego de suscribirse un acta en el que se definían los propósitos de la nueva situación. Se había pensado también en el doctor Gualberto Gardús Huerta pero, como este se encontraba en el extranjero, fue soslayado.

El doctor Paiva era un hombre entrado en años, pero de moral intachable. Su gabinete fue constituido por profesores universitarios y dos militares: Paredes, en el ministerio del Interior y Juan B. Ayala, en el ministerio de Guerra y Marina. El Teniente Coronel Arturo Bray fue designado poco después Jefe de Policía de la Capital. Bray había estado también prisionero en Peña Hermosa, luego de fracasar una conspiración contra Franco. Fue conducido hasta aquel inhóspito lugar unos dos meses después de haber vuelto nosotros. Allí se organizó una fuga mediante la ayuda de un tal A. Gaona, empleado de Puerto Fonciére, quien proporcionó una canoa y caballos. Cuando los prófugos estaban por cruzar la frontera por el río Apa, fueron interceptados por el Mayor Acosta, a quien recordáramos anteriormente, junto con un piquete de soldados.

Acosta le propinó una azotaina a Pérez Garay. Pero, al acercarse a Bray este lo detuvo, en actitud desafiante: - ¡Pegue! ¡Pegue, pegue de una vez! -le gritó Bray, logrando detener en el acto los ímpetus del carcelero. Cuando Bray fue designado Jefe de Policía, su primera medida fue ordenar la detención de Acosta. Fue atado y arrojado a un camión. Luego, en rauda carrera, fue llevado sobre el empedrado de la avenida Colombia (hoy Mariscal López) hasta el Hipódromo de los hermanos Lebrón. Allí lo esperó un oficial, quien le comunicó al pobre Mayor Acosta que sería fusilado en el acto. Fue atado a un árbol y seguidamente el piquete hizo fuego, aparatosamente. Por supuesto, los fusiles estaban cargados con balas de salva. Pero esto no era del conocimiento de Acosta quien creyó que allí mismo se iba de este mundo. Al escuchar las detonaciones, quedó sin pulso junto al árbol.

El año 1936 marcó un retroceso en nuestro ordenamiento institucional. El poder civil se esfumó como por encanto. Desde entonces, las posibilidades de los partidos se eclipsaron visiblemente. En adelante, seríamos los militares los gobernantes del país, pese a breves interregnos luego del triunfo colorado en la guerra civil de 1947. Fue el golpe de Franco el hito señalador de la declinación del poder civil. Hasta entonces, los militares nos habíamos mantenido fieles a la doctrina de no intervenir en política. Nos considerábamos profesionales de un ejército nacional. Pero el halago y las ventajas del mando lograron minar los cuarteles de políticos y politiqueros.

Durante el gobierno del doctor Paiva el poder real estuvo en manos de los jefes militares. Paiva fue, prácticamente, una figura decorativa. Eran permanentes las injerencias del ministro del Interior, Coronel Paredes y del Jefe de Policía, Coronel Arturo Bray. Ambos trataban de imponer su voluntad al Presidente y éste, aunque hubiese querido, no podía ejercer el mando con auténtica autoridad. Pese a todo, nadie se atrevió a poner fin al provisoriato de Paiva, y tomar la responsabilidad del mando.

Para completar el cuadro, la Alemania nazi impresionaba el espíritu de los militares. Las democracias del mundo entero parecían encaminarse hacia el naufragio. Los nuevos caudillos totalitarios Hitler, Mussolini y Franco ganaban prestigio y notoriedad. El primero, en el célebre Pacto de Múnich, se metió en los bolsillos a Francia e Inglaterra. Italia prosperaba bajo el fascismo. Todo eso causaba una fuerte impresión en los militares, haciendo nacer el deseo de emulación.

Los primeros brotes de desentendimiento surgieron en la Caballería (Sosa Valdez), Policía (Bray) y el ministerio del Interior (Paredes). Se sucedieron las crisis ministeriales. En una de ellas, el Jefe de Policía pudo llegar a ser lo que trató de ser el 23 de octubre de 1931, pero desfalleció en el momento culminante.

Atilio J. Benítez, estrecho colaborador de Bray, me comentaba los pormenores del golpe de estado de 1938. -Esa noche me decía Atilio- fui a ver a Bray en la casa de don Alfredo Jaegli. Estaba jugando una partida de ajedrez con Jaegli, cuando lo interrumpí y, en un aparte, le expliqué que el golpe estaba listo. Pero, cuál no fue mi sorpresa cuando recibí, por toda respuesta, la defección de mi jefe, siendo que él había alentado este desenlace, y aun cuando no había dado del todo su consentimiento, tampoco dijo nada en sentido contrario.        

Episodios como ese fueron el pan de cada día durante el gobierno de Paiva. Dentro de ese panorama, comenzó a cobrar fuerza la vuelta de Estigarribia. Esto era un hecho, pero produciría desplazamientos. Su prestigio, sin embargo, era indudable en el pueblo y en las Fuerzas Armadas. Apenas llegó, un grupo liberal se apoderó de la situación política y comenzó a trabajar por la candidatura de Estigarribia. Pude escuchar de labios de éste la expresión de su arrepentimiento, cuando se vio obligado a dar un golpe de estado. Me contó que Federico Chaves le había dicho: "General Estigarribia, ahora que surge la oportunidad, aproveche y haga un gobierno de carácter nacional. Sea usted candidato de los dos partidos tradicionales".

Tal vez hubiera podido hacerlo. Pero prefirió apoyarse en un sector minoritario del Partido Liberal. La sugerencia de Federico Chaves hubiera sido una solución para un país civilizado y legalista. Pero ese no era nuestro caso. Con Morínigo, los colorados intentaron también un acercamiento, pero esta vez fueron más sagaces.

 

 

EL TRATADO DE PAZ DEL CHACO

 

El gobierno de Paiva resolvió uno de los problemas más importantes, al establecer definitivamente la Paz del Chaco, mediante un tratado con Bolivia. Parecía increíble que luego de 127 años de vida independiente, por primera vez nuestra nación tenía límites geográficos precisos e incuestionables. Desde entonces, pudimos decir que teníamos 407 mil kilómetros cuadrados y nadie podía ponerlo en tela de juicio.

Se dice que hubo un trasfondo político en la firma del tratado de paz. Puede ser. Pero también hubo una gran dosis de valentía en quienes resolvieron poner fin a este problema. El General Estigarribia, firmante del tratado, consideró suficiente el territorio rescatado para nuestra patria. En realidad, no fuimos derrotados diplomáticamente. Simplemente, aceptamos los justos pedidos de Bolivia de tener una salida fluvial.

Bolivia sigue sufriendo, sin embargo, la falta de una salida al mar. Su salida al Pacífico podría ser una solución justa a sus reclamos. Nosotros también podríamos beneficiarnos. Con nuestra electricidad y los recursos mineros bolivianos podríamos evitar la ruta del Atlántico, para buscar el contacto con el Oriente, directamente, sin pasar por el lejano canal de Panamá.

Es lamentable que Chile no se avenga a colaborar con tan edificante propósito. Actitudes intransigentes como ésta son las que precipitan dolorosos conflictos, como se ha visto en la reciente guerra de las Malvinas.

El tratado de 1938 no contentó a todos. Hubo acusaciones de que se había entregado el Chaco, que había traidores y cosas por el estilo. Afirmaciones irresponsables, sin base y sin razón. No puede creerse que haya paraguayos de esa clase. El gobierno de Paiva también consiguió que Argentina y Brasil nos condonaran las deudas de la guerra contra la Triple Alianza, que todavía pesaban sobre nosotros.

Sin el peso de esas deudas y con límites definitivos, podíamos pensar en iniciar una nueva etapa en nuestra existencia. El Mariscal Estigarribia obtuvo un préstamo norteamericano para construir la ruta que hoy lleva su nombre. El Presidente Roosevelt se sorprendió ante lo exiguo de la suma solicitada y le instó a pedir más. El punto de partida había sido creado. Ahora el Paraguay tenía todos los resortes en sus manos para comenzar su desarrollo económico. Los gobernantes que vendrían después ya recibirían una mesa servida. La cooperación alemana también pudo haber sido importante, pero esta posibilidad fue frustrada por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Lo pude corroborar cuando fui Ministro, en conversaciones con diplomáticos alemanes. Recién después del Plan Marshall que permitió reconstruir a Europa se volvió a restablecer el vínculo con el Viejo Mundo, casi a finales de la década del 50. Sin el tratado de límites de 1938 difícilmente hubiésemos estado como estamos. Todos nuestros recursos hubiesen sido destinados a sostener una costosa carrera armamentista. Es penoso que los servicios de la deuda externa de una nación vayan a parar en ametralladoras, tanques y cañones, como le ocurre hoy a Chile y Argentina. Son lujos que ningún pueblo del mundo puede darse. Los propios norteamericanos se vieron obligados a efectuar recortes en su presupuesto de defensa durante los gobiernos de Nixon y Carter. Además, las compras de armamentos son siempre el origen de grandes negociados y del uso del soborno, como el mejor argumento.

Las afirmaciones patrioteras sobre la Paz del Chaco deben ser abandonadas. Sería saludable que empezáramos de una vez a analizar nuestra historia desapasionadamente y colocar todas las piezas del rompecabezas en su lugar. Ningún gobernante puede atribuirse el derecho de modificar la historia pasada a su gusto para acomodarla a su encumbramiento. Stalin ordenó escribir la historia soviética a su modo, pero cuando murió fue borrado de su sitial.

Es difícil establecer el sentimiento nacional paraguayo debido a las notorias disidencias sobre los hechos del pasado. Somos paraguayos porque habitamos en este territorio, porque nacimos aquí, porque profesamos la misma religión, porque nos unen el guaraní y el español, porque practicamos las mismas costumbres y porque tenemos un mismo pasado. En esta última parte es donde debe radicar el sentimiento de identidad nacional. Pero la diversidad de enfoques lo hace muy difícil.

Se habla de partidos argentinistas o de brasileristas y no simplemente de paraguayistas Se habla de buenos y de malos paraguayos, en vez de buscar un criterio objetivo. Estas diferencias, sumadas al sectarismo político, han creado dificultades sin cuento a nuestra nación, que desembocaron varias veces en sangrientas batallas campales. Basta escuchar el tono de algunas audiciones radiales para comprender que las viejas cargas del sectarismo y del odio siguen vigentes.

 

 

EN LA ESCUELA DE APLICACIÓN DE ARTILLERÍA DE FRANCIA

 

En marzo de 1938 viajamos a Francia varios jefes del ejército paraguayo. Fuimos designados para terminar nuestros estudios superiores en la Escuela de Guerra de ese país. Fue oportuno abandonar el ambiente político enrarecido de aquellos días, en el Paraguay, para mejorar nuestra formación profesional. Algunos de mis compañeros habían estado en Peña Hermosa.

Al llegar a París nos recibió el ministro de nuestra Legación en Francia, don Ramón Caballero de Bedoya. Este hombre, además de representar a nuestro país, fue un verdadero amigo y orientador de todos nosotros. Estaba casado con una mujer muy rica, de origen judío, quien le facilitaba sus tareas diplomáticas en un mundo regido por el dinero. El miserable sueldo percibido por nuestros diplomáticos no le hubiera permitido cumplir tan cabalmente su misión.

Caballero de Bedoya trascendía por su propia capacidad. Era un hombre de finos modales, que podía codearse con solvencia con el mundo diplomático. Estaba muy por encima de los diplomáticos latinoamericanos típicos. Pude observar a comandantes de grandes unidades de Francia que le abrían a nuestro embajador todas las puertas. Cuando llegamos, como no sabíamos nuestro destino, nos dijo que hablaría con el Jefe de Estado Mayor y nos aseguró que el problema sería arreglado al día siguiente. Efectivamente, nos sorprendimos cuando, el día indicado, teníamos todos nuestros papeles en regla en nuestro hotel.

Nuestro embajador era hijo legítimo del ex presidente General Bernardino Caballero. Quizá pocos diplomáticos pueden parangonarse a él. Salvo Vicente Rivarola, quien nos representó en la Argentina en una época muy difícil. Baste recordar que Rivarola fue admitido en el Jockey Club, sitio vedado a los anteriores embajadores paraguayos. El penetrar estos círculos donde se reúne la gente de máxima gravitación de un país es muy importante para un diplomático. Esto lo lograron Rivarola y Caballero de Bedoya. Hoy, son dos desconocidos para los jóvenes de esta generación.

Me presenté al Regimiento de Artillería de Cuerpo de Ejército con asiento en Dijón. Me recibió el ayudante de la VIII Región Militar quien me advirtió que mi presentación al Comandante debía hacerla en uniforme de gran parada. Le contesté que solamente tenía un uniforme sencillo. Pero insistió tenazmente, pese a advertirle que mis emolumentos no me permitirían tal gasto. Noté su desagrado pero, tras consultar con el Comandante, me comunicó que se haría una excepción por tratarse de un jefe extranjero.

Me presenté al Comandante Dubiotois quien me recibió amablemente. Recordó al General Estigarribia por quien dijo sentir una gran admiración. Estaba al tanto de lo ocurrido en el Chaco y me pidió pormenores de la eficacia de los morteros y otras armas de artillería. Estaba muy preocupado por la posibilidad de una guerra en Europa. Muchos militares franceses ya habían perdido las esperanzas de un arreglo pacífico con el arrogante Tercer Reich.

Muchos confiaban en la línea Marginot, que sería la barrera infranqueable contra el totalitarismo. Los franceses pagaron un alto precio por aferrarse a una idea militar, siempre discutible.

Un día, se me presentó un Mayor del Ejército Francés. Me ofreció alistarme con su Ejército en caso de producirse una guerra con Alemania. Me dijo que mi experiencia sería de gran utilidad y que, de aceptar, yo sería promovido al grado de Teniente Coronel del Ejército de Francia. Me sorprendió el ofrecimiento. En esa época, los alumnos extranjeros no podíamos participar de algunos cursos exclusivos para jefes franceses. Se veían espías por todas partes. Por eso, me di cuenta que el ofrecimiento significaba que yo gozaba de la plena confianza de mis superiores franceses.

Le contesté que sería un gran honor, pero que me era imposible aceptar ese ofrecimiento luego de tres años de participar en una guerra en medio de las condiciones más hostiles imaginables. Al francés no le importaron mis reparos y siguió insistiendo, durante varios días. Olvidé mencionarle que ya había participado de una guerra civil como cadete y que luego había sufrido un cautiverio de siete meses. "Mire que la puerta está abierta, Mayor", me decía.

Iba todas las mañanas al cuartel, montado en una bicicleta. Atravesaba algunos villorios cercanos a mi paso. La gente era digna, bien parecida, dicharachera y con estado de ánimo cambiante. Del hablar pausado pasaban sin motivo alguno a un fuerte altercado, pero sin perder la compostura. Cada francés era un apasionado, político.

En el mercado de Dijón hacíamos las compras con mi esposa. Las amas de casa se presentaban a ese lugar elegantemente vestidas. En Francia, las compras constituían toda una ceremonia. Las ferias francesas son lugares pintorescos, que ofrecen un espectáculo muy atractivo a los visitantes. La sección de venta de quesos era imponente. Los clientes se acercaban y algunos probaban un trozo, con la solemnidad de un ritual. "Mangez, monsieur" exclamaban.   

A primera vista, el francés es muy orgulloso, casi pedante. Pero luego de convivir con este pueblo, se entra en confianza y se pueden forjar grandes amistades. Así me sucedió en más de una ocasión, al recibir invitaciones de compañeros de armas, en sus hogares. El "bridge" gozaba de gran popularidad y en su práctica se ponía la máxima seriedad. Los jugadores se encerraban en un mutismo impresionante cuando jugaban. Una palabra altisonante bastaba para atraer sobre el imprudente las gélidas miradas de todos. Qué diferencia con el Centenario o con la Casa Argentina de Asunción, donde el "bridge" se juega con tanto ruido como el truco o el siete y medio.

Si alguien olvidaba cerrar una puerta al entrar de la calle producía un enorme fastidio. Me ocurrió una vez y nunca en mi vida sentí tanto desasosiego al sentir sobre mí clavadas varias miradas furibundas. Los paraguayos tenemos el hábito de no cerrar las puertas que abrimos. Quizá debe ser consecuencia del permanente verano, que hizo que un chistoso afirmara que en nuestro país tenemos solamente dos estaciones: el verano y la del ferrocarril.

 

 

ESTALLIDO DE LA GUERRA MUNDIAL

 

Continuamos nuestros cursos hasta setiembre de 1939. Se produjo la invasión alemana a Polonia y debimos interrumpirlos, cuando faltaban pocos meses para terminar nuestros estudios. Apenas se difundió la noticia, apareció nuestro Ministro Caballero de Bedoya para advertirnos que debíamos abandonar inmediatamente el territorio francés, porque nuestro país se mantenía neutral en este conflicto. Pude observar que la noticia cayó muy mal en la oficialidad francesa, donde había poca confianza en la victoria. Polonia fue devorada en 15 días y la propaganda alemana presentaba las cosas de una forma tal que solamente se podía entrever una catástrofe.

Nos despedimos con tristeza de nuestros jefes y camaradas. Sabíamos que les esperaba un futuro incierto, pues todas las circunstancias parecían estar en contra de Francia. Fuimos a Génova, donde debíamos aprovechar un buque que debía partir hacia el Brasil. La venta de pasajes ya estaba cerrada. Muchos ofrecían precios exorbitantes para obtenerlos. Nosotros conseguimos embarcarnos gracias a los buenos oficios de Caballero de Bedoya.

Mi esposa se puso muy nerviosa al ver tanta gente disputando en la planchada pugnando por tener un lugar en el buque. Algunos habían abonado el pasaje y no conseguían ubicación. Hubo escenas de pugilato. Mucho agradecimos ser los primeros en llegar a nuestro camarote, junto con nuestra única hija de escasos dos años. Estábamos exhaustos luego de la tensión nerviosa sufrida.

Zarpamos de Génova a fines de setiembre de 1939. Navegamos en el Mediterráneo hasta alcanzar el estrecho de Gibraltar, llave estratégica del control marítimo, en poder de Inglaterra, pese a las reclamaciones españolas. Al acercarnos a Gibraltar, el capitán del buque recibió una orden por radio, desde tierra. Los ingleses iban a revisar la nave. Ni bien se tendió la planchada, subió a bordo un pelotón de soldados dirigido por varios oficiales. Llevaban metralletas, pantalones cortos y equipo de combate. Los pasajeros se asustaron ante la forma violenta con que irrumpieron. No dejaron un lugar sin revisar. Al parecer buscaban armas, espías o material de guerra que sirviera a los alemanes, pues nuestro barco era de bandera italiana, país afecto al Reich, pero que todavía no habia entrado en la guerra.

Superado el inconveniente, el barco se llenó de rumores sobre el peligro de los submarinos alemanes que podrían echarlo a pique para culpar a los aliados y obligar a Italia a entrar en la guerra. Otros pasajeros temían que el buque pudiese ser tomado por francés o inglés y ser torpedeado. Se relataban macabros episodios de la Primera Guerra Mundial. Esa primera noche, noté que muchos pasajeros caminaban sobre la cubierta, con las caras acusando las huellas del insomnio y del miedo. Muchos eran turistas norteamericanos. Otros, grupos familiares italianos y franceses con hijos en edad de combatir, quienes buscaban preservar las vidas de sus seres queridos.

Por relatos posteriores supe que corrimos un gran peligro, aquellas fatídicas 48 horas de navegación por una zona infestada de submarinos. Cuando los altoparlantes nos anunciaron que había pasado el peligro, la vida pareció renacer. Retornaron las risas y el ambiente festivo.

 

 

 ESTIGARRIBIA Y LA PUGNA INTERNA LIBERAL 

 

Llegamos a Asunción a fines de 1939. Era ya presidente constitucional el General José Félix Estigarribia. Nos habíamos enterado de ello en Francia, mediante los periódicos. Este hecho fue muy comentado por los jefes franceses, algunos de los cuales lo habían tenido como condiscípulo, incluyendo a nuestro propio Comandante.

Estigarribia llegó al poder por iniciativa de un grupo de jóvenes del Partido Liberal, con el respaldo de las Fuerzas Armadas. Previo al acuerdo de su candidatura, hubo una crisis protagonizada por el Coronel Arturo Bray, quien se opuso terminantemente, afirmando que sería un fracaso y que Estigarribia debía ser mantenido al margen de la política en ese momento. Bray decía que las condiciones no estaban dadas para su designación, que las injerencias de Sosa Valdez en la política no le permitirían gobernar tranquilo, etcétera.

Bray no tuvo eco y perdió su puesto de Ministro. Muchos pensaron que él deseaba candidatarse. Pero, por lo certero de su vaticinio, creo que obró de buena fe. Había cumplido sobradamente con la misión que se le encomendó como Jefe de Policía del anterior gobierno y Paiva lo envió a España, como Ministro Plenipotenciario.

En el seno del Partido Liberal hubo graves desinteligencias por la distribución de cargos. Los jóvenes se oponían a los viejos, a quienes llamaban caducos. Entre los primeros, descollaban Alejandro Marín Iglesias, Justo Pastor Benítez, Horacio Fernández, Justo P. Prieto, Juan Guillermo Peroni, Carlos Pastore, Julio César Chaves, Salvador Villagra Maffiodo, Efraím Cardozo y Gerónimo Riart. Estos se oponían tenazmente a la participación de quienes consideraban caducos, entre los que se encontraban Juan José Soler, Gerónimo Zubizarreta, Modesto Guggiari, Narciso Méndez Benítez, José P. Guggiari, Eusebio Ayala, Luis A. Riart, Eduardo Schaerer, Belisario Rivarola, Juan Francisco Recalde y otros.

Entre estos últimos, algunos tenían sobrados méritos, como Juan José Soler, quien había comprado un periódico para dirigir la campaña de elección del nuevo Presidente. Se habían conocido en la Guardia Cárcel, cuando guardara prisión junto al doctor Eusebio Ayala y miembros de su gabinete. Soler había defendido, además, la pensión vitalicia al Mariscal General. Se suponían que podría ser el nuevo Canciller o, cuando menos, Embajador destacado. No fue Canciller ni Embajador. Las cámaras vetaron su nombramiento, especialmente el doctor Justo Prieto, quien adujo su origen cívico y jarista. Con justa razón, Soler renunció al Partido Liberal. No le quedaba otro camino luego de la afrenta tan evidente. Pero este hecho mostraba el resquebrajamiento liberal. Estigarribia no pudo hacer valer su opinión y designarlo a Soler, con lo que desaprovechó su experiencia.

Guggiari fue mantenido alejado. Estigarribia creyó poder manejar mejor el país apoyándose en un grupo de jóvenes inexpertos en vez de acudir a los políticos profesionales. Ahí estuvo su error, pues su gabinete careció de popularidad desde el primer momento. Es lógico que los antiguos dirigentes, que habían transitado por largos y a veces no muy santos caminos, podrían ofrecer blancos para los ataques. Pero los jóvenes ministros hacían sus primeras armas y carecían del equilibrio, el desarrollo intelectual y la experiencia necesarios como para poder salir adelante. Por eso, las figuras más encumbradas de la dirigencia liberal no estuvieron representadas en el gabinete de Estigarribia.

 

 

EN EL COMANDO DE LA ARTILLERÍA

 

A principios de diciembre, el Comandante en Jefe del Ejército, General Paulino Antola, nos acompañó a quienes habíamos cursado estudios en Francia, ante el Presidente de la República. Al contemplar a Estigarribia, noté en él el mismo semblante tranquilo de otras épocas. Cuando me tendió la mano, me dijo: -Escuché que usted continúa siendo Mayor, Pampliega. ¿Cómo es eso?

-Así es, mi General -respondí- Mi promoción está en manos del Comandante en Jefe.

El sabía que hice más de la mitad de la guerra con ese grado y que el retardo de mi ascenso solamente podía deberse a maniobras de algunos jefes menos antiguos, quienes prorrogaban solapadamente el tiempo de reunión del Tribunal de Calificaciones. Mediante este procedimiento, cubrían el plazo que a ellos les faltaba para ascender. Estigarribia se dio cuenta de esta situación y ordenó al General Antola verificar lo ocurrido con mi ascenso. El Comandante en Jefe dijo que el Tribunal se reuniría dentro de pocos días y que yo sería el primero de mi promoción. Efectivamente, ascendí a Teniente Coronel ese año, en compañía de jefes menos antiguos, como Dámaso Sosa Valdez, quien había logrado retardar mi ascenso por un año.

Fui nombrado Comandante de la Artillería a principios de 1940. El cuartel tenía su asiento en Villa Hayes, lugar bastante inaccesible y poco apropiado. En febrero de 1940 hablé con el Presidente de la República, a quien le indiqué la conveniencia de trasladar la Artillería a Paraguarí, sitio que ofrecía mayores comodidades. Accedió y me ordenó ponerme en contacto con el General Antola para mudar la unidad. Esto se cumplió a fines de febrero de 1940.

A propósito de la nueva sede, debe recordarse que ella fue adquirida por el Capitán de Navío Manuel Duarte, ministro de Guerra y Marina del gobierno cívico del General Benigno Ferreira. Duarte y Schenoni habían ido a Paraguarí para inspeccionar el terreno ya adquirido por el gobierno. Llegaron al lugar en carreta y tomaron posesión del sitio en nombre de las Fuerzas Armadas del Paraguay. Esto ocurrió en 1907, según referencias del propio Schenoni.

Ya instalado en el nuevo asiento de mis funciones de Comandante de Artillería escuché, una mañana, el zumbido característico de un avión. Por las maniobras que hacía, me di cuenta que trataba de aterrizar en nuestra pista. Ni bien aterrizó, pude ver en una de las ventanillas al Mayor Fernández Decamili, Edecán Presidencial quien me hacía señas.

¿Qué hacía allí Estigarribia a esas horas? Como era su costumbre, ese día salió muy apurado de Encarnación hacia la capital. Pero el tanque del avión no llevaba combustible suficiente, por lo cual decidió descender. Entonces sugirió a sus acompañantes bajar para desayunar conmigo y luego seguir viaje.

 

 

EL VATICINIO DE BAUER Y LA MUERTE DE ESTIGARRIBIA

 

Estigarribia no tenía cura en este asunto. No guardaba el mayor respeto por los aviones y conste que los de aquella época eran verdaderos barriletes comparados con los de ahora. Se comentaba en San Bernardino que doña Julia había conversado con Bauer, un enigmático personaje de nacionalidad alemana, dedicado al estudio de los astros y de las ciencias esotéricas. Bauer era muy visitado por su facilidad para predecir el futuro. Vivía miserablemente, rodeado de gatos. Tenía una mirada penetrante y una voz cálida, y un aire de gran respetabilidad. Lo cierto es que Bauer le advirtió a doña Julia que el General no debía volar en la fecha aproximada del accidente.

-Pero por favor Bauer, usted siempre agorero de cosas tétricas -le contestó la esposa del Presidente.

-No, doña Julia. Usted no se da cuenta del peligro. Está marcado en el signo del General. Evítelo, por favor -insistió el adivino.

Pero volvamos a la aparición del Presidente en Paraguarí. Nos dirigimos al Casino a desayunar. Me pidió además lo acompañara a recorrer las instalaciones del nuevo cuartel. Estábamos paseando juntos cuando de pronto me interrumpió:

-Dígame Comandante, ¿por qué hay tanta presión y animosidad contra el ministro Eduardo Torreani Viera? ¿Habrá alguna cuestión política detrás de todo esto?

-No mi General, -le contesté-. Más bien creo que se trata de un asunto con la Marina. Parece que el ministro del Interior ha descubierto algunos contrabandos. Yo creo que esa es la cuestión principal.

Me pareció que la respuesta le tranquilizó. Pero no dejaba de inquietarle que su ministro del Interior no gozara de simpatías entre sus camaradas. Poco después, ocurrió lo ya conocido: el golpe del 18 de febrero de 1940, realizado por el propio Presidente, mediante el cual ordenó reemplazar la Constitución de 1870 por una nueva nacida en el seno del Poder Ejecutivo.

Se pensó que Estigarribia se preparaba para gobernar por mucho tiempo. La famosa carta política de 1940 sirvió a los gobiernos posteriores para perpetuarse en el poder. Dios se llevó a tiempo a Estigarribia, antes de que su figura se empañara con la política. Tal vez hubiese pasado a la historia como un dictador y no como un héroe indiscutido, si su gobierno duraba el tiempo que se proponía. Su período constitucional no duró sino seis meses y, por tanto, pudo usar la suma de poderes que la nueva Constitución ponía en las manos del Presidente de la República.

Murió el 7 de setiembre, junto con su esposa y el Mayor de Aviación Carmelo Peralta, en el paraje llamado Aguaity de Altos. Pese a las especulaciones que produjo su muerte, estoy convencido que ella fue causada por un accidente. Estigarribia fue siempre desaprensivo con los vuelos y nunca se preocupó mucho de verificar el estado de las máquinas. Para él no existían máquinas buenas ni malas y tuve ocasión de comprobarlo en varias oportunidades.

Tenía 52 años de edad cuando se produjo su muerte. El 8 de setiembre me dirigí a la capital con el primer tren para asistir a la ceremonia fúnebre. Al llegar al edificio del Comando en Jefe, observé una bandera negra que debía permanecer allí durante ocho días, por disposición del Comandante. En la capilla ardiente del Palacio de Gobierno reposaban los restos del General y de doña Julia. Recordé allí los gratos momentos que habíamos pasado y recé una plegaria por sus almas.

Un público quejumbroso acompañó a sus restos desde el Palacio de Gobierno hasta el sitio donde reposarían eternamente. Cuando vi marchar a su caballo con equipo de gala, llevado de la brida por el Edecán Militar, Mayor Raúl Fernández Decamilli, quien lloraba a lágrima viva, no pude contener el llanto. Y pude ver también, con los ojos empañados por las lágrimas, que mis camaradas, rudos soldados del Chaco, también estaban sacudidos por idéntica emoción. Al día siguiente de su muerte, el nuevo gobierno le otorgó el ascenso póstumo a Mariscal. Estigarribia había pasado a la historia. Con él, terminaba toda una época de nuestro acontecer nacional.

 




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