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BRANISLAVA SUSNIK


  EL PUEBLO GUARANI COLONIAL - PARTICULARIDADES DE ALGUNOS PUEBLOS Y LOS GUARANÍES MONTESES - Por BRANISLAVA SUSNIK


EL PUEBLO GUARANI COLONIAL - PARTICULARIDADES DE ALGUNOS PUEBLOS Y LOS GUARANÍES MONTESES - Por BRANISLAVA SUSNIK

 PARTICULARIDADES DE ALGUNOS PUEBLOS Y LOS GUARANÍES MONTESES

EL INDIO COLONIAL DEL PARAGUAY

 
 
Asunción-Paraguay, 1965. 243 pp.
 
Versión digital:
 


 

 

CONTENIDO DEL LIBRO

INTRODUCCIÓN

1 – El primer servicio y el yanaconato.

2 – El mitazgo.

3 – Extracción de indios. Oficios. Salarios.

4 – El pueblo guaraní colonial.

a) Formación

b) Tierras, bienes comunales y potencialidad económica de los pueblos

c) Las inquietudes de los pueblos guaraníes por las hostilidades "guaycurúes"

d) Particularidades de algunos pueblos y los Guaraníes monteses.

e) Indio libre y mestizo

f) El gobierno del pueblo.

5 – La resistencia activa de los guaraníes.

APÉNDICE:

Decreto declarando ciudadanos libres a los Indios naturales de toda la República. 7 de Octubre de 1848.

Indice de citas

Abreviaciones

 

EL PUEBLO GUARANI COLONIAL.

a) Formación

b) Tierras, bienes comunales y potencialidad económica de los pueblos

c) Las inquietudes de los pueblos guaraníes por las hostilidades "guaycurúes" 



d) Particularidades de algunos pueblos y los guaraníes-monteses.

 

El primer gobierno de Andino era aún un período de integridad y suficiencia económica en la mayoría de los pueblos; pero, durante su segundo gobierno manifestóse ya con claridad las consecuencias de la disgregación social del guaraní hispanizado: extracciones de indios para diferentes beneficios y trajines, licencias y mandamientos excesivos de los gobernadores, dispersión de indios por la provincia, fugas constantes fuera de la provincia, retenciones de los mitayos y mudanza de varios pueblos. Aunque dominaban básicamente las mismas condiciones negativas durante el gobierno de R. de la Moneda, los pueblos experimentaron alguna mejoría en cuanto su solvencia económica; los administradores competían con los encomenderos por los brazos indios útiles y necesarios al pueblo y se generalizaba el pago de indemnización a los encomenderos por la retención de los mitayos; el aprovechamiento de los bienes del pueblo dependía en mayoría de los casos de la capacidad del administrador; esto no obstante, la real situación del indio en nada cambió. Desde el gobierno de Pinedo hasta el de Ribera, el proceso de desmitación, aunque paulatino, influyó en una reorientación económica de los pueblos: la peonada india para varias obras públicas y particulares era conchabada por el mismo pueblo, figurando la prestación de mano de obra en los Libros de Cuentas de los pueblos y representando una fuente de ingresos para el pueblo; el trabajo comunal como fuente única de la solvencia económica del "táva" perdía su importancia. Dentro de este esquema general, cada uno de los pueblos desempeñaba algún rol específico en la economía general de la provincia.

En el siglo XVI, los pueblos formaban 4 nucleaciones básicas: itateña, guarambarense, comarcano-asunceña y caazapeña. La nucleación itateña, formada por Caaguasú, Taré y Bomboy, siempre fue débil y obedecía a los intereses de los encomenderos para que los indios vinieran a servir mita; ninguna colonia española se asentó en sus tierras; el fracasado proyecto de la provincia de Xerez también influyó negativamente. Según el informe detallado del P. Justo Montello de 1659, los jesuitas entraron en la zona itateña en el año 1631, cuando los remanentes itatines-guaraníes vivían en las pequeñas comunidades esparcidas; la mayor parte de los itatines emigró en el siglo XVI, formando el estrato tribal de los guarayú-itatines. La primera "tavaización" jesuítica de las antiguas comunidades de Yacarey, Ñacumytan, Taraguí e Intay en los pueblos de S. Joseph, Los Angeles, Natividad de Nstra. Sra. de Fee y S. Benito, no tuvo éxito por causa del ataque de los bandeirantes en 1632. Muchos de los itatines cruzaron la orilla del río Paraguay y se asentaron en las tierras anteriormente conocidas bajo el nombre de Guacanit y luego como Yvytyryqua; el rejuntar a los indios dispersos de los pueblos fue una ardua tarea para los jesuitas; los itatines siempre resultaban rebeldes y característicamente etnocentristas; la orden del obispo Cárdenas para el empadronamiento de los parciales motivó otra dispersión (503). Los encomenderos asunceños perdieron el derecho a los mitayos itatines, pues los dos remanentes pueblos, Aguaranambí y Caaguasú, fueron finalmente incorporados a las misiones; el gobierno, por otra parte, perdió un núcleo de resistencia contra los bandeirantes, idea ésta defendida por P. Ruíz de Montoya (504).
 
Distinta era la situación en la nucleación norteña o guarambarense que integraba los pueblos Atyrá, Arecayá, Ypané, Guaramharé, Jejuí y Pericó. El pueblo de S. Francisco de Atyrá fue el más importante antes de su translocación en 1673; a 7 leguas del pueblo se hallaba el Pto. Coque o llamado también el puerto de Atyrá, centro del abastecimiento de las flotas de balsas que transportaban la yerba de la jurisdicción de Villarica, siguiendo la comunicación río Jejuí - río Paraguay; los guaraníes de este pueblo, identificado por Azara con el posterior Tacuatí, mantenían tratos intensos con los españoles. El pueblo de Nstra. Sra. de la Concepción de Arecayá era conocido por su carácter belicoso y altivo; antes de su translocación fue ubicado en las cercanías del río Curuguaty y mantenía relaciones amistosas con los monteses no reducidos, los que posteriormente fueron conocidos como carimáes. Los guaraníes del pueblo Jejuí, al norte del Paso Lima, destruido por los payaguáes, se mencionan siempre como buenos amigos de los españoles, tratándose de las parcialidades que preferían el "táva" a los montes. Ypané y Guarambaré eran dos pueblos que antiguamente manifestaban una solvencia económica notable, si consideramos las grandes exigencias españolas para el aprovisionamiento de víveres en los tiempos de las entradas chaqueñas del siglo XVI. Dos revueltas surgidas en su zona manifiestan el carácter independiente de estos parciales. Todavía en el año 1616, estos pueblos no vivían íntegramente según el módulo del "táva" hispano. Un informe de esta época (505) es un documento elocuente al respecto; el Ypané quedaba casi despoblado y rancherías caídas y arruinadas; los mismos problemas se presentaban en Guarambaré; según declaraciones de los caciques Tambá y Guarambaré, los guaraníes no reducidos, pero de filiación guarambarense, sacaban las mujeres de los nuevos asientos pueblerinos; asimismo el Jejuí albergaba algunos caciques cuya gente vivía en los montes sin que ellos tuvieran autoridad para reducirlos. Pertenecía a la jurisdicción de Villarica la nucleación mbaracayúense con los pueblos La Candelaria, S. Pedro de Terecañy, S. Andrés de Mbaracayú e Yvyrapariyára, pueblos todos poco numerosos; se desintegraron definitivamente con la entrada de los bandeirantes bajo el mando de F. Pedrozo en el año 1676; la mayor parte de los guaraníes siguió a los bandeirantes a fin de eludir trabajos en los yerbales y la vida miserable en los "tapyy" provisorios; algunos guaraníes de Candelaria se hallaban con los españoles en Villarica y les siguieron luego en los nuevos asientos; 70 almas de Yvyrapariyára, sacados por el cura A. Riquelme de Guzmán, fueron incorporadas al pueblo de S. Benito de los Yoys o el nuevo Atyrá (506).
 
La nucleación caazapeña constituía un importante centro económico tanto por la ganadería como por los yerbales; Caazapá y Yuty estaban, además, en el camino del comercio villariqueño hacia las provincias de Santa Fe y Buenos Aires, y en relación con el pueblo misionero de S. Ignacio. El pueblo de San Isidro de Itapé se fundó recién en el año 1682; un grupo de los guaraníes monteses, Caynguá, se puso bajo el amparo de los españoles; este primer grupo se componía apenas de un total de 212 almas, característicamente con dos tercios de mujeres, un índice de que se trataba de algunos grupos remanentes que se acercaron al nuevo ambiente por razón de la simple sobrevivencia; se los considera originarios de Tebicuary-mí. Con la justificación de que el pueblo de Itapé sirviera de ejemplo de reducción a los otros monteses, en aquel entonces ya creado el problema de la inseguridad en los yerbales, los guaraníes fueron librados del servicio de mitazgo, imponiéndoseles solamente la vida comunal en el pueblo; los intereses de los gobernadores en disponer de un propio núcleo económico sin intervención de los encomenderos se deslindan del mismo hecho de que al pueblo se adjudicaron las tierras de dimensiones realmente considerables, en contra de las protestas de los vecinos de Villarica. El padrón de Itapé del año 1724 indica el total de 200 almas, con 37 hombres comunes (507); solamente forman el cacicazgo 3 principales: B. Caremá, S. Arapizandú y B. Tacuarí, quedando sin sus "vasallos" el cacique M. Tacuarí. No obstante de ser pequeño el grupo, los fugitivos eran muchos. Las viviendas estaban arruinadas; el pueblo no tenía casa-cabildo; el padrón destaca que no había cárceles, pero sí poseía el pueblo grillos, y cepos de madera que hablan de la dura imposición de las obligaciones del trabajo comunal a que se sometía a los nuevos reducidos. El arriendo de tierras constituía la única solvencia económica del pueblo administrado. El padrón del año 1785 (508) indica el total de almas 75 ya sin mención de los caciques-dones; solamente 22 hombres y 23 mujeres componían "el pueblo", dándose así lugar a una rápida criollización del pueblo. En 1789, había un intento de cambiar el paraje de los guanás ubicados en Tacuatí y trasladarlos a Itapé; el cacique guaná, Zuicá, se resistía a esta agregación al pueblo de Itapé; los guaná-arawak se resistían siempre a una convivencia con los guaraníes del pueblo y con el ambiente criollo en general (509).
 
Cuando la búsqueda de nuevos yerbales volvióse más intensa, eran más frecuentes también los contactos con los guaraníes no reducidos, generalmente designados con el apelativo monteses o caynguáes, raras veces específicamente como tarumáes o carimás; en lo zona caazapeña y joaquimeña tratábase de los guaraníes originarios que permanecían en su estado cultural neolítico, con algunos contactos ocasionales con los guaraníes pueblerinos e hispanizados; en la zona nordoestina, además de los no reducidos tratábase de muchos fugitivos que anteriormente estaban en contacto con los españoles de Villarica y misioneros de Guayrá; muchos guaraníes alzados y desertores de los pueblos y de las misiones refugiábanse entre los monteses. En todos los casos, los informes indican que se trataba de pequeñas comunidades del tipo "linaje-casa comunal" y no de grandes aglomeraciones aldeanas. Según una información del cabildo villariqueño, en 1699, los soldados encontraron, revisando el Real camino, «...cantidad de indios infieles con casas y sementeras pobladas que se les resistieron en armas y puestos en huida..." (510). Haqia fines del siglo XVII, los monteses comenzaron a inquietar el laboreo de yerba y las tropas de transporte de yerba; estos ataques se originaron en la zona de los yerbales de Mbaracayú; con el auto de 1699, el gobernador Cota ordenó una expedición exploradora para averiguar si eran los monteses-guaraníes o los tupíes a servicio de los portugueses, los que atacaban las tropas (511); la exploración del paraje de Caaguagué demostró que las inquietudes fueron ocasionadas por los monteses. Entre los atacados fueron a veces también los guaraníes de Caazapá que servían de conductores de tropas, buscando los monteses dos artículos básicos: hierro y vestimenta, es decir, los mismos elementos que circunstanciaban los primeros rescates en la época de la conquista. Desde el gobierno de Escobar Gutiérrez, los pedidos para la represión de los monteses se intensificaron, apelando los encomenderos y los beneficiadores de yerba a dejarlos alejados bajo la "ley de guerra", procedimiento usado contra los chaqueños (512). Los rastreos de los monteses por el interés del cabildo villariqueño fueron frecuentes; en tales ocasiones, como por ejemplo durante el rastreo de Amambay y Curuguaty, se tomaban cautivos algunos monteses, hombres y familias. En los años 1717 a 1733, las hostilidades de los monteses eran continuas, especialmente en los parajes Tarumá, Taguacorá, Yatimí, Curiy, Apereatí, Huybarandí y en el valle de Ajos; en los documentos, los monteses eran siempre acusados de flechar y herir peones yerbateros, matar mulas cargueras, despojar las viviendas de los beneficiadores, apoderarse de herramientas y vestimenta, y quemar la yerba laborada; se acusaba a los mismos yanaconas guaraníes de los vecinos villariqueños de tener relaciones con los monteses y facilitar sus asaltos a las chacras españolas. Siendo la quema de la yerba siempre más frecuente, quiso apelarse durante el gobierno de Barúa a la aplicación de la cédula real de 1721 con la cual se justificaba la "guerra formal" a los payaguáes del Chaco; tal justificación de subyugar a los monteses por medio de [las] armas convenía a los villariqueños y curuguateños, los que además de buscar la seguridad de los yerbales, trataban también de obtener los nuevos brazos en vista de la rápida disminución del yanaconato en la misma época (513); el protector de los naturales defendía a los monteses e interpretaba la agresividad de estos como probable consecuencia de algunos "imprudentes beneficiadores". Un padrón de los monteses en Villarica, realizado bajo el gobierno de Robles (514), indica que había en total 22 almas, de éstas, hombres maduros solamente 2, jóvenes y niños 8, y mujeres 12; "las piezas" fueron adquiridas durante los rastreos ordenados por los gobernadores E. Gutiérrez y García Ros. El protector objetó dicha lista de posesión, manifestando que los vecinos villariqueños "... han enajenado y vendido publicamente algunas piezas de indios e indias sacados del monte..." (515). Un bando de Echauri de 1739 confirma que en Villarica y Curuguaty "... hay diversas familias de indios cristianos monteses connaturalizados con ellos, casados y con hijos..." (516), y, "... que en ambas Villas, los vecinos de ellas hacen ventas, trueques y permutas de dichos indios monteses, teniendo en ello sus logros e intereses...", considerándose esta yanaconización y la venta como hechos condenables por ser "contra la libertad y privilegios que gozan y deben gozar los indios cristianos..." (517); el indio una vez bautizado, adquiría el status de "amparado". Los Monteses vivían, según los informes, en "casa de familia" o "casa o almacén de sus bastimientos", es decir, en pequeños grupos domésticos diseminados; en el paraje de Tambay, por ejemplo, vivían dos "caciques", Ysíti y Arasí, cada uno con 20 hombres de guerra y con varias mujeres cada uno y aún buscándolas por medio de rapto o agregación voluntaria entre las mujeres yanaconas de Villarica, índice de la importancia que para el antiguo sistema económico de los guaraníes tenía la poligamia.

En 1720 aproximadamente, los jesuitas entraron en contacto con los monteses que pertenecían al estrato de "kaynguá apyteré", o sea, de los tonsurados (518); al respecto existen dos documentos: "Relación del hallazgo de los indios de este pueblo de San Joaquín", y, "Relación del hallazgo de los Indios Tobatines", ambas escritas por P. J. Más (519). Con los primeros tobatines-tarumáes, los jesuitas formaron la reducción de Nstra. Sra. del Rosario con un total de 500 almas; por temor a los ataques de los chaqueños los trasladaron a las misiones del Paraná; pero, estos monteses no aceptaron tal desnaturalización y luego de siete tentativas consiguieron huir del Paraná y volver a sus naturales tierras. El redescubrimiento de los mismos, esparcidos por los parajes de Tarumá, Tapebiy y Tapiracuaí, fue en el año 1746, formándose a base de las comunidades de 5 caciques, Parandery, Guayrazurá, Yasú, Yazuabuzá y Xavier, el pueblo de S. Joaquím. Por medio de estos indios, los jesuitas entraron en 1749 en contacto con otros grupos que tenían sus asientos en los bosques del río Jejuí; estos fueron asentados en el pueblo de S. Estanislao, en donde los jesuitas previamente asentaron a algunos guaraníes misioneros, hecho que luego motivó las acusaciones de que los dos pueblos eran "intrusos". Los guaraníes de estos dos pueblos no estaban encomendados, no prestaban el servicio de mitazgo y tampoco pagaban el tributo prescrito por la Ley 7, título 17, libro 6, que determinaba el tributo de 6 pesos por hombre tributario. La Real Hacienda reclamó el tributo, formulándose el respectivo expediente en 1780 (520); M. J. Aramburu, en base de un supuesto acuerdo con el gobernador, propuso el pago de dicho tributo o en moneda a base del importe del tabaco negro torcido que beneficiaba el pueblo, o igualando la tasa de 1 peso de plata válida para los guaraníes del Paraná y del Uruguay, o satisfaciendo los 6 pesos establecidos por ley en los frutos comerciables de aquellos tiempos. En su carta al tribunal mayor de cuentas del Virreynato de Buenos Aires, el gobernador Melo de Portugal pidió, no obstante, que los dos pueblos fueran eximidos del tributo o con goce de su moderación, y apeló a tres razones: que los pueblos mencionados son los fronterizos a los monteses no reducidos, constituyendo una barrera contra la posible introducción de los mismos en las tierras pobladas por los españoles; que los guaraníes de ambos pueblos están en parentesco con los monteses de dicha zona y con frecuencia se retiran junto a ellos, pudiendo ser el gravamen del tributo un obstáculo para atraer otros grupos monteses; que los dos pueblos sufrían la insolvencia económica por sequía y la epidemia de viruela en 1778. Las dos cartas de los cabildos de S. Joaquím y S. Estanislao, firmadas por los corregidores M. Paraverá y H. Curugaó, asimismo apelaban a la pobreza (521). En ocasión de su visita a los dos pueblos en 1786, Melo dilató nuevamente el problema del pago de tributo. En realidad, pocos eran los tarumáes que permanecieron en los pueblos, retirándose periódicamente a los montes; los misioneros, traídos por los jesuitas, constituían el núcleo permanente (522).
 
Bajo el gobierno de Melo de Portugal se efectuaban los rastreos de los monteses desde Curuguaty por los terrenos y yerbales de Caremá (523); esporádicamente, las relaciones con los monteses fueron pacíficas, pues éstos solían acercarse a algunos parajes con fines de trueque por dos artículos ya mencionados (524). Los beneficiadores, para proteger los yerbales y asegurar la paz durante el laboreo de la yerba, exigían la definitiva pacificación de los monteses o, en caso contrario, dejar el paso libre a los mbayáes para sus entradas hostiles en las tierras de los guaraníes monteses (525). En la primera mitad del siglo XVIII, los mbayáes realizaron muchas incursiones en la zona de "los comedores de maíz", como ellos llamaban a los guaraníes, llegando hasta las Sierras de Amambay y Mbaracayú; después de la paz pactada con los españoles, muchos grupos mbayáes estaban en buenas relaciones con los pobladores criollos de Concepción, Iguamandiyú y Quarepotí, entrando con frecuencia en los yerbales y persiguiendo a los monteses y matándolos a veces en los beneficios en presencia de los capataces criollos; el capellán Salinas acusó al mismo Comandante Ramírez de haber organizado una batida combinada de españoles y mbayáes en contra de los monteses, hecho negado por el acusado con justificación de una defensa contra el ataque de 48 bien armados guaraníes (526). Lorenzo, llamado cacique principal de los mbayáes, hizo una entrada entre los monteses "... con el fin de cautivar a dos chicuelos y llevarlos a V. S de regalo para cocheros..." (527), según la carta de Ramírez al gobernador Alós; todavía en el año 1808 se menciona que los mbayáes conjuntamente con los guanás de Tacuatí atacaron a los monteses sin que se hiciera presión sobre los tacuateños para la devolución de los guaraníes cautivos (528). Los informes de 1791 cursados por el capellán Salinas y comandante Ramírez al gobernador, ilustran la situación de los monteses (529); Salinas quiso fundar con ellos una nueva reducción; en los yerbales llegó a entrevistarse con algunos caciques, exigiendo "la amistad perpetua para con los españoles" y asegurando la libertad de trueques. Los caciques Cuarasimirí y Cuarasiguasú, por ejemplo, vinieron con bastimentos de maíz, batatas, mandioca y caña dulce, repartiéndolos a trueque a los peones yerbateros y a los soldados; los caciques solían presentarse con las cruces "floridas", es decir emplumadas, en la mano, lo que comprueba que muchos monteses eran descendientes de los desbandados guaraníes del siglo XVI en la zona mbaracayúense, o refugiados, o huidos de los mismos pueblos coloniales, o los nuevos reducidos de S. Estanislao o S. Joaquím, llamados "apóstatas" (530). Entre los caciques participantes del plan de una reducción propia, Salinas cita: Cusurú guasú, Yasucatí, Yacirá Verayú, Yacairá guasú, Quaraciyú guasú, Quaraciyú mirí, Pay Verayú, Nebaireyú guasú, Pay Veratí, Yasucá Potí, Pay Guara, Diyú guasú, Yasucay, Yeguacazú mirí, Ybotity, Guarariyú mirí. La elección del lugar de la proyectada reducción, en conformidad con los mismos monteses, se situaba a 40 leguas de Concepción, entre río Ypané y río Yaguí, con montes en este y oeste; Salinas proponía hasta la agregación de los belenistas, con idea de formar una numerosa nucleación. El proyecto no tuvo mucho éxito; la desconfianza mutua entre los beneficiadores y los monteses, especialmente por intervenciones de los mbayáes, perduraba, y también escaramuzas y algunas batidas de los soldados, ya que los monteses en tales informes presentábanse como "los asesinos traidores" (531), debido a sus ataques por sorpresa, táctica común de los flecheros primitivos. Salinas divide a los monteses de aquella zona en dos grupos: los itanaráes con los caciques Yasucayú y Aracetí, y los paramiríes, siendo los primeros considerados más belicosos y agresivos. Las integraciones de los monteses fueron reducidas y solía desnaturalizárselos; todavía en el año 1843 se mencionan los monteses; el gobierno repartió 174 almas, en su mayoría mujeres y niños, a varias personas de Asunción en calidad de neófitos y con el status de "criadas-chinas" (533); algunas familias montesas fueron destinadas a poblar en la jurisdicción de Guarambaré, pero fueron diezmadas por una epidemia de erisipela, decretando el gobierno en 1845 la incorporación de los sobrevivientes a la comunidad de Itá (534).

En 1759, los jesuitas fundaron el pueblo de Nstra. Sra. de Belén, esencialmente como una reducción para los neófitos mbayáes; el P. Sánchez Labrador asentó también Belén con un núcleo de los guaraníes de las misiones (24 familias), diezmados pronto por una epidemia de viruela; en 1762, el gobernador Martínez Fontes declaró el pueblo "incorporado a la Corona" (535). Posteriormente, los mbayáes se dispersaron y el pueblo recibió otros indios misioneros desertores, tapés especialmente; el pueblo siempre quedó pobre y sus habitantes obligados a conchabarse (536); Azara cita como el total de la población: 70 matrimonios, 51 solteros, 132 solteras y viudas (537).

En las antiguas tierras guaraníes se fundaron dos nuevos pueblos con los guaná-chanés-arawak, cuando éstos se independizaron de su vasallaje a los mbayáes; eran racialmente amazónides como los guaraníes y culturalmente con el ethos agrícola muy desarrollado. Ambos pueblos, Tacuatí y San Juan Nepomuceno fueron fundados durante el gobierno de L. de Ribera; en el pueblo Tacuatí se asentaron los layaná-guanás, consiguiendo así su viejo anhelo de tener tierras fértiles en la margen izquierda del río Paraguay en lugar de las precarias tierras chaqueñas; el pueblo se componía de un total de 1.281 almas, sin incluir los viejos de ambos sexos; fueron repartidos en 13 cacicazgos (538). Los layanás, llamados en los documentos también tacuatíes, deseaban tener verdadero pueblo, es decir, con estancia, herramientas y administrador lenguaraz, el que entendiera el guaraní para facilitar el trato con el nuevo ambiente criollo; la productividad de estos agricultores layanás fue varias veces destacada. Esto no obstante, la autoridad de Concepción fue siempre recelosa; los soldados registraban ocasionalmente el camino desde el pueblo Tacuatí hasta las tolderías de los mbayáes, sospechando que entre ambas tribus aún existían relaciones (539), sintiéndose los guanás todavía algo tributarios de los mbayáes (540); frente a los guaraníes monteses, los guanás siempre conservaron su ethos de superioridad. El pueblo de San Juan Nepomuceno se fundó en 1797 con los chavaraná-echoaladí-guanás; Caazapá hizo a la nueva reducción la donación de un considerable terreno apto para el chacareo y estancias (541); el nuevo pueblo contaba con 1.400 almas (542); de esta manera se introdujo en la nucleación caazapeña-guaraní un grupo tribal arawak; Ribera tenía interés en la explotación de las ricas tierras de la mencionada zona. Estos chavaranás tenían ya previamente algunos contactos con el ambiente criollo, español y guaraní; solían prestar sus brazos como remeros, sirviendo en calidad de simple peonada ya que tribalmente no eran sojuzgados por los españoles y, por ende, no tenían obligaciones de tributos o de servicio personal. Ambos pueblos guanás fueron rápidamente desintegrados por absorción y exterminación, no siendo nunca tolerados por el ambiente criollo.

 
 NOTAS:
 

503) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-45; Nº. 4; f. 48 ctd.

 

504) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA- 4; f. 8.

 

505) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-229; f. 1 ctd.

 

506) Actas del Cabildo de Asunción. Archivo Nacional de Asunción., 20 Abril 1676.

 

507) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-109; Nº. 6; f. 6 ctd.

 

508) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-14; f. 110.

 

509) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-482; f. 38 y 40.

 

510) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-25; f. 44.

 

511) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-43; Nº. 8; f. 1.

 

513) ibidem, f. 54.

 

514) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-28; f. 78.

 

515) ibidem, f. 82.

 

516) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-118; Nº. 9.

 

517) ibidem, f. 46.

 

518) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-482; f. 66.

 

519) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-227; f. 37 y 40.

 

520) ibidem, f. 20-37.

 

521) ibidem, f. 28 y 30.

 

522) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-480; f. 41.

 

523) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-454; f. 27.

 

524) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-482; f. 93.

 

525) ibidem, f. 73.

 

526) ibidem, f. 20.

 

527) ibidem, f. 52.

 

528) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-207; Nº. 8; f. 8.

 

529) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-482; f. 6.

 

530) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-163; Nº. 6; f. 6.

 

531) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-482; f. 20.

 

532- [Nota sin referencia en el texto] Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-164; Nº. 4; f. 8,

 

533) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-258.

 

534) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-275; Nº. 6.

 

535) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-133; Nº. 4; f. 3.

 

536) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-482; f. 6.

 

537) Azara, Félix de: Geografía física y esférica de las Provincias del Paraguay y Misiones Guaraníes. Ed. Anaíes del Museo Nacional de Montevideo; 1904; cap. 315; p. 198.

 

538) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-164; Nº. 4; f. 62.

 

539) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-172; Nº. 3; f, 3.

 

540) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: NUEVA ENCUADERNACIÓN-482; f. 50.

 

541) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-207; Nº. 8; f. 23.

 

542) Documentos del Archivo Nacional de Asunción. Sección: HISTORIA-172; Nº. 4; f. 5.


 
 
 
 
 
 

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EL INDIO COLONIAL DEL PARAGUAY
 
 
 
Asunción-Paraguay, 1965. 243 pp.
 

 

 

 

 

 

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