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GINO CANESE


  CAPERUCITA ROJA Y SU PRIMA y LOS PATITOS Y POLLITOS FEOS - Cuentos de GINO CANESE


CAPERUCITA ROJA Y SU PRIMA y LOS PATITOS Y POLLITOS FEOS - Cuentos de GINO CANESE

CAPERUCITA ROJA Y SU PRIMA y

LOS PATITOS Y POLLITOS FEOS

 

Cuentos de GINO CANESE

 

 

 

GINO CANESE (Asunción, 1920-2008)

Cuentista y novelista. Aunque médico, investigador y docente universitario de profesión, Gino Canese (nombre literario de Arquímedes TOMÁS GINO CANE­SE PREZIOSO) es autor de cinco libros, todos publicados a edad muy avanzada. Tenía más de 75 años cuando dio a luz su primer libro: EL ARCA DE MARANGATÚ (1997), serie de relatos inspirados en su época de estudiante de medicina. Un año después publicó QUÉ LINDA ERA MI TIERRA (1998), acerca del bario Colón, y posteriormente salieron JASY Y KUARAHY (2002), KARAI GUASU (2004), una bio­grafía del Dr. JOSÉ GASPAR RODRÍGUEZ DE FRANCIA, y ALÍ BABÁ Y LOS 40.000 LADRONES (cuentos; 2007), su última obra publicada.

 

 

CAPERUCITA ROJA Y SU PRIMA (VERSIÓN LIBRE)

 

Hace mucho tiempo, antes de que se usara la energía eléctrica, en medio de una hermosa llanura de un país sudamericano, vivía una pareja de campesinos recién casados, quienes de día trabajaban la tierra, criaban aves de corral y ordeñaban las vacas, y por las noches, a la luz de las velas de sebo, fabricadas por ellos mismos, cenaban y, antes de dormir rezaban a Dios para que les enviase una hija.

Una mañana, antes de que saliera el sol, la mujer se despertó, y sacu­diendo a su marido que todavía estaba durmiendo, le dijo:

-¿Sabes lo que soñé anoche?

No sé -le contesto el marido que estaba todavía semidormido.

Soñé con nuestra futura hija -le dijo la esposa y continuó hablan­dole-: Esta vez me dijo que estaba esperando que eligiéramos un nombre para que pudiera venir a vivir en mi vientre. Yo le dije que me gustaría llamarla Caperucita Roja, porque una sobrina, hija de mi hermana geme­la, que ha nacido este año, iba a llamarse así, pero sus padres le pusieron el nombre de Caperuzota Roja.

-¿Por qué la llamaron Caperuzota Roja?

-En realidad, quisieron ponerle el nombre de Caperucita Roja, como era el deseo de mi mamá, la abuela de la niña, quien había tejido precisa­mente para ella una caperuza roja. Pero al nacer, viendo que la prenda no le servía para nada, porque le quedaba muy chica, decidieron ponerle el nombre de Caperuzota Roja. Además me dijo mi hermana que esa cape­ruza me la va a regalar para que la use nuestra futura hija. Es por eso que quiero ponerle a nuestra hija el nombre de Caperucita Roja, como era la voluntad de mi mamá de tener una nieta que se llame así.

El marido le contestó:

-Estoy de acuerdo contigo. La llamaremos Caperucita Roja. Después dé un tiempo, nació Caperucita Roja, hecho que llenó de felicidad a sus padres.

Pasaron los años, y las dos primas Caperucita Roja y Caperuzota Roja iban creciendo. Mientras Caperucita Roja tenía el desarrollo de una niña normal, Caperuzota Roja crecía en forma tan exagerada que la capu­cha roja que la abuela tejía para ella apenas le servía para unos pocos meses, luego de lo cual, tenía que tejer una nueva prenda. En cambio, la que la abuela tejia para Caperucita Roja, le duraba años. Caperucita Roja era una niña normal y corriente que retozaba con sus amigas, entretenién­dose con las muñeeas y los juegos propios de las nenas de su edad, en cambio, Caperuzota Roja, con su enorme cuerpo musculoso, prefería jugar con los varones, a quienes los superaba siempre, sea en las pulsea­das, en las carreras, y en cuantos juegos masculinos competía.

Los padres de Caperuzota Roja vivían en la ciudad y una vez al año, en las vacaciones de invierno, iban a visitar a sus parientes en el campo.

Cuando Caperucita Roja cumplió los 8 años, tenía el porte de una niña hacendosa, capaz de realizar sola todas sus tareas escolares, en las que sacaba las más altas notas y aún le sobraba tiempo para ayudar a su mamá en los quehaceres domésticos, así como en los mandados fuera de la casa.

Una mañana, el día del cumpleaños de la abuela, la madre de Cape­rucita Roja le dijo:

-Quiero que vayas a la casa de tu abuela para llevarle algún obsequio por su cumpleaños y deseo que me esperes allí hasta que yo pase a bus­carte. Como tengo que ir ahora mismo a la ciudad, encargate vos del regalo.

-Está bien, mamá -contestó Caperucita Roja y a su vez le pregun­to-: ¿Te parece bien si le hago una torta de frutilla?

-Creo que a la abuela le encantará tu regalo. Chau mi hija.

-Adiós, mamá- dijo Caperucita Roja.

Caperucita Roja se puso enseguida manos a la obra. Fue a recoger, con una fuente, las frutillas de la huerta, comiendo, de paso, algunas de ellas, mientras se agachaba para buscarlas mejor debajo de las hojas. Cuando tuvo lleno el recipiente, volvió a la casa, entró en lacocina, limpió las frutillas, les sacó la arena que tenían pegada, sumergiéndolas varias veces en agua. Enseguida eligió la asadera más grande que había en la alacena, amasó la harina junto con el huevo, la manteca y los demás ingredientes y, una vez que esuvo lista la pasta, la colocó dentro de la asadera, cubriéndola con una capa de frutillas, la roció con un poco de azúcar y la cocinó. Cuando la sacó del horno era toda una obra de arte, que despedía un olor tan apetitoso que hacía segregar litros de saliva y retorcía el estómago, induciendo la tentación de querer comerla en el acto, a todo aquel que percibiera su tentador efluvio.

Una vez que la torta se enfrió, la puso en el fondo de una canasta, cubrió la canasta con su tapa y colocó encima de ella una servilleta, para evitar que las moscas, las abejas u otros insectos pudieran entrar dentro del recipiente.

 

El reloj de la sala marcaba las 9 horas en punto. El viaje a la casa de la abuela le llevaría alrededor de una hora, si es que iba por el camino de las carretas que era el más largo y el más aburrido, en cambio, si cruzaba el bosque llegaría en menos tiempo, además en ese sendero podía gozar del canto de las aves y podía recoger un lindo ramo de flores silvestres para obsequiarle a la abuela.

Mientras Caperucita Roja estaba dudando cuál camino debía elegir, llegó su prima Caperuzota Roja, que también quería ir a la casa de la abuela.

-¡Hola! ¿Cómo andás Caperucita Roja?-tronó la voz de Caperuzo­ta Roja.

-¿Hola! -le contestó Caperucita Roja y continuó diciendo-: No es­peraba tu visita. Es una suerte que llegaste antes de que me fuera a la casa de nuestra abuela.

-En realidad me acordé del cumpleaños de la nona y sabiendo que vos irías temprano a visitarla, vine para acompañarte. Veo que tenés una canasta preparada con el regalo. ¿Qué es?

-Es una torta de frutilla. Y observo que vos traes un gran paquete de regalo. ¿Qué le llevas a la abuela?

-Le llevo un lechón asado que estoy segura que le va a gustar mucho a la abuela y al abuelo-contestó Caperuzota Roja y prosiguió-: Vamos ya.

-¿Por dónde te parece mejor que vayamos? ¿Por la carretera o por el bosque? -le preguntó Caperucita Roja.

-Por el bosque, sin ninguna duda. Es un sendero mucho más diver­tido -convino Caperuzota Roja.

-Mamá no quiere que yo vaya por allí porque dice que suele deam­bular un enorme jaguareté (yaguareté, tigre) -insinuó Caperucita Roja. Pero Caperuzota Roja la convenció diciendo:

-Hace rato que nadie ve a la fiera en el bosque. Yo creo que se habrá ido a otro lado o sino se habrá muerto de viejo. Además yo no le tengo miedo y te voy a proteger.

Caperucita roja, convencida por los argumentos de su prima, asintió y enseguida, ambas, iniciaron la marcha por el bosque.

El día estaba maravilloso, un radiante sol brillaba en el firmamento, y la suave brisa primaveral les estimuló a caminar cada vez más rápido. Penetraron en el bosque, y mientras Caperucita Roja recogía las multico­lores flores silvestres, Caperuzota Roja iba recolectando y comiendo cuantas frutas encontraba a su paso.

Así fueron avanzando por el camino peatonal hasta que llegaron a la entrada de un estrecho puente, formado por dos troncos, sobre un arroyo. Cuando Caperuzota Roja, que iba adelante, subió en la pasarela vio, con sorpresa, que un gigantesco jaguareté estaba acostado encima de los maderos. Sin dudar un solo instante, dirigiéndose al tigre le gritó:

-Salí de nuestro camino, inmediatamente.

El tigre, que había olfateado los ricos comestibles que traían, le contestó:

-Solo saldré del puente y les daré paso, si es que me entregan el chanchito asado y la torta de frutillas.

-Sos loco si crees que te vamos a dar los regalos que son para nuestra abuela-dijo Caperuzota Roja y agregó-: Te vuelvo a repetir: Quiero que salgas de allí.

-Yo te contesto que no voy a salir si no me das lo que te pido -dijo el jaguareté.

-Mira que me voy a enojar dijo la niña.

-Y yo te digo lo mismo -rugió el tigre.

Entonces, para demostrar que era el rey del bosque, el jaguareté se dirigió hacia Caperuzota Roja y abriendo su gran bocaza, le mordió en la pierna derecha.

Al instante se oyó un espeluznante ruido que retumbó en todo el bosque:

-Crash…crash….­

Era el ruído engendrado al chocar los dientes del felino contra la musculosa y dura piernade Caperuzota Roja, quien estaba parada en el medio del puente, mirando fluir las aguas del arroyo que estaba debajo de ella.

En el mismo momento, la superficie del arroyo recibe una lluvia de dientes enteros o en pedazos, mientras se oía en medio de los rugidos de dolor, la voz del tigre que decía:

-¡ Ay! ¡Ay! ¡Ay! Se han roto todos mis dientes. ¿Qué va a ser de mí ahora? ¡Me moriré de hambre si no puedo comer!

--Vos sos el único culpable-le respondió Capeuzota Raja y agre­gó-: Te advertí que salieras de mi camino y no me hiciste caso. Para más me raspaste la piel de rni pierna. En vista de que te portaste mal, tendré que darte una buena lección, para que aprendas a respetar a los demás.

Al terminar de decir esto, agarró al jaguareté por la cola y lo hizo girar sobre su cabeza.

-¡ Ay! Me duele mucho- gritó el animal.

Caperuzota Roja aumentaba, cada vez más, la velocidad de giro del tigre, tanto, que producía un ventarrón tan impresionante, que iba derri­bando a su alrededor todos los árboles situados hasta cien metros a la redonda.

-Soltame-imploró el jaguarete. Te juro que nunca más morderé a nadie en lo que resta de rni vida.

-Te creo -le contestó Caperuzota Roja, riéndose del tigre y agre­gó-: Si no tenés más ningún diente, ¿cómo vas a poder morder a nadie? -Soltále, por favor -intervino en ese momento la Caperucita Ro­ja-, no ves que es un pobre tigre arrepentido y además viejo.

-Está bien, en mérito a tu pedido -expresó Caperuzota Roja diri­giéndose a su prima-, lo soltaré.

Para el efecto, abrió la mano que apretaba la cola del tigre, e inme­diatamente, la bestia, debido a la enorme fuerza centrífuga que lo impul­só, salió disparada a una velocidad superior a la del sonido. El pobre felino, gritando de dolor, iba seccionando a su paso cuantos árboles en­contraba en su camino.

Los pobladores de las áreas vecinas, al verlo pasar, opinaban:

-Es un misil.

-Es un meteorito.

-Es un plato volador.

Pero un niño de cinco años, que tenía muy buena vista, exclamó:

-Es un tigre volador, pero sin alas.

Al final, el tigre chocó contra un cerro y se cayó al suelo.

Las dos primas corrieron hasta el lugar en donde estaba, aparente­mente muerto, el tigre.

-Pobrecito -dijo Caperucita rója y dirigiéndose a su prima le sugi­rió-: Vamos a ayudarlo.

-Está bien -aprobó Caperuzota Roja.

Consiguieron que un vecino les prestara una carretila y colocaron sobre ella al tigre y lo llevaron a la casa del veterinario. El profesional, después de examinarlo y de hacerle algunas curaciones, opinó:

-Este animal, lo que más necesita, es que lo lleven al dentista para que le fabrique una dentadura postiza, porque no le ha quedado un solo diente sano en la boca.

Así lo hicieron. El odontólogo tomó la impresión correspondiente y les dijo que volvieran dentro de una semana, cuando ya tendría lista la dentadura.

-¿Qué puede comer mientras tanto este pobre animal? -le preguntó Capenicita Roja.

El dentista le contestó:

-Solamente puré de papa y de banana.

-¡Puag! -dijo el tigre-. ¡Qué asco!

Llevaron al jaguareté hasta la casa de la abuela, quien al verlo tan golpeado, se apiadó de él. Entones, ella misma les preparó un caldito de lenteja y el puré de papa y de banana.

Mientras el desdentado tigre comía a regañadientes (¿regañaencías?) su comida vegetariana, los abuelos y las nietas se dieron un atracón con el lechón asado y la torta de frutillas.

 

 

LOS PATITOS Y POLLITOS FEOS

 

Hace muchísimos años, en una granja ubicada a orillas del lago Ypoá, vivía una pareja de ancianos que se dedicaba a criar aves de corral, especialmente gallinas, gansos y patos.

Era costumbre que cuando las aves habían desovado suficiente can­tidad de huevos en el nido y se tornaban cluecas, las ponían, con sus respectivos cajones-nidos, en jaulas separadas para que los incubaran y así no se molestaran unas con otras.

En cierta oportunidad una gallina que había puesto una docena de huevos y una pata que había desovado diez huevos se pusieron cluecas al mismo ticmpo. El anciano llevó primero el cajón con los huevos de la gallina a una jaula y luego transportó el de la pata a otra jaula contigua, pero, como en ese mismo momento una vecina vino a pedirle prestado un litro de leche, tuvo que interrumpir el traslado de las aves y se puso a ordeñar la vaca.

Después de un rato, cuando terminó de ordeñar, le entregó la leche a la persona que se la había pedido y entonces volvió a encargarse de transportar la gallina y la pata a sus respectivos nidos.

Habían transcurrido las tres semanas habituales para que nacieran los pollitos de la gallina y en su nido no pasaba nada, en cambio, en lajaula en donde empollaba la pata se rompieron las cáscaras de los huevos y ante la sorpresa de la pareja de ancianos, salieron doce pollitos. La mujer le dijo entonces a su esposo:

-Parece que en esta oportunidad te has equivocado al trasladar la pata y la gallina a las jaulas en donde se encontraban sus respectivos huevos.

El anciano le contestó:

-Creo que tenés razón, querida. Tenía que haberme fijado mejor, puesto que el tamaño de los huevos de la gallina y de la pata son diferentes. Además el nido de la gallina contenía doce huevos y en el de la pata había solamente diez.

-¿Qué haremos? -le preguntó la anciana.

-Dejaremos las cosas como están. La pata esta convencida que es­tos pollitos son sus hijos. Lo mismo ocurrirá cuando la gallina vea a sus patitos.

Pocos días después nacieron los patitos y los ancianos pudieron comprobar que la gallina los atendía muy bien. Esta conducta inicial de las dos aves madres: mamá gallina y mamá pata, tranquilizó a los ancia­nitos, que se olvidaron del tema y se dedicaron a sus tareas habituales.

Al día siguiente la mamá pata y la mamá gallina sacaron a pasear a los polluelos, pensando llevarlos a orillas del lago. Mientras caminaban en medio de un grupo de ocas oyeron que éstas murmuraban diciendo:

-¡Qué patitos tan feos tiene nuestra vecina la nueva mamá pata! - dijo una pata.

-¡Qué patas largas y ridículas, sin membrana entre sus dedos poseen los hijos de nuestra amiga pata! -dijo una tercera pata.

-¡Sin embargo, miren qué lindos son los polluelos de la mamá galli­na! -dijo una cuarta pata.

La mamá pata se afligió al oír los comentarios de sus congéneres, en cambio, la mamá gallina se sintió orgullosa al escuchar las opiniones de las patas sobre sus crías.

Ambas madres continuaron caminando con sus respectivas cama­das hacia el lago. A unos veinte metros de él se encontraron con un grupo de gallinas que estaban escarbando la tierra en busca de los sabrosos sevo'í (lombrices, vermes, gusanos). Estas aves, al ver a las dos madres con polluelos se asombraron tanto, que dejaron de remover la tierra y se pusieron a opinar entre ellas, en voz tan alta, que sus palabras llegaron nítidamente a los oídos de mamá pata y mamá gallina.

-¡Qué pollitos tan feos tiene esta mamá gallina! dijo una gallina. ¡Qué espantosos picos aplanados tienen esos pollitos! -dijo una segunda gallina.

-¡Qué patas chuecas y cortas poseen, además de esas inútiles membranas entre los dedos! dijo una tercera gallina.

-¡Fíjense qué lindos son los hijos de la mamá pata! dijo una cuarta gallina.

En esta ocasión, la que se apenó mucho fue la mamá gallina al escu­char las opiniones de las gallináceas, en cambio, la mamá pata se puso muy contenta al sentir el parloteo de estas aves.

La orilla del lago se encontraba cerca y a ese lugar, seguida por su prole, se dirigió la mamá pata para darse un buen chapuzón, nadar y a la vez alimentarse con los numerosos piky (pescaditos) que solían abundar en esa zona.

Mientras tanto la mamá gallina se puso a remover la tierra con sus patas, mostrándole a sus críos cómo deben buscar los sevo'Í Estos mira­ron a su madre e intentaron realizar lo que ella hacía, pero era evidente que sus patas eran incapaces de escarbar la tierra puesto que no hacían otra cosa que alisarla con las membranas que tenían entre los dedos. Por lo tanto, como no consiguieron encontrar ningún sevo'f, empezaron a sentir hambre.

La mamá pata, apenas pisó el agua de la orilla del lago, se sintió feliz y graznando le llamó a su prole. Para dar ejemplo de cómo debían hacer las cosas, se metió al lago y empezó a nadar, zambulléndose de tanto en tanto, para aparecer enseguida con un suculento piky en la boca. Al ver que sus hijos no atinaban a entrar en el lago los estimuló diciendo: -¡Entren al agua! ¡Vengan conmigo! El agua está con una tempera­tura excelente y además hay mucha comida en ella.

Los pollitos, obedientes como todo ser vivo debe ser con su madre, intentaron entrar al agua, pero sintieron miedo al instante y le dijeron a su madre:

-Nosotros no sabemos nadar. ¿Cómo vamos a poder ir hasta donde estás vos?

-Vayan caminando hasta el muelle y desde allí salten al agua, en donde yo los estaré esperando.

Cumpliendo la orden de mamá pata, los doce pollitos subieron al muelle y desde allá arriba miraron con mucho temor el agua del lago. Mamó pala les incitó a lanzarse al agua diciendo:

Voy a contar hasta tres para que salten todos a la vez: ¡A la una! ¡A las dos! y ¡A las tres!

Los doce pollitos saltaron casi al mismo tiempo y de inmediato se pusieron a chapotear, desesperados porque no sabían nadar, mientras gritaban pidiendo auxilio:

-¡Socorro! ¡No sabemos nadar! ¡Nos vamos a ahogar!

La mamá pata quedó desconcertada. Nunca le había pasado algo igual en su vida. Quiso ayudarlos a todos, pero no dio abasto, pues mien­tras socorría a un polluelo, los otros once se hundían en el agua y ella no sabía a quién salvar primero. Entonces mamá pata también gritó: -¡Socorro! ¡Se ahogan mis hijitos! ¡Ayúdenme!

Los patitos de mamá gallina, que en vano intentaban sacar sevo'i eran los que estaban más cerca del lugar. Instintiviunente entendieron la llamada de auxilio de la mamá pata y, antes de que la mamá gallina pudiera evitarlo, corrieron hacia el muelle y se arrojaron al agua. Al ver esto la desesperada mamá gallina, que no sabía nadar y pensaba que su cría tampoco sabía hacerlo, se puso a gritar:

-¡Salven a mis pollitos que se van a ahogar! ¡Nosotras las gallinas no sabemos nadar!

Los diez patitos hijos de la mamá gallina, al caer al agua nadaron como solamente lo saben hacer los patos. Cada uno de ellos tomó un pollito con su fuerte pico aplanado y todos juntos, nadando vigorosamen­te, llevaron a diez pollitos a la costa, mientras mamá pata llevaba a los dos restantes al mismo lugar.

Inmediatamente se juntaron en ese sitio centenares de aves de corral, que cuchicheaban todas al mismo tiempo, sin lograr que nadie entendiera lo que decía la otra.

Al final viejo ganso, patriarca del corral de la granja, se puso en medio de todos y habló en un idioma ánade-gallináceo, paraque todas las aves presentes pudieran entenderlo:

El que tiene la culpa de esta desgracia con suerte es el anciano granjero, quien es, sin embargo, una buena persona y nos atiende cariño­samente a todos por igual; nunca nos hace faltar la comida y además cuida que no le falte nada a nuestras futuras madres cuando están cluecas. En esta oportunidad yo pude vercómo este amable señor se equivocó cuando trasladó a las mamá gallina y mamá pata a sus respectivos nidos. Observé que puso a la mamá pata en el nido que tenía los huevos de la gallina y acto seguido colocó a la mamá gallina encima de los huevos de la pata.

Todas las aves, tanto las gallináceas como las palmípedas, quedaron satisfechas con la clara exposición del viejo ganso. De esta manerea las aves, con el viejo ganso a la cabeza, retornaron a la granja. Mamá gallina llevaba orgullosa a sus doce pollitos y lo mismo sucedía con mamá pata que era acompañada por sus diez patitos.

El viejo granjero, al ver llegar a las aves de corral, le dijo a su mujer: -i Qué marav illa! Mirá lo que ocurrió con las dos cluecas. Parece que alguien les sugirió que intercambiaran sus crías. ¿Quién pudo haber sido? Su mujer le contestó:

-No tengo la menor idea de quién pudo haber logrado este milagro, pero deduzco que debe ser obra de alguien muy inteligente.

El viejo ganso, al oír este comentario, graznó feliz y todas las aves de la granja, alegres y contentas, le acompañaron con sus cantos, festejando así el afortunado final de este raro acontecinnento.

 

DE: Alí Babá y los 40.000 ladrones

(Asunción: Editorial Servilibro, 2007)


 

 

 

 

 

 

 

 

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TERESA MÉNDEZ-FAITH

INTERCONTINENTAL EDITORA S.A.

Teléfs.: 496 991 - 449 738;

Pág. web: www.libreriaintercontinental.com.py

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Asunción - Paraguay. 2011 (424, Tomo I)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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