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LEOPOLDO CENTURIÓN (LEO CEN)

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LEO-CEN - Francisco Pérez-Maricevich
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LEO-CEN - Francisco Pérez-Maricevich

CENTURION, LEOPOLDO.

Dramaturgo, cuentista y periodista nacido en Concepción en 1893 y muerto en Asunción en 1922.

Perteneció, como el anterior, a la promoción a la que da nombre la muy notable REVISTA CRÓNICA. Su vida fue tan desoladora como la de CAPECE FARAONE, pero su versátil talento tuvo mayores fuerzas como para dejarnos una heren-cia literaria incomparablemente superior al de aquél. Su muerte privó a nuestra incipiente literatura de un creador de excelentes dotes de sensibilidad cuya madurez creadora habría podido significar un aporte probablemente importante respecto de la toma de contacto de aquélla con la realidad inmediata y vivencial.

VALORACIÓN: Dos vertientes nos interesan en la creación literaria de este escritor: la dramática y la narrativa. En ambas, la nota fundamental es una cierta inseguridad en el enfoque, cierta improvisación que incide en el tratamiento deficiente de su materia temática -por lo general, ambiciosa- y para el apresuramiento expresivo que limita los aciertos estéticos. Se advierte, sin embargo, en la prosa de Centurión un progresivo adelgazamiento y sencillez estilísticas, a partir de su inicial retorcimiento decadentista en el que es más la cursilería, el sonido falso sentimental, que el sentimiento realmente sentido y expresado. Lo valioso, por cierto, de este escritor no se encuentra en los valores formales, sino en la orientación de algunos de sus temas. Vista a esta luz, la obra de LEO-CEN comporta un significado precursor, pese a que, en su mayor parte, esta obra se encuentre contaminada de un esteticismo excesivo, fruto de lecturas mal aprovechadas y sin sentido crítico (los poemas en prosa, de Beaudelaire, Vargas Vila, E. Gómez Carrillo, D'Anunzio, etc.). Como narrador, LEO-CEN es un discípulo modesto y voluntarioso de Charles Lorrain; pero su temática morbosa y desconectada de los motivos originales o fundamentales del ambiente en que vivía, sin motivaciones humanas raiga-les, lo hace más bien un escritor estéticamente regresivo y sus cuentos (véase, como ejemplo típico, el titulado Fémina) no alcanzan a configurar una atmósfera ni sociológica, ni sicológica, ni estéticamente adecuada y coherente. Su lirismo, indominado y suelto, desborda constantemente los límites objetivos de la narración, de manera que el relato pierde concreción y parece flotar, en una equidistancia indecisa, entre el cuento y el poema en prosa de intención simbolista. Esta propensión al desborde lírico se pone tanto más de manifiesto cuanto que el relato carece, casi siempre, de osatura argumental y todo él se va en diálogos convencionales que no dibujan los perfiles sicológicos de quienes hablan, sino, por desgracia, la impericia del narrador. Su intención de penetración sicológica es indudable, pero como no consigue dar el toque de vida a sus personajes -con frecuencia anormales-, éstos no pasan de ser muñecos a través de los cuales nos llega la voz del escritor en una ventriloquia tan desagradable como artificiosa. Después de Barrett y sus Cuentos breves, de una intensidad expresiva extraordinaria, acotando críticamente una zona de lo real visto vivir o vivida, los cuentos de Leopoldo Centurión son un descenso vertiginoso hacia la seudoliteratura, es decir, la falsificación de lo real por la fantasía desorbitada (tragedia, por cara parte, del escritor falto de raíces en una tradición propia y que elabora temas, en consecuencia, legítimos y vitales en otros encuadramientos de sociedad y cultura, pero carentes de sentido -estético y vital- en climas socioculturales distintos).

Este desarraigo ambiental, característica de nuestro primer modernismo, fue estrechando su diafragma temático hasta anularse completamente en los últimos relatos del escritor (MITÁ PORÁ, LA MUCHACHITA DE LOS PIES DESCALZOS), atisbos singulares -todavía pintoresquistas, es cierto, todavía superficiales, antes líricos que problemáticos, es verdad-del tema de inmediatez vivencial, que no aparecerá con progresiva conciencia, en nuestra literatura, antes de AURORA, de J. Stefanich, Cruces de quebracho, A. Valdovinos, Ocho hombres, de J. S. Villarejo y Nicolasita del Espíritu Santo, de Julio Correa. Pero el mérito de iniciar la orientación del enfoque temático hacia la circunstancia humana paraguaya, hay que concedérselo a Leopoldo Centurión.

Pero si en la narrativa podría cuestionarse la actitud precursora del joven artista, no es posible soslayársela en el teatro. En él, su condición iniciadora es absolutamente evidente. Por desgracia (efecto pernicioso de la ineditez), de sus cuatro obras escritas entre sus dieciocho y veintiséis años -EL INTRUSO, EL HURACÁN, FINAL DE UN CUENTO y LA CENA DE LOS ROMÁNTICOS- no ha llegado hasta nosotros sino la segunda. Y por ella, no sólo hay que juzgar al escritor, sino comenzar el estudio del teatro paraguayo del siglo veinte. Publicada en él número 2 de la revista "LETRAS" (febrero de 1916), EL HURACÁN, drama en dos actos, plantea un problema nacional entonces punzante: el sentido y los efectos sociales de la revolución. La ajustada visión del tema -y el problema- dramáticos, su pasión denunciativa, no hallan, sin embargo, congruo correato ni en la estructura ni en el diálogo de la obra. La sentimentalidad romántica desorbita a ésta de su plano estrictamente dramático -acción concentrada-y la desplaza a un lirismo de mal gusto que el autor, de contar con mayor experiencia técnica, hubiera cuidadosamente evitado. Pero a pesar de esas deficiencias verdaderamente inevitables en un dramaturgo de veintidós años, huérfano de toda tradición teatral, EL HURACÁN tiene valores dramáticos (determinados movimientos de la acción, ciertos logros -fragmentarios- en la manifestación de los caracteres, etc. ) que lo salvan del olvido y lo sitúan, en virtud de su tema y de la intención que lo dirige, por encima de sí mismo en cuanto conjunto estructurado. La toma de contacto con la realidad que se advierte en este drama juvenil orientará decididamente al teatro paraguayo por esa senda abierta. Y la actitud crítico-denunciativa de lo social vendrá vaciada en las piezas inmediatamente posteriores de PEDRO JUAN CABALLERO y ARTURO ALSINA, con mayor seguridad técnica pero no con densidad mayor.

Y, no obstante su admirable precisión de enfoque temático manifiesta en EL HURACÁN, probablemente la solución dramática impuesta a su materia no condecía suficientemente con la índole temperamental de Centurión. Esta parecía ser más bien el humor acre, la ironía corrosiva a través de los cuales observaba la realidad humana inmediata. Los rápidos escorzos satíricos de Al través del monóculo -breves, punzantes, sarcásticas, penetrantes caricaturas literarias nada ripiosas- ponen en evidencia de qué lado de la literatura dramática se encontraba el centro de gravedad de este escritor. ¿Qué notas peculiares, qué cualidades, qué cortes satíricos tendrían FINAL DE UN CUENTO y LA CENA DE LOS ROMÁNTICOS, esas comedias hoy perdidas o por lo menos, inencontrables a la más acuciosa búsqueda? De poseer esas obras algunas de las aceradas notas de las que rebosan los artículos de AL TRAVÉS DEL MONÓCULO, no temo en afirmar que con Leopoldo Centurión el teatro paraguayo ha perdido a su mejor comediógrafo inicial. Esta es la tragedia de nuestra historia literaria: que se encuentra desmantelada por la ineditez de las obras que la constituyen. ¿Cómo hacerla, cómo elaborar un testimonio crítico correcto y sensato de su itinerario, si ella se nos presenta fragmentaria, con lagunas desoladoras, pobres maderos desarticulados salvados del naufragio?

Y con sus pobres maderos, restos de la construcción, es inevitable juzgar y situar a LEO-CEN. Con los márgenes de prudencia que nos imponen sus obras perdidas, la creación de este escritor, de valor heterogéneo, no supera en realidad el nivel de lo mediano en lo narrativo y dramático, pero se alza por sobre ese nivel en algunos artículos de AL TRAVÉS DEL MONÓCULO. Su valoración actual debe hacerse, por tanto, en función de sus temas en cuanto ellos manifiestan una toma de contacto con la realidad circunstante y se desvían notablemente del decadentismo que imperaba en nuestras letras, actitud de originalidad personal que disminuye la atención negativa que podría merecer la ejecución formal de sus creaciones. En sus veintinueve años de vida no tuvo tiempo de otra cosa que de mostrarnos lo que pudo haber hecho; pero lo que efectivamente hizo tuvo mayor repercusión posterior que lo realizado por cualquier otro escritor paraguayo en las mismas condiciones culturales y existenciales de Leopoldo Centurión.

OBRAS:

-. Sus cuentos deben leerse en la colección de la revista Crónica y en los diarios El Liberal, El Diario, La Tribuna, de Asunción; en La Razón, de Montevideo y en El Municipio, de Concepción.

-. Algunas colaboraciones aparecieron en la revista Pegaso, de Montevideo.

BIBLIOGRAFÍA:

-. L. G. Benítez-J. Báez (h): op. cit.;

-. Efraím Cardozo: op. cit.;

-. Carlos R. Centurión: op. cit.;

-. J. Natalicio González: Capece y sus amigos, Guarania, N° 18;

-. Josefina Plá: op. cit.;

-. Francisco Pérez Maricevich: El relato paraguayo (en prep.).

Fuente: DICCIONARIO DE LA LITERATURA PARAGUAYA (I PARTE) de FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH. Biblioteca Colorados Contemporáneos ( 7 ). Editor: Instituto Colorado de Cultura,  Director: Dr. H. Sánchez Quell, Asunción-Paraguay,  1983 (293 páginas).


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