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Su poesía (Ronald Haladyna)

EL GOCE DE LO COTIDIANO EN LA POESÍA DE JACOBO A. RAUSKIN

La poesía de J. A. Rauskin es un espejismo verbal. Al detenerse en cualquiera de los doce libros del poeta publicados en los últimos treinta y cinco años, al demorarse en poemas que tienen apenas unos cuantos versos y al leer el lenguaje rauskiniano -claro, directo y aparentemente inequívoco sobre temas de la vida diaria-, el lector puede creer que se encuentra frente a poesía de poca ambición artística. Pero, una vez más, las apariencias engañan, porque el escrutinio de sus poemas revela una economía verbal, un refinamiento cultural y una perspectiva crítica poco frecuentes en la poesía hispanoamericana de nuestros días.

La obra poética de Rauskin no se deja caracterizar con facilidad. No porque ella sea hermética, sino por todo lo contrario, irónicamente. Son poemas que parecen ser tan directos, breves, sencillos y descriptivos, que no se diría que ellos pudieran conducir hacia otras metas preestablecidas. En esto consiste el espejismo del que hablamos: tras la fachada de la brevedad y la exposición clara y sin enredos, el texto deja entrever propósitos tan sorprendentes como sutiles, subversivos y complejos, dimensiones de la obra de Rauskin que merecen más atención crítica.

En su larga trayectoria, el poeta no ha manifestado interés en evocar grandes visiones panorámicas, no pretende que sus limitadas vivencias y observaciones reflejen un microcosmos de toda la experiencia humana. Como en sus libros anteriores, en LA CALLE DEL VIOLÍN ALLÁ LEJOS (1996) y ADIÓS A LA CIGARRA (1997), evita temas esotéricos y estilos experimentales, y lo hace a favor de un esfuerzo concentrado en percibir los sucesos cotidianos de su entorno familiar. Reflexiona sobre ellos, a veces, con ironía; otras veces, con elogios o denuncias apenas discernibles, rara vez con conclusiones   directas y categóricas; siempre con un ademán elegante y una frase elocuente.

El observador/poeta de los dos libros es el mismo. Es andariego, curioso y meditabundo. Ejerce la inusitada práctica de maravillarse ante lo que serían -para la gran mayoría de nosotros- escenas prosaicas. Lo hace con auténtico entusiasmo y -aquí viene la sutileza ya mencionada- sin que se vea la intención de ofrecer a sus lectores la trascendencia de lo que él ha elegido observar y poetizar. Su perspectiva del mundo, también su decisión de no juzgar, jerarquizar o sacar conclusiones sobre lo observado, son insoslayables y no dan lugar a equívoco en las obras examinadas en esta oportunidad. El poeta, en ambos libros, observa el mundo que lo rodea, se apropia de él y lo plasma en lo que podemos llamar pequeñas escenas esquemáticas e impresionistas, sin interés reconocible en lo que atañe a entrar en detalles descriptivos, en prolongadas conjeturas, mucho menos en convicciones dogmáticas y conclusiones persuasivas. Al lector que, siguiendo sus preferencias, busque una poesía anecdótica, con expresión de sentimientos personales o íntimos, o cavilaciones sobre las eternas cuestiones humanas, es decir, con todo aquello que se puede identificar como desarrollo temático tradicional, quizá esta poesía lo confunda, frustre o desilusione. Pero de ninguna manera se debe ver aquí una objeción a estos dos libros, sino una advertencia al lector: los propósitos del poeta son otros y son tan inesperados en su efecto como legítimos en su expresión intelectual y estética. En estas obras hay poesía abierta; al llegar al final de sus poemas, el autor no pretende llegar a ninguna conclusión en particular, ni tampoco insistir en alguna convicción contundente, ni elaborar una epifanía, sino que permite que cada lector concluya el poema de acuerdo a su propia imaginación, a su experiencia personal y a su bagaje cultural. Esto no quiere decir, sin embargo, que Rauskin no intente, con sutileza, encauzar a sus lectores por caminos insospechados y hacia conclusiones deseadas. 

En LA CALLE DEL VIOLÍN ALLÁ LEJOS (1996) y ADIÓS A LA CIGARRA (1997), se manifiesta una gran variedad temática, pero quiero limitarme a tres aspectos que contribuyen a caracterizar unas piezas, en el rompecabezas poético rauskiniano: la trascendencia oculta de la vida cotidiana, el desafecto a ciertos rasgos de la vida moderna que también incluyen injusticias sociales y, por último, la celebración del lenguaje como justificación única de la poesía.

Comencemos por la primera de estas características. En la superficie, el autor parece mantener un distanciamiento emocional de sus temas al evitar obvias expresiones de aprobación o de disgusto y al omitir conclusiones decisivas. Con lo cual no afirmo que él no sugiera sus gustos o disgustos, sólo digo que no insiste en ellos, que los pone a la consideración del lector. El yo poético de estas obras observa y luego presenta escenas de la vida cotidiana que en sí mismas no se destacan por dramáticas o significativas sino por prosaicas e intrascendentes. El enfoque de su andariega cámara poética abarca un gran repertorio de imágenes, muchas de las cuales registran la ciudad, la lluvia, flores, escenas callejeras y gente anónima captada fotográficamente en sus actividades rutinarias. El poema REPETICIONES es uno de los más típicos de esta índole:

Despierta la ciudad, el sol busca una plaza para dormir todavía. Una vez más, desde una ventana, canta el silencio. Una vez más, una mujer bebe una taza de café mientras el día se despaga de un lento minuto. Es una mujer hermosa, a la manera de las mujeres dulces y obesas. (La calle del violín allá lejos.)

En este diario y nada extraordinario amanecer, la somnolencia acompañada del silencio y acompasada por un «lento minuto», y la insistencia reiterativa de «una vez más», se fijan al final con la imagen de una mujer que no se destaca por su unicidad, sino por su carácter genérico. Aparentemente, en la superficie de aquello que  vamos leyendo, todo coincide para quitarnos cualquier ilusión de vivir un momento especial, único, mágico y digno de atención poética. Pero no obstante el esfuerzo por disolver expectativas emocionales -hasta el título, Repeticiones, sugiere monotonía-, algo especial sí ocurre aquí; esta misma falta de precisión en los detalles, esta misma rutina previsible y esta insistencia en lo prosaico revelan la capacidad del poeta de percibir y abrirse a una imagen cualquiera y maravillarse de la magia que ha despertado en él y en las palabras que elige para recrear la imagen. El poeta no insiste retóricamente ni estructura el poema para que el lector reaccione de la misma manera. Sin embargo, parece que esto sucede.

Entre otros poemas que ilustran la magia de lo ordinario y lo rutinario, se cuenta BUENA ESTAMPA:

Monógama, feliz y maternal con críos,
cruza la calle y entra en este recuerdo
con el sol en una canasta,
con zanahorias, con rabanitos
y con yuyitos para la salud en general.
(Adiós a la cigarra.)

BUENA ESTAMPA se concentra en detalles concretos. No hay uso de adjetivos enaltecedores o esclarecedores, no se desea la exactitud descriptiva. En éste, y en varios poemas a lo largo de los dos libros, de lo que se trata es de producir una breve evocación de imágenes latentes en la memoria. Con pinceladas gruesas y rápidas, el poeta pinta experiencias vividas no porque ellas sean únicas o significativas, sino porque son parte de una realidad -léase identidad personal- que no se conserva de otra manera. Migas de pan que se echan a los pájaros (V 76), un zapatero (V 77), el sonido de la lluvia (V 81), una casa desaparecida (V 81), un sauce llorón (C 92), la escarcha matinal (C 99), una mujer conocida (V 87) y otra deseonocida (V 87), dan vida a pequeñas escenas que no son presentadas  como extraordinarias en sí mismas ni tampoco como piezas esenciales en la experiencia del autor. Sin embargo, todo llega a tener significación para el poeta, como él lo enuncia con respecto a la mujer desconocida: No quisiera olvidarla; / mía es también la vida que me rodea / sin insistir en mí. (V 88). Estos últimos versos dejan entrever lo que lleva al poeta a elegir temas que individual y separadamente tal vez asomen como instrascendentes, pero que en el cuadro total son sutiles manifestaciones de una trascendencia oculta. Sucede que el poeta rescata por doquier fragmentos de su identidad: todo lo que él observa, todo lo que él experimenta, termina convirtiéndose en parte de su propio ser y, entonces y así, ni siquiera la imagen más prosaica carece de trascendencia.

En otros poemas salpicados a lo largo de LA CALLE DEL VIOLÍN ALLÁ LEJOS y ADIÓS A LA CIGARRA, el yo poético reconoce la fuerza evocadora de los fenómenos que percibe en derredor. Por ejemplo, en GENEROSA: La luna de hoy recuerda / a cielos anteriores. / Asilo de murciélagos / y dos o tres peatones. (V 75); y también en Asociación nocturna: Terraza, piano, nube. / En alguna ocasión, álbum. / Otras veces, rueda / o moneda o ficha de ruleta. / Cosas simples, frecuentes, / que nos recuerdan a la luna / de la Ceca a la Meca, de la timba a la tumba. (C 94). Las cosas comunes tienen aquí fuerte capacidad asociativa al funcionar como evocadoras de recuerdos nostálgicos, otra parte integral del yo poético. Tanto es así que en un momento del poema AVENTURA, el autor ingresa con una interposición: Permíteme la ociosa pregunta de quien sabe / esperar no esperando una respuesta. / ¿Hubo alguna vez algo que no fuera nostalgia? / Cabe la duda porque había cosas que... / Había tren y barco y puerto y yacaré/y canoas, cerveza negra, chalecos, pólvora. (C 108). En estos poemas de Rauskin, lo que parece insignificante, como en las buenas novelas detectivescas, oportunamente adquiere su razón de ser, su propósito y su significación cuando está interpretado, gracias a una perspectiva unificadora, dentro de un contexto orientador. 

Otra tendencia que florece en estos dos libros de Rauskin es la que se manifiesta en un tono -sutil y poco enfático- de incomodidad o disconformidad del autor con su ambiente. A veces se refleja como denuncia, a veces como queja, ironía o añoranza de un pasado más agradable. Lejos de incurrir en versos testimoniales, en el panfleto ideológico o de protesta, el poeta expresa con su concisión de costumbre, una firme denuncia de las instituciones nacionales, de la política de éstas frente a la gente común y, sobre todo, de los excesos de la modernidad que han deteriorado la calidad de vida en el Paraguay y en otros países «subdesarrollados». En alguna ocasión, Rauskin observó que si un poeta se ocupara sólo de encontrar culpables, sería mejor que no escribiera su búsqueda en verso. También sostuvo entonces que la calidad artística de la poesía de protesta social y política en Hispanoamérica no ha mejorado a pesar de su proliferación en las dos o tres últimas generaciones. Quizá sea por estos motivos que el yo poético de las obras que aquí examinamos no insista largamente en denuncias o en ironías. Consecuente con su estilo, el poeta toca los temas desagradables con la misma celeridad y agilidad, así como con la misma elegancia expresiva que emplea para sus temas más amenos. Como sucede con los poemas de la trascendencia oculta, las observaciones se ambientan en pequeñas escenas montadas en escenarios conocidos por el autor. CASITA COMO EJEMPLO. MONEDAS EN JUEGO e ITAIPÚ son páginas donde el poeta denuncia, respectivamente, el carácter intolerable de cierta arquitectura moderna que quiere hacer suya toda la ciudad, la inevitable frustración de invertir en los mercados internacionales de monedas y el dudoso valor de la construcción de la represa más grande del mundo, tomando en cuenta el impacto ambiental destructivo, tanto en el hombre como en la naturaleza, que produjo esta maravilla de la tecnología. En otros poemas, lamenta las deficiencias de una biblioteca pública, la demolición de una casa antigua, las injusticias que afectan a nadie con más dolor que a los pobres y desamparados, ya se trate de campesinos en busca de una changa en la capital paraguaya o en los Estados Unidos, o de isleños compatriotas de Papacito Doc y de Cèdras, o de una joven que muere de inanición en África.

Pero la ironía más notable y picante la reserva el poeta para un manojo de recuerdos de los largos y sombríos años de la dictadura en su propio país. Esos versos sintetizan magistralmente el oprobio del régimen, incluyendo al séquito del déspota que por tantos años empantanó al Paraguay y apagó el espíritu, de sus habitantes.

Durante décadas, en Hispanoamérica, una gran parte de la poesía de protesta contra las dictaduras militares rezuma odio, comprensiblemente. O repudio o vituperio o declaraciones de venganza. Esta explosión verbal suele desplegarse en largas arengas y diatribas para poder acomodar la frustración de décadas de cautiverio, frustración y silencio. Al enfrentarse a la memoria de la dictadura de su país, el yo poético de nuestro autor se conforma con una táctica estilística contraria -o sea la suya propia-, puesto que alcanza su propósito de censura sin abandonar la propiedad de vocabulario, la brevedad expresiva y la chispa de la inteligencia. Este poeta no se rebaja al nivel del objeto de su desprecio, él mantiene la altura de su dignidad y el enfoque de su propósito ético y estético. Observamos la puesta en práctica de la elegante ironía rauskiniana en dos poemas:

Día de huelga legal y pesca obligatoria.
Día mudo en la cadena de los días radiofónicos.
Jornada no palaciega,
el jefe visita la tumba de su pueblo.
A la salida de todos los años de juerga,
Tongo, viejo pretoriano,
aguarda en un bar de la mente.
Espera al jefe, no piensa mientras tanto.
(V 82. El jefe y su pretoriano favorito.) 


La efigie sustentada
por mil portaestandartes
pierde fuerza y color
Los años atenúan
el rictus militante
y el gran perdonavidas
se muestra viejo al sol.
(V 82. Alfredo envejece.)

 

El poeta no expresa ahora su deleite ante las pequeñas escenas cotidianas, sino que se deleita al ironizar sobre las instituciones y los gobernantes: un gusto demorado pero no por ello menos sabroso. Estas son otras imágenes que conducen a momentos trascendentes tanto para el poeta como para el lector.

Amante y estudioso del lenguaje, hombre activo en el mundo que lo rodea, Rauskin no se limita a los temas ya mencionados, también rinde homenaje a personalidades como Federico Fellini, a Paul Gauguin, al grabador paraguayo Jacinto Rivero, a personas anónimas, a personajes de la literatura clásica y de las letras modernas; escribe poemas de amor, reflexiona sobre pasatiempos, compone versos eróticos y otros de naturaleza jocosa, así como textos varios -inclasificables- que abarcan ambientes bucólicos, consejos a un gordo, notas sobre árboles, flores y nubes. Todo esto tiene que ver indudablemente con el rescate de fragmentos en la búsqueda de su propia identidad. Pero ya he observado en un párrafo anterior que tales intereses heterogéneos incorporados en su poesía no sirven en absoluto como escaparate autobiográfico ni como foro de una ideología personal puesto que el yo poético no plantea argumentos, no intenta persuadir ni se declara capaz de revelar los secretos de la naturaleza o de la conducta humana. Confiesa en algún momento: Ahora me contento con menos / tengo bastante con saber las tendencias (C 93, Tendencias), y en otro: Y yo, yo no sé nada / No, no sé si beber, / si comer si reír, / si dormir, si esperar, / con el alma en un hilo, / que las cosas mejoren, / si entregarme al silencio / o ponerme a cantar (C 97, Catarsis).

 

La modestia del yo poético de estos poemas no contempla la posibilidad de transmitir mensajes trascendentes ni da muestras de interés en la experimentación neovanguardista. En plena época de lo posmoderno, el poeta paraguayo escribe sus pequeñas escenas de la vida cotidiana confiando en las innumerables variantes del embellecimiento del lenguaje. Constantemente pone en práctica combinaciones rítmicas y fonéticas que dan cuenta de que la suya es una exploración permanente y cabal de cómo se percibe lo poético en Occidente.

Seducido, como todo poeta, por la magia de los mecanismos interiores de un poema, Rauskin introduce en sus versos reflexiones sobre la poesía misma, sobre su razón de ser, sus motivos, su composición y partes integrantes como tropos, sintaxis, vocabulario, ritmo, rima y encabalgamiento. Este interés autorreferencial da a conocer varios aspectos de su propia poética, como sucede en el tramo final del Soneto y retrato de la mujer amada, en el que el poeta considera precisamente la relación entre la imagen visual y la representación de la misma en palabras:

algo de ti sabía que entreveo,
ahora, en este instante, cuando pienso
al pie del verso que mi pluma pinta,
al pie de un cuadro que en mi verso veo:
goza la luz bañándote en lo inmenso
y en tu figura al sol, hecha de tinta.
(V 71).

Estos endecasílabos ilustran claramente la fe del poeta en la directa y desproblematizada correspondencia entre la imagen visual y la palabra impresa. Así mismo, en poemas en prosa como Oro, ofrece otro aspecto de su arte poética, su preferencia por la brevedad de expresión para captar esencias: El sol, el viejo del atardecer, el rico por acumulación de grillos en jardines y baldíos, se aleja. Cielo digno de mi emoción y de la nochecita: cabe en una mirada y en unas pocas palabras (V 77). Y haciendo hincapié en esta misma brevedad, expone lo que bien puede sintetizar la médula  de su arte poética: ...busco yo la palabra / que pueda rescatar algún instante de poesía / entre tantos instantes de cualquier cosa. (C 94). Sobre el origen periodístico de algunos poemas.

Roland Barthes ha aseverado que «la literatura no es otra cosa que lenguaje, su ser se sitúa en el lenguaje» (159); una consideración que J. A. Rauskin suscribiría con gran entusiasmo. En el poema Leguas, nos dice: No sé cuánto camino me queda / y en verdad poco importa: / estar cerca no es un destino, / es una sensación., palabras que se refieren con igual importancia a su poesía como a su vida.

RONALD HALADYNA

Big Rapids, Michigan, 13 de diciembre de 1999

 

OBRAS CITADAS

Barthes, Roland, Critical Essays, Evanston: Northwestern UP, 1972.

Rauskin, J. A., LA CALLE DEL VIOLÍN ALLÁ LEJOS. Asunción: Arandurã, 1996.

Rauskin, J. A., ADIÓS A LA CIGARRA. Asunción: Arandurã, 1997.

Fuente:  POESÍA : 1991-1999. Edición digital: Alicante : Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001. N. sobre edición original: Edición digital basada en la de Asunción (Paraguay), Letras paraguayas ; Arandurã Editorial, 2000.


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