EL SILENCIO
Se llamaba Boris Eugenio Rebluck. Originario de Ucrania, República asociada a la entonces URSS, se refugió en el Paraguay a finales de la segunda década del siglo XX, dejando a su país asolado por las invasiones extranjeras y la guerra civil.
Además de su esposa, Nadia de nombre, y también ucraniana, con ella engendró dos hijas: Alma y Elena, nacidas ambas en el Paraguay. Era un colono como tantos otros que poblaron la zona del departamento de Itapúa. Integraron una colonia, como entonces se denominaban a los asentamientos de inmigrantes europeos; con el nombre guaranítico de Urúsapucay (el "canto del Urú"), en alusión, se dice, a una especie de pavo silvestre que con anterioridad a los desplazamientos migratorios pululaban por esa comarca. Con el tiempo, y ya en el transcurso de la década de los años 40; el nombre primitivo de la colonia cambió; oficialmente se denominó Carlos A. López, esta vez en homenaje recordatorio al Primer Presidente Constitucional que tuvo la República del Paraguay desde su vida independiente (1844-1862). Pero estos datos son accesorios y poco importan a la "historia" del cuento. La razón real de su remembranza tiene otras dimensiones y otra temática...
Era común, tan común que ya parecía un rito sucesivo, que un buen número de los inmigrantes se reunieran los días sábados por la noche en la casa de un "notable", habitante ocasional en este paraje. Y digo ocasional, porque la razón por la cual el "notable" estaba afincado allí y en ese lugar, provino de una orden de confinamiento político, dispuesto por las autoridades departamentales de la época. Era mi padre.
¿Y por qué le damos el calificativo de notable? En primer lugar, porque era el único colono paraguayo nativo; y, en segundo lugar, porque unía a esa particularidad el dominio de por lo menos cuatro idiomas: el castellano o español, el guaraní, el francés y el portugués. Y porque, igualmente, en menos de dos años de instalarse allí, entendía y hablaba el ruso y el ucraniano, y el polaco. O los tres idiomas juntos, pero entreverados entre sí: mas no eran solamente esos rasgos distintivos los que caracterizaban al personaje. Era, a su vez, el único hombre mejor informado de la zona. Y cada sábado, por las mañanas, recibía desde la ciudad de Encarnación, vía un amigo mediante, los periódicos editados en Asunción, y hasta uno que otro periódico de Posadas y del lejano Buenos Aires; Argentina. Desde Asunción llegaba la encomienda de los diarios hasta Encarnación, trasladada por el viejo ferrocarril que recalaba finalmente en la estación de Barril Paso, los días viernes, al atardecer, después de hacer un recorrido de 365 kilómetros en 12 horas de viaje. Por tanto, con estos causales de antecedentes, el citado hombre "notable" se constituía, además, en la persona mejor informada de toda la comarca. Su morada no fungía sólo de sede o lugar de reunión semanal de los colonos, como quedó indicado. Esencialmente los colonos venían y se acercaban allí para beber vino y comer pan negro con tocino ahumado de cerdo y cebolla. Y, por supuesto, y esto era el interés principal: para informarse de lo que estaba aconteciendo en el planeta; y sobre todo en la tierra de la "Madre Rusia", entonces despiadadamente invadida por las huestes hitlerianas y azotada por una guerra atroz y de aniquilamiento colectivo, acontecimiento conocido en la historia como la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).
Y allí, entre los colonos inmigrantes, estaba Boris Eugenio Rebluck. Es cierto que hablaba poco, pero seguramente, eso sí, el que con mayor atención aguzaba los oídos para escuchar el texto leído de los cables impresos en los diarios de la semana que se iba. Como toda noticia que se ocupaba de la guerra, ninguna de ellas animaba a la gente. Más bien los oyentes se sobrecogían de espanto y en sus semblantes y miradas mutuas se notaba el desasosiego y el estupor, difícilmente disimulados.
Una vez que se consumía el tiempo utilizado para las noticias, venían a guisa los comentarios y las observaciones y se sucedían preguntas y contestaciones oportunas, lógicas o desaforadas. A más de uno se le humedecían los ojos y otros apuraban los vasos de vino, haciendo desangrar continuamente las verdosas y petaconas damajuanas originalmente llenas hasta el tope.
Recuérdese que la guerra duró más de un lustro; dato que, haciendo la cuenta, los colonos dispusieron aproximadamente de unas 240 semanas para enterarse y hacer sus comentarios, entre las angustias de la espera y el alargue de los sucesos y el recuento de los escombros que iban dejando a su paso los impávidos jinetes del Apocalipsis.
Don Boris Eugenio Rebluck, en el año anterior a la terminación de tan infame guerra, era el primero de los colonos que llegaba a la cita sabatina y el último en retirarse de ella. Poco a poco, los contertulios fueron notando el cambio de su participación activa en el grupo. Dejó de ingerir bebida alcohólica. El vino y la caña blanca. Y dejó de acompañar las canciones que a coro entonaban los colonos hacia el filo de la medianoche, la hora señalada como el final de las reuniones.
No pocas veces asistía también a esas reuniones un colono de origen polaco -"polonés", corregía siempre el dueño de casa-, conocido como don Andrés y cuya virtud principal consistía en ejecutar, para acompañar los cantos corales, un viejo acordeón cuyo origen, decía, databa del año de 1920, cuando lo adquirió en una casa de música abierta en pleno centro de Varsovia, la capital "polonesa".
Como don Boris, junto a otros, cantaba en el tono de tenor bajo, dando solemnidad a las canciones, pronto se notó que su mutismo, en gran medida, desintegraba al conjunto coral, así como originalmente estaba dispuesto y repetido durante meses y años.
Se tornó serio, hierático, con la mirada perdida en el horizonte indefinido, sin límites precisos. Pero no solamente su lengua quedó muda, sin articular palabras. Pareciera que todo su cuerpo, hasta el cerebro, fuera paralizado por un proceso de paulatino entumecimiento. Y si bien no dejaba de asistir a las reuniones, su presencia adquiría la efigie de una estatua, y sus movimientos, al desplazarse -caminando, levantándose o sentándose-, cobraban la expresión de un robot mecánico, de una materia sin alma.
Al principio, sus camaradas creyeron que, impactado quizás por las noticias que recibía, su alma y su aliento vital dejaban la carnadura de su cuerpo y volaban a su tierra lejana, como esas aves migratorias que calladamente y sin ruido alguno cortaban el pabellón del cielo, volando por el espacio. Apenas se notaban ya en él los rítmicos movimientos de un pestañeo incesante, como si sus pestañas fueran pequeñas alas para seguir transportando sus pensamientos al mundo insondable de lo desconocido. Más, el súbito trastorno sufrido por el personaje no quedó ahí, en las instancias de las reuniones sabatinas. En su propia casa, comía y se vestía en silencio. Trabajaba su chacra en silencio, acarreando este hecho insólito el desconcierto penoso de su propia familia y la correspondiente sorpresa de todos los vecinos. El acontecimiento se convertía así en pasto para la materia prima de las murmuraciones y las más diversas interpretaciones y suposiciones. El hecho se convirtió en la "comidilla" del vecindario. Y esta sorpresa inesperada, de alguna manera opacó por algún tiempo el interés por la misma guerra, el imán diabólico de las reuniones nocturnas.
¿Qué es lo que realmente pasó en la humanidad de don Boris? Así se preguntaban todos. Era la pregunta que obligadamente se hacía la comunidad circundante. Y a cada interrogación sólo respondía la duda; y, por supuesto, la incertidumbre acerca del futuro inmediato de este hombre y su familia, ¡como si fuese el signo fatídico de un destino irremediable!
Cuando por dos semanas sucesivas dejó de asistir a las reuniones sabatinas, alguien del grupo opinó que, al día siguiente, que a la sazón era el Domingo de Pascuas, una comisión de vecinos se traslade al hogar de los Rebluck, averiguando la verdad sobre el asunto y conocer de la salud de don Boris, o tener alguna razón de él. Así se hizo, en efecto. Y para desconcierto de todos, la única noticia de la que se enteraron fue ésta. Don Boris, el domingo transanterior, vistióse de gala, como en los días de fiesta. Cogió luego su organillo, y sin decir palabras, salió de la casa familiar, sometiendo a la minúscula caja de música a emitir los sonidos y las notas de una canción conocida como "Ojos negros" -"Ochi chornia"-, en idioma ruso; canción que los vecinos, al unísono, la desgranaban cuando las reuniones llegaban a su término, seguramente en un esfuerzo sentimental por ligar sus vidas desasosegadas con la patria lejana, irradiando el arcoíris del recuerdo inatajable en el universo despierto de la memoria.
¿Adónde fue? Nunca jamás se supo. Se perdió en el tiempo y en el espacio. Cuando su familia lo vio partir, pasado el momento del desconcierto y la estupefacción, gruesas e intermitentes lágrimas arrasaron el continente de sus rostros. Se dijo que Alina caminó presurosa tras él por un buen trecho del sendero agrario. Y Elena quedó acurrucada y tiesa como una paloma herida. Mientras que su esposa Nadia, por el desconcertante e inexplicable acto, quedó confundida, derrotada, y con el vano esfuerzo de poder siquiera adivinar el origen de la tragedia de su esposo. Con su instinto de mujer, creyó adivinar que ésa era una ida sin retorno. Una verdad inesperada, perdida en la bruma de la desesperación, inexplicable para la mente humana...
Pasaron los días, las semanas, los meses. Un año, dos años... Y don Boris Eugenio jamás retornó. Desapareció como esas estrellas vagabundas que en su loca carrera se desplazan hacia un lugar desconocido e inescrutable del universo. ¿Adónde iría? Por su regreso posible no apareció nunca presagio alguno, o siquiera una respuesta aceptable...
La propia familia, igualmente pasado el tiempo, apenas hablaba. Sus miembros más bien se miraban de asombro entre sí. Nada decían. Sólo callaban. Todos sufrían solidariamente el supremo reto de tener que aceptar una realidad jamás imaginada siquiera como un cuento fatídico. La única posibilidad que quedaba frente a ese suceso era realizar un esfuerzo sobrehumano para afrontar la propia supervivencia.
Cierto día; al cabo de dos años, más o menos, o aproximadamente, los vecinos atestiguaron con estupor, y a la vez con melancolía, que tres mujeres ataviadas con los vestidos típicos de Ucrania, en fila india, calladamente tomaron el único camino que conducía a la ciudad. Y, como si adivinaran, a plena luz del día, los perros diéronse a escapar una letanía de aullidos lastimeros.
Después, en la casa ya deshabitada, y en los alrededores de ella, sólo reinaba el silencio. Nadie se atrevió nunca a escudriñar por el contorno. Y, poco tiempo después, las malezas ahogaron a los plantíos agrícolas y un tupido yuyal invadía, como una jauría hambrienta, todos los linderos y los espacios antes abiertos. Los senderos de los caminos cercanos desaparecieron y hasta el bello jardín trabajado con tesón de artesano para el paisaje, fue tragado por lianas, bejucos y ortigas.
En ese tiempo, llegó la noticia, finalmente, de que la guerra había concluido. Los países contendientes inauguraron la era de la paz, por lo menos sin los apremios y los desastres de la hecatombe bélica. Pero también era cierto que la consabida bandera de la paz ondeaba sobre millares de cadáveres, de soldados innominados y familias enteras vilmente llevadas todas ellas al martirio y al sacrificio definitivo. Sin retorno, ni vendas suficientes para restañar las enormes heridas abiertas en la vida y en el porvenir de los sobrevivientes. El propio "notable", anfitrión generoso de los labriegos inmigrantes, una mañana fría, atrapada por una fina y pertinaz llovizna, quedó dormido también para siempre. Y allí, en ese lugar accidental, donde tiempo atrás bullía el canto, abrazado a la agonía, también se enseñoreó el silencio. Era el linde entre un término y un comienzo. Un proceso inexorable y despiadado impuesto por el dios Cronos.
Se dice que el silencio de la noche, en algún momento de su vigencia, es profundo y enigmático. Pero el silencio del hombre, cuando deja de hablar y desaparecer, además de enigmático y profundo, resulta indefinible. Aun cuando se suponga que su voz y su presencia se integran después en partículas que se tornan invisibles en el universo. No pocas veces, se cree, su voz reaparece otra vez en los ecos perceptibles por la audición y se dibuja como pequeños cuerpos en el rostro de los relámpagos que quiebran sus cuchillas de fuego a la vista de los ojos flameantes, como partes desintegradas de su propio misterio. ¡Producto final quizá de la magia que teje la vida y finalmente la muerte!
Asunción, 2002 ; Paris-2003
Fuente: “REVISTA DEL PEN CLUB DEL PARAGUAY. POETAS – ENSAYISTAS - NARRADORES” - IV ÉPOCA - Nº 14. Arandurã Editorial, Asunción-Paraguay, Diciembre 2007