SEÑOR DE FLORECIDAS PALABRAS
El 29 de Agosto de 1970 moría en Asunción el poeta CARLOS MIGUEL JIMÉNEZ. El viejo tronco de urunde'y, lampiño de tiempo y sueños, sacudido por todos los vendavales de la vida, caía para ofrecer las esquirlas dé su cerebro roto a las piedras amigas del empedrado que lo recibieron con los versos combativos y perennes de su canto a Tacumbú. No solo el cancionero de inspiración folclórica y popular perdía a uno de sus más profundos intérpretes, sino el parnaso paraguayo enlutaba sus banderas, aunque su tránsito a la muerte significaba la afirmación en la perennidad de una de las voces más puras y de un espíritu fecundo. La tersa piel de la "Venus cobriza" se vistió de lágrimas y "Las hijas del pueblo", "madres y hermanas de los mutilados y todos los tristes", asistieron mudas de asombro a la partida sin retorno de su cantor.
"Carlitos, Carlucho, Carlón", como lo llamaba Basilides, fue un apasionado peregrino en la búsqueda de la belleza, la paz y la justicia social. Le gustaba encontrarse en medio de la tormenta para enfrentar al trueno y combatir al rayo. Lo mismo compartía sus sueños con la aurora al pie de una ventana enrejada de jazmines, que pasaba su característica imagen en las siestas de modorra y cigarra, con pasos acompasados y rumbo incierto, con el alma puesta en el remoto rincón de su soñar. Lo mismo su estro modulaba una tierna canción a la "Muchachita que despiertas en la patria del arriero/ a los rayos del lucero y a los trinos del zorzal", que exclama con onda seguridad e indignada voz: "Oíd poderosos, la voz del trabajo que truena y retumba,/ auspicia la tumba de antigua injusticia y antigua proterva/ y suena soberbia la luz de su magno fanal rutilante,/ gritando ¡adelante!, su cálido, heroico verbo redentor." No en balde, Darío Gómez Serrato, su hermano en la perennidad del arte, desde su obligado ostracismo de Peña Hermosa, se preguntaba sorprendido y emocionado: "Quién es este poeta de rostro duro y suave/ como tallado a golpes de martillo y de flor;/ que ruge como un tigre, que canta como un ave,/ hambriento de justicia y borracho de amor?"
El 5 de julio de 1914, en un mundo convulsionado, nacía en Villa del Pilar, a cuyas hijas de morena belleza, con el tiempo habría de exaltar entre las de las demás villas y pueblos de nuestro verde país: "Será preciosa como una rosa la guaireñita/ y la asuncena, blanca asucena parecerá/ más con la gracia llena de magia de su sonrisa/ siempre la vence la pilarence, mi resedá".
Desde muy joven sintió el impulso irresistible de apacentar ilusiones y esperanzas por las mágicas llanuras de la poesía y se convirtió en el bohemio explorador que irrumpía a los escondites secretos del idioma, para recoger las perlas con qué adornar su sentir. No fue un versificador improvisado o un simple letrista de canciones de dudosa calidad, sino un hondo poeta, señor de florecidas palabras y sólidos conocimientos, que recreaba la realidad al reflejar la profunda palpitación de la vida, y rescataba la belleza en el valor de la justica, en el sentido de la necesidad de la paz y de la fraternidad ("Por una pacifista democracia en flor", "Mi patria soñada"), en el encanto del amor... Ciego, veía mejor que nadie en la obscuridad de la noche de estos duros tiempos. Y cuando fue necesario y su voz se alzó para dar testimonio de "la patria azotada por un sino cruel -que decía Darío Gómez Serrato- contra los prepotentes y mentirosos, contra los falsificadores de la historia y contra los demagogos de turno, sabía sobrellevar los improperios y los escupitajos -incluso las agresiones, como la de los Guiones Rojos del 47- con la dignidad del hombre emparedado en la esperanza.
Carlos Miguel Jiménez, sacerdote de una religión singular, vivía en el mundo de su soñar, pero eso no le impedía sentir -ya que no ver- la realidad de la vida y rescatar para su buril sagrado, las impresiones y expresiones inquietantes del ser en el acontecer.
Permítaseme recordar un poema que define a Carlos Miguel como el Poeta de Asunción, al mismo tiempo que revelar al hombre identificado con los problemas de su tiempo y las aspiraciones concretas de su pueblo.
CERRO TACUMBU
Cerro de Asunción.
Cerro comunero,
Cerro de la calle Colón
Y del Barrio Obrero.
Veo llover tus lágrimas
Y oigo tu ¡ay!
Sobre el río Paraguay,
La arteria patria que al pasar te arrulla,
En noches morenas
O bajo luces rubias.
Y tu hermano mayor, completo y alto,
El Lambaré robusto,
Encanto de turistas,
A quien cantó un artista
Como Ortiz Guerrero,
Llora también tu suerte,
En un lamento fuerte.
Y corren su queja, su llanto y su protesta,
Sus millares de flores de lapacho,
Las que lo tornan ante pupilas pasajeras
Un gigantesco bouquet de primaveras.
Destruyeron la flora que cubrió tu cuerpo
De piedra paraguaya
Y te dejaron mutilado,
Para hacer de tu hueso y de tu carne
Inútil empedrado.
Inútil empedrado cuando venga el asfalto
O el pavimento color ceniza,
El color que tu muerte simboliza.
Y el empedrado avanza,
Envenenada lanza
Contra el hogar del pobre
Que venderá su tierra
Y vivirá en la selva,
Mientras un empresario con corazón de tosca
Quedará en sus dominios.
Piedras del empedrado:
¡Saltad de nuestras calles!
Y en nombre de los pobres,
Id a romper la frente
De aquel que se enriquece
Con el dolor de la patria
Y con el alma inclemente.
Cerro Tacumbú:
¡Mata a los que te mataron!
A los que destruyeron
Tu material y artística grandeza,
A los que no quisieron
Que fueras de Asunción,
La luminaria
De causas libertarias,
El inmortal adorno y fortaleza.
La recordada revista YSYRY, por su parte, le había dado el título de POETA DE LA UNIDAD NACIONAL. Antes que nada quería ver él a todos los hijos de la Nación, comprendiéndose, tolerándose y respetándose como corresponde a seres civilizados. Estaba profundamente convencido que el pluralismo es el mejor sistema de convivencia: Que nadie tema de las discusiones sobre los graves problemas nacionales, afirmaba rotundamente Carlos Miguel Jiménez. Que se protagonicen edificantes debates políticos, para forjar definitivamente esta patria "libre como el viento, sin miedo a metrallas". Decía que "la libertad no podrá ser real sin sus dos instrumentos reguladores y equilibrantes: la autoridad y la ley. Pero no una autoridad ilegítima, ni ley injusta, para que no entre en función, por parte de los gobernados, la libertad de morir de hambre, y por el lado de los gobernantes, la libertad de matar a los hambrientos".
Recurrimos a un material que preparamos conjuntamente con el cantautor Catalino Alvarez, en ocasión de ofrecer éste un recital de Homenaje a Carlos Miguel Jiménez. Hizo de la pluma un arma para defender la justicia y la libertad, decíamos entonces. Sus artículos periodísticos concitaban el respeto y la adhesión de los demócratas identificados con las aspiraciones nacionales y populares, y también la atención y la preocupación de los que apostaban por la discordia y la desunión de los paraguayos, aun cuando éstos se encontrasen en las mismas filas partidarias en que militaba. Así, a los 17 años es confinado en la tristemente célebre prisión de Isla Margarita, en calidad de prisionero político, en donde muy pronto se ganó la simpatía y el respeto de sus compañeros de prisión, a quienes enseñaba castellano y cautivaba con sus poemas plenos de ternura, patriotismo y esperanza. Es en esa remota prisión política que, como consecuencia de las condiciones de vida, Carlos Miguel Jiménez empezó a sentir los primeros síntomas que lo conducirían a la ceguera física.
En la preguerra con la hermana República de Bolivia se solidarizaba con los "comités antiguerreros", organizaciones populares que se oponían al enfrentamiento entre pueblos hermanos, lo cual le significó la persecución y posteriormente el destierro a la Argentina. Pero la guerra se vino y su tempestad de metralla cegó vidas y mutiló esperanzas en trágicas proporciones. Sin embargo, es posible que Carlos Miguel, como Ortiz Guerrero, haya comprendido que tan tremenda experiencia de miedo, hambre y sed, de soledad y nostalgia, de ese enfrentamiento diario con la muerte, iba a constituir un salto de calidad en la cosmovisión popular. Los excombatientes podían volver con el ansia y la fuerza para transformar la vida, como efectivamente ocurrió, aunque por desgracia frustrada en su continuidad...
Concluida la guerra, nos enternecía con un poema que reflejaba el dolor de las madres, que en definitiva siempre son las primeras y las últimas víctimas de la guerra. He aquí el poema:
NUESTRA DOLOROSA
Allá en el glorioso Chaco paraguayo,
Al morir la tarde, suele aparecer
Al pie de una rústica cruz de quebracho
Una enlutada, pálida mujer.
Es ella la nueva Dolorosa Madre
Que vela el madero del hijo varón.
Y besa la tierra cubierta de sangre
Sobre sus cenizas en un cañadón.
Y lanza ante el mundo un grito cristiano,
Allí de rodillas, sin misa ni altar...
Es contra los hombres que frente al hermano,
Feroces violaron la ley: no matar.
En santa locura, con luto de gloria,
Ruega por el alma del nuevo león.
Y en verbo cristiano condena la historia
Que en vez del arado escribe el cañón.
La patria le ofrece laurel y medalla,
Página de bronce, cinta tricolor...
Mas, ya para siempre robó la metralla
La vida del fruto carnal de su amor.
Ya no quiere nunca volver a su rancho
Aquella enlutada pálida mujer.
Ama en su locura la cruz de quebracho
Y llora en el Chaco cada amanecer.
1946. Un acontecimiento singular sacudió la modorra en que, en cierto modo, sumió la dictadura del General Higinio Morínigo el alma de nuestro pueblo. La oficialidad joven del Ejército y las mayorías populares protagonizaron una apertura demócratica en nuestro país. Un viento de esperanza recorrió nuestros valles y pueblos. La energía contenida del ansia de una vida nueva, soltó amarras y el país vivió una positiva exaltación política. Carlos Miguel Jiménez, poeta de su pueblo, comprometido con la suerte de sus compatriotas, se lanza a la arena de la lucha, concitando naturalmente el apoyo de las clases humildes y de los demócratas todos y, también naturalmente, el odio de quienes no compartían o no confiaban en la fuerza de sus ideas. Una solitaria calle de Asunción fue escenario del atraco del que éstos le hicieron víctima. Los órganos de comunicación dieron amplia difusión al hecho y quienes desde la sombra estrategaban la antidemocracia, lanzaron la bola infectada de que Carlitos había sido objeto de agresión por parte de los comunistas y otras fuerzas democráticas con quienes precisamente Carlos Miguel compartía el esfuerzo de encaminar el país hacia sendas más venturosas. Años más tarde, Carlitos me diría que, gravemente lesionado por los Guiones Rojos en aquella ocasión se había iniciado el proceso de su definitiva ceguera física.
En 1947, cuando la patria se desangraba en una guerra civil., se opuso enérgicamente, desesperadamente al enfrentamiento entre hermanos. Y en 1948, cuando la hoguera del odio consumía a la familia paraguaya, escribe y publica
POR UNA PACIFISTA DEMOCRACIA EN FLOR:
Madre en sacrificio, patria paraguaya, la madre enlutada,
La patria está triste porque entre sus hijos ha muerto el amor;
La armonía en quiebra, la hermandad es mito, la paz destrozada,
Los charcos de sangre alfombran la sombra de su tricolor.
Perfumes de muerte inundan las sendas del huerto nativo,
Ceguera de hermanos trocó por el odio la fraternidad.
Bajo extraños cielos van las caravanas de los fugitivos,
Sin que esté muy cerca el día dé abrazo, la nueva unidad.
En vez del arado escribe esta historia la ametralladora,
El rencor ingrato, la pasión enferma que siembra el dolor.
La madre olvidada, la patria sufriente, la madre que llora,
Ruega a Dios le brinde una pacifista democracia en flor.
Abramos las puertas de los corazones a nuestros hermanos.
No es ojo por ojo, ni diente por diente nuestra salvación.
La fe no se mata, marchemos con gajos de oliva en las manos
La patria, la madre no quiere que a un hijo devore el cañón.
Hambre y sed. Nostalgia y Soledad. Tal vez rencor, amargura... y hasta odio. Todo cupo en la copa que Carlos Miguel Jiménez bebió hasta la última gota. Pero aun así, pervivía en su corazón un cúmulo de sentimientos notables y profundos. Era su mayor riqueza, su altruismo, su honestidad acrisolada, su apasionado amor por la patria y al hombre de su tierra, su hermano, a quien vinculaba siempre con un porvenir de paz, y de trabajo fecundo. Profesaba hondo orgullo por estos sentimientos y jamás permitió que nada ni nadie los corrompiera en él. Prefirió vivir en la extrema pobreza, con la única protección de su cayado de ciego, antes que torcer sus principios, vender su conciencia, manchar su orgullo, dejar que una gota de lodo transtornase los latidos de su puro corazón. Cuentan que en una ocasión, un alto jerarca del régimen estronista, ministro, con ínfulas de escritor y dramaturgo, le hizo llamar un día a su despacho y teniéndolo ante sí, le dijo: "Bueno, Carlos Miguel, embyaty mbyaty la nde poesía kuéra... Ñanohéta ndéve la nde libro". A lo que el poeta nacional don Carlos Miguel Jiménez alzando su bastón de ciego, como un símbolo de orgullo, honestidad y fuerza, respondió: "No acepto prebenda de usurpadores", dejando helado de incredulidad, herido en su soberbia y autosuficiencia, clavado en su poltrona ministerial a... Ezequiel González Alsina.
Carlitos derretía en cambio su altivez ante el pueblo humilde, en cuyas penas y amores, halló el motivo de sus mejores poemas. Al trabajador anunció "el mundo futuro de la libertad"; en la campiña verde y taciturna vio, sin embargo, a "la muchachita que despierta a los rayos del lucero", como un símbolo de futuro, fresco y luminoso. A los intelectuales de su tiempo, de este tiempo nuestro, inquieto y grávido, instaba a asumir su responsabilidad de ciudadano y hombre.
Pero fue Carlos Miguel, fundamentalmente, un fanático defensor de la cultura popular. Contribuyó con su enorme talento a enriquecer el cancionero guaraní... y los jóvenes jerarquizaron sus serenatas y las muchachas redoblaron sus suspiros. Fundó, con otros escritores y poetas, la Asociación de Escritores Guaraníes y desde ese reducto organizó la lucha por la defensa y dignificación de nuestra lengua avá.
Tal vez como todos los grandes -o como algunos grandes- después de vivir en permanente dación de espíritu y talento, murió solo, abandonado casi de todos, olvidado de los que ayer no más decían ser sus amigos, incluso de aquellos que se prestigiaron musicando sus versos o cantándolos para deleite y emoción de multitudes. Ciego, mendicante, alcohólico, caía en una calle de Asunción, ante la curiosidad de viandantes, muchos de los cuales ni siquiera lo conocían, en un segundo crepuscular, del día sábado 29 de agosto de 1970... ¡a la edad de 56 años! Como para imprecar al cielo y lanzar escupitajos a los fuegos del infierno. ¡Qué vida joven pierde el mundo!, diríamos parafraseando a alguien. Aquel que tanto soñó, a trazos de existencia signada por la angustia y el dolor sorbidos gota a gota, y que llamó a las piedras para que saltasen del empedrado a golpear la frente de los explotadores; que denunció que "caravanas de fugitivos" iban "bajo extraños cielos", porque en su tierra "escriben la historia" "los charcos de sangre" que "alfombran la sombra de su tricolor"; que cantó a la patria soñada "sin cadenas nativas o extrañas"... se abrazaba por fin al sueño del que no se vuelve.
Ya los mojones del tiempo marcan dos décadas que Carlos Miguel Jiménez declinara su estro y extendiera las alas para partir rumbo a la eternidad. Sin embargo, su nombre quedó, junto con sus versos inmortales en los pentagramas trazados por Agustín Barboza, Emilio Bobadilla Cáceres -ave canora que ya también emprendió el vuelo tras su hermano del alma-Agustín Larramendia, Julián Alarcón y muchos otros que tuvieron el privilegio de ser su compañero en el trabajo creador.
El pueblo paraguayo, nuestro pueblo, que ha recogido su mensaje y se ha proclamado su heredero, jamás dejará de cantar, hasta que su sueño se haga realidad.
Asunción, 1990.
Fuente: CARLOS MIGUEL JIMENEZ. SEÑOR DE FLORECIDAS PALABRAS. Autor: FÉLIX DE GUARANIA. Centro Editorial Paraguayo S.R.L. Tapa e ilustraciones: ALBERTO BARRET (TILCARÁ). Asunción – Paraguay. 1990 (113 páginas)