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Historia Política

El tercer empréstito llamado vulgarmente del portugués Rodriguez autorizado hasta la suma de 1.250.000 ₤, por ley del 28 de noviembre de 1912
12/06/2012


EMPRÉSTITOS DE 1912.

EL SEGUNDO EMPRÉSTITO DE ALGUNA CONSIDERACIÓN, FUE INTERNO.

 

Me refiero al que contrajo el Gobierno en 1912, con el Banco Francés del Río de la Plata representado aquí por el Banco de la República, por 500.000 pesos oro, bajo la garantía de 10.000.000 de pesos en billetes de la emisión de 30.000.000 c/1. lanzada por la ley del 12 de enero de ese año. Este empréstito estaba autorizado por ley del 17 de junio de 1908.

Esos 500.000 pesos oro, fueron también por completo dilapidados. No pudo el erario recuperar sino la suma obtenida de la venta de los buques adquiridos por el Gobierno de Rojas con parte del dinero proveniente de aquel empréstito.

El tercer empréstito llamado vulgarmente del portugués Rodriguez autorizado hasta la suma de 1.250.000 ₤, por ley del 28 de noviembre de 1912 y emitido por 2.219.247 pesos oro sellado, fue totalmente invertido en el pago a un señor Hermida (apoderado de Don Manuel Rodríguez), de la suma que el comité revolucionario, encabezado por Don Eduardo Schaerer, dijo haber gastado en la campaña revolucionaria, que el partido radical emprendió desde octubre de 1911 hasta junio de 1912, para derrocar el Gobierno del Paraguay y que culminó con el triunfo de la revolución.

El dinero necesario para el armamento y equipo de la expedición revolucionaria, fue, según se decía, suministrado al señor Schaerer por el señor Manuel Rodríguez, portugués de nacimiento, pero residente en Inglaterra y después en la Argentina, ex gerente y uno de los más fuertes accionistas del Ferrocarril Nordeste de la Argentina y del Ferrocarril Central del Paraguay.

El señor Rodríguez vino al Paraguay cuando el advenimiento al poder del Partido Liberal, y tuvo bastante intervención en el arreglo entre el Ferrocarril Central y el Gobierno, concluido por ley del 20 de julio de 1907, en el cual se estipulaba que el Ferrocarril Central, llevaría su línea hasta Encarnación. De aquí, por medio del ferriboat se uniría esta línea con la del Nordeste Argentino, operándose la unión de Buenos Aires a la Asunción, por ferrocarril.

Don Manuel Rodríguez, hombre dinámico, de grandes alientos tomó a su cargo personal la construcción de la línea desde el Pirapó hasta Encarnación, en cuya empresa, por haberle, según se dijo, resultado el costo de la obra en menos de la mitad del que se había presupuestado, había ganado alrededor de 1.000.000 de pesos argentinos líquidos.

Al mismo tiempo que construía la línea, decíase que Rodríguez iba adquiriendo por interpósita persona, todos los montes de madera que pudiera comprar a ambos lados de la vía, hasta cincuenta leguas, de modo a establecer después a lo largo de la vía férrea desde la Asunción hasta Encarnación, el monopolio de la industria maderera, de tan risueña perspectiva en un país lleno de inmensos montes, hasta entonces todavía inexplotados en su mayor parte.

Una vez terminada la línea hasta Buenos Aires, el Ferrocarril Central del Paraguay, en combinación con el Nordeste de la Argentina, habría de dar, desde Escobar hasta Encarnación vagones solamente a una sociedad exportadora de maderas comanditada por Rodríguez, de modo que todos los otros madereros de la línea, se vieran obligados a vender sus vigas a esta compañía por lo que les dé, si no preferían dejar que, con los años, se pudriesen expuestas a la intemperie en los alrededores de las estaciones de la vía ferroviaria.

Pues bien; en 1911 Don José Fasardi, el más fuerte negociante en maderas del país, medió en Buenos Aires, según se dijo, entre don Eduardo Schaerer y Don Manuel Rodríguez para que éste financiase la revolución que aquél, de tiempo atrás, proyectaba. Con dinero suficiente, la revolución triunfaría fatalmente un poco más tarde o más temprano, contra un Gobierno tan pobre, tan débil y tan desacreditado, como era el del entonces Gobierno del Paraguay.

El señor Rodríguez, hombre de empresa, de grandes alientos, audaz, inteligente, de largas vistas y cortos escrúpulos como le pintaban sus conocedores, viendo al Paraguay un país muy a propósito para ser explotado en grandes especulaciones, siempre que se contase con su Gobierno, cuentan que se entendió fácilmente con el señor Schaerer y consintió, según se dijo, en facilitar a éste todo el dinero que necesitase para conquistar el Gobierno del Paraguay, con la condición de que el préstamo en capital e intereses y, más una fuerte prima por el riesgo, fuese, por el nuevo Gobierno, declarado a cargo de la Nación y además el Gobierno protegiese los importantes negocios que tenía Rodríguez en el Paraguay en las empresas industriales y comerciales a que estaba ligado (Ferrocarril Central, Sociedad Argentino-Paraguaya de Maderas).

El Gobierno lanzaría el empréstito externo por una suma muy elevada, de modo que, por más baja que fuese su cotización inicial en plaza, fuese suficiente para cubrir con exceso las prestaciones prometidas al señor Rodríguez. En caso de no tener los bonos cotizaciones razonables, se pagaría al señor Rodríguez, con el depósito a oro existente en el Banco de la República, como fondo de conversión de la moneda papel y que, en aquella época, en la parte correspondiente al erario, alcanzaba alrededor de 750.000 pesos oro. Concluida la revolución, el partido radical, precipitó la ascensión a la Presidencia de la República del señor Schaerer, que había pactado y había de cumplir ese compromiso con el portugués Rodríguez. Así pues, previa disolución de las Cámaras y, sin esperar la terminación del período presidencial que transcurría, que, según la tradición constitucional, había de vencer recién el 25 de noviembre de 1914, se inició un nuevo período con modificación del año y de la fecha de la asunción del mando presidencial, que, desde entonces, quedó fijado en el 15 de agosto en vez del 25 de noviembre como era antes.

El nuevo Presidente Constitucional asumió al mando el 15 de agosto de 1912.

Y desde ese momento, su preocupación principal, dominante y absorbente fue la liquidación y pago de la deuda al portugués Rodríguez.

Según se decía, la que el señor Rodríguez había facilitado al señor Schaerer para la campaña de la revolución triunfante, ascendía alrededor a la suma de trescientos cincuenta mil pesos oro (800.000 pesos argentinos).

Pero, por lo que potest contingere y para poner el crédito del señor Rodríguez, a cubierto de todo peligro de no ser ampliamente satisfecho en capital, intereses y prestaciones accesorias, se fijó la cuenta del préstamo en 1.723.143 pesos oro sellado, es decir, quintuplicada.

Así, aun cuando la cotización de los bonos del empréstito fuese de entrada nada más que del 25% (en aquella época se cotizaba en Londres los bonos de la deuda externa del Paraguay alrededor del 27% bonos que según se decía, estaban casi todos en poder del Directorio del Ferrocarril Central del Paraguay, en el que Rodríguez jugaba un rol prominente), siempre daría lo suficiente para cubrir el crédito real y efectivo del señor Rodríguez, en capital, intereses y accesorios.

Emitidos los bonos del empréstito autorizado por la ley del 28 de noviembre de 1912, sucedió lo que se esperaba: ningún capitalista serio quiso tener en su cartera valores de esta clase, tanto por la inmoralidad de su procedencia, cuanto por el peligro, de que cualquier golpe de Estado a corto plazo, trajese al Gobierno una nueva situación, que había de repudiar y con justa razón, semejante deuda.

Y sucedió lo que ya se había previsto: el Gobierno echó mano al depósito sagrado de los fondos de Conversión existente en el Banco de la República, para pagar la cuenta (no la deuda) de Rodríguez. Este recibió en cancelación de su cuenta 250.000 pesos oro sellado en efectivo y un bono del empréstito de 1912 de 440.326,82 ₤ o sea, 2.219.247,17 pesos oro sellado en títulos de este empréstito, que Rodríguez, según se dijo, entregó a miembros del Directorio del Ferrocarril Central en Londres, poseedores, según se decía, de la mayor parte de los títulos de deuda externa del Paraguay de los empréstitos del 71 y 72.

El tipo verdadero de adquisición de estos bonos de Rodríguez por el Directorio del Ferrocarril Central en Londres, que se hizo figurar después en 70 pesos oro, sólo pueden saberlo quienes intervinieron en el negocio.

No debió ser muy elevado pero, por poco que fuese, dada la inmensa diferencia entre el crédito en bonos del señor Rodríguez, 2.219.247,17 pesos oro y el saldo de su crédito real en dinero, 100.000 pesos oro, el negocio resultaba colosal para el señor Rodríguez.

Por su parte, a los tenedores de esos bonos y acaparadores de los otros empréstitos anteriores, dueños del Ferrocarril Central, también había de convenir esta operación, puesto que, alguna vez, el Paraguay, había de tener algún respiro y pagar sus deudas siquiera al 50%, ya que esas deudas, no tomada en cuenta la de la guerra, que prácticamente no existe, porque parece que los acreedores no piensan cobrarla, es insignificante, como deuda de un país (alrededor de seis pesos oro por habitante). La Argentina tiene ciento cincuenta pesos oro y la Inglaterra 844 pesos oro de deuda por habitante).

Y además, como bonificación, el Gobierno comenzaba a cumplir por otro lado sus promesas de complacencia hacia las empresas con las cuales el señor Rodríguez estaba vinculado (principalmente el Ferrocarril Central). El Gobierno dedicó una fuerte asignación (250.000 pesos mensuales) para pagar a la empresa cuentas atrasadas acumuladas, que justamente en previsión de su acumulación, por atraso en el pago, habían sido presentadas al Gobierno en forma de las del Gran Capitán.

En cuanto a las quejas amargas, que a diario se hacía eco la prensa, como presentadas al Gobierno por los exportadores de madera aledaños a la vía férrea, de no poder obtener jamás vagones para su carga, que los arruinaba sin remedio, eran vox clamantis in deserto.

Recapitulando, tenemos entonces que la campaña revolucionaria que el partido radical emprendió para tumbar el Gobierno de Rojas (radical), y colocar en su lugar el de Schaerer (radical), costó al país en efectivo 250.000 pesos oro y en títulos de deuda 2.219.247,17 pesos oro sellado en papel 750.000 pesos curso legal.

Pero nada fue eso, en comparación con el perjuicio inmenso que sufrió el país entero en su economía pública y privada, en fuerza de haber el Gobierno dispuesto de los fondos de conversión, depositados en el Banco de la República.

Este suceso, fatalmente, tenía que comportar graves trastornos al tipo de cambio de la moneda papel y así, los agiotistas extranjeros, que previeron estas consecuencias, por cierto muy fáciles de ser previstas, emprendieron negocios de usura que, como se verá enseguida, y lo dijo un diario de la época, dejaron en cueros al país entero.

La impresión general en los círculos de hombres de negocios, era que los bonos del empréstito para pagar a Rodríguez, no tendrían colocación aun a los tipos más bajos de cotización.

Ningún capitalista serio, conocedor del destino que iba a tener ese dinero, extraído de la escuálida bolsa de un país yacente en la miseria, sin producción, sin crédito y destrozado por continuas guerras civiles, que no le permitían trabajar, había de aceptar para su cartera, aun con todas las depreciaciones que se quiera, valores de esa clase. El Gobierno hizo tanteos en todos los mercados del capital para la colocación de los títulos de ese empréstito; fueron en vano; nadie los quiso.

Se pensó entonces en su pago con el último recurso nacional, todavía en pie: el fondo de conversión del papel moneda. Pero este depósito sagrado para la fe de la Nación, existente en el Banco de la República, se encontraba al amparo del Gobierno Argentino, y, para su extracción, se requerían largos trámites con el Banco Francés del Río de la Plata, incluso la modificación de la carta orgánica del Banco de la República.

El grupo de capitalistas que controlaba el Banco Francés del Río de la Plata de Buenos Aires y su sucursal de la República de la Asunción, desde los primeros pasos de las tratativas empeñadas por el Gobierno para tocar los fondos de conversión, tuvo la impresión de que el Poder Ejecutivo y Legislativo a una, no iban a reparar en escrúpulos y en sacrificios a cargo de la Nación, para pagar las cuentas del portugués Rodríguez y que así, un poco más tarde o más temprano, cuestión de meses, tal vez un año, esos fondos iban a ser extraídos y empleados en ese destino.

Ante esta certidumbre, así como la de que, la extracción de esos fondos elevaría el tipo del oro, en frente al papel inconvertible a las nubes, rápidamente y sin esperanza de reacción por mucho tiempo, los directores del Banco Francés y de la República decidieron hacer un negocio espectacular de ganancia fabulosa, ya no a costillas del erario que ya estaba en cueros, sinode la Nación entera, apoderándose, a bajo precio, del único bien que todavía en el país quedaba en pie: la propiedad inmobiliaria de sus habitantes,

El negocio era fácil y sencillo y no ofrecía riesgo alguno. Consistiría en largar en plaza todo el oro que pudiese en préstamos exclusivamente a oro, ahora que el tipo se encontraba bajo, (alrededor de 1.500), para cobrarlos a papel, después que, el conocimiento por el país, de la extracción del fondo de conversión de papel moneda, hubiese elevado el tipo del oro a las nubes, como iba a ser fatal. Y decidieron hacer el negocio.

El pueblo entero iba a caer en la trampa como un chorlito. Después de tantas guerras, todo el mundo sólo pensaba en trabajar. Para ello buscaba dinero a cualquier precio. Nada había de importarle, deber a oro; con la paz y el trabajo nacional, el tipo del oro, en vez de subir, bajaría. Los diarios oficiales se hacían pura lengua, saludando la futura prosperidad del Paraguay.

Ha sido una de las faltas más vergonzosas de los Gobiernos del Paraguay el no haber establecido en el país un Banco Hipotecario Nacional, que pudiese otorgar al trabajador préstamos a largos plazos y a interés módico. Los Bancos existentes en la República, si bien hacían operaciones hipotecarias, las celebraban a corto plazo y como accesorias de operaciones comerciales, habitualmente como caución de saldos de las cuentas corrientes. Demasiado negocios tenían de más rápida liquidación a que dedicar sus escasos capitales.

Los contratos hipotecarios con personas no comerciantes quedaban casi por completo a cargo de los usureros particulares y se daba por muy feliz, quien obtenía hipoteca al interés del 18% anual (uno y medio % mensual). El interés más corriente era el de 2% mensual.

- Y bien: en ejecución de su plan, el Banco de la República durante los trámites con el Gobierno, de la extracción de los fondos de conversión, hizo correr la noticia de que, para dar facilidades al que deseaba trabajar, iba a hacer funcionar su sección hipotecaria, activamente, dando préstamos sobre primera hipoteca al interés bancario, a todos los que los solicitasen, pero solo a oro. Al mismo tiempo, envió circulares a todos sus clientes en cuenta corriente, para que, so pena de cancelar sus operaciones, sirviesen poner la cuenta a oro y garantirla con hipoteca a oro. El pretexto que daba el Banco de la República, para emprender todas sus operaciones a oro, era el de tener «su encaje en papel muy reducido y notoriamente insuficiente para su giro, en billete de curso legal».

La población estaba encantada con estas noticias: había en el país sobra de oro y escasez de papel. ¿Cómo había de subir de nuevo el oro, ahora que el país iba a trabajar en paz y con sobra de oro?

Y toda la población poseedora de bienes inmuebles acudió al Banco de la República a sacar oro en hipoteca. Pero como el prestatario no había de andar con libras esterlinas por las calles, sino que tenía que invertir ese dinero en el país, tal vez en el campo, al salir de la Escribanía Benítez a pocos pasos, el mismo Banco de la República le cambiaba sus cheques a oro sellado, en papel de curso legal. Para ésto, el encaje a papel del Banco no era insuficiente.

Esto sucedió en el año de 1913.

En el año de 1914, se conoció por el país, que el Gobierno había echado mano de los fondos de conversión. El oro subió de golpe al 3.000 y pico; y después al 4.000 y pico... y no bajó más hasta hoy.

Pero los contratos hipotecarios estaban firmados y anotados en el Registro de Hipotecas ... Y todos los deudores del Banco de la República se encontraron, de golpe y porrazo, con sus deudas triplicadas. Y por supuesto, nadie pudo pagar su deuda. Y todo el acervo territorial del país, quedó al Banco de la República, por la tercera parte de su valor. Las principales familias del país quedaron arruinadas para siempre.

Y todavía el Banco fue generoso (hablo en serio) con inmenso número de deudores (yo, entre ellos) tomándoles en pago de sus deudas los bienes hipotecados, pues que, de su ejecución judicial, era casi seguro, que en los remates no iba a sacarse el monto de la deuda, teniendo así el deudor tras su saqueo, todavía que sacrificar otros bienes o quedar debiendo al Banco toda la vida.

En esta especulación formidable, que dejó desnudo al Paraguay, y en otros semejantes en las provincias argentinas del interior, parece que los especuladores, hicieron uso del fondo del Banco Francés, en sumas superiores a sus posibilidades. Así este Banco tuvo que pedir moratoria. En cuanto al Banco de la República, se limitó a no pagar por muchos años un centavo de dividendo a sus accionistas, entre los cuales se encontraban algunas víctimas de su préstamo hipotecario a oro.

Pero estos Bancos se repusieron prontamente y ahora nadan en un océano de prosperidad.

En cambio el Paraguay íntegro, pasó al dominio del Banco de la República, hecho un cadáver.

No he podido olvidar lo que el doctor Cardús Huerta, uno de los poquísimos paraguayos capaces de decir la verdad, frente a los poderosos, dijo en un almuerzo en casa de un pariente mío, en el que asistían dos ministros radicales, de los más engreídos en su papel de personajes políticos crónicos e indispensables: «el país que Uds. gobiernan, ni es país: es un cadáver, y si quieren que se les pruebe, vengan conmigo a cerciorarse de esto en los libros del Banco de la República; pero no vengan solos, sino en comparsa».

Para terminar debo, -nobleza obliga- recordar en descargo del Sr. Schaerer, durante cuyo gobierno se consumaron el empréstito Rodríguez y el derrumbe económico-financiero del país, que la flor y nata de los hombres del partido radical por su inteligencia y capital político, lo más seleccionado de su élite, le acompañó y se solidarizó con todos sus actos políticos y gubernamentales, incondicionalmente, en los Ministerios, Congreso y prensa. Pero, no faltó un radical insignificante, opaco que, creyendo salvar el partido ante la Historia, atacó de frente, públicamente bajo su firma, la personalidad política y los actos de la administración del Sr. Schaerer: fue el autor de este libro. Y este modesto y oscuro radical muy pronto tuvo la satisfacción de que sus compañeros próceres, los mismos incondicionales de ayer del Sr. Schaerer, no tardaron en darle completa razón.

Para verdades, el tiempo.

 

ENLACE DE LECTURA RECOMENDADA: EMPRÉSTITOS EXTERNOS DE 1871 - 1872

 

F) Arreglo definitivo de los empréstitos externos de 1871-72 y 1912. El Dr. Eligio Ayala, al asumir a la Presidencia de la República había prometido regularizar el servicio de la deuda externa de la Nación.

Los empréstitos de Londres, como dijimos, habían sido muy descuidados desde la fecha del último arreglo (1896) hasta el año de la ascensión al poder del Dr. Ayala.

El 30 de noviembre de 1924, el monto de esos dos empréstitos en capital e intereses atrasados era:

1871 - 72 ......................................................................... ₤  994.540

1912 ................................................................................. ₤434.460

Total .............. ₤  1.429.000

Comisionado para celebrar un arreglo con los tenedores de bonos de esos empréstitos, el Dr. Venancio Galeano firmó en fecha 4 de septiembre de 1924 el convenio respectivo, que fue aprobado por ley No. 721 del 4 de junio de 1925, ampliado por ley No. 795 del 6 de mayo de 1926, aprobatoria del decreto 23.006 del 13 de febrero del mismo año.

Según este convenio:

Empréstitos 1871-72 - Todos los intereses atrasados quedaron reducidos a 48.868 ₤ 11 schelines y seis peniques, por los cuales se entregan certificados, sin intereses pero a la par, a cuyo pago, se compromete el Estado remitir anualmente, como mínimum 27.681 ₤ y a título de comisión 522 ₤ más.

Empréstito 1912 - Se rebajan los intereses del 5% al 3% y se destinan anualmente para el pago de amortización e intereses ₤ 23.895 y más libras 474 para gastos y comisiones.

Se fija en 70% de su valor nominal el tipo del rescate de los bonos de ambos empréstitos, no pudiendo pasar de ese tipo.

En garantía del fiel cumplimiento del convenio, fueron afectados los derechos aduaneros de exportación, a la yerba y a los cueros.

Según, este arreglo, la deuda externa, aposentada en Londres, quedaba reducida:

Emprestitos 1971-72 .......................................... ₤     635.090

Empréstito 1912 ................................................. ₤     434.460

Certificados por intereses ................................... ₤     48.868:11:6

Total .................................................................... ₤    1.118.418:11:6 o sea $ 5.592.092, 77 oro sellado.

Comparando esta suma con el monto de esas deudas en la fecha del arreglo que, como hemos visto era de ₤ 1.429.00 igual a 7.145.000 $ oro sellado, tenemos que la rebaja según el arreglo, asciende a 1.553.008 pesos oro.

La garantía de los nuevos bonos y certificados era la más sólida que podía ofrecer el Gobierno del Paraguay, con sus dos rentas de más seguro y pingüe rendimiento.

En un folleto que publiqué en 1928, ataqué este arreglo, por desastroso para el país, en fuerza de los argumentos que a continuación se expresan y que por no haber sido levantados hasta la fecha quedan firmes. Decía yo en ese folleto:

«En agosto de 1923, encontrándome en Europa en el balneario de Biarritz, topé con un amigo inglés residente en Buenos Aires, muy metido en negocios de la alta finanza londinense.

Me preguntó del Paraguay, al que me dijo profesar sincera simpatía, averiguando sobre todo sus finanzas. Le contesté, que, relativamente se encontraba muy bien, gobernado por un ciudadano con fama de ser el primer financista del país y por tanto, con esperanzas de una mejoría rápida.

«Le felicito, me dijo, porque la fama del Paraguay en Londres ha sido siempre una de las más tristes, a pesar de que, entiendo que debe muy poco. En las revistas financieras de la City, he visto siempre la cotización de sus títulos de deuda externa a la cola, menos siempre del 20 %. Hoy mismo le podré dar la cotización actual si Ud. quiere».

Cuando volvió a verme en el mismo día, me dijo, que esa cotización era ofrecido al 17% sin compradores, es decir, prácticamente, al 15%.

Me preguntó a cuánto ascendía el total de su deuda en Londres y le dije que no pasaría de 6.000.000 $ oro.

Enseguida me replicó vivamente: «¿Y no dispone el Paraguay de un millón y medio de pesos oro o de dónde tomarlos prestados, aprovechando tan baja cotización, retirar de golpe y muy calladito todos esos bonos del mercado?». Le contesté que, según mi opinión, debía tener como fondo de conversión alrededor de dos millones y medio pesos oro, de los cuales, alrededor de un millón, depositados en el Banco de la Nación Argentina de Buenos Aires.

«¿Y qué se espera entonces?, observó. Ud. que es un personaje en su patria, debe, enseguida, me dijo, dar los pasos para hacer ese gran servicio a su país. Yo le llevaré conmigo a Londres, le presentaré al grupo financiero tenedor de esos bonos; comprándolos a dos puntos más, le darán opción y plazo para el pago, por ejemplo, con letras sobre el Banco de la Nación Argentina, girados por el Gobierno del Paraguay. No necesita Ud. credenciales oficiales; se presentará Ud. como particular, pero, claro está, que le tomarán por agente secreto del Gobierno. Pero esta circunstancia no influirá en el alza repentina del título, porque el gobierno del Paraguay, no habrá procedido oficialmente, sino como particular y lo que importa al tenedor de los bonos no es quien compra sus valores, sino obtener el precio al cual ofrece. Los países más ricos y poderosos tienen en sus presupuestos fondos reservados para comprar privadamente sus títulos de deuda, aprovechando la baja ocasional de los mismos en el mercado de títulos (Bolsa)».

Vivamente interesado, en prestar, si era posible, a mi patria este servicio, me fui a Londres con mi amigo y allí vi que la operación era completamente factible.

Enseguida escribí a un amigo del Presidente, para advertir a éste de la operación. No escribí directamente al Dr. Eligio Ayala, porque me habían contado que me aborrecía.

No se me contestó la carta y no creyendo de mucha urgencia el asunto, lo postergué para mi vuelta a la Asunción.

Llegué al país, de vuelta en mayo de 1924. Enseguida pensé ir a hablar con el Dr. Riart, Presidente de la República, y proponerle el negocio.

Pero había llegado tarde. El Dr. Vicente Rivarola me informó que, desde poco tiempo antes, estaba aquí Mister Binder, Presidente del Directorio en Londres del Ferrocarril Central del Paraguay y representante del grupo de tenedores de todos los bonos de la deuda externa del Paraguay, y me notició que Mister Binder ya había concertado, con el Dr. Ayala, futuro Presidente ya electo de la República, un arreglo ad-referendum.

El arreglo le había parecido tan bueno al Dr. Ayala, que todavía había contraído con Mr. Binder el compromiso accesorio, en caso de ser aceptado en Londres, de pagar al Ferrocarril, todas sus cuentas atrasadas pendientes contra el Estado, que ascendían a más de 15.000.000 de curso legal, fuera de su reclamo de perjuicios de la revolución que montaban según se decía cerca de 40.000.000 de curso legal.

Yo impugné privadamente todo proyecto de arreglo y propicié la compra en privado y solapadamente de esos bonos, operación que no hubiese costado al país ni un millón de pesos oro, suma que el gobierno tenía a su disposición sin destino urgente y sin ganar interés alguno en sus arcas. Hablé de ello con personas de alta función gubernamental y política, para que se lo soplasen al Dr. Ayala, entre los cuales recuerdo al Dr. Lisandro Díaz León y el Dr. J. Elíseo Da Rosa.

Pero ... no hubo caso.

El arreglo se consumó, costando al Estado, la suma de pesos oro 4.377.442 más de lo que hubo de costarle comprando los títulos de esa deuda en la Bolsa de Londres.

Parece que ambos, o algunos de los caballeros que acabo de nombrar, habían trasmitido el Dr. Ayala, mis murmuraciones contra su proyecto de arreglo, porque, en el primer mensaje presidencial publicado después de la formalización en Londres del arreglo, el Dr. Ayala dijo: «Alguien que presume de gran economista, ha atacado este arreglo, sentenciando que el Estado hubiese hecho mejor en comprar solapadamente, los títulos de la deuda externa, a los precios ínfimos a que se cotizaban antes del arreglo; pero el Gobierno no quiso hacer ésto, porque era una especulación indecente y fraudulenta». «No pagar la deuda para desvalorizar los títulos y aprovecharse de la desvalorización para comprarlos, es una especulación fraudulenta». «El Poder Ejecutivo no está arrepentido del arreglo, porque fue caballeresco, leal y franco».

Confesó pues el Dr. Ayala en un documento oficial, que se había dado cuenta de que pudo haber hecho, en beneficio del país, este espléndido negocio, pero no lo hizo, como dice en otra parte de su mensaje, «mirando por el buen nombre del país, para no aprovechar la situación a que se habían visto obligados los acreedores ingleses, a causa del abandono por el Paraguay del cumplimiento de sus obligaciones».

Semejante argumento en boca de un financista y estadista, según Blanco Fombona, superior al Paraguay, de un administrador de los dineros públicosque, según sus panegiristas tenía bajo siete llaves los fondos del Estado, de un espíritu como el suyo, frío, calculador, reflexivo, metalizado, económico hasta la tacañería según el concepto público, de un gobernante en fin, que, en otros mensajes, se jactara de haber aprovechado de los apuros financieros de una familia paraguaya en desgracia, para despojarle a mitad de precio de una valiosa finca y era público y notorio que hacía todo lo posible para dilatar el pago a acreedores legítimos de escasos recursos, con pedirles quitas y hasta había alegado la prescripción contra pobres maestros de escuela, aquellos párrafos de su mensaje dejaron pasmado a todo el mundo.

A nadie se escapa, que hablar de generosidad, de caballerosidad, de franqueza y lealtad, en negocios financieros, en que se compromete dinero ajeno, es ridículo y nadie había de creerlo de buena fe, si quien lo alega es consciente y cuerdo.

Y vaya y pase, que esto suceda en negocios particulares en consideración a la persona del acreedor. Pero, en negocios públicos, en que juega dinero del Estado, con acreedores ingleses de los empréstitos de 1871 y 1872 en los que, de 1.562.000 ₤ en bonos, sólo alcanzaron al Paraguay el importe de 403.000 ₤, quedando el resto o sea el 72%, retenido por ellos mismos a título de comisión, gastos, coimas, inmigrantes, picos, palas y azadones, ese argumento de la caballerosidad era un sarcasmo, un escarnio, una blasfemia.

A mayor abundamiento, no reparó el Dr. Ayala que su caballerosidad para los acreedores ingleses, lo mismo había de ser lastimada, siempre que no pagase a esos desamparados del abandono paraguayo, íntegramente, hasta el último centavo, sus créditos. La integridad moral se pierde por un desliz como por diez. Como dice la conseja popular: perdido por mil, como por quinientos.

El pacto accesorio al arreglo de la deuda externa, consistente en la promesa del Dr. Ayala a Mr. Binder de pagar al Ferrocarril Central todas sus cuentas del Gran Capitán tan atrasadas, que según se decía, parte remontaba al año 1908, fue cumplido religiosamente por el Dr. Ayala. Aún antes de la aprobación del arreglo, el Dr. Ayala caballerescamente, depositaba quinientos mil pesos mensuales a la cuenta del Ferrocarril, mientras otros acreedores, más nuevos y con mejor derecho y por cuentas más saneadas y no de tanto bulto, iban y venían a la Tesorería por meses, sin poder obtener un centavo.

Por otra parte, un caballero inglés, me aseguró que, en compensación del pago de sus créditos atrasados, Mr. Binder, en nombre del Ferrocarril Central, se comprometió a construir enseguida, un ramal que, partiendo de Luque y pasando por Capiatá e Itá, llegase a Carapeguá; que como principio de ejecución de este convenio, hizo la empresa llegar a la estación de Luque una gran partida de rieles, haciendo ver que la obra iba a comenzar enseguida. El Dr. Ayala, cumplió su promesa de pagar los 16.000.000 a la Empresa, pero ésta no colocó un riel, de los que todavía están amontonados en la estación de Luque. Y al Dr. Ayala, nunca se le ocurrió demorar un día el pago de tan gruesas sumas, exigiendo que la parte del Ferrocarril cumpla a su vez su obligación. Y hasta hoy parece, que en lo más mínimo, el Gobierno no ha molestado a la empresa por cumplimiento de tan importante obligación, como la que contrajo Mr. Binder en la forma expresada. (Art. 1201 del C. Civil).

Entre tanto, infinidad de acreedores con títulos de crédito, mucho más nuevos, legítimos y saneados, iban y venían al Ministerio de Hacienda y sin conseguir otra respuesta que la de no haber fondos.

A uno de esos acreedores muy insistentes y que pareciera no creer en la palabra del Sr. Ministro de Hacienda, cuentan que el propio Presidente de la República de su puño y letra le escribió en un pedazo de papel: «No hay plata a. a. a. a»..

Llegó el Gobierno hasta alegar la prescripción contra acreedores de indiscutible legitimidad y sin excluir los míseros sueldos de pobres y humildes servidores de la patria, como son los maestros de escuela.

Citaré dos casos de mi práctica: el del maestro de escuela de Ytapé, Don José María Alfonso, seis meses de sueldo a 500 pesos por mes y Don Francisco Solano González, persona muy conocida en el país, por reembolso de cuatro mil pesos de curso legal, que había gastado de su peculio en refacción de la Delegación de Villa Rica, antes de la revolución, en abril de 1922.

Al Sr. González, el Gobierno le alegó la prescripción, por cuatro mil pesos que el mismo Gobierno había reconocido haber gastado aquél de su bolsillo en beneficio de la Nación, por ser el acreedor chirifista presunto, porque el Sr. González nunca le fue ostensible; por haber dejado transcurrir sin reclamar su crédito dos años durante los cuales estuvo ausente del país y éste en estado de revolución; pero no alegó la prescripción por 16.000.000 de pesos de cuenta del Gran Capitán que algunas eran viejas de más de diez años, reclamada por el Gerente, contra quien, en su reclamo por los perjuicios de la revolución de 1922-23, la Policía de la Capital ha presentado documentos con su firma que demostraban que él fue un chirifista enragé. (Art. 1°. ley 606).

Y la actitud del Gobierno de manifiesto favoritismo a favor del Ferrocarril, se acentúa hasta sublevar la conciencia, teniendo en cuenta el apuro con que se concluyó de pagar esas cuentas colosales, muy dignas de revisión y de poda, sin esperar que la empresa cumpla su promesa correlativa, de construir el ramal a Carapeguá y en momentos en que en el Hospital Nacional, los enfermos graves de tuberculosis, recibían por día solo un huevo y un pocillo de cien gramos de leche, faltaban vendas para la sala de operaciones y muchos internados tenían que dormir en el suelo y en los corredores por falta de camas, en fuerza de la penuria fiscal de fondos, que lloraba a diario al Presidente.

Pero noto que insensiblemente me voy separando de mi tema.

En conclusión tenemos, que con el arreglo de la deuda externa última, el país sacrificó tontamente 4.337.442 pesos oro, con los cúales hubiéramos podido armar y equipar por completo un ejército de las tres armas de 35.000 soldados, adquirir seis cañoneros de río y 30 aeroplanos, para defender nuestro Chaco. Y el pleito con Bolivia hubiera sido corto.

Pero en cambio, quedó nuestro gobierno como modelo de caballero... financista. Y después no faltó quien propusiera que al cañonero Humaitá, comprado con el sudor del pueblo, se le cambiase el nombre por el de Eligio Ayala.

Fuente: INFORTUNIOS DEL PARAGUAY. Por el Dr. TEODOSIO GONZÁLEZ. Ex Senador, Ex Ministro de Estado del Paraguay, Buenos Aires. Talleres Gráficos Argentinos LJ Rosso 1931 (577 páginas)


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