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Compilación de Mitos y Leyendas del Paraguay - Bibliografía Recomendada

  LA LEYENDA DEL SALTO DEL GUAIRA - Versión: AVELINO RODRÍGUEZ ELÍAS

LA LEYENDA DEL SALTO DEL GUAIRA - Versión: AVELINO RODRÍGUEZ ELÍAS

LA LEYENDA DEL SALTO DEL GUAIRA

Versión: AVELINO RODRÍGUEZ ELÍAS

 

Un cacique indio, que había adoptado por nombre el de Canindeyú, de un papagayo así llamado, tenía una hija muy hermosa, a la que había puesto el nombre de Ñasaindy, que quiere decir luz o claro de luna.

Esta hija del cacique aún era jovencita, pero ya estaba destinada para esposa de Yaguareté raí (diente de tigre) el más fuerte y aguerrido guerrero de la tribu.

Ñasaindy era curiosa y deseaba conocer lo que había más allá de los límites de sus toldarías. Había oído hablar del Salto de Guairá y quería verlo. Canindeyú tenía entendido que aquel salto era como la boca de enorme dragón, que se tragaba a cuanto ser vivo osaba aproximársele. Pero amaba tiernamente a su hija, y le dolía que ésta no pudiese satisfacer su deseo de ver la imponente catarata.

Consultó con los brujos o adivinos de la tribu, y estos le dijeron que Ñandeyara (Dios omnipotente) lo tenía prohibido. A la verdad ellos también creían lo del dragón.

-¿No sabe, oh, Canindeyú poderoso, que hasta la fiera huye de allí? -le dijeron al cacique.

Pero Ñasaindy insistió. Su curiosidad era más fuerte que el miedo al dragón. Además amaba a Yaguareté-raí y creía que su prometido sería capaz de defenderla contra el fantástico animal. Rogó, lloró, suplicó, y como lágrimas quebrantan peñas, su padre accedió a satisfacer su deseo. Dispuso el viaje hacia el río

Paraná, y llegado el día convenido, se puso en marcha, acompañado de una valiente escolta, a cuyo frente iba nada menos que Yaguareté-raí.

Llegada la comitiva junto al imponente salto de agua, el cacique indicó por señas, pues el hablar era allí inútil, el punto hasta donde su gente podía acercarse. Y en aquel límite se quedaron todos.

¿Todos? No, su hija llevada por su infantil curiosidad, avanzó unos cuantos pasos más. Su padre le gritó: vano empeño. Ni lo oyó, ni aunque lo hubiera oído, dejaría de avanzar. El peligro le atraía: el agua la llamaba, y atontaba, enloquecida con el ruido, mareada por la rapidez con que el río se precipitaba, arrastrando ramas y hasta troncos de árboles, no supo detenerse a tiempo, y el agua la arrastró también a ella, por una de sus siete caídas.

Yaguareté-raí, al verla avanzar, acercarse al borde del precipicio, corrió a detenerla. Ya le tocaba con la mano, ya estaba a punto de agarrarla por un brazo cuando ella caía al agua, y tras de ella cayó también el valiente guerrero.

Canindeyú quiso, en medio de su inmenso dolor, precipitarse también en el río. Pero sus guerreros y sus adivinos pudieron impedírselo.

Varios días permaneció recorriendo las orillas del Paraná, con la esperanza de recoger por lo menos el cuerpo de su hija, hasta que, convencido al fin de que las aguas se la habían tragado para siempre, regresó a sus tolderías, con el dolor en el alma.

En aquellos días que permaneció junto a la gran cascada, no cesó de llorar, y desde entonces, para los indios, llamóse aquel lugar el dolor de Canindeyú, nombre que finalmente vino a quedar reducido al solo de Canindeyú, con que hoy se conoce, lo mismo que con el Guairá, el famoso salto.

Aquella masa de miles de toneladas, al precipitarse desde al-turas que varían entre 50 y 60 metros, forma, al caer en el lecho inferior del río, espumas de las que se desprende, como hemos dicho, un verdadero polvillo líquido.

Este polvillo al ser herido por el sol, recoge los rayos del astro rey y los convierte en uno o varios arco iris. Cuando los guerreros de Canindeyú comenzaron a buscar el cuerpo de su princesa y el de su capitán, vieron aquellas refracciones de los rayos solares, y juzgándolas cosa de milagro, corrieron a ponerlo en conocimiento del cacique, el cual, a su vez, lo expresó a sus brujos o adivinos. Y esos dijeron:

Es en vano que esperes hallar a tu hija. ¡Ya no hay esperanza! Esos arcos luminosos, de tan bellísimos colores, son los espíritus de Ñasaindy y de yaguareté-raí, que al desprenderse de sus cuerpos y elevarse en el espacio, se han encontrado, y celebran los esponsales que en vida no pudieron celebrarse.

Fuente: MITOS Y LEYENDAS DEL PARAGUAY. Compilación y selección de FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH. Editorial EL LECTOR - www.ellector.com.py . Tapa: ROBERTO GOIRIZ. Asunción-Paraguay. 1998 (187 páginas)

 

 

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