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Compilación de Mitos y Leyendas del Paraguay - Bibliografía Recomendada

  MANDÎ - Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

MANDÎ - Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

MANDÎ

Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

 

 (Se respeta dicción original

en Guaraní del documento fuente)  

 

Yacy cati ti oparómbo echa gaú va co pyharé pe eipy apy-jha herú yey ché raí hupápe (1). Así cantaba Mandí, hundiendo su red en las aguas de Y-acá-mí, afluente del río más grande de América. Más que canción, la endecha parecía una invocación a Katifí, la luna nueva que despierta techó gahú y hace que los expedicionarios y guerreros retornen al lado de sus mujeres.

Mandí pertenecía al grupo marájhyva, "las sin manchas", mujeres ágiles e inteligentes, que desdeñaban a los hombres y como ellos vivían entregadas a la caza, a la pesca, armadas de arcos y flechas, poblando el bello Pindoráma, región interdicta, aislada por la jungla y los ríos caudalosos.

Una vez al año el mbói tatá esparcía por doquier el ardor generatriz, las marájhyva jalonaban de hogueras los senderos, adormecían a las grandes serpientes que vigilaban las entradas del Pindoráma, y recibían a los hombres por una noche.

Admitían relaciones con una sola tribu, los guakará, "nación diestra y dominadora". La maternidad no aplacaba en ellas el rencor contra los hombres. Los hijos varones eran condenados a muerte, si no lo recogían sus progenitores, y las niñas entraban a integrar la comunidad.

 

Las más bellas hacían voto de castidad, decían los oráculos, ofrecían las oblaciones y mantenían el gremio por vocación personal. Si alguien transgredía el principio básico de esta comunidad, se la despeñaba de una altura, o se la entregaba a las serpientes constrictoras que se suponían dotadas con la facultad de adivinar las faltas secretas del amor.

 

Mandí era sacerdotisa del culto de la luna; tenía bajo su cuidado el serpentón sagrado, oráculo de la tribu. Había sentido su belleza en la suavidad de la piel y de los cabellos; la veía reflejada en la superficie de los remansos y se complacía en ella, pensando más que en sí misma, en el jefe guakará que asomaba como una luz en el fondo de su alma, lo había visto sólo una vez, en cierta noche de plenilunio nupcial, y desde entonces vivía como atada a esa imagen, repitiendo su nombre cual un conjuro: Mborotúva "el divino amo muy fuerte".

Esa noche el Pindoráma lunado extendíase blanco, cual si los algodonales guaraníes hubiesen desmelenado sus capullos, con el sólo objeto de mullir el lecho de amores inenarrables.

En hamacas, o sobre el césped moteado de corolas, reclinábanse las marájhyvas, perfumadas de esquinianto y vativé, cubiertas de breves túnicas blancas y translúcidas de samuhú, coronadas de mandy-yú, la amarilla flor, símbolo de la sabiduría y blasón de la tribu; con ardor de lumbre en los ojos y suavidad en la sonrisa esperaban a sus huéspedes.

En el profundo y diáfano palmar, los cestos colmados de frutas y tortas de maíz alternaban con sendos cacharros rebosantes de alcohol de ananá mezclado al jugo de tamoi-kaá y ka-a oicové, yerbas que arrancadas a medianoche, a la luz del plenilunio, servían para eternizar el amor y avivar los anhelos.

 

Las ancianas que habían preparado los bebedizos alejáronse con las vestales. La serpiente dormía su hartazgo, enroscada en sibilinos círculos. Por sendas alfombradas de flores de lapacho vinieron los guakará, tan turbados por el fulgor de la luna como los jaguares que bramaban a lo lejos. Llegaron resplandecientes de oro y plata, adornados con sendos ajhó yá de plumas de aras rubra.

Sobre el césped moteado de flores, las marájhyvas estremeciéronse al ritmo del instante. Apartado de todos, el Mborotúva permanecía solo, bebiendo a pequeños sorbos el filtro turbador. Sus expresivos ojos buscaban algo con ansiedad.

Mandí, burlando la vigilancia de las ancianas, acercóse a Mborotúva que corrió a su encuentro.

-Sabía que vendrías, y te esperaba -musitóle al oído, y se alejó con ella, en armoniosos pasos.

La aurora palpitante de ritmos estremeció el palmar. Los seres humanos deshicieron sus abrazos. Los más valientes guakarás parpadeaban, disimulando la emoción; otros se crispaban en la angustia de los anhelos insatisfechos. Poco a poco fueron desvaneciéndose todos, como sombras que después de cumplir un rito huyen de la luz.

-¡Ven conmigo! -propuso Mborotúva a la vestal. El río está cerca y una piragua nos llevará como el viento. Ninguno podrá alcanzarnos -aseguró, acariciando la frente empalidecida por la luz del amanecer.

Los instantes apremiaban.

-¡Vamos! insistió el mozo con voz imperativa y decidido ademán.

Mandí miró las llores estrujadas, las vasijas tumbadas, los cestos vacíos, únicos vestigios de la plenitud nocturna, y tuvo la impresión cíe que sería inútil correr detrás de la dicha. En su alma entristecida irrumpieron las preocupaciones de su rango, y lo dejó ir al Mborotúva solo y desesperado.

Caminando entre las altas palmeras, el guerrero iba soñando con raptos y asaltos tenebrosos, con mil medios violentos que le ayudaran a realizar su dicha. En tanto, las marájhyvas en sendas hamacas repasaban la gama de sus emociones. Temblando de un frío extraño, bajo el manto de plumas de aras, regalo del Mborotúva, Mandí miraba la estela de la canoa que iba desapareciendo en los meandros del río bramador. No conciliaba el sueño; la desvelaba su plenitud que tenía mucho de sufrimiento, de miedo a ese mañana que estremecía el palmar y palpitaba en ella.

La serpiente, supuesta develadora de faltas de amor, desenrolló sus anillos, desentumeció el tronco de tres brazadas de largo, dio un silbido, se alzó sobre la cola y onduló hacia el río. Mandí la vio bogar en el agua, la cabeza enhiesta, la roja lengua como una daga partida en dos. Aquel monstruo había deglutido a más de una vestal acusada de lo mismo que a ella le hacía temblar. Ahora fascinaba a las palomas, las atraía y las tragaba una a una. Por fin quedó mirándola a Mandí, ya con un ojo, ya con otro, vacíamente. ¿Perdió o no ha poseído jamás la facultad de adivinar? Mandí no alcanzaba a saberlo; sólo comprendía el daño que le hacían esos ojos amarillos, que le penetraban fríos y duros como piedras.

Ya no pudo substraerse a la fascinación de la serpiente. A todas horas la veía viscosa, fría, maloliente. De noche se le multiplicaba en mil otras semejantes, que la acosaban, se le deslizaban a lo largo del cuerpo, la envolvían, la trituraban y la deglutían lentamente. Si intentaba gritar o defenderse, las otras vestales, aquellas que habían sido sacrificadas, salían del vientre de las víboras, y le cerraban la boca en las manos sucias y hediondas. Dominada por los ensueños, el cuerpo debilitado por íntima labor, le faltó fuerzas en la hora ineludible. Murió sin confidentes. Sus despojos encerrados en una vasija de barro, fueron enterrados en su casa, junto con sus objetos favoritos: la hamaca que anidó su desesperación, las ajorcas de oro y plata y el manto de plumas que envolvió su éxtasis.

La madre se mesó los cabellos; hundió el rostro en la tierra blanda del sepulcro; prendió un pequeño fuego que debía aclarar para su hija los obscuros senderos, y le dejó miel y maíz para no hacerla perecer de hambre en el camino de Kandeá, el país del bien eterno. Un día vino a visitar la tumba y se encontró con una extraña planta, de moreno tallo, hojas color verdiazulado en forma de estrellas; y cuyas abultadas raíces quebraban el suelo como ávidas de luz. Más que raíces, parecían frutos del vegetal guardados en el seno de la tierra, así como Mandí ocultara al mundo el desesperado fruto de su pasión. La vieja entrevió un sentido confuso pero eterno, algo así como el misterio inextinguible de la vida.

La planta fue denominada Mandi-óga, "descendiente de Mandí" o "nacida en su casa". Con el tiempo la palabra se extranjerizó y convirtióse en mandioca. Apocopada ésta, quedó en mandió, denominación actual de la planta que fue base de la alimentación de los guaraníes, para quienes el descubrimiento de esta raíz tuvo la misma importancia que el trigo para los arios.

 

Nota

1. Luna nueva, tú que la añoranza provocas, oprímele el pecho, y haz que regrese a mí con amor.

Fuente: MITOS Y LEYENDAS DEL PARAGUAY. Compilación y selección de FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH. Editorial EL LECTOR - www.ellector.com.py . Tapa: ROBERTO GOIRIZ. Asunción-Paraguay. 1998 (187 páginas)

 

 

 

 

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