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Compilación de Mitos y Leyendas del Paraguay - Bibliografía Recomendada

  YPÁ-KARAÍ - Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

YPÁ-KARAÍ - Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

YPÁ-KARAÍ

Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

 

(Se respeta dicción original

en Guaraní del documento fuente)

 

 

Tapá inspiraba un miedo terrible. Era avaro, violento y cruel. Los cabellos le caían sobre el rostro y tenía una cicatriz en la mandíbula. Andaba siempre armado de un tacapé incrustado de piedras multicolores. A un paso de su casa corría un manantial permanentemente cristalino; era un Ycuá Tapá; lo cercó de estacas, lo cubrió de espinas y lo vedó hasta a las aves.

 

En ese estío se presentó una sequía terrible como un incendio. El sol resquebrajaba la tierra, alejaba a las fieras y chamuscaba hojas e insectos. El pueblo empavorecido multiplicaba sus ofrendas a Tupá, el demiurgo dueño del agua y del trueno. Los niños masticaban tabaco negro, y lo dejaban húmedo de saliva en la copa de las palmeras de primera floración. Los teurgos levantaban en alto las antorchas de yerba-mate y Kurupá, cuya humareda llevaría a las nubes el reclamo de la naturaleza sitibunda. En la puerta de las viviendas, los sapos muertos mostraban el vientre blanco e hinchado. Los adolescentes azotaban el aire con varas de juncos en flor. Todas las cábalas para provocar la lluvia resultaban inútiles. Una sola quedaba por hacer: asperjar la tierra con agua de manantial, conducida en cántaro nuevo por una virgen coronada de llores. Bajo los árboles chamuscados, las vírgenes esperaban silenciosas y alertas; pero ningún hombre se atrevía a sacar de la única fuente que aún no se había secado en la comarca, Tapá Ycuá.

Ese día recrudecía el calor. Ni una brisa movía las hojas achicharradas. Los niños lloraban y se lamían las lágrimas; los grandes escrutaban las nubes y articulaban conjuros altenados de amenazas. Tapá vigilaba la fuente que era ya casi un hilo sutil, y armaba a sus huestes para defenderse de esa hostilidad que crecía en contra suya a medida que se acentuaba el bochorno precursor de la tormenta. Cerca del mediodía, detúvose a la vera del manantial una joven de menudos pies y blanca túnica, en cuyos labios resecos ardía la fiebre; algo en su perfil denotaba la proximidad de la muerte.

-Tapá -dijo- dame un poco de agua. Un sorbo nada más porque me muero.

Tapá levantó el tacapé incrustado de pedregullos y gritó:

-¡Véte de aquí!

-Esa agua no es tuya ni mía, ni de ser alguno de la tierra-exclamó la joven- es Tupá mbaé. El dueño espera verla generosamente esparcida por el valle para enviarnos la lluvia. ¡La lluvia! -repitió y cayó de golpe, al pie del avaro.

-Yo también tuve sed de tu amor y de tu cuerpo, tanta que me resecó la carne, se me quemaron las médulas y quedé hueco y envenenado como el colmillo de un ñacanina, sin servir ya para morder ni para arder. Si despreciaste mi porfía, ¿cómo te atreves a pedirme piedad? Me llamó Tapá porque mi fuerza termina con todo y para todos se acaba lo que a mis manos llega -sentenció, jadeante.

La joven trató de incorporarse, pero el chorro bermejo que saltó de su boca la dejó desvanecida. Un mocetón fornido llegó como por encanto y la levantó en sus brazos.

-¡Lejos de aquí! -vociferó Tapá-. Pronto, antes que mis servidores libren tus entrañas a los buitres.

El joven acomodó en los hombros la cabeza de la amada. En un lapso de silencio, el gorgotar del oculto manantial se percibía como un deliberado estímulo para los labios resecos. El mozo miró de soslayo a la fuente, luego a los hombres armados y a su rival airado; sacudió la áspera melena y, prieto los puños, ronca la voz, juró venganza. Se fue abrasado por esta nueva sed, más viva y más ardiente.

Tapá quedó esforzándose por aparecer tranquilo. Le temblaban las manos; a pesar suyo recordaba el murciélago que le rozara la sien izquierda, el bastón de Ybyrá ró que se le rompió entre los dedos; el venado que se refugió en su casa; los brotes que echó el horcón principal de su vivienda y la faz de la luna enrojecida para él solo. Tantos indicios sibilinos le daban miedo pero no apagaban su rencor ni sus celos. Si se tratara de otros, quizás hubiera cedido; pero esa mujer y aquél hombre debían desaparecer para que él respire libre sobre la tierra.

-Corran detrás de ellos y prenda fuego al lugar en que lleguen a refugiarse -ordenó, señalando a los jóvenes que se internaban en el monte.

Un escalofriante chisporroteo salió de la selva. Millares de culebras de fuego se deslizaron en la floresta, ondularon, se irguieron entre la humareda, y llevaron el incendio a todas partes. El gentío huyó atropelladamente, gritando, bramando; los niños a horcajadas sobre las espaldas maternas, los hombres con el plumerío sagrado a cuestas. Asábanse las bestias que no se resignaron a abandonar a sus cachorros; estallaban los huevos en los nidos abrasados; las tacuaras se abrían con estruendo; silbaban las sierpes y el aire se llenaba de chirridos, chisporroteos y quejidos, de olor a carne quemada y humo de madera verde.

En medio del resplandor el joven se detuvo con su carga; intentó apagar el fuego que se prendía a sus cabellos y a la túnica de la compañera desmayada. Sobre ellos se desplomó el algarrobo, y los cubrió de brasas, de chispas, de olas ígneas.

Frente a la hacina roja, un avaré observaba el vuelo de los pájaros, la espira de humo, la fuga acelerada del jaguar. Desde el tiempo inmemorial en que Ypurú despobló la tierra, los magos de su familia se habían especializado en estudiar los indicios de Guáracán, la lluvia tempestuosa y bravía.

-Detrás de aquel taguató yú -dijo de pronto- se amontonarán las lluvias. En efecto, sobrevinieron éstas con esa facilidad propia de las regiones tropicales y boscosas.

Cayó el agua a cántaros; al mismo tiempo las secretas vertientes de Tapá y cuá se desarticularon, como si gnomos locos se divirtieran en hacer rebasar cauces y bordes. El agua se encrespó y se. Derramó bravía hacia todos los vientos. No se sabía si provenía del cielo o brotaba de la tierra toda esa masa amarillenta, que ondulaba en las copas de los timbós, se quebraba en los estípites de las palmeras y rompía su clámide en los flancos de cerros y bosques, abatiendo por doquier la oriflama del incendio.

La multitud se aferró a los cerros, especialmente al llamado cerro Hoby, el más alto de todos. Flagelada por la lluvia permaneció muda, atenta al ascenso mugiente de las aguas. De pronto una mujer flaca se encaramó a una roca mohosa; irguióse con una arista de alucinada en los ojos. Los cabellos chorreaban agua; sobre el pecho se movía una guayaca grande, llena de talismanes. Se la miró con expectación; era una hechicera muy conocida, la más hábil tejedora de conjuros. Señaló con el índice a Tapá, sentado en cuclillas, al amparo de un peñasco.

-Ahí está -dijo- el que nos ha empujado a este trance -siguió derramando sus palabras con encono. Ese hombre se concitó el odio de los demiurgos desde que dispuso a su antojo de los bienes terrestres. Reprochado por el avaré, pisoteó el mbaracá por el cual hablaron los espíritus, condenando su iniquidad. Es un tronco podrido que debe ser empujado a las tinieblas.

 

El avaré que parecía estar percibiendo hondas voces o rumores distantes, movió la cabeza de arriba a abajo en señal de asentimiento. Sí, Tapá ha transgredido el principio medular de la comunidad, la ley inflexible como piedra, que ordena "morir antes que pasar por la vergüenza de ver al vecino perecer por falta de lo que uno tiene". Extendió el brazo hacia la perspectiva colmada de espuma, y señaló un vértice.

-Miren -dijo- aquel trozo obscuro que viene bogando como una canoa con el dorso vuelto hacia las aguas, es pira jhu, el Ypóra más fiero y vengador, nacido de los esquifes abandonados. Alienta el espíritu angustiado de los náufragos y agita las aguas, sopla los furiosos torbellinos y convoca a otros "invisibles" para derribar con ellos las casas y los árboles -la ronca voz del druida dominaba el fragor de la tormenta. Si no lo detenemos, acabará con nosotros.

 

Al estallido de un rayo, todos se cubrieron instintivamente la cabeza con las manos. Aquellos hombres que se hallaban como en un patíbulo, aterrados por la certidumbre de un fin ineluctable, vislumbraron de improviso una salvación.

-Que Tapá sea entregado a los Ypóra -pidieron, al unísono. El aludido, sentado en cuclillas, los lacios cabellos chorreando como una lluvia negra, se achicó y se arrastró en un conato de fuga. En torno de él se movió la multitud furiosa, y ante sus ojos se agrandó la fluidez ahogadora. Sentía un fuerte dolor en las rodillas; la lluvia lo aplastaba como un pesado poncho y dentro de su pecho crecía la propia tragedia. De pronto intuyó lo infinito. Nadie ni nada podrían substraerlo a esa multitud que proclamaba su odio, a esos centenares de brazos que pugnaban por apoderarse de su persona. De repente se sintió asido, mecido en el aire, aterrado ante la vasta perspectiva de olas que se sucedían amenazadoras, semejante a ypóras de irisadas pupilas. Por último sintió que un genio o una onda se apoderaba de él y lo hundía en algo frío y traslúcido.

Las aguas se adueñaron de su cuerpo y jugaron con él en impío vértigo. Lo vomitaban de tumbo en tumbo, de cresta en cresta; lo hundían en los vértices, lo elevaban a las cimas, lo rebotaban envuelto en sierpes y lianas, cual dios monstruoso de primitivas teogonías. Por último lo precipitaron definitivamente a una vorágine, y continuaron trepando a los cerros después de haber colmado los valles, las escarpaduras y los bohíos.

 

El viento gimió desgarrado en las hojas de las palmeras. La noche salió de todo el paisaje y se tumbó como una montaña sobre los seres aterrados. El relámpago de vez en cuando aclaraba la obscuridad mojada.

Amaneció un día licuado, amarillento, que sólo permitía apreciar los detalles inmediatos del desastre. Mudos como piedras, con hormigueos en la carne entumecida, los sobrevivientes con-templaron aquel mundo en que todo aparecía desceñido, desprendido, desquiciado. Árboles, animales, techumbres, giraban, se arremolinaban o quedaban inmóviles, convertidos en bárbaros juguetes de las aguas.

El avaré dejó resbalar de sus dedos las ofrendas gratas a los dioses. Sus conjuros desviaron el rayo y detuvieron las centellas alocadas. El viento sur dispersó los nubarrones y, en el cobalto de los cielos, se precisó lentamente al arco iris, cuyos extremos por un lado se hundía en las olas, y por el otro, se ataba a la cabellera verdiazulada de los cerros.

-La emplumada serpiente voladora baja a tomar agua -musitó la maga.

-No la mires que te dejará bizca -advirtió el avaré- ni la señales porque te tullirá el dedo.

-Bajará a devorarnos. Poseerá a nuestras hijas núbiles -clamaron las madres, y todos pensaron en huir de esa comarca donde cundía la tragedia. A nado cruzaron las aguas y se perdieron en las lejanías.

El valle donde corría Tapá y cuá quedó cubierto por un lago encuadrado en las serranías. La soledad reinó en la comarca, que la imaginación popular revistió de toda suerte de maleficios y supersticiones.

Un hombre y una mujer llegaron un día a orillas del lago; eran marido y mujer, y parecían muy fatigados, ella hundió los pies en la blanca arena de la playa, y murmuró:

-Esto es maravilloso pero agobiadoramente mudo. Por ninguna parte aparece la huella de un sor humano. Se diría que aquí se reúnen los fantasmas. ¡Vamos!-propuso. Sin embargo, se echó sobre la arena tibia.

-Si los fantasmas ven tu sonrisa no te harán daño -musitó él.

-He olvidado la sonrisa -y agregó-: Todos los haú pá estancados y estériles son pané; temo que aquí se malogre la vida que voy a traer al mundo -cerró los ojos; su actitud denotaba temor e inmensa fatiga.

-Ese que viene está seguro en tu ternura-repuso el marido. No puede dar un paso más -pensó y alzando la voz, añadió-:

Tranquilízate. Mis fuerzas te sostendrán. Será un niño. Un día iremos a cazar venados que tú asarás al rescoldo, y cuando deje de jugar y sea un hombre, irá a mi lado a la guerra.

-No permitiré jamás que mi hijo vaya a que lo maten.

-Matará él.

-Eso tampoco. Le haré prometer que nunca llevará el dolor a otras madres.

-Es preferible entonces que fuera niña.

-Y será una niña que pondrá algodón y miel con sal sobre tu carne herida o golpeada; una niña que hablará con los pájaros, que traerá flores de los collados y soplará el fuego. Tengo frío. Veo una estrella de lumbre rojiza y temo el trance temible. De haber luna hubieras ido a buscar hierbas que hervidas y mezcladas en las tazas de barro, curarían mi dolor; pero no hay luna, más que ese astro cuya luz rojiza agrava todo mal. Vete de todos modos y busca las hierbas.

-No me expondré al riesgo de dejarte sola. Quedaré a tu lado. Sabes que poseo la piedra que cayó del cielo antes del diluvio, la que recogió Tamandaré, le salvó la vida, y lo convirtió en sabio, zahorí y hechicero; con ella sometió a los vientos, dominó a los añá, guió a los Ypóra, detuvo a los torrentes y aprendió el idioma de los seres. Esa piedra te protegerá.

-Inútil pretender cambiar por otro el grano que nos ha dado el destino -replicó ella, con amargura.

-De mis manos no hay quien te robe tu dulce vida.

-¿Adónde iríamos que no viésemos esa estrella de fuego?

-Es una pasajera en nuestro cielo -replicó él, y añadió-: La noche de hoy traerá el sol de mañana. -Amontonó leña seca y la hizo arder-. Que el fuego sea alto y rojo, que la llama no se apague en toda la noche -exclamó; tendió el brazo derecho hacia el lago y con la mano izquierda arrojó al agua puñados de tabaco, anguí, yerba y floripón, mientras decía: -Pupila del universo, araresá que penetras en toda sombra, lleva mis palabras a quien deba oírlas. Yo te hablo en nombre del tucán que asoma sobre mi cabeza y are posee. Como él hiende el aire, espanta a los malos, a lodo añá o moñái tenebroso, y envíalos a lugares remotos y profundos. Pide a yaguá, que colme los espacios con su luz, que llegue a este sitio y haga arder para nosotros la dicha y la vida-.

Crispado por un grito de dolor, fue a reunirse con su esposa, que se había tendido de bruces en la playa y se llenaba la boca de tierra para amortiguarlos quejidos. Permaneció junto a ella, temblando a cada una de sus contorsiones, estremeciéndose a sus ayes, hasta que él también dejó escapar una exclamación de júbilo. En el aire se rompía un vagido de vida, tenue como una arista de cuarzo; sus ecos repitieron las aguas que en la marea del plenilunio se embriagaban de amor, de éxtasis y de rayos.

Desde entonces quedó rota la urdimbre tenebrosa de los Ypóra-Tapá y cuá, manantial de odio, celos y exterminio, convirtiéndose en Ypá Karaí "lago excelente", señoril, apacible, que arrulla la vida y mece los ensueños humanos.

Fuente: MITOS Y LEYENDAS DEL PARAGUAY. Compilación y selección de FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH. Editorial EL LECTOR - www.ellector.com.py . Tapa: ROBERTO GOIRIZ. Asunción-Paraguay. 1998 (187 páginas)

 

 

 

 

 

 

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