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Compilación de Mitos y Leyendas del Paraguay - Bibliografía Recomendada

  LUCÍA MIRANDA - Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

LUCÍA MIRANDA - Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

LUCÍA MIRANDA

Versión: MARÍA CONCEPCIÓN LEYES DE CHAVES

 

 

 

En el fuerte de Sancti Spiritu, un puñado de españoles sufre las hostilidades de la naturaleza, y de los indígenas qué no pueden respetarlos porque los ven abandonados y hambrientos.

Los timbúes, "expertos y agigantados", son los señores de la región. Su mburuvichá, Marangoré, "dominador de adversidades", es un soberbio ejemplar y de todos muy temido y respetado". El comandante español, Nuño de Lara, logra con él una entrevista y lo recibe en la torre de Cabot, rodeado de sus oficiales y soldados. Se hallan presentes algunas mujeres y niños.

Marangoré despliega ante ellos su séquito; su porte viril irradia energía y decisión. De pronto parpadea como deslumbrado.

Un rayo de luz se quiebra en sus timbetás, esmeraldas que fulguran incrustadas en las aletas de su nariz. Acaba de ver a Lucía Miranda. Mas, el dominio de las emociones, característica de su pueblo, hace que no le traicione la profunda emoción de su ser.

Subyugado por la visión femenina, el amo altivo de las selvas ya no intenta imponer su férula por la violencia; se limita a visitar diariamente a los españoles y llenarlos de dádivas. En estas visitas diarias, sus miradas candentes se posan en Lucía con demasiada insistencia. Ella lo advierte y "tiene miedo"; pero, obedece a la consigna de "conservar a toda costa la amistad de los timbúes".

Lucía no pertenece a la turba femenina que arribó más tarde en los galeones de don Pedro de Mendoza. "Aprecia la abundancia y gusta del bienestar". Su "miedo" -revelación de haber sido impresionada desde el primer momento- se diluye en gratitud acogedora para el señor que ahorra privaciones y sobresaltos a la guarnición. Físicamente ese indígena no difiere mucho de aquellos campesinos airosos, con resabios árabes o mordiscos, que ella veía curvarse en los huertos de la Ecija nativa. Como ellos, es moreno, de ojos chispeantes y dientes blanquísimos, pero los aventaja en aseo y señorío. En cambio, su esposo, Sebastián Hurtado, un oficial subalterno, está como todos sus compatriotas, malhumorado, hirsuto, afiebrado por las niguas, oliendo a úlceras y ropa usada.

Fatalmente, por ley de contraste, o sólo por ese halago íntimo que experimenta la mujer al pulsar la influencia de sus encantos sobre un hombre nada vulgar, Lucía repararía sin desagrado en el jefe de los timbúes, joven, poderoso, sano y limpio, que le rendía un mudo vasallaje. El amigo nuevo es, además, un representante genuino de esa fuerza varonil que difícilmente dejan de apreciar las mujeres; la personalidad dominadora, reforzada por la esplendidez de sus dádivas, sugestiona el espíritu aventurero de la andaluza que, sin ese temperamento inflamable, no se hubiera arriesgado desde luego al viaje tan largo y penoso de los conquistadores. Ella es la única que sorprende un alma ansiosa, vibrante, en el hombre colocado por los suyos casi al nivel del jaguar. Esta fruta exótica, un poco en agraz, atrae su curiosidad femenil. A esto se suma cierto descontento que opera en la subconsciencia.

Cuando le reveló a Hurtado su "miedo" -el miedo de sucumbir a un azar peligroso- su marido, poseído del vulgar temor de la muerte, optó por la conveniencia de "conservar a toda costa la amistad de los timbúes". Esta tolerancia lo disminuyó a los ojos de su esposa, lo disminuyó y lo imposibilitó para exigir de ella, en lo sucesivo, una pertenencia absoluta. Pero Lucía, como todas las mujeres de su tiempo, es temerosa de Dios y de los hombres. Por eso no osará despojarse de su condición de esposa cristianísima, para ir abiertamente al encuentro de otro hombre, por extraordinario que éste fuera. Si hallara por lo menos un ardid que, salvando las apariencias, esa obsesión femenina, le permitiera parecer al margen de los hechos, como si éstos se hubiesen desenvuelto sin la intervención de su propia voluntad. Se había roto en ella toda resistencia íntima y en la hora de su nueva inquietud sentimental pugnaban en su alma solamente el temor y el anhelo; en tales circunstancias las tendencias temperamentales deciden.

Hurtado y algún otro podían ver en el "tratamiento amoroso" que Lucía prodigaba el indígena, una simulación necesaria o un ardid femenino sin trascendencia; pero Marangoré, de instintos casi infalibles -privilegio de los animales y de los seres humanos primitivos- tenía ya la seguridad de ser correspondido. Sin ésto, el jefe de los timbúes no hubiera mantenido su alianza con los extranjeros. Amor que no intuye recompensa no osa avanzar; si Marangoré quería impedir a su amada a una acción definitiva es porque se hallaba convencido de que "teniéndola cerca, ella cederá".

Hurtado no acepta la invitación de visitar al Mburuvichá en sus dominios, pretextando que "no puede alejarse del fuerte sin permiso del comandante que se halla ausente". Pero el hijo de las selvas tropicales ya no admite la postergación ni la espera. Su temperamento y el ritmo de su pasión lo impulsan a provocar los acontecimientos con mano firme. El plan que ha elaborado es audaz como su genio.

Calculadamente y sin ostentaciones, deja que el hambre torture a los habitantes de la Torre de Cabot. Indígenas avezados en esta índole de hostilidades, ocultan los animales domésticos, espantan la caza, dificultan la pesca y esconden los frutos de la tierra. Se produce tal escasez de víveres que el comandante Lara se ve en la necesidad de desguarnecer el fuerte, enviando un destacamento en busca de comestibles.

Hurtado es uno de los cuarenta hombres que integran la partida; y así al azar, por caminos de atajo sale al encuentro de Marangoré.

Ha llegado el momento oportuno preparado por el jefe indígena. Éste se presenta a Lara con treinta hombres cargados de provisiones y explica satisfactoriamente su ausencia. La guarnición reconocida le ofrece un festín.

¿Participó Lucía de "esta comida que duró todo el día"? Cabe afirmarlo. Es cierto que Hurtado se hallaba ausente, pero los españoles estaban demasiado agradecidos para negarle al Mburuvichá precisamente aquello que más podía halagarle.

Durante horas y horas, oficiales y soldados del fuerte de Cabot se preocupan únicamente de colmar sus estómagos; en tanto, las plumas de guyrá tatá llamean sobre la frente enigmática del tendotára, que espera su turno para escanciar el licor anhelado.

La Miranda, durante todo ese día, por lo menos, no pudo substraerse a aquella pasión. En los ojos del varón extraordinario ha leído ese ruego tácito que ninguna mujer deja de percibir jamás y la potencia altiva y rebelde que asume ante ella sola en actitud implorante, la fascina con su halago turbador. En medio de la embriaguez unánime, ella intuye el drama que prepara su admirador; pero penetrada por el tácito ruego, renuncia a dar la voz de alarma. Espera el azar, una posibilidad que no osa confesarse ni a sí misma, que le permitirá aparecer como víctima, o por lo menos como sujeto paciente de hechos que teme y desea al mismo tiempo, en secreta tensión.

Su inercia muy ostensible es la revelación de que en su interior hay algo grande que desea ver realizado, aún a costa de alguna desgracia. Sabe que esta desgracia podrá caer sobre cualquiera, sobre ella misma también, pero evitarla a los otros equivaldría a desoír el mudo reclamo de la potencia que se impone a todos, particularmente a ella, desde lo íntimo de su ser, donde impera adornado con un airón de plumas resplandecientes.

La guarnición ahíta da por terminado el festín. Se despiden los aborígenes, y el "dominador de adversidades" se dirige a sus piraguas con los hombres de su séquito. En el trayecto deja escapar un extraño silbido con el mimby. Al instante, del fondo de las piraguas, de los accidentes del suelo, de las sombras nocturnas que invaden el fuerte, surgen centenares de seres humanos. Todos están provistos de armas, y muchos traen manojos de paja atados a las flechas. Amparada por el sueño, se alza la audacia, criminal pero grande, impulsada por el amor.

¿Dormía Lucía Miranda o esperaba alerta en las tinieblas? Durante todo el día y parte de la noche, había tenido demasiado cerca al hombre turbador para que su recuerdo no gravitara toda-vía sobre ella. La mujer insomne pudo haber sido la primera en distinguir, a través de las tapias de barro y estacas, las saetas incendiarias que llovían sobre las techumbres de palmeras; pero tampoco esta vez dio la voz de alarma, enmudecida por el secreto anhelo de lo que podría sobrevenir.

Cuando la guarnición se apresta a la defensa, cuatro mil indígenas comen de un lado a otro, empuñando hachas de obsidiana y esparciendo flechas flamígeras. Pero ninguno olvida la consigna del caudillo: una mujer debe salir ilesa de la hoguera.

Entre la multitud desenfrenada, se abre paso un hombre torvo, de nariz audaz y labios prietos. A su respiración agitada tiemblan las plumas de su cimera. En sus ojos se advierte un fulgor salvaje que es como el que motivó el incendio. Acaba de di visar a lucía; hacia ella se dirige veloz. Le sale al paso el comandante Lara y él ordena a sus hombres que detengan a éste, a fin de llegar sin pérdida de tiempo hasta la amada que lo espera porque ella no ha intentado huir. Lara de un golpe mortal lo atraviesa con la espada, y se ensaña con el cuerpo abatido como si del anonadamiento de aquel hombre dependiera el derrumbe de la casa que se proyecta sojuzgar.

Marangoré agoniza no lejos de Lucía Miranda; y si es cierto que los muertos conservan en la retina la última imagen percibida, el Mburuvichá habrá guardado para siempre la imagen adorada. Lo único que logró asir del inmenso anhelo que le costó la vida.

Los guerreros respetan la consigna. Lucía Miranda sale ilesa del incendio. Conducida ante Syrypó, hermano y sucesor de Marangoré, inspira a este flamante jefe, "la misma pasión que sintiera su hermano difunto, pero la rodea de tanto respeto como no se puede concebir de un bárbaro.

El "bárbaro" no hace más que respetar las tradiciones invulnerables de su estirpe, según los cuales el duelo por un alto jefe impone a sus parientes, entre otras obligaciones, la de guardarla continencia más absoluta. Quien viola el precepto, afronta-ría la venganza de sus muertos y el anatema de los vivos. Además Syrypó, de mentalidad recta y primitiva, considera a Lucía casi como una Marangoré rembirecoré, viuda de su hermano, y, como tal, únicamente en carácter de mujer legítima puede entrar en su hogar. Asuntos personales de esta índole no pueden ocuparlo todavía; lo impide la observancia de los ritos funerarios. Entretanto, Lucía es su huésped y, por lo tanto, sagrada a sus ojos. Los de su casta mantienen la hospitalidad aún a riesgo de la vida.

Hurtado, de regreso de la expedición, sorprende las ruinas calcinadas del fuerte y sabe que su esposa se halla prisionera entre los timbúes.

Corre a buscarla poseído de audacia. Pero los vínculos matrimoniales que invoca no existen para Syrypó. Éste ve en el oficial español a uno de los extranjeros que ultimaron a su hermano y, lógicamente, lo condena a muerte. Lucía se echa a sus pies; "fundida en lágrimas, le pide la vida de su esposo". "Se calma la violencia y se desarma el amante celoso", dice el cronista, pero una pasión que no se aplaca no calma sus violencias, ni es admisible que una mujer desarme a un amante celoso interesándose por otro hombre hasta las lágrimas.

Syrypó, otorgando el perdón a Hurtado revela una vez más su estricta observancia de las normas morales que rigen a su pueblo, pues entre los guaraníes, efectivamente, el prisionero se libra de la muerte por intercesión de una mujer, que puede tomarlo por marido si así lo solicita. Lucía ignora tales costumbres y en cambio cuenta demasiado con vínculos desconocidos para los que la rodean. Si en el momento preciso ella hubiera expresado su voluntad de unirse a Hurtado, lo hubiera conseguido. Pero no habiéndolo hecho en su hora, los indígenas la consideran atada al recuerdo de Marangoré y, por lo tanto, sujeta a las leyes tribales, que la inhiben, por un tiempo, a mantener relaciones con ningún hombre.

Su religión, su aislamiento, y siempre su espíritu aventurero, la llevan de nuevo hacia su marido. La esposa indígena de Syrypó logra hacerla sorprender en falta. Desde ese momento la memoria de Marangoré cesa de protegerla. Roto el nexo con la tribu, queda colocada en el mismo plano que Hurtado, en la línea de los que ultimaron a Marangoré en la Torre de Cabot, con el agravante de haber sido ella el móvil ocasional de la tragedia. Aquí también la tradición es incontrovertible. El ang del jefe difunto exige las represalias místicamente necesarias para obtener el reposo de ultratumba. Esta vez, Lucía difícilmente se salvará de la hoguera, pues ya no rige para ella la consigna de un enamorado sino las leyes ineludibles de la tribu, con las cuales no se atreverá a ponerse en conflicto el nuevo jefe, quien, felizmente, no posee el genio dominador y agresivo de Marangoré. En efecto, Syrypó perdonando una vez la vida a Hurtado se manifiesta susceptible al ruego. Siempre las lágrimas femeninas suscitan la piedad viril, máxime cuando el hombre está enamorado de la mujer que implora a sus pies. ¿Por qué entonces Lucía no intenta ahora su propia salvación? ¿O es que el indígena le ha ofrecido la vida a ella sola y la muerte de todos modos para Hurtado? Frente a esta disyuntiva, la inercia de Lucía ante la muerte hubiera significado una elección, la de compartir la tumba con su esposo. Pero esa disyuntiva no existió para ella; ningún cronista la menciona. En cambio la presenta desprovista de la voluntad de vivir, ¿para qué? Su matrimonio resquebrajado no le reservaba ya nada grato. Su espejismo de felicidad con el alucinante señor de las selvas se había desvanecido; en su lugar quedaban, primero, lo más sagrado para la mujer, el recuerdo del hombre que murió por ella de amor cuando ese amor se mantenía todavía en los planos del ensueño y, segundo, lo que más detesta, la esclavitud junto al hombre que ha dejado de amar o a quien ya no podría amar de ningún modo.

El espíritu de la andaluza cambia así de postura frente a la vida, pero conserva el profundo temor a Dios y a los hombres. Se reconoce culpable de infidelidad, y considera su traición espiritual tanto más grave cuanto es volitiva y consciente. Esta infidelidad constituye el latir de su propio corazón, que esta vez no admite defecciones. Únicamente muriendo podrá substraerse a la compañía de Hurtado que ha dejado de gustarle, de Syrypó que no la atrae en absoluto y, de paso, se redimirá ante Dios, ante su esposo y ante su propia conciencia, de aquella culpa muda que muere con ella inconfesada. He ahí por qué no implora por su vida, he ahí por qué acepta la muerte en aparente unión conyugal.

Sin su amor por Marangoré, Lucía Miranda hubiera sido una de las tantas mujeres enflaquecidas, que compartieron el hambre y el hartazgo con los primitivos conquistadores. Su pasión llameante por el indígena la lleva a la hoguera, cuyos destellos alumbraron para siempre su memoria.

Fuente: MITOS Y LEYENDAS DEL PARAGUAY. Compilación y selección de FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH. Editorial EL LECTOR - www.ellector.com.py . Tapa: ROBERTO GOIRIZ. Asunción-Paraguay. 1998 (187 páginas)

 

 

 

 

 

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