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Compilación de Mitos y Leyendas del Paraguay - Bibliografía Recomendada

  JURUNDA - EL MARTÍN PESCADOR - Versión: DARÍO GÓMEZ SERRATO

JURUNDA - EL MARTÍN PESCADOR - Versión: DARÍO GÓMEZ SERRATO

JURUNDA - EL MARTÍN PESCADOR

Versión: DARÍO GÓMEZ SERRATO

 

¿Qué chico de la "tava" no se sentía atraído por la tentación del agua? El río formaba, en el recodo, un remanso de aguas oscuras que ninguno de los pilluelos osaba desafiar.

-El agua atrae hacia el fondo, decía uno de ellos.

-No, arguyó el que se las daba de sabidillo. Mi padre dice que allí tiene su morada "Ypóra", la diosa de las aguas. Añadió mi padre que es muy bondadosa, pero desde su mansión ubicada en las aguas profundas, sus ojos verdes observan a los que se acercan a su reino. Cuando alguien no guarda las leyes que rigen, cometiendo abusos, el castigo no tarda en llegar.

-¿Qué castigo?

-Avisa a "Yriara", el monstruo del río, quien se encarga de llevar al contraventor al fondo del lodo y ramas entrelazadas, de donde nadie regresó jamás.

El más travieso de los rapazuelos, un apuesto chicuelo sobre los once años, era también el más hábil pescador entre los niños de la aldea. Si hasta una vez llegó a sacar del agua con su anzuelo primitivo, un auténtico "pirajú" (dorado) el más pugnaz de los peces. Y era en el remanso donde se pasaba pescando.

Ya podría desgañitarse la madre, llamándole. Las zurras fenomenales no surtieron efecto. Dicen que la pasión es diabólica y así debía ser la de nuestro galopín, puesto que nada lo arrancaba de su afición.

Llegó una fiesta en la población.

Acicalado y limpio, acompañaba a la madre, cuando en un descuido de ésta, se le fue. ¿Dónde encontrarlo entre la multitud? Pregunta va, respuesta viene, al chico no lo habían visto y pasaban las horas.

-Ah, el rio, pensó la madre.

Casi fuera de sí, voló la pobre hacia la ribera recorriéndola angustiada. ¿No se habrá ahogado? ¡No! Ahí estaba, prendido a un tronco, con el terror en el rostro, girando una y otra vez en el remanso temido. Cuando la madre lo vio, lo llamó a grito herido y se lanzó para salvarlo.

Pero con el remanso no se juega.

Las aguas negruzcas la arrastraron en círculos cada vez más estrechos, empujándola hacia el centro, allí donde aparecían unos labios cristalinos que succionaban con fuerza irresistible. El niño daba alaridos de espanto viendo a la mamá realizando esfuerzos inútiles para librarse de los anillos constrictores de las aguas, que se llenaban de burbujas con los desesperados manoteos de la desdichada. Una terrible fuerza la impedía hacia la depresión en forma de embudo que, en instantes, había de engullirla. Y antes del horroroso final, la madre, aún tuvo tiempo de dirigir una mirada de martirizada ternura a su hijo, ese niño que, travieso y todo era su vida, y esa vida se le iba sin poder socorrerlo.

Y cuando las aguas cubrieron con su cristal y espumas, el chico quiso emitir un grito, pero la voz fue ahogada por el dolor y el pánico, que se le trepaban por la garganta.

Unos ojos muy verdes como el brillo fluorescente de las luciérnagas, lo miraban desde los trémulos círculos del río. -Yo soy "Ypóra", dijo una voz.

Tu madre ha muerto y tuya ha sido la culpa. Desde hoy seguirás el curso de los ríos tortuosos como tus caprichos. Has querido vivir pescando y pescando vivirás. Tú perseguirás a los peces, y serás perseguido por los muchachos como tú. Y para ser más atractivo, te vestirás de gala y volarás casi al ras del agua. Y siendo bonito, no cantarás como otros pájaros, sino emitirás sonidos semejantes a un graznido, seco, cortante, como una rama que se quiebra. Así recordarás tu error culpable, que causó la muerte de tu madre.

Así habló la hermosa náyade de los ríos guaraníes.

 

El niño ya no era una persona sino un pájaro de vistoso plumaje. Entraba en el dominio misterioso de las divinidades justicieras que no dejan sin castigo acciones delictivas que van en desmedro de la comunidad.

Es el "jurundá" (boca de anzuelo), en el gayo martín pescador, que hasta hoy se posa en las ramas, atento a la lumbre del agua, y deseoso de descubrir la última llama de piedad que destellaron los ojos de la madre moribunda.

Fuente: MITOS Y LEYENDAS DEL PARAGUAY. Compilación y selección de FRANCISCO PÉREZ-MARICEVICH. Editorial EL LECTOR - www.ellector.com.py . Tapa: ROBERTO GOIRIZ. Asunción-Paraguay. 1998 (187 páginas)

 

 

 

 

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