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DEPARTAMENTO DE CONCEPCIÓN (I) - UBICACIÓN, GEOGRAFÍA, ACCESIBILIDAD, ATRACTIVOS TURÍSTICOS

  ECOS DE CONCEPCIÓN - RELATOS Y CHISMENTOS

ECOS DE CONCEPCIÓN - RELATOS Y CHISMENTOS

ECOS DE CONCEPCIÓN

RELATOS Y CHISMENTOS

 

 

 

EXORDIO

 

         Más de un poeta había dicho en sus versos: "Que es triste, muy triste pasar por la vida sin dejar recuerdo ni rastra alguno", y el proverbio chino que también decía: "Que la vida habría que justificarla, ya dejando un hijo, ya plantando un árbol o escribiendo un libro"

         Es por eso que, rompiendo mi mutismo y pensando que he transitado bastante tiempo por este mundo, anónimamente y sin pena, voy a dar a luz estas misceláneas de un ambiente norteño, escritas como pasatiempo y distracción personal en mi aislamiento voluntario en este apartado rincón de nuestra campiña.

         Son breves cuentos, anécdotas de personajes ficticios, de tiempos idos que la generación del presente podría interpretar como leyenda sin trascendencia, pero que refleja la vieja costumbre de aquella época, sin los adelantos de estos días.

         Será una ofrenda a mis parientes, amigos e hijos y nietos de los mismos, con quienes me siento unido por ese lazo ten fuerte de la amistad.

         Publico el sólo efecto de rememorar por unos minutos los tiempos de nuestros antepasados, de nuestros abuelos y bisabuelos.

         Si resulta de agrado de mis probables lectores, me daré por satisfecho y muy agradecido.

 

         EL AUTOR

 

 

 

LA VENGANZA DE DON CAYO

 

         "¡Ha Quevedo tiempo...!" solían decir las gentes de esa generación al rememorar aquel no lejano periodo en que esos señores monopolizaban el comercio y controlaban todos los movimientos en la zona de Concepción. Para tener una idea de dicha época, habría que hacer un análisis ligero de la forma en que se vivía y de la costumbre del pueblo campesino. Sabido es que por esos años no existían aún los medios de transporte motorizado ni buenos caminos ni telégrafos; sin embargo, la vida se deslizaba más tranquila, había menos problemas y hasta parecía que se andaba más feliz.

         Cuéntase que los señores Quevedo tenían en actividad más de quinientas carretas que llevaban y traían mercaderías de Concepción a la frontera. La casa importadora más fuerte, la estancia mejor organizada y mejor instalada, el ingenio de azúcar, las explotaciones de yerba y otras actividades más les pertenecían. Estos patrones y sus altos empleados viajaban sin cesar y no había valle en donde no tenían negocio y en donde no tenían clientes. Nuestras gentes sencillas les brindaban toda clase de atenciones y ellos las retribuían con creces.

         Circulaba el dinero y el caso era ingeniarse para atraer a los ricos. Las posadas o casas de hospedaje eran lugares frecuentadas por troperos y allí hacían sus conquistas sentimentales y también sus derroches. Presas de ellos fueron muchas hijas buenas de posaderos y muchas lindas mozas del vecindario.

         Don Cayo, un paraguayo genuino, arrogante, siempre bien puesto, viajaba frecuentemente de su estancia a Concepción en compañía de su capanga Tiburcio, un morocho alto, fuerte, con una enorme cicatriz en la cara, seña particular adquirida en un bailongo improvisado. Tiburcio, el capanga inseparable, tenía fama de valiente y es por eso que se le tenía de guardaespaldas y se le proporcionó un 38 Colt con cabo de nácar, recién salido de fábrica. Don Cayo, a pesar de tener emblanquecido prematuramente sus cabellos y tener muchos hijos, gustaba de las fiestas. Su debilidad era el "Cielito Chopí" y se divertía enormemente haciendo el papel de "taguató". El "Solito" también le gustaba sobremanera pero más gozaban de él los espectadores. En sus continuos vaivenes asistía a cuantos bailes encontraba y muchas veces llegó a concentrar en sí la atención del público con sus travesuras. Su posada favorita fue la de Ña Vicenta, en Estribo de Plata, un vallecito alegre sobre el río Aquidabán. Ahí llegaba habitualmente por la tardecita a desensillar el caballo, cenar un buen plato de huevos fritos con mandioca y un cuarto de vino tinto; luego se sentaba a jugar al naipe, ya sea la escoba de quince o la biscambra, con la dueña de casa; pero más le hubiera gustado hacerlo con Susanita, la hija de Ña Vicenta, que por ese entonces disfrutaba de sus dieciséis floridos años. Era una simpática, risueña y vivaracha morena de cabellos encrespados, ojos muy negros y blanquísima dentadura; pero lo más atrayente de su persona estaba en el conjunto de sus curvas, que dejaban afiebrados de deseo a cuantos forasteros la miraban. Antes de continuar viaje, y después del mate, don Cayo chupaba otra media docena de huevos crudos y un cuarto de "guaripola". Un litro cargaba en su caramañola para irlo sorbiendo por el despoblado camino, al lado de Tiburcio, su confidente, su hombre de confianza.

         - Esta Susana "aka chará" cada vez va siendo más cautivadora. ¿Te fijaste en ella? ¡Qué bien le queda ese moño de cinta azul! Y... ese cuerpo, ¡qué tentación! Quiero hacerle un obsequio.

         - Pero patrón, usted que puede y tiene plata, ¿qué le falta? Ella es pobre y mucho le va á agradecer. Con plata se consigue todo.

         Así, don Cayo iba alimentando una ilusión y aumentaba su optimismo para hacerse dueño de su cariño.

         Una noche, aprovechando la ausencia de Ña Vicenta, sacó de su cinto doble un mil pesos pirirí y le pasó a Susanita.

         - Tome -le dijo-, le obsequio para que invierta en lo que necesite.

         - Por favor, don Cayo, es demasiado mucho. Yo no puedo aceptar. Contestó ella como si entendiera la intención del viejo consentido.

         - Guárdese le digo, que yo se lo doy y... ya sabe por qué.

         - Voy a recibir para guardarlo, don Cayo.

         Después de esta introducción, continuó frecuentando la posada y prolongaba el juego de la escoba hasta altas horas de la noche. Para que el juego no decayera se aperitaba moderadamente. En fin, en algo sé salvaba el importe del kerosén del alumbrado. Don Cayo preteridla siempre que la señora Vicenta se fuera a la cama y así él continuaría el juego con la muchacha.

         Una mañana, cuando ya estaba por partir, se presentó la oportunidad de conversar con la codiciada hija de doña Vicenta.

         - Mira, Susanita. Quiero que me complazca en una cosa. Yo le voy a corresponder, pero no quiero que nadie sepa, ni su mamá. Si me demuestra su voluntad, ya sabe que le voy a dar cosas lindas.

         Como si recibiera un insulto, Susana contestó en tono enérgico y sobre sus mismas palabras.

         - No esperaba de usted, don Cayo, esta proposición. Yo le considero todo un señor y le respeto. De ninguna manera voy a aceptarle lo que me acaba de proponer. En cualquier cosa le puedo servir, pero para complacerle con mi persona no puedo. Continuare así. Muchas gracias por sus ofrecimientos. Y sonrió despectivamente.

         Quedó derrotado así don Cayo en su primer intentó, no pudiendo ni siquiera continuar la súplica amorosa. Montó sobre su caballo y le llamó a Tiburcio, que le estaba esperando bajo un naranjo.

         - Y bueno, torohó mba'é - dijo retirándose de la casa.

         Durante el largo viaje no pronunció ni una palabra; de vez en cuando tomaba un sorbo de su guarigola y continuaba entregado a su recogimiento. Tiburcio marchaba un poco adelantado, para abrirle los portones.

         Varios meses pasaron. Don Cayo seguía lunático. No le agradaba nada ya y maltrataba hasta a los personales más acreditados. El rechazo que recibió lo hirió en lo más hondo. No salía de su cabeza el recuerdo del último pasaje con la Susana. ¡Como esa mujer canalla le puede contestar "de ninguna manera" a él, que es todo un patrón? ¿Acaso él no puede ser digno de su amor? ¿Que se ha creído esa mujer tonta? No. Esto no puede quedar así. La venganza más cruel tiene que venir y ella habrá de sufrir y sentir lo que le ha hecho. ¿Qué hacer para que ella se arrepienta, para que le duela en el alma?

         - ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! -repetía a menudo. Esa mujer me tiene que pagar caro.

         Seis meses después, en una tarde calurosa, fue llegando don Cayo a su vieja posada.

         - Tanto tiempo para volver por estos lados, -le dijo luego del saludo Ña Vicenta. ¿Qué habrá sabido de nosotros, por eso no llega más? Por aquí le recordamos siempre y sabemos que Ud. anda viajando por otro camino.

         - Así es Ña Vicenta -contestó sin dar más explicaciones.

         Cenó su plato preferido con su acostumbrado un cuarto de vino, pero no armó el juego. Alegó cansancio y se acostó temprano. Susana, muy amable, le atendía como de costumbre. Por la mañana le cebó el mate y le sirvió el desayuno. Demoró para salir. Hizo llenar un vaso grande de guaripola y empezó a tomar. El deseo de venganza ardía dentro de su pecho y quería ver aplastada a esa desconsiderada mujer, qué como siempre, estaba alegre y tentadora.

         Ña Vicenta se ausentó por un momento y quedó don Cayo tomando su aperitivo. Su caballo ya estaba ensillado. Luego de ingerir dos vasos, pareció tomar ánimo y se decidió a hablar.

         - Susana -llamó-, ¿quiere venir un momento?

         - Enseguida, don Cayo, ya voy. Y de inmediato se presentó. ¿Recuerda aquel mil pesos que le dejé para que me guardara?

         - Sí, don Cayo, lo tengo y está a su disposición.

         - Bueno entonces, voy a retirarlo.

         - Susana desapareció unos minutos y volvió entregándole el billete tal como había recibido de don Cayo en aquella ocasión: bien planchado y pirirí.

         Don Cayo, guardándolo, montó su caballo y se despidió diciendo:

         - Anga katu ja ahaitéma.

         - Anichene don Cayo, siempre roha'arota.

         Poco tiempo después recibió don Cayo una invitación especial de Ña Vicenta para asistir al acto de matrimonio de su única hija, con el capataz de los señores Quevedo.

         - Ahora voy a vengarme -dijo. Ni yo ni mis personales van a ocupar esa fiesta. Susana me querrá ver y, quién sabe sí no me quiere decir algo; querrá seguramente con mi presencia dar categoría a la celebración de su boda, pero está muy equivocada. No participaré... y que sufra.

 

 

LA ZAPALLADA DE CANUTO

 

         Hacia treinta y cinco días que no cesaba de llover, después de dos años de desesperante sequía. La gran ex estancia "Nú Verá" se estaba ahogando. Agua, moho, insectos de toda laya, sapos, ranas y miles de extrañas plagas invadían brutal y temerariamente la ruinosa tapera que, en otra época, fuera la mansión elegante de don Cayo, aquel viejito guarango, de enorme pucho a quien se lo solía ver y oír disparatear en el mercada de la ciudad fundada, por don Agustín Fernando de Pinedo.

         El "Urú" Canuto, acreditado de don Cayo, se inquietaba ante el pavoroso espectáculo. Las pocas vacas que sobraban, o mejor dicho, que se escaparon de su negocio clandestino, no tenían ya refugio. Apenas restaban algunas lomadas para salvarse los animales de mucho instinto.

         - Esto ha de ser el principio del fin del mundo, decía, recordando las palabras de su patrona, doña Visitación, quien le habla criado como hijo adoptivo y le inculco la doctrina católica.

         Don Cayo se había retirado en definitivo de "Ñu Verá" cuando una banda de maleantes le hizo llegar la notificación de que una noche cualquiera asaltaría su casa para saquear y liquidarle a él a garrotazo limpio por tacaño, charlatán y aprovechador del sudor de su prójimo. De esto hacía veinticinco años. Cuando se enteró de la seria amenazó, don Cayo se heló de pánico. Al entrar el sol ya se encerraba bajo llave en su pieza y hacía candadear todos los portones. Dos días más tarde, acompañado de sus tres

capangas, al trote largo y galopando de trecho en trecho, tomó rumbo a la ciudad, donde llegó ochenta horas después, jadeante y con hambre canina. Se compró una azotea cerca de la Policía, pagando por la propiedad una fabulosa suma. A su criado Canuto lo nombró encargado general del establecimiento, a la sazón con cinco mil cabezas de ganado vacuno. Le proveyó de cinco "winchetes", diez revólveres calibre 44 y dos fusiles Mauser, que consiguió de un sargento amigo suyo, no se sabe en qué condiciones. Le dio la terminante instrucción de meter plomo al primer sospechoso que entrare en su dominio con arma en la cintura.

         Un ¡alto! y mano arriba sería la última palabra para abrir fuego.

         Canuto se erigió, desde entonces, en el hombre terrible, con facultad de liquidar a cuanto supuesto bandido apareciese, sin existir para él ninguna sanción porque, según su patrón, estaba bien vinculado con las autoridades.

         - Esto está macanudo. Se decía Canuto, mareado en su nuevo cargo. En el valle vecino del cual dependía, estaba de comisario policial un ex presidiario, un mastodonte siniestro, arbitrario, bruto y prepotente que, para hacerse de renta, imponía impuesto y cobraba multa a su antojo. En poco tiempo se hizo de mucha plata, pero muy poco hacia para defender la seguridad de la población. Los verdaderos bandidos merodeaban por los alrededores del vallecito y los robos de vacunos menudeaban.

         Canuto, al recibir su designación y los armamentos de guerra, se presentó ante la autoridad local para participarle la instrucción recibida en una carta escrita a máquina, firmada por su patrón y, a la vez, para pedirle cooperación.

         - Este papel no vale porque no tiene la sello ni la firma de mi delegado -le dijo, después de examinar, leer y releer el documento. ¿Dónde tené vó ese arma y con cuánto tiro cada uno?

         - La tiene en la estancia con dié caja para lo "winchete" y veinte para lo 44 -contestó Canuto.

         - Gueno, eta bien. Ahora lo fusile me manda enmediatamente porque son del Estado y tengo que dar parte a mi superiore. Y eso fusile se queda para mi policía.

         El comisario le facultó a portar ostensiblemente el 44 en las reuniones públicas, igualmente a los otros capangas.

         La novedad se extendió con una velocidad del relámpago en toda la comarca y se llegó a tejer en torno, varios comentarios.

         - Canuto’i no es buena ficha y, con la influencia que se le da, constituiría un peligro; más con la yunta de ese malvado del Comí -decía la gente. Ambos corrompidos no podrían ser buenos cuidadores de los bienes de don Cayo.

         Canuto'i comenzó a hacerse el gallito. Organizó grandes carreras, fiestas espectaculares y abrió una casa de juegos de azar. "Ñú Verá" se convirtió, por momento, en el local privilegiado de los jugadores, troperos, contrabandistas y de cuantos transeúntes arribeños. En el primer año se le redujo la marcación de terneros en un cincuenta por ciento; las alambradas comenzaron a cortarse, pero en su informe a don Cayo hablaba de bonanza, de buena administración y trabajo. La venta de animales corría por su cuenta y, periódicamente, remesaba al patrón paquetes y paquetes de cruzeiros. Don Cayo, engañado y tranquilo, vivía en la ciudad, recibiendo a diario innumerables visitas de adulones y vividores parientes y compadres que le rodeaban para sacarle plata, explotando su inocencia y vanidad.

         "Ñú Verá", con el despilfarro de Canuto, rápidamente se fue al bombo. Y don Cayo, en la creencia de que siempre incursionaban los prófugos maleantes por esos pagos, no se animaba a regresar.

         Años más tarde, llegaron a oídos de don Cayo noticias desagradables y él mismo constató, con la disminución de su entrada, el derrumbe del establecímiento. Canuto, cada día descuidaba más sus obligaciones, hasta arruinar totalmente todo lo que se le había entregado para conservar.

         Haciendo caso a la queja constante de doña Visitación, don Cayo hizo llamar con urgencia al desprestigiado Canuto para recabarle informes sobre el último gran diluvio y para notificarle que sus servicios resultaban perjudiciales y que estaría despedido.

         - Temprano se presentó Canuto a la casa del patrón. Lo encontró a don Cayo furioso, rugiendo como una fiera, con su pucho a medio tragar, dando escupitajos de aquí para allá, Al ver a Canuto, le clavó su mirada de perro rabioso, como queriéndolo fulminar.

         - Entrá -le dijo con una voz amenazante. Ndé la tipo malevo; ndé la canalla que fundió mi estancia. No es la creciente la que liquidó a la hacienda. Ndé la gran sinvergüenza. Te vá ir a la cárcel pagar mi perjuicio, miserable. Andate a la Delegación a ocupar el calabozo, bandido de mierda. Terehó rápido, no te quiero ver más, carajo.

         - Está bien che patrón -contestó humildemente Canuto, bajando arrepentido su cabeza. Pero antes quiero recomendarme a esta Virgen Milagrosa.

         Se arrodilló frente a la imagen, hizo la señal de la cruz y, con toda devoción, comenzó el "Dios te salve María". Don Cayo, que parecía recuperar su calma, lo miró de reojo y, al verle tan sumiso y entregarlo a la oración, le preguntó:

         - ¿A quién le está rezando, ndé tipo?

         - A esta Virgen tan linda, che patrón.

         - Pero nde vyro che ra'y. Esa niko no es la Virgen. Esa es Ña Visitación, tu patrona.

         - Así ha de ser, che patrón, pero anoche soñé muy bien con esta señora y recuerdo que me dijo que si alguna vez caigo en desgracia, le pida una bendición y que me va ayudar.

         Don cayo, enternecido por las palabras de Canuto, pero simulando mucha energía, le respondió.

         Bueno, por esta vez vas a volver a tu trabajo, pero cuidadito con repetir la falla, porque ya sabes que yo no acostumbro a perdonar a nadie y cuando me enojo... me enojo.

 

 

PASO BONETE

 

         Advertencia

         Es un relato completamente imaginario... De ahí que los personajes y hechos sean irreales y ficticios.

 

         Nadie sabe su origen. Es una aldea enclavada en un lugar estéril, desolado, seco. Su existencia es inmemorial y, la noticia de sus primeros pobladores se pierde en las tinieblas del pasado. Su población no pasa de quinientas almas, distribuidas en sesenta casuchas, ranchos en desorden y viejísimos. Se cree que este paso ya se conocía antes de la conquista; pero lo notable es que lleve el nombre Bonete, puesto que no hay leyenda de ningún cacique de ese nombre y tampoco existe una sola persona de apellido Bonete. En el lugar se conocen solamente tres apellidos tradicionales: Los Blanco, los De León, que son medio mulatos y los Ferreira, de sangre indígena. Todos son parientes entre sí. Los "Blanco kuéra" son parientes de los "Ferreira kuéra", y los "De León kuéra" son parientes de los "Ferreira kuéra" y "Blanco kuéra" ("kuera" es un vocablo guaraní que quiere decir parentesco, familia, tribu). Paso Bonete, desde que se plantó como pequeña comunidad, no ha conocido ni el mínimo de progreso. Ni siquiera su cementerio aumentó en más de las cien cruces existentes. Todo ahí sigue igual. Desde luego, no es posible iniciar nada si el lugar es inhóspito y triste. Al año es inundado tres veces por el rio y la gente tiene que refugiarse sobre unos "takurú pé" (pequeños montículos, en castellano).

         Tuvo, sin embargo, un corto lapso de florecimiento y que fue en la añorada época de "Quevedo tiempo", que arrancó de 1905 hasta el año 1925. Paso Bonete, de paso que era, pasó a ser paraje. Ahí quedaban, por la dificultad que presentaba el pasó, las tropas de carretas y de vacas y, por las noches, los troperos -que siempre eran numerosos y platudos- mataban sus tiempos en borrachería y farra.

         Pronto se avivaron algunos comerciantes y abrieron casas de negocios para atraer a los transeúntes y chuparles hasta sus últimos centavos. Instalaron casas de diversiones, amaestraron a lindas jovencitas para el libertinaje, inauguraron amplias pistas, piezas reservadas y todos los servicios atinentes:.Atraídos por la buena perspectiva y con afán de lucro, se incorporaron para reforzar el comercio unos emigrantes yugoeslavos jóvenes. Los "bichi", les llamaban los oriundos, porque todos sus apellidos terminaban con "Ch"; Lucích, Nikinich, Buyanovích, Nisikich, etc., etc. Sin embargo, pronto decayó la actividad de la firma Quevedo y, como natural efecto, se vino abajo la bonanza de Paso Bonete.

         Poco a poco se fueron retirando los gringos. Dejaron algunos descendientes, pero se reservaron en no darles sus apellidos. También los negocios que parecían sólidos, fueron extinguiéndose. Esa población flotante que dio tanta vida y colorido a la pequeña comunidad, bruscamente decayó hasta apagarse totalmente. Las mujeres que especulaban con la atracción de sus personas tuvieron que buscar otro ambiente y volaron hacia otros centros; fueron a instalarse en otros pueblos a ofrecer sus gracias y cariños.

         El paso encantado volvió a su antiguo ritmo, con los parientes de antes, con los viejos aclimatados. Ningún rastro quedó de la era de esplendor: ni un edificio moderno, ni una escuela, ni una oficina pública. Sólo algunas taperas, sin valor alguno, quedaron como recuerdo. La cancha de carrera, que por momentos se llenaba de carretas macates, de jugadores y arribeños, se cubrió de malezas. Por las noches, apenas se veía algunas luces amarillentas de lámpara mbopí... Silencio... Ni ladridos de perro, ni cantos de gallo se oían por la madrugada.

         Aislamiento casi total. La indiferencia y el conformismo volvieron a reinar en la antigua comarca.

         Pasaron así los años, sin ningún signo de ventura. No obstante, se disfrutaba de un tiempo de buena lluvia, de días agradables y se veían gordos caballos. Pero, ¿qué hacer en ese pequeño páramo apartado e inculto? Nada... Los vecinos, estancieros ricos, no aportaban ni ayudaban; más bien, se aprovechaban y explotaban.

         Y... cosa increíble... Surte extraordinaria... Bendición, milagro. Un día se le ocurrió a un ministro construir el puente por su propia iniciativa. Movilizó elementos, invirtió cientos de millones de guaraníes y concretó su objetivo. No contento con esa, mandó edificar una suntuosa Iglesia y el local para la seccional colorada, pista para baile y fútbol de salón, erigió una estatua al héroe de la guerra del Chaco, hizo construir un lujoso local para escuela y otro para central telefónica, instaló una potente usina eléctrica para iluminar el despoblado, creó puestos de trabajo para más de doscientos haraganes y ordenó la construcción de más de cien casas viviendas de último confort. Cada domingo hacia traer en cuadrillas de aviones a invitados especiales para animar fiestas, para vaciar botellas de bebidas finas, para entregar a damitas contratadas. Paso Bonete, de la noche a la mañana, en forma sorprendente, volvió a su nuevo apogeo, pero esta vez con más espectacularidad, con más derroche de alcohol, con más música, con más lujo y publicidad.

         No pasaron muchos meses, Vino un diluvio aterrador. Se desbordó el río. El agua, con furia salió de madre y ahogó a los ranchos circundantes. La gente azorada, con sus ataditos de ropas y algunos objetos de primera necesidad, se refugió sobre los "takurú pe". Las viviendas nuevas también recibieron la invasión de las aguas embravecidas. Los flamantes oficinistas, técnicos y los altos empleados, sorprendidos, con sus artefactos caros y modernos, desesperados no supieron qué camino tomar. Las máquinas, todas bajo agua. Algunas casas más débiles, fueron llevadas por la corriente. Y, al tercer día del desborde fenomenal, se desencadenó una extraña tormenta. Relámpagos y truenos  ensordecedores, descargas eléctricas por doquier, oscurecimiento y, luego una torrencial lluvia de agua caliente. La mezcla de las aguas produjo la ebullición de todo el río. Las chispas eléctricas, por su parte, llegaron a los grandes depósitos de combustible y, pocos minutos después, se produjeron los infernales incendios. Fueron cocinados todos los peces., Nada quedó en píe.

         Paso Bonete sufrió su segundo revés. Tres familias solamente se salvaron: Ña Juana De León y su hija Juanita, Ramona Ferreira y su madre Ña Florentina y Agripina Blanco, que estuvo ausente.

 

 

 

 

 

         CALE

 

         Pocos han de ser los concepcioneros que no conozcan, no hayan oído algunas anécdotas de Caledonio Cabañas. Si la memoria no me falla, este simpático caballero alargó el pantalón allá por el año 1925, época en que los muchachos de bien, los que ahora llamaríamos "petiteros", usaban pajilla, cuello duro y, en los bailes, actuaban con traje negro y chaleco. Calé, como se lo llamó desde su infancia, es hijo de don Demesio Cabañas, mejor conocido por Pa'i Demesio, un paraguayo auténtico, jovial, alegre, de mil ocurrencias, un okaraguá arandú ka'aty, al igual que otro de su tiempo, el célebre don Cayo.

         Calé había heredado de su progenitor un espíritu travieso y constante buen humor, pero el desinterés y la generosidad que lo caracterizaban eran producto de su propia educación. De Pa'i Demesio se comenta que fue "prensa" y desconfiado hasta más no poder, al extremo de tener todos los documentos y dineros en su enorme "guayara" colgada de la cintura. No por eso dejaba de ser todo un señor hacendado, poseedor de considerable fortuna.

         Como hijo de rico, Calé disponía de plata y gustaba de la farra. En sus horas de esparcimiento frecuentaba las casas de las damas más solicitadas. En centenas de alegras tardes, se lo veía en compañía de Benigno Villalba, Luisito Reyes, los hermanos Olmedo y otros tomando tereré con remedio yuyo, en la casa de Morena Cortés o de Eusebia Parasi, mujeres éstas convertidas durante largo período en atracción de nuestra juventud. En esa época, los muchachos engominados se divertían también en casas de familia, bailando al son del piano o se paseaban en coches de alquiler llenando de polvo la ciudad, por un par de horas. Se hacía poco deporte y el cine mudo sólo cubría el programa de los domingos.

         En esos tiempos, nuestro personaje trabó también amistad con un arrogante oficial, el teniente 1° Pancholo Caballero, a quien acompañaba en juergas y bailongos de dudosa madrugada.

         Cuando estalló la guerra con Bolivia, Calé fue movilizado y, por recomendación de un hermano suyo, alto funcionario del Ministerio de Guerra y Marina, y hombre de mucho peso y mucha amistad, consiguió un puesto de "emboscado" en el Cuartel Maestre General. Emboscado fue un calificativo un poco desconsiderado que los intransigentes combatientes de primera línea aplicaban a todos los que prestaban servicio en la retaguardia, ya sea en las intendencias, comando de cuerpos, de división, grupos de Artillería, etc. Calé pasó así toda la guerra, como conductor en la Remonta y, por último; como suboficial del Regimiento de Tracción a Sangre, unidad básica ésta que hasta hoy no ha recibido ninguna mención de parte de los tantos conferenciantes y entidades de excombatientes y carece de monumento recordatorio.

         Pasaron los años. Ya en 1941, por una casualidad, en una noche de baile, en el bar de Eusebia Parasi, se encontró Calé con su antiguo amigo Pancholo, a la sazón más gordo y más jefe. Se abrazaron después de muchos años y celebraron el encuentro sacrificando varias docenas de cerveza. Aprovechó Calé para decir también al amigo que andaba agotando su última reserva de efectivo y deseaba probarse en el trabajo; que así como es bueno en la farra, podría serle de gran utilidad si le confiara algún cargo.

         Sin esperar mucho, fue reincorporado al Ejército como contratado y enviado a una estancia militar del Chaco. Así Calé siempre estaba en su elemento. Cuando se presentó, comprobó que su jefe era un teniente 2º recién egresado, muy exigente y disciplinado. Calé, no acostumbrado a estos rigores, se encaprichó y creyó que, a la larga, él saldría con la suya. Jamás se cuadró ante su superior inmediato y pretendió tratar con él mano a mano. Este, por su parte, le perseguía y buscaba forma de someterlo a las leyes militares.

         Una mañana, no pudiendo soportar ya al indisciplinado, el teniente entro de sorpresa en la pieza de Calé, a quien encontró durmiendo, medio mareado aún de tanto alcohol. Le gritó enérgicamente.

         - Otra vez sargento Cale fallando. A ver, arriba, presente y dé el parte.

         - Las pretensiones! -contestó Calé sin inmutarse. Ha de saber, mi teniente, que está tratando con uno que es mucho más antiguo que usted en este Chaco y, para más, fundador de varios fortines. Soy de la remesa de los once cabos concepcioneros que usted no conoce. Yo no me cuadro ante uno que es más recluta que yo.

         Así fue como, meses después, se encontró Cale de nuevo en el bar de doña Eusebia, no ya destapando cerveza paraguaya con los niños bien de sus años mozos, sino rompiendo vasos de caña blanca con varios tripulantes de un barco brasileño.

 

 

 

         MALEVOS EN CASA BLANCA

 

         El gran movimiento revolucionario y popular del año 1947 fue desbaratado en los alrededores de la capital. Las fuerzas de represión habían entrado a actuar con violencia, cometiendo barbaridades, apresamientos, persecución a palo a los que no se alineaban. La ciudadanía quedo en zozobra. No se vislumbraba por ningún lado la restauración del orden. Se agudizaban, más bien, las arbitrariedades.

         Por otro lado, como reacción a los abusos, aparecieron las gavillas de maleantes: los grupos mas conocidos fueron el de "Amaral'i", el de "Lechuza", el de "Karapé Fernández", el de "Karau", el de "Sapo", el de "Hermes Jiménez", el de "Lezcano", y otros. Estos, burlándose de la policía, se dedicaban al cuatreraje, al robo de objetos de valor y a atropello de establecimientos en demanda de ayuda, amenazando luego a los propietarios en causarles mayores perjuicios.

         "Ivaí la porte", "Hetá la malevo", "Ñande upata lo mita", eran las frases repetidas entre los vecinos. Cada día se hablaba de nuevos saqueos, de abigeatos y hasta de rapto de mujer. Andando así, circuló en la comarca que la estancia Blanca, de doña Mina Pfannl fue asaltada; que se lo había llevado de su trabajo al administrador a golpes de "tejú ruguai" hasta su escritorio para sustraerle toda la plata de la caja, su hermoso reloj pulsera, sus tres revólveres y otras prendas personales; que esa misma noche, la familia toda había disparado, buscando refugio en Concepción y que había dejado al frente de la estancia al hijo Robert, y como secretario a su compadre don Sindulfo Rojas.

         Robert es un mozo joven, bastante informal, que cuando habla no se sabe si lo hace en serio o en forma de cachada, sólo que tiene mucho ingenio y es aficionado a las bromas pesadas. El otro, en cambió, es distinto. Descendiente de un apellido famoso (Rojas kuéra), que gusta de hacerse el gallito, siempre listo para las camorras. Varias veces ya había interrumpido bailes, tiroteando cantinas. En las carreras es el temido, porque siempre gana, ya amedrentando al guaino contrario o al juez de raya.

         Era en mes de invierno, de llovizna y fría, cuando llegó a saberse la noticia. En la Estancia'i Prosperidad, de los Ocariz, distante 15 kilómetros de Casa Blanca, estaba de huésped el español Rafael Fernández, hombre pintoresco y bonachón, quien dice de sí Doctor en Veterinaria, pero que es más conocido por "El Canario", pues de esa isla había emigrado a la Argentina para pasar luego al Paraguay, trayendo como únicos bienes un caballo tordillo, un bucéfalo y un atadito de su remuda. Habla mal que mal el idioma inglés. Asegura que estuvo en la ciudad de Londres. Alguien cree que estuvo por ahí de lustrabotas, otro dice de lavaplatos, por lo que conoce bien ambos oficios.

         - Vamos a visitarle a Robert y levantarle su moral después del tremendo susto que se llevó anteayer; este hombre debe de estar más que cagado, porque nunca todavía fue fogueado y es el hijo más mimado de doña Mina. Pobre Roberto, cómo estará cagado -repetía- para insinuarle a Ocariz a acompañarlo. Este, impresionado por la alarma que estaba reinando, quiso eludir el viaje, pero no hubo caso. "El Canario" insistió tanto que al final tuvo qué acceder al pedido.

         - A los Smith Pfannl yo les debo muchas atenciones y este es el momento de demostrar la amistad, de llevarles alientos y hacer lo posible para que les pase el chucho – decía el español.

         Ya faltando pocos minutos para oscurecer, llegaron a Casa Blanca. Robert y don Sindulfo estaban con escopetas en sus manos, haciendo disparos contra los cientos de loros que invadían el naranjal. Estos, en contestación a los saludos, sin ningún protocolo, se adelantaron a decir: Aquí estamos así, permanentemente alertas, porque esos bandidos continúan rondando la casa. Ustedes tuvieron suerte en no ser recibidos a balazos. Si no tienen mucho apuro, pueden desensillar sus caballos. Nosotros ya vamos enseguida a la sala.

         - Desde luego que venimos a pasar la noche aquí, contestaron en coro.

         - Ya ves como están aún con julepes estos tipos –comentó Rafael Fernández- Nuestra presencia va a influir mucho en sus ánimos –seguía diciendo mientras los dos iban a la caballería a dejar los montados.

         Pasaron a la sala. Se preparó el aperitivo. Caña blanca, jugo de limón, hielo, música en radio y revistas para leer. Lujo y buena iluminación en todo el interior.

         - Aquí ya no hay ningún peligro –comenzó a decir "El Canario". Por la salud de Robert, vamos con estos primeros tragos. Los bandidos ya habrán rajado todos, quien sabe adónde – y repetían los tragos.

         Robert se despidió por un momento. Iría a higienizarse para luego engrosar la tertulia. Seguía la chupatina. Fernández absorbía con más deleite y, ese poder embriagador del alcohol le iba subiendo de a poco. Rato después, llamando al diablo y pintándose de valientes. Pero, cuando más alegre estaba la charla, sorpresivamente, desde la ventana en oscuridad, la muchacha –una mujer gordota, hija de un alemán, muy comediante y pantominera- toda apurada interrumpió la amena fiesta diciendo: Don Sindulfo... don Sindulfo... aquí tres personas armadas preguntan por el señor.

         ¡Caracoles! –se repite el asalto- pensaron todos, mirándose con los ojos salidos de órbita los unos a los otros, sin decidir tomar ninguna determinación. El pánico se apoderó de todos ellos.

         - Y, ¿dónde están los armados? –interrogó don Sindulfo.

         - Ahí están afuera, detrás del matorral, detrás de ese jazmín de lluvia.

         - El señor está en el baño, pero voy a verlos. Son paraguayos, y cuando a estos se los trata bien, no son malos – dijo don Sindulfo y salió a recibirlos.

          Al salir nomas ya se escucho el "¡arriba las manos! " y palabras violentas de insulto. Entre otras cosas se entendía estas: ¡Que está haciendo ese gringo de mierda! Don sindulfo hablaba también, pero parecía que los asaltantes estaban muy furiosos. enseguida ya se escuchó el grito: "Rafael Fernández, eyú ko’ape, Rafael Fernández, gringo tekaká ayú porante, porque sino ku otra cosa ta".

         Ellos, Fernández y Ocariz, en la sala no sabían qué camino tomar. Estaban pálidos y temblando de terror.

         - Que hago – preguntó Fernández.

         - Vete – le contesto Ocariz, haciendo un ademán con la mano. Él se había mudado de lugar. Fue a hojear un álbum de sobre la mesa del comedor, mientras "El Canario" se paseaba en el pequeño espacio, todo desfigurado, tiritando de pies a cabeza.

         - Me voy entonces – dijo y se dirigió hacia donde estaban los malevos.         

         Por favor, hombre... por favor... no... no me mate, repetía Fernández, sin poder modular las palabras. Las rodillas se le aflojaron y hasta parecía que iba a perder el equilibrio.

         Ndé Gringo, dice que me queré matar -le decía el desconocido.

         Pero no... chamigo... por favor ... no - suplicaba Fernández, con las manos sobre la cabeza.

         Ínterin, Ocariz, que se había quedado solo en la sala y, oyendo las lamentaciones de Fernández, decidió huir hacia el otro extremo de la casa. Abrió una puerta, pasó al escritorio; ahí abrió otra puerta y pasó al corredor del lado oeste del edificio.

         Al salir se encontró con la muchacha que venía con el delantal en la boca.

         Ché... ché...- le requirió Ocariz, sujetándola del brazo.

         - Que está pasando... donde están los de la casa?

         - Los mataron a todos –contestó la mujer gorda.

         - Y ¿cómo? si no hubo tiros.

         - A cuchillazos —y se escabulló con fuerza para seguir a toda velocidad hasta entrar en una pieza del fondo. Le siguió unos metros y, en eso se encontró con Robert, que estaba aún disfrazado de malevo, con un fusil destartalado en sus manos. Fue el último susto que recibió Ocariz, ya al final de la dramática comedia.

         - Callate... callate -le dijo Robert- "El Canario" está de nuevo en la sala. Andá y entrá junto a él.

         La noche estaba con una oscuridad impenetrable; llovizna y viento frio que llegaba a los huesos.

         Rafael Fernández, "El Canario", ya estaba en el salón con el pañuelo secándose el sudor y, en la otra mano, una revista para abanicarse.

         - Yo rajo de aquí esta misma noche -le dijo Ocariz al entrar.

         - Yo me quedo. Si me matan, me matan. Soy inocente y no tengo contrariedad con nadie -contestó "El Canario".

         - Bien, ustedes sabrán qué disponer -intercedió don Sindulfo.

         En ese instante llegó Robert, bien abrigado, dando a entender que estaba en el baño afeitándose tranquilamente para fuego vestirse con ropa de invierno y salir.

         - Cómo va ese aperitivo, si hace más falta se repite otra damajuana. Total, los malevos hace tres días que se mandaron mudar.

         - ¡Chip... chip... que todavía están ahí cerca! - sopló "El Canario" Rafael Fernández, todavía con la impresión del susto.

         - Vos estás loco o qué macana estás diciendo. Y se pegó una risita irónica y maliciosa. Aquí ya no llega ningún malevo porque estoy yo, cabo 1º Robert Smith -dijo con aire sobrante el joven Smith.

         Esa salida tan informal le hizo recapacitar a "El Canario", que se acusó a sí mismo con estos términos: "Soy un gran pelotudo".

         Robert Smith Pfannl gozó enormemente al humillar a su íntimo y mejor amigo, el inmigrante español Rafael Fernández, apodado "El Canario".

 

 

         EL GORDO FULGENCIO

 

         El comedor familiar de la matrona, doña Bienvenida, solía ser el centro de encuentro y reencuentro de la vieja parentela. Ahí se reunían, a la hora de la cena, las tías y sobrinas para comentar sobre moda, fórmulas de comidas, acontecimientos sociales, políticos, corrupción, vida privada de cuantas conocían y, más, sobre ese sobrino gordinflón y medio bólido que avergonzaba a la familia; muchacho éste que no se perfilaba para enorgullecer a los padres y era el quebranto de todas ellas.

         Doña Clara, que siempre quería aclarar las cosas, se mandaba la parte de tradicionalista y se explayaba sobre la genealogía del clan Ortiz de Zárate, apellido español del cual se sentía descendiente.

         El bisabuelo del gordinflón Fulgencio -no confundir con don Fulgencio de la historieta- había llegado al Paraguay en el año 1871, terminada la hecatombe. Vino con las ropas puestas, pero joven aún y sin haber siquiera aprendido las primeras letras, sin profesión y con loco afán de probar suerte. Como gringo que era, se ingenió y venció las dificultades. Con su rebosante salud, fuerza de voluntad y decisión, se aventuró a buscar recursos, aprovechándose de la inocencia de los ciudadanos desmoralizados, después de la sangrienta guerra.

         Difíciles fueron los primeros tiempos para este inmigrante, pero la suerte le acompañó y pronto se encontró y se enamoró de una huerfanita, sobreviviente de la residenta, bella y seductora paraguaya, desorientada y sin perspectiva. Se unieron sin ceremonia y, juntos, deambularon por los desiertos y pronto adquirieron considerable fortuna sin que nadie desconfiara del origen. Pudo haber sido el hallazgo de "plata yvyguy", pues en aquel entonces, no se trabajaba en contrabando ni se cultivaba marihuana.

         Y el dinero hace todo. Ya con muchos hijos, la familia ascendió a primera categoría, a gente bien y de alta aristocracia, con una mansión de lujo en la ciudad. Las hijas señoritas eran festejadas por los hijos de ricos comerciantes, jóvenes militares y políticos. Se acrecentaba la familia... cayeron los primeros nietos; algunas hijas enviudaron y los varones estudiaron algunos, y, los más, se dedicaban a conquistas amorosas, seducción de niñas campesinas ya que eran hombres de fortuna y de influencia. Eran los gallitos de la comarca, bravucones, organizadores de juergas y bailongos que terminaban en espectaculares bochinches con saldos de "aka yeká".

         En esa misma época vino cayendo de la madre patria otro hijo de esa tierra, el que serla el abuelo de Fulgencio, el gordinflón; otro gringo escapado del servicio militar. El comercio había prosperado bastante en la ciudad. Muchos extranjeros se habían enriquecido y al recién llegado no le costó aclimatarse, defenderse de la miseria y formar fila entre los niños bien. Muy pronto trabó relación íntima con la joven viuda, hija del bisabuelo del gordinflón y, desde entonces ascendió de posición; vivió a costillas del suegro. Buen negocio para un necesitado. El matrimonio flamante dio nacimiento a un montón de hijos, todos ellos políticos, opositores intransigentes e incorruptibles, consecuentes con sus compañeros y firmes en sus ideales. Por el delito de ser luchadores y defensores de la causa justa, fueron perseguidos implacablemente por la policía, confinados en los puntos más apartados de la patria y en los países vecinos. Estos jóvenes no renunciaron a sus principios y, con el correr del tiempo, iban aumentando sus prestigios.

         Los descendientes de Ortiz de Zarate dieron lustre al apellido, pero uno de ellos, para decepción de la familia, incorporó en la misma un vástago de muy poca esperanza: un gordo tavyrón, de porte afeminado, pesado, sin ninguna agilidad, nulo para el deporte y para los juegos varoniles, un glotón y angurriento hasta más no poder, ya que un costillar asado o una olla de surubi era sólo para abrir su apetito y, en su estómago podría caber un chancho entero. - ¿Qué seré de este hijo? – decían los padres y las tías.

         Fulgencio había crecido sin mejorar en lo físico ni en lo sicológico. Cada día más se semejaba a las mujeres: en su vocabulario, en sus modales y hasta en su vestir y maquillaje.

         Doña Clara, que era cruda en sus opiniones, que refería las cosas sin titubear, dijo una vez: "Ya desconfío mba'é que es luego un 108". "Vó eta loca", le gritaron las sobrinas. - "En la familia no permitiremos a ningún invertido y lo hemos de ahorcar si le pillamos y vó no vaya, a repetir este cuento".

         Preocupadas las tías, recurrieron a ña Margarita, dama que fuera revelación en su buena época. Esta, con su método infalible, logró que se transformara en un hombre casi normal.

 

         Se tiene noticia de que el gordo Fulgencio, hoy don Fulgencio, ingresó como socio en una cooperativa agrícola y se dedica a la cría y engorde de patos. No se sabe si tiene alguna mujer como esposa, pero se sabe que tiene una jovencita de quince años, de apellido chino, como secretaria.

        

         Cinco décadas era ya lapso suficiente para notar la evolución natural de los pueblos... La ciudad había progresado bastante, aunque perezosamente. Había aumentado su población y se habían creado algunos barrios nuevos con sus casitas chatas pero confortables, a tono con las exigencias. La que antes fuera de ambiente colonial y campesino, de gallos cantores y perros vagabundos, se había superado en su costumbre y hasta en el orden urbanístico. La electrificación habla influido notoriamente para que cambiara la fisonomía pueblerina; desaparecieron las lámparas "mbopí" de los ranchitos humildes. Se hablan iluminado las calles con el sistema de luz a mercurio. De lejos se divisaba el resplandor de los potentes faros, haciendo que de noche semejara a la ciudad, de la leyenda "Mimbipá".

         Se habla intensificado su tráfico: los sulkys y los carros repartidores, de llanta de hierro, fueron substituidos por las ruidosas motos, camionetas y coches de último lujo. Sus calles, que fueron de tierra colorada, se hablan adoquinado algunas. Las casas antiguas, con sus anchos corredores y gruesos pilares, subsistían en estado de ruina. Las otras se conservaban a fuerza de reparaciones. Habían entrado a proliferar los modernos chalets con sus baños privados con inodoro, bidé y otros artefactos de tocador. Las letrinas malolientes de uso cotidiano, se habían eliminado de las casas de los nuevos ricos.

         Muchos establecimientos comerciales habían cambiado su denominación. Lo que antes era "Botica" con su boticario al frente, un señor respetable, se rebautizó con el nombre de "Farmacia", en donde se expendían específicos de llamativas etiquetas. Los almacenes de comestibles cambiaron de nombre por "Despensa" y, si el negocio abarcaba más, se convertía en "Supermercado". Los populares "Café" y "Billar", atracción de otra época, ante la indiferencia del público, cerraron sus puertas. El billar, juego pulcro, fino y difícil, tan apasionante para mirones y aficionados, apenas se mencionaba como diversión pasada. Habían surgido nuevos locales de entretenimientos en sustitución de los antiguos cafés: Los "Bar", "Restaurant", y "Night Club", "Wiskería". etc. En esos lugares afluían los trasnochadores a saciar sus deseos, a dar rienda suelta a sus pasiones, a olvidar las penas y a tirar la plata mal ganada.

         El piano, que fuera deleite de las familias adineradas, de sangre azul, había volado de las salas suntuosas. En reemplazo se exhibían sofisticados equipos de sonido, radios y televisores con videocasetes.

         De las orquestas, igualmente fueron eliminados los violines, con cuya dulce melodía despertaban a las amadas los bohemios enamorados.

         Las orquestas tropicales, con su ritmo alocado y ruidoso, enfurecieron a la juventud, introduciendo un nuevo estilo de danza, más ágil, más alegre y bullanguero.

         Los bailes del vals, cadencioso y elegante, y del tango, arrabalero, sensual, febril y escandaloso, pasaron también de moda.

         El apresurado adelanto tecnológico, los acrecentados descubrimientos y las tantas maravillas, habían operado cambios en el espíritu de los jóvenes de ese siglo, que ya no gustaban de sentimentalismos llorones y poco edificantes e hicieron que ellos -los muchachos- fueran insensibles y muy materialistas. Esa juventud de la nueva ola, como se la llamaba, no era ya amante de las artes ni de las aventuras románticas. Su placer estaba en lo tangible, en lo práctico y en lo inmediato.

 

         La solariega mansión de los Ortiz de Zárate se había convertido en una ruina total. Se habían robado todos los muebles de procedencia europea, a más de las puertas y ventanas. Apenas quedaba en pie el esqueleto de la antigua casa, convertido en lugar de cita de las empleadas domésticas y de los novatos vizcacheros.

         Algunas que otras viejas podrían recordar vagamente que, en tiempo olvidado, vivía ahí la familia Ortiz Zárate.

         Doña Bienvenida, que fuera tan bienhechora, tan generosa con sus descendientes, pobre de solemnidad, ya que había perdido todos sus bienes, fue a terminar sus días en un hospital de caridad.

         Doña Clara había corrido igual suerte; muy anciana y delirante, recorría las casas de la gente pudiente en busca de ayuda para seguir viviendo. Las otras sobrinas, con quienes pasaba sus horas más alegres, fueron perseguidas y emigraron al extranjero, en donde se quedaron para siempre.

         A don Fulgencio le habla abandonado su secretaria, después de más de treinta años de servicio y se fue a una colonia china. En ese lugar instaló un pequeño negocio de venta de artículos de fantasía, importados de Taipéi. El, don Fulgencio, ya muy viejo, solitario y enfermo, se dedicó a la brujería, haciendo prestidigitación y vendiendo opio como curativo maravilloso.

         Muy pronto la policía sospechó de su actividad y lo ahuyentó de la ciudad. El, despavorido y sin amparo, salió sin rumbo a recorrer el despoblado y, en su loco peregrinaje, fue tragado por el desierto. Con su misteriosa desaparición, se extinguió en definitiva la otrora familia Ortíz de Zárate.

 

 

         FALTABA EL LETRERO

 

         Un calor sofocante se estaba sufriendo en Concepción. Polvo y sol por las calles. Otra vez nuestro conocido personaje, Calé Cabañas, aperitado, cabalgaba sobre su zaino Ramona, acompañado de un amigo que a su vez montaba un arisco animal. Ambos se dirigían al galope corto por una de las principales calles, en dirección al rio, a objeto de dar de tomar agua a los pingos y bañarlos. De sopetón salió de una esquina bocinando un automóvil. Ante la aparición del vehículo, el caballo arisco empezó a balancear violentamente.

         - Pone el auto -gritó Calé al conductor.

         Y ante el poco caso que éste hiciera:

         - ¡Pare, le digo, pelotudo! -amenazó- ¿no ve que este hombre se puede accidentar? – Y para dar autoridad a sus palabras taconeó al zaino intimándolo al conductor. Este optó por parar y se cruzaron. Los jinetes siguieron más altaneros aún después de asustar al desconocido chofer.

         Al regresar del río, la bocacalle estaba cubierta por un piquete de policías, fueron alteados por agentes armados y bajados de sus caballos, conduciéndoselos al cuartel de la delegación de Gobierno a culatazos. El acompañante de Calé fue de inmediato puesto en libertad, pero éste pasó a ocupar una celda sin recibir ninguna explicación.

         Cuando luego de unos días supo la causa, Calé se dirigió a su hermano, el doctor. Este se puso en campaña y llenó algunos folios procurando por todos los medios probar la inocencia de su gratuito cliente. Por último, consiguió audiencia con el delegado y aseguró que Calé no era persona de mala intención y que ese intento de agresión se había solamente debido a un impulso al ver a su amigo en peligro. En fin, hizo mil alegatos en favor de su defendido y obtuvo la conmutación de la pena. Se lo llamó a Calé al despacho del señor delegado para que pidiera disculpas y agradecer la recuperación de su libertad.

         - Este es mi hermano, señor delegado. Le garantizo que es una buenísima persona, incapaz de ofender a nadie. Espero le perdone por este su primer error.

         - Mi amigo –le dijo el delegado- usted ha cometido una grave falta que le perdono y espero que no la repita.

         - La culpa fue       señor delegado -contestó rápidamente Calé. ¿Por qué no pone por su auto un cartel con letras grandes que diga: "soy delegado"? ¿Cómo yo, hombre de campo, voy a saber mávape ndé"?

 

 

         KARAI EULOGIO

 

         Advertencia

         Este relato es una semblanza ficticia de la vida de un pueblito del sur de la República y de la época de don Natá, escrito en el año 1949. Si hay alguna similitud o semejanza con personas o hechos, ha de ser por rara coincidencia.

 

         El traslado intempestivo del capitán fue el comentario obligado en Tava'í. Ña Ambrosía, la solterona bruja que no perdona a nadie, mejor conocida por Ña Babosa, propaladora de tantos chimentos, se encargó de difundir la noticia y exagerar la medida tomada en contra del discutido jefe.

         Cien conjeturas se tejieron en torno de la imprevista disposición. No faltó quien dijera que el traslado vino por motivo de su relación íntima y escandalosa con la Marilú, mujer lindona pero engreída y "santoró" de dudosa vida privada; otros atribuyeron al requisito del título de licenciado, pese a que tiene muchísima competencia y es sumamente instruido; los fanáticos políticos aseguraron de que se le trasladaba porqué es un "contrera de mierda", intransigente, que no da pelota a los miembros del partido oficialista y porque rehúye la amistad de los jerarcas colo'ó. El asunto es que se dictó la resolución y hubo que cumplirla sin vuelta de hoja, duela a quien duela, guste o no guste. "Cayó la bomba sobre la cabeza misma del Capí", repitieron los "pichirulos" que no iban a ser perjudicados.

         Tava'í, como pueblo chico, es también infierno grande. Se hizo leña del árbol caído. Se buscó defectos y virtudes al jefe que se retiraba silenciosamente, sin ruido, triste, ante la mirada indiferente de la comunidad que ni siquiera le dijo ¡Adiós, que te vaya bien!

         Luego vino la interrogante. ¿Quién vendría en reemplazo?

         Ha de venir un ingeniero de Asunción, un funcionario de experiencia, un técnico austero y trabajador. Un cargo tan importante y delicado no puede ser cubierto por improvisado ni por inexperto crudo.

         En el caso de que se tenga que designar a uno de aquí, ¿quién podría ser?

         El más llamado para ocupar interinamente el cargo seria el topógrafo Molinas, pero éste no tiene estatura, es chico y flaco para hacer trabajar a los corpulentos tractoristas, amañados y de mil recursos. Para ser jefe se requieren condiciones atléticas, mucha fuerza física y temple de sargento. El otro candidato podría ser Chaparro, viejo excombatiente de la Guerra del Chaco, que dice ser capitán de Caballería, pero que apenas llegó a teniente. Nadie quiere confiar en este hombre bonachón, cañista y desordenado. Los choferes, los tractoristas, los oficinistas y todos los contratistas se inquietaron, queriendo ya conocer al nuevo jefe.

         Y una mañana circuló la sensacional y esperada noticia. Esta vez no fue Ña Ambrosia la "yúrú ,pipita", sino Guyrá Pyta'í, que no pudiendo ocultar su contento, salió disparando a la casa de la vecina para cuchichear la novedad, la buena nueva para ella. Con tono orgulloso anunció que su flamante yerno fue designado jefe de la repartición dejada por el "Capí".

         - Jesú che Dió, José y María -fue la respuesta de Ña Ramona, apretándose la cabeza. Este pobrecito es muy tavy. Si Marilú decía de él que ni para capataz sirve, que ni carpa sabe levantar, a más de ser un conocido "kaigué rapó" si ya por eso se le mandó una vez a la regional de Ykuá Mandyyú.

         - Decís lo que querés, che ama mí. La cuestión es que mi yerno ya es jefe y, ya vamos nosotros a andar en camioneta. "Oyere la mbeyú". "Opama la vy'á" para ustedes. Tu prima cadera guasú ya está "kaputi", ¿sabes?

         - No te voy a creer luego. Ha de ser broma, ha de ser tomadura del pelo. Ña ombrena, no quiero oír macana, dijo medio indignada Ña Ramona.

         Karaí Eulogio, en reverso a su fama poco recomendable, tiene también su lado bueno y positivo. En primer término posee el don de la simpatía; es un hombre de edad madura, elegante, de poco hablar y afortunado con las mujeres. A pesar de su aparente timidez, hizo ya varias increíbles conquistas. Entre la familia de Guyrá Pyta'í es el capo máximo, el "óga yará", el papito de la casa.

 

         Efectivamente, vino el nombramiento. Se hizo jefe de la oficina de Tava'í. En el seno de los empleados y operarios se dividió la opinión. Los de un lado, no querían aceptar la jefatura de un ignorante en la materia, de un zoquete y haragán. Los del otro, aceptaron gozosos pues sabían que, en adelante, iban a "cuatrerear" mejor e iban a ganar descansando, porque káraí Eulogio ni siquiera se iba a ir al trabajo.

         Se le entregó los elementos mecanizados y se le presento al personal. El nuevo jefe saltó al rango de ingeniero. Todo estuvo bien, pero lo que más le agradó a karaí Eulogio fue la camioneta Internacional color gris, casi sin uso que fuera de su antecesor.

         En el primer día de hacerse cargo, viajó cincuenta y siete veces a la ciudad. Tres meses después, destartaló el vehículo. Pidió otro. Consiguió un nuevo Internacional, pero éste de color rojo desafiante, de súper lujo. Este vehículo tampoco tuvo suerte. Se caldeó al poco tiempo por uso excesivo. Un jefe, sin embargo, no puede andar en camiones. Se le entregó un Ford Willy, cero kilómetro para sus servicios sentimentales y giras proselitistas.

         Karaí Eulogio, que poco entiende de trabajo y carece de iniciativa, se entretuvo mandando hacer raspajes por los alrededores de Tava'í, ínterin se dedicaba a extender su red de conquistador. No veía los problemas más allá de sus narices y poco le interesaban los pedidos para mejorar los tramos de la ruta deteriorada. Con la ayuda de su lujoso vehículo, se convirtió en un empedernido "Don Juan Tenorio". Un paseo en el Ford Willy era el precio de una intensa noche de lujuria. Karaí Eulogio, que antes era un señor sonrosado, sano y robusto, se transformó en un esqueleto andante, flaco, pálido, demacrado y hasta huraño. Analizando se encuentra, la explicación. Habría que ponderar su resistencia física, el aguante de su organismo. No es para menos su desgaste bestial, con alcohol y hembras ardientes e insatisfechas. Nadie, en su caso, aguantaría. Mientras, karaí Eulogio, con su cuerpo maltratado y tambaleante, continuaba la farra. Meta y ponga. Mujer aquí y mujer allá. Música y baile y elección de reina para luego meter púa hasta caer desmayado de placer. La vida hay que vivirla, decía, y se tiraba delirante sobre el seno de su amada, en estos ranchos en donde el diablo perdió su poncho.

         Se saturó de olor de mujer, de perfume barato, de guarapo, pero no llegó a perder su prestigio ni empañarlo siquiera. Continuó siendo el funcionario correcto, el jefe laborioso, exigente y disciplinado.

         Andando así, se erigió en la figura más importante de Tava'i. Asumió todas las presidencias, ya sea de centro recreativo, de entidad de deporte, de club social, de seccional partidaria, etc. Se hizo orador fogoso y representante obligado del partido oficialista, llegando a hacerse amigo de los más altos "mburuvichá" y hasta del mismo "tendotá guasú". Su silueta de artista se exhibió varias veces en los periódicos sensacionalistas; también se le llegó a ver en los programas de televisión.

         - Esto es inconcebible, no me entra en la cabeza -decían las comadres "contreras" en sus círculos confidenciales. Karaí Eulogio no reúne los requisitos para merecer tantas distinciones. Es un hombre vulgar, de baja cultura, sin tradición; es un desconocido sin lustre. ¿Cómo puede hacer esto?

         - Así es comadre. Los errores de los políticos y el azar de la vida, muchas veces hace a uno el personaje espectacular. El mundo está desequilibrado. El sistema en este país se presta, pues no hay lucha y la voz del pueblo no se escucha y, aunque se escuchara, no tiene peso. Es por eso que karaí Eulogio, sorprendiendo a la opinión, sin esperarlo siquiera, subió a tanta altura. Y ahí está él, en cuerpo gentil, ante la mirada extrañada de todo Tava'i.

 

         Sigamos con la anécdota. Esta se comentó en rueda de empleados, en el bar pensión de Chocha Vaká. "Vinieron -dice- unos inspectores del ministerio a tomar los datos personales de los empleados y técnicos de la regional. Se presentaron por orden de cargo: un topógrafo, un contador público, otro contador, un bachiller, un mecánico y ex becado. Al final, se le llamó a karai Eulogio y, al preguntársele los estudios cursados, contestó sin titubeo: segundo año de Ingeniería. ¡Qué bárbaro, pero qué bárbaro, qué desfachatez! -gritaron los colegas desde la sombra del yvapovó. Si este animal no sabe manejar la regla ni sabe para qué sirve el cuadrante.

 

         En el terreno mujeril, fue el más cotizado. Se alió con las " madamas" más populares: Chocha Vaká, Lalú'i, la Margarita y otras. Intimó amistad con la Chola, con la Kika, con la Bernardita, con la Chelita, con la Kuka y la Kururúka.

         Así se pasó karai Eulogio, unos años de su vida, aprovechando sus horas libres, después de sus "agotadoras tareas".

         Para ocupación de sus tantos empleados, que muchas veces se aburren y no saben qué hacer, tiene dos modestas chacritas de veinte hectáreas cada una. Lo producido ha de ser para las tantas "pendejas", compañeras de insomnio.

 

         Se reorganizó la regional. Se nombró al jefe titular. Vino un ingeniero. Y, ¿karaí Eulogio volverá a descender? ¡No!... ¡Eso si que No! El es la persona de más confianza, es el hombre más útil, es el hijo mimado de "lekayá". Hay que inventarle algún puesto. Se lo trasladó a Paso Bonete, para organizar los torneos de fútbol de salón, los bailes reos, las churrasqueadas, las chupatinas y las cogetinas. Ahí tiene su oficina, en donde no se escribe, pero se usa como "bulín".

 

         Hace tiempo que no se tiene más noticias de karaí Eulogio. Alguien dijo que anda amargado y enfermo. Le comienzan a fallar algunas    glándulas genitales y se le prohíbe todo contacto sexual. Está perdidamente enamorado de una telefonista, por quien está gastando considerable suma de dinero. Últimamente visitó a un famoso curandero que receta una droga maravillosa. "Vigorón". Reconstituyente de órganos gastados, a base de ka'a he’é y caldo de mandi'í.

         La telefonista es una joven moza, llena de vida y voluptuoso, que gusta más bien de los pichoncitos de cabellera ondulada, de pantalón ajustado, tipo agogó.

 

 

MI REFLEXIÓN SOBRE EL CINCUENTENARIO

DE LA PAZ DEL CHACO

 

         El 12 de junio último, en toda la república se ha celebrado muy fríamente el cincuentenario de la firma del armisticio y cese de las hostilidades en el Chaco. ¡Qué agotados estamos los de aquella generación del 32 al 35!, generación que ha tenido el honor de recuperar nuestro Chaco, hoy tierra de promisión y esperanza. Aún tenemos en nuestra memoria los días aquellos en que esa pléyade juvenil se alistara llena de fervor patriótico para lanzarse en los cañadones chaqueños a desafiar el peligro, a estar frente a la muerte, durante los tres ininterrumpidos años, bajo el fuego destructor del enemigo. Muchos se quedaron para siempre, otros volvieron mutilados o deficientes y, los de mejor suerte, con afecciones menores.

         A cincuenta años de ese acontecimiento histórico, contados ya somos los que exhibimos nuestra maltrecha humanidad ante las miradas indiferentes de esta "juventud de la paz". Estuve, como los otros camaradas, en la caja pagadora para cobrar mi pensión en mi carácter de lisiado y por los servicios prestados como oficial durante la campaña de tres años -asignación de 21 mil guaraníes. Me he encontrado con los beneméritos de la patria, muchos ya desconocidos para mí, todos achacosos, carcomidos por el tiempo, con rostros desfigurados y verdaderos espectros andantes. Ellos son los héroes sobrevivientes que salvaron a la patria de la mutilación y la deshonra. Los más, ya rindieron su tributo sin haber recibido un céntimo en gratitud a su patriotismo. Y ¡oh ironía del destino!, he encontrado también a pseudo excombatientes que no conocieron la guerra y, sin embargo, cobrando a igual que los auténticos qué fueron y sufrieron las mil penurias de acción bélica.

         He dicho que se ha celebrado la terminación de la guerra muy fríamente. He escuchado varias disertaciones de altos exponentes civiles y militares; palabras de admiración y reconocimiento al pueblo en armas, al heroísmo del soldado guaraní, al..., pero me ha causado pena la muy poca mención al conductor victorioso. Tampoco se recordó al presidente de la victoria, ni a los diplomáticos, ni a los héroes de la retaguardia, los que estuvieron en los arsenales, en la Intendencia de guerra, en la Marina ni en la Junta de Aprovisionamiento ni a la Legión Civil Extranjera que secundaron brillantemente al general en jefe. ¿Acaso no han habido jefes invictos de regimientos, de divisiones y de cuerpos? ¿Acaso no han habido oficiales subalternos que se destacaron por su temeridad y bravura? ¿Acaso no han habido acciones resonantes, batallas victoriosas, proezas que han maravillado?

         Se ha de recordar todavía que después de la guerra del '70, se ha inculcado a la ciudadanía el culto al heroísmo y han surgido los mentores de las glorias nacionales: Manuel Domínguez, Natalicio González, Leopoldo Ramos Jiménez y otros; y se enseñaba en las escuelas hasta las anécdotas del alférez Ñandúa y del sargento Cuatí, para por último decir del maestro O’Leary que era un mistificador de la historia.

         Ahora, a tres generaciones de la guerra del Chaco, los nietos de los excombatientes no tienen ni idea de lo que fue esa epopeya. No saben que han habido jefes tan valientes como los generales Díaz y Caballero... y estos jefes ya no viven; de ahí que no ofrecen ya peligro en lo político y se puede reverenciar sus nombres. A esta omisión injusta, yo llamaría ingratitud, falta de patriotismo. El ciudadano que quiera restar mérito a sus héroes, no puede considerarse buen paraguayo.

 

 

 

         SOLDADO IPORTEPE

 

         Después de nuestra resonante victoria en Cañada El Carmen, los bolivianos se batieron en retirada estratégica, defendiéndose con mucha potencia de fuego. Nuestro ejército proseguía la persecución no perdiendo el contacto.

         Era un periodo crítico que se estaba cruzando. El motivo de tal irregularidad ha de ser, seguramente, el alejamiento de la base de abastecimiento, falta de medio de trasporte y otros factores que no podríamos precisar. La realidad es que nuestra tropa estaba sufriendo la consecuencia de la escasez. Se recibían los víveres insuficientemente y se acentuaba ya el agotamiento. Los intendentes de las unidades se ingeniaban en preparar el rancho con verdolaga -plaga que abundaba en   esas zonas reconquistadas.

         La VII División, en su sector, continuaba presionando al enemigo. El R.I. 17, Yataity Corá, después de duras jornadas en primera línea, fue relevado y pasó a reserva, escalonándose a unos kilómetros del frente de combate. El racionamiento no mejoraba y habría que sobrellevar el hambre. Los oficiales alentaban en todas las formas a su tropa, en procura de mantener en alto la moral.

         Y... una de esas tardes, se observó a lo lejos que se acercaba un camión, al parecer con víveres. El batallón que estaba sobre la ruta se alistó optimista en la creencia de que el cargamento era para dicha unidad, pero por la duda, puso unos obstáculos al camión para aminorar la marcha. Fue así que un soldado, en arriesgada acrobacia, abordó el vehículo y con su yatagán dio el corte a la bolsa, diseminando sobre el suelo la codiciada galleta que en minutos, liquidaron los desnutridos combatientes.

         El teniente Juan Porta O'Higgins (hoy coronel S.R.) comandante del batallón, militar valiente y enérgico, que había estado observando el acto de vizcachería, llamó al autor del hecho y le increpó con dureza en estos términos:

         - ¿Por qué ha hecho usted esto? Ud. sabe que esas galletas están destinadas para nuestros camaradas que más necesitan y están combatiendo. Ud. no es buen patriota. Ud ha traicionado a sus compañeros.

         - Así es mi teniente -contestó el soldado.

         - ¿Y por qué lo hizo entonces?, ¡canalla!

         - Y ya sabe mi teniente, soldado ipórtepe.

         - ¡La gran flauta! -exclamó el teniente Porta. ¿Quiere decir porque nde soldado jhaguere ikatúma repiká hasta che reindype?

 

         Aquí es de justicia decir dos palabras en torno a la personalidad del héroe ejemplar, Cnel. Juan Porta O'Higgins. Lo conocimos como comandante del III Batallón del R.I. 17 Yataity Corá, el batallón de punta o mejor dicho, el batallón de choque de la unidad. El teniente Porta, como con todo respeto se lo llamaba, era el conductor que con su carisma excepcional, su arrojo y amor a la responsabilidad, atraía sobre sí la admiración de sus camaradas. Fue justiciero con el subalterno; correcto, leal y consecuente con el superior; jamás ponía "peros" para cumplir órdenes por suicidas que fuesen. De ahí que las misiones más audaces y de mayor riesgo se le confiaran porque en los peligros, jamás demostraba flaqueza.

         En la campaña bélica del Chaco, el teniente Porta sobresalió ente sus camaradas. Fue modesto, arrojado y valiente. Como ciudadano, fue amigo ejemplar, generoso, servidor, noble y sensible. Su hogar, aunque humilde, fue de sus amigos y en donde diariamente recibía las expresiones de afecto. En otro aspecto, fue el hombre de humor agradable, de chispa alegre, optimista y de gran corazón.

         Su deceso fue muy llorado y la patria le debe gratitud porque fue un gran patriota, héroe que glorificó nuestro ejército en los campos del Chaco, en donde derramó su sangre. Vivió modestamente, como debe ser el auténtico paraguayo, el que rinde culto a la honradez y a la austeridad.

         La generación del presente tiene la obligación de conocer la trayectoria de su vida ejemplar y tener como ejemplo que imitar.

         Ya tiene que llegar la hora en que se le haga justicia, se le erija un monumento o que, con su nombre, se denomine ya sea un nuevo pueblo o une avenida importante.

 

 

         ASCENSO MALOGRADO

 

         El estallido de la revolución de 1947 lo sorprendió a Calé estando en Asunción. Como hombre vivo y de mucha experiencia en la vida, no titubeó en tomar posición. Si hubiese estado en el norte se hubiera plegado a los rebeldes, pero como estaba en Asunción, se presentó al gobierno pidiendo una plaza de soldado.

         Se le dio de alta con el grado de suboficial y fue destinado a prestar servicios en la Dirección de Ingeniería. Durante la corta contienda se portó Calé como buen soldado y siempre muy lejos de la línea de fuego. Percibió su sueldo regularmente y con esa plata resolvió su situación angustiosa. Gozaba así Calé enormemente y decía para sus adentros "to seguí katú la revolución". Estando el ejército leal empeñado en cruzar el río Ypané con todo su bagaje, se produjo lo inesperado. La reducida fuerza rebelde se desprendió y bajó hacia la capital, dejando totalmente sin guarnición la ciudad. Como consecuencia se experimentó una ligera desorientación. Quedó suspendida la gran maniobra y se tuvo que hacer marcha atrás.

         Calé, confundido, se quedó en Belén, luciendo sobre sus hombros, clandestinamente, las estrellas de teniente 1º. Se olvidó, al llegar a su querencia, de que estaba movilizado. Ya restablecido el orden y decretada la desmovilización general, una mañana muy temprano y apuradísimo se presentó Calé a la casa particular de su jefe para excusarse. No fue mal recibido, ni siquiera reprendido. La impresión de la victoria había dado motivo para que se perdonaran muchas faltas. Calé averiguó de inmediato si en qué quedó la propuesta de su ascenso. Le contestó el jefe que, como había terminado imprevistamente la revolución, la propuesta se habla archivado y, por supuesto, él también estaba de baja.

         - Pero nde mi jefe –contestó Calé- jhetaiterei itavyva niko capitán pa, jha ché katú ni nda ascendéi. Ta seguivena la ejércitope.

         Así fue como se le consiguió que continuara "enganchado" y, según se le había dicho, hasta podría ascender. Buscando, buscando, se le dio ubicación en Pilar, con un cargo importante. Recibió pues, orden de presentarse al ministerio para retirar pasaje e ir a ocupar su puesto. Salió temprano de su casa una mañana después y fue a esperar el ómnibus en la esquina Gral. Santos y España. Pasaron los minutos y ningún transporte llegaba. Intrigado, Calé se dirigió a una elegante dama que, al igual que él, aguardaba algún medio para ir al centro.

         - Señorita - le dijo medio en son de piropo- ¿quiere darme la hora?

         La otra le miró, y al ver que el pynandi parecía medio ebrio, no le contestó.

         - ¿Quiere darme la hora? -insistió. Necesito presentarme al ministro esta mañana.

         Nuevamente la perfumada mujer respondió con un silencio despectivo y hasta hizo un mohín de orgullo. Entonces Caé, dirigiéndose a otras personas que estaban también esperando vehículo, comentó:

         - La kuña bandida oyeyapó mante vaerá

         La señora se retiró, pero minutos después regresó en un jeep con su marido, que ostentaba galones de coronel. Sin pedirle explicación lo alzó a Calé y lo llevó a un calabozo del Estado Mayor.

         Días después, una amiga se encontró en la calle con la esposa de Calé, y como felicitándola le dijo:

         - Supe que don Calé está ahora en el Estado Mayor.

         - Pero ¿qué disparate estás diciendo? -contestó ella entre asombrada y divertida aún- si mi marido está en Pilar. Fue la semana pasada.

         Ante la insistencia de la dama amiga y para salir de la duda, resolvió averiguar. Efectivamente, Calé continuaba en el oscuro sótano del cuartel general.

 

 

         IPORA LA GUERRA

 

         Durante la guerra del Chaco, el ministerio más popular fue el de Guerra y Marina. Los funcionarios que estaban al frente de sus secciones entablaban verdaderos combates con el público. Eran realmente héroes aquellos ciudadanos para dar satisfacción a cientos de miles de personas que afluían ahí planteando serios problemas.

         Don Mauro Cabañas, antiguo funcionario, barajaba con tino y astucia las quejas y conseguía apaciguar los ánimos exaltados. Muchas veces los combatientes venidos del frente le maltrataban, pero él salía airoso. Recibía los insultos con calma y nunca llegó a indignarse. En esa época su oficina fue un recinto de aglomeraciones en donde se concentraban los gestores para comentar de mil maneras las acciones bélicas como también concurrían los estrategas usureros que elaboraban planes para dar algún golpe efectivo a los necesitados que vendían sus sueldos.

         En busca de un descanso, huyendo por un tiempo de tantos impertinentes y para traer una impresión personal de la vida chaqueña, don Mauro consiguió permiso y se trasladó al chaco para visitar algunos puestos de la retaguardia. Llegó hasta isla Poí, en donde tenía infinidad de amigos, viejos mayores de las revoluciones anteriores, valle guá, hijos de caudillos, recomendados, parientes de los capos, etc., fue acogido cordialmente, bien atendido por todos los oficinistas colegas y cepillado por los más obsecuentes.

         Su hermano Calé exhibía también su elegancia allí e integraba el gran equipo de modestos servidores. Logró entrevistarse con él y compartir en su compañía algunas horas.

         Y un mediodía, por consideración especial, atendiendo a un pedido de don Mauro, se sentó Calé en el comedor oficial del casino. En tal oportunidad, ocupó la mesa al lado de su hermano, entre numerosos jefes y oficiales superiores, siendo él un individuo de tropa.

         Ya en la despedida, don Mauro le interrogó a su hermano si en qué condiciones él recibía las encomiendas y si convenía continuar enviándoselas, a lo que contestó Calé, sin titubeos.

         - Para nosotros, los que luchamos en la línea, nada llega. Ko cuartel maestrepe ko iyatypá lo manguruyú kuéra, jha no pedonái mba'evé. Péina rejhechama. Entero ikyra. Ape ko iporá la guerra.

 

 

         LA BALA PREDESTINADA

 

         El coronel Eugenio A. Garay, héroe de la guerra del Chaco, cuyas hazañas principales todos conocemos, fue un jefe valiente hasta la temeridad, duro consigo mismo, y más con los subalternos, previsor y excesivamente exigente. No perdonaba el mínimo detalle de las faltas en el servicio. Llegó a comandar un corto tiempo, después de Campo Vía, la 7a División de Infantería, y luego fue jefe renombrado de la 8a División.

         Acostumbraba recorrer en compañía de dos o tres soldados de su grupo de mando, la línea avanzada, los retenes y los puestos de escucha, para luego llegar a los P.C. de compañía, batallón y regimiento. Y pobre del oficial que tenía descuidado su frente.

         En sus recorridos, habitualmente llevaba consigo dos bombas de mano, diciendo siempre: "Añará me topeto con el famoso toro" - refiriéndose al coronel boliviano que tanta fama adquirió en la pasada contienda.

         A pesar de su vejez, mantenía el constante buen humor y no perdía la oportunidad de mofarse con aguda ironía de quien sea y sabía poner mote a todos aquellos que denotaban algún defecto físico o moral. Algunas frases suyas son: "Idea - fuerza". Todos recuerdan, por ejemplo, sus palabras sarcásticas pero de honda confianza en el superior y en los soldados, alentadas por la fuerza espiritual de la nacionalidad, que pronunciara en las cercanías de Yrendague al leer la orden del coronel Rafael Franco, jefe del invicto 2° Cuerpo del Ejército, que le ordenaba tomar agua en los pozos defendidos por los bolivianos: "Ñandeyara'ima jhe'i, ya jha yai'ú Yrendagüépe...... En el servicio era riguroso y sumamente enérgico y los oficiales, comandos de pequeñas unidades, se cuidaban más de la sorpresa de "avión pyta" (como se la llamaba) que del enemigo.

         En una de las marchas de persecución, siguiendo la recta abandonada por los bolivianos, el coronel Garay divisó un proyectil y le dijo al soldado de su grupo de mando: "Recoja esa bala, a lo mejor esa será la que va a liquidar a Peñaranda"

         Días después, estando en descanso la división, el coronel llamó al soldado y le averiguó de la bala que recogiera por su sugerencia. El viejo y valeroso jefe no olvidaba del proyectil predestinado y de la orden impartida al anónimo y heroico subalterno. Y éste, de inmediato le respondió en guaraní:

         - Tengo en mi bolso de proyectiles, mi coronel. Y Garay, con suspicacia, le preguntó: Upéva pako che ra'y, Peñarandape guará jhína, contestándole incondicionalmente el soldado: Si, mi coronel.    

         El impertérrito jefe, con aquella sonrisa maliciosa e irónica que le caracterizaba, y con esa tonada carraspeaste de su lenguaje inconfundible, sentenció:

         - Pero tekoteve ojhó puku pora la ñande bala, porque upé karaí mombyrymi oikó ñandejhegui.

 

 

         LA CARAMAGNOLA TRAIDORA

 

         El resto del ejército boliviano, después de su descalabro en Cañada El Carmen, había perdido la iniciativa y emprendido la retirada. El nuestro, con alta moral, no perdía el tiempo y mantenía el contacto controlando su movimiento. El R.I. 17 "Yataity Corá", también tenía a su frente una unidad aguerrida que retrocedía a trechos, contrarrestando con vigor los ataques.

         Ya en las proximidades de Villa Montes, el enemigo se atrincheró al borde de un monte, dejando delante un angosto cañadón.

         El R.I. 17, que iba en persecución, extendió su línea a corta distancia de las posiciones enemigas, e inmediatamente procedió a abrir zanjas de comunicación.

         Estando en plena tarea de excavación, se escuchó los clan... clan... clan... y, segundos después, los braco... bram... bram... de los estampidos y explosiones escalofriantes de los obuses.

         Eran tres morterazos de granadas dobles. Las bombas cayeron casi sobre el mismo hoyo abierto. Y cuando pasaron las explosiones, levantaron la cabeza los excavadores entre el polvo y el humo, respirando el hedor nauseabundo de la pólvora. Nadie sufrió el impacto directo del alevoso proyectil, todos salieron ilesos de las esquirlas desparramadas. Sólo el comandante de la compañía, un antiguo oficial, ya canoso, bastante bonachón y de mucho mundo, de apellido, si mal no recuerdo, Ortiz, estaba tendido en el suelo, casi inmóvil, con respiración dificultosa y sin habla. Cosa rara, a él y a nadie más, entre tantos, le golpeó el morterazo. Lo levantaron y lo llevaron a la sanidad del regimiento. Pasó el primer día y el teniente golpeado continuaba grave, mudo; el segundo día seguía igual, apenas modulaba muy bajito, más bien se hacía entender con ademanes y gestos; en el tercer día, tampoco reaccionaba.

         Mientras, el enemigo, presionado por las tropas en maniobra, efectuaba otra retirada. Habría que continuar la ofensiva de inmediato, sin darle tregua a los "bolis". Se dispuso, entonces, la evacuación de los heridos y de los enfermos. Entre otros, el teniente Ortiz hizo alistar sus pilchas, pues su estado físico no le permitía continuar en su unidad. Cuando llegó el camión sanitario, el mudo y golpeado oficial fue el primero en subir en el vehículo. Su ordenanza también tenía que acompañarlo, y éste, como buen paraguayo, no se apuraba mayormente, más bien demostraba desgano para ir a retaguardia. Ya estando todos en el camión y a punto de partir, el teniente Ortiz observó que su caramagnola, requecho obtenido en una intendencia boliviana al desbandarse sus ocupantes, había olvidado su ordenanza, a lo que, sin recordar que estaba mudo, le gritó desaforadamente: "Ndé pelotudo, la che caramagnola rejheyá".

         No sabemos si fue por la rabia que le causó el olvido de su ordenanza, o fue por milagro, que en forma tan inesperada y brusca, recuperó el habla el bravo teniente Ortiz.

         Así fue que días más tardes, el simulador oficial, engañado por la estima a la traidora caramagnola, se reincorporó a su unidad, sin haber tenido la satisfacción de pisar la capital y presentar a sus familiares su hermoso trofeo de guerra, requecheado de los bolivianos.

 

 

         QUIEN ES LA PATRIA

 

         En el transcurso de la guerra del Chaco, muchas fueron las comisiones de damas patriotas que visitaron el frente de operaciones.

         Una de ellas, integrada por distinguidas damas, señoras de ministros, de diplomáticos, de extranjeros y voluntarias, llegaron a uno de los fortines, en donde nuestro ejército había derrotado a un fuerte ataque enemigo.

         Llegaron hasta el campamento de una de las unidades que después de la brillante acción había pasado a descanso. La distinguida comitiva fue muy bien recibida por el jefe de la unidad y éste hizo formar la tropa para que recibiera la voz de aliento de las visitantes.

         Se ofició una misa, ya que integraba también la comitiva un sacerdote. Terminado el acto religioso, el oficial que estaba encargado de las atenciones y que, para impresionar mejor, se presentó con los galones, talabarte y sable, se dirigió al regimiento en estos términos:

         - ¡¡¡Regimiento!!!... ¡¡¡Atención!!!... ¡¡¡Firmes!!!... ¡¡¡A discreción!!! Aquí nos honran con su visita estas distinguidas señoras que nos traen sus invalorables obsequios, en prueba de su admiración por nuestro patriotismo y valor para defender nuestra heredad. La presencia de ellas es un compromiso más para nosotros, para seguir luchando hasta la recuperación total de nuestro Chaco, que será siempre nuestro... ¿Entendido?

         - ¡Sí, mi teniente! -respondieron en coro los soldados y clases.

         Y ahora, dirigiéndose a la comitiva, el teniente continuó:

         - Para demostrarles el grado de concientización de mi tropa, voy a hacerle esta pregunta a uno de ellos:

         - ¡Cabo Amarilla! -llamó

         - ¡Firme, mi teniente! -contestó el cabo

         - ¿A qué vino usted a la guerra? -inquirió

         - A defender a mi madre, mi teniente

         - ¿Y quién es su madre?

         - La patria, mi teniente.

         Pero, ¡qué maravilla! ¡Cómo están bien instruidos estos soldados!; ¿y por qué no vamos a ganar la guerra con estos héroes? -comentaron los presentes.

         Y, para no perder la oportunidad, una de las damas jóvenes, la más coqueta, informal y vivaracha, interfirió al oficial con su impertinencia.

         - ¡Mi teniente!, ¿me permite hacer una pregunta a mi ahijado de guerra, que está en la formación?

         - Acción tiene, señorita -contestó el oficial con toda seriedad.

         Y ella, adoptando la pose del militar enérgico, ya que para más, estaba de verde olivo, birrete y botita, llamó así a su ahijado:

         - ¡Soldado Espantaleón Guerrero Valiente!

         - ¡Presente, señorita! -contestó el soldadito, un muchacho flaco, pálido, tímido y sin ánimo, que nada tenía de león y menos de valiente (sería más bien espantapájaros)

         - ¿A qué usted vino a la guerra?

         - A defenderá la patria, señorita.

         - ¿Y quién es la patria?

         - La madre del cabo Amarilla, señorita.

 

 

         TTE. 1° DE MARINA BELISARIO DORIA

         UN HÉROE OLVIDADO

 

         Se ha extinguido el mes pasado este benemérito de la patria, este marino que honró a su arma, que regó con su sangre los cañadones del Chaco. El teniente 1° de Marina, Belisario Doria, egreso de la Escuela Militar, hoy Colegio Mariscal Francisco Solano López; con el grado de guardiamarina, el 16 de octubre de 1932. Inmediatamente pidió su traslado a la Infantería y un puesto en el frente de operaciones. Sentó plaza en el glorioso R.I. 2 Ytororó, en donde sobresalió por su bravura y arrojo. El 14 de setiembre de 1933, por orden del día N° 114 de la D.I. fue felicitado con mención especial por su destacada acción en el cañadón "Tte. Díaz" y pique Gondra-Rancho 8. Dicha citación la firmó el Cnel. Rafael Franco. En la gran ofensiva de julio de 1939, en la cual participaron los tres cuerpos de Ejército, el teniente de Marina Doria recibió una herida de gravedad que le inutilizó totalmente la pierna derecha, dejándole fuera de combate. No tenemos a mano su brillante foja de servicio, pero en los archivos de su regimiento han de estar registradas todas sus actuaciones. En la gesta libertadora del 17 de febrero de 1936, el Tte. de Marina Doria participó activamente y luchó al lado de sus camaradas por la redención de su pueblo. En febrero de 1941, Doria fue llamado desde Concepción para prestar apoyo y sofocar el intento de desplazamiento de la D. 2 a la capital, movimiento que tenía por objeto derrocar al gobierno. En Pedro Juan Caballero hemos tenido la oportunidad de tratarlo personalmente y valorar sus virtudes. Fue, ante todo, un militar culto y estudioso, de moral acrisolada, de honestidad ejemplar, enérgico, que llamaba a las cosas por sus nombres, sin rodeos. Fue un señor bien mirado y apreciado por todos cuantos lo conocían. Supimos luego que fue perseguido, que pasó a la Argentina. Finalmente se radicó en la capital, llevando una vida modesta, llena de privaciones, pero manteniéndose consecuente con sus compañeros y fiel a sus principios. Que sepamos, no pacto jamás con los afortunados ni reclamó sus derechos por sus merecimientos como héroe de la contienda chaqueña. Prefirió la pobreza antes que agacharse. Su sepelio fue sencillo, más bien triste. Pocos de sus compañeros le despidieron. La juventud, por quien tanto se sacrificó, tampoco estuvo presente. No se le rindió el homenaje que merece como autentico héroe. Así terminó sus días este ciudadano que dio tanto ejemplo de patriotismo, de austeridad y amor a su pueblo.

         San Pedro de Ykuamandyyú, su pueblo natal, le ha de tener en la galería de sus hijos notables.

 

 

         TTE. CNEL. ISAIAS JARA PASTORE

         BREVE SEMBLANZA DEL HÉROE

 

         Muchas veces los sucesos de la vida, el sentido común, no quieren concebir y dejan al débil de espíritu sumido en la incertidumbre.

         Días pasados, en radio informativo, escuchamos esta ingrata noticia: "Ha fallecido el héroe de la guerra del Chaco, Tte. Cnel. Isaias Jara Pastore".

         ¡Increíble!... ¿Cómo puede ser esto? Si hace unos meses no más estuvo como invitado de honor en la quinta del general Samaniego celebrando el aniversario de la victoria de Boquerón, rebosante de salud, jovial y con ese su optimismo contagioso, contando anécdotas de la guerra del Chaco. Estaba igual que cuando en Paraguarí nos adiestraba en organizar el Rgto. N° 17 y nos instruía en la conducción de pequeñas unidades en el combate. Ese novel Rgto., con su oficialidad bisoña, inmediatamente fue trasladado al teatro de operaciones para que en el mes de abril de ese año 1933, en su bautismo de fuego, desbaratara una estratégica maniobra enemiga en el histórico Campo Aceval. Ahí, el teniente 1° Jara Pastore volvió a destacarse por su bravura, gran espíritu e inteligencia en el campo táctico, pues antes ya había demostrado su valor en Pitiantuta y Boquerón.

         Seguía la guerra... Se produjo la victoria de Campo Vía, en donde el Regimiento N° 17 repitió su buena actuación... En la desafortunada acción de Cañada Strongest, el Tte. Jara Pastore recibió la misión suicida de cubrir la retirada de la VII División de Infantería. Recuerdo todavía este pasaje: Cuando el Cnel. José A. Ortiz, comandante de la división, con cierta energía le diera la terminante misión y a quien el Tte. Jara Pastore le contestara con toda serenidad, sin titubear un segundo ante la gravedad del momento y en guaraní: "Aikua'apáma, mi coronel, la unidad puede seguir la retirada que yo afrontaré a estos bolivianos hasta morir". Y así lo hizo. Hacía desplazar de un extremo a otro sus ametralladoras, contestando al hostigamiento del enemigo. Y, cuando consideró que la división estaba a salvo, se desprendió sin que se lo sintiera. Aquí cabe hacer una aclaración: El Tte. 1° Jara Pastore, con esa jerarquía de oficial, ya comandaba el regimiento y para más, en los momentos en que se jugaba la suerte de todo el Ejército en campaña.

         Seguía la guerra... Vino la victoria de El Carmen. El Regimiento Yataity Corá extendía más y más su frente para apoyar la maniobra. Se llegó a las estribaciones de la cordillera. Villamontes era el objetivo. Ahí, ya capitán, Jara Pastore, con su Regimiento Yataity Corá, atacó y rompió varias veces las líneas avanzadas del inexpugnable reducto, fuertemente fortificado.

         Terminaba la guerra... En el gran Desfile de la Victoria, el capitán Jara Pastore desfiló cómo abanderado de su regimiento, distinción ésta que se dispensa solamente al oficial combatiente más sobresaliente.

         En la post guerra, ya mayor, Jara Pastore por unos azares de la política tuvo que truncar su carrera. ¿El motivo?... Pudo haber sido su lealtad al jefe, su compañerismo o alguna desavenencia... En la vida civil abrazó con valentía la lucha, no desmayando ante las adversidades. Fue líder de la Asociación de Mutilados y Lisiados de la Guerra del Chaco, también fundador y sostenedor de la Asociación de Excombatientes del R.I. 17 Yataity Corá. Formó un modesto hogar, cuyas puertas estuvieron siempre abiertas a todos los amigos de verdad y era la casa de los veteranos de su Regimiento Yataity Corá.

         El hoy llorado teniente coronel Isaías Jara Pastore, que sepamos, no acumuló fortuna, nunca tuvo afan de lucro; antes que nada, rendía culto a la amistad; fue generoso con sus amigos, jamás uso el "pokare", fue modesto, humilde y recto. Virtudes éstas que le acreditaron para merecer la consideración y respeto de todos cuantos tuvimos el honor de tratarlo personalmente y valorar sus cualidades de hombre de bien.

         Su inesperada desaparición llena de congoja a sus camaradas de la contienda chaqueña. Los del R.I. 17 Yataity Corá pierden al más querido y dilecto jefe, guía y vivificador de la entidad.

         La historia se ha de encargar de dedicarle títulos y la patria reconocida, la perpetuación de su nombre en monumento de bronce.

 

 

 

APÉNDICE

 

         En todas las épocas de la historia, la humanidad ha querido tener su héroe o su ídolo para relatar sus proezas, sus hazañas, sus aventuras y sus extravagancias, muchas veces magnificando y, otras veces, ironizando al sólo efecto de divertir al auditorio.

         En nuestro historial los tenemos a muchos que se hicieron fabulosos y que, con el correr del tiempo, pasarán a ser leyenda.

         - PERU RIMA: Del grupo mitológico, burlador empedernido, de cien aventuras pintorescas pero todas de ficción y muy populares.

         CNEL. ALBINO JARA: El varón meteórico, militar de estampa fascinante, de acción espectacular, seductor de niñas, valiente hasta la temeridad, político carismático y de prestigio inigualable, que convulsionó al país y llegó hasta la primera magistratura.

         JOSE GILL: Temible caudillo, belicoso, rebelde por naturaleza, listo para hacer frente a quien manda y siempre a favor de los de abajo; fue la pesadilla de toda la comarca. "Openáne José Gill", era el modismo de su época.

         PLACIDO JARA: Jefe de grupo guerrillero, jinete audaz, astuto aventurero, sorpresivo y huidizo, que llegaba como un relámpago a crear zozobra para esfumarse luego sin saber a qué rumbo.

 

         También en el norte aparecieron otros no menos célebres:

 

         LORENZO PONCHITO: Famoso por su "payé", que hacía demostraciones de fuerza sobrenatural; que él sólo, con la ayuda de su lazo, maniataba al toro más fiero y temido; que una vez, en una reunión en los obrajes de puerto Pinasco, con su arte de magia desnudó a la dama más admirada de la fiesta. Don Benigno Villa, en su libro se refiere a sus proezas.

         - MBOPI PUKU: Personaje de inverosímil historia, prófugo de la justicia, nadador insigne que se largaba del muelle de Concepción y zambullendo salía en "La Caída"; también sobre su hombro hacía pasar dos bolsas de sal de 50 kilos cada una, o una máquina de coser sin que les salpicara una gota de agua. Se cuenta que una siesta lo sorprendió a un señor comerciante libanés durmiendo en su sillón con gran existencia de mercaderías en su salón de ventas. Mbopí Pukú, con toda cautela, levantó una pieza de brin y minutos después lo despertó al patrón para ofrecerle a un precio muy bajo la pieza sustraída. Y éste, sin trámites, lo compró. El tejido era de su mismo stock.

         Finalmente, mencionaremos a este señor, don Mario, protagonista más moderno y cuyas ocurrencias y actos son por demás conocidas y celebrados en las comidillas y son temas obligados para levantar el ánimo en cualquier reunión. Reproduciremos el folleto de autor anónimo, que circuló hace unos años, para refrescar la memoria ya que pertenece a nuestro folklore.

 

 

 

         ACERTADAS Y TRAVESURAS DE DON MARIO

 

         ADVERTENCIA

 

         Todo lo que se va a leer, es relato ya conocido y muy repetido en las calles. Así que nada nuevo se puede encontrar, ni siquiera originalidad. Don Mario es un personaje imaginario; por ende, los hechos o actos también son irreales.

         Si el lector encuentra alguna semejanza con alguien, ha de ser por rara coincidencia, por desconfianza o por pura maldad.

         Si se eligió el nombre Mario, es para salir de la vulgaridad y no volver con Juan, Pedro o José.

 

         Ya llegado a la edad madura, don Mario apareció en el escenario político. Hoy, este hombre, es el más publicitado, el más admirado, el más loado, el más homenajeado, lisonjeado y adulado por los aprovechados jóvenes de la "generación de la paz" o, diciendo mejor, por los conocidos chupamedias.

         Sin embargo en el circulo opuesto, y mismo entre los auténticos colo'ó, don Mario no es bien mirado: es burlado, ironizado, escandalizado, menospreciado, ridiculizado y hasta rechazado. Esto lo sabe él, pero no se inmuta. Vive feliz y goza extraordinariamente cuando se entera de los comentarlos alegres que se hace sobre sus actos. Hasta ahora, que nosotros sepamos, no se intentó escribir su biografía, ni siquiera una ligera semblanza de su infancia. Alguien dijo que es hijo de un inmigrante sirio que se instaló en el Paraguay con un baratillo y que fuera muy popular y conocido por "don Abdo, el vendedor de bolbo, beines y beinetas". No se sabe tampoco dónde aprendió las primeras letras. Tampoco se tiene noticia de ninguno de sus condiscípulos. En Caacupé, si mal no recordamos, un dirigente de esa localidad en un acto de adhesión, dijo que cuando joven pasó por la Escuela de Comercio y que ocupó un puesto en el Banco Agrícola del Paraguay, institución ya desaparecida. Y bien, así es el destino. Para ser figura no se necesita tradición ni se necesita educación ni preparación, ni siquiera recomendación. Don Mario flotó en el ambiente sin ayuda de nadie, sin padrino, sin tío ni tía y sin haber acumulado mérito. No se tiene idea de su talento pero, en este momento, está sobre todos. Nadie le puede hacer frente. Todos le testimonian admiración y respeto. Don Marlo es el padre espiritual de los universitarios colo'ó, es el consejero político, es el maestro, el doctrinario, el pico de oro, el sabio conferenciante. Se preguntarían cuándo se nutrió de tantas sabidurías, cuáles son sus materiales de información, ya que es un autodidacta. No ha de faltar quien de la respuesta diciendo que lee algunos libros de O'Leary, la revista Patoruzú y, últimamente, Condorito.

         Cuando empezó a incursionar en el campo del partido oficialista, se le tuvo a maltraer. Los viejos dirigentes y los intelectuales colo'ó no querían saber nada de él. No tenía partida don Mario, pero como era el hijo privilegiado del "Único Líder", se doblegaron los muchachos y le dieron campo y acción. Triunfó así don Mario, recibiendo todos los honores. Se hizo espectacular. Nadie, ahora, le hace la contra. Es el hombre de todas las pantallas. Es el hombre que divierte, que tiene ocurrencias y anécdotas. Aquí van algunas más conocidas:

 

         Fue en una concentración colorada que don Mario se hizo ver por primera vez en la tribuna. Su presencia fue ovacionada por la multitud y él, emocionado, agradeció y habló de Bernardino Caballero, magnificó las patrióticas obras del gobierno progresista del coloradismo con el Segundo Reconstructor, despotricó contra la oposición, contra los marxistóides apátridas y sanguinarios, contrarios de la paz y el progreso que vive la república y blá... bla... blá... blá... Para, finalmente, exhortar con estas palabras: "Nosotros, los colorados, para dar ejemplo tenemos que trabajar las 24 horas del día, y también de la noche".

         (Don Marlo creía que el día tiene 48 horas)

 

         Don Mario ya se había consagrado dentro de la masa universitaria colo'ó como el más versado en todas las materias. Se le invitó para dictar una conferencia. No tuvo problemas. Se presentó para la charla con sus apuntes y empezó a hablar de la misión de la juventud, que tiene que ser valiente, idealista y rebelde, como enseñaba el poeta don José el ingeniero, y les otros poetas don Ortega y don Gasset.

         (Don Marlo ignoraba, seguramente, que ninguno era poeta y que Ingenieros es apellido de don José y no título, y que Ortega y Gasset es una sola persona)

 

         Don Mario día a día se hacía más intelectual. Diariamente era visitado por delegaciones de estudiantes en demanda de orientación, por dirigentes campesinos, por miembros de seccionales, etc., etc. Y don Mario tenía que ponerse a la altura; tenía que dar a entender que es un hombre que devoraba libros. Un consejero suyo ya le había sugerido que se hiciera de una biblioteca particular, en donde atender a los tantos recurrentes. Magnífica idea -dijo don Marlo. Busquemos el local y amoblemos como esas que hemos visitado en el extranjero y como esas que se ven en las revistas. De inmediato se cumplió la orden. Se habilitó el local, se llenó de muebles, mesa de lectura, butacas, estanterías y libros. Fue a inspeccionar don Mario. Encontró un vacío en un costado de la pared y furioso le llamó al empleado, interpelándole así: "¿Por qué este vacío? Aquí faltan libros. Tome el metro y mida y sepa si cuántos metros de libros necesitarnos para llenar".

 

         Don Mario fue comisionado a Encarnación para hacer una exposición sobre el extraordinario progreso de la zona, orgullo del General Presidente. Después de una larga introducción elogiando la laboriosidad de los colonos extranjeros, de los colorados amantes de la paz y el progreso, dignos continuadores de la política del general Bernardino Caballero, comenzó a dar el informe comparativo del gran salto que se estaba operando en el terreno de la agricultura y dijo: "En el rubro soja, se ha tenido un incremento de 40 ojo; en el rubro tung, otro incremento de 35 ojo; en el rubro algodón, más de 70 ojo". Y así, iba repitiendo ojo y ojo. Intrigado un colono chino preguntó: "Pelo que quiele decil ojo": Nadie sabía, hasta que un intérprete de don Mario aclaró la duda: "tanto por ciento se escribe o, raya oblícua y o, y él estaba leyendo como está en el papel: %".

 

         También en Pedro Juan Caballero asistió don Mario a un acto partidario. En esa misma fecha, había fallecido el Papa Pablo VI. Don Mario, por supuesto, se había enterado y se condolió hondamente. A todos los que lo visitaban expresaba su pesar y decía: "Dejó de existir el Santo Padre Pablo vi. El mundo católico está de duelo, murió Pablo vi". Su consejero, que es un señor de cierta cultura, le advirtió que él se estaba equivocando, que la palabra no es ví, como estaba diciendo, sino VI. Que V mayúscula e I mayúscula se leen Sexto, que V es igual a cinco y I es igual a uno. Que le convendría estudiar números romanos. Agradeció don Mario y se hizo enseñar. Tiempito después le cupo la oportunidad de inaugurar en un hospital una sala de Rayos X. Le tocó hacer la entrega de los elementos y se explayó en estos términos: "Tengo la satisfacción de venir a inaugurar aquí, en representación de la Asociación Nacional Republicana, Partido Colo'ó, fundado por el general Bernardino Caballero, y en nombre de nuestro ilustre jefe y único líder, esta hermosa sala y hacer entrega en este acto de este maravilloso aparato de rayos diez"

         (Don Mario había aprendido con creces la lección)

 

         Don Mario seguía dando conferencias y siempre se explayaba sobre historia y hacía citas y enumeraba nombres. Muchas veces se entretenía pensando para traer a su memoria los nombres que se le escapaban. Su consejero, que hacía el todo por ayudarlo, le aconsejó que escribiera sobre el bolsillo interior de su saco los nombres de los hombres que hicieron historia. Así lo hizo y, en una charla pública, se iba refiriendo a los prohombres y decía: "El Paraguay debe su independencia y su tradición nacionalista a los Antequera, a los Francia, a los López, a los Bernardino Caballero y también a Don Roberto Espínola".

         (Este último, nombre del sastre que le confeccionó el saco)

 

 

         Manón se llamaba, cariñosamente, la esposa de don Mario. Era una dama joven, moderna, coqueta y desenvuelta, que gustaba del exhibicionismo, de lucir elegante y ser admirada. De su gira por Europa había traído una serie de plantas de jardín para adornar su lujosa mansión. Una tarde, de vuelta de su paseo cotidiano, lo encontró a don Mario con una palita arrancando sus plantitas exóticas.

         - Pero Mario, ¿qué estás haciendo? -le increpó furiosa.        

         - No me molestes, que estoy nervioso. El chico me trajo del colegio un ejercicio de raíz cuadrada y es la hora que no la puedo hallar.

 

         Una tarde entró intrigado don Mario a su casa. Le llamó a Manón y le dijo:

         - Entré en el baño privado de nuestro vecino, el músico, y encontré que todos los artefactos son de oro y ¿por qué nosotros vamos a ser menos que ellos? Vete a preguntarle a esa señora del músico si de dónde compraron, que nosotros también queremos.

         Curiosa, la Manón se vistió y se fue a la casa indicada. Pero grande fue su sorpresa cuando ni antes de hablar del asunto, ya la señora del músico le dijo que el atrevido de don Marlo había entrado en la sala de música de su marido a hacer sus necesidades y que había ensuciado el instrumento más delicado, su trompa.

 

         Don Mario, en compañía de unos diplomáticos, optó viajar en avión para asistir a un gran acto de carácter protocolar. Muchos movimientos hubo en ese día en el aeropuerto. Apresuramiento y trajín. Había que andar rápido. Don Mario, con el apuro, se descuidó y golpeó la cabeza por la parte superior de la portezuela de la nave y casi se desmayó. Al recobrar su conocimiento, miró y vio este letreros D.C. 3. Entonces volvió a darse otros dos golpes más. Y dijo para su adentro: "Qué sería de mi si fuera D.C. 10".

 

         En Concepción se fundó la filial del Centro Universitario Ignacio A. Pane. Para ese efecto fueron invitados los miembros de la capital, muchos dirigentes y, especialmente, el padre espiritual de la juventud, don Mario. Se preparó el gran acto. Dio la bienvenida el líder norteño, exaltando la augusta personalidad del invitado especial, líder indiscutible, luchador incansable, maestro y conductor y amigo de los campesinos. Contestó don Mario en su estilo de siempre, con estas palabras: "Agradezco los acertados conceptos sobre mi modesta personalidad del amigo que me precedió en el uso de la palabra, también agradezco esta demostración de afecto que me afecta de esta hermosa ciudad de Concepción. Y ahora estoy aquí obedeciendo a una invitación para asistir a la creación de la nucleación de los universitarios de Concepción, bajo la denominación de Centro Universitario Ignacio A. Pene, filial Concepción'' (y ción-ción-ción y ción)

         (Don Mario, esa vez, no estuvo bien. Habló demasiado y permitió qué su auditorio se durmiera. Tuvo, sin embargo, algunos pasajes. Cuando pronunció con énfasis la palabra "pene", las mujeres se pusieron coloradas y los fanáticos le disculparon diciendo: "Oye pasa’iminte don Mario")

 

         Se estaba por realizar el gran rally en el Chaco. Muchísimos eran los deportistas al volante, los llamados "tuercas" que se estaban inscribiendo. Don Mario, de ninguna manera podía faltar. Se presentó para inscribirse pero la comisión organizadora no aceptó su participación como corredor. ¿Cuál sería el motivo, si don Mario tiene experiencia y además tiene un coche de calidad?

         Había un motivo de consideración para la negativa. Don Mario correria muy serio peligro en el trayecto, en razón de que hay demasiados mata BURROS que no le van a dejar pasar vivo.

         (Aquí cabe una aclaración. Mataburro es un puente primitivo de dos vigas, sobre el cual pueden pasar vehículos de cuatro ruedas y no como se cree, matador de burros)

 

         En la Argentina se creó un instituto de investigación científica. Un instituto ambicioso, de estudio de cerebros de hombres geniales. Se ofertaron millones de dólares por el cerebro de Pablo Neruda, de Ernesto Sabato, de Jorge Luis Borges y de otros y otros. Por ahí también se escuchó la oferta del cerebro de don Mario, pretendiendo por el mismo una suma exorbitante, suma mucho más elevada que la ofrecida por los otros cerebros.

         - ¿Por qué será tan caro este cerebro? -preguntaron las gentes.

         Y era porque se trataba de un cerebro no cultivado, un cerebro crudo, completamente virgen.

 

         A medida que gravitaba en la esfera intelectual y política, don Mario buscaba discusión. Quería poner en ridículo al contrincante. Una vez, en rueda de amigos y adversarios políticos, se produjo un choque de palabras. Don Mario también era de la partida. Unos cuantos hicieron la defensa acalorada del gobierno de los liberales y criticaron los desaciertos del régimen actual. Se enfureció don Mario y terció en la discusión diciendo: "¿Qué van a decir los legionarios liberales que durante treinta años que estuvieron en el gobierno no hicieran otra cosa que revoluciones campales, persecución y confinamiento, hasta el extremo de llevar al país levantado por Bernardino Caballero a la bancarrota, al borde del abismo? Ahora, nosotros los colorados, con las manos de hierro de nuestro único líder, estamos reconstruyendo el Paraguay y vamos a dar el gran salto adelante".

         (No calculó don Mario que al dar el gran salto adelante, el país iba al fondo del abismo)

 

         Don Mario siempre era objeto de invitación. Tuvo oportunidad de recorrer las principales ciudades del mundo. Como hombre público, de obligación, tenía que poseer coche de lujo y, preferentemente, de marca Mercedes Benz. Varias personalidades oficiales fueron en gira diplomática a la vieja Europa. Llegaron a Madrid y en el aeropuerto recibieron los honores protocolares y fueron saludados por el introductor de embajadores y distinguidas damas. Los diplomáticos españoles, siempre cordiales, brindaron a los visitantes las más finas atenciones.

         Uno de ellos, el jefe de la comisión de recepción, usando las expresiones de rigor se dirigió a la comitiva y dijo:

         - ¿Cómo se encuentran vuestras mercedes?

         A lo que, sin dar tiempo a los otros, don Mario tomó la palabra para contestar:

         - El mío hasta ahora anda al pelete, pero el de Napout y el de Pappalardo tienen sus silenciadores rotos.

         (Don Mario habla entendido que le averiguaba sobre los coches)

 

         El presidente estaba por viajar al extranjero. Don Mario, su secretario privado, le tenía que acompañar. Al entrar al salón principal del aeropuerto, don Mario, que iba abriendo paso, divisó en el suelo una moneda de diez céntimos y la sacó del camino de un puntapié.

         Al ver esto, el presidente le reprendió:

         - ¿Por qué chuta esa moneda, si le puede servir para hablar por teléfono?

         Entonces don Mario, presuroso, levantó la moneda y llevándola al oído, comenzó a llamar "Hola, señor presidente, ¿me escucha?".

 

         Una gran comitiva oficial en viaje de turismo, llegó a Tokio. Ahí recorrieron los lugares de atracción, los principales centros industriales, los jardines zoológicos, los complejos deportivos, las grandes playas, etc., etc. En la playa entraron a un gran acuario y ahí, frente a una lujosa pecera, estaba un hombre apoyado en la baranda mirando fijamente a los pececitos que se movían dentro. Se le acercó don Mario a preguntarle si qué estaba haciendo. Le respondió que estaba haciendo un experimento, que estaba probando el poder del ser superior sobre el inferior y que, dentro de un momento, todos los pececitos se quedarían quietos. Y fue así. Se paralizaron todos.

         Quedó asombrado don Mario.

         Al día siguiente volvió don Mario al acuario para hacer el mismo experimento. Se puso más de una hora frente a la pecera, clavando sus ojos a los pececitos. Mientras, en el hotel se produjo una alarma. Desapareció don Mario. Se lo buscó por todos lados. Al final se lo encontró. Estaba parado, como un autómata, moviendo la cabeza de un lado a otro, sin cesar un momento. Estaba magnetizado, inconscientemente imitando el movimiento de los pececitos.

         (Esa vez, los seres inferiores dominaron a don Mario)

 

         A pesar de que don Mario viaja mucho, se le escapaban algunos detalles y es así que en un viaje a los Estados Unidos, a bordo de uno de los gigantescos jets, les hizo pasar frio y calor a sus acompañantes.

         Estaba por aterrizar la enorme nave. Se avisó a los pasajeros la proximidad de la ciudad. Todos se prepararon para bajar.

         Se maquillaron las mujeres. Don Mario también estaba alerta, sentado en su asiento con corbata pero sin saco y en calzoncillos. Lo encontró así el presidente y le requirió indignado sí por qué no se preparaba.

         - Ya estoy listo, excelencia -contestó: Sólo que estoy dando cumpliendo a esta leyenda que tengo enfrente: NO SMOKING.

         (Esta leyenda, en inglés, significa No fumar. Pero don Marlo interpretó: No vestir traje de fiesta, smoking)

 

         Don Mario seguía dando conferencia. Cada vez su vocabulario se volvía más tosco y más mezclado de guaraní, llegando por ese motivo a perder toda aceptación sus disertaciones. Los amigos, preocupados, le aconsejaron que hiciera el esfuerzo de superarse, que tratara de hablar menos el guaraní, siendo él una persona destacada, de mucha gravitación y que estaba actuando en primera plana; que al mismo presidente le estaban desagradando sus exposiciones.

         Reflexionó profundamente don Mario y hasta parece que influyó sobre su salud esas observaciones.

         Un día, le visitaron unos universitarios. Lo encontraron sentado en su escritorio, triste y meditabundo, con semblante de enfermo.

         ¿Cómo le va don Mario, no lo vemos bien, qué le pasa? -le inquirieron.

         Don Mario, con decaimiento, contestó: - Me estoy avestrucito.

         (Don Mario quería decir en castellano: Añeñandu'i)

 

 

         Era una tarde de tiempo tenebroso. Don Alfredo, en su habitual hora de descanso, salió a recorrer los alrededores del viejo Cabildo, la Chacarita y la proyectada avenida Costanera cuando de improviso le llamó la atención una voz misteriosa que parecía venir de la efigie del mariscal y que decía: "Alfredo, Alfredo, cambiame el caballo". Don Alfredo, alarmado fue a traerle a don Mario para juntos constatar la extraña revelación, y ya estando en la cercanía de la ex Escuela Militar se volvió a escuchar la misma voz, pero ya en estos términos: "Alfredo, Alfredo, me entendiste mal. Te pedí yo un caballo y tú me traes este burro".

 

         Después de atender algunos asuntos de rutina y matar su tedio, el ministro de Salud decidió vagar en compañía de su chofer por las calles de la ciudad. En su andanza por los barrios, pasó frente a la mansión de don Mario. Lo encontró a éste con ropa de trabajo, rastrillando su jardín y, en son de broma, lo saludó con esta salida:

         - ¡¡Pero Mario!!, no esperaba encontrarte en estas condiciones, todavía trabajando. Yo decía que ya estarías practicando tenis en el Centenario.

         - Por hoy ya no -contestó. Ya le dije a mi señora que vamos a quedarnos en casa. En esos centros me tienen repodrido esos reporteros que constantemente me abordan con preguntas tontas. ¡Fijátena un poco!; vez pasada me preguntaron si qué nota sacaba yo en lectura y castellano cuando cursaba el cuarto grado. Y qué voy a recordar más. Y... bueno, vamos sí a llegar a tomar el aperitivo.

         - No Mario -se excusó el ministro. No voy a poder, ando en tratamiento y ahora estoy con antibiótico.

         - Qué piko un traguito, vamos si a tomar y decíle también a ese antibiótico que venga acompañarnos.

         (Don Mario confundió antibiótico con persona)

 

         El ministro de Educación había recibido una nota urgente de don Mario para que le expidiera su certificado de estudio. El ministro hizo hurgar todos los archivos, no encontrando referencia en ninguna institución de enseñanza sobre los pasos de don Mario por dichos establecimientos. Ante tan serio compromiso, de pasar informe falso y no queriendo faltar a la verdad, fue víctima de un infarto que le costó la vida. Con el deceso del señor ministro, quedó vacante el cargo. Don Mario, entusiasmado pensó que el cubriría la vacancia, pero no hubo caso, pues de mañana tenía que ir a su clase y de tarde ya no hay oficina.

 

         A don Mario nunca se lo había visto tan furioso e iracundo como esa vez. Estaba llamando al diablo. Su empleado más privilegiado y de más confianza había sido el autor de todos los chismes en torno a su persona, que muchas vedes lo ridiculizaban y hasta lo denigraban.

         Lo llamó al empleado y le sacudió con una filípica de padre y señor mío, y al final le dijo: "Ud. zoquete de mierda, me va a inventar un caso en donde yo nada tengo que ver".

         El pobre hombre, todo asustado, rompió su seso pensando qué decirle de agradable para recuperar su prestigio y la buena consideración de que gozaba.

         Momentos después lo llamó don Mario y le requirió si ya tenía listo el chiste.

         - Si - le contestó todo tímido y casi temblando.

         - Diga pues entonces, carajo – le intimó.

         - Su señora está encinta, pero ahí Ud. nada tiene que ver.

 

 


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