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GÉNERO : ENSAYOS DE ESCRITORES PARAGUAYOS

  PREHISTORIA Y PROTOHISTORIA DE LOS PAISES GUARANIES (Ensayos de MOISÉS BERTONI)

PREHISTORIA Y PROTOHISTORIA DE LOS PAISES GUARANIES (Ensayos de MOISÉS BERTONI)

PREHISTORIA Y
PROTOHISTORIA
DE LOS PAISES GUARANIES
Asunción: EDICIÓN A CARGO
DE JUAN E O´LEARY, 1914. 180 pp.
Ensayos de MOISÉS BERTONI
(Enlace a datos biográficos y obras
en la GALERÍA DE LETRAS del
Versión digital:
 
.
Resumen de
PREHISTORIA Y PROTOHISTORIA
DE LOS
PAISES GUARANÍES

 
CONTENIDOS E HIPERVINCULOS
PROLOGO - Por IGNACIO A. PANE
CONFERENCIAS DEL DR. MOISÉS S. BERTONI (1913)
Colegio Nacional de Segunda Enseñanza de la Asunción los días 26 de Julio, 8 y 21 de Agosto de 1913.

PRIMERA CONFERENCIA -
SEGUNDA CONFERENCIA -
TERCERA CONFERENCIA -
HOMENAJE AL DR. BERTONI -
APENDICES
I - Una Explicación Necesaria – Las Inscripciones.
II - La Tradición.
III - Las ideas de Florentino Ameghino.
IV - ¿Pueden ser los mongoles originarios de América?
V - La Acusación De antropofagia carece de fundamento y valor.
VI- Objeciones a la «Arquinesia».
VII - objeciones a mi tesis sobre la existencia de la Atlántida.
VIII - la «Arquinesia» no ha sido puente, sino cuna.
IX - El lado psicológico.
 
 
PRÓLOGO
Sin ser autoridad, ni reunir otros títulos para ello, y sólo por la amistosa deferencia del editor, nuestro renombrado historiador Juan E. O’Leary, me toca el insigne honor de aparecer como prologuista de las Conferencias sobre Pre y Protohistoria del Paraguay, dadas por el Dr. Moisés S. Bertoni en el Colegio Nacional, a iniciativa del Director, el mismo Sr. O’Leary, y cuya versión taquigráfica se publica en este volúmen.
El Dr. Bertoni no necesita una presentación de mi parte ni de ningún paraguayo; su fama bien cimentada en largos años de labor científica y práctica, y de sobra difundida en el mundo intelectual extranjero, le eximía de tal necesidad.
Sin embargo, como en estas Conferencias se aborda una cuestión que se ha debatido aquí mismo, la de la idiosincrasia nacional, y en su discusión han participado las primeras cabezas del país, entre ellas, con brillantez prominente, el nombrado O’Leary, se imponía al publicarse como se publican hoy, por primera vez, el comentario de un paraguayo, por ligero que fuese.
Es lo que intento hacer en las siguientes líneas, no con el bagaje mental y el prestigio literario que se merece el conferencista, pero en cambio, con el sentimiento de la curiosidad científica altamente satisfecha y, más que nada, del amor patrio inmensamente halagado; porque esta producción del Dr. Bertoni, destinada a ser el vade mencum de todo futuro pensador o publicista nacional, tendrá que colmar por fuerza la medida de la estimación y la gratitud que ya por muchos conceptos le debía el Paraguay, Y ya que se trata de justicia y recompensa, por lo menos moral, sea ofrecido también un público testimonio de agradecimiento al mencionado autor de nuestra mejor historia de la guerra de 1864-70, O’Leary, por haber contribuido eficazmente, primero, a la iniciación y exposición oral de estas Conferencias y ahora a su edición.
El estudio y difusión de esta obra constituirá, sin duda alguna, una verdadera labor de patriotismo para la intelectualidad paraguaya.
La acción de la calumnia, de la difamación, ha sido y es aún muy grande contra el Paraguay pasado y actual.
Si un distinguido chileno me decía que el célebre geógrafo Reclús no vale nada porque había errado respecto a ciertos accidentes orográficos, metros más metros menos, de Chile, y que esta República supera a las de Sud América en bibliografía histórica porque Barros Arana la ha dotado de la historia más voluminosa que se haya escrito en las letras sudamericanas, ¿qué diremos los paraguayos cuando frente a los difamadores como el ingrato Bermejo, como los grandes sociólogos Westermack, Engels y otros, cuyas patrañas o inocentadas he señalado antes de ahora, y como ese Sr. N. Lamarca, de la Argentina, que acaba de despotricar a su antojo en una colección de monografías de verdaderos sabios sobre la historia universal de los tiempos modernos, nos encontramos también en presencia de autoridades científicas como el Dr. Bertoni, que ponen en juego un inmenso caudal enciclopédico, sustentado en el más riguroso positivismo de que pueda jactarse el saber contemporáneo, en vindicación del Paraguay típico o característico, grosera y malignamente difamado?
Si creer injustamente conduce a obrar injustamente, según Manzoni, el insigne literato italiano, si la voz pópuli: no es voz de Dios, sino más bien del diablo, por las murmuraciones y errores en que se nutre, según lo observara ya el padre Feijoó, toda la falsa opinión que se ha forjado alrededor del Paraguay representa para este pobre país un daño tan grande que es completo y así comparable solo con la pasión de Cristo, pues efectivamente a este pueblo mártir no sólo lo crucificaron, sino que ya en la cruz, también le han difamado, le han escupido, le han escarnecido.
Por esto, las vindicaciones como la que hace el Dr. Bertoni, en nombre de la ciencia, revisten el mismo significado de grandeza que aquellas titánicas defensas que Tertuliano y Orígenes con la sola arma de la Verdad y la Razón hicieron del Evangelio, víctima de la difamación, y de la consiguiente persecución material... consiguiente digo porque creer injustamente conduce a obrar injustamente.
Cabe decir de las tres Conferencias de este volumen que constituyen la síntesis científica y bella de cuanto se ha dicho de bueno, hasta hoy, del Paraguay indígena.
Aunque no pueda opinar categóricamente con acierto sobre la Geología y Antropología étnica desarrolladas por el doctor Bertoni, puedo, al menos, suponer que no andará muy errado, en vista de la gran exactitud con que trata los demás variadísimos ramos del saber humano. Especialmente, desde que leí la crítica de N. Calajanni respecto a Lapouge, Hanmon y otros antropólogos, andando con más dudas que Descartes, demasiado aprecio la mesura que aplica el Dr. Bertoni.
Tocante a esas otras ramas científicas, el Dr. Bertoni efectúa un despliegue soberbio, brillante, que no podrá amenguar cualquier aprendiz de Universidad ni cualquier publicista poco leído.
El Dr. Bertoni prueba el especial desarrollo cerebral guaraní no solamente con los datos craneanos. Ya sabemos que lo anatómico no es causa, sino condición, pese al rudo materialismo; y aún como condición dista mucho de estar bien determinado para el paralelismo psico-físico. Lo sabemos por verdaderos fracasos de sabios como Lombroso: citaré una vez más como ejemplo el tipo judío, descrito como criminal nato en la humanidad, por Lombroso, según la demostración de Tarde.
Prueba también ese desarrollo cerebral guaraní con todos los demás datos congruentes de la Filología y la Etiología.
Pone a contribución lo hasta hoy indudable de las localizaciones cerebrales. El desarrollo de la parte anterior craneana que él señala, coincide con el más comprobado centro psico-fisiológico: el de Broca. De ahí la concordancia con las observaciones de etnólogos e historiadores sobre la memoria, la imaginación, el espíritu de observación y la lengua, principalmente la lengua, de los guaraníes. Todo pueblo salvaje tiene muy desarrollada la memoria y muy cultivados los sentidos; pero el guaraní se ha elevado sobre el automatismo de la memoria y la razón, contra el cual reaccionara la moderna pedagogía, por su predominio en la educación europea. Y esto es indispensable admitir cuando no hay más remedio que aceptar hasta nueva orden lo que nos enseña el doctor Bertoni sobre la lógica racional del guaraní en observación y clasificación natural botánica y zoológica, superior hasta a la de sabios de Europa anteriores a Linneo y Jussieu.
El padre Cardiel, resucitado por el padre jesuita Hernández en su Declaración de la Verdad que él dice haber observado en las Misiones del Paraguay, afirma que los guaraníes eran admirables calígrafos y ejecutantes musicales de tanto valer que oyera, gracias a ellos, orquestas como en las mejores catedrales europeas. Téngase presente que el padre Cardiel deprime en cuanto le cabe al guaraní (1).
Y así como este autor, interesado en contra, según atinada y razonablemente lo explica el Dr. Bertoni al tratar de las descripciones jesuíticas, hablan los historiadores y los observadores de hoy en referencia a la memoria y sentidos del guaraní.
Se ocupa después, el Dr. Bertoni, del concepto de civilización. Y parece haber seguido para ello cursos de Sociología, con Sales y Ferré, con Giddings, con Stuckemberg y otros grandes sociólogos.
Habla del arte, y para explicar la ausencia de arquitectura y otras bellas artes, se funda en la teoría del juego, en Spencer, que en estética es rebatido por algunos, últimamente en la Argentina por R. Senet, pero que con la defensa de su verdad y de campeones como Vaz Ferreira, aquí en el Plata mismo, sigue en pie. Claro está que el Dr. Bertoni no hace alardes de erudición; pero su pensamiento es ese (2).
Entra con toda seguridad en el campo de la Psicología etnológica, erizado de dificultades casi invencibles a juicio de Spencer, en su Datos para la Sociología. Y nos presenta al guaraní con sus conocimientos astronómicos no inferiores al del vulgo europeo, hasta el siglo XVIII, en concordancia con la más alta explicación primitiva de lo visible y de lo invisible analizada por el gran genio inglés; por el contrario, resulta superior nuestro indígena a tanto europeo que ignora su edad. Lo describe en sus ideas religiosas, con la concepción superior de un Dios impersonal, de espíritu puro, como habiendo entrado en el periodo metafísico de la comptiana Filosofía de la Historia. Y como todo está encadenado en la naturaleza, y dentro de la naturaleza en el microcosmos individual y social del hombre, muestra en la religión guaina la suavidad, el principio del espiritualismo, bien distante del grosero culto sensualista de los fenicios, los aztecas, los asirios y tantos otros pueblos conocidos como civilizados. Lo pinta, en fin, en sus ideas y sentimientos de dignidad personal y de moral superior, clave de una democracia política y de un comunismo económico que realizados ya por él en la historia de la Humanidad, no han sido siquiera bien soñados por los ácratas del socialismo actual. Vale bien la pena recalcar a nuestros jóvenes ese concepto guaraní de la dignidad personal que sin oponerse a la más alta moral cristiana, no parece sino haberse encuadrado en la enseñanza de los más grandes sociólogos del día (3).
Bien lejos nos hallamos con esta descripción del Dr. Bertoni, del sumidero de errores sobre la supuesta raza guaraní sumisa, imbécil, cretina, que no sabe más que aguantar tiranías de jesuitas y de dictadores.
No; el pueblo paraguayo, que a mucha honra puede llamarse desde hoy pueblo guaraní ante el mundo científico, no es ni ha sido más tiranizable que Francia bajo Napoleón I, Inglaterra bajo los Tudor y los Cromwell, o Alemania bajo el cesarismo militar del Kaiser, para no traer a cuento sino comparaciones de actualidad.
Quede para los literatos (4) y para los jesuitas la leyenda ingenua de que las buenas cualidades, hasta el heroísmo en la guerra con la Triple Alianza, se deben a la educación de las reducciones o misiones.
Respeto a la Compañía de Jesús, en su disciplina y abnegación, por su ideal público, como por lo mismo respeto a la Masonería, con sus ceremonias y secretos ridículos por lo anacrónicos. Pero es fuerza no confundir la tolerancia con la comunión con ruedas de molino.
El padre Hernández, que me hizo el honor de citarme como noticiero de la muerte del Dr. Garay, al refutar a este ilustre historiógrafo paraguayo, ha estado en lo justo defendiendo a su orden religiosa de la calumnia y exhumando al efecto el libelo del Padre Cardiel. Pero, en realidad en «La Declaración de la Verdad» de este testigo ocular e interesado de las Misiones paraguayas, se exhiben en toda su crudeza y a pesar de todo la verdad de lo que era el guaraní y también la telaraña de errores que le envuelve con red secular, por obra de la misma Compañía.
Aquel buen jesuita las emprende contra Angles y Gortari y contra Blas Garay, arremetiendo contra la verdad de lo que era el guaraní, descubierto por el mismo. Y contra lo que nos enseña el Dr. Bertoni, parte de la leyenda del caribe sinónimo de caníbal, antropófago. Felizmente en las Conferencias de este volumen se explica tal mistificación, hasta con la cita de Washington Irving, autoridad reconocida.
El padre Cardiel atribuye al guaraní, defectos; pero estos mismos defectos son elogios. Ya anteriormente quedó indicada la importancia de la habilidad en la ejecución musical, la copia manuscrita de libros impresos; aquí sólo haremos notar un dato, nada más, por la brevedad del espacio disponible: «No sólo respeta el indio a los sacerdotes, sino también a cualquiera seglar que se porte cristianamente: cada día lo estamos viendo. Pasa un caminante por algún pueblo: ven que entra en la Iglesia a oír misa y a la tarde al rosario, no le ven en lozanías, impurezas o lujurias con las indias, cosa que aprecian ellos sumamente; y lo ven en pocos; venle devoto y casto: luego dicen caraí marangatú [1], el español virtuoso: corre la voz y todos lo respetan, aunque sea un pobre jornalero, y aún le traen presentes. Viene el otro lujurioso (que casi todos lo son)... Luego los indios lo desprecian; no hacen caso de lo que manda, aunque esté vestido de seda y de galones... Portáos bien... y veréis como los indios os respetan y os veneran».
Ved ahí cómo el jesuita que calumnia en todo lo que puede al guaraní, da la razón al Dr. Bertoni, cuando este explica cómo los conquistadores explotaron, esclavizaron y hasta aniquilaron a las mejores tribus guaraníes, precisamente por ser más civilizadas y aptas para la civilización europea.
Así es también, cómo debemos creer más al antropólogo y al etnólogo de visú como Bertoni, cuando nos presenta el comunismo económico en la idiosincrasia guaraní, no en la accidental organización jesuítica.
Lo que no está en la sangre, en la médula, o en los tuétanos, como se dice, no se muestra por accidente. ¿Por qué, si no, la compañía de Loyola no asombró en todas partes con misiones iguales a las del Paraguay? ¿Porqué estas se han hecho tan célebres y llamaron hasta la atención de los descreídos como Voltaire?... Era porque el guaraní tenía la virtud a propósito, el terreno preparado, la idiosincrasia hecha.
El Dr. Bertoni nos pinta la democracia política del guaraní, y evoca con ella a Tácito describiendo a los germanos... Nadie sienta extrañeza, entonces, al observar el espíritu igualitario que preside en los gobiernos de Francia y de los López. Sirviéronles la Revolución francesa de escudo y la pasta guaraní de propicio medio e instrumento.
Agreguemos a todo lo expuesto el meollo y la novedad principales.
Todo aquello ha sido discutido y será discutible aún.
Lo que no se ha discutido todavía y el Dr. Bertoni sostiene y podrá aún más gallardamente sostener, si se le discute, es algo mejor para el guaraní.
No solamente el guaraní era una raza: ERA UNA CIVILIZACIÓN. En Sudamérica no era tan brillante como la incásica, pero sí más profunda y más extensa.
Sabida es la admiración despertada por las vías de comunicación del Perú precolombino. Hasta se le atribuye el Puente del Inca. Pero las guaraníes no eran menos seguras y eran más vastas. Esa graminácea de que habla Bertoni a este propósito es digna de un poema didascálico. Necesita un Hesiodo por su transcendencia hermosa.
El correo guaraní en sus parejás descriptos por el doctor Bertoni marca algo más que la faz superior de la asociación etnogénica de Giddings; algo más que una confederación étnica. Significa algo exclusivo de la civilización: un lenguaje artificial, convencional como los modernos sistemas de telegrafía¡ adoptados por naciones, no por una nación sola.
Y aquí es preciso recordar lo relativo a la lengua. Un autor que se ha revelado como geólogo, antropólogo anatomo-étnico, como psicólogo y además descuella como agrónomo y naturalista, según recordaremos en seguida, no podía pasar por alto el concurso de la Filología. Y ha ido al grano, al fondo de la cuestión, sin descuidar ninguno de los aspectos fundamentales.
Para no alargar demasiado este comentario preliminar, debemos dejar a un lado el novedoso e interesantísimo aserto de que el guaraní tenía escritura; y no sólo un sistema, sino dos, uno jeroglífico o ideológico, a lo egipcio (epigráfico) y activo o corriente (epistolar) el otro.
Pero no es posible prescindir de la glosa sobre el lenguaje oral del guaraní.
Pasemos por alto, todavía, lo que dice el Dr. Bertoni sobre cultivo sacro de la tradición, del cuento y de la oratoria (5); hasta el mismo rasgo tan significativo de la discusión en las asambleas, que llamaría autoconciencia y discusión racional el maestro Giddings.
Lo que no debemos silenciar aquí, donde tanto hemos oído calumniar al idioma guaraní, es que esta lengua todavía constituye un capital problema pedagógico, y hace indispensable una consideración por breve sea.
Ya el Dr. Manuel Domínguez ha sugerido una vez muy útiles enseñanzas sobre la ventaja de un pueblo bilingüe, con su correspondiente gimnástica mental natural. La Lógica primero, después del nominalismo y segundo después de Stuart Mill, nada tiene que objetar.
Ahora, es decir, aquí, en estas conferencias del Dr. Bertoni, se aborda directa y francamente el problema.
Se dice: «El idioma guaraní no tiene expresión para indicar la gratitud, el agradecimiento o las gracias». Los críticos a lo Valbuena querrían, sin duda, que el guaraní fuese hasta galante como un cortesano de Luis XIV, quien, entre paréntesis, comía aún con los dedos... cosas distintas del espárrago, la alcachofa y los caracoles. Pero también se desmintió tal especie con el aguyeveté [2].
Se dijo: «El idioma guaraní no es rico». Y ya el Araporu era ejemplo probatorio para desmentirlo (6).
Se dijo: «No es capaz de expresar ideas abstractas».
He aquí, el gran disparate, el asno de oro, que aún repiten muchos que aquí se llaman intelectuales, pero que en Batuecas serian expulsados por ignorantes de la más elemental Psicología.
Sobre este punto podríamos escribir volúmenes, tantos volúmenes como la mitad de las palabras usuales del guaraní corrompido de hoy; y demostraríamos, entonces, que la formación lingüística del guaraní es superior en abstracción, generalización e ideación racional a muchas lenguas europeas en muchos casos, por atrevida y presuntuosa que parezca esta jactancia.
En defecto de tan extensa comprobación, sirvan las observaciones rápidas, pero sintéticas, del Dr. Bertoni; y sobre todo sus apreciaciones de la clasificación botánica y zoológica del guaraní, timbre de gloria de la civilización paraguaya, y esencial o absolutamente emanada de una perfecta abstracción y generalización científicas.
No soy yo sino el naturalista y el biólogo quien debe dar y efectivamente da la razón al Dr. Bertoni.
Ya hace tiempo (casi 20 años) que el profesor Anisits nos enseñaba eso en el Colegio Nacional de Asunción.
Sólo que la comprobación plena, científica, clara y abierta hemos tenido sino hasta estas Conferencias, en que el Bertoni nos ostenta al guaraní como verdadero sabio en la clasificación, distribuyendo en grupos naturales, géneros y especies y familias, los vegetales y los animales.
Y el que ha aprendido cuatro palabras de metodología, de Lógica, sabe que la abstracción en psicología, es la base de la clasificación en Lógica.
El mérito del Dr. Bertoni no acaba en esto. Falta lo mejor.
El Dr. Bertoni comenzó a figurar en nuestro país como e1 mejor Director de nuestra Escuela de Agronomía.
Su Revista, aún hoy que ha dejado de ser maestro a sueldo (desde años hace) se conoce en todo el mundo.
Pues bien, tocábale el alto honor de llegar al pináculo del enaltecimiento paraguayo, siendo el primer sabio que aquilatara el mayor mérito de la economía nacional del Paraguay, en el presente y muy probablemente en el porvenir.
Al llegar a este punto ya no hay necesidad de tocar los otros que analiza y señala el Dr. Bertoni: existencia de ciudades, numeración, etc., entre los guaranianos.
El Dr. Bertoni nos ha llevado a la cumbre excelsa cuando nos ha demostrado que la medicina indígena, lejos de ser la grosera opoterapia y supercherías de salvajes y pueblos llamados cultos, ha establecido la aplicación de un número de plantas medicinales que, a pesar de ser grande, los sabios de hoy no le han agregado aún nada.
En cuanto a los vegetales de alimentación y otras necesidades, vamos subiendo siempre. Ninguna raza o civilización ha hecho lo que el guaraní. Leedlo y refutadlo al Dr. Bertoni. Y como creo que no podréis refutarlo fácilmente, os convenceréis.
El espíritu sano, con inteligencia medianamente cultivada y con sensibilidad ajena a esas morbosidades de serrallo que huyen de la naturaleza para refugiarse en el modernismo decadente, si ha nacido en el Paraguay o por él se interesa, ha de sentir forzosamente como una impresión enorme, pero suave, como la atmósfera de nuestro clima, y tan agradable como la mejor Música, la mejor Poesía en la enseñanza del Dr. Bertoni sobre el conocimiento y arte agrícolas del guaraní.
Esa perspectiva de especies silvestres transformadas, de variedades botánicas, de frutas sin semillas que nos ofrece el doctor Bertoni en amplio panorama, desarrolla para el Brasil y el Paraguay un horizonte de idilio intenso, difundido en una epopeya secular, silenciosa, pero inmensa.
El genio guaraní, de este modo, resucitaría al clásico, con la diferencia de que Minerva, no sólo estaría representada, en magnifica Acrópolis, por Palas Atenea, sino en ella, en ella si, en Minerva brillarían refundidos, Apolo y Ceres, la Poesía y la Agricultura.
Hay ciertamente, algo, en las conferencias del Dr. Bertoni, que parece ponderación exagerada en favor del Paraguay. Y claro está que no es nuestro amor patrio el encargado de rechazarlo, por lisonjero que sea, sino tanto detractor de la nacionalidad que crece hasta en nuestro propio seno como la mala hierba, mejor dicho, como el parásito infeccioso.
Empero, por lo mismo que esa ponderación puede parecer lisonja, conviene acrisolarla.
Refirámonos a lo más vago, abstruso y discutido: la Moral, la Religión, la Economía y la Política.
El Dr. Bertoni habla de nuestra superioridad indígena en todos estos órdenes. ¿Será posible?
Prescindamos de sus argumentos sobre estos puntos particulares.
Así y todo queda inconmovible el conjunto del ditirambo científico pro guaraní.
Si el Dr. Bertoni no es autor consagrado en la Etica, el estudio comparado de las religiones, la Economía y la Política, hay otros, hasta ciento, que pueden prestarnos el apoyo de su autoridad, criterio lógico que aún prevalece en lo que no es estrictamente experimental, a pesar de la reforma protestante y la revolución cartesiana. Además, si al Dr. Bertoni no le cotizan como sabio en esas disciplinas del conocimiento, harto respetable y renombrado es su prestigio de naturalista y agrónomo.
Y bien: lo que él dice de Antropología espiritual o social está corroborado ampliamente por lo que impone su autoridad en Botánica y Agronomía; y también por lo que afirman los más diversos o variados maestros y publicistas.
Habla de un comunismo casi perfecto característico del guaraní, y entonces no inventado por el jesuita, así como en otra parte habla de una alta moral, de un elevado concepto y práctica de la dignidad personal, del altruismo, de una religión sumamente espiritualista y de una organización política muy democrática Complétase esto con el carácter suave, dulce, pacífico del guaraní, proverbial, legendario hasta en los libelos difamatorios del Paraguay.
Atando esos cabos, hallamos una espléndida confirmación en obras ya anticuadas por su edad, como las de Carey, el economista, obras ya en recientes, al menos de 20 años atrás como «L’Evolution Sociale, de Benjamin Kidd, « La Sociedad futura», por Juan Crave, «Campos, Fábricas y Talleres», por Krotpokin, el famoso príncipe, y otras que no citaré, por escoger al azar, aunque solo entre las más avanzadas u originales.
Empiezo por el más moderno y ecléctico: Benjamin Kidd. Para este: «Toute la puissance de la presse, les aplications de la science, les developpements de l’industrie, toutes les tendances economiques qui, dit-on, travaillent pour le peuple, deviendront simplement des armes offensivas et defensives puissantes dans les mains d’une oligarchic tyranique si lón suprimait l'existence actualle des sentiments altruistes.»
Y agrega que el desenvolvimiento social de la civilización occidental, se debe y continúa no por la inteligencia, sino por «une force ayant son origine dans le fonds de sentiments altruistes dont se trouve dotée notre civilization». En segundo lugar este desarrollo altruista y la suavización de las costumbres que resulta de él (adoucissement des moeurs qui en resulte) son los productos directos y particulares del sistema religioso sobre el cual está fundada nuestra civilización. (Obra citada, capítulo VIII).
Confróntese ahora, esto, con la suavidad de las costumbres guaraníes y principalmente con su altruismo innegable, con su hospitalidad reconocida hasta por los detractores y véase si no representaban una civilización moral los aborígenes del Paraguay.
Pero oigo venir o zumbar la refutación de los loros que hablan de progreso, de civilización, de alta cocoterie parisién. Y les replico con el mismo Kidd «elle (l’école, especialement en France) devrait repandre dans la population si non le contentement facile de son sort, du moins les gouts modestes, la continuation sauf pour les sujets exceptionnels, du metier paternel, l'amour des choses des champs, la resignation au travail manuel, le culte meme du travail manuel».
¿Y qué otra cosa significa la civilización guaraní, especialmente agrícola y de pequeña industria, como en China y en el Japón?
Oigamos a los otros: Dice Carey en el último capitulo de su Ciencia Social:«La menos adelantada de todas las ocupaciones del hombre, es la agricultura científica y la que es indispensable para el aumento de la civilización verdadera..» Y precisamente en la patria de Carey es donde se ha creído descubrir un procedimiento científico de producción de frutas sin semillas, que ya habían conocido y practicado perfectamente los guaraníes silvícolas! Esto, aparte de cien otras excelencias de la agricultura indígena propia, indicadas por el Dr. Bertoni.
Por si se arguye que el guaraní carecía de legislación o derecho escrito y otras instituciones consagratorias de su moral y su civilización, como si debiéramos exigir a toda raza un Código como el de Justiniano, podremos contestar con las observaciones de Juan Grave (obra citada cap. XXV) sobre la superioridad de la tradición y la costumbre sobre la ley en el respeto a la moral y a la justicia, bajo el aspecto de una verdadera civilización (7). Y esto coincide con la descripción del sistema político-económico de los guaraníes, que el lector hallará en estas conferencias. Algo ideal.
Si se pretende lanzar contra la tesis sostenida como una objeción, la imperfección o deficiencias de la vida guaraní aun en lo económico, agrícola-industrial, todavía podemos contestar con Krotpokin, no por la autoridad de su nombradía, sino por el positivo peso de su obra citada. Todo el conjunto de esta, aunque no constituye la última palabra de la ciencia, por lo menos se la aproxima en su presentación didáctica, rigurosamente lógica. Que el doctorcillo universitario, acabadito de hacer en una Universidad europea, sea inferior al hombre completo, práctico, al hombre oscuro e inteligente de la campaña, en la esfera general de su civilización sólo importa un detalle; lo que interesa, para este comentario, es llamar la atención sobre las imperfecciones y deficiencias de la agricultura británica en relación con lo que debe y puede ser, dada la actual civilización, a pesar de ser la mejor, relativamente (8).
Recapitulemos: Si el guaraní era tan buen agricultor, hasta en relación con los agricultores del día, y sin caer en la idolatría del egipcio, dichosa gente, adoradora de cebollas, a quien le nacen dioses hasta en su huerta, según la conocida frase de un padre de la Iglesia, ha menester consentir que era capaz de concepciones morales, teológicas y metafísicos no rudimentarias, sino representativas de civilización.
Si ahondamos las observaciones psicológicas relacionadas con lo ya dicho, nos encontramos siempre con un granítico pedestal al monumento elevado por el Dr. Bertoni, a la raza guaraní.
Ya que la civilización se ha distinguido de la cultura y envuelve tantas pequeñas menudencias transitorias o accidentales del confort, podremos ir a ese terrero de las banalidades de que se jacta el chic de nuestros tiempos.
Trasladémonos a la última palabra, al espécimen de nuestra civilización: un transatlántico. Allí el sabio inglés, Spencer, el Aristóteles contemporáneo nos servirá de guía. Este cerebro genialmente equilibrado nos advierte que para juzgar la mentalidad inferior de salvajes y niños, hay que tomar por guía la propia mentalidad, los propios errores de las clases sociales de los llamados pueblos civilizados. Y hace un cómputo de lo que saben, miran o aprecian los pasajeros de primera y de segunda. Nueve de los primeros y noventa y nueve de los segundos creerán con textos del siglo XIX que la ballena es pez, que la marsopa se parece más al bacalao que al perro, y como el vendedor de mariscos clasificarán la ostra con la langosta de mar, que el genio guaraní y un naturalista como el Dr. Bertoni habrían encontrado más alejados que el hombre de la anguila.
Y quien es capaz de estas abstracciones, lo es de otras, de cualquier orden.
Conclusión: Ya que es indispensable omitir tantas observaciones sobre la solidez de la tesis del Dr. Bertoni, preguntemos ¿cómo deben apreciar los paraguayos esta obra?
Primero, como un motivo oportuno de saludables y necesarias polémicas científicas, si es que caben las objeciones serias.
Segundo, como un tributo de la ciencia a la glorificación nacional. El homenaje granítico de la cultura actual unido a la apoteosis histórica de nuestro heroísmo desplegado en 1865 a 1870. Un himno al pasado paraguayo, .pero no de Apolo, sino de Minerva, no del Arte, sino de la universal Santa Sofía.
Y no se asusten los que tiemblan ante el pasado y piensan poco o mal en el porvenir.
Hay una Filosofía de la Historia, que es ciencia de eterno futuro, y se yergue sobre todo sistema parcial o rebatido.
Los que estudiamos, aprendemos y amamos el pasado, no cumplimos la leyenda de Lot petrificado. No miramos a Sodoma y Gomorra. Miramos la Jerusalem de una patria que desea persistir, dentro o fuera del cosmopolitismo (esto es secundario) y persistir a toda costa.
No buscamos alcurnias con que dar pié a las Renda que exhuman dinastías o blasones para mostrar la degeneración. No anhelamos los ricorsi de Vico, sino en el ritmo de Spencer.
No caemos en el ridículo de resucitar linajes rancios sólo en busca de oriflamas pedantescos.
Somos la naturaleza de acuerdo con la Ciencia. Buscamos las raíces.
Y queremos la raíz, porque, buscamos la savia en su fuente.
Lo que manda la Naturaleza, al dictado de la Ciencia, es que la planta no debe ni puede burlarse, cuando echa flores, del aire en que respiran sus hojas ni del tronco rugoso que sostiene sus ramas, ni de la raigambre oscura, totem cósmico, por donde todo ha venido, del suelo y del pasado, de la Tierra y del Tiempo...
Honor y gracias, pues, a estos trabajadores como el doctor Bertoni, que, con la visión del sabio y la paciencia del agricultor, escarba las capas estratificadas de nuestro solar indígena para alimentarnos y enorgullecernos con la sabia exuberante de las raíces propias.
IGNACIO A. PANE
 
 

 

 

SEGUNDA CONFERENCIA

Señores:

Queridos jóvenes:

Voy a tener el gusto de continuar la conferencia ya iniciada y entrar a tratar más directamente la Protohistoria del Paraguay. Naturalmente no podré hacer una reseña completa, porque nos llevaría muy lejos y tendría yo que fatigar mucho la atención de mis amables oyentes, pero trataré con algún detalle, y con cierta preferencia, lo que se refiere a la raza y al pueblo guaraní.

En la pasada conferencia me he permitido hablar de un grupo étnico que he titulado Guaraniano, porque me pareció que esta expresión, más sintética y genérica, expresaba mejor el sentido de un grupo étnico a la par que un grupo social, es decir, de un pueblo que contenía elementos diferentes que no pertenecían precisamente al grupo guaraní, al grupo tupí o al grupo caraíbe, sino o un grupo natural algo más amplio, más vasto que incluía a todas esas parcialidades y algunas más de menor importancia que por el momento omitiré.

El grupo guaraniano es el más importante indudablemente por las relaciones y extensión que ha tenido en todas las partes orientales del continente sudamericano. Se puede decir que todas estas partes han sido en diferentes épocas, sino contemporáneamente, ocupadas, dominadas, pobladas y hasta cierto punto civilizadas por los mejores elementos del grupo guaraniano.

Corresponde, al entrar a hablar de los elementos que componían a este grupo, hablar primeramente de losCaraíbes, cuyo nombre legítimo no escaribe, nigalibe, nigalibi, que son modificaciones debidas a una mala audición y a una mala ortografía. Su nombre verdadero esCaraiba, sencillamente como se dice en guaraní,carai, porque en el dialecto guaraní las voces largas se hacen truncas; nos consta precisamente que se llamaban así, porque se consideraban señores, y lo eran efectivamente, de la parte Norte del Brasil, de las Guayanas, de una parte del valle del Orinoco, de todas las Antillas, alcanzando con sus incursiones no solamente Centroamérica, sino poblaciones más septentrionales, hasta la Florida, en los Estados Unidos. Tenía ramas en Centro América, en Honduras y Yucatán, tanto que se ha pensado hubiesen venido, en origen, de la misma América Central, o hubiesen llegado a esos países de un continente desaparecido, o bien del Asia.

El tipo caraíbe no difiere fundamentalmente del tipo guaraní. Reuniendo todos los datos que tenemos al respecta de su físico, como al respecto de su índole moral y de sus costumbres, tenemos en los caraíbes a un pueblo guaraniano con algunas de las cualidades del pueblo guaraní llevadas hasta cierta exageración.

El tipo físico era de aquellos de cara pequeña, con relación al desarrollo del cráneo. Los guaranianos en general se distinguían de las diferentes ramas de Sudamérica, como de las de Norte América y también del de la mayor parte de los del Centro, precisamente, por poseer ese carácter. La parte inferior de su semblante, desde una línea horizontal que pasa por los ojos era mucho menos desarrollada que en los otros pueblos de América.En cambio, la parte superior presentaba un desarrollo notable. Pasando un plano vertical por los oídos y dividiendo de esta manera el cráneo en dos partes, una anterior y otra posterior, tendremos un nuevo carácter con que diferenciar a todo el grupo guaraniano, y principalmente a los guaraníes y a los caraíbes.

La parte anterior que como se sabe, es la más notable, puesto que encierra las cualidades o facultades cerebrales, perceptivas, comparativas y deductivas, la facultad de la memoria, del lenguaje y del pensamiento, en suma, la parte anterior, del cerebro, está relativamente mucho más desarrollada que la parte posterior. En lo cual los guaranianos se diferencian aun hoy día de los pampeanos, por ejemplo, y de varios otros elementos étnicos de América, los que tienen, al contrario, la parte anterior deprimida, poco desarrollada y la parte posterior en cambio, muy abultada, y, como se sabe, esta última parte es la que indica más bien el predominio de los instintos, al paso que la anterior, indica el predominio de la inteligencia. Omito por brevedad los demás caracteres.

Los caracteres fundamentales que distinguían a los guaranianos, también los poseían los caraíbes, si bien a veces algo exagerados, cuando menos en lo que se refiere a la parcialidad más importante y poderosa.

Su cara era relativamente pequeña, su frente despejada y bien desarrollada. Eran braquicéfalos y como tales, tenían la parte posterior poco abultada. Abro un paréntesis: entre varias parcialidades que habríanpertenecido al pueblo caraíbe, existía la costumbre de deformarse el cerebro. Es decir, que los padres sometían el cráneo he los niños recién nacidos, a una compresión bilateral, que les daba una forma muy diferente de la natural. Esto lo hacían como para atribuirse un carácter de raza completamente distinta y superior a las demás. En lo físico se parecían mucho a los guaraníes.

Los caraíbes, como en general los guaraníes, se consideraban superiores a todos los demás pueblos que les rodeaban;y con razón se les podía considerar como tales, porque dominaban completamente todo el mar de las Antillas, con todas sus poblaciones, las que no pertenecían asu pueblo, y no hablaban su lengua, pero formaban parte de lo que podría llamarse «su nación» o cuando menos, de sus dominios. Eran los más osados navegantes de América.

El pueblocaraíbe tenía, como carácter moral,una extrema susceptibilidad y un espíritu de dignidad llevado hasta la exageración. Este espíritu, que existía muy arraigado en todas las ramas del grupoguaraniano, ha sido para loscaraíbes un verdadero inconveniente, porque los ha llevado a su casi total extinción. Todos los pueblos, que con ellos tuvieron relación, los holandeses, los españoles, los portugueses, los franceses, han intentado, durantemucho tiempo aliarse,amigarse con ellos, dominar una población tan interesante; mas no consiguieron nada, Apenas los franceses, con su carácter nacional tan generoso, tan propenso a considerar con indulgencia y cariño a todas las poblaciones llamadas primitivas o bárbaras, pudieron apaciguarlos, captarse su simpatía. Pero ellos mismos naufragaron muchas veces en su intento llegando, en ciertas ocasiones a ser aliados, para tener que ser poco después sus enemigos, o cuando menos sus adversarios.

Debido a tan extrema susceptibilidad era casi imposible no herirles, y ellos no admitían que en ningún caso se les hiriera, no perdonando ofensa alguna. Y esto llevó, como he dicho, a la razacaraíbe a su casi completa extinción. Felizmente no ha desaparecido en su totalidad. Se cree que son caraíbes los indios de Goajira, en Colombia, así como otros de Venezuela y Orinoco. En las Guayanas, en las partes más silvestres, como también en el centro del Brasil, existen aún elementoscaraíbes más o menos puros, y no hace muchos años que un etnólogo eminente, von den Steinen, tuvo la ocasión de estudiar a fondo una tribucaraíbe que vive relativamente cerca de nosotros, losvacairí (¿ava-karai?) Debido a esto y otros documentos, conocemos hoy día de una manera bastante satisfactoria el idioma de loscaraíbes.

Este difiere del guaraní, pero pertenecen al mismo grupo. Además, es fácil probar que encierra un gran número de palabras comunes con esta lengua. Sobre todo, palabras que indican conceptos elevados, creencias religiosas u observación de la naturaleza. Son los principales nombres de plantas y animales, varios anatómicos, algunos nombres propios de persona y muchos toponímicos y geográficos. Esto viene a indicar de una manera muy clara, con lo que ya he expresado al respecto de los caracteres físicos y morales, el origen común de estos dos pueblos. Varios autores tienen a los caraíbes por originarios del Sur del Brasil y Paraguay.

Al lado de los caraíbes, vivían los que se llamaron propiamente guaraníes o bien tupíes. Yo no separo esos dos nombres, pues es imposible considerarlos sino como sinónimos. He creído como otros muchos, que los tupíes representaban un algo distinto; pero he tenido que convencerme de que no existía entre ellos sino una distinción geográfica, cuando la había. Pues aun a este respecto, hay que hacer muchas reservas, porque, como veremos más adelante, ha existido has los tiempos del descubrimiento de América algo así como una gran confederación de pueblos guaraníes, más o menos unidos por los lazos del origen común y de la lengua, en la cual entraban, precisamente, esas naciones que antropólogos modernos llamaron los tupíes. Los tupíes hablaban el mismo idioma que los guaraníes. No se puede decir que no haya ahora absolutamente ninguna diferencia, pero las pequeñas variantes que se encuentran son tales, que es de admirar que no sean mayores; pues si estos pueblos, que se encuentran separados en función de espacio y de tiempo, y sin comunicación entre ellos desde siglos, no obstante hablan el mismo idioma, con apenas diferencias inherentes a dialecto local o provincialismo, podemos considerarlos como parte de una nación, que en época asaz reciente ha vivido unida.

Los tupíes, como se sabe, habitaron la mayor parte del Brasil. Al lado de ellos vivían losguayanaes. Este pueblo se ha prestado para muchas confusiones, y más aun el nombre. Ha sido llamada con este calificativo más de una tribu que no pertenecía a la nación guayaná. También es algo difícil, por ahora imposible, establecer una separación neta entre lo que se entiende por guayaná y lo que deba entenderse porkaigang. El pueblo guayaná parece que en los orígenes hablaba otro idioma. Efectivamente, en el guaraní hablado por guayanaes, desde una época reciente o remota, se notan palabras de una estructura distinta, las cuales constituyen como un substratum, que parece indicar la preexistencia de una lengua diferente.

Los guayanaes habitaban parte de los Estados de San Pablo, Santa Catalina y de Paraná, llegando hasta el río Alto Paraná, al tiempo del descubrimiento. Actualmente las tribus guayanaes son reducidas; pero en los tiempos anteriores, han tenido mayor importancia, por haber sido aliadas de los portugueses en las guerras que éstos tenían con las naciones propiamente guaraníes. En el Paraguay (antiguos límites) fueron catequizados por los P. Jesuitas con excelente resultado, se encuentran actualmente confundidos con los guaraníes en alguna población del Sur, y fundaron en el Este la de Pira-pytâ. En el Brasil, desde temprano aceptaron la dominación europea, que les permitía vivir a su gusto y pasarlo como soldado. Pues no eran tan agricultores como los guaraníes, y se habían mantenido en un estado de civilización algo inferior.

Al lado de los guayanaes, en el mismo Brasil y llegando hasta la frontera del Paraguay, existían y aún existen, losCaingangues. Este pueblo se conoce con varios nombres; en el Brasil se le llamaBugre, nombre sumamente elástico. Pertenecía también por su tipo físico al grupo guaraniano; su idioma es verdaderamente distinto del guaraní, pero con todo, encierra palabras que son comunes al guaraní y de mayor importancia en estas cuestiones, pues indican creencias religiosas, conocimientos agrícolas, conocimiento de la naturaleza, ciertas usanzas y costumbres antiguas, lo cual viene a probar que en los tiempos han tenido relaciones de dependencia guaraníes.

Los caingangues tenían representantes hasta la orilla del Paraná, pasando algunos al Paraguay, pero hoy día se encuentran en número reducido, debido a que son de índole muy insumisa, de un nivel social deprimido, y a que carecen de esas ideas morales elevadas que distinguen a los principales pueblos del grupo guaraní. En parte han luchado contra los europeos hasta extinguirse, otros juntos a los guayanaes, con los que han sido confundidos muchas veces, han pasado a formar parte de la población rural brasilera, en la cual se notan a veces elementos caingangues. Bajo el nombre deCoroados, que quiere decir coronados, ocupan varios puntos del Sur del Brasil; los más se adhirieron poco a la civilización.

Alrededor de estos grupos existían otros elementos de menor importancia, diseminados casi en todas partes, desde el mar de Caraíbes, Amazonas y todos sus afluentes, en Bolivia, en el Este del Perú y en el Brasil hasta el Plata.

De estos elementos, algunos son guaranizantes, y seguramente buena parte es guaraniana de raza, pero han sido hasta ahora poco estudiados y algunos son muy poco conocidos. Naturalmente, no me refiero a las poblaciones que hablan guaraní y que son verdaderos guaraníes.

A pesar de tener un origen común, los pueblos guaranianos no hablan iodos el mimo idioma. Esto haría suponer que el origen de ellos no sea común, o cuando menos, que si ha sido común su existencia en América, o fuera de ella, eso habrá sido en un tiempo muy remoto. Es algo próximo a la verdad. Sin embargo, debemos considerar que las lenguas actuales en los pueblos primitivos, no suelen ser muy antiguas.

Las lenguas que no han sido fijadas por la literatura se cambian, se alteran rápidamente, evolucionan en distintos sentidos, de una manera notable. Tanto, que cuando dos pueblos, o cuando dos mitades de un pueblo se ven separadas por cualquier circunstancia, ya sea política, ya sea social, o supongamos un cataclismo natural, si no mantienen alguna estrecha relación, al cabo de algunos siglos o mil años, generalmente llegan a hablar dos idiomas, los que van haciéndose más diferentes. Esto explica, por qué los caraíbes y los guaraníes no hablan ni pueden hablar el mismo idioma. Sin embargo, como he dicho, se encuentran raíces comunes y substratums formados por voces y sobre todo nombres importantes que marcan el origen común.

En el grupo guaraniano, si lo consideramos como pueblo, y no como raza, debemos hacer entrar los guaranizantes. Así se ha llamado a ciertas naciones que, sin pertenecer a la raza guaraní ni al grupo étnico guaraniano, hablaban, sin embargo, la primitiva lengua guaraní, o un dialecto de este idioma, ya sea como lengua principal, ya como lengua auxiliar.

De estas poblaciones hay seguramente varias porque, como veremos más adelante, el idioma guaraní, de una manera o de otra, ha irradiado sobre gran parte del continente. Creo que la principal fue la Charrúa, la cual es también la que ha dado origen a mayores discusiones, y nos interesa.

Para mi, es indudable que el idioma, no de origen, sino adoptado por los charrúa, era el guaraní. Primeramente existe el echo de que todos los nombres geográficos del Uruguay y de los piases habitados por los charrúas son guaraníes in haberse podido encontrar la más pequeña excepción. Naturalmente, es de preguntarse, cómo puede suceder que un pueblo poderoso, como el charrúa, un pueblo valiente que se ha batido con los europeos hasta el principio del siglo pasado, que apenas desapareció como tal hace unos 80 años, y que ocupaba como soberano toda la república del Uruguay y una que otra región vecina, que a pesar de sus costumbres castas y más bien guerreras, ha mostrado en muchas ocasiones una inteligencia viva y enérgica, cómo puede suceder, digo, que ese pueblo no dejara en el mapa de ese país, o en la memoria de los lugareños, absolutamente ningún nombre geográfico.

Pasando a considerar esta cuestión a la luz de otros datos, debemos recordar que de la lengua de los charrúas no se tiene casi ningún documento escrito: Lo único que se sabe a este respecto es que en sus relaciones con los demás pueblos y sobre todo, con los españoles, hablaban el guaraní. Esto, por sí solo, no seria prueba definitiva, porque es de recordar que era costumbre bastante general de los pobladores de buena parte de Sudamérica, emplear el guaraní como lengua internacional, o diremos, como lengua diplomática, entre naciones que hablaban idiomas distintos, y que de otra manera no hubieran podido entenderse.

Existe, no obstante, una palabra, que es seguramente charrúa, y sobre la cual un lingüista de mucha fama ha basado la teoría de que los charrúas pudieran ser de origen pampeano o, al menos, que hablaban uno de lo idiomas de las tribus que poblaban la pampa argentina.

Esta palabra esquyyapí (Kihdyá-pí). No necesito desiros que significa sencillamente «piel de nutria». Es guaraní puro, sin la más pequeña alteración. Agregaré, solamente, que entre los charrúa los hombres, como única indumentaria, tenían, según versiones antiguas, una piel de nutria con que se tapaban las parte, y las mujeres, tres o cuatro, formando una especie de falda. De manera que, la palabraquyyapí, que escriben a veces quyllapí, en vez de probar lo que quiso el autor aludido, probaría todo lo contrario, si una voz sola pudiese ser considerada, como prueba suficiente. Pero hay otros datos, como expongo en otro trabajo.

Como pueblosguaranizantes, tendría yo que citar varios otros. Pero me limitaré a lo que interesa al Paraguay directamente.

Uno de ellos es el pequeño puebloguayaquí [4], que ha sido compuesto de dos elementos diferentes, amalgamados ahora en parte con un tercero. Este pueblo está actualmente en estudio, y creo prematuro querer llegar a su respecto a conclusiones definitivas. Sin embargo, bastante claramente aparece, a mi juicio, como perteneciente a otra u otras razas que no podrían ser la guaraní. No insisto sobre sus caracteres físicos; pero en los craneanos y los faciales mucho difieren de los guaraníes, con los cuales los guayaquí pocas analogías presentan, aparte de que son braquicéfalos, como todos los mongoles y mongoloides. Sin embargo, este pueblo habla una lengua parecida al guaraní. Esto se explica muy bien, porque tal pueblo ha sido dominado, sometido y arrinconado en las partes más remotas de la selva, por los guaraníes, que, seguramente desde muy antiguo, los tienen rodeados y los mantienen en un estado de dudosa e interrumpida sumisión.

La manera, no obstante, como ese pequeño pueblo pronuncia las palabras guaraníes, estropeándolas a veces, casi siempre alterándolas, además, varias palabras que tienen una estructura diferente, si no completamente distinta, prueban para mí que su idioma anterior ha sido otro, lo que naturalmente es de suponer, puesto que, según acabo de decir, del examen de los caracteres físicos resultaría de una manera evidente que pertenece a otra raza o rama físicamente distinta.

Muy cerca del Paraguay existió, y aún existe, otro pueblo parecido al anterior. Los brasileros le llamanbugre, nombre vago aplicado a distintas poblaciones, y tambiénbotocudos, lo cual es un error; habitaba parte del Alto Yguazú y salió hasta el Alto Paraná, en tiempos de nuestra recordación. Esos indios, de quienes no se conoce el nombre verdadero, han sido muy poco estudiados. El señor R. von Ihering, como también accidentalmente unas que otras personas inteligentes, nos dieron algunos datos. Estos y algunos otros que pude recoger yo mismo, bastan para establecer entre ellos y los guayaquíes del Paraguay una analogía muy notable, la que aumenta estudiando lo que se sabe del idioma. Un pequeño vocabulario recogido en el Brasil, ha sido considerado como de una lengua completamente distinta por el autor citado. Por tanto el Dr. H. von Ihering ha dado el nombre de Notobotocudos, o sea Botocudos del Sur, a dichos indios, considerándolos así como muy afines de los botocudos. El nombre de estos indios es cabalmente desconocido; habría que estudiar bien sus caracteres, lo que es difícil, pues son verdaderos salvajes y notablemente peligrosos, tanto, que en estos últimos años han dado mucho que hacer a las autoridades brasileras. Pero afirmo que el idioma que hablan es muy parecido al guaraní, pronunciado y alterado como hacen los guayaquíes del Paraguay.

Es fundamentalmente guaraní. De manera que hago entrar a los titulados Notobotocudos, que bien podrían ser los verdaderosPuihtá-yovái, en el número de los pueblos guaranizantes. Si yo he hablado de este pueblo no es solamente porque está cerca del Paraguay, sino también porque me consta que una fracción de él ha pasado a costa del Paraguay, y se ha internado en las selvas, siendo por ahora bastante difícil saber si este pequeño elemento se ha unido con los guayaquíes, o es una de las tribus que habitan las selvas vírgenes del Este.

Estoy convencido que lo del puihtayovai no es mera superstición, o leyenda completamente infundada. Es por lo demás, bastante raro que una muy arraigada creencia popular no tenga algún hecho real como base y origen. Ahora bien, los «bugres» de que acabo de hablar, cuando se ven ,uy apurados por el enemigo y quieren despistarlo, saben dar en su marcha una forma tal al pie, que resulta difícil saber cuál es la dirección que llevan.

Los guaraníes [5].–Hasta ahora he hablado del grupo guaraniano, en un sentido más estricto pasaré a los pueblos propiamente guaraníes. Estos han formado en los tiempos una especie de confederación, la cual ha durado no solamente hasta el descubrimiento de América, sino, como veremos, ha continuado uno o dos siglos después.

Esto me lleva a decir algo de los pueblos llamados Tupíes. ¿Cuál ha sido el verdadero origen de la palabraTupí? Esto sería objeto de una disertación, de una exposición detallada que abarcaría toda una conferencia. Pero dando solamente el resumen de las comparaciones que he podido hacer, diré que me resulta de una manera muy clara, que a esta voz tupí se ha dado un sentido muy diferente del que ha tenido en origen, y además, dos sentidos.

La palabratupí, en guaraní, viene a corresponder a la palabrabasto, en castellano, a la vozrudis, en latín, e indica todo lo que no es civilizado, todo lo que no ha evolucionado de su estado inferior, que es todavía basto en su ser, o permanece en una forma primitiva. Este calificativo detupi, es aplicado a sin fin de cosas; a objetos, plantas, animales, y siempre indica la variedad o naturaleza más rústica y atrasada, salvaje o arisca. Desde luego tiene un sentido duro o despreciativo entre los indios actuales que hablan guaraní. ¿Cómo es entonces posible que la mayor parte de los guaraníes se hubiesen titulado tupí? Esto desde luego es absurdo. Ha habido evidentemente una mala interpretación. He aquí cómo yo la explico:

En el principio del siglo pasado, los antropólogos que han estudiado el Brasil se han encontrado frente a la denominación de varios pueblos parecidos que empezaba por la palabra tupí; eran los tupinambás, los tupinambús, los tupinaquís y los tupinahés. Estas cuatro parcialidades o naciones tenían nombres tan parecidos y formados sobre tan idéntica raíz, que esto pareció autorizar (14) al célebre Martius para el establecimiento de una raza originaria o pueblo que debía llamarse «tupí», que fuera el punto de origen de todas estas naciones. Estoy seguro, que el célebre von Martius se ha equivocado en esto, lo que no es muy extraño, porque este autor ha llevado a cabo una obra colosal, y ha sido el primero en el Brasil que ha estudiado de una manera metódica a casi todas las principales naciones indias, no solamente la guaraniana con los tupíes, sino a las demás razas del Brasil.

La deducción que parece lógica, sin embargo no lo es, si se observa bien, y se desciende tan sólo a la etimología. Una cosa que Martius no conoció, fue precisamente el origen de las voces guaraníes, porque desgraciadamente le faltó el conocimiento del idioma guaraní.

El radical de los nombres de las referidas naciones, evidentemente no estupí, sinotupinâ; con él se formaron los nombres neta y claramente guaraníes, de tupinâ mbú, tupinâ-ambá, tupinã-kí y tupinâ-ê [6]. El último significa tupinâbueno, y en efecto eran estos indios los más mansos y acaso los más civilizados; «tupinaquy» significa tupinâ bravos, y efectivamente, estos indios han formado uva nación que ha dado mucho que hacer. Tupinambú es seguramente tupinâhoradado, y si la significación del nombre tupinambá necesita mayor explicación para el caso, no es menos clara en guaraní. De manera que el radical resulta ser «tupinâ», parecido a tupí, es decir, parecido a bárbaro. Tupí era precisamente una denominación que los propios guaraníes daban a sus congéneres que poseían un grado inferior de civilización, por la razón de que estos guaraníes formaban el grupo más civilizado de las razas indias del Brasil. Efectivamente, hoy día mismo, si interrogamos a los indios guaraníes que aún viven en nuestras selvas, oiremos que estos no tratan de tupí a ninguna tribu de su pueblo, ni a otra parcialidad de lengua guaraní, sino a otra raza, a otros indias menos civilizados. Tupí es elkaingang o «coroado» y sus derivados, los ihvihtorokái [7] y lostâi; también la nación guayaná, lo ha sido en un tiempo; pero actualmente sólo aquéllos reciben el nombre de tupí. Una palabra que en el sentido de los guaraníes significa bravos, bárbaros e incultos, no puede de ninguna manera ser aplicada por esos indios a ninguna fracción que pertenece a su propia raza y hablando su lengua este significado de la voztupí, para mi no ofrece duda alguna; basta interrogar a los indios que viven en las selvas del Paraguay y Alto Paraná, así como a los paraguayos, correntinos y misioneros de esas regiones, y les dirán lo que acabo de decir. Para ellos el caingáng es el verdadero tupí, porque es su enemigo, pues a pesar de que pertenezca al grupo étnico guaraniano, durante la época histórica ha sido continuamente su adversario, el auxiliar de los paulistas, de los mamelucos que vinieron a destruir las Misiones jesuíticas y atacaron las reducciones y pueblos guaraníes ya establecidos, no solamente en el Guayrá y Alto Uruguay, sino en la parte oriental del Paraguay y Sur de Matto-Grosso.

Tanto desde el punto de vista lingüístico como de la etnología y antropología,tupí debe ser considerado como sinónimo deguaraní, pues sólo erróneamente y por una mala interpretación etnológica y un desconocimiento de etimología se ha llegado a darle un sentido tan diferente del que tiene.

Entre todos los pueblos guaraníes había uno que, como he dicho, constituía el núcleo de ese grupo étnico y que pudiera considerarse como la aristocracia entre los diversos pueblos guaranianos. Este grupo lo constituían los pueblos que habitaban el Norte y el centro del Paraguay, partes del centro y el Sur de Matto-Grosso, parte de la cuenca del Amazonas y varias partes de la costa del Atlántico y centro del Brasil. Estaba formado, sobre todo, por loschiripá, en cuyo nombre envuelvo a las tribus que habitaban el Guairá en la época de la conquista y durante la dominación de los jesuitas; lositatnes que habitaban el Sur de Matto-Grosso, una parte del Norte del Paraguay y que fueron traídos por los jesuitas a las Misiones del Sur del Paraguay, donde en varias ocasiones han penetrado; lostobatines ytarumáes que habitaban la parte central del Paraguay; varios pueblos de la costa y partes centrales del Brasil; losomoguas, nación más importante de la región del Amazonas, y losguananíes o guaraníes, que habitaban en el Bajo Amazonas, de los cuales me ocuparé más adelante al hablar de la civilización de los guaraníes, porque, según prueba evidente, la civilización que poseían era la que en más alto grado rayaba.

He hablado de una civilización guaraní, y esto ha parecido una nota nueva, ha causado hasta cierta sorpresa, pues estábamos acostumbrados a considerar a los indios guaraníes como a los del Chaco, porque el indio es indio, todo indio es salvaje, como necesariamente bárbaro. Este es el concepto general, desgraciadamente. Pero no es así; existe diferencia grande, muy grande entre los salvajes y los guaraníes, tanto como entre aquellos y ciertos europeos.

En la época pasada existían indios muy civilizados como los incas, los aztecas y los muiscas. Pero existía un gran pueblo en el oriente del continente sudamericano que también había llegado a un grado de civilización bastante respetable, que había permanecido ignorado debido a las circunstancias del ambiente y a las luchas que sostenía, y a la destrucción de que en parte, desgraciadamente, ha sido víctima.

Al querer hablar de civilización debemos preguntarnos primeramente ¿qué se entiende por civilización?

Aquí, evidentemente, hay un criterio general muy común, pero generalmente errado. Consideramos como civilizados a los pueblos que tienen nuestra propia civilización y como pueblos bárbaros a los que tienen otra.

Este criterio antiguo, que desde los egipcios y los romanos ha llegado hasta nuestra época y perdura, desgraciadamente, ha extraviado en sus juicios a todos los pueblos y ofuscado a más de un hombre que ha tenido, en lo demás, carácter de hombre de ciencia verdadero y profundo observador.

No hace mucho tiempo, considerábamos a todos los pueblos del extremo oriente, a los chinos, a los japoneses, como bárbaros; y viceversa, estos trataban a los europeos de bárbaros del occidente.

Esto es la prueba más clara y evidente de que en tratándose de civilización, no tenemos que considerarnos nunca a nosotros mismos como centro de la civilización, no debemos de seguir un criterio «nostratocéntrico», sino considerar la civilización como un algo susceptible de presentar aspectos muy diferentes, y que será, como ha sido, la posesión contemporánea de pueblos y de razas muy distintas. Hoy día en que todo criterio se hace más amplio, porque la distancia se suprime y los pueblos llegan a comunicare cada vez más fácilmente, ya podemos considerar esto con ideas más elevadas y desde un punto de vista más general.

Todas las civilizaciones son imperfectas, y necesariamente así debe ser, porque si existiese una civilización perfecta, esta seria la terminación de la civilización. La civilización es esencialmente perfectible, por eso hay progreso; si fuese perfecta dejaría de ser susceptible de perfección; en este caso la humanidad habría llegado al apogeo de su desarrollo y para ella empezaría desde luego una fatal y última decadencia. De manera que tenemos que felicitarnos de que todas las civilizaciones sean imperfectas.

La civilización guaraní, naturalmente, debió ser imperfecta. Hubo razones especiales para ello, no obstante las disposiciones naturales de la raza. La imperfección de una civilización depende, casi exclusivamente, del medio ambiente en que se ha formado, y el medio en que se formó la civilización guaraní era completamente sui-géneris, muy especial, diremos extraño. Los pueblos guaraníes han sido pueblos de la floresta, y del mar los caraíbes; todos los pueblos que han sido llamados tupíes, casi no conocían sino el mar y la selva. Con pocas excepciones, dejaban las sabanas, los campos y las pampas a otras razas, y cuando las hacían entrar en sus dominios, guardaban sus asientos principales en las selvas.

Ese ambiente ha sido sumamente favorable para el desarrollo de ciertas facultades de la mente, por ejemplo, el espíritu de observación y la facultad comparativa; pero al contrario, era negativo o indiferente desde el punto de vista de otras facultades. No es extraño que la civilización guaraní haya presentado un aspecto sui-géneris, puesto que tal era el ambiente en que se había desarrollado desde el principio y actuó hasta el fin.

Uno de los defectos de esta civilización,– precisamente quiero hablar de los defectos antes de hablar de las ventajas – uno de estos defectos fue la falta de artes o la infancia en que el arte ha quedado; esto es la consecuencia directa y necesaria del ambiente en que han vivido los guaraníes y de sus ideas religiosas y políticas. Dos son, efectivamente las causas. Una de las ideas fundamentales de la religión de los guaraníes era, y es todavía, la supervivencia de los espíritus. Muerto el individuo el espíritu no abandona el cuerpo, sale de éste, pero vive en las cercanías durante un tiempo más o menos largo. Esto es difícil de establecer en los detalles, pero el caso es que en general el espíritu vive rondando continuamente los lugares, sobre todo la casa y el pueblo donde el indio ha vivido.

El espíritu entre los guaraníes era, y es todavía, protector y temible a la vez. Como protector, ayuda a los buenos; pero ¡cuidado con cometer alguna grave falta! el espíritu es entonces terrible con los extraños y con los, propios. Esta creencia ha infundido un verdadero temor, y todos los pueblos guaraníes, como consecuencia, adoptaron la costumbre de abandonar sus casas desde el momento en que muere el jefe de la familia; en alguna tribu, esto sucede aún cuando muere en la casa otro cualquier individuo; en otra, es necesario que muera el jefe patriarcal. Pero ciertas tribus abandonan todas las viviendas y el pueblo entero cuando muere el jefe de mayor respeto, el anciano más venerado, elAbaré o sacerdote, depositario de la tradición, el hechicero, como también se le ha llamado.

Debido a esta creencia religiosa los pueblos guaraníes, en la antigüedad, como actualmente, abandonaban sus viviendas, sus aldeas, y hasta las mayores agrupaciones, desde que desapareciera una persona de rango más o menos elevado. ¿Cuál es la consecuencia necesaria de esto? Primeramente la edilicia debe sufrir enormemente cuando una familia está expuesta a tener que abandonar sus viviendas dentro de pocos momentos, cuando un pueblo está expuesto a tener que abandonar sus lares y la localidad en que se había edificado, desde que sucumbe el cacique, el jefe o el anciano venerado. Existiendo estos peligros, es natural que ninguna persona, por poderosa que sea, piense en edificar palacio, ni recuerdos imperecederos, ni monumentos.

Es natural que este pueblo tampoco haya pensado en construir comunalmente edificios públicos, ni otras obras que tuviesen mucha duración, porque, a la primera de esas grandes pérdidas personales previstas, se hubiera encontrado en la obligación de abandonarlos en poco tiempo.

Otra causa que ha producido el atraso de las artes de los guaraníes, ha sido la organización social. Como veremos más adelante, esta organización ha sido y es exclusivamente democrática; es más: es igualitaria de una manera extremada. Y bien, el desarrollo de las Bellas Artes no pudo haber tenido lugar sino en donde hubo desigualdades sociales, porque, como bien se comprende, el arte sólo llega a un desarrollo superior con el lujo y como consecuencia de la riqueza. Ningún pueblo, pobre o modesto, se dedica a cultivar las Bellas Artes; sólo las naciones ricas y poderosas como las que han llevado a cabo grandes conquistas, que han sometido pueblos numerosos y mediante ellos podido levantar opulentas ciudades, o llegado de cualquier otra manera a la riqueza y consecuente desigualdad social, han presentado un desarrollo muy elevado de las artes.

Esta siempre ha necesitado la existencia de una clase social privilegiada, siquiera por su poder material. Esto no era evidentemente el caso de los guaraníes, pueblo democrático y comunista, en que todos los ciudadanos eran iguales e igualmente ricos.

Pero si bajo este punto de vista la civilización guaraní no ha podido producirse como tantas otras, bajo otros se presentaba, en la época de la conquista o en épocas anteriores, bajo una faz mucho más favorable que hacía esperar un gran desarrollo.

Los guaraníes tenían una escritura, o más bien, dos formas de escritura.

La primera era lapidaria, y consistía en letras o signos ideográficos, o como suele decirse, jeroglíficos; la otra consistía en algo parecido a los «quipus » de los indios del Perú.

De la primera forma de escritura se han encontrado interesantísimos documentos en varios países; inscripciones antiguas, que desgraciadamente han sido destruidas en su mayor parte por manos ignorantes, a veces supersticiosas. Lo que nos ha quedado de mayor valor, y pueden darnos una idea exacta, son las inscripciones dejadas por un pueblo llamado guaraní (guananí o goanany, según las ortografías), en la isla de Marajó, extensa tierra que se encuentra en el delta del Amazonas. Esos guaraníes probablemente no habitaban exclusivamente esa isla, sino otros países del Bajo Amazonas, y tal vez de Amazonia toda, donde aún hoy día han quedado algunas tribus bastante inteligentes, no obstante las persecuciones de que fue teatro ese río. Pero donde se han encontrado rastros de una civilización más avanzada, fue en esa isla. Siento que sea imposible, en tan breve tiempo, entrar en algún detalle a este respecto. Las inscripciones, la cerámica, los vasos, algunos bastante parecidos a los vasos etruscos, los adornos y diferentes objetos que se han hallado en esa isla, muestran que el desarrollo de las artes ya había empezado, y que, en todo caso, el desarrollo de la escritura ideográfica estaba ya bastante adelantado.

Desgraciadamente es imposible traducir esos escritos. Pero llaman la atención desde otro punto de vista. Los signos de esa escritura tienen una semejanza sumamente pronunciada con los jeroglíficos de la escritura egipcia; presenta también mucha semejanza con ciertos signos de la lengua china y con ciertos otros de la que fue usada en Centro América; todo lo cual no es extraño por cuanto, como ya dije, los pueblos guaraníes y casi todos los de la América habrían venido de un punto o región de donde vinieron también las diferentes ramas del tronco mogólico y una parte de los egipcios.

Existían colateralmente tres razas diferentes en Egipto. Una de ellas presentaba rasgos mogólicos; con lo cual resultaba pariente más o menos cercana de los mongoles asiáticos, de los indios de América y de los polinesios.

No sería por tanto muy extraño, que ciertos signos de la escritura guaraní de Marajó, presentasen una semejanza con los signos de las escrituras de los pueblos anteriormente citados. Pero lo que no deja de llamar mucho la atención, es que la semejanza mayor es con los jeroglíficos egipcios. Existen ochenta signos más o menos idénticos, de entre los cuales cuarenta no presentan diferencia alguna. En todo caso, esto indica que el desarrollo de la escritura estaba ya en un grado bastante adelantado.

En otras partes se han encontrado inscripciones. En el mismo Paraguay, si no abundaron, se puede citar los que se han hallado en Yariguaá [Jarigua'a], en la provincia del Guayrá, en San Ignacio-miní, etc. Igualmente en las Misiones argentinas y Alto Uruguay.

Hoy día sería muy difícil reconstruir esas inscripciones, porque fueron destruidas o sólo han quedado restos poco utilizables. Pero los fragmentos que he podido ver presentan analogía más o menos grande con los encontrados en la Isla Marajó. Los vasos, las urnas funerarias y los fragmentos desenterrados de los cementerios guaraníes del Alto Paraná, presentan los mismos o parecidos dibujos, las mismas formas, la misma o parecida naturaleza de los similares de la Isla de Marajó, solamente que en estos se nota un arte más adelantado.

La literatura de los guaraníes no estaba escrita, puesto que estos pueblos no usaban un verdadero alfabeto con que consignar con rapidez, como haríamos nosotros, en el papel sus pensamientos, sus ideas; únicamente en ciertas ocasiones consignan sobre las piedras, y sobre ciertos objetos o monumentos, los hechos más importantes.

Consistía en la tradición, los cuentos y la oratoria. La primera se conservaba religiosamente y con cierto sigilo. Las personas que mejor se imponían de ella y más eficazmente sabían trasmitirla, gozaban de mucho respeto y gran crédito entre sus compatriotas.

Desgraciadamente, la reserva con que la cubrían, que a juzgar por lo que pasa ahora debía ser muy grande, no permitió a los europeos sacar de ella mucho provecho.

La oratoria era, y es aún hoy día, una de las grandes ambiciones del notable guaraní, y lo más cultivado. Saber hablar era lo esencial para el hombre que deseaba un puesto eminente en la estimación de sus conciudadanos. El orador guaraní llega a hacerse admirar hasta de los que nada comprenden de su lengua. Clara, concisa y sonora, ésta se presta admirablemente. Pero el orador sabe poner su alma en lo que dice, se anima, se entusiasma, emplea una mímica apropiada; o bien, si su palabra no sale del corazón y tiene otros fines, sabe como pocos ser insinuante y aprovechar los recursos de la oratoria para lograr su intento. Y no son pocos los que saben hablar, lo que a primera vista no supondría el que no los conoce a fondo y los ve generalmente tan reservados. Para el desarrollo de tan apreciable facultad ha contribuido seguramente la antigua y general costumbre de discutirlo todo y largamente. Toda resolución común es objeto de una asamblea, en la cual todos los hombres tienen voz y ninguno tiene voto, pues se habla y se discute hasta llegar a la unanimidad, siquiera aparente, no admitiéndose despotismo, ni el de la mayoría.

Los numerosos y variados cuentos morales de los guaraníes hoy día mismo, también seguramente en el remoto pasado, encierran todos los principios de la moral. Se parecen mucho a las fábulas griegas, a esos cuentos en que se hace hablar a los animales y a las plantas, y se da vida a todo ser. Pero son generalmente más conformes con la naturaleza, sacrifican menos a la imaginación, y llegan siempre a una misma conclusión final: el triunfo del bien y la confusión de los malos, que resultan severamente castigados.

Los guaraníes tenían y tienen aún una especie de quipus, que pueden ser considerados como un verdadero alfabeto en el que cada objeto (teniendo lugar de signo) representa una palabra, una idea, como sucedía con los signos del chino el antiguo especialmente.

Como bien se sabe, en el chino el alfabeto no es como un alfabeto europeo, sino que hay en él un signo para cada palabra; pues entre los guaraníes no es con un signo que se indica una palabra, eventualmente una frase, sino con un pequeño objeto. Este pequeño objeto es una semilla, una piedrecita, un grano cualquiera, un diente, un fragmento, un trozo de fibra, es cualquiera cosa, pero tiene un significado distinto y preciso.

Cuando los guaraníes quieren trasmitir sus pensamientos, noticias o avisos a sus compaisanos, o bien a otra tribu, envían, por medio de un propio o mensajero y envuelto en una piel o en una bolsita, un gran número de esos pequeños y variados objetos, y la persona que lo recibe lo abre,– como he visto hacer delante de mí, – e inmediatamente reconstruye lo que diremos el telegrama, la comunicación «escrita» en una forma tan extraña. Esto sucede y ejecutan con la mayor rapidez, que verdaderamente me ha asombrado, trasladándose el mensajero de un punto a otro en muy poco tiempo, y el que lo recibe, traduciendo el significado de esos objetos sin que le quepa la menor duda. Esta especie de alfabeto debe ser bastante rico, porque en ocasiones he visto bolsitas que contenían centenares de piezas diferentes.

Hay individuos que están generalmente encargados de llevar estas correspondencias, si es que van de una tribu a otra o bien a la residencia de la comisión central de ancianos, o del cacique mayor. El individuo que las lleva, si es persona que especialmente hace ese servicio, por ser el más andarín o por saber trasladarse con más facilidad de un punto a otro, se llamaparejára [parehára], y el lugar donde deposita o entrega a otro encargado la correspondencia (pues había, y creo haya todavía tales depósitos de correo o lugares de cambio de estafeteros) se llamabaparejaba [pareháva], o sencillamenteparehá [pareha]. De manera que estas voces significan así como alfabeto y correo.

Los guaraníes tenían un correo perfectamente organizado entre todas las tribus, y aún lo tienen, aunque seguramente menos activo. Cuando los europeos ocuparon el Brasil, se encontraron con que todas las naciones guaraníes, se comunicaban con suma facilidad entre ellas. Por eso escribió uno de los primeros descubridores, que son los pueblos que más viajan en Sudamérica; no era que viajasen como por deporte, sino que tenían la costumbre de mandar estos emisarios con mucha frecuencia. Para ello tenían los guaraníes grandes vías de comunicación que les permitían mantenerse fácilmente al corriente de lo que ocurría en las diferentes regiones de la dilatadísima superficie que ocupaban.

El sistema era muy fácil e ingenioso. Abrían picada en monte, y después de limpiarla con cierta prolijidad, la sembraban de trecho en trecho con semillas de dos o tres especies de gramináceas, una especialmente cuyos brotes se propagan con suma facilidad, y plantas que nacían, pronto cubrían completamente el suelo y podían impedir el crecimiento de los árboles y de los yuyos, que sin eso hubiesen ocultado la picada. Estas gramíneas tan bien escogidas, temían la especialidad de tener semillas glutinosas o sedosas, de tal manera que se pegaban espontáneamente a los piés y a las piernas de los viajantes. Sobraba con plantarlas o sembrarlas a grandes distancias, de legua en legua, por ejemplo, para que al poco tiempo, uno o dos años tal vez, resultase tapizado el camino por una alfombra que impedía el crecimiento de los arbustos y otras malezas que hubiese podido obstruirlo.

Debido a este procedimiento, los pueblos guaraníes pudieron abrir vías de comunicación verdaderamente asombrosas. Una de estas vías pasaba del Guairá a la costa del Brasil; otra salía de la costa de Santa Catalina y llegaba al Salto Iguazú, otra desde el Salto Iguazú pasaba a la región del Guairá; una continuación de la misma, desde el Salto Iguazú, llegaba a Parejá, para ir a la sierra del Tapé, donde había otra nación guaraní confederada, de la sierra de los tapés seguía hasta la costa del mar, como otra que probablemente salía de la isla de los Patos. Desde el Parejá, salía otra vía que llegaba seguramente hasta cerca de Asunción, probablemente por Lambaré, centro de los carios. Por fin, otra vía, de Parejá o sea de Iguazú, salía tomando una dirección Nordeste, pasaba a visitar a los tobatines, y por los territorios de los tarumaes, ponía seguramente en comunicación a los itatines, con todo el resto de la confederación. Esta última es de las que han desaparecido más recientemente. Estos caminos tenían centros donde se cruzaban, en un lugar bien escogido, como la cumbre de un cerrito, o una gruta, un lugar cualquiera donde se pudiese depositar las correspondencias. De esta manera se facilitaba grandemente la comunicación. Por ejemplo, para valerme de un caso que ha permanecido hasta los últimos siglos, el correo que bajaba del Guairá o de Matto Grosso, no tenía necesidad de llevar las correspondencias hasta el Alto Uruguay, sino que las dejaba en un paraje a medio camino; y el correo que del Sur venía por Alto Paraná, las recogía de un islote muy conocido llamado Parejá, y allí dejaba la correspondencia que traía de la parte del Sur.

Hechos semejantes, que han sucedido aún en tiempo muy reciente y de nuestra recordación, vienen a probar que este sistema de escritura o mensajes por medio de estos pequeños objetos, si no era perfecto, era ingenioso y eficaz, mucho más con relación al desarrollo de aquellos tiempos. Evidentemente, para que esto pudiera suceder, era necesario que el mismo objeto tuviese un valor absolutamente determinado y conocido por todas las tribus o naciones guaraníes, no dudo que la convención abarcaba el Sur, en el Centro, el Oeste, la costa del Atlántico, y el Amazonas, en todas las partes de esta no bien definida, pero grande y natural confederación de pueblos. Es el caso de hacer notar que el pueblo de los incas no poseía medios de comunicación postal más perfectos.

He hablado de las partes en que la civilización guaraní presenta imperfecciones más o menos notables. Debo considerar ahora otros puntos de vista que presentan, al contrario, un desarrollo más adelantado.

Debido al medio ambiente en que la raza guaraní ha vivido, su espíritu de observación se ha desarrollado en un grado superlativo. En contacto continuamente con la naturaleza, el guaraní desde joven empezaba a estudiar, ya por necesidad, ya por hábito de herencia, ya sea porque su inteligencia le incitaba a ello, o, mejor dicho, por todas estas cosas reunidas. Su desarrollo cerebral es notable, y si hemos de creer a ciertos hombres de ciencia, y en las ideas emitidas por Gall, al principio del siglo pasado, hay en el cráneo guaraní una facultad de percepción de extraordinario desarrollo. Esto le facilitaba para observar y aprender, comparando con gran criterio todo lo que veía por sus propios ojos. Estas naturales facultades, desarrolladas y transmitidas de generación a generación en el mismo ambiente, habían hecho, poco a poco, del guaraní un verdadero naturalista.

Los conocimientos astronómicos, no eran seguramente de los más adelantados; pero debemos reconocer que si de los hombres de ciencia todavía muy raros en la época de que tratamos descendemos en la misma Europa al bajo pueblo, encontraremos una ignorancia completa de estos conocimientos. El indio guaraní, por pocas nociones que tenga de astronomía, tiene seguramente más conocimientos que el paisano de la mejor campaña europea durante los décimo y duodécimo siglos de la era cristiana y aun más tarde. Con esto no quiero decir que en Europa no existiesen astrónomos que estuvieran mucho más adelantados; me refiero a la masa de la población únicamente.

Los guaraníes tenían algunas nociones bastante claras. Sabían que el sol era un astro que gira aparentemente alrededor de la tierra. Este conocimiento no es superior a los conocimientos de muchos astrónomos del Evo Medio; no es inferior tampoco. No adoraban al astro del día, ni lo divinizaron, como los incas y tantos otros pueblos civilizados, pero precisamente porque comprendieron sus funciones en la naturaleza, nada misteriosas. Sabían que el sol, en su gira aparente alrededor de la tierra, entraba al Occidente no para morir, como creían los antiguos, sino para seguir su ruta; que a media noche hallábase directamente bajo sus pies, y era el mismo que por la mañana aparecía en el Oriente, para seguir eternamente su carrera, sin ningún cambio ni alteración.

Por tanto no les asustaban los eclipses de sol, tan terroríficos para los pueblos primitivos. Naturalmente, no tenían idea del volumen ni del verdadero papel que juega el sol en el sistema solar. Pero esto sería mucho pedir, pues tampoco lo supieron los griegos y romanos. Como hoy, el sol servía para dividir el año en dos estaciones.

En cuanto a la luna, tenían conocimientos bastante aproximados a la verdad. No creían, como los pueblos salvajes, que en la menguante una parte de la luna se rompía, o era devorado por el tigre o el famoso lobo de las creencias del Norte de Europa.

Sabían que una parte de la luna se ocultaba sin poder explicar el por qué, pero que dicho astro se mantenía íntegro en su ser, aun cuando quedaba invisible, y sabían con seguridad el día de su reaparición.

Si atribuían a la luna una importancia que no tiene, creyendo que era la madre de las estrellas y tomando lo aparente por lo real, creían que éstas eran más pequeñas que la luna, esto no debe sorprender, pues no tuvieron ideas más exactas varios pueblos que llegaron a muy alto grado de civilización. En cambio no le atribuyeron caracteres e influencias extrañas y absurdas como las que la imaginación de aquellos pueblos dictara, y aún tienen en el mundo civilizado, a pesar de los progresos de la ciencia.

En cuanto a las constelaciones, diré que conocían buen número de ellas y sabían distinguirlas, y, caso más notable, con bastante seguridad sabían el punto en que algunas de ellas debían encontrarse, según las épocas. Estos datos astronómicos les serian para establecer y fijar ciertos meses del año.

Efectivamente, los indios guaraníes, a más de las estaciones, han tenido, y tienen todavía, el mes lunar, teniendo doce meses el año, y empezando éste en una época fija y determinada.

El año (aragwidyé) [8] se dividía en dos estaciones (kuarasihára y roíh-ára) [kuarahy ára y ro'y ara] y doce lunaciones o meses (dyasih) [jasy, jasyho, jasyjere], cada uno con su nombre, empezando por el que más o menos corresponde a Abril (ara-pihahú) [ara pyahu] que es en el Paraguay el primero del invierno, como Agosto (tadyíh-potíh) [tajy poty] era el último; con alguna diferencia de tribu a tribu, pero de manera que la cuenta de los años podía llevarse exactamente.

Hoy día hay muchisimos criollos que no saben su edad. El guaraní anotaba los años de la suya en quipus diferentes, el más común de los cuales parece haber sido el que se componía mediante las «semillas» o fruto del cayutero.

Hoy día todos estos conocimientos y otros que omito, se van borrando, y varios han desaparecido. No podía suceder otra cosa, dada la destrucción que ha habido de los pueblos guaraníes, y, como veremos más adelante, debido también a que las tribus más adelantadas, han sido precisamente las que fueron objeto de una destrucción más rápida. Era natural. El cazador de esclavos que abastecía a los portugueses del Brasil, necesitaba de trabajadores inteligentes para las plantaciones de caña de azúcar, y de verdaderos agricultores que pudiesen proveer a los europeos de todas las vituallas que les faltaba, y los productos que sólo se obtienen por el cultivo. Era necesario, por ejemplo, servirse de las indios más inteligentes, para que hicieran buenos tejidos de algodón, y hasta de lana, porque los artículos todavía no venían de Europa o resultaba muy costoso el comprarlos. Y bien, para obtener todo eso, era necesario reducir a los pueblos más civilizados de entre las tribus guaranianas o de la confederación guaraní; de ahí que los más industriosos fueran más perseguidos, y como generalmente se resistieran, después de largas luchas llegaron a ser objeto de una destrucción más completa, a veces absoluta. Sin embargo, quedan todavía los numerosos documentos esparcidos en las relaciones antiguas, los restos y los recuerdos que tenemos en esas poblaciones guaraníticas que aún viven independientes, algunas de las cuales conservan los reflejos de aquella civilización, cuyos contornos vemos con la mayor seguridad, pero cuyos detalles se nos desaparecen en parte, o no podremos determinar con exactitud sino después de estudios minuciosos llevados con la mayor constancia en ese orden de ideas.

La civilización aparece muy clara en todo lo que se refiere a la observación de la naturaleza. Si en astronomía, por ejemplo, no estaban los guaraníes más adelantados que los europeos de ese tiempo, si no tenían ningún astrónomo que, sobresaliendo a los demás, indicara a grandes rasgos la verdadera constitución del sistema solar, de las estrellas y constelaciones del universo, en cambio, en la botánica y en zoología tenían conocimientos más perfectos en que dejaban indudablemente muy atrás a los europeos de los tiempos del descubrimiento de América, y aun durante una época relativamente reciente.

Un botánico brasilero que ha sido una honra para Sudamérica, seguramente uno de los hombres que han trabajado más y con más resultado en el estudio de las plantas sudamericanas, huelga decir que este es Barboza Rodríguez, ha escrito una pequeña obra, pequeña en volumen, pero grande en su valor, en la cual probó con toda clase de datos y de la manera más clara para el hombre de ciencia, que los indios guaraníes eran más adelantados en botánica que los europeos del Evo Moderno, hasta los tiempos de Linneo. Los guaraníes tenían, efectivamente, una clasificación natural, que en ciertos puntos aventajaba hasta a la del gran botánico que hizo época.

Conocían muchas familias que sólo se han hecho camino mediante Jussieu, o sólo después de Jussieu, y familias naturales que ignoró Linneo. Conocían el género y la especie y, cosa admirable, entre los pueblos antiguos, fueron los primeros en establecerlas. De manera que, sin entrar a indicar los innumerables detalles y pruebas, de las cuales muchasagregaré a las ya dadas por el botánico y etnógrafo brasilero, debo adherirme sin reserva a la opinión de Barboza Rodríguez, quien declara ser completamente fuera de duda que los guaraníes estaban más adelantados en conocimientos botánicos que los europeos, hablando no sólo del pueblo europeo, sino de los sabios del siglo XVI Y XVII. No solamente, con toda seguridad encontraban el lugar que correspondía a un ser en esa jerarquía de familias, géneros y especies, sino que también sobresalieron en la nomenclatura, llegando bajo este punto de vista a una relativa perfección. La nomenclatura vulgar de las plantas, en Europa como en los demás países en general, fue tan desacertada, que llevó a Linneo a escribir su famosa frase: «que los pueblos sólo saben aplicar a las plantas nombres absurdos». Si hubiese tenido presente la nomenclatura de los guaraníes, el célebre naturalista hubiese dicho todo lo contrario. La nomenclatura guaraní es completamente descriptiva. El indio de esta raza, para dar nombre a una planta, buscaba con tanta atención el carácter más sobresaliente que a veces no hubiera podido hacer una comisión de botánicos. De tal manera se procedía, constituyéndose los notables o todos los hombres en asamblea, cada vez que se debía bautizar a una planta, que el nombre botánico guaraní encierra una pequeña descripción, o deja consignada la propiedad principal, o indica el lugar donde debe ser colocada la especie en la clasificación general. La consecuencia de esta seguridad en la manera de encontrar el nombre más acertado, es que en la ciencia botánica los nombres guaraníes son ahora numerosísimos, y no me refiero a los meros nombres vulgares, sino a los que fueron aceptados como nombres científicos, más o menos latinizados. Es una cosa bastante curiosa y seguramente muy elocuente, que en la nomenclatura científica botánica, después del griego y del latín, la lengua que ha dado nombres científicos más numerosos, es la guaraní. Es un homenaje que la ciencia ha llegado a rendirle, naturalmente, porque al estudiar un animal y conocer el nombre guaraní, ha encontrado que éste le convenía para evitar toda confusión, y era tan bueno que hubiera sido lástima no adoptarlo. Si estos nombres no han sido más numerosos aún, es [por]que el estudio sistemático serio de la botánica y zoología se ha empezado ya muy tarde, en los siglos XVIII y XIX; si se hubiera empezado anteriormente, mucho mayor seguramente sería hoy día el número de las plantas que en la clasificación científica consagraría esta temprana evolución de la inteligencia guaraní desde una época cuya remota antigüedad es atestiguada por la estrecha analogía y frecuente identidad entre la nomenclatura guaraní y la de otros pueblos guaranianos, como los caraíbes.

En cuanto a la zoología, yo no tendría más que repetir lo dicho respecto de la botánica. De manera que no voy a insistir. Pero no omitiré un argumento, y es el conocimiento que los guaraníes tienen de la costumbre de los animales.

En estos países han pasado muchos años varios naturalistas para estudiar las costumbres de los representantes de nuestra fauna, y a medida que han pasado los años, y aumentado el número de observaciones y comparaciones, yo y otros hemos venido convenciéndonos de que no hay mejor conocedor que el indio guaraní; y que se le acerca mucho en este concepto, cuando no le iguala bajo todo punto de vista, el paisano de la campaña paraguaya. Los entendidos pueden hacer elocuentes comparaciones.

Si consultamos a los europeos, a los asiáticos, a los africanos, al respecto de las costumbres algo ocultas de los animales que viven en sus países respectivos, no conseguiremos, generalmente, sino muy pocos datos serios, con excepción, naturalmente, de lo que todo el mundo sabe, por ser cosa muy evidente. Es la superstición la que impera en todas partes, la exageración, la falta de observación atenta, frecuentemente lo absurdo. Si al contrario, consultamos con un guaraní sobre las costumbres menos aparentes da los animales del monte y del campo, aun a veces de las especies más insignificantes, ciertamente tendremos uno que otro dato criticable o erróneo, pero en cambio, muchos otros que serán para el naturalista verdaderos rayos de luz y le ayudarán poderosamente para en sus relatos describir la biología del animal.

Pasando a otro orden de ideas, debo hablar de los conocimientos que los guaraníes tenían de la medicina.

He leído más de una descripción de pretendidas prácticas médicas de los indios guaraníes, y esas prácticas eran las de un pueblo verdaderamente bárbaro. Se ha descrito con toda minuciosidad el procedimiento de ciertos hechiceros, de brujos o impostores que practicaban, por ejemplo, operaciones misteriosas, signos y ciertas palabras, o chupaban ciertas partes del cuerpo, o las heridas, para extraer el pretendido veneno, o el animal que era, según ellos, la causa de la enfermedad, llegando a escupir como tal o una piedra o cualquier otro objeto. Nada más que esto he leído en escritos contemporáneos, y es todo lo que se ha llegado a saber hasta ahora, salvo muy pocas excepciones, sobre los conocimientos medicinales de los actuales guaraníes. Es esto verdaderamente deplorable. Quien haya procedido así en sus investigaciones, ha procedido erradamente, como el paraguayo que fuera a Europa para estudiar la medicina de los europeos, y que, en vez de dirigirse a una Universidad, al desembarcar se encaminara a los campos de Nápoles o Génova, de Andalucía o Sicilia, o por fin, de cualquier parte de Europa y preguntara, no ya a los médicos verdaderos, sino a los ignorantes campesinos, cómo se cura el reumatismo, cómo se destruye la sarna, cómo se suprime el dolor de muelas o el cólico y las demás enfermedades. Pues ese hombre, es claro, recogería todas las brujerías, todas las patrañas y casi una por una todas las ridiculeces que acabo de referir, como conocimientos medicinales de los guaraníes, según los han relatado los que se han ocupado de los indios actuales.

Allá, como acá, la superstición popular impera; allá como acá y en todas partes, la superstición resiste a la ciencia, resiste a la religión, resiste a todo. Parece un algo hereditario en naturaleza humana. En las personas instruidas como en las más ignorantes, existen rastros más o menos hondos de la superstición.

Pues bien; si en vez de esto estudiamos cuáles han sido los procedimientos medicinales de los guaraníes, nos encontramos con un cuadro muy diferente. Y, para empezar, diré que ningún pueblo de la tierra ha entregado a la ciencia médica tantas plantas medicinales como el pueblo guaraní. Es evidentemente imposible, en el breve lapso de tiempo de que puedo disponer, enumerarlas todas. Por eso me limitar exclusivamente, a citar los países en que los guaraníes practicaban mejor sus conocimientos medicinales y a hacer conocer, aunque sea someramente, el valor y la calidad de algunas de esas plantas.

Dije ya que ningún pueblo había dado a la ciencia médica tantas plantas medicinales. Y, efectivamente, los guaraníes de buena parte de Sudamérica (es decir, principalmente, del Brasil, de las Guayanas, de la Argentina y del Paraguay) ya habían estudiado prácticamente todas esas plantas antes de la llegada de los europeos. La ciencia europea no ha podido, a pesar de los esfuerzos desplegados, agregarles una sola en cuatro siglos de permanencia.

¿No es elocuente esto?

¿Se podría aún decir que los guaraníes no tenían conocimientos científicos y sólo se limitaban a las groseras supersticiones de que he hablado? Evidentemente que no. Yo mismo he visto un gran número de casos. Y es así cómo he podido comprobar que empleaban acertadamente los antisépticos, los febrífugos, los tónicos, astringentes, evacuantes, depurativos de la sangre, hemostáticos, etc., y he quedado verdaderamente asombrado, cómo un pueblo que no tenía una literatura, por medio de la cual se trasmitiesen de padres a hijos, de generación a generación, esos conocimientos, pueda haber llegado a un cúmulo de conocimientos tan complicado y relativamente tan perfecto. Si los guaraníes tuviesen una verdadera literatura, la cosa sería interesante; no teniéndola, ha sido para mi maravilloso.

La civilización de los guaraníes sería imperdonablemente imperfecta, si no se completara con conocimientos religiosos, si no en su género perfectos y completos, cuando menos tales como para constituir un conjunto asaz congruente de doctrinas, que fueran pruebas de un idealismo algo avanzado No puedo evidentemente entrar en detalles al respecto de religión guaraní, no solamente por escasez de tiempo, sino por la dificultad que se presenta en este orden de ideas cuando se quiere precisar sobre muchos puntos de detalles.

Me limitaré a unos puntos esenciales. Primeramente, el conocimiento de un Dios Supremo. Los guaraníes, según los datos más fidedignos que tenemos de los primeros descubridores, pero mucho más, según los datos de los guaraníes modernos que han podido conservarse sin contacto con los europeos, ni durante la época de las misiones jesuíticas, los guaraníes, digo, tenían un conocimiento acabado de la existencia de un Dios Supremo, que es un puro espíritu. Que era Dios Supremo no cabe duda. Para los guaraníes, era tan supremo, que hacía y ordenaba todas las cosas, tanto lo bueno como lo malo, y esto, en el mundo entero, pues ese autor supremo no lo era sólo de las cosas de los guaraníes, si no de los acontecimientos de todo el universo.

Los guaraníes no admitían la dualidad del principio del bien y del mal, dualidad que ha sido atribuida muy posteriormente, pero de una manera muy refleja, si bien puede haber existido en algunas partes, los guaraníes en general no tenían la creencia en un espíritu del mal; el autor de lo bueno y de lo malo, era para ellos el mismo dios principal, y en su esfera respectiva cada uno de los dioses secundarios.

Este punto ya lo había establecido Rengger, en lo esencial sólo, pero con toda claridad en las conferencias que tuvo con los ancianos, estudiando la tribu de los Tarumáes, que son indios que habían podido conservarse, al menos en aquel tiempo, libres de todo contacto europeo. Pero la misma idea he podido constatar yo mismo entre otras tribus.

Otro punto importantísimo, capital diré, es que el Dios Supremo guaraní es un puro espíritu. Este concepto, debemos reconocerlo, ha quedado, y queda aún, en el estado teórico para la inmensa mayoría de los mismos cristianos. La idea de que Dios es y debe necesariamente ser un espíritu puro, puede caber en una mentalidad superior, la cual verdaderamente puede idear algo que no sea corporal, algo que no forma parte de un cuerpo cualquiera, que en nada sea materia, ni dependa en lo más mínimo de la materia.

Sólo personas que han abstraído e iniciado, sólo aquellas que se han elevado por su inteligencia y por el estudio sobre la generalidad de sus semejantes, pueden tener cabalmente esta idea. Todos los demás, en la práctica, ven el espíritu sólo a través de un cuerpo y el Dios puro espíritu, aparece para ellos bajo una forma, aún cuando incompletamente material. Ni todos los cristianos conciben un Dios inmaterial; en cuanto a las demás religiones del Asia y del mundo antiguo, han materializado aún más, y en la mayor parte de esas religiones es imposible separar el espíritu del cuerpo, o bien todo espíritu tiene algo de corporal. Y bien, esta idea de separación completa, cosa notable, la tenían los guaraníes. Yo no puedo olvidar el asombro, hace más de 25 años, causado a un anciano cacique de la tribu de los pirapés, cuando con insistencia le hice repetir esta pregunta: «pero, en fin, ¿qué forma tiene este Dios?» En su mirada, en su ademán he visto tanta elocuencia, que un libro no me hubiera probado más claramente con qué intima, profunda persuasión, y de qué manera ha hecho cuerpo en aquellos silvanos la idea de que Dios es un puro espíritu. Ni asomo de idea tenía ese hombre de que el Dios Supremo pudiese aparecer en cualquiera forma, ni de que un hombre racional pudiese dirigirle esa pregunta.

Al lado de eso, tenían dioses semicorporales, dioses que tenían de espíritu hasta cierto punto, pero que aparecían bajo formas distintas, o bajo una forma determinada, pero siempre material. Son los dioses secundarios, y hasta cierto punto los dioses de las selvas, de las aguas, de los amores, de las plantas y animales, como en las creencias de los griegos y ciertos pueblos del Asia. Todos, no obstante, tienen un carácter común y más elevado, no son buenos ni malos, como el Dios Supremo, hacen el bien y el mal, como él y cada uno en su limitada esfera de acción, esencialmente son justicieros. El principio de la justicia está tan arraigado en la mente guaraní, que le es imposible a este pueblo suponer que pueda existir un principio del mal, que pueda haber un Dios encargado de practicarlo, de crear cosas malas, o de llevarles por mal camino; todos los dioses guaraníes son justicieros. Así su Añâ [Aña] o Añánga, su Kaaîhpóra [Ka'aypóra], su Dyuruparí [Jurupari?] y demás, son dioses que premian o castigan a los hombres, según los merecimientos. Si son temidos, es debido a eso. Temen los guaraníes a los «añás», como a los espíritus, pero no porque sean los espíritus del mal, al contrario, los espíritus son las almas de sus propios parientes, de sus difuntos padres y madres y no pueden considerarlos evidentemente como espíritus del mal, sino cómo jueces terriblemente justicieros, que en un momento dado pueden aplicarles castigos muy severos. En este concepto tenían los guaraníes a los dioses secundarios, y en esto sus ideas eran más sanas que las de los griegos, cuya imaginación llenó el Olimpo de dioses criminales y afeados por todos los defectos de los hombres.

Otro punto esencial de su religión, es el conocimiento de la inmortalidad del alma. Que esta alma guaraní sea absoluta y eternamente inmortal, sería difícil poder afirmarlo, pero de que goza en la religión guaraní de una inmortalidad relativa, cuando menos muy prolongada, esto es un hecho innegable.

El espíritu de los guaraníes al salir del cuerpo, por un tiempo más o menos largo, no se aleja mucho de éste; pero pasada cierta época, se retira completamente de la tierra y pasa a una región del cielo, o bien a regiones muy apartadas, en el fondo de las selvas, o bien, idea tal vez refleja, a regiones profundas, en el seno de la tierra.

Esto yo ni nadie no hemos podido dilucidar de una manera bastante clara, y es probable que no sea nunca completamente dilucidado, por la razón de que las diferentes tribus actuales tienen diferencias de detalles en esta creencia, a más de ser muy difícil obtener que un indio hable de su religión. Pero el hecho concreto es que los guaraníes tienen hasta cierto punto el conocimiento de la inmortalidad del alma. Con esto y otras cosas que omito, se puede afirmar que tienen un cuerpo de ideas religiosas, que si bien no se puede equiparar al más perfecto, representa, compara con las religiones de los pueblos antiguos más civilizados la India, Persia, Asia Menor, Grecia y Egipto, un estado de adelanto intelectual muy notable, a veces una superioridad evidente.

Nada de atrocidades, nada de monstruosidades, nada de igualdades, nada de esos conceptos deprimentes tan frentes en las teologías de esos pueblos; nada de semejantes hechos se encuentra en las creencias religiosas de los guaraníes.

La religión guaraní se puede reducir a este concepto: una sanción natural y social del bien y de la moral, bajo la supervigilancia de un espíritu supremo, invisible.

Si del gobierno religioso pasamos al gobierno social, político y económico de las naciones que han formado parte de la confederación guaraní, o que han hablado el idioma que aún hoy día se habla, notaremos rasgos que indican un adelanto aún más notable.

La constitución política de los guaraníes era la democracia pura. El gobierno era popular, esencialmente popular.

El indio guaraní no cedía su independencia ni como ciudadano ni como miembro de una tribu, a nadie, ni a las autoridades mismas. Reconocía al cacique, estimaba al anciano, respetaba al abaré [avare], pero no se consideraba nunca ni inferior ni sujeto a ninguno de ellos. Esto es hasta cierto punto un modo general en los países mogólicos y en todos los pueblos descendientes del grupo amarillo, no como ciertos observadores superficiales han dicho. El chino, por ejemplo, se cree igual al emperador; lo considera sólo como el mayor de los hijos del cielo y, por tanto, que no tiene ningún derecho sobre ellos, pero sí el deber de ser un padre en la tierra. Este mismo concepto tenía el indio guaraní; pero de tal manera, que en la organización política de los guaraníes el pueblo y la autoridad se confundían.

El extranjero que era o es admitido a convivir con ellos, pregunta quién es el jefe. Diría, quizás, que fuese el cacique, en el primer momento. Pero luego después, en otra circunstancia, verá al ciudadano hacer caso omiso de las indicaciones de aquel, aun durante una guerra de tribu a tribu o de nación a nación, que era cuando el cacique generalmente tenía el mando supremo por ser quien dirigía la campaña militar. Esto recuerda la constitución de ciertos pueblos celtas o galos y las costumbres de los antiguos helvecios.

El ciudadano guaraní – si bien le parecía – no tomaba arma en una lucha, sin que por eso tuviese que recibir observaciones de parte de nadie, que ofendiesen su dignidad.

Si del cacique pasamos al sacerdote, o como se quiso llamar, al hechicero, vemos que si este tiene una verdadera influencia desde el punto de vista moral, esta influencia cesa toda vez que se toca a cuestiones administrativas o de orden estrictamente civil. Hay sí un ser que no perdía ni perdió nunca su moral supremacía en la tribu guaraní. Es el anciano.

Todos los guaraníes (y esto parece haber sido de todos los tiempos y de todas las tribus), tenían un profundo respeto a la ancianidad. El consejo de ancianos es el verdadero consejo supremo; pero éste no se reune sino en las grandes ocasiones, por ejemplo, cuando la autoridad del cacique se hace demasiado débil para imponer el orden, o cuando hay discordias o choques entre caciques, o un levantamiento general, en fin, para tomar resoluciones muy graves. Casi constantemente, al menos en los casos en que he podido averiguar directamente, o recogiendo datos de personas que lo han presenciado, el cacique no toma ninguna resolución importante sin consultar al anciano de la aldea. Si había algún asunto más grave que resolver, se consultaba a los ancianos de la tribu, que generalmente se reunían en consejo. Pero, pasado el asunto que se trataba de resolver, el consejo de ancianos no ejercía más autoridad, y todos los hombres volvían a la tranquila independencia de los ciudadanos libres, absolutamente iguales de hecho como de derecho.

Los guaraníes presentan otro rasgo muy notable, que es su gobierno económico.

El guaraní es comunista y comunista hasta el punto extremo. Se ha querido explicar (varios autores lo han hecho) el comunismo de los guaraníes como una institución traída por los padres jesuitas, e impuesta por éstos como organización más apta para sus fines. Esto es un error grave. El comunismo no solamente preexistió en las tribus que han pertenecido a las Misiones, sino que era general en todos los guaranianos, y con pocas excepciones, en tiempos más o menos antiguos, general en todos los pueblos del tronco mogólico, cuando menos entres los americanos.

El comunismo era una forma asaz común en la antigüedad, pero en el continente antiguo se mezclaba entonces con el despotismo; era un comunismo violento y desde luego indiscutiblemente injusto. Entre esos pueblos de la antigüedad había un jefe supremo o un encargado momentáneamente despótico que distribuía las raciones, enseñaba los lugares para construir las habitaciones, enseñaba las tierras a las diferentes tribus, o distribuía los diferentes objetos del botín, pero siempre de una manera absoluta y con la autoridad y fuerza necesaria para imponer el orden a los descontentos. Es decir, que había un poder que imponía, a falta de una conciencia pública formada en ideas altruistas. Ese comunismo tan imperfecto no se parecía en nada al comunismo guaraní.

El comunismo guaraní, como la organización política, es completamente democrático, convencidamente igualitario y exclusivamente basado sobre el principio de los derechos del individuo, limitados por los de otro o de la comunidad, y la máxima: «de cada uno según su fuerza, a cada uno según su necesidad». Solamente que los guaraníes han sabido hacer de esta bella teoría una realidad. Lo que fue y aún es utopía entre pueblos muy civilizados, pero desgraciadamente impregnados de egoísmo personal, ha llegado a ser un hecho entre pueblos más modestos, gracias a dos grandes virtudes, el sentimiento altruista y la dignidad personal.

Los pueblos guaraníes, ofreciendo un ejemplo raro y tal vez único, han podido resolver el difícil problema de ser comunistas sin ningún gobierno que imponga la distribución de los bienes. ¿Cómo se podría hacer esto en una sociedad europea? ¡Cuántas veces y con mucha razón se ha levantado esta objeción ante los anuncios de una próxima o posible reforma social, según los filósofos comunistas! Esta distribución racional, al mismo tiempo igualitaria y proporcional a las necesidades del individuo y a sus merecimientos, seria imposible sin la imposición de una fuerza impositiva que siempre sería un gobierno despótico; y ¿cómo se compagina un gobierno despótico con el gobierno comunista? Se levanta ahí un gran punto de interrogación.

Y bien, para los guaraníes, ese punto de interrogación no existía. El problema ha sido completamente resuelto; no hay gobierno que imponga ni autoridad que distribuya, es el mismo individuo que saca del depósito común lo que le hace falta, y no hay abuso. Influye en eso el sentido innato de moralidad y de justicia. Pero el principio fundamental, el rasgo más característico de la índole guaraniana, y sobre todo de los guaraníes, es el espíritu de dignidad personal. Nunca el indio guaraní sacará del depósito común un grano de maíz más de lo que necesite para la necesidad más apremiante del día. La acusación o la simple sospecha de querer hacerse alimentar por los demás, de ser incapaz de costear las necesidades de su familia, esto para un hombre digno es un castigo tan terrible que sufrirá el indio padecimientos antes de hacer uso de su derecho, y nunca tomará lo que en justicia no parece corresponderle.

El ejemplo práctico hoy aún lo tenemos de cómo han sido en la antigüedad. El depósito de frutos está a disposición de los individuos; cualquiera puede ir a sacar la ración que le parece necesaria. En el medio del poblado o de la aldea existe un edificio destinado, precisamente, a recibir los alimentos que debían de servir como salvaguardia contra los casos de necesidad. Las plantaciones se hacían de esta manera:

En todas las agrupaciones – generalmente son muy pequeñas y se reducen a clanes – todos los individuos válidos hacen una plantación para el ciudadano A, ciudadano que por deferencia suele ser el cacique, un anciano o una persona de mucho respeto. El mismo grupo hace otra plantación para el ciudadano B, o C, etc., hasta que todos los miembros de ese clan tengan su pequeña plantación individual hecha en común por todos los hombres del clan. Terminada ésta se hace la plantación general. Esta también es llevada a término por todos los miembros de la tribu, y allí nadie puede eximirse a asistir al trabajo, mientras que en el primer caso sí, puesto que nadie puede ser obligado, aunque si observado. Esta plantación es mucho más grande, se rodea de buenos cercados si hace falta, o en fin, de todas las precauciones necesarias para salvar de los animales del monte la cosecha. También se hace la cosecha en común, y el producto se deposita en unos ranchos o construcciones centrales que llamaba y se llama todavía, Tupá-mbaé [Tupâ mba'e], como también la plantación. No es una creación reciente; desde tiempo del descubrimiento se ha encontrado todas los aldeas con tupá-mbaé, y existían más antiguamente. Es un error el creer que fueran propias de las reducciones, ni de las misiones cristianas. Hoy día aún existen entre las tribus que no han conocido ni a las reducciones ni a los europeos modernos, si no es muy recientemente.

Tenemos reunidos el producto en ese depósito común. Y bien: no hay distribución, no hay nada. Cuando el individuo ha acabado su ración de víveres y se encuentra en la imposibilidad de proveerse de otra manera, va al tupá-mbaé y saca lo que necesita; los demás hacen lo mismo; pero el abuso no sucede nunca, por ese elevado principio de dignidad personal, ese noble sentimiento que persuade al individuo de no ser inferior a ningún otro y ser capaz de sostenerse a si mismo sin la ayuda de nadie. En ciertas ocasiones, agotados los recursos, todo el clan se provee del tupá-mbaé. Entonces sí, hay una distribución, por partes iguales, según el número de bocas. El comunismo igualitario entra en práctica.

Ese tupá-mbaé, como es natural, está principalmente a disposición de los enfermos, de los ancianos y de todos los que, por una desgracia cualquiera; no han podido trabajar, pero ninguno que tenga buenos brazos y que haya tenido buena plantación se sirve de él, porque esto sería su mayor vergüenza.

He ahí resuelta por la dignidad y el altruismo una de las cuestiones más difíciles para resolver, en tratándose de la aplicación de las teorías más avanzadas de la civilización moderna. Y si esto indica adelanto, y yo lo dejo pensar a mis oyentes. Por todo esto he dicho que la civilización guaraní, sui-géneris, imperfecta en alguna cosa, igualaba y aun superaba en otras a las que con razón nos sirven de modelos.

Una civilización no debe consistir únicamente en barnices, en lujo y vanas riquezas, en grandes facilidades para la vida material, en luchas por el bienestar individual, ni tampoco en innumerables industrias cuyo fin es satisfacer las necesidades artificiales. Una civilización debe consistir principal y fundamentalmente en la moral.

Y, precisamente, desde este punto de vista, la del pueblo guaraní merece figurar a la par de cualquiera de los pueblos más civilizados. No la quiero comparar con la de los pueblos actuales de civilización más refinada, porque la moral puede ser considerada bajo puntos de vista muy diferentes. Pero sí diré que, seguramente, la moral guaraní, considerada en su conjunto, no es inferior a ninguna otra.

Un punto de vista estudiar me queda, para dar una idea acabada de que ese pueblo había llegado a un desenvolvimiento bastante elevado.

Ya he dicho que ningún pueblo había dado a la ciencia tantas plantas medicinales como el guaraní. Y ahora debo agregar otro dato que considero de igual importancia. Que ningún otro pueblo había dado a las industrias humanas tantas plantas cultivadas como las que diera el pueblo que nos ocupa.

El numero de esas plantas, sacadas del estado silvestre y sometidas al cultivo por los guaraníes, es verdaderamente asombroso, si se considera que pocos son los pueblos de la tierra que dieran alguna, y muchos los que, no obstante su civilización, no dieron ninguna.

Si averiguamos cuántas plantas cultivadas debemos a los arianos (pueblo más bien supuesto), si cuántas debemos a los semitas, a los griegos, a los romanos y a los galos, encontramos que estos pueblos de raza blanca apenas nos han legado algunas. En cambio, de los guaraníes hemos recibido más de veinte de las principales plantas cultivadas en la agricultura universal, sin contar otras de entre las secundarias o no conocidas aún en el mundo agrícola.

¿Cuál ha sido el tiempo, los siglos, los miles de años que han necesitado para llegar a semejante estado de cultura agrícola? Naturalmente, ese lapso de tiempo habrá sido muy largo. Pero hay que tener presente que los pueblos del mundo antiguo son considerados, y acaso con justa razón, como los más viejos que los actuales del continente americano, y por supuesto de los guaraníes y guaranianos.

Cuando menos, es fuera de duda, que la civilización de aquéllos es mucho más antigua.

De lo cual resulta que los guaranianos han procedido en sus conquistas agrícolas con una rapidez mucho más grande que aquellos pueblos. Y sin embargo han tenido que extraer del monte y hacer cultivables a varios árboles frutales, el mamón, el papayo, que hoy día se ha esparcido en todo el mundo tropical en muchos países, antes del descubrimiento de América. Puédese agregar en los dominios de los caraíbes, una planta de gran importancia, el cocotero, una de las plantas providenciales de la zona tropical. Esta planta es hoy día reconocida como americana, y los pueblos de la Polinesia, lejos de haberla dado al mundo, la recibieron de este continente. El taro «de la Polinesia», tubérculo muy generalmente cultivado en los países ecuatoriales y en las partes tropicales de la Oceanía, oigo decir que de América ha salido, seguramente de los países guaranianos, y lleva todavía el nombre guaraní, que se ha perpetuado a través de los siglos en la misma Oceanía.

El maní o cacahuete es hijo de una especie silvestre que apenas es comestible y no produce casi nada. Esta crece en la región guaranítica del Brasil y existe en algunas partes del Paraguay. Otra especie de maní completamente distinta, pero que ningún pueblo tiene todavía, la cultivan hoy día los indios guaraníes independientes y la conservan como una de las plantas especiales de sus tribus. Es una especie muy diferente, mucho más grande y de un aspecto tan diverso que su cultivo debe ser de otro género.

El zapallo es de origen guaraniano, y en su lugar lo probaré. La sicana, otra planta cucurbitácea de cultivo, es también originaria de los montes de la región guaraní.

Las yantias, tubérculos comunes de los indígenas, que se ha esparcido más tarde en varias partes del mundo tropical; el tembé-tayá-guasú [tembetaja guasu] y la malanga, son especies en parte traídas por los guaranianos de las selvas y lugares pantanosos, donde existen todavía en estado silvestre.

El «arrov-root», una de las principales féculas, utilizado tanto por la medicina como la industria, también es natural de esta región y su cultivo primeramente fue conocido por estos indígenas.

El mangará-tayá [mangara taja] era, conocido y esparcido para la alimentación entre los guaraníes, caraíbes y tupíes, inclusive los pueblos del Paraguay.

La mandioca, planta cultivada de primer orden, que va adquiriendo cada año mayor importancia en el mundo tropical en la industria europea, es originaria de dos o tres especies [de] arbustos silvestres que crecen en el Brasil y principalmente en el Paraguay, de cuyas raíces, imposible de comerse por ser duras y venenosas, nada parecía deberse esperar.

Sometiéndolas al cultivo, al cabo de varias generaciones se consiguieron las primeras plantas comestibles, cuyas semillas, por la cruza de las primitivas especies y el fenómeno de la mutación, sirvieron para obtener, mediante una selección atenta, las cincuenta y más variedades cultivadas hoy día en el Paraguay y Brasil, y esparcidas ya la mayor parte en todos los países calientes.

La batata misma, tal como se cultiva en los países calientes y templados, es de origen guaraní, existe aquí y en el Brasil en estado silvestre, fue siempre cultivada por los indígenas y ellos son los que han producido buen número de variedades, que han ido del Brasil a otros países. Hablando del Brasil, tenemos que indicar los ñames o carás, otra serie de plantas cultivadas aquí muy poco, desgraciadamente, pero que han salido de estos países para muchos otros, donde son consideradas entre las más útiles.

Tendríamos que agregar varias leguminosas, entre ellas algunas muy cultivadas en el Extremo Oriente, que se han creído originarias de China y Japón, porque de allí primeramente se ha llevado las semillas a Europa, pero que serán reconocidas como plantas indígenas de América y precisamente de la región guaraní. Y otras especies cultivadas en el mundo antiguo, se hallan en el mismo caso.

Otros productos conquistados por los indios civilizados centroamericanos y mejicanos, e introducidos por los guaranianos en este continente, sirvieron de base a estos últimos para formar nuevas variedades regionales: tal es el maíz, del cual nuestros guaraníes de la selva tienen aún variedades que les son propias. Una de las más importantes y universalizadas entre las plantas de los países calientes y templados, el tabaco, sido una conquista guaraniana. Cultivado más o menos por todas las tribus, usado con mucha parsimonia, pero generalmente empleado en la medicina indígena mucho antes de la llegada de los europeos, probablemente desde remota antigüedad, el tabaco servía de articulo de comercio de los guaraníes para con otros pueblos que no lo poseían, o por el clima o el atraso no lo cultivaban. En el Uruguay, la Patagonia, la Pampa y el Sur de Chile, se conocía desde antiguo el tabaco producido por los guaraníes. De ahí que el nombre del tabaco, como lo dan los guaraníes o algo alterado, se había generalizado en esos países.

La papa providencial, que es uno de los cultivos más importantes de la humanidad, ha salido muy probablemente del Paraguay. Hasta ahora se ha buscado su país de origen, sin poderse llegar a una conclusión segura y definitiva. Se hicieron afirmaciones, pero siempre ha quedado una dificultad: ninguna variedad de esta especie, por más que se le haya cultivado, cruzándola y provocando variedades y mutaciones, ha producido nunca la variedad cultivada.

Pero la que más se acerca de esta última, y tiene por tanto más derecho a ser considerada como su tronco o punto de origen, se halla en estado silvestre en el Paraguay. De manera que existen grandes probabilidades de que ese fruto haya sido igualmente un producto de la tierra guaraní.

Por fin dejo para el último la más importante de las conquistas humanas en el campo de la industria vegetal: el algodonero. Esta planta preciosa, se puede decir con toda seguridad, no existió en ninguna otra región de la tierra. Me refiero a la especie que se ha cultivado y generalizado en todo el mundo.

El guaraní ha hecho del algodonero indígena una planta que le sirvió para sus tejidos, y no sólo para él, sino para fornecer de tejidos a los conquistadores durante siglos.

De manera, que podemos afirmar que el industrioso guaraní fue un agricultor admirable en todos los tiempos. Que ya no sea hoy día tan admirable ese agricultor, conocidos todos los trastornos y la inmensa desgracia que ha pasado sobre este pueblo, es un hecho muy explicable. No obstante, el actual indio guaraní, si bien es pequeño agricultor, porque cultiva en reducida escala, en vista de que no tiene comercio posible, siembra de sobra para sus limitadas necesidades, y en todo caso, cultiva de una manera que llama la atención de los entendidos y es hasta cierto punto admirable. Sus padres tenían conocimientos que casi ningún pueblo de América tenía, y mucho le ha quedado. Exceptuando a los Estados de Norte América, por ejemplo, y a pocos otros donde en los colegios se enseña lo que es la hibridación, el cruce de las diferentes variedades y el medio de conservar una variedad completamente pura, este último conocimiento, sobre todo, no me consta que exista entre los agricultores de ninguna parte del continente, excluyendo, naturalmente, a las personas que han cursado estudios especiales. Conservar absolutamente pura una variedad, llevada por la selección hasta un grado deseado de desarrollo, y mantenerla después alejada de todo peligro de modo que conserve intactas sus propiedades y caracteres, esto sólo lo he visto hacer por los indios guaraníes de la selva paraguaya. Se diría que se han especializado en esto.

Actualmente, triste es decirlo, nuestros campesinos han perdido del todo este conocimiento. Dejan abastardarse todas las variedades, y si quieren adquirirlas puras no tienen a veces mejor medio que recurrir a los indios qué aún llevan su modesta vida en nuestras inmensas selvas.

Voy a relatar otro conocimiento aun más admirable para el caso.

Recuerdo que hace dos o tres años se anunció en Norte América el descubrimiento de un modo de obtener frutas sin semilla, e inmediatamente hubo interesados en explotar comercialmente el invento, como es costumbre, mediante la constitución de una sociedad financiera. Y bien: ese descubrimiento no tiene nada de nuevo. El procedimiento tan sabio que creen haber descubierto era seguramente antiguo entre los guaraníes. Los indios chiripaes, guaraníes puros del Este paraguayo y Guairá, conocen perfectamente bien la manera cómo se obtiene, por ejemplo sandías zapallos sin semilla, empleando el procedimiento anunciado como gran novedad en Europa y Estados Unidos, el cual, es cierto, no se conocía años atrás, ni se había publicado en ninguna obra de agricultura.

No entro en más detalles por falta de tiempo. Pero debo deciros que el procedimiento es muy ingenioso y a más de ser interesantísimo por el conocimiento que implica, exige mucha paciencia y prolijidad, que solamente puede tener un horticultor que diariamente cuida de sus plantas.

Todo esto prueba acabadamente que los guaraníes habían sido excelentes agricultores y que, a pesar de la destrucción del noventa por ciento de la población, quizás los últimos restos, desdichados en su precaria independencia, que aún defienden pacíficamente abandonando poco a poco a los inconscientes invasores los últimos dominios que vieron florecientes y poderosos a sus antepasados, reducidos en el monte y arrinconados en las partes más desiertas, sin que siquiera allá puedan considerarse seguros y vivir tranquilos, no obstante eso, conservan muchos conocimientos y los elementos de una agricultura muy adelantada. Y a este respecto, yo terminaré recordando al célebre Topinard, que en una frase inolvidable indicó todo el valor que tiene la agricultura en la civilización.

Dijo ese gran antropólogo:

«No hay civilización en el mundo sin agricultura como base», y debiendo por tanto la agricultura ser considerada como la mejor prueba de civilización, la de los guaraníes ya quedaría por este solo hecho perfectamente comprobada. He terminado.

 

NOTAS

 

14- A esto hay que agregar que los guaranís «civilizados», es decir sometidos, aldeados y catequizados, formando parte, en suma, de la población cristiana, por una evolución psíquica bien conocida, llamaban tupís a sus hermanos que permanecían en las selvas con su libertad y el horror al cristianismo, comparándolos con los salvajes.

 

NOTAS DE LA EDICION DIGITAL

 

4] guayaquí, guayaquíes. Según la grafía actualizada se escribiría guajaki, en singular, tanto para referirse a un individuo como al grupo étnico.

5] guaraníes. En grafía actualizada se escribe guarani (sin acento en las palabras agudas). Para pluralizar un sustantivo guarani se le agrega el sufijo kuera, que equivale a las terminaciones s o es del español. Así la traducción del término castellanizado "guaraníes" sería guarani kuera.

6] tupinâ mbú, tupinâ-ambá, tupinâ-kí y tupinâ-ê. A fin de actualizar la grafía de estos términos se debe suprimir los acentos agudos en la última sílaba, no así los circunflejos, que indican nasalidad.

7] ihvihtorokái. Yvytorokái en grafía moderna.

8] aragwidyé. Según diccionario de Antonio Guasch S.J. año sería arajere (ara: tiempo, día; jere: girar)

 

 


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