AUGUSTO ROA BASTOS (+)

Foto de AUGUSTO ROA BASTOS (+)
Nacimiento:
13 de Junio de 1917

Fallecimiento:
26 de Abril de 2005

EL NARANJAL ARDIENTE. NOCTURNO PARAGUAYO 1947-1949, 1960 - Poesías de AUGUSTO ROA BASTOS

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EL NARANJAL ARDIENTE. NOCTURNO PARAGUAYO 1947-1949, 1960 - Poesías de AUGUSTO ROA BASTOS

EL NARANJAL ARDIENTE - NOCTURNO PARAGUAYO 1947-1949


Poesías de AUGUSTO ROA BASTOS

Ediciones DIÁLOGO


Ediciones de Artes y Letras


Director: MIGUEL ÁNGEL FERNÁNDEZ


Viñeta de JOSÉ LATERZA PARODI


CUADERNOS DE LA PIRIRITA


Asunción – Paraguay. 1960 (26 páginas)

(Ejemplar, corresponde a la Biblioteca de Portalguarani.com )



A


HÉRIB CAMPOS CERVERA


vivo en la muerte.



SONETOS DEL DESTIERRO



LA TIERRA



SEMBRADA entre sus vientos capitales


y desde el pecho casi sin orilla,


su corazón estalla en la semilla


de corazones rojos e inmortales.



Al Norte, sus cornisas minerales;


la arena, al Oeste, que en los huesos brilla,


y entre el Este y el Sur, la verde quilla


de su barco de tierra .y vegetales.



Hundida hasta la frente con su carga


de escombros y de vivos corazones,


mira pasar el tiempo en una larga



sucesión de esperanzas y muñones,


hasta que rompa su prisión amarga


el puño popular de sus varones.



LOS HOMBRES


TAN tierra son los hombres de mi tierra


que ya parece que estuvieran muertos;


por afuera dormidos y despiertos


por dentro con el sueño de la guerra.



Tan tierra son que son ellos la tierra


andando con los huesos de sus muertos,


y no hay semblantes, años ni desiertos


que no muestren el paso de la guerra.



De florecer antiguas cicatrices


tienen la piel arada y su barbecho


alumbran desde el fondo las raíces.



Tan hombres son los hombres de mi tierra


que en el color sangriento de su pecho


la paz florida brota de su Guerra.



SOMBRA DEL FUEGO


ATADA la memoria a una cadencia


va resbalando en número y medida,


de tal manera a la costumbre asida


que está sonando en medio de la ausencia.



Así la acumulada persistencia


de aquel incendio brilla por mi herida,


y está su sombra al cuerpo de mi vida


atada como roja transparencia.



Ni el soplo corrosivo del destino


ni la salada lluvia de mi llanto


ni el ánima de tierra del camino



pueden contra este fuego de mi nada,


porque destino y tierra y tiempo y llanto


no hacen sino avivar su llamarada.



CAMINO


DONDE acaba la raíz comienza el viento,


comienza el caminante y su ostracismo,


rompe el terrón su ténue paroxismo


y se apaga en las manos ceniciento.



Con labios, no con pies, ando un violento


paisaje como sombra de mi mismo


dejando un silencioso cataclismo


en cada piedra, en cada pensamiento.



Pie de jaguar y corazón de garza,


cielo enterrado a golpes de raíces


en el ala de arena que lo engarza.



Voy caminando y siento en las matrices


del tiempo arder mi vida como zarza,


y hasta en mi aliento encuentro cicatrices.



EN LA PEQUEÑA MUERTE DE MI PERRO


Toco la puerta, el árbol, tu ladrido,


tu cariñoso salto congelado,


la oscura miel del ojo iluminado,


tu pena alegre, tu inmortal plañido.



Toco el recuerdo, tócome el dolido


madero en que te han crucificado


y te recobro al fin desenclavado


como un lucero negro del olvido.



La casa sola. Tu ladrido dentro


recuerda una canción cristalizada


con mi nombre partido por el centro.



De tu muerte inocente y sosegada


nace ya el ala de la madrugada


en que vendrás saltando hacia mi encuentro.



TRÍPTICO


I


DE LOS CUATRO ELEMENTOS


SU ROSTRO olvida el fuego en la ceniza,


sobre la tierra el agua su frescura


y el viento iluminado de locura


deja olvidada el ala entre la brisa.



Sólo lo que no dura se eterniza


y está lleno de muerte lo que dura:


mi corazón latiendo me madura


su pequeña montaña de ceniza.



Recuerdo soy del fuego que me apaga,


sed de la arena que en mi frente piensa,


rostro en el agua y en el aire llaga.



Hebra de polvo inmóvil en el viento


con sus cuatro elementos recomienza


mi nada diariamente y no la siento.



II


DE LA DESCENDENCIA


Yo escribí sobre el agua el nombre mío


para la eternidad de un solo instante,


y me atemorizó que ya bastante


durase en el fluvial escalofrío.



Letras de plata en el azul del frío


puso mi ardor y puso el delirante


sosiego que copiaba mi semblante


sobre la tenue página de un río.



Levanté el dedo y escuché la vida,


cerré los ojos, me apreté el costado


disputando en mi sangre con mi herida.



Cuando de aquel momento eternizado,


pedazo de mi noche y de mi vida,


una luz infantil cayó a mi lado.



III


DEL REGRESO


Remonto hacia el muchacho que me espera


junto a un cañaveral sobre una loma,


mancha de sol forrada de paloma


con su abeja en la sien y en primavera.



Aquí está el corazón, aquí su hoguera


con su ramaje de humo, con su aroma,


que la medida de mi sombra toma


para vestir de amor mi calavera.



Obligo al hueso a prosternarse. Quiero


recuperar mi altura adolescente,


ponerme aquel muchacho naranjero,



sentirme el ala, refrescar mi frente ...


Pero el arroyo arrastra indiferente


la imagen de un muchacho hacia el estero.



ADIOS A HÉRIB CAMPOS CERVERA


ENTRE cuatros paredes de blancura mortal,


al filo del nocturno mediodía de agosto,


te vi dormido al fin, hermano mío,


inmóvil y apacible, ya olvidado de todo,


como un niño de sal


en las rodillas negras de la muerte.



Para tu dulce lodo


transido de agonías y nostalgias crueles,


ese regazo frío


de nuestra madre eterna


era por fin el sitio de descanso


que te negó la vida,


el remanso de un lecho sobre el río


del tiempo, la roca de la paz, la cuna tierna


donde tu corazón de polvo nace


en una estrena pura de diamante y rocío.



Y sin embargo al verte


con tu traje gastado, con tus zapatos viejos


acostado en la muerte,


sentí que me sangraban las costuras del alma


con mi dolor de amigo;


que me sangraba el hombro con el peso


de tu esqueleto hecho de espadas y castigo;


que me sangraba el labio con el beso


que a hurtadillas dejé sobre tu frente


como si profanara


una ciudad de arcángeles dormidos . . .



A través de las aguas miserables del llanto,


vi tu cadáver vivo


temblar un poco


como si aún pudiera despertarse


de su prisión de mármol sensitivo.



Sentí que el ojo me sangraba al verte


dibujado en el hondo arrabal


de tus cielos difuntos, con el rostro


volcado hacia la luz remota


de tu tierra natal, con las manos en cruz


sobre el abismo de tu sueño . . .



Tu frente ardía en el silencio


de hielo de tu ser sumergido.


El mediodía se había puesto tan oscuro,


y tu frente había crecido tanto


bajo la llama seca de tu pelo en desorden,


que era como una luna


brillando solitaria sobre altas murallas


en la noche secreta del adiós . . .



Junto a esas murallas


batidas por mi puño, ensangrentado


de golpear tercamente en tu piedra invisible,


como un mendigo ciego


yo imploraba en secreto tu voz, tus alas rotas,


tu vida de soldado destruída,


el resplandor visible de tu fuego


que en el costado izquierdo de la patria,


lejos o cerca de ella,


era su antorcha melodiosa,


su combatiente estrella


y el pulso musical de su destino.



Quería verte en pie de nuevo, vivo,


ocupar tu rescoldo,


tu hueco doloroso y fugitivo,


retomar tu presencia, andar a nuestro lado


como si nada hubiera sucedido . . .



Pero estabas allí, yacente, yerto,


sobre tu propio corazón, caído,


y en el silencio puro, soñando aún con los hombres,


vi tus labios de muerto


conversando con Dios . . .



¡Qué cosas le dirías al oído,


de tu dolor profundo,


de aquella obstinación desesperada,


de tu esperanza sembrada sobre el mundo


como una rama verde en un desierto!



Yo no lloro por ti,


lloro por mí, por todos


los que en amor y pensamiento


ya no tendremos nunca en nuestras manos


la apasionada y suave


corteza de tu pan corporal.



Sobre el limo sombrío de nuestra pena,


en esta cegadora tiniebla que nos dejas de golpe,


tú creces alto y solo,


quebracho transparente, hacia las nubes,


con pie de río y brazos de luciérnagas.


El hacha de tu hachero


no talará tu perfección tranquila.


La muerte ha completado tu hermosura


sobre el vacío enorme de tu ausencia,


camarada nocturno de la aurora,


lucero pensativo.



Tu voz canta y solloza en la distancia


y fulguran celestes tus pupilas


sobre el pavés de los jazmines,


sobre las alas de los pájaros,


sobre los labios que te llaman . . .



En el libro viviente


del pueblo, en sus rugosas páginas


de Verdad y Justicia


amasadas con dolor, con sudor, con esperanza,


quedó tu testimonio de combate,


tu gesto interrumpido,


una flor chamuscada


y un puñado de tierra . . .



Repartida en las almas tu materia sonora,


tu sustancia de nube, tu condición de flor,


no has muerto, hermano mío. Sólo ahora


tendrás tu nacimiento innumerable,


soldando con tu pan de comunión terrestre,


hombros y corazones en la unión


de una paz fraternal.



Entre los rascacielos te despido


de esta Ciudad de Plata, enorme y pura


como el mar, con su pueblo profundo,


en cuyo umbral


te inclinaste a dormir alucinado


bajo el cielo del Sur.



Aquí dejo mi adiós en estos versos


finales que te escribo,


para callar después, para cerrar la puerta


que me enseñaste a abrir


sobre el resplandeciente jardín de la poesía.



Mi mano de poeta


quede clavada aquí, sobre tu cruz,


por siempre.



La vida nos unió, la muerte quieta


no nos separará. Mi pobre sombra


viva atada a tu luz. Y mi silencio


cuelgue su cencerro


de arena


al cuello ardiente de tu melodía . . .



Entre los grandes ríos


de nuestras dulces patrias enlazadas,


la gente humilde, el pueblo


transportará en sus hombros tu corona de hierro,


tu sueño, tu esperanza,


tu retrato indeleble.



Estos poemas - excepto el último, ADIÓS A HÉRIB CAMPOS CERVERA, escrito en 1953 - son una selección del libro inédito EL NARANJAL ARDIENTE (1947 - 1949),con que el autor cerró su etapa poética.



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