LA DÉCADA INCONCLUSA - HISTORIA REAL DE LA OPM
Editorial EL LECTOR
Tapa: ROBERTO GOIRIZ
Asunción – Paraguay
1997 (229 páginas)
ÍNDICE
Prólogo
Introducción.
Capítulo 1.
Encarnación, otoño de 1976
Capítulo 2.
Génesis
Capítulo 3.
El Movimiento Independiente
Capítulo 4.
El frente campesino
Capítulo 5.
El compañero Juan Carlos
Capítulo 6.
La construcción de la «orga»
Capítulo 7.
¡Eso es claudicar, compañero!
Capítulo 8.
Apocalipsis
Capítulo 9.
El dominó represivo
Capítulo 10.
Ya nada será igual
Fuentes de consulta
ALFREDO BOCCIA PAZ
Nació en Bella Vista (Amambay) en 1955. Es médico especializado en Hematología en Universidades de Bélgica y España. Actualmente es profesor adjunto de la Facultad de Medicina de Asunción.
Desde su época de estudiante desarrolló una intensa y comprometida actividad gremial y política en el Frente de Estudiantes de Medicina. Fue posteriormente presidente de las Asociaciones de Médicos tanto del Hospital Universitario como del Hospital de Clínicas.
Participó desde su fundación del movimiento ciudadano "Asunción Para Todos", llegando hasta su conducción. Se integró luego al Encuentro Nacional y, en 1996, fue electo candidato por este partido a la Intendencia de Asunción. Su renuncia a la candidatura posibilitó una inédita experiencia de alianza política que logró retener la intendencia para los sectores democráticos.
Vinculado activamente a la defensa de los Derechos Humanos, ha emprendido investigaciones, fruto de las cuales son los dos libros que ha publicado previamente: "MÉDICOS, ÉTICA Y TORTURA EN EL PARAGUAY” (RP Ediciones, 1992, en co-autoría con Carlos Portillo y Carlos Arestivo) y "ES MI INFORME. Los archivos secretos de la Policía de Stroessner" (CDE, 1994. en co-autoría con Myrian González y Rosa Palau), que se han constituido en importantes referencias para comprender nuestro pasado reciente.
INTRODUCCIÓN
Me he preguntado muchas veces mientras buscaba datos para este libro si es realmente posible recrear el espíritu de una época siguiendo el hilo, frágil y casi siempre engañoso, de una aventura política radicalizada y, para peor, terminada de modo desastroso.
Con el tiempo aprendí a renunciar al ambicioso objetivo de reconstruir la «verdad histórica». Ni siquiera estoy seguro de que ésta exista. La relación de nuestra sociedad con su pasado es tan tormentosa como su historia reciente. El pasado que convoca esta investigación es el de los años setenta: Como todo pasado siempre está en revisión. Pero, como pocas, ésta época en particular sigue y seguirá siendo un tema abierto y conflictivo. Es casi imposible acercarse al tema de manera aséptica. Pareciera que, recién ahora, algunos se atreven a decir cosas calladas por mucho tiempo. Flanqueado por los demonios de los reaccionarios de derecha que sospechan una apología del extremismo y los fantasmas de la izquierda ortodoxa que temen una interpretación de los hechos fuera de su contexto, he llegado al final del camino con la convicción de que, cualquiera sea el método empleado, es imposible pretender una versión definitiva de los acontecimientos.
Asumidos, pues, los sesgos inevitables de haber elegido la cronología y los avatares de un pequeño grupo de vanguardia intelectual y política para retratar el ambiente social de aquellos años setenta, es necesario reconocer que esta decisión no proviene de un mero masoquismo intelectual. Es que, aunque la enorme mayoría de la sociedad no los haya seguido ni entendido, pues su vida y sus preocupaciones cotidianas estaban en otra dimensión, los hechos relatados ocurrieron en esa sociedad y provocaron cambios definitivos en la manera en que convivían los actores de esa misma sociedad. La aventura fue, ciertamente, emprendida por pocos. Pero Dejaría consecuencias sentidas por casi todos.
Al fin de cuentas, la memoria histórica es una construcción t colectiva cuya materia prima no son sólo los sucesos y las experiencias afectivasque éstos generaron en sus protagonistas, sino también los comentarios y reacciones que ellos suscitaron en los medios y en los distintos sectores sociales. O, como ocurrió frecuentemente en nuestro país, lo contrario: el silencio colectivo, mayoritario pero elocuente.
La aventura es la de la Organización Político Militar (OPM), movimiento político clandestino creado por un puñado de gente muy joven que se lanzó de ojos cerrados a un vuelo rasante sobre una de las más formidables fortalezas represivas del continente. Un vuelo con poquísimas posibilidades de éxito. Pero emprendido con una pasión que, a los ojos de la juventud de los noventa, luce inexplicable e insensata.
La época, la década del setenta. Con el stronismo en su esplendor económico y político. Con la oposición sin la más mínima posibilidad de producir un cambio. Con el país entero proscrito y con una insoportable sensación de ahogo político que lo invadía todo.
Eran, sin embargo, tiempos en que el mundo vivía grandes cambios. Tiempos de efervescencia de las utopías estudiantiles y de movilizaciones populares. Una generación que se sentía abandonada por la democracia «formal» busca otros caminos de expresión. Esa era, justamente, una generación que se creía básicamente política y que asumía lo social como un compromiso de su tiempo. Eran eso en realidad: una vanguardia solitaria frente a una clase política conformista y una sociedad conservadora y hasta retrógrada, complaciente ante una dictadura que aniquilaba sistemáticamente todo intento de cambio.
La idea de que la lucha armada era el único camino viable no era descabellada y ganó adeptos en una juventud inflamada de pasión revolucionaria y con un voluntarismo difícil de condenar. Convencidas de que era su misión cambiar las estructuras de injusticia, las vanguardias estudiantiles y campesinas convergieron en una simbiosis a veces forzada pero, en el fondo, inevitable. Unas legitimaban la lucha de las otras. Ambas se necesitaban.
Ese enfrentamiento entre una generación crítica y creativa y un régimen militar que todo lo inundaba de gris no podía terminar bien. En realidad culminó en uno de los episodios de mayor violencia del stronismo. Y, si bien era fácil predecir quién ganaría en este choque entre una muy eficiente fuerza de seguridad interior y novatos adolescentes llenos de buena voluntad, es muy poco lo que se ha escrito sobre la marca que esta década dejaría en la conciencia de la ciudadanía por mucho tiempo más.
Acercarse a la verdad a partir de las versiones periodísticas u oficiales de la época sería un ejercicio inútil. Las noticias sobre política nacional publicadas en los periódicos de entonces eran aterradoramente previsibles y pueriles. Guiados por una prudente autocensura, los redactores de los diarios escribían mansamente sobre cualquier tema social, deportivo, municipal, artístico o sobre la situación internacional, sin arriesgarse jamás a rozar una opinión crítica sobre lo esencial: se vivía en una dictadura hecha y derecha. Si en los diarios se escribía poco, en las radios y en el único canal de televisión no se decía nada. A pesar de eso, cuando se repasan los diarios de esos años, entre nostalgias y silencios, se va vislumbrando algo del ambiente social y psicológico que se vivía en el país.
En estos temas clandestinos y políticos nada tan poco creíble como la versión oficial. Las policías y los militares hacían pocas declaraciones públicas. Pero cuando hablaban mentían descaradamente, tergiversaban sin complejos y eran capaces de negar hechos obvios. Todo lo proveniente de estas fuentes sería basura si no fuera porque en diciembre de 1992 se desentierran de modo inaudito los archivos completos de la Policía política de Stroessner. Y con ellos, más de un tercio de siglo de historias secretas. Entre estas historias, las que se refieren a los acontecimientos que aquí se narrarán ocupan miles de páginas y centenares de libros.
Los «archivos del horror» nos abrieron un resquicio inesperado y excitante para interpretar esos hechos. Una visión con anteojeras y que debe tomarse con pinzas, ya lo sabemos. Pero su valor reside en que esos informes se escribieron sin que a ninguno de los redactores subterráneos, hastiados de impunidad, se les pasara por la mente que algún día estos papeles serían leídos por la gente común. Es, por ejemplo, muy difícil reconstruir la historia del movimiento universitario sin apelar a este archivo. Es tal la cantidad de documentos incautados y revistas coleccionadas por la Policía que se constituye en un archivo más frondoso que el de las propias instituciones académicas.
Curiosamente, los protagonistas de esta generación que idealizó la cultura como elemento modificador y comprendió a la Universidad como fuente de ideas comprometidas dejaron muy poco rastro escrito de sus experiencias. Sólo algunos documentos casi clandestinos o escritos más tarde en el exilio pueden rescatarse para el análisis.
Queda entonces la riesgosa y difícil vía de las entrevistas con los actores directos de la época. Riesgosa por la inevitable y humana tentación de mejorar la historia modificando algo aquí o haciendo un leve retoque allá. Y difícil, porque aún hoy, cerca de un cuarto de siglo después, cuesta hablar de aquel estallido. A casi todos esta historia trágica los modificaría para siempre. Para algunos fue algo así como el abrupto fin de la inocencia. Sólo unos pocos tienen la experiencia bien asumida como para hacer del recuerdo un ejercicio indoloro. Prisiones sin juicio, torturas, muertes de compañeros, traumas familiares, exilios prolongados, heridas no cerradas por delaciones o comportamientos indignos, son el itinerario común de gente que hoy, desde distintas opciones políticas y con diferentes trayectorias personales (empresarios, docentes, parlamentarios, ;agricultores, desocupados), ha elaborado nuevos proyectos de vida. Para casi todos, desde el fondo de una memoria entre atormentada y vergonzante, la OPM sigue siendo una evocación molesta. Aún así surgen revelaciones y confesiones que nunca antes fueron publicadas.
El carácter compartimentado de la organización agregó una dificultad adicional a la hora de precisar fechas y acontecimientos.
Cada protagonista conocía una parte de la historia, el fragmento que le tocó vivir, pero desconocía el resto. Prácticamente ninguno poseía una visión global de todos los aspectos de la organización.
Hemos transitado con paciencia y precaución todos estos caminos. Los acontecimientos son reconstruidos con rigor histórico. Ninguna sola línea de lo que aquí se relata surgió de la imaginación del autor. Todo existió. Este no es sin embargo un libro de historia. Es quizás el intento de rescatar los sueños, el imaginario, las emociones y el comportamiento de una generación que cruzó con gesto exaltado pero también ingenuo uno de los lapsos más difíciles de nuestra historia.
No se trata entonces de una denuncia panfletaria de sucesos atroces ni de una mera reseña, histórica, sino de una visión reflexiva y casi periodística basada en testimonios y documentos, no sólo de, hechos políticos, sino de todo lo que, sirviera para reflejar el temperamento de esos tiempos importantes.
Fue una demorada fuga hacia un pasado reciente, guiada por decenas de, entrevistas y miles de hojas de documentos estudiantiles, políticos, personales y policiales. Intentamos evitar caer en el exotismo y en lo pintoresco de la violencia represiva de la dictadura, pues esto tanto seduce como distrae. Y nos aleja de la verdad.
En el fondo, las aventuras narradas aquí son universales. Los mitos revolucionarios omniscientes del leninismo, el espectro de una «Organización» que aspira aplicar disciplinadamente la «crítica de las armas» y la respuesta sanguinaria y desmedida de las fuerzas «del orden» fueron vividas en muchas otras partes. Pero cuando se dan en este aislado y subtropical país que es el Paraguay adquieren perfiles propios y singulares.
La violencia totalitaria de aquellos años fue reemplazada por la democracia imperfecta de los noventa. Pero la cultura de los setenta era más esperanzada e idealista. Se idealizaban transformaciones colectivas que cambiarían lo peor de la esencia del hombre. Fue la última generación que creyó en verdaderas utopías. Curiosamentela palabra utopía no era muy usada en los setenta. Se hablaba de «proyectos revolucionarios». Utópico definía a algún inofensivo soñador. Esa generación que habitó el tiempo de una América Latina heroica con la convicción de que debía cambiar el mundo era cualquier cosa, menos inofensiva.
En estos noventa de desencanto, de simplificación consumista y estridente, de sacralización estúpida de lo «light», es seguro que aquellos jóvenes del setenta miren a los de hoy con expresión no muy feliz. Pero es también probable que éstos escuchen su discurso militante y combativo sin entender nada y los miren como a marcianos. De todos modos, y quizás por eso mismo, no me pareció del todo mala la idea de intentar reconstruir el rompecabezas de una época tan cercana como poco conocida.
En un país que asume la desmemoria con tanto entusiasmo, en medio de esta sopa de conversos y reconversos que fingen haber nacido ayer, quizás no sea tan dañino volver la mirada, sin indulgencia pero sin prejuicios, a lo que nos pasaba hace un cuarto de siglo. Para algunos este libro podrá parecer la revisión de hechos viejos. Pero para muchos más, los que no tenían entonces la edad para entenderlos o los que sí la tenían pero no se enteraron, quizás estas historias sean un descubrimiento. En cualquier caso, para quienes sobrevivimos en una cultura, una transición y una democracia descafeinada y con poco sentido de lo profundo, la reconstrucción de una, aventura tan riesgosa como utópica resultará cuando menos sorprendente.
CAPITULO I
ENCARNACIÓN, OTOÑO DE 1976
«Para los usurpadores de la memoria, para los ladrones de la palabra,
esta larga historia de dignidad no es más que una sucesión de actos de mala conducta».
(Eduardo Galeano, 1989)
La lancha, repleta de bultos y gente, se acercaba con lentitud a la orilla paraguaya. El cruce del río Paraná desde Posadas, mucho antes de que se construyera el puente San Roque González de Santa Cruz, era tedioso pero tenía el encanto de la pausa y el paisaje. El movimiento en el puerto de enfrente era intenso en aquella mañana de sol. No era para menos: era sábado y habitualmente ese día aumentaba el flujo de paraguayos que trabajaban en la Argentina y volvían por unos días al país. Turistas de clase media de las provincias cercanas, comerciantes y numerosos universitarios paraguayos que estudiaban en ciudades argentinas y aprovechaban las muy próximas vacaciones de Semana Santa, se aglomeraban en la balsa y las lanchas que durante todo el día permitían cruzar el río.
Sentado en uno de los tablones que cruzaban perpendicularmente el "lanchón" (como denominaban los "paseros" a esa peculiar embarcación que transportaba a una treintena de pasajeros por viaje), el estudiante de Medicina Carlos Guillermo Brañas miraba a las cada vez más cercanas maderas del pontón que llevaba a la aduana paraguaya y se preguntaba si la decisión de venir de este modo había sido correcta.
Desde allí, desde el medio del cauce del Paraná, la parte baja de Encarnación mostraba un perfil somnoliento y tranquilo. Era uno de los principales puertos de entrada terrestre al país pero eso no la convertía en una urbe agitada. El Paraguay era un país que parecía no moverse. Siempre se le ocurría pensar lo mismo cuando volvía de Corrientes: era, sin dudas, el país más quieto del continente. Alejado del mar y de las noticias internacionales, el Paraguay transitaba indolentemente por la misma dictadura de dos décadas atrás, por el mismo atraso de dos siglos atrás.
Entrar o salir del Paraguay nunca había sido fácil. El férreo control policial de los pocos puertos de entrada llevaba cuidadosa cuenta del tránsito de personas. Y tenía una entrenada percepción de quiénes podrían ser potenciales amenazas para la seguridad del Estado. Sacerdotes, mochileros, extranjeros, estudiantes, políticos de oposición eran escrupulosamente anotados en los «libros de novedades». Nadie podía negar que el sistema había sido eficaz. Paraguay era el único país de la región que no había sentido hasta entonces los efectos de la violencia guerrillera. Los oficiales destacados al control de los puertos de frontera consignaban en ajados cuadernos, de manera tan monótona como sistemática, los datos personales de quienes ingresaban o dejaban el país, así como los motivos que justificaban esa decisión. De los mugrientos cuadernos todos los nombres eran transcriptos a los «libros de novedades» (que el descubrimiento del «archivo del horror» volvería famosos dos décadas después) y de aquí, al final de la tarde, se extractaba lo relevante para redactar el parte diario a la Jefatura del Departamentode Investigaciones en Asunción. Y lo relevante eran todas aquellas personas conocidas, peculiares por algún motivo, o francamente sospechosas que habían cruzado la frontera.
Sí, era eficaz a pesar de ser rudimentario y manual. No podía ser de otra manera puesto que la Policía de la Capital no contaba con un sistema informático. Esto no era de extrañar pues en todo el país, en 1976, sólo existían nueve computadoras que funcionaban por medio de tarjetas perforadas. La más popular era la de la Polla del Fútbol, un juego semanal de apuestas basado en los resultados de los partidos dominicales.
Eran, sobre todo, los universitarios paraguayos los que estaban bajo la lupa de los sabuesos de Investigaciones. Alentados por una diferencia cambiaria que hacía que el costo de vida fuera sensiblemente inferior en la Argentina, miles de ellos se habían marchado a estudiar en universidades de Corrientes, Resistencia, Córdoba, La Plata y Buenos Aires. Las reformas introducidas por el gobierno peronista años atrás abrían las puertas de la Universidad a jóvenes paraguayos que, de ese modo, eludían los difíciles exámenes de ingreso de la única Universidad estatal paraguaya. La Policía desconfiaba, y con razón, de que el contacto con la convulsionada situación Política argentina terminara contaminando el «espíritunacionalista» de estos muchachos compatriotas y que, a través de ellos, las ideas subversivas que campeaban libremente en las aulas y comedores universitarios argentinos penetraran a nuestro país.
Brañas sabía mejor que nadie todo esto. Al fin y al cabo, la decisión de venir por Encarnación fue tomada porque él tenía la presunción de que su nombre figuraba en las listas de sospechosos manejadas por la Policía que resguardaba los otros puertos usuales de entrada: Puerto Falcón e Itá Enramada. Intentaba tranquilizarse recordando que hacía poco más de un mes había entrado al Paraguay por Falcón y había vuelto en ómnibus a Corrientes por Encarnación con documentos normales sin tener ningún problema. Esas dos extrañas semanas que pasó en la casa de Lambaré le convencieron de que la organización existía. No era lo que le pintaban las conversaciones con los compañeros de Corrientes. Pero existía. Por eso estaba en esta lancha ahora. Y, a pesar de los sueños premonitorios que sobre este viaje había tenido su esposa en las últimas noches, todo volvería a salir bien.
Sin embargo, en esta mañana de sol todo se había vuelto más complicado. En Argentina los militares habían derrocado hacía menos de diez días, el 24 de marzo, a Isabel Martínez de Perón y la habían confinado a Neuquén. El golpe daba fin a varias semanas de psicosis colectiva en torno a rumores y desmentidos en una atmósfera de gran violencia. En los últimos cinco meses unas setenta personas habían sido secuestradas por comandos derechistas. El año de 1976 no presagiaba ser mejor que el anterior, que se había cobrado cerca de mil muertes por violencia política. Había comenzado la más despiadada represión contra todo lo que pudiera parecer sedicioso o extremista.
Todavía no se sabían las cifras dantescas que arrojaría esta ofensiva liderada por el general Videla pero había una clara percepción de que el llamado «Proceso de Reconstrucción Nacional>> golpeaba con una brutalidad nunca antes conocida a las organizaciones populares. En los días siguientes al golpe centenares de delegados gremiales y militantes obreros fueron detenidos y «desaparecidos. Era claro que muchos de los «sediciosos» intentarían buscar refugio en los países vecinos. Eso crispaba los nervios de ambas Policías fronterizas. De hecho, las fronteras argentinas fueron cerradas durante varios días, lo que había obligado a Brañas a postergar este viaje por una semana.
Pero, además, ahora se jugaba mucho más. Esta era la vuelta importante, la definitiva. Ahora empezarían a hacer cosas trascendentes. No venía solo como las otras veces. Ahora venían con Brañas su esposa Ana María lbáñez y la hijita de ambos, de diez meses de edad. Otras dos mujeres acompañaban al matrimonio: María Evangelina Alvitos, más conocida como Mary, una correntina de 23 años, quien también traía en brazos a su bebe de meses, y Teresa Aguilera de Casco, una estudiante de Veterinaria paraguaya, de 20 años, embarazada de seis meses. La primera intentaba encontrar a su esposo, Jorge Zavala, de quien no sabía nada desde algún tiempo atrás. Albergaba la esperanza de que acompañando a los Brañas se produjera un reencuentro que diera fin a los varios meses de separación. La segunda, recién casada, abandonaba las angustias económicas de Corrientes y se sumaba a la aventura de su esposo, con quien debería encontrarse al día siguiente cuando también él reingresara al país por barco con todas las pertenencias que se fueron juntando en esos años de vivir fuera del país. Todos habían salido de Corrientes la noche anterior en un ómnibus de la empresa Posadas.
Eran poco más de las siete de la mañana del 3 de abril de 1976. La lancha estaba muy cerca de atracar y Brañas estaba tenso. Tenía la sensación de estar siendo observado por un individuo fornido y de tez oscura. ¿Era un pyragüé o era sólo fruto de sus nervios? Brañas tenia razón para sentir miedo. En la aduana paraguaya los controles de identidad podrían o no ser estrictos. Eso dependía de cuestiones tan caprichosas como el humor de los guardias o el momento político Y definitivamente este último factor no podía ser peor.
Brañas había alcanzado a echar un vistazo al “ABC Color” de ese día comprado por uno de los pasajeros. El diario, que se vendía al precio de 15 guaraníes, daba destaque a la noticia de que las universidades argentinas habían sido colocadas bajo control del Estado y se habían eliminado en ellas toda actividad política. Se daban por terminadas las normas de cogobierno docente, y estudiantil que se habían convertido en la bandera de combate de los activistas universitarios. La Universidad estaba en manos de los milicos y éstos parecían dispuestos a aplicar sin discriminación la ley de los fierros.
Las noticias de la política paraguaya eran casi previsibles: informes sobre las actividades del Partido Colorado que en esos días realizaba uno de los periódicos «campamentos de la Juventud Colorada» en San Pedro del Ycuamandyyú, dirigido por «el padre espiritual de la juventud paraguaya» Mario Abdo Benítez, secretario privado del general Stroessner, y algunas líneas sobre una reunión de dirigentes del opositor Partido Liberal Radical. Un llamativo aviso de «La ninfómana», una película porno muy comentada en la pacata Asunción y ofrecida en transnoche por el cine Atlas, casi opacaba una breve nota que Brañas leyó con atención: el juez Diógenes Martínez admitió una querella por difamación y calumnia que el general Carpinelli Yegros promovió contra el médico opositor Miguel Ángel Martínez Yaryes. Éste era director del semanario «El Radical», desde donde se había denunciado la quema de ranchos de asentamientos campesinos por tropas dirigidas por el militar.
Después de una eternidad, la embarcación se acercó al extremo del largo pontón de madera que había sustituido al antiguo muelle de Encarnación arrasado por un tornado a comienzos de siglo. Lo que quedaba de las bases de cemento del muelle sobresalía de la superficie del río a una centena de metros aguas abajo. Los pasajeros comenzaron a descender y Brañas prefirió esperar. Debía mantener la calma. Todo parecía normal pero lo que estaba por comenzar a gestarse era una cosa demasiado grande, como para permanecer tranquilo. Era algo que podía cambiar la historia. Era la punta de lanza de la revolución. Detrás vendrían otros. La lucha armada llegaba al Paraguay. Era cierto también que, como ciertas ropas y estilos de moda, cuando comenzaba a ser pensada aquí ya estaba en decadenciamuchas otras partes de América Latina.
Había que demostrar calma. Las vanguardias suponen riesgos. Una vez adentro todo sería más fácil. Allí estaba la organización. Los cuadros urbanos y campesinos. Los compañeros y la estructura, Calma.
A sus 24 años, finalmente, Brañas no era ningún improvisado. Había ido a Corrientes a los 18 años a estudiar Medicina en 1970, y poco tiempo después ya había tenido su primera experiencia carcelaria cuando fue detenido varios días por activar en la Juventud Peronista. Admirador de Perón, fue a Buenos Aires a esperar su llegada de España en mayo de 1973. Conoció las cárceles de la Policía de Corrientes otras dos veces antes de ser «reclutado» por Carlos «Pocho» Livieres, el paraguayo que llegó a escalar los rangos más altos en la jerarquía de los Montoneros. De la mano de Livieres, Brañas recorrió el itinerario habitual del «captado» hasta llegar a integrar los cuadros «periféricos» de la organización. Esto significaba ser un elemento de apoyo escondiendo gente, documentos o mimeógrafos y participando de pequeños operativos de «cacheo y reducción» en barrios de Corrientes. Los itinerarios de la vida clandestina no le eran del todo desconocidos.
Paralelamente, se había convertido en un referente activo de la numerosa comunidad estudiantil paraguaya: convencido de que el clima político que se vivía en Corrientes estaba diez años adelantado al de Asunción, había apoyado la formación del Centro Cultural Guaraní y se había iniciado en los entonces clásicos «grupos de lecturas políticas» que se hacían en su departamento de la calle Córdoba. De esas noches de mediados de 1974 a meterse de cabeza en esta aventura no había una distancia mayor a pocos meses. La regional Cuarta de los Montoneros, que abarcaba Formosa, Corrientes, y Misiones, lo había nombrado enlace con los compañeros del Paraguay. A éstos, en realidad, no los conocía al principio más que por las versiones de su compañero de Facultad Jorge Zavala, y por aquella única vez en que había conversado en su departamento con «Pombero», el pseudónimo usado (lo sabría después) por Juan Carlos Da Costa.
Las mujeres aparentaban estar serenas. Es preferible que ellas bajen primero de modo a sondear el rigor de los controles. Si una seña de su esposa le indicara que los documentos eran cotejados con alguna lista, siempre quedaría la chance de quedarse en la balsa, confundirse con los pasajeros que hacían el trayecto inverso e intentar volver a Posadas. Mientras la fila de pasajeros recorría el pontón y se acercaba a la orilla, Brañas comprobó una vez más que la libreta de baja plastificada estaba en el bolsillo del pantalón. Entraba con documentos legales.
Brañas quedó entre los últimos de la fila; las tres mujeres, adelante, pasaron sin que advirtieran ninguna anormalidad. No parecía haber complicaciones. La rutina de siempre. Brañas llega a la orilla paraguaya y se dirige como todos a la vieja casa de paredes altas y rosadas en donde funciona el resguardo de la Aduana. Allí, a unos cien metros a la derecha del primer control que se hacía a la salida del pontón, los pasajeros suben los tres escalones de las altas veredas e ingresan al edificio. Los equipajes eran displicentemente revisados por un guardia. Las mujeres pasan primero y luego lo hace Brañas. El bolso es abierto y su contenido rápidamente manoseado. Una seña con la cabeza lo autoriza a pasar. Enfrente estaban la calle con los comercios, los «carumbé» y una multitud de gente haciendo compras. Brañas respira hondo y pide a su esposa que llame a un taxi. Las tres mujeres se alejan unos metros y él se queda solo por un momento.
Fue entonces, en ese instante en que parecía que, todos los riesgos habían sido superados, cuando sonó aquella voz estridente que no se le iría jamás de la memoria:
- ¡Espere! Vamos a volver a revisar su valija.
Era un hombre petiso, de bigote y camisa blanca, con inconfundible aspecto de «cana»; el que se dirigía enérgico al guardia de aduana:
¡Ndererevisa kuaai, ningo chamigo! ¡Revise de nuevo este bolsón!
La nueva revisión, más minuciosa, revela papeles, agendas y cinco documentos de identidad argentinos.
Brañas llegó a ver cómo extraían del fondo del bolso los ejemplares de «Tatapiriri » antes de ser llevado, por dos gorilas surgidos de ninguna parte, a la habitación que estaba detrás del mostrador. No tuvo tiempo de pensar en la imprudencia infantil de tener consigo la revista de la organización. Tampoco le hubiera servido de mucho pues, al cerrarse la puerta, lo esperaban tres tipos de civil que lo reciben a golpes y le colocan esposas. Lo último que recordaría Brañas de su paso por la aduana de Encarnación es la orden perentoria del mismo individuo que lo detuvo minutos antes:
- ¡Pegüeraha ko tipo Delegación de Gobierno pe!
Mary Alvitos de Zavala recuerda nítidamente ese momento: «Las mujeres ya habíamos pasado los controles y nos dirigíamos a buscar un taxi cuando un policía nos obliga a volver. A Carlos lo habían revisado de nuevo. No puedo entender hasta ahora porqué él traía tantas cosas comprometedoras. Documentos, revistas, papeles, hasta un álbum de fotos. Los policías le exigían a los gritos que identifique a los que aparecían allí. Casi me muero cuando veo que en una de las fotos estaba el propio `Pombero', uno de nuestros jefes».
La angustia y los intentos mentales de armar una historia creíble que contar ocupan la mente de Brañas en el trayecto entre la aduana y la Delegación de Gobierno realizado en el pequeño Citröen gris manejado por (también lo sabría mucho tiempo después) el Comisario deInvestigaciones Julián Ruiz Paredes. Allí lo recibe Silvio Bogado, flamante Delegado de Gobierno y ex director de Política y Afines delparlamento de Investigaciones. Nueva golpiza, breve interrogatorio y menos de una hora después estaba nuevamente tirado en el piso del Citröen con una metralleta apuntada a la cabeza.
El que manejaba era Julián Ruiz Paredes. Mala cosa: habían decididointerrogarlo en serio en Asunción. Mientras, las mujeres llegaban a la Delegación. En un descuido policial Mary Alvitos, quien tenía en su poder la cédula de identidad de su esposo Jorge Zavala, logra abrirla y se traga el papel.
A las cuatro de la tarde el Citröen estacionaba frente al Departamento de Investigaciones. Brañas aún no presentía del todo que estaba entrando a la historia del modo más desagradable y doloroso. Esa tarde se iniciaba un periplo de mil días de prisión que seguiría con Investigaciones, el penal de Emboscada, la Comisaría Tercera, la Guardia de Seguridad, la Comisaría Séptima y la Cárcel de Tacumbú. Aquel sábado su vida cambiaría para siempre. Y con él, la de miles de paraguayos que no olvidarían a 1976 como el año en que la década se detuvo y una violencia sobrecogedora recorrió todo el país.
CAPITULO 2
GÉNESIS
-«Comandante, ¿qué hace falta para hacer la revolución?»
- «Pelotas...»
Respuesta de Ernesto «Che» Guevara, representante cubano,
a la pregunta de un periodista en la reunión de mandatarios interamericanos
en Punta del Este (Agosto \\ de 1962).
La caída de un cuadro importante de la organización ocurriría tarde o temprano. Cuestión de sentido común. Pero Brañas cayó demasiado rápido.
Su apresamiento en el puerto encarnaceno no estaba en la agenda de ninguno de los actores. Carlos Brañas, confiado en sus recientes cruces de frontera sin novedades, no había tomado precauciones mínimas de seguridad y portaba cédulas falsas y hasta un ejemplar del periódico clandestino de la organización. Esos elementos, de por sí, señalaban hasta al más torpe de los investigadores que se estaba frente a algo más que a un delito común. La organización fue tomada de sorpresa; nadie los esperaba, no se preparó ninguna estructura de apoyo y, por increíble que parezca, nadie se enteró del episodio. Y también fue algo inesperado para la Policía que, hasta ese momento, si bien temía la formación de células subversivas provenientes de la Argentina, no tenía la menor idea de que la organización ya existía desde hacía tiempo dentro del país.
OPM. Organización Político Militar. Desde esa mañana del 3 de abril de 1976 su historia comenzaría a ser manipulada, distorsionada y estigmatizada por los dueños del poder. Poco es lo que sabe el común de los paraguayos sobre lo que fue la organización, y sus -siglas no inspiran nada conocido a los jóvenes de la generación -siguiente. Y, sin embargo, fue la organización clandestina armada más importante instalada en el Paraguay desde los trágicos intentos del «FULNA» y el «14 de Mayo» allá por 1959.
La Policía tardó poquísimo tiempo en percatarse de que Brañas era la punta de un ovillo mucho más complejo. En las horas siguientes, Pastor Coronel se regodearía con los datos y documentos que tenía entre manos. Dos días después ya podría informar triunfalmente a Stroessner que «existía una organización subversiva, clandestina, estructurada en columnas compartimentadas y que preparaba la lucha armada». No le preocupaba entonces cómo y quiénes eran los fundadores de la organización. Ahora era el momento de actuar rápido y con firmeza. Ya habría tiempo de pensar en aquello.De todos modos, debería tratarse de algo muy nuevo; de lo contrario su Departamento lo sabría. Sin embargo, la organización había comenzado a andar desde hacía más de dos años.
La idea de estructurar cuadros subterráneos capaces de crear las condiciones que permitieran derrocar por la vía de las armas al gobierno militar de Alfredo Stroessner había rondado por las cabezas de muchos opositores a lo largo de años. Quienes lo habían intentado terminaron muertos o presos. El exilio paraguayo se nutría de centenares de ciudadanos que se habían vinculado de algún modo a los pocos intentos de rebelión militar, todos ellos frustrados por un Ejército que respondía incondicionalmente al General. Las condiciones internas del país a mediados de los setenta, en pleno esplendor económico generado por la construcción de la represa de Itaipú, terminaron por desanimar a casi todos de aventuras tan riesgosas. A casi todos, porque algunos jamás renunciarían a un destino que los perseguía de manera obsesiva.
Para esa clase de gente no se vivían tiempos fáciles. Desde el fin de la segunda guerra mundial la «guerra fría» se expresaba en Sudamérica, por el apoyo yanki a regímenes totalitarios de derecha. En 1964, un golpe militar en el Brasil instala una dictadura. El general Castelo Branco disuelve los partidos políticos, implanta el terror en las universidades y llena las cárceles de presos políticos. En junio de 1966, el general Juan Carlos Onganía derroca al presidente civil Arturo Illía. Historia latinoamericanamente repetida: se clausura el Parlamento, se ilegalizan los partidos políticos y se intervienen ocho universidades.
Hacia finales de la década de los sesenta el gobierno de Alfredo Stroessner estaba totalmente consolidado. Desde 1954, sin escrúpulos ni descanso, había logrado la fidelidad de las Fuerzas Armadas y desarticulado sistemáticamente los intentos de organización opositora. Comandante en Jefe, Presidente Honorario del Partido Colorado y Presidente Constitucional de la República, su poder era absoluto. Tenía una notable ventaja sobre los otros dictadores de la región: contaba con el respaldo político del principal partido del país, y había mantenido la fachada de las instituciones democráticas: Parlamento con representación opositora, elecciones periódicas, vigencia formal de la Constitución y Poder Judicial funcionando.
Stroessner, hijo de un inmigrante alemán, tosco y de pocas luces intelectuales, había venido para quedarse. De la mano de su «democracia sin comunismo» asfixió al país en una prolongadísima represión bajo la mirada complaciente y aprobadora de los gobernantes del país del norte. En realidad, ni a Lyndon Johnson ni a su sucesor en 1968, Richard Nixon, les quedaba mucho tiempo para mirar al patio de atrás, ocupados como estaban en incendiar Vietnam con napalm.
Sin embargo, la región comenzaría a vivir en esos años experiencias inéditas al ritmo de los increíbles cambios que ocurrían en el mundo y que comenzaban a marcar a una generación que sería testigo de acontecimientos tumultuosos.
En Río de Janeiro y Sao Paulo, a comienzos de 1968, decenas de miles de estudiantes, obreros, artistas e intelectuales conmueven al Brasil con manifestaciones de protesta por la violencia de la represión política. La UNE (Unión Nacional de Estudiantes) convoca a múltiples reuniones clandestinas en varias ciudades. A fines de ese año, el general Arthur Costa e Silva decreta el Acto Institucional n° 5 (AI-5) que radicaliza aún más el régimen e implanta una dictadura con todas las letras. Surgen, en las ciudades y el campo, organizaciones que se clandestinizan y llenan de siglas curiosas (ALN, MR8, VPR, VAR, MRT...) las páginas policiales y políticas de los diarios. Una modalidad común para entonces les permite acceder a fondos y notoriedad: los secuestros a diplomáticos. En un espectacular operativo, en el que participa el intelectual Fernando Gabeira, es secuestrado en Río el embajador norteamericano Charles Ellbrick. Su libertad se logra cuando el gobierno accede a liberar a quincepresos políticos. El gobierno responde con el asesinato del míticolíder guerrillero Carlos Marighela.
Los Tupamaros reinventan con creatividad la guerrilla urbana, captan apoyos masivos entre los estudiantes y obligan a Jorge Pacheco Areco a aumentar la censura de prensa. Esto ocurría nada menos que en el, hasta entonces, armónico Uruguay, orgulloso de su tradición cívica, de su laicidad, de su clase media en auge. En octubre del '69 1os «tupas» se hacen dueños por varias horas de una ciudad (Pando) mientras mantienen secuestrado al banquero Gaetano Pellegrini.
En mayo del '69 los argentinos asistirían a un acontecimiento significativo y definitorio. El centro de Córdoba quedó en manos de la rebeldía popular. Los obreros mejor pagados del continente se levantaron junto con los estudiantes en una protesta gigantesca contra la opresión política de Onganía. La calma sólo volvería dos días y catorce muertos después, pero el «Cordobazo» levantaría consignas que perdurarían años. Algunos meses más tarde, la opinión pública escucharía por primera vez la palabra «Montoneros» adoptada por una organización de tendencia peronista que iniciaba sus operativos con el ajusticiamiento del general Pedro Eugenio Aramburu.
El resto del continente tampoco escapaba a este fin de década vertiginoso. La muerte del sacerdote colombiano Camilo Torres en la guerrilla rural hacía pasar a los cristianos latinoamericanos del escándalo a la interrogación profunda. «Sabemos que el hambre es mortal» proclamaba el cura combatiente. «Y si lo sabemos», decía, « ¿tiene sentido perder el tiempo discutiendo si es inmortal el alma?». En octubre del 67 terminaba la experiencia guerrillera del «Che» en Bolivia al ser herido en la Quebrada del Yuro y asesinado al día siguiente. «Otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos», decía al despedirse de Fidel y los cubanos. Su mirada inquisidora y serena debajo de la boina combatiente se convertiría en el ícono de toda una generación. Treinta años después, el descubrimiento de su esqueleto en la población boliviana de Vallegrande lo relanzaría, ya no como el ex comandante y ex ministro cubano que convocaba a transformar el mundo, sino como un éxito de marketing comercial reproducido en calcomanías; remeras, prendedores y hasta avisos publicitarios de zapatillas deportivas yankies. Señal de los tiempos.
Militares progresistas encabezados por Juan Velazco Alvarado inician una revolución nacionalista y con sentido social en 1968 en el Perú. Eran los mismos militares que venían de combatir a las guerrillas de los sesenta y que se habían impregnado de la miseria y la marginación de aquellos a quienes debían defender del comunismo. Estudiantes alborozados pintaban las calles de Lima con frases de Túpac Amarú: «Campesino, el patrón no comerá más de tu pobreza». Una semana después Omar Torrijos asumía el poder en Panamá y se embanderaba con el derecho a la autodeterminación de los pueblos al liderar la defensa de la soberanía del Canal, enclave colonial norteamericano. Los chilenos empezaban a creer que un presidente de la izquierda podría llegar por vías democráticas al Palacio de la Moneda.
Era, sin dudas, una época convulsionada. El mundo cambiaba a un ritmo nunca antes conocido. Los Beatles invadían el planeta con un rock and roll revolucionario y el movimiento hippie proponía «hacer el amor y no la guerra». Actividad que, por cierto, se volvía mucho más placentera y menos angustiante con la liberación sexual que permitían las píldoras anticonceptivas. Las protestas de los jóvenes estadounidenses contra la guerra de Vietnam recorrían el mundo mientras que el «black power» obligaba a cambiar centenarias medidas de discriminación racial.
Las movilizaciones callejeras de mayo del '68 en París, que habían comenzado por reclamos académicos, aglutinaron enseguida a estudiantes, sindicalistas, artistas e intelectuales y terminaron en una honda interpelación al sistema político y social cuyas consecuencias resonarían en todo el mundo. Desde las barricadas de adoquines del centro de París la imagen de Daniel Cohn-Bendit anunciando «la imaginación al poder» se convertirá en una postal de época. Era la «nueva izquierda», más abierta y humanista, que no excluía de sus críticas ni al solemne Partido Comunista de Francia. La revolución cultural de Mao, la «Primavera de Praga», los conflictos bélicos entre el comunismo ruso y el de Pekín, el redescubrimiento de los pobres por la Iglesia en Medellín, el asesinato de Martin Luther King, el vuelo del «Apolo 11 » a la Luna, el vuelo de la juventud con marihuana, los Rollings Stones, «Woodstock 69». El clima del final de aquella década era decididamente acelerado. El mundo ya no era el mismo. Las relaciones entre jóvenes y adultos, entre ricos y pobres, entre negros y blancos, entre estudiantes y maestros, entre hombres y mujeres, sufrían más cambios en pocos años que en muchos siglos anteriores.
Olvidado del mundo, oprimido por su mediterraneidad, la vida transcurría a ritmo cansino en el Paraguay. La dictadura lo tenía todo controlado y sus actos políticos eran como los discursos de Stroessner: previsibles, grises y repetitivos. Cada tres meses un decreto renovaba la vigencia del estado de sitio. Esto ocurría desde hacía ¿cinco años?, ¿diez?, ¿quince? Los ministros no se cambiaban por décadas. De hecho, en el gobierno no estaban permitidos las crisis ni los escándalos. En 1967 una Convención Nacional Constituyente con la participación de los partidos de oposición legaliza una nueva reelección del General que se formaliza en elecciones del año siguiente. Era la tercera vez que era reelecto. ¿O la cuarta?
Los cambios de aquellos años fueron tan intensos, sin embargo, que llegaron incluso al bucólico Paraguay y marcaron la conciencia de una generación universitaria que, más que ninguna otra antes, se sintió protagonista de su época y capaz de transformar el curso de la historia. Tan comprometidos en la lucha contra la dictadura como convencidos de que los partidos políticos tradicionales representaban lo arcaico y estaban agotados, los jóvenes de fines de los sesenta en el Paraguay buscaron a tientas un rumbo propio. Lo lograron a veces con enormes dosis de idealismo y entrega. Se equivocaron muchas otras y pagaron un alto costo. La Historia trituró sus sueños. Pero dejaron una estela de idealismo que pervive mucho más allá de sus actos.
Organizados en esos años en «frentes estudiantiles», los movimientos contestatarios «independientes» crean espacios de discusión y lecturas sobre la revolución cubana y las experiencias sociales de la iglesia. Crean sus órganos de expresión en los que la cultura y el arte forman parte fundamental. Cargados de un fuerte nacionalismo y antiimperialismo que eran el sello de la época, los estudiantes paraguayos encuentran en la gira de Rockefeller a Latinoamérica el momento de ensayar su capacidad de movilización.
A mediados de junio del '69, Nixon envía al gobernador del Estado de New York, Nelson Rockefeller, a un largo y accidentado periplo por Centro y Sudamérica para reencauzar las relaciones futuras con los Estados Unidos. Precedido de violentos choques callejeros en los países que recorrió, Rockefeller llegó al Paraguay el 19 de junio y fue recibido con actos de protesta en facultades de las dos universidades existentes: la Nacional y la Católica. La Policía reprimió con inusitada energía y hubo apresamientos y heridos. Los estudiantes respondieron con paros, huelgas de hambre y tomas de iglesias. La Iglesia se vio obligada a tomar posturas firmes de crítica a la violencia represiva y de enfrentamiento con el régimen. El movimiento estudiantil llegó a ser casi espontáneo y muchas veces se dieron iniciativas simultáneas que no respondían a una sola dirección.
Cuando Rockefeller se fue del país, la Policía había logrado reestablecer el orden en Asunción. Pero algunas cosas ya serían diferentes. La Iglesia empezaría a pagar los costos de su postura crítica: en octubre es clausurado el semanario católico «Comunidad» y es expulsado del país por «indeseable» el jesuita español Francisco de Paula Oliva.
Es muy posible que para la generación actual «Comunidad» no evoque nada en particular. Pero en 1969 su cierre significó un golpe doloroso: era la desaparición de uno de los últimos medios de prensa en los que era posible un análisis crítico de la realidad. El semanario había nacido 17 años atrás como boletín de la parroquia Las Mercedes bajo la dirección de Aníbal Maricevich. Algunos años después Monseñor Secundino Núñez, quien más tarde cambiaría su título de Monseñor por el de Senador de la Nación durante la transición, lo convertiría en un órgano confesional interparroquial. Pero sería un cura de Paraguarí, de 35 años, llamado Gilberto Giménez, quien, desde 1962, transformaría a «Comunidad» en el semanario oficioso de la Conferencia Episcopal Paraguaya y le daría la postura comprometida con la que ocupó el escaso espacio permitido a la prensa crítica en el Paraguay de entonces. Este tabloide de 16 a 28 páginas tenía una tirada sorprendente para la época: cerca de los 12.000 ejemplares distribuidos en todas las parroquias de las ciudades importantes. En ciertas fechas festivas como Caacupé o Navidad llegaba a vender 30.000 ejemplares.
Desde entonces, el sistema de control sobre la sociedad se perfeccionaría: a mediados de 1970 se promulga la ley 209 «De Defensa de la Paz Pública» que le daría marco legal a las violaciones de derechos humanos que ocurrirían en los veinte próximos años. Por el lado estudiantil, más allá de los contusos, apresados y torturados, quedó la espectante e inesperada capacidad de movilización. Quedó señalado el rumbo para el futuro inmediato: un gran frente estudiantil que movilice y organice a ese enorme descontento juvenil que había poblado las calles asuncenas durante ese frío junio del '69.
En ese clima de tensiones era natural que Chile ejerciera una cierta fascinación sobre muchos universitarios agobiados por la ausencia de ámbitos más libres y progresistas de discusión y formación. En 1970, el candidato de la Unidad Popular, el médico socialista Salvador Allende, es electo presidente y Santiago se convierte en un punto de convergencia de la izquierda del Cono Sur. Asumió con la presencia de Fidel Castro como invitado de honor e inició enseguida la nacionalización de las compañías mineras que se encontraban en poder de empresas norteamericanas y la distribución a los campesinos de los latifundios en manos de unos cuantos terratenientes. Chile, como Cuba, era un Estado socialista. Con la ventaja de estar mucho más cerca para los paraguayos.
Fue en Santiago donde nacería el germen de lo que sería la organización. En 1971 se encontraban estudiando allí varios paraguayos. Entre ellos estaban José Félix Bogado Tabacman, de 21 años, y Víctor Hugo Ramos, de 25 años, que estudiaban Economía.
Algo más jóvenes eran Diego Abente, ex alumno del Colegio Cristo Rey de 18 años de edad, José Luis Simón, de 19 años, y Darío Salinas, a quien el jesuita Francisco Oliva había impulsado a estudiar en Chile. También estaban en Santiago Melquiades Alonso y Tomás Palau. Todos estudiaban Sociología. Otros eran los seminaristas jesuitas Merardo Arriola, Arturo Valenzuela y el cura Castillo. Además estaba Crispín Ortiz, un campesino que acababa de ser expulsado del país. Fue justamente a mediados de ese año que toma contacto con todos ellos un paraguayo que había compartido la prisión con Ortiz y que, como él, había sido deportado a la Argentina. Su nombre, Juan Carlos Da Costa, de 27 años, quien venía acompañado de su mujer, Regina Duarte, con quien vivía desde el año anterior. Es José Luis Simón quien le da albergue en la residencia estudiantil.
Simón había llegado a Santiago el 4 de noviembre de 1970, el día que asumía Salvador Allende. El contraste brusco con lo que se vivía en Paraguay está, hasta ahora, grabado en su retina: «No voy a olvidar nunca esa imagen de la Alameda de Bernardo O'Higgins cubierta de banderas rojas con la hoz y el martillo y la presencia de delegaciones vietnamitas, chinas, cubanas, del propio Fidel Castro. Todo esto era impensable para un paraguayo que 24 horas antes estaba en la dictadura de Alfredo Stroessner. Veníamos de un sistema en el que el terrorismo de Estado no respetaba ningún remedo de legalidad, donde no existían los derechos humanos, donde no había posibilidad de debate ni discusión. El régimen era fuerte, ensoberbecido y prepotente, además de estar fortalecido por una gran complicidad internacional no sólo de las dictaduras regionales sino del gobierno civil y democrático de los Estados Unidos que había implantado una interpretación perversa y militarista de la doctrina de seguridad americana en la post-guerra mundial.»
De esa Asunción, donde era una odisea conseguir ciertos libros o discos tildados de progresistas, con su Universidad rígida y conservadora y con los partidos de oposición aplastados y desvinculados de la juventud, a Santiago de Chile, donde la revolución había llegado al poder por las urnas, con una excelencia académica y amplias libertades, había una distancia imposible de medir. Dos mundos distintos. Pero Santiago era, además, accesible: un estudiante podía vivir con algo más de 50 dólares mensuales.
«Había en nuestra generación un inacabable estímulo de luchar contra la injusticia», prosigue Simón, «y ese fermento de búsqueda fue ideológicamente ocupado por el marxismo. En ese momento, el marxismo en su variante latinoamericana irrumpía en todas las universidades del área. Cuando yo empiezo a formarme en Chile la sociología que estudiábamos era básicamente marxista. En los ámbitos académicos el marxismo era la ideología dominante. Nos intoxicábamos con altísimas dosis de ideología y participábamos de cuanto curso o seminario se realizara. Y eran muchísimos porque en ese momento Chile era una suerte de laboratorio histórico. Pero lo que leíamos era, muchas veces, un marxismo manualesco que frecuentemente sustituía al pensamiento crítico.»
Durante los meses siguientes el grupo mantuvo frecuentes reuniones de discusión política sobre la situación paraguaya. Los debates rondaban siempre sobre temas ideológicos y organizativos. Una convicción compartida era que a la dictadura de Alfredo Stroessner había que combatirla no sólo políticamente sino con la lucha armada. En el continente la violencia guerrillera se generalizaba como un recurso extremo ante la falta de condiciones de lucha política legal. El proceso político chileno tenía un impacto diverso en el grupo. «Sabíamos que la vía utilizada en Chile, donde Allende llegó al poder por la fuerza de los votos, no podía aplicarse en el Paraguay», dice hoy José Félix Bogado Tabacman. «Nadie nos había transmitido la experiencia de la lucha clandestina pero la percibíamos como la única capaz de cambiar las cosas. La actitud de la oposición paraguaya de moverse sólo en los estrechos márgenes legales que permitía la dictadura nos parecía derrotista».
«Nos reuníamos con frecuencia, como es natural en un grupo de paraguayos que vivía fuera del país», señala Diego Abente. «Hacíamos peñas y farras en las que tomábamos el buen vino chileno y de las que participaba un hermano de Violeta Parra, llamado Roberto, que se había hecho amigo nuestro. Pero en ese ambiente fascinantemente politizado, hablábamos sobre todo de política. De la chilena y la paraguaya. Todos coincidíamos en considerarnos de izquierda, en oponernos a Stroessner y en apoyar a Allende. Pero con frecuencia, diferíamos en la lectura de la realidad que estábamos viviendo>>.
«En Chile», agrega Abente, «algunos apoyaban la línea radicalizada de Altamirano y otros la más conciliadora de Allende. Con respecto al Paraguay, estaba fuera de discusión que el de Alfredo Stroessner era un régimen de fuerza y que sólo podía ser desplazado por la fuerza. En eso estábamos en lo cierto. Los partidos tradicionales de oposición no ofrecían ninguna opción de cambio social. El mero cambio político, que en realidad tampoco era alcanzable a través de ellos, no nos atraía: la democracia política formal no bastaba como objetivo».
«Muchos sectores, incluso de la extrema izquierda de la Unidad Popular, tenían la perspectiva de la violencia como única alternativa posible y consideraban a esta etapa como de una mera acumulación de fuerzas para llegar a la lucha de clases en mejores condiciones», sostiene José Luis Simón. «Varios analistas chilenos reflexionaron después sobre este error histórico. La amplia alianza política que, luego de un decenio, reencauzó el rumbo democrático así lo demuestra»
Una cuestión aparecía reiteradamente en los debates: ¿qué hacer a la vuelta? Completamente descreídos de las posibilidades de la oposición tradicional, el único camino era establecer en Paraguay una estructura mínima que cree condiciones de organización no visibles para la represión. El grupo básico de lo que sería más tarde la OPM quedó conformado con Juan Carlos Da Costa como jefe, Crispín Ortiz, José Félix Bogado Tabacman, Víctor Hugo Ramos, Diego Abente y José Luis Simón. Los otros paraguayos que fueron conversados para integrar el proyecto político no lo hicieron por distintos motivos. Otra pregunta surgía inmediatamente: ¿cuándo? Frente al deseo académico de terminar los estudios primero. Da Costa argumentaba con fuerza que era necesario estar en el país y trabajar en política. Este debate sólo bajó de tono cuando Da Costa volvió a la Argentina unos meses después.
Da Costa está de nuevo en Santiago en abril de 1972 y en largas discusiones el núcleo pionero va esbozando el perfil de la futura organización. Su estadía en Argentina había servido para contactar con grupos clandestinizados que darían el necesario apoyo al emprendimiento. «Permanecer en Chile no nos sirve de nada», insistía Da Costa. «Hay que entrar al país».
Las medidas de seguridad ya entraban en vigor. Miguel Ángel López Perito, otro ex alumno del Cristo Rey que posteriormente ocuparía un lugar importante en la organización, recuerda que, a pesar de ser conocido de muchos de los estudiantes paraguayos que estaban en Chile y de haber visto a Da Costa varias veces durante el mes que permaneció en Santiago, nadie le habló del tema.
Finalmente, se decide la vuelta al país. Simón y Ramos lo hacen en octubre del '72, Diego Abente en enero de 1973 y Bogado Tabacman a mediados del '73. La idea había prendido pero hasta ahora sólo en la mente de los pocos que venían de Chile. No podía llamarse a esto una cabecera de puente, pues la primera meta no era demasiado ambiciosa: crear la infraestructura mínima para permitir la permanencia en el país de Juan Carlos Da Costa, que, mientras tanto, se movía por la frontera argentina. Crispín Ortiz, por su parte, había quedado en Chile, donde lo sorprende el golpe de Pinochet en setiembre del '73. Se refugia en Argentina y ya no se integraría de modo efectivo al proyecto de la OPM.
En Asunción no había mucha gente a quien se le pudiera plantear una opción política radicalizada como ésta. Algunos de los que iniciaban el proyecto tenían en común el haber estudiado en el Cristo Rey. Fundado en 1938 por el padre José Pedroza, el futuro colegio había comenzado como pequeña escuela primaria. De orientación jesuita, el colegio no había cesado de tener una influencia cada vez más importante en la aldeana sociedad asuncena de los cincuenta y sesenta. Los rígidos curas españoles de los primeros años que se ganaron el respeto de una emergente clase media por el nivel de su enseñanza dieron paso gradualmente a sacerdotes jóvenes que se abrierona una educación vinculada con lo social y cercana a la gente. Desde fines de los años sesenta el Colegio se destacó por sus criterios cuestionadores y participativos. Su director desde 1971 era Bartolomé Vanrell.
En casi todos los colegios privados asuncenos primaba en la época un espíritu acrítico y los temas de actualidad política y social resultaban, en general, incómodos. Los colegios dependientes del Estado ya habían sido depurados, para entonces, de alumnos y profesores poco sumisos. Era la «generación de la paz» que crecía y estudiaba bajo los efectos anestésicos de una paz gigantesca que se infiltraba en los pupitres, en las aulas, en los textos, en los profesores y en la familia.
Fueron los jesuitas del Cristo Rey los que tomaron más en serio los cambios que se empezaban a producir en la Compañía y en Latinoamérica. Muchos de sus nombres quedarían ligados a esa época, algunos por su labor educativa en la ciudad, otros por su vinculación al movimiento campesino. Caravias, Oliva, Ramallo, Farré, Muñarriz, Meliá, Vanrell, Gelpí, Sanmartí y otros interpretaron claramente la orientación ideológica que deberían tener a la luz de la llamada Carta de Río: una reunión de Provinciales de Latinoamérica que pedía la renovación total de los colegios de la Compañía. Miguel López Perito los define como «toda una generación que dentro de su heterogeneidad estaba aglutinada por una gran sensibilidad social y que llega al Paraguay más o menos al mismo tiempo».
Todos ellos habían conocido en 1967 el documento firmado por los «Obispos del Tercer Mundo» que proponía un profundo compromiso de la Iglesia Católica con los pobres». Y, no sólo ellos, sino toda la Iglesia quedaría marcada por la Conferencia Episcopal Latinoamericana (CELAM) realizada en Medellín en 1968 en la que se definía «la opción preferencial por los pobres» y se advertía claramente que «si los privilegiados defienden sus privilegios usando medios violentos, se hacen responsables ante la historia de provocar las revoluciones explosivas de la desesperación».
En un trabajo académico publicado por el sacerdote Alberto Luna Pastore se recogen expresiones reveladoras del jesuita Francisco de Paula Oliva, uno de los motores del nuevo enfoque educativo: «El Vaticano II ya fue un cambio grande y lo que yo hice e hicieron otros jesuitas fue aplicar lo que allí nos decían», señala el paí Oliva. «Cuando llegó lo de Medellín - las primeras redacciones nos llegaban en unas malas copias a mimeógrafo, llenas de manchas horribles- curiosamente, nos llevamos una gran alegría: no tuvimos que innovar nada, Medellín decía lo mismo que ya estábamos haciendo».
Surgía así, con fuerza, el cristianismo tercermundista que señalaba que el verdadero conflicto no estaba en la guerra fría entre el Este y el Oeste sino entre el Norte desarrollado y el Sur dependiente. Los cambios del Concilio Vaticano II no se quedaban en la mera formalidad de abandonar las misas celebradas en latín y con el oficiante de espaldas a los fieles. La Iglesia, o por lo menos una parte de ella, tomaba partido por los oprimidos del continente. Desde el fondo del pobrísimo Nordeste brasileño Monseñor Helder Cámara denunciaba que «la violencia de los de arriba engendraría la violencia de los de abajo».
Miguel Sanmartí, un singular jesuita catalán, que había llegado al Paraguay en 1956 y que desde mediados de los 60 se vincularía indisolublemente con la historia del Cristo Rey y de la Universidad Católica, recuerda en su inédita «Memoria Paraguaya» que «en aquel entonces causó gran revuelo la noticia de que los jesuitas de México habían cerrado el Instituto Patria, colegio de gente fina tradicionalmente dedicado a la burguesía como cualquier colegio de jesuitas. Se había cerrado para utilizar sus recursos económicos en una fundación que se iba a dedicar a la educación de las clases populares. Por la misma época empezábamos a conocer los documentos surgidos de la reunión de obispos de Medellín que cuestionaban la estructura misma de la Iglesia. A nivel educativo esto significaba una auténtica revolución. Se abría paso la educación liberadora y comprometida que pretendía convertir al hombre en sujeto de su propio desarrollo. Los textos de Paulo Freire e Ivan Illich nos cuestionaban desde lo más profundo y nos planteaban un reto concreto».
Diego Abente señala que los jesuitas del Cristo Rey, si bien fueron importantes como propulsores de una experiencia concientizadora, no fueron los únicos: «Yo me introduje a la realidad social a través de la JEC (Juventud Estudiantil Católica) que agrupaba a estudiantes. La rama secundaria era dirigida por Aquilino Villalba. En la universitaria estaban el paí Giménez, Lucho Meyer, Lalo Alborno y María Celia Frutos y Celina Alborno. Esta organización estaba fuertemente conectada con otros movimientos latinoamericanos católicos progresistas. Los modelos eran sacerdotes seculares y paraguayos que organizaban frecuentes actividades de contacto con la realidad campesina. Sanmartí y los otros curas jesuitas se superponen y refuerzan la formación que habíamos recibido previamente».
Carlos Peralta, ex alumno del Cristo Rey y actualmente ingeniero y político del Encuentro Nacional, agrega que «a fines de los sesenta operaban dos importantes movimientos estudiantiles católicos: la JEC (que en la época se pronunciaba `yec') y el SEU (Servicio de Extensión Universitaria) que había sido fundado por el padre Pascual Páez. El SEU era un movimiento laico universitario que promovía trabajos de inserción social en los barrios y comunidades del interior. Recuerdo entre sus integrantes a Pepito Morínigo, los hermanos Canesse, Mario Torres, Pepe Arnella, Marcos Piñánez, Felipe Recalde, Hugo Oddone y Nidia González Talavera».
Sanmartí formaba parte desde su fundación, en 1966, del Centro de Investigación y Acción Social (CIAS), una institución vinculada a otras similares latinoamericanas que reunía a cientistas sociales y a aquellos jesuitas y jóvenes más progresistas e interesados por lo social. El local del CIAS, en Colón y 25 de Diciembre, era el punto de encuentro y referencia de universitarios que hacían sus primeros intentos de llevar a la práctica a través de trabajos pastorales y de acción social su compromiso cristiano con los desheredados de este reino. Sanmartí lo definía como «un enclave en el que la calle Colón dividía geográficamente dos mentalidades y dos modos de hacer de la Compañía. Aquel grupo de gente joven que, según el comentario de los de enfrente, salía al balcón después de comer para hablar, fumar y reír, contrastaba con los que seguían paseando por el antiguo, corredor de la clausura como hacía tantos años, desde la vuelta de los jesuitas al Paraguay». Desde ese espacio se organizaban trabajos de campo y las primeras comunidades de vida cristiana.
Nombrado decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica, Sanmartí fue un gran animador de estas experiencias entre jóvenes de clase media urbana que descubrían el rostro, el color y el olor de las desigualdades sociales. Su compromiso lo lleva a vivir en un barrio marginal en comunidad con los pobladores del lugar y en compañía de Miguel Ángel López Perito, entonces presidente del Centro de Estudiantes de Filosofía. Era además, hacia 1968, confesor personal de otro ex alumno, Mario Schaerer Prono, que poco tiempo después ingresaría a la organización. Mantenía una gran amistad con Diego Abente. Sanmartí sería acusado más tarde de ser el gran inspirador de la OPM e incluso su principal jefe. En realidad, más allá de ser una suerte de guía social para algunos de los que la integraron, su responsabilidad en lo que vendría después era nula.
Las primeras reuniones del grupo que había regresado de Santiago se hicieron desde el segundo semestre de 1973 en la casa de Víctor Ramos. La idea de la organización empieza a andar trabajosamente en Asunción. De esas reuniones participan Diego Abente, José Félix Bogado Tabacman, José Luis Simón y Nidia González Talavera que era, entonces, compañera de Juan Carlos Da Costa. Éste se encontraba en Corrientes y había que preparar las condiciones de su regreso.
No era casual que Da Costa estuviera allí. Cercana a Asunción, Corrientes era una ciudad invadida por paraguayos y con agitadavida política y universitaria. Sólo en el primer curso de Medicina había más de mil estudiantes. Cuatrocientos de ellos eran paraguayos que vivían desperdigados en pensiones baratas y departamentos alquilados por grupos de estudiantes. Carlos Casco estudiaba Medicina allí desde 1972. «Por cinco mil guaraníes que nos enviaban los familiares podíamos vivir un mes», recuerda. «Nuestro grupo vivía en `El tiburón', un lugar muy conocido de Corrientes porque hasta un tiempo antes había sido un prostíbulo que fue transformado en pensión».
Mientras en Asunción menos de seicientos alumnos poblaban la única Facultad de Medicina, en Corrientes la misma Facultad contaba con cinco mil. Al frente del Centro de Estudiantes estaba el FAUDII (Frente de Agrupaciones Universitarias de Izquierdas e Independientes), que disputaba espacios políticos con la JUP (Juventud Universitaria Peronista), cercana a Montoneros, con la Franja Morada (Radical) y con el prosoviético MOR (Movimiento, de Orientación Revolucionaria).
Un ambiente cultural movido y una exaltada y extremadamente politizada vida universitaria no podían resultar indiferentes a los estudiantes paraguayos. Eso era otro mundo: en los comedores universitarios panfletos y discursos; en las casas y pensiones la libertad de poder leer y discutir temas satanizados en el Paraguay. Carlos Cuba, hoy médico y entonces estudiante en Corrientes, vivió esa «diferencia sideral entre los dos ambientes: en Asunción, el quietismo y el miedo por todas partes, y en Corrientes, la agitación y la posibilidad de hablar de política sin traumas». Carlos Fontclara, que egresó del Cristo Rey en 1972 y también estudió allá, grafica de modo simple y contundente esa diferencia: «Corrientes me parecía como un Alkazeltzer: estaba en permanente estado de efervescencia».
Los estudiantes paraguayos de Corrientes estaban inicialmente en un efímero «Centro de Estudiantes Universitarios Paraguayos» controlado por el oficialismo colorado y que poco a poco fue desapareciendo ante otra organización que se fue gestando durante 1973:la«Agrupación Cultural Guaraní» (ACG). En setiembre de dicho año la ACG organiza una primera peña folklórica en el comedor de estudiantes de la Universidad del Nordeste de Corrientes de la que participó el respetado músico paraguayo don Herminio Giménez. Esa noche, el estudiante de Medicina Carlos Brañas lee uno de los editoriales del periódico universitario de Asunción «Frente».
La ACG gana fuerza y al mes siguiente logra reunir ochocientas personas en un festival organizado en homenaje a don Herminio Giménez. El núcleo fundador de la ACG estaba constituido, entre otros, por los estudiantes Jorge Zavala, Carlos Casco, Carlos Brañas, Hugo Figari, Gustavo Sostoa, Guido y Arminda Servián y José Yorg. La idea era dejar de lado las actividades consideradas «frívolas» como las fiestas y las reuniones meramente sociales o deportivas y abrir un espacio de discusión sobre la historia paraguaya, sobre la cultura y el folklore nacional y sobre la realidad que vivían los universitarios compatriotas que estaban en el exterior. El objetivo fue logrado y, hasta mediados del '74, la Agrupación Guaraní logró convocar a buena parte del estudiantado paraguayo a sus peñas y debates en los que se denunciaban las violaciones a los derechos humanos en el Paraguay.
Juan Carlos Da Costa sigue de cerca la evolución de los líderes de la ACG. Su relación con Zavala es fluida y, a través de él, se organizan grupos de lectura ideologizada y mecanismos mínimos de seguridad ante la sospecha de que la agremiación estaba siendo infiltrada por «pyragües».
En octubre de 1973 Abente y Simón viajan a Corrientes para tomar contacto con Da Costa. Allá éste y Abente mantuvieron una prolongada reunión con Carlos «Pocho» Livieres en la que se establece la necesidad de que la organización entre en funcionamiento lo antes posible en Paraguay. Se analiza, además, la eventual ayuda logística que se podría obtener de Montoneros. El apoyo se concreta algunos meses más tarde: Nidia González trae de Corrientes un aporte de trescientos mil guaraníes con los que la organización compra su primer vehículo: un «escarabajo» de color anaranjado. Cosa de no llamar la atención.
«Pocho» Livieres sería asesinado en un enfrentamiento con fuerzas de seguridad argentinas pocos años después de ese encuentro. Su muerte ocurría cinco meses después de la de su hermano Jorge, abatido en el ataque montonero al Regimiento de Infantería